La evolución homogénea del dogma católico

Francisco Marín-Sola

La evolución homogénea del dogma católico

Francisco Marín-Sola (1873–1932)

First published 1923

Francisco Marín-Sola, O.P.'s La evolución homogénea del dogma católico (Madrid–Valencia, 1923) is a large Spanish Dominican account of how Catholic doctrine can develop without becoming a different faith. Drawing on Aquinas and the wider scholastic tradition, it distinguishes homogeneous doctrinal growth from modernist or merely historical change and analyzes the role of theological inference, ecclesial teaching, and controversies about grace. The work became an important reference point in twentieth-century Thomist discussions of doctrinal development and remains a key primary witness to Spanish neo-scholastic theology. Schola presents Spanish and English texts from its documented source and translation arrangement; the copyrighted Sauras introductory essay is not included.


Introducción

1. El título de nuestra obra.—Es posible que a ciertos lectores, más piadosos que ilustrados, les suene mal el título mismo de Evolución homogénea del dogma católico que damos a nuestra obra. Desde que Darwin empleó la frase de Evolución de las especies para significar el transformismo de unas especies en otras, y mucho más desde que el herético modernismo aplicó esa doctrina transformista al dogma católico, ciertos teólogos, excesivamente tímidos, miran con desconfianza el nombre mismo de evolución, como si toda evolución fuese necesariamente transformista y no hubiese evolución alguna homogénea; o como si toda evolución, aun la homogénea, fuese incompatible con el origen divino e inmutabilidad substancial del dogma católico.

Reconocemos que el nombre de evolución aplicado al dogma puede prestarse hoy día a mala inteligencia y abuso. Pero creemos a la vez, que eso no es razón suficiente para dejar de emplearlo, a no ser que pretendamos cerrar la puerta del léxico teológico a los más bellos y expresivos nombres modernos, dejando que los acaparen y abusen de ellos para el error nuestros adversarios. En cuestión de nombres, como en cuestión de ideas, siempre que encierren un fondo de verdad y sean aprovechables para la defensa y explicación del depósito revelado, creemos que la mejor conducta es la aconsejada y practicada por San Agustín, esto es, arrebatarlos de las manos del enemigo y, después de purificados de toda falsa inteligencia, hacerlos servir a la causa de la verdad integral de la religión católica; tanto más que ese nombre de evolución, aplicado al dogma, es ya usado sin escrúpulo alguno, siquiera sea de paso, por eminentes teólogos católicos, de ciencia y ortodoxia por todos reconocidas. Citemos brevemente, entre otros muchos que podrían aducirse, algunos

textos de teólogos contemporáneos pertenecientes a diversas escuelas:

Oigamos al eminentísimo cardenal Billot: “Et hanc legem evolutionis, quae omnibus viventibus organismis dominatur, videmus etiam verificari in Ecclesia Christi, quae sedula et cauta depositorum apud se dogmatum, nihil minuit... sed omni industria hoc unum studet, ut vetera fideliter sapienterque tractando, si quae sunt illa antiquitus informata et inchoata, accuret et poliat; si quae sunt iam expressa et enucleata, consolide, firmet: si quae iam firmata et definita custodiat” .

Oigamos al benedictino Janssens: “Cave tamen ne omnem evolutionem doctrinae catholicae excludes, sed alia est evolutio ab intrinseco, per parabolam grani sinapis optime expressam; alia evolutio ab extrinseco vel ad extrinsecum, quae transformatio melius diceretur. Prior cum iusto moderamine admittenda est; altera prorsus reiicienda” .

Oigamos al servita Lepicier: “Quod enim in catholico dogmate quidam progressus aut quaedam evolutio omnino respui non debeat, nimis evidenter patet .”.

Oigamos al franciscano Casanova: “Nam ad progressus rationem pertinet, ut sit aliquid immobile et aliquid quod proficiat, crescat et augeat. Hae duae condiciones mirabili modo inveniuntur in fide, cuius elementum obiectivum perseverat, et cuius explicatio seu evolutio multipliciter perficitur” .

