La evolución homogénea del dogma católico

Francisco Marín-Sola

La evolución homogénea del dogma católico

Francisco Marín-Sola (1873–1932)

First published 1923

Francisco Marín-Sola, O.P.'s La evolución homogénea del dogma católico (Madrid–Valencia, 1923) is a large Spanish Dominican account of how Catholic doctrine can develop without becoming a different faith. Drawing on Aquinas and the wider scholastic tradition, it distinguishes homogeneous doctrinal growth from modernist or merely historical change and analyzes the role of theological inference, ecclesial teaching, and controversies about grace. The work became an important reference point in twentieth-century Thomist discussions of doctrinal development and remains a key primary witness to Spanish neo-scholastic theology. Schola presents Spanish and English texts from its documented source and translation arrangement; the copyrighted Sauras introductory essay is not included.


Introducción

Capitulum I: Las diversas especies y grados de evolución

§ I: La evolución en general

§ II: Los tres grados de evolución doctrinal

§ III: La evolución en los diversos géneros de ciencias

§ IV: La evolución mediante el raciocinio o paso de la esencia a sus propiedades

§ V: La evolución mediante el raciocinio o paso de la causa a sus efectos

Capitulum II: La evolución del dogma y la virtualidad implícita del dato revelado

§ I: El punto de partida de la evolución dogmática

§ II: Origen histórico de la confusión moderna sobre la verdadera virtualidad revelada

§ III: Clasificación de las diversas teorías católicas sobre esta materia

§ IV: La virtualidad físico-conexiva no es verdadera virtualidad revelada ni teológica

§ V: La verdadera virtualidad revelada y teológica es la virtualidad implícita o metafísico-inclusiva

§ VI: La virtualidad metafísico-inclusiva es realmente homogénea con el dato revelado

§ VII: Dos concepciones opuestas sobre la virtualidad revelada o sagrada teología

Capitulum III: La evolución del dogma y la autoridad de la Iglesia

§ I: La virtualidad revelada antes de la definición de la Iglesia

§ II: La virtualidad revelada después de la definición de la Iglesia

§ III: El lugar orgánico de la autoridad de la Iglesia en nuestra fe divina

§ IV: Si la Iglesia convierte la revelación mediata o virtual en inmediata

§ V: La autoridad de la Iglesia comparada con la de Dios y la de los Apóstoles

§ VI: Dos funciones de la autoridad de la Iglesia respecto al depósito revelado

§ VII: Si la evolución dogmática después de los Apóstoles es subjetiva u objetiva

§ VIII: Si las definiciones de la Iglesia completan o perfeccionan el depósito

Capitulum IV: Las diferentes vías de la evolución del dogma

§ I: La evolución dogmática por vía especulativa

§ II: Ejemplos históricos de evolución dogmática por vía especulativa

§ III: Más ejemplos de lo mismo

§ IV: Si cabe evolución dogmática por vía de asimilación

§ V: La evolución dogmática por vía afectiva o experimental

§ VI: Otras observaciones sobre la vía afectiva

§ VII: Las analogías o imágenes de la evolución dogmática

Capitulum V: La extensión de la evolución dogmática y refutación de la llamada fe eclesiástica

§ I: Origen y sentido de la moderna fe eclesiástica

§ II: La fe eclesiástica y las conclusiones teológicas

§ III: La fe eclesiástica y los hechos dogmáticos

§ IV: La fe eclesiástica y la canonización de los santos

Capitulum VI: Solución de las objeciones contra la evolución del dogma

§ I: Objeciones contra la evolución dogmática en general

§ II: Más objeciones contra lo mismo

§ III: Objeciones contra la identificación de la extensión de la evolución del dogma con la extensión de la infalibilidad

§ IV: Objeciones contra una de las pruebas principales de la evolución del dogma

OBJECIONES CONTRA UNA DE LAS PRUEBAS PRINCIPALES DE LA EVOLUCIÓN DOGMÁTICA

340. Entre las muchas pruebas que adujimos para probar la existencia y extensión de la evolución dogmática, la prueba octava se fundaba en el carácter de oposición con el depósito revelado que debe existir en todo error teológico. No siendo posible que haya oposición objetiva sin una verdadera contradicción implícita, y no cabiendo contradicción sin base de verdadera identidad, dedujimos que toda verdadera conclusión teológica tenía por necesidad que ser objetivamente idéntica con el depósito revelado y, por lo tanto, definible de fe divina u objeto de evolución dogmática (247). Al hacer alusión a esa prueba en un artículo de La Cien- cia Tomista, habíamos escrito las siguientes palabras: “El punto de vista formal de la Iglesia, al definir infaliblemente una conclusión teológica o condenar infaliblemente un error opuesto, no es precisamente la conformidad u oposición de tal conclusión o error con los principios de la razón natural, sino con el depósito revelado. Errores que no se opongan realmente al depósito revelado no caen bajo la jurisdicción de la infalibilidad ni de la Teología, por grande y clara que sea su oposición a los principios de razón natural. La oposición real al depósito revelado es como el ratio sub qua la infalibilidad y la Teología miran al error”. “Ahora bien—añadíamos nosotros en dicho artículo—, no cabe oposición verdadera entre dos doctrinas o afirmaciones si la una no es negación de algo contenido realmente en la otra; si la una no implica, aunque no lo exprese, una contradicción real con la otra; si en ambas no existe un sentido común y realmente idéntico, afirmado en una y negado en otra. Esto—terminábamos diciendo—es lo que enseña Santo Tomás, y lo que puede verse en cualquier manual de Lógica, en el tratado que se ocupa de la naturaleza de la oposición.”

Esta afirmación nuestra de que toda oposición lleva implícita una contradicción y el haber nosotros aludido a la Lógica, nos ha merecido las siguientes observaciones.

341. OBSERVACIÓN PRIMERA.—No exige eso la doctrina de los lógicos sobre la oposición de las proposiciones. Esa doctrina, como advierte el P. Urráburu, se refiere a la oposición de las proposiciones no material, ratione materiae circa quam, de que no toca juzgar a los lógicos, v. gr.: “Pedro corre”, “Pedro está quieto”, sino a la oposición formal, por la forma o estructura de las proposiciones... El juzgar de la oposición real o “ratione materiae” no toca a los dialécticos, sino a los teólogos.

