La evolución homogénea del dogma católico
Francisco Marín-Sola (1873–1932)
First published 1923
Francisco Marín-Sola, O.P.'s La evolución homogénea del dogma católico (Madrid–Valencia, 1923) is a large Spanish Dominican account of how Catholic doctrine can develop without becoming a different faith. Drawing on Aquinas and the wider scholastic tradition, it distinguishes homogeneous doctrinal growth from modernist or merely historical change and analyzes the role of theological inference, ecclesial teaching, and controversies about grace. The work became an important reference point in twentieth-century Thomist discussions of doctrinal development and remains a key primary witness to Spanish neo-scholastic theology. Schola presents Spanish and English texts from its documented source and translation arrangement; the copyrighted Sauras introductory essay is not included.
Introducción
Capitulum I: Las diversas especies y grados de evolución
§ I: La evolución en general
§ II: Los tres grados de evolución doctrinal
§ III: La evolución en los diversos géneros de ciencias
§ IV: La evolución mediante el raciocinio o paso de la esencia a sus propiedades
§ V: La evolución mediante el raciocinio o paso de la causa a sus efectos
Capitulum II: La evolución del dogma y la virtualidad implícita del dato revelado
§ I: El punto de partida de la evolución dogmática
§ II: Origen histórico de la confusión moderna sobre la verdadera virtualidad revelada
§ III: Clasificación de las diversas teorías católicas sobre esta materia
§ IV: La virtualidad físico-conexiva no es verdadera virtualidad revelada ni teológica
89. EL VIRTUAL DEL TIPO CUARTO.—Hemos visto cómo, desde Suárez acá, se viene llamando virtual revelado o teológico, propiamente dicho, al virtual físico-conexivo, esto es, al virtual cuarto de entre los seis tipos de raciocinio o virtualidad que ya conocemos (45 y 73).
Vamos en esta sección a tratar de hacer ver que ese raciocinio físico-conexivo no es riguroso raciocinio teológico; que no es rigurosa conclusión teológica; que no concluye en teología; que no es virtual teológico o revelado; que no está necesariamente conexo con la mayor revelada o depósito revelado de que se trata de deducirlo. Y si no es virtual revelado o teológico, si no está necesariamente conexo con el depósito revelado, mucho menos será objeto de infalibilidad, y menos todavía definible de fe divina. Estas aserciones nuestras parecerán a muchos chocar contra cuanto, desde Suárez, se viene diciendo en la mayoría de los manuales teológicos; pero creemos que no es difícil dar de ello una demostración concluyente y hacer ver que en toda esta cuestión no hay más que una confusión entre la esencia pura o en abstracto y la esencia connatural o perfecta1.
90. TRES PRENOTANDOS.—Recordemos, en primer lugar, que en este raciocinio físico-conexivo se trata de deducir, como conclusión, no las propiedades metafísicas, o esenciales, o aptitudinales, o radicales, sino las propiedades físico-actuales, y que suponemos que estas propiedades físico-actuales son realmente distintas de la esencia y en absoluto, o por virtud divina, separables de ella (44).
Recordemos, en segundo lugar, que para deducir tales propiedades realmente distintas y en absoluto separables partimos de la esencia en estado puro o en abstracto, esto es, suponemos que Dios no nos ha revelado más sino que N. tiene tal esencia; pero sin decirnos una palabra, ni expresa ni implícitamente, sobre si tal esencia está en estado connatural o preternatural, en estado íntegro o manco, en estado perfecto o imperfecto.
Recordemos, en tercer lugar, que tratamos de deducir no una conclusión condicionada, sino una conclusión simple o absoluta. Esto es, supuesto que sepamos por revelación que N. es hombre (esencia pura o en abstracto), no tratamos de deducir "luego N. es actualmente risible si está en estado connatural", sino que se trata de deducir de este modo: "luego N. es actualmente risible". Si tratáramos de deducir la conclusión condicionada, estábamos también fuera del caso, pues deducir que "N. es actualmente risible si está en estado connatural", se convierte en esta otra: "N. está en estado connatural, luego es actualmente risible", lo cual ya no es el raciocinio del tipo cuarto o físico-conexivo de que ahora tratamos, sino el raciocinio del tipo quinto, del cual no sólo concedemos que es teológico, sino que es definible de fe divina.
Hechos estos prenotandos, que, aun a riesgo de que se nos tilde de repetir demasiado, los hemos creído indispensables dado la delicadeza de la cuestión, vamos a aducir las pruebas en que nos apoyamos para creer que el raciocinio del tipo cuarto o físico-conexivo no concluye en teología ni puede, por lo tanto, ser ni llamarse verdadero virtual revelado ni verdadera conclusión teológica, a no ser en el sentido lato en que se llama conclusión no sólo a lo demostrativo o concluyente, sino también a lo teológicamente incierto y probable.
91. PRIMERA Y FUNDAMENTAL RAZÓN.—Es un axioma en lógica que de lo verdadero nunca puede seguirse o concluirse lo falso, o que si una conclusión es falsa tiene que ser, o porque alguna de las premisas es falsa, o porque el raciocinio está mal hecho. Examinemos, pues, uno o varios raciocinios de verdadero virtual físico-conexivo o del tipo cuarto, esto es, raciocinios en que, sabiendo por revelación la esencia pura de una cosa, se trate de deducir en la conclusión una propiedad físico-actual mediante una menor de necesidad física.
Por revelación sabemos que el cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía es verdadero cuerpo; que los accidentes eucarísticos son verdaderos accidentes; que el fuego del horno de Babilonia era verdadero fuego, etc., etc. Por ciencia física sabemos, con plena certeza o necesidad física, que todo cuerpo tiene extensión local u ocupación de lugar; que todo accidente tiene inherencia actual en el sujeto; que todo fuego debidamente aplicado quema de hecho, etc. Sean, pues, los siguientes raciocinios del tipo cuarto:
1.º El cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía es verdadero cuerpo: es así que todo cuerpo ocupa de hecho lugar, luego el cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía ocupa de hecho lugar.
