Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente
Claude Frassen (1620–1711)
Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.
Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)
Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)
Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)
Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt
Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)
Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)
Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi
Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae
Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina
Quaestio II: An theologia positiva sit utilis et necessaria
Quaestio III: An, et qualiter theologia scholastica Ecclesiae Dei prosit
Articulus II: De essentia theologiae
Quaestio I: An theologia Dei et Beatorum sit proprie dicenda scientia
Quaestio II: An theologia Viatorum perfectae scientiae characteres habeat
Por la Cuestión precedente consta que la ciencia es doble, a saber, perfecta e imperfecta; consta asimismo que para la ciencia perfecta se requieren cuatro caracteres y condiciones, a saber: que sea cierta sin temor y duda alguna, evidente sin oscuridad, de un objeto necesario sin vicisitud alguna, y por discurso con verdadera y legítima inferencia de una cosa a partir de otra. Mas si la Teología, en cuanto está en nosotros los viadores, posee los cuatro caracteres antes mencionados, es lo que ha de resolverse en esta Cuestión. Pero antes
Debe notarse 1. Que puede asignarse un triple luz por el cual las cosas divinas y sobrenaturales pueden darse a conocer a los hombres aún mortales. La primera es la luz de la fe infusa, por la cual se perciben por espejo y en enigma. La segunda es la luz de la ciencia, o bien infusa divinamente, o bien adquirida a partir de principios revelados con el auxilio de las ciencias naturales, por la cual los peritos y Doctores perciben los misterios de la fe más profunda y abiertamente que los indoctos y rústicos. La tercera, finalmente, es la luz de la contemplación divina, por la cual las mentes purificadas de contagios varios y terrenos son arrebatadas frecuentemente en éxtasis y ven palabras arcanas que no le es lícito al hombre hablar. La primera se asemeja a la luz nocturna, pues la fe es lámpara que alumbra en lugar tenebroso hasta que amanezca el día de la eternidad; la segunda se compara con la Aurora, que en parte disipa las tinieblas y en parte por ellas se difunde; la tercera es semejante a la luz diurna, por la cual todas las cosas se desvelan y hacen manifiestas. Mas si además de esta triple luz se infunde divinamente otra a los Doctores y estudiosos, por la cual les sean evidentes y manifiestos los misterios de la fe, como sostiene Enrique de Gante, se expondrá más abajo.
Notable 2. Que la evidencia (de la cual se controvierte principalmente en la presente cuestión) es la verdad clara y perspicua del objeto, la cual se da a conocer por la conexión necesaria perspicua del predicado con el sujeto. Y ésta es doble, pues una proposición es evidente por sus términos, como todas las proposiciones inmediatas y necesarias de suyo; otra evidente por sus principios, como es la evidencia de la conclusión, que se extrae de principios conocidos evidentemente mediante verdadera demostración. Y esta evidencia por principios se produce de dos modos: primero, cuando procedemos de principios y causas notorios para nosotros a demostrar sus efectos, como ocurre por la demostración a posteriori; segundo, procediendo de los efectos notorios para nosotros al conocimiento de los principios y causas. — Ahora bien, ambos procesos se realizan a partir de las cosas que nos son notorias: el primero, en efecto, a partir de las más notorias por naturaleza; pues como las causas son universales y más remotas de los sentidos, son ciertamente más notorias por naturaleza y en sí mismas, porque contienen virtualmente la verdad y entidad de los efectos, cuya verdad emana de los principios y en ellos se refluye; mas los efectos, por ser más próximos a nuestros sentidos, se dicen también más notorios para nosotros de lo que lo son sus principios; y toda ciencia debe proceder de cualquiera de ambas evidencias. Distingúese, pues, la evidencia de la certidumbre: primero, porque la certidumbre se exige por parte de la potencia, y la evidencia por parte del objeto; segundo, porque todo lo evidente es cierto, pero no todo lo cierto es evidente, pues las cosas que se creen por fe divina ciertamente son ciertas, pero oscuras.
Notable 3. En torno a la resolución de la presente cuestión, sobre varias cosas opinan varios. Pues unos sostienen que nuestra Teología es verdadera y propiamente ciencia; y para confirmarlo, algunos han ideado varios modos de hablar con los cuales probar su evidencia; otros, en cambio, viendo que ella carece enteramente de evidencia, juzgaron que no por ello deja de ser ciencia perfecta, porque (dicen) la evidencia es sólo una condición extrínseca exigida a la ciencia, a saber, para establecer su certidumbre, la cual, si firme por otro lado, no necesita de la evidencia. Qué haya de juzgarse con mayor verdad con el Doctor Sutil, se hará saber; sea
Conclusión primera. — La Teología en nosotros los viadores no debe llamarse propiamente ciencia. Esta es la sentencia del Doctor Sutil, Cuest. 3 del Prólogo n. 30 y en 3 dist. 24 n. 7.