Respuesta.—Convenimos con nuestro ilustre objetante en que la Lógica trata directamente de la oposición formal o de términos y no de la real o de sentido. Pero una cosa es de lo que trata la Lógica y otra muy distinta de lo que se trata en la Lógica. Tampoco la Sagrada Teología, en su tratado De Fide, trata directamente de la fe humana, sino de la fe divina, y, sin embargo, no hay teólogo ni manual de Teología que, al tratar de la fe divina, no tenga que tratar de qué es fe en general y qué es fe humana, único medio de comprender bien qué es fe divina. De la misma manera, no hay lógico ni tratado de Lógica, si es completo, que para explicar bien qué es oposición lógica o formal no tenga que tratar, y no trate, de la naturaleza de la oposición en general y de la naturaleza de la oposición real, único medio de explicar y comprender bien qué es oposición formal, pues si el objeto de la Lógica es la oposición formal, la oposición formal tiene, a su vez, por objeto y fin la oposición real. Oigamos al clásico Juan de Santo Tomás: “Oppositio alia est realis, alia logica, id est, vel rerum vel propositionum. Et istae duae ita se habent quod oppositio realis seu physica est quasi obiectum oppositionis logicae, quia illud esse et non esse quod datur a parte rei et in ipsis obiectis, significatur per propositiones oppositas. Unde licet agere de oppositione reali pertineat ad metaphysicum, tamen quia ad logicum spectat agere de oppositionibus propositionum, etiam aliquo modo oportet attingere id quod spectat ad oppositionem rerum, quatenus obiecta sunt oppositionis propositionum” .

Por eso aludimos nosotros a la Lógica, para que en cualquier manual de Lógica, y sobre todo en Santo Tomás, pudiese verse cómo toda oposición envuelve una contradicción y, por tanto, un sentido realmente idéntico, afirmado en una y negado en otra de las afirmaciones opuestas. Y eso era lo único que se trataba de probar y que niega nuestro objetante.

Pues bien, ya que las citas de Lógica, en esta cuestión que tratamos de la oposición real, no parecen satisfacerle, demos de mano a la Lógica y vayamos a la Metafísica, a la cual propiamente toca, como acabamos de ver por Juan de Santo Tomás, el tratar tal cuestión. Tanto más que la Sagrada Teología es la metafísica de Dios sobrenatural o en el orden de la revelación, como la Teodicea es la metafísica de Dios natural o en el orden de la razón.

Abramos, pues, los inmortales Comentarios de Santo Tomás sobre los Metafísicos de Aristóteles, y en el libro 10, lección sexta, hallaremos lo siguiente: “Contradictio includitur in omnibus aliis generibus oppositionis tamquam prius et simplicius. Opposita enim secundum quodcumque oppositionis genus, impossibile est simul existere. Quod quidem contingit ex hoc quod alterum oppositorum de sui ratione habet negationem alterius" Más claro no podía decirse. En toda oposición va incluida una contradicción.

Si por tratarse de Teología todavía le quedase a nuestro objetante algún escrúpulo de guiarse por citas de Metafísica, y eso que la Metafísica es ciencia trascendente, acuda a la Suma Teológica de Santo Tomás, y allí; en la Prima-Secundae, cuestión 67, artículo 3, donde trata precisamente el Santo Doctor una cuestión relativa nada menos que a la fe divina, hallará lo siguiente: "Respondeo dicendum quod oppositio est propria et per se causa quod unum oppositorum excludatur ab alio, inquantum scilicet in omnibus oppositis includitur oppositio affirmationis et negationis"

Tenemos, pues, que toda oposición, aunque no sea una contradicción formal o de términos y estructura expresamente contradictorios, envuelve o implica una contradicción real o de sentido. Y como ninguna doctrina es errónea en el orden teológico o en el orden de la infalibilidad si no es opuesta a los principios revelados o depósito revelado, tenemos que entre toda proposición teológica o infaliblemente errónea y el depósito revelado hay envuelta o implicada una contradicción real o de sentido. Y como no cabe contradicción real o de sentido entre dos doctrinas o afirmaciones si no hay un mismo e idéntico sentido, afirmado en una y negado en otra, tenemos que en el depósito revelado o principios de fe tiene que haber un sentido idéntico al negado en la proposición teológica e infaliblemente errónea, o lo que es lo mismo, que entre el dato revelado y el dogma (primero y segundo grados de la doctrina católica), por una parte, y la verdad infalible y la verdad teológica (tercero y cuarto grados), por otra, hay identidad de sentido, que es lo que se llama homogeneidad real u objetiva de los cuatro grados de la doctrina católica. Y tendremos, en fin, que siempre que la Iglesia define como infaliblemente verdadera o errónea una doctrina o siempre que la Sagrada Teología deduce como demostrativamente verdadera o falsa una conclusión, ni la Iglesia define ni la Teología concluye un sentido extraño al depósito revelado ni objetivamente distinto del sentido del depósito revelado, sino un sentido realmente idéntico con el del depósito revelado; un sentido no formalmente expresado, pero sí realmente incluido o implícito en el depósito revelado.

A estas consecuencias tendrá infaliblemente que llegar todo aquel que medite y comprenda aquellos dos principios: primero, la verdad y el error, en el orden de la infalibilidad como en el orden de la Teología, son relaciones de conformidad u oposición, no precisamente con los principios de razón, sino con los principios de fe o depósito revelado; segundo, toda verdadera oposición envuelve o implica, aunque no siempre la exprese, una contradicción. El primer principio es fundamental en Teología; el segundo lo es en Filosofía. Ambos son expresamente de Santo Tomás. Ambos son evidentes.

Si a pesar de esa evidencia, y quizá por estar familiarizado con la idea que de la Teología suelen dar la mayoría de los manuales modernos, todavía se le resiste a nuestro objetante el admitir una verdadera contradicción envuelta entre el depósito revelado y el error teológico y, por lo tanto, una verdadera identidad real entre dicho depósito y la verdad teológica, no tiene más que fijarse en aquel otro principio elemental e indubitable-de que "Dios puede hacer todo lo que no implica contradicción". Ahora bien, ¿puede Dios hacer que sea jamás falsa, o que falle jamás una verdadera conclusión teológica, o que sea jamás verdadero un error teológico? No y mil veces no. "Quidquid enim in aliis scientiis invenitur veritati huius scientiae (la Sagrada Teología) contrarium, totum reputatur ut falsum" La Sagrada Teología, la Sapientia inter Sapientias, la Regina scientiarum, tiene una certeza objetiva superior a la de todas las otras ciencias naturales, sean físicas, matemáticas o metafísicas. "Respondeo dicendum quod cum ista scientia, quantum ad aliquid sit speculativa et quantum ad aliquid practica, omnes alias transcendit, tam speculativas quam practicas. Speculativarum enim scientiarum una altera dignior dicitur, tum propter certitudinem, tum propter dignitatem materiae. Et quantum ad utrumque haec scientia alias speculativas scientias excedit"

Si Dios, pues, no puede hacer que falle jamás una verdadera conclusión matemática o metafísica, mucho menos podrá hacer que falle una verdadera conclusión teológica. Si Dios no puede hacerlo, es que envuelve contradicción. Si hay envuelta una contradicción, anda envuelta una identidad real de sentido. Los principios de contradicción y de identidad son correlativos.

