De visione Dei
Nicholas of Cusa (1401–1464)
De visione Dei sive de icona
De visione Dei, or De icona (On the Vision of God, 1453), addressed to the Benedictines of Tegernsee: seeing God through the icon that gazes on all. Latin transcribed from the 1514 Paris Opera; English translation new.
Epistola ad abbatem et fratres Tegernseos
Del reverendísimo padre y señor en Cristo, el señor Nicolás de Cusa, cardenal presbítero del título de San Pedro ad Vincula, obispo de Brixen, al abad y a los hermanos de Tegernsee, el libro sobre la visión de Dios o sobre el icono.
Os expondré ahora lo que antes había prometido a vosotros, amadísimos hermanos, acerca de la facilidad de la teología mística. Pues os juzgo a vosotros, de quienes sé que sois movidos por el celo de Dios, dignos de que se os abra este tesoro, ciertamente precioso en extremo y fecundísimo: rogando ante todo al Omnipotente que me conceda la palabra excelsa y el lenguaje que sólo puede manifestarse a sí mismo, para que, según vuestra capacidad, pueda narrar las maravillas que se revelan por encima de toda visión sensible, racional e intelectual. Me esforzaré, sin embargo, del modo más simple y común, en conduciros por experiencia a la sacratísima oscuridad, donde, estando en ella y sintiendo que la luz inaccesible está presente, cada uno intentará por sí mismo, del modo que le sea concedido por Dios, acercarse continuamente más, y pregustar aquí, con cierta suavísima libación, aquella cena de la felicidad eterna a la que somos llamados en la palabra de vida, por el evangelio de Cristo, siempre bendito.
Praefatio
SI intento llevaros de modo humano hacia las cosas divinas: es preciso que esto se haga por medio de cierta semejanza. Mas entre las obras humanas no he hallado imagen más conveniente a nuestro propósito que la imagen de quien todo lo ve: de modo que el rostro, por el sutil arte de la pintura, se disponga de tal manera que parezca mirar en torno todas las cosas. Y aunque muchas de ellas se hallan pintadas de modo excelente, como aquella del arquero en la plaza de Núremberg, y en Bruselas la de Rogelio, el más grande pintor, en la preciosísima tabla que se conserva en la casa consistorial, y en Coblenza en mi capilla la de la Verónica, y en Brixen en el castillo la del ángel que sostiene las armas de la Iglesia, y muchas otras en todas partes: para que no desfallezcáis en la práctica por carecer de tal figura sensible, envío a vuestra caridad la tablilla que pude conseguir, que contiene la figura de quien todo lo ve, a la cual llamo icono de Dios. La fijaréis en algún lugar, por ejemplo en el muro septentrional, y vosotros, hermanos, os pondréis en torno a ella a poca distancia de la misma y la contemplaréis: y cada uno de vosotros experimentará que, desde cualquier lugar desde el que la mire, es visto por ella como si estuviera solo. Y al hermano que esté situado en oriente le parecerá que aquel rostro mira hacia oriente; y al que esté en mediodía, hacia mediodía; y al que esté en occidente, hacia occidente. Primeramente, pues, os admiraréis de cómo puede suceder que mire a todos y a cada uno a la vez. Pues la imaginación del que está en oriente de ningún modo capta que la mirada del icono se dirija hacia otra parte, a saber, hacia el ocaso o hacia el mediodía. Luego el hermano que estuvo en oriente colóquese en ocaso: y experimentará que la mirada se fija en él en ocaso, del mismo modo que antes en oriente; y como sabe que el icono está fijo e inmutado, se admirará del cambio de la mirada inmutable. Y si, fijando la mirada en el icono, camina de ocaso a oriente, comprobará que la mirada del icono avanza continuamente con él; y si de oriente regresa a ocaso, del mismo modo no lo abandonará; y se admirará de cómo se movía inmóvilmente: y la imaginación no podrá captar que con algún otro que le sale al encuentro con movimiento contrario se mueva del mismo modo. Y cuando, queriendo experimentar esto, haga que un cohermano, contemplando el icono, pase de oriente a ocaso mientras él mismo va de ocaso a oriente, y pregunte al que le sale al encuentro si la mirada del icono se vuelve continuamente con él, y oiga que del mismo modo se mueve en sentido opuesto, le creerá; y si no le creyera, no captaría que esto es posible. Y así, por revelación de quien lo refiere, llegará a saber que aquel rostro no abandona a ninguno de los que avanzan (aun con movimientos contrarios). Experimentará, pues, que el rostro inmóvil se mueve de tal modo hacia oriente que también se mueve a la vez hacia occidente, y de tal modo hacia el septentrión que también hacia el mediodía, y de tal modo hacia un lugar que también hacia todos los lugares a la vez, y de tal modo mira a un movimiento que mira a todos a la vez. Y cuando atienda a cómo aquella mirada a nadie abandona, verá que cuida con tal diligencia de cada uno como si sólo de aquel que experimenta que es visto, y de ningún otro cuidara; hasta el punto de que ni siquiera por aquel a quien mira puede concebirse que cuide de otro. Verá también que tiene diligentísimo cuidado de la más pequeña criatura como de la mayor, y de todo el universo. A partir de esta aparición sensible, a vosotros, hermanos amantísimos, por medio de cierta práctica de devoción, me propongo elevaros a la teología mística, anteponiendo tres cosas oportunas para ello.
