Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente
Claude Frassen (1620–1711)
Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.
Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)
Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)
Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)
Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt
Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)
Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)
Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi
Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae
Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina
Nótese 1. Suele distinguirse una doble necesidad; a saber, absoluta e hipotética; en primer lugar se dice absolutamente necesario aquello que, siendo tal por sí mismo y en virtud de su propia naturaleza y esencia, le compete la suprema necesidad de existir; de modo que, abstrayendo de la suposición de cualquier otra cosa, no pueda de ningún modo no ser, como se dice del solo Dios, que es el Ente absolutamente necesario. En segundo lugar, ex hypothesi, aquello que, supuesto alguna otra cosa, no puede no ser, porque está incluido en ella, o de ella se sigue infaliblemente, o tiene con ella una conexión necesaria; de esta manera, si hay hombre, es necesario que sea animal; si es causa bajo la razón de causa, es necesario que sea también efecto; si el hombre quisiera conservar durante mucho tiempo su vida natural, necesita alimento; si deseara alcanzar la vida eterna, es menester que muera en gracia saliendo de esta vida mortal.
Nótese 2. Lo necesario ex hypothesi, en orden a la obtención de algún fin, puede decirse triple: Primero ciertamente por sola necesidad de precepto; Segundo, solo por necesidad de medio; Tercero, por ambas necesidades a la vez, a saber, de medio y de precepto. Así, oír la Misa los días festivos es necesario por necesidad de precepto en orden a la salvación; pero el Bautismo para el mismo fin es necesario a los párvulos tan solo por necesidad de medio, mas no de precepto, del cual los infantes, como privados de razón, son incapaces. En cambio, a los adultos el Bautismo les es necesario por ambas necesidades; de medio, ciertamente, porque sin él, recibido en acto o en voto, no pueden justificarse; y de precepto, porque están obligados por mandato divino a procurar su salvación por medios necesarios y ordenados por Dios, cual es el Bautismo. Pero si alguna de estas necesidades concierne a alguna Doctrina Teológica, habrá de resolverse en la presente Cuestión; mas antes:
Nótese 3. La Teología propiamente tomada, según su variada división y acepción, puede además recibir varias denominaciones: Primero, en razón del Medio, o luz con que se ilustra, puede distinguirse y llamarse triple, a saber, Teología de la Visión, de la Revelación y de la Ratiocinación. Triple es en efecto la luz por la cual Dios se da a conocer a los hombres: a saber, la luz de gloria, mediante cuya ayuda las mentes bienaventuradas contemplan a Dios cara a cara, según dice el Profeta Real, Sal. 35.: En tu luz veremos la luz; otra es la luz de la fe, por la cual, dice S. Pedro 2. 1., tenemos la palabra profética más firme, como lámpara que alumbra en lugar oscuro hasta que el día clarea, luz con la cual nosotros, todavía mortales, vemos las cosas divinas por medio de un espejo y en enigma; pues la fe, dice S. Pablo, es la substancia de las cosas que se esperan, la demostración de las que no se ven, Hebr. 11. El tercero es finalmente la luz de la razón natural; pues Señaló Dios sobre nosotros la luz de su rostro, para que contemplásemos con la inteligencia y descubriéramos sus cosas invisibles por las que fueron hechas. — Por razón del Sujeto, es también triple: a saber, la Teología de Dios, de los Bienaventurados y de los Viadores. La primera se llama Comprensiva, por la cual Dios se comprende a sí mismo y en sí todas sus infinitas perfecciones de modo perfectísimo con su conocimiento: Porque todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos, Hebr. 4. La segunda es Intuitiva, por la cual los bienaventurados ven a Dios tal como es, de suerte que nada haya en Él que se oculte al que ve. La tercera es Discursiva, por la cual los viadores, ya desde la magnitud de las especies y de la criatura descubren al Creador, ya del sagrado arsenal de las divinas Escrituras extraen y demuestran los dogmas católicos. La primera está en sujeto adequado, la segunda en sujeto claro, la tercera en sujeto oscuro: porque conocemos en parte y profetizamos en parte, 1. Cor. 13. — Por razón del Objeto a que se aplica, una se llama Teología de los Necesarios, que mira a Dios ad intra y según sí mismo, y en cuanto es uno en la esencia, trino en las personas e infinito en sus excelencias. Otra la de los Contingentes, que considera a Dios operante ad extra y con respecto a las criaturas, las cuales ora crea, conserva y gobierna en el orden de la naturaleza; ora llama y justifica en el orden de la gracia; ora beatifica y corona en el orden de la gloria. — Por razón del Método, una se llama Positiva y otra Escolástica: la anterior expone las Sagradas Escrituras y los artículos de la fe con estilo más difuso y modo oratorio; y por eso se llama positiva, porque como que pone y propone las verdades de la fe, de las cuales, como de principios y premisas, la Escolástica deduce sus conclusiones al modo filosófico y con arte silogística, para hacer manifiestos los dogmas católicos y separarlos y defenderlos de las malvadas afirmaciones de los Herejes o de los que filosofan mal.