Oigamos a Van Noort: “Imprimis certum est incrementum quod explicavimus non importare mutationem in ipsa doctrina sed organicam explicationem sive evolutionem eiusdem praedicationis, eiusdem fidei. Quemadmodum igitur vir adultus non alius est ac parvulus, licet singula eius membra ambitu et viribus multum creverint, ita praedicatio Ecclesiae, quamvis successu temporis magis explicata et evoluta sit, revera semper eadem permanet” .

Oigamos al dominico Berthier: “Hinc liquet explicationem doctrinae traditae apud nos nullatenus esse permutationem, sed evolutionem seu profectum eiusdem veritatis, non quoad substantiam, sed quoad explicationem” .

Oigamos también a otro dominico, el P. De Groot: “Evolutio doctrinae christianae admittenda est. Etiam ipsa indoles Ecclesiae continuitatem et evolutionem, stabilitatem et

motum postulat. Evolutionis promovendae causae sive directae, sive indirectae assignantur: omnes tamen uni causae principali, subordinantur Christo, qui S. Spiritum suae promissit Ecclesiae... Porro terminari doctrinae alicuius evolutionem dicimus, quando ipsam definit Ecclesia... Haec est illa evolutio et vita veritatis, haec illa traditionis et progressus sacrata unio" .

Oigamos a otro ilustre teólogo, el dominico belga P. Tuyaerts, maestro en Sagrada Teología y actual prior del Estudio General de Lovaina: “Depuis un siècle environ, l'evolution est probablement ce qui a le plus sollicité l'attention de tous les hommes de science... Les protestans se font gloire d'avoir été les premiérs à inaugurer l'étude de l'histoire des dogmes. Quoi qu'il ne soit de cette pretention, il est certain que, bien des siècles avant la naissance du protestantisme, des écrivains et de docteurs catholiques ont signalé et etudié le fait de l'evolution des dogmes. Témoin Saint Vincent de Lérins, qui s'en occupe assez longuement dans son célèbre Commonitorium: témoin le Docteur Angélique Saint Thomas d'Aquin qui en expose le concept catholique et en établit bièvement le fondement et les lois. On reste donc entièrement dans la ligne de la théologie catholique en étudiant ce phénomène de l'evolution des dogmes” .

Tan lejos está de ser censurado el nombre de evolución aplicado al dogma, que no faltan teólogos católicos que califican de anticatólica la opinión que niega toda evolución dogmática. “Optime igitur Mausbach notat, esse sententiam acatholicam quae tenet, in religione christiana, verum profectum seu evolutionem non esse admittendam”. .

Podríamos añadir otros muchísimos teólogos contemporáneos; pero creemos que nueve, de la altura de esos que acabamos de citar, bastarán para desvanecer todo escrúpulo, aun al más timorato lector, sobre el título de EVOLUCIÓN HOMOGÉNEA DEL DOGMA dado a nuestra obra.

2. UN SUBTÍTULO QUE PUEDE AÑADIRSE.—Al título de Evolución del Dogma hubiéramos podido añadir el subtítulo de Homogeneidad de toda la doctrina católica para indicar que nuestro objetivo es doble. Primero, demostrar que respecto al dogma, propia y rigurosamente dicho, cabe verdadera evolución, aunque siempre evolución homogénea. Segundo, hacer ver que esa evolución es tan amplia que se extiende a todos los grados de la doctrina católica, hasta el punto de no haber verdad alguna que pertenezca rigurosamente a la

doctrina católica y no pueda llegar a ser verdadero dogma de fe, dentro de la más perfecta y substancial homogeneidad con el depósito divinamente revelado.

3. CUATRO GRADOS DE LA DOCTRINA CATÓLICA.—Todo el ámbito de la doctrina católica puede distribuirse en cuatro grados: a) dato revelado; b) dogmas; c) verdades infalibles; d) conclusiones teológicas.

