La evolución homogénea del dogma católico

Francisco Marín-Sola

La evolución homogénea del dogma católico

Francisco Marín-Sola (1873–1932)

First published 1923

Francisco Marín-Sola, O.P.'s La evolución homogénea del dogma católico (Madrid–Valencia, 1923) is a large Spanish Dominican account of how Catholic doctrine can develop without becoming a different faith. Drawing on Aquinas and the wider scholastic tradition, it distinguishes homogeneous doctrinal growth from modernist or merely historical change and analyzes the role of theological inference, ecclesial teaching, and controversies about grace. The work became an important reference point in twentieth-century Thomist discussions of doctrinal development and remains a key primary witness to Spanish neo-scholastic theology. Schola presents Spanish and English texts from its documented source and translation arrangement; the copyrighted Sauras introductory essay is not included.


Introducción

Capitulum I: Las diversas especies y grados de evolución

§ I: La evolución en general

§ II: Los tres grados de evolución doctrinal

§ III: La evolución en los diversos géneros de ciencias

§ IV: La evolución mediante el raciocinio o paso de la esencia a sus propiedades

§ V: La evolución mediante el raciocinio o paso de la causa a sus efectos

Capitulum II: La evolución del dogma y la virtualidad implícita del dato revelado

§ I: El punto de partida de la evolución dogmática

§ II: Origen histórico de la confusión moderna sobre la verdadera virtualidad revelada

§ III: Clasificación de las diversas teorías católicas sobre esta materia

§ IV: La virtualidad físico-conexiva no es verdadera virtualidad revelada ni teológica

§ V: La verdadera virtualidad revelada y teológica es la virtualidad implícita o metafísico-inclusiva

§ VI: La virtualidad metafísico-inclusiva es realmente homogénea con el dato revelado

§ VII: Dos concepciones opuestas sobre la virtualidad revelada o sagrada teología

Capitulum III: La evolución del dogma y la autoridad de la Iglesia

§ I: La virtualidad revelada antes de la definición de la Iglesia

§ II: La virtualidad revelada después de la definición de la Iglesia

§ III: El lugar orgánico de la autoridad de la Iglesia en nuestra fe divina

§ IV: Si la Iglesia convierte la revelación mediata o virtual en inmediata

§ V: La autoridad de la Iglesia comparada con la de Dios y la de los Apóstoles

§ VI: Dos funciones de la autoridad de la Iglesia respecto al depósito revelado

§ VII: Si la evolución dogmática después de los Apóstoles es subjetiva u objetiva

§ VIII: Si las definiciones de la Iglesia completan o perfeccionan el depósito

Capitulum IV: Las diferentes vías de la evolución del dogma

§ I: La evolución dogmática por vía especulativa

189. TENDENCIA ANTIINTELECTUALISTA.—Aun entre los teólogos que admiten la evolución del dogma, hay algunos que creen que en esa evolución ha influído poco o nada la vía puramente especulativa o de raciocinio, a la que suelen calificar, con desdén, de “pura dialéctica”.

Para esos teólogos, la evolución del dogma se ha verificado y se verifica sólo, o casi exclusivamente, por vía de práctica o de sentido cristiano. Se fundan en que, a juicio suyo, el depósito primitivo, o dato revelado, se componía principalmente de hechos o instituciones; y si había en él algunos enunciados intelectuales no eran explícitos ni claros, cual se necesitan para que quepa raciocinio especulativo, sino vagos y confusos, más aptos para ser desarrollados por la vía de la práctica y experiencia de toda la sociedad cristiana que por la abstracta vía especulativa de unos cuantos teorizantes dialécticos.

190. UNA CARTA INTERESANTE.—Para que se vea cómo estas ideas están arraigadas aun en grandes teólogos católicos, vamos a copiar algunos párrafos interesantes de una carta con que nos honró un afamado profesor y escritor de teología cuando hace años escribíamos de estas materias en La Ciencia Tomista. Dicen así: "Considerando a priori el desarrollo dogmático, efectivamente parece que debería ser como usted dice, y así será en lo que se realice dialécticamente. Pero este proceso yo creo que es muy escaso o nulo. Primero, porque, a mi ver, gran parte del depósito no está desde un principio, ni aun implicita, en enunciados intelectuales, sino sólo encarnado en hechos e instituciones cuya explicación, apoyada en la sana experiencia y garantida por la Iglesia, lleva a reconocer tales doctrinas como allí contenidas virmalmente; así suelo yo entender esta palabra. Segundo, porque lo mismo que está implicado en ciertos enunciados, no es fácil deducirlo de allí por simple dialéctica: a) porque no está en enunciados claros, como los primeros principios de una ciencia, sino en expresiones vagas y aun confusas, de las cuales, sin otra luz y guía que la dialéctica, no sé que se pueda deducir en todo rigor nada; b) porque tratándose de realidades inefables o misteriosas, donde los términos no se emplean en sentido unívoco, sino análogo, varía a veces un poco la suposición, sin que lo advirtamos, y las proposiciones que aparentan ser equivalentes no lo son del todo. De ahí que se infiltre cierto vicio en la deducción y que ésta, por lógica que aparente ser, no concluya si no va bien comprobada su legitimidad por el buen sentido cristiano y garantido por la Iglesia. De ahí también que el desarrollo dialéctico lleve tantas veces a un extravío, a una herejía, a un error o a simples doctrinas de escuela, sin esperanza de ser nunca definidas. "En suma, el desarrollo dogmático rarísima vez o casi nunca será por pura dialéctica. Esta suele venir después para justificar la hecha espontáneamente o intuitive con la práctica o experiencia cristiana. Así se cumple el dicho de Santo Tomás: "Prius vita quam doctrina". De no ser así, le sería a usted fácil señalar ejemplos concretos, reales, de ese desarrollo dialéctico; y no debía contentarse con alguno hipotético". Como se ve, nuestro objetante conviene con nosotros en que existe en la Iglesia, aun después de los Apóstoles,. verdadero desarrollo dogmático y no solamente desarrollo teológico. Conviene también con nosotros en que la causa o agente principal de ese progreso dogmático es la autoridad divina de la Iglesia o, con otro nombre, la asistencia del Espíritu Santo, que la tiene la Iglesia no solamente para conservar, sino también para explicar o desenvolver o desarrollar el depósito revelado.