342. OBSERVACIÓN SEGUNDA.—No tiene fuerza el argumento antes copiado del P. Marín-Sola. ¿Que la Iglesia, al dar esas definiciones infalibles, mira al depósito revelado que le incumbe custodiar, y también a las mismas verdades definidas, bajo el concepto de su conformidad u oposición al depósito revelado? Perfectamente, así es; pero de ahí no se sigue que esta conformidad sea identidad. Lo conforme a una cosa no es la misma cosa, aunque con ella guarde semejanza, proporción, correspondencia; lo idéntico con otra cosa, sí es la misma cosa.

Respuesta.—Por de pronto, nuestro objetante concede, como tiene que conceder todo teólogo, que la verdad infalible y teológica, lo mismo que el error infaliblemente condenado y el teológico, son verdades o errores por su conformidad u oposición, respectivamente, con el depósito revelado. Acabamos de ver que no solamente según los lógicos, sino también según los metafísicos y teólogos, y según el príncipe de todos ellos, Santo Tomás, toda oposición entre dos afirmaciones implica o envuelve una contradicción entre ellas. Es evidente que la contradicción supone la identidad, y no solamente la proporción, semejanza o correspondencia extrínsecas. Luego es evidente que, si hay oposición verdadera entre el error teológico o infaliblemente condenado y el depósito revelado, tiene que haber una contradicción implicada entre esos dos extremos, y que si hay contradicción entre esos dos extremos, tiene que haber identidad real, y no mera semejanza o proporción, entre el depósito revelado y la verdad infalible o teológica. Esto no tiene vuelta de hoja, concediendo lo que concede nuestro objetante, y que tiene que conceder todo teólogo. El concepto de identidad se deduce apodícticamente del concepto de oposición mediante el concepto de contradicción

Las causas de que nuestro objetante, que admite el concepto de oposición, se resista, sin embargo, a admitir el concepto de contradicción y, consiguientemente, el de identidad, son, a nuestro juicio, dos. Una es porque al hablar de conclusión teológica, instintivamente se le va el pensamiento al trillado modelo de "Christus est homo; ergo est risibilis"; pero entendiendo en ese modelo, a estilo suarcciano, el "homo" en sentido puramente esencial o abstracto y el "risibilis" en sentido actual. Y, ¡claro está!, así entendido ese modelo, no hay ni puede haber identidad entre el "homo" y el "risibilis", ni contradicción entre el "homo" y el "non risibilis"; pero es, sencillamente, porque entre el "homo" (esencial) y el "non risibilis" (actual) no hay verdadera oposición, ni, por tanto, hay verdadera teología ni verdadero objeto de infalibilidad. De esto ya hemos hablado largamente en otra sección (89-102), y lo volveremos aún a tocar al final de ésta.

La segunda causa de que nuestro objetante no vea verdadera identidad o contradicción, respectivamente, a pesar de admitir verdadera oposición, es porque no parece distinguir entre identidad formal, de que aquí no se trata, e identidad real, que es la que únicamente nos interesa. Ni tampoco parece distinguir entre identidad total, que no nos hace falta para nada, e identidad parcial, que es la que buscamos, y basta. Por identidad parcial no se quiere decir parte de identidad, cosa que no haría sentido, sino identidad con parte del depósito revelado, aunque no lo sea con todo el depósito. Veámoslo.

Cuando dos proposiciones o afirmaciones tienen el mismo sujeto y el mismo verbo, toda su identidad o contradicción de sentido dependen del predicado o predicados. Si una afirma o niega el predicado de la otra, y lo afirma o niega en la misma forma y, por tanto, en el mismo concepto y en la misma realidad, la identidad o contradicción es formal. Si lo afirma o niega con distinto concepto, pero dentro de la misma realidad, la identidad o contradicción es solamente real. En las proposiciones "Dios es eterno", "Dios no es eterno" (que es lo mismo que "Dios es no-eterno"), hay contradicción formal, pues el predicado afirmado en una y negado en otra es el mismo bajo todos los conceptos; pero en las proposiciones "Dios es eterno", "Dios no es inmutable", hay solamente contradicción real. Hay contradicción real porque los predicados "eterno" e "inmutable", respectivamente afirmados en una y negados en la otra, son la misma realidad divina: pero la contradicción no es formal, porque dichos predicados, aunque de idéntica realidad, son distintas formalidades o distintos conceptos.

A su vez, en las proposiciones "Dios es misericordioso y eterno", "Dios es misericordioso, pero no eterno", hay contradicción formal, porque se niega formalmente uno de los predicados; pero parcial, porque no se niega el otro predicado ni, por consiguiente, todo el predicado de la proposición. De la misma manera, en las proposiciones "Dios es misericordioso y eterno", "Dios es misericordioso, pero no inmutable", hay contradicción real, pero parcial. Real y no formal, porque los predicados "eterno" e "inmutable" son formalidades o conceptos distintos: parcial y no total, porque de los dos predicados solamente se niega uno, o del predicado total solamente se niega parte.

Pero, como se ve, en todas estas afirmaciones y negaciones, sean formales o reales, totales o parciales, siempre que sean dentro de la misma realidad, esto es, siempre que uno de los predicados sea inclusivo o implícito en el sujeto, hay siempre afirmación o negación de identidad, no de mera semejanza, proporción o correspondencia extrínsecas.

343. APLICACIÓN AL DEPÓSITO REVELADO—Apliquemos ahora todo esto al depósito revelado. El depósito revelado no es una sola proposición o afirmación revelada, sino que es un conjunto de afirmaciones y, por tanto, de sentidos revelados. Para que un error envuelva verdadera contradicción con el sentido del depósito revelado, o para que una verdad tenga identidad con dicho depósito, no hace falta que envuelva contradicción o identidad con todas y cada una de las afirmaciones del depósito, sino que basta que la envuelva con una sola.

Así, por ejemplo, el primer versículo del Génesis afirma la creación, y el primer versículo del Evangelio de San Juan afirma la Divinidad del Verbo. El que afirme la Divinidad del Verbo afirma un sentido idéntico con el depósito revelado, porque es idéntico con una de las verdades del depósito revelado, con el primer versículo de San Juan, aunque esa afirmación no sea idéntica ni nada tenga que ver con otras verdades del depósito revelado, por ejemplo, con el primer versículo del Génesis sobre la creación.

