Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente

Claude Frassen

Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente

Claude Frassen (1620–1711)

Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.


Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)

Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)

Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)

Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt

Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)

Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)

Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi

Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae

Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina

Quaestio II: An theologia positiva sit utilis et necessaria

Quaestio III: An, et qualiter theologia scholastica Ecclesiae Dei prosit

Articulus II: De essentia theologiae

Quaestio I: An theologia Dei et Beatorum sit proprie dicenda scientia

Quaestio II: An theologia Viatorum perfectae scientiae characteres habeat

Quaestio III: An theologia nostra perfectae sapientiae titulo glorietur

Quaestio IV: An theologia nostra subalternetur scientiae Dei, et Beatorum

Quaestio V: Quodnam sit obiectum theologiae nostrae

Articulus III: De proprietatibus, et praecipuis characteribus nostrae theologiae

Quaestio I: An theologia nostra sit speculativa, vel practica

Quaestio II: An theologia nostra sit habitus supernaturalis

Quaestio III: An theologia nostra certior sit, et dignior scientiis naturalibus

Quaestio IV: An theologia nostra sit argumentativa, et adhaesiva

Quaestio V: Quinam sint loci ex quibus theologia argumenta sua depromit

Así como Aristóteles, en sus Tópicos, propuso ciertos principios comunes de los que los filósofos podían sacar, como de un almacén, la materia de sus argumentaciones —por lo cual juzgó que debían llamarse lugares de los argumentos, sedes y domicilios—, así también los teólogos se fijan ciertos principios de los que toman las razones para descubrir y confirmar sus verdades.

Nótese 1. Que los Lugares Teológicos pueden considerarse según un uso más amplio o según un uso más estricto. Del primer modo se cuentan comúnmente diez: a saber, 1. la autoridad de la Sagrada Escritura; 2. la de las Tradiciones de Cristo Señor nuestro y de sus Apóstoles; 3. la de la Iglesia Católica; 4. la de los Concilios, especialmente de los generales aprobados; 5. la del Sumo Pontífice que decide con consulta y con autoridad pontificia; 6. la de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia; 7. la de los Doctores Escolásticos y peritos del derecho pontificio; 8. la de los filósofos naturales y consultores del derecho cesáreo; 9. la de la Historia humana y civil; 10. la del Raciocinio natural. Pues el Teólogo revolotea y se extiende por todos los lugares antedichos, como la abeja, para extraer de ellos, mediante su discurrir, la miel de la verdad. — Pero si los Lugares Teológicos se toman estrictamente, sólo se contarán tres: a saber, 1. la Sagrada Escritura escrita en el Antiguo y el Nuevo Testamento; 2. la Tradición de Cristo y de los Apóstoles, a la cual se reduce el sentido común de los Padres al enseñar y de los fieles al creer; pues por estos dos se da a conocer la Tradición; 3. la Autoridad de la Iglesia, que comprende los decretos de los Concilios y de los sumos Pontífices. Estos tres se llaman lugares propios y domésticos de la Teología; los demás, en cambio, extraños e impropios, porque éstos se apoyan sólo en fe o razón humanas, mientras aquéllos se apoyan en la revelación divina y en la iluminación y auxilio celestial del Espíritu Santo. Y puesto que acerca de la autoridad de las Tradiciones y de la Iglesia ha de tratarse ex profeso en el tratado sobre la Fe (si Dios lo concede), aquí sólo han de considerarse algunas cosas acerca de la Sagrada Escritura, de la que la Teología saca principalmente sus verdades.

Nótese 2. Que la Sagrada Escritura no puede decirse principio o Lugar de las argumentaciones teológicas sino según su genuina significación. Y puesto que las voces son signos de los conceptos, y los conceptos signos de las cosas, se sigue que la significación o sentido de la Sagrada Escritura es el concepto de las cosas expresadas por las voces y vocablos de la misma Escritura. Este sentido se distingue usualmente en triple: a saber, 1. Histórico o literal, que la letra primeramente infunde a la mente según la significación habitual de las voces y la institución primaria de los hombres. 2. Místico o espiritual, que no expresan ciertamente las voces, sino las cosas mismas significadas por las voces. 3. Acomodaticio, o por acomodación, cuando las palabras de la Escritura que significan una cosa se usan para significar otra, según el agrado y parecer del que las usa, por alguna conveniencia que juzga existir entre ambas cosas.

