Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente

Claude Frassen

Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente

Claude Frassen (1620–1711)

Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.


Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)

Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)

Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)

Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt

Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)

Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)

Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi

Ninguno de los sabios ignora que el nombre de Teología es una voz griega con la cual, según dice San Agustín, lib. 8. De Civit. Dei, cap. 1., entendemos que se significa la razón o discurso sobre la Divinidad: de donde cualquiera que instituya un discurso sacro o profano, serio o jocoso acerca de Dios, puede ser llamado Teólogo.

De aquí refiere el mismo Agustín en el mismo lugar, lib. 6. cap. 5., tomado de Marco Varrón, que entre los antiguos idólatras existió un triple género de Teología: uno ciertamente Mítico, o fabuloso, que los Poetas idearon tan impíamente como ridículamente; pues refieren —dice el mismo Agustín— que un Dios nació de la cabeza, otro del muslo, otro de las gotas de sangre: que los dioses robaron, que cometieron adulterio, que sirvieron a un hombre: en fin, todo se atribuye a los dioses que no solo puede caber en un hombre, sino en el más despreciable de los hombres. El segundo es Físico y natural, que los mismos Filósofos trataron, investigando quiénes sean los dioses, dónde, de qué género, de qué calidad, desde qué tiempo, si fueron desde la eternidad, si del fuego, como cree Heráclito; si de los números, como Pitágoras; si de los átomos, como Epicuro, etc. El tercero Civil, que en las ciudades los ciudadanos, y máxime los Sacerdotes, deben conocer y administrar, en el cual se contiene a qué Dioses debe cada uno cultuar públicamente, qué ritos y sacrificios le es propio realizar.

La primera Teología (dice Varrón) está máximamente acomodada al Teatro, la segunda al Mundo, la tercera a la Ciudad. Pero esta división se ríe con razón y la impugna San Agustín, puesto que dice, cap. 6.:

Puesto que el mundo es obra divina; mas las ciudades y los teatros son obras de los hombres, ni se ríen otros dioses en los teatros que los que se adoran en los Templos: ni exhibís juegos a otros dioses que a aquellos a quienes inmoláis víctimas. ¡Cuánto más libre y sutilmente habrías dividido esas cosas diciendo que unos son Dioses naturales, y otros instituidos por los hombres? Pero de los instituidos otra cosa dicen los escritos de los Poetas, otra la de los Sacerdotes; siendo sin embargo ambas tan amigas entre sí por el consorcio de la falsedad, que ambas agradan a los Demonios, a quienes es enemiga la doctrina de la verdad.

Aunque empero con este sagrado nombre de Teología abusaron los Gentiles idólatras para explicar sus vanos y profanos misterios; no obstante lo usurparon asimismo los sagrados Doctores e Intérpretes de los divinos Misterios, para designar aquella doctrina que toda está en la contemplación de Dios, y únicamente incumbe en referir sus excelencias y operaciones divinas.

Mas para que se tenga noticia evidente y exacta de esta divina doctrina, distribuiremos la presente Disputación en tres Artículos, de los cuales el Primero abrirá la necesidad y existencia de la Teología; el Segundo su esencia y dignidad; el Tercero, finalmente, su utilidad y eficacia.

Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae

Ni mucho menos debería parecer extraño o insólito que los doctores principales y abanderados de la impiedad herética intenten denegar ante todos su autoridad, y procurar arrancarla de en medio y derribarla con toda clase de maldiciones e improperios; pues bien saben que ella es la llave y la espada de sus propios errores y herejías, herida por la cual aquéllos caen. Y no puedo dejar de admirarme de que hombres no sólo católicos, sino también algunos de ellos probos, y acérrimos enemigos de la pravedad herética, hablen sin embargo no solamente con los herejes y sientan con ellos, sino que incluso hostiguen con las armas de éstos a la Teología Escolástica. Temo, pues, que sean tenidos en el número de aquellos de quienes escribió el Apóstol San Judas: Todo lo que ignoran, lo blasfeman; y en todo aquello que conocen por naturaleza, como animales irracionales, se corrompen; temo, digo, que hombres de este género, fiados más bien de la memoria feliz que de la firmeza del juicio y de la agudeza del ingenio, murmuren contra la doctrina sagrada, la cual no pueden alcanzar por otro camino, y desdeñen aparentemente aquello de que carecen contra su voluntad. Pero para que aparezca cuánto desvarían y extravíanse, es preciso demostrar en las siguientes Cuestiones la necesidad y existencia de una y otra Teología, a la cual llaman Positiva y Escolástica; pero antes debe anteponerse:

Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina

Nótese 1. Suele distinguirse una doble necesidad; a saber, absoluta e hipotética; en primer lugar se dice absolutamente necesario aquello que, siendo tal por sí mismo y en virtud de su propia naturaleza y esencia, le compete la suprema necesidad de existir; de modo que, abstrayendo de la suposición de cualquier otra cosa, no pueda de ningún modo no ser, como se dice del solo Dios, que es el Ente absolutamente necesario. En segundo lugar, ex hypothesi, aquello que, supuesto alguna otra cosa, no puede no ser, porque está incluido en ella, o de ella se sigue infaliblemente, o tiene con ella una conexión necesaria; de esta manera, si hay hombre, es necesario que sea animal; si es causa bajo la razón de causa, es necesario que sea también efecto; si el hombre quisiera conservar durante mucho tiempo su vida natural, necesita alimento; si deseara alcanzar la vida eterna, es menester que muera en gracia saliendo de esta vida mortal.

Nótese 2. Lo necesario ex hypothesi, en orden a la obtención de algún fin, puede decirse triple: Primero ciertamente por sola necesidad de precepto; Segundo, solo por necesidad de medio; Tercero, por ambas necesidades a la vez, a saber, de medio y de precepto. Así, oír la Misa los días festivos es necesario por necesidad de precepto en orden a la salvación; pero el Bautismo para el mismo fin es necesario a los párvulos tan solo por necesidad de medio, mas no de precepto, del cual los infantes, como privados de razón, son incapaces. En cambio, a los adultos el Bautismo les es necesario por ambas necesidades; de medio, ciertamente, porque sin él, recibido en acto o en voto, no pueden justificarse; y de precepto, porque están obligados por mandato divino a procurar su salvación por medios necesarios y ordenados por Dios, cual es el Bautismo. Pero si alguna de estas necesidades concierne a alguna Doctrina Teológica, habrá de resolverse en la presente Cuestión; mas antes:

Nótese 3. La Teología propiamente tomada, según su variada división y acepción, puede además recibir varias denominaciones: Primero, en razón del Medio, o luz con que se ilustra, puede distinguirse y llamarse triple, a saber, Teología de la Visión, de la Revelación y de la Ratiocinación. Triple es en efecto la luz por la cual Dios se da a conocer a los hombres: a saber, la luz de gloria, mediante cuya ayuda las mentes bienaventuradas contemplan a Dios cara a cara, según dice el Profeta Real, Sal. 35.: En tu luz veremos la luz; otra es la luz de la fe, por la cual, dice S. Pedro 2. 1., tenemos la palabra profética más firme, como lámpara que alumbra en lugar oscuro hasta que el día clarea, luz con la cual nosotros, todavía mortales, vemos las cosas divinas por medio de un espejo y en enigma; pues la fe, dice S. Pablo, es la substancia de las cosas que se esperan, la demostración de las que no se ven, Hebr. 11. El tercero es finalmente la luz de la razón natural; pues Señaló Dios sobre nosotros la luz de su rostro, para que contemplásemos con la inteligencia y descubriéramos sus cosas invisibles por las que fueron hechas. — Por razón del Sujeto, es también triple: a saber, la Teología de Dios, de los Bienaventurados y de los Viadores. La primera se llama Comprensiva, por la cual Dios se comprende a sí mismo y en sí todas sus infinitas perfecciones de modo perfectísimo con su conocimiento: Porque todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos, Hebr. 4. La segunda es Intuitiva, por la cual los bienaventurados ven a Dios tal como es, de suerte que nada haya en Él que se oculte al que ve. La tercera es Discursiva, por la cual los viadores, ya desde la magnitud de las especies y de la criatura descubren al Creador, ya del sagrado arsenal de las divinas Escrituras extraen y demuestran los dogmas católicos. La primera está en sujeto adequado, la segunda en sujeto claro, la tercera en sujeto oscuro: porque conocemos en parte y profetizamos en parte, 1. Cor. 13. — Por razón del Objeto a que se aplica, una se llama Teología de los Necesarios, que mira a Dios ad intra y según sí mismo, y en cuanto es uno en la esencia, trino en las personas e infinito en sus excelencias. Otra la de los Contingentes, que considera a Dios operante ad extra y con respecto a las criaturas, las cuales ora crea, conserva y gobierna en el orden de la naturaleza; ora llama y justifica en el orden de la gracia; ora beatifica y corona en el orden de la gloria. — Por razón del Método, una se llama Positiva y otra Escolástica: la anterior expone las Sagradas Escrituras y los artículos de la fe con estilo más difuso y modo oratorio; y por eso se llama positiva, porque como que pone y propone las verdades de la fe, de las cuales, como de principios y premisas, la Escolástica deduce sus conclusiones al modo filosófico y con arte silogística, para hacer manifiestos los dogmas católicos y separarlos y defenderlos de las malvadas afirmaciones de los Herejes o de los que filosofan mal.

Conclusión única. — Necesaria es a los hombres la doctrina teológica, por la cual, partiendo de principios conocidos por la fe divina, se revelen ciertas verdades que los hombres mortales no podrían procurarse mediante la ayuda de la filosofía. Esta es la sentencia común de todos los Teólogos contra los Filósofos, y así la prueba el Doctor Subtil en quaest. 1. Prolog., núm. 6.

Primo, es necesario que el hombre conozca determinadamente su último fin, para dirigir hacia él sus operaciones; pero que el hombre no puede conseguir esto sin alguna doctrina apoyada en la revelación, que se llama Teología; luego ésta le es necesaria. La mayor consta de la sumísima conformidad de los Filósofos, quienes confiesan espontáneamente que todo agente dotado de razón intenta en sus operaciones algún fin determinado, y hacia él dirige todos sus movimientos y actos, para descansar en él como en objeto beatificante; pero apuntaría a un blanco incierto, si no conociese este fin de manera determinada; luego debe conocerlo distintamente.