De la misma manera, el que niegue una de las verdades del depósito revelado, por ejemplo, la creación del mundo, su negación es contradictoria con el depósito revelado, porque lo es con una de las verdades o sentidos del depósito revelado aunque esa negación nada tenga o tuviese que ver con las demás verdades del depósito. Para que haya, pues, verdadera identidad o verdadera contradicción con el depósito revelado, basta que la haya con uno de los sentidos o verdades del depósito, aunque no la haya con todos los sentidos o con el depósito entero.

Esto, que todo el mundo sabe y que hasta parecerá a muchos una vulgaridad teológica, va a servirnos como de escalón para explicar otra cosa que, si todos la saben, algunos parecen olvidarla con frecuencia.

Cada una de las afirmaciones o proposiciones del depósito revelado, aunque no exprese más que un predicado o sentido, implica o puede implicar muchos predicados o conceptos. Eso es propio de toda afirmación, sea divina, sea humana.

Todos esos predicados o conceptos no expresados, pero sí implicados en cada una de las afirmaciones reveladas, no se conocen ni pueden conocerse de un solo golpe, sino que exigen tiempo y estudio y se conocen sucesivamente, requiriéndose a veces para ello profundos y complicados razonamientos, delicados análisis y síntesis, contacto con diversas ciencias y civilizaciones, larga cadena de experiencias internas y externas...; en fin, toda esa complicada y laboriosa serie de factores que entran en todo progreso humano, aunque sólo se trate del progreso o desarrollo de lo que ya estaba implícito en el dato primitivo o punto de partida. Eso es propio y exclusivo de la pobre y, a la vez, rica razón humana. Pobre, porque necesita de tiempo y trabajo para conocer; porque conoce razonando, esto es, pasando de uno

in aliud, cosa que no necesitan Dios ni los ángeles mismos. Rica, porque al pasar de uno in aliud no sólo puede pasar de una realidad a otra, como pasan los sentidos, sino que puede también pasar de un concepto a otro dentro de la misma e idéntica realidad, dentro del mismo e idéntico dato primitivo, participando así del procedimiento, no sólo racional, sino intelectual, del procedimiento de identidad, propio de los ángeles y de Dios.

Y de ese procedimiento de identidad absoluta, de verdad incondicional, dispone la razón humana, no en las contingentes ciencias físicas, pero sí en las eternas ciencias matemáticas y metafísicas, y mucho más en la eterna y divina Teología, pues el procedimiento teológico es el más intelectual de todas las ciencias, y el que más se acerca al conocimiento de las inteligencias puras, al conocimiento de simple inteligencia: “Theologiae consideratio est maxime intellectualis” . Pero no divaguemos.

344. EJEMPLO DE CLARIDAD MERIDIANA: JESUCRISTO ES DIOS.

Decíamos que cada afirmación del depósito revelado, aunque no exprese más que un predicado, implica o incluye muchos, realmente idénticos.

Así, por ejemplo, tomemos la siguiente proposición revelada: “Jesucristo es Dios”. Para mayor claridad, prescindamos por completo de toda otra verdad revelada, excepto ésa, o supongamos que no hay más verdad revelada que ésa. De la misma manera que la ciencia, para estudiar un fenómeno sensible, procura aislarlo de toda condición extraña, así lo mejor para analizar cualquier cuestión es aislarla o abstraerla de toda otra. “Abstrahentium non est mendatium”, reza el adagio escolástico. Prescindamos, pues, de toda otra verdad revelada y supongamos que solamente tenemos revelada esta proposición: “Jesucristo es Dios.” En esa proposición no hay explícito más que un predicado: Dios. Pero implícitos hay muchísimos.

En efecto: ¿qué cosa es Dios? Fijarse en que no se pregunta qué cosas distintas de Dios están conexas con Dios, ni qué cosas hay semejantes o proporcionadas a Dios, sino que se pregunta qué cosa es Dios. Pues a esta pregunta nos contesta el Catecismo del P. Astete: “Es una cosa la más excelente y admirable que se puede decir (inefabilidad) ni pensar (incomprensibilidad); es un Señor infinitamente bueno, poderoso, sabio, justo, principio y fin de todas las cosas”.

Como quien no dice nada, el concepto explícitamente único de Dios ha quedado descompuesto en ocho conceptos implícitos en Él, a saber: inefabilidad, incomprensibilidad, bondad infinita, omnipotencia, sabiduría infinita, justicia infinitata, primer principio y último fin de todo. Y si en vez de preguntárselo al Catecismo, a quien podría acusársele de hablar por fe y no por demostración o teología, se lo hubiésemos preguntado a la Suma Teológica de Santo Tomás, quien en esta materia de atributos divinos demuestra apodícticamente cuanto dice, nos contestaría, no sólo con los ocho conceptos del Catecismo, sino con otros muchos atributos divinos, deducidos del concepto o idea de Dios, por riguroso proceso de identidad real, en su magnífico tratado de Deo Uno, pues el Catecismo ni siquiera nombra en su definición de Dios la simplicidad divina, su inmensidad, su inmutabilidad, su eternidad, su providencia, etc...

El versículo, pues, revelado de "Jesucristo es Dios" no expresa más que un predicado, y, sin embargo, bajo ese único predicado contiene implícitamente, y realmente e idénticamente otros muchos predicados. No expresa formalmente más que un sentido, pero implica realmente muchos sentidos o verdades

Ahora bien: uno que, después de revelada esta verdad, afirmara esa misma proposición de que "Jesucristo es Dios", ése no sólo afirmaría un sentido idéntico con la proposición revelada, sino que afirmaría todo el sentido explícito de la verdad revelada, pues la afirmaría en la misma forma en que está relevada. Su afirmación contiene una identidad con la verdad revelada, pero una identidad no sólo parcial, sino total; no sólo real, sino formal.