La divergencia no versa, pues, sobre la existencia del progreso dogmático ni sobre su causa principal, sino solamente sobre el instrumento o vía o medio humanos de ese progreso. Porque no teniendo la Iglesia revelación ni siquiera inspiración, sino solamente asistencia del Espíritu Santo, hay que señalar algún medio humano de que la Iglesia se sirva para esa explicación o desarrollo dogmático del depósito revelado.

Nosotros dijimos que el medio ordinario que utiliza la Iglesia para ese desarrollo dogmático es la razón, o, con otro nombre, el raciocinio, o, con otro nombre, la vía de conclusión teológica. Nuestro objetante, por el contrario, dice o parece decir que nunca o casi nunca se verifica el progreso dogmático por vía de raciocinio.

La divergencia no puede ser, a primera vista, más radical; pero sospechamos que esa divergencia es más de nombre que de realidad, y que sólo está en el peculiar y limitado sentido que nuestro objetante da a la palabra raciocinio. Esta sospecha nos la inspira el hecho de ver que donde nosotros siempre hemos usado las palabras de razón, razonamiento, raciocinio, nuestro objetante nunca usa tales palabras, sino sola y exclusivamente las de dialéctica, simple dialéctica, pura dialéctica, cual si no hubiese más razonamiento que el formal o que el dispuesto en forma de raciocinio, que es de lo que se ocupa la dialéctica.

Para que una cuestión tan grave como la del progreso dogmático no se convierta en mera cuestión de nombres, conviene recordar brevemente qué es lo que entiende Santo Tomás y hemos entendido nosotros por las palabras razón, razonamiento y raciocinio al afirmar que ésa era la vía más común del progreso dogmático.

191. INTUICIÓN Y RACIOCINIO.—Toda verdad tiene que ser o conocida en sí misma o conocida en otra verdad. Entre ser conocido en sí o conocido en otro, no cabe medio.

Esto tiene aplicación lo mismo al conocimiento intrínseco o de ciencia que al conocimiento extrínseco o de autoridad. En el conocimiento intrínseco o de evidencia, toda verdad es o evidente por sí misma o evidente por otra verdad. "Per se notum; notum per aliud", dicen los filósofos. A su vez, en el conocimiento por revelación o fe, toda verdad o es revelada en sí misma o es revelada en otra. "Revelatum in se; revelatum in alio", dicen los teólogos. El conocimiento de una cosa por sí misma y sin intervención de otra verdad objetiva en la cual vaya envuelta se llama simple inteligencia o intuición. El conocimiento de una verdad no en sí misma, sino mediante otra verdad virtualmente distinta en la cual va envuelta, se llama razón o raciocinio.

Según esta doctrina, que hemos expuesto más detalladamente en otra parte, raciocinar no es otra cosa que conocer una verdad mediante otra, o pasar del conocimiento de una verdad o proposición al de otra, o afirmar una verdad apoyándose en otra. Es accidental la clase de esa otra verdad en la cual se apoya o de la cual sale. Sea verdad revelada o no revelada, sea verdad metafísica, física o moral, sea una verdad especulativa o una verdad práctica, sea una verdad de hecho o una verdad de derecho, sea una teoría o una experiencia, habrá diferentes clases de raciocinio, pero siempre habrá raciocinio, porque siempre habrá conocimiento de una verdad, no en sí misma, sino mediante otra virtualmente distinta de ella. Todo eso es razonamiento o raciocinio, todo eso es ciencia, todo eso es conclusión; a diferencia de la simple inteligencia o intuición, que es conocimiento de una verdad en sí misma, y a diferencia de la fe, que es conocimiento de una verdad por simple y sola autoridad (61-64).

