Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente
Claude Frassen (1620–1711)
Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.
Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)
Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)
Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)
Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt
Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)
Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)
Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi
Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae
Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina
Quaestio II: An theologia positiva sit utilis et necessaria
Quaestio III: An, et qualiter theologia scholastica Ecclesiae Dei prosit
Articulus II: De essentia theologiae
Quaestio I: An theologia Dei et Beatorum sit proprie dicenda scientia
Quaestio II: An theologia Viatorum perfectae scientiae characteres habeat
Quaestio III: An theologia nostra perfectae sapientiae titulo glorietur
Quaestio IV: An theologia nostra subalternetur scientiae Dei, et Beatorum
Quaestio V: Quodnam sit obiectum theologiae nostrae
Articulus III: De proprietatibus, et praecipuis characteribus nostrae theologiae
Quaestio I: An theologia nostra sit speculativa, vel practica
Quaestio II: An theologia nostra sit habitus supernaturalis
Quaestio III: An theologia nostra certior sit, et dignior scientiis naturalibus
Quaestio IV: An theologia nostra sit argumentativa, et adhaesiva
Quaestio V: Quinam sint loci ex quibus theologia argumenta sua depromit
Introductio II: Primi libri Sententiarum methodica explanatio
Tractatus I: De Deo in se subsistente
Disputatio I: De existentia et essentia Dei
Articulus I: De existentia Dei
Quaestio I: An, et quomodo nobis constet Deum existere
Quaestio II: An Deum existere sit per se notum
Quaestio III: An et quomodo demonstrari possit Deum existere
Quaestio IV: Quibus rationibus demonstrari possit Deum existere
Quaestio V: An et quomodo probari possit unicum esse Deum
Articulus II: De essentia, seu de praedicatis quidditativis Dei
Quaestio I: An et quomodo Deus possit definiri
Quaestio II: An rationes Entis, et Existentiae essentialiter Deo competant
Quaestio III: An Deus sit substantia completa, spiritualis, vivens
Articulus III: De ratione formali constitutiva, et ultimo distinctiva essentiae divinae
Quaestio I: An essentia divina ultimo constituatur, et distinguatur per Aseitatem, et Intellectionem, alterutro ex tribus modis statim assignatis
Quaestio II: Quaenam sit ratio formalis ultimo constitutiva, et distinctiva Dei
Disputatio II: De perfectionibus divinis in communi
Articulus I: De divinarum perfectionum conceptu, numero, et praecellentia
Quaestio I: Quot, et quae sint divinae essentiae perfectiones
Quaestio II: Quot, et qualiter divinae perfectiones essentiae divinae competant
Articulus II: De divinarum perfectionum identitate, et distinctione
Quaestio I: An divina attributa idem sint realiter cum essentia divina, an solo nomine ab ea diversa
Quaestio II: An attributa divina tum inter se, tum ab essentia formaliter, et actu distinguantur
Disputatio III: De perfectionibus modificantibus divinam essentiam, seu de attributis negativis
Articulus I: De simplicitate divina
Quaestio I: An Deus sit omnino simplex, et in quo formaliter consistat eius divina simplicitas
Quaestio II: An Deus omnem compositionem realem excludat
Quaestio III: An Deus omnem compositionem metaphysicam excludat
Quaestio IV: An summa simplicitas soli Deo conveniat
Articulus II: De infinitate Dei
Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse infinitum
Quaestio II: An, et quomodo Deus ratione suae infinitatis omnes omnino perfectiones contineat
Articulus III: De immensitate Dei
Tal es la afinidad y conexión entre la infinitud y la inmensidad divinas, que los Santos Padres emplearon a veces el nombre de una u otra para significar la perfección incomprehensible de Dios; pues la voz inmenso, según su uso primario, designa lo mismo que aquello que no tiene medida, y por tanto coincide con infinito. No obstante, ya prevaleció entre los Teólogos el uso de emplear el vocablo Inmensidad para designar como una difusión de la substancia infinita de Dios, mediante la cual Dios excede por todas partes los límites de este universo, y tiene de sí la virtud de hacerse presente a cuantas criaturas haya, incluso producidas hasta el infinito, sin mutación local alguna suya; y por la cual sucede que, de hecho, se halle como difundido y en todas partes íntima y penetrativamente presente a todas y cada una de las partes del mundo.
Sin embargo, en esta divina Inmensidad erraron de varios modos los diversos autores; pues no solo fue ciego el error impío de algunos que decían, con Job cap. 22: Dios pasea en torno a las extremidades del cielo y no considera lo nuestro; sino que también fue sentencia de los antiguos Filósofos que Dios estaba en el primer Cielo, y en la parte Oriental, de suerte que, como primer Motor de todos, residiera en esa parte, de donde había de comenzar el movimiento celeste. Y no solo fue falsa opinión del vulgo de los Filósofos; es más, en la misma incurrieron también los Príncipes de la Filosofía; pues, como observa Justino Mártir en el Paraenético, Aristóteles, en cuanto que había visto con mayor exactitud que Platón las cosas que están en el cielo, no dijo, como aquél, que Dios estaba en una substancia ígnea, sino que afirmó que Él versaba en un quinto elemento etéreo.
De donde no es de extrañar que los Poetas, que distribuyeron impíamente el sumo Numen en muchas partes, asignaran así a cada Dios sedes propias, de modo que Júpiter presida tan solo sobre las estrellas, Juno sobre el aire, Vulcano sobre el fuego, Neptuno sobre las aguas, Ceres sobre la tierra y Plutón sobre los infiernos, y mandara en ellas. — Pero apenas puedo admirarme lo bastante de que los Judíos, ilustrados con los oráculos de los Profetas, sin embargo disiparan hasta el punto de juzgar que Dios estaba presente en el templo de Jerusalén de tal manera que, según refiere S. Jerónimo acerca de aquel pasaje de Isaías 66: El cielo es mi silla, etc., creyeran que Él estaba substancialmente ausente de las demás partes del mundo. — Mas parece que erró más torpemente que todos Agustín Steuco de Gubbio, quien, aunque varón católico, y nada rudo en Teología, y además nutrido en el seno de la Romana Iglesia, esto es, en la ciudadela de la Fe y de la Religión, con todo, al explicar este versículo del Salmo 138.: Has entendido mis pensamientos de lejos, es decir, dice, desde el Cielo, lugar que no está más alejado de la tierra que otro alguno, también eso es lo más admirable y el máximo testimonio de la ciencia divina; pues es también completamente increíble y máximamente estupendo que, estando Dios, cuya morada dista más lejos de la tierra que el oriente del ocaso, permaneciendo allí con todo, vea cuanto se hace en el cielo y en la tierra, según el consenso de todas las gentes y de los hombres antiquísimos, como dice Aristóteles. El mismo, al explicar este verso: Si subiere al cielo, tú allí estás, dice: Así, pues, como el Sol está en el cielo por su cuerpo, y por su sitio y estación, e ilumina con sus luces las tierras, providenciándolo todo: tal hemos necesariamente de pensar a Dios, que ciertamente está en el cielo por su esencia y presencia; mas su Espíritu, y su conocimiento, y su ciencia alcanza por doquier. — Contra este gravísimo error, empero, la Verdad Cristiana pronuncia distintamente (dice Cornelio Mucio lib. De Divina Historia): Dios está en todas partes, o absolutamente no existe. Si le negares la Inmensidad, arrebatarás la Divinidad. Y para que esta verdad aparezca más evidentemente, deberá ponderarse en las siguientes Cuestiones.
Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse immensum, et ubique
Advertencia 1. Que esta sea la distinción entre la Presencia, la Ubicuidad y la Inmensidad de Dios: que la Inmensidad es la virtud y capacidad infinita de la entidad divina, por la cual Dios, por su naturaleza, tiene el poder de presentarse íntimamente presente a todas las criaturas, aun cuando existieran infinitas en número y especie; la Ubicuidad, en cambio, es el mismo derramamiento actual de Dios sobre todas las criaturas existentes, y como una difusión sustancial de Él mismo en cada una de las partes del mundo; la Presencia, empero, no solo es el íntimo derramamiento sustancial de Dios, sino también su especial asistencia y operación en algún lugar. Así, 2 Macabeos, cap. 15: Judás y sus soldados derribaron no menos de treinta y cinco mil, regocijados magníficamente por la presencia de Dios.
Advertencia 2. Que puesto que pueden distinguirse cuatro grados y órdenes de los entes, a saber: de naturaleza, de gracia, de gloria y de divinidad, también puede distinguishse cuádruple la residencia de Dios y su existencia o presencia en otro: La primera es entitativa, y se realiza por la exuberante efusión de su Entidad Divina en cada una de las partes del mundo, diciendo Él mismo, Jeremías 23: Yo lleno el cielo y la tierra. La segunda santificante, por la cual se realiza mediante la difusión de la caridad y de la gracia, con la cual Dios inexist de modo especial en las almas de los justos, diciendo Cristo, Juan 14: Si alguno me ama... mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. La tercera beatificante, que se realiza por el efluvio de la felicidad y dicha divina hacia todos los Bienaventurados; de la cual David, Sal. 5: Se regocijarán eternamente, y habitarás en ellos. La cuarta, finalmente, es divina, y se realiza por la especial inexistencia de las Personas divinas. Esta, a su vez, puede distinguirse doble: a saber, personal, por la cual el Verbo divino está especialmente presente en la humanidad que asumió mediante la unión hipostática; pues en Cristo, dice San Pablo a los Colosenses 2, habita corporalmente toda la plenitud de la Divinidad; y otra esencial, por la cual las Personas divinas inexisten mutuamente una en otra, diciendo Cristo, Juan 14: Yo estoy en el Padre, y el Padre está en mí.
Advertencia 3. Que la presencia y residencia natural puede de nuevo distinguirse triple, según los tres modos por los cuales acostumbra decirse que Dios está presente a todas las cosas existentes, a saber: por Esencia, por Potencia y por Presencia. Estos modos de existencia los interpreta así Santo Tomás, Prima parte, q. 8. art. 3., de modo que se dice que Dios está en las cosas por Esencia, porque da el ser inmediatamente a todas; por Potencia, sin embargo, porque todas están sometidas a su potestad e imperio; por Presencia, finalmente, porque todas están desnudas y abiertas ante su vista, y nada le queda oculto. Lo explica con el ejemplo de un Rey, que está presente por potencia en todo su reino, pues todos los habitantes del reino se someten a su imperio; pero está por presencia en la cámara real, porque todo lo que en ella se hace queda patente a sus ojos; y está por esencia y substancia en su trono, pues en él reside toda su substancia. Pero Durando y Aureolo rechazan con razón esta explicación; en efecto, si Dios estar en las cosas por Presencia fuera lo mismo que tener las cosas en su vista, se seguiría que Dios está en las cosas no solo cuando son, sino incluso antes de que existan, puesto que el entendimiento divino aprehende y llama a las que no son como si fueran las que son. Añádase que lo conocido está en el que conoce, pero no el que conoce en lo conocido. Lo mismo debe decirse de la Potencia, pues ésta no solo se extiende a las cosas presentes, sino también a las futuras. Igualmente se rechaza esta explicación en cuanto al modo de existir por Esencia, porque que una cosa esté sustancialmente presente a otra no solo es comunicarle el ser —de lo contrario, el Sol estaría en todos los seres sublunares a cuya producción concurre—, sino que además se requiere la indistancia de la substancia. — Por tanto, que Dios esté presente a las cosas por Esencia no es otra cosa que inexistir sustancialmente con todas las cosas; por Potencia, sin embargo, lo mismo que producir todas las cosas y conservarlas con continuo influjo; por Presencia, finalmente, lo mismo que tener en su vista todas las cosas existentes y penetrarlas íntimamente con su conocimiento. Pero si Dios realmente inexiste de este triple modo en todas las cosas, ha de resolverse en esta Cuestión.