. De la misma manera, el que negase esa proposición revelada, diciendo: "Jesucristo 'no es Dios", ése no sólo negaría un sentido de esa verdad revelada, sino que negaría todo el sentido explícito de esa verdad revelada, pues lo negaría en la misma forma o concepto en que está revelada. Es contradicción de sentido con la verdad revelada; pero contradicción no sólo implícita, sino explícita; no sólo parcial, sino total; no sólo real, sino formal. Ese es el carácter propio de la oposición formal o contradicción explícita: el negar todo el sentido de su contradictoria. Por eso la llaman los lógicos malignantis naturae, a diferencia de las otras oposiciones. que solamente llevan la contradicción implícita, y no lo niegan todo, pero sí niegan una parte real e implícita de su opuesta, como vamos a verlo

Continuando en la misma hipótesis de que solamente tengamos revelada la proposición "Jesucristo es Dios"; supongamos que uno no afirma ni niega expresamente esa proposición, pero sí afirma que Jesucristo es uno de los muchos conceptos, virtualmente distintos, pero realmente implícitos, en el concepto de Dios, diciendo, por ejemplo: "Jesucristo es inefable", o "es incomprensible", o "es infinitamente bueno", o "sabio", etc. Al afirmar alguno de esos predicados que hemos visto que están implícitos en la palabra "Dios", pero que la razón humana no puede conocerlos, o desarrollarlos, o explicitarlos sin verdadera ratiocinio, sin menores de razón; al afirmar, repetimos, esos predicados, esas verdaderas conclusiones teológicas, no afirmaría algo extrínseco al predicado Dios, ni algo puramente semejante o externamente conforme a lo que es Dios, sino que afirmaría una cosa intrínseca a Dios, idéntica realmente al predicado revelado "Dios", idéntica realmente con la proposición revelada. La identidad no es formal, porque esos predicados son formalidades distintas, distintos conceptos, virtualmente distintos; no es total, puesto que ninguno de esos predicados adecua al predicado "Dios", como ninguna propiedad, por metafísica que sea, adecua la esencia, ni ninguna conclusión, por implícita que sea, adecua el principio; pero es identidad real, porque esos predicados son realmente idénticos con el predicado revelado "Dios". Eso es lo que constituye la verdad teológica, la Teología. No hay, pues, solamente correspondencia, proporción, semejanza entre la verdad teológica y lo revelado: hay identidad real de sentido.

Si en vez de afirmar alguno de esos predicados lo negáramos diciendo, por ejemplo: "Jesucristo no es inefable", "no es incomprensible", "no es omnipotente...", esas negaciones no solamente envolverían disconformidad, desproporción, desemejanza, sino que envolverían una verdadera contradicción con la verdad revelada de "Cristo es Dios". La contradicción no está explícita, pero está implicada; no es formal, pero es real. Ser Dios y no ser inefable, o no ser incomprensible, o no ser omnipotente, son predicados realmente contradictorios, implican una contradicción. Y la prueba palpable de que la implican es que ni Dios puede hacer lo contrario. Y Dios puede hacer cuanto no implica contradicción. Luego el error teológico implica, aunque no exprese, una contradicción real con el depósito revelado. Luego la verdad teológica implica una identidad real con él.

Este análisis del tratado De Deo debiera bastar a cualquiera que se fije en lo que es Teología. El objeto propio y primario de la Teología es Dios, y nada entra en la Teología sino por relación a Dios. Si en ese tratado toda verdad teológica es de identidad real, síguese que el proceso de identidad constituye y debe constituir el carácter propio y primario de toda conclusión teológica y de todo verdadero raciocinio teológico. Pero veamos prácticamente cómo sucede lo mismo en cualquiera otra proposición revelada de cualquier otro tratado de Teología.

Segundo ejemplo: Jesucristo es hombre.—Tomemos por ejemplo la proposición revelada "Cristo es hombre". En esa proposición no hay explícito más que un predicado: "hombre", o, si se quiere, hay explícito un predicado: el predicado "hombre". Pero en este predicado hay implícitos o envueltos otros muchísimos, no solamente como semejantes o proporcionados, sino como realmente idénticos.

En efecto: si como antes preguntábamos qué cosa es Dios, ahora preguntamos qué cosa es hombre, se responderá con verdad que hombre es animal racional. Hasta aquí estamos aún en lo formal, pues animal racional es la definición misma del hombre. Pero si ahora preguntamos qué cosa es racional, se responderá con verdad que lo racional es realmente inmaterial, espiritual, inmortal, libre, capaz de moralidad, de mérito, de bienaventuranza y capaz de potencias, y de admiración, de "risibilidad", etc., etc. Todo eso sale por verdadero raciocinio, por verdaderas menores de razón, por verdadera conclusión teológica. Y, sin embargo, esas conclusiones conservan identidad real. Y la prueba de que la conservan es que Dios no puede hacer que un ser sea racional y no sea inmaterial, espiritual, inmortal, o que no tenga capacidad (propiedades radicales) de mérito, de moralidad, de potencias, de admiración, de risibilidad.

Tercer ejemplo: Jesucristo es hombre perfecto —Si en vez de analizar el predicado "hombre" analizamos el predicado "hombre perfecto", u hombre connatural, u hombre semejante en todo a nosotros, encontraremos que hombre en estado connatural o perfecto es hombre con todas las propiedades actuales: el entendimiento actual, la voluntad actual, admirabilidad actual, risibilidad actual, etc., etc.: pues un hombre sin alguna de esas propiedades actuales no es un hombre en estado connatural, sino en estado no-connatural, que es precisamente la negación del predicado revelado. Luego las conclusiones teológicas que afirman alguna propiedad radical de la humanidad del Salvador, afirman un sentido realmente incluído en el predicado revelado "hombre"; y las que afirman alguna de las propiedades actuales afirman también un sentido realmente incluído en el predicado revelado: no en el predicado "hombre", del cual se distinguen realmente, pero sí en el predicado revelado "hombre perfecto", u hombre connatural, u hombre semejante a nosotros. Lo mismo que hemos analizado el predicado "racional" se puede analizar el predicado "animal", o los predicados "cuerpo" y "alma", o cualquier otro predicado de cualquier otra proposición revelada. Con tal que, si está revelada solamente la esencia de un predicado, no se deduzcan más que sus propiedades esenciales o radicales, y que si está revelada la perfección o connaturalidad de tal esencia, se deduzcan sus propiedades actuales; la deducción es rigurosamente científica y rigurosamente teológica, y, sin embargo, mejor dicho. precisamente por eso, es también realmente idéntica y rigurosamente homogénea.

345. COMPARACIÓN DE LOS TRES EJEMPLOS.—De los tres modelos examinados, a saber: "Cristo es Dios", "Cristo es hombre esencial", "Cristo es hombre perfecto o connatural", el primero es modelo de predicado divino; el segundo, de predicado creado-esencial, y el tercero, de predicado creado-accidental. Son los tres tipos fundamentales de predicado revelado y, por tanto, de proceso teológico, y no cabe otro que no se reduzca a uno de esos tres. En los tres hemos visto que existe identidad real o de sentido, y no solamente proporción, o semejanza, o mera correspondencia extrínseca. Luego la verdad teológica (cuarto grado de la doctrina católica), de la cual sale la verdad infalible (tercer grado), es realmente homogénea con el dogma y el dato revelado (segundo y primer grados), y hay homogeneidad o identidad real de sentido entre los cuatro grados de la doctrina católica.