192. RACIOCINIO CONSCIENTE Y RACIOCINIO ESPONTÁNEO O INCONSCIENTE.—Este raciocinio o esta comparación de una verdad con otra no lo hacemos siempre conscientemente, sino que muchísimas veces lo practicamos de una manera espontánea o inconsciente. Muchísimas verdades que nos parecen claras y obvias lo son sin duda; pero no lo son por sí mismas, sino en virtud de otras verdades que nuestra mente habitualmente posee y con las cuales las estamos continuamente comparando sin darnos cuenta de ello. Y la prueba está en que, si alguno duda de la verdad de una de esas afirmaciones nuestras o nos pregunta el porqué, en seguida damos la razón o prueba de nuestra afirmación, mostrando con eso que lo que nos parecía claro por sí mismo lo era por otra verdad que existía en nuestra mente y en la cual estaba apoyada, aun sin darnos cuenta expresada de ello, nuestra afirmación.

Siempre, pues, que hay en nuestra mente un porqué o una razón intrínseca de lo que afirmamos u opinamos, hay raciocinio. Si señalamos el porqué o nos damos cuenta de él, el raciocinio es consciente. Si existe en nuestra mente el porqué, pero no nos damos cuenta expresa de él, el raciocinio es inconsciente o espontáneo. Pero, en todo caso, en habiendo en nuestra mente un porqué objetivo o intrínseco de lo que afirmamos, no hay simple inteligencia o intuición, sino raciocinio.

193. RACIOCINIO EN FORMA O DIALÉCTICO Y RACIOCINIO INFORME.—El mismo raciocinio consciente en que afirmamos el porqué de nuestra afirmación o nos damos cuenta de él puede estar hecho en forma de raciocinio o puede estar hecho sin forma. Las diversas formas de raciocinio son bien conocidas, y de ellas se trata en la dialéctica. La primordial es aquella en que de una proposición mayor y de otra menor que lleva un atqui o un sed se deduce una tercera proposición o conclusión con un ergo o igitur. Cuando razonamos de esta manera, nuestro razonamiento no sólo es real, pues es paso de una verdad a otra, sino que también es formal o dialéctico, esto es, hecho en forma dialéctica.

Pero esa manera de razonar es demasiado técnica, demasiado formal, demasiado artificial para el ejercicio de una función tan natural y diaria de nuestra inteligencia como es el razonamiento. De ahí el que rara vez usemos de esa manera formal de razonar. En su lugar usamos ordinariamente el razonamiento informe, en que, en vez de tres proposiciones distintas con atquis y ergos, nos basta una sola, en la que expresamos nuestra razón o nuestro razonamiento por una simple conjunción, por un adverbio, por un participio. En vez de decir con los dialécticos: “Todo lo espiritual es inmortal; es así que el alma humana es espiritual, luego es inmortal”, decimos simplemente: “Tiene que ser inmortal siendo espiritual”, o “Pues es espiritual, es también inmortal”. Esta es la manera común de razonar; éstos son verdaderos razonamientos, aunque no estén en forma dialéctica. El razonar en forma dialéctica es caso tan raro, que casi está reducido a los libros escolásticos o a la gimnasia intelectual de los actos o conclusiones de escuela.

Tenemos, pues, que una cosa es intuición o simple inteligencia y otra cosa muy distinta es razón o raciocinio. Tenemos también que el raciocinio puede ser espontáneo y consciente, y que el consciente puede ser informe y dialéctico. Conocer una verdad en sí misma y no en otra, es intuición o simple inteligencia. Conocerla no en sí misma, sino en otra verdad en la cual va intrínsecamente envuelta y de la cual la deducimos, es siempre raciocinio, aunque no siempre sea raciocinio formal o dialéctico.

194. RESPUESTA A LA OBJECIÓN.—Nosotros dijimos que el instrumento humano más común de que se vale la Iglesia para el desarrollo dogmático es el razonamiento o raciocinio. Esto no quiere decir más sino que el desarrollo dogmático se verifica comúnmente por comparación de unas verdades con otras, virtualmente distintas, ora sea por comparación de las verdades reveladas entre sí, ora con las verdades de razón.

En cambio, nuestro ilustre comunicante dice que nunca o casi nunca se verifica por dialéctica, por pura dialéctica.

Si por dialéctica entiende nuestro comunicante el razonamiento formal o hecho en forma de raciocinio, no tenemos inconveniente en decirle: transeat. Pudiéramos igualmente negarlo, pues ha habido algún caso de desarrollo dogmático hecho en forma dialéctica. Pero como nosotros, al hablar de razonamiento respecto al desarrollo dogmático jamás lo hemos tomado en ese sentido estrechísimo de razonamiento en forma dialéctica, sino en el sentido amplio y propio de conocer una verdad mediante otra virtualmente distinta de ella, por eso preferimos decir: transeat; pues no conviene mezclar las cuestiones.

Pero si por dialéctica o por vía especulativa entendiese nuestro comunicante cualquier clase de verdadero y propio razonamiento, su afirmación equivaldría a decir que nunca o pocas veces se ha verificado el desarrollo dogmático por comparación de unas verdades con otras o deducción rigurosa de unas verdades de otras. Mas entonces esa afirmación va contra el sentir común de la teología tradicional y contra los hechos patentes de la historia de los dogmas.

