Introducción a De bello de Domingo Báñez

José Ángel García Cuadrado

Introducción a De bello de Domingo Báñez

José Ángel García Cuadrado

Introducción a Tratado sobre la guerra

First published 2020

Introduction and bibliography by José Ángel García Cuadrado to Domingo Báñez's commentary on Summa Theologiae II-II, Q. 40. This is García Cuadrado's independent scholarly work, published separately from Báñez's commentary.


Introducción a De bello

Por desgracia, la guerra ha sido una constante en la historia de la humanidad, desde los tiempos de Caín hasta nuestros días. De una manera u otra los horrores de la guerra han afectado dramáticamente la vida de los hombres convirtiéndose en un tema de reflexión insoslayable. Especialmente para los creyentes de todas las religiones la guerra supone un verdadero desafío para sus creencias. ¿Cómo Dios permite los horrores de la guerra? ¿Cómo compatibilizar la bondad divina con algunos textos bíblicos en los que Yavhé ordena la destrucción de pueblos enteros y la aniquilación de los enemigos? Además, en algunas religiones –y no solo en un pasado lejano–, la noción de “guerra santa” se presta más bien al odio, la venganza y la crueldad invocando el nombre de Dios. ¿Es la religión un fermento de violencia y de guerra?.

Entre los filósofos de la antigüedad la guerra era algo tan connatural que difícilmente admitía una reflexión serena y objetiva. Para Aristóteles, por ejemplo, las diferencias entre los ciudadanos y los bárbaros justificaba la imposición de la fuerza para que imperara el orden y la civilización. En definitiva, admitía que el fin de la guerra es la obtención de la paz, pero era la paz conseguida por el más fuerte. Cicerón, en De officiis, abrió paso a la doctrina de la guerra justa en un intento de humanizarla estableciendo algunas normas sobre su legitimidad, la legalidad en el inicio del conflicto y el intento de regular el desarrollo del mismo, etc. Cicerón equipara la figura de la autoridad de quien declara la guerra a la de un juez que tiene que juzgar si un reo es culpable y qué pena merece. Para Cicerón, es preferible “la más injusta de las paces a la más justa de las guerras”. Para él, por consiguiente, el uso de la guerra es un último recurso indeseable para restaurar la paz.

Con la llegada del cristianismo los conflictos bélicos deben ser repensados desde el precepto de la caridad y de la justicia. De hecho, uno de los pilares más sagrados de la civilización cristiana es la prohibición de quitar la vida a otro ser humano. La guerra –toda guerra– entraña la certeza de la muerte de muchos seres humanos, en gran parte inocentes. Así pues, la pregunta sobre la moralidad de la guerra no puede dejar de suscitar graves interrogantes a la conciencia moral cristiana. ¿Es legítimo el recurso a la violencia física para reclamar lo que en justicia me pertenece? ¿Es posible que entre cristianos pueda darse la guerra? ¿Es lícito el uso de la fuerza, incluso infligiendo la muerte, para defender la fe? ¿Es cierto que las religiones monoteístas contienen en sí un germen de violencia por lo que tienen de exclusivistas? La respuesta cristiana no es sencilla: Jesús, que sufrió la muerte para consumar la redención y que invita a Pedro a envainar su espada, es el mismo que anuncia que no ha venido a traer la paz a la tierra, sino la espada.

Los Padres de la Iglesia vivieron también en un mundo convulso: aunque las persecuciones oficialmente habían cesado, las guerras entre reinos, a veces revestidas también con motivos religiosos, siguió siendo una constante. San Agustín desarrolla toda una teoría sobre la guerra que servirá de inspiración a la Escolástica medieval y renacentista. En la Escolástica medieval también fue tratada la guerra en su dimensión moral, como lo demuestra la obra de Tomás de Aquino. Precisamente, tomando pie del pensamiento del Aquinate, la tradición dominicana reflexionó sobre los principios morales de la guerra en un contexto moderno: en este sentido, Vitoria es el maestro al que recurrir al tratar de la guerra justa. Báñez se inserta en esta tradición escolástica en unos momentos especialmente convulsos para la historia de la civilización europea, y particularmente de la Iglesia.

1. Domingo Báñez en el contexto histórico de su tiempo

En ocasiones se ha presentado el pensamiento y la obra de Domingo Báñez como desgajado o abstraído de su época, más ocupado en la alta especulación metafísica que de los problemas lacerantes de su tiempo. Bastará un breve recorrido por su biografía para comprender que esta idea es bastante errónea: la obra del Mondragoniense es un espejo fiel de los problemas y conflictos religiosos, morales y teológicos del momento. Su vida se encuentra involucrada (quizás en exceso) en la corriente histórica de su tiempo, cultivando una teología también comprometida con la existencia concreta. Por este motivo, puede ser ilustrativo trazar el perfil biográfico de nuestro autor dentro de su contexto histórico.