El primer grado abarca todas y solas las verdades o proposiciones expresamente reveladas o inspiradas por Dios a los Apóstoles, y por los Apóstoles entregadas a la Iglesia, pero tal cual salieron de la pluma o boca de los Apóstoles o escritores sagrados; y antes, por lo tanto, que la Iglesia o la razón humana hicieran sobre ellas labor o especulación alguna. Abarca, por lo tanto, dos géneros de proposiciones: primero, todas las proposiciones de la Sagrada Escritura tal como salieron de la pluma de los autores inspirados; segundo, todas las proposiciones de la tradición divina, tal como éstas salieron de labios de los Apóstoles. Este primer grado suele llamarse dato revelado o revelado explícito, y es el punto de partida de los otros tres grados y de todo progreso, tanto dogmático como teológico.

El segundo grado, llamado dogmas de fe, comprende todas las proposiciones definidas por la Iglesia como reveladas o como de fe divina, o cuyas contradictorias hayan sido condenadas con la nota de heréticas.

El tercer grado incluye todas las proposiciones definidas por la Iglesia de una manera infalible, pero sin ser expresamente definidas como reveladas, y también todas aquellas cuyas contradictorias hayan sido infaliblemente condenadas con nota inferior a la de herejía.

Al cuarto grado, en fin, pertenecen todas las proposiciones que están necesariamente conexas con cualquiera de los tres grados anteriores, que es lo que comúnmente se entiende bajo el nombre de conclusiones teológicas, y a las cuales se reducen los llamados hechos dogmáticos.

4. IMPORTANCIA DEL CUARTO GRADO.—Estos cuatro grados abarcan complétamente todo el ámbito de la doctrina católica, y aunque no sean los cuatro de igual valor, los cuatro deben ser tenidos en cuenta por cualquiera que trate de estudiar la homogeneidad de la doctrina católica o de la evolución dogmática.

Si alguno se extraña de que el cuarto grado, llamado conclusiones teológicas, sea computado por nosotros entre los verdaderos grados de la doctrina católica, no tiene más que reflexionar tres cosas. Primera, que gran parte de la doctrina que la Iglesia enseña al pueblo cristiano mediante el catecismo o la predicación ordinaria pertenece a ese cuarto grado. Segunda, que todas las verdades de ese cuarto grado pueden pasar al tercero, pues no hay conclusión alguna verdaderamente teológica que no pueda ser infaliblemente definida por la Iglesia. Tercera y principal, que, en opinión de gravísimos teólogos, opinión que parece estar confirmada por hechos patentes de la historia de los dogmas, gran parte de las verdades del segundo grado han salido de ese grado cuarto, esto es, de las conclusiones teológicas.

Sin el estudio, pues, de la naturaleza de las conclusiones teológicas es imposible estudiar bien la naturaleza de las verdades infalibles, y difícil, si no imposible, estudiar y comprender la naturaleza y evolución de las verdades dogmáticas.

5. Dos HECHOS HISTÓRICOS.—Ante la vista de cualquiera que estudie sin prejuicios la historia de la Iglesia católica y de su doctrina, se destacan con evidencia dos hechos.

El primer hecho es que la doctrina católica, aun en su parte estrictamente dogmática, ha crecido o se ha desarrollado, y en una escala grandísima, desde el tiempo de los Apóstoles hasta nuestros días. Para verlo no hay sino comparar sobre cualquier punto doctrinal los sencillos enunciados bíblicos con las complicadas definiciones de los últimos concilios ecuménicos: comparar el símbolo apostólico o primitivo con el símbolo llamado de San Atanasio o con la profesión de fe de Pío IV; comparar cualquier documento de los papas primitivos con el Syllabus, de Pío IX, o con la encíclica Pascendi, de Pío X; comparar cualquier catequesis o número de catequesis de los Santos Padres con uno de los catecismos de nuestros días. La evidencia de tal hecho o crecimiento salta a la vista.