MARG: mystica theologia
Capitulum I: Perfectio apparentiae verificari de deo perfectissimo
La perfección de la apariencia, verificada acerca de Dios perfectísimo. En primer lugar juzgo que ha de suponerse: nada puede aparecer acerca de la mirada del icono de Dios que no se dé con mayor verdad en la verdadera mirada de Dios. Dios, en efecto, que es la cumbre misma de toda perfección y mayor de lo que puede pensarse —se dice theos por esto, porque todo lo contempla—, por lo cual, si la mirada pintada puede aparecer en la imagen contemplando a la vez todas y cada una de las cosas, como esto pertenece a la perfección de la mirada, no podrá convenir menos a la verdad con verdad lo que aparece del icono o de la apariencia. Pues si entre nosotros una mirada es más aguda que otra, y una apenas discierne lo cercano, mientras otra discierne lo distante, y una alcanza tarde su objeto, otra con celeridad, no hay duda de que la mirada absoluta, de la que procede toda mirada de los videntes, supera en acto toda agudeza, toda celeridad y toda virtud de todos los que ven en acto y de los que pueden llegar a ver. Pues si atendiere a la mirada abstracta que en la mente he absuelto de todos los ojos y órganos, y considerare cómo aquella mirada abstracta en su ser contraído, según que los videntes ven por medio de esa mirada, está referida al tiempo y a las regiones del mundo, a los objetos singulares y a las demás condiciones tales de la contracción, y que la mirada abstracta está igualmente abstraída y absuelta de estas condiciones, comprendo perfectamente que no pertenece a la esencia de la mirada el mirar a un objeto más que a otro, aunque acompañe a la mirada en el ser contraído el que, mientras mira a una cosa, no pueda mirar a otra o a todas absolutamente. Dios, en cambio, en cuanto es la verdadera mirada incontraída, no es menor de lo que del mirar abstracto puede concebirse por el intelecto, sino desproporcionadamente más perfecto. Por lo cual la apariencia de la mirada del icono menos puede alcanzar la cumbre de la excelencia de la mirada absoluta que el concepto. Que, por tanto, lo que aparece en aquella imagen se da excelentemente en la mirada absoluta no ha de dudarse.
Capitulum II: Visus absolutus complectitur omnes modos
La vista absoluta abraza todos los modos. Advierte después de esto: que la vista varía en los videntes por la variedad de su contracción. Pues nuestra vista sigue las afecciones del órgano y del ánimo. De ahí que uno vea ya amorosa y alegremente, después dolorosa e iracundamente; ya puerilmente, después virilmente, luego con gravedad y senilmente. Mas la vista absoluta, absuelta de toda contracción, abraza a la vez y de una vez todos y cada uno de los modos de ver: como medida adecuadísima de todas las vistas y ejemplar verísimo. Pues sin la vista absoluta no puede haber vista contraída. Abraza en sí todos los modos de ver, y todos de tal modo que cada uno; y permanece del todo absuelta de toda variedad. Pues en la vista absoluta están todos los modos contraídos de ver de modo incontracto. Pues toda contracción está en lo absoluto, porque la visión absoluta es la contracción de las contracciones. Pues la contracción es incontraíble. Coincide, pues, la simplicísima contracción con lo absoluto. Mas sin contracción nada es contraído. Así la visión absoluta está en toda vista, porque por ella es toda visión contraída, y sin ella de ningún modo puede ser.
Capitulum III: Quae de deo dicuntur realiter non differunt
Lo que se dice de Dios: realmente no difiere. En consecuencia, atiende a que todo cuanto se dice de Dios no puede diferir realmente a causa de la suma simplicidad de Dios, aunque nosotros, según unas y otras razones, atribuyamos a Dios unos y otros vocablos. Mas Dios, como es la razón absoluta, complica en sí todas las razones de todas las razones formales. De donde, aunque atribuyamos a Dios vista, oído, gusto, olfato, tacto, sentido, razón e intelecto, y cosas tales, según unas y otras razones de las significaciones de cada vocablo, sin embargo en Él mismo ver no es otra cosa que oír, y gustar, y oler, y tocar, y sentir, y entender. Y así toda la teología, puesta en círculo, dice: porque afirma un atributo de otro. Y el haber de Dios es su ser, y moverse es estar quieto, y correr es descansar, y así de los restantes atributos. Así, aunque nosotros le atribuyamos moverse por una razón y estar quieto por otra, sin embargo, porque Él mismo es la razón absoluta en la cual toda alteridad es unidad y toda diversidad identidad, entonces la diversidad de razones que no es la identidad misma, según como nosotros concebimos la diversidad, no puede estar en Dios.
Capitulum IV: Visio dei: prouidentia, gratia, et vita dicit aeterna
La visión de Dios se llama providencia, gracia y vida eterna.1 Acércate ahora tú, hermano contemplador, al icono de Dios: y colócate primero hacia el oriente, después hacia el mediodía, y por último hacia el occidente. Y porque la mirada del icono te mira igualmente por doquier y no te abandona adondequiera que vayas: en ti se despertará la especulación, y serás provocado y dirás. Señor, ahora en esta tu imagen contemplo tu providencia con cierta experiencia sensible. Pues si no me abandonas a mí, que soy el más vil, una nada: a nadie en parte alguna faltarás. Así ciertamente estás presente a todos y a cada uno: como el ser está presente a todos y cada uno de ellos, sin el cual no pueden ser. Pues así tú, ser absoluto de todas las cosas, estás presente a todos: como si no tuvieses cuidado de ningún otro. Y esto sucede porque no hay cosa alguna que no prefiera su propio ser a todas las cosas: y su propio modo de ser a todos los modos de ser de los otros. Y así defiende su propio ser: que antes deja ir a perdición el ser de todos los otros que el suyo. Pues así tú, Señor, miras todo lo que es: que no puede concebirse, por todo lo que es, que tengas otro cuidado sino que ello solo sea del modo óptimo en que puede ser, y que todas las demás cosas que son sean solo para esto: para que sirvan a que aquello que miras sea óptimamente. De ningún modo, Señor, me dejes concebir con imaginación alguna: que tú, Señor, ames a otro más que a mí, cuando solo a mí tu mirada no me abandona. Y puesto que donde está el ojo allí está el amor: entonces experimento que me amas, porque sobre mí, siervecillo tuyo, tus ojos están atentísimos. Señor: tu ver es