2.º Los accidentes eucarísticos son verdaderos accidentes: es así que todo accidente tiene inherencia actual en el sujeto, luego los accidentes eucarísticos tienen inherencia actual en el sujeto.
3.º El fuego del horno de Babilonia era verdadero fuego y aplicado en las debidas condiciones: es así que todo verdadero fuego y bien aplicado quema de hecho, luego el fuego del horno de Babilonia quemó de hecho.
4.º El fuego del infierno o del purgatorio es verdadero cuerpo: es así que nada corporal puede atormentar ni aprisionar a un espíritu, luego el fuego del infierno o del purgatorio no atormenta ni aprisiona a los espíritus.
5.º Elías fué verdadero hombre: es así que todo hombre muere de hecho, luego Elías ha muerto de hecho.
6.º Jesucristo es verdadero hombre: es así que todo hombre es persona humana y es concebido por obra de varón, luego Jesucristo es persona humana y concebido por obra de varón.
7.º La Santísima Virgen es descendiente de Adán y concebida por obra de varón: es así que en esas condiciones se contrae de hecho la culpa original, luego la Santísima Virgen contrajo de hecho la culpa original.
8.º Jesucristo y su santísima Madre murieron real y verdaderamente: es así que ningún muerto resucita o vuelve a la vida, luego ni Jesucristo ni la Virgen resucitaron, etc., etc.
Fíjese cualquiera bien en todos esos raciocinios. Son verdaderos raciocinios de virtual físico-conexivo. En la mayor sabemos por revelación la esencia; en la menor sentamos un principio físicamente necesario o cierto. La conclusión, sin embargo, lejos de ser verdadera conclusión teológica, lejos de tener certeza teológica, lejos de tener necesidad o conexión teológica, es un error teológico. Luego el virtual físico-conexivo no es verdadera conclusión teológica, no tiene certeza teológica, no tiene necesidad teológica, no tiene conexión necesaria con lo teológico; esto es, con lo divino; esto es, con la mayor revelada o depósito revelado.
Estamos seguros que cualquiera que, sin preocupaciones o ideas preconcebidas, reflexione atentamente sobre esos raciocinios y no se deje ilusionar por consideraciones que sean ajenas a su valor intrínseco comprenderá pronto la diferencia radical que existe entre la física y la teología y que el raciocinio físico-conexivo no tiene valor alguno demostrativo en teología.
En efecto, todos esos raciocinios que acabamos de citar son verdaderos raciocinios o virtuales físico-conexivos, y sin embargo, lejos de concluir en teología, conducen a conclusiones falsas. Es principio evidente que la falsedad de una conclusión procede siempre de una de estas dos fuentes: o de que alguna de las premisas es falsa, o de que el silogismo está mal hecho. En los silogismos citados ninguna de las premisas es falsa, pues las mayores son reveladas y las menores son físicamente ciertas. Luego es que esos silogismos están mal hechos. Esto es: luego es que no está bien hecho en teología un silogismo en que la mayor expresa solamente la esencia pura y la menor no es menor esencial, sino de pura conexión física. Y como en eso, precisamente, consiste el virtual físico-conexivo o del tipo cuarto, resulta evidentemente que tal virtud no concluye en teología, no es conclusión teológica.
92. UNA EVASIVA.—No se le ocurra a nadie el contestar que esos raciocinios no son concluyentes o que esas conclusiones son falsas, porque sabemos, por revelación, lo contrario de esas conclusiones.
En primer lugar, esa sería una contestación propia de simples fieles, no de verdaderos filósofos o teólogos, como observa muy bien, a otro propósito similar, Báñez, con el cardenal Cayetano2.
En segundo y principal lugar, esas conclusiones no son falsas, porque Dios ha revelado lo contrario; sino viceversa. Dios ha revelado lo contrario, porque eran falsas. Su falsedad intrínseca no es causada por la revelación, sino por su falta de enlace necesario con los principios o premisas de que se quiere deducirlas. Dios pudo, seguramente, habernos revelado solamente las mayores de esos raciocinios y no habernos dicho aún palabra sobre las conclusiones, y sin embargo, tales conclusiones seguirían siendo tan falsas como lo son. Pudo Dios habernos revelado la presencia real del cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía y haberse callado sobre si tiene o no extensión local. Pudo habernos revelado la existencia real de los accidentes eucarísticos sin decirnos nada sobre su inherencia. Pudo habernos revelado la muerte de la Virgen y no decirnos nada sobre su resurrección. Pudo habernos revelado el hecho de haber sido echados los tres niños al horno de Babilonia sin habernos dicho nada sobre si el fuego los quemó o no.
Pudo haberse callado sobre esos hechos sobrenaturales, en que el estado connatural de la esencia queda suspendido por voluntad divina, como se habrá callado sobre tantos otros hechos sobrenaturales de su sobrenatural providencia, y sin embargo, los hechos seguirían siendo tan verdaderos, que nosotros los conozcamos o no, y los raciocinios y conclusiones físico-conexivos en que se niegan esos hechos continuarían siendo tan falsos sin su revelación, como sabemos que lo son por revelación. La revelación no cambia el valor del raciocinio, no hace más que hacernos conocer lo que ya era verdadero o falso, y que quizá sin revelación no lo conoceríamos o no lo conoceríamos tan bien.
El raciocinio, pues, físico-conexivo o del tipo cuarto no conduce ni puede conducir a conclusiones teológicamente ciertas, no concluye en teología.
93. ¿POR QUÉ TALES RACIOCINIOS NO CONCLUYEN EN TEOLOGÍA? Esos raciocinios no concluyen en teología ni en metafísica sencillamente porque están mal hechos, porque bajo la apariencia de una forma intachable constan en el fondo de cuatro pies. En la mayor de esos raciocinios sólo se afirma la esencia pura o en abstracto, esencia que abstrae del orden natural o preternatural, del estado íntegro o del estado defectuoso, del estado perfecto o imperfecto. Sólo y únicamente se afirma en esas mayores la esencia.
