Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente
Claude Frassen (1620–1711)
Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.
Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)
Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)
Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)
Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt
Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)
Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)
Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi
Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae
Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina
Quaestio II: An theologia positiva sit utilis et necessaria
Quaestio III: An, et qualiter theologia scholastica Ecclesiae Dei prosit
Articulus II: De essentia theologiae
Quaestio I: An theologia Dei et Beatorum sit proprie dicenda scientia
Quaestio II: An theologia Viatorum perfectae scientiae characteres habeat
Quaestio III: An theologia nostra perfectae sapientiae titulo glorietur
Quaestio IV: An theologia nostra subalternetur scientiae Dei, et Beatorum
Quaestio V: Quodnam sit obiectum theologiae nostrae
Articulus III: De proprietatibus, et praecipuis characteribus nostrae theologiae
Quaestio I: An theologia nostra sit speculativa, vel practica
Quaestio II: An theologia nostra sit habitus supernaturalis
Quaestio III: An theologia nostra certior sit, et dignior scientiis naturalibus
Quaestio IV: An theologia nostra sit argumentativa, et adhaesiva
Quaestio V: Quinam sint loci ex quibus theologia argumenta sua depromit
Introductio II: Primi libri Sententiarum methodica explanatio
Tractatus I: De Deo in se subsistente
Disputatio I: De existentia et essentia Dei
Articulus I: De existentia Dei
Quaestio I: An, et quomodo nobis constet Deum existere
Quaestio II: An Deum existere sit per se notum
Quaestio III: An et quomodo demonstrari possit Deum existere
Quaestio IV: Quibus rationibus demonstrari possit Deum existere
Quaestio V: An et quomodo probari possit unicum esse Deum
Tan grande es la afinidad y conexión entre el Politeísmo y el Ateísmo, que la afirmación de muchos dioses es la negación omnímoda del único Dios verdadero. Es más, a Tertuliano le parece pecado mucho menor negar del todo a Dios que multiplicarlo; pues dice Dios, en el lib. 1. contra Marcionem: si non unus est, non est, quia credimus non esse, quodcumque ita non fuerit, ut esse debebit. De ahí que comience su libro De Idololatria con estas palabras: Principale crimen generis humani, summus saeculi reatus, tota causa iudicii Idololatria est. Por eso, tras haber combatido el Ateísmo, vale la pena combatir también la Idolatría, y demostrar con la razón natural que la pluralidad de dioses es del todo imposible.
Nótese 1. Que el demonio es padre y artífice de toda idolatría, puesto que intentó introducirla en el Paraíso celestial y terrestre, y de allí en todo el orbe de la tierra. Apenas había sido formado aquel emulo de la Divinidad, cuando quiso hacerse semejante al Altísimo, subir al Cielo de la Deidad y exaltar sobre las estrellas el trono de su pseudo-divina majestad. Apenas habían saludado el día los primeros progenitores de los hombres, cuando aquel artífice de malicia y astucia los solicitó hacia la idolatría, diciendo: Eritis sicut Di. Apenas habían comenzado finalmente los hombres, supervivientes de las aguas degolladoras del diluvio, a cultivar de nuevo la tierra y a levantar casi extinguido el género humano, cuando el Demonio les persuadió el culto de muchos dioses, para apartar al hombre de la consideración y conocimiento de la verdadera Divinidad, y para él mismo, bajo el falso nombre de ídolos, proferiendo ciertos oráculos vanos, cazar honores divinos. De ahí que con propiedad diga Tertuliano, cap. 22. Apologet.: Aemulantur divinitatem, dum furantur divinationem.
Nótese 2. Que tan grande fue la ceguera y demencia de los gentiles, que adoraron una multitud casi innumerable de dioses. Pues, como refiere Eusebio, lib. 9. Praeparationis Evangelicae, cap. 15., Hesíodo juzgó que en la tierra había treinta mil dioses. De ahí que San Agustín, lib. 4. De Civitate Dei, cap. 8, diga: Quando possent uno loco libri huius commemorari omnia nomina Deorum aut Dearum, quae illi grandibus voluminibus vix comprehendere potuerunt, singulis rebus propria dispertientes officia Numinum? Y, interpolando algunas palabras, al referir los doce dioses que habían establecido para conservar y nutrir una sola espiga, dice:
Praefecerunt ergo Proserpinam frumentis germinantibus; geniculis nodisque culmorum Deum Nodutum; involumentis folliculorum, Deam Volutinam; cum folliculi patescunt ut spica exeat, Deam Patelinam; cum segetes novis aristis aequantur, quia veteres pro aequare hostire dixerunt, Deam Hostilinam; florentibus frumentis, Deam Floram; lactescentibus, Deum Lacturnum; maturescentibus, Deam Maturam; cum runcantur, idest, a terra auferuntur, Deam Runcinam. Nec omnia commemoro, quia me piget quod illos non pudet.
