Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente

Claude Frassen

Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente

Claude Frassen (1620–1711)

Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.


Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)

Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)

Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)

Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt

Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)

Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)

Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi

Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae

Ni mucho menos debería parecer extraño o insólito que los doctores principales y abanderados de la impiedad herética intenten denegar ante todos su autoridad, y procurar arrancarla de en medio y derribarla con toda clase de maldiciones e improperios; pues bien saben que ella es la llave y la espada de sus propios errores y herejías, herida por la cual aquéllos caen. Y no puedo dejar de admirarme de que hombres no sólo católicos, sino también algunos de ellos probos, y acérrimos enemigos de la pravedad herética, hablen sin embargo no solamente con los herejes y sientan con ellos, sino que incluso hostiguen con las armas de éstos a la Teología Escolástica. Temo, pues, que sean tenidos en el número de aquellos de quienes escribió el Apóstol San Judas: Todo lo que ignoran, lo blasfeman; y en todo aquello que conocen por naturaleza, como animales irracionales, se corrompen; temo, digo, que hombres de este género, fiados más bien de la memoria feliz que de la firmeza del juicio y de la agudeza del ingenio, murmuren contra la doctrina sagrada, la cual no pueden alcanzar por otro camino, y desdeñen aparentemente aquello de que carecen contra su voluntad. Pero para que aparezca cuánto desvarían y extravíanse, es preciso demostrar en las siguientes Cuestiones la necesidad y existencia de una y otra Teología, a la cual llaman Positiva y Escolástica; pero antes debe anteponerse:

Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina

Nótese 1. Suele distinguirse una doble necesidad; a saber, absoluta e hipotética; en primer lugar se dice absolutamente necesario aquello que, siendo tal por sí mismo y en virtud de su propia naturaleza y esencia, le compete la suprema necesidad de existir; de modo que, abstrayendo de la suposición de cualquier otra cosa, no pueda de ningún modo no ser, como se dice del solo Dios, que es el Ente absolutamente necesario. En segundo lugar, ex hypothesi, aquello que, supuesto alguna otra cosa, no puede no ser, porque está incluido en ella, o de ella se sigue infaliblemente, o tiene con ella una conexión necesaria; de esta manera, si hay hombre, es necesario que sea animal; si es causa bajo la razón de causa, es necesario que sea también efecto; si el hombre quisiera conservar durante mucho tiempo su vida natural, necesita alimento; si deseara alcanzar la vida eterna, es menester que muera en gracia saliendo de esta vida mortal.

Nótese 2. Lo necesario ex hypothesi, en orden a la obtención de algún fin, puede decirse triple: Primero ciertamente por sola necesidad de precepto; Segundo, solo por necesidad de medio; Tercero, por ambas necesidades a la vez, a saber, de medio y de precepto. Así, oír la Misa los días festivos es necesario por necesidad de precepto en orden a la salvación; pero el Bautismo para el mismo fin es necesario a los párvulos tan solo por necesidad de medio, mas no de precepto, del cual los infantes, como privados de razón, son incapaces. En cambio, a los adultos el Bautismo les es necesario por ambas necesidades; de medio, ciertamente, porque sin él, recibido en acto o en voto, no pueden justificarse; y de precepto, porque están obligados por mandato divino a procurar su salvación por medios necesarios y ordenados por Dios, cual es el Bautismo. Pero si alguna de estas necesidades concierne a alguna Doctrina Teológica, habrá de resolverse en la presente Cuestión; mas antes:

Nótese 3. La Teología propiamente tomada, según su variada división y acepción, puede además recibir varias denominaciones: Primero, en razón del Medio, o luz con que se ilustra, puede distinguirse y llamarse triple, a saber, Teología de la Visión, de la Revelación y de la Ratiocinación. Triple es en efecto la luz por la cual Dios se da a conocer a los hombres: a saber, la luz de gloria, mediante cuya ayuda las mentes bienaventuradas contemplan a Dios cara a cara, según dice el Profeta Real, Sal. 35.: En tu luz veremos la luz; otra es la luz de la fe, por la cual, dice S. Pedro 2. 1., tenemos la palabra profética más firme, como lámpara que alumbra en lugar oscuro hasta que el día clarea, luz con la cual nosotros, todavía mortales, vemos las cosas divinas por medio de un espejo y en enigma; pues la fe, dice S. Pablo, es la substancia de las cosas que se esperan, la demostración de las que no se ven, Hebr. 11. El tercero es finalmente la luz de la razón natural; pues Señaló Dios sobre nosotros la luz de su rostro, para que contemplásemos con la inteligencia y descubriéramos sus cosas invisibles por las que fueron hechas. — Por razón del Sujeto, es también triple: a saber, la Teología de Dios, de los Bienaventurados y de los Viadores. La primera se llama Comprensiva, por la cual Dios se comprende a sí mismo y en sí todas sus infinitas perfecciones de modo perfectísimo con su conocimiento: Porque todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos, Hebr. 4. La segunda es Intuitiva, por la cual los bienaventurados ven a Dios tal como es, de suerte que nada haya en Él que se oculte al que ve. La tercera es Discursiva, por la cual los viadores, ya desde la magnitud de las especies y de la criatura descubren al Creador, ya del sagrado arsenal de las divinas Escrituras extraen y demuestran los dogmas católicos. La primera está en sujeto adequado, la segunda en sujeto claro, la tercera en sujeto oscuro: porque conocemos en parte y profetizamos en parte, 1. Cor. 13. — Por razón del Objeto a que se aplica, una se llama Teología de los Necesarios, que mira a Dios ad intra y según sí mismo, y en cuanto es uno en la esencia, trino en las personas e infinito en sus excelencias. Otra la de los Contingentes, que considera a Dios operante ad extra y con respecto a las criaturas, las cuales ora crea, conserva y gobierna en el orden de la naturaleza; ora llama y justifica en el orden de la gracia; ora beatifica y corona en el orden de la gloria. — Por razón del Método, una se llama Positiva y otra Escolástica: la anterior expone las Sagradas Escrituras y los artículos de la fe con estilo más difuso y modo oratorio; y por eso se llama positiva, porque como que pone y propone las verdades de la fe, de las cuales, como de principios y premisas, la Escolástica deduce sus conclusiones al modo filosófico y con arte silogística, para hacer manifiestos los dogmas católicos y separarlos y defenderlos de las malvadas afirmaciones de los Herejes o de los que filosofan mal.

Conclusión única. — Necesaria es a los hombres la doctrina teológica, por la cual, partiendo de principios conocidos por la fe divina, se revelen ciertas verdades que los hombres mortales no podrían procurarse mediante la ayuda de la filosofía. Esta es la sentencia común de todos los Teólogos contra los Filósofos, y así la prueba el Doctor Subtil en quaest. 1. Prolog., núm. 6.

Primo, es necesario que el hombre conozca determinadamente su último fin, para dirigir hacia él sus operaciones; pero que el hombre no puede conseguir esto sin alguna doctrina apoyada en la revelación, que se llama Teología; luego ésta le es necesaria. La mayor consta de la sumísima conformidad de los Filósofos, quienes confiesan espontáneamente que todo agente dotado de razón intenta en sus operaciones algún fin determinado, y hacia él dirige todos sus movimientos y actos, para descansar en él como en objeto beatificante; pero apuntaría a un blanco incierto, si no conociese este fin de manera determinada; luego debe conocerlo distintamente.

Se prueba la menor. Si el último fin del hombre pudiera ser descubierto por alguno de los filósofos con la sola luz de la razón, indudablemente lo habría descubierto Aristóteles, Águila de los Filósofos y Genio de la Naturaleza; pero él no lo descubrió; lo cual demuestro ciertamente con doble razón: primero, porque en ninguna parte enseñó que Dios, visto clara e intuitivamente, ha de ser nuestro último fin; antes bien, en el libro 10. de la Ética, cap. 7. constituye el último fin del hombre en el conocimiento de las substancias separadas; pues habiendo relatado e impugnado en los capítulos 5. y 6. las diversas opiniones de los antiguos Filósofos acerca del último fin y la felicidad del hombre, estableció él una doble felicidad humana: una moral y civil; otra especulativa y contemplativa. Moral dijo, 1. Ética, cap. 7., que era la operación según la virtud óptima, que es la prudencia; de suerte que consideró feliz al hombre cuando componía sabia y ordenadamente todas sus acciones; pero la especulativa explica en el libro 10. Ética, cap. 6. 7. y 8., y sostiene que consiste en la operación perfectísima de todas, cual juzgaba que era el conocimiento de Dios y de las substancias inmateriales; no ciertamente intuitivo, que él no conoció; sino abstractivo, cual puede alcanzar el discurso humano, v. g., etc. — Se prueba en segundo lugar: que por virtud de principio natural alguno puede probarse que la bienaventuranza eterna y el último fin consisten objetivamente en Dios, y formalmente en la clara visión de Dios, o en el amor que sigue a la visión, o en ambos a la vez; luego ni con la luz natural puede descubrirse la felicidad y último fin del hombre.

Se prueba el antecedente. Si hubiera tales principios de los cuales pudiera inferirse que estamos naturalmente ordenados a ver claramente a Dios, habría máximamente algunos actos y efectos que surgieran en nosotros, mediante los cuales, como a impulso de aguijones, fuéramos naturalmente incitados hacia esa visión; pero consta que no experimentamos tales actos o efectos; y por consiguiente no existen ninguno; luego tampoco hay principios alguno con los cuales podamos conocer determinadamente nuestro último fin naturalmente; y en consecuencia es necesaria alguna doctrina que infiera eso de principios revelados; y ésta es la Teología, y por tanto necesaria.

Se prueba la 2. Conclusión. y la precedente razón es confirmada por el mismo Doctor en el mismo lugar n. 8.: Todo agente que obra por un fin debe necesariamente conocer tres cosas; Primero, cómo ha de adquirirse; Segundo, qué medios conducen a su consecución; Tercero, si esos medios bastan para dicha consecución; pues si alguien ignorase cómo ha de adquirirse el fin, ¿cómo podrá prepararse para su consecución? Igualmente, si ignorase cuáles son los medios necesarios, acaso no empleará alguno necesario, con lo cual su trabajo resultará frustrado. Si finalmente no estuviese cierto de que aquellos medios que emplea bastan para conseguir el fin, indudablemente, o se retraerá totalmente de la obra, o no proseguirá sino vacilando; pero el hombre viador no puede conocer estas tres cosas con la luz natural. No ciertamente el modo de adquisición; pues que la bienaventuranza haya de adquirirse ya como herencia de los hijos, ya como salario de los trabajadores, ya como corona de los vencedores, es enteramente contingente, puesto que Dios pudo ordenar conferirla de otro modo. Tampoco los medios; pues que estos u otros sacramentos estén destinados como medios necesarios para su consecución depende enteramente de la libre ordenación de Dios, la cual no tiene conexión necesaria alguna con las cosas naturales; y por consiguiente no puede ser descubierta por discurso natural. Luego es necesaria alguna doctrina que, partiendo de principios revelados, abra determinada y distintamente nuestro último fin, y el modo y los medios con que puede obtenerse; y esto lo presta la Teología. Luego nos es necesaria.

Pruebo por fin la 3. La razón natural es enteramente insuficiente para descubrir y manifestar las verdades primeras y más altas, v. gr., la naturaleza de Dios, la inmortalidad del alma, la bienaventuranza del hombre, etc., puesto que padece por uno de estos cuatro defectos, y por lo común por los cuatro a la vez: pues la razón natural o es más débil para indagar esas verdades; o más oscura para encontrar las buscadas; o menos segura para abrazar las encontradas; o más tímida y débil para afirmar y propagar las creídas; luego es necesario recurrir a una doctrina sobrenatural, libre de esos defectos, que con certeza indague, descubra, afirme y manifieste la verdad. Se prueba el antecedente respecto de cada una de las partes; y ello con autoridad a la vez que con razón, para dar satisfacción a los Predicadores y a los estudiosos de la Teología.

