La evolución homogénea del dogma católico

Francisco Marín-Sola

La evolución homogénea del dogma católico

Francisco Marín-Sola (1873–1932)

First published 1923

Francisco Marín-Sola, O.P.'s La evolución homogénea del dogma católico (Madrid–Valencia, 1923) is a large Spanish Dominican account of how Catholic doctrine can develop without becoming a different faith. Drawing on Aquinas and the wider scholastic tradition, it distinguishes homogeneous doctrinal growth from modernist or merely historical change and analyzes the role of theological inference, ecclesial teaching, and controversies about grace. The work became an important reference point in twentieth-century Thomist discussions of doctrinal development and remains a key primary witness to Spanish neo-scholastic theology. Schola presents Spanish and English texts from its documented source and translation arrangement; the copyrighted Sauras introductory essay is not included.


Introducción

Capitulum I: Las diversas especies y grados de evolución

§ I: La evolución en general

§ II: Los tres grados de evolución doctrinal

§ III: La evolución en los diversos géneros de ciencias

§ IV: La evolución mediante el raciocinio o paso de la esencia a sus propiedades

§ V: La evolución mediante el raciocinio o paso de la causa a sus efectos

Capitulum II: La evolución del dogma y la virtualidad implícita del dato revelado

§ I: El punto de partida de la evolución dogmática

§ II: Origen histórico de la confusión moderna sobre la verdadera virtualidad revelada

§ III: Clasificación de las diversas teorías católicas sobre esta materia

§ IV: La virtualidad físico-conexiva no es verdadera virtualidad revelada ni teológica

§ V: La verdadera virtualidad revelada y teológica es la virtualidad implícita o metafísico-inclusiva

§ VI: La virtualidad metafísico-inclusiva es realmente homogénea con el dato revelado

§ VII: Dos concepciones opuestas sobre la virtualidad revelada o sagrada teología

Capitulum III: La evolución del dogma y la autoridad de la Iglesia

§ I: La virtualidad revelada antes de la definición de la Iglesia

121. LA CONCLUSIÓN FORMAL Y LA CONCLUSIÓN ESPECIFICATIVA. Al tratar de la definibilidad o no definibilidad de fe de la conclusión teológica suelen hacerse dos divisiones o distinciones.

La primera división que hacen algunos teólogos consiste en distinguir, como Vázquez, entre conclusión en cuanto conclusión y conclusión en cuanto consiguiente. La conclusión en cuanto conclusión es la conclusión en cuanto deducida de los principios. La conclusión en cuanto consiguiente es la conclusión en cuanto incluida en los principios. La conclusión en cuanto conclusión suele llamarse conclusión formal. La conclusión en cuanto consiguiente suele llamarse conclusión material o especificativa. Asentir a la conclusión en cuanto conclusión es asentir no solamente a que es verdad lo que afirma la conclusión, sino también asentir a que tal conclusión se deduce de tal principio. Asentir a la conclusión como consiguiente es asentir a la verdad de la conclusión, pero prescindiendo de su deducción. La deducción o raciocinio en este último caso no entra, dice Vázquez, como motivo formal, sino como simple condición para venir en conocimiento de la continencia de tal conclusión en sus principios; y una vez que el raciocinio nos ha servido para conocer esa continencia, asentimos a la conclusión, no por el raciocinio, sino por su continencia o inclusión en los principios revelados, o sea por su revelación. Sucede en esto de conclusiones, dicen, algo semejante a lo que sucede en el acto de fe divina. No hay acto de fe divina sin que precedan los motivos de credibilidad. Pero los motivos de credibilidad no son el motivo formal de la fe divina, sino una condición sine qua non para venir en conocimiento cierto de la revelación divina. Una vez conocida esta revelación divina, por ella, y no por los motivos de credibilidad, asentimos a lo revelado.

Así también, dicen, una vez conocida por raciocinio la inclusión de una conclusión en las premisas reveladas, el motivo formal de creer es la inclusión o revelación, no el raciocinio.

Así discurre Vázquez, y así discurren muchos teólogos, respecto, al menos, de las conclusiones metafísico-inclusivas. (85).