Nuestro comunicante nos pide ejemplos concretos y reales de desarrollo dogmático por vía especulativa o de raciocinio. Creemos que la cosa no es difícil, aunque sea materia delicadísima, y se los daremos numerosos en las dos secciones siguientes. Pero ocupémonos antes de las otras dos observaciones suyas sobre la escasez de enunciados especulativos o intelectuales, en el depósito revelado y sobre la obscuridad y vaguedad de tales enunciados.

195. LA ESCASEZ DE ENUNCIADOS INTELECTUALES EN EL DEPÓSITO REVELADO.—Hay dos clases de enunciados intelectuales: unos, expresados en términos abstractos, conceptuales, filosóficos, y que suele llamarlos el cardenal Newman enunciados nocionales; otros, expresados en términos concretos, individuales, vulgares, y que todos llamamos términos de sentido común.

Cuando los Concilios o los teólogos dicen: "En Dios hay trinidad de hipóstasis en unidad de esencia", "el Hijo es consubstancial al Padre", "en Jesucristo hay dos naturalezas y una sola persona", ésos son enunciados intelectuales, pero enunciados abstractos o nocionales, porque los términos "esencia", "hipóstasis", "naturaleza", "consubstancial" son términos conceptuales o filosóficos, no vulgares o comunes.

En cambio, cuando la Sagrada Biblia dice: "No hay sino un solo Dios", "Jesucristo es verdadero Hijo de Dios", "es semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado", ésos son también verdaderos enunciados intelectuales, y no menos intelectuales que los anteriores; pero enunciados concretos e individuales, no abstractos o nocionales, porque los términos "un solo Dios", "Hijo de Dios", "semejante a nosotros" son términos vulgares, de sentido común, de uso universal.

Concedemos, pues, de buen grado que el depósito revelado no está, por lo general, expresado en enunciados abstractos o filosóficos, sino en enunciados concretos, singulares, populares, de sentido común. La razón de ello es bien obvia. El depósito revelado no se escribió para solos los sabios, como las obras de Aristóteles o Platón, sino para la humanidad entera, para el pueblo sencillo, tanto o más que para los filósofos o teólogos. Y cuando se habla o escribe para todos y no para un grupo ilustrado, cuando se dirige uno a la inteligencia popular y no a los especialistas, el lenguaje es, y tiene que ser, lenguaje concreto, singular, de términos vulgares, de sentido común. Así es, por lo general, el lenguaje de la Sagrada Biblia y de la tradición divina, y ésa es la prenda más segura de su perennidad y catolicidad, pues lo hace acomodado a toda clase de personas, lugares y tiempos.

Pero si en el depósito revelado escasean los enunciados abstractos, abundan, en cambio, los enunciados concretos. De estos enunciados concretos que, por ser concretos o vulgares, no son menos intelectuales que los abstractos o nocionales; de esos enunciados rebosantes de verdad y de vida divinas, y en tanto rebosantes de vida en cuanto rebosan de verdad, está llena la Sagrada Biblia, y lo está, sobre todo, el Nuevo Testamento, y especialísimamente lo están el cuarto evangelio y las epístolas de San Pablo. Por algo hoy día se habla y escribe tanto de la llamada "Teología de San Juan y de San Pablo".

De esos enunciados bíblicos, que no dejan de ser, repetiremos, enunciados intelectuales porque sean concretos; de esas teologías de San Juan y de San Pablo, que no dejan de ser tan palabra divina y tan dato primitivo como los enunciados más sencillos de los Sinópticos, pues todos son igualmente inspirados, es de donde parte el razonamiento dogmático, ora comparando unos enunciados revelados con otros, ora comparándolos con los enunciados claros de la razón humana. Para base o punto de partida del razonamiento o raciocinio dogmático lo mismo sirve un enunciado abstracto que un concreto, con tal que sea divinamente revelado: y para que un enunciado de razón pueda intervenir como menor sin peligro de deshomogeneidad objetiva, es indiferente que sea de razón especulativa o de razón práctica, de experiencia externa o de experiencia interna, de evidencia inmediata o de evidencia mediata, con tal que sea evidente, venga de donde viniere esa evidencia.