Primo, pues, la razón natural es más débil para indagar esas verdades primeras, puesto que mendiga todo su conocimiento de los sentidos, conforme a aquel dicho de Aristóteles, libro 3. De Anima, cap. 9.: quien nada siente, nada puede aprender ni entender; de donde aquel célebre axioma de Averroes, nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en el sentido; y como no hay proporción entre los sentidos y las cosas divinas y las verdades más altas, de ahí resulta que la mente humana falla enteramente al indagar en esas verdades; Pues el cuerpo que se corrompe, dice el Sabio, cap. 3., agravia el alma, y la morada terrena oprime el sentido que muchas cosas piensa; y difícilmente conjeturamos las cosas que están en la tierra, y con trabajo hallamos las que están a la vista, mas las que están en los cielos, ¿quién las investigará? de donde S. Pablo, 1.ª a los Corint. 2.: El hombre animal no percibe las cosas que son de Dios. — Esto expone de modo admirable S. Agustín, libro 8. De Trinit., cap. 2.:

Mira a ver (dice) si puedes, oh alma gravada con el cuerpo corruptible y cargada de muchas y varias cogitaciones terrenas: mira a ver si puedes: Dios es la verdad... no quieras buscar qué sea la Verdad; al punto se te opondrán las tinieblas de las imágenes corporales y las nubes de fantasmas, y perturbarán la serenidad que a primera vista resplandeció en ti, cuando dije Verdad; Mira, en aquel primer golpe, como un relámpago, quedas herida, cuando se dice Verdad; mantente, si puedes; pero no puedes. Volverás a caer en aquella tu costumbre terrena. Con qué peso finalmente, te pregunto, volverás a caer, sino con el ligaño del vicio de las suciedades contraídas y con los errores del destierro?

De donde con razón, Isai., 14.: Debilitados están mis ojos mirando en alto.

Segundo. La razón es más oscura para hallar la verdad; pues la mente humana, atada y acostumbrada a las cosas corporales, apenas puede sacudir sus propias fantasías, para poder percibir y aprehender las cosas depuradas de todo cuerpo y desprovistas de materia. De ahí que los filósofos hayan estimado que Dios no era otra cosa que algo corpóreo; como dice el mártir san Justino en su Exhortación primera a los griegos:

Tales de Mileto, primer autor de la filosofía natural, juzgó que el principio de todas las cosas era el agua: Anaximandro, el infinito; Anaxímenes, el aire; Heráclito e Hipaso, el fuego: Anaxágoras, partículas semejantes entre sí, o sememejanzas: Arquelao, un aire infinito, y lo que hay alrededor de él densidad y rareza; Pitágoras, los números: Epicuro, corpúsculos que no pueden corromperse ni desmenuzarse ni quebrarse: Empédocles, los cuatro elementos y dos virtudes primarias, la amistad y la discordia, de las cuales una sirva a la unión y otra a la disensión.

De donde concluye san Justino que la doctrina de los filósofos sobre los dioses es mucho más ridícula que la teología de los poetas.

Y no solo acerca de Dios fue esta sentencia tan grosera y dudosa de los antiguos filósofos, sino que también fue sumísima su ignorancia y disputa alrededor del alma racional. Lo cual explica egregiamente el citado san Justino; pues habiendo dicho que Platón admitía en ella tres partes, a saber, la razón, la irascible y la concupiscible, y que sin embargo era inmortal; mientras que Aristóteles, por el contrario, había dicho que en ella se descubrían más partículas, y que estas estaban sujetas a corrupción, y por consiguiente que era mortal, añade que otros filósofos, divididos de muchas maneras por cierta ignorancia, juzgaron que también sobre el alma había que combatir y que debían separarse por mutuas discrepancias. Pues algunos de ellos afirman que el alma es fuego; otros, aire; otros, mente; otros, movimiento; otros, exhalación; algunos, en verdad, que fluye de los astros; algunos, un número dotado de potestad de moverse; otros, agua generativa.

En lo mismo trabajaron la ignorancia y la disputa de los filósofos al señalar la bienaventuranza del hombre; pues Marco Terencio Varrón contó más de doscientas ochenta opiniones sobre la felicidad humana. San Justino asigna como causa de esta ignorancia y disensión que no quisieron aprender de los peritos, sino que se confiaron a sí mismos, creyendo que podían percibir con la sagacidad de la ciencia de la mente humana hasta las cosas celestes, cuando no pudieron penetrar siquiera las terrenas. Debe inferirse, pues, con Tertuliano, lib. De Praescriptionibus, cap. 7, que es temerario intérprete de la naturaleza y disposición divinas la sabiduría secular. De donde merecidamente dice san Hilario, lib. 5.: Debe aprenderse qué ha de entenderse de Dios antes de hablar de Dios; porque no se le conoce sino teniéndole por Autor. Y lo mismo en el lib. 1.: Nuestras inteligencias no penetran en la ciencia celestial, ni nuestra debilidad concebirá con sentido alguno la virtud incomprehensible. Al mismo Dios debe creérsele acerca de sí mismo, y deben obedecerse aquellas cosas que concede a nuestro conocimiento. Porque, como dice san Cirilo, lib. 1. contra Julianum, las cosas que exceden la capacidad de la mente humana deben honrarse con la fe. De aquí es célebre aquella sentencia de Platón en el Timeo: la verdad toda solo puede aprenderse de un modo, a saber, si nos es enseñada o por el mismo Dios o por aquellos que han nacido de Dios. De donde Clemente de Alejandría, lib. 6. Stromata: con razón nosotros, cristianos, que recogemos testimonios de los oráculos divinos, podemos gloriamos de haber aprendido la verdad por el Hijo de Dios.

Tercero. La razón es menos segura para abrazar la verdad ya encontrada, lo cual basta y sobra que aparece por la sentencia dudosa de los filósofos; pues ni siquiera, dice allí Justino, hay entre ellos una opinión cierta, sino confusa y discordante, que al menos bajo un solo nombre parece condenable por juicio recto de quienes la aprueban, porque les haya sido propuesto como estudio argüirse y convencerse mutuamente de que se alucinan y no aportan nada verdadero; pero (como arriba había advertido) si alguien quisiera examinar con más diligencia sus escritos, verá que ellos mismos no son bastante constantes consigo mismos en sus opiniones. El mismo Platón constituyó a veces tres principios de todas las cosas, Dios, la materia y la idea; a veces cuatro, pues añade el alma universal. El mismo, donde confesó que la materia era innata, después dice que es nacida. De aquí Cecilio, en Minucio Félix en el Octavio, no incongruentemente decía que hay que indignarse y dolerse de que algunos osen decidir algo cierto acerca de la suma realidad y majestad, sobre la cual hasta ahora la misma Filosofía, en tantos siglos y entre muchísimas sectas, todavía delibera. Ni sin merecimiento, pues tanta falta hace de la exploración divina la mediocridad humana, que ni las cosas suspensas y elevadas sobre nosotros en el cielo, ni las profundas hundidas bajo la tierra, es dado conocerlas, ni permitido escrutarlas, ni religioso profanarlas.

Cuarto, finalmente, la razón humana natural es más débil y tímida para propagar y predicar las verdades divinas conocidas y creídas, lo cual demuestra san Agustín de Séneca, lib. 6. De Civ., cap. 10. Este (dice), a quien los filósofos hicieron casi libre; sin embargo, porque era senador del ilustre pueblo romano, adoraba lo que reprehendía, hacía lo que argüía, adoraba lo que culpaba. Todo esto lo expresa lúcidamente san Pablo, cap. 1. a los Romanos, afirmando que los antiguos filósofos y sabios cayeron en cuatro horrendos vicios. Primero en la ingratitud, porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; segundo en la ignorancia, fue oscurecido su insensato corazón; pues diciendo ser sabios, se hicieron necios; tercero en la idolatría, porque cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de serpientes; cuarto en la torpeza abominable, por eso los entregó Dios a pasiones ignominiosas, etc.

Debe concluirse, pues, con santo Tomás, secunda secundae q. 2. art. 2., que es necesario que el hombre reciba por modo de fe, no solo aquellas cosas que están sobre la razón, sino también aquellas que por la razón pueden conocerse, y esto por tres motivos: Primero, para que el hombre llegue más presto al conocimiento de la divina verdad; segundo, para que el conocimiento de Dios sea más común; tercero, por la certeza, pues la razón humana en las cosas divinas es muy deficiente. O, como dice en la 1. p. q. 1. art. 1., la verdad sobre Dios investigada por la razón vendría a los hombres en pocos, y por largo tiempo, y con mezcla de muchos errores.

Objetarás 1. El Doctor está a favor de los filósofos. Toda potencia que versa sobre algún objeto común, también puede versar sobre cualquier objeto especial comprendido bajo aquel común y general; pues el ojo, v. gr., porque versa sobre el objeto colorado como tal, también puede versar sobre lo blanco y demás particulares colorados; pero nuestro entendimiento versa naturalmente sobre el ente en cuanto ente, como sobre su primer y adecuado objeto; luego también puede versar naturalmente sobre cualquier ente especial, y así no necesita revelación alguna para conocer ciertos entes.

El Doctor distingue la mayor, núm. 32. Que la potencia que versa sobre algún común también puede versar sobre cualquier objeto particular contenido bajo él, es decir, que puede tener inclinación natural para conocer aquel objeto especial, concede; es decir, que tiene en sí virtud natural por la cual conozca cualquier objeto especial, así como conoce el objeto común, niega. Pues aunque el entendimiento, conociendo el ente en cuanto ente, tenga también la inclinación infundida por la naturaleza de conocer cualquier ente especial, no se sigue de ahí que pueda descubrir con fuerzas naturales cualquier ente; pues son muchos los cognoscibles que en este estado mortal no pueden saberse sin divina revelación; o porque no tienen ningún comercio con nuestros sentidos, como las substancias espirituales; o porque no hay efecto natural alguno que induzca a su conocimiento, como la Trinidad de personas en la unidad de esencia; o finalmente porque exceden enteramente la capacidad de la naturaleza, tanto para hacerse como para ser conocidas, tales son la gracia, la fe, la esperanza, que por eso se dicen del orden sobrenatural.

Objetarás 2. El sentido es potencia cognoscitiva mucho inferior al entendimiento, el cual sin embargo no necesita auxilio sobrenatural alguno para versar sobre cualesquiera objetos suyos; pues el ojo, v. gr., puede ver con su nativa actividad cualquier cosa visible; luego con mucha menor razón deberá carecer el entendimiento de tal auxilio para versar sobre cualquier inteligible. Se prueba la consecuencia: Por eso el sentido no necesita auxilio sobrenatural, porque según Arist., 3. De Anima, t. 45., la naturaleza no falta en lo necesario, y ministra todas las subsidias a las potencias con que puedan ejercer sus operaciones; luego con mucha menor razón deberá faltar a la potencia intelectiva, que, siendo mucho más excelente que los sentidos, debe depender menos de lo extrínseco para operar; pero le faltaría si además de su nativa virtud de entender necesitara aún otro auxilio para percibir algún objeto; luego no necesita tal auxilio.

Niega la consecuencia el Doctor, y a su prueba responde que la naturaleza, por eso, no falta en lo necesario, no porque ministre ella misma todos los medios necesarios para obrar, sino porque tributa potencias y facultades expeditas para la operación conveniente a cada cosa; lo cual otorga tanto al entendimiento como a los sentidos, pues ambas facultades, tanto sensitiva como intelectiva, tienen de la naturaleza infundida la virtud de operar lo que les es sumamente conveniente. Y si el entendimiento no puede ejercer esta su virtud natural acerca de algún objeto, esto no proviene de defecto de la naturaleza, que no le suministre lo necesario, sino de la suma dignidad tanto del objeto, que como sea de orden superior excede la fuerza natural del entendimiento, ni puede por él ser alcanzado, si no es elevado y robustecido por algún auxilio de orden superior; como del entendimiento, que por eso es tenido por más noble e ilustre, porque exige para su ornato y complemento no solo la perfección del orden natural, sino también la del sobrenatural. De donde infiere meritoriamente el Doctor en el núm. 33. que la naturaleza por eso no le falta; pues le confiere todas las cosas que para su operación natural se requieren en él, aunque no le confiera aquellas que exigen para la sobrenatural conocimiento de un objeto sobrenatural, pues la naturaleza debe ejecutar solamente las cosas naturales. Pero como toda perfección de los sentidos es puramente natural, ciertamente la naturaleza faltaría a ellos, si no les suministrara todas las cosas para percibir su objeto.