Conclusión única. — Necesaria es a los hombres la doctrina teológica, por la cual, partiendo de principios conocidos por la fe divina, se revelen ciertas verdades que los hombres mortales no podrían procurarse mediante la ayuda de la filosofía. Esta es la sentencia común de todos los Teólogos contra los Filósofos, y así la prueba el Doctor Subtil en quaest. 1. Prolog., núm. 6.
Primo, es necesario que el hombre conozca determinadamente su último fin, para dirigir hacia él sus operaciones; pero que el hombre no puede conseguir esto sin alguna doctrina apoyada en la revelación, que se llama Teología; luego ésta le es necesaria. La mayor consta de la sumísima conformidad de los Filósofos, quienes confiesan espontáneamente que todo agente dotado de razón intenta en sus operaciones algún fin determinado, y hacia él dirige todos sus movimientos y actos, para descansar en él como en objeto beatificante; pero apuntaría a un blanco incierto, si no conociese este fin de manera determinada; luego debe conocerlo distintamente.
Se prueba la menor. Si el último fin del hombre pudiera ser descubierto por alguno de los filósofos con la sola luz de la razón, indudablemente lo habría descubierto Aristóteles, Águila de los Filósofos y Genio de la Naturaleza; pero él no lo descubrió; lo cual demuestro ciertamente con doble razón: primero, porque en ninguna parte enseñó que Dios, visto clara e intuitivamente, ha de ser nuestro último fin; antes bien, en el libro 10. de la Ética, cap. 7. constituye el último fin del hombre en el conocimiento de las substancias separadas; pues habiendo relatado e impugnado en los capítulos 5. y 6. las diversas opiniones de los antiguos Filósofos acerca del último fin y la felicidad del hombre, estableció él una doble felicidad humana: una moral y civil; otra especulativa y contemplativa. Moral dijo, 1. Ética, cap. 7., que era la operación según la virtud óptima, que es la prudencia; de suerte que consideró feliz al hombre cuando componía sabia y ordenadamente todas sus acciones; pero la especulativa explica en el libro 10. Ética, cap. 6. 7. y 8., y sostiene que consiste en la operación perfectísima de todas, cual juzgaba que era el conocimiento de Dios y de las substancias inmateriales; no ciertamente intuitivo, que él no conoció; sino abstractivo, cual puede alcanzar el discurso humano, v. g., etc. — Se prueba en segundo lugar: que por virtud de principio natural alguno puede probarse que la bienaventuranza eterna y el último fin consisten objetivamente en Dios, y formalmente en la clara visión de Dios, o en el amor que sigue a la visión, o en ambos a la vez; luego ni con la luz natural puede descubrirse la felicidad y último fin del hombre.
Se prueba el antecedente. Si hubiera tales principios de los cuales pudiera inferirse que estamos naturalmente ordenados a ver claramente a Dios, habría máximamente algunos actos y efectos que surgieran en nosotros, mediante los cuales, como a impulso de aguijones, fuéramos naturalmente incitados hacia esa visión; pero consta que no experimentamos tales actos o efectos; y por consiguiente no existen ninguno; luego tampoco hay principios alguno con los cuales podamos conocer determinadamente nuestro último fin naturalmente; y en consecuencia es necesaria alguna doctrina que infiera eso de principios revelados; y ésta es la Teología, y por tanto necesaria.