Así, por ejemplo, si no se nos ha revelado explícitamente el enunciado abstracto de que "Jesucristo es consubstancial con el Padre", se nos han revelado, en cambio, los enunciados concretos de que "Jesucristo es verdadero Hijo de Dios", y que "no hay sino un solo Dios", y de esos enunciados concretos, comparados entre sí, sale por verdadero razonamiento el enunciado abstracto de la consubstancialidad. Si no se nos ha revelado el enunciado abstracto de que en Cristo hay dos naturalezas y dos operaciones, se nos han revelado los enunciados concretos de que Jesucristo es no solamente Dios, sino también hombre "en todo semejante a nosotros", y de esos dos enunciados, combinados con la menor de razón natural de que todo hombre tiene naturaleza humana y, si está en estado perfecto o connatural, tiene también voluntad humana y demás potencias, ha salido el enunciado abstracto de las dos naturalezas y las dos voluntades y operaciones. Si no se nos ha revelado explícitamente el enunciado abstracto de que hay que confesar todos los pecados en especie, número y circunstancias específicas, se nos ha revelado el enunciado concreto de que los ministros de la Iglesia son verdaderos jueces de la retención o perdón de los pecados, y de ese enunciado concreto, combinado con la menor natural de la naturaleza del juicio, ha salido el enunciado abstracto de la especie, número y circunstancias. Si no se nos ha revelado explícitamente el enunciado abstracto de la transubstanciación, se nos ha revelado el enunciado concreto de Este es mi cuerpo, y de ese enunciado concreto, combinado con lo que evidentemente se requiere para la verdad de tal misterio, ha salido el enunciado abstracto de la transubstanciación. Y así de muchísimos dogmas o desarrollos dogmáticos, esto es, de todos o casi todos los dogmas derivados.

Es verdad que esto, que dicho en unas cuantas frases parece tan sencillo, ha exigido largos trabajos y experiencias, innumerables tanteos y discusiones, siglos enteros, a veces, de lenta y accidentada gestación. Pero eso mismo es una prueba más de que el desarrollo se ha verificado por vía intelectual o de conocimiento más que por vía de afecto o devocional. Pues, como con delicado análisis nota Santo Tomás, en eso precisamente se distinguen ambos métodos de desarrollo: en que el desarrollo por vía intelectual exige experiencia y tiempo, mientras que para el desarrollo por vía afectiva o devocional son accidentales el tiempo, la experiencia exterior o cualquier otro elemento externo.

196. OTRA RESPUESTA.—Pero demos de barato que en el depósito revelado apenas hubiese enunciados intelectuales ni abstractos ni concretos y que casi todo el depósito se hubiese reducido a hechos e instituciones, como parece indicar nuestro objetante. Aun partiendo de esa hipótesis, enteramente gratuita, no vemos que de ahí se dedujese nada contra el progreso dogmático por vía de razonamiento. Pues para que quepa verdadero razonamiento teológico, lo mismo da que el punto de partida sea un enunciado intelectual que el que sea un hecho o una institución, siempre que esos hechos o instituciones sean revelados o divinos, como tiene que serlo todo lo contenido en el depósito.

En efecto, tomemos como ejemplo uno cualquiera de esos dogmas que parecen no estar contenidos en el depósito revelado en forma de enunciados intelectuales, sino en forma de hechos o de práctica constante de la Iglesia. Sea el dogma, ya definido como de fe, de la validez del bautismo administrado por un hereje. Ese dogma no parece constar, al menos explícitamente, en ningún enunciado de la Sagrada Escritura, sino solamente en un hecho o práctica de origen apostólico-divino, en la práctica constante de la Iglesia de no rebautizar jamás, cuando se convertían, a los bautizados en la herejía. Pues bien: es evidente que ese solo hecho o práctica hubiese bastado y basta para deducir, mediante verdadero razonamiento, el dogma de la validez de tal bautismo con sólo comparar ese hecho con otra verdad revelada, que es la necesidad del bautismo para salvarse. Tomando por mayor esa verdad revelada de la necesidad del bautismo para la salvación y por menor la práctica constante de la Iglesia de no administrar otro bautismo a los ya bautizados en la herejía, se deduce evidentemente que la Iglesia había tenido siempre por válido el bautismo anterior, aunque administrado por herejes, que es el dogma definido.

De la misma manera se puede deducir el dogma de la universalidad del pecado original del solo hecho del bautismo administrado a los niños; o el dogma de la presencia real del solo hecho de la adoración siempre tributada a la hostia y al sanguis después de la consagración, o el dogma de la infalibilidad papal del solo hecho de no haberse jamás en la Iglesia tenido nada como firme o definitivo en materia de fe sin la aprobación del Sumo Pontífice. Lo mismo podría decirse de otros muchos dogmas.

En efecto, nada más frecuente en Santo Tomás que apoyarse en hechos, ritos, costumbres o instituciones de la Iglesia para deducir por verdadero y riguroso razonamiento los dogmas que creemos. Así, en la Suma contra gentiles (l. 3, c. 1) deduce el dogma del pecado original de la costumbre universal (secundum communem Ecclesiae consuetudinem) de administrar el bautismo a los niños. En la Suma Teológica (2-2, q. 75, a. 2) prueba que no queda pan ni vino después de la consagración por la costumbre de la Iglesia (ritui Ecclesiae) de la adoración de latría y del ayuno eucarístico. En la q. 2, a. 1, había probado que el hacer un símbolo de fe pertenece al Papa por el hecho constante de haber pertenecido siempre al Papa las causas mayores (ad quem maiores et difficiliores Ecclesiae quaestiones referuntur) y por el hecho de que ningún concilio, ni aun general, se ha considerado jamás válido sin su confirmación (cuius auctoritate Synodus congregatur et eius sententia confirmatur). En la q. 10, a. 12, de la misma parte, para probar que no se deben bautizar los niños de infieles o judíos contra la voluntad de sus padres, aduce como razón fundamental la costumbre constante de la Iglesia (Hoc autem Ecclesiae usus nunquam habuit... Praeter consuetudinem in Ecclesia hactenus observatam). Tan lejos está el Santo Doctor de creer que el razonamiento dogmático no pueda apoyarse en hechos, o instituciones, o costumbres cuando son de origen divino, que pone la costumbre de la Iglesia por encima de la autoridad misma de los Santos Padres... «Maximam auctoritatem habet Ecclesiae consuetudo, quae semper est in omnibus aemulanda; quia et ipsa doctrina catholicorum Doctorum ab Ecclesia auctoritatem habet. Unde magis standum est auctoritati Ecclesiae quam auctoritati Hieronymi vel cuiuscumque Doctoris".