Instarás. La naturaleza suministra a los sentidos no sólo la virtud, sino también los medios necesarios para operar: por tanto, también al entendimiento debe conferir todos los medios necesarios para entender cualquier cosa; de otro modo el entendimiento sería de condición y suerte peor que el sentido.

Niego la consecuencia. Pues no es igual la comparación del entendimiento con el sentido; ciertamente los sentidos, por su menos perfecta virtud de agir, están limitados a determinados objetos y a un cierto modo natural de operar, más allá del cual de ningún modo pueden irrumpir; se ocupan, en efecto, solamente del ente sensible, que como es sólo del orden natural, no es de extrañar que los sentidos para alcanzar todos sus objetos nada deseen más allá del orden de la naturaleza. Distinto es el caso del entendimiento, que como objeto adecuado tiene cualquier ente inteligible, y hay algunos inteligibles que exceden la capacidad y el orden de la naturaleza; de aquí sucede que, aunque tenga una inclinación natural para conocerlos, sin embargo no puede con las fuerzas de la naturaleza alcanzarlos; por donde es necesario que para conocerlos sea ilustrado y confirmado por algún medio sobrenatural. Ni de ahí se sigue que el entendimiento sea de suerte peor que el sentido, pues, como dice el Doctor n. 33., la suma perfección para el entendimiento es que pueda ser elevado divinamente a recibir mayor perfección, que él mismo pueda producir activamente. Es indicio, en efecto, de que no se perfecciona sólo con aquellas cosas que se contienen dentro de los límites y verjas de la naturaleza, sino que también exige alguna excelencia preternatural para el complemento de su perfección. Distinto es el caso de los sentidos, cuya suma y última perfección pudiendo ser conferida por agentes naturales, se sigue que son capaces de menor perfección que el entendimiento.

Objetarás 3. Dice el Doctor: Por eso se requeriría alguna doctrina sobrenatural, máximamente porque el entendimiento no es proporcionado a cualquier objeto cognoscible, y en consecuencia debería conformarse y proporcionarse por otra cosa: pero esta razón no vale nada: luego tampoco aquello para lo cual se aduce como prueba.

Se prueba la menor. Aquello por lo que el entendimiento debería igualarse y conformarse al objeto, o sería natural, o sobrenatural. No lo primero, porque no podría elevar al entendimiento más allá de su estado natural, y hacerle proporcionado al objeto sobrenatural. Tampoco lo segundo, porque como el entendimiento de sí no es proporcionado a otra realidad sobrenatural, no podría recibir aquello sobrenatural, a no ser que de nuevo fuera hecho capaz de esa recepción por otra cosa; y como con esto volvería la misma dificultad, se procedería al infinito: luego en el entendimiento no se desea ninguna doctrina sobrenatural.

Responde n. 31. concedida la mayor, negando la menor. En verdad es cierto que el entendimiento se conforma al objeto sobrenatural, tanto formalmente por el conocimiento sobrenatural que tiene del mismo objeto, cuanto eficazmente por Dios que revela y concurre eficazmente a producir aquel conocimiento, que de otro modo el entendimiento de sí y por los fantasmas (sin los cuales naturalmente en este estado nada percibe) no podría alcanzar. De donde aquello por lo que se proporciona al objeto, tan eficaz como formalmente, es sobrenatural; sin embargo, no debe conformarse y proporcionarse a ello por otra cosa; pues como el entendimiento está en potencia obedencial, tanto respecto del conocimiento sobrenatural por recibir, cuanto respecto del concurso efectivo sobrenatural de Dios, puede recibir ambos inmediatamente, y no necesita de otro alguno para ser dispuesto y proporcionado a ello.

Insistirás. A toda potencia natural debe corresponder un activo natural, que la reduza al acto; de otro modo la potencia sería vana, pues no habría de reducirse al acto: pero en nuestra alma está el entendimiento pasible, o paciente, que es potencia receptiva de cualquier conocimiento, aun sobrenatural: luego el entendimiento agente, que está en ella, debe ser productivo también del conocimiento sobrenatural.

Responde 1. El Doctor n. 25. negando la mayor; pues es falso que a todo pasivo natural corresponda un activo natural; porque, dice, muchas cosas son naturalmente receptivas de una perfección de la cual no tienen principio activo intrínseco; máximamente cuando la potencia por razón de su excelencia está ordenada naturalmente a recibir una perfección tan eminente, que no puede ser producida por ningún agente natural; así de hecho nuestro entendimiento pasible está ordenado al conocimiento del objeto sobrenatural, que sólo puede ser conferido por Dios que revela. Ni de ahí se sigue que esa potencia, en cuanto natural, sea vana; pues aunque por un agente natural no pueda ser principalmente reducida al acto, basta que por un agente sobrenatural sea completada y reducida al acto.

Responde 2. distinguiendo la mayor n. 26.: A toda potencia pasiva natural corresponde un activo natural, en cuanto esa potencia se dice natural por aquello con lo que se compara al acto, o forma natural y naturalmente por recibir, niega; que se dice natural en cuanto respecta a un agente natural, como cuando concurre con él a producir algún efecto, v. gr. la materia de la leña, que respecta al fuego, como cuando con él concurre a producir otro fuego, concede; mas el entendimiento pasible, o potencia receptiva del conocimiento, en cuanto se extiende al conocimiento del objeto sobrenatural, no se dice natural; puesto que respecta a una forma sobrenatural que ha de ser producida por un agente sobrenatural: sino que según esta consideración puede llamarse sobrenatural; y por tanto, así considerada, no debe extrañar que no tenga un activo natural correspondiente.

Instarás. El entendimiento agente no puede producir inmediatamente el conocimiento sobrenatural y acerca del objeto sobrenatural: luego tampoco el paciente podrá recibirlo producido por Dios que revela y obra sobrenaturalmente. La consecuencia es clara, porque no menor debe ser la actividad del entendimiento agente para producir, que la capacidad pasible para recibir aquello que se produce.

Niego la consecuencia. Pues se requieren más cosas para producir el conocimiento, aun natural, que para recibirlo ya producido; ciertamente para extraer el conocimiento, no sólo se desea la actividad del entendimiento agente, sino también el objeto moviente por medio de los fantasmas, que deben estar como purificados de sus contagios terrenos, para que puedan concurrir con el entendimiento a extraer el conocimiento; pero todo esto no se desea en el recibir el conocimiento, sino que sólo se requiere la capacidad del entendimiento paciente para recibir lo que se le propone. Y esta capacidad, como se extiende a todo conocimiento por recibir, de cualquier modo que éste sea producido, es de sí como indiferente al conocimiento producido natural o sobrenaturalmente; pues puede recibir ambos, sea del entendimiento obrando natural, sea sobrenaturalmente. Con esta sin embargo diferencia, que para la recepción del conocimiento natural necesita sólo del concurso ordinario; mas para la recepción del conocimiento sobrenatural exige un concurso más abundante de Dios. Queda, por tanto, sumamente necesaria la Doctrina Teológica, que abre las verdades más sublimes.

Quaestio II: An theologia positiva sit utilis et necessaria

Por la Cuestión precedente consta sobradamente que debe admitirse necesariamente alguna Doctrina Teológica que revele las verdades principales y máximamente necesarias, las cuales de ningún modo podría descubrirse con la ayuda de la Filosofía y del auxilio de la razón natural. Pero, como advertimos, puesto que la Teología se divide, por razón del método, en Positiva y Escolástica; y puesto que los herejes de este tiempo impugnan acérrimamente a ambas, vale la pena examinar si una y otra son necesarias para los fieles y para la Iglesia, o si más bien una u otra debe desterrarse y rechazarse; y para que esto se conozca con mayor evidencia

Nótese 1. La Teología Positiva recibe este nombre por uno u otro de estos tres motivos. Primero, porque propone y expone las verdades y artículos de la fe, como ciertos e indubitados fundamentos, de los cuales la Escolástica extrae sus conclusiones y forma sus argumentaciones, con las que ilustra los misterios de la fe y defiende los dogmas católicos contra los herejes y los infieles. Segundo, porque se ocupa principalmente en explicar y exponer la ley e institución divina, que se llama derecho divino positivo. Así como se llama derecho positivo humano el que ha sido libremente establecido por un Superior, y pudo no ser prescrito simplemente por él si hubiese querido, y aún puede ser revocado libremente por su autoridad, si así le pareciera —en lo cual el derecho positivo difiere del derecho natural, pues este es tal de sí mismo y por su propia naturaleza, no por alguna institución arbitraria ni por precepto libre del Superior, y no es capaz de mutación alguna—; así se llama Teología positiva la que toda consiste en explicar el derecho divino positivo, a saber: exponiendo la ley divina y las sagradas Escrituras, e investigando asimismo las tradiciones divinas y los decretos de la Iglesia, que se llaman derecho positivo divino o eclesiástico, porque tanto por Dios como por la Iglesia fue libremente establecido y determinado. Tercero, finalmente, se dice Positiva por las Posiciones y tesis, porque trata las controversias más graves de la fe y sus posiciones, o verdades principales, para que mediante su declaración la fe sea ilustrada y persevere inconcusa.

Nótese 2. La Teología Positiva y la Escolástica no se diferencian entre sí esencialmente, sino solo accidentalmente y según un diverso modo de proceder: ya que una y otra tienen el mismo objeto, a saber, conocer a Dios bajo la razón de deidad mediante un discurso, ora oratorio por parte de la Positiva, ora filosófico por parte de la Escolástica. Una y otra reconocen los mismos principios y las mismas afirmaciones de la fe, tanto escritas como transmitidas. Una y otra no se apoyan solo en las Sagradas Escrituras para aducirlas, sino que también recogen y añaden las tradiciones indubitadas de la Iglesia; desarrollan la historia eclesiástica; escudriñan los decretos de los Concilios; examinan los libros y comentarios de los Santos Padres, para descubrir y revelar la verdad católica latente en ellos. Sin embargo, parecen diferir entre sí en que la Escolástica es más exacta y cuidadosa, y al tratar y aplicar todo esto guarda más el método filosófico y el orden silogístico, para descubrir las verdades con mayor evidencia y persuadirlas con mayor eficacia: pues el orden es partera, así como la confusión es, diametralmente opuesta, madrastra de todas las disciplinas. Añádase que la Escolástica suele invocar el auxilio y la luz de la Filosofía natural, no solo para disolver, mediante raciocinio natural y filosófico, los argumentos vibrados contra los artículos de la fe por los herejes y los infieles, sino también para persuadir mediante razones naturales y consideraciones filosóficas que deben creerse los dogmas de la fe.

Nótese 3. Esta es la concordia de la Iglesia triunfante con la militante: que así como en la Iglesia celestial Dios quiso que los Ángeles interiores fuesen instruidos e iluminados por los superiores, así también en la Iglesia terrestre

A algunos, dice el Santo Apóstol a los Efesios 4., los constituyó ciertamente Apóstoles; a otros, Profetas; a otros, Evangelistas; y a otros, pastores y doctores; y ello con doble fin: primero, dice, para la consumación de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y al reconocimiento del Hijo de Dios, etc. Segundo, para que ya no seamos, dice, niños fluctuantes y llevados de acá para allá por todo viento de doctrina, en la malicia de los hombres, en la astucia encaminada a engañar con el error.

Como si dijera: Dios estableció por eso Doctores en la Iglesia, tanto para manifestar a la más ruda multitud de los fieles las verdades divinas que ellos mismos penetran más profundamente, como para que, presentando la antorcha y el mazo de su doctrina, extingan las herejías y las eliminen de la Iglesia. Por lo cual es evidente cuánto necesitan los fieles de los Doctores; cosa que además probará más evidentemente

Conclusión única. — La Teología positiva siempre fue útil y sumamente necesaria a la Iglesia de Dios.