Nótese 3. Que estos tres sentidos se subdividen a su vez en otros: el Acomodaticio, en efecto, es uno por extensión, por la cual las palabras de la Escritura determinadas a una persona se extienden también a otra; así, v. gr., las palabras del Salmo 68, La injuria de los que te injuriaban cayó sobre mí, que David pronunció acerca de sí mismo, las extiende y usa Pablo en Romanos cap. 15 para significar la pasión de Cristo y la persecución de los cristianos; de donde añade: Cuantas cosas fueron escritas, fueron escritas para nuestra doctrina, para que tengamos esperanza mediante la paciencia y la consolación de las Escrituras. Y otro es por Alusión, cuando atribuimos y acomodamos a otro las palabras de la Escritura, aunque entre ambas cosas no intervenga por sí ninguna semejanza natural o moral; v. gr., si alguien adaptara estas palabras del Salmo 62 a hombres pleiteantes: Entrarán en las partes más bajas de la tierra, es decir, serán arrojados a las cárceles; serán entregados en manos de la espada, es decir, los alguaciles echarán violentas manos sobre ellos; serán porción de zorros, es decir, sus bienes y riquezas serán dilapidados por procuradores y patronos. — Semejantemente el Literal es uno Propio, cuando las cosas se significan por las voces según la fuerza habitual de significar y la institución primaria de los hombres; otro Metafórico, cuando las cosas se significan por una voz de significación impropia y traslaticia; así Cristo es llamado metafóricamente cordero, león, piedra, etc. — El sentido igualmente Místico o espiritual, que está contenido en el histórico y literal como el alma en el cuerpo, es triple: Primero el Alegórico, cuando ciertamente la historia del Antiguo Testamento significa algo que ha de cumplirse en el Nuevo; v. gr., la elevación de la serpiente por Moisés, que designaba a Cristo elevado en la cruz. 2. Tropológico o Moral; cuando desde la página de la historia del Antiguo Testamento se nos provoca a ordenar nuestras costumbres. 3. Anagógico o elevador hacia lo alto, cuando, v. gr., la bienaventuranza de la vida futura se designa por la entrada en la tierra de promisión. Todos estos sentidos, sin embargo, se manifiestan con una sola palabra, v. gr., Jerusalén; en efecto, literalmente significa la ciudad de Judea; alegóricamente, la Iglesia; tropológicamente, el alma del justo; anagógicamente, la patria celestial. Y el Lírico nuestro abrazó asimismo aquellos sentidos en estos dos versos:

La letra enseña los hechos; qué has de creer, la Alegoría; la Moral, qué has de hacer; qué has de esperar, la Anagogía.

Los cuales versos algunos expresaron con mayor extensión y significado en estos otros siguientes:

Se llama Histórico el que las palabras expresadas designan. Y Alegórico el que juega en las sombras de los antiguos. Moral, por quien se mantiene la norma de vivir. Qué has de esperar, en cambio, el Anagógico lo ofrece en lo alto.

Debe saberse, sin embargo, que todos estos sentidos se hallan no sólo en el Antiguo, sino también en el Nuevo Testamento, como puede colegirse de muchos ejemplos: el matrimonio, en efecto, v. gr., significa la unión de Cristo con la Iglesia, Efes. 5. designa asimismo la gracia concedida a los cónyuges, y finalmente esboza bajo la significación de las bodas la felicidad eterna. Además, toda acción de Cristo fue nuestra instrucción: cuando resucitaba a los muertos, designaba la justificación de los hombres penitentes; mientras iluminaba a los ciegos, figuraba los efectos de la predicación evangélica; mientras caminaba sobre el mar, nos exhortaba a hollar con ánimo constante las tempestades de esta vida y las varias tentaciones que han de tolerarse, etc.

Pero si de todos estos sentidos pueden extraerse argumentos válidos para exponer y defender la fe, se disputa entre los teólogos; y lo que a nosotros nos parece más verdadero, para que aparezca, sea:

Conclusión primera. — El sentido literal propio de la Sagrada Escritura ofrece siempre un argumento teológico firme.

Se prueba. Y ello por San Pablo, 2 a Timoteo 3: Toda Escritura divinamente inspirada es útil para argüir, etc. Pero esto lo presta máximamente por el sentido literal; ya que por ese sentido deviene máximamente útil para argüir, pues indica la verdad con más fácil trabajo y es conocido por todos cuantos conocen el idioma; pero tal es el sentido literal, puesto que para percibirlo basta sola la noticia del idioma y de las voces en que la Sagrada Escritura está escrita. ¿Quién, en efecto, duda de que por estas palabras del Deuteronomio 6, El Señor nuestro Dios es un solo Señor, se designe rectamente la unidad de Dios? ¿Quién no percibe que aquellas palabras de Juan 1, El Verbo se hizo carne, significan la encarnación del Verbo divino? Luego el sentido literal es utilísimo para argüir.