122. LA CONCLUSIÓN ANTES Y DESPUÉS DE LA DEFINICIÓN DE LA IGLESIA.—La segunda división o distinción de la conclusión teológica que debe hacer todo teólogo, especialmente el teólogo verdaderamente tomista, es distinguir bien y radicalmente entre la conclusión en sí misma, esto es, sin definición de la Iglesia, y la conclusión después de la definición de la Iglesia. Antes de la definición de la Iglesia, la conclusión no nos es conocida sino por un solo medio: por raciocinio. Después de la definición de la Iglesia, la conocemos por dos medios esencialmente distintos, esto es, por raciocinio y por definición.

A la conclusión en sí misma o antes de la definición por la Iglesia suelen llamarla los tomistas "conclusio per se considerada", y también "conclusio prout talis".

En la sección siguiente examinaremos la conclusión después de la definición de la Iglesia. En la sección presente hablaremos exclusivamente de la conclusión en sí misma o antes de su definición. Vamos a hacer ver que, según la doctrina de Santo Tomás, ninguna verdadera conclusión teológica solamente conocida por raciocinio puede ser de fe divina ni merecer jamás asentimiento de fe divina mientras la Iglesia no la defina. Y esto, por claro y evidente que sea el raciocinio, por mucha que sea su inclusión o implicitud; ora se la considere como conclusión formaliter, ora como conclusión specificative, siempre que se trate de verdaderas y propias conclusiones, esto es, de verdades virtual o conceptualmente distintas del dato revelado de donde se deducen.

Para demostrarlo, expongamos la doctrina de Santo Tomás sobre la naturaleza y distinción específica de los hábitos cognoscitivos. Siendo, tanto la teología como la fe, esencialmente hábitos de conocimiento, no es posible saber cuándo hay solamente fe divina, cuándo hay solamente teología, y cuándo ambas cosas a la vez, si no se penetra bien qué es lo material y qué es lo formal en la distinción específica de los hábitos y actos de nuestro conocimiento intelectual.

123. LO FORMAL Y LO MATERIAL EN TODO CONOCIMIENTO.—Para ello recordemos que, según Santo Tomás: 1.º, el razonamiento teológico tiene que partir de una premisa de fe divina y con fe divina creída; 2.º, que la otra premisa tiene que ser de valor inclusivo y no meramente conexivo; 3.º, que, en consecuencia, el término medio empleado es la idea misma revelada; 4.º, que, en consecuencia también, la conclusión teológica, o sea la verdad teológica o la teología adquirida mediante ese razonamiento, son de identidad objetiva y de homogeneidad real con la premisa de fe, o sea con el dato revelado (110).

De propósito hemos subrayado las palabras objetiva y real al hablar de homogeneidad real e identidad objetiva. Porque no debe olvidarse (como se está olvidando en esta cuestión desde la malhadada introducción del virtual físico-conexivo como constitutivo teológico) que hay dos clases de identidad y de homogeneidad, porque hay dos clases de objetos: 1.º, objeto material o real; 2.º, objeto formal.

En todo conocimiento (y la fe, como la teología y como todo hábito intelectual o científico, es conocimiento) hay que distinguir dos cosas: lo que se conoce y el medio por el cual se conoce: res cognita y medium cognitionis. Si yo sé que el alma humana es inmortal, ésa es la cosa conocida, res cognita; si eso lo sé por autoridad divina, por raciocinio científico, por autoridad humana, ésos son los medium cognitionis, tres medios esencialmente distintos para una misma res cognita o verdad conocida.

Pues bien: para Santo Tomás, lo material, lo secundario, lo accidental, es la cosa conocida; lo formal, lo específico, lo que constituye y distingue esencialmente al conocimiento y hábito cognoscitivo es el medium cognitionis, el medio por

el que la cosa se conoce. Esto que Santo Tomás repite ad satietatem siempre que habla de especificación y distinción de potencias o hábitos cognoscitivos en general, lo hace constar en particular, y expresamente y como base, desde el principio de sus tratados de Sacra Doctrina y de Fide.

En consecuencia, para averiguar el valor de una afirmación, de una proposición, de una verdad cualquiera objeto de la inteligencia humana, es una desorientación tomista completa el fijarse sólo o principalmente en la cosa conocida por nuestra inteligencia, cuando hay que fijarse, ante todo y sobre todo, en el medio por el que nuestra inteligencia conoce esa cosa.