1.1. Años de formación y estudio: reinado de Carlos V

Báñez nació en Valladolid en 1528. Desde 1520 el rey de España, Carlos, era también emperador de Alemania; Lutero había roto con la Iglesia de Roma y comenzaban a nacer las iglesias reformadas. La monarquía de Carlos V fue un momento de esplendor español, pero al precio de numerosas y sangrientas guerras contra los franceses, contra los turcos y berberiscos, contra los príncipes alemanes, además de las guerras en América.

La primera guerra contra Francia (1521-1526) comenzó con la reclamación del reino de Navarra. Francisco I, aprovechando las luchas de las Comunidades, invade España y llega hasta Logroño. Después se lanza a la conquista de Italia y toma Milán, pero es derrotado y hecho prisionero en Pavía (1525). Es conducido a Madrid donde firma el tratado de paz (1526) y es puesto en libertad. En la segunda guerra (1526-1529) Francisco I se une a la Liga Clementina (auspiciada por el papa Clemente VII) compuesta por Venecia, Florencia y Milán. En 1527 tiene lugar el saqueo de Roma, a manos de tropas alemanas. No se respetaron ni personas ni lugares sagrados y el papa cayó prisionero. Finalmente, Carlos es coronado como Emperador en Bolonia por Clemente VII. La tercera guerra contra los franceses (1535-1538) se originó con la ocupación francesa del Milanesado, a la muerte del duque Sforza. El papa Paulo III interviene para pacificar la situación. En la cuarta guerra (1542-1544), Francisco I se alía con los turcos: toma y saquea Niza, mientras que Carlos V une fuerzas con Inglaterra y llega cerca de París. La paz de Crespy pone fin a la contienda (1544). La quinta guerra (1552-1556) la declaró el sucesor de Francisco, el rey Enrique II, quien, aprovechando la situación crítica de los españoles en Alemania, conquistó Metz, Houl y Verdún. La paz se firmó en Vaucelles (1556).

En Alemania, la Reforma de Lutero tomó cuerpo, y en 1531 se crea la Liga de Esmalkalda de los príncipes alemanes para defender sus intereses contra Carlos V. Un año después, se firma la paz de Nuremberg en virtud de la cual nadie sería perseguido por sus ideas religiosas hasta la celebración de un Concilio. Carlos V tuvo que transigir porque los turcos avanzaban por Europa.

Además, en 1533 Enrique VIII consuma su ruptura con Roma; mientras tanto Calvino adopta posturas protestantes y en 1536 se instala en Ginebra. Pocos años después, Ignacio de Loyola funda la Compañía de Jesús (1537). En 1542 se crea la Inquisición romana. En 1545 tiene lugar la primera sesión del Concilio de Trento, y un año después muere Lutero. Las decisiones del Concilio no fueron bien acogidas por los protestantes, y los príncipes alemanes se enfrentan de nuevo contra Carlos V: son derrotados en Muhlberg (1547). En 1548, el Emperador convoca la Dieta de Ausburgo donde intenta imponer la religión del Sacro Imperio Romano. Finalmente, los príncipes alemanes, tras algunas victorias logran la paz de Passau (1552), mientras que el Concilio de Trento suspende sus sesiones. En Ausburgo (1555) se ratifica el tratado de paz en el que se declaraba la igualdad política de católicos y protestantes.

1.2. Primeros años de magisterio: Felipe II rey

Cuando Báñez terminó sus estudios teológicos en Salamanca en 1552, con 24 años, comienza a impartir lecciones de Artes en el convento de san Esteban: fruto de esas lecciones serán el De generatione et corruptione que publicará años más tarde, así como el comentario al De anima que finalmente saldría dentro de su comentario a la I Pars (qq. 75-102). En 1555 Báñez es nombrado Lector de Teología, supliendo ocasionalmente a los Maestros de la Orden tanto en san Esteban como en la Universidad.

Mientras tanto, en 1556 Carlos V renuncia al trono en favor de su hijo, Felipe II. En 1557, triunfa el calvinismo en Hungría. Por otro lado, se reanudan las hostilidades con los franceses apoyados por el Papa Paulo IV (napolitano, muy contrario a la dominación española en Italia). El Duque de Alba invadió los estados pontificios y el papa tuvo que capitular, no sin antes haber pretendido excomulgar a Felipe II y a su padre Carlos, ya retirado en Yuste. Las tropas francesas son derrotadas en san Quintín. La guerra contra los franceses no terminó hasta que las tropas españolas vencieron de nuevo en la batalla de Gravelinas, forzando a Francia a firmar la Paz de Chateau-Cambrésis en 1559.

En 1561 Báñez recibe el grado de presentado en Teología −equivalente al de licenciado− pasando a explicar en el convento de santo Tomás de Ávila. En 1562 tiene lugar la matanza de calvinistas hugonotes en Vassy, dando comienzo las guerras de religión en Francia, entre católicos y hugonotes. Ese mismo año se reanuda el Concilio de Trento, que se clausuraría al año siguiente. Mientras tanto, Teresa de Ávila funda el primer Carmelo reformado (1562) y toma a Báñez como confesor, hasta 1567 cuando el maestro dominico se traslada a Alcalá. Pocos años después san Juan de la Cruz funda los Carmelitas descalzos. Por su parte, los caballeros Hospitalarios, apoyados por el Imperio español vencen a los otomanos en el Sitio de Malta (1565).