Se prueba 1. La ciencia perfecta es efecto de la legítima demostración; pero la noticia teológica no se engendra por legítima demostración; luego no es ciencia perfecta. La mayor consta. La menor se prueba con estas palabras de Aristóteles, 2 De la Demostración, capítulo último: Por tanto, que no puede saberse por demostración quien no conoce los principios inmediatos, ya se dijo antes. De donde arguyo así: la perfecta demostración debe hacerse desde la conocimiento evidente y cierta de los principios de los cuales se infiere la conclusión; pero el Teólogo no puede tener conocimiento evidente de los principios de los cuales deduce sus conclusiones teológicas, pues aquellos principios son revelados y creídos por la fe, y por consiguiente oscuros y inevidentes, como indica San Pablo, 1ª a los Corintios cap. 13: Ahora vemos por espejo y en enigma.
Se confirma. Nadie, sino un necio o un pertinaz, puede disentir de una proposición perfectamente demostrada; pero de las conclusiones teológicas disienten muchos y las contradicen, como consta de los herejes e infieles, que ríen y rechazan todas las razones teológicas con las cuales nos esforzamos por persuadir los misterios de la fe; luego señal es que tales razones no son perfectamente demostrativas.
Se prueba 2. La ciencia perfecta hace perfecto al sabio; pero la noticia teológica no hace al Teólogo perfectamente sapiente. Pruebo: no ha de llamarse perfectamente sapiente aquel que asiente más a la proposición por la autoridad y veracidad del que revela, que por la legítima inferencia de la conclusión a partir de las premisas; pero el Teólogo perfecto experimenta que su entendimiento se inclina más al asentimiento de la conclusión deducida de los principios de la fe por la infalible autoridad de Dios que revela, que por la legítima inferencia de las premisas; pues adhiere más firme y tenazmente a la conclusión teológica que a cualquier conclusión filosófica, no por la perfección de la inferencia silogística, en la cual en ambas es igual, sino porque se apoya más firmemente en la autoridad de Dios que revela las premisas de la conclusión teológica que en la luz natural que manifiesta los principios de la conclusión filosófica; luego señal es que el Teólogo asiente más por la autoridad que por la inferencia. Mas asentir a una proposición por la autoridad no es conocerla perfectamente, sino creerla; luego la Teología no es ciencia perfecta, pues hace más creyente que sabio.
Se confirma. Por el Doctor en 3 dist. 24 n. 9.: ninguna adherencia voluntaria es científica; pues la ciencia obliga y constriñe al entendimiento a asentir; puesto, en efecto, el asentimiento a las premisas evidentes, el entendimiento queda tan necesitado a asentir a la conclusión que de ningún modo puede disentir, como probamos en Lógica; pero el Teólogo voluntariamente puede suspender su asentimiento, tanto acerca de los principios creídos o artículos de la fe, de los cuales deduce la conclusión teológica, cuanto acerca de la misma conclusión; Pues nada hay más en nuestro poder que creer, dice Agustín, lib. De espíritu y letra, c. 21. Luego tal asentimiento no es científico.
Se prueba 3. La noticia que carece del perfecto y principal carácter de la ciencia no es ciencia perfecta; pero la noticia teológica carece del principal carácter de la ciencia. Pruebo: la evidencia es el principal carácter de la ciencia, pues se define: Conocimiento cierto y evidente; de suerte que así como por la certidumbre se distingue esencialmente del error y de la opinión, así por la evidencia se distingue esencialmente de la fe, tanto divina como humana; antes bien, le compete la certidumbre sólo en razón de la evidencia, puesto que el entendimiento ofrece asentimiento firme a la proposición científica porque ve que se deduce evidentemente de principios evidentes; y por consiguiente consta que la evidencia es el principal y esencial carácter de la ciencia. Mas la noticia teológica no tiene ninguna evidencia. Pruebo: la evidencia de la conclusión nace de los principios de los cuales se deduce; luego donde los principios son inevidentes, es también necesario que la conclusión sea igualmente inevidente, porque la perfección que no está en la causa no puede estar en el efecto; puesto que el efecto recibe toda su entidad de la causa, recibe también de ella su perfección; y por consiguiente, como nadie da lo que no tiene, implica contradicción que principios inevidentes puedan conferir evidencia a la conclusión. Mas los principios de las conclusiones de nuestra Teología no son evidentes, sino revelados y creídos; pues, dice San Pablo, La fe es sustancia de las cosas que se esperan, argumento de las que no aparecen; luego no pueden conferir ninguna evidencia a la conclusión teológica; y por consiguiente, como la Teología carece del principal carácter de la ciencia perfecta, no puede decirse ciencia perfecta.
Para que los adversarios resuelvan este fortísimo argumento, unos y otros proponen variadas respuestas; por eso juzgué que debían ser refutados una por uno, para que más brille y se afirme la verdad de nuestra conclusión.