Así, si dos individuos conocen que el alma humana es inmortal, pero el uno lo conoce sólo por autoridad divina y el otro sólo por raciocinio o medio científico, la cosa conocida es materialmente la misma, homogénea, idéntica; pero el conocimiento es formalmente distinto; en el uno es fe divina, en el otro es ciencia.

Si el uno lo conoce sólo por raciocinio y el otro sólo por autoridad humana, la cosa conocida es la misma; el conocimiento y hábito por que se conoce son esencialmente distintos: en el uno es ciencia, en el otro es fe humana.

Si aun dentro del raciocinio o medio científico el uno lo

conoce por raciocinio o medio metafísico y el otro por raciocinio o medio físico, la cosa conocida es siempre la misma; pero el medium cognitionis y, por lo tanto, la especie y lo formal del hábito del conocimiento y del asentimiento son distintos. En el uno es metafísica, en el otro es física.

En fin, si un mismo individuo conoce una misma verdad o proposición por distintos medios a la vez, como por autoridad divina, por raciocinio científico y por la autoridad humana, habrá entonces, o podrá haber, sobre la misma verdad distintos conocimientos, y hábitos, y asentimientos a la vez. Hábitos, conocimientos y asentimientos de fe divina, de ciencia y de fe humana.

La consecuencia de todo esto es el siguiente principio fundamentalísimo en la doctrina de Santo Tomás: A un solo medio de conocimiento no puede corresponder más que una sola especie de hábito, de asenso y de certeza; a distintos medios de conocimiento corresponden distintas especies de hábito, de asentimiento y de certeza. “In distinctione habituum non est considerandum ipsum obietum materialiter, sed ratio obiecti. Et ideo in quantum conveniunt in una ratione cognoscibilis, pertinent ad unum habitum. Secundum autem diversa media, habitus cognoscitivi diversificantur”.

124. EL “MEDIUM COGNITIONIS” DE LA VERDAD TEOLÓGICA.—Examinemos ahora, a la luz de esta doctrina de Santo Tomás, el valor específico o esencial de la verdad teológica, por muy inclusivo e idéntico que sea el razonamiento por el cual la deduce nuestra inteligencia. Como todo el valor de las proposiciones o verdades de los tres últimos grados de la doctrina católica depende de su continencia y modo de continencia en el primer grado, o sea en el depósito o dato revelado, y no de su continencia en los principios de la razón o ciencias de luz natural, examinemos esa proposición o verdad, no con relación a los principios de filosofía o razón natural, pues esto sería accidental o extrínseco para toda verdad de fe o teológica, sino con respecto al depósito revelado.

Sea, por ejemplo, la proposición de verdad cristiana: “el alma humana es inmortal”. Tres casos distintos pueden darse: 1.º, que la inteligencia humana encuentre esa verdad en el depósito revelado por simple inteligencia del significado literal del depósito revelado, pero sin pasar de ahí a deducción o discurso propiamente dichos; 2.º, que la inteligencia humana encuentre esa verdad en el depósito solamente como deducción propiamente dicha de la simple inteligencia del depósito; 3.º, que se verifiquen las dos cosas a la vez, esto es, que en una parte o lugar del depósito nuestra inteligencia encuentra esa proposición o verdad por simple inteligencia o sin raciocinio deductivo; pero que, aun cuando no la encontrase ahí, podría hallarla en otra parte del depósito mediante deducción o raciocinio propiamente dichos.

Entre encontrarse sin raciocinio, encontrarse por raciocinio y encontrarse de ambas maneras a la vez, no cabe medio, y lo abarca todo. Pues, como ya hemos dicho, una cuarta suposición de que esa verdad no se encontrase en el depósito de modo alguno, ni con raciocinio, ni sin raciocinio, nos sacaría del supuesto; pues dicha verdad que no estuviese en manera alguna en el depósito dejaba ipso facto de pertenecer bajo aspecto alguno a la fe, al dogma, a la infalibilidad o a la teología. Sería simplemente una verdad profana, como dice el Santo Doctor: “Puta in geometricalibus vel in aliis huiusmodi, quae omnino ad fidem pertinere non possunt”