Se prueba la 2. Conclusión. y la precedente razón es confirmada por el mismo Doctor en el mismo lugar n. 8.: Todo agente que obra por un fin debe necesariamente conocer tres cosas; Primero, cómo ha de adquirirse; Segundo, qué medios conducen a su consecución; Tercero, si esos medios bastan para dicha consecución; pues si alguien ignorase cómo ha de adquirirse el fin, ¿cómo podrá prepararse para su consecución? Igualmente, si ignorase cuáles son los medios necesarios, acaso no empleará alguno necesario, con lo cual su trabajo resultará frustrado. Si finalmente no estuviese cierto de que aquellos medios que emplea bastan para conseguir el fin, indudablemente, o se retraerá totalmente de la obra, o no proseguirá sino vacilando; pero el hombre viador no puede conocer estas tres cosas con la luz natural. No ciertamente el modo de adquisición; pues que la bienaventuranza haya de adquirirse ya como herencia de los hijos, ya como salario de los trabajadores, ya como corona de los vencedores, es enteramente contingente, puesto que Dios pudo ordenar conferirla de otro modo. Tampoco los medios; pues que estos u otros sacramentos estén destinados como medios necesarios para su consecución depende enteramente de la libre ordenación de Dios, la cual no tiene conexión necesaria alguna con las cosas naturales; y por consiguiente no puede ser descubierta por discurso natural. Luego es necesaria alguna doctrina que, partiendo de principios revelados, abra determinada y distintamente nuestro último fin, y el modo y los medios con que puede obtenerse; y esto lo presta la Teología. Luego nos es necesaria.
Pruebo por fin la 3. La razón natural es enteramente insuficiente para descubrir y manifestar las verdades primeras y más altas, v. gr., la naturaleza de Dios, la inmortalidad del alma, la bienaventuranza del hombre, etc., puesto que padece por uno de estos cuatro defectos, y por lo común por los cuatro a la vez: pues la razón natural o es más débil para indagar esas verdades; o más oscura para encontrar las buscadas; o menos segura para abrazar las encontradas; o más tímida y débil para afirmar y propagar las creídas; luego es necesario recurrir a una doctrina sobrenatural, libre de esos defectos, que con certeza indague, descubra, afirme y manifieste la verdad. Se prueba el antecedente respecto de cada una de las partes; y ello con autoridad a la vez que con razón, para dar satisfacción a los Predicadores y a los estudiosos de la Teología.
Primo, pues, la razón natural es más débil para indagar esas verdades primeras, puesto que mendiga todo su conocimiento de los sentidos, conforme a aquel dicho de Aristóteles, libro 3. De Anima, cap. 9.: quien nada siente, nada puede aprender ni entender; de donde aquel célebre axioma de Averroes, nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en el sentido; y como no hay proporción entre los sentidos y las cosas divinas y las verdades más altas, de ahí resulta que la mente humana falla enteramente al indagar en esas verdades; Pues el cuerpo que se corrompe, dice el Sabio, cap. 3., agravia el alma, y la morada terrena oprime el sentido que muchas cosas piensa; y difícilmente conjeturamos las cosas que están en la tierra, y con trabajo hallamos las que están a la vista, mas las que están en los cielos, ¿quién las investigará? de donde S. Pablo, 1.ª a los Corint. 2.: El hombre animal no percibe las cosas que son de Dios. — Esto expone de modo admirable S. Agustín, libro 8. De Trinit., cap. 2.:
Mira a ver (dice) si puedes, oh alma gravada con el cuerpo corruptible y cargada de muchas y varias cogitaciones terrenas: mira a ver si puedes: Dios es la verdad... no quieras buscar qué sea la Verdad; al punto se te opondrán las tinieblas de las imágenes corporales y las nubes de fantasmas, y perturbarán la serenidad que a primera vista resplandeció en ti, cuando dije Verdad; Mira, en aquel primer golpe, como un relámpago, quedas herida, cuando se dice Verdad; mantente, si puedes; pero no puedes. Volverás a caer en aquella tu costumbre terrena. Con qué peso finalmente, te pregunto, volverás a caer, sino con el ligaño del vicio de las suciedades contraídas y con los errores del destierro?
De donde con razón, Isai., 14.: Debilitados están mis ojos mirando en alto.