Dirás 1. No puede colegirse de ese sentido un argumento teológico firme aquel sentido que es múltiple, vario y enteramente incierto; pero tal es el sentido literal. Pruebo: De un mismo texto pueden ser varios y enteramente discordantes los sentidos literales, como consta de las primeras palabras de toda la Escritura, En el principio creó Dios los cielos y la tierra; San Agustín enseña lib. 12. Confessionum cap. 20 que estas palabras pueden usarse ad litteram de triple manera, de suerte que in principio creavit suene lo mismo 1. que en el Hijo, o en su eterna sabiduría; 2. lo mismo que al comienzo del tiempo; 3. lo mismo que antes de toda otra obra. De donde añade en el cap. 31:

Ya que uno habrá dicho: Moisés quiso decir esto que yo; y otro: antes bien, aquello es lo que yo digo; considero más piadoso decir: ¿por qué no más bien ambas cosas, si ambas son verdaderas? Y si alguien viera una tercera cosa, o una cuarta, o cualquier otra cosa verdadera en estas palabras, ¿por qué no ha de creerse que las vio todas aquél por quien el único Dios, que iba a ser visto en verdades diversas, templó las Sagradas Escrituras con muchos sentidos?

Luego sostiene que del mismo texto pueden asignarse varios sentidos literales. — Respondo. Puede negarse la menor; y respecto a la autoridad digo que los dichos verbos tienen un único sentido literal genuino, a saber, aquel por el cual se designa que Dios desde el comienzo de los tiempos creó el cielo y la tierra y cuanto en ellos se contiene; de modo que la partícula in principio signifique que las criaturas no son eternas, sino que todas fueron creadas juntas al comienzo de los tiempos, como usaron los dichos verbos el Concilio Lateranense IV, bajo Inocencio III, cap. 1: Dios, dice, desde el principio del tiempo creó de la nada ambas criaturas, la corporal y la espiritual, la angélica y la humana. Por donde los otros dos sentidos son extraños, ni pueden llamarse verdaderamente literales.

Dirás 2. De ese sentido no puede deducirse un argumento firme, el cual quedó oscurecido con tanta oscuridad que apenas puede descubrirse y advertirse; pero tal es el sentido literal, como confiesan todos los santos Intérpretes, quienes por eso afirman que la Sagrada Escritura es aquel Libro sellado con siete sellos, Apocalipsis 5, de modo que nadie fuera digno de hallarse, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, que pudiera abrir el libro y desatar sus sellos, sino el Cordero; pues la verdad divina, que en él mora escondida, puso tinieblas como escondrijo suyo: luego de ese sentido no puede extraerse un argumento válido. — Distingo la menor. En algunos contextos, que en modo alguno sirven para persuadir y exponer las verdades Católicas, concedo; en aquellos en que los Teólogos necesitan persuadirlas y defenderlas, niego. Confieso, ciertamente, que la Sagrada Escritura está a veces llena de múltiple oscuridad, y ello por varias causas, que los SS. Padres aducen y explican. — Primero, dice San Jerónimo, para que humildemente recurramos a Dios con preces reiteradas a fin de alcanzar su inteligencia. Segundo, para que no nos parezca vil por demasiada facilidad, dice San Gregorio. Tercero, para que mediante el trabajo y dificultad de alcanzar el sentido (dice Clemente Alejandrino) sea quebrantada y embotada nuestra soberbia, demasiado complaciente consigo misma. Cuarto, finalmente, dice San Dionisio, para que nuestros misterios no se hagan manifiestos a los infieles y sean expuestos al escarnio de éstos.

Preguntarás, ¿por qué indicios puede discernirse y descubrirse el sentido literal? — Respondo. Para descubrirlo deben guardarse sobre todo las siguientes reglas: 1. Si el texto cohiera abiertamente con los antecedentes y consecuentes. 2. Debe tenerse por sentido genuino y literal aquel que fue determinado por los Concilios, o por los Sumos Pontífices, o usado por los mismos Apóstolos para expresar algo literalmente. 3. Mientras es recibido e entendido con el consentimiento de los Padres. 4. Si no pugna directamente con otro texto; pues no puede ser que una verdad se oponga a otra verdad. 5. Finalmente, mientras las palabras nada enuncien que disuene y discrepe de la doctrina de la fe y de la recta razón moral, como indica San Agustín, lib. 2 De Doctrina Christiana, cap. 10: Todo lo que, dice, en el discurso divino no pueda referirse propiamente a la honestad de las costumbres ni a la verdad de la fe, sepas que es figurado.

Conclusión segunda. — El sentido místico sirve a veces para probar algo; mas el acomodaticio nunca.