346. OBSERVACIÓN TERCERA.—Al afirmar el obispo de Brescia, en el Concilio Vaticano, que no todas las verdades que pertenecen a la fe o costumbres son necesarias en el mismo grado para la custodia del depósito, bien indica que pueden no ser idénticas ni tener un sentido idéntico las reveladas y las conexas: que la conformidad no es identidad. Respuesta.—Convenimos en que existen grados en las verdades de fe y costumbres o en su necesidad para la conservación del depósito revelado. Para probar una cosa tan obvia y que nadie ha negado, todavía hay una autoridad más grande que la del obispo de Brescia, y es la del Concilio mismo Vaticano, y nada menos que en su constitución dogmática de Fide Catholica, al final de la cual se lee lo siguiente: "Satis non est haereticam pravitatem devitare, nisi ii errores quoque vitentur qui ad illam plus minusve accedunt

Pero no vemos qué relación tenga eso de haber grados con haber o no haber identidad. Nuestro objetante olvida de nuevo que estamos tratando de la identidad, no formal, sino real, y no total, sino parcial; esto es, identidad con parte del depósito revelado. En la identidad formal o total no caben grados; en la identidad real y parcial sí que caben, según la parte mayor o menor que se afirme o niegue del predicado revelado. Y no sólo caben, sino que, precisamente por ser identidad real, exige grados.

En efecto, por ser identidad y no mera semejanza o proporción tiene que estar dentro del depósito y no fuera: por ser real y no formal tiene que estar implícita y no explícita, pues lo explícito es siempre formal. Ahora bien: el estar una verdad más o menos implícita, más o menos profunda, más o menos latente en otra verdad, eso sí que admite grados, como es evidente.

De esa mayor o menor implicitud o profundidad en que una verdad se halla respecto a lo formal del depósito o a lo definido ya como de fe, depende precisamente su mayor grado de necesidad para la conservación del depósito, porque de ella depende la mayor o menor certeza o evidencia con que la razón humana (que es para quien se dió el depósito y para quien hay necesidad de conservarlo y explicarlo) ve la relación más lejana o más próxima, de tal verdad con lo formal del depósito o con lo definido del depósito. De existir o no existir la relación de una doctrina con el depósito depende de la necesidad o no necesidad de tal verdad; de la mayor o menor implicitud de esa relación depende su mayor o menor grado de necesidad.

Así, por ejemplo, toda doctrina o afirmación que verse sobre la Divinidad o Trinidad (predicados revelados) tiene que ser verdadera o falsa por vía de identidad real, pues respecto a Dios no cabe otra vía. Y sin embargo, todo teólogo sabe que tanto respecto a la Trinidad como a la Divinidad hay doctrinas de fe, las hay próximas a fe, las hay simplemente ciertas, las hay más probables, las hay meramente probables, las hay improbables, las hay erróneas, las hay próximas a error, las hay simplemente temerarias y hasta las hay completamente dudosas o libres. Una gama completa de grados de implicitud en el depósito y de grados de necesidad para la conservación del depósito. Y, sin embargo, todas esas verdades o todos esos errores se conforman u oponen al depósito por vía de identidad, pues respecto a la Divinidad o Trinidad no cabe otra vía.

Lo que pasa con el predicado revelado "Dios" pasa con cualquiera otro predicado revelado, siempre que se guarde el verdadero proceso teológico, esto es, siempre que se pase de la revelación de la esencia pura a la deducción de sus propiedades metafísicas o radicales, o de la revelación de la esencia connatural o perfecta a la deducción de sus propiedades actuales. El proceso es de identidad con lo revelado, pero de identidad real, no formal, y, por tanto, de identidad implícita, no explícita, y por eso capaz de diversos grados de implicitud, de diversos grados de relación, de diversos grados de necesidad. Todo progreso homogéneo lleva consigo esos dos caracteres: por ser homogéneo lleva identidad real; por ser progreso lleva diversos grados o estadios de implicitud o desarrollo .

347 OBSERVACIÓN CUARTA.—Pero ahora vamos a ver dónde está la raíz de toda la confusión de nuestro objetante, quien continúa así:

“Un ejemplo lo aclarará. Supongamos que no esté revelado que Jesucristo es hombre físicamente perfecto, sino únicamente que es hombre verdadero, animal racional, y que después la Iglesia define como verdad infalible, con nota inferior a la de fe, que Jesucristo tiene risibilidad actual. ¿Nos enseñará esa definición que esta proposición: “Jesucristo tiene risibilidad actual”, tiene sentido idéntico a esta otra: “Jesucristo es hombre verdadero?” Claro está que no, porque la risibilidad actual, como potencia física, es una realidad realmente distinta de la esencia del hombre. Las proposiciones, pues, no serán idénticas, aunque sean conformes.

Respuesta.—Nuestra contestación es muy sencilla y muy clara: NEGO SUPPOSITUM. Esto es: negamos categóricamente que la Iglesia pudiese definir como infaliblemente verdadera la proposición “Cristo tiene risibilidad actual”, o que pudiese condenar como infaliblemente errónea la proposición opuesta: “Jesucristo no tiene risibilidad actual”, en el supuesto que hace nuestro objetante de que no estuviese revelado que Cristo es hombre perfecto o connatural, sino únicamente que es hombre verdadero o esencial.

Nuestro objetante, como tantos manuales postsuarecianos, tiene metido en la cabeza, y hasta cree que es opinión de todos los teólogos, que en el tipo tradicional de conclusión teológica “Christus est homo: ergo risibilis”, el “risibilis” puedc tomarse en sentido actual, cuando se tome cl hombre en sentido puramente esencial.

A juicio nuestro, padecen en eso una equivocación evidente y de consecuencias trascendentales para la naturaleza de la verdadera Teología y de la infalibilidad, como creemos haberlo hecho patente en otra parte (99-102).

No negamos, pues, que la Iglesia puede definir como infaliblemente verdadera, y aun como de fe divina, la proposición “Cristo tiene risibilidad radical”, estando como está revelado que Cristo es hombre verdadero o esencial. Tampoco negamos que la Iglesia puede definir como infaliblemente verdadera, y aun como de fe divina, la proposición “Cristo tiene risibilidad actual”, o cualquiera otra de las propiedades realmente distintas de la esencia, estando como está verdaderamente revelado que “Cristo es hombre perfecto”. En ambos casos hay verdadera conclusión teológica, en ambos casos hay verdadera definibilidad: pero también en ambos casos hay verdadera identidad real entre el principio y la conclusión, y no mera semejanza, proporción o correspondencia.