Primeramente, pues, algunos responden con Enrique de Gante, Quodlibeto 12 q. 2., que los principios de las conclusiones teológicas son ciertamente inevidentes de suyo, pero que se hacen manifiestos por alguna luz como medio entre la luz de la fe y la luz de la visión beatífica; pues Enrique distingue triple luz: la oscura de la fe, la clara de la patria y la evidente de la visión. Compara la primera con la noche, la segunda con el mediodía, la tercera con la aurora, en cuanto que algo tiene de luz y de tinieblas; y dice que esta luz supone, mas no precede a la fe; de suerte que el estudioso de la Teología primero debe creer, según aquello de Isaías 7 conforme a la versión de los Setenta Intérpretes: Si no creyereis, no entenderéis; segundo, debe esforzarse por alcanzar la perfección de penetración de los términos de los cuales constan los artículos de la fe; y esto con el auxilio y estudio de las ciencias naturales; supuesto lo cual, como previa disposición, juzga que aquella luz media se infunde divinamente, por lo cual acontece que el Teólogo percibe más claramente los artículos de la fe que el fiel rústico e ignorante; porque por aquella luz el Teólogo percibe más evidente y mejor los términos de lo creíble de como los entiende el vulgo de los fieles.
Mas esta réplica la impugna el Doctor en la dist. 24, cuestión 1, n. 7. Primeramente, porque ciencia y fe acerca del mismo objeto no pueden darse a la vez, lo cual prueba así: ciencia y opinión no pueden darse a la vez acerca de lo mismo, luego tampoco fe y ciencia. Es claro el antecedente: pues como se combaten mutuamente de modo contradictorio, no pueden subsistir juntas; pero la opinión y la ciencia tienen predicados contradictorios, a saber, certeza y no certeza, ya que la ciencia es conocimiento cierto y la opinión incierta, y en consecuencia la opinión, que tiene no certeza, y la ciencia, que tiene certeza, son incomposibles. También es clara la consecuencia por la misma razón; pues la ciencia tiene evidencia por parte del objeto, y la fe no evidencia: luego, como la evidencia y la no evidencia se contradicen mutuamente, consta que la ciencia evidente no puede subsistir con la fe no evidente, ni por consiguiente la luz evidente que imagina Enrique puede subsistir con la luz oscura de la fe acerca de un objeto absolutamente idéntico.
Se confirma. Según la sentencia de Enrique, aquella luz científica que imagina no puede preceder a la fe, sino que solo la sigue; de donde argumenta así el Doctor: aquella luz científica no puede preceder a la fe, o bien porque los hábitos de ciencia y de fe son incomposibles, y así queda obtenido lo pretendido; o bien por la repugnancia formal de los objetos, y así igualmente queda convencido que fe y ciencia no pueden tenerse a la vez acerca de lo mismo, Porque, dice el Doctor n. 9., los objetos se distinguen igualmente según las razones formales puesta la fe como antes de ella. Y no vale decir que estén juntas como los contrarios en el medio, como los colores extremos en el rubor, porque entonces habría un solo conocimiento mixto y medio resultante de ciencia y fe, pues aquel conocimiento no sería ni de fe ni de ciencia, como el rubor no es ni blancura ni negrura. Pero parece absurdo que entre el conocimiento oscuro y el evidente haya algún conocimiento que ni fuese evidente ni inevidente.
Segundo: puesto que esta luz supone la fe y en ella se apoya, se sigue que, a la pérdida de la fe, perezca también esta luz, y que por tanto no subsista aquella mayor y más clara cognición de los artículos de la fe que había antes en los Doctores que en los rústicos; pero la experiencia misma atestigua que esto es falso, pues cuando alguien teólogo cae en la herejía, él pierde la fe, sin embargo no pierde nada de la cognición de las cosas teológicas que antes tenía: luego aquella cognición teológica no se apoyaba en alguna luz infusa divinamente que pudiera perderse con la pérdida de la fe.