En cambio, en las menores se asienta una afirmación, que no es verdadera de la esencia en todo estado, sino sola y exclusivamente de la esencia en estado connatural, no en el estado sobrenatural. Esos argumentos tienen, pues, cuatro pies. El término medio no se toma en el mismo sentido en la mayor y en la menor; en la mayor se toma en sentido esencial o abstracto y en la menor está tomado no en sentido esencial, sino en sentido connatural. Consta el raciocinio de cuatro términos, en vez de tres. No es extraño que no concluya.
¿POR QUÉ CONCLUYEN EN FÍSICA?—Porque en física, tal como el físico los entiende, están bien hechos. En física no hay premisas esenciales o abstractas de natural y sobrenatural. En física, por su objeto formal mismo, toda premisa y toda afirmación es tomada o supuesta por el físico en sentido connatural. El físico, en cuanto físico, ignora el sobrenatural. Cuando la física y el físico dicen: "N. es hombre", toman la palabra "hombre" no en sentido esencial o abstracto, sino en sentido connatural; toman la esencia en cuanto sujeta y regida por las leyes físicas o naturales. El punto de partida del físico no es la esencia, sino la natura. Tomada y entendida así la esencia en la mayor del raciocinio, la menor es intachable. En esa menor se dice que toda esencia (esto es, suponiéndola connatural, como la supone el físico) tiene siempre e indefectiblemente las propiedades actuales. La conclusión, en ese supuesto de connaturalidad de que siempre parte y que siempre sobreentiende el físico, es correctísima. La conclusión no tiene más sentido que “N. será actualmente risible en el supuesto (punto de partida del físico) que se cumplan las leyes naturales o que se verifique el estado connatural”.
Pero, como se ve, el raciocinio, en ese supuesto, ya no es físico-conexivo, sino físico-connatural; ya no es el cuarto tipo de raciocinio, sino el quinto (90). El raciocinio, pues, físico-conexivo no concluye en teología; y si en física concluye; es porque deja de ser físico-conexivo, por estar limitada la pobre física al estado natural o connatural, y no poder elevarse hasta el estado sobrenatural o esencial en que se mueven, respectivamente, la teología y la metafísica.
94. ¿DÓNDE ESTÁ EL DEFECTO TEOLÓGICO DEL RACIOCINIO FÍSICO-ABSTRACTO?—Para ver claramente dónde está el defecto de tales argumentos teológicos no hay más que fijarse en el término medio “hombre”, que es el predicado de la mayor y sujeto de la menor. En esta mayor sólo se dice, o suponemos que sólo se dice, que “N. es hombre esencialmente” o que tiene la verdadera esencia del hombre. La palabra “hombre”, tomada esencialmente, no determina ninguno de los estados en que la esencia humana puede encontrarse, sino que abstrae de todos los estados. Tan esencialmente hombre es el hombre en estado natural como en estado preternatural o sobrenatural, en estado íntegro como en estado manco o defectuoso, en estado perfectísimo como en estado imperfecto, con todas las propiedades actuales o sin ellas. Pudiendo, pues, el hombre tener todos esos estados sin perder la esencia de hombre, en la mayor del raciocinio suponemos que sólo se afirma la esencia y que se abstrae por completo del estado.
Pero luego en la menor se dice que “todo hombre tiene las propiedades actuales”. Esa frase “todo hombre” ¿por quién supone? ¿Supone acaso por todo hombre tanto en estado natural como en estado sobrenatural, tanto bajo las leyes ordinarias de la naturaleza como bajo la acción milagrosa de Dios? No. En ese sentido, esa menor, lejos de ser verdadera, sería una grandísima falsedad, sería el error racionalista, sería la negación misma del orden sobrenatural.
Cuando en esa menor decimos, pues, que todo hombre tiene estas o las otras propiedades actuales, que todo accidente tiene inherencia actual, que todo fuego quema, que todo muerto continúa muerto, que todo cuerpo ocupa lugar y es impenetrable, que toda naturaleza humana tiene personalidad humana, etc., etc., lo decimos de todo ser con tal que esté en estado connatural, con tal que Dios no haya intervenido por un acto milagroso. Luego, o la conclusión debemos deducirla en forma condicional, esto es, "N. es risible actualmente, con tal que Dios no haya intervenido" milagrosamente, y entonces ya hemos salido del raciocinio fisico-conexivo, o si la deducimos en forma absoluta e incondicional, sacamos en la conclusión una cosa que no está en las premisas.
También puede verse claramente el defecto teológico de esos raciocinios fisico-conexivos, fijándose en cómo los concede el físico y en cómo los distingue todo teólogo. Si a un físico le proponemos el siguiente argumento: "Los accidentes eucarísticos son verdaderos accidentes: es así que todo verdadero accidente tiene inherencia en el sujeto, luego los accidentes eucarísticos tienen inherencia en el sujeto", el fisico contestará: concedo totum, y en cuanto fisico, habrá contestado bien. En cambio, si proponemos a un teólogo ese mismo raciocinio o argumento, el teólogo debe distinguir y distinguirá inmediatamente la menor y la conclusión en la siguiente forma: "Tienen inherencia en el sujeto", distingo; inherencia aptitudinal, concedo; inherencia actual, subdistingo; si están en estado connatural, concedo; si no están en estado connatural, sino sobrenatural o milagroso, NIEGO.
Esta distinción elemental que hace y tiene que hacer todo teólogo muestra con evidencia tres cosas:
1.ª Que el raciocinio en que de la esencia de una cosa se deducen sus propiedades aptitudinales, o radicales, o esenciales (tipos primero, segundo y tercero) debe concederse en teología, o sea, es conclusión teológica.