El segundo hecho patente es que en ese crecimiento han tenido gran intervención o influencia las diversas filosofías o civilizaciones humanas, en especial la filosofía griega en la Edad Patrística y la filosofía escolástica en la Edad Media y Moderna. Esa influencia se advierte en los escritos de los Santos Padres, que desarrollaron la doctrina primitiva; en las disputas y disquisiciones conciliares que precedieron a la definición de cada dogma, y aun en las mismas fórmulas dogmáticas, las cuales llevan la marca clara de las diversas épocas en que fueron definidas .

6. UN PROBLEMA.—Esos dos hechos, que pueden explicarse de muy diferente manera, pero que no pueden negarse, han

dado lugar al gravísimo problema siguiente: ese progreso o crecimiento de la doctrina católica, ¿es un progreso homogéneo o heterogéneo? ¿Constituye una simple evolución homogénea de lo que ya estaba implícitamente contenido en el dato primitivo o es una adición extrínseca o heterogénea, una verdadera evolución transformista? Esos tres últimos grados, que llamamos dogmas, verdades infalibles y conclusiones teológicas, o al menos ese segundo grado, que llamamos dogmas de fe, ¿son verdades reveladas y divinas como las del primer grado, o son doctrinas humanas añadidas al depósito divino?

7. LA SOLUCIÓN MODERNISTA.—El modernismo resuelve ese problema afirmando que la doctrina actual de la Iglesia católica no es una evolución homogénea de la llamada doctrina apostólica o dato primitivo, sino un verdadero transformismo. Al contacto, dice, y bajo la influencia de diversas filosofías y civilizaciones sucesivas, la doctrina primitiva se ha mezclado y transformado substancialmente con infinidad de elementos humanos y caducos, dando lugar a una amalgama y corrupción del dato primitivo. Lo que llamamos, pues, dogmas, verdades infalibles y conclusiones teológicas no es, según el modernismo, una simple evolución de la doctrina apostólica, sino una verdadera transformación o, mejor aún, una corrupción

8. LA SOLUCIÓN DE CIERTOS TEÓLOGOS CATÓLICOS.—Ciertos teólogos católicos del siglo XVII y muchísimos de entre los teólogos modernos, no hallan más solución a este problema que el trazar una línea divisoria en el paso del segundo grado de la doctrina católica al tercero y cuarto. Según estos teólogos, el segundo grado, o sea los dogmas, es una continuación homogénea de la doctrina revelada o apostólica; pero el tercero y cuarto grado no son una evolución homogénea, sino un verdadero transformismo, una verdadera mezcla del dato revelado con la ciencia humana. Por eso, para estos teólogos, el dato primitivo y los dogmas son verdades reveladas y verdaderamente divinas, a las cuales se debe asentimiento de fe divina; pero las llamadas verdades infalibles y conclusiones teológicas son verdades humanas, a las que no se debe ni se puede dar sino asentimiento de fe humana, o a lo más, de fe eclesiástica, aunque la Iglesia las defina.

9. UNA DIFICULTAD GRAVÍSIMA.—En esta teoría no solamente se niega la homogeneidad substancial de la doctrina católica

en su tercero y cuarto grado, sino que se presenta también una gravísima dificultad para defender la homogeneidad del segundo grado, o sea de los dogmas mismos de fe.

En efecto, la razón por que estos teólogos niegan la homogeneidad del tercero y cuarto grado, es porque en el desarrollo de estos grados ha entrado un raciocinio humano propiamente dicho, esto es, a causa del segundo hecho histórico de que hablábamos hace poco, que es la influencia de la razón humana en el desarrollo del dato primitivo.

Ahora bien: la historia parece atestiguar claramente que esa influencia de la razón humana en el desarrollo del dato revelado no se ha ejercido solamente en el tercero y cuarto grado, sino también en el segundo. Por poco que se estudie la historia de los dogmas, parece claro que ciertos dogmas han salido del dato primitivo mediante un raciocinio propio de mayor revelada y menor de razón, esto es, de la misma manera exactamente que han salido las verdades del tercero y cuarto grado.