Para hacer palpables esos tres casos, hagamos las tres sencillas suposiciones siguientes: Primera suposición: que todo el depósito revelado se reduzca a esta sola proposición: el alma humana es inmortal. Segunda suposición: que todo el depósito revelado se reduzca a no abarcar más que una sola proposición; pero en vez de ser la proposición anterior, o sea el alma es inmortal, fuese esta otra: el alma humana es espiritual. Tercera suposición: que toda la revelación o depósito revelado se haya reducido a dos proposiciones o versículos que digan así: Versículo 1.º, el alma humana es inmortal; Versículo 2.º, el alma humana es espiritual. En cada una de estas tres suposiciones, ¿cuál es el valor de la proposición o verdad que tratamos de averiguar, o sea el alma humana es inmortal?

125. FE SOLA SIN TEOLOGÍA.—La solución es muy sencilla en la primera suposición. En esa primera suposición, la proposición “el alma humana es inmortal” la encuentra mi inteligencia en el depósito revelado, en la palabra o autoridad de Dios, por simple inteligencia, sin raciocinio alguno, sin otro medio alguno de conocimiento que el significado inmediato del depósito revelado. La conozco directa, inmediata, sola y simplemente, por revelación divina, por palabra divina, por autoridad divina. No hay más que un solo medium cognitionis, y éste de revelación o autoridad divinas; no

hay, pues, más que un solo hábito, conocimiento y asenso; conocimiento, asenso y hábito de fe divina.

En este primer caso, y no en el segundo, estaríamos del mismo modo si, tratando de averiguar el valor de la proposición "el alma humana es inmortal", y acudiendo para ello al depósito revelado, no encontráramos esa misma proposición explícitamente, pero encontráramos estas otras: "el alma humana no perecerá jamás", "el alma humana vivirá para siempre", o cualquiera otra proposición que fuese la misma con distintas palabras, o sea, en que no se necesite verdadero ratiocinio, sino mera explicación de términos para encontrarla o verla en el depósito o palabra divina. Eso es lo que se llama formal implícito: implícito, porque hace falta alguna explicación para hallarlo; formal, porque esa explicación es mera exposición del significado de los distintos términos (que es lo que se llama también discurso impropio o ex parte tantum formae)—Juan de Santo Tomás— con que se expresa una misma idea; no mixtura o mediación de otra idea, que es en lo que consiste el ratiocinio verdadero (27, 61).

A ese formal implícito pertenecen, como ya dijimos, la definición nominal y lo definido, el universal incondicional y el particular, los correlativos, los contradictorios y cuanto sea simul natura et cognitione, por no haber entre ellos distinción virtual, sino nominal o de razón ratiocinante (32).

126. FE Y TEOLOGÍA A LA VEZ.—En la tercera suposición, esa proposición cuyo valor se trata de averiguar la encuentra mi inteligencia en dos partes distintas del divino depósito, pero por distinta manera o por distintos medios de conocimiento. En el versículo primero la encuentro directamente, inmediatamente, formalmente, por simple afirmación, o proposición, o palabra, o autoridad divinas, sin raciocinio o medio alguno científico o deductivo. En el segundo versículo no encuentro formalmente, o sea por simple inteligencia, que el alma humana es inmortal, pero sí que el alma humana es espiritual; y como mi inteligencia humana dispone de otro medio de conocimiento, que es el raciocinio inclusivo-analítico-idéntico, medio humano y científico de conocimiento, que no es la autoridad divina, pero que es un medio apto para operar sin deshomogeneidad ni mixtura objetiva sobre lo dicho por la autoridad divina, mi inteligencia emplea ese medio, y mediante él, o sea mediante la relación inclusivo-analítico-idéntico-trascendente que une e identifica objetivamente a toda espiritualidad (por lo

tanto la espiritualidad revelada) con la inmortalidad, deduzco y conozco deductivamente, mediante ese medio, medio distinto de la simple autoridad divina, que el alma es inmortal.