Ese mismo año de 1565 Domingo Báñez se gradúa de bachiller, licenciado y doctor en Teología por la Universidad de Sigüenza. En 1567, Báñez comienza a impartir sus lecciones en el convento de Alcalá, y ocasionalmente haría sustituciones en la Universidad Complutense. El Capítulo Provincial de los dominicos reunidos en Valladolid (1569) nombra a Báñez rector de santo Tomás de Ávila. A finales de 1570, nuestro maestro salmantino, se reincorpora a san Esteban de Salamanca. En 1573 Báñez pasa a ser rector de colegio de san Gregorio de Valladolid. En diciembre de 1574 es nombrado prior del convento de Toro. En 1575 Báñez redacta la censura del libro de la Vida de santa Teresa, así como un informe para la Inquisición sobre las revelaciones de la reformadora.

Mientras tanto, crece el descontento en Flandes por la pérdida de autonomía y la persecución religiosa contra los protestantes. Los nobles forman una Liga (Compromiso de Breda) en 1564 y piden algunos derechos: sus reclamaciones no fueron suficientemente atendidas: el pueblo saqueó templos católicos y provocó tumultos. La reacción de Felipe fue rápida y enérgica. Envió al duque de Alba con un poderoso ejército, que entró en Bruselas en 1567, y tomó medidas muy rigurosas contra los sublevados (Consejo de los Tumultos o Tribunal de la Sangre). El príncipe rebelde, Guillermo de Orange huye a Alemania. Las provincias del Norte se rebelaron de nuevo con la ayuda de Inglaterra y Francia.

La presencia española en América no fue totalmente pacífica: no cesaron los conflictos armados, promovidos por potencias europeas que deseaban hacerse con el control colonial, aprovechando los varios frentes bélicos en los que se encontraba la corona española. Así, Pedro Menéndez de Avilés con tropas hispanas aliadas con los timucuas dieron fin en 1565 a la piratería francesa, y fundó la ciudad de san Agustín de la Florida.

Dentro de nuestras fronteras se produce la sublevación de los moriscos en Granada dando lugar a la Guerra de las Alpujarras en 1568. La población morisca del Reino de Granada se levantó en armas para protestar contra la Pragmática de 1567, que limitaba sus libertades culturales. Hubo persecución religiosa contra los cristianos y murieron numerosos sacerdotes y religiosos. Una vez sofocada la revuelta, fueron deportados los moriscos supervivientes a varios puntos del resto de la Corona de Castilla y otros fueron vendidos como esclavos dentro de España.

Pocos años después tiene lugar un hecho decisivo para la historia de Europa: la flota de la liga Santa (que aglutinaba a las fuerzas cristianas) capitaneada por D. Juan de Austria vence en Lepanto a la escuadra otomana, abortando así la amenaza turca para toda la Cristiandad (1571). Sin embargo, en 1573 se pierde Túnez frente a los turcos. En los territorios americanos, Francisco de Toledo finaliza la conquista del Imperio inca (1572). Los tercios españoles obtienen la victoria en el asedio de Haarlem (1573) pero los rebeldes resisten el asedio de Leiden (1574). En 1576 los tercios de Flandes se amotinan en Aalst, por la falta de pagos: se dirigen a Amberes y la saquean.

1.3. Años de magisterio estable en Salamanca: esplendor y decadencia del reinado de Felipe II

En abril de 1577 Báñez accede a la plaza de Durando en la Universidad de Salamanca que detentará hasta 1581. Dejará esta plaza al obtener la Cátedra de Prima en Teología que ocupará hasta que en 1599 la abandona ya muy enfermo. En 1591 declarará en Salamanca para el proceso de canonización de santa Teresa. En esta última época de la vida de Báñez es cuando el maestro salmantino publica el grueso de su obra, ya muy elaborada en sus lecciones impartidas en los cursos precedentes. En esos años tienen lugar varios acontecimientos que marcarán decisivamente la historia de España.

a. La anexión de Portugal

En 1578 el rey de Portugal, Sebastián I, muere en la batalla de Alcazarquivir. Heredó el trono su tío abuelo, el anciano cardenal don Enrique, quien abrió consultas sobre quién debería ser su sucesor legítimo. Pero el cardenal Enrique falleció al poco tiempo, quedando la sucesión abierta entre varios pretendientes. Los dos principales aspirantes al trono eran D. Antonio, prior de Crato (hijo ilegítimo del hermano del Cardenal) y Felipe II, sobrino del fallecido Cardenal Enrique y nieto legítimo del rey Manuel I. Una parte importante de la nobleza y comerciantes eran partidarios de la pretensión de Felipe II, pero los procuradores de Cortes y las clases populares, se oponían. El rey español estaba convencido de la legitimidad de su sucesión, pero solicitó el parecer de diversos teólogos universitarios, que apoyaron sus pretensiones asegurando su conciencia de la legitimidad de su reclamación. Finalmente, los teólogos elaboraron un dictamen conjunto que legitimaba la invasión de Portugal, pues declaraba obligatorio el recurso al arbitraje sólo en el caso de causa dudosa, mientras que la reclamación de Felipe II era una causa cierta.