Segundo. La razón es más oscura para hallar la verdad; pues la mente humana, atada y acostumbrada a las cosas corporales, apenas puede sacudir sus propias fantasías, para poder percibir y aprehender las cosas depuradas de todo cuerpo y desprovistas de materia. De ahí que los filósofos hayan estimado que Dios no era otra cosa que algo corpóreo; como dice el mártir san Justino en su Exhortación primera a los griegos:
Tales de Mileto, primer autor de la filosofía natural, juzgó que el principio de todas las cosas era el agua: Anaximandro, el infinito; Anaxímenes, el aire; Heráclito e Hipaso, el fuego: Anaxágoras, partículas semejantes entre sí, o sememejanzas: Arquelao, un aire infinito, y lo que hay alrededor de él densidad y rareza; Pitágoras, los números: Epicuro, corpúsculos que no pueden corromperse ni desmenuzarse ni quebrarse: Empédocles, los cuatro elementos y dos virtudes primarias, la amistad y la discordia, de las cuales una sirva a la unión y otra a la disensión.
De donde concluye san Justino que la doctrina de los filósofos sobre los dioses es mucho más ridícula que la teología de los poetas.
Y no solo acerca de Dios fue esta sentencia tan grosera y dudosa de los antiguos filósofos, sino que también fue sumísima su ignorancia y disputa alrededor del alma racional. Lo cual explica egregiamente el citado san Justino; pues habiendo dicho que Platón admitía en ella tres partes, a saber, la razón, la irascible y la concupiscible, y que sin embargo era inmortal; mientras que Aristóteles, por el contrario, había dicho que en ella se descubrían más partículas, y que estas estaban sujetas a corrupción, y por consiguiente que era mortal, añade que otros filósofos, divididos de muchas maneras por cierta ignorancia, juzgaron que también sobre el alma había que combatir y que debían separarse por mutuas discrepancias. Pues algunos de ellos afirman que el alma es fuego; otros, aire; otros, mente; otros, movimiento; otros, exhalación; algunos, en verdad, que fluye de los astros; algunos, un número dotado de potestad de moverse; otros, agua generativa.
En lo mismo trabajaron la ignorancia y la disputa de los filósofos al señalar la bienaventuranza del hombre; pues Marco Terencio Varrón contó más de doscientas ochenta opiniones sobre la felicidad humana. San Justino asigna como causa de esta ignorancia y disensión que no quisieron aprender de los peritos, sino que se confiaron a sí mismos, creyendo que podían percibir con la sagacidad de la ciencia de la mente humana hasta las cosas celestes, cuando no pudieron penetrar siquiera las terrenas. Debe inferirse, pues, con Tertuliano, lib. De Praescriptionibus, cap. 7, que es temerario intérprete de la naturaleza y disposición divinas la sabiduría secular. De donde merecidamente dice san Hilario, lib. 5.: Debe aprenderse qué ha de entenderse de Dios antes de hablar de Dios; porque no se le conoce sino teniéndole por Autor. Y lo mismo en el lib. 1.: Nuestras inteligencias no penetran en la ciencia celestial, ni nuestra debilidad concebirá con sentido alguno la virtud incomprehensible. Al mismo Dios debe creérsele acerca de sí mismo, y deben obedecerse aquellas cosas que concede a nuestro conocimiento. Porque, como dice san Cirilo, lib. 1. contra Julianum, las cosas que exceden la capacidad de la mente humana deben honrarse con la fe. De aquí es célebre aquella sentencia de Platón en el Timeo: la verdad toda solo puede aprenderse de un modo, a saber, si nos es enseñada o por el mismo Dios o por aquellos que han nacido de Dios. De donde Clemente de Alejandría, lib. 6. Stromata: con razón nosotros, cristianos, que recogemos testimonios de los oráculos divinos, podemos gloriamos de haber aprendido la verdad por el Hijo de Dios.
Tercero. La razón es menos segura para abrazar la verdad ya encontrada, lo cual basta y sobra que aparece por la sentencia dudosa de los filósofos; pues ni siquiera, dice allí Justino, hay entre ellos una opinión cierta, sino confusa y discordante, que al menos bajo un solo nombre parece condenable por juicio recto de quienes la aprueban, porque les haya sido propuesto como estudio argüirse y convencerse mutuamente de que se alucinan y no aportan nada verdadero; pero (como arriba había advertido) si alguien quisiera examinar con más diligencia sus escritos, verá que ellos mismos no son bastante constantes consigo mismos en sus opiniones. El mismo Platón constituyó a veces tres principios de todas las cosas, Dios, la materia y la idea; a veces cuatro, pues añade el alma universal. El mismo, donde confesó que la materia era innata, después dice que es nacida. De aquí Cecilio, en Minucio Félix en el Octavio, no incongruentemente decía que hay que indignarse y dolerse de que algunos osen decidir algo cierto acerca de la suma realidad y majestad, sobre la cual hasta ahora la misma Filosofía, en tantos siglos y entre muchísimas sectas, todavía delibera. Ni sin merecimiento, pues tanta falta hace de la exploración divina la mediocridad humana, que ni las cosas suspensas y elevadas sobre nosotros en el cielo, ni las profundas hundidas bajo la tierra, es dado conocerlas, ni permitido escrutarlas, ni religioso profanarlas.