En esta tercera suposición he encontrado la proposición que buscaba en dos partes del depósito o palabra divina, pero por dos medios distintos de conocimiento: uno, de simple revelación o palabra o autoridad divina; otro, de discurso o deducción humanos; discurso muy analítico, y muy inclusivo, y muy homogéneo, y muy idéntico, pero discurso, y discurso verdadero; discurso el más riguroso y propio y científico que darse puede; tan riguroso y verdadero y científico, que es el característico de las ciencias superiores, de las ciencias matemáticas y metafísicas, de casi las únicas que merecen con rigor el nombre de ciencias y de demostraciones en toda la extensión y plenitud de la palabra.

En esta tercera suposición tengo, pues, dos medios de conocimiento: uno de simple revelación o autoridad divina; otro, de discurso humano, aunque sobre la verdad divina. Tendré, pues, dos conocimientos, y dos hábitos, y dos asentimientos, esencial o formalmente distintos: conocimiento, hábito y asentimiento de fe divina; conocimiento, hábito y asentimiento de ciencia teológica o de teología.

127. LA VERDADERA Y PURA TEOLOGÍA.—Hasta aquí no hay gran dificultad, y puede decirse que en ello convienen, en el fondo, todos los teólogos, antiguos y modernos.

Donde está la dificultad o, mejor dicho, la confusión que han armado. los teólogos posteriores al virtual suareciano es en el segundo caso, en el caso en que una proposición o verdad no se encuentre en el depósito sin raciocinio, sino que para encontrarla y venir en su conocimiento tiene la inteligencia humana que emplear el raciocinio deductivo de virtualidad inclusiva, y sólo mediante ese raciocinio y como resultante de ese raciocinio la conoce nuestra inteligencia. El problema es el siguiente: ¿qué valor tiene una proposición cualquiera teológica o una verdad de los tres últimos

grados de la doctrina católica en el caso en que la inteligencia no la encuentre en el depósito revelado, sino mediante raciocinio metafísico-inclusivo o como deducción inclusiva del depósito? Esa verdad (antes de la definición de la Iglesia), ¿es formalmente de fe divina, de teología o de las dos a la vez?

Desde que Suárez, para salvar o atenuar la teoría extrema y radical de Molina, hizo del virtual físico o puramente conexivo el constitutivo específico y esencial de la teología, no hubo más remedio que echar todo el virtual metafísico o inclusivo-idéntico al departamento formal de la fe divina y afirmar que ese virtual metafísico era de suyo o formalmente de fe; que podía dársele asentimiento de fe, y debía dársele el teólogo, desde el momento que lo deduce demostrativamente (74).

Pero como se vió que donde había raciocinio o deducción había ciencia y había teología y asentimiento teológico, hubo que añadir una segunda doctrina: la de que a esas conclusiones, aunque conocidas por un solo medio, esto es, por raciocinio inclusivo, se les podía dar dos especies de asentimiento: asentimiento teológico a la proposición considerada como conclusión, o sea a la conclusión formaliter, y asentimiento de fe divina a la conclusión considerada, no como conclusión, sino como consiguiente, o sea a la conclusión specificative. Esto es: se aplicó a este caso segundo, que es cuando la proposición sólo es conocida por raciocinio, la doctrina ya explicada del tercer caso, que es cuando la proposición es conocida por dos medios, por autoridad divina y por raciocinio, viniendo así a parar a la doctrina misma de Vázquez y Vega, a quienes, por otra parte, se combate.

Y como, en fin, la teología tradicional de Santo Tomás y su escuela había considerado siempre al raciocinio propiamente dicho como al antípoda de la fe (63), se consumó la confusión teológica con decir, como dicen Suárez y Lugo, y con ellos multitud de teólogos posteriores, que el virtual implícito o idéntico-real no es raciocinio o virtual propiamente dicho, sino que es inmediato o formal, aunque... confuso. Es el summum de confusión a que podía llegarse, trastornando todas las ideas aristotélico-tomistas (86).

Examinemos, pues, ese segundo caso, que es el caso de la verdadera y mera conclusión teológica y es la clave de la distinción específica entre fe divina y teología, de que depende la recta inteligencia de lo que hoy se llama progreso dogmático por los católicos y es calificado de evolución transformista por el modernismo. Este caso, como sabe el lector, es el siguiente: Solamente tenemos revelado explícitamente por Dios que “el alma humana es espiritual”,

y tratamos en ese supuesto de averiguar el valor de esta otra proposición: “el alma humana es inmortal”, la cual es una proposición virtualmente distinta de la primera.