Para que nuestro objetante vea palpablemente cómo en un hecho o rito o institución puede fundarse un verdadero y riguroso razonamiento y salir de él mediante eso que nuestro objetante llama simple dialéctica, un verdadero dogma, vamos a transcribir literalmente el razonamiento en que Santo Tomás deduce el pecado original en los niños de la práctica constante de la Iglesia. Dice así:

"Baptismus et alia Sacramenta Ecclesiae sunt quaedam remedia contra peccatum, ut infra patebit. Exhibetur autem baptismus, secundum communem Ecclesiae consuetudinem, pueris recentén natis. Frustra igitur exhiberetur nisi esset in eis aliquod peccatum. Non est autem in eis peccatum actuále, quia carent usu liberi arbitrii, sine quo nullus actus homini imputatur in culpam. Oportet igitur dicere in eis esse peccatum per originem traductum, cum in operibus Dei et Ecclesiae nihil sit vanum et frustra".

He ahí un verdadero dogma deducido por verdadero razonamiento, apoyándose en una costumbre o hecho o institución. Las partículas autem, igitur, cum, son las marcas indelebles del raciocinio o lazos de comparación de las diferentes verdades entre sí. Si a eso prefiere nuestro objetante llamarlo simple dialéctica unas veces y sentido cristiano o intuición otras, "de nominibus non est curandum". Raciocinio se ha llamado siempre, y de esos raciocinios está llena la historia del progreso dogmático.

Como se ve, no menos cabe verdadero razonamiento y verdadero progreso o desarrollo dogmático cuando se dispone de hechos o instituciones que cuando se dispone de enunciados intelectuales. La razón profunda de esto nos la da Santo Tomás al analizar el valor de los hechos, costumbres o instituciones. El hombre tiene dos medios de expresar su pensamiento interior: uno, las palabras; otro, los hechos. Ambos medios, palabras o hechos, son por igual signos del pensamiento del que los dice o hace o del que los instituyó.

Si suponemos, pues, que se trata de hechos o instituciones de origen divino, o sea del depósito revelado, por ellos venimos en conocimiento de la mente del autor inspirado, exactamente igual que si el autor inspirado se hubiese expresado de palabra o por enunciados intelectuales en vez de expresarse por hechos o instituciones. Las palabras o enunciados intelectuales de la Biblia en tanto son objeto del dogma y de la fe en cuanto son signos o expresiones del pensamiento del autor inspirado o del pensamiento de Dios: y tal pensamiento no se expresa menos con hechos o instituciones que con enunciados abstractos o concretos.

Resumiendo, pues, las dos respuestas a la primera objeción resulta: a) que en el depósito revelado no habrá quizá muchos enunciados intelectuales abstractos, pero sí hay muchísimos enunciados concretos; b) que aunque la mayor parte del depósito revelado se redujese a hechos o instituciones, esos hechos o instituciones sirven para desarrollar dogmáticamente el depósito por vía de razonamiento lo mismo que si fuesen enunciados intelectuales.

197. LA OBSCURIDAD Y VAGUEDAD DE LOS ENUNCIADOS.—La segunda dificultad contra el progreso dogmático por vía de razonamiento o conclusión está tomada de la obscuridad y vaguedad de los enunciados del depósito revelado, y la presenta nuestro amigo en los términos siguientes: “Segundo, porque lo mismo que está implicado en ciertos enunciados, no es fácil deducirlo de allí por simple dialéctica, porque no está en enunciados claros, como los principios de una ciencia, sino en expresiones vagas y confusas, de las cuales, sin otra luz y guía que la dialéctica, no sé que se pueda deducir en todo rigor nada” (190). Respuesta.—En todo enunciado o principio, lo mismo se trate de enunciados o principios de ciencia que de enunciados o principios de fe o revelación, hay que distinguir siempre dos partes: una parte explícita, formal, determinada, clara; otra parte implícita, virtual, vaga, obscura. Si todo fuese explícito, determinado, claro, no cabría progreso, ni tal enunciado sería principio. Si todo fuese vago, indeterminado, obscuro, no cabría inteligencia ni aun fe, ni merecería siquiera el nombre de enunciado o proposición, sino de logogrifo o rompecabezas indescifrable Nada, en efecto, puede descifrarse si no se parte de algo claro, como ninguna ecuación puede resolverse si todas sus cantidades son incógnitas o indeterminadas. Tiene, pues, que haber algo claro (55).