amar. Y como tu mirada me contempla tan atentamente que nunca se aparta de mí: así también tu amor. Y puesto que tu amor está siempre conmigo, y tu amor, Señor, no es otra cosa que tú mismo que me amas: de ahí que tú estés siempre conmigo, Señor. No me abandonas, Señor. Por doquier me custodias: porque tienes de mí cuidado diligentísimo. Tu ser, Señor: no abandona mi ser. Pues soy en tanto en cuanto tú estás conmigo. Y como tu ver sea tu ser: por eso yo soy, porque tú me miras. Y si de mí sustrajeras tu rostro: de ningún modo subsistiría. Pero sé que tu mirada es aquella bondad máxima: que no puede no comunicarse a sí misma a todo capaz. Tú, pues, nunca podrás abandonarme: mientras yo fuere capaz de ti. A mí, pues, me toca: que cuanto pueda me haga continuamente más capaz de ti. Sé además que la capacidad que otorga la unión no es sino la semejanza. La incapacidad, en cambio, procede de la desemejanza. Si, pues, yo me hiciere de todo modo posible semejante a tu bondad: según los grados de semejanza seré capaz de la verdad. Me diste, Señor, el ser, y ese mismo tal: que por la gracia puede hacerse continuamente más capaz de tu bondad. Y esta fuerza que de ti tengo, en la cual poseo la imagen viva de tu virtud omnipotente, es la libre voluntad: por la cual puedo o ampliar o restringir la capacidad de tu gracia. Ampliar, ciertamente: por la conformidad, cuando me esfuerzo en ser bueno, porque tú eres bueno. Cuando me esfuerzo en ser justo: porque tú eres justo. Cuando me esfuerzo en ser misericordioso: porque tú eres misericordioso. Cuando todo mi conato no está sino vuelto hacia ti: porque todo tu conato está vuelto hacia mí. Cuando solo a ti atentísimamente miro, y nunca aparto los ojos de la mente: porque tú me abrazas con continua visión. Cuando mi amor solo a ti lo vuelvo: porque tú, que eres caridad, solo a mí estás vuelto. Y qué
MARG: Capacitas Incapacitas
es, Señor, mi vida, sino aquel abrazo con que tu dulzura de dilección tan amorosamente me abraza? Amo mi suma vida: porque tú eres la dulzura de mi vida. Contemplo ahora en espejo, en icono, en enigma la vida eterna: porque no es sino la visión bienaventurada, con la cual visión nunca dejas de verme amorosísimamente hasta lo íntimo de mi alma. Y tu ver no es sino vivificar, sino infundir continuamente el dulcísimo amor de ti, inflamarme al amor de ti por la infusión del amor, y al inflamar apacentar, y al apacentar encender los deseos, y al encender dar a beber con el rocío de la alegría, y al dar a beber infundir la fuente de la vida, y al infundir aumentar y perpetuar, y comunicar tu inmortalidad, otorgar la gloria inmarcesible del reino celestial, altísimo y máximo, hacer partícipe de aquella herencia que es solo del Hijo, y constituir poseedor de la eterna felicidad. Donde está el origen de todas las delicias que podrán desearse. Del cual nada mejor puede ser pensado, no solo por todo hombre o ángel, sino que tampoco en ningún modo de ser puede ser. Pues es la máxima absolutez misma de todo deseo racional: la cual no puede ser mayor. La visión de Dios se llama providencia, gracia y vida eterna.2
Capitulum V: O magna multitudo dulcedinis tuae
¡Oh, cuán grande es la multitud de tu dulzura, la que escondiste para los que te temen! Pues es un tesoro inexplicable, llenísimo de gozo y alegría. Pues gustar tu misma dulzura es aprehender, por contacto experimental, la suavidad de todas las cosas deleitables en su principio. Es alcanzar la razón de todas las cosas deseables en tu sabiduría. Ver, por tanto, la razón absoluta, que es la razón de todas las cosas, no es otra cosa que gustarte a ti, Dios, con la mente, puesto que eres la misma suavidad del ser, de la vida y del entendimiento. ¿Qué otra cosa es, Señor, tu ver, cuando me miras con ojo de piedad, sino el ser tú visto por mí? Al verme, me das el ser visto por mí, tú que eres el Dios escondido. Nadie puede verte sino en cuanto tú le das el verte. Ni el ser tú visto es otra cosa que el que tú veas al que te ve. Veo en esta imagen tuya que estás inclinado, Señor, a mostrar tu rostro a todos los que te buscan. Pues nunca cierras los ojos; nunca los vuelves a otra parte. Y aunque yo me aparte de ti cuando me vuelvo por entero a otra cosa, tú, sin embargo, por ello no mudas tus ojos ni tu mirada. Si no me miras con ojo de gracia, la causa es mía, porque estoy dividido de ti por la aversión y por la conversión a otra cosa que prefiero a ti. Mas ni siquiera entonces te apartas del todo, sino que tu misericordia me sigue, por si alguna vez quiera volver a ti, para ser capaz de la gracia. Pues el que no me mires se debe a que yo no te miro, sino que te rechazo y te desprecio. ¡Oh, piedad infinita: cuán infeliz es todo pecador que abandona a ti, vida verdadera, y te busca no en ti, sino en aquello que en sí mismo es nada y habría permanecido nada si tú no lo hubieses llamado de la nada! ¡Cuán insensato es el que te busca a ti, que eres la bondad, y, al buscarte, se aparta de ti y desvía los ojos! Todo el que busca, pues,1 no busca sino el bien; y todo el que busca el bien y se aparta de ti se aparta de aquello que busca. Todo pecador, pues, yerra lejos de ti y se aleja más. Mas cuando vuelve a ti, sin tardanza sales a su encuentro. Y antes de que él te mire,2 con afecto de padre posas sobre él los ojos de la misericordia. Ni tu compadecerte es otra cosa que tu ver. Tu misericordia, por tanto, sigue a todo hombre mientras vive, adondequiera que vaya, del mismo modo que tu mirada no abandona a nadie. Mientras, pues, el hombre vive, no cesas de seguirle y de incitarle con dulce e interior amonestación a que cese del error y se convierta a ti para vivir felizmente. Tú, Señor, eres el compañero de mi peregrinación. Adondequiera que vaya, tus ojos están siempre sobre mí. Mas tu ver es tu mover. Te mueves, pues, conmigo, y nunca cesas del movimiento mientras yo me muevo. Si descanso, también tú estás conmigo; si subo, subes; si bajo, bajas. Adondequiera que me vuelva, estás presente. Ni me abandonas en el tiempo de la tribulación. Cuantas veces te invoco, estás cerca. Pues invocarte3 es convertirme a ti. No puedes faltar a quien se convierte a ti. Ni nadie puede convertirse a ti si antes no estás presente. Estás presente antes de que yo me convierta a ti.4 Pues si no estuvieras presente y me solicitaras, te ignoraría por completo. Y, ignorándote, ¿hacia quién me convertiría?