Conclusión primera. — Dios verdaderamente es inmenso, y está en todas partes presente por Esencia, Potencia y Conocimiento.
Se prueba la primera parte por la Escritura: Sal. 138: ¿A dónde iré lejos de tu espíritu, y a dónde huiré de tu faz? Si subiere al cielo, allí estás tú; si descendiere al infierno, allí estás tú, etc.; palabras que Anastasio de Constantinopla, lib. 2. De la incircunscripción de Dios, afirma rectamente haber de entenderse de la substancia de Dios: Pues aquella Deidad, dice, todo lo penetra y extiende, llenándolo todo con la grandeza de su naturaleza. Lo confirma el mismo Dios, Jeremías 23: ¿No lleno yo el cielo y la tierra? dice el Señor. Así Isaías 66.1: Así dice el Señor: El cielo es mi trono, y la tierra el escabel de mis pies; ¿qué casa me edificaréis vosotros? y ¿cuál es el lugar de mi reposo? A esto concuerda también lo dicho por Salomón en el lib. 3. de los Reyes, cap. 8.: Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte; ¿cuánto menos esta casa que he edificado? Lo mismo insinúa Sófar Naamatita en Job, cap. 11: Es más alto que el cielo, ¿y qué harás? más profundo que el infierno, ¿y cómo lo conocerás? Más larga que la tierra es su medida, y más ancha que el mar.
Lo mismo inculcan los Santos Padres, especialmente Agustín: Dios en todas partes está entero, dice en el libro 7. De Civit., cap. 30., no encerrado en lugares, no atado con ligaduras, indivisible respecto de partes, inmutable en ningún aspecto; llenando el cielo y la tierra con la presencia de su potencia, no ausente, no necesitado por su naturaleza. Y en el 5. De la Trinidad, cap. 1.: Está en todas partes presente sin ninguna situación, conteniéndolo todo sin hábito, en todas partes entero sin lugar, sempiterno sin tiempo. Y en el lib. De la Presencia de Dios a Dardano: Siendo Dios incorpóreo por naturaleza y vivo inmutablemente, permanece en sí mismo con eterna estabilidad, y está presente entero a todas y cada una de las cosas. De donde concluye merecidamente allí mismo: Debe confesarse, pues, que Dios está en todas partes por la presencia de su Divinidad; mas no en todas partes por la gracia de la inhabitación. Los demás Santos Padres firman la misma sentencia con varios argumentos, de los cuales — Algunos prueban la Divinidad a partir de la Inmensidad de las Personas divinas. Así San Basilio, al
principio del Evangelio de Juan, colega que el Padre y el Hijo son verdaderamente Dios: Ni el Padre está en un lugar, dice, ni el Hijo está contenido en región alguna circunscrita o definida: sino que inmenso es el Padre, inmenso asimismo el Hijo: todo aquello que con la mente hayas comprendido, y por dondequiera que haya penetrado tu espíritu, lo hallarás lleno de Dios, encontrarás en todas partes simultáneamente extendida la hypóstasis del Hijo. Con el mismo argumento San Atanasio, en la Epístola a Serapión, prueba que el Espíritu Santo es Dios: Y si el Hijo, dice, porque no está en lugares determinados, sino que mientras está en el Padre está en todas partes y fuera de todas las cosas, no es criatura; consecuentemente, tampoco el Espíritu Santo será criatura, puesto que no está en lugares determinados, sino que llena todas las cosas, permaneciendo fuera de todas; pues así está escrito: El Espíritu del Señor ha llenado el orbe de la tierra. — Otros colegir de la Inmensidad que Dios es Espíritu: Así San Hilario, lib. 2. De la Trinidad: Porque Dios, dice, es invisible, incomprehensible, inmenso; dice el Señor que ha venido el tiempo en que no en el monte ni en el Templo debe adorarse a Dios; porque Dios es espíritu; y el espíritu ni se circunscribe ni se contiene: porque por virtud de su naturaleza está en todas partes, ni en lugar alguno está ausente, rebosando en todas las cosas. — Algunos demuestran, a partir de la presencia sustancial de Dios en todas partes, que la existencia del Verbo divino en la carne del hombre y su unión nada tienen de vergonzoso ni de increíble: Así San Gregorio de Nisa, en el libro Catequético, cap. 25., tras haber dicho: ¿Quién es de ingenio tan pueril que, mirando al universo, no crea que en el universo está Dios: entrando en él, conteniéndolo y presidiéndolo? pues de Aquel que es penden todas las cosas, ni puede ser que haya algo que, en Aquel que es, no tenga el ser: concluye: por eso si todas las cosas están en Él, y Él está en todas, ¿por qué se avergüenzan de aquel misterio puesto en la Encarnación, que enseña que Dios ha conversado entre los hombres, el cual no se cree fuera del hombre ni ahora siquiera? Porque aunque no es el mismo modo de presencia aquél por el cual Dios está en nosotros, comparado con Éste, sin embargo, que Éste está en nosotros tanto ahora como entonces, lo confiesan todos por igual. — Finalmente, otros colegir que Dios está en todas las criaturas porque de todas es Artífice: Así san Fulgencio, lib. contra el sermón de Fastidioso, cap. 4: De nuestro Dios, dice, esto es, de la misma Santa Trinidad, nada puede separarse localmente, porque el mismo Dios sumo, verdadero y bueno, así como hizo todas las cosas, así las contiene y, inmenso, las llena. Y cap. 6.: La Trinidad, empero, es un solo Dios; así como es eterna, y no hay tiempos coeternos a Ella; así es inmensa, a quien ninguna criatura puede encerrar: y porque es inmensa, en todas partes entera, pues ni es contenida en un lugar, ni se extiende ni se contrae en espacio. En lo mismo concuerda san Ambrosio, lib. 1. De la Fe, caps. 4. y 7: Dios, dice, llenándolo todo, nunca Él es llenado; penetrándolo todo, nunca Él es penetrado; en todas partes entero y al mismo tiempo; ya en el cielo, ya en la tierra, ya en el último mar presente. A éstos acompaña Cirilo de Jerusalén, Catequesis 6.: En lugar ninguno definido, sino artífice de los lugares, existente en todas las cosas y por nadie circunscrito: trono para Él es el cielo, mas excede y transciende al que está sentado; y escabel de sus pies la tierra, mas su virtud llega hasta los abismos. De donde está presente en todas partes.
La Segunda y la Tercera parte no padecen dificultad alguna en su prueba, pues, como habla el santo Pablo a los Hebreos 4, No hay criatura alguna invisible a su vista, antes bien todas están desnudas y abiertas a sus ojos; de donde el Sabio, Eclesiástico, cap. 23., burlándose y reprendiendo al impío que dice: ¿Quién me ve? Las tinieblas me rodean, los muros me cubren, y nadie me mira; ¿a quién temo? El Altísimo no se acordará de mis pecados; añade: Y no entiende que el ojo de Él lo ve todo.... y no conoció que los ojos del Señor son mucho más luminosos que el sol, mirando todos los caminos de los hombres y el fondo del abismo, y contemplando los corazones de los hombres en sus partes ocultas.* Lo mismo patente, y también respecto de la presencia de la potencia; pues las criaturas nada pueden obrar sino con Dios cooperante, porque Dios obra todas las cosas en todas, o, como habla Isaías, Todas nuestras obras tú las operaste para nosotros, Señor; de donde concluye merecidamente santo Pablo, Hechos 7., que Dios no está lejos de cada uno de nosotros, pues en Él, dice, vivimos, nos movemos y somos. Esto es, como lo explica san Crisóstomo, tan cercano está, que sin Él no puede vivirse... Del mismo modo que no puede ignorarse el aire difundido en todas partes, que no está lejos de cada uno de nosotros, sino más bien existe en nosotros; así tampoco el artífice de todas las cosas. Esta semejanza emplea también Anastasio Sinaíta en la segunda de sus contemplaciones sobre el Hexámeron: Del modo que el aire, dice, llena todas las cosas, y no hay lugar vacío de él, etc.; así también el Dios del universo llena todas las cosas, y no hay lugar vacío de Él.
Conclusión segunda. — La inmensidad de Dios también puede probarse por razón natural. Esto es contra nuestro Smisingo, quien en el Tratado 2. Disput. 5. num. 56. afirma que la inmensidad de Dios es más bien creída por fe que demostrada por razón.
Se prueba la conclusión: la Esencia divina no menos debe ser infinita e ilimitada en su virtud y en su capacidad de existir sustancialmente en todas partes, que en sí misma y en sus demás perfecciones; pues la propiedad se conmensura a la naturaleza: pero en las demás es tan infinita que no tiene límite alguno: luego tampoco debe tenerlo en su capacidad de existir en todas partes. La menor es evidente. La mayor se prueba; tanto porque no aparece razón alguna por la cual una propiedad de la esencia divina sea más infinita que otra; como porque si la esencia divina fuese limitada en su presencia, no sería infinita: pues por ello, dice Anastasio, Patriarca de Antioquía, en el libro De incircumscripta Dei essentia, aquello que es terminado por otro declara que la sustancia del que está circundado es circunscrita; mas es cierto que la sustancia divina es infinita e incircunscrita; y ello por razón natural, como arriba demostramos al tratar de la Infinitud divina: luego, igualmente por razón natural consta que ella es inmensa. — Además, a todos les consta que toda perfección que no huela a imperfección debe atribuirse a Dios, y ello en el grado máximo y supremo: pero estar presente a otra cosa es una perfección, y tanto más perfecto se considera a Dios cuanto más amplio lugar ocupa, ya por extensión de cantidad, ya por difusión y aplicación de virtud y operación: luego debe atribuirse a Dios la máxima presencia. Mas la ubiqüidad es la máxima de todas las presencias: luego debe atribuirse a Dios. — Finalmente, si Dios no fuese inmenso, sino sólo en un lugar determinado, podría moverse de un lugar a otro, y así sería mutable: pero por razón natural consta que Dios no es mutable: luego consta que Él es inmenso.