Si el uso, pues, de la razón y de la ciencia humanas en el tercero y cuarto grado destruye la homogeneidad e induce el transformismo, como creen estos teólogos, parece tener razón el modernismo al negar también la homogeneidad del segundo grado y al admitir el transformismo en toda la doctrina católica.

10. EL P. GARDEIL.—La teología católica debe a este sabio y renombrado dominico dos de las mejores monografías que se han escrito sobre metodología teológica.

En la primera, titulada La credibilidad y la apologética, logró hacer luz en el caos que reinaba sobre la concepción de la apologética, marcando bien el objeto propio de esa ciencia auxiliar de la teología. Este trabajo, en sus líneas fundamentales, puede considerarse como definitivo, y ha sido el punto de partida de cuanto bueno se ha escrito después sobre la naturaleza de la apologética.

En la segunda obra, que lleva por título El dato revelado y la teología, el autor se propuso otro fin no menos importante y fecundo, pero más complicado y difícil: el mostrar la homogeneidad de toda la doctrina católica, haciendo ver cómo el dato revelado se ha desarrollado sin transformismo y en perfecta continuidad objetiva a través de todos los otros grados.

Con su espíritu claro vió en seguida el P. Gardeil que todo este problema dependía de dos cosas: de un hecho histórico y de un principio filosófico-teológico.

El hecho histórico lo admitió el P. Gardeil sin atenuaciones ni distingos; ese hecho es la influencia real y profunda que el raciocinio humano ha ejercido en el desarrollo no solamente del tercero y cuarto grado de la doctrina católica, sino también del segundo. Para el P. Gardeil, y creemos que para cualquiera que lea la historia sin teorías preconcebidas, es un hecho patente que muchos dogmas no han sido ni hubieran podido ser conocidos por la razón humana sino por vía de rigurosa y propia conclusión teológica, deducida de una mayor de fe y una menor de razón.

Una vez admitido este hecho, la cuestión de la homogeneidad o transformismo del dogma católico dependía por entero del principio siguiente: de si la concurrencia de menores de razón con mayores de fe en un raciocinio destruye o no la homogeneidad dogmática. Si toda intervención del raciocinio humano, propiamente dicho, en el desarrollo del dato revelado, da por resultado el transformismo, entonces es cuestión desesperada el tratar de defender la homogeneidad objetiva de la doctrina católica. Esa homogeneidad queda evidentemente destruída en el tercero y cuarto grado, y aun también en el segundo, a no ser negando un hecho histórico, al parecer, evidente.

Como en toda cuestión tan grave como esta de la evolución del dogma es sumamente peligrosa toda innovación, y es siempre lo más prudente atenerse a la opinión tradicional de los teólogos católicos, el P. Gardeil quiso conocer bien la opinión tradicional. Para ello leyó, como él mismo nos dice, cuanto de mejor han escrito sobre esta materia los teólogos, y de esta lectura sacó la convicción siguiente: "Parece claro que la generalidad de los teólogos modernos niegan que quepa homogeneidad entre un principio revelado y una con-

clusión de él deducida, cuando esa deducción ha sido hecha mediante un raciocinio propiamente dicho" .

Sin dejar de traslucir con bastante transparencia su desagrado por esa opinión moderna, el P. Gardeil no se atrevió a combatirla de frente, sino que para continuar defendiendo la homogeneidad echó mano de un recurso ingenioso, introduciendo en el problema un nuevo factor extrínseco, que él llamó el carisma social del sentido cristiano. Mediante la aprobación de las conclusiones por ese sentido común de la Iglesia, podían tales conclusiones adquirir un valor de homogeneidad y de continuidad con el dato revelado que por sí solas no tenían.