Tú, pues, eres mi Dios, que ves todas las cosas. Y tu ver es tu obrar. Todo, pues, lo obras. No a nosotros, pues, Señor, no a nosotros, sino a tu gran nombre, que es THEOS, canto gloria sempiterna. Pues nada tengo que tú no me des. Ni retendría lo que me diste si tú mismo no lo conservaras. Tú, pues, me suministras todas las cosas. Tú eres el Señor potente y piadoso, que das todas las cosas. Tú eres el ministro que sirve todas las cosas. Tú eres el proveedor, y tienes cuidado, y el conservador. Y todas estas cosas las obras con tu única y simplicísima mirada, tú que eres bendito por los siglos.
Capitulum VI: De visione faciali
Cuanto más tiempo, Señor Dios mío, contemplo tu rostro, tanto más claramente se me muestra que con mayor agudeza clavas en mí la mirada de tus ojos. Y tu mirada hace que considere cómo esta imagen de tu faz está así pintada sensiblemente por esto: porque el rostro no pudo ser pintado sin color, ni el color existe sin cantidad. Pero no veo con los ojos carnales que miran este icono tuyo, sino con los ojos mentales e intelectuales, la verdad invisible de tu faz, que aquí se significa contraída en sombra. Esa faz tuya verdadera está absuelta de toda contracción. Pues ella no es cuanta, ni cual, ni temporal, ni local. Ella es en efecto la forma absoluta, que es el rostro de los rostros. Cuando atiendo, pues, a cómo aquel rostro es la verdad y la medida adecuadísima de todos los rostros, soy llevado al estupor. Pues aquel rostro que es la verdad de todos los rostros no es cuanto; por lo cual no es ni mayor ni menor. Y sin embargo no es igual a cada uno, porque no es cuanto sino absoluto y sobreexaltado. Es, pues, la verdad que es igualdad, absuelta de toda cantidad. Así, pues, comprendo que tu rostro, Señor, antecede a todo rostro formable, y es el ejemplar y la verdad de todos los rostros, y que todos los rostros son imágenes de tu rostro incontraíble e imparticipable. Todo rostro, pues, que puede mirar a tu rostro, nada ve distinto o diverso de sí, porque ve su verdad. Pero la verdad ejemplar no puede ser otra o diversa; sino que esas cosas le acontecen a la imagen por esto: porque no es el ejemplar mismo. Así como cuando miro este rostro pintado desde oriente, igualmente parece que él me mira; y cuando desde occidente o desde el mediodía, él igualmente. Así, de cualquier modo que mude mi rostro, el rostro parece vuelto hacia mí. Así es tu rostro: vuelto hacia todos los rostros que te miran. Tu mirada, Señor, es tu rostro. Quien, pues, con rostro amoroso te mira, no hallará sino tu rostro que amorosamente lo mira. Y cuanto más se esfuerce en mirarte con más amor, tanto más amoroso hallará igualmente tu rostro. Quien te mira con indignación, hallará igualmente tal tu rostro. Quien te mira con alegría, así hallará alegre tu rostro, tal como es el de quien te ve. Pues como este ojo carnal que mira a través de un vidrio rojo juzga rojas todas las cosas que ve, y si a través de un vidrio verde, todas verdes, así cada ojo de la mente, envuelto en contracción y pasión, te juzga a ti, que eres objeto de la mente, según la naturaleza de la contracción y de la pasión.
El hombre no puede juzgar sino humanamente. Pues cuando el hombre te atribuye un rostro, no lo busca fuera de la especie humana, porque su juicio está contraído bajo la naturaleza humana, y de la pasión de esta contracción no sale al juzgar. Así, si el león te atribuyera un rostro, no lo juzgaría sino leonino; y el buey, bovino; y el águila, aquilino.
¡Oh Señor, cuán admirable es tu rostro! Al cual, si un joven quisiera concebirlo, lo figuraría juvenil; y el varón, viril; y el anciano, senil. ¿Quién podría concebir este único ejemplar verísimo y adecuadísimo de todos los rostros, de tal modo de todos que de cada uno, y tan perfectísimamente de cualquiera como de ningún otro? Es preciso que traspase las formas de todos los rostros formables, y todas las figuras. ¿Y cómo concebiría el rostro, cuando trascendiera todos los rostros, y todas las semejanzas y figuras de todos los rostros, y todos los conceptos que del rostro pueden hacerse,1 y todo color de todos los rostros, y el ornato, y la hermosura? Quien, pues, se encamina a ver tu rostro, mientras conciba algo, está lejos de tu rostro. Pues todo concepto del rostro es menor que tu rostro, Señor. Y toda hermosura que puede concebirse es menor que la hermosura de tu rostro. Todos los rostros tienen hermosura, y no son la hermosura misma. Pero tu rostro, Señor, tiene hermosura, y este tener es ser. Es, pues, la hermosura absoluta misma, que es la forma que da el ser a toda forma hermosa. ¡Oh rostro sobremanera hermoso, cuya hermosura no bastan a admirar todas las cosas a las que se da el contemplarla! En todos los rostros se ve el rostro de los rostros veladamente y en enigma. Pero desveladamente no se ve mientras no se entre, por encima de todos los rostros, en cierto secreto y oculto silencio, donde nada hay de ciencia y concepto del rostro. Pues esta oscuridad, niebla, tinieblas o ignorancia en la que penetra quien busca tu rostro, cuando traspasa toda ciencia y concepto, está por debajo de la cual tu rostro no puede hallarse sino veladamente. Pero la oscuridad misma revela que allí está el rostro por encima de todos los velos. Como cuando nuestro ojo busca ver la luz del sol, que es su rostro: primero la mira veladamente en las estrellas, y en los colores, y en todas las cosas que participan su luz. Pero cuando se esfuerza en contemplarla desveladamente, traspasa toda luz visible, porque toda luz tal es menor que aquella que busca. Mas porque busca ver la luz que no puede ver, sabe esto: que mientras vea algo, eso no es lo que busca. Es preciso, pues, traspasar toda luz visible. Quien, pues, debe traspasar toda luz, es necesario que aquello en lo que penetra carezca de luz visible; y así es para el ojo, por decirlo así, tinieblas. Y cuando está en aquellas tinieblas que son oscuridad, entonces, si sabe que está en la oscuridad, sabe que se ha acercado al rostro del sol. Pues nace de la excelencia de la luz del sol aquella oscuridad en el ojo. Cuanto mayor sabe, pues, que es la oscuridad, tanto más verdaderamente alcanza en la oscuridad la luz invisible. Veo, Señor, que así y no de otro modo puede accederse desveladamente a la luz inaccesible, a la hermosura y al esplendor de tu rostro.