Replica 1. Smising dice que de la infinitud no puede concluirse la inmensidad, sino porque la propiedad debe conmensurarse a la esencia, y cuanto más perfecta es la esencia, tanto más excelente debe ser también la propiedad: pero este principio, dice, es falso; pues aunque el hombre sobrepuje en esencia a los brutos, sin embargo los brutos aventajan al hombre en propiedades; puesto que las propiedades o facultades sensitivas son mucho más excelentes en algunos brutos que en los hombres, pues En oído el Asno, en vista el Lince, en gusto el Simio, en olfato el Buitre, en tacto la Araña sobresale.
Contra: Del mismo modo se tiene la infinitud respecto de la esencia y las propiedades divinas, como la finitud respecto de la esencia y las propiedades creadas: pero ésta limita así las propiedades de las criaturas, que ninguna es ni puede ser infinita: luego del mismo modo la infinitud hace que ninguna perfección de Dios pueda ser finita: mas su presencia sería finita si no fuese inmensa, como consta: luego etc. — Además, si la presencia divina no fuese inmensa, la esencia divina no sería infinita simpliciter, sino sólo secundum quid; pues aquello es infinito sólo secundum quid que no es infinito según todo su modo y toda perfección a él realmente identificada: pero la esencia no sería infinita según la perfección de presencialidad y de capacidad de existir en otras cosas: luego sería infinita sólo secundum quid. Ni sus argumentos impiden nada, pues como las facultades sensitivas no se identifican con la esencia humana, sino que se distinguen realmente de ella, y dependen de la disposición de los órganos, no es de extrañar que no se conmensuren a la perfección de la esencia humana. — Añádase que, aunque quizá en lo creado no valiera la inferencia de una propiedad más perfecta a partir de una esencia más perfecta, porque como lo creado admite el más y el menos, uno de ellos puede tener mayor perfección y otro menor, aun cuando se identifiquen realmente; pues para tal diversidad de perfección basta la distinción formal: el entendimiento, según la sentencia del Doctor, es menos perfecto que la voluntad, aunque con ella se identifique realmente en el alma; pero no ocurre así en lo divino, donde todo es infinito, y lo infinito no admite mayor ni menor; y por ende de la perfección infinita de uno se infiere rectamente la perfección infinita del otro.
Replica a la segunda razón, que la mayor presencia no arguye una perfección más excelente en la cosa; pues ciertamente el alma racional y los Ángeles ocupan menor lugar, y por consiguiente tienen menor presencia que las cosas corpóreas, y no por eso son menos perfectas que éstas.
Contra: La mayor presencia arguye mayor cantidad, sea de magnitud, sea de virtud; aunque la mayor cantidad de magnitud no siempre implica mayor perfección —pues el hombre es más excelente que un monte, aun cuando sea menor que él—, sin embargo la cantidad de virtud indica una esencia más perfecta: luego como los Ángeles y el alma racional tienen mayor cantidad y presencia de virtud, rectamente se infiere también que ellos son más excelentes, y de su naturaleza y virtud más excelentes se infiere asimismo rectamente su mayor presencia.
Subsume: Ciertamente se infiere rectamente de la mayor cantidad de virtud la mayor presencia y difusión de potencia y actividad; pero no de naturaleza y sustancia: y por ende de ello se inferirá ciertamente que Dios, en cuanto infinito, tiene virtud, mas no sustancia difundida por doquier.
Contra: De ello se sigue que la naturaleza más excelente debe tener un modo de presencia más excelente y más noble, que no le repugne: pero el modo de existir presente por doquier mediante la difusión de sustancia y virtud es más excelente que la sola presencia de virtud; ni alguno de ambos modos repugna a Dios, antes bien lo ennoblece en sumo grado: luego ambos modos de existir por doquier deben atribuirse a Dios mediante esencia y potencia. — Se confirman las razones precedentes: O Dios está en ninguna parte, o sólo en algún lugar, o en todas partes: mas no puede decirse que esté en ninguna parte, ni tampoco sólo en algún lugar: luego necesariamente está en todas partes. La mayor es evidente. La menor se prueba en cuanto a la primera parte, tanto por aquel célebre dicho vulgar de los filósofos, de que lo que está en ninguna parte no existe; como porque estar presente a otra cosa es una perfección, y consecuentemente no debe negarse a Dios. — También se prueba la misma Menor en cuanto a la segunda parte: Lo que está sólo en algún lugar está allí por naturaleza y necesariamente, o por voluntad y libremente: pero de ningún modo puede decirse que Dios esté en un lugar determinado. No libremente, pues de otro modo podría moverse de un lugar a otro; y así sería mutable. Tampoco necesaria y naturalmente; pues una sustancia puede estar necesaria y naturalmente en un lugar determinado sólo por triple causa, a saber: o para conservarse y reposar allí, o para perfeccionarse en él, o para operar y producir algunos efectos que no pudiera producir en otra parte; pero de ninguno de estos modos puede Dios estar en un lugar determinado. No en verdad para conservarse, porque siendo causa primera, es absolutamente independiente. Tampoco para perfeccionarse, pues Él mismo es fuente y origen de todas las perfecciones. Y finalmente no para operar, porque, como se probará en la Quaestio siguiente, bajo la hipótesis de que no estuviese en algún lugar, no obstante podría operar en él. Luego, como Dios no está en ninguna parte ni sólo en algún lugar, es necesario que esté en todas partes.
Dirás 1. Por San Agustín, lib. 83 Quaestionum, q. 20, en Dios están más bien todas las cosas que Él en algún lugar: luego si Dios está en todas las cosas, todas las cosas están en todas; y así lo mismo estará en sí mismo; mas esto es absurdo: luego Dios no es inmenso.
Respondo, que de un modo están todas las cosas en Dios, y de otro modo Dios está en todas las cosas existentes: pues todas las cosas están en Dios, como el efecto en la causa, como lo conocido en el conocente, y como el ente participado en el ente primerísimo y óptimo entre todos; pero Dios está en las cosas no como en un lugar, sino mediante la presencia real de su sustancia y su indistancia; y así no se sigue que lo mismo esté en sí mismo, porque las cosas no están del mismo modo en Dios, como Dios mismo está en las cosas. De ahí que añade allí mismo Agustín: Nec tamen ita sunt in illo, ut ipse sit locus. Locus enim in spatio est, qui longitudine, latitudine et altitudine corporis occupatur; nec Deus tale aliquid est. Et omnia igitur in ipso sunt, et locus non est.
Dirás 2. Si Dios estuviese en todas las cosas, mudaría; pero la consecuencia es contra aquello de Malaquías: Yo soy Dios y no me mudo: luego no está en todas las cosas. Se prueba la consecuencia de la mayor: muchas cosas se producen de nuevo y perecen; luego si Dios inexistiera en ellas, adquiriría una presencia nueva y perdería otra.
Distingo el antecedente: Que mudase enteramente de modo extrínseco y solo terminativo, lo concedo; que mudase intrínseca y formalmente, lo niego; pues como no tiene respecto real ni al lugar ni a las cosas en que está presente, al modo que lo tienen las criaturas, tanto corporales como espirituales, por ello, ante el cambio del lugar o de las cosas, no se muda realmente, sino que solo se mudan las cosas, que comienzan o cesan de ser
presentes a Dios, sin que en Dios se haga mutación alguna, del mismo modo que se dice que el Creador está presente sin mutación real suya alguna.
Dirás 3. Si Dios estuviese en todas partes, se seguiría que Dios está no solo en lugares fétidos, sino también en los demonios y en los condenados; pero la consecuencia parece absurda, luego también el antecedente. — Distingo la consecuencia de la Mayor: Que estuviese en los lugares fétidos de suerte que en ellos se contaminase, y que estuviese en los demonios por concesión de su gracia o de su bienaventuranza, lo niego; que estuviese en ellos por la indistancia de su sustancia, lo concedo; Pues así como el alma racional, dice San Agustín en el libro De agone Christiano, capítulo 18, no se contamina en un cuerpo incluso leproso, porque es sustancia espiritual; mucho menos Dios, puesto que está más lejos de toda materia separada, puede contraer de su presencia inmundicia alguna en las cosas corporales. O como respondió San Macario, homilía 7, a quienes preguntaban si Dios estaría en Satanás: Puesto que el Sol, dice, aunque sea criatura, baña con su luz los lugares sucios, sin sufrir daño alguno, mucho más la divina Majestad trata así con Satanás, que ni se contamina, ni concibe de allí mácula alguna.
Dirás 4. Aquel de quien se dice que se acerca o se aleja, que desciende y anda, que está de lejos y conoce, no debe reputarse omnipresente; pero toda la Escritura Sagrada predica esto de Dios. En el salmo 9: ¿Por qué, Señor, te has alejado lejos? En Proverbios 13: Lejos está Dios de los impíos. En Génesis 3 se dice que los primeros Padres oyeron la voz de Dios que andaba en el Paraíso, etc. — Respondo: Todo esto debe entenderse por metáfora, y que la Sagrada Escritura nos presenta a Dios bajo estas figuras por causa de una instrucción más fácil, a saber, para enseñarnos ora cuánto detesta Dios el pecado, ora que no profiere sentencia con juicio precipitado, sino templado, y conocida y examinada la causa; de donde Agustín, Sermón 70 De tempore: Mira, dice, que no concibas ascensión y descensión local. Es indigno esto de la Substancia incorpórea y toda ella omnipresente; pero se dice que Dios desciende cuando se digna tener cuidado de la fragilidad humana. — En el mismo sentido fue Filón Judío, en el libro De confusione linguarum, donde, explicando aquellas palabras en que se dice que Dios descendió para ver la torre que edificaban los hijos de Adán, afirma que esto se escribe a la manera humana, no según la verdad de la cosa; ¿Quién, dice, ignora que quien desciende debe abandonar un lugar y ocupar otro? Mas Dios llena todas las cosas, circundando, no circundado; le acontece estar en todas partes y en ninguna; de donde concluye: Ninguno, pues, de los nombres que significan progresión y movimiento conviene a Dios, como arriba, abajo, a la derecha, a la izquierda, delante, atrás; pues en nada de lo dicho es concebido, como quien nunca mudó de lugar.