Se prueba la 1ª parte. Todo sentido verdadero y pretendido por el Espíritu Santo en la lectura de las Sagradas Escrituras puede servir para afirmar y explicar la verdad; pero el sentido místico es verdadero y pretendido por el Espíritu Santo: Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, dice San Pedro, 2ª ep., c. 1, sino que los hombres santos de Dios hablaron inspirados por el Espíritu Santo. Está también ordenado a nuestra instrucción: Porque cuantas cosas fueron escritas, dice San Pablo, Rom. 15, para nuestra doctrina fueron escritas: luego, etc. — Se confirma. Aquel sentido juntamente con el literal fue designado y confirmado por el Espíritu Santo, al cual se llama sentido y significación de la Escritura; pero el sentido espiritual y místico se llama sentido de la Escritura y su significación. Lo pruebo por Juan 19, donde, habiendo dicho que las piernas de Cristo no fueron quebradas por los soldados, añade: Porque estas cosas fueron hechas para que se cumpliera la Escritura: No quebraréis hueso suyo. Pero estas palabras fueron dichas en sentido literal, Éxodo 12, acerca del cordero Pascual: luego, junto con el sentido literal que designaba que el hueso del cordero Pascual no debía quebrarse, también era confirmado por el Espíritu Santo el sentido místico y espiritual, que significa que el cuerpo de Cristo moribundo en la cruz no debía ser quebrado; ¿pues cómo se diría que se cumplía la Escritura si no envolviera este sentido?

  1. Ese sentido puede servir para la prueba de la verdad del cual usaron frecuentemente Cristo Señor y los Apóstoles para intimar la verdad y repeler la mentira y el error; pero usaron frecuentemente el sentido místico. Así, Juan 10, cuando los judíos acusaban a Cristo y querían apedrearle porque había dicho que él era Dios e Hijo de Dios, responde y arguye: ¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije: Dioses sois? Si a aquéllos llamó dioses, a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y no puede deshacerse la Escritura; ¿a quien el Padre sanctificó y envió al mundo vosotros decís: blasfemas; porque dije: Hijo de Dios soy? Así, en todas partes, de las parábolas o deduce lo que debe seguirse o evitarse, o arguye y repelia la criminalización de los fariseos que le insultaban. Semejantemente los Apóstoles argumentan frecuentemente en sentido místico. Así San Pablo, de estas palabras del Deuteronomio 25: No pondrás bozal al buey que trilla, deduce, 1ª Corintios 9, que el predicador evangélico debe vivir del Evangelio. Así, del hecho de que Abraham tuvo dos hijos, Ismael de la esclava e Isaac de la libre, deduce alegóricamente, Gálatas 4, que Dios es autor de ambos Testamentos, del Viejo y del Nuevo, y padre de dos pueblos, los judíos y los gentiles.

  2. Así como los hombres usan voces para manifestar sus conceptos, así Dios usa las cosas para revelar y significar los futuros o místicos. Ni hay menos verdad en las cosas designadas y usadas por Dios para significar algo que en las voces instituidas por los hombres; pero las voces, por su sentido literal, pueden servir para probar algo; luego también las cosas, por su sentido místico. De ahí que merecidamente San Pablo, 1ª Corintios 10, habiendo antepuesto que todos los Padres del Viejo Testamento estuvieron bajo la nube, subordina: Y todas estas cosas les acontecieron en figura. Y a los Hebreos 10, tras larga y exacta discusión, a lo largo de muchos capítulos, de los signos y símbolos del Viejo Testamento respecto del Nuevo, añade esta suposición causal: Teniendo la sombra de los bienes futuros la Ley; ciertamente de los futuros en la Ley Evangélica, para cuya persuasión toda aquella Epístola está dirigida.

Advierte, sin embargo. Para que resuelvas de una sola palabra todo lo que pudiera objetarse: el sentido místico no tiene ninguna fuerza probativa y argumentativa, a no ser que conste abiertamente que fue talmente usado por Cristo o sus Apóstoles; pues como las cosas en que principalmente se funda el sentido místico tienen diversa semejanza y conveniencia con otras cosas, también pueden referir un sentido místico vario y dudoso. Así, por ejemplo, el león, por su rapacidad, es usado, 1ª Pedro 5, para significar al Diablo, allí llamado León rugiente; por su fortaleza designa a Cristo, que en Apocalipsis 5 es llamado León de la tribu de Judá; por su ferocidad representa a cualquier adversario, llamado Salmo 16 León pronto para la presa; por su firmeza y constancia designa al justo, Proverbios 28: El justo, cual león confiado, estará sin temor. De aquí resulta que en el sentido místico no debe hacerse fuerza alguna entre probar y arguir, a no ser que conste por otra parte que la cosa fue usada por Cristo o por los Apóstolos para significarlo místicamente.

La 2ª parte consta abiertamente; pues como el sentido acomodaticio no está confirmado por el Espíritu Santo juntamente con el literal, sino usurpado por cualquiera según la destreza de su ingenio y el arbitrio de su mente, es cierto que no hay en él virtud alguna para probar las cosas de la fe y defenderlas contra los impugnadores. De ahí que San Jerónimo, lib. 2 sobre Mateo, explicando aquellas palabras del c. 13 acerca de la levadura que esconde la mujer en tres medidas de harina, después de haber acomodado esta semejanza adorando el misterio de la Trinidad, subordina: Es cierto un sentido piadoso; pero nunca la inteligencia de las parábolas y de las dudas de los enigmas puede conducir a la autoridad de los dogmas. — Lo mismo enseña San Dionisio, Epístola 9, la que es a Tito, donde, tratando del múltiple y vario sentido místico que abraza la Escritura, dice:

Esto además debe entenderse también: que es doble la tradición de los Teólogos: una, ciertamente, oculta y mística; otra, llana y más conocida; y aquélla ciertamente se contiene en signos y prescribe la norma de las ceremonias; ésta abraza el raciocinio y la demostración filosófica. Unido y conexo está lo que es abierto y lo que es oculto: y aquello ciertamente prueba y confirma la verdad de lo que se dice; esto, empero, efectúa y coloca en Dios, por modos e instituciones oscuros e indecibles.