Tercero: desearseía esta luz divinamente infundida o bien para que el entendimiento de los Teólogos se afirmase más asintiendo a los artículos de la fe: mas para eso sería inútil, pues para este firme asentimiento basta la fe infundida; o bien para que el Teólogo se adhiriese tan firme y tenazmente a los mismos artículos que de ningún modo pudiera disentir: pero eso también es falso, pues de otro modo los hombres no podrían caer de la fe una vez fueran Teólogos, cuyo contrario aconseja la experiencia cotidiana, ya que muchos Teólogos aun peritísimos miserablemente caen en la herejía; o finalmente para que los Teólogos tuviesen una noticia más evidente de los misterios y de los artículos de la fe, tanto para instruir a los demás fieles cuanto para defender la misma fe contra los herejes e infieles, que es lo que máximamente parece intentar Enrique: pero también para eso es del todo inútil esta luz, pues basta para ello la luz de la fe con la que percibimos los misterios, y la luz de la razón natural de las ciencias filosóficas, con la cual podemos explicar las verdades creídas por nosotros y extraer de los artículos de la fe, gracias a la filosofía, las conclusiones con las que tanto combatimos a los herejes como defendemos la fe. — Cuarto: aunque se admitiera esta luz, no bastaría para causar una ciencia perfecta y una cognición evidente mediante verdadera y legítima demostración, como demuestra sutilísimamente el Doctor en la dist. 24, n. 11 y 12; tanto porque, para que por esta luz se causara ciencia de esta proposición, v. gr., Dios es trino y uno, sería necesario que primero, al menos por prioridad de naturaleza, se percibieran evidentemente algunos principios inmediatos de los cuales pudiera inferirse esta proposición; pero esta luz no presta eso, pues no se nos aparecen principios evidentemente conocidos de los cuales sea lícito inferir evidentemente la antedicha proposición. Tanto porque si por alguna luz patentesen evidentemente los artículos de la fe, que son principios de las conclusiones teológicas, y se hiciesen manifiestos bajo su propia razón, serían certísimos, no solo por el asentimiento de la fe, sino también por su propia evidencia; y así la Teología sería más cierta que todas las demás ciencias, no solo por la fe, sino también por la evidencia del objeto, cosa que ningún Teólogo admite. Tanto finalmente porque o Dios concede esta luz a todos los que se esfuerzan por entender las Escrituras y los misterios, o solo a quienes quiere, por su buena voluntad. Si lo primero, esa luz, dice el Doctor n. 12., no será milagrosa y sobrenatural, pues cuando Dios confiere algo como causa general y conforme a la disposición de la naturaleza, eso no puede llamarse milagroso ni infundido divinamente, sino naturalmente, así, v. gr., la infusión del alma racional en el cuerpo organizado no se dice milagrosa, aunque la haga solo Dios, porque se hace conforme a la disposición y exigencia de la naturaleza. Si lo segundo, luego, dice allí el Doctor, en vano trabajamos estudiando e investigando la virtud, y mucho mejor sería para alcanzar la Teología que alguien rogara encarecidamente a Dios en los templos que dignara infundirle esta luz, que sentarse entre libros para disponerse, por su laboriosa lectura, a la incierta infusión de esta luz. Consta, pues, que esta luz es enteramente ficticia y vana. — Se confirma. A nadie hasta ahora parece haberse concedido esa luz: luego se afirma gratuitamente. Pruebo el antecedente: Si se hubiera concedido a alguien aquella luz por la cual los términos de los artículos de la fe y los principios de las conclusiones teológicas se hiciesen evidentemente notorios, máximamente al santo Pablo y a San Agustín, que más que los otros parecen haber penetrado y desentrañado íntima y más claramente los divinos misterios; pero ellos mismos testifican que en esta vida mortal no se nos concede ninguna evidencia de los misterios. Pues, dice San Pablo 1 Corint. 13.: Ahora vemos por espejo y en enigma, mas entonces cara a cara. Y San Agustín, Epístola 3, que es a Volusiano, dice:
Tan grande es la profundidad de las letras cristianas, que en ellas progresaría cada día, si me esforzara por aprenderlas solo desde la tierna infancia hasta la decrépita senectud, con grandísimo ocio, sumo estudio y mejor ingenio.
No porque a las cosas necesarias para la salvación se llegue en ellas con tanta dificultad, sino que, cuando cada uno ha conservado allí la fe, sin la cual no se vive piada y rectamente, quedan tantas cosas oscuras por entender a los fieles, con tantos y tan multiplicados velámenes de los misterios, y tanta profundidad de sabiduría late no solo en las palabras con que estas fueron dichas, sino incluso en las cosas que han de entenderse, que les acontece a los muy añejos, agudísimos y ardientísimos por el deseo de aprender lo que dice la Escritura, Eclesiástico 18: Cuando el hombre ha acabado, entonces comienza.
Luego por esto confiesa abiertamente que no percibe evidentemente los términos de los artículos de la fe, ni que por tanto le haya sido concedida aquella luz ideada por Enrique. De donde, tratado 68 sobre Juan, ponderando aquellas palabras: Voy a prepararos un lugar, dice:
La fe es aquella por la cual son purificados los corazones de los que verán a Dios mientras peregrinan, pues cree lo que no ve, porque si ves, no hay fe; al que cree se le acumula el mérito, al que ve se le devuelve el premio. Vaya, pues, el Señor a preparar el lugar, vaya para no ser visto, quede oculto para ser creído, pues entonces se prepara el lugar si se vive de la fe, se desea lo creído, para que, deseado, sea poseído; el deseo de la visión es la preparación de la morada.