Dirás 5. Dios se dice estar especialmente en el cielo, por exclusión de su presencia en otra parte. Así, salmo 113: El cielo del cielo es del Señor, mas dio la tierra a los hijos de los hombres: luego no está en todas partes. — Respondo: que esto debe entenderse no absolutamente, sino comparativamente; o, dice San Atanasio en el libro contra Sabellianos, para que, por la majestad de la morada, su infinita dignidad se explique más fácilmente a los hombres rudos. O para que se insinuara a los idólatras que el cielo no es Dios, Porque el cielo se llama casa y solio de Dios, dice Justino Mártir, en respuesta a la q. 5 de los Griegos, no porque Dios necesite de él para habitar o sentarse, como quien en nada está circunscrito y de nada carece, sino para que, mirando a aquella amplitud de substancia y a su esencia incorrupta, no sospechemos que el mismo cielo, u otro honrado con igual honor, sea Dios. O, como dice Teodoreto sobre el salmo 122: Se dice que Dios habita en los Cielos, no como circunscrito en un lugar, sino como tratando con las virtudes celestes que habitan los Cielos; o porque, dice Alcuno, libro 2 De Trinitate, capítulo 5, mayor conocimiento hay en los Cielos de aquella suma majestad y esencia, en los Ángeles o en las santas almas de los Santos, que en los Santos que habitan en la tierra. Y finalmente, dice San Dámaso, libro 5, c. 16: Se dice que Dios habita en los Cielos porque aquel lugar es más partícipe de su operación y de su gracia. En él están los que hacen su voluntad.
Dirás 6. Muchos de los santos Padres juzgan que Dios solo está presente por su sustancia en el cielo, pero en otras partes solo por conocimiento y potencia; así San Clemente Alejandrino, libro 2 de los Stromata: Me acerco, dice el Señor; ciertamente por la sustancia estoy lejos: ¿cómo lo engendrado se acercaría al ingénito? Pero estoy cercano por la potencia, con la cual abraza en su seno el universo. Y en el libro 5, refutando a los estoicos, que afirmaban que Dios era cuerpo y espíritu: Aquellos, dice, afirman que Dios penetra toda sustancia: nosotros, empero, decimos que él solo es el autor de ella. Asimismo Justino Mártir, en respuesta a la undécima cuestión de los Ortodoxos, dice: Las demás cosas, que se dicen contener algo, son contenidas por esta esencia; solo Dios, empero, contiene por su voluntad esta universalidad de las cosas. A estos concuerda Lactancio, libro De Opificio Dei, capítulo 16, donde parece circunscribir a Dios en el Cielo: Parece, en efecto, que la mente, que tiene el dominio del cuerpo, está constituida en la cabeza suprema; así como Dios en el Cielo; luego juzgan que Dios no está en todas partes. — Respondo que esta no fue precisamente la sentencia de los dichos Padres: no ciertamente la de Clemente Alejandrino, pues en el libro 7 de los Stromata, hablando del varón bueno y santo, dice: De tal manera es aquel a quien está persuadido que Dios asiste en todas partes, y no que está encerrado en lugares ciertos y determinados. Y tampoco fue igualmente esa la mente de San Justino, tanto porque él no es autor del dicho libro de cuestiones y respuestas a los Ortodoxos, sino algún anónimo, cuanto porque arriba quedó patente que constantísimamente profesa a Dios presente en todas partes. Lactancio igualmente puede explicarse también convenientemente, queriendo que solo se derribe el necio fingimiento de los estoicos, que aseguraban que el mundo era cuerpo de Dios, y que este estaba difundido por los elementos y las demás partes del universo, como en otros tantos miembros que movía y animaba; y para refutarlo dice que Dios está en el Cielo, como el alma del hombre en el cerebro. No porque juzgue que el alma reside substancialmente solo en el cerebro, sino tan solo que allí ejerce sus operaciones más nobles; por la cual razón dijimos también arriba que Dios reside especialmente en el Cielo.
Dirás por último. Si la divina inmensidad pudiese probarse por alguna razón natural, no habría pasado desapercibida a los filósofos más peritos; pero pasó del todo inadvertida a ellos mismos, como se dijo arriba; luego no es naturalmente conocida. — Respondo distinguiendo la menor: que a los filósofos más peritos, abusando de la luz natural, les pasó inadvertida la divina inmensidad, lo concedo; que les pasó inadvertida a aquellos que usaban rectamente de la razón natural, para descubrir, según sus fuerzas, las perfecciones divinas, lo niego. Pitágoras, en efecto, filósofo, dice Salviano al principio del libro primero De providentia, a quien la misma Filosofía recibió como a su maestro, discurriendo sobre la naturaleza y los beneficios de Dios, así habló: Dios es un espíritu que recorre y está difuso por todas las partes del mundo, del cual todas las cosas que nacen, incluso los animales, captan su ser. A lo mismo mira lo que dice Trimegisto, afirmando que Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. Más aún, el mismísimo Aristóteles, en el libro 1 De Anima, capítulo 5, indica que Dios está presente en todas partes; pues alaba el dicho de Heráclito, el cual, habiéndose encerrado en una tahona en tiempo de invierno, y viendo que llegaban sus amigos y que les pesaba, y por eso no querían acercarse más a él, los exhortó a entrar audazmente, Porque también aquí, dice, está presente Dios. Son trilladas también aquellas palabras del Poeta Virgilio en las Geórgicas 4: Pues Dios va por todos los ámbitos de la tierra y del mar, y por el hondo cielo. Y no menos aquello de Arato: Cualquier cosa que ves es Júpiter: de Júpiter están llenas todas las cosas; o, acomodado más propiamente a la piedad y verdad católica, cantó San Próspero en el libro De providentia: Mas en ningún lugar deja de estar Dios; porque todo él está en todas partes, y libremente penetra y rodea todos los miembros del mundo.
Quaestio II: An recte inferatur Dei praesentia secundum essentiam in omnibus rebus ex illius in ipsis operatione
Celebrísima y famosa es entre el Doctor Sutil y el Angélico, y sus secuaces, la controversia en torno a la resolución de la presente cuestión. En efecto, Santo Tomás 1. p. q. 8. art. 1. afirma que de la operación de Dios en todas las cosas se infiere recta y necesariamente su presencia sustancial en ellas; mas el Doctor Sutil, en 1. dist. 37. q. única, niega que esa sea una ilación legítima, y sostiene que si, por imposibilidad, Dios, v. gr., estuviese solo presente en el Cielo por esencia, con todo podría obrar en las demás partes del universo; y así, de su operación en algún lugar no se sigue, por consecuencia formal, que esté allí presente sustancial y esencialmente: para que esta contienda se dirima más evidentemente
Nótese 1. Los agentes, considerados según el variado modo de obrar, pueden distinguirse de doble género. Pues algunos actúan sobre el sujeto próximo y el remoto con la misma potencia y acción indistinta; pero más perfectamente sobre el próximo que sobre el remoto. Así v. gr. el Sol ilumina con la misma difusión de luz y por la misma virtud iluminativa los cuerpos celestes y los sublunares: pero a estos menos que a aquellos. Otros hay, en cambio, que no solo obran sobre el sujeto próximo y el remoto con acción diversa, sino también con potencia distinta, de las cuales una está tan subordinada a la otra, que la posterior no obra en lo distante sin que la anterior haya obrado antes en el medio próximo; así v. gr. el Sol, por su virtud iluminativa, baña primero de luz el aire; luego, por su virtud sustancial, concurre a la producción de los seres vivos, especialmente de algunos imperfectos, así como a la formación de los minerales.
Nótese 2. El agente, con respecto al paciente en el cual opera inmediatamente y al cual alcanza, puede asimismo distinguirse de dos modos; pues otro es lo inmediato por inmediación de virtud, y otro por inmediación de supuesto. Lo primero es aquello que tiene de su propia naturaleza la virtud de obrar, propia suya y no pedida a otro. Así el Sol obtiene de sí mismo su virtud iluminativa; los demás cuerpos celestes, en cambio, se la toman prestada de él. De ahí que cuanto más elevado es un agente, tanto más inmediato es por inmediación de virtud; y por eso Dios es el agente inmediatísimo, porque tiene de sí mismo la virtud de obrar, enteramente independiente y no pedida a nadie. — Se dice agente inmediato por inmediación de supuesto aquel entre el cual y el efecto producido ningún otro supuesto media como coagente; de donde resulta que, entre los agentes creados, cuanto más bajo es el agente, tanto más inmediato es.
Nótese 3. Que en Dios se distinguen dos géneros diversos de operaciones, algunas de las cuales son inmanentes, así llamadas porque el término por ellas producido permanece fuera del seno de la divinidad, cuales son la generación eterna del Verbo, la espiración del Espíritu Santo, las intelecciones divinas, voliciones, etc.; otras transeúntes, así dichas porque por ellas Dios produce algo fuera de sí; cuales son la creación del mundo, su conservación, etc. No de las primeras, sino de las segundas aquí se trata, a saber, si de ellas puede coligirse por consecuencia formal que Dios está presente en algún lugar, porque allí obra.
Conclusión única. — Si, por imposibilidad, Dios estuviese tan solo esencial y sustancialmente en el Cielo, con todo podría obrar por inmediación de virtud en las demás partes del universo.
Esta es la doctrina del Doctor en el lugar citado.
Se prueba primero: La criatura puede obrar y producir algo donde no está presente inmediata ni sustancialmente. Luego mucho más podría Dios obrar donde no fuese sustancialmente. La consecuencia es patente, pues mayor es la virtud de Dios que la de la criatura. El antecedente se prueba con varios ejemplos; en efecto, el Sol, aunque resida sustancialmente solo en el cuarto Cielo, con todo difunde su virtud por todas las partes del mundo. Igualmente el Imán mueve y atrae el hierro distante, el Ámbar atrae las pajas, el Basilisco mata con su mirada a los hombres distantes, la Torpedo mortifica la mano del pescador que toca la red en la cual queda encerrada, y otras cosas semejantes a estas, con las cuales, en nuestra Física, Disputación De la causa eficiente, probamos que la causa creada puede obrar a distancia sin obrar en el medio con la misma acción; y con ello dimos respuesta suficiente a todas estas objeciones opuestas a la verdad. Luego, puesto que de la operación de un agente creado sobre algún paciente no se sigue necesariamente su íntima presencia según la sustancia, mucho menos debe inferirse por consecuencia formal la presencia sustancial de Dios a partir de su operación en algún lugar. — Se confirma por el Doctor en el mismo lugar, n. 2.: Por eso la causa segunda no puede obrar a distancia sin obrar en el medio, o bien porque en ella hay dos potencias y operaciones, de las cuales una debe terminarse en el medio antes de que la otra se extienda a lo distante; o bien porque la misma potencia no puede producir un efecto perfecto en lo distante sin haber producido antes uno menos perfecto en el medio más próximo, como se dijo en el primer Notable: mas en Dios ni existen aquellas potencias múltiples subordinadas, de las cuales una obre en lo remoto y otra en lo próximo; ni necesita Él, para producir el efecto perfectísimo, producir antes, a modo de disposición, uno menos perfecto. Luego, si no estuviese en todas partes, podría obrar y producir a distancia, sin obrar en absoluto en el medio.