Esto es contra todos los herejes, máximamente los Calvinistas, quienes, junto con su heresiarca, sostienen que las Sagradas Escrituras se muestran tan evidente y abiertamente, que absolutamente no se necesita Doctor alguno para concebirlas y explicarlas.

Se prueba la conclusión. Primeramente, en efecto, debe admitirse alguna doctrina que abra el sentido genuino de la Sagrada Escritura, desentrañe sus enigmas, y descubra los misterios latentes bajo los sencillos envoltorios de las palabras; con lo cual confirme la fe, destruya la herejía, y devuelva y rechace hacia los herejes los dardos que suelen sacar de las divinas Escrituras y vibrar contra los Católicos; pero todo esto lo realiza la Teología Positiva: luego debe admitirse necesariamente. La menor aparece abiertamente de la misma definición y oficio de la Teología Positiva; pues toda ella se ocupa de la explicación de las Escrituras, para instruir a los fieles, revelar los misterios, y combatir y conquistar los falsos dogmas de los herejes con aquellos mismos oráculos de las Escrituras en los que mal se apoyaban; por eso Tertuliano, en el libro De praescriptionibus, cap. 15, la llama ejercicio de las Escrituras, por cuanto toda ella consiste en exponer y desvelar las divinas Escrituras. — Pruébase, pues, la mayor por la misma Sagrada Escritura, pues dice San Pablo, 2. a Timoteo 2: Toda Escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, instruido para toda obra buena. En estas palabras señala e indica los cuatro oficios principales de la Teología Positiva, que saca de la Escritura: Primero, enseña a los fieles la verdad católica; Segundo, arguye a los herejes; Tercero, corrige a los malvados; Cuarto, educa e instruye a los infieles. Además, el mismo, en Efesios 4., afirma que Dios, por su inefable providencia para con la Iglesia, le dio varios ministros, pero máximamente a unos pastores y doctores, para la consumación de los Santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe. Y añade la razón: Para que ya no seamos niños fluctuantes, y llevados de acá para allá por todo viento de doctrina, en la malicia de los hombres, para engañar con el error. De donde, en Tito 1., dice: Conviene que el Obispo abrace la palabra fiel conforme a la doctrina, para que pueda exhortar con la sana doctrina y arguir a los que contradicen. Luego sostiene que existe alguna doctrina sagrada que los Pastores y Doctores de la Iglesia deben conocer, para que eduquen a los fieles, a fin de que no sean engañados por los falsos dogmas de los herejes; pues los herejes, dice Tertuliano, lib. De praescriptione, cap. 14., aducen las Escrituras, y con esta su astucia mueven al instante a algunos; en el mismo encuentro fatigan a los firmos, capturan a los débiles, y dejan a los medianos con escrúpulo. Es necesario, pues, que haya algunos varones peritísimos que abran el sentido genuino de la Escritura y deshagan las insidias que los herejes urden contra los fieles a partir del sentido depravado de la Escritura.

Se prueba Segundo. Las Sagradas Escrituras tienen un sentido tan profundo y recóndito, e implican tantas y tan grandes dificultades, que se necesita suma erudición y altísimo estudio para explicarlas e interpretarlas; y por consiguiente es necesario que algunos consagren todo su esfuerzo a esta explicación e interpretación; pero esto se hace mediante la Teología Positiva: luego debe ser admitida. La menor es evidente; la mayor se prueba: primeramente, en efecto, casi el mismo juicio parece deberse formular sobre todas las Escrituras que el mismo San Pedro formuló acerca de las Epístolas de San Pablo, en las cuales, dice, Epist. 2. c. 3., hay algunas cosas difíciles de entender, que los indoctos e inconstantes depravan, como también las demás Escrituras, para su propia perdición.

Lo confiesan casi todos los Santos Padres: pues Orígenes, lib. 7. Contra Celsum, dice: Otros varones prudentes también pudieron hallar escrutando la Escritura su inteligencia; aunque verdaderamente es en muchos lugares oscura. Ambrosio, Epíst. 14.: El mar es la Escritura divina, que tiene en sí sentidos profundos, la altitud de los enigmas proféticos. Agustín, 12. Confess. c. 14.: ¡Cuán admirable profundidad tienen tus dichos, Señor! Cuya superficie he aquí nos halaga como a pequeñitos; pero admirable profundidad. Es horroroso fijarse en ella: horror de honra y temblor de amor. El mismo, lib. 2. De doctrina Christiana, cap. 4., hablando de la lectura de las Escrituras, dice: Pero son engañados por muchas y múltiples oscuridades y ambigüedades los que leen temerariamente, entendiendo una cosa por otra; y en algunos lugares no encuentran siquiera qué sospechar falsamente; tan oscuros son algunos dichos que envuelven densísima calígine. — Sub añade luego la razón de esta oscuridad: Que todo ello (dice) no dudo que fue providenciado divinamente, para domar con el trabajo la soberbia, y para reconducir del fastidio al entendimiento, al cual las cosas fácilmente investigadas suelen volverse viles.

Le concierta el santo Gregorio, Hom. 6. in Ezech.

De grandísima utilidad es, dice, la misma oscuridad de los dichos de Dios, porque ejercita el sentido para que, fatigado, se dilate, y el ejercitado capte lo que no puede captar el ocioso. Tiene además otra mayor: porque si la inteligencia de la Sagrada Escritura fuese abierta en todo, sería vilmente tenida, la cual, encontrada en lugares más oscuros, tanto de mayor dulzura repara, cuanto de mayor... manifiesta.

Y desmienta a Calvino, quien, aunque contrario a sí mismo, lib. 1. Institutionum, c. 7., dice: No presenta la Escritura de suyo un sentido de su verdad más claro que presentan las cosas blancas y negras de su color, dulces y amargas de su sabor.

Se prueba en tercer lugar. Los herejes torcen las Santas Escrituras a sentido perverso para patrocinar con ellas sus erróneos dogmas: luego es necesario que haya algunos Doctores Católicos que abran el genuino sentido de la misma Escritura, para que más fácilmente defiendan la verdad de la fe. La consecuencia es patente. El antecedente lo prueban los santos Padres, en primer término Tertuliano, libro De praescriptione haereticorum cap. 39.: Ni temo afirmar que las mismas Escrituras fueron así dispuestas por voluntad de Dios, que suministrasen materias a los herejes; pues leo que es preciso que haya herejías, las cuales sin las Escrituras no pueden ser. Orígenes, lib. 3. De principiis, c. 21.: La causa de todas estas falsas inteligencias, en aquellos de quienes arriba hablamos, no fue otra sino que la Santa Escritura es entendida por ellos no según el sentido espiritual, sino según el sonido de la letra. Hilario, libro 2. De Trinitate: de la inteligencia procede la herejía, no de la Escritura; y el crimen proviene del sentido, no del dicho. Concierta S. Agustín en el tratado 18. sobre el Evangelio de Juan: Pues tampoco nacieron las herejías ni ciertos dogmas de perversidad que lazan las almas y las precipitan en el abismo, sino mientras las Escrituras buenas se entienden no bien; y lo que en ellas se entiende mal, se afirma también temeraria y audazmente. Vigilio Africano, lib. 2. Contra Eutychen: Éste es el origen de todas las impiedades: mientras la virtud de los dichos celestes, violada por el vicio de la mala inteligencia, no se pondera según la calidad de su sentido, sino que se deriva hacia otras cosas al arbitrio del lector, contra lo que exige la razón de la cosa. Isidoro Hispalense, lib. 8. Originum, c. 5.: Quienquiera que entiende la Sagrada Escritura de otro modo que como exige el sentido del Espíritu Santo, por quien fue escrita, aunque no se haya apartado de la Iglesia, puede sin embargo ser llamado Hereje. Epifanio Diácono, en el acto 6. de la Sinodo 1.: Cuando algunos intentan pervertir los dogmas rectos según les parece, nadie se admire de que usen palabras de la Escritura. Pues también todos los Heresiarcas coligen de la Escritura divinamente inspirada las ocasiones de su error, adulterando con malvados sentidos lo que por el Espíritu Santo fue rectamente dicho.

En tercer lugar, finalmente, se firma la verdad de nuestra Conclusión por toda la práctica de la Iglesia; puesto que leemos que desde su mismo origen fueron instituidas escuelas en las que se enseñaba públicamente la Teología positiva. De tales escuelas hace memoria Eusebio, lib. 5. Historiae Ecclesiasticae, cap. 10., donde, hablando de la Escuela Alejandrina, dice:

Por aquel mismo tiempo presidía la Escuela de los fieles un varón famosísimo por causa de su doctrina, llamado Panteno, pues ya desde remotos tiempos había sido instituida en aquella ciudad la Escuela de las sagradas letras, la cual ciertamente persevera aún en nuestra edad, y se dice que está regida por hombres instruidísimos tanto en elocuencia como en el estudio de las letras divinas: luego injustamente los herejes provocan y persiguen las Academias cristianas como invento nuevo, mendigado de la gentilidad y pernicioso a la fe.

Objetan los herejes: Si alguna razón o utilidad persuadiera admitir la Teología Positiva, máximamente para interpretar la Sagrada Escritura y resolver sus varias oscuridades y embrollos: pero para eso es totalmente inútil: luego debe rechazarse. La mayor consta de lo dicho. La menor la prueban con varios textos de la misma Sagrada Escritura, de los cuales pretenden inferir que ella es tan clara, que para percibir su genuino sentido no hay necesidad de intérprete ni de Doctor. Así, Salmo 18.: El precepto del Señor es luminoso e ilumina los ojos. Prov. 6.: El mandamiento es lámpara, y la ley luz. 2. Pedro 1.: Tenemos la palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en atender como a lámpara que luce en lugar oscuro: luego lejos está de que la Sagrada Escritura esté envuelta en alguna oscuridad; antes bien, ella misma es luz, la cual muestra irradiadas con divino resplandor todas las verdades que abraza en su seno.

Niego la menor. Y distingo su prueba: la Sagrada Escritura reluce a modo de luz en todos sus libros y contextos, niego; en algunos, por ejemplo históricos, concedo; confieso en efecto que la Sagrada Escritura a veces ofrece un sentido tan patente, que resulta manifiesto a cualquier lector a primera vista. Pero aun así es necesario que los mismos Herejes confiesen que la más de las veces está bañada en tanta calígina, que su genuino sentido sólo puede descubrirse ya sea revelándolo Dios, ya interpretándolo varones doctísimos: como patece tanto por la arriba recordada sentencia de los Santos Padres, como por el mismo David, el cual, aunque supiese a cabalidad la significación y fuerza de las palabras de la lengua hebrea, en que entonces estaba escrita la Sagrada Escritura, con todo suplicante rogaba a Dios: Dame inteligencia y escudriñaré tu ley; Descubre mis ojos y consideraré las maravillas de tu ley... Ilumina sobre tu siervo y enséñame tus justificaciones, Sal. 118. De donde merecidamente S. Jerónimo, Epíst. ad Paulinum, subañade: Si tan gran Profeta confiesa las tinieblas de su ignorancia, ¿qué juzgas de nosotros, pequeñitos y casi mamantes, rodeados por la noche de la insciencia? Mas este velo no sólo está puesto sobre el rostro de Moisés, sino también en los Evangelios y en los Apóstoles... No serán abiertas todas las cosas que están escritas por aquel que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre, si no las abre otro alguno que las revele.