Lo mismo tiene en el libro 3 De la verdadera inocencia y en la Epístola a Consencio: La fe, dice, tiene sus propios ojos con los cuales de cierto modo ve ser verdadero lo que aún no ve, y con los cuales ve certísimamente que aún no ve lo que cree; con lo cual confiesa abiertamente que ninguna evidencia puede subsistir con la fe acerca del mismo objeto, y por consiguiente que es ficticia aquella luz científica ideada por Enrique.
Dirás. El mismo San Agustín parece admitir y aprobar esta luz, pues ante estas palabras de Juan, cap. I, Era la luz verdadera, dice: Otra cosa es la luz para creer: otra para entender. Y en el mismo lugar: La luz increada ilumina al hombre con doble luz de sabiduría, con la cual se alimentan de sólido alimento, lo cual tenía el Apóstol que decía: Entre los perfectos hablamos sabiduría, 1 a los Corintios 2. Lo mismo, tratado 39 sobre Juan: Con la fe precediente, que sana el ojo de nuestro corazón, para que lo que entendemos lo captemos sin oscuridad, y lo que no entendamos lo creamos sin duda. Finalmente, contra la Epístola de Fundamento, cap. 24.: Yo profeso la fe católica, y presumo por ella que he de llegar a la ciencia cierta, iluminando ya no hombres, sino Dios intrínsecamente nuestra mente. Luego además de la fe se da otra luz divinamente infundida por la cual se engendra y forma en nosotros la ciencia Teológica. — Respondo. Negando la consecuencia; y a la primera autoridad de San Agustín digo que debe entenderse o de la luz de contemplación e inteligencia, que dijimos en la 3.ª Notable que Dios infunde algunas veces a las mentes purísimas, o a los Pastores y Doctores de la Iglesia, para que perciban con mayor facilidad los divinos misterios, y mediante congruentes razones y semejanzas los expliquen y persuadan a los demás; o de nuestra Teología, que puede llamarse luz de sabiduría, no ciertamente por razón de la evidencia de su objeto, sino por razón del discurso y de la mayor noticia de los términos con que se expresan los artículos de la fe, de donde sucede que se resuelvan fácilmente las razones y argumentos que podrían objetarse en contrario. — A la segunda autoridad digo que puede distinguirse una doble oscuridad: una que se opone a la evidencia, y otra que se opone a la noticia distinta y explícita, que es lo mismo que cognición indistinta y confusa, pues de aquello que solamente confusamente entendemos, decimos que lo conocemos oscuramente. San Agustín habla de la segunda oscuridad, y no de la primera, de modo que quiere que los Teólogos conozcan más expresa y distintamente las cosas de la fe que los rústicos e ignorantes, pero no que las perciban más evidentemente. Pues cuando el rústico oye que Dios es uno en la esencia y trino en las personas, percibe ciertamente que hay tres personas divinas y un solo Dios, pero no sabe qué significa la palabra esencia, ni qué indica precisamente el nombre de persona, cosas que sin embargo son sabidas por el Teólogo gracias a la Metafísica. — A la tercera autoridad digo que San Agustín habla del don de inteligencia y de ciencia, que Dios infunde a su arbitrio a los Pastores y Doctores de la Iglesia para que instruyan a los demás fieles.
Replican algunos, en nuestro Aureolo, q. 1 del Prólogo, artículo primero, que la Teología ciertamente no es evidente por evidencia de objeto, de principios ni de consecuentes, sino de consecuencialidad, de modo que para la evidencia de la ciencia no se requiere que conste evidente que el consecuente se deduce rectamente del antecedente, sino que baste que se conozca que la consecuencia se infiere rectamente de lo premiado conforme a la forma silogística; y esta evidencia de consecuencia se halla en la Teología, ya que el Teólogo puede fácilmente juzgar que sus conclusiones se infieren legítimamente y según las reglas de la forma silogística. — En contra. Primero, es falso que la evidencia, que se requiere en la ciencia, consista en la consecuencia, y no en la illación del consecuente: pues el discurso científico no consiste en el juicio de la consecuencia, sino del consecuente, como demostramos en la Lógica. Segundo, no compete al Teólogo juzgar de la bondad de la consecuencia, pues eso mira del todo al Lógico, sino si el consecuente se infiere rectamente de los Artículos y Principios de la fe. Tercero, la evidencia de la consecuencia no impide que el consecuente sea evidente: luego tampoco hará que el asenso teológico no sea oscuro, y por consiguiente, no obstante la evidencia de la consecuencia, la Teología siempre será oscura.