Pero cuánta vergüenza debían tener los hombres dotados de razón al cultar y adorar como a dioses, invocar y temer, no ya a otros hombres mortales y semejantes a sí en todo, sino incluso a la fiebre, a la peste, al paludismo y a otras enfermedades y calamidades, que (dice el mismo San Agustín, ibidem cap. 23.) non erant Numina colendorum, sed crimina colentium. Es más, venerar y tener por dioses a criaturas estúpidas e inofensivas, e incluso a plantas insignificantes, como el puerro y la cebolla, que también los egipcios tenían por dioses, y los veneraban hasta el punto de no atreverse ni a quebrarlos ni a masticarlos. De ellos escribe agudamente Juvenal, Sátira 15.
Quis nescit Volusi Bithynice, qualia demens Aegyptus portenta colat? Crocodilon adorat… Porrum et caepe nefas violare ac frangere morsu. O sanctas gentes! quibus haec nascuntur in hortis Numina.
Nótese 3. Que aunque con el fulgor irradiante del Evangelio todo este error de idolatría fue rechazado, según aquella profecía de Isaías cap. 2.: Elevabitur Dominus solus in die illa et idola penitus conterentur; pues con el orto de ese Sol esplendidísimo de la justicia comenzó a disminuir la densa calígine de la superstición, y desde entonces el propio Demonio, reclamando sus antiguas sedes de tinieblas y pronosticando un silencio perpetuo en el Oráculo de Delfos y en los demás, alejándose de él, dijo:
Me puer Hebraeus, divos Deus ipse gubernans, Cedere sede iubet, tristemque redire sub Orcum,
sin embargo, brotaron algunos cristianos herejes infames, que introdujeron la pluralidad de dioses, puesto que los maniqueos, cerdonianos, gnósticos y marcionitas establecieron dos dioses, uno bueno y otro malo. De ahí que Tertuliano, hablando de Marción en el lib. 1. que escribió contra él, cap. 2., diga: Duos Ponticus deos adfert tamquam symplegadas navifragii sui: Unum quem negare non potuit, idest Creatorem et nostrum, et alterum quem probare non poterit, idest suum. Y hablando en el cap. 5. de Valentín, hereesiarca, dice: Honestior et liberalior Valentinus, qui simul ausus est duos concipere, Bythum et Sigen, cum usque ad triginta Aeonum fetus, tamquam Aeonicam scropham, numen divinitatis effudit. Así pues, hay que demostrar la unidad de la Deidad no sólo contra los idólatras, sino también contra los herejes, con razones tanto naturales como morales.
Conclusión primera. — Dios es tan necesariamente único, que es del todo imposible que haya varios dioses. Esta conclusión la prueba Doctor Subtilis in 1. dist. 2, q. 3., con siete razones naturales, de las cuales la Primera se toma del entendimiento infinito, la segunda de la voluntad infinita, la Tercera de la bondad infinita, la Cuarta de la potencia infinita, la Quinta de la misma razón de infinitud, la Sexta de la existencia necesaria y la Séptima de la omnipotencia; todas las cuales he considerado que deben reducirse, por brevedad y claridad, a tres puntos, a saber: la entidad divina, la operación y la dignidad, de las cuales, como de triple fuente de luz, se evidencia la unidad de la Divinidad y, en lo posible, se demuestra.
Primero, así: Lo que es esencialmente singular es único; pero Dios es esencialmente singular; luego es único. La mayor es evidente, pues la singularidad importa formalmente consigo la negación de la comunicabilidad y multiplicabilidad en varios distintos en número; de ahí que confiesen todos los filósofos que, si la naturaleza humana, v. g., fuese singular por sus principios esenciales, sólo podría encontrarse en un individuo único. La menor se prueba: Lo que es esencialmente existente es esencialmente singular; pero Dios es esencialmente existente; luego es singular. La menor es evidente, pues el nombre de Dios no significa otra cosa que ente por esencia y de sí tan necesariamente existente, que es imposible que no exista. La mayor es también evidente, pues la existencia es sólo de la cosa singular; es, en efecto, el último grado de la cosa y su último complemento; de ahí que con razón enseñe Aristóteles que las naturalezas comunes, sea genéricas sea específicas, no tienen existencia sino en los singulares con quienes convienen y de quienes se predican; luego es necesario que, si Dios es esencialmente existente, también sea esencialmente singular, y por consiguiente omnímodamente inmultiplicable en varios dioses; y en consecuencia Dios es necesariamente único.
Se confirma: Si la Deidad pudiera multiplicarse, habría infinitos dioses; pero no hay infinitos dioses; luego la Deidad no puede multiplicarse. La menor es evidente, pues ningún politesta ha afirmado hasta ahora una caterva infinita de dioses. Porque, como Dios debe ser cultado por nosotros, y no podemos cultar infinitos mediante nuestras operaciones limitadas y finitas, si hubiese infinitos, se seguiría que innumerables dioses quedarían privados de todo culto y veneración, y apartados del todo de la compañía de los dioses entre nosotros. — De ahí que Octavio, en Minucio Félix, arguyendo agudamente la procreación y generación de los dioses, diga:
Pero si los dioses nacieron, ¿por qué no nacen también hoy? ¿Acaso Júpiter envejeció, y cesó el parto en Juno, y Minerva encaneció antes de parir? Y por eso cesó aquella generación, ¿porque a fábulas de este género ya no se les prestaba asentimiento? Además, si los dioses pudieran ser creados y no pudieran perecer, tendríamos más dioses que hombres en su totalidad, de modo que ya ni el cielo los contendría, ni el aire los recibiría, ni la tierra los sostendría.