Insisten los herejes: Las Sagradas Escrituras no son difíciles de entender sino para los soberbios y los hombres cegados por la malicia, conforme a aquel dicho de Pablo, 2. Corint. 4.: Si nuestro Evangelio está velado, entre los que se pierden está velado; en los cuales el dios de este siglo cegó las mentes de los incrédulos, para que no les resplandezca la iluminación del Evangelio de la gloria de Dios. Luego a los fieles de Cristo la Sagrada Escritura no les está velada, sino abierta. — Lo confirman con S. Crisóstomo, Homilía 3. de Lazaro, donde, después de mostrar que los Filósofos hablaron oscuramente y no descubrieron la verdad, sino que la cubrieron con muchos involucros de palabras, añade: Los Apóstoles empero y los Profetas hicieron todo lo contrario: manifestaron y proclamaron claro, cual doctores comunes del orbe; para que cada uno por sí pueda aprender por sola lectura las cosas que se enseñan: luego el fiel no necesita intérprete ni Doctor para percibirlas.

Respondo a la primera. El Apóstol no trata con esas palabras de la fácil o difícil inteligencia de la Escritura, sino de la fe Evangélica, la cual, predicada por los Apóstoles, muchos rechazaban por malicia y ceguera de mente, por cuanto juzgaban que las verdades Evangélicas repugnaban al placer de los sentidos y a la razón natural. San Crisóstomo, empero, no habla de toda la Escritura, sino sólo de los libros históricos, los cuales declara fáciles de entender por la sola lectura. Añade en efecto: Toma el libro en tus manos, lee toda la historia, y retén en la memoria lo que es claro; y lo que es oscuro y poco manifiesto recórrelo con frecuencia; y si con la asiduidad de la lectura no pudieres hallar lo que se dice, acude al más sabio, ve al Doctor: luego supone que hay algunos pasajes oscuros acerca de los cuales deben ser oídos y consultados los Doctores.

Objetan en segundo lugar los herejes, que aunque la sagrada Escritura se halle envuelta en algunas tinieblas, éstas sin embargo no deben ser disueltas por un hombre que enseña exteriormente, sino por Dios enseñando interiormente; pues los fieles deben tener a sólo Dios por Doctor, según aquella profecía de Isaías 51: Pondré todos tus hijos doctos del Señor. Y Jeremías 31: Daré mi ley en sus entrañas, y en su corazón la escribiré: y no enseñará más cada uno a su prójimo, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor de ellos hasta el mayor. Luego de ningún Doctor necesitamos, ni por consiguiente es necesaria la Teología Positiva.

Niego la consecuencia. Pues tal no es el sentido de los dichos pasajes; porque Isaías y Jeremías han de entenderse de la Doctrina Evangélica, la cual sobresalía en esto sobre las demás respecto de la ley Mosaica: que no fue entregada y expresada por medio de los Profetas, sino por el mismo Hijo de Dios, según aquellas palabras de S. Pablo, Hebr. 1.: Multiformemente y de muchos modos habló antiguamente Dios a los Padres en los Profetas; en estos últimos días nos ha hablado en el Hijo: de donde sucede que todos los cristianos son llamados Theodidacti, esto es, instruidos por Dios, sea inmediatamente, como los Apóstoles y Discípulos; sea al menos mediatamente, como los demás fieles.

— O bien digo, que los dichos Profetas comparan el estado de la ley nueva con el de la vieja, de modo que el sentido sea que todos los misterios y arcanos de la fe serán mucho más claros en la ley Evangélica que en la Mosaica, la cual estaba llena de sombras y figuras.

— O finalmente digo, que los dichos textos fueron prenuncios de aquella admirable irrupción del Espíritu Santo sobre los Apóstoles en el día de Pentecostés, y sobre todos los demás fieles hijos de la Iglesia naciente, a quienes juntamente con el bautismo se les confería el Espíritu Santo, y se les infundían divinamente el don de la ciencia, de la profecía y los géneros de lenguas, de suerte que cualquier ignorante e indocto se volvía en un momento sapientísimo.

Apremian los herejes: De la primera epístola de Juan, cap. 2: No tenéis necesidad de que nadie os enseñe —dice Juan escribiendo a los fieles—: sino que la unción os enseña acerca de todas las cosas: luego los fieles no necesitan tampoco de Doctor alguno, ni consecuentemente hay ninguna Teología.

Niego la consecuencia. En efecto, san Juan no pretende que los fieles no necesiten de un Doctor humano; ¿pues para qué habría escrito él mismo Epístolas para la instrucción de los fieles? ¿Para qué Dios habría ordenado en su Iglesia pastores y Doctores para la consumación de los Santos, como arriba dijimos? Quiere, pues, sólo reprimir la vana curiosidad de algunos fieles, los cuales, instruidos por los Apóstolos, escuchaban también a los Pseudo-Apóstoles, que sembrando encima la cizaña, oscurecían las verdades Católicas con sus perrísimos dogmas. — O bien digo, que él ha de entenderse de la Teología Afectiva y Mística, la cual no la enseña la lectura, sino la unción; no la letra, sino el espíritu; no el hombre mortal, sino el Dios inmortal, que casi siempre elige las cosas débiles del mundo para confundir a las fuertes. Sucede en efecto no raramente, que cualesquier indoctos rudos, que apenas conocen las letras, enseñándoles Dios interiormente e iluminándoles divinamente, perciben los misterios más ocultos de la fe y abren y explican los sentidos recónditos de las Escrituras más abiertamente de lo que podría hacerlo cualquiera de los muy doctos. De éstos parece hablar S. Agustín, lib. 83 Quaestionum, q. 48, diciendo:

Hay tres géneros de cosas creíbles: unas son las que siempre se creen y jamás se entienden, como es toda la historia, que recorre las cosas temporales y humanas; otras las que tan pronto como se creen se entienden, como son todas las razones humanas, ya sean de los números, ya de cualesquiera disciplinas. Terceras, las que primero se creen y después se entienden, tales son las que acerca de las cosas divinas no pueden entenderse, sino por aquellos que están limpios de corazón, lo cual se logra guardando los preceptos, que se reciben viviendo bien.

Quaestio III: An, et qualiter theologia scholastica Ecclesiae Dei prosit

Notandum 1. La Teología Escolástica recibe este nombre por un triple motivo. Primero, porque es la que principalmente se enseña y se aprende en las Escuelas; mientras que la Positiva se adquiere mediante el estudio propio y la lectura privada y asidua de las Sagradas Escrituras, así como por la ejercitación en los Santos Padres. Segundo, porque a la manera académica y filosófica, partiendo de los principios de la divina fe conocidos inmediata o mediatamente, extrae sus conclusiones mediante un legítimo discurso, para explicar más evidentemente los misterios de la fe, defenderlos valerosamente contra quienes los impugnan, y, resolviendo todas las contradicciones e implicancias que contra ellos pudieran objetarse, persuadir con mayor facilidad lo que ha de creerse. Tercero y finalmente, se llama así por cierta analogía con la Filosofía; pues así como la Filosofía se ocupa de investigar las cosas naturales, así la Teología Escolástica se detiene y ocupa máximamente en torno al derecho divino natural, es decir, en torno a las verdades absolutamente inmutables; tales son no sólo la esencia de Dios, sus perfecciones y la Trinidad de las Personas, sino también el culto que le es debido por sí mismo; e incluso sus divinos preceptos, y todos los medios que conducen a la consecución de Dios; no ciertamente en cuanto existen actualmente —pues así estas cosas son del todo libres, y más bien las considera la Teología Positiva que la Escolástica—, sino en cuanto son posibles, y en cuanto no envuelven contradicción alguna; a saber, para que el Teólogo muestre que no hay repugnancia alguna en las obras de Dios; que la gracia no impide a la naturaleza, antes bien la perfecciona; y que todos los misterios de la fe no son contra la razón natural, aunque no sean conforme a ella.

Notandum 2. Es certísimo que la Teología Positiva o Escolástica, considerada en cada fiel singularmente, no es absolutamente necesaria para la consecución de la salvación. La razón es clara; pues muchos rústicos, completamente rudos e ignorantes de las cosas teológicas, como quienes viven casi siempre en los campos y entre los ganados, creen sin embargo firmísimamente los Artículos de la fe y, fortalecidos con los sagrados sacramentos de la Iglesia, parten felices de esta vida y alcanzan la eterna salvación. Es más, ni siquiera al universo conjunto de los fieles o a toda la Iglesia parece absolutamente necesaria la Teología Escolástica; en efecto, antes de los tiempos del Maestro de las Sentencias, quien hacia el año mil ciento cuarenta redujo la Teología a forma y método académicos, la Iglesia floreció largamente en piedad y doctrina, y fue provista de medios suficientes tanto para instruir a los suyos en las cosas de la fe como para rechazar la violencia de los herejes y eliminar el error.

Notandum 3. Que la Teología Escolástica es necesaria a cada fiel, al menos mediata, y a toda la Iglesia inmediatamente, con necesidad moral, o de máximo beneficio y suma utilidad; pues cada uno de los fieles tiene necesidad de Doctores que hagan creíbles los Artículos de la fe, oscuros y difíciles de suyo, mediante diversas razones propuestas, y que diluyan y disuelvan todas las dudas que puedan ocurrir por el ingenio propio de cada uno, ser sugeridas por el arte del demonio, o finalmente planteadas por la perversidad de los herejes: pues los fieles rudos, expuestos a tantos peligros, si carecieran del auxilio de tales Teólogos, difícilmente subsistirían en la fe. Igualmente la Iglesia, atacada por los dardos de tantos herejes, sería sacudida si no asistieran aquellos sutiles príncipes de la Teología, capaces de destejer las artimañas y falacias de los herejes y de disipar las oscuras tinieblas del error ofuscadas en las mentes de los hombres. Lo cual, desde luego, será demostrado más extensamente y con mayor eficacia

Conclusio unica. — La Teología Escolástica es sumamente útil y necesaria a la Iglesia de Dios. Esta es la sentencia de todos los Sabios contra los herejes, y contra algunos Pseudo-Católicos.

Se prueba primero, en efecto, por el consenso universal de toda la República Cristiana, la cual veneró y abrazó esta Teología metódica tan pronto como salió al mundo, y le erigió amplísimas escuelas para enseñarla y aprenderla; la enriqueció con pingües estipendios para los Profesores y la honró con privilegios honoríficos.

Segundo. Por los oráculos de los Concilios; pues el Constantiense aprobó sobradamente la Teología Escolástica, cuando en la Sesión 8 reprobó y condenó todos los errores de Wiclefo; especialmente aquel por el cual pronunciaba que las universidades, estudios, colegios y magisterios habían sido introducidos con vana vanidad. Semejantemente Clemente V. en el Concilio de Vienne, donde había establecido que el bautismo es necesario para la salvación tanto de los adultos como de los párvulos, añade: Verum, quia quantum ad effectum baptismi reperiuntur Doctores quidam Theologi opiniones contrarias habuisse; quibusdam ex eis dicentibus per virtutem baptismi parvulis quidem culpam remitti, sed gratiam non conferri: aliis e contra asserentibus, quod et culpa eisdem in baptismo remittitur, et virtutes, ac informans gratia infunduntur quoad habitum, etsi non pro illo tempore quoad usum; Nos autem attendentes generalem efficaciam mortis Christi, quia per baptisma applicatur pariter omnibus baptizatis, opinionem secundam quae dicit tam parvulis quam adultis conferri in baptismo informantem gratiam et virtutes, tamquam probabiliorem, et dictis Sanctorum ac Doctorum modernorum Theologiae magis consonam et concordem, sacro approbante Concilio duximus eligendam.

— De donde cuánta autoridad conceda a los Teólogos Escolásticos no sólo tan gran Pontífice, sino también la Iglesia universal, ciertamente aparece claro; pues habiendo querido y decidido en materia de tanta importancia que debe seguirse la opinión probada de varios de ellos, ¿qué si todos hubieran conspirado entre sí con constante consentimiento? No ayuda referir cuánta ayuda y dignidad han aportado los Doctores Escolásticos en los demás Concilios Ecuménicos siguientes, examinando las cuestiones por demás difíciles y discutiéndolas por ambas partes, para que la verdad apareciera más fácilmente y los falsos dogmas de los herejes se derrumbaran y desvanecieran del todo; pues esto sólo puede ignorarlo quien no haya leído los actos de aquellos Concilios. De aquí que el Tridentino sancionara con varios decretos que en todas partes deben instituirse colegios, y que las Academias deben ser donadas con toda clase de gracias y privilegios.

