Commentaria in Primam Partem Summae Theologiae
Tommaso de Vio Cajetan (1469–1534)
First published 1507
Cajetan's Commentaria in Primam Partem Summae Theologiae offers an article-by-article exposition of Aquinas's Prima Pars. Its discussions of sacred doctrine, analogy, divine knowledge, and creation became important reference points in the later Thomist tradition. The present digital edition follows the Latin text of the Leonine edition and includes English and Spanish translations. Coverage is currently partial.
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Praefatio ad Oliverium Carrafam
AL REVERENDÍSIMO PADRE EN CRISTO
D. OLIVERIO CARRAFA
EL CARDENAL NAPOLITANO, OBISPO DE OSTIA
PROTECTOR DE LA ORDEN DE LOS PREDICADORES
Contemplando Aristóteles la maquinaria del orbe del universo, al ver que cada cosa estaba dispuesta convenientemente en sus lugares, afirmó que el orden era el sumo bien de aquella y, por consiguiente, la obra máxima de la divina sabiduría. Bajo este mismo pacto puede contemplarse también admirablemente dispuesto y acomodado el ingenio del hombre, que coloca y distingue con un orden congruente los conceptos de su mente y la doctrina que va a transmitir. Y así como entre los filósofos Aristóteles se atribuyó a sí mismo, por juicio unánime de todos, la alabanza de esta sabiduría, así entre los teólogos no hallarás a nadie que haya osado preferir a otro sobre santo Tomás de Aquino. Pues aunque muchos de los anteriores habían publicado volúmenes abundantes sobre asuntos singulares y discretos; y aunque finalmente algunos autores griegos, y también latinos, habían reducido las sentencias de la teología a una cierta serie perpetua, y muchos expositores habían glosado los libros de las Sentencias, sin embargo nuestro santo Tomás de Aquino, habiendo de entregarnos la teología y una doctrina como de todo género con una vena más abundante, inventó él mismo dos órdenes nuevos y discretos, y ciertamente preclarísimos. Uno de ellos lo abarcó en los libros Contra Gentes; el otro, en aquella obra cuadrífida que llamamos ya con título célebre Summa de santo Tomás de Aquino.
En la cual toda la Summa contiene tal abundancia de materias que pertenecen a la doctrina necesaria para el hombre cristiano y a la consecución de la verdadera bienaventuranza, que nada parece quedar absolutamente omitido. Pues, como en la primera parte de la Summa trata copiosa y distintamente de Dios, de la Trinidad, de los Ángeles, del Alma Racional, del mismo Hombre y de la fabricación de todo el Mundo; así, en los dos libros siguientes, comenzando de nuevo por el hombre, enumera con mayor abundancia y distinción que todos los autores gentiles y sagrados todas las pasiones humanas, sus fuentes y progresos, junto con las virtudes que pueden curar los vicios y las pasiones. La parte restante, que en número es la cuarta de los volúmenes escritos, pero que por el orden de la doctrina se llama tercera, trata del Autor de la gracia, Cristo, y de todos los misterios concernientes a Cristo; luego también de los mismos Sacramentos, por los cuales se confiere la gracia; finalmente, del fruto más deseable de la gracia, es decir, la bienaventuranza sobrenatural, y también de los suplicios de los condenados. Lo que, sin embargo, falta para la consumación de la tercera parte, se expone copiosamente en el cuarto libro sobre las Sentencias.
Y con esta inmensa acumulación de cosas, siendo nuestro Tomás de Aquino inmenso, no menos se gana, sin embargo, nuestra admiración por la razón de sus sentencias y de sus palabras, con las que maneja y trata semejante mole. Tal es en efecto la pureza de su estilo que sobra si algo añades, y se marchita si algo quitas; tal la formalidad y propiedad de sus palabras que nada hay en ellas extraño, nada accidental; además tal es la profundidad de sus sentencias, tal la novedad y articulación de sus cuestiones, y luego tan propio es en cada una de ellas el modo de argumentar, que en este género de escribir sea fácilmente tenido por príncipe, donde ninguna envidia turbe al juez. Ahora bien, para que nadie pueda sospechar, en tan gran cúmulo de cosas, que el Autor haya forcejeado en vano y que sea falso, tiene a la naturaleza misma, en cierto modo, como índice de su verdad y testigo de ella. Pues si, como dice el mismo Aristóteles, son aptos para conjeturar la verdad de las cosas quienes pueden investigar dudando en ambas direcciones, ¿quién dudará ya de que nuestro Aquino no se ha alejado de la verdad, quien, habiendo propuesto tantos millares de cuestiones sobre las cosas humanas y divinas, tanto las teóricas como las prácticas, aduce siempre en cada una dudas propias hacia ambas partes?
La razón de haber emprendido esta exposición nuestra surgió de lo siguiente: porque el discurso formal de nuestro Doctor encierra una gran profundidad oculta de sentidos, si bien la disposición y elección de las palabras, que nada tienen de confuso, parece atraer al lector a primera vista y prometerle facilidad en la comprensión. Pero el lector comprueba que sucede de un modo muy distinto a como estima al principio: pues la lectura reiterada de este Autor parece más bien aumentar que disminuir la dificultad de percibir los sentidos. Y en cuanto a esta primera parte de la Suma, creo que fácilmente puede constar su eminencia por esto: que los insignes tomistas, volviendo sobre ella veinte veces o más, afirman siempre haber percibido en ella algo nuevo; de modo que ya no debe extrañar tanto que, habiendo recibido esta primera parte tantos juicios cuantos hombres y palabras tiene, haya sido tan asediada por múltiples ataques. Pues muchos teólogos, y no precisamente despreciables, creyeron que de ahí harían gran nombre de ingenio y doctrina, si, como suelen hacer los valerosos capitanes con las plazas más fortificadas, atacaban con sus máquinas esta primera parte. Juan Duns Escoto, además, trabajó en ello con una sutileza y una abundancia sobresalientes entre todos, hasta el punto de que se esfuerza por socavar casi cada palabra de esta parte. Habiendo tenido, pues, en cuenta tanto la dificultad inherente como el ataque recibido, no me serví de una exposición simple, para aportar sin controversia únicamente aquello que consideré pertinente al verdadero entendimiento de santo Tomás; sino que, donde el lugar y la propia materia parecieron exigirlo, planteé yo mismo algunas cuestiones dudando, y me esforcé por defender la verdad contra los atacantes, y principalmente contra Escoto; empresa ciertamente ardua y laboriosa la que acometí, pero cuán felizmente lograda sea cosa del juicio de otros. Yo, desde luego, no estoy tan olvidado de mí mismo como para pensar que he prestado un trabajo igual a la dignidad de la obra expuesta; aunque sé perfectamente que, al menos con el piadoso propósito de poder ayudar a muchísimos hombres estudiosos, y con la diligencia empleada en honor de Dios, he satisfecho plenamente mi conciencia.
Debetur autem tibi, Pater Amplissime, nuestra exposición, no solo por la razón por la cual también los trabajos de nuestros demás Hermanos te son debidos, a saber, porque desde la atalaya de la Protección asumida favoreces y asesoras a todo el Orden de Predicadores; sino también por una razón más amplia y más comprensiva. En efecto, constituido en tan elevado puesto, ofreces a los príncipes cristianos un ejemplo digno de imitación de pía magnificencia, de religión, de integridad y de solícita y diligente industria en el gobierno de los asuntos; y, como es un don ilustre de Dios en nuestros tiempos, mediante el continuo tenor de tu castidad y la doctrina del derecho pontificio eres venerado como Padre del sacrosanto Colegio, tienes el honor de ser ornamento de nuestro siglo y eres como una lámpara colocada sobre el candelero, que alumbre a todos los que están en la casa. De ahí que también los órdenes de toda la religión cristiana y los cultivadores de los estudios te tendrán como padre y censor, en cuyo juicio y benevolencia puedan descansar.
Vengo ahora a mí mismo, que, siempre amado por ti con cariño paternal, enriquecido con beneficios y honrado con dignidades, sería justamente condenado por el vicio de la ingratitud si llevara estos frutos también de mis estudios a otro distinto de ti, a quien ya he dedicado cosas menores; tanto más cuanto que tú fuiste quien me exhortó principalmente a forjar esta exposición, y apenas bien terminada no solo la has pedido muchas veces para su publicación, sino que incluso la has exigido. Recibe, pues, este don nuestro con rostro benigno, y reconoce esta prenda y monumento de mi fidelidad y de mi observancia hacia ti. Adiós para siempre.