Como el P. Gardeil mismo ha reconocido después, tal factor, aunque útil en algunos casos, no resuelve el problema de la homogeneidad. Un sentido, por grande y eficaz que se le suponga, podrá servir para discernir la homogeneidad, si esa homogeneidad ya existe de antemano, pero jamás podrá crearla ni suplirla.

11. NUESTROS ARTÍCULOS EN "LA CIENCIA TOMISTA".—La lectura de este libro del P. Gardeil fué la que nos movió, en el 1911, a comenzar en La Ciencia Tomista una serie de artículos sobre La homogeneidad de la doctrina católica . En los

doce años que han pasado desde esa fecha, hemos continuado la serie, estudiando la cuestión bajo una gran variedad de aspectos, y haciendo ver sus relaciones y su armonía con las principales cuestiones de la Sagrada Teología. En ese estudio creemos haber puesto en claro, entre otras cosas, los cuatro puntos siguientes:

1.º Es un hecho histórico, fuera de toda duda, que muchos dogmas se han desarrollado o han evolucionado por la vía de conclusión teológica propiamente dicha, y que ese hecho debe ser reconocido por todo teólogo moderno, como fué reconocido por toda la teología tradicional hasta el siglo XVII.

2.º Es un principio filosófica y teológicamente cierto que el raciocinio propio y riguroso puede intervenir en el desarrollo o evolución del dato revelado sin destruir su perfecta homogeneidad.

3.º Ese hecho histórico, como ese principio filosófico-teológico, fueron admitidos por todos los teólogos anteriores al siglo XVII, y que la persuasión contraria que hoy día existe en algunos proviene de una confusión introducida por Suárez sobre la naturaleza de la verdadera virtualidad del depósito revelado, confusión continuada por Lugo y no advertida por los Salmanticenses y Billuart.

4.º Una vez restablecida la verdadera inteligencia del virtual revelado, es fácil entender cómo puede existir y existe de hecho en el dogma católico verdadera y propia evolución, pero evolución homogénea, con lo cual desaparece esa antinomia que parecía existir entre la enseñanza de la teología católica y los hechos de la historia, y se desvanece por completo la objeción modernista sobre el transformismo del dogma.

Estos cuatro puntos, con otros varios, tales como la función de la Iglesia en la evolución dogmática, las diferentes vías de evolución del dogma, la naturaleza de la fe eclesiástica, etc., etc., constituyeron el fondo de veintiocho artículos publicados en estos doce años, durante los cuales no hemos cesado de estudiar más y más esta cuestión de la evolución del dogma, cuestión infinitamente compleja, como la llama el P. Grandmaison, pero cuestión también importantísima y adquirir un cierto habitus de estas cosas. El verdadero fundamento intrínseco y a priori de la homogeneidad de las conclusiones verdaderamente teológicas, según Santo Tomás, está allí y no en otra parte. Lo que he llamado el sentido social de la Iglesia dirigido por el Espíritu Santo, puede ser muy bien, en ciertos casos, el criterio y, por consiguiente, la prueba extrínseca. Pues no se ha dado a sentido alguno el poder discernir la homogeneidad donde no la hay. Es preciso, pues, un fundamento intrínseco a la homogeneidad de las conclusiones teológicas. Y es el poder ser deducidas por un razonamiento formal, por vía de inclusión e identidad, que es el fundamento según Santo Tomás” (GARDIL, en la Revue de sciences philosophiques et théologiques, oct. 1912, pp. 825-27).

de candente actualidad, como la califica el P. Gardell. De esos artículos, refundidos y ordenados en un plan más armónico y más conciso, ha salido la presente obra sobre la evolución del dogma, que hoy ofrecemos al público.