De esta parte clara, pequeña • grande, que existe en el dato primitivo o depósito es de donde parte el razonamiento para aclarar la parte obscura, para determinar la parte vaga, para actualizar la parte virtual. En eso consiste precisamente el razonamiento, y ésa es la condición de todo progreso. Con tal que haya algo claro, y sin ello no cabría fe, la parte virtual y obscura, por grande que sea, podrá ser causa de que haya que emplear más trabajo y más tiempo, pero será a la vez fuente de progreso más amplio, más fecundo, más inagotable.

En efecto, cuanto más profundo, más elevado, más divino es un principio, tanto mayor es la parte que encierra de implicitud, de virtualidad, de indeterminación, de vaguedad, de obscuridad: las aguas claras y transparentes no suelen ser indicio de mucho fondo. Viceversa, a medida que el principio se va aclarando, fijando, determinando, va también perdiendo implicitud, virtualidad, fecundidad, como pierde potencial toda fuerza en la medida que actualiza su energía. Por eso los enunciados de los concilios, de los papas, de los teólogos, son mucho más claros, más precisos, menos vagos que los del sagrado depósito; pero éstos son más sugestivos, más fecundos, más preñados de verdad y de vida que los de los teólogos y aun que los de los papas y concilios ecuménicos.

Así, pues, si sólo se quiere decir que en el depósito primitivo, aun tratándose de verdades que hoy tenemos definidas como dogmas de fe, había mucho de implícito, de virtual, de indeterminado, de obscuro, que ha necesitado de gran trabajo y tiempo para ser explicado, actualizado, determinado y definido, no tenemos dificultad en reconocerlo. Pero si se pretende que todo lo del depósito primitivo era obscuro, o vago, o indeterminado, o virtual, como lo es en la semilla o en un embrión todavía informe, eso sería no solamente hacer imposible la teología, sino también la fe, y ponerse en contradicción manifiesta con lo que enseña la historia de los dogmas y con lo que se destaca aun a la simple lectura de la Sagrada Biblia.

Claro está que en el depósito primitivo no hay que esperar encontrar explícitamente o con claridad la multitud de desarrollos dogmáticos que aparecen, por ejemplo, en el llamado Símbolo de San Atanasio, en los concilios ecuménicos o en las definiciones pontificias. Si tales desarrollos se encontrasen claros en el depósito, dejarían de ser desarrollos ni progreso y no hubiese habido necesidad de Santos Padres o teólogos que los aclararan o determinaran, ni de concilios o papas que los definieran. Pretender encontrar de una manera explícita y ni aun (a juicio nuestro) de una manera formal en el depósito primitivo todos los dogmas definidos, por ejemplo, por el Concilio de Trento, sería como pretender hallar ya en un arbusto el ramaje variado y espléndido del árbol secular.

198. EL DOGMA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD.—Pero si no encontramos explícitos y con claridad tales desarrollos, encontramos siempre claros y explícitos ciertos conceptos fundamentales de los cuales tales desarrollos han salido. Así, por ejemplo, en los enunciados del depósito primitivo relativos a la Trinidad no encontramos explícitamente, ni con mucho, cuanto los concilios y teólogos han definido o dicho sobre hipóstasis y naturalezas, sobre procesiones y nociones, sobre absolutos y relativos, sobre conceptos in y conceptos ad, sobre propiedades y apropiaciones. Ni siquiera los nombres de personas o de trinidad son primitivos. Pero si no encontramos explícitamente nada de eso, encontramos, en cambio, clara y explícitamente la unidad de Dios, clara y explícitamente la distinción entre Padre, Hijo y Espíritu Santo, clara y explícitamente la procesión del Hijo y del Espíritu Santo del Padre, clara y explícitamente la divinidad del Padre y la del Hijo, y, en términos claramente equivalentes, la divinidad del Espíritu Santo.

Pues bien: de esos cuatro conceptos primitivos y claros de unidad, distinción, procesión y divinidad han salido y salen por razonamiento, y por razonamiento riguroso, todos los desarrollos dogmáticos referentes al sacrosanto dogma de la Trinidad divina y todas las numerosas y complicadas fórmulas trinitarias elaboradas por concilios y teólogos, hasta llegar a aquella fórmula maestra de "in divinis omnia sunt unum et idem ubi non obviat relationis oppositionis", clave y coronamiento de todo el tratado De Trinitate.

Claro está que no todos los dogmas son del carácter tan puramente especulativo como el de la Santísima Trinidad, ni se destaca en ellos, por tanto, con la misma evidencia el rigor lógico que ha presidido a su desenvolvimiento. Pero todos, sin excepción, tienen por base uno o varios conceptos formales y explícitos de la Sagrada Escritura o tradición divina, y de esos datos ha partido siempre y en ellos se ha apoyado sin cesar, bajo la norma directiva del sentido cristiano y de la autoridad de la Iglesia, el razonamiento teológico, instrumento ordinario del progreso dogmático.