— La prueba mayor la aporta el Doctor citado n. 5: Toda esencia multiplicable y plurificable en individuos no se determina de sí misma a un número cierto de individuos: sino que por la misma razón que puede estar en dos, puede estar en cuatro, en cien, en mil, y así hasta el infinito, como es patente en la naturaleza humana, que podría estar en infinitos hombres, si se dieran; luego, si la naturaleza divina puede estar en varios individuos, podrá estar en infinitos. Pues ¿por qué se detendría la comunicación de ella en un número, verbi gratia en centenario, antes que en milenario, y así de los demás? Es más, ¿por qué cualquier naturaleza creada podrá ser capaz de multiplicación y plurificación hasta el infinito, y la divina no podrá? Luego, si pueden haber varios dioses, podrán haber infinitos. Pero si pudieran haber infinitos, de hecho y en acto existirían, pues siendo Dios el ente sumamente necesario, todo lo que puede ser, de hecho es; mas no hay infinitos dioses existentes: luego ni pueden ser: luego tampoco pueden haber varios: luego hay uno solo. Esta razón, máximamente convincente, la estima Maironio en la primera dist. 2, cuestión 4. Sin embargo, contra ella
Objetan los politeístas, para quebrantar la fuerza de esta razón, que tales consecuencias son nulas, así como, a semejanza de ellas, nulas son estas inferencias: 1. La naturaleza humana no está determinada de facto a un número cierto de hombres: luego de facto pueden haber infinitos hombres existentes en acto; 2. El herrero no está de facto determinado a hacer un solo cuchillo: luego podrá hacer infinitos; 3. No estoy determinado a llevar el peso de tres o cuatro libras: luego puedo llevar infinitas libras de peso; 4. El Padre en las Divinas Personas no está determinado a producir un único supósito divino: luego podrá producir infinitos supósitos divinos en número. Mas es cierto que estas cuatro consecuencias son falsas: luego también falsa será la secuela de nuestra prueba, con la cual inferíamos que, si la naturaleza divina no está necesariamente determinada a un único individuo, sino que es multiplicable en varios, podrá multiplicarse en infinitos, y así podrían haber infinitos dioses. — Responde nuestro Maironio: al primero, que aunque ciertamente la naturaleza humana y cualquiera otra no esté de sí determinada a un número cierto de individuos —de otro modo Dios no podría perpetuar el mundo cuanto y cuanto quisiera, puesto que, fuera del número determinado de hombres, no podría producir otros—, sin embargo está determinada desde fuera, a saber, por la voluntad divina, que estatuyó producir tantos hombres y no más. Pero si la naturaleza divina pudiera multiplicarse de sí misma, su multiplicación no podría ser limitada por nada externo, y consecuentemente habría de ella tantos individuos cuantos pudieran haber, pues siendo Dios ente necesario, en él ser y poder son lo mismo. Al segundo, dice que el herrero se ve determinado por la materia y por la brevedad de la vida, de modo que si viviera eternamente y tuviera hierro infinito, podría hacer infinitos cuchillos. Al tercero, dice que aquella repugnancia respecto de llevar un peso infinito se repite no por parte de la infinitud, sino por parte de la simultaneidad, pues sucesivamente podría yo llevar infinitas libras de peso, si viviera, claro está, infinitos días, y llevando cada día una libra; pero no podría llevarlas infinitas simultáneamente, a no ser que Dios me infundiese una fuerza infinita. Al cuarto, distingue el antecedente: Que el Padre en las divinas personas no está determinado a un único supósito de la misma razón y por la misma facultad y operación que ha de ser producido, lo niega; determinado a ser producido por diversas facultades y operaciones, lo concede; pues está determinado a producir el supósito del Hijo por la dicción del entendimiento, y a producir el supósito del Espíritu Santo por la espiración de la voluntad. De donde no se sigue que pueda producir infinitos supósitos divinos: lo cual ciertamente se seguiría si estuviera indeterminado respecto de producir dos supósitos de la misma razón por la misma facultad y operación, v. g. dos Hijos divinos o dos Espíritus Santos, porque por la misma razón que Dios pudiera producir dos, también podría producir infinitos. Así como se sigue legítimamente que, si la naturaleza divina fuese comunicable a dos individuos divinos, también lo sería a mil y a infinitos; pues la misma razón hay respecto de la comunicación a infinitos que a dos; ya que esta comunicación no podría ser limitada ni determinada desde fuera a un número cierto antes que a otro: por donde queda firme la solidez y vigor de la razón antes expuesta.
La segunda razón se toma de la virtud operativa infinita: pero como en Dios se supone triple operación, a saber, la de la Omnipotencia, por la cual produce todas las cosas; la de la Inteligencia, por la cual se conoce a sí mismo y a las demás cosas; y la de la Voluntad, por la cual se ama a sí mismo y todas las demás cosas buenas, de este triple modo de obrar prueba el Doctor repugnar la pluralidad de dioses.