Replican no pocos, con Francisco de Marchia, en Gregorio, Cuestión 1 del Prólogo, que los principios de la Teología no son ciertamente evidentes por sí, al ser artículos de la fe conocidos solo por revelación; pero que pueden hacerse evidentes desde fuera, y por su resolución en algunos principios evidentemente conocidos. Y dice que estos principios son dos: el primero es este: todo lo que Dios ha revelado es verdadero, que ciertamente es notorio por la luz de la naturaleza, porque la razón natural dicta que la primera verdad no puede engañarse ni engañar. El posterior es este: Dios ha revelado todos los artículos que se nos proponen para creer, el cual igualmente se hace evidente por los milagros obrados para su confirmación. — En contra. Los milagros son motivos solo de credibilidad, y no del asenso de la fe; y demuestran evidentemente que la cosa es creíble, mas no que sea evidentemente verdadera, porque la evidencia de credibilidad nace de la veracidad del que revela; pero la evidencia de verdad proviene de los principios de la misma cosa, la cual, o por sí, o por sus efectos, aparece evidentemente verdadera. De donde, como la evidencia de credibilidad puede subsistir con la inevidencia de la cosa según su entidad: pues si Dios me revelase inmediata y claramente que existe el misterio de la Trinidad, v. gr., ciertamente ese misterio me aparecería evidente como creíble; sin embargo, por ello ese misterio no me sería evidentemente notorio. — Además: aunque por la revelación evidente hubiese alguna evidencia en los artículos de la fe, esta sería del todo extrínseca, y por consiguiente insuficiente para causar evidencia científica en las conclusiones teológicas que de los mismos artículos de la fe han de extraerse; pues la evidencia de la ciencia no ha de buscarse desde fuera y de parte del que testifica y revela, de otro modo el asenso científico no diferiría del asenso de la fe, que se apoya en el testimonio evidente del que dice; sino que ha de tomarse de la evidencia intrínseca y entitativa de los principios de los cuales se deduce la conclusión científica: luego, aunque por la revelación evidente los artículos de la fe fuesen evidentes, su evidencia sin embargo no bastaría para causar la evidencia científica en la Teología, y por ende por esta razón la Teología no puede llamarse ciencia perfecta.
Dirás. Nadie está obligado a creer sino lo que es evidentemente verdadero: mas estamos obligados a creer los artículos de la fe: luego deben ser evidentemente verdaderos. Se prueba la mayor: no estamos obligados a estimar una cosa como verdadera mientras no se nos manifieste suficientemente su verdad: luego no estamos obligados a creerla como verdadera. — Niego la mayor. Pues no solo estamos obligados a creer lo que es evidentemente conocido, sino también lo que es evidentemente creíble, en razón, a saber, de la infalible autoridad del que revela; más aún, si fuera evidentemente conocido, ya no sería creíble, sino cognoscible: y no le prestaríamos asentimiento por la fe, sino por la ciencia. A la prueba digo que basta con que la verdad de la cosa creíble se nos dé a conocer mediante el testimonio infalible del que revela; pero no es necesario que aparezca evidentemente a partir de los términos.
Replican los tomistas, que nuestra Teología se hace evidente por la resolución de sus principios en la ciencia de Dios y de los Bienaventurados, a la cual está subalternada; pues hay que saber —dice santo Tomás— 1. parte, q. 1. art. 2.:
Que hay un doble género de ciencias; pues algunas proceden de principios conocidos por la luz natural del entendimiento, como la Aritmética, la Geometría y otras semejantes; otras en cambio proceden de principios conocidos por la luz de una ciencia superior, así como la Perspectiva procede de principios notificados por la Geometría, y la música de principios conocidos por la aritmética: y de este modo la sagrada Doctrina es ciencia, porque procede de principios conocidos por la luz de una ciencia superior, cual es la ciencia de Dios y de los Bienaventurados.
Con lo cual enseñan abiertamente (dicen los tomistas) que, aunque en las ciencias subalternantes se requiera evidencia formal y actual de los principios, en las subalternadas sin embargo basta la radical, la cual nace por resolución en la subalternante. De donde, como nuestra Teología está subalternada a la ciencia de Dios y de los Bienaventurados, a quienes los artículos de la fe son evidentemente conocidos, basta para su evidencia que aquellos principios se hagan evidentes por resolución. — En contra. Primero, es falso que nuestra Teología esté subalternada a la Teología de Dios y de los Bienaventurados, como probaremos en la Cuestión siguiente: luego se derrama enteramente la réplica de los tomistas. Segundo, para que los principios de las ciencias subalternadas se hagan evidentes por su resolución en la ciencia subalternante, es necesario que ambas ciencias, tanto la subalternante como la subalternada, estén en el mismo intelecto; de suerte que el mismo intelecto pueda resolver los principios de la ciencia subalternada en la subalternante; pues si esta resolución la hiciera Pedro, v. g., ¿cómo podría Pablo conocer que se hace evidentermente, máxime si no poseyera la ciencia subalternante? ¿Acaso percibe evidentermente el ciego el color, porque yo mismo le atestigüe que yo veo el color evidente e intuitivamente? ¿Quién sostendría que el Médico conoce evidentermente este principio de la Medicina, las contrarias se curan con las contrarias, por su resolución en aquel principio Físico, las contrarias se expulsan mutuamente de un mismo sujeto, si él mismo no posee la Física? Pero la Teología de los Bienaventurados no está en nosotros, ni la tenemos comprobada. Luego no podemos resolver evidentermente los principios de nuestra Teología en ella. Tercero, consta por la experiencia que el teólogo no presta asentimiento a una conclusión teológica inferida de los artículos de la fe porque aquellos artículos sean evidentermente conocidos por Dios y los Bienaventurados; sino porque son creídos por él mismo por la fe: luego su asentimiento es inevidente, puesto que se funda únicamente en motivos y principios inevidentemente conocidos; y consecuentemente la noticia teológica por esta razón no puede llamarse evidente y científica.