Por lo cual indica que el sentido Místico no sirve siempre para la prueba; mas el Acomodaticio jamás. — De ahí que San Agustín, Epístola 48, invectivando contra los Donatistas, que querían persuadir que la Iglesia había permanecido ilesa e intacta solamente en Africa, su patria, a partir de aquel Cantar de los Cantares 1: ¿Dónde apacientas, dónde reposas al mediodía?, después de haber ventilado y atacado de manera admirable la prava usurpación de este texto, subordina: Pero ¿quién intentase, de manera imprudentísima, interpretar para sí algo puesto en alegoría, si no tuviese también testimonios manifiestos, con cuya luz se iluminaran los oscuros?

De aquí se ve que el sentido literal sirve principalmente y casi únicamente a argumentos teológicos concluyentes con certeza; pues como rara vez se hallan testimonios manifiestos con los que se ilustre la oscuridad del sentido místico, de ahí resulta que apenas puede colegirse con certeza algo de él para probar las verdades Católicas; aunque sirve de modo admirable a los Predicadores para ilustrar y persuadir esas mismas verdades.

Preguntarás primero, qué Edición de las Escrituras puede servir al Teólogo para probar y confirmar sus conclusiones?

Para que esta Cuestioncilla quede más claramente satisfecha, debe observarse que la Sagrada Escritura fue escrita, por lo común, en idioma hebreo. Además, hubo de ella varias versiones; las primeras fueron la caldaica y la siríaca: la caldaica se llama con otro nombre Targum, es decir, paráfrasis o interpretación; y el Targum es uno el Babilónico y otro el Jerusalemitano, que también se llama Samaritano, como observa nuestro Galatino, lib. 1. Arcanorum cap. 3. El autor de la versión siríaca es desconocido; pues aunque algunos quieren que el Nuevo Testamento fue traducido al idioma siríaco por el Beato Marcos, no se apoya en fundamento alguno, ya que los santos Padres sin duda habrían hecho mención de esta versión; sin embargo ninguno de ellos hace siquiera leve mención de ella, lo cual es indicio claro de que esta versión es posterior al mismo.

Se circulan asimismo diversas versiones griegas, doce principalmente. La primera, en efecto, se cree que existió antes de Alejandro Magno, como indican S. Clemente Alejandrino, lib. 1. Stromatum, y Eusebio, lib. 9. Praeparationis Evangelicae cap. 3. De ahí aconteció que los Filósofos tomaron muchas cosas de las Sagradas Escrituras; por lo cual no sin razón afirma el B. Cirilo, lib. cit., que Platón parece ser otro Moisés que habla áticemente, y en consecuencia consta que en tiempos de Platón y antes de Alejandro ya existía una versión griega, al menos de algunos libros de la Escritura. Después de Alejandro, empero, se cuentan otras varias, a saber: la Layana, en tiempos de Ptolomeo Lago; pero, como nota Serrarius, cap. 16., ésta, igual que la Herodiana, es supuesta y fraguada por los Herejes.

La primera versión célebre de las Escrituras después de Alejandro es, pues, aquella que fue hecha por los setenta Intérpretes bajo Ptolomeo Filadelfo, hijo de Lago, quien trescientos años antes de Cristo, como nota Genebrardo, lib. 2. Chronolog., pidió a Eleazar y a toda la Iglesia de los Judíos —y obtuvo— setenta y dos Doctores judíos, a saber, seis de cada tribu, los cuales, según opinión más común, colocados aparte en diversas celdas, tradujeron las Sagradas Escrituras del idioma hebreo al griego en setenta días.

Otra es la edición de nombre de Aquila, que parece ser el mismo que el Rabí Onkelos, como prueba Serrarius, cap. 11. q. 4.; fue primeramente de Gentil Cristiano y luego de Cristiano Judío, el cual, como refiere S. Epifanio, tradujo íntegro el Antiguo Testamento en tiempo del Emperador Adriano. Otra versión igualmente se dice de Símaco, el cual, siendo hereje ebionita, o, según quieren algunos, samaritano, y aspirando a la dignidad eclesiástica, que no pudo obtener, pasó de los Cristianos a los Judíos; vivió, empero, en tiempos del Emperador Lucio Vero, como consta de la prefación latina romana sobre los setenta Intérpretes. Otra también se dice de Teodoción de Éfeso, el cual en tiempo del Emperador Cómodo, de hereje marcionita se hizo Judío prosélito, como observa S. Jerónimo en la Prefación sobre Daniel.