Replican los adversarios: que no se ha asignado la causa adecuada en el Mayor: pues no solo por esto carece la causa de poder obrar a distancia sin obrar en el medio, porque en ella hay subordinación de potencia y operación, sino también por otras razones, que han de asignarse en las objeciones. Mas todas ellas las resolveremos en las respuestas.
Segundo: La Omnipotencia de Dios es su voluntad, al cuyo querer sigue la producción de la cosa; Todo cuanto quiso, lo hizo el Señor en el Cielo y en la tierra, dice el Salmista; o, como habla San Pablo, Obra todas las cosas según el consejo de su voluntad: mas la voluntad puede querer que algo se haga en un lugar distante, sin que quiera que se haga en un lugar más cercano: luego Dios podría obrar donde no estuviese; y así, de su operación no puede inferirse formalmente su presencia sustancial. La mayor consta por los lugares de la Escritura aducidos antes, y constará más evidentemente al tratar de la Omnipotencia de Dios. La menor es asimismo evidente, pues si por mi volición pudiera yo producir alguna cosa, es cierto que podría querer que ella se hiciese en un lugar distante, aunque nada se produjese en el medio.
Tercero: Antes de la producción del mundo, Dios no estaba presente a cosa alguna; sino que fue necesario que alguna cosa fuese producida por Él antes de que se hiciese presente a Él: luego la presencia sustancial a alguna cosa no es condición necesariamente prerequisita para la producción de la misma cosa; ni de ella se infiere rectamente que Dios está sustancialmente presente a ella. Se confirma. Por naturaleza, la criatura termina el acto de la potencia divina antes de que Dios esté presente a ella; pues la presencia, como es una relación, supone un término y un fundamento: luego la producción de la cosa no supone la presencia de la sustancia del productor, ni legítimamente se infiere de ella aquí.
Cuarto: Cuanta mayor actividad tiene un agente, tanto más obra en lo distante; pues cuanto mayor es el fuego, tanto más lejos difunde su calor: pero Dios es el agente potentísimo y de virtud infinita: luego si, por imposible, distase de alguna cosa, no menos podría obrar en ella; de otro modo su virtud estaría determinada al lugar y limitada: y así no sería infinita, ni divina.
Respondo: Ciertamente la mayor es verdadera, no absolutamente sino con esta condición: que el agente difunda antes su virtud en lo próximo que en lo remoto; así, dicen, el fuego no difunde su calor en el sujeto distante sino en virtud del aire intermediario. — En contra: Esa mediación no procede de la razón intrínseca del agente en cuanto agente, sino de cualquiera de aquellas condiciones que asignamos en el segundo Notable, las cuales, como no tienen lugar en Dios, tampoco impiden que pueda obrar en lo distante independientemente del medio. Puesto que el Sol, v. g., concurre a la formación de los minerales y de los seres vivientes, los cuales no forma en el aire intermediario, es evidente que tiene alguna acción en lo remoto que no tiene en el sujeto próximo. Luego consta que la inmediación del sujeto y del agente no ha de desearse necesariamente para la producción de la cosa. — Todas las razones precedentes se confirman con el ejemplo del Ángel. Un Ángel puede imprimir a otro algún efecto espiritual, aun cuando disten entre sí; pero esta impresión se hace independientemente del medio, como incapaz de tal efecto espiritual, porque es corporal, como enseña S. Tomás en prima parte q. 107. art. 1. ad 3., donde afirma que los Ángeles se hablan mutuamente, no solo queriendo que el concepto de uno sea patente al otro, sino también —dice— excitando al otro a atender mediante alguna virtud inteligible impresa en él, por la cual sea movido su entendimiento, como el sentido es movido por lo sensible. Además, en el art. 2. ad 11 enseña que los Ángeles infunden ciencia en las almas separadas, infundiendo sin duda en ellas las especies inteligibles independientemente —dice— del medio diferente: luego el Ángel, al menos, aun según la mente de los adversarios, puede obrar en lo distante sin obrar en el medio; ni es necesario que dos espíritus que se hablan mutuamente deban ser totalmente inmediatos, de modo que ni un átomo de aire se interponga, como dice Suárez en Metaphysica, Disputación 18. núm. 16.; y consecuentemente Dios mucho más podría realizarlo, si de alguna cosa fuese ausente.
Objeción 1. La Sagrada Escritura recoge la presencia divina de la operación de Dios en algún lugar: luego con razón se infiere de ella. Se prueba el antecedente, primeramente, por las palabras del Salmista, quien, habiendo dicho en el Salmo 138: ¿A dónde me iré de tu espíritu, y a dónde huiré de tu rostro?, infiere enseguida: Si subiere al cielo, allí estás tú; si descendiere al infierno, ahí estás; y declarando con estas palabras la ubicuidad de Dios y abriendo su razón, añade: Pues allá tu mano me conducirá, y tu diestra me tomará; pero por la mano y la diestra de Dios se significa frecuentemente en la Escritura su operación: luego la Escritura recoge la presencia de Dios en todas las cosas de su operación. — Se confirma por Hechos cap. 17, donde S. Pablo, disputando con los atenienses, concluye que Dios no está lejos de cada uno de nosotros, porque —dice— en él vivimos, nos movemos y existimos; o como traducen Pagnino y otros, porque por él vivimos, de donde glosa: porque él obra en nosotros aquello que vivimos: luego es necesario que el Espíritu Santo por boca de David y de Pablo (dice Molina aquí, Disputación 2.) haya vuelto inepta la razón e ineficaz el argumento para probar la presencia de Dios en las cosas: y así —dice— hay que confesar que de la operación inmediata de Dios en algún lugar se concluye suficientemente la presencia de Dios en las cosas, y la sentencia contraria no. — Respondo 1. negando el antecedente, y a su primera prueba digo que el Salmista solamente pretende allí que Dios está en todas partes por su ciencia y providencia; tanto que nadie haya que pueda substraerse a su divina ordenación y disposición. — A la confirmación digo que el santo Pablo sólo quiere decir que puesto que en Dios vivimos, nos movemos y existimos, se sigue que no está tan lejos de nuestro conocimiento que no podamos llegar fácilmente a su noticia. Pero no quiere el Apóstol que la presencia sustancial de Dios se recoja rectamente de su operación. — Respondo 2. que aunque la Sagrada Escritura y los Santos Padres infieran a veces la presencia sustancial de Dios de su operación en las cosas, esta inferencia no se hace por el lugar intrínseco, sino por el extrínseco: a saber, o bien no hay mayor razón para que obre en todo lugar que para que esté presente en todo lugar; o bien supuesto que conste por otra parte que está presente dondequiera que obra, se sigue que está en todas partes, si obra en todas partes. Y así aquel argumento es de los concomitantes, cual sería este: Dios es infinitamente poderoso, luego infinitamente sapiente; no porque la ciencia infinita se siga directamente de la potencia infinita, sino porque la ciencia y la potencia divinas, siendo perfecciones de la esencia divina, identificadas con ella y por consiguiente infinitas, se sigue rectamente que si la potencia divina es infinita, también la ciencia divina es infinita; ciertamente en razón de un tercero, esto es, en razón de la esencia divina, en la cual ambas convienen. — Añádase que la Sagrada Escritura no siempre aduce un argumento eficaz, sino también a veces probable para insinuar la verdad; pues argumenta a veces de la autoridad humana, que es sólo un medio probable. Así el santo Pablo, en el mismo capítulo, prueba que Dios no es semejante al leño y a las piedras por el testimonio del Poeta que dice que somos linaje de Dios: como si dijera: según vuestros Autores, la naturaleza humana, que es imagen y linaje de Dios, es mucho más excelente que el leño y las piedras de que constan vuestros simulacros: luego mucho más Dios excede largamente estas cosas. Semejantemente, a Tito primero, prueba los vicios de los cretenses por el propio testimonio de su escritor, que dice: Los cretenses son siempre mentirosos. — Con esto consta cuán inepta del todo y ridícula es la censura de Molina, con la que fulmina la sentencia del Doctor Sutil; aunque por la autoridad de la Escritura se infiriese que ha de recogerse la presencia sustancial de Dios de su operación, sin embargo esa inferencia nada urgiría contra la sentencia del Doctor: pues el Doctor sostiene que la presencia de Dios no puede recogerse de la operación, porque ninguna razón natural puede probarlo; aunque quizá alguna autoridad lo persuadiera.
Objeción 2. Lo activo y lo pasivo se comportan como acto y potencia: pero acto y potencia requieren necesariamente presencia y unión para causar algo: luego también el agente y lo paciente requieren presencia íntima y sustancial. — Distingo la mayor: si se comportan como acto por producirse y potencia productiva, concedo; como acto informativo y potencia informable, niego. Semejantemente distingo la menor; que el acto por producirse y la potencia productiva requieren íntima unión y presencia, niego; pues la virtud de crear, v. g., tiene por acto correspondiente a sí la cosa sólo en esse possibili, y por consiguiente no puede estarle realiter presente: que el acto informativo y la potencia informable exigen la presencia de sí mismos, porque de su mutua unión debe hacerse algo uno, como el cuerpo físico, v. g., se hace de la unión de materia y forma, concedo. Y así esta objeción no alcanza la presente dificultad.
Objeción 3. Así como el esse ut sic se comporta respecto del operari ut sic, así el esse hic se comporta respecto del operari hic: luego así como el operari ut sic implica, si antes no se supone el esse ut sic, así el operari hic implica, si no se supone el esse hic. — Niego la mayor, porque el esse ut sic se comporta respecto del operari ut sic como el acto primero respecto del segundo; pero implica que sea acto segundo sin que se presuponga el primero: mas el esse hic no se comporta respecto del operari hic como el acto primero respecto del segundo, porque el esse hic sólo significa la relación de presencia de la cosa en el lugar, relación que de suyo no es activa, ni condición necesariamente prerequisita para la operación, puesto que la cosa puede ejercer su virtud y producir algo donde no está.
Objeción 4. La acción es cierto movimiento: pero repugna que el movimiento sea en el extremo, si antes no hubo en el medio, como patente en el movimiento local: luego repugna que alguna acción se haga a distancia sin que primero se haga en el medio. — Puede negarse la mayor; pues toda acción no es movimiento; el movimiento supone un sujeto móvil, pero la acción creativa, v. gr., no tiene ningún sujeto real que se diga moverse y mudarse: mas niego la menor; en efecto, en virtud al menos divina el movimiento puede hacerse en un instante, puesto que el movimiento es tránsito de un extremo a otro extremo; pero para que se haga este tránsito no es absolutamente necesario que lo móvil esté en el medio antes de llegar al término.