Capitulum VII: Quis fructus facialis visionis
Cuál es el fruto de la visión facial, y cómo se obtendrá. Tan grande es aquella dulzura con la que ahora, Señor, apacientas mi alma, que de cualquier modo se ayuda con las cosas que experimenta en este mundo, y mediante las gratísimas semejanzas que tú inspiras. Pues siendo tú aquella fuerza, Señor, o principio del que proceden todas las cosas, y siendo tu rostro aquella fuerza y principio del que todos los rostros son lo que son: entonces me vuelvo hacia este grande y excelso árbol de nueces, cuyo principio busco ver. y lo veo con el ojo sensible grande y excelso, colorido, cargado de ramas, hojas y nueces. Veo luego con los ojos de la mente que aquel árbol estuvo en la semilla: no del modo en que aquí lo contemplo, sino virtualmente. Atentamente advierto la admirable virtud de aquella semilla: en la que estuvieron todo aquel árbol, y todas las nueces, y toda la fuerza de la semilla de las nueces, y todos los árboles en la virtud de las semillas de las nueces. y veo cómo aquella fuerza jamás en tiempo alguno es plenamente explicable por el movimiento del cielo: sino que aquella fuerza de la semilla, aunque también inexplicable, es sin embargo contraída, porque no tiene virtud sino en esta especie de nueces. por lo cual, aunque en la semilla vea el árbol: no sin embargo sino en virtud contraída. Considero después, Señor, en los semilleros de todos los árboles de diversas especies la virtud contraída a la especie de cada uno: y en las semillas mismas veo los árboles en virtud. Si, pues, quiero ver en la virtud, entre todas las virtudes de tales semillas, la absoluta, que sea la virtud y el principio que da virtud a todas las semillas: es preciso que traspase toda virtud seminal que puede saberse y concebirse, y que penetre en aquella ignorancia en la que nada en absoluto quede de virtud o vigor seminal: y entonces en la oscuridad hallo la más estupenda virtud: a ninguna virtud que puede pensarse accesible. la cual es el principio que da el ser1 a toda virtud seminal y no seminal. la cual virtud, absoluta y sobreexaltada, dando como da a cualquier virtud seminal tal virtud en la que complica virtualmente el árbol con todo lo que para el árbol sensible se requiere, y al ser del árbol se sigue: entonces aquel principio y causa tiene en sí complicada y absolutamente como causa cuanto da al efecto. y así veo que aquella virtud es el rostro o ejemplar de todo rostro arbóreo y de cualquier árbol: donde veo aquel árbol de nueces no como en su contraída virtud seminal, sino como en la causa y fuerza fundadora de aquella virtud seminal. y por eso veo aquel árbol como cierta explicación de la virtud seminal: y la semilla como cierta explicación de la virtud omnipotente. y así veo que como el árbol en la semilla no es árbol sino fuerza de la semilla, y aquella fuerza de la semilla es aquello de lo que se explica el árbol, de modo que nada puede hallarse en el árbol que no proceda de la virtud de la semilla: así la virtud seminal en su causa, que es la virtud de las virtudes, no es virtud seminal, sino virtud absoluta. y así el árbol está en ti, Dios mío, tú mismo Dios mío: y en ti está la verdad y el ejemplar de sí mismo. Del mismo modo también la semilla del árbol en ti: es la verdad y el ejemplar de sí misma y del árbol y de la semilla. tú, Dios, eres la verdad y el ejemplar. y aquella fuerza de la semilla que es contraída: es la fuerza de la naturaleza de la especie, que está contraída a la especie, y le es inherente como principio contraído. pero tú, Dios mío, eres la fuerza absoluta: y por esto la naturaleza de todas las naturalezas. ¡Oh Dios, adónde me has llevado: a ver que tu rostro absoluto es el rostro natural de toda naturaleza, es el rostro que es la entidad absoluta de todo ser, es el arte y la ciencia de todo lo cognoscible! Quien, pues, merezca ver tu rostro: todo lo ve abiertamente, y nada le queda oculto. todo aquí lo sabe. todo lo tiene, Señor: quien te tiene. todo lo tiene: quien te ve. pues nadie te ve: sino quien te tiene. nadie puede llegarse a ti: porque eres inaccesible. nadie, pues, te aprehenderá: sino aquel a quien tú te dones. ¿Cómo te tengo, Señor: yo que no soy digno de comparecer ante tu presencia? ¿cómo llega a ti mi oración: siendo tú de todo modo inaccesible? ¿cómo te buscaré? pues ¿qué hay más absurdo que pedir que tú te dones a mí, siendo tú todas las cosas en todas las cosas? ¿y cómo te darás tú a mí: si a la vez no me dieras el cielo y la tierra y todo lo que en ellos hay? es más, ¿cómo te darás tú a mí si ni siquiera a mí mismo me dieras a mí? y cuando así descanso en el silencio de la contemplación: tú, Señor, dentro de mis entrañas respondes diciendo: sé tú tuyo: y yo seré tuyo. ¡Oh Señor, suavidad de toda dulzura: has puesto en mi libertad que yo sea, si quiero, mío propio! por eso, si no soy mío propio: tú no eres mío. pues forzarías la libertad: ya que tú no puedes ser mío si yo también no soy mío propio. y porque esto lo has puesto en mi libertad: no me fuerzas, sino que esperas que yo elija ser mío propio. Por mí, pues, está: no por ti, Señor, que no contraes tu máxima bondad, sino que larguísimamente la derramas sobre todos los capaces. tú, en cambio, Señor, eres tu bondad. Mas ¿cómo seré mío propio: si tú, Señor, no me lo enseñaras? y esto me enseñas tú: que el sentido obedezca a la razón, y la razón domine. cuando, pues, el sentido sirve a la razón, soy mío propio. pero la razón no tiene de dónde dirigir sino por ti, Señor: que eres el verbo y la razón de las razones. Por lo cual ahora veo que si oyere tu palabra, que no cesa de hablar en mí, y luce continuamente en la razón: seré mío propio, libre, y no siervo del pecado. y tú serás mío: y darás ver tu rostro, y entonces seré salvo. Bendito seas, pues, Dios en tus dones: que solo eres poderoso para consolar mi alma, y erigirla a esperar alcanzarte a ti mismo, y gozarte como su propio don y tesoro infinito de todas las cosas deseables.