Tercio. Lo mismo aparece de los decretos y sentencia de los Sumos Pontífices: en efecto, Inocencio IV mandó a nuestro Alejandro de Hales (quien, por su suma erudición, era llamado en vida Fons vitae) que consignara la suma de Teología; la cual finalmente Alejandro IV aprobó con Diploma Apostólico. Y dejando de lado los demás decretos de los Pontífices, refiero uno u otro: Primero el de Honorio III; éste, en efecto, en el capítulo Super specula, sobre los maestros, estableció:

Ad Theologiae professionis studium aliqui destinentur, qui cum ducti fuerint in Dei Ecclesia, velut splendor fulgeant firmamenti: et quibus postmodum copia possit haberi Doctorum, qui velut stellae in perpetuas aeternitates mansuri, ad iustitiam caleant plurimos erudire.

Esto mismo recomienda egregiamente Gregorio IX en la Epístola dirigida a los Maestros y Estudiantes de la Academia de París para la restauración de los estudios, fechada en Letrán en el año 5 de dicho Pontífice, mes de abril, donde entre otras alabanzas de esta Academia tiene éstas:

Parens scientiarum Parisius, velut altera Cariath-Sepher, civitas litterarum clara claret: magna quidem, sed de se maiora facit optari docentibus, et discentibus gratiosa. In cruce utique, tamquam in officina sapientiae specialis, habet argentum venarum suarum principia, et auro locus est in quo rite conflatur: ex quibus prudentes, eloquii mystici murenulas aureas vermiculatas argento cudentes, et fabricantes monilia ornata lapidibus pretiosis, imo nulli pretio comparandis, Sponsam Christi decorant.

Cuarto. La utilidad y necesidad de la Teología Escolástica aparece por sus dones y oficios; pues cuatro son sus principales dones: a saber, declarativo, probativo, defensivo y discursivo; los cuales pueden recogerse de San Agustín lib. 11. De Trinitate, cap. 1., donde, hablando de la Teología, a la que llama ciencia y sabiduría, dice: Huic scientiae illud tribuit quo fides saluberrima, quae ad veram beatitudinem ducit, gignitur, nutritur, defenditur, roboratur. Por lo cual la generación y nutrición de la fe contribuye a la utilidad de los fieles; mas la defensa y el vigor, a la expugnación de los infieles. Añade en efecto el santo Agustín:

Ciencia por la cual no sobresalen muchísimos fieles, aunque sobremanera sobresalen en la misma fe; pues otra cosa es saber tan sólo qué debe creer el hombre para alcanzar la vida bienaventurada, que no es sino eterna, y otra saber cómo esto mismo aprovecha a los piadosos y se defiende contra los impíos.

En cuanto a que la Teología Escolástica contribuye sobremanera, mediante sus cuatro oficios, a la generación, nutrición, defensa y fortaleza de la fe, fácilmente se persuade. Pues por la declaración nace la fe; en efecto, por la explicación de la Sagrada Escritura y la propuesta del objeto revelado se genera la fe de modo dispositivo; puesto que la fe viene por el oído, y el oído por la palabra de Dios. Rom. 10. Por la prueba se robustece la fe; pues las razones, semejanzas, motivos y ejemplos con los cuales los Teólogos Escolásticos ilustran los artículos de la fe y demuestran su credibilidad, robustecen y fomentan la fe débil y vacilante de los débiles. Por la defensa la fe se fortifica como con firme escudo, en el cual, como dice san Pablo, Efes. 6., puede apagar todos los dardos encendidos del malvadísimo; pues mientras los Teólogos Escolásticos descubren con la tea de la razón las falaces razones de los herejes y las artimañas y sofismas de los que filosofan mal, y los disuelven en humo, la fe triunfa segura y vencedora. Por el discurso se nutre la fe; pues cuando mediante el discurso teológico aparece que los artículos de la fe no son contra la razón natural, aunque sean fuera de ella y sobre ella, e incluso muy a menudo se demuestran conformes a los principios de la naturaleza, es cierto que el entendimiento se inclina cada vez más a prestarles un asentimiento más firme y más tenaz, de donde resulta que la fe, por así decirlo, se nutre y crece.

Quinto, finalmente, así como nadie hay que no acoja con sumas alabanzas la Teología de los Santos Padres, y no estime que es utilísima y necesaria a la Iglesia de Dios; así tampoco hay nadie que deba juzgar la Teología Escolástica inútil y despreciable: pues tiene el mismo objeto que la Teología de los Santos Padres, se apoya en el mismo principio y apunta al mismo fin, a saber: la explicación de la fe y de los misterios, la extirpación de las herejías, la instrucción de los fieles, etc. Y nada la distingue de aquélla, sino que con mejor método y orden reduce a un solo cuerpo lo que los SS. Padres trataron en diversos lugares, según lo permitía la ocasión, y dispone convenientemente cada cosa en su lugar. De donde, así como nadie en su juicio vitupere a Aristóteles porque ordenó la Filosofía, antes perturbada, indigesta y dispersa, la transmitió con suma arte, la distribuyó en partes a las cuales ordenadamente redujo todo, y en muchos lugares la amplió; así está muy lejos de que los Teólogos Escolásticos sean dignos de injurias, antes bien merecen de todos la suprema alabanza, porque realizaron la misma obra de la Teología, y la ordenaron en el lugar y con el método en que ahora está, y la ampliaron con muchas cuestiones explicativas de los misterios divinos. Pues la Teología Escolástica indaga, pondera y escudriña todos los dogmas de la fe, de modo que casi nada deja intacto e indiscutido: pues diversas dificultades y cuestiones omitidas por los antiguos Padres, o ciertamente apenas rozadas, las concibió con mayor sutileza, propuso con mayor evidencia, explicó con mayor abundancia, y las pesó exactamente conforme a la norma de la fe o al preciso compás de la razón. De donde no sin mérito los Teólogos Escolásticos pueden ser llamados Doctores y Padres de la Iglesia de su tiempo; ciertamente hacen las veces de aquellos antiguos Doctores de la Iglesia naciente, quienes ilustraron con su doctrina los dogmas de Dios y los defendieron acérrimamente de los ataques de los herejes. — Añádanse. Que contra semejante Teología, con la cual se complace todo piadoso y docto, sólo objetan los gramáticos ignorantes, y los herejes y los hombres de partido herético; los primeros no deben ser más escuchados que unos ciegos juzgando sobre los colores; pero a los segundos debe estimárseles tanto cuanto a unos frenéticos que combaten contra el médico y la medicina, a quienes con razón convienen estas palabras de Agustín, lib. 3. De peccatorum meritis et remissione, cap. 6: Porque no eran tales hombres de cuya autoridad debiese yo preocuparme, tuve esto fácilmente entre lo pasado y abolido. — Todo esto lo confirma luminosamente no menos que sabiamente nuestro Sixto V. Pues él, sumo Pontífice de la Iglesia de Dios, en unas letras decretales con las cuales enumera al santo Buenaventura entre los excelentes Doctores y Padres de la Iglesia, después de haber dicho que la Teología Escolástica fue inventada por don divino de varones sapientísimos, añade:

Ciertamente el conocimiento de ciencia tan saludable, que mana de los ubérrimos manantiales de las divinas letras, de los Sumos Pontífices y de los Concilios, pudo siempre aportar a la Iglesia máximo auxilio, ya para leer a los Padres con más seguridad y utilidad, ya para descubrir y refutar los varios errores y herejías, etc.

Objetan los herejes: La Teología Escolástica dista mucho de la gravedad y pericia en el decir de los antiguos Teólogos: con mayor gravedad trataban los divinos misterios los Doctores y primeros Padres de la Iglesia; pues nada decidían sin la autoridad de la Escritura, o la sentencia de los Padres precedentes y la definición de los Concilios; y aquellas fórmulas silogísticas, trampas de débiles, o las ignoraban, o las rehuían y rechazaban como inútiles: mas los Teólogos de este tiempo, omitiendo todo aquello que conviene sobremanera a los fieles, examinan todas las cosas en la balanza y regla de la razón: luego ha de desecharse ésta como inútil. — Niego el antecedente. Pues como se dijo arriba, la Teología Escolástica difiere de la doctrina de los Santos Padres sólo en esto: que aquello que aquéllos disputaron con más amplitud y con estilo oratorio más acomodado a la inteligencia del vulgo, en libros y volúmenes enteros, esto concluye ésta en breve y dialéctico modo de decir, a veces con una sola u otra razonación. Por donde, si hay algo en que la Teología más reciente disienta de la antigua, es ciertamente porque aporta más utilidad y provecho a sus estudiosos, y por eso debe parecer digna de mayor recomendación y celebridad.

Apremian los herejes: Toda novedad debe evitarse, y arrojarse lejos de la Iglesia: luego esta doctrina escolástica, como nuevo invento de los siglos posteriores, debe desterrarse largamente. — Distingo el antecedente. La novedad de dogmas debe temerse y no escucharse, hasta que haya sido ventilada y reprobada por la Iglesia, concedo: que la novedad del método de transmitir la doctrina, máxime si fuere más clara y más fácil, haya de desecharse, niego: antes bien Cristo mismo, alabando al Teólogo, Matth. 13., lo hace semejante a un hombre padre de familia que saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo. No porque deba enseñar dogmas nuevos, y opuestos a los viejos: sino porque enseñe y explique los viejos con método nuevo, como amonesta Vicente de Lérins, cap. 27.

Entiéndase, dice, explicado por ti más ilustremente de lo que antes era creído más oscuramente: por ti goce la posteridad de haberlo entendido, lo que la antigüedad veneraba sin entenderlo: enseña así lo mismo que aprendiste, que al decirlo de modo nuevo, no digas cosas nuevas.

Esto ejecuta ante todo con exactitud la Teología Escolástica, pues no entrega dogmas nuevos, sino que lo que dicho por los antiguos, ya con más extensión y abundancia, ya más ligeramente, lo persigue, escruta y explica con mayor agudeza y profundidad.

Objetan 2. La Teología Escolástica consiste toda en discutir vanas cuestiones filosóficas, que nada en absoluto aportan a la salvación y a la ilustración de los dogmas de la fe: luego, como inútil, ha de desterrarse. — Respondo 1. Que el antecedente es del todo falso, consta por la misma experiencia, pues los Teólogos Escolásticos tratan con exactitud y precisión las cosas de la fe a partir de sus mismos principios, a saber: la Sagrada Escritura, la doctrina de los Santos Padres, las sanciones de los Concilios, y otros Santuarios de la verdad Católica, de los cuales extraen mediante legítimo discurso las conclusiones; lo cual confiere sobremanera a la elucidación de los misterios, a la refutación de las herejías y a la instrucción de los fieles; pues como disertamente afirma Melchor Cano loc. 8. cap. 1.: Si apartaras de la Teología la razón, perderás la cosa y el nombre; porque la ciencia no se busca sino por el silogismo... ¿qué importa, en efecto, quitada la razón, no sólo entre el rústico y el Teólogo, sino entre el Teólogo y la bestia, o la piedra o el tronco? — En segundo lugar, si hubiera de rechazarse la Teología Escolástica porque, con motivo y ocasión de tratar las cosas divinas, discute algunas cuestiones Filosóficas que por sí no contribuyen a la salvación, por semejante razón habría de desecharse la sagrada Escritura, puesto que refiere muchas cosas que no conducen a la salvación: v.gr. cuando trata de las historias de los Patriarcas, Jueces y Reyes, de los animales introducidos en el arca de Noé y sacados de ella, del perro de Tobías que meneaba la cola, y otras innumerables, cuyo conocimiento por sí nada aporta a la salvación. — Digo, pues, que todas las contenciones y riñas inútiles entre los Teólogos no deben atribuirse a la Teología, sino al Teólogo que quiere saber más de lo que conviene. ¿Qué? ¿Los herejes abusan de la sagrada Escritura día tras día para perdición de la fe; luego por eso ha de desterrarse? ¿Acaso ha de quemarse y arrancarse la mies, porque a veces entre las espigas de trigo crecen avena y cizaña? De ningún modo, sino que las hierbas inútiles deben arrancarse, y dejarse intacta la mies. Han de prescindirse, confieso, todas aquellas cuestiones vanas: pero han de conservarse y discutirse las que sirven para explicar e ilustrar las cosas Teológicas.