La primera proposición, “el alma humana es espiritual”, la conoce en ese supuesto la inteligencia humana por un medio, por revelación divina, sin raciocinio alguno verdaderamente deductivo, por simple inspección o inteligencia del depósito revelado, por sola autoridad divina. Asiente, pues, a ella, no por ciencia, sino por autoridad; no por teología, sino por fe divina. Pero la segunda proposición, “el alma humana es inmortal”, ¿cómo la conoce en ese supuesto la inteligencia humana? ¿La conoce por sola revelación divina, sin verdadero raciocinio, sin verdadera deducción, sin verdadera ciencia, sin otro medio distinto del medio de simple autoridad divina? ¿Puede la inteligencia humana ver o conocer o aplicar inmediatamente la revelación o autoridad divina (motivo formal de la fe) a la proposición “el alma humana es inmortal” (res cognita u objeto material), o necesita de otro medio, de un puente humano, que una mediatamente la revelación o motivo formal, que está en la mayor, con la res cognita u objeto material, que está en la conclusión?

La cosa es bien clara: la razón humana necesita para eso emplear otro medio, emplear una menor de razón. Es verdad que el medio empleado es de inclusión, de identidad objetiva, de homogeneidad real; y por eso la res cognita, la materia de la conclusión (conclusio specificative), la realidad objetiva conocida, lo secundario o material en todo hábito, conocimiento o asenso son materia y realidad y res cognita y conclusión realmente idénticas y homogéneas con el depósito revelado, con la mayor de fe, y son por eso materia de fe, objeto mediato o virtual de la fe, por identificarse materialmente con la mayor de fe. Pero el raciocinio y la deducción (el medium cognitionis o lo formal del hábito, del conocimiento y del asenso), no por ser raciocinio o deducción de inclusión o identidad, dejan de ser verdadero y real y esencial raciocinio y deducción; no por eso dejan de ser medio científico, y, por lo tanto, esencialmente distinto del medio de autoridad o fe; no por eso dejan de ser un medio falible en absoluto, y, por lo tanto, distinto del Veritas Prima, que es el medio formal de la fe y medio en absoluto infalible; no por eso dejan, pues, de ser medium distinctum cognitionis, y, por lo tanto, pertenecen y sólo pueden pertenecer a un hábito, conocimiento y asenso esencialmente distintos de la fe divina: al hábito, conocimiento y asenso de la ciencia teológica. Teológica, porque es de inclusión o identidad con lo divino (objeto material primario de la. teología); teológico-sobrenatural (y no teología natural), por ser de identidad con lo divino revelado, esto es, con la mayor de fe, de la que sale por riguroso análisis idéntico-real. Teológica y objetivamente sobrenatural, repetimos; pero no de fe, sino de ciencia, porque es conocimiento, no inmediato o de simple autoridad, sino mediato o de verdadera deducción.

No habiendo, pues, en este segundo caso dos medios distintos de conocimiento, como los había en el caso tercero, sino un solo medio—la deducción intelectual del revelado, deductio ex revelatis—, el asentimiento y el hábito y la certeza no pueden ser más que el asentimiento, y el hábito y la certeza de la teología, no de la fe. Sin multiplicidad o diversidad de medios de conocimiento no cabe en la doctrina de Santo Tomás diversidad o multiplicidad de hábitos, y, por lo tanto, de asentimiento. “Nihil subest alicui habitui vel etiam actui, nisi mediante ratione formali obiecti. Ratio autem formalis obiecti est medium quo res cognoscitur.”

128. OTRA CONFIRMACIÓN DE LO MISMO.—Para cualquiera que haya penetrado el análisis objetivo de la fe y de la ciencia, según Santo Tomás, es de evidencia matemática que nada conocido solamente por deducción, aunque esa deducción sea del divino, es formalmente de fe divina.

Para Santo Tomás el motivo formal de la fe divina es el testimonio de Dios; el motivo formal de la ciencia, la evidencia intrínseco-mediata o deductiva, que llamaremos visión. Se cree porque Dios lo dice; se sabe porque se ve. El ver deductivamente, característica de toda ciencia, no es por eso mismo constitutivo específico o distintivo de ninguna, sino común a todas. Toda ciencia es visión, pero cada ciencia es visión por distinto medio o distintos principios.