Objeción 5. De los tomistas modernos: El agente que obra en todas las cosas por virtud no difundida de sí, sino intrínseca a sí e identificada consigo, debe estar presente inmediatamente y según su sustancia en todas las cosas: pero Dios obra en todas las cosas por virtud no difundida de sí, sino intrínseca a sí e identificada consigo: luego, etc. La mayor, dicen, se presupone por 7. Physicorum, donde se dice que lo que mueve y lo movido deben estar juntos; aunque con esta diferencia, que el agente por virtud difundida de sí no debe estar presente inmediatamente y según su sustancia al sujeto en que obra, sino sólo mediatamente y en razón de la virtud que transmite a él mediante algún supuesto medio, como consta en el Sol, que aunque obre por virtud difundida de sí, no está sustancialmente presente en las entrañas de la tierra cuando produce el oro y otros metales; pero el agente por virtud intrínseca a sí y no difundida de sí debe necesariamente hacerse presente inmediatamente y según su sustancia al sujeto en que obra y tocar suppositalmente a lo paciente; como consta en el fuego, que aunque obre en un sujeto distante por calor difundido de sí, por el calor intrínseco a sí no obra sino en el sujeto que toca inmediatamente. Mas la menor se prueba: Dios produce y conserva per se primo el esse de todas las cosas; pues la entitas es aquello más íntimo a cualquier cosa y que más profundamente inhiere a todas, siendo lo formal respecto de todo lo que está en la cosa: pero eso no puede alcanzarlo per se primo mediante alguna virtud difundida de sí, sino sólo mediante virtud intrínseca a sí y realiter identificada consigo: luego Dios obra en todas las cosas por virtud no difundida de sí, sino intrínseca a sí e identificada consigo. La mayor consta, tanto porque el esse, siendo efecto universalísimo, debe reducirse per se primo a la causa universalísima, a saber, Dios; como también porque, así como incendiar es efecto propio del fuego, por cuanto el fuego es fuego por esencia, y por eso pertenece a él hacer incendiado; así también, siendo Dios ens per essentiam, efecto propio suyo es todo esse participado. — Añádase que, pudiendo Dios aniquilar cualquier cosa creada por la sola suspensión de su influjo, es necesario que el influjo de Dios alcance per se primo el esse de cualquier cosa creada. Mas la menor se prueba: la virtud que alcanza el esse según su propia razón de esenciarse debe ser creativa y productiva de todo el ente creable, y por consiguiente infinita, como se enseña en Metaphysica; pero toda virtud difundida de Dios es finita, como causada por Dios y recibida en algún sujeto: luego Dios no puede causar y conservar per se primo el esse en cada cosa mediante alguna virtud difundida de sí, sino sólo mediante virtud intrínseca a sí y realiter identificada consigo, y consecuentemente no puede obrar en algún lugar si no existe esencialmente en él. — Respondo a cada parte de la objeción, y primeramente distingoo la Mayor: que el agente corpóreo y finito, que obra por influjo, deba estar presente inmediatamente y según su sustancia a las cosas en que obra, pásese; que el agente espiritual e infinito, que produce todas las cosas al solo imperio y querer de su voluntad, deba estar así presente, niego; pues, como ya hemos dicho, puede querer que la cosa se haga en lugar distante igual que puede querer que se haga en lugar más cercano; pero Dios no es agente corpóreo y finito, sino infinito y espiritual; y consecuentemente no exige tal presencia. — A la prueba de la Menor digo que la entidad de la cosa considerada precisivamente no es sólo el término formal de la acción productiva de Dios, sino la cosa misma total y según todos los demás predicados intrínsecos a ella; así el hombre, que fuese creado por Dios inmediatamente, no sería sólo término de aquella creación según el concepto formal de ente, sino también según el concepto de animal, racional, risible y otros que concurren a la integridad y constitución del hombre; y por consiguiente parece menos filosófica la doctrina de los tomistas, con la que sostienen que el ente creado tiene la razón formal de término de la producción divina. — A la Mayor probativa de aquella menor, nego que el ente creado sea efecto universalísimo y propio de la sola causa universalísima; pues cualquier causa particular y también segunda produce verdaderamente su efecto según la razón formal de ente, de modo que el esse de ese efecto se atribuya a la causa segunda como a la primera. — A la Menor de aquella prueba, nego que la virtud creativa y productiva del ente creable deba ser infinita; pues tanta debe ser la virtud, cuán grande es el efecto por producir y cuán grande es la distancia del término a quo al término ad quem; pero ningún efecto creado es infinito, como es patente; y paralelamente ninguna distancia es infinita entre la nada y el ente creado, como prueba el Doctor en 2. sentent.; y por consiguiente la virtud creativa no debe ser necesariamente infinita.
Objeciones finalmente de varios SS. Padres, cuyas autoridades recogen la presencia de Dios en todas las cosas de su operación en ellas. Así Anastasio Sinaíta, libro 2. De rectis fidei Catholicae dogmatibus, dice así: Mientras que nadie obra si está ausente: Dios, pues, ya que en ningún tiempo deja de efectuar cualesquiera de las cosas que se hacen, moderarlas todas y dispensarlas con su continua conservación, es del todo necesario confesar que Dios inhiere a todas. Asimismo Hugo de San Víctor, lib. 7. Erud. Theolog., cap. 19. habla así: Como vemos que los efectos de la virtud divina no faltan en ninguna parte, ¿por qué dudamos que esa misma virtud de Dios inhiere a todas las cosas? Y si la virtud de Dios está en todas partes, como no hay otra virtud de Dios que Dios mismo, consta que Dios no falta en ninguna parte. Finalmente Anselmo in Monologio, cap. 22. Ya que —dice— nada puede ser ni conservarse sin Dios, nos vemos obligados a decir que Dios está en todas partes y siempre. — Respondo que algunos de los Santos Padres, en verdad, recogen la presencia de Dios en las cosas de su operación; pero por el lugar extrínseco y la consecuencia material; no empero por el lugar intrínseco ni por la consecuencia formal. Como si dijeran: Dios está en todas partes, y por eso obra en todas partes; como ya se ha dicho.
Quaestio III: An Deus ratione suae immensitatis realiter sit extra mundum, et in spatiis imaginariis
Dos cosas se proponen en la presente Cuestión para resolverse. La primera, si en verdad Dios está contenido dentro del ámbito de este universo, de modo que no exista fuera del mundo; la segunda, si, supuesto que se diga que existe fuera del mundo, pueda por ello decirse verdaderamente presente en el espacio que fingimos e imaginamos más allá de los cielos. Ahora bien, al resolver esta cuestión hay triple sentencia de los Autores. Pues algunos afirman que Dios está verdaderamente presente en los espacios imaginarios. Otros, yendo en sentido contrario, sostienen que Él está contenido dentro del ámbito del universo de tal modo que no debe decirse difuso y presente fuera del mundo. Otros, finalmente, tomando un camino intermedio, afirman que Dios no está verdaderamente presente en los espacios imaginarios, pero que puede decirse derramado fuera de los cielos y no constreñido dentro de los límites del mundo; la cual disputa, para que se dirima con mayor claridad
Nótese 1. No solo entre los Teólogos, sino también entre los antiguos Filósofos, hubo grandísima altercación acerca de la efusión de Dios fuera de los Cielos y de su presencia; pues, como refiere Eusebio, lib. 15. De praeparatione Evangelica, los pitagóricos y los estoicos afirmaban que sobre el Cielo había un cierto espacio vacío, que quisieron que fuese infinito; Aristóteles, en cambio, en el primer libro De Coelo, cap. 3., dice que ni cuerpo puede haber fuera del Cielo, ni lugar, ni vacío, ni tiempo. Platón, empero, en el Fedro introduce a Estesícoro narrando que sobre el Cielo hay una ciertísima región amenísima, cuya hermosura no puede explicarse con palabras: sentencia que Cleomedes impugnó; aunque el mismo afirma que fuera del mundo hay algún espacio vacío, no repleto de cuerpo alguno, sino totalmente inane, carente de cosas, y lo prueba con muchos argumentos, cuya investigación mira más a los Filósofos que a los Teólogos.
Nótese 2. Por espacios imaginarios no se entiende otra cosa que ciertos intervalos vacíos y vanos, que concebimos fuera de los Cielos a modo de lugar repleto por ningún cuerpo; casi del mismo modo en que fingimos que antes de la fabricación del mundo hubo cierta vastedad vana y vacua en el mismo espacio que ahora ocupa el mundo. Pero si Dios está verdaderamente en aquellos espacios ficticios por presencia verdadera y real, esto es lo que ha de resolverse aquí.
Nótese 3. Que Dios puede concebirse existiendo fuera del mundo, de dos maneras: a saber, o negativa o positivamente. En el primer modo se significa que Dios no se limita ni se estrecha dentro del ámbito del universo, por cuanto su infinita sustancia no es circunscrita por límites o términos alguno; en el segundo, en cambio, se designa que Dios esté positiva y del mismo modo difundido por los espacios imaginarios y ficticios fuera de los cielos, como por el universo mundo se difunde y está presente.
Conclusión primera. — Dios verdaderamente no está presente en los espacios imaginarios.
Así Doctor Subtilis in 1. dist. 37, cuestión única1; y con él comúnmente los demás Doctores Escolásticos, tanto antiguos como modernos.