A finales de 1580 las tropas de Felipe II invadieron Portugal casi sin encontrar resistencia por parte de los partidarios D. Antonio. Felipe II hizo su entrada en Lisboa más que como un conquistador como un rey legítimo al que algunos querían despojar de aquello que le pertenecía. Las Cortes portuguesas reunidas en Tomar proclamaron rey a Felipe II en 1581. El que sería conocido como Felipe I de Portugal permaneció tres años en Lisboa. El monarca español se comprometió a respetar los fueros y privilegios de los portugueses. Se creó un Consejo de Portugal y se suprimieron las aduanas con Castilla. La anexión significó la unión de dos enormes imperios. Las posesiones portuguesas en Brasil, África y Asia pasaron al Imperio de Felipe II. Un imperio “en donde nunca se ponía el sol”. La conquista de Portugal levantó una fuerte polémica en Europa, porque se veía con temor creciente el poderío español; la corte y el estamento eclesiástico se esforzaron en justificar la legitimidad de sus pretensiones.

Los comentarios de Báñez sobre la guerra justa se fechan en 1584, sólo cuatro años después de la invasión de Portugal. Como hemos visto, el Mondragoniense afirmaba la obligatoriedad del arbitraje en caso de duda; la certeza sobre lo debatido debería ser total para que no hubiera obligación de arbitraje. Seguramente el maestro salmantino estaba convencido, al igual que su monarca, de la certeza de su legitimidad. La intervención de Felipe II en Portugal parecía obedecer a un designio divino, en contra de la opinión del papa que reclamaba para sí la legitimidad del arbitraje. El papa Gregorio XIII, “que protestaba violentamente contra las pretensiones de conquista de Felipe II, amenazándole con las censuras espirituales, felicitaba al Monarca español una vez realizada la ocupación militar del vecino Reino”. La Universidad de Salamanca felicitó también al monarca por la anexión de los territorios portugueses.

b. La guerra en Flandes

Mientras que en Europa se ve con aprehensión la anexión de Portugal, continúan los conflictos bélicos en los Países Bajos. Después del duque de Alba, en 1573, Felipe II encargó la pacificación de Flandes a Luis de Requeséns; pero la situación era ya insostenible, tanto por la actitud de los rebeldes (apoyados también desde el extranjero) como por la insubordinación de los tercios, faltos de paga. A la muerte de Requeséns (1576) le sucedió don Juan de Austria, quien firma el Edicto perpetuo, por el que saldrían las tropas españolas del país y se suspendían las persecuciones religiosas: Guillermo de Orange se negó a transigir y continuó la guerra. Al hermanastro de Felipe II le sucedió en el gobierno de los Países Bajos, Alejandro Farnesio, sobrino de don Juan de Austria e hijo de Margarita de Parma (antigua regente de los Países Bajos). Alejandro fue un hábil diplomático y gran general. Consiguió atraerse a las provincias católicas y obtuvo importantes victorias, como el asedio y toma de Amberes (1585). Ese mismo año tuvo lugar la batalla de Empel en la que los tercios españoles derrotaron a una flota de cien barcos rebeldes en condiciones muy adversas. Sin embargo, el príncipe Guillermo de Orange conseguía que las provincias del Norte se reunieran en la Unión de Utrech (actual Holanda), constituyéndose en república independiente (1579).

En 1584, el príncipe de Orange (el Taciturno) muere asesinado a manos de Balthasar Gérard, católico y vasallo del rey Felipe II, quien había ofrecido 25.000 coronas en recompensa por la cabeza de Orange. ¿Es reprobable este asesinato? Báñez lo justifica con estas palabras de su De iure et iustitia (1594): “Aquí y en nuestros tiempos son alabados con razón los valientes soldados que disimuladamente entraron en el campamento enemigo con peligro de su vida, para asesinar a sus príncipes o jefes que comenzaron una guerra inicua, tal como sucedió con el que quitó la vida al príncipe de Orange, quien tenía una razón especial para asesinar al príncipe de cualquier modo: porque era rebelde al rey Felipe II, de quien era súbdito, y por eso como reo de lesa majestad pudo ser así privado de la vida por el príncipe de los españoles. Y aunque el mismo rey, en particular, no mandara al soldado que quitara la vida al príncipe, sin embargo, el rey mismo una vez enviado el ejército para luchar contra su vasallo reo de lesa majestad, pareció que consecuentemente tal facultad fue concedida a los soldados, para que de cualquier modo le quitaran la vida”. Como se puede observar, no hay fisuras en el juicio moral de la política imperial de Felipe II.