Responden finalmente algunos tomistas modernos, que nuestra teología no tiene ciertamente el modo y estado de ciencia perfecta, pongamos la evidencia; tiene sin embargo la esencia de aquella, a saber la certeza y necesidad, y por ende puede llamarse ciencia imperfecta en cuanto al modo y al estado, comparativamente a la perfección que puede tener dentro de su propia especie, a saber en el estado de bienaventuranza, cuando venga lo perfecto, y será aniquilado lo que en parte existe. Así, dicen, el niño aunque sea sustancialmente hombre, como carece sin embargo del uso de razón y libertad, no se dice hombre perfecto según el estado. — En contra. 1. La evidencia es carácter esencial de la ciencia, como quedó probado: luego una noticia que no tiene evidencia no puede ser científica. Segundo, es falso que nuestra Teología difiera tan solo por el estado de la Teología de los Bienaventurados, y que aquella pueda alguna vez alcanzar la evidencia, así como el niño puede alcanzar el uso de razón y de libertad; pues nuestra Teología difiere en especie de la Teología de los Bienaventurados, ni permanece la misma en los Bienaventurados, la cual fue en los Viadores, como abajo probaremos: luego si es imperfecta, no solo comparativamente, sino que debe decirse simplemente imperfecta, porque carece de la perfección esencial requerida para la ciencia, la cual en ninguna parte obtendrá.
Responden por fin otros, que nuestra Teología no es ciertamente evidente, pero que la evidencia no se requiere para la razón de ciencia perfecta, salvo bajo la hipótesis de que el entendimiento no tenga otro motivo más excelente con el que se adhiera más firme y tenazmente a la proposición: mas tiene un motivo más excelente con el cual se adhiere más firmemente a los principios teológicos, y queda convencido de la verdad de estos, que sea la evidencia de las proposiciones y ciencias naturales; porque la fe hace que se adhiera a ellos a causa de la primera verdad que revela, la cual es motivo mucho más firme y más convincente para el entendimiento, que la evidencia del conocimiento de los principios de las demás ciencias: luego no se necesita la evidencia para la perfecta razón de la ciencia de la Teología. — Lo confirman. Por Aristóteles, quien hablando de la ciencia, 1. Poster. dice: Que si alguno no tuviese ciencia de las premisas, o algo mayor que la ciencia, no puede ser verdaderamente sabiente. Luego cuando tenga algo mayor que la ciencia, podrá ser verdaderamente sabiente: mas la fe divina es un motivo mayor y más perfecto que la ciencia: luego el Teólogo podrá elicir conclusiones científicas a partir de principios conocidos por la fe divina. — En contra. La ciencia perfecta difiere esencialmente de la fe; mas no por otra razón que por la evidencia: luego o no es ciencia perfecta, o debe tener evidencia. La mayor consta; pues la fe y la ciencia son hábitos esencialmente diversos, puesto que aquella se apoya en la autoridad del que revela, esta en la conocimiento evidente de las premisas; aquella inclina a un asentimiento oscuro sin discurso; esta a un asentimiento claro con discurso filosófico, etc. La menor también es patente; pues no discrepa de ella por la certeza y necesidad, porque ambas son conocimiento cierto y acerca de un objeto necesario, máxime cuando versan sobre Dios subsistente en sí: luego resta que por la evidencia se distinga la ciencia de la fe; y por consiguiente la evidencia compete a la ciencia no hipotéticamente y por accidente, sino esencialmente. 2. Aquella firmeza de asentimiento, que resulta mayor por la fe, que por la evidencia, no hace al entendimiento más pronto y expedito para proponer las razones de su conocimiento, y para demostrarlo a partir de todos los principios notorios, cosa que todo sabiente perfecto debe ejecutar, sino que solo lo hace adherirse más tenazmente a la proposición revelada, de lo que se adhiere a la evidente: luego no lo hace perfectamente sabiente, sino tan solo cierto y creyente; y por consiguiente para la ciencia perfecta no basta la certeza. — A la confirmación digo que Aristóteles por algo mayor que la ciencia no entendía alguna luz sobrenatural, cual es la luz de la fe; pues ese genio de la naturaleza no reconoció cosas sobrenaturales, ilustrado como estaba por la sola luz natural; sino que por aquello mayor quiso significar e indicar el hábito de los primeros principios, o inteligencia, por la cual las premisas son conocidas a veces, y esto con más certeza que por la ciencia.