Lo que hemos negado y negamos es que la Iglesia pudiese definir como infaliblemente verdadera, y mucho menos como verdad de fe, la proposición “Cristo tiene risibilidad actual” en el supuesto de que únicamente estuviese revelado que “Cristo es hombre esencial”. El raciocinio “Cristo es hombre esencial, luego tiene tal propiedad actual”, mal puede ser objeto de fe divina ni objeto de infalibilidad cuando no tiene siquiera certeza teológica. Tiene la misma e idéntica certeza que estos otros raciocinios: “Cristo es hombre esencial, luego tiene personalidad humana”, o “María Santísima es verdadera Madre, luego no es Virgen”. ¡Hermosa certeza teológica!

348. A LA LUZ DE LA OPOSICIÓN—Para no repetir lo que hemos razonado y documentado largamente en el lugar ya citado, contentémonos con examinar brevemente tales raciocinios a la luz del concepto de oposición, que es el que venimos estudiando en esta sección.

En efecto, nada puede ser condenado como erróneo en el terreno de la Teología ni en el de la infalibilidad si no es verdaderamente opuesto al depósito revelado. Esto lo admite nuestro objetante. Pues bien: es evidente que entre esas dos proposiciones: “Cristo es hombre esencial” y “Cristo no tiene risibilidad actual”, no hay verdadera oposición. Se puede ser esencialmente hombre y no ser actualmente risible, como Se puede ser esencialmente hombre sin ser actualmente, o de hecho, persona humana, como se puede ser esencialmente madre sin dejar de ser virgen. Tales extremos pueden en absoluto coexistir: tales proposiciones, que se nos quieren hacer pasar por opuestas, pueden en absoluto ser ambas verdaderas, y dos proposiciones que puedan en absoluto ser ambas verdaderas, o dos extremos que pueden en absoluto coexistir, no son verdaderamente opuestos, dice Santo Tomás. "Opposita enim secundum quodcumque genus oppositionis impossibile est simul existere".

Y para que nadie se ofuscara pensando en la imposibilidad meramente física, añadió en seguida el Santo Doctor que para la oposición se requería imposibilidad absoluta o esencial. "Quod quidem contingit ex hoc quod alterum oppositorum ex sui ratione (esencia) habet negationem alterius". Y de ahí precisamente deduce el Santo Doctor aquel principio fundamental de que "Contradictio includitur in omnibus oppositis"

Ahora bien: las proposiciones "Cristo es hombre esencial" y "Cristo no es actualmente risible" pueden en absoluto ser ambas verdaderas, pueden en absoluto coexistir en el mismo sujeto, no envuelven repugnancia esencial, no envuelven contradicción. Luego no envuelven verdadera oposición. Luego en el supuesto que hace nuestro objetante de que únicamente estuviese revelado que "Cristo es hombre esencial", la proposición "Cristo no tiene risibilidad actual" no sería verdaderamente opuesta al depósito revelado, y no siendo opuesta al depósito revelado, no podría ser condenada como errónea ni por la infalibilidad ni por la Teología.

  1. NI SE ARGUYA QUE, al menos, podría ser condenada infaliblemente como temeraria. Indudablemente que podría. Pero aquí no tratamos para nada de la temeridad que va contra prudencia, sino que tratamos de lo erróneo que va contra verdad. También la Iglesia puede condenar como infaliblemente temeraria la proposición "el juicio final será el año próximo", sin que de ahí se deduzca que su contradictoria "el juicio final no será el año próximo" tenga certeza teológica ni sea objeto de infalibilidad, ni como errónea ni como verdadera. Sólo es objeto de infalibilidad o de teología como imprudente

350. OBSERVACIÓN FINAL.—Oigamos, en fin, para terminar este ya demasiado largo capítulo, la última observación de nuestro objetante, que dice así:

"Para nosotros, la doctrina católica es la doctrina que la Iglesia, por su magisterio solemne o por el magisterio ordinario, enseña directa o indirectamente a todos los fieles como dogma de fe revelado por Dios o como verdad infalible conforme a la revelación... A toda ella se puede aplicar el famoso dicho del Lirinense, citado por el Concilio Vaticano: "Crescat igitur... et multum vehementerque proficiat, tam singularum quam omnium, tam unius hominis quam totius Ecclesiae, aetatum ac saeculorum gradibus intelligentia, scientia, sapientia: sed in suo dumtaxat genere, in eodem scilicet dogmate, eodem sensu, eademque sententia".

Respuesta.—Muy bien dicho, y nosotros hacemos nuestro todo el párrafo anterior de nuestro objetante. Pero, o nuestro objetante ha padecido una ligera distracción en ese párrafo, o viene en él a admitir cuanto nosotros hemos dicho sobre la identidad real de sentido entre todos los grados de la doctrina católica, y a echar por tierra cuanto él ha tratado de establecer en sus anteriores observaciones.

En efecto, según ese párrafo de nuestro objetante, la doctrina católica abarca, no solamente lo definido como dogma de fe (y, por tanto, el primero y segundo grado), sino también lo definido como verdad infalible (tercer grado).

Según ese mismo párrafo, a toda esa doctrina católica puede aplicársele el famoso dicho del Lirinense, que ha hecho suyo el Concilio Vaticano.

Es así que, como sabe todo teólogo, la frase del Lirinense “in eodem dumtaxat genere, in eodem scilicet dogmate, eodem sensu, eademque sententia”, significa, no solamente semejanza, proporción, correspondencia, sino también verdadera implicitud, verdadera identidad real de sentido.

Luego si el dicho del Lirinense y del Concilio Vaticano se aplica a toda la doctrina católica y ésta abarca los tres primeros grados, viene con ello nuestro objetante a reconocer que hay identidad de sentido entre esos tres grados de la doctrina católica. No hemos pretendido nosotros más que eso en esta obra, ni hace falta más que eso para reconocer la evolución homogénea del dogma católico.

Es verdad que nuestro objetante nada dice explícitamente sobre la verdad teológica (cuarto grado); pero todo el mundo sabe, y no lo negará seguramente nuestro objetante, que ese cuarto grado es de la misma naturaleza que el tercero, pues no hay verdadera conclusión teológica que no pueda pasar a ser objeto de infalibilidad .

**351. RESUMEN.—**Los dos principios en que hemos fundamentado toda esta sección son los siguientes: Primero: El error teológico, como el error infaliblemente condenado, tiene necesariamente que ser realmente opuesto al depósito revelado y no solamente a la razón natural. Segundo: No cabe verdadera oposición entre dos afirmaciones si entre ellas no va implícita una verdadera contradicción. No recordamos de teólogo ni filósofo alguno que haya negado o puesto en duda ninguno de esos principios, y lo que más nos importa, ambos son de Santo Tomás.

