Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente
Claude Frassen (1620–1711)
Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.
Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)
Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)
Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)
Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt
Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)
Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)
Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi
Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae
Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina
Quaestio II: An theologia positiva sit utilis et necessaria
Quaestio III: An, et qualiter theologia scholastica Ecclesiae Dei prosit
Articulus II: De essentia theologiae
Quaestio I: An theologia Dei et Beatorum sit proprie dicenda scientia
Quaestio II: An theologia Viatorum perfectae scientiae characteres habeat
Quaestio III: An theologia nostra perfectae sapientiae titulo glorietur
Quaestio IV: An theologia nostra subalternetur scientiae Dei, et Beatorum
Quaestio V: Quodnam sit obiectum theologiae nostrae
Articulus III: De proprietatibus, et praecipuis characteribus nostrae theologiae
Quaestio I: An theologia nostra sit speculativa, vel practica
Quaestio II: An theologia nostra sit habitus supernaturalis
Quaestio III: An theologia nostra certior sit, et dignior scientiis naturalibus
Quaestio IV: An theologia nostra sit argumentativa, et adhaesiva
Quaestio V: Quinam sint loci ex quibus theologia argumenta sua depromit
Introductio II: Primi libri Sententiarum methodica explanatio
Tractatus I: De Deo in se subsistente
Disputatio I: De existentia et essentia Dei
Articulus I: De existentia Dei
Quaestio I: An, et quomodo nobis constet Deum existere
Quaestio II: An Deum existere sit per se notum
Quaestio III: An et quomodo demonstrari possit Deum existere
Quaestio IV: Quibus rationibus demonstrari possit Deum existere
Quaestio V: An et quomodo probari possit unicum esse Deum
Articulus II: De essentia, seu de praedicatis quidditativis Dei
Quaestio I: An et quomodo Deus possit definiri
Quaestio II: An rationes Entis, et Existentiae essentialiter Deo competant
Quaestio III: An Deus sit substantia completa, spiritualis, vivens
Articulus III: De ratione formali constitutiva, et ultimo distinctiva essentiae divinae
Quaestio I: An essentia divina ultimo constituatur, et distinguatur per Aseitatem, et Intellectionem, alterutro ex tribus modis statim assignatis
Quaestio II: Quaenam sit ratio formalis ultimo constitutiva, et distinctiva Dei
Disputatio II: De perfectionibus divinis in communi
Articulus I: De divinarum perfectionum conceptu, numero, et praecellentia
Quaestio I: Quot, et quae sint divinae essentiae perfectiones
Quaestio II: Quot, et qualiter divinae perfectiones essentiae divinae competant
Articulus II: De divinarum perfectionum identitate, et distinctione
Quaestio I: An divina attributa idem sint realiter cum essentia divina, an solo nomine ab ea diversa
Quaestio II: An attributa divina tum inter se, tum ab essentia formaliter, et actu distinguantur
Disputatio III: De perfectionibus modificantibus divinam essentiam, seu de attributis negativis
Articulus I: De simplicitate divina
Quaestio I: An Deus sit omnino simplex, et in quo formaliter consistat eius divina simplicitas
Quaestio II: An Deus omnem compositionem realem excludat
Quaestio III: An Deus omnem compositionem metaphysicam excludat
Quaestio IV: An summa simplicitas soli Deo conveniat
Articulus II: De infinitate Dei
Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse infinitum
Quaestio II: An, et quomodo Deus ratione suae infinitatis omnes omnino perfectiones contineat
Articulus III: De immensitate Dei
Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse immensum, et ubique
Advertencia 1. Que esta sea la distinción entre la Presencia, la Ubicuidad y la Inmensidad de Dios: que la Inmensidad es la virtud y capacidad infinita de la entidad divina, por la cual Dios, por su naturaleza, tiene el poder de presentarse íntimamente presente a todas las criaturas, aun cuando existieran infinitas en número y especie; la Ubicuidad, en cambio, es el mismo derramamiento actual de Dios sobre todas las criaturas existentes, y como una difusión sustancial de Él mismo en cada una de las partes del mundo; la Presencia, empero, no solo es el íntimo derramamiento sustancial de Dios, sino también su especial asistencia y operación en algún lugar. Así, 2 Macabeos, cap. 15: Judás y sus soldados derribaron no menos de treinta y cinco mil, regocijados magníficamente por la presencia de Dios.
Advertencia 2. Que puesto que pueden distinguirse cuatro grados y órdenes de los entes, a saber: de naturaleza, de gracia, de gloria y de divinidad, también puede distinguishse cuádruple la residencia de Dios y su existencia o presencia en otro: La primera es entitativa, y se realiza por la exuberante efusión de su Entidad Divina en cada una de las partes del mundo, diciendo Él mismo, Jeremías 23: Yo lleno el cielo y la tierra. La segunda santificante, por la cual se realiza mediante la difusión de la caridad y de la gracia, con la cual Dios inexist de modo especial en las almas de los justos, diciendo Cristo, Juan 14: Si alguno me ama... mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. La tercera beatificante, que se realiza por el efluvio de la felicidad y dicha divina hacia todos los Bienaventurados; de la cual David, Sal. 5: Se regocijarán eternamente, y habitarás en ellos. La cuarta, finalmente, es divina, y se realiza por la especial inexistencia de las Personas divinas. Esta, a su vez, puede distinguirse doble: a saber, personal, por la cual el Verbo divino está especialmente presente en la humanidad que asumió mediante la unión hipostática; pues en Cristo, dice San Pablo a los Colosenses 2, habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad; y otra esencial, por la cual las Personas divinas inexisten mutuamente una en otra, diciendo Cristo, Juan 14: Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí.
Advertencia 3. Que la presencia y residencia natural puede de nuevo distinguirse triple, según los tres modos por los cuales acostumbra decirse que Dios está presente a todas las cosas existentes, a saber: por Esencia, por Potencia y por Presencia. Estos modos de existencia los interpreta así Santo Tomás, Prima parte, q. 8. art. 3., de modo que se dice que Dios está en las cosas por Esencia, porque da el ser inmediatamente a todas; por Potencia, sin embargo, porque todas están sometidas a su potestad e imperio; por Presencia, finalmente, porque todas están desnudas y abiertas ante su vista, y nada le queda oculto. Lo explica con el ejemplo de un Rey, que está presente por potencia en todo su reino, pues todos los habitantes del reino se someten a su imperio; pero está por presencia en la cámara real, porque todo lo que en ella se hace queda patente a sus ojos; y está por esencia y substancia en su trono, pues en él reside toda su substancia. Pero Durando y Aureolo rechazan con razón esta explicación; en efecto, si Dios estar en las cosas por Presencia fuera lo mismo que tener las cosas en su vista, se seguiría que Dios está en las cosas no solo cuando son, sino incluso antes de que existan, puesto que el entendimiento divino aprehende y llama a las que no son como si fueran las que son. Añádase que lo conocido está en el que conoce, pero no el que conoce en lo conocido. Lo mismo debe decirse de la Potencia, pues ésta no solo se extiende a las cosas presentes, sino también a las futuras. Igualmente se rechaza esta explicación en cuanto al modo de existir por Esencia, porque que una cosa esté sustancialmente presente a otra no solo es comunicarle el ser —de lo contrario, el Sol estaría en todos los seres sublunares a cuya producción concurre—, sino que además se requiere la indistancia de la substancia. — Por tanto, que Dios esté presente a las cosas por Esencia no es otra cosa que inexistir sustancialmente con todas las cosas; por Potencia, sin embargo, lo mismo que producir todas las cosas y conservarlas con continuo influjo; por Presencia, finalmente, lo mismo que tener en su vista todas las cosas existentes y penetrarlas íntimamente con su conocimiento. Pero si Dios realmente inexiste de este triple modo en todas las cosas, ha de resolverse en esta Cuestión.
Conclusión primera. — Dios verdaderamente es inmenso, y está en todas partes presente por Esencia, Potencia y Conocimiento.
Se prueba la primera parte por la Escritura: Sal. 138: ¿A dónde iré lejos de tu espíritu, y a dónde huiré de tu faz? Si subiere al cielo, allí estás tú; si descendiere al infierno, allí estás tú, etc.; palabras que Anastasio de Constantinopla, lib. 2. De la incircunscripción de Dios, afirma rectamente haber de entenderse de la substancia de Dios: Pues aquella Deidad, dice, todo lo penetra y extiende, llenándolo todo con la grandeza de su naturaleza. Lo confirma el mismo Dios, Jeremías 23: ¿No lleno yo el cielo y la tierra? dice el Señor. Así Isaías 66.1: Así dice el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra el escabel de mis pies; ¿qué casa me edificaréis vosotros? y ¿cuál es el lugar de mi reposo? A esto concuerda también lo dicho por Salomón en el lib. 3. de los Reyes, cap. 8.: Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte; ¿cuánto menos esta casa que he edificado? Lo mismo insinúa Sófar Naamatita en Job, cap. 11: Es más alto que el cielo, ¿y qué harás? más profundo que el infierno, ¿y cómo lo conocerás? Más larga que la tierra es su medida, y más ancha que el mar.
Lo mismo inculcan los Santos Padres, especialmente Agustín: Dios en todas partes está entero, dice en el libro 7. De Civit., cap. 30., no encerrado en lugares, no atado con ligaduras, indivisible respecto de partes, inmutable en ningún aspecto; llenando el cielo y la tierra con la presencia de su potencia, no ausente, no necesitado por su naturaleza. Y en el 5. De la Trinidad, cap. 1.: Está en todas partes presente sin ninguna situación, conteniéndolo todo sin hábito, en todas partes entero sin lugar, sempiterno sin tiempo. Y en el lib. De la Presencia de Dios a Dardano: Siendo Dios incorpóreo por naturaleza y vivo inmutablemente, permanece en sí mismo con eterna estabilidad, y está presente entero a todas y cada una de las cosas. De donde concluye merecidamente allí mismo: Debe confesarse, pues, que Dios está en todas partes por la presencia de su Divinidad; mas no en todas partes por la gracia de la inhabitación. Los demás Santos Padres firman la misma sentencia con varios argumentos, de los cuales — Algunos prueban la Divinidad a partir de la Inmensidad de las Personas divinas. Así San Basilio, al
principio del Evangelio de Juan, colega que el Padre y el Hijo son verdaderamente Dios: Ni el Padre está en un lugar, dice, ni el Hijo está contenido en región alguna circunscrita o definida: sino que inmenso es el Padre, inmenso asimismo el Hijo: todo aquello que con la mente hayas comprendido, y por dondequiera que haya penetrado tu espíritu, lo hallarás lleno de Dios, encontrarás en todas partes simultáneamente extendida la hypóstasis del Hijo. Con el mismo argumento San Atanasio, en la Epístola a Serapión, prueba que el Espíritu Santo es Dios: Y si el Hijo, dice, porque no está en lugares determinados, sino que mientras está en el Padre está en todas partes y fuera de todas las cosas, no es criatura; consecuentemente, tampoco el Espíritu Santo será criatura, puesto que no está en lugares determinados, sino que llena todas las cosas, permaneciendo fuera de todas; pues así está escrito: El Espíritu del Señor ha llenado el orbe de la tierra. — Otros colegir de la Inmensidad que Dios es Espíritu: Así San Hilario, lib. 2. De la Trinidad: Porque Dios, dice, es invisible, incomprehensible, inmenso; dice el Señor que ha venido el tiempo en que no en el monte ni en el Templo debe adorarse a Dios; porque Dios es espíritu; y el espíritu ni se circunscribe ni se contiene: porque por virtud de su naturaleza está en todas partes, ni en lugar alguno está ausente, rebosando en todas las cosas. — Algunos demuestran, a partir de la presencia sustancial de Dios en todas partes, que la existencia del Verbo divino en la carne del hombre y su unión nada tienen de vergonzoso ni de increíble: Así San Gregorio de Nisa, en el libro Catequético, cap. 25., tras haber dicho: ¿Quién es de ingenio tan pueril que, mirando al universo, no crea que en el universo está Dios: entrando en él, conteniéndolo y presidiéndolo? pues de Aquel que es penden todas las cosas, ni puede ser que haya algo que, en Aquel que es, no tenga el ser: concluye: por eso si todas las cosas están en Él, y Él está en todas, ¿por qué se avergüenzan de aquel misterio puesto en la Encarnación, que enseña que Dios ha conversado entre los hombres, el cual no se cree fuera del hombre ni ahora siquiera? Porque aunque no es el mismo modo de presencia aquél por el cual Dios está en nosotros, comparado con Éste, sin embargo, que Éste está en nosotros tanto ahora como entonces, lo confiesan todos por igual. — Finalmente, otros colegir que Dios está en todas las criaturas porque de todas es Artífice: Así san Fulgencio, lib. contra el sermón de Fastidioso, cap. 4: De nuestro Dios, dice, esto es, de la misma Santa Trinidad, nada puede separarse localmente, porque el mismo Dios sumo, verdadero y bueno, así como hizo todas las cosas, así las contiene y, inmenso, las llena. Y cap. 6.: La Trinidad, empero, es un solo Dios; así como es eterna, y no hay tiempos coeternos a Ella; así es inmensa, a quien ninguna criatura puede encerrar: y porque es inmensa, en todas partes entera, pues ni es contenida en un lugar, ni se extiende ni se contrae en espacio. En lo mismo concuerda san Ambrosio, lib. 1. De la Fe, caps. 4. y 7: Dios, dice, llenándolo todo, nunca Él es llenado; penetrándolo todo, nunca Él es penetrado; en todas partes entero y al mismo tiempo; ya en el cielo, ya en la tierra, ya en el último mar presente. A éstos acompaña Cirilo de Jerusalén, Catequesis 6.: En lugar ninguno definido, sino artífice de los lugares, existente en todas las cosas y por nadie circunscrito: trono para Él es el cielo, mas excede y transciende al que está sentado; y escabel de sus pies la tierra, mas su virtud llega hasta los abismos. De donde está presente en todas partes.
La Segunda y la Tercera parte no padecen dificultad alguna en su prueba, pues, como habla el santo Pablo a los Hebreos 4, No hay criatura alguna invisible a su vista, antes bien todas están desnudas y abiertas a sus ojos; de donde el Sabio, Eclesiástico, cap. 23., burlándose y reprendiendo al impío que dice: ¿Quién me ve? Las tinieblas me rodean, los muros me cubren, y nadie me mira; ¿a quién temo? El Altísimo no se acordará de mis pecados; añade: Y no entiende que el ojo de Él lo ve todo.... y no conoció que los ojos del Señor son mucho más luminosos que el sol, mirando todos los caminos de los hombres y el fondo del abismo, y contemplando los corazones de los hombres en sus partes ocultas.* Lo mismo patente, y también respecto de la presencia de la potencia; pues las criaturas nada pueden obrar sino con Dios cooperante, porque Dios obra todas las cosas en todas, o, como habla Isaías, Todas nuestras obras tú las operaste para nosotros, Señor; de donde concluye merecidamente santo Pablo, Hechos 7., que Dios no está lejos de cada uno de nosotros, pues en Él, dice, vivimos, nos movemos y somos. Esto es, como lo explica san Crisóstomo, tan cercano está, que sin Él no puede vivirse... Del mismo modo que no puede ignorarse el aire difundido en todas partes, que no está lejos de cada uno de nosotros, sino más bien existe en nosotros; así tampoco el artífice de todas las cosas. Esta semejanza emplea también Anastasio Sinaíta en la segunda de sus contemplaciones sobre el Hexámeron: Del modo que el aire, dice, llena todas las cosas, y no hay lugar vacío de él, etc.; así también el Dios del universo llena todas las cosas, y no hay lugar vacío de Él.
Conclusión segunda. — La inmensidad de Dios también puede probarse por razón natural. Esto es contra nuestro Smisingo, quien en el Tratado 2. Disput. 5. num. 56. afirma que la inmensidad de Dios es más bien creída por fe que demostrada por razón.
Se prueba la conclusión: la Esencia divina no menos debe ser infinita e ilimitada en su virtud y en su capacidad de existir sustancialmente en todas partes, que en sí misma y en sus demás perfecciones; pues la propiedad se conmensura a la naturaleza: pero en las demás es tan infinita que no tiene límite alguno: luego tampoco debe tenerlo en su capacidad de existir en todas partes. La menor es evidente. La mayor se prueba; tanto porque no aparece razón alguna por la cual una propiedad de la esencia divina sea más infinita que otra; como porque si la esencia divina fuese limitada en su presencia, no sería infinita: pues por ello, dice Anastasio, Patriarca de Antioquía, en el libro De incircumscripta Dei essentia, aquello que es terminado por otro declara que la sustancia del que está circundado es circunscrita; mas es cierto que la sustancia divina es infinita e incircunscrita; y ello por razón natural, como arriba demostramos al tratar de la Infinitud divina: luego, igualmente por razón natural consta que ella es inmensa. — Además, a todos les consta que toda perfección que no huela a imperfección debe atribuirse a Dios, y ello en el grado máximo y supremo: pero estar presente a otra cosa es una perfección, y tanto más perfecto se considera a Dios cuanto más amplio lugar ocupa, ya por extensión de cantidad, ya por difusión y aplicación de virtud y operación: luego debe atribuirse a Dios la máxima presencia. Mas la ubiqüidad es la máxima de todas las presencias: luego debe atribuirse a Dios. — Finalmente, si Dios no fuese inmenso, sino sólo en un lugar determinado, podría moverse de un lugar a otro, y así sería mutable: pero por razón natural consta que Dios no es mutable: luego consta que Él es inmenso.
Replica 1. Smising dice que de la infinitud no puede concluirse la inmensidad, sino porque la propiedad debe conmensurarse a la esencia, y cuanto más perfecta es la esencia, tanto más excelente debe ser también la propiedad: pero este principio, dice, es falso; pues aunque el hombre sobrepuje en esencia a los brutos, sin embargo los brutos aventajan al hombre en propiedades; puesto que las propiedades o facultades sensitivas son mucho más excelentes en algunos brutos que en los hombres, pues En oído el Asno, en vista el Lince, en gusto el Simio, en olfato el Buitre, en tacto la Araña sobresale.
Contra: Del mismo modo se tiene la infinitud respecto de la esencia y las propiedades divinas, como la finitud respecto de la esencia y las propiedades creadas: pero ésta limita así las propiedades de las criaturas, que ninguna es ni puede ser infinita: luego del mismo modo la infinitud hace que ninguna perfección de Dios pueda ser finita: mas su presencia sería finita si no fuese inmensa, como consta: luego etc. — Además, si la presencia divina no fuese inmensa, la esencia divina no sería infinita simpliciter, sino sólo secundum quid; pues aquello es infinito sólo secundum quid que no es infinito según todo su modo y toda perfección a él realmente identificada: pero la esencia no sería infinita según la perfección de presencialidad y de capacidad de existir en otras cosas: luego sería infinita sólo secundum quid. Ni sus argumentos impiden nada, pues como las facultades sensitivas no se identifican con la esencia humana, sino que se distinguen realmente de ella, y dependen de la disposición de los órganos, no es de extrañar que no se conmensuren a la perfección de la esencia humana. — Añádase que, aunque quizá en lo creado no valiera la inferencia de una propiedad más perfecta a partir de una esencia más perfecta, porque como lo creado admite el más y el menos, uno de ellos puede tener mayor perfección y otro menor, aun cuando se identifiquen realmente; pues para tal diversidad de perfección basta la distinción formal: el entendimiento, según la sentencia del Doctor, es menos perfecto que la voluntad, aunque con ella se identifique realmente en el alma; pero no ocurre así en lo divino, donde todo es infinito, y lo infinito no admite mayor ni menor; y por ende de la perfección infinita de uno se infiere rectamente la perfección infinita del otro.
Replica a la segunda razón, que la mayor presencia no arguye una perfección más excelente en la cosa; pues ciertamente el alma racional y los Ángeles ocupan menor lugar, y por consiguiente tienen menor presencia que las cosas corpóreas, y no por eso son menos perfectas que éstas.
Contra: La mayor presencia arguye mayor cantidad, sea de magnitud, sea de virtud; aunque la mayor cantidad de magnitud no siempre implica mayor perfección —pues el hombre es más excelente que un monte, aun cuando sea menor que él—, sin embargo la cantidad de virtud indica una esencia más perfecta: luego como los Ángeles y el alma racional tienen mayor cantidad y presencia de virtud, rectamente se infiere también que ellos son más excelentes, y de su naturaleza y virtud más excelentes se infiere asimismo rectamente su mayor presencia.
Subsume: Ciertamente se infiere rectamente de la mayor cantidad de virtud la mayor presencia y difusión de potencia y actividad; pero no de naturaleza y sustancia: y por ende de ello se inferirá ciertamente que Dios, en cuanto infinito, tiene virtud, mas no sustancia difundida por doquier.
Contra: De ello se sigue que la naturaleza más excelente debe tener un modo de presencia más excelente y más noble, que no le repugne: pero el modo de existir presente por doquier mediante la difusión de sustancia y virtud es más excelente que la sola presencia de virtud; ni alguno de ambos modos repugna a Dios, antes bien lo ennoblece en sumo grado: luego ambos modos de existir por doquier deben atribuirse a Dios mediante esencia y potencia. — Se confirman las razones precedentes: O Dios está en ninguna parte, o sólo en algún lugar, o en todas partes: mas no puede decirse que esté en ninguna parte, ni tampoco sólo en algún lugar: luego necesariamente está en todas partes. La mayor es evidente. La menor se prueba en cuanto a la primera parte, tanto por aquel célebre dicho vulgar de los filósofos, de que lo que está en ninguna parte no existe; como porque estar presente a otra cosa es una perfección, y consecuentemente no debe negarse a Dios. — También se prueba la misma Menor en cuanto a la segunda parte: Lo que está sólo en algún lugar está allí por naturaleza y necesariamente, o por voluntad y libremente: pero de ningún modo puede decirse que Dios esté en un lugar determinado. No libremente, pues de otro modo podría moverse de un lugar a otro; y así sería mutable. Tampoco necesaria y naturalmente; pues una sustancia puede estar necesaria y naturalmente en un lugar determinado sólo por triple causa, a saber: o para conservarse y reposar allí, o para perfeccionarse en él, o para operar y producir algunos efectos que no pudiera producir en otra parte; pero de ninguno de estos modos puede Dios estar en un lugar determinado. No en verdad para conservarse, porque siendo causa primera, es absolutamente independiente. Tampoco para perfeccionarse, pues Él mismo es fuente y origen de todas las perfecciones. Y finalmente no para operar, porque, como se probará en la Quaestio siguiente, bajo la hipótesis de que no estuviese en algún lugar, no obstante podría operar en él. Luego, como Dios no está en ninguna parte ni sólo en algún lugar, es necesario que esté en todas partes.
Dirás 1. Por San Agustín, lib. 83 Quaestionum, q. 20, en Dios están más bien todas las cosas que Él en algún lugar: luego si Dios está en todas las cosas, todas las cosas están en todas; y así lo mismo estará en sí mismo; mas esto es absurdo: luego Dios no es inmenso.
Respondo, que de un modo están todas las cosas en Dios, y de otro modo Dios está en todas las cosas existentes: pues todas las cosas están en Dios, como el efecto en la causa, como lo conocido en el conocente, y como el ente participado en el ente primerísimo y óptimo entre todos; pero Dios está en las cosas no como en un lugar, sino mediante la presencia real de su sustancia y su indistancia; y así no se sigue que lo mismo esté en sí mismo, porque las cosas no están del mismo modo en Dios, como Dios mismo está en las cosas. De ahí que añade allí mismo Agustín: Nec tamen ita sunt in illo, ut ipse sit locus. Locus enim in spatio est, qui longitudine, latitudine et altitudine corporis occupatur; nec Deus tale aliquid est. Et omnia igitur in ipso sunt, et locus non est.
Dirás 2. Si Dios estuviese en todas las cosas, mudaría; pero la consecuencia es contra aquello de Malaquías: Yo soy Dios y no me mudo: luego no está en todas las cosas. Se prueba la consecuencia de la mayor: muchas cosas se producen de nuevo y perecen; luego si Dios inexistiera en ellas, adquiriría una presencia nueva y perdería otra.
Distingo el antecedente: Que mudase enteramente de modo extrínseco y solo terminativo, lo concedo; que mudase intrínseca y formalmente, lo niego; pues como no tiene respecto real ni al lugar ni a las cosas en que está presente, al modo que lo tienen las criaturas, tanto corporales como espirituales, por ello, ante el cambio del lugar o de las cosas, no se muda realmente, sino que solo se mudan las cosas, que comienzan o cesan de ser
presentes a Dios, sin que en Dios se haga mutación alguna, del mismo modo que se dice que el Creador está presente sin mutación real suya alguna.
Dirás 3. Si Dios estuviese en todas partes, se seguiría que Dios está no solo en lugares fétidos, sino también en los demonios y en los condenados; pero la consecuencia parece absurda, luego también el antecedente. — Distingo la consecuencia de la Mayor: Que estuviese en los lugares fétidos de suerte que en ellos se contaminase, y que estuviese en los demonios por concesión de su gracia o de su bienaventuranza, lo niego; que estuviese en ellos por la indistancia de su sustancia, lo concedo; Pues así como el alma racional, dice San Agustín en el libro De agone Christiano, capítulo 18, no se contamina en un cuerpo incluso leproso, porque es sustancia espiritual; mucho menos Dios, puesto que está más lejos de toda materia separada, puede contraer de su presencia inmundicia alguna en las cosas corporales. O como respondió San Macario, homilía 7, a quienes preguntaban si Dios estaría en Satanás: Puesto que el Sol, dice, aunque sea criatura, baña con su luz los lugares sucios, sin sufrir daño alguno, mucho más la divina Majestad trata así con Satanás, que ni se contamina, ni concibe de allí mácula alguna.
Dirás 4. Aquel de quien se dice que se acerca o se aleja, que desciende y anda, que está de lejos y conoce, no debe reputarse omnipresente; pero toda la Escritura Sagrada predica esto de Dios. En el salmo 9: ¿Por qué, Señor, te has alejado lejos? En Proverbios 13: Lejos está Dios de los impíos. En Génesis 3 se dice que los primeros Padres oyeron la voz de Dios que andaba en el Paraíso, etc. — Respondo: Todo esto debe entenderse por metáfora, y que la Sagrada Escritura nos presenta a Dios bajo estas figuras por causa de una instrucción más fácil, a saber, para enseñarnos ora cuánto detesta Dios el pecado, ora que no profiere sentencia con juicio precipitado, sino templado, y conocida y examinada la causa; de donde Agustín, Sermón 70 De tempore: Mira, dice, que no concibas ascensión y descensión local. Es indigno esto de la Substancia incorpórea y toda ella omnipresente; pero se dice que Dios desciende cuando se digna tener cuidado de la fragilidad humana. — En el mismo sentido fue Filón Judío, en el libro De confusione linguarum, donde, explicando aquellas palabras en que se dice que Dios descendió para ver la torre que edificaban los hijos de Adán, afirma que esto se escribe a la manera humana, no según la verdad de la cosa; ¿Quién, dice, ignora que quien desciende debe abandonar un lugar y ocupar otro? Mas Dios llena todas las cosas, circundando, no circundado; le acontece estar en todas partes y en ninguna; de donde concluye: Ninguno, pues, de los nombres que significan progresión y movimiento conviene a Dios, como arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda, delante, atrás; pues en nada de lo dicho es concebido, como quien nunca mudó de lugar.
Dirás 5. Dios se dice estar especialmente en el cielo, por exclusión de su presencia en otra parte. Así, salmo 113: El cielo del cielo es del Señor, mas dio la tierra a los hijos de los hombres: luego no está en todas partes. — Respondo: que esto debe entenderse no absolutamente, sino comparativamente; o, dice San Atanasio en el libro contra Sabellianos, para que, por la majestad de la morada, su infinita dignidad se explique más fácilmente a los hombres rudos. O para que se insinuara a los idólatras que el cielo no es Dios, Porque el cielo se llama casa y solio de Dios, dice Justino Mártir, en respuesta a la q. 5 de los Griegos, no porque Dios necesite de él para habitar o sentarse, como quien en nada está circunscrito y de nada carece, sino para que, mirando a aquella amplitud de substancia y a su esencia incorrupta, no sospechemos que el mismo cielo, u otro honrado con igual honor, sea Dios. O, como dice Teodoreto sobre el salmo 122: Se dice que Dios habita en los Cielos, no como circunscrito en un lugar, sino como tratando con las virtudes celestes que habitan los Cielos; o porque, dice Alcuno, libro 2 De Trinitate, capítulo 5, mayor conocimiento hay en los Cielos de aquella suma majestad y esencia, en los Ángeles o en las santas almas de los Santos, que en los Santos que habitan en la tierra. Y finalmente, dice San Dámaso, libro 5, c. 16: Se dice que Dios habita en los Cielos porque aquel lugar es más partícipe de su operación y de su gracia. En él están los que hacen su voluntad.
Dirás 6. Muchos de los santos Padres juzgan que Dios solo está presente por su sustancia en el cielo, pero en otras partes solo por conocimiento y potencia; así San Clemente Alejandrino, libro 2 de los Stromata: Me acerco, dice el Señor; ciertamente por la sustancia estoy lejos: ¿cómo lo engendrado se acercaría al ingénito? Pero estoy cercano por la potencia, con la cual abraza en su seno el universo. Y en el libro 5, refutando a los estoicos, que afirmaban que Dios era cuerpo y espíritu: Aquellos, dice, afirman que Dios penetra toda sustancia: nosotros, empero, decimos que él solo es el autor de ella. Asimismo Justino Mártir, en respuesta a la undécima cuestión de los Ortodoxos, dice: Las demás cosas, que se dicen contener algo, son contenidas por esta esencia; solo Dios, empero, contiene por su voluntad esta universalidad de las cosas. A estos concuerda Lactancio, libro De Opificio Dei, capítulo 16, donde parece circunscribir a Dios en el Cielo: Parece, en efecto, que la mente, que tiene el dominio del cuerpo, está constituida en la cabeza suprema; así como Dios en el Cielo; luego juzgan que Dios no está en todas partes. — Respondo que esta no fue precisamente la sentencia de los dichos Padres: no ciertamente la de Clemente Alejandrino, pues en el libro 7 de los Stromata, hablando del varón bueno y santo, dice: De tal manera es aquel a quien está persuadido que Dios asiste en todas partes, y no que está encerrado en lugares ciertos y determinados. Y tampoco fue igualmente esa la mente de San Justino, tanto porque él no es autor del dicho libro de cuestiones y respuestas a los Ortodoxos, sino algún anónimo, cuanto porque arriba quedó patente que constantísimamente profesa a Dios presente en todas partes. Lactancio igualmente puede explicarse también convenientemente, queriendo que solo se derribe el necio fingimiento de los estoicos, que aseguraban que el mundo era cuerpo de Dios, y que este estaba difundido por los elementos y las demás partes del universo, como en otros tantos miembros que movía y animaba; y para refutarlo dice que Dios está en el Cielo, como el alma del hombre en el cerebro. No porque juzgue que el alma reside substancialmente solo en el cerebro, sino tan solo que allí ejerce sus operaciones más nobles; por la cual razón dijimos también arriba que Dios reside especialmente en el Cielo.
Dirás por último. Si la divina inmensidad pudiese probarse por alguna razón natural, no habría pasado desapercibida a los filósofos más peritos; pero pasó del todo inadvertida a ellos mismos, como se dijo arriba; luego no es naturalmente conocida. — Respondo distinguiendo la menor: que a los filósofos más peritos, abusando de la luz natural, les pasó inadvertida la divina inmensidad, lo concedo; que les pasó inadvertida a aquellos que usaban rectamente de la razón natural, para descubrir, según sus fuerzas, las perfecciones divinas, lo niego. Pitágoras, en efecto, filósofo, dice Salviano al principio del libro primero De providentia, a quien la misma Filosofía recibió como a su maestro, discurriendo sobre la naturaleza y los beneficios de Dios, así habló: Dios es un espíritu que recorre y está difuso por todas las partes del mundo, del cual todas las cosas que nacen, incluso los animales, captan su ser. A lo mismo mira lo que dice Trimegisto, afirmando que Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Más aún, el mismísimo Aristóteles, en el libro 1 De Anima, capítulo 5, indica que Dios está presente en todas partes; pues alaba el dicho de Heráclito, el cual, habiéndose encerrado en una tahona en tiempo de invierno, y viendo que llegaban sus amigos y que les pesaba, y por eso no querían acercarse más a él, los exhortó a entrar audazmente, Porque también aquí, dice, está presente Dios. Son trilladas también aquellas palabras del Poeta Virgilio en las Geórgicas 4: Pues Dios va por todos los ámbitos de la tierra y del mar, y por el hondo cielo. Y no menos aquello de Arato: Cualquier cosa que ves es Júpiter: de Júpiter están llenas todas las cosas; o, acomodado más propiamente a la piedad y verdad católica, cantó San Próspero en el libro De providentia: Mas en ningún lugar deja de estar Dios; porque todo él está en todas partes, y libremente penetra y rodea todos los miembros del mundo.