199. CONCEPTOS FUNDAMENTALES Y CONCEPTOS DERIVADOS.—En resumen: si no todos los conceptos dogmáticos que hoy poseemos y creemos estaban explícitos en el depósito primitivo o dato revelado, tampoco todos estaban puramente implícitos; si no todo era formal en el depósito, tampoco todo era virtual; si no todo estaba claro desde un principio, tampoco estaba todo confuso.

En el depósito primitivo hay un conjunto de conceptos actuales, formales, explícitos, claros, determinados, y ése fué el punto de partida del razonamiento teológico y del progreso dogmático.

De esa manera formal y determinada—dice Santo Tomás—se hallan en el depósito apostólico no todos los dogmas o artículos de fe, pero sí todos los dogmas principales o artículos de la fe, entendiéndose por artículos de la fe no los dogmas derivados, sino los dogmas fundamentales, y en estos dogmas fundamentales, no los conceptos secundarios o concomitantes, sino el concepto primario o esencial, que es lo que llama Santo Tomás la esencia de los artículos. Los conceptos secundarios o derivados, aunque contenidos también en el depósito, no están contenidos sino por vía de consecuencia (ea quae ex articulis consequuntur), y éstos no son de fe hasta que el magisterio ordinario o solemne de la Iglesia los define (134).

**200. CABE CIENCIA SIN SANTIDAD.—**La hermosa frase de Santo Tomás: "Prius vita quam doctrina; vita enim ducit ad cognitionem veritatis", en que se apoya nuestro objetante para rechazar la vía especulativa, no quiere decir más sino que la bondad de costumbres es una de las condiciones que contribuyen a una mayor penetración o más profundo conocimiento de las verdades sobrenaturales, por contribuir a aumentar la caridad y los dones del Espíritu Santo y con ellos el "sentido de la fe", de que hablaremos pronto (216-220), el cual es algo así como el "sentido común" del orden sobrenatural.

Por eso, en igualdad de circunstancias, más penetrará en la Biblia o en la sagrada teología el santo o el fervoroso que el pecador o el tibio. "Hinc sequitur quod, caeteris paribus, doctor erit in Theologia qui charitatem habuerit, quam qui non habuerit. Quia sine charitate non sunt coniuncta huiusmodi dona Spiritus Sancti cum fide, quae illuminat mentem et intellectum dat parvulis". No hay más que leer las biografías de los grandes teólogos para notar en seguida que casi todos ellos fueron eminentes en santidad de vida o gran fervor sobrenatural. Esto no debieran olvidarlo nunca los profesores y discípulos de la sagrada teología.

Pero eso no quiere decir que la santidad sea el único medio o condición indispensable para ser gran teólogo o para desarrollar el dogma. La falta de santidad de vida puede ser compensada por un mayor talento o una mayor aplicación, y ser más grande teólogo uno listo o aplicado, aunque no sea fervoroso, que otro fervoroso, pero corto de talento u ocupado en otras cosas. Oigamos a Santo Tomás: “Non quicumque bonus est magis aptus ad prophetiam habendam quam quilibet peccator, cum aliqui charitate carentes habeant magis aptas mentes ad spiritualia percipienda, utpote a carnalibus et terrenis vacantes, et naturali intellectus praediti claritate: quibusdam e contrario charitatem habentibus, terrenis negotiis implicitis et carnali dantibus operam generationi, nec intellectum habentibus naturaliter perspicacem”. Creer que sin ser santo no se puede ser sabio, aun en las cosas divinas, sería un ultramisticismo intolerable.

§ II: Ejemplos históricos de evolución dogmática por vía especulativa

§ III: Más ejemplos de lo mismo

§ IV: Si cabe evolución dogmática por vía de asimilación

§ V: La evolución dogmática por vía afectiva o experimental

§ VI: Otras observaciones sobre la vía afectiva

§ VII: Las analogías o imágenes de la evolución dogmática

Capitulum V: La extensión de la evolución dogmática y refutación de la llamada fe eclesiástica

§ I: Origen y sentido de la moderna fe eclesiástica

§ II: La fe eclesiástica y las conclusiones teológicas

§ III: La fe eclesiástica y los hechos dogmáticos

§ IV: La fe eclesiástica y la canonización de los santos

Capitulum VI: Solución de las objeciones contra la evolución del dogma

§ I: Objeciones contra la evolución dogmática en general

§ II: Más objeciones contra lo mismo

§ III: Objeciones contra la identificación de la extensión de la evolución del dogma con la extensión de la infalibilidad

§ IV: Objeciones contra una de las pruebas principales de la evolución del dogma

Capitulum VII: La evolución del dogma y la opinión tradicional

§ I: La opinión de los Santos Padres

§ II: La opinión de Santo Tomás

§ III: Desde Santo Tomás a Molina

§ IV: Desde Molina a nuestros días

§ V: La mente de Melchor Cano

§ VI: Respuesta a un estudio histórico

§ VII: Examen de una obra novísima

Epílogo

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