A la muerte de Alejandro Farnesio (1592) le siguen varios gobernadores hasta que Felipe II cedió el gobierno de los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia, casada con el archiduque Alberto (1598) pensando poner fin así a una guerra que tanta sangre y dinero había costado a la Corona.

c. La Armada Invencible

En 1558 muere María Tudor y Felipe II deja de ser rey de Inglaterra y las relaciones entre las dos monarquías se hicieron cada vez más hostiles. La nueva reina, la filo-protestante Isabel I, permitió que los navíos ingleses se apoderasen de los barcos españoles cargados de metales preciosos. Por otro lado, el apoyo de Inglaterra a los rebeldes protestantes en los Países Bajos era patente. En 1572, la reina expulsa al embajador español. Poco tiempo después, se restablecieron las relaciones diplomáticas, pero duró poco tiempo esa situación: el nuevo embajador fue también expulsado acusado de conspirador. Los ataques de Drake a Cádiz y a diversas colonias españolas, así como la ejecución de María Estuardo, convencieron a Felipe II de que debía invadir Inglaterra y colocar en su trono a su hija Isabel Clara Eugenia. En 1588 envió la Armada Invencible a las costas inglesas; pero la misión militar fracasó. El desastre naval marcó el punto de declive de España como fuerza militar. Pocos meses después, naves inglesas atacaron La Coruña y Lisboa; siete años después, saquearon la ciudad de Cádiz (1596).

d. Enrique IV y las guerras de religión en Francia

Las guerras de religión entre católicos y hugonotes (calvinistas franceses) desangran el reino de Francia. En 24 de agosto de 1572 tiene lugar la matanza de la noche de San Bartolomé. Enrique de Navarra fue obligado a abjurar de su fe calvinista para salvar su vida. Posteriormente volvió a abrazar el protestantismo, una vez a salvo en su reino. Años más tarde, en 1590, Enrique IV está a punto de entrar en París. Felipe II, para defender la fe católica en Francia, envía los tercios de Flandes capitaneados por Alejandro Farnesio que derrotan a las tropas hugonotes en Ivry y liberan del asedio a París. En 1593, Enrique IV de Borbón abjura de nuevo de su fe, al comprender que para ser reconocido rey de Francia debía ser católico. La lucha entre españoles y franceses duró hasta 1598 con la paz de Vervins, donde Felipe II reconoce a Enrique como rey de Francia.

Bañez jugó un papel activo en esta empresa bélica. Para la guerra contra Enrique el hugonote, Felipe II pidió ayuda a la Iglesia para recaudar fondos con vistas a la campaña militar, en un reino ya arruinado y muy castigado por las numerosas guerras. Felipe II entendía que la intervención en Francia era necesaria para preservar la fe católica en esas tierras, idea que era compartida ampliamente por el estamento eclesiástico. En 1590, junto a otros religiosos de diversas órdenes religiosas, Báñez viaja por España con el objetivo de recaudar fondos para el empréstito necesario de cara a la guerra contra Enrique IV.

Felipe II murió en 1598. En 1597, Báñez había pedido la jubilación por motivos de salud ya entonces muy deteriorada: la solicitud fue denegada por el claustro universitario. Fue dos años más tarde (1599) cuando la Universidad de Salamanca accede a una nueva petición. Báñez se retira al convento de san Andrés de Medina del Campo, donde permanecerá hasta su muerte en 1604.

La vida académica de Báñez se desarrolló durante el esplendor del reinado de Felipe II, en medio de un clima bélico muy presente en la cultura española. La monarquía católica había sido el garante de la religión a costa de un gran derramamiento de sangre dentro y fuera de sus fronteras. En efecto, las guerras se habían dirigido principalmente contra los enemigos de la fe cristiana (Lepanto, o Alpujarras) pero también contra príncipes cristianos (aunque fueran herejes protestantes o hugonotes, sin olvidar a los católicos de Portugal). A veces los motivos habían sido religiosos, aunque mezclados con intereses políticos o económicos. Guerras y defensa de la fe con las armas era el ambiente intelectual donde Báñez desarrolló su tarea académica universitaria.

2. Fecha de composición y ediciones de la cuestión De bello

La renovación del tomismo del siglo XVI viene marcada por la obra de comentaristas como Cayetano o Silvestre de Ferrara, entre muchos otros. En Salamanca, los superiores de la Orden de Predicadores encargaron al catedrático de Prima (Bartolomé de Medina) la edición de los comentarios a la Suma tal como se impartía en las aulas universitarias. En realidad, los cartapacios de los maestros Vitoria, Soto, Cano, etc., se conservaban como material para impartir las lecciones, y sobre ese material el catedrático añadía sus aportaciones personales que daba a conocer en las aulas. A la muerte de Medina, en 1582, Báñez recibió el encargo de continuar esta tarea. Así lo podemos leer en la licencia del maestro general de la Orden dominicana, Pablo Constante, quien le impone el precepto formal en virtud de la santa obediencia de sacar a la luz sus comentarios.