Se circulan otras muchas Versiones; a saber: la Jericontina, que fue hallada en la ciudad de Jericó en tiempo del Emperador Caracalla: la Nicopolitana, hallada en Nicópolis, en tiempo del Emperador Alejandro, hijo de Mamea: la de Luciano Mártir, que fue hallada en tiempo de Constantino, como refiere Eusebio, lib. 9. Historiae cap. 6: la Hesiquiana, por Hesiquio presbítero:

la de Orígenes, que es la misma edición de los setenta Intérpretes, pero alterada por Orígenes en varios lugares ora mudada, ora corrompida, ora corregida.

Este Orígenes, empero, escogió de todas las Ediciones que entonces existían cuatro principales, a saber, la de los setenta Intérpretes, la de Aquila, la de Símaco y la de Teodoción, y las reunió en un solo volumen con cuatro columnas distintas, de modo que todas pudieran verse a un mismo golpe de vista y correspondieran verso con verso y período con período; los ejemplares de esta edición fueron llamados Tetrapla por aquellas cuatro columnas, como nota S. Jerónimo Epist. 89. Después el mismo Orígenes antepondró a estas cuatro ediciones todavía la hebrea frente a ellas, y esto con dos columnas, de las cuales la primera contenía el texto hebreo escrito con letras hebraicas; la segunda refería el mismo texto, pero escrito con letras griegas; y así, por aquellas dos columnas añadidas, estos ejemplares fueron llamados Hexapla. Finalmente añadió después dos Ediciones griegas más a las precedentes; a saber, la Jericontina y la Nicopolitana, de modo que eran ocho las columnas paralelas entre sí, de donde fueron llamadas Octapla de Orígenes.

Pero la más célebre de todas las versiones es la antigua edición Latina, que comúnmente llamamos Vulgata; la cual ahora parece ser toda de S. Jerónimo, exceptuados unos pocos versículos o partículas de versículos; más aun, parece que apenas es simultáneamente íntegra. Pues aunque tomó muchos libros del Hebreo, no obstante no tradujo todos los libros sagrados del Hebreo o del Griego; con todo, tradujo grandísima cantidad, y además corrigió todas las demás versiones latinas, como él mismo afirma en la Prefación sobre los Evangelistas. Esto, pues, prevenido:

Respondo. Que esta edición Vulgata es plenamente auténtica y preferible a todas las demás latinas, como decreta el Concilio de Trento en la sesión 4. con estas palabras:

El Sacrosanto Concilio, considerando que no pequeño provecho puede acrecer a la Iglesia de Dios si se da a conocer cuál de todas las ediciones latinas de los libros sagrados que circulan deba tenerse por auténtica, estatuye y declara que la misma antigua y vulgata edición, que por el uso de tantos siglos en la misma Iglesia ha sido aprobada, sea tenida por auténtica en las lecciones públicas, disputaciones, predicaciones y exposiciones, y que nadie se atreva ni presuma rechazarla bajo cualquier pretexto.

Sin embargo, el Concilio no debilita la autoridad de la Edición Hebrea ni de los Setenta Intérpretes, pues no hace mención de ellas, sino que solamente antepone la Vulgata a las demás ediciones latinas.

Preguntarás en segundo lugar, si le es lícito al Teólogo valerse de las autoridades y sentencias de los profanos, de los filósofos, de los poetas y de otros gentiles?

Afirmo. Pues es justo que las disciplinas filosóficas y naturales sirvan a la Teología, Reina de todas las ciencias: glorioso es también vencer a los filósofos étnicos con sus propias armas y reducirlos cautivos a la fe, atados con sus propias ligaduras. Y esto ante todo lo persuade el que no solamente los santos Padres, sino también los Apóstoles usaron aquel modo de argumentar, como demuestra claramente San Jerónimo en la Epístola al Magno Orador, el cual le había censurado que en sus opúsculos pusiera a veces ejemplos de letras seculares, con los cuales, decía, parecía contaminar con torpezas la candidez de la Iglesia de los gentiles. — Respondiendo a esta acusación, San Jerónimo dice:

Quién no sabe que

tanto en Moisés como en los volúmenes de los Profetas hay cosas tomadas de los libros de los Gentiles, y que Salomón propuso algunas cuestiones a los Filósofos de Tiro y respondió a algunas? De ahí que al comienzo de los Proverbios amonesta, para que entendamos las palabras de la prudencia, las astucias de los dichos, las parábolas y el discurso oscuro, los dichos de los sabios y los enigmas, que son propios de los Dialécticos y de los Filósofos. Pero también el apóstol Pablo usó un versículo del poeta Epiménides, escribiendo a Tito: Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, vientres perezosos.... Y en otra Epístola, 1. ad Cor. 15., pone el senario de Menandro; Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Y disputando ante los atenienses en el tribunal de Marte, llama por testigo a Arato, Actor. 17. diciendo: Porque linaje suyo somos.... Había aprendido en efecto del verdadero David a arrancar de manos de los enemigos la espada y a truncar con su propio acero la cabeza del altísimo Golía. Había leído en el Deuteronomio el precepto dado por voz del Señor, de raer el cabello de la mujer cautiva, cortarle las cejas, todos los pelos y las uñas del cuerpo, y así tenerla en matrimonio. Qué maravilla es, pues, si yo también deseo hacer israelita de la esclava y cautiva a la sabiduría secular, por la hermosura de su elocuencia y la belleza de sus miembros? Y si algo en ella está muerto de Idolatría, de voluptuosidad, de error, de lujurias, o lo corto, o lo raso?

Esto lo expone con igual elegancia de lenguaje, pero con admirable erudición, mostrando cómo todos los Sagrados Escritores y Doctores usaron a veces las letras y sentencias de los profanos.

A él concuerda San Basilio, Homilía 24. a los Jóvenes, persuadiéndoles que imiten a Daniel y a Moisés, aprendiendo la sabiduría de los Egipcios y de los Caldeos; no para descansar tan sólo en su conocimiento, sino para transferirla al culto de Dios y a la utilidad y esplendor de la Iglesia.

A estos asimismo secunda San Agustín, lib. 2. De Doctrina Christiana, cap. 10. Los filósofos, dice, si acaso dijeron algo verdadero y acomodado a nuestra fe, máximamente los platónicos, no sólo no han de temerse, sino que han de reivindicarse de ellos para nuestro uso, como de poseedores injustos. Añade después el ejemplo de los Israelitas, que se llevaron los vasos de oro y de plata de los Egipcios, dejando sus Ídolos, y concluye que como la doctrina de los Filósofos no sólo está repleta de Dogmas perversos, sino que también contiene disciplinas liberales más aptas para el uso de la verdad, y acerca del mismo verdadero culto de Dios se encuentran en ellos algunas verdades, debe el Cristiano, separándose con ánimo de su mísera compañía, tomarles y quitarles aquello como oro y plata, que no instituyeron ellos mismos, sino que extrajeron de ciertos cuasi metales de la divina providencia, la cual está infundida en todas partes, y de lo cual abusan perversa e injuriosamente para los obsequios de los demonios; para uso justo de la predicación del Evangelio.

Lo mismo allí mismo cap. 18:

No por la superstición de los profanos debemos huir la música, si algo de ella útil para entender las Santas Escrituras hubiéramos podido arrebatar, ni convertirnos a sus teatrales naderías, si discurrimos algo sobre las Cítaras y sobre los Órganos que valga para las cosas espirituales que han de desearse. Porque tampoco debimos dejar de aprender las letras, porque dicen que su inventor fue Mercurio, o porque dedicaron templos a la justicia y a la virtud, y prefirieron adorar en piedras lo que ha de portarse en el corazón, por eso nos ha de huirse la justicia y la virtud. Antes bien, quienquiera que sea bueno y verdadero Cristiano, entienda que es de su Señor, dondequiera que encuentre la verdad, la cual confesando y reconociendo aun en las letras sagradas repudia los supersticiosos engaños, y duéléase de los hombres y guárdese de ellos, porque conociendo a Dios no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, etc., dice San Pablo ad Rom. 1. — De donde San Agustín, allí mismo cap. 19., distingue doble género de doctrina entre los infieles: Uno de aquellas cosas que los hombres instituyeron: otro de aquellas que observaron ya cumplidas o instituidas divinamente: Aquello que es según la institución de los hombres, en parte es supersticioso, en parte no es supersticioso. Supersticioso es cuanto ha sido instituido por los hombres para adorar a los Ídolos, etc. cap. 25. añade:

A continuación han de considerarse las instituciones de los hombres supersticiosas, esto es, no instituidas con los Demonios, sino con los mismos hombres. Porque todas las cosas que tienen valor entre los hombres, porque plugo entre ellos que tuvieran valor, son instituciones de los hombres, de las cuales unas fueron instituidas superfluas y luxuriosas; otras útiles y necesarias.

Concluye en el cap. 27: Mas aquellas cosas que los hombres no instituyendo, sino investigando lo ya cumplido en los tiempos o instituido divinamente, dieron a conocer; dondequiera que se aprendan, no han de estimarse instituciones de hombres. Luego abre cómo todas las ciencias y artes naturales sirven subordinadamente a la inteligencia de la Escritura y de la Sagrada Doctrina. Baste lo dicho de la Teología en común.