Cuarto, finalmente, la razón humana natural es más débil y tímida para propagar y predicar las verdades divinas conocidas y creídas, lo cual demuestra san Agustín de Séneca, lib. 6. De Civ., cap. 10. Este (dice), a quien los filósofos hicieron casi libre; sin embargo, porque era senador del ilustre pueblo romano, adoraba lo que reprehendía, hacía lo que argüía, adoraba lo que culpaba. Todo esto lo expresa lúcidamente san Pablo, cap. 1. a los Romanos, afirmando que los antiguos filósofos y sabios cayeron en cuatro horrendos vicios. Primero en la ingratitud, porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; segundo en la ignorancia, fue oscurecido su insensato corazón; pues diciendo ser sabios, se hicieron necios; tercero en la idolatría, porque cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de serpientes; cuarto en la torpeza abominable, por eso los entregó Dios a pasiones ignominiosas, etc.
Debe concluirse, pues, con santo Tomás, secunda secundae q. 2. art. 2., que es necesario que el hombre reciba por modo de fe, no solo aquellas cosas que están sobre la razón, sino también aquellas que por la razón pueden conocerse, y esto por tres motivos: Primero, para que el hombre llegue más presto al conocimiento de la divina verdad; segundo, para que el conocimiento de Dios sea más común; tercero, por la certeza, pues la razón humana en las cosas divinas es muy deficiente. O, como dice en la 1. p. q. 1. art. 1., la verdad sobre Dios investigada por la razón vendría a los hombres en pocos, y por largo tiempo, y con mezcla de muchos errores.
Objetarás 1. El Doctor está a favor de los filósofos. Toda potencia que versa sobre algún objeto común, también puede versar sobre cualquier objeto especial comprendido bajo aquel común y general; pues el ojo, v. gr., porque versa sobre el objeto colorado como tal, también puede versar sobre lo blanco y demás particulares colorados; pero nuestro entendimiento versa naturalmente sobre el ente en cuanto ente, como sobre su primer y adecuado objeto; luego también puede versar naturalmente sobre cualquier ente especial, y así no necesita revelación alguna para conocer ciertos entes.
El Doctor distingue la mayor, núm. 32. Que la potencia que versa sobre algún común también puede versar sobre cualquier objeto particular contenido bajo él, es decir, que puede tener inclinación natural para conocer aquel objeto especial, concede; es decir, que tiene en sí virtud natural por la cual conozca cualquier objeto especial, así como conoce el objeto común, niega. Pues aunque el entendimiento, conociendo el ente en cuanto ente, tenga también la inclinación infundida por la naturaleza de conocer cualquier ente especial, no se sigue de ahí que pueda descubrir con fuerzas naturales cualquier ente; pues son muchos los cognoscibles que en este estado mortal no pueden saberse sin divina revelación; o porque no tienen ningún comercio con nuestros sentidos, como las substancias espirituales; o porque no hay efecto natural alguno que induzca a su conocimiento, como la Trinidad de personas en la unidad de esencia; o finalmente porque exceden enteramente la capacidad de la naturaleza, tanto para hacerse como para ser conocidas, tales son la gracia, la fe, la esperanza, que por eso se dicen del orden sobrenatural.
Objetarás 2. El sentido es potencia cognoscitiva mucho inferior al entendimiento, el cual sin embargo no necesita auxilio sobrenatural alguno para versar sobre cualesquiera objetos suyos; pues el ojo, v. gr., puede ver con su nativa actividad cualquier cosa visible; luego con mucha menor razón deberá carecer el entendimiento de tal auxilio para versar sobre cualquier inteligible. Se prueba la consecuencia: Por eso el sentido no necesita auxilio sobrenatural, porque según Arist., 3. De Anima, t. 45., la naturaleza no falta en lo necesario, y ministra todas las subsidias a las potencias con que puedan ejercer sus operaciones; luego con mucha menor razón deberá faltar a la potencia intelectiva, que, siendo mucho más excelente que los sentidos, debe depender menos de lo extrínseco para operar; pero le faltaría si además de su nativa virtud de entender necesitara aún otro auxilio para percibir algún objeto; luego no necesita tal auxilio.