Hay medios o principios físicos, matemáticos, metafísicos, en el orden natural; hay medios o principios sobrenaturales obscuramente revelados—los principios de fe—y medios o principios sobrenaturales vistos en sí—la esencia divina—. De todos esos cinco principios o medios puede valerse la inteligencia para ver deductivamente o para ver otras cosas. Así hay visión deductiva por medio físico, matemático, metafísico, sobrenatural creído, sobrenatural facial. Ciencia física, ciencia metafísica, ciencia matemática, ciencia teológica viatorum, ciencia teológica beatorum (ésta sin discurso formal). Las tres primeras son visión deductiva natural por medio natural; la cuarta, visión deductiva natural por medio sobrenatural; la quinta, visión sobrenatural por medio sobrenatural. En todas hay visión intrínseco-deductiva, carácter genérico de toda ciencia, y un medio objetivo por el que se ve, carácter específico de cada ciencia.

Reconstituyamos ahora el raciocinio teológico poniendo no sólo las proposiciones materiales o "res cognita", que colocaremos fuera de paréntesis, sino también los "medium formale cognitionis", que encerraremos entre paréntesis. La mayor de fe debe llevar el Dios lo dice; la menor de razón, el yo veo; la conclusión que es científico-teológica debe llevar el carácter genérico de yo veo y el específico o medio por que se ve, que es en lo revelado o dicho por Dios. Helo aquí:

El alma humana (Dios dice que) es espiritual.

Lo espiritual (yo veo que) es inmortal.

El alma humana (yo veo por o en lo que Dios dice) es inmortal.

Lo que está en cada proposición fuera del paréntesis es para Santo Tomás lo material, "res cognita"; lo que está dentro es lo formal, "medium cognitionis". Lo de fuera es tan material que si, conservándolo idéntico, invirtiésemos en la mayor y menor los paréntesis, "ipso facto" se cambiarían el hábito y asentimiento y se harían la mayor de razón y la menor de fe. Viceversa, lo de dentro es tan formal, que con tal que lo dejemos intacto, no cambiarían los hábitos ni asentimientos de esas proposiciones aunque invirtiésemos lo de fuera. La menor o mayor semejanza, pues, que esas proposiciones tengan en lo de fuera del paréntesis, es material; sólo la identidad o distinción de lo de dentro les dará distinción o identidad formal. Fíjese, pues, ahora el lector en los distintos "medium cognitionis" o motivos formales que hay dentro del paréntesis de la mayor y de la conclusión, que son las dos proposiciones que nos interesan. Yo conozco la mayor porque Dios lo dice; conozco la conclusión porque la veo deductivamente en o por lo que Dios dice. Lo que Dios dice es siempre y absolutamente verdad; y en asentir a lo que Dios dice, jamás ni bajo ningún respecto cabe el error. He ahí la característica del Veritas Prima, del objeto divino, del objeto formal de fe. En cambio, en ver deductivamente por lo que Dios dice cabe siempre y en absoluto error, exactamente el mismo error que cabe en ver deductivamente por cualquier otro medio. Toda proposición, pues, vista o conocida deductivamente POR LO QUE Dios dice (que es muy distinto de PORQUE Dios lo dice) es siempre proposición subjetivamente falible y, por lo tanto, no formalmente divina ni formalmente de fe. En fin, fíjese el lector en cómo el "medium cognitionis" de la conclusión o verdad teológica consta de dos elementos; uno genérico, común a toda ciencia, ver deductivamente; otro diferencial, que la distingue de todas las otras ciencias humanas, ver deductivamente por o EN lo que Dios dice. El elemento diferencial o específico es divino, lo dicho por Dios; el genérico es humano, la visión deductiva.

Por eso, al examinar la contextura del raciocinio teológico, comparándolo con el de otras ciencias, dijimos que el “medium cognitionis” objetivo de la teología era divino, lo revelado formal (114); al examinar ahora su valor dogmático y compararlo con la fe, decimos que el “medium cognitionis” de la teología es humano, la visión deductiva. Ambas cosas son ciertas e inseparables. La primera constituye la dignidad objetiva de la teología sobre toda otra ciencia humana y su homogeneidad real u objetivo-material con el divino revelado. La segunda constituye la falibilidad subjetiva de esa teología y de esa homogeneidad, mientras sólo sea hecha y conocida por razón humana, y su inferioridad y distinción específica de la fe divina.