12. DIVISIÓN DE LA PRESENTE OBRA.—Con el fin de abarcar bajo pocos capítulos las muchas cuestiones relacionadas con la evolución del dogma, hemos creído conveniente dividir la obra en solos siete capítulos, en la forma siguiente: 1.º La naturaleza de la evolución en general y las diversas especies y grados de evolución doctrinal. 2.º La evolución del dogma y la virtualidad del dato revelado. 3.º La evolución del dogma y la autoridad de la Iglesia. 4.º Las diferentes vías de la evolución del dogma. 5.º La extensión de la evolución del dogma a todo el objeto de la llamada fe eclesiástica. 6.º Solución de las objeciones contra la evolución del dogma. 7.º La evolución del dogma y la opinión tradicional.

Con estos siete capítulos, divididos en tantas secciones cuantas exija cada asunto, esperamos que la cuestión de la evolución del dogma quedará tratada, si no con la extensión que ella se merece, con la suficiente claridad para hacer ver dónde están las verdaderas bases para salvar el hecho de la evolución que nos enseña la historia, y la homogeneidad de esa evolución que nos obliga a creer nuestra fe y que la historia también testifica.

13. Dos MÉTODOS.—La demostración de la evolución homogénea del dogma católico puede tratarse por dos métodos o vías diferentes: primero, por la vía teológico-especulativa, haciendo ver que es posible y cómo puede verificarse tal evolución del dogma sin perjuicio de su origen divino y de su inmutabilidad substancial; segundo, por la vía histórica,

demostrando que esa evolución ha existido de hecho, y en qué dogmas y bajo qué circunstancias se ha verificado.

Un estudio que se limitase exclusivamente a una sola de esas dos vías sería, por necesidad, muy incompleto. En cambio, un estudio que abarcase ambas vías, y que las abarcase por igual, sería perfecto. Pero la vía histórica aplicada a cada dogma en particular exigiría una extensión desmesurada y también una suma tal de conocimientos históricos, críticos y psicológicos, que difícilmente puede ser llevada a cabo por los esfuerzos aislados de un solo teólogo.

Por eso hemos elegido una vía media. Hemos dedicado la principal parte a la vía teológico-especulativa, pues nos dirigimos ante todo a los teólogos. Pero hemos a la vez entremezclado dos estudios históricos, el uno dando diez ejemplos concretos de evolución dogmática por vía de raciocinio, y el otro estudiando la opinión tradicional sobre esta materia a través de los siglos. Creemos que, con esto, nuestra demostración de la evolución homogénea del dogma sale de la teoría y se convierte en sensible y tangible; encarnándose en los hechos, aparece concreta y práctica .

14. NUESTRO GUÍA EN ESTA OBRA.—Es creencia bastante generalizada hoy día que los grandes maestros de la Escolástica no se dieron cuenta ni trataron de ese gran hecho de la evolución del dogma que tanto preocupa a los teólogos modernos. A lo más, se concede que se ocuparon algo de la evolución dogmática del Antiguo Testamento, pero no de la del Nuevo Testamento después de los Apóstoles.

Esto es una gran equivocación. En el curso de esta obra quedará patente que todos los principales teólogos escolásticos se ocuparon de ese hecho y trataron de explicarlo. En especial se verá cómo Santo Tomás no solamente reconoció el hecho de la evolución del dogma en el Nuevo Testamento y la distinguió perfectamente de la del Antiguo, sino que también trazó con criterio seguro el cauce y las leyes de esa

evolución, salvando a la vez el hecho de la evolución y el principio de su homogeneidad a través de todos los grados de la doctrina católica.

Los Sumos Pontífices vienen repitiendo sin cesar que, en los principios del Doctor Angélico, hay virtualidad suficiente para resolver todas las grandes cuestiones relacionadas con el dogma que han surgido después. Confiamos hacer ver que, para resolver esta moderna cuestión de la evolución del dogma, no hay sino aplicar fielmente los grandes y fecundos principios que sobre la fe, la Teología, la razón humana y la Iglesia dejó consignados el Angel de las Escuelas. Nuestra obra entera no será sino una perpetua y fiel exposición de la doctrina del Santo Doctor, tal cual siempre fué entendida por todos sus clásicos comentaristas anteriores al siglo XVII, esto es, antes que se introdujera en las escuelas la confusión de nomenclatura sobre esta cuestión, y con ella la confusión sobre la verdadera naturaleza y extensión de la virtualidad implícita del dato revelado.