Primeramente, en efecto, de la Omnipotencia: Repugna que haya varios omnipotentes: luego también varios dioses. Es patente la consecuencia, pues con el nombre de Dios significamos la primera causa enteramente independiente e ilimitada, tanto en su entidad como en sus operaciones. Aunque la omnipotencia de Dios no pueda demostrarse por razón natural, como observa el Doctor n. 6, sin embargo, según comúnmente se entiende el nombre de Dios, designa una causa omnipotente. Se prueba el antecedente: Si hubiese dos Omnipotentes y uno de ellos quisiera producir alguna criatura, el otro podría impedir la producción de aquella criatura, o destruirla una vez producida, o no podría; si no pudiera, ciertamente no debería llamarse Omnipotente, puesto que no podría ejecutar cuanto quisiera; si pudiera, se seguiría que el otro no es Omnipotente, pues no podría consumar su obra ni conservar lo hecho. De donde concluye con razón san Atanasio: Decir que hay varios dioses igualmente poderosos es decir que hay varios igualmente impotentes.
Objetarás. quizá que ellos sean de igual virtud y potencia, pero que haya entre ellos un vínculo de prudencia y amor tan estrecho que ninguno pueda disentir de la voluntad del otro. — Contra. Cada uno de ellos sería enteramente libre y, por tanto, podría a veces disentir del otro; pero, supuesto que no sintieran lo mismo acerca de alguna obra que uno de ellos intenta emprender, entonces o aquel podrá ejecutar la obra intentada, o no: si pudiera, oponiéndose los demás, ¿quién no ve que ellos serían débiles e impotentes? pues no podrían impedir que se hiciera una obra que les repugna. Si no pudiera, ciertamente no será omnipotente, ni por tanto deberá llamarse Dios. Así, pues, por parte de la operación de la Omnipotencia repugna enteramente que haya varios dioses.
En segundo lugar, lo mismo repugna por parte de la operación del Entendimiento divino, lo cual prueba así el Doctor, y con él Bassolio en 1. dist. 2, q. 3: Dios debe tener un entendimiento de infinita perfección; pero si hubiese varios dioses, ninguno de ellos tendría entendimiento de infinita perfección: luego ninguno sería Dios. La mayor es evidente; pues siendo Dios ente infinitamente perfecto, debe tener máximamente un entendimiento de infinita virtud y perfección en el conocer, ya que el conocimiento del ente espiritual es la máxima perfección. La menor se prueba: Un entendimiento de infinita perfección debe conocer todos los inteligibles del modo perfectísimo en que son cognoscibles de sí; pero si hubiese varios dioses, v. g. dos, de los cuales uno, por causa de mayor claridad, se llamara Dios Padre, y otro Dios Hijo, ninguno de ellos podría conocer cualquier inteligible del modo perfectísimo en que es de sí inteligible, pues Dios Padre, verbi gratia, no podría conocer así a Dios Hijo. Prueba el Doctor: Para que Dios Padre conociera a Dios Hijo perfectísimamente, debería conocerlo mediante la esencia del propio Dios Hijo; mas no puede conocerlo así: luego no lo conocería perfectísimamente. La mayor es patente, pues nada se conoce perfectísimamente que no sea conocido por su propia esencia, o por algo otro en lo que su esencia esté contenida de modo más perfecto y noble que en él mismo, a saber, del modo en que los Teólogos enseñan que las criaturas están y se conocen más perfectamente en Dios que en sí mismas; pero aquel Dios Hijo, si se diera, sería cognoscible por su propia esencia, pues él mismo así se conocería, ni habría nada en lo que su esencia estuviera contenida de modo más perfecto que en sí misma, supuesto que aquélla se supone de infinita perfección, y por consiguiente nada hay más perfecto que ella: luego no podría ser conocido perfectísimamente por Dios Padre si no fuera conocido por su esencia. La menor también es evidente, a saber, que Dios Padre no podría conocer a Dios Hijo por la esencia de éste: tanto porque se seguiría (dice el Doctor) que la cognición de Dios Padre sería posterior por naturaleza a la esencia de Dios Hijo realmente distinta de sí, pues toda cognición realmente distinta del objeto presupone el objeto con prioridad al menos de naturaleza, como el efecto a la causa; pues de la potencia y del objeto nace todo conocimiento; tanto porque (dice Bassolio) Dios Padre dependería de Dios Hijo para formar su cognición, como de algo extrínseco, y por consiguiente no sería independiente en la operación a él máximamente propia, cual es el conocimiento, y consecuentemente no sería Dios.
Objetarás. quizá que un dios conocería al otro por su propia esencia, esto es, por la esencia del propio dios conociente, la cual sería enteramente semejante a la esencia del dios conocido; o lo conocería mediante alguna especie representante de la esencia del dios conocido, por la cual, por tanto, la representaría perfectísimamente. — Contra: En esta hipótesis (dice el Doctor) la cognición del dios conociente no sería perfectísima, pues la cosa no se conoce tan perfectamente en algún semejante y representativo como en sí misma, ya que la cognición intuitiva es más perfecta que la abstractiva: luego si Dios Padre conociera a Dios Hijo sólo por cognición abstractiva, a saber, por su propia esencia o por una especie representativa de la esencia de Dios Hijo, su cognición no sería perfectísima, ni consecuentemente sería Dios.