2.ª Que el raciocinio en que de la esencia se deducen sus propiedades actuales bajo condición de que esa esencia esté en estado connatural o perfecto (tipos quinto y sexto) debe también concederse en teología, o sea es conclusión teológica.
3.ª Que el argumento en que de la esencia sola de una cosa se trata de deducir las propiedades actuales de un modo incondicional (tipo cuarto) debe negarse en teología, o sea no es verdadera conclusión teológica.
Estas tres afirmaciones encierran nuestra opinión y creemos que la verdadera doctrina tomista sobre la naturaleza de la verdadera y de la falsa virtualidad revelada o teológica.
95. LA LLAMADA “NECESIDAD FÍSICA”.—Pero dirá alguno: la necesidad fisica, ¿no es acaso verdadera necesidad? Sí. La necesidad fisica es verdadera necesidad, pero necesidad fisica, no metafisica ni teológica, como la necesidad moral es verdadera necesidad, pero necesidad moral, no fisica ni metafisica.
La palabra necesidad, como ya lo notó el cardenal Cayetano3, no es un término unívoco, sino análogo, que no se aplica ni puede aplicarse por igual a todos los órdenes de seres o ciencias. Una cosa "moralmente necesaria" o que es necesaria en moral no es físicamente necesaria, sino que es contingente o incierta en física. Una cosa "físicamente necesaria" o necesaria en física, no es necesaria en metafísica, y mucho menos en teología, sino que en teología o metafísica es contingente o incierta. Puede, pues, un raciocinio concluir en moral y no en física; puede concluir en física y no en metafísica ni en teología. Puede una conclusión ser verdadera o cierta en moral y ser conclusión incierta o probable (que es lo mismo que no ser verdadera conclusión) en física, como puede ser verdadera y cierta conclusión en física y ser conclusión incierta o probable en metafísica y teología, que es lo mismo que no ser rigurosa conclusión metafísica o teológica.
Así, por ejemplo, el principio de que "toda madre ama a sus hijos" es un principio necesario y cierto en moral, pero incierto y contingente en física, en metafísica y en teología. El raciocinio "A. fué madre de B.; luego A. amó a B.", es una conclusión necesaria, verdadera, propia y cierta en moral; pero no es verdadera conclusión ni en física, ni en metafísica, ni en teología. El principio de que "todo fuego, aplicado en las debidas condiciones físicas, quema de hecho", es un principio cierto y necesario en física, pero contingente o incierto en metafísica o en teología. La conclusión de "N. es fuego y está debidamente aplicado a un combustible, luego "quemó de hecho", es conclusión necesaria y cierta y propia y rigurosa en física, pero es contingente e incierta (y, por lo tanto, no es verdadera conclusión) en metafísica y teología.
Si Dios, pues, nos ha revelado que "A. es madre de B." sin decirnos más, esto es, sin decirnos que fué buena madre o que se portó según los impulsos o leyes morales del amor materno, el moralista estará cierto, con certeza moral, que A. amó a B. Pero el físico no estará cierto, sino incierto, porque ningún principio físico se viene al suelo de que A. haya amado o dejado de amar a B. Y el metafísico estará aún más incierto, porque ninguno de sus principios se destruye porque A. no amase a B. Como el teólogo parte, como de principio, de la mayor revelada, y la mayor revelada sólo dice que fué madre (esencialmente, no buena madre), el teólogo está tan incierto como el metafísico, pues el principio revelado de que A. fue madre (esencialmente) de B. queda por completo intacto y en pie, ora A. haya amado o dejado de amar a su hijo.
96. LAS MENORES DE RAZÓN.—La confusión en esta materia viene, a juicio nuestro, de no haber comprendido o haber olvidado la verdadera función de las ciencias humanas o de las menores de razón en el raciocinio de la ciencia del revelado o Sagrada Teología. La teología se sirve, es verdad, de toda clase de ciencias o de menores de razón, sean metafísicas, sean físicas, sean morales. Pero se ha perdido de vista con frecuencia que el punto de partida, los principios verdaderos, el sujeto formal de la teología no son esas ciencias humanas o menores de razón, sino las mayores de fe o reveladas. La finalidad del raciocinio teológico no es, pues, el servirse de las mayores reveladas para extraer o deducir la virtualidad que exista en las menores de razón, sino, al contrario, servirse de las menores de razón para extraer, o deducir, o explicar intelectualmente la virtualidad contenida en los principios o mayores de fe. No son, pues, las mayores reveladas instrumentos de las menores, ni siquiera entran ex aequo con las menores de razón en el raciocinio teológico; sino que las menores de razón son meros instrumentos intelectuales para desarrollar o explicitar la virtualidad objetiva de que están preñadas, aunque no lo expresen, las mayores reveladas. Esas menores de razón son de suyo u objetivamente innecesarias; si las necesita la teología, o mejor dicho, nuestra teología, o mejor dicho, el teólogo, es solamente por la debilidad de nuestra inteligencia, que no puede ver intuitivamente o de un solo golpe todo lo que en las mayores reveladas está realmente incluido, y necesita de esos instrumentos o menores de razón para ir desarrollando o descubriendo por partes lo que ya estaba encerrado en las mayores reveladas en el depósito revelado. Esta es la única y verdadera concepción tomista de la Sagrada Teología 4
En el raciocinio, pues, teológico no deben jamás acomodarse o subordinarse las mayores reveladas a las menores de razón, sino que las menores de razón deben subordinarse y acomodarse a las mayores reveladas. Si el principio revelado solamente nos da la esencia de una cosa, la menor no puede ser más que esencial. Si el principio revelado nos da no sólo la esencia, sino su estado connatural, la menor puede ser física o natural. Si el principio revelado nos da la esencia en estado perfecto o moral, la menor puede ser moral.