La cuestión sobre la guerra fue tratada por Tomás de Aquino en la II-II de la Suma teológica (qq. 1–46, De fide, spe et charitate). Los comentarios de Báñez fueron impresos en el convento de san Esteban por vez primera en 1584 bajo el título Scholastica commentaria in IIam. IIae quibus quae ad fidem, spem et charitatem spectant, clarissime explicantur usque ad XLVI quaestionem. Ese mismo año se imprimieron también los comentarios a las primeras cuestiones de la I Pars. El volumen de Báñez forma un tratado independiente acerca de las tres virtudes teologales*.* El tratado sobre la guerra no se sitúa dentro de la virtud de la justicia, como cabría suponer (tratado sobre la guerra justa), sino dentro del tratado sobre la caridad. Aunque parezca un tanto paradójico se trata de estudiar las condiciones para que una guerra sea “caritativa”, esto es, en la que sea lícito dañar bienes y personas. Como veremos, una condición indispensable para que una guerra sea lícita y no se peque contra la caridad es la causa justa de la guerra: se comprende así la fuerte conexión entre el tratado de la guerra con el de la justicia. Con anterioridad, la cuestión de la guerra lícita contra los infieles se había planteado en la q. 10, es decir, dentro del tratado de la fe en el contexto de la evangelización de los indios americanos.

Con frecuencia se han comparado las doctrinas de Súarez, Molina y Báñez reconociendo las grandes semejanzas entre ellos, aunque hay algunas diferencias significativas. Por ejemplo, Regout observa doctrinas muy similares, pero aparentemente sin relación entre sus autores. Los tres autores trataron el tema de la guerra en un estrecho margen de tiempo. Báñez publica sus comentarios en 1584. La publicación del tratado sobre la guerra de Suárez es muy posterior, a título póstumo, en 1621, pero en el curso 1583/84 ya dictó lecciones sobre este asunto en Roma: y de esas explicaciones se elaboró la edición póstuma. La edición príncipe de estas cuestiones en Molina, se fecha en 1593, aunque ya antes Molina había explicado en Évora el De iure et iustitia entre 1574-1582, siguiendo el orden de los artículos de la Summa. En la edición impresa de 1593, introduce la doctrina de la guerra justa en forma de disputaciones. ¿Cuál de estos autores postridentinos expresó antes su pensamiento e influyó en los otros? Regout reconoce que Molina no cita a Báñez ni a Suárez pero es probable que los hubiera leído: en todo caso, la fuente principal sería Vitoria. Pereña se inclina a pensar que Suárez ya conocía el pensamiento de Báñez, seguramente a través de la tradición manuscrita que circulaba por Salamanca. Por su parte, Haggenmacher, se inclina a pensar en la prioridad de Báñez, e indica cómo Suárez parece trascribir bastante literalmente algunos pasajes del comentario bañeciano.

Es interesante observar cómo estos tres grandes teólogos que protagonizarán la polémica doctrinal más importante en el mundo católico hacia 1590 (la controversia de auxiliis), diez años antes se muestran sustancialmente coincidentes en este asunto. En realidad, lo que muestra esta doctrina homogénea es el consenso que suscitaba en el mundo católico español la figura y misión de Felipe II. En todo caso, sería pretencioso hablar de uno solo de estos teólogos como el artífice de la doctrina de la guerra justa. Desde Vitoria, teólogos y juristas, habían enseñado y escrito sobre el tema consolidándose una tradición común, sobre la cual se dibujaban puntualizaciones personales, a veces no exentas de originalidad. Sin embargo, creo que hay argumentos convincentes que apuntan a la prioridad de la obra bañeciana y que ésta influyó, en mayor o menor medida, en sus contemporáneos.

Es casi seguro que Báñez impartió la cuestión sobre la guerra antes de llevarlas a la imprenta: sabemos que no la explicó durante los años de su cátedra de Prima (1581-1599); ni tampoco durante los años de su cátedra de Durando (1576-1581). Beltrán de Heredia apunta que esta cuestión −como el resto de la Summa− la comentó Báñez en el convento de san Esteban y en otros centros de la Orden de Predicadores. Hacia el año 1570, Báñez ya tendría redactado el comentario sobre la parte de la Summa en el que se trata la cuestión de la guerra. Hay todavía otro testimonio del propio Báñez que resulta muy elocuente: en la dedicatoria al primer tomo de sus comentarios, afirma que lleva más de treinta años explicando los textos del Angélico Doctor. Y en el prólogo al lector de sus comentarios a la II-II, el mismo Báñez afirma que por largos años meditó y perfeccionó sus comentarios a la Prima Pars y al tratado De fide, spes et charitate. Así pues, podemos fijar el año 1554 como la fecha en la que Báñez comenzó a redactar las lecturas que después llevaría a la imprenta. Durante esos años podemos suponer que el maestro salmantino fue actualizando los comentarios recibidos de sus maestros atendiendo también a los acontecimientos históricos del momento.

Hay que tener en cuenta la licitud de la guerra fue tema de discusión, informes y dictámenes, especialmente a propósito de la anexión de Portugal. Sabemos que Felipe II solicitó tres tipos de dictámenes sobre cuestiones relativas a la legitimidad de su pretensión al trono portugués, entre los años 1579 y 1580. Uno de los teólogos encargados de recabar esos informes fue el dominico Diego de Chaves, a la sazón, confesor del rey y censor de Báñez. Es lógico que Chaves, mentor y admirador del temple intelectual de Báñez, le solicitara también un parecer que, de un modo u otro, incorporaría al comentario a la cuestión 40.

Como ya hemos dicho, en 1584 Báñez publica su Scholastica Commentaria in II-II Angelici Doctores Thomae, quibus, quae ad Fidem, Spem et Charitatem spectant, impreso en el convento de san Esteban de Salamanca. Debió tener cierta difusión, porque en 1586, en el mismo convento de san Esteban se imprime la segunda edición. En ese mismo año, se hacen tres ediciones más: una en Roma (tipografía de Tito y Paulo) y dos más en Venecia (Bernardo Junta y Franciscum Zilettum). Un año después se imprime otra edición en Venecia (Altobellum Salicatum). En 1588, se publica en Lyon (Esteban Miguel y Socios), y en 1602 de nuevo en Venecia (Bertano). Por último, en Duaci, junto al resto de los comentarios bañeciaños a la Summa, aparece en 1615. Se trata de la versión más moderna que tenemos de este comentario. En total nueve ediciones: las seis primeras en un arco de cuatro años. Es lógico suponer que la primera edición fue corregida por el mismo autor en san Esteban; y la segunda edición fue la base para las ediciones de Roma, Venecia y Lyon. La última edición, la de Duaci, según se afirma en la página inicial fue revisada por los profesores de la Facultad de Teología de dicha universidad. No aparecen cambios significativos (salvo corrección de erratas) entre las diversas ediciones.

Vamos a analizar cada una de las diversas ediciones porque encontraremos algunas diferencias significativas a la hora de fijar el texto de nuestra traducción.

  • 1ª edición: Scholastica Commentaria in Secundam Secundae Angelici Doctores Thomae, quibus, quae ad Fidem, Spem et Charitatem spectant, clarissime explicantur usque ad XLVI quaestiones. S. Stephanum, Salmanticae 1584. La cuestión 40 ocupa desde columna 1341E hasta la 1403B. Se añade el texto de la Suma teológica en cursiva antes del comentario. Al final hay breve fe de erratas (ninguna afecta a la q. 40).

  • 2ª edición: S. Stephanum, Salmanticae 1586. La distribución de las columnas es idéntica a la versión de 1584. Hay una fe de erratas más amplia que la edición anterior: se indican 4 correcciones. Este dato es relevante porque se advierte que el mismo autor (o quizás alguien bajo su supervisión) ha revisado el texto de la 1ª edición. Esta es, por tanto, la edición corregida y revisada por el mismo Báñez, y no es probable que revisara las ediciones impresas fuera de España.

  • 3ª edición: Titus et Paulus de Dianis frates, Roma 1586. Se encuentra un ejemplar en la biblioteca del Angelicum: no la hemos podido consultar.

  • 4ª edición: Bernardum Iuntam, Venetiis 1586. Como en las ediciones anteriores se presenta el texto de la Summa Theologiae, antes de la Summa textus y el Commentarium. Ocupan el mismo número de columnas que las ediciones de san Esteban (1341E-1403B). Señal inequívoca de que el editor siguió la edición de san Esteban de 1586.

  • 5ª edición: Apud Franciscum Zilettum, Venetiis 1586. Se presenta exactamente con la misma enumeración de las columnas que en la edición de san Esteban: desde la 1341E hasta la 1403B. No hay fe de erratas.

  • 6ª edición: Altobellum Salicatum, Venetiis 1587. No hay fe de erratas. El tipo de letra es sensiblemente mayor y así se explica que la numeración de las columnas se adelante: desde la columna 1887E hasta la 1976E.

  • 7ª edición: Stephanum Michaelem et Socios, Lugduni 1588. El tipo de letra es más pequeña y la caja es más amplia: así se explica que la numeración de las columnas se adelante: desde 973A hasta la 1016D. Hay fe de erratas.

  • 8ª edición: Petrus Maria Bertanum, Venetiis 1602. El comentario a la q. 40 ocupa las columnas: 1170B hasta la 1221B. El texto de la Suma teológica aparece con letra sensiblemente más grande. No hay fe de erratas.

  • 9 ª edición: Petrum Borremanum, Ex tipografia sub signo SS. Apostolorum Petri et Pauli, Duaci 1615. Comentaria Angelici Doctoris quibus, quæ ad Fidem, Spem, et Charitatem spectant; clarissime explicantur auctore Dominico Bañes Mondragonensi. Es el III tomo de los comentarios de Báñez a la Summa. El comentario de la q. 40 ocupa las páginas 440E-466E. A diferencia de las demás ediciones no aparece el texto de Tomás de Aquino: después del título de cada artículo viene la Summa textus en cursiva, y a continuación el Commentarium, en letra normal. Además, las conclusiones se hayan resaltadas con una entradilla en mayúscula y centrada (como los títulos de la Summa articuli y Commentarium). Según se explica en la página inicial los profesores de Teología de esa universidad han revisado el texto y han corregido las erratas. No hay fe de erratas.