Introductio II: Primi libri Sententiarum methodica explanatio

Tractatus I: De Deo in se subsistente

Disputatio I: De existentia et essentia Dei

Articulus I: De existentia Dei

Quaestio I: An, et quomodo nobis constet Deum existere

Quaestio II: An Deum existere sit per se notum

Quaestio III: An et quomodo demonstrari possit Deum existere

Quaestio IV: Quibus rationibus demonstrari possit Deum existere

Quaestio V: An et quomodo probari possit unicum esse Deum

Articulus II: De essentia, seu de praedicatis quidditativis Dei

Quaestio I: An et quomodo Deus possit definiri

Quaestio II: An rationes Entis, et Existentiae essentialiter Deo competant

Quaestio III: An Deus sit substantia completa, spiritualis, vivens

Articulus III: De ratione formali constitutiva, et ultimo distinctiva essentiae divinae

Quaestio I: An essentia divina ultimo constituatur, et distinguatur per Aseitatem, et Intellectionem, alterutro ex tribus modis statim assignatis

Quaestio II: Quaenam sit ratio formalis ultimo constitutiva, et distinctiva Dei

Disputatio II: De perfectionibus divinis in communi

Articulus I: De divinarum perfectionum conceptu, numero, et praecellentia

Quaestio I: Quot, et quae sint divinae essentiae perfectiones

Quaestio II: Quot, et qualiter divinae perfectiones essentiae divinae competant

Articulus II: De divinarum perfectionum identitate, et distinctione

Quaestio I: An divina attributa idem sint realiter cum essentia divina, an solo nomine ab ea diversa

Quaestio II: An attributa divina tum inter se, tum ab essentia formaliter, et actu distinguantur

Disputatio III: De perfectionibus modificantibus divinam essentiam, seu de attributis negativis

Articulus I: De simplicitate divina

Quaestio I: An Deus sit omnino simplex, et in quo formaliter consistat eius divina simplicitas

Quaestio II: An Deus omnem compositionem realem excludat

Quaestio III: An Deus omnem compositionem metaphysicam excludat

Quaestio IV: An summa simplicitas soli Deo conveniat

Articulus II: De infinitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse infinitum

Quaestio II: An, et quomodo Deus ratione suae infinitatis omnes omnino perfectiones contineat

Articulus III: De immensitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse immensum, et ubique

Quaestio II: An recte inferatur Dei praesentia secundum essentiam in omnibus rebus ex illius in ipsis operatione

Quaestio III: An Deus ratione suae immensitatis realiter sit extra mundum, et in spatiis imaginariis

Articulus IV: De aeternitate Dei

Quaestio I: Quid, et qualis sit aeternitas

Quaestio II: An, et quomodo aeternitas Deo conveniat

Quaestio III: Quomodo Deus ratione aeternitatis creaturae coexistat, et creatura Deo

Articulus V: De immutabilitate Dei

Quaestio I: An Deus sit omnino immutabilis

Quaestio II: An Deus sit immutabilis extrinsece

Articulus VI: De ineffabilitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo Deus sit ineffabilis

Quaestio II: Quae, et quomodo nomina Deo conveniant

Articulus VII: De invisibilitate, et visibilitate Dei tam respectu Viatorum, quam Beatorum

§ I: De possibilitate, et existentia intuitivae visionis Dei

Quaestio I: An Deus sit invisibilis, vel visibilis naturaliter creaturae iam existenti, aut alicui creabili

Quaestio II: An Deus saltem supernaturaliter visibilis sit oculo mentis, et corporis

Quaestio III: An possibilitas divinae visionis intuitivae ratione naturali probari possit

Quaestio IV: An Deus visus fuerit intuitive ab aliquo hac in mortali vita degente

Quaestio V: An viri sancti statim post mortem Deum intuitive videant: et quae fuerit hac de re sanctorum Patrum, et Millenariorum sententia

§ II: De principiis productivis visionis beatificae

Quaestio I: An species impressa Dei sit possibilis, etc.

Quaestio II: An, quid, et quale sit lumen gloriae

Quaestio III: An, et quomodo intellectus concurrat ad formandam visionem beatificam

§ III: De obiecto visionis beatificae

Quaestio I: Quodnam sit obiectum primarium beatae visionis, et quomodo Deus videatur a beatis

Quaestio II: An, et quomodo Beati videant in Deo creaturas

§ IV: Quot, et quae sint beatae visionis proprietates

Quaestio I: An beata visio sit notitia simplex directa, et permanens

Quaestio II: An visiones beatificae sint inaequales, et unde inaequalitas oriatur

Articulus VIII: De incomprehensibilitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo Deus sit incomprehensibilis

Disputatio IV: De divinis perfectionibus affirmantibus, seu de attributis Dei positivis

Quaestio I: An, et quomodo Unitas Deo conveniat

Quaestio II: Quid, et qualis sit entitativa Dei Veritas

Quaestio III: An, et qualiter Bonitas Deo conveniat

Quaestio IV: An, et quae sit Dei Pulchritudo

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