Así, y sólo así, se conserva la subordinación de las menores de razón a las mayores reveladas, la subordinación de la razón a la fe, en esa ciencia especialísima y soberana en que deben funcionar juntas, pero no igualadas, la fe y la razón. Eso es precisamente lo que Santo Tomás y todos los tomistas entendían al hablar de la elevación de las menores de razón por las mayores de fe, que es precisamente lo que hace que la teología tenga una certeza superior a la certeza moral y fisica y metafísica, aun empleando menores metafísicas, físicas o morales.
Así, pues, una cosa es revelar que “A. fué verdadera o esencialmente madre de B.”; otra muy distinta el revelar que no sólo fué esencialmente madre, sino madre con todas las leyes físicas o connaturales de la maternidad, y otra muy distinta que fué buena madre o con todas las leyes e instintos morales de la maternidad. Fijar el sentido de la revelación pertenece, como dijimos, a la Iglesia; deducir las consecuencias es la función de la teología.
Si, según el sentido o doctrina de la Iglesia, sólo se nos ha revelado que “A. es verdadera madre de B.”, de ahí se deduce teológicamente que A. tiene todos los atributos o propiedades esenciales de la maternidad; por ejemplo: la consubstancialidad de naturaleza; pero no se deduce con necesidad teológica que tenga todos los requisitos y atributos fisico-naturales; por ejemplo: el consorcio de varón, la pérdida de la virginidad, etc., etc. Si el solo saber que es verdadera o esencialmente madre bastase para ser teológicamente cierto o necesario que no es virgen, nosotros estaríamos teológicamente ciertos de que la Madre de Jesucristo no fué virgen, pues sabemos por revelación que fué madre.
Si, en cambio, se nos ha revelado que A. no sólo fué madre verdadera de B., sino que lo fué de la manera connatural u ordinaria que las demás madres, entonces estaremos teológicamente ciertos de cualquiera conclusión que tenga conexión física con la maternidad; por ejemplo: de que concibió por obra de varón, etc., etc.; pero todavía estaremos inciertos de los atributos o conclusiones morales, como de si amó o no a su hijo.
En fin, si se nos ha revelado no sólo que fué verdadera madre y de un modo connatural, sino que fué buena madre, entonces estaremos teológicamente ciertos de que amó a su hijo.
Caben, pues, en teología menores (y, por lo tanto, raciocinios y conclusiones), tanto metafísicas, como físicas, como morales, pero aplicadas proporcionalmente a la naturaleza o sentido de la mayor revelada. Poner por mayor revelada una cosa de puro sentido esencial y unirle una menor accidental es desconocer la homogeneidad de toda ciencia y mucho más desconocer la subordinación de las menores de razón a las mayores de fe; es hacer un raciocinio que ni es teológico, ni metafísico, ni físico, sino una amalgama híbrida de teología o metafísica con física. Si en física parecen concluir esa clase de argumentos, es, como ya dijimos, porque el físico supone a priori o por su objeto mismo formal la connaturalidad de la esencia, y excluye a priori el estado preternatural y sobrenatural. Pero eso no pueden hacerlo ni la metafítica ni la teología sin destruirse a sí mismas.
97. LA ANALOGÍA DEL SER.—Lo mismo que hemos dicho de la palabra "necesidad" hay que decirlo de la palabra "ser"; son palabras y conceptos análogos, no unívocos; y, por lo tanto, al trasladarlos de una ciencia a otra hay que guardar su analogía de proporcionalidad, esto es, hay que aplicarlos en proporción al ser o ciencia de que se trate. Si en la mayor revelada sólo se afirma el ser esencial (esencialmente hombre, esencialmente accidente, esencialmente fuego, etc.), en la menor no basta que se afirme el ser de cualquier manera, sino que es preciso que se afirme el ser esencial; pues de otra manera, bajo un término común "ser" en la mayor y en la menor, se tendrán dos conceptos distintos, y el raciocinio constará de cuatro pies.
Si raciocinando digo: "N. es (esencialmente) hombre; luego N. es (esencialmente) risible", que es lo mismo que "luego N. tiene risibilidad radical o esencial", el raciocinio está bien hecho. El verbo es no sólo tiene el mismo nombre en la mayor y en la menor, sino que tiene también el mismo sentido, sentido esencial o radical o aptitudinal.
Pero si digo: "N. es (esencialmente) hombre; es así que todo hombre es (actualmente) risible; luego N. es (actualmente) risible"; en ese raciocinio el verbo es, con el mismo nombre en la mayor que en la menor, tiene diverso sentido, sentido esencial en la mayor y sentido actual o accidental en la menor. Con la misma palabra es se han deslizado en el raciocinio dos sentidos diferentes. Con la apariencia de tres términos, el raciocinio tiene cuatro. Pero eso no concluye en teología5. Si en física concluye, es porque el físico toma la palabra es, como toda otra palabra o concepto, en sentido connatural o accidental, y entonces no hay más que tres términos. Los conceptos esenciales, como los preternaturales o sobrenaturales, no los conoce el físico; son ultrafísicos, esto es, metafísico o teológicos. La necesidad, pues, de deducción o consecuencia en el raciocinio físico-conexivo no es necesidad teológica.
98. OTRA PRUEBA CONCLUYENTE.—Otra prueba a juicio nuestro completamente concluyente de que el raciocinio físico-conexivo no es verdadera conclusión teológica o verdadero virtual revelado, nos la va a dar el Angélico Doctor. Según Santo Tomás, es de la esencia misma del verdadero raciocinio el que, destruída o negada la conclusión, se destruya o niegue el principio de donde se deduce. Si negada una conclusión no queda negado el principio, es señal infalible de que tal pretendida conclusión no es verdadera conclusión de tal principio6.