15. PROTESTA.—En toda cuestión, pero mucho más en cuestión tan grave y tan delicada como ésta de la evolución del dogma, nos sujetamos incondicionalmente al juicio de la Iglesia católica, juez infalible en todo lo relacionado con el depósito revelado.

Universidad de Friburgo (Suiza), 1923.

Capitulum I: Las diversas especies y grados de evolución

§ I: La evolución en general

§ II: Los tres grados de evolución doctrinal

§ III: La evolución en los diversos géneros de ciencias

§ IV: La evolución mediante el raciocinio o paso de la esencia a sus propiedades

§ V: La evolución mediante el raciocinio o paso de la causa a sus efectos

Capitulum II: La evolución del dogma y la virtualidad implícita del dato revelado

§ I: El punto de partida de la evolución dogmática

§ II: Origen histórico de la confusión moderna sobre la verdadera virtualidad revelada

§ III: Clasificación de las diversas teorías católicas sobre esta materia

§ IV: La virtualidad físico-conexiva no es verdadera virtualidad revelada ni teológica

§ V: La verdadera virtualidad revelada y teológica es la virtualidad implícita o metafísico-inclusiva

§ VI: La virtualidad metafísico-inclusiva es realmente homogénea con el dato revelado

§ VII: Dos concepciones opuestas sobre la virtualidad revelada o sagrada teología

Capitulum III: La evolución del dogma y la autoridad de la Iglesia

§ I: La virtualidad revelada antes de la definición de la Iglesia

§ II: La virtualidad revelada después de la definición de la Iglesia

§ III: El lugar orgánico de la autoridad de la Iglesia en nuestra fe divina

§ IV: Si la Iglesia convierte la revelación mediata o virtual en inmediata

§ V: La autoridad de la Iglesia comparada con la de Dios y la de los Apóstoles

§ VI: Dos funciones de la autoridad de la Iglesia respecto al depósito revelado

§ VII: Si la evolución dogmática después de los Apóstoles es subjetiva u objetiva

§ VIII: Si las definiciones de la Iglesia completan o perfeccionan el depósito

Capitulum IV: Las diferentes vías de la evolución del dogma

§ I: La evolución dogmática por vía especulativa

§ II: Ejemplos históricos de evolución dogmática por vía especulativa

§ III: Más ejemplos de lo mismo

§ IV: Si cabe evolución dogmática por vía de asimilación

§ V: La evolución dogmática por vía afectiva o experimental

§ VI: Otras observaciones sobre la vía afectiva

§ VII: Las analogías o imágenes de la evolución dogmática

Capitulum V: La extensión de la evolución dogmática y refutación de la llamada fe eclesiástica

§ I: Origen y sentido de la moderna fe eclesiástica

§ II: La fe eclesiástica y las conclusiones teológicas

§ III: La fe eclesiástica y los hechos dogmáticos

§ IV: La fe eclesiástica y la canonización de los santos

Capitulum VI: Solución de las objeciones contra la evolución del dogma

§ I: Objeciones contra la evolución dogmática en general

§ II: Más objeciones contra lo mismo

§ III: Objeciones contra la identificación de la extensión de la evolución del dogma con la extensión de la infalibilidad

§ IV: Objeciones contra una de las pruebas principales de la evolución del dogma

Capitulum VII: La evolución del dogma y la opinión tradicional

§ I: La opinión de los Santos Padres

§ II: La opinión de Santo Tomás

§ III: Desde Santo Tomás a Molina

§ IV: Desde Molina a nuestros días

§ V: La mente de Melchor Cano

§ VI: Respuesta a un estudio histórico

§ VII: Examen de una obra novísima

Epílogo

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