Finalmente, en tercer lugar, la pluralidad repugna por la operación de la Voluntad divina, lo cual prueba así el Doctor n. 3: La voluntad divina, siendo de infinita perfección, debe estar ordenada y regulada, y por ende debe amar todo lo amable cuanto es amable; pero si se dieran varios dioses, uno no podría amar al otro cuanto es amable. Se prueba: O uno amaría al otro infinitamente, o no; si no, luego su voluntad no estaría regulada, pues supuesto que el otro dios es infinitamente perfecto, es infinitamente amable; si sí, luego amaría al otro igualmente que a sí mismo, y por consiguiente su amor no estaría ordenado. Pues así como cada uno por peso natural inclina más a la conservación de sí mismo que a la del otro, así también está obligado a amarse más a sí mismo que al otro; pero si un dios amara al otro infinitamente, no podría amarse más a sí mismo que al otro, pues en lo infinito no hay más ni menos: luego, si se dieran varios dioses, su voluntad estaría desordenada, y por consiguiente no sería divina: luego no serían dioses. — Después, si hubiese varios dioses, o uno gozaría de sí mismo y de los otros simultáneamente, o usaría de los otros y gozaría de sí mismo; pero nada de esto puede decirse. No lo primero, porque de otro modo gozaría de dos objetos adecuadamente beatificantes, pues cada uno de ellos, siendo bien infinito, beatificaría adecuadamente, y así uno contribuiría a la bienaventuranza del otro, y no contribuiría: contribuiría ciertamente, porque de él gozaría; pero no contribuiría, porque, quitado cualquiera de ellos, no sería menos bienaventurado. Tampoco lo segundo, porque, como un dios de sí no se ordena al otro como a fin, si alguno gozara del otro, abusaría de él; y así su voluntad no estaría ordenada, ni consecuentemente aquel sería Dios.
En tercer lugar finalmente se toma la razón de la dignidad de la Divinidad, que es máximamente triple, conforme al triple respeto que todas las criaturas tienen a Dios como a su principio, moderador y fin, del cual proceden, por quien son regidas y a quien se ordenan.
Primeramente, en efecto, consta por los Filósofos naturales que no pueden asignarse varias causas totales y adequadas de un mismo y único efecto, de otro modo la causa sería total, como se supone, y no lo sería, porque admitiría para la producción del efecto el concurso y actividad de otra causa: luego tampoco pueden admitirse varios primeros principios de todas las cosas. Pues o cada uno de ellos sería principio total, o no; no lo primero, porque implica que de una misma cosa haya varias causas totales; tampoco lo segundo, porque de otro modo no sería Dios, ya que no tendría virtud infinita, sino que admitiría el auxilio del otro. De donde concluye con razón Lactancio en el libro De vera sapientia, cap. 3: Si la naturaleza (dice) no permite que de un hombre haya muchos padres, pues de uno se engendra: luego también adorar muchos dioses es contra la naturaleza y contra la piedad.
Segundo. Consta por la Moral que no pueden admitirse varios fines totales y adecuados, pues fin total se llama aquel al que se refieren todos los apetecibles: luego donde alguien se propone un Dios como fin último total, es necesario que ordene y refiera a él todas las demás cosas, y por consiguiente no puede proponerse otro Dios como fin total, de otro modo el primer Dios sería fin total y no lo sería; lo sería ciertamente, por suposición; pero no lo sería, porque los demás dioses no se referirían a él. Así, por la dignidad y razón de fin total es necesario admitir un Dios único.
Tercero. Finalmente, por los libros Políticos consta que el régimen Monárquico es el mejor de todos, y que por tanto debe atribuirse a Dios, supremo moderador de todas las cosas:
Un solo Señor es, pues, Dios de todos, dice S. Cipriano, lib. De vanitate Idolorum; pues esta sublimidad no puede tener consorcio, ya que Él solo detenta todo el poder y el divino imperio. Tomemos también ejemplos de la tierra. ¿Cuándo una asociación de reino comenzó con fidelidad o terminó sin derramamiento de sangre? Así la fraternidad de los tebanos se rompió, Y permaneciendo las piras divididas, incluso en la muerte subsiste la discordia; Y a los gemelos romanos no les cabe un solo reino, aunque un mismo hospedaje en el vientre los engendró. Pompeyo y César eran parientes, y sin embargo el vínculo de su parentesco no pudo contener su poder rival. Y no te admires de esto sólo en el hombre, puesto que en ello conviene toda la naturaleza. Un rey hay entre las abejas, y un guía único en los rebaños, y en los hatos un solo rector. Con mucha mayor razón uno es el Rector del mundo, el cual manda todas las cosas que son con su palabra, las dispensa con su razón y las consuma con su virtud.