Ahora bien: examínese cualquier raciocinio físico-conexivo, esto es, un raciocinio en que en la mayor sólo se afirma la esencia de una cosa individual y en la conclusión se afirman sus propiedades físico-actuales, y se verá palpablemente que puede negarse y ser falsa la conclusión sin que se niegue ni sea falsa la mayor o principio. Fijémonos en el ejemplo mismo clásico: “N. es verdadero hombre o esencialmente hombre; luego es actualmente risible.” ¿Deja uno de ser esencialmente hombre porque deje de ser actualmente risible? ¿Deja el accidente de ser verdadero y esencial accidente porque deje de tener inherencia actual? ¿Deja un cuerpo de ser esencial y verdaderamente cuerpo porque de hecho no ocupe lugar o sea compenetrado por otro cuerpo? ¿Deja el fuego de ser verdadera y esencialmente fuego porque de hecho no queme? ¿Deja, en general, una cosa cualquiera de tener la esencia que tenía porque deje de tener las propiedades actuales que, por suposición, son realmente distintas de ella? Evidentemente que no. Luego las propiedades actuales no son verdadera conclusión teológica de la esencia. Luego el raciocinio físico-conexivo, en que en la mayor revelada sólo se afirma la esencia de un individuo, y en la conclusión se quieren deducir sus propiedades actuales, no es verdadero virtual revelado o teológico, ni verdadera conclusión teológica, sino una mezcla híbrida de teología con física, que ni es física ni teología.
En cambio, si en vez de deducir en la conclusión las propiedades actuales tratásemos de deducir las propiedades aptitudinales o radicales, o también, si quisiéramos deducir en la conclusión las propiedades actuales, pero poniendo en la mayor revelada no la esencia pura o abstracto, sino la esencia connatural o perfecta, veríamos en seguida que en ninguno de esos dos casos se podría negar ni destruir la conclusión sin negar ni destruir el principio. No puede negarse la risibilidad radical sin negar o destruir la esencia misma del hombre, con la cual suponemos que realmente se identifica. No se puede tampoco negar la risibilidad actual o cualquiera otra propiedad físico-natural sin negar o destruir el estado connatural o perfecto de la esencia. Luego las conclusiones en que se deducen las propiedades radicales o esenciales de una mayor revelada, en que se afirma la esencia, o las conclusiones en que se deduzcan las propiedades actuales de una mayor revelada en que se afirme el estado connatural o perfecto de la esencia, son verdaderas conclusiones teológicas o verdadera virtualidad revelada; pero las conclusiones en que se deduzcan las propiedades actuales de una mayor revelada en que sólo se afirma la esencia, no lo son.
Lo mismo exactamente que hemos dicho del aforismo "deductio proprietatis ex essentia" aplíquese al aforismo "deductio effectus ex causa".
Hay causa metafísica, que también se llama virtual, y causa física o real. La primera es idéntica realmente, aunque conceptualmente distinta de su efecto, como, por ejemplo, la inmutabilidad absoluta causa metafísica o virtual de la eternidad y la espiritualidad causa de la inmortalidad. La segunda es realmente distinta de su efecto, como la esencia del fuego es distinta realmente de su efecto o acción de quemar (50). Esta causa físico-distinta puede (lo mismo que dijimos de la esencia) considerarse en estado puro o abstracto o en estado connatural o perfecto. De ahí las tres consecuencias siguientes:
1.ª La conclusión en que se deduce el efecto metafísico de su causa metafísica o virtual es verdadera y propia y rigurosa conclusión teológica, como por ejemplo: "N. es absolutamente inmutable, luego es eterno"; o "es espiritual, luego es inmortal".
2.ª La conclusión en que se deduce el efecto físico-actual de su causa física en estado connatural o íntegro o perfecto es también verdadera y propia y rigurosa conclusión teológica, como por ejemplo: "N. es fuego en estado connatural y está bien aplicado, luego quema de hecho", o "Cristo tuvo las potencias en estado perfectísimo, luego tuvo los actos de conocer y querer".
3.ª Las conclusiones en que se quiere deducir el efecto físico-actual de la causa pura o en abstracto no son rigurosamente teológicas o no tienen certeza teológica, como por ejemplo: "N. era fuego y bien aplicado, luego quemó de hecho"; "N. era un cuerpo pesado, luego se hundió en el agua"; "N. estaba compuesto de elementos contrarios o corruptibles, luego se corrompió de hecho". Todos esos efectos pueden fallar en el orden sobrenatural o teológico; no son, pues,
rigurosas conclusiones teológicas ni virtualidad revelada. Con esto creemos que queda perfectamente explicada la definición tradicional de la conclusión teológica o virtualidad revelada, a saber: "quod continetur in deposito revelato tamquam proprietas in essentia, vel effectus in causa". Ahora bien: explicar o comprender bien la definición de una cosa es explicar y comprender su verdadera naturaleza o esencia. "Definitio enim significat formam et essentiam rei"7.
99. LA VIRTUALIDAD FÍSICO-CONEXIVA Y LA INFALIBILIDAD DE LA IGLESIA.—Entonces ¿no podrá la Iglesia definir infaliblemente que "N. es risible", o que tiene cualquiera otra propiedad, en el supuesto de que esté revelado que "N. es verdadero hombre", esto es, que "N. tiene la esencia de hombre"? .
La contestación a esta pregunta, a juicio nuestro, se desprende ya de todo lo dicho. Si se trata de definir la risibilidad radical, o cualquiera otra de las propiedades radicales, aptitudinales o esenciales, la Iglesia puede definirlas infaliblemente con sólo saber por revelación que es esencialmente hombre. No puede salvarse o conservarse la mayor revelada de que N. es hombre si se niega que N. es esencial o radicalmente risible. Esa conclusión es, pues, necesaria para la conservación del depósito revelado. Es objeto, por lo tanto, de infalibilidad.
Si se trata de risibilidad actual o de cualquier otra de las propiedades físico-actuales, la Iglesia puede también definirlas infaliblemente con tal que el sentido de la mayor revelada sea, no sólo que N. es esencialmente hombre, sino que es hombre en estado connatural, o íntegro, o sin defecto, o como el común de los hombres, o en estado perfecto. No puede salvarse ni conservarse la verdad revelada de que N. es hombre en estado connatural o íntegro o perfecto si está privado de alguna propiedad o atributo o perfección connatural. Esa conclusión es, pues, también objeto de infalibilidad8.