Cualquiera que, sin dejarse confundir por una mala inteligencia del "Christus est homo: ergo est risibilis", medite con serenidad sobre el alcance de esos dos principios, vendrá a ver con evidencia, no sólo que hay identidad real u homogeneidad objetiva entre los cuatro grados de la doctrina católica, sino también (y esto es el fundamento de lo otro) que el constitutivo de la verdad teológica o conclusión teológica es el virtual implícito. Su implicitud en el depósito revelado es lo que da a la Teología el carácter de identidad real u homogeneidad objetiva con la fe: su virtualidad (o distinción de conceptos dentro de la misma realidad y, por tanto, necesidad de verdadero raciocinio) es la que le da su carácter de conclusión y su distinción formal de la fe.

La virtualidad implícita del depósito revelado es, pues, la esencia de la verdad teológica. Su carácter de implicitud en el sagrado depósito está admirablemente condensado en aquella lacónica frase del "Princeps Thomistarum", el insigne Capréolo: "OMNIA (theologalia) IMPLICITE IN BIBLIA CONTINENTUR", fórmula áurea que debiera grabarse en la mente de todo tomista y ser inscrita en la primera página de todo manual teológico . Su carácter de virtualidad lo describió el comentarista príncipe Cayetano en aquella otra frase no menos concisa: "Theologica scientia virtualiter continetur in principiis quorum est fides" . Ambos caracteres, el de virtualidad y el de implicitud, están reunidos en aquel texto de Santo Tomás: “Quando aliqua mult in aliquo, dicuntur esse in illo implicite in principiis” Y todavía mejor en: plicare articulos fidei contingit dupliciter tum ad ipsorum articulorum substantiam ipsos articulos distincte scit. Alio modo quae in articulis continentur implicite git dum homo scit ea quae ex articulis

Fíjese todo teólogo en el perfecto dos frases que Santo Tomás toma como a) “ea quae in articulis continentur im ex articulis consequuntur”. Esos son los ciales de la verdad teológica, de la cc la Sagrada Teología, según Santo Tom tual es la raíz de la homogeneidad d en sus cuatro grados de desarrollo. E toridad divina de la Iglesia para expl ves de la evolución homogénea del do

Cualquiera que, sin dejarse confundir por una mala inteligencia del “Christus est homo: ergo est risibilis”, medite con serenidad sobre el alcance de esos dos principios, vendrá a ver con evidencia, no sólo que hay identidad real u homogeneidad objetiva entre los cuatro grados de la doctrina católica, sino también (y esto es el fundamento de lo otro) que el constitutivo de la verdad teológica o conclusión teológica es el virtual implícito. Su implicitud en el depósito revelado es lo que da a la Teología el carácter de identidad real u homogeneidad objetiva con la fe: su virtualidad (o distinción de conceptos dentro de la misma realidad y, por tanto, necesidad de verdadero raciocinio) es la que le da su carácter de conclusión y su distinción formal de la fe.

La virtualidad implícita del depósito revelado es, pues, la esencia de la verdad teológica. Su carácter de implicitud en el sagrado depósito está admirablemente condensado en aquella lacónica frase del “Princeps Thomistarum”, el insigne Capréolo: “OMNIA (theologalla) IMPLICITE IN BIBLIA CONTINENTUR”, fórmula áurea que debiera grabarse en la mente de todo tomista y ser inscrita en la primera página de todo manual teológico . Su carácter de virtualidad lo describió el comentarista príncipe Cayetano en aquella otra frase no menos concisa: “Theologica scientia virtualiter continetur in principiis quorum est fides” . Ambos caracteres, el de virtualidad y el de implicitud, están reunidos en aquel texto de Santo Tomás: “Quando aliqua multa virtute continentur in aliquo, dicuntur esse in illo implicite, sicut conclusiones in principiis” Y todavía mejor en aquel otro texto: “Explicare articulos fidei contingit dupliciter. Uno modo quantum ad ipsorum articulorum substantiam, secundum quod ipsos articulos distincte scit. Alio modo quantum ad ea quae in articulis continentur implicite; quod quidem contingit dum homo scit ea quae ex articulis consequuntur”

Fíjese todo teólogo en el perfecto paralelismo de esas dos frases que Santo Tomás toma como idénticas, a saber: a) “ea quae in articulis continentur implicite”; b) “ea quae ex articulis consequuntur”. Esos son los dos caracteres esenciales de la verdad teológica, de la conclusión teológica, de la Sagrada Teología, según Santo Tomás. Esa implicitud virtual es la raíz de la homogeneidad de la doctrina católica en sus cuatro grados de desarrollo. Esa implicitud y la autoridad divina de la Iglesia para explicarla son las dos claves de la evolución homogénea del dogma católico.

1.º A nadie, en verdad, ha de sorprender que muchos escritores e historiadores de nuestros días digan que la Iglesia Católica ha dejado de existir.—Si esto no se comprende así, es que no hemos advertido la forma en que existe hoy la Iglesia, si se la compara con lo que era al menos desde el siglo II hasta la Revolución francesa.

2.º No ha de sorprender que se juzgue que esta institución ha perdido su eficacia social.—Si esto no se comprende, es que no sabemos qué tipo de eficacia ha tenido en el pasado la Iglesia, ni el tipo que tiene hoy, en unas condiciones y por unos medios que antes eran absolutamente impensables.

3.º No ha de sorprender que se diga que el catolicismo, considerado como sistema, ha concluido o agoniza.—Si esto no se comprende, es que no hemos distinguido la doctrina inmutable del catolicismo, de las formas contingentes con que ha revestido esa doctrina en la Historia. La doctrina no puede morir. Pero esas formas históricas no solamente pueden cambiar, sino que necesariamente cambiarán de continuo.

4.º No ha de sorprender, por fin, que se diga que el catolicismo es para los pueblos latinos una religión ya superada y para los anglosajones una institución que no está en la línea de su vitalidad histórica.—Si esto no se comprende, es que no se ha visto cómo el catolicismo ha sido históricamente una de las mayores fuerzas generadoras de la cultura de los pueblos latinos, y no se ha caído en la cuenta de cómo el catolicismo ha tenido que pasar por un proceso purificador de su fuerza para poder hoy injertarse en otros pueblos, sin que parezca que es simplemente una supervivencia de la cultura latina.

Capitulum VII: La evolución del dogma y la opinión tradicional

§ I: La opinión de los Santos Padres

§ II: La opinión de Santo Tomás

§ III: Desde Santo Tomás a Molina

§ IV: Desde Molina a nuestros días

§ V: La mente de Melchor Cano

§ VI: Respuesta a un estudio histórico

§ VII: Examen de una obra novísima

Epílogo

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