Dirás 1. Por el Apóstol, primera a los Corintios 8: Hay muchos señores y muchos dioses: luego no hay un Dios solamente único. — Distingo. Que hay muchos dioses verdaderos, lo niego; ficticios, lo concedo. Pues todos los dioses de los gentiles son demonios, dice el Vates Regio.
Insistirás. Verdaderos dioses son los que tienen verdaderos caracteres de la Deidad; pero los dioses de los gentiles tienen verdaderos caracteres de la Deidad. Se prueba: Tres son principalmente los caracteres que nos notifican la Deidad, a saber: la realización de milagros, conforme a aquel Salmo 71: Tú que haces maravillas solo; la curación repentina de enfermedades, como se dice en el primer libro de los Reyes cap. 2: El Señor mata y hace vivir, descende al infierno y hace volver; y la predicción de cosas futuras, según aquello de Isaías 41: Anunciad lo que ha de venir en el futuro, y sabremos que sois dioses. Pero estas tres cosas las obraron los dioses de los gentiles, como consta por innumerables historias: luego deben llamarse dioses verdaderos. — Niego la menor, y a las pruebas digo que todo aquello que se narra hecho en invocación de falsas Divinidades fue perpetrado mediante natural ayuda y virtud de los demonios, tales fueron aquellas obras admirables realizadas por dos Vestales como señal y confirmación de su intacta virginidad: una de ellas, llamada Tucia, contuvo y transportó agua en un cribro; la otra, llamada Claudia, movió con su cinturón una nave en cuyo interior se llevaba una piedra sagrada a la gran Madre de los Dioses, varada en medio de las aguas del Tíber, tan adherida que ninguna virtud humana podía moverla, y pudo conducirla al puerto. Pues éstas y semejantes cosas eran obradas por los Demonios bajo nombre de Dioses (dice Tertuliano) para que se creyera que las piedras eran Numina y no se buscara al Dios verdadero. En el Apologeticum, cap. 22.
— A la segunda prueba digo; estas curaciones de enfermedades fueron más bien obra de demonios que perturbaban el sosiego, que repulsión de la enfermedad, Pues hierven primero, dice allí mismo Tertuliano, luego prescriben remedios nuevos para el milagro, o contrarios, tras los cuales cesan de dañar, y se cree que han curado. O como habla Octavio en Minucio Félix: Fingem enfermedades, atemorizan las mentes, atormentan los miembros, para obligar al culto de sí mismos, para que, relumbrando sus altares o engordadas las víctimas, parezcan haber curado al soltar lo que habían apretado. — A la tercera prueba digo, que todas aquellas, tanto declaraciones de cosas ausentes como notificaciones y predicciones de cosas futuras, fueron hechas igualmente por industria de los demonios, quienes, con admirable velocidad suya, recorren en un instante el orbe y pueden referir lo que ocurre en las más remotas regiones. Pueden asimismo, por admirable sutileza de su genio, conjeturar lo futuro a partir del influjo de los Astros, de la interpretación de las Escrituras y de los oráculos de los Profetas.
Todo esto lo descubre y expone elegantemente Tertuliano en el mismo lugar:
Todo espíritu, dice, es Alado, así los Ángeles como los Demonios. Por tanto, en un instante están en todas partes. Para ellos todo el orbe es un solo lugar; saben con tanta facilidad lo que en todas partes ocurre cuanto lo proclaman; la velocidad se cree Divinidad, porque se ignora la substancia; arrancan también las disposiciones de Dios, ahora cuando los Prelados componen las lecturas escogidas, ahora cuando resuenan las lecciones, tomando así de aquí ciertas suertes de tiempos; emulan la Divinidad mientras roban la adivinación.
Pero en los Oráculos, con qué ingenio temperen las ambigüedades hacia un desenlace, lo saben los Creso, lo saben los Pirro. Pues Creso, habiendo consultado el Oráculo de Apolo, a quien era devoto, si movería armas contra los Persas, respondióle el Oráculo, como refiere Eusebio, lib. 3. De praeparatione Evangelica: Si Croeso intrepido el Halys cruzare, Perderá el gran imperio y el soberbio reino. Con qué ambigüedad del dicho, perdido el engañado Creso, declaró la guerra a los Persas, juzgando que el reino de los Persas debía ser perdido y devastado por sus armas: pero él mismo perdió su propio reino de Lidia con el infeliz suceso de la guerra. Algo semejante aconteció a Pirro, Rey de los Epirotas, quien, habiendo consultado el mismo Oráculo sobre si combatiendo contra los Romanos saldría vencedor, oyó este ambiguo Oráculo: Te digo, Eácida, que puedes vencer a los Romanos. De donde aconteció que Pirro, animado con la esperanza de la victoria, combatió contra los Romanos; pero vencido y derribado por ellos, aprendió a costa de propia pérdida el sentido del ambiguo Oráculo.