Pero si se trata de definir la risibilidad actual o cualquiera otra de las propiedades actuales de un individuo, partiendo solamente de una mayor revelada en que no se dice más que “N. es esencial o verdaderamente hombre”, sin decirse si está en estado connatural o preternatural, en estado íntegro o manco, en estado perfecto o imperfecto, nuestra opinión es que ni el teólogo puede concluir con certeza teológica, ni la Iglesia definir infaliblemente que N. tiene de hecho estas o las otras propiedades físico-actuales. Podrá definir que exige connaturalmente el tenerlas (propiedad radical); podrá definir que las tiene de hecho sí o con tal que esté en estado connatural (raciocinio del tipo quinto, no del tipo cuarto); pero definir infaliblemente que de hecho e incondicionalmente las tiene, eso es imposible que sea objeto de ciencia teológica ni de infalibilidad mientras no se parta de otros datos que de una mayor revelada en que sólo se afirma la esencia y una menor en que se afirma una ley física.
Se salva perfectamente que uno sea esencialmente hombre, esencialmente accidente, esencialmente cuerpo, esencialmente fuego, sin que sea actualmente risible, sin que tenga inherencia actual en el sujeto, sin que tenga ocupación de lugar, sin que queme de hecho. Para salvar o conservar, pues, las mayores reveladas o depósito revelado de que N. es esencialmente hombre, accidente, cuerpo, fuego, no es indispensable la verdad o conclusión de que N. sea actualmente risible, actualmente inherente, que ocupe de hecho lugar, que queme actualmente. Si no son indispensables para la conservación del depósito revelado, si se salva y conserva sin tales conclusiones la verdad del depósito revelado, no son objeto de infalibilidad como erróneas, aunque puedan serlo como temerarias, imprudentes, etc. Si la revelación sólo dice la esencia de una cosa, el que afirmase que tal esencia no estaba en estado connatural e íntegro, sino en estado preternatural o defectivo, esto es, el que afirmase que tal esencia, por milagro o intervención divina, estaba privada de esta o de la otra propiedad actual, podría ser imprudente, temerario, necio, en afirmar un milagro sin razón. Pero una cosa es el ser sin razón o temerario, y otra muy distinta el ser contra razón o, mejor dicho, contra revelación, que es lo único que constituye lo erróneo en teología9.
100. LAS PROPIEDADES ACTUALES EN JESUCRISTO.—Pues ¿cómo ha definido la Iglesia como infalibles, y hasta como de fe divina, ciertas propiedades actuales de Jesucristo, por ejemplo, las potencias humanas de la inteligencia y voluntad? Aquí es donde, a juicio nuestro, está el origen de la equivocación o inadvertencia de tantos tratadistas modernos. La Iglesia ha definido esas propiedades actuales de la humanidad sacratísima de nuestro Salvador porque tenemos revelado no sólo que Jesucristo es hombre esencialmente o in abstracto, sino que es hombre en estado íntegro y connatural y sin defecto, y no sólo eso, sino hombre perfecto o perfectísimo en todos los sentidos no opuestos a la unión hipostática o al fin de la redención. Partiendo de esa mayor revelada de "hombre íntegro y perfecto", la Iglesia puede definir como infalible, y aun como de fe divina, no sólo la inteligencia y la voluntad de Cristo, sino todas y cada una de las propiedades o atributos que integran o perfeccionan la naturaleza humana, tales como la risibilidad actual, los sentidos interiores o exteriores, la cantidad, gravedad y demás propiedades del alma o del cuerpo.
Pero si sólo hubiese Dios revelado que Cristo es esencialmente hombre, sin decirnos explícita ni implícitamente si esa esencia humana estaba o no en estado íntegro o defectuoso, connatural o preternatural, perfecto o imperfecto, no cabría certeza teológica ni infalibilidad sobre ninguna de sus propiedades actuales, como no caben sobre otros muchos individuos de quienes por la Sagrada Biblia sabemos que eran hombres, y, sin embargo, la Iglesia, como la teología, ignoran si serían o no íntegros o sin defecto.
De nuestro adorable Salvador nos hacía falta o convenía saber no sólo la esencia en abstracto, sino también sus propiedades y perfecciones, y por eso Dios nos reveló no sólo la esencia, sino su estado connatural y perfecto. De otros muchísimos individuos o cosas la revelación sólo nos ha dicho la esencia, porque no nos era necesario saber divinamente o teológicamente más. Y de lo revelado, y sólo de lo revelado, parten tanto la teología como la infalibilidad; y sólo es teológico u objeto de infalibilidad, en el género de raciocinios o conclusiones, aquello sin lo cual no puede salvarse o conservarse la verdad revelada. Y puede salvarse perfectamente la esencia aunque Dios le haya quitado alguna o todas las propiedades actuales.