Niega la consecuencia el Doctor, y a su prueba responde que la naturaleza, por eso, no falta en lo necesario, no porque ministre ella misma todos los medios necesarios para obrar, sino porque tributa potencias y facultades expeditas para la operación conveniente a cada cosa; lo cual otorga tanto al entendimiento como a los sentidos, pues ambas facultades, tanto sensitiva como intelectiva, tienen de la naturaleza infundida la virtud de operar lo que les es sumamente conveniente. Y si el entendimiento no puede ejercer esta su virtud natural acerca de algún objeto, esto no proviene de defecto de la naturaleza, que no le suministre lo necesario, sino de la suma dignidad tanto del objeto, que como sea de orden superior excede la fuerza natural del entendimiento, ni puede por él ser alcanzado, si no es elevado y robustecido por algún auxilio de orden superior; como del entendimiento, que por eso es tenido por más noble e ilustre, porque exige para su ornato y complemento no solo la perfección del orden natural, sino también la del sobrenatural. De donde infiere meritoriamente el Doctor en el núm. 33. que la naturaleza por eso no le falta; pues le confiere todas las cosas que para su operación natural se requieren en él, aunque no le confiera aquellas que exigen para la sobrenatural conocimiento de un objeto sobrenatural, pues la naturaleza debe ejecutar solamente las cosas naturales. Pero como toda perfección de los sentidos es puramente natural, ciertamente la naturaleza faltaría a ellos, si no les suministrara todas las cosas para percibir su objeto.
Instarás. La naturaleza suministra a los sentidos no sólo la virtud, sino también los medios necesarios para operar: por tanto, también al entendimiento debe conferir todos los medios necesarios para entender cualquier cosa; de otro modo el entendimiento sería de condición y suerte peor que el sentido.
Niego la consecuencia. Pues no es igual la comparación del entendimiento con el sentido; ciertamente los sentidos, por su menos perfecta virtud de agir, están limitados a determinados objetos y a un cierto modo natural de operar, más allá del cual de ningún modo pueden irrumpir; se ocupan, en efecto, solamente del ente sensible, que como es sólo del orden natural, no es de extrañar que los sentidos para alcanzar todos sus objetos nada deseen más allá del orden de la naturaleza. Distinto es el caso del entendimiento, que como objeto adecuado tiene cualquier ente inteligible, y hay algunos inteligibles que exceden la capacidad y el orden de la naturaleza; de aquí sucede que, aunque tenga una inclinación natural para conocerlos, sin embargo no puede con las fuerzas de la naturaleza alcanzarlos; por donde es necesario que para conocerlos sea ilustrado y confirmado por algún medio sobrenatural. Ni de ahí se sigue que el entendimiento sea de suerte peor que el sentido, pues, como dice el Doctor n. 33., la suma perfección para el entendimiento es que pueda ser elevado divinamente a recibir mayor perfección, que él mismo pueda producir activamente. Es indicio, en efecto, de que no se perfecciona sólo con aquellas cosas que se contienen dentro de los límites y verjas de la naturaleza, sino que también exige alguna excelencia preternatural para el complemento de su perfección. Distinto es el caso de los sentidos, cuya suma y última perfección pudiendo ser conferida por agentes naturales, se sigue que son capaces de menor perfección que el entendimiento.
Objetarás 3. Dice el Doctor: Por eso se requeriría alguna doctrina sobrenatural, máximamente porque el entendimiento no es proporcionado a cualquier objeto cognoscible, y en consecuencia debería conformarse y proporcionarse por otra cosa: pero esta razón no vale nada: luego tampoco aquello para lo cual se aduce como prueba.
Se prueba la menor. Aquello por lo que el entendimiento debería igualarse y conformarse al objeto, o sería natural, o sobrenatural. No lo primero, porque no podría elevar al entendimiento más allá de su estado natural, y hacerle proporcionado al objeto sobrenatural. Tampoco lo segundo, porque como el entendimiento de sí no es proporcionado a otra realidad sobrenatural, no podría recibir aquello sobrenatural, a no ser que de nuevo fuera hecho capaz de esa recepción por otra cosa; y como con esto volvería la misma dificultad, se procedería al infinito: luego en el entendimiento no se desea ninguna doctrina sobrenatural.