Dirás. Doctor Subtilis in 3. dist. 24. q. 1., hablando de los Profetas y Apóstoles y demás santos Doctores iluminados por Dios, dijo que tuvieron un hábito, el cual aunque era inevidente, sin embargo por su firmeza y certeza podía llamarse ciencia: dice en efecto n. 17.:
Digo que todo efecto, que Dios puede hacer mediante una causa segunda efectiva, puede hacerlo inmediatamente; ahora bien, si las mismas cosas de que trata la Escritura fuesen claramente aprehendidas e intuitivas, generarían una noticia cierta sin duda alguna; y esta noticia, porque es evidente, se llamaría ciencia. Pero Dios, sin la moción del objeto, puede causar de tal modo una noticia cierta sin toda duda: de suerte que quien tenga tal noticia revelada por Dios no pueda dudar de la verdad de ella; la cual noticia se cree que tuvieron los Profetas, y muchos otros santos en la Escritura. Y tales tuvieron un hábito que prestaba un gran asentimiento, de modo que, permaneciendo aquel, no pudieran no asentir a la verdad; sin embargo aquella certeza no fue evidente por la evidencia de la cosa; porque entonces habría contradicción que semejante noticia y la fe estuviesen juntas a la vez: fue sin embargo aquella certeza tan firme como es la certeza científica, la cual es causada por principios conocidos por la evidencia de los términos.
Luego según su mente un hábito que tiene certeza puede ser científico, aunque sea inevidente: mas la Teología tiene mayor certeza que todas las ciencias naturales; luego con mejor derecho reivindica para sí la dignidad y denominación de ciencia. — Niego la consecuencia. Pues tal no es la mente y sentencia del Doctor; quiere en verdad que los escritores canónicos hubiesen recibido de Dios cierto hábito, con el cual se adherían a las verdades que les fueron reveladas, y ello más firme y tenazmente, que si aquellas verdades hubieran sido elicidas por discurso y demostradas a partir de principios evidentes; no quiere sin embargo que aquel hábito haya sido científico, pues añade: Por eso la ciencia no pudo decirse por la evidencia de la cosa; fue sin embargo mayor certeza que la certeza de la fe, porque la fe no excluye toda duda, sino que alguna duda puede subsistir junto con la fe. Por lo cual es patente que habla no de un hábito que sea ciencia; pues ninguna ciencia tiene mayor certeza que la fe, sino del perfectísimo hábito de fe, que excluía toda absolutamente duda en aquellos varones santos, tal cual no lo excluye el hábito de fe, que ha sido infundido a los demás hombres. De donde, después que añadió que la fe no puede subsistir junto con la ciencia, dice: se tiene sin embargo junto con la fe, en muchos, otro hábito, esto es, nueva y sobreañadida al priori hábito de fe una firmeza y perfección, o modo; con el cual se asiente firmemente a la verdad de la Escritura, y no a una sola verdad a causa de otra, sino a cada- una inmediatamente: mas consta que nadie asiente a la Escritura inmediatamente sino por la fe; y por consiguiente el Doctor habla allí del perfecto hábito de fe, no verdaderamente de algún otro hábito que sea verdadera y propiamente ciencia.
Conclusión segunda. — Nuestra Teología puede llamarse ciencia, del modo en que definió la ciencia Aristóteles, 6. Ethicor. Es patente la verdad de esta conclusión por lo anterior; pues el conocimiento teológico es cierto; más aún, es mucho más cierto que todas las ciencias naturales, como abajo probaremos. Por esta razón los santos Padres llaman a la Teología Ciencia y Princesa y Reina de las Ciencias: más aún, que ella es a la vez ciencia y sabiduría lo afirma en varios lugares san Agustín, máximamente en lib. 14. De Trinitate, cap. 1., donde, tratando de la Teología, dice:
Con la cual ciencia no están dotados muchísimos fieles, aunque con la misma fe están dotadísimos. Pues otra cosa es saber solamente qué debe creer el hombre para alcanzar la vida bienaventurada, la cual no es sino eterna; otra cosa es saber cómo esto mismo ayuda a los piadosos y es defendido contra los impíos, lo cual el Apóstol parece llamar con el propio nombre de ciencia, 1. Corintios 12., diciendo: A otro se le da palabra de ciencia.
Por lo cual consta que nuestra Teología puede llamarse ciencia, en cuanto por ciencia se entiende el conocimiento cierto, de un objeto necesario e infalible, y engendrado por legítimo discurso; mas no en cuanto el conocimiento científico desea también la evidencia del objeto. Si empero reivindique para sí el augusto nombre de Sabiduría, lo mostrará