Dirás 2. Todo lo que es mejor debe admitirse máximamente en la Deidad: pero es mejor que haya muchos dioses que uno solo único: luego deben admitirse varios dioses. Se prueba la menor. Es mejor haber muchos bienes que uno solo único: pero varios dioses son muchos bienes: luego es mejor haber muchos dioses que uno único. — Distingo la mayor. Si aquello que se concibe como mejor es posible y debe admitirse, lo concedo. Si es imposible, lo niego. Pero que haya muchos dioses está demostrado suficientemente y de sobra que es imposible. Igualmente distingo la prueba de la menor: Muchos bienes son mejores que uno único, si ese único no contiene en sí todo cuanto perfección se halla en los otros, lo concedo; si lo contiene, lo niego. Pues aunque diez libras de plata, v. gr., sean muchos bienes más que una sola moneda de oro, sin embargo no exceden su valor, porque la moneda de oro contiene en sí el valor y precio de aquellas diez libras: de modo semejante, aunque varios dioses, si se dieran, fueran muchos bienes, con todo, siendo el Dios único infinitamente perfecto, y por tanto conteniendo en sí todo cuanto perfección se hallaría en los otros, de ahí resulta que no sería mejor haber muchos dioses que uno único.
Dirás 3. junto con Marción y los Maniqueos: Deben admitirse tantos dioses cuantos Productores primeros de las cosas, sumos Moderadores y últimos Fines: pero éstos son a lo menos dos: luego también dos dioses. La mayor consta por lo dicho. La menor se prueba: Son Productores, Moderadores y Fines de las cosas tantos cuantos Efectos enteramente opuestos, Leyes contrarias y Términos perpetuos diversos: mas éstos son a lo menos de doble género y orden. La mayor es clara; pues por los efectos opuestos, leyes y términos perpetuos se conoce la diversidad y distinción de la causa, del rector y del fin. La menor consta además por la misma experiencia y por la Escritura, pues los cuerpos y los espíritus son efectos opuestos, de ahí la perpetua lucha entre el cuerpo y el alma, conforme a aquello de S. Pablo, Romanos 7: Condelecciónome de la ley de Dios según el hombre interior; mas veo otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente, y que me cautiva a la ley del pecado que está en mis miembros. Igualmente las leyes divinas son enteramente opuestas: pues la Antigua y Mosaica nada más intentaba que severidad, terror y suplicios; mas la ley Nueva y Evangélica nada propone sino amor, perdón y misericordia. Asimismo dos Términos perpetuos de las criaturas racionales, a saber: la bienaventuranza y la damnación, el Cielo y el Infierno, la felicidad y la gehena. Luego necesariamente deben admitirse dos Productores de las cosas, de los cuales uno habría producido las cosas malas corporales y visibles, otro las buenas espirituales e invisibles: asimismo dos Rectores del mundo, de los cuales uno sepa de venganza y males por su naturaleza depravada por la malicia, otro esté propenso al amor y la misericordia por su bondad innata: finalmente dos últimos Fines, de los cuales uno se deleite en atormentar y torturar perpetuamente los cuerpos humanos, y otro se ocupe en liberar, salvar y recrear y solazar con deleites eternos a los seres hechos a su semejanza. — Niego la menor, y a la primera prueba de ella digo que la diversidad de efectos indica ciertamente a veces diversidad de causas finitas, cuya virtud, siendo limitada, está también determinada a producir determinados efectos, de modo que no pudiera producir otros: así el fuego produce fuego y no agua; pero no así la potestad Divina, que, siendo de virtud y fecundidad infinita, puede producir cualesquiera efectos, semejantes, dispares o contrarios; de donde merecidamente en el Símbolo se dice de Dios que es Creador del Cielo y de la Tierra, de las cosas visibles y de las Invisibles. Añade que si hubieran de asignarse dos primeros Productores, de los cuales uno debiera producir las cosas corporales y visibles, otro las espirituales, ni podrían ser producidas a la vez por uno solo único a causa de su oposición, y también deberían asignarse innumerables Productores de las cosas corporales, pues éstas no sólo se hallan disímiles, sino aun propiamente opuestas y contrarias, verbigracia el calor y el frío, lo blanco y lo negro, la luz y las tinieblas; antes bien, del mismo cuerpo humano diversos serán los primeros artífices que han de asignarse, pues, dice Tertuliano, lib. 1. In Marcionem, cap. 16:
Al mismo hombre la diversidad lo temperó tanto en el cuerpo cuanto en el sentido: unos miembros fuertes, otros débiles, unos honestos, otros deshonestos, unos gemelos, otros únicos, unos pares, otros desiguales. Por tanto también en el sentido, ahora alegría, ahora angustia, ahora amor, ahora odio, ahora ira, ahora mansedumbre; lo cual sucede así para que entre sí esa universalidad de condición, emuladora, quede modulada; luego también las cosas visibles se deben a lo visible, y no deben atribuirse a otro Autor.
— A la segunda prueba responde también el mismo Tertuliano, lib. 2. cap. 4.
«Qué ley tan reprochas —dice—, que la bondad otorgó en favor del hombre, para que con ella se adhiriera a Dios; no fuera que pareciera no tanto libre como desechado, habiendo de ser igualado a sus siervos y a los demás animales, exentos por Dios, y apartados de la cumbre de los libres: sino que solo el hombre se gloriará de que solo él hubiera sido digno de recibir la ley de Dios.»