Responde n. 31. concedida la mayor, negando la menor. En verdad es cierto que el entendimiento se conforma al objeto sobrenatural, tanto formalmente por el conocimiento sobrenatural que tiene del mismo objeto, cuanto eficazmente por Dios que revela y concurre eficazmente a producir aquel conocimiento, que de otro modo el entendimiento de sí y por los fantasmas (sin los cuales naturalmente en este estado nada percibe) no podría alcanzar. De donde aquello por lo que se proporciona al objeto, tan eficaz como formalmente, es sobrenatural; sin embargo, no debe conformarse y proporcionarse a ello por otra cosa; pues como el entendimiento está en potencia obedencial, tanto respecto del conocimiento sobrenatural por recibir, cuanto respecto del concurso efectivo sobrenatural de Dios, puede recibir ambos inmediatamente, y no necesita de otro alguno para ser dispuesto y proporcionado a ello.
Insistirás. A toda potencia natural debe corresponder un activo natural, que la reduza al acto; de otro modo la potencia sería vana, pues no habría de reducirse al acto: pero en nuestra alma está el entendimiento pasible, o paciente, que es potencia receptiva de cualquier conocimiento, aun sobrenatural: luego el entendimiento agente, que está en ella, debe ser productivo también del conocimiento sobrenatural.
Responde 1. El Doctor n. 25. negando la mayor; pues es falso que a todo pasivo natural corresponda un activo natural; porque, dice, muchas cosas son naturalmente receptivas de una perfección de la cual no tienen principio activo intrínseco; máximamente cuando la potencia por razón de su excelencia está ordenada naturalmente a recibir una perfección tan eminente, que no puede ser producida por ningún agente natural; así de hecho nuestro entendimiento pasible está ordenado al conocimiento del objeto sobrenatural, que sólo puede ser conferido por Dios que revela. Ni de ahí se sigue que esa potencia, en cuanto natural, sea vana; pues aunque por un agente natural no pueda ser principalmente reducida al acto, basta que por un agente sobrenatural sea completada y reducida al acto.
Responde 2. distinguiendo la mayor n. 26.: A toda potencia pasiva natural corresponde un activo natural, en cuanto esa potencia se dice natural por aquello con lo que se compara al acto, o forma natural y naturalmente por recibir, niega; que se dice natural en cuanto respecta a un agente natural, como cuando concurre con él a producir algún efecto, v. gr. la materia de la leña, que respecta al fuego, como cuando con él concurre a producir otro fuego, concede; mas el entendimiento pasible, o potencia receptiva del conocimiento, en cuanto se extiende al conocimiento del objeto sobrenatural, no se dice natural; puesto que respecta a una forma sobrenatural que ha de ser producida por un agente sobrenatural: sino que según esta consideración puede llamarse sobrenatural; y por tanto, así considerada, no debe extrañar que no tenga un activo natural correspondiente.
Instarás. El entendimiento agente no puede producir inmediatamente el conocimiento sobrenatural y acerca del objeto sobrenatural: luego tampoco el paciente podrá recibirlo producido por Dios que revela y obra sobrenaturalmente. La consecuencia es clara, porque no menor debe ser la actividad del entendimiento agente para producir, que la capacidad pasible para recibir aquello que se produce.
Niego la consecuencia. Pues se requieren más cosas para producir el conocimiento, aun natural, que para recibirlo ya producido; ciertamente para extraer el conocimiento, no sólo se desea la actividad del entendimiento agente, sino también el objeto moviente por medio de los fantasmas, que deben estar como purificados de sus contagios terrenos, para que puedan concurrir con el entendimiento a extraer el conocimiento; pero todo esto no se desea en el recibir el conocimiento, sino que sólo se requiere la capacidad del entendimiento paciente para recibir lo que se le propone. Y esta capacidad, como se extiende a todo conocimiento por recibir, de cualquier modo que éste sea producido, es de sí como indiferente al conocimiento producido natural o sobrenaturalmente; pues puede recibir ambos, sea del entendimiento obrando natural, sea sobrenaturalmente. Con esta sin embargo diferencia, que para la recepción del conocimiento natural necesita sólo del concurso ordinario; mas para la recepción del conocimiento sobrenatural exige un concurso más abundante de Dios. Queda, por tanto, sumamente necesaria la Doctrina Teológica, que abre las verdades más sublimes.