El carácter inclusivo y homogéneo del procedimiento intelectual de la teología hace que sus conclusiones se aproximen todo lo posible a los principios de fe, y por eso se acostumbró llamar a la verdadera conclusión teológica por los antiguos tomistas materia definible de fe, objeto mediato y objeto indirecto de la fe; pues, como ya había notado el Santo Doctor, eso tienen de particular las ciencias de procedimiento intelectual e inclusivo, que sus conclusiones (sin dejar de ser puras conclusiones y, por lo tanto, esencialmente pertenecientes a un hábito distinto del de los principios) son tan homogéneas que puede decirse que confinan con los principios mismos. “Intellectualiter procedere non attribuitur divinae scientiae quasi ipsa non ratiocinetur, procedendo de principiis ad conclusiones: sed quia eius ratiocinatio est intellectuali considerationi propinquissima et conclusiones eius principiis”.

Pero de esto a decir que sean formalmente de fe o que merezcan asentimiento de fe, hay un abismo, abismo que no puede salvarse con nada humano y falible, sino con la autoridad divina e infalible que la Iglesia tiene para explicar y proponer, por asistencia infalible del Espíritu Santo, lo incluído implícitamente en el depósito, que es, como veremos, lo que Santo Tomás entiende por explicar el depósito revelado.

¿Cómo, pues, esa conclusión teológica, esa deducción inclusiva, esa elaboración intelectual humana del material divino, que por ser material divino es teológico y por ser elaboración intelectual humana es ciencia y no fe, puede jamás pasar a ser de fe y merecer a la inteligencia humana un asentimiento divino, formalmente divino, que antes no la merecía ni podía merecerle? Lo veremos en la sección siguiente.

§ II: La virtualidad revelada después de la definición de la Iglesia

§ III: El lugar orgánico de la autoridad de la Iglesia en nuestra fe divina

§ IV: Si la Iglesia convierte la revelación mediata o virtual en inmediata

§ V: La autoridad de la Iglesia comparada con la de Dios y la de los Apóstoles

§ VI: Dos funciones de la autoridad de la Iglesia respecto al depósito revelado

§ VII: Si la evolución dogmática después de los Apóstoles es subjetiva u objetiva

§ VIII: Si las definiciones de la Iglesia completan o perfeccionan el depósito

Capitulum IV: Las diferentes vías de la evolución del dogma

§ I: La evolución dogmática por vía especulativa

§ II: Ejemplos históricos de evolución dogmática por vía especulativa

§ III: Más ejemplos de lo mismo

§ IV: Si cabe evolución dogmática por vía de asimilación

§ V: La evolución dogmática por vía afectiva o experimental

§ VI: Otras observaciones sobre la vía afectiva

§ VII: Las analogías o imágenes de la evolución dogmática

Capitulum V: La extensión de la evolución dogmática y refutación de la llamada fe eclesiástica

§ I: Origen y sentido de la moderna fe eclesiástica

§ II: La fe eclesiástica y las conclusiones teológicas

§ III: La fe eclesiástica y los hechos dogmáticos

§ IV: La fe eclesiástica y la canonización de los santos

Capitulum VI: Solución de las objeciones contra la evolución del dogma

§ I: Objeciones contra la evolución dogmática en general

§ II: Más objeciones contra lo mismo

§ III: Objeciones contra la identificación de la extensión de la evolución del dogma con la extensión de la infalibilidad

§ IV: Objeciones contra una de las pruebas principales de la evolución del dogma

Capitulum VII: La evolución del dogma y la opinión tradicional

§ I: La opinión de los Santos Padres

§ II: La opinión de Santo Tomás

§ III: Desde Santo Tomás a Molina

§ IV: Desde Molina a nuestros días

§ V: La mente de Melchor Cano

§ VI: Respuesta a un estudio histórico

§ VII: Examen de una obra novísima

Epílogo

↑ Top of work