101. EL TRATADO "DE LA ENCARNACIÓN".—En el tratado "De Incarnatione" de la Suma Teológica puede ver cualquiera cómo el Angélico Doctor distingue cuidadosamente los tres principios revelados (Christus est verus seu essentialiter homo—Christus est homo integer seu perfectus—Christus est homo perfectissimus) y cómo utiliza diferentemente cada uno de ellos, según se trate de deducir partes o propiedades esenciales, propiedades connaturales o perfecciones accidentales. Cuando se trate de si Cristo tuvo algo esencial a la humanidad, por ejemplo, verdadero cuerpo, acude al primer principio revelado de la esencia de hombre: "Utrum Dei Filius debuerit assumere verum corpus. Respondeo dicendum quod... huius ratio potest triplex assignari. Quarum prima est ex ratione (essentia) humanae naturae, ad quam pertinet verum corpus habere. Supposito ergo ex praemissis quod conveniens fuerit Filium Dei assumere humanam naturam, consequens est quod verum corpus assumpserit"10
En cambio, cuando trata de deducir el Santo Doctor alguna de las propiedades connaturales de Cristo, por ejemplo, si tuvo las potencias de la inteligencia, o de la voluntad, o del apetito concupiscible e irascible, ya no acude al principio revelado de que "Christus est verus seu essentialiter homo", sino al otro principio de que "Christus est homo integer seu perfectus". "Utrum in Christo sint duae voluntates. Respondeo dicendum quod... Manifestum est enim
quod Filius Dei assumpsit naturam humanam perfectam sicut supra ostensum est. Ad perfectionem (no a la esencia) autem humanae naturae pertinet voluntas, quae est naturalis eius potentia, sicut et intellectus, ut patet ex his quae in prima parte dicta sunt. Unde necesse est dicere quod Filius Dei humanam voluntatem assumpserit in humana natura11.
“Deinde suadetur ratione D. Thomae in hoc articulo. Quia facultas volendi est perfectio humanae naturae, sine qua ista non foret integra et perfecta: Sed Verbum assumpsit naturam humanam perfectam et integram cum omnibus suis proprietatibus: Ergo Verbum assumpsit naturam humanam cum eidem propria et connaturali volendi facultate”12.
En fin, cuando el Santo Doctor trata de deducir las perfecciones accidentales o adquiribles de la naturaleza humana, tales como la ciencia o la virtud, no acude tampoco al principio de que “Christus est verus homo”, sino al de “Christus est homo perfectus o perfectissimus”. “Utrum Christus habuerit aliquam scientiam praeter divinam. Respondeo dicendum quod... oportuit quod (Christus) haberet scientiam creatam propter tria. Primo quidem propter animae perfectionem. Anima enim secundum se considerata est in potentia ad intelligibilia cognoscenda. Quod autem est in potentia, est imperfectum, nisi reducatur ad actum. Non autem fuit conveniens quod Filius Dei humanam naturam imperfectam assumeret, sed perfectam. Et ideo oportuit quod anima Christi esset perfecta per aliquam scientiam”13.
“Deinde probatur conclusio discursu D. Thomae in hoc articulo quem possumus ad hanc formam reducere: Nam Christus Dominus habuit naturam humanam integram et perfectam: Sed sine actu intelligendi creato predicta natura non habuisset esse integrum et perfectum: Ergo...”14.
Lo mismo, y más claro aún, puede verse donde el Santo Doctor pregunta: “Utrum in Christo fuerint virtutes. Respondeo dicendum quod... quanto aliquod principium est perfectius, tanto magis imprimit suos effectus: unde cum gratia Christi fuerit perfectissima, consequens est quod ex ipsa processerint virtutes ad perficiendum singulas potentias animae, quantum ad omnes animae actus, et ita Christus habuit omnes virtutes”15.
En el tratado, pues, de la Encarnación, en que se determinan por raciocinio las propiedades o perfecciones de la humanidad de nuestro Salvador, no se parte únicamente del principio de "Cristo es hombre esencialmente", sino que se parte de estos tres principios: primero, Cristo es hombre esencial; segundo, Cristo es hombre íntegro, o sin defecto físico, en todo lo que no se oponga a la unión hipostática o fin de la redención; tercero, Cristo es hombre perfectísimo, con todas las perfecciones no opuestas a eso mismo. Del primer principio se deducen todas las propiedades esenciales; del segundo, todas las actuales o connaturales; del tercero, todas las accidentales o adquiribles. El que negase alguna de las propiedades esenciales, se oponía al primer principio de que Cristo es verdadero hombre. El que negase alguna de las propiedades actuales, por suponer que Dios las había suspendido en la humanidad de nuestro adorable Salvador, como suspendió la personalidad humana, no se opondría al principio de que Cristo es esencialmente hombre, pues se salva el ser esencialmente hombre sin tener esta o la otra propiedad actual; pero se opondría al principio revelado de que Cristo es hombre en estado connatural o íntegro, o sin defecto, o semejante a los demás. El que, en fin, negase alguna de las perfecciones accidentales, como la ciencia o la virtud de Cristo, ni se opondría al principio de que Cristo es hombre, ni al principio de que es hombre en estado connatural; pero sí se opondría al principio de que es hombre perfectísimo. Por no haber distinguido bien estos tres conceptos: esencia pura, esencia connatural, esencia perfectísima, no se ha entendido bien por muchos el aforismo de "deductio proprietatis ex essentia", que es la definición clásica del virtual revelado o teológico y el constitutivo y distintivo específico entre la fe divina y la teología.
**102. COROLARIOS.—**De todo lo dicho creemos que se deducen con evidencia estos dos corolarios:
1.º Son verdadera y propia virtualidad revelada y verdaderas y propias y rigurosas conclusiones teológicas: a) todas las conclusiones en que de la revelación de la esencia (aun pura o en abstracto) se deducen por raciocinio cualquiera de sus propiedades esenciales o metafísicas o aptitudinales o radicales, esto es, todas las conclusiones de los tipos primero, segundo y tercero (45); b) todas las conclusiones en que de la revelación de la esencia íntegra o connatural o perfecta se deducen por raciocinio cualquiera de sus propiedades físicas o actuales, esto es, todas las conclusiones de los tipos quinto y sexto (45). Esta es la verdadera inteligencia tomista del virtual revelado o del "deductio proprietatis ex essentia", definición clásica de la verdadera y propia y rigurosa y específica conclusión teológica.
2.º No son verdadero y propio virtual revelado ni verdaderas y propias conclusiones teológicas las conclusiones en que de la revelación de la esencia pura o en abstracto de un individuo se deducen las propiedades físico-actuales, esto es, todas las conclusiones del tipo cuarto, que son las que constituyen la virtualidad físico-conexiva y las únicas que corresponden al tercer grado de la escala del progreso (46).