Para demostrar, además, que no fueron diversos los Autores de una y otra ley, tanto de la Antigua como de la Nueva, muestra que todo lo que en una había sido trazado, en la otra fue cumplido; y aquellas objeciones que Marción oponía acerca del Dios Autor de la Ley Antigua, las mismas, tan decantadas por Marción contra el artífice de la Ley Nueva, les replica Tertuliano al final de este segundo libro.
— A la tercera prueba replica él mismo a la par: que la justicia y la bondad, la vindicta y la indulgencia, la beatitud y la condenación, no implican diversidad de dioses, antes bien prueban la unidad; pues, dice, lib. 2, cap. 12:
Desde el principio el Creador, tan bueno como justo, produjo juntamente ambas cosas. Su bondad obró el mundo, su justicia lo reguló... A su justicia, que fue proclamada separación entre la luz y las tinieblas, entre el día y la noche, entre el Cielo y la Tierra, entre el agua superior y la inferior, entre el mar y la mole de la tierra seca, entre los lumbreras mayores y menores, diurnas y nocturnas, entre el macho y la hembra, entre el árbol del conocimiento de la muerte y el de la vida, entre el orbe y el Paraíso, entre los animales nacidos del agua y los nacidos de la tierra todos: como la concibió la bondad, así los distinguió la justicia.
Y en el cap. 18, mostrando que en el Dios sumamente bueno es necesaria la severidad, dice:
Con tantas seducciones combatiendo el mal contra el bien, ¿quién apetecería aquello que pudiera despreciar impunemente? ¿Quién guardaría aquello que pudiera perder sin peligro? Es ancho y mucho más frecuentado el camino del mal leve. ¿No resbalarían todos hacia él si nada hubiera que temer en él? Nos estremecemos ante las terribles amenazas del Creador y apenas nos arrancamos del mal; ¿qué sería si nada amenazara? ¿Dirás que es malo esta justicia que no favorece al mal? ¿Negarás que es bueno este que provee al bien? ¿Qué clase de Dios quisieras tú; qué clase convendría a los malos, bajo el cual se regocijaran los delitos, y del cual se burlase el Diablo? ¿Acaso juzgarías bueno a un Dios que más bien pudiera hacer al hombre malo con la seguridad del delito?
De allí concluye:
La justicia de Dios es plenitud de la divinidad, mostrando a Dios perfecto como Padre y Señor: Padre por la clemencia, Señor por la disciplina; Padre por un poder amable, Señor por uno severo; Padre que ha de amarse piadosamente, Señor que ha de temerse necesariamente. Ha de amarse porque prefiere la misericordia antes que el sacrificio; y ha de temerse porque aborrece el pecado: ha de amarse porque prefiere la penitencia del pecador antes que la muerte; y ha de temerse porque prefiere que ya no queden sin penitencia los pecadores suyos.
Dirás 4. Más puede hacer Dios de lo que el entendimiento humano pueda pensar: pero el entendimiento humano, como consta en los idólatras y gentiles, puede pensar muchos dioses: luego Dios puede hacer muchos dioses; mas en lo divino ser y poder son lo mismo: luego de hecho hay muchos dioses. — Responde el Doctor Seráfico en 1 dist. 2 art. 1 q. 1, que los gentiles no entendieron a Dios según la nobleza divina; por eso no hay que admirarse de que hayan pensado, o mejor dicho fingido, muchos dioses; pues la pluralidad de dioses fue ficción del entendimiento humano. Por eso, al argumento digo que doble es el entendimiento: racional ciertamente, y fantástico. Del primero es válida la objeción, mas no del segundo; es decir, si pensamos aquellas cosas que son según la razón, entonces es verdad que Dios puede hacer más de lo que nosotros pensar; pues Dios hace más cosas de las que podemos pensar, ya que Dios hace muchas cosas que no podemos entender por razón natural, como consta de los misterios de nuestra fe. Pero si quisiéramos pensar aquellas cosas que ocurren a nuestra fantasía e imaginación, sin duda podemos pensar más cosas de las que Dios puede hacer, porque podemos pensar muchas cosas absurdas e inconvenientes, que más bien se dicen fingirse que entenderse; pero a Dios nada mínimo le conviene que sea inconveniente, y lo que le es inconveniente es imposible.
Dirás 5. Gran potencia es la que puede lo grande, mayor la que puede lo mayor, máxima la que puede lo máximo, y suprema la que puede lo sumo; pero la potencia de Dios es suprema: luego puede producir lo sumo; mas esto es Dios: luego Dios puede producir otro dios. — Responde el mismo Doctor Seráfico que algo puede producir otra cosa de triple manera: o de sí mismo, o de algo creado, o de la nada. De sí mismo puede Dios producir, y verdaderamente produce, lo sumo simplemente; pues el Padre divino genera de su sustancia al Hijo: mas no puede producir otro Dios, por la simplicidad de la naturaleza divina. De otro, o de la nada, no puede Dios producir lo sumo simplemente, sino en género: no por defecto de su potencia, sino por defecto de la criatura, que necesariamente ha de ser limitada; y así no puede producir otro Dios.