Se prueba: Dios no puede decirse presente a la nada: mas los espacios imaginarios nada son: luego Dios no puede estar presente a ellos. La menor es evidente; pues, como habla Aristóteles en el libro 4. Physicorum cap. 2., Siempre lo que está en algún lugar, y ser ello algo, y otro algo fuera de ello: esto es el lugar en que algo está, debe ser verdaderamente real, y distinto de aquella cosa que contiene: de donde infiere en el cap. 5. Que el mundo no está en algún lugar, pues lo que está en algún lugar, siendo ello algo, conviene que sea otra cierta cosa en que está contenido: pero fuera del universo y del todo nada hay. Pruébase, pues, la menor: aquellos espacios fuera del mundo, o son reales, o enteramente ficticios; mas de ninguna manera pueden decirse reales: o en efecto serían independientes y no producidos por Dios, o producidos por Él desde la eternidad y antes de la creación del mundo; mas afirmar ambas cosas es herético: lo primero, en efecto, lo condena el Símbolo Niceno, afirmando que Dios es Creador y hacedor de todas las cosas visibles e invisibles; lo segundo, además, repugna al Concilio Lateranense, que afirma en el capítulo Firmiter que Dios creó todas las cosas en el tiempo, y así nada fue creado desde la eternidad: luego queda por inferir que aquellos espacios ilimitados, que se conciben fuera del mundo, son enteramente ficticios, ni Dios inhalla en ellos más que en la quimera y en el ciervo-cabra: mas nadie diría que Dios está verdadera y realmente presente a quimeras: luego tampoco a los espacios imaginarios. — Se confirma con la autoridad de los santos Padres, que enseñan unánimemente: que Dios antes de la fabricación del mundo no estaba en algún lugar, sino en sí mismo: así Tertuliano, en el libro contra Praxeam, cap. 5., Antes de todo, dice, era Dios solo, y para sí mismo el mundo, y el lugar, y todo. Asimismo S. Agustín, en el libro De Fide contra Manichaeos, se maravilla de su demencia, porque indagan dónde estaba Dios antes de que se hiciesen el Cielo y la Tierra. Responde en efecto que estaba en sí mismo: pero más abiertamente en el Ps. 12. Antes, dice, de que hiciese Dios el Cielo y la Tierra, ¿dónde habitaba? En sí habitaba, Dios junto a sí habitaba, y junto a sí está Dios: lo mismo Epist. 57. ¿Cómo, dice, en todas partes si en sí mismo? En todas partes, a saber, porque en ninguna parte está ausente: en sí mismo, empero, porque no es contenido por aquellas cosas en que está presente, como quien sin ellas no podría existir. A estos concuerda S. Bernardo, lib. 5. De Consideratione, cap. 6. No hay, dice, que busques más allá dónde estaba Dios: fuera de Él nada había, luego en sí mismo estaba; con las cuales palabras profiere también la razón de la aserción, a saber, que Dios no estuvo en parte alguna antes que el mundo fuese creado, porque evidentemente nada había. A todo esto convienen los antiguos Versículos siguientes que refiere Dionisio Cartujano sobre la primera dist. 37. cuestión 1.: Di dónde entonces estaría, cuando fuera de Él nada había? Allí donde ahora, en sí; puesto que a sí mismo basta. Mas esta existencia de Dios en sí misma ha de entenderse negativamente, no positivamente, como si Él se contuviera a modo de espacio; sino negativamente, de suerte que no haya algún lugar en que Dios inhale fuera del mundo; en aquel sentido en que los santos Padres dicen que Dios es causa de sí, no porque se haya producido a sí mismo, sino porque reconoce ningún productor de sí.
Dirás 1. Aquellos espacios imaginarios son alguna capacidad para recibir cualquier criatura que Dios puede producir fuera del mundo: mas tal capacidad verdaderamente existe, de lo contrario Dios no podría producir alguna criatura fuera del mundo: luego también Dios inhala en ella. — Distingo la mayor: Son capacidad real y realmente existente, niego: ficticia e imaginaria, concedo: pues si aquella capacidad fuese real, o sería algo positivo o negativo: si es algo negativo, ciertamente nada es, ni verdaderamente existe; pues las negaciones y privaciones meras, verdaderamente son no-ente, y decir que ellas existen en acto, es lo mismo que afirmar que el no-ente es, y que lo no existente existe. Si positivo, sería alguna criatura realmente existente, o posible; si lo primero, ya aquellos espacios no serían imaginarios, ni extra-universales, puesto que bajo el nombre de universo se significa la congregación de todas las criaturas; si lo segundo, cierto es que aquellos espacios nada son en acto, ni en cuanto posibles significan otra cosa que no-repugnancia a que Dios produzca algo a modo de lugar fuera del mundo; mas esta posibilidad y no-repugnancia nada importa de real de hecho, y así Dios no puede estarle realmente presente.
Dirás 2. La presencia actual fuera del mundo es posible a Dios: luego la tiene en acto. Pruébase el antecedente: Si fuese imposible, máxime o porque simpliciter repugna, o porque desdice a Dios. No lo primero, porque esta imposibilidad surgiría de que la presencia actual dijera orden esencialmente a espacio actual: mas esto es falso: tanto porque puede darse presencia actual en el vacío terminado v. g. en un salón, si estuviese vacío de aire, y algo se pusiese en su medio. No tampoco lo segundo, pues como la presencia actual en el mundo no desdice a Dios, así tampoco desdice la presencia actual fuera del mundo, si es posible. — Niego el antecedente: A cuya prueba digo que repugna a Dios la presencia fuera del mundo, precisamente, porque fuera del mundo nada hay a quien Dios pueda estar presente; implica, en efecto, que se dé presencia actual de una cosa a otra, sea la presencia algo absoluto o algo respectivo, si no hubiese la otra cosa a que la otra pueda estar presente. A la confirmación digo que no puede darse presencia en el vacío terminado que termine al mismo vacío; aunque quizá pueda darse presencia de alguna cosa por respecto a la circunferencia y partes del mismo salón en que habría el vacío; de suerte que sería verdadero decir que tal cosa está en este salón, mas no en otra parte.
Dirás 3. Eso tiene Dios por razón de su inmensidad y cantidad de virtud, y de mole, que tendría un cuerpo infinito, si se diese, por razón de su cantidad de mole: mas si se diese un cuerpo infinito, tanta sería su cantidad de mole, que de hecho, no solo por el universo mundo se difundiría, sino que también por los espacios imaginarios se extendería; pues si se constriñese dentro de los cancellos del universo, no sería de extensión infinita: luego también tanta es la cantidad de virtud en Dios, que de hecho por todos los espacios imaginarios se difunde sustancialmente. — Distingo la mayor: Eso tiene Dios por razón de cantidad de mole, que tendría un cuerpo infinito por razón de su cantidad de mole, comportándose del mismo modo, en orden al lugar, niego: comportándose de diverso modo, concedo la mayor: pues el cuerpo infinito así se difundiría por el universo, que excluiría a cualesquiera otros cuerpos por su impenetrabilidad; mas Dios, aunque penetra todas las partes del universo, sin embargo a ninguna aparta del lugar ni excluye. Similmente distingo la menor: El cuerpo infinito fuera del universo se difundiría, positivamente, como si tuviese presencia real y verdadera a los espacios imaginarios, niego: negativamente, de suerte que por razón de su infinitud no quedaría tan contenido dentro del mundo que a otro mundo, si se crease, no pudiese también extenderse, concedo. Lo mismo ha de decirse de Dios, y por consiguiente la consecuencia ha de negarse.
Dirás 4. — De nuestra sentencia se siguen varios absurdos y repugnantes a Dios: luego no ha de admitirse. Primero, en efecto, se sigue que Dios puede mudarse: puede, en efecto, producir fuera de este mundo algún cuerpo, y hacerse presente a él: mas si no estuviese en acto en el espacio imaginario en que tal cuerpo se produjese, Dios adquiriría nueva presencia, y comenzaría a estar presente donde antes no estaba: luego verdaderamente se mudaría. Segundo, se seguiría que Dios podría estar como dividido de sí: en efecto, si en los espacios imaginarios produjese dos cuerpos entre sí distantes, entonces o Dios según la sustancia estaría en el medio de aquellos cuerpos, o no; si lo primero, se tiene el intento, porque tal medio, en que estaría, no es real, sino imaginario; si lo segundo, la divina sustancia estaría dividida de sí, y como discontinua, puesto que estaría en aquellos dos cuerpos, mas no estaría en el medio. Tercero, se seguiría que Dios puede moverse per accidens: moverse per accidens, en efecto, no es otra cosa que moverse al movimiento de otro, como el marinero se mueve al movimiento de la nave: mas Dios podría moverse al movimiento de otro; luego podría moverse per accidens. Pruébase la menor: Si Dios produjese algún cuerpo en los espacios imaginarios, tal cuerpo podría moverse en orden al mundo, y el mundo podría moverse a aquel cuerpo: luego, puesto que Dios estaría presente a ambos, también con cualquiera de ellos se movería per accidens, como el alma se mueve per accidens al movimiento del cuerpo, y el cuerpo de Cristo se mueve al movimiento de las especies.
Respondo a la primera. — negando la consecuencia: pues así como Dios no es dicho mudado cuando produjo el mundo y tuvo hacia él una presencia nueva, tampoco se mudaría si de nuevo produjera algún cuerpo en los espacios imaginarios, y se hiciese presente a él; pues toda esta mutación habría de recaer sobre el mismo efecto, no sobre Dios, ya que, permaneciendo en sí mismo, como dice el Sabio cap. 7, renueva todas las cosas.
Ad secundum. — niego la consecuencia: pues si Dios produjese dos cuerpos en un espacio imaginario distantes entre sí, no estaría en acto sino tan sólo en virtud en el espacio que se fingiera interpuesto entre aquellos dos cuerpos; ni por ello sería dicha su sustancia distinta, ni discontinuada, tanto porque realmente no habría medio alguno real entre cada una de sus presencias, sino tan sólo ficticio, cuanto porque, como Dios se hace presente a las cosas, no le adviene a él, sino que hace a éstas presentes a sí educiéndolas de la nada, como atrayéndolas dentro de la vastedad y seno de su inmensidad, y de este modo uniéndose a ellas, por así decirlo, y haciéndolas presentes, no de otra manera que el mar atrae hacia sí todos los ríos y recibe en su seno los mismos; o bien como una esponja en el vastísimo Océano, tal como lo notó excelentemente S. Agustín 1. Confessionum cap. 5.
Te concebía, Señor, decía, rodeándome por todas partes y penetrándome, pero infinito en todo lugar, como si el mar estuviese en todas partes, y por todo lo inmenso e infinito hubiera un solo mar, y tuviese dentro de sí una esponja por grande que fuese, mas finita sin embargo; llena estaría la esponja por todas partes, en toda su parte, del mar inmenso: así pensaba que tú, infinito, llenabas a la criatura finita.
Ad tertium. — niego igualmente la consecuencia: ciertamente, para que algo sea dicho moverse per accidens al movimiento de otro, se requieren dos cosas: primero, que esté circumscriptiva o al menos definitivamente en el cuerpo que se mueve, de modo que no esté en otro del cual es movido; segundo, que al movimiento de uno varíe la distancia que antes tenía respecto del otro. Pero ambas condiciones faltarían en Dios, pues estaría presente a ambos cuerpos, ni sería menos distante mientras un cuerpo se aproximara a otro.
Dirás en último lugar. — Dios puede constituir algún cuerpo más allá del último y supremo cielo, de modo que tenga los pies puestos sobre la esfera de aquel último cielo, mientras las demás partes del cuerpo quedan extendidas y erguidas hacia fuera, o asistentes, como de hecho parece insinuar el Apóstol haber sido elevado el cuerpo de Cristo Señor: dice en efecto a los Efesios, cap. 4: Qui descendit ipse est et qui ascendit super omnes coelos; pero en ese caso aquel cuerpo tendría muchas de sus partes en espacios imaginarios, puesto que sobre la última y suprema esfera no se da otro espacio real, sino tan sólo ficticio. Luego aquel cuerpo, y mucho más Dios, puede estar en espacio imaginario.