Capitulum VIII: Quomodo visio dei est amare
Cómo la visión de Dios es amar, causar, leer y tener en sí todas las cosas. No descansa mi corazón, Señor, porque tu amor lo ha inflamado con tal deseo que no puede descansar sino en ti solo. Comencé a rezar la oración dominical, y me inspiraste que atendiese de qué modo eres Padre nuestro. Tu amar es tu ver. Tu paternidad es tu visión, que nos abraza a todos paternalmente. Pues decimos: Padre nuestro. Eres en efecto padre universal y singular. Cada uno en efecto dice: porque tú eres Padre nuestro. El amor paterno comprende a todos y a cada uno de los hijos. Pues el padre ama de tal modo a todos que ama a cada uno, porque es de tal modo padre de todos que lo es de cada uno. Ama de tal modo a cada uno de los hijos que cada uno de los hijos concibe que es preferido a todos. Si, pues, tú eres padre, y padre nuestro, nosotros somos por tanto tus hijos. El amor paterno previene al filial. Mientras nosotros, tus hijos, te contemplemos como hijos, tú no cesas de mirarnos paternalmente. Serás, pues, nuestro provisor paterno, que tiene de nosotros cuidado paterno. Tu visión es providencia. Mas si nosotros, tus hijos, te renunciamos a ti, padre, dejamos de ser hijos. Y no somos entonces hijos libres bajo nuestra propia potestad, sino que nos vamos a una región lejana, separándonos de ti. Y entonces padecemos grave servidumbre bajo el príncipe que se opone a ti, Dios. Pero tú, padre, que por la libertad que nos concediste, porque somos tus hijos, tú que eres la libertad misma, no permites que nos alejemos y consumamos la libertad y la sustancia óptima según los corruptos deseos de los sentidos; sin embargo no nos abandonas del todo, sino que estás continuamente presente solicitándonos. Y hablas en nosotros, y nos llamas para que volvamos a ti, dispuesto siempre a mirarnos con el primer ojo paterno, si, habiendo vuelto, nos hubiéremos convertido a ti. Oh Dios piadoso, mírame a mí, que, compungido por el miserable servicio de la resbaladiza inmundicia de los puercos, donde desfallecí de hambre, vuelvo ahora para ser apacentado de cualquier modo en tu casa. Apaciéntame, Señor, con tu mirada, y enséñame cómo tu mirada ve toda mirada vidente, y todo lo visible, y todo acto de visión, y toda potencia vidente, y toda potencia visible, y el ver que surge de todas ellas. Porque tu ver es causar: ves todas las cosas, tú que causas todas las cosas. Enséñame, Señor, cómo con una única mirada disciernes a la vez y singularmente. Cuando abro un libro para leer, veo confusamente toda la página. Y si quiero discernir cada letra, sílaba y palabra, es menester que me vuelva singularmente a cada una por orden, y no puedo sino leer sucesivamente una letra tras otra, y una palabra tras otra, y un pasaje tras otro. Pero tú, Señor, miras y lees a la vez toda la página sin demora de tiempo. Y si dos de nosotros leen lo mismo, uno más rápido, otro más despacio, cuando los lees a ambos, pareces leer en el tiempo, porque lees con los que leen, y sobre el tiempo ves y lees a la vez todas las cosas. Pues tu ver es tu leer. Todos los libros escritos y los que pueden escribirse los viste y leíste a la vez y de una vez, sobre la demora del tiempo, desde la eternidad, y con esto los lees por orden con todos los que los leen. Y no lees una cosa en la eternidad y otra en el tiempo con los que leen, sino lo mismo, habiéndote del mismo modo, porque no eres mudable, pues eres eternidad fija. Mas la eternidad, porque no abandona al tiempo, parece moverse con el tiempo, aunque el movimiento en la eternidad sea reposo. Señor, ves y tienes ojos. Eres, pues, ojo, porque tu tener es ser. Por esto en ti mismo contemplas todas las cosas como en espejo. Pues si en mí la mirada fuese ojo, como en ti, Dios mío, entonces en mí vería todas las cosas. Pues siendo el ojo especular, y contemplando el espejo, por pequeño que sea, en sí figurativamente el gran monte y cuantas cosas hay en la superficie de aquel monte, y estando así las especies de todas las cosas en el ojo especular, sin embargo, porque nuestra mirada no ve por medio del ojo especular sino particularmente aquello a lo que se vuelve, porque su fuerza no puede determinarse sino particularmente por el objeto, por eso no ve todas las cosas que se captan en el espejo del ojo. Mas tu mirada, como es ojo o espejo vivo, ve en sí todas las cosas. Más aún, porque es causa de todas las cosas visibles, de aquí que en la causa y razón de todas las cosas, esto es, en sí misma, las comprende y ve todas. Tu ojo, Señor, se dirige a todas las cosas sin torcerse. Pues que nuestro ojo se tuerza hacia el objeto proviene de que nuestra mirada ve por ángulo cuanto ve. Mas el ángulo de tu ojo, Dios, no es cuanto, sino que es infinito, que es círculo, más aún, esfera infinita. Porque tu mirada es ojo de esfericidad y perfección infinitas. Ve, pues, a la vez todas las cosas en derredor, y arriba, y abajo. ¡Oh, cuán admirable es tu mirada, que es theos, Dios, para todos los que la escudriñan! ¡Cuán hermosa y amable para todos los que te aman! ¡Cuán terrible para todos los que te han abandonado, Señor Dios mío! Pues con tu mirada vivificas, Señor, a todo espíritu, y alegras a todo bienaventurado, y ahuyentas toda tristeza. Mírame, pues, misericordiosamente, y salvada ha sido hecha mi alma.