Objetan 3. Los herejes dicen que entre los Teólogos arden perpetuas disidencias, y que sus escritos están completamente repletos de riñas y contenciones; y que no hay entre ellos ningún modo de altercar: nada, por tanto, cierto, nada estable puede hallarse en ellos. — Respondo. Que los Teólogos no disienten entre sí en aquellas cosas que atañen a la fe, sino que están sumamente concordes entre sí; y que discrepen en otras, nada de inconveniente: antes bien de ahí se ilustran sobremanera las varias materias; y la verdad resplandece cada vez más de día en día: pues mientras cada uno defiende su parte, y procura afirmar su sentencia con razones buscadas por doquier, y cultivarla con todo género de erudición, infinitos tesoros de ciencias se acumulan poco a poco para decoro y ornamento de la Iglesia, y todas las disciplinas se restituyen perfectas en su número. — Respondo 2. Injustamente culpan los herejes a los Teólogos la disensión: pues inocente debe ser quien imputa a otro un crimen, no sea que, reprendiendo en otro aquello, se constituya a sí mismo reo de culpa. Mas ¿quién ignora con cuántas riñas y cuán encendidas contenciones luchan entre sí los herejes? Apenas había nacido la secta de los Luteranos, cuando fue diseccionada al punto en tres otras clases, dividida como en tres cabezas en Anabaptistas, Confesionistas y Sacramentarios, y hecha tricípite casi en su misma infancia: mas pronto, cuando creció (como es fecunda madre de monstruos la herejía), protrajo de sí otras y otras cabezas, y en exiguo espacio de tiempo creció hasta treinta y cuatro sectas: ahora verdaderamente se cuentan cerca de cien Religiones diversísimas engendradas de un solo Lutero. Ni disienten sólo en las cosas más leves, sino también en los Artículos principales de la fe, y se graban mutuamente los herejes nombre y nota. Así Lutero, lib. Contra Sacramentarios, llama herejes a éstos y a los Zuinglianos: y en otro lugar dice: Bienaventurado el varón que no anduvo en el Consejo de los Sacramentarios, ni estuvo en la vía de los Zuinglianos, ni se sentó en la cátedra de los de Zurich: ni contento con esto, los llama incluso perdiablatados, superdiablatados y transdiablatatos. Pero aquéllos, para pagarle con la mesma moneda, dicen que la boca de Lutero está llena de diablos, etc. — Y porque cabe inconstante es, una misma secta disiente tanto en los artículos de la fe, que, abandonando los anteriores, forja cada día otros y otros dogmas, que propone a todos para que sean creídos. De aquí que Jorge, Duque de Sajonia, preguntado por los Católicos qué creyeran allí los Luteranos, Lo que ahora creen lo sé, dijo; lo que habrán de creer el año siguiente, del todo lo ignoro: así ciertamente son trasladados de fe en fe, de religión en religión. Por donde santísimo Hilario, lib. a Constantio y Constante Emperadores, aplica oportunísimamente a la materia presente:

Peligroso, decía, nos es y también admirable que existan ahora tantas fes cuantas voluntades: tantas doctrinas para nosotros cuantas costumbres, mientras o así se escribe la fe como queremos: o así como la practicamos se entiende, de suerte que crepitaron tantas fes que no haya ninguna, antes verdaderamente se decreten anuales y mensuales fes acerca de Dios, etc.

Objetan 4. La Teología Escolástica evacúa y extingue el mérito de la fe; luego está muy lejos de que en algo aproveche a la fe, antes perjudica sobremanera. Prueban el antecedente con san Gregorio, hom. 26. in Evang.: La fe no tiene mérito, a la cual la humana razón ofrece experiencia: mas por el discurso teológico la razón natural ofrece experiencia a la fe; pues por él es movido el entendimiento para prestar asentimiento al objeto propuesto: luego ésta evacúa el mérito de la fe. — Distingo el antecedente. Que evacúa el mérito de la fe si a la proposición revelada sólo se creyera por la evidencia de la razón, concedo. Que si se creyera máxime por la autoridad de Dios revelante, niego. Mas el discurso teológico no demuestra evidentemente la proposición revelada; implica, en efecto, que algo es revelado y es por sí evidente en cuanto es revelado; sino que sólo demuestra que tal proposición se contiene, o en la Escritura, o en los Concilios, o en la universal tradición y práctica de la Iglesia. De donde no induce al entendimiento para que le asienta por la evidencia de la razón: sino tan sólo por la cierta e infalible autoridad del que revela.

Insisten. La Teología Escolástica se apoya sobre todo en argucias filosóficas y dialécticas: pero éstas perjudican en gran medida a la Fe y a la verdad cristiana: luego, etc. Prueban la menor con los Apóstoles y los santos Padres, quienes confiesan que la Filosofía es enemiga y adversaria de la fe; pues san Pablo, en el capítulo 2 de la epístola a los Colosenses, amonestaba: Videte ne quis vos decipiat per Philosophiam, et inanem fallaciam; y Tertuliano, en el libro De Anima, capítulo 3, llama a los filósofos animales de gloria y patriarcas de los herejes, y en el capítulo 18 dice que las argumentaciones filosóficas son tormentos de la simplicidad que ha de atormentarse y de la verdad que ha de suspenderse, y en el mismo lugar llama a Platón condimento de los herejes. De ahí que en el libro De praescriptionibus diga: Stulta mundi in confusionem Philosophiae ipsius elegit; ea est enim materia sapientiae secularis et temeraria interpres divinae naturae, et dispositionis: denique haereses a Philosophia subornantur. Quid ergo Athenis et Hierosolymis? quid Academicae et Ecclesiae? quid Haereticis et Christianis? Nobis curiositate opus non est post Christum, nec inquisitione post Evangelium, cum credimus nihil desideramus ultra credere.

De donde san Gregorio Nacianceno, en la oración 26, se duele de que hubieran penetrado furtivamente en la Iglesia sutilezas sofísticas y el perverso artificio del arte aristotélica, y otras cosas de este género, como ciertos lazos egipcios. Asimismo Gregorio de Nisa, en el libro 2 contra Eunomium, reprocha aquella astucia sofística: Ingenue ac sine rubore fatemur, inquit, nos neque orationem aliquam rhetorico elaboratam artificio aut certamen comparasse; neque Dialecticae subtilitatis argutiam ad auxilium contra adversarios praetendere, quae et veritatem in mendacii suspicionem apud imperitos traducit. También Ambrosio, en el libro 1 De Fide, capítulo 3, hablando de los arrianos, dice:

Ponen toda la fuerza de sus venenos en la disputa dialéctica, la cual, según sentencia de los filósofos, se define no por tener fuerza para afirmar, sino empeño en destruir; mas no plugo a Dios salvar a su pueblo en la Dialéctica; porque el reino de Dios está en la sencillez de la fe, no en la contención de la palabra.

Y en el salmo 118.: Nihil nobis cum Philosophia, ne fidem nostram per elementa mundi huius traducat a vero: ne quis assertionem nostram per Philosophiam depraedetur. Pues así conocimos que los arrianos cayeron en la perfidia, al pensar que la generación de Cristo debía colegirse según el uso de este siglo. Abandonaron al Apóstol y siguen a Aristóteles; abandonaron la sabiduría que está junto a Dios y escogieron los lazos de la disputación y las acechanzas de palabras conforme a la disciplina dialéctica: luego la Teología Escolástica es proscrita por los santos Padres, y por consiguiente debe ser rechazada por nosotros. — Distingo la mayor. Se apoya en argucias filosóficas para descubrir los sofismas de los herejes y eliminar sus emboscadas, concedo; para envolver la sencillez de la fe y oscurecer las verdades católicas, niego. A la menor digo que la Filosofía es adversaria de la fe no per se, sino por la malicia perversa de los filósofos, quienes, como dice san Judas, versículo 1: Quaecumque quippe ignorant, blasphemant, quaecumque autem naturaliter tamquam muta animalia norunt, in his corrumpuntur. — Que ésta y no otra es la sentencia de los santos Padres, de ahí se desprende claramente, porque ellos ilustran la Dialéctica con muchos encomios y confiesan que es necesaria para defender la Fe; pues san Clemente Alejandrino, en el libro 2 Stromatum, dice: Dialectica manuducit ad veram aeternamque sapientiam, et ad cognitionem supremae veritatis. San Jerónimo, en el capítulo 25 de Ezequiel: Vere, inquit, quidquid perversorum dogmatum praestatur esse robustum in terrena sapientia, hac Dialectica arte subvertitur, et ad instar incendii in cinerem favillasque dissolvitur. San Agustín inculca lo mismo en varios lugares, pero máximamente en los libros contra Cresconium, quien llamaba burlonamente Dialéctico a Agustín: Sed etiam Apostoli, scilicet Paulus, dialecticus erat, respondió Agustín en el libro 2., et ultro conferre cum Stoicis non timebat, quia non solum acute, sicut illi, sed etiam veraciter, quod non illi. Y añade: Cave ne cuidam Dialecticam pro crimine obiceras, qua usos Apostolos confiteris. Más aún, muestra también que Cristo Señor usó de la Dialéctica: Si autem Christum dixeris Dialecticum, laudabis Dialecticam quam mihi pro crimine obiceras: luego no debe ser tenida por inútil ni importuna la tratación y método de las cosas filosóficas que puede ser útil para explicar mejor o defender más exactamente las cosas de la fe. — Añado. Que los mismos herejes son causa de que los Teólogos Escolásticos discutan algunas cuestiones filosóficas; pues suelen argumentar desde la Filosofía contra los católicos, v. g., que un mismo cuerpo no puede estar simultáneamente en diversos lugares, para impugnar la presencia real del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Así antaño los arrianos usaban argumentos filosóficos, o mejor sofismas, contra el misterio de la Trinidad, para engañar a los católicos; y tenían (dice san Epifanio) trescientos argumentos tomados de la razón natural con los cuales impugnar la divinidad del Hijo. De donde fue necesario que los católicos repelieran con las mismas armas de la Dialéctica con que eran atacados, y, apremiados por los herejes, usurparan la Filosofía en tutela de la fe, a fin de que con su ayuda indagaran y explicaran con mayor evidencia las verdades evangélicas. Pues como dice san Agustín, lib. 16. De Civit. Dei, cap. 2.: Multa ad fidem Catholicam pertinentia, dum Haereticorum callida impugnatione cogitantur, ut adversus eos defendi possint, et considerantur diligentius, et intelliguntur clarius et instantius praedicantur: et ab adversario mota quaestio discendi existit occasio. Y como dice Gregorio Magno, lib. 14. Moral., cap. 12., Cum graviora prodiere hostium certamina, tunc sunt profecto sublimiora sensuum spicula requisita; tunc argumentorum novacula, tunc perplexior indago verborum. Con razón, pues, para refutar las falaces argucias de los herejes y de los filósofos gentiles usaron los Teólogos la Dialéctica, la cual san Basilio, en el segundo capítulo de Isaías, no dudó en decir Muri instar esse sacris dogmatibus, quod eam non sinit facile diripi et quorumlibet incursioni patere. Y Clemente Alejandrino, lib. 6. Stromat., dice que ella es el seto de la viña de Cristo, para que la verdad católica no sea pisoteada por los sofistas.

Objeción 5. Los criminadores de la Teología Escolástica acusan su estilo inculto y sus palabras duras y bárbaras con las cuales expresa sus sentidos, que ciertamente desdoran a hombres sabios y deprimen y oscurecen los augustos misterios de la fe. — En verdad, si con este argumento la Teología Escolástica no agrada a ellos, necesariamente les debe también desagradar la sencillez y el modo inculto de decir de las sagradas Letras. ¿Acaso no saben que bajo el rudo manto suele ocultarse muchas veces el filósofo erudito, y que los montes más ásperos e incultos ocultan a veces riquísimas vetas de oro? La verdad no necesita de ningún halago de palabras para brillar: mejor es expresarla con lenguaje fácil y vulgar que oscurecerla con afectada elegancia; aquella concisión sucinta de la cual usan los Teólogos no puede soportar mayor extensión ni ornamento del discurso, para que, ya gravados por la copia y multitud de las cosas, no sean también oprimidos por la inútil carga de las palabras. Y que use algunos vocablos propios e inauditos e inusitados en otras partes no debe parecer extraño, puesto que cualquier disciplina tiene sus términos desconocidos para las demás e ideados a arbitrio de sus docentes. ¿Qué no le será lícito a la Teología, reina de las ciencias, que sus siervas usurpan de buen grado?

Preguntarás. ¿Por qué sólo en estos últimos siglos los Doctores de la sagrada Teología han usado del método Escolástico, cuando desde los mismos orígenes de la Iglesia fue frecuentada máximamente la Positiva?

Respondo 1. Esto se hizo por muchísimas y gravísimas causas. Primero, porque la Teología Positiva respira más bien el modo platónico de enseñar, ya que usa muchísimo, a manera de Platón, de alegorías y de silogismos oratorios y retóricos; mientras que la Escolástica imita el método aristotélico de enseñar mediante el análisis y silogismos más apretados; y quiso Dios, por justas causas,

que la Filosofía platónica sirviera a los hijos de la Iglesia naciente. Luego porque este modo de filosofar y raciocinar era más frecuente entre los judíos y los gentiles, cuyos errores había que impugnar y combatir con las mismas armas con que eran defendidos. Luego porque la Filosofía platónica era menos pertinaz y más dócil que la dogmática, y asimismo más apta para insinuar las verdades de la fe y persuadir los divinos misterios. Finalmente, porque como florecía y se ilustraba mucho con parábolas y alegorías, con estos envoltorios templaba los rayos de la verdad divina y la proponía, como leche a los niños, al entendimiento aún más débil de los fieles. Pues los hijos de la Iglesia de Oriente eran aún como infantes débiles, de los cuales dice san Pablo a los Hebreos 5.: Facti estis quibus lacte opus sit non solido cibo; omnis enim qui lactis est particeps, expers est sermonis iustitiae, parvulus enim est: perfectorum autem est solidus cibus, eorum qui pro consuetudine exercitatos habent sensus, ad discretionem boni et mali. — Por tanto fue necesario que los hijos de la Iglesia, aún pequeñuelos, recibieran primero las verdades evangélicas atemperadas con alegorías y parábolas y fueran nutridas con ellas como con leche, antes de que, hechos mayores y ejercitados por muchos siglos en esta celestial doctrina, tuvieran discreción del bien y del mal y separaran mediante el análisis los perversos dogmas de los herejes de las verdades católicas.

Segundo: Era indecoroso que, publicado el Evangelio, las verdades cristianas se redujeran a sumas teológicas y se formasen sobre ellas varias cuestiones, las cuales habrían turbado la vacilante fe de los fieles y revelado a los infieles los misterios ocultos. Fue necesario, pues, que la Alegoría precediera al Análisis, y que, accediendo siempre nueva revelación de verdades, con el decurso del tiempo fuera como ensamblado el cuerpo de la doctrina Católica, antes de que fuera dividido y distribuido casi anatómicamente mediante las resoluciones y disputaciones de la Teología Escolástica y las disecciones del Análisis.

Pero cuando el cuerpo de la doctrina evangélica quedó sólidamente constituido en todas sus partes, entonces, para una más fácil inteligencia de las verdades, fue preciso reducirlas a un orden cierto y metódico, y usar del modo aristotélico de filosofar, más contraído y breve, pero más urgente; entonces para que las verdades evangélicas resplandecieran más nítidamente; entonces para que las maquinaciones y sofismas de los herejes se resolvieran y deshicieran más fácilmente. — Añade. Que como Platón está todo vuelto a la contemplación de las cosas divinas, y aprendió de los hebreos en Egipto muchísimas verdades de la fe y algunos misterios, y los escribió en sus escritos, parecía su Filosofía mucho más apta para persuadir esas verdades a los Filósofos y Doctores paganos que la aristotélica, la cual se ocupa totalmente de las cosas naturales y apenas escruta e investiga las divinas. Pero cuando estas verdades divinas fueron suficientemente divulgadas, sembradas en los escritos de los santos Padres y expuestas y probadas con sermón oratorio y silogismos retóricos, entonces hizo falta que los Teólogos usaran del análisis aristotélico y las recogieran en un solo cuerpo, y, a manera de Anatomistas, las dividieran con varias cuestiones y resoluciones, como otras tantas disecciones, para que cada una quedara más propiamente ordenada y apareciera más evidentemente.

No hay, pues, razón para que los herejes obloquen tanto contra esta mutación del método Teológico, y deseen que se frecuente de nuevo la Teología Positiva y Oratoria usada por los santos Padres, la cual, dicen, no criminarían, antes sí recibirían con sumas alabanzas. Empero podemos merecidamente replicarles aquello que el adorable Salvador replicó a los Escribas y Fariseos, Matth. 23.:

Vae vobis Scribae et Pharisaei, qui aedificatis sepulchra Prophetarum, et ornatis monumenta iustorum, et dicitis: si fuissemus in diebus Patrum, non essemus socii eorum in sanguine Prophetarum; itaque testimonium estis vobismetipsis, qui filii estis eorum qui Prophetas occiderunt. ¿Qué otra cosa son los herejes de este tiempo, sino hijos de aquellos herejes que persiguieron a los santos Padres y criminaron su doctrina? Ni ejecutan otra cosa, cuando provocan con palabras y escritos a los Teólogos más modernos, que aquello que los antiguos herejes maquinaban contra los Doctores sagrados de la Iglesia. Estos ciertamente, herederos de Arrio, de Nestorio y de Maniqueo, mientras persiguen a los Teólogos, colman la medida de sus padres, y hacen lo mismo que censuran en otros.

Articulus II: De essentia theologiae

Quaestio I: An theologia Dei et Beatorum sit proprie dicenda scientia

Quaestio II: An theologia Viatorum perfectae scientiae characteres habeat

Quaestio III: An theologia nostra perfectae sapientiae titulo glorietur

Quaestio IV: An theologia nostra subalternetur scientiae Dei, et Beatorum

Quaestio V: Quodnam sit obiectum theologiae nostrae

Articulus III: De proprietatibus, et praecipuis characteribus nostrae theologiae

Quaestio I: An theologia nostra sit speculativa, vel practica

Quaestio II: An theologia nostra sit habitus supernaturalis

Quaestio III: An theologia nostra certior sit, et dignior scientiis naturalibus

Quaestio IV: An theologia nostra sit argumentativa, et adhaesiva

Quaestio V: Quinam sint loci ex quibus theologia argumenta sua depromit

Introductio II: Primi libri Sententiarum methodica explanatio

Tractatus I: De Deo in se subsistente

Disputatio I: De existentia et essentia Dei

Articulus I: De existentia Dei

Quaestio I: An, et quomodo nobis constet Deum existere

Quaestio II: An Deum existere sit per se notum

Quaestio III: An et quomodo demonstrari possit Deum existere

Quaestio IV: Quibus rationibus demonstrari possit Deum existere

Quaestio V: An et quomodo probari possit unicum esse Deum

Articulus II: De essentia, seu de praedicatis quidditativis Dei

Quaestio I: An et quomodo Deus possit definiri

Quaestio II: An rationes Entis, et Existentiae essentialiter Deo competant

Quaestio III: An Deus sit substantia completa, spiritualis, vivens

Articulus III: De ratione formali constitutiva, et ultimo distinctiva essentiae divinae

Quaestio I: An essentia divina ultimo constituatur, et distinguatur per Aseitatem, et Intellectionem, alterutro ex tribus modis statim assignatis

Quaestio II: Quaenam sit ratio formalis ultimo constitutiva, et distinctiva Dei

Disputatio II: De perfectionibus divinis in communi

Articulus I: De divinarum perfectionum conceptu, numero, et praecellentia

Quaestio I: Quot, et quae sint divinae essentiae perfectiones

Quaestio II: Quot, et qualiter divinae perfectiones essentiae divinae competant

Articulus II: De divinarum perfectionum identitate, et distinctione

Quaestio I: An divina attributa idem sint realiter cum essentia divina, an solo nomine ab ea diversa

Quaestio II: An attributa divina tum inter se, tum ab essentia formaliter, et actu distinguantur

Disputatio III: De perfectionibus modificantibus divinam essentiam, seu de attributis negativis

Articulus I: De simplicitate divina

Quaestio I: An Deus sit omnino simplex, et in quo formaliter consistat eius divina simplicitas

Quaestio II: An Deus omnem compositionem realem excludat

Quaestio III: An Deus omnem compositionem metaphysicam excludat

Quaestio IV: An summa simplicitas soli Deo conveniat

Articulus II: De infinitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse infinitum

Quaestio II: An, et quomodo Deus ratione suae infinitatis omnes omnino perfectiones contineat

Articulus III: De immensitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse immensum, et ubique

Quaestio II: An recte inferatur Dei praesentia secundum essentiam in omnibus rebus ex illius in ipsis operatione

Quaestio III: An Deus ratione suae immensitatis realiter sit extra mundum, et in spatiis imaginariis

Articulus IV: De aeternitate Dei

Quaestio I: Quid, et qualis sit aeternitas

Quaestio II: An, et quomodo aeternitas Deo conveniat

Quaestio III: Quomodo Deus ratione aeternitatis creaturae coexistat, et creatura Deo

Articulus V: De immutabilitate Dei

Quaestio I: An Deus sit omnino immutabilis

Quaestio II: An Deus sit immutabilis extrinsece

Articulus VI: De ineffabilitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo Deus sit ineffabilis

Quaestio II: Quae, et quomodo nomina Deo conveniant

Articulus VII: De invisibilitate, et visibilitate Dei tam respectu Viatorum, quam Beatorum

§ I: De possibilitate, et existentia intuitivae visionis Dei

Quaestio I: An Deus sit invisibilis, vel visibilis naturaliter creaturae iam existenti, aut alicui creabili

Quaestio II: An Deus saltem supernaturaliter visibilis sit oculo mentis, et corporis

Quaestio III: An possibilitas divinae visionis intuitivae ratione naturali probari possit

Quaestio IV: An Deus visus fuerit intuitive ab aliquo hac in mortali vita degente

Quaestio V: An viri sancti statim post mortem Deum intuitive videant: et quae fuerit hac de re sanctorum Patrum, et Millenariorum sententia

§ II: De principiis productivis visionis beatificae

Quaestio I: An species impressa Dei sit possibilis, etc.

Quaestio II: An, quid, et quale sit lumen gloriae

Quaestio III: An, et quomodo intellectus concurrat ad formandam visionem beatificam

§ III: De obiecto visionis beatificae

Quaestio I: Quodnam sit obiectum primarium beatae visionis, et quomodo Deus videatur a beatis

Quaestio II: An, et quomodo Beati videant in Deo creaturas

§ IV: Quot, et quae sint beatae visionis proprietates

Quaestio I: An beata visio sit notitia simplex directa, et permanens

Quaestio II: An visiones beatificae sint inaequales, et unde inaequalitas oriatur

Articulus VIII: De incomprehensibilitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo Deus sit incomprehensibilis

Disputatio IV: De divinis perfectionibus affirmantibus, seu de attributis Dei positivis

Quaestio I: An, et quomodo Unitas Deo conveniat

Quaestio II: Quid, et qualis sit entitativa Dei Veritas

Quaestio III: An, et qualiter Bonitas Deo conveniat

Quaestio IV: An, et quae sit Dei Pulchritudo

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