Distingo la menor. — Que aquel cuerpo tendría muchas partes presentes en espacio imaginario por presencia verdadera y real, lo niego; por negativa y ficticia, lo concedo. Pues como, según se supone, aquel espacio nada es, tampoco ningún cuerpo, ni ente real alguno puede hacerse presente a él verdadera y realmente.
Conclusio secunda. — Dios está realmente fuera del mundo, no ciertamente positivamente, sino negativamente.
Se prueba la primera parte. — no sólo por la Sagrada Escritura, Job 22: Nonne cogitas, quod Deus excelsior coelo sit, et supra stellarum verticem sublimetur? Y 3 Reyes, cap. 8: Quem coeli coelorum capere non possunt. Lo mismo colegió Cayetano de aquellas palabras de Cristo, Juan 12: Ego lux veni in mundum, esto es, dentro de la universalidad de las criaturas, fuera de la cual antes estaba según la Divinidad. Por semejante razón otros prueban de aquello de Hebreos 1: Cum iterum introduxisset primogenitum in orbem terrarum, como si dijese que antes había estado fuera del orbe de la tierra.
Lo prueban también los santos Padres. Pues S. Dionisio, cap. 9 De Divinis Nominibus: «Dios, dice, extrínsecamente sobre toda magnitud se derrama y sobreexpande.» S. Gregorio Nacianceno, Apologia prima: «Dios está en el universo, y sobre el universo.» Hilario, lib. 1 De Trinit.: «Dios está en el mundo más interior, excede exteriormente.» Agustín, sermón primero De verbis Apostoli: «¿Quién es el Dios omnipotente? ¿qué sino inestimable, inefable, incomprehensible, sobre todas las cosas, extra a todas, más allá de todas?» Y S. Dámaso, Opúsculo 6 De Divina Omnipotentia: «Él, dice, permanece dentro de todas las cosas, él sobre todas, él debajo de todas. Es superior por potencia, e inferior por sustentación, y exterior por magnitud, e interior por sutileza.» — Aténagoras, Oración por los cristianos: «Dios es ingénito, y todas las cosas son suyas; mas al mundo sobresale de tal modo que lo llena por doquier, cualquiera cosa que haya sobre él, sin dejar lugar alguno, sino vacío.» S. Greg., lib. 2 Mor., cap. 12.
Él permanece dentro de todas las cosas y fuera de todas; él sobre todas y debajo de todas; superior por potencia, inferior por sustentación, exterior por magnitud, interior por sutileza; arriba rigiendo, abajo conteniendo, fuera circundando, adentro penetrando; no superior por una parte, inferior por otra, ni exterior por alguna parte, interior por otra; sino uno y el mismo, todo en todas partes presidiendo sustentando, y sustentando presidiendo, circundando penetrando, penetrando circundando.
S. Isidoro lib. 1 De summo bono, cap. 2: «La inmensidad de la divina magnitud es tal, que entendamos que está dentro de todas las cosas, pero no encerrado, fuera de todas, pero no excluido; y así es más íntimo para que contenga todas las cosas», «el mismo más exterior para que, con la majestad incircunscripta de su grandeza, concluya todas las cosas.» Por aquello, pues, que es exterior, se muestra ser creador; por aquello que es interior, se demuestra regir todas las cosas. — Este argumento urge de manera admirable Guillermo de París, libro De Universo, sección 2, parte 2, cap. 68, donde, habiendo reprendido a aquellos que piensan que Dios está circunscrito y terminado por los términos del mundo, añade:
Pero los sabios, y en especial los Doctores de la nación de los cristianos, dicen más bien que debe afirmarse que el mundo está en el Creador, antes que el Creador en el mundo, y que el Creador contiene al mundo, antes que el Creador sea contenido por el mundo. Y, en cuanto a que dicen que el Creador no tiene nada suyo fuera del mundo, no parecen decir la verdad, pues fuera de cada una de las partes del mundo se tiene a sí mismo entero. En efecto, no puede señalarse ninguna parte del cielo fuera de la cual el Creador no se tenga entero. Pues así como está en una parte del cielo, así también está en cualquier otra, etc.
Segunda parte. — queda suficientemente demostrada por la conclusión precedente; puesto que Dios no está positivamente presente en los espacios imaginarios, se sigue que Él sólo está negativamente fuera de los cielos.
Pregunta 1. — si la Inmensidad conviene sólo a Dios. Todos los Doctores lo afirman, ya que no puede haber criatura alguna que exija por su naturaleza, y tenga la fuerza de, hacerse presente en todas partes; pues aunque alguna criatura pudiera ser hecha por la omnipotencia divina presente, mediante la réplica de su presencia, en infinitos lugares, si éstos se dieran, con todo ella no sería tenida por inmensa por eso, porque no exigiría esta ubicuidad de su naturaleza, ni por su virtud innata, del modo como Dios exige aquella ubicuidad por su naturaleza inmensa e ilimitada.
Pregunta 2. — si la Inmensidad es alguna perfección especial de Dios. Afirmando lo contra Smisingo, Tractatus 2. d. 2. n. 1., donde estima que la inmensidad de Dios nace de su infinidad e inmutabilidad, y no discrepa de ellas; cuyo contrario pruebo así: Aquella perfección es distinta de las otras que tiene un efecto diverso de ellas: pero constituir a Dios presente, cuanto a su sustancia, es un efecto formalmente distinto de las demás perfecciones de Dios: luego procede de alguna perfección especial. La mayor consta; la menor se prueba: Si la presencia sustancial de Dios en las cosas procede de alguna otra perfección, máximamente de la infinidad, como el mismo Smisingo confiesa; pero no procede de la infinidad. Pruebo: O bien procedería de la infinidad de los atributos, o bien de la infinidad de la esencia. No de la primera: aunque Dios sea concebido infinitamente sabio, v. gr., bueno, justo, etc., no por ello es concebido presente en todas partes. Tampoco de la segunda: tanto porque la infinitud de la esencia divina nada otro significa ni importa, sino que los predicados competentes a la esencia divina, y que la constituyen, no tienen término ni limitación alguno en la perfección esencial; pero esto no hace a Dios formalmente presente en todas partes: tanto porque si esta presencia procediera de la infinitud de la esencia, máximamente porque, dice Smisingo, que Dios esté presente a las cosas no es otra cosa sino que Él es indistante de ellas, y su presencia no importa otra cosa sino una simple indistancia de las cosas, y consecuentemente nada dice positivo, y es tan sólo una negación, que por ende no infiere perfección especial; pero esto es falso: tanto porque nuestra presencia es algo positivo, ya que es relación adventicia desde fuera: luego también Dios está presente mediante algo positivo, no ciertamente sobreañadido, sino intrínseco a sí mismo: tanto porque una negación especial fundada en repugnancia con el opuesto se sigue necesariamente de algún positivo especial; pues la negación opuesta a la sabiduría, v. gr., compete formalmente a la Esencia divina, porque la Esencia divina es; sino por razón de la sabiduría opuesta a esa negación, la cual negación ciertamente tendría la Esencia divina si no tuviera la sabiduría; pero la distancia, opuesta a la indistancia, no es predicado inmediatamente opuesto por sí formalmente a predicado alguno de la Esencia divina: luego la indistancia y la ubicuidad convienen a Dios precisamente no por razón de la Esencia divina inmediatamente, sino mediante alguna especial perfección divina, que se expresa con el nombre de inmensidad: luego debe ser una perfección especial.
Pregunta 3. — si la presencia de Dios en las cosas es divisible.
Respondo 1. — Que la Presencia virtual, o la fuerza que tiene Dios de estar en todas partes en razón de su infinita e inmensa sustancia, es indivisible; puesto que la Esencia divina es absolutamente simple y espiritual, y no tiene partes ninguna, no puede estar en un lugar divisiblemente, esto es, de aquel modo por el cual los cuerpos tienen algunas de sus partes arriba, otras abajo, otras a la derecha, otras a la izquierda: de donde Isidoro de Sevilla lib. 1. De summo bono, cap. 2.
No parcialmente, dice, llena Dios todas las cosas, ni debe pensarse de modo alguno que Dios está en todas, de suerte que cada cosa lo abarque según la magnitud de su posición, esto es, la mayor más, la menor menos, siendo más bien Él mismo todo entero en todas las cosas, o todas las cosas en Él.
— Concuerda con él S. Dámaso, lib. 1. cap. 14: Debe saberse, dice, que el Divino Númen no tiene partes, y que está todo entero en todas partes, no parte en parte, de modo que se divida a manera de los cuerpos, sino todo entero en todas las cosas, y sobre todo entero. De donde S. Ambrosio lib. De dignitate hominis, cap. 2. constituye la imagen de Dios, con la que está adornada el alma racional, en esto: que así como Dios uno siempre en todas partes todo entero vivifica, mueve y gobierna todas las cosas, como confirma el Apóstol, que en Él vivimos, nos movemos y somos, así el alma en su cuerpo en todas partes toda entera vige, vivificándolo, moviéndolo y gobernándolo. Ni en mayores miembros del cuerpo es mayor, ni en menores menor, sino en los mínimos toda, y en los máximos toda.
Respondo 2. — Que la Presencia actual de Dios es tantas veces múltiple cuantas son las cosas en que Dios inexiste: pues esta inexistencia no es algo real positivo en Dios, sino que es o negación de distancia, o respeto de razón fundado en que las cosas existen dentro del seno de la Divinidad, y de ella están absolutamente indistantes. De donde, como los respetos se multiplican según la multitud de los términos, y las cosas creadas son variadas, respecto de las cuales la sustancia divina es indistante, y respecto de las cuales se concibe que tiene un respeto de razón resultante de la ficción del entendimiento humano, se sigue que hay tantas presencias divinas actuales cuantos tales respetos e indistancias pueden concebirse y fingirse; mas éstas pueden fingirse tantas cuantas son de hecho las criaturas en las cuales Dios inexiste: luego la presencia divina actual es múltiple y divisible.
Por todo esto se manifiesta cómo, en razón de la Inmensidad, se dice que Dios está en todas partes, y que es ilocal e incircunscrito. Se dice que está en todas partes, porque está sustancialmente presente en todo lugar, en todo espacio y en toda absolutamente cosa existente, de modo que no haya cosa alguna, por vil y pequeña que sea, dentro de la cual Dios no esté presente según su esencia. Se dice ilocal, porque no puede ser encerrado en lugar o espacio alguno; por mucho que se piense un espacio máximo, Él lo excede absolutamente. Finalmente se dice incircunscrito, porque no puede ser contenido por circunferencia de lugar alguna. De aquí que san Atanasio, en el rescripto a Liberio, diga que Dios es incomprehensible al lugar, y S. Dámaso lib. 1. De Fide, cap. 16. afirma que Dios es incircunscrito, y no está en el lugar, sino que Él mismo es lugar para sí, puesto que sin duda no es circunscrito ni encerrado por lugar alguno.