Capitulum IX: Quomodo est uniuersalis pariter et particularis
Cómo es universal a la vez que particular: y cuál es la vía hacia la visión de Dios. Me admiro, Señor, después1 de que tú miras a la vez a todos y a cada uno, como también lo representa esta imagen pintada que contemplo: ¿cómo coincide en tu potencia visiva lo universal con lo singular? Pero advierto que por esto no capta mi imaginación cómo sucede esto: porque busco tu visión en mi propia potencia visiva, la cual, como no está contraída a un órgano sensible como la mía: por eso me engaño en el juicio. Tu mirada, Señor, es tu esencia. Si pues miro a la humanidad, que es simple y una en todos los hombres: la encuentro en todos y en cada uno de los hombres, y aunque en sí misma no es ni oriental ni occidental, ni meridional ni septentrional, sin embargo en los hombres orientales está en oriente, y en los occidentales está en occidente. Y así, aunque a la esencia de la humanidad no pertenecen ni el movimiento ni el reposo: se mueve sin embargo con los hombres que se mueven, y reposa con los que reposan, y está con los que están a la vez y juntamente en el mismo ahora, porque la humanidad no abandona a los hombres: ya se muevan, ya no se muevan, ya duerman, ya reposen. De donde esta naturaleza de la humanidad, que está contraída y no se encuentra fuera de los hombres, si se comporta de modo que no está más presente a un hombre que a otro, y así perfectamente a uno como si a ningún otro: mucho más altamente la humanidad incontracta, que es ejemplar e idea de esta naturaleza contracta, y que es como forma y verdad de esta forma de la humanidad contracta. Pues nunca puede abandonar a la humanidad contracta en los individuos: porque es la forma que da el ser a la misma naturaleza formal. Sin ella, pues, no puede ser la forma específica: puesto que no tiene el ser por sí misma. Pues es por aquella que es por sí: antes de la cual no hay otra. Aquella forma, pues, que da el ser a la especie: es la forma absoluta. Y tú eres ella, Dios: que eres el formador del cielo y de la tierra y de todas las cosas. Cuando pues miro a la humanidad contracta, y por ella a la absoluta, a saber, viendo en lo contracto lo absoluto como en el efecto la causa, y en la imagen la verdad y el ejemplar: me sales al encuentro, Dios mío, como ejemplar de todos los hombres, y hombre por sí, esto es, absoluto. Y cuando asimismo en todas las especies me vuelvo hacia la forma de las formas: en todas las cosas me sales al encuentro como idea y ejemplar. Y porque tú eres el ejemplar absoluto y simplicísimo: no estás compuesto de muchos ejemplares, sino que eres un único ejemplar simplicísimo, infinito, de modo que de todas y cada una de las cosas que pueden ser formadas: eres el ejemplar más verdadero y más adecuado. Eres, pues, la esencia de las esencias: dando a las esencias contractas que sean lo que son. Fuera de ti, pues, Señor: nada puede ser. Si pues tu esencia penetra todas las cosas: también tu mirada, que es tu esencia. Así como nada de todo lo que es puede huir de su propio ser: así tampoco de tu esencia, que da el ser de la esencia a todas las cosas, ni por tanto de tu mirada. Todas las cosas y cada una a la vez, pues, ves tú, Señor: y con todos los que se mueven te mueves, y con los que están estás. Y puesto que se encuentran quienes, estando otros quietos, se mueven: entonces tú, Señor, estás y te mueves a la vez, avanzas y reposas a la vez. Pues si el moverse se encuentra a la vez en el tiempo con el reposar en diversas cosas contractas, y nada puede haber fuera de ti, ni el movimiento está fuera de ti ni el reposo: a todas aquellas cosas a la vez y juntamente, y todo entero a cada una, asistes, Señor. Y sin embargo ni te mueves ni reposas: porque estás sobreexaltado y absoluto respecto de todas aquellas cosas que pueden concebirse o nombrarse. Estás, pues, y avanzas: y ni estás ni avanzas a la vez. Este rostro pintado me muestra esto mismo. Pues si me muevo, parece que su mirada se mueve: porque no me abandona. Si, moviéndome yo, otro que
MARG: Humanitas.
mira el rostro está quieto: asimismo su mirada no lo abandona, sino que está con el que está quieto. Pero propiamente no puede convenir al rostro absoluto, desde estos respectos, el que esté o se mueva: porque está sobre toda quietud y movimiento en la simplicísima y absolutísima infinitud, después de la cual infinitud están el movimiento y el reposo y la oposición, y cuanto puede decirse o concebirse. De donde experimento cómo es necesario que yo entre en la tiniebla, y admita la coincidencia de los opuestos sobre toda capacidad de la razón: y busque allí la verdad donde sale al encuentro la imposibilidad. Y sobre todo aquel altísimo ascenso incluso intelectual, cuando llego a lo que es incógnito a todo intelecto, y que todo intelecto juzga remotísimo de la verdad: allí estás tú, Dios mío, que eres la necesidad absoluta. Y cuanto más aquella tenebrosa imposibilidad se conoce como más oscura e imposible: tanto más verdaderamente reluce la necesidad, y menos velada se hace presente y se aproxima. Por lo cual te doy gracias, Dios mío, porque me revelas que no hay otro camino para acercarse a ti: sino aquel que a todos los hombres, aun a los filósofos más doctos, parece del todo inaccesible e imposible. Puesto que tú me has mostrado que no puedes ser visto en otra parte: sino donde la imposibilidad sale al encuentro y se opone. Y me has animado, Señor, que eres alimento de los grandes: a hacerme violencia a mí mismo. Porque la imposibilidad coincide con la necesidad. Y he hallado el lugar en que serás hallado revelado: ceñido de la coincidencia de los contradictorios. Y este es el muro del paraíso: en el que habitas, cuya puerta custodia el altísimo espíritu de la razón: que si no es vencido, no se abrirá la entrada. Más allá, pues, de la coincidencia de los contradictorios podrás ser visto: y no más acá de ella. Si pues la imposibilidad es necesidad en tu mirada, Señor: nada hay que tu mirada no vea.
Capitulum X: Quomodo videtur deus ultra coincidentiam contradictoriorum
Cómo se ve a Dios más allá de la coincidencia de los contradictorios: y cómo ver es ser. Estoy ante la imagen de tu rostro, Dios mío: la cual miro con ojos sensibles: y procuro contemplar con ojos interiores la verdad que en la pintura está significada: y se me presenta, Señor, que tu mirada habla. pues no es otra cosa tu hablar que tu ver: ya que no difieren realmente en ti, que eres la simplicidad absoluta misma. entonces experimento claramente: que tú ves a la vez todas las cosas y cada una. porque yo a la vez y juntamente, mientras predico: hablo a la iglesia congregada, y a cada uno de los que están en la iglesia, hablo una sola palabra: y en aquella única hablo a cada uno. lo que para mí es la iglesia: eso es para ti, Señor, todo este mundo y cada una de las criaturas que son o pueden ser. Así, pues, hablas a cada una: y ves aquello a lo que hablas. Señor, que eres el sumo consuelo de los que esperan en ti: me inspiras alabarte desde mí mismo. pues me diste un rostro1 como quisiste: y él es visto por todos a quienes predico, singularmente y a la vez. es visto, pues, mi único rostro por medio de cada uno: y mi simple palabra es oída íntegramente por cada uno. yo, en cambio, no puedo oír a todos los que hablan discretamente a la vez, sino uno tras otro: ni ver a todos discretamente a la vez, sino uno tras otro. pero si en mí hubiera tal poder que el ser oído coincidiera con el oír, y así el ser visto con el ver, y así el hablar con el oír, como en ti, Señor, que eres el sumo poder: entonces oiría y vería a todos y a cada uno a la vez. y así como hablaría a cada uno a la vez: así también, en ese mismo entonces cuando hablara, vería y oiría las respuestas de todos y de cada uno. Por eso, en la puerta de la coincidencia de los opuestos, que custodia el ángel puesto en la entrada del paraíso: empiezo a verte, Señor. pues allí estás: donde hablar, ver, oír, gustar, tocar, discurrir, saber y entender son lo mismo, y donde ver coincide con ser visto, y oír con ser oído, y gustar con ser gustado, y tocar con ser tocado, y hablar con oír, y crear con hablar. Si yo viera como soy visible: no sería criatura. y si tú, Dios, no vieras como eres visible: no serías Dios omnipotente. por todas las criaturas eres visible: y a todas ves. pues en eso mismo en que a todas ves: eres visto por todas. de otro modo, en efecto, no pueden ser las criaturas: porque son por tu visión. pues si no te vieran vidente: no recibirían de ti el ser. el ser de la criatura: es tu ver, e igualmente ser visto. hablas con tu palabra a todas las cosas que son: y llamas al ser a las que no son. las llamas, pues, para que te oigan: y cuando te oyen, entonces son. cuando hablas, pues: hablas a todas, y todas te oyen, aquellas a las que hablas. hablas a la tierra y la llamas a la naturaleza humana: y la tierra te oye. y ese oír suyo: es hacerse hombre. hablas a la nada como si fuera algo, y llamas a la nada a algo: y la nada te oye, porque se hace algo lo que fue nada. Oh poder infinito: tu concebir es hablar. concibes el cielo: y es como lo concibes. concibes la tierra: y es como la concibes. mientras concibes: ves, y hablas, y obras, y cuanto puede decirse. pero eres admirable, Dios mío. una vez hablas. una vez concibes. ¿cómo, pues, no son todas las cosas a la vez, sino muchas sucesivamente? ¿cómo tantas diversas de un único concepto? tú me iluminas, puesto yo al umbral de la puerta: porque tu concepto es la eternidad simplicísima misma. nada, empero, puede hacerse después de la eternidad simplicísima. rodea, pues, la infinita duración, que es la eternidad misma, toda sucesión. Todo, pues, lo que a nosotros se nos aparece en sucesión: de ningún modo es después de tu concepto, que es la eternidad. pues tu único concepto, que es también tu palabra: complica todas y cada una. tu palabra eterna: no puede ser múltiple, ni diversa, ni variable, ni mudable, porque es la simple eternidad. Así veo, Señor, que después de tu concepto nada hay: sino que todas las cosas son porque concibes. concibes, empero, en la eternidad. la sucesión, en cambio, en la eternidad: es sin sucesión la eternidad misma, tu palabra misma, Señor Dios. una cosa que a nosotros se nos aparece temporalmente: no la concebiste antes de que es. pues en la eternidad en que concibes: toda sucesión temporal coincide en el mismo ahora de la eternidad. Nada, pues, pasado o futuro: donde lo futuro y lo pasado coinciden con lo presente. pero que las cosas en este mundo existan según antes y después: es porque tú no concebiste antes tales cosas para que fuesen. si antes las hubieras concebido: antes habrían sido. pero en cuyo concepto puede caber antes y después, de modo que conciba antes una cosa y después otra: no es omnipotente. Así, porque tú eres Dios omnipotente: estás dentro del muro en el paraíso. el muro, en cambio, es aquella coincidencia: donde lo posterior coincide con lo anterior. donde el fin: coincide con el principio. donde alfa y ω son lo mismo. Siempre, pues, son las cosas: porque tú dices que sean. y no son antes: porque no dices antes. y cuando leo que Adán fue hace tantos años, y que hoy ha nacido tal: parece imposible que Adán fuera entonces, porque entonces lo quisiste, y del mismo modo el nacido hoy porque ahora lo quisiste, y que sin embargo no quisiste antes que Adán fuera que el nacido hoy. pero aquello que parece imposible: es la necesidad misma. pues el ahora y el entonces: son después de tu palabra. y por eso, al que se acerca a ti: le salen al encuentro en el muro que circunda el lugar donde habitas en coincidencia. pues el ahora y el entonces coinciden: en el círculo del muro del paraíso. Tú, en cambio, Dios mío, existes y hablas más allá del ahora y del entonces: tú que eres la eternidad absoluta.