Para esta traducción, me he servido la edición de san Esteban de 1586 (la última que pudo revisar el mismo autor) y la de Duaci de 1615 (la última que nos ha llegado, también revisada, aunque no por el mismo autor).

3. Fuentes del comentario bañeciano

Al comienzo de su comentario Báñez remite a los autores que han tratado el tema de la guerra. En primer lugar, los teólogos en el comentario al IV libro de las Sentencias, sobre la restitución (disp. 15); Enrique de Gante en el Quodlibeto 15, q. 15, y Adriano de Utrech en su comentario al IV libro de las Sentencias. Por supuesto, no puede faltar la mención a su maestro, Francisco de Vitoria en la relección 2ª. En segundo lugar, invoca a los juristas y canonistas que han comentado a Graciano a propósito de la guerra justa: de manera expresa se refiere a Diego de Covarrubias y a Alfonso de Castro. Sin embargo, esta enumeración resulta incompleta pues no cita otras fuentes que influyeron decisivamente en su comentario. En efecto, Báñez se refiere muy escasamente a los escolásticos medievales que comentan las Sentencias (sólo en contadas ocasiones a Gabriel Biel, Adriano de Utrech o a Enrique de Gante), o a Alfonso de Castro. Sin embargo, en su comentario citará abundantemente a otros autores como Cayetano o Silvestre de Priero.

Por eso, en orden a conocer mejor las fuentes de las que se sirvió Báñez para elaborar su comentario hemos de analizar más en detalle las citas explícitas. Aunque la mayor parte de las fuentes escriturísticas y de los Padres tienden a ser lugares comunes muy conocidos ya por Vitoria y otros escolásticos, es posible advertir cierta ampliación de las fuentes con autores menos conocidos que Báñez consultó para redactar su comentario.

3.1. Sagrada Escritura

Tratándose de un comentario a un texto teológico no ha de extrañarnos el recurso a la Sagrada Escritura; más todavía teniendo en cuenta la renovación del humanismo teológico (análisis de las fuentes y regreso a la teología patrística) que Vitoria implantó en Salamanca. En esta cuestión, sin embargo, las fuentes bíblicas no son especialmente originales, aunque sirven para sostener tanto las posturas más belicistas como las más pacifistas: supone, por tanto, un interesante ejercicio exegético acerca de la guerra en la Sagrada Escritura. Para Báñez, la guerra ni la profesión militar están condenadas en sí mismas como un mal absoluto, sino la iniquidad y la injusticia.

Báñez también se hace eco, para rechazarla, de la doctrina de Erasmo según la cual la guerra había dejado de ser lícita con el Nuevo Testamento, mientras que, en el Antiguo, dada la imperfección de la Ley, era permitida. Así pues, Báñez acude al Nuevo y Viejo Testamento para argumentar a favor o en contra de la guerra, o para determinar las condiciones de la guerra justa. No obstante, en comparación con la relección de Vitoria sobre la guerra se observa que en el comentario bañeciano las citas bíblicas son menos numerosas, especialmente las del Nuevo Testamento.

El Nuevo Testamento es utilizado de manera no muy prolija. El evangelio de Mateo es utilizado en 7 ocasiones y Lucas en 3. De san Pablo, Báñez cita a Romanos (5 veces) y I Corintios (1), además de Hebreos (1). También una vez cita la epístola de Santiago, y otra el Apocalipsis. Del Antiguo Testamento hace mayor uso, especialmente de los libros históricos: la descripción de las guerras del pueblo judío es una fuente nada desdeñable de argumentos: el Deuteronomio es citado 12 veces; I y II Macabeos (6 veces), Jueces (6), Crónicas (5), Génesis (5), Éxodo (1), Josué (1), el II de Reyes (1), I y II de Samuel (3). También cita los libros proféticos: Isaías (2), Zacarías (2) y Jeremías (1). De los libros poéticos y sapienciales cita los Salmos (2), Job (1) y Eclesiastés (1).

3.2. Padres de la Iglesia

3.3. Tomás de Aquino

3.4. Autores escolásticos medievales y renacentistas

3.5. Fuentes jurídicas

3.6. Otras fuentes

4. La recepción moderna del tratado de la guerra de Báñez

5. Temas relevantes del comentario bañeciano sobre la guerra

5.1. La monarquía católica: política y religión

5.2. La potestad temporal del Papado

5.3. Condiciones para la guerra lícita

a. Que sea declarada por la autoridad competente

b. Que sea una guerra justa

c. Que sea recta la intención

5.4. La objeción de conciencia

6. Guerra justa ¿todavía hoy?

7. Cuestiones estilísticas y metodológicas

8. Nuestra edición

Bibliografía

Fuentes Impresas

Fuentes citadas por Báñez

Bibliografía secundaria (citada en la introducción)

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