Se prueba la menor. Si el último fin del hombre pudiera ser descubierto por alguno de los filósofos con la sola luz de la razón, indudablemente lo habría descubierto Aristóteles, Águila de los Filósofos y Genio de la Naturaleza; pero él no lo descubrió; lo cual demuestro ciertamente con doble razón: primero, porque en ninguna parte enseñó que Dios, visto clara e intuitivamente, ha de ser nuestro último fin; antes bien, en el libro 10. de la Ética, cap. 7. constituye el último fin del hombre en el conocimiento de las substancias separadas; pues habiendo relatado e impugnado en los capítulos 5. y 6. las diversas opiniones de los antiguos Filósofos acerca del último fin y la felicidad del hombre, estableció él una doble felicidad humana: una moral y civil; otra especulativa y contemplativa. Moral dijo, 1. Ética, cap. 7., que era la operación según la virtud óptima, que es la prudencia; de suerte que consideró feliz al hombre cuando componía sabia y ordenadamente todas sus acciones; pero la especulativa explica en el libro 10. Ética, cap. 6. 7. y 8., y sostiene que consiste en la operación perfectísima de todas, cual juzgaba que era el conocimiento de Dios y de las substancias inmateriales; no ciertamente intuitivo, que él no conoció; sino abstractivo, cual puede alcanzar el discurso humano, v. g., etc. — Se prueba en segundo lugar: que por virtud de principio natural alguno puede probarse que la bienaventuranza eterna y el último fin consisten objetivamente en Dios, y formalmente en la clara visión de Dios, o en el amor que sigue a la visión, o en ambos a la vez; luego ni con la luz natural puede descubrirse la felicidad y último fin del hombre.

Se prueba el antecedente. Si hubiera tales principios de los cuales pudiera inferirse que estamos naturalmente ordenados a ver claramente a Dios, habría máximamente algunos actos y efectos que surgieran en nosotros, mediante los cuales, como a impulso de aguijones, fuéramos naturalmente incitados hacia esa visión; pero consta que no experimentamos tales actos o efectos; y por consiguiente no existen ninguno; luego tampoco hay principios alguno con los cuales podamos conocer determinadamente nuestro último fin naturalmente; y en consecuencia es necesaria alguna doctrina que infiera eso de principios revelados; y ésta es la Teología, y por tanto necesaria.

Se prueba la 2. Conclusión. y la precedente razón es confirmada por el mismo Doctor en el mismo lugar n. 8.: Todo agente que obra por un fin debe necesariamente conocer tres cosas; Primero, cómo ha de adquirirse; Segundo, qué medios conducen a su consecución; Tercero, si esos medios bastan para dicha consecución; pues si alguien ignorase cómo ha de adquirirse el fin, ¿cómo podrá prepararse para su consecución? Igualmente, si ignorase cuáles son los medios necesarios, acaso no empleará alguno necesario, con lo cual su trabajo resultará frustrado. Si finalmente no estuviese cierto de que aquellos medios que emplea bastan para conseguir el fin, indudablemente, o se retraerá totalmente de la obra, o no proseguirá sino vacilando; pero el hombre viador no puede conocer estas tres cosas con la luz natural. No ciertamente el modo de adquisición; pues que la bienaventuranza haya de adquirirse ya como herencia de los hijos, ya como salario de los trabajadores, ya como corona de los vencedores, es enteramente contingente, puesto que Dios pudo ordenar conferirla de otro modo. Tampoco los medios; pues que estos u otros sacramentos estén destinados como medios necesarios para su consecución depende enteramente de la libre ordenación de Dios, la cual no tiene conexión necesaria alguna con las cosas naturales; y por consiguiente no puede ser descubierta por discurso natural. Luego es necesaria alguna doctrina que, partiendo de principios revelados, abra determinada y distintamente nuestro último fin, y el modo y los medios con que puede obtenerse; y esto lo presta la Teología. Luego nos es necesaria.

Pruebo por fin la 3. La razón natural es enteramente insuficiente para descubrir y manifestar las verdades primeras y más altas, v. gr., la naturaleza de Dios, la inmortalidad del alma, la bienaventuranza del hombre, etc., puesto que padece por uno de estos cuatro defectos, y por lo común por los cuatro a la vez: pues la razón natural o es más débil para indagar esas verdades; o más oscura para encontrar las buscadas; o menos segura para abrazar las encontradas; o más tímida y débil para afirmar y propagar las creídas; luego es necesario recurrir a una doctrina sobrenatural, libre de esos defectos, que con certeza indague, descubra, afirme y manifieste la verdad. Se prueba el antecedente respecto de cada una de las partes; y ello con autoridad a la vez que con razón, para dar satisfacción a los Predicadores y a los estudiosos de la Teología.

Primo, pues, la razón natural es más débil para indagar esas verdades primeras, puesto que mendiga todo su conocimiento de los sentidos, conforme a aquel dicho de Aristóteles, libro 3. De Anima, cap. 9.: quien nada siente, nada puede aprender ni entender; de donde aquel célebre axioma de Averroes, nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en el sentido; y como no hay proporción entre los sentidos y las cosas divinas y las verdades más altas, de ahí resulta que la mente humana falla enteramente al indagar en esas verdades; Pues el cuerpo que se corrompe, dice el Sabio, cap. 3., agravia el alma, y la morada terrena oprime el sentido que muchas cosas piensa; y difícilmente conjeturamos las cosas que están en la tierra, y con trabajo hallamos las que están a la vista, mas las que están en los cielos, ¿quién las investigará? de donde S. Pablo, 1.ª a los Corint. 2.: El hombre animal no percibe las cosas que son de Dios. — Esto expone de modo admirable S. Agustín, libro 8. De Trinit., cap. 2.:

Mira a ver (dice) si puedes, oh alma gravada con el cuerpo corruptible y cargada de muchas y varias cogitaciones terrenas: mira a ver si puedes: Dios es la verdad... no quieras buscar qué sea la Verdad; al punto se te opondrán las tinieblas de las imágenes corporales y las nubes de fantasmas, y perturbarán la serenidad que a primera vista resplandeció en ti, cuando dije Verdad; Mira, en aquel primer golpe, como un relámpago, quedas herida, cuando se dice Verdad; mantente, si puedes; pero no puedes. Volverás a caer en aquella tu costumbre terrena. Con qué peso finalmente, te pregunto, volverás a caer, sino con el ligaño del vicio de las suciedades contraídas y con los errores del destierro?

De donde con razón, Isai., 14.: Debilitados están mis ojos mirando en alto.

Segundo. La razón es más oscura para hallar la verdad; pues la mente humana, atada y acostumbrada a las cosas corporales, apenas puede sacudir sus propias fantasías, para poder percibir y aprehender las cosas depuradas de todo cuerpo y desprovistas de materia. De ahí que los filósofos hayan estimado que Dios no era otra cosa que algo corpóreo; como dice el mártir san Justino en su Exhortación primera a los griegos:

Tales de Mileto, primer autor de la filosofía natural, juzgó que el principio de todas las cosas era el agua: Anaximandro, el infinito; Anaxímenes, el aire; Heráclito e Hipaso, el fuego: Anaxágoras, partículas semejantes entre sí, o sememejanzas: Arquelao, un aire infinito, y lo que hay alrededor de él densidad y rareza; Pitágoras, los números: Epicuro, corpúsculos que no pueden corromperse ni desmenuzarse ni quebrarse: Empédocles, los cuatro elementos y dos virtudes primarias, la amistad y la discordia, de las cuales una sirva a la unión y otra a la disensión.

De donde concluye san Justino que la doctrina de los filósofos sobre los dioses es mucho más ridícula que la teología de los poetas.

Y no solo acerca de Dios fue esta sentencia tan grosera y dudosa de los antiguos filósofos, sino que también fue sumísima su ignorancia y disputa alrededor del alma racional. Lo cual explica egregiamente el citado san Justino; pues habiendo dicho que Platón admitía en ella tres partes, a saber, la razón, la irascible y la concupiscible, y que sin embargo era inmortal; mientras que Aristóteles, por el contrario, había dicho que en ella se descubrían más partículas, y que estas estaban sujetas a corrupción, y por consiguiente que era mortal, añade que otros filósofos, divididos de muchas maneras por cierta ignorancia, juzgaron que también sobre el alma había que combatir y que debían separarse por mutuas discrepancias. Pues algunos de ellos afirman que el alma es fuego; otros, aire; otros, mente; otros, movimiento; otros, exhalación; algunos, en verdad, que fluye de los astros; algunos, un número dotado de potestad de moverse; otros, agua generativa.

En lo mismo trabajaron la ignorancia y la disputa de los filósofos al señalar la bienaventuranza del hombre; pues Marco Terencio Varrón contó más de doscientas ochenta opiniones sobre la felicidad humana. San Justino asigna como causa de esta ignorancia y disensión que no quisieron aprender de los peritos, sino que se confiaron a sí mismos, creyendo que podían percibir con la sagacidad de la ciencia de la mente humana hasta las cosas celestes, cuando no pudieron penetrar siquiera las terrenas. Debe inferirse, pues, con Tertuliano, lib. De Praescriptionibus, cap. 7, que es temerario intérprete de la naturaleza y disposición divinas la sabiduría secular. De donde merecidamente dice san Hilario, lib. 5.: Debe aprenderse qué ha de entenderse de Dios antes de hablar de Dios; porque no se le conoce sino teniéndole por Autor. Y lo mismo en el lib. 1.: Nuestras inteligencias no penetran en la ciencia celestial, ni nuestra debilidad concebirá con sentido alguno la virtud incomprehensible. Al mismo Dios debe creérsele acerca de sí mismo, y deben obedecerse aquellas cosas que concede a nuestro conocimiento. Porque, como dice san Cirilo, lib. 1. contra Julianum, las cosas que exceden la capacidad de la mente humana deben honrarse con la fe. De aquí es célebre aquella sentencia de Platón en el Timeo: la verdad toda solo puede aprenderse de un modo, a saber, si nos es enseñada o por el mismo Dios o por aquellos que han nacido de Dios. De donde Clemente de Alejandría, lib. 6. Stromata: con razón nosotros, cristianos, que recogemos testimonios de los oráculos divinos, podemos gloriamos de haber aprendido la verdad por el Hijo de Dios.

Tercero. La razón es menos segura para abrazar la verdad ya encontrada, lo cual basta y sobra que aparece por la sentencia dudosa de los filósofos; pues ni siquiera, dice allí Justino, hay entre ellos una opinión cierta, sino confusa y discordante, que al menos bajo un solo nombre parece condenable por juicio recto de quienes la aprueban, porque les haya sido propuesto como estudio argüirse y convencerse mutuamente de que se alucinan y no aportan nada verdadero; pero (como arriba había advertido) si alguien quisiera examinar con más diligencia sus escritos, verá que ellos mismos no son bastante constantes consigo mismos en sus opiniones. El mismo Platón constituyó a veces tres principios de todas las cosas, Dios, la materia y la idea; a veces cuatro, pues añade el alma universal. El mismo, donde confesó que la materia era innata, después dice que es nacida. De aquí Cecilio, en Minucio Félix en el Octavio, no incongruentemente decía que hay que indignarse y dolerse de que algunos osen decidir algo cierto acerca de la suma realidad y majestad, sobre la cual hasta ahora la misma Filosofía, en tantos siglos y entre muchísimas sectas, todavía delibera. Ni sin merecimiento, pues tanta falta hace de la exploración divina la mediocridad humana, que ni las cosas suspensas y elevadas sobre nosotros en el cielo, ni las profundas hundidas bajo la tierra, es dado conocerlas, ni permitido escrutarlas, ni religioso profanarlas.

Cuarto, finalmente, la razón humana natural es más débil y tímida para propagar y predicar las verdades divinas conocidas y creídas, lo cual demuestra san Agustín de Séneca, lib. 6. De Civ., cap. 10. Este (dice), a quien los filósofos hicieron casi libre; sin embargo, porque era senador del ilustre pueblo romano, adoraba lo que reprehendía, hacía lo que argüía, adoraba lo que culpaba. Todo esto lo expresa lúcidamente san Pablo, cap. 1. a los Romanos, afirmando que los antiguos filósofos y sabios cayeron en cuatro horrendos vicios. Primero en la ingratitud, porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; segundo en la ignorancia, fue oscurecido su insensato corazón; pues diciendo ser sabios, se hicieron necios; tercero en la idolatría, porque cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de serpientes; cuarto en la torpeza abominable, por eso los entregó Dios a pasiones ignominiosas, etc.

Debe concluirse, pues, con santo Tomás, secunda secundae q. 2. art. 2., que es necesario que el hombre reciba por modo de fe, no solo aquellas cosas que están sobre la razón, sino también aquellas que por la razón pueden conocerse, y esto por tres motivos: Primero, para que el hombre llegue más presto al conocimiento de la divina verdad; segundo, para que el conocimiento de Dios sea más común; tercero, por la certeza, pues la razón humana en las cosas divinas es muy deficiente. O, como dice en la 1. p. q. 1. art. 1., la verdad sobre Dios investigada por la razón vendría a los hombres en pocos, y por largo tiempo, y con mezcla de muchos errores.

Objetarás 1. El Doctor está a favor de los filósofos. Toda potencia que versa sobre algún objeto común, también puede versar sobre cualquier objeto especial comprendido bajo aquel común y general; pues el ojo, v. gr., porque versa sobre el objeto colorado como tal, también puede versar sobre lo blanco y demás particulares colorados; pero nuestro entendimiento versa naturalmente sobre el ente en cuanto ente, como sobre su primer y adecuado objeto; luego también puede versar naturalmente sobre cualquier ente especial, y así no necesita revelación alguna para conocer ciertos entes.

El Doctor distingue la mayor, núm. 32. Que la potencia que versa sobre algún común también puede versar sobre cualquier objeto particular contenido bajo él, es decir, que puede tener inclinación natural para conocer aquel objeto especial, concede; es decir, que tiene en sí virtud natural por la cual conozca cualquier objeto especial, así como conoce el objeto común, niega. Pues aunque el entendimiento, conociendo el ente en cuanto ente, tenga también la inclinación infundida por la naturaleza de conocer cualquier ente especial, no se sigue de ahí que pueda descubrir con fuerzas naturales cualquier ente; pues son muchos los cognoscibles que en este estado mortal no pueden saberse sin divina revelación; o porque no tienen ningún comercio con nuestros sentidos, como las substancias espirituales; o porque no hay efecto natural alguno que induzca a su conocimiento, como la Trinidad de personas en la unidad de esencia; o finalmente porque exceden enteramente la capacidad de la naturaleza, tanto para hacerse como para ser conocidas, tales son la gracia, la fe, la esperanza, que por eso se dicen del orden sobrenatural.

Objetarás 2. El sentido es potencia cognoscitiva mucho inferior al entendimiento, el cual sin embargo no necesita auxilio sobrenatural alguno para versar sobre cualesquiera objetos suyos; pues el ojo, v. gr., puede ver con su nativa actividad cualquier cosa visible; luego con mucha menor razón deberá carecer el entendimiento de tal auxilio para versar sobre cualquier inteligible. Se prueba la consecuencia: Por eso el sentido no necesita auxilio sobrenatural, porque según Arist., 3. De Anima, t. 45., la naturaleza no falta en lo necesario, y ministra todas las subsidias a las potencias con que puedan ejercer sus operaciones; luego con mucha menor razón deberá faltar a la potencia intelectiva, que, siendo mucho más excelente que los sentidos, debe depender menos de lo extrínseco para operar; pero le faltaría si además de su nativa virtud de entender necesitara aún otro auxilio para percibir algún objeto; luego no necesita tal auxilio.

Niega la consecuencia el Doctor, y a su prueba responde que la naturaleza, por eso, no falta en lo necesario, no porque ministre ella misma todos los medios necesarios para obrar, sino porque tributa potencias y facultades expeditas para la operación conveniente a cada cosa; lo cual otorga tanto al entendimiento como a los sentidos, pues ambas facultades, tanto sensitiva como intelectiva, tienen de la naturaleza infundida la virtud de operar lo que les es sumamente conveniente. Y si el entendimiento no puede ejercer esta su virtud natural acerca de algún objeto, esto no proviene de defecto de la naturaleza, que no le suministre lo necesario, sino de la suma dignidad tanto del objeto, que como sea de orden superior excede la fuerza natural del entendimiento, ni puede por él ser alcanzado, si no es elevado y robustecido por algún auxilio de orden superior; como del entendimiento, que por eso es tenido por más noble e ilustre, porque exige para su ornato y complemento no solo la perfección del orden natural, sino también la del sobrenatural. De donde infiere meritoriamente el Doctor en el núm. 33. que la naturaleza por eso no le falta; pues le confiere todas las cosas que para su operación natural se requieren en él, aunque no le confiera aquellas que exigen para la sobrenatural conocimiento de un objeto sobrenatural, pues la naturaleza debe ejecutar solamente las cosas naturales. Pero como toda perfección de los sentidos es puramente natural, ciertamente la naturaleza faltaría a ellos, si no les suministrara todas las cosas para percibir su objeto.

Instarás. La naturaleza suministra a los sentidos no sólo la virtud, sino también los medios necesarios para operar: por tanto, también al entendimiento debe conferir todos los medios necesarios para entender cualquier cosa; de otro modo el entendimiento sería de condición y suerte peor que el sentido.

Niego la consecuencia. Pues no es igual la comparación del entendimiento con el sentido; ciertamente los sentidos, por su menos perfecta virtud de agir, están limitados a determinados objetos y a un cierto modo natural de operar, más allá del cual de ningún modo pueden irrumpir; se ocupan, en efecto, solamente del ente sensible, que como es sólo del orden natural, no es de extrañar que los sentidos para alcanzar todos sus objetos nada deseen más allá del orden de la naturaleza. Distinto es el caso del entendimiento, que como objeto adecuado tiene cualquier ente inteligible, y hay algunos inteligibles que exceden la capacidad y el orden de la naturaleza; de aquí sucede que, aunque tenga una inclinación natural para conocerlos, sin embargo no puede con las fuerzas de la naturaleza alcanzarlos; por donde es necesario que para conocerlos sea ilustrado y confirmado por algún medio sobrenatural. Ni de ahí se sigue que el entendimiento sea de suerte peor que el sentido, pues, como dice el Doctor n. 33., la suma perfección para el entendimiento es que pueda ser elevado divinamente a recibir mayor perfección, que él mismo pueda producir activamente. Es indicio, en efecto, de que no se perfecciona sólo con aquellas cosas que se contienen dentro de los límites y verjas de la naturaleza, sino que también exige alguna excelencia preternatural para el complemento de su perfección. Distinto es el caso de los sentidos, cuya suma y última perfección pudiendo ser conferida por agentes naturales, se sigue que son capaces de menor perfección que el entendimiento.

Objetarás 3. Dice el Doctor: Por eso se requeriría alguna doctrina sobrenatural, máximamente porque el entendimiento no es proporcionado a cualquier objeto cognoscible, y en consecuencia debería conformarse y proporcionarse por otra cosa: pero esta razón no vale nada: luego tampoco aquello para lo cual se aduce como prueba.

Se prueba la menor. Aquello por lo que el entendimiento debería igualarse y conformarse al objeto, o sería natural, o sobrenatural. No lo primero, porque no podría elevar al entendimiento más allá de su estado natural, y hacerle proporcionado al objeto sobrenatural. Tampoco lo segundo, porque como el entendimiento de sí no es proporcionado a otra realidad sobrenatural, no podría recibir aquello sobrenatural, a no ser que de nuevo fuera hecho capaz de esa recepción por otra cosa; y como con esto volvería la misma dificultad, se procedería al infinito: luego en el entendimiento no se desea ninguna doctrina sobrenatural.

Responde n. 31. concedida la mayor, negando la menor. En verdad es cierto que el entendimiento se conforma al objeto sobrenatural, tanto formalmente por el conocimiento sobrenatural que tiene del mismo objeto, cuanto eficazmente por Dios que revela y concurre eficazmente a producir aquel conocimiento, que de otro modo el entendimiento de sí y por los fantasmas (sin los cuales naturalmente en este estado nada percibe) no podría alcanzar. De donde aquello por lo que se proporciona al objeto, tan eficaz como formalmente, es sobrenatural; sin embargo, no debe conformarse y proporcionarse a ello por otra cosa; pues como el entendimiento está en potencia obedencial, tanto respecto del conocimiento sobrenatural por recibir, cuanto respecto del concurso efectivo sobrenatural de Dios, puede recibir ambos inmediatamente, y no necesita de otro alguno para ser dispuesto y proporcionado a ello.

Insistirás. A toda potencia natural debe corresponder un activo natural, que la reduza al acto; de otro modo la potencia sería vana, pues no habría de reducirse al acto: pero en nuestra alma está el entendimiento pasible, o paciente, que es potencia receptiva de cualquier conocimiento, aun sobrenatural: luego el entendimiento agente, que está en ella, debe ser productivo también del conocimiento sobrenatural.

Responde 1. El Doctor n. 25. negando la mayor; pues es falso que a todo pasivo natural corresponda un activo natural; porque, dice, muchas cosas son naturalmente receptivas de una perfección de la cual no tienen principio activo intrínseco; máximamente cuando la potencia por razón de su excelencia está ordenada naturalmente a recibir una perfección tan eminente, que no puede ser producida por ningún agente natural; así de hecho nuestro entendimiento pasible está ordenado al conocimiento del objeto sobrenatural, que sólo puede ser conferido por Dios que revela. Ni de ahí se sigue que esa potencia, en cuanto natural, sea vana; pues aunque por un agente natural no pueda ser principalmente reducida al acto, basta que por un agente sobrenatural sea completada y reducida al acto.

Responde 2. distinguiendo la mayor n. 26.: A toda potencia pasiva natural corresponde un activo natural, en cuanto esa potencia se dice natural por aquello con lo que se compara al acto, o forma natural y naturalmente por recibir, niega; que se dice natural en cuanto respecta a un agente natural, como cuando concurre con él a producir algún efecto, v. gr. la materia de la leña, que respecta al fuego, como cuando con él concurre a producir otro fuego, concede; mas el entendimiento pasible, o potencia receptiva del conocimiento, en cuanto se extiende al conocimiento del objeto sobrenatural, no se dice natural; puesto que respecta a una forma sobrenatural que ha de ser producida por un agente sobrenatural: sino que según esta consideración puede llamarse sobrenatural; y por tanto, así considerada, no debe extrañar que no tenga un activo natural correspondiente.

Instarás. El entendimiento agente no puede producir inmediatamente el conocimiento sobrenatural y acerca del objeto sobrenatural: luego tampoco el paciente podrá recibirlo producido por Dios que revela y obra sobrenaturalmente. La consecuencia es clara, porque no menor debe ser la actividad del entendimiento agente para producir, que la capacidad pasible para recibir aquello que se produce.

Niego la consecuencia. Pues se requieren más cosas para producir el conocimiento, aun natural, que para recibirlo ya producido; ciertamente para extraer el conocimiento, no sólo se desea la actividad del entendimiento agente, sino también el objeto moviente por medio de los fantasmas, que deben estar como purificados de sus contagios terrenos, para que puedan concurrir con el entendimiento a extraer el conocimiento; pero todo esto no se desea en el recibir el conocimiento, sino que sólo se requiere la capacidad del entendimiento paciente para recibir lo que se le propone. Y esta capacidad, como se extiende a todo conocimiento por recibir, de cualquier modo que éste sea producido, es de sí como indiferente al conocimiento producido natural o sobrenaturalmente; pues puede recibir ambos, sea del entendimiento obrando natural, sea sobrenaturalmente. Con esta sin embargo diferencia, que para la recepción del conocimiento natural necesita sólo del concurso ordinario; mas para la recepción del conocimiento sobrenatural exige un concurso más abundante de Dios. Queda, por tanto, sumamente necesaria la Doctrina Teológica, que abre las verdades más sublimes.

Quaestio II: An theologia positiva sit utilis et necessaria

Por la Cuestión precedente consta sobradamente que debe admitirse necesariamente alguna Doctrina Teológica que revele las verdades principales y máximamente necesarias, las cuales de ningún modo podría descubrirse con la ayuda de la Filosofía y del auxilio de la razón natural. Pero, como advertimos, puesto que la Teología se divide, por razón del método, en Positiva y Escolástica; y puesto que los herejes de este tiempo impugnan acérrimamente a ambas, vale la pena examinar si una y otra son necesarias para los fieles y para la Iglesia, o si más bien una u otra debe desterrarse y rechazarse; y para que esto se conozca con mayor evidencia

Nótese 1. La Teología Positiva recibe este nombre por uno u otro de estos tres motivos. Primero, porque propone y expone las verdades y artículos de la fe, como ciertos e indubitados fundamentos, de los cuales la Escolástica extrae sus conclusiones y forma sus argumentaciones, con las que ilustra los misterios de la fe y defiende los dogmas católicos contra los herejes y los infieles. Segundo, porque se ocupa principalmente en explicar y exponer la ley e institución divina, que se llama derecho divino positivo. Así como se llama derecho positivo humano el que ha sido libremente establecido por un Superior, y pudo no ser prescrito simplemente por él si hubiese querido, y aún puede ser revocado libremente por su autoridad, si así le pareciera —en lo cual el derecho positivo difiere del derecho natural, pues este es tal de sí mismo y por su propia naturaleza, no por alguna institución arbitraria ni por precepto libre del Superior, y no es capaz de mutación alguna—; así se llama Teología positiva la que toda consiste en explicar el derecho divino positivo, a saber: exponiendo la ley divina y las sagradas Escrituras, e investigando asimismo las tradiciones divinas y los decretos de la Iglesia, que se llaman derecho positivo divino o eclesiástico, porque tanto por Dios como por la Iglesia fue libremente establecido y determinado. Tercero, finalmente, se dice Positiva por las Posiciones y tesis, porque trata las controversias más graves de la fe y sus posiciones, o verdades principales, para que mediante su declaración la fe sea ilustrada y persevere inconcusa.

Nótese 2. La Teología Positiva y la Escolástica no se diferencian entre sí esencialmente, sino solo accidentalmente y según un diverso modo de proceder: ya que una y otra tienen el mismo objeto, a saber, conocer a Dios bajo la razón de deidad mediante un discurso, ora oratorio por parte de la Positiva, ora filosófico por parte de la Escolástica. Una y otra reconocen los mismos principios y las mismas afirmaciones de la fe, tanto escritas como transmitidas. Una y otra no se apoyan solo en las Sagradas Escrituras para aducirlas, sino que también recogen y añaden las tradiciones indubitadas de la Iglesia; desarrollan la historia eclesiástica; escudriñan los decretos de los Concilios; examinan los libros y comentarios de los Santos Padres, para descubrir y revelar la verdad católica latente en ellos. Sin embargo, parecen diferir entre sí en que la Escolástica es más exacta y cuidadosa, y al tratar y aplicar todo esto guarda más el método filosófico y el orden silogístico, para descubrir las verdades con mayor evidencia y persuadirlas con mayor eficacia: pues el orden es partera, así como la confusión es, diametralmente opuesta, madrastra de todas las disciplinas. Añádase que la Escolástica suele invocar el auxilio y la luz de la Filosofía natural, no solo para disolver, mediante raciocinio natural y filosófico, los argumentos vibrados contra los artículos de la fe por los herejes y los infieles, sino también para persuadir mediante razones naturales y consideraciones filosóficas que deben creerse los dogmas de la fe.

Nótese 3. Esta es la concordia de la Iglesia triunfante con la militante: que así como en la Iglesia celestial Dios quiso que los Ángeles interiores fuesen instruidos e iluminados por los superiores, así también en la Iglesia terrestre

A algunos, dice el Santo Apóstol a los Efesios 4., los constituyó ciertamente Apóstoles; a otros, Profetas; a otros, Evangelistas; y a otros, pastores y doctores; y ello con doble fin: primero, dice, para la consumación de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y al reconocimiento del Hijo de Dios, etc. Segundo, para que ya no seamos, dice, niños fluctuantes y llevados de acá para allá por todo viento de doctrina, en la malicia de los hombres, en la astucia encaminada a engañar con el error.

Como si dijera: Dios estableció por eso Doctores en la Iglesia, tanto para manifestar a la más ruda multitud de los fieles las verdades divinas que ellos mismos penetran más profundamente, como para que, presentando la antorcha y el mazo de su doctrina, extingan las herejías y las eliminen de la Iglesia. Por lo cual es evidente cuánto necesitan los fieles de los Doctores; cosa que además probará más evidentemente

Conclusión única. — La Teología positiva siempre fue útil y sumamente necesaria a la Iglesia de Dios.

Esto es contra todos los herejes, máximamente los Calvinistas, quienes, junto con su heresiarca, sostienen que las Sagradas Escrituras se muestran tan evidente y abiertamente, que absolutamente no se necesita Doctor alguno para concebirlas y explicarlas.

Se prueba la conclusión. Primeramente, en efecto, debe admitirse alguna doctrina que abra el sentido genuino de la Sagrada Escritura, desentrañe sus enigmas, y descubra los misterios latentes bajo los sencillos envoltorios de las palabras; con lo cual confirme la fe, destruya la herejía, y devuelva y rechace hacia los herejes los dardos que suelen sacar de las divinas Escrituras y vibrar contra los Católicos; pero todo esto lo realiza la Teología Positiva: luego debe admitirse necesariamente. La menor aparece abiertamente de la misma definición y oficio de la Teología Positiva; pues toda ella se ocupa de la explicación de las Escrituras, para instruir a los fieles, revelar los misterios, y combatir y conquistar los falsos dogmas de los herejes con aquellos mismos oráculos de las Escrituras en los que mal se apoyaban; por eso Tertuliano, en el libro De praescriptionibus, cap. 15, la llama ejercicio de las Escrituras, por cuanto toda ella consiste en exponer y desvelar las divinas Escrituras. — Pruébase, pues, la mayor por la misma Sagrada Escritura, pues dice San Pablo, 2. a Timoteo 2: Toda Escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, instruido para toda obra buena. En estas palabras señala e indica los cuatro oficios principales de la Teología Positiva, que saca de la Escritura: Primero, enseña a los fieles la verdad católica; Segundo, arguye a los herejes; Tercero, corrige a los malvados; Cuarto, educa e instruye a los infieles. Además, el mismo, en Efesios 4., afirma que Dios, por su inefable providencia para con la Iglesia, le dio varios ministros, pero máximamente a unos pastores y doctores, para la consumación de los Santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe. Y añade la razón: Para que ya no seamos niños fluctuantes, y llevados de acá para allá por todo viento de doctrina, en la malicia de los hombres, para engañar con el error. De donde, en Tito 1., dice: Conviene que el Obispo abrace la palabra fiel conforme a la doctrina, para que pueda exhortar con la sana doctrina y arguir a los que contradicen. Luego sostiene que existe alguna doctrina sagrada que los Pastores y Doctores de la Iglesia deben conocer, para que eduquen a los fieles, a fin de que no sean engañados por los falsos dogmas de los herejes; pues los herejes, dice Tertuliano, lib. De praescriptione, cap. 14., aducen las Escrituras, y con esta su astucia mueven al instante a algunos; en el mismo encuentro fatigan a los firmos, capturan a los débiles, y dejan a los medianos con escrúpulo. Es necesario, pues, que haya algunos varones peritísimos que abran el sentido genuino de la Escritura y deshagan las insidias que los herejes urden contra los fieles a partir del sentido depravado de la Escritura.

Se prueba Segundo. Las Sagradas Escrituras tienen un sentido tan profundo y recóndito, e implican tantas y tan grandes dificultades, que se necesita suma erudición y altísimo estudio para explicarlas e interpretarlas; y por consiguiente es necesario que algunos consagren todo su esfuerzo a esta explicación e interpretación; pero esto se hace mediante la Teología Positiva: luego debe ser admitida. La menor es evidente; la mayor se prueba: primeramente, en efecto, casi el mismo juicio parece deberse formular sobre todas las Escrituras que el mismo San Pedro formuló acerca de las Epístolas de San Pablo, en las cuales, dice, Epist. 2. c. 3., hay algunas cosas difíciles de entender, que los indoctos e inconstantes depravan, como también las demás Escrituras, para su propia perdición.

Lo confiesan casi todos los Santos Padres: pues Orígenes, lib. 7. Contra Celsum, dice: Otros varones prudentes también pudieron hallar escrutando la Escritura su inteligencia; aunque verdaderamente es en muchos lugares oscura. Ambrosio, Epíst. 14.: El mar es la Escritura divina, que tiene en sí sentidos profundos, la altitud de los enigmas proféticos. Agustín, 12. Confess. c. 14.: ¡Cuán admirable profundidad tienen tus dichos, Señor! Cuya superficie he aquí nos halaga como a pequeñitos; pero admirable profundidad. Es horroroso fijarse en ella: horror de honra y temblor de amor. El mismo, lib. 2. De doctrina Christiana, cap. 4., hablando de la lectura de las Escrituras, dice: Pero son engañados por muchas y múltiples oscuridades y ambigüedades los que leen temerariamente, entendiendo una cosa por otra; y en algunos lugares no encuentran siquiera qué sospechar falsamente; tan oscuros son algunos dichos que envuelven densísima calígine. — Sub añade luego la razón de esta oscuridad: Que todo ello (dice) no dudo que fue providenciado divinamente, para domar con el trabajo la soberbia, y para reconducir del fastidio al entendimiento, al cual las cosas fácilmente investigadas suelen volverse viles.

Le concierta el santo Gregorio, Hom. 6. in Ezech.

De grandísima utilidad es, dice, la misma oscuridad de los dichos de Dios, porque ejercita el sentido para que, fatigado, se dilate, y el ejercitado capte lo que no puede captar el ocioso. Tiene además otra mayor: porque si la inteligencia de la Sagrada Escritura fuese abierta en todo, sería vilmente tenida, la cual, encontrada en lugares más oscuros, tanto de mayor dulzura repara, cuanto de mayor... manifiesta.

Y desmienta a Calvino, quien, aunque contrario a sí mismo, lib. 1. Institutionum, c. 7., dice: No presenta la Escritura de suyo un sentido de su verdad más claro que presentan las cosas blancas y negras de su color, dulces y amargas de su sabor.

Se prueba en tercer lugar. Los herejes torcen las Santas Escrituras a sentido perverso para patrocinar con ellas sus erróneos dogmas: luego es necesario que haya algunos Doctores Católicos que abran el genuino sentido de la misma Escritura, para que más fácilmente defiendan la verdad de la fe. La consecuencia es patente. El antecedente lo prueban los santos Padres, en primer término Tertuliano, libro De praescriptione haereticorum cap. 39.: Ni temo afirmar que las mismas Escrituras fueron así dispuestas por voluntad de Dios, que suministrasen materias a los herejes; pues leo que es preciso que haya herejías, las cuales sin las Escrituras no pueden ser. Orígenes, lib. 3. De principiis, c. 21.: La causa de todas estas falsas inteligencias, en aquellos de quienes arriba hablamos, no fue otra sino que la Santa Escritura es entendida por ellos no según el sentido espiritual, sino según el sonido de la letra. Hilario, libro 2. De Trinitate: de la inteligencia procede la herejía, no de la Escritura; y el crimen proviene del sentido, no del dicho. Concierta S. Agustín en el tratado 18. sobre el Evangelio de Juan: Pues tampoco nacieron las herejías ni ciertos dogmas de perversidad que lazan las almas y las precipitan en el abismo, sino mientras las Escrituras buenas se entienden no bien; y lo que en ellas se entiende mal, se afirma también temeraria y audazmente. Vigilio Africano, lib. 2. Contra Eutychen: Éste es el origen de todas las impiedades: mientras la virtud de los dichos celestes, violada por el vicio de la mala inteligencia, no se pondera según la calidad de su sentido, sino que se deriva hacia otras cosas al arbitrio del lector, contra lo que exige la razón de la cosa. Isidoro Hispalense, lib. 8. Originum, c. 5.: Quienquiera que entiende la Sagrada Escritura de otro modo que como exige el sentido del Espíritu Santo, por quien fue escrita, aunque no se haya apartado de la Iglesia, puede sin embargo ser llamado Hereje. Epifanio Diácono, en el acto 6. de la Sinodo 1.: Cuando algunos intentan pervertir los dogmas rectos según les parece, nadie se admire de que usen palabras de la Escritura. Pues también todos los Heresiarcas coligen de la Escritura divinamente inspirada las ocasiones de su error, adulterando con malvados sentidos lo que por el Espíritu Santo fue rectamente dicho.

En tercer lugar, finalmente, se firma la verdad de nuestra Conclusión por toda la práctica de la Iglesia; puesto que leemos que desde su mismo origen fueron instituidas escuelas en las que se enseñaba públicamente la Teología positiva. De tales escuelas hace memoria Eusebio, lib. 5. Historiae Ecclesiasticae, cap. 10., donde, hablando de la Escuela Alejandrina, dice:

Por aquel mismo tiempo presidía la Escuela de los fieles un varón famosísimo por causa de su doctrina, llamado Panteno, pues ya desde remotos tiempos había sido instituida en aquella ciudad la Escuela de las sagradas letras, la cual ciertamente persevera aún en nuestra edad, y se dice que está regida por hombres instruidísimos tanto en elocuencia como en el estudio de las letras divinas: luego injustamente los herejes provocan y persiguen las Academias cristianas como invento nuevo, mendigado de la gentilidad y pernicioso a la fe.

Objetan los herejes: Si alguna razón o utilidad persuadiera admitir la Teología Positiva, máximamente para interpretar la Sagrada Escritura y resolver sus varias oscuridades y embrollos: pero para eso es totalmente inútil: luego debe rechazarse. La mayor consta de lo dicho. La menor la prueban con varios textos de la misma Sagrada Escritura, de los cuales pretenden inferir que ella es tan clara, que para percibir su genuino sentido no hay necesidad de intérprete ni de Doctor. Así, Salmo 18.: El precepto del Señor es luminoso e ilumina los ojos. Prov. 6.: El mandamiento es lámpara, y la ley luz. 2. Pedro 1.: Tenemos la palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en atender como a lámpara que luce en lugar oscuro: luego lejos está de que la Sagrada Escritura esté envuelta en alguna oscuridad; antes bien, ella misma es luz, la cual muestra irradiadas con divino resplandor todas las verdades que abraza en su seno.

Niego la menor. Y distingo su prueba: la Sagrada Escritura reluce a modo de luz en todos sus libros y contextos, niego; en algunos, por ejemplo históricos, concedo; confieso en efecto que la Sagrada Escritura a veces ofrece un sentido tan patente, que resulta manifiesto a cualquier lector a primera vista. Pero aun así es necesario que los mismos Herejes confiesen que la más de las veces está bañada en tanta calígina, que su genuino sentido sólo puede descubrirse ya sea revelándolo Dios, ya interpretándolo varones doctísimos: como patece tanto por la arriba recordada sentencia de los Santos Padres, como por el mismo David, el cual, aunque supiese a cabalidad la significación y fuerza de las palabras de la lengua hebrea, en que entonces estaba escrita la Sagrada Escritura, con todo suplicante rogaba a Dios: Dame inteligencia y escudriñaré tu ley; Descubre mis ojos y consideraré las maravillas de tu ley... Ilumina sobre tu siervo y enséñame tus justificaciones, Sal. 118. De donde merecidamente S. Jerónimo, Epíst. ad Paulinum, subañade: Si tan gran Profeta confiesa las tinieblas de su ignorancia, ¿qué juzgas de nosotros, pequeñitos y casi mamantes, rodeados por la noche de la insciencia? Mas este velo no sólo está puesto sobre el rostro de Moisés, sino también en los Evangelios y en los Apóstoles... No serán abiertas todas las cosas que están escritas por aquel que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre, si no las abre otro alguno que las revele.

Insisten los herejes: Las Sagradas Escrituras no son difíciles de entender sino para los soberbios y los hombres cegados por la malicia, conforme a aquel dicho de Pablo, 2. Corint. 4.: Si nuestro Evangelio está velado, entre los que se pierden está velado; en los cuales el dios de este siglo cegó las mentes de los incrédulos, para que no les resplandezca la iluminación del Evangelio de la gloria de Dios. Luego a los fieles de Cristo la Sagrada Escritura no les está velada, sino abierta. — Lo confirman con S. Crisóstomo, Homilía 3. de Lazaro, donde, después de mostrar que los Filósofos hablaron oscuramente y no descubrieron la verdad, sino que la cubrieron con muchos involucros de palabras, añade: Los Apóstoles empero y los Profetas hicieron todo lo contrario: manifestaron y proclamaron claro, cual doctores comunes del orbe; para que cada uno por sí pueda aprender por sola lectura las cosas que se enseñan: luego el fiel no necesita intérprete ni Doctor para percibirlas.

Respondo a la primera. El Apóstol no trata con esas palabras de la fácil o difícil inteligencia de la Escritura, sino de la fe Evangélica, la cual, predicada por los Apóstoles, muchos rechazaban por malicia y ceguera de mente, por cuanto juzgaban que las verdades Evangélicas repugnaban al placer de los sentidos y a la razón natural. San Crisóstomo, empero, no habla de toda la Escritura, sino sólo de los libros históricos, los cuales declara fáciles de entender por la sola lectura. Añade en efecto: Toma el libro en tus manos, lee toda la historia, y retén en la memoria lo que es claro; y lo que es oscuro y poco manifiesto recórrelo con frecuencia; y si con la asiduidad de la lectura no pudieres hallar lo que se dice, acude al más sabio, ve al Doctor: luego supone que hay algunos pasajes oscuros acerca de los cuales deben ser oídos y consultados los Doctores.

Objetan en segundo lugar los herejes, que aunque la sagrada Escritura se halle envuelta en algunas tinieblas, éstas sin embargo no deben ser disueltas por un hombre que enseña exteriormente, sino por Dios enseñando interiormente; pues los fieles deben tener a sólo Dios por Doctor, según aquella profecía de Isaías 51: Pondré todos tus hijos doctos del Señor. Y Jeremías 31: Daré mi ley en sus entrañas, y en su corazón la escribiré: y no enseñará más cada uno a su prójimo, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor de ellos hasta el mayor. Luego de ningún Doctor necesitamos, ni por consiguiente es necesaria la Teología Positiva.

Niego la consecuencia. Pues tal no es el sentido de los dichos pasajes; porque Isaías y Jeremías han de entenderse de la Doctrina Evangélica, la cual sobresalía en esto sobre las demás respecto de la ley Mosaica: que no fue entregada y expresada por medio de los Profetas, sino por el mismo Hijo de Dios, según aquellas palabras de S. Pablo, Hebr. 1.: Multiformemente y de muchos modos habló antiguamente Dios a los Padres en los Profetas; en estos últimos días nos ha hablado en el Hijo: de donde sucede que todos los cristianos son llamados Theodidacti, esto es, instruidos por Dios, sea inmediatamente, como los Apóstoles y Discípulos; sea al menos mediatamente, como los demás fieles.

— O bien digo, que los dichos Profetas comparan el estado de la ley nueva con el de la vieja, de modo que el sentido sea que todos los misterios y arcanos de la fe serán mucho más claros en la ley Evangélica que en la Mosaica, la cual estaba llena de sombras y figuras.

— O finalmente digo, que los dichos textos fueron prenuncios de aquella admirable irrupción del Espíritu Santo sobre los Apóstoles en el día de Pentecostés, y sobre todos los demás fieles hijos de la Iglesia naciente, a quienes juntamente con el bautismo se les confería el Espíritu Santo, y se les infundían divinamente el don de la ciencia, de la profecía y los géneros de lenguas, de suerte que cualquier ignorante e indocto se volvía en un momento sapientísimo.

Apremian los herejes: De la primera epístola de Juan, cap. 2: No tenéis necesidad de que nadie os enseñe —dice Juan escribiendo a los fieles—: sino que la unción os enseña acerca de todas las cosas: luego los fieles no necesitan tampoco de Doctor alguno, ni consecuentemente hay ninguna Teología.

Niego la consecuencia. En efecto, san Juan no pretende que los fieles no necesiten de un Doctor humano; ¿pues para qué habría escrito él mismo Epístolas para la instrucción de los fieles? ¿Para qué Dios habría ordenado en su Iglesia pastores y Doctores para la consumación de los Santos, como arriba dijimos? Quiere, pues, sólo reprimir la vana curiosidad de algunos fieles, los cuales, instruidos por los Apóstolos, escuchaban también a los Pseudo-Apóstoles, que sembrando encima la cizaña, oscurecían las verdades Católicas con sus perrísimos dogmas. — O bien digo, que él ha de entenderse de la Teología Afectiva y Mística, la cual no la enseña la lectura, sino la unción; no la letra, sino el espíritu; no el hombre mortal, sino el Dios inmortal, que casi siempre elige las cosas débiles del mundo para confundir a las fuertes. Sucede en efecto no raramente, que cualesquier indoctos rudos, que apenas conocen las letras, enseñándoles Dios interiormente e iluminándoles divinamente, perciben los misterios más ocultos de la fe y abren y explican los sentidos recónditos de las Escrituras más abiertamente de lo que podría hacerlo cualquiera de los muy doctos. De éstos parece hablar S. Agustín, lib. 83 Quaestionum, q. 48, diciendo:

Hay tres géneros de cosas creíbles: unas son las que siempre se creen y jamás se entienden, como es toda la historia, que recorre las cosas temporales y humanas; otras las que tan pronto como se creen se entienden, como son todas las razones humanas, ya sean de los números, ya de cualesquiera disciplinas. Terceras, las que primero se creen y después se entienden, tales son las que acerca de las cosas divinas no pueden entenderse, sino por aquellos que están limpios de corazón, lo cual se logra guardando los preceptos, que se reciben viviendo bien.

Quaestio III: An, et qualiter theologia scholastica Ecclesiae Dei prosit

Notandum 1. La Teología Escolástica recibe este nombre por un triple motivo. Primero, porque es la que principalmente se enseña y se aprende en las Escuelas; mientras que la Positiva se adquiere mediante el estudio propio y la lectura privada y asidua de las Sagradas Escrituras, así como por la ejercitación en los Santos Padres. Segundo, porque a la manera académica y filosófica, partiendo de los principios de la divina fe conocidos inmediata o mediatamente, extrae sus conclusiones mediante un legítimo discurso, para explicar más evidentemente los misterios de la fe, defenderlos valerosamente contra quienes los impugnan, y, resolviendo todas las contradicciones e implicancias que contra ellos pudieran objetarse, persuadir con mayor facilidad lo que ha de creerse. Tercero y finalmente, se llama así por cierta analogía con la Filosofía; pues así como la Filosofía se ocupa de investigar las cosas naturales, así la Teología Escolástica se detiene y ocupa máximamente en torno al derecho divino natural, es decir, en torno a las verdades absolutamente inmutables; tales son no sólo la esencia de Dios, sus perfecciones y la Trinidad de las Personas, sino también el culto que le es debido por sí mismo; e incluso sus divinos preceptos, y todos los medios que conducen a la consecución de Dios; no ciertamente en cuanto existen actualmente —pues así estas cosas son del todo libres, y más bien las considera la Teología Positiva que la Escolástica—, sino en cuanto son posibles, y en cuanto no envuelven contradicción alguna; a saber, para que el Teólogo muestre que no hay repugnancia alguna en las obras de Dios; que la gracia no impide a la naturaleza, antes bien la perfecciona; y que todos los misterios de la fe no son contra la razón natural, aunque no sean conforme a ella.

Notandum 2. Es certísimo que la Teología Positiva o Escolástica, considerada en cada fiel singularmente, no es absolutamente necesaria para la consecución de la salvación. La razón es clara; pues muchos rústicos, completamente rudos e ignorantes de las cosas teológicas, como quienes viven casi siempre en los campos y entre los ganados, creen sin embargo firmísimamente los Artículos de la fe y, fortalecidos con los sagrados sacramentos de la Iglesia, parten felices de esta vida y alcanzan la eterna salvación. Es más, ni siquiera al universo conjunto de los fieles o a toda la Iglesia parece absolutamente necesaria la Teología Escolástica; en efecto, antes de los tiempos del Maestro de las Sentencias, quien hacia el año mil ciento cuarenta redujo la Teología a forma y método académicos, la Iglesia floreció largamente en piedad y doctrina, y fue provista de medios suficientes tanto para instruir a los suyos en las cosas de la fe como para rechazar la violencia de los herejes y eliminar el error.

Notandum 3. Que la Teología Escolástica es necesaria a cada fiel, al menos mediata, y a toda la Iglesia inmediatamente, con necesidad moral, o de máximo beneficio y suma utilidad; pues cada uno de los fieles tiene necesidad de Doctores que hagan creíbles los Artículos de la fe, oscuros y difíciles de suyo, mediante diversas razones propuestas, y que diluyan y disuelvan todas las dudas que puedan ocurrir por el ingenio propio de cada uno, ser sugeridas por el arte del demonio, o finalmente planteadas por la perversidad de los herejes: pues los fieles rudos, expuestos a tantos peligros, si carecieran del auxilio de tales Teólogos, difícilmente subsistirían en la fe. Igualmente la Iglesia, atacada por los dardos de tantos herejes, sería sacudida si no asistieran aquellos sutiles príncipes de la Teología, capaces de destejer las artimañas y falacias de los herejes y de disipar las oscuras tinieblas del error ofuscadas en las mentes de los hombres. Lo cual, desde luego, será demostrado más extensamente y con mayor eficacia

Conclusio unica. — La Teología Escolástica es sumamente útil y necesaria a la Iglesia de Dios. Esta es la sentencia de todos los Sabios contra los herejes, y contra algunos Pseudo-Católicos.

Se prueba primero, en efecto, por el consenso universal de toda la República Cristiana, la cual veneró y abrazó esta Teología metódica tan pronto como salió al mundo, y le erigió amplísimas escuelas para enseñarla y aprenderla; la enriqueció con pingües estipendios para los Profesores y la honró con privilegios honoríficos.

Segundo. Por los oráculos de los Concilios; pues el Constantiense aprobó sobradamente la Teología Escolástica, cuando en la Sesión 8 reprobó y condenó todos los errores de Wiclefo; especialmente aquel por el cual pronunciaba que las universidades, estudios, colegios y magisterios habían sido introducidos con vana vanidad. Semejantemente Clemente V. en el Concilio de Vienne, donde había establecido que el bautismo es necesario para la salvación tanto de los adultos como de los párvulos, añade: Verum, quia quantum ad effectum baptismi reperiuntur Doctores quidam Theologi opiniones contrarias habuisse; quibusdam ex eis dicentibus per virtutem baptismi parvulis quidem culpam remitti, sed gratiam non conferri: aliis e contra asserentibus, quod et culpa eisdem in baptismo remittitur, et virtutes, ac informans gratia infunduntur quoad habitum, etsi non pro illo tempore quoad usum; Nos autem attendentes generalem efficaciam mortis Christi, quia per baptisma applicatur pariter omnibus baptizatis, opinionem secundam quae dicit tam parvulis quam adultis conferri in baptismo informantem gratiam et virtutes, tamquam probabiliorem, et dictis Sanctorum ac Doctorum modernorum Theologiae magis consonam et concordem, sacro approbante Concilio duximus eligendam.

— De donde cuánta autoridad conceda a los Teólogos Escolásticos no sólo tan gran Pontífice, sino también la Iglesia universal, ciertamente aparece claro; pues habiendo querido y decidido en materia de tanta importancia que debe seguirse la opinión probada de varios de ellos, ¿qué si todos hubieran conspirado entre sí con constante consentimiento? No ayuda referir cuánta ayuda y dignidad han aportado los Doctores Escolásticos en los demás Concilios Ecuménicos siguientes, examinando las cuestiones por demás difíciles y discutiéndolas por ambas partes, para que la verdad apareciera más fácilmente y los falsos dogmas de los herejes se derrumbaran y desvanecieran del todo; pues esto sólo puede ignorarlo quien no haya leído los actos de aquellos Concilios. De aquí que el Tridentino sancionara con varios decretos que en todas partes deben instituirse colegios, y que las Academias deben ser donadas con toda clase de gracias y privilegios.

Tercio. Lo mismo aparece de los decretos y sentencia de los Sumos Pontífices: en efecto, Inocencio IV mandó a nuestro Alejandro de Hales (quien, por su suma erudición, era llamado en vida Fons vitae) que consignara la suma de Teología; la cual finalmente Alejandro IV aprobó con Diploma Apostólico. Y dejando de lado los demás decretos de los Pontífices, refiero uno u otro: Primero el de Honorio III; éste, en efecto, en el capítulo Super specula, sobre los maestros, estableció:

Ad Theologiae professionis studium aliqui destinentur, qui cum ducti fuerint in Dei Ecclesia, velut splendor fulgeant firmamenti: et quibus postmodum copia possit haberi Doctorum, qui velut stellae in perpetuas aeternitates mansuri, ad iustitiam caleant plurimos erudire.

Esto mismo recomienda egregiamente Gregorio IX en la Epístola dirigida a los Maestros y Estudiantes de la Academia de París para la restauración de los estudios, fechada en Letrán en el año 5 de dicho Pontífice, mes de abril, donde entre otras alabanzas de esta Academia tiene éstas:

Parens scientiarum Parisius, velut altera Cariath-Sepher, civitas litterarum clara claret: magna quidem, sed de se maiora facit optari docentibus, et discentibus gratiosa. In cruce utique, tamquam in officina sapientiae specialis, habet argentum venarum suarum principia, et auro locus est in quo rite conflatur: ex quibus prudentes, eloquii mystici murenulas aureas vermiculatas argento cudentes, et fabricantes monilia ornata lapidibus pretiosis, imo nulli pretio comparandis, Sponsam Christi decorant.

Cuarto. La utilidad y necesidad de la Teología Escolástica aparece por sus dones y oficios; pues cuatro son sus principales dones: a saber, declarativo, probativo, defensivo y discursivo; los cuales pueden recogerse de San Agustín lib. 11. De Trinitate, cap. 1., donde, hablando de la Teología, a la que llama ciencia y sabiduría, dice: Huic scientiae illud tribuit quo fides saluberrima, quae ad veram beatitudinem ducit, gignitur, nutritur, defenditur, roboratur. Por lo cual la generación y nutrición de la fe contribuye a la utilidad de los fieles; mas la defensa y el vigor, a la expugnación de los infieles. Añade en efecto el santo Agustín:

Ciencia por la cual no sobresalen muchísimos fieles, aunque sobremanera sobresalen en la misma fe; pues otra cosa es saber tan sólo qué debe creer el hombre para alcanzar la vida bienaventurada, que no es sino eterna, y otra saber cómo esto mismo aprovecha a los piadosos y se defiende contra los impíos.

En cuanto a que la Teología Escolástica contribuye sobremanera, mediante sus cuatro oficios, a la generación, nutrición, defensa y fortaleza de la fe, fácilmente se persuade. Pues por la declaración nace la fe; en efecto, por la explicación de la Sagrada Escritura y la propuesta del objeto revelado se genera la fe de modo dispositivo; puesto que la fe viene por el oído, y el oído por la palabra de Dios. Rom. 10. Por la prueba se robustece la fe; pues las razones, semejanzas, motivos y ejemplos con los cuales los Teólogos Escolásticos ilustran los artículos de la fe y demuestran su credibilidad, robustecen y fomentan la fe débil y vacilante de los débiles. Por la defensa la fe se fortifica como con firme escudo, en el cual, como dice san Pablo, Efes. 6., puede apagar todos los dardos encendidos del malvadísimo; pues mientras los Teólogos Escolásticos descubren con la tea de la razón las falaces razones de los herejes y las artimañas y sofismas de los que filosofan mal, y los disuelven en humo, la fe triunfa segura y vencedora. Por el discurso se nutre la fe; pues cuando mediante el discurso teológico aparece que los artículos de la fe no son contra la razón natural, aunque sean fuera de ella y sobre ella, e incluso muy a menudo se demuestran conformes a los principios de la naturaleza, es cierto que el entendimiento se inclina cada vez más a prestarles un asentimiento más firme y más tenaz, de donde resulta que la fe, por así decirlo, se nutre y crece.

Quinto, finalmente, así como nadie hay que no acoja con sumas alabanzas la Teología de los Santos Padres, y no estime que es utilísima y necesaria a la Iglesia de Dios; así tampoco hay nadie que deba juzgar la Teología Escolástica inútil y despreciable: pues tiene el mismo objeto que la Teología de los Santos Padres, se apoya en el mismo principio y apunta al mismo fin, a saber: la explicación de la fe y de los misterios, la extirpación de las herejías, la instrucción de los fieles, etc. Y nada la distingue de aquélla, sino que con mejor método y orden reduce a un solo cuerpo lo que los SS. Padres trataron en diversos lugares, según lo permitía la ocasión, y dispone convenientemente cada cosa en su lugar. De donde, así como nadie en su juicio vitupere a Aristóteles porque ordenó la Filosofía, antes perturbada, indigesta y dispersa, la transmitió con suma arte, la distribuyó en partes a las cuales ordenadamente redujo todo, y en muchos lugares la amplió; así está muy lejos de que los Teólogos Escolásticos sean dignos de injurias, antes bien merecen de todos la suprema alabanza, porque realizaron la misma obra de la Teología, y la ordenaron en el lugar y con el método en que ahora está, y la ampliaron con muchas cuestiones explicativas de los misterios divinos. Pues la Teología Escolástica indaga, pondera y escudriña todos los dogmas de la fe, de modo que casi nada deja intacto e indiscutido: pues diversas dificultades y cuestiones omitidas por los antiguos Padres, o ciertamente apenas rozadas, las concibió con mayor sutileza, propuso con mayor evidencia, explicó con mayor abundancia, y las pesó exactamente conforme a la norma de la fe o al preciso compás de la razón. De donde no sin mérito los Teólogos Escolásticos pueden ser llamados Doctores y Padres de la Iglesia de su tiempo; ciertamente hacen las veces de aquellos antiguos Doctores de la Iglesia naciente, quienes ilustraron con su doctrina los dogmas de Dios y los defendieron acérrimamente de los ataques de los herejes. — Añádanse. Que contra semejante Teología, con la cual se complace todo piadoso y docto, sólo objetan los gramáticos ignorantes, y los herejes y los hombres de partido herético; los primeros no deben ser más escuchados que unos ciegos juzgando sobre los colores; pero a los segundos debe estimárseles tanto cuanto a unos frenéticos que combaten contra el médico y la medicina, a quienes con razón convienen estas palabras de Agustín, lib. 3. De peccatorum meritis et remissione, cap. 6: Porque no eran tales hombres de cuya autoridad debiese yo preocuparme, tuve esto fácilmente entre lo pasado y abolido. — Todo esto lo confirma luminosamente no menos que sabiamente nuestro Sixto V. Pues él, sumo Pontífice de la Iglesia de Dios, en unas letras decretales con las cuales enumera al santo Buenaventura entre los excelentes Doctores y Padres de la Iglesia, después de haber dicho que la Teología Escolástica fue inventada por don divino de varones sapientísimos, añade:

Ciertamente el conocimiento de ciencia tan saludable, que mana de los ubérrimos manantiales de las divinas letras, de los Sumos Pontífices y de los Concilios, pudo siempre aportar a la Iglesia máximo auxilio, ya para leer a los Padres con más seguridad y utilidad, ya para descubrir y refutar los varios errores y herejías, etc.

Objetan los herejes: La Teología Escolástica dista mucho de la gravedad y pericia en el decir de los antiguos Teólogos: con mayor gravedad trataban los divinos misterios los Doctores y primeros Padres de la Iglesia; pues nada decidían sin la autoridad de la Escritura, o la sentencia de los Padres precedentes y la definición de los Concilios; y aquellas fórmulas silogísticas, trampas de débiles, o las ignoraban, o las rehuían y rechazaban como inútiles: mas los Teólogos de este tiempo, omitiendo todo aquello que conviene sobremanera a los fieles, examinan todas las cosas en la balanza y regla de la razón: luego ha de desecharse ésta como inútil. — Niego el antecedente. Pues como se dijo arriba, la Teología Escolástica difiere de la doctrina de los Santos Padres sólo en esto: que aquello que aquéllos disputaron con más amplitud y con estilo oratorio más acomodado a la inteligencia del vulgo, en libros y volúmenes enteros, esto concluye ésta en breve y dialéctico modo de decir, a veces con una sola u otra razonación. Por donde, si hay algo en que la Teología más reciente disienta de la antigua, es ciertamente porque aporta más utilidad y provecho a sus estudiosos, y por eso debe parecer digna de mayor recomendación y celebridad.

Apremian los herejes: Toda novedad debe evitarse, y arrojarse lejos de la Iglesia: luego esta doctrina escolástica, como nuevo invento de los siglos posteriores, debe desterrarse largamente. — Distingo el antecedente. La novedad de dogmas debe temerse y no escucharse, hasta que haya sido ventilada y reprobada por la Iglesia, concedo: que la novedad del método de transmitir la doctrina, máxime si fuere más clara y más fácil, haya de desecharse, niego: antes bien Cristo mismo, alabando al Teólogo, Matth. 13., lo hace semejante a un hombre padre de familia que saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo. No porque deba enseñar dogmas nuevos, y opuestos a los viejos: sino porque enseñe y explique los viejos con método nuevo, como amonesta Vicente de Lérins, cap. 27.

Entiéndase, dice, explicado por ti más ilustremente de lo que antes era creído más oscuramente: por ti goce la posteridad de haberlo entendido, lo que la antigüedad veneraba sin entenderlo: enseña así lo mismo que aprendiste, que al decirlo de modo nuevo, no digas cosas nuevas.

Esto ejecuta ante todo con exactitud la Teología Escolástica, pues no entrega dogmas nuevos, sino que lo que dicho por los antiguos, ya con más extensión y abundancia, ya más ligeramente, lo persigue, escruta y explica con mayor agudeza y profundidad.

Objetan 2. La Teología Escolástica consiste toda en discutir vanas cuestiones filosóficas, que nada en absoluto aportan a la salvación y a la ilustración de los dogmas de la fe: luego, como inútil, ha de desterrarse. — Respondo 1. Que el antecedente es del todo falso, consta por la misma experiencia, pues los Teólogos Escolásticos tratan con exactitud y precisión las cosas de la fe a partir de sus mismos principios, a saber: la Sagrada Escritura, la doctrina de los Santos Padres, las sanciones de los Concilios, y otros Santuarios de la verdad Católica, de los cuales extraen mediante legítimo discurso las conclusiones; lo cual confiere sobremanera a la elucidación de los misterios, a la refutación de las herejías y a la instrucción de los fieles; pues como disertamente afirma Melchor Cano loc. 8. cap. 1.: Si apartaras de la Teología la razón, perderás la cosa y el nombre; porque la ciencia no se busca sino por el silogismo... ¿qué importa, en efecto, quitada la razón, no sólo entre el rústico y el Teólogo, sino entre el Teólogo y la bestia, o la piedra o el tronco? — En segundo lugar, si hubiera de rechazarse la Teología Escolástica porque, con motivo y ocasión de tratar las cosas divinas, discute algunas cuestiones Filosóficas que por sí no contribuyen a la salvación, por semejante razón habría de desecharse la sagrada Escritura, puesto que refiere muchas cosas que no conducen a la salvación: v.gr. cuando trata de las historias de los Patriarcas, Jueces y Reyes, de los animales introducidos en el arca de Noé y sacados de ella, del perro de Tobías que meneaba la cola, y otras innumerables, cuyo conocimiento por sí nada aporta a la salvación. — Digo, pues, que todas las contenciones y riñas inútiles entre los Teólogos no deben atribuirse a la Teología, sino al Teólogo que quiere saber más de lo que conviene. ¿Qué? ¿Los herejes abusan de la sagrada Escritura día tras día para perdición de la fe; luego por eso ha de desterrarse? ¿Acaso ha de quemarse y arrancarse la mies, porque a veces entre las espigas de trigo crecen avena y cizaña? De ningún modo, sino que las hierbas inútiles deben arrancarse, y dejarse intacta la mies. Han de prescindirse, confieso, todas aquellas cuestiones vanas: pero han de conservarse y discutirse las que sirven para explicar e ilustrar las cosas Teológicas.

Objetan 3. Los herejes dicen que entre los Teólogos arden perpetuas disidencias, y que sus escritos están completamente repletos de riñas y contenciones; y que no hay entre ellos ningún modo de altercar: nada, por tanto, cierto, nada estable puede hallarse en ellos. — Respondo. Que los Teólogos no disienten entre sí en aquellas cosas que atañen a la fe, sino que están sumamente concordes entre sí; y que discrepen en otras, nada de inconveniente: antes bien de ahí se ilustran sobremanera las varias materias; y la verdad resplandece cada vez más de día en día: pues mientras cada uno defiende su parte, y procura afirmar su sentencia con razones buscadas por doquier, y cultivarla con todo género de erudición, infinitos tesoros de ciencias se acumulan poco a poco para decoro y ornamento de la Iglesia, y todas las disciplinas se restituyen perfectas en su número. — Respondo 2. Injustamente culpan los herejes a los Teólogos la disensión: pues inocente debe ser quien imputa a otro un crimen, no sea que, reprendiendo en otro aquello, se constituya a sí mismo reo de culpa. Mas ¿quién ignora con cuántas riñas y cuán encendidas contenciones luchan entre sí los herejes? Apenas había nacido la secta de los Luteranos, cuando fue diseccionada al punto en tres otras clases, dividida como en tres cabezas en Anabaptistas, Confesionistas y Sacramentarios, y hecha tricípite casi en su misma infancia: mas pronto, cuando creció (como es fecunda madre de monstruos la herejía), protrajo de sí otras y otras cabezas, y en exiguo espacio de tiempo creció hasta treinta y cuatro sectas: ahora verdaderamente se cuentan cerca de cien Religiones diversísimas engendradas de un solo Lutero. Ni disienten sólo en las cosas más leves, sino también en los Artículos principales de la fe, y se graban mutuamente los herejes nombre y nota. Así Lutero, lib. Contra Sacramentarios, llama herejes a éstos y a los Zuinglianos: y en otro lugar dice: Bienaventurado el varón que no anduvo en el Consejo de los Sacramentarios, ni estuvo en la vía de los Zuinglianos, ni se sentó en la cátedra de los de Zurich: ni contento con esto, los llama incluso perdiablatados, superdiablatados y transdiablatatos. Pero aquéllos, para pagarle con la mesma moneda, dicen que la boca de Lutero está llena de diablos, etc. — Y porque cabe inconstante es, una misma secta disiente tanto en los artículos de la fe, que, abandonando los anteriores, forja cada día otros y otros dogmas, que propone a todos para que sean creídos. De aquí que Jorge, Duque de Sajonia, preguntado por los Católicos qué creyeran allí los Luteranos, Lo que ahora creen lo sé, dijo; lo que habrán de creer el año siguiente, del todo lo ignoro: así ciertamente son trasladados de fe en fe, de religión en religión. Por donde santísimo Hilario, lib. a Constantio y Constante Emperadores, aplica oportunísimamente a la materia presente:

Peligroso, decía, nos es y también admirable que existan ahora tantas fes cuantas voluntades: tantas doctrinas para nosotros cuantas costumbres, mientras o así se escribe la fe como queremos: o así como la practicamos se entiende, de suerte que crepitaron tantas fes que no haya ninguna, antes verdaderamente se decreten anuales y mensuales fes acerca de Dios, etc.

Objetan 4. La Teología Escolástica evacúa y extingue el mérito de la fe; luego está muy lejos de que en algo aproveche a la fe, antes perjudica sobremanera. Prueban el antecedente con san Gregorio, hom. 26. in Evang.: La fe no tiene mérito, a la cual la humana razón ofrece experiencia: mas por el discurso teológico la razón natural ofrece experiencia a la fe; pues por él es movido el entendimiento para prestar asentimiento al objeto propuesto: luego ésta evacúa el mérito de la fe. — Distingo el antecedente. Que evacúa el mérito de la fe si a la proposición revelada sólo se creyera por la evidencia de la razón, concedo. Que si se creyera máxime por la autoridad de Dios revelante, niego. Mas el discurso teológico no demuestra evidentemente la proposición revelada; implica, en efecto, que algo es revelado y es por sí evidente en cuanto es revelado; sino que sólo demuestra que tal proposición se contiene, o en la Escritura, o en los Concilios, o en la universal tradición y práctica de la Iglesia. De donde no induce al entendimiento para que le asienta por la evidencia de la razón: sino tan sólo por la cierta e infalible autoridad del que revela.

Insisten. La Teología Escolástica se apoya sobre todo en argucias filosóficas y dialécticas: pero éstas perjudican en gran medida a la Fe y a la verdad cristiana: luego, etc. Prueban la menor con los Apóstoles y los santos Padres, quienes confiesan que la Filosofía es enemiga y adversaria de la fe; pues san Pablo, en el capítulo 2 de la epístola a los Colosenses, amonestaba: Videte ne quis vos decipiat per Philosophiam, et inanem fallaciam; y Tertuliano, en el libro De Anima, capítulo 3, llama a los filósofos animales de gloria y patriarcas de los herejes, y en el capítulo 18 dice que las argumentaciones filosóficas son tormentos de la simplicidad que ha de atormentarse y de la verdad que ha de suspenderse, y en el mismo lugar llama a Platón condimento de los herejes. De ahí que en el libro De praescriptionibus diga: Stulta mundi in confusionem Philosophiae ipsius elegit; ea est enim materia sapientiae secularis et temeraria interpres divinae naturae, et dispositionis: denique haereses a Philosophia subornantur. Quid ergo Athenis et Hierosolymis? quid Academicae et Ecclesiae? quid Haereticis et Christianis? Nobis curiositate opus non est post Christum, nec inquisitione post Evangelium, cum credimus nihil desideramus ultra credere.

De donde san Gregorio Nacianceno, en la oración 26, se duele de que hubieran penetrado furtivamente en la Iglesia sutilezas sofísticas y el perverso artificio del arte aristotélica, y otras cosas de este género, como ciertos lazos egipcios. Asimismo Gregorio de Nisa, en el libro 2 contra Eunomium, reprocha aquella astucia sofística: Ingenue ac sine rubore fatemur, inquit, nos neque orationem aliquam rhetorico elaboratam artificio aut certamen comparasse; neque Dialecticae subtilitatis argutiam ad auxilium contra adversarios praetendere, quae et veritatem in mendacii suspicionem apud imperitos traducit. También Ambrosio, en el libro 1 De Fide, capítulo 3, hablando de los arrianos, dice:

Ponen toda la fuerza de sus venenos en la disputa dialéctica, la cual, según sentencia de los filósofos, se define no por tener fuerza para afirmar, sino empeño en destruir; mas no plugo a Dios salvar a su pueblo en la Dialéctica; porque el reino de Dios está en la sencillez de la fe, no en la contención de la palabra.

Y en el salmo 118.: Nihil nobis cum Philosophia, ne fidem nostram per elementa mundi huius traducat a vero: ne quis assertionem nostram per Philosophiam depraedetur. Pues así conocimos que los arrianos cayeron en la perfidia, al pensar que la generación de Cristo debía colegirse según el uso de este siglo. Abandonaron al Apóstol y siguen a Aristóteles; abandonaron la sabiduría que está junto a Dios y escogieron los lazos de la disputación y las acechanzas de palabras conforme a la disciplina dialéctica: luego la Teología Escolástica es proscrita por los santos Padres, y por consiguiente debe ser rechazada por nosotros. — Distingo la mayor. Se apoya en argucias filosóficas para descubrir los sofismas de los herejes y eliminar sus emboscadas, concedo; para envolver la sencillez de la fe y oscurecer las verdades católicas, niego. A la menor digo que la Filosofía es adversaria de la fe no per se, sino por la malicia perversa de los filósofos, quienes, como dice san Judas, versículo 1: Quaecumque quippe ignorant, blasphemant, quaecumque autem naturaliter tamquam muta animalia norunt, in his corrumpuntur. — Que ésta y no otra es la sentencia de los santos Padres, de ahí se desprende claramente, porque ellos ilustran la Dialéctica con muchos encomios y confiesan que es necesaria para defender la Fe; pues san Clemente Alejandrino, en el libro 2 Stromatum, dice: Dialectica manuducit ad veram aeternamque sapientiam, et ad cognitionem supremae veritatis. San Jerónimo, en el capítulo 25 de Ezequiel: Vere, inquit, quidquid perversorum dogmatum praestatur esse robustum in terrena sapientia, hac Dialectica arte subvertitur, et ad instar incendii in cinerem favillasque dissolvitur. San Agustín inculca lo mismo en varios lugares, pero máximamente en los libros contra Cresconium, quien llamaba burlonamente Dialéctico a Agustín: Sed etiam Apostoli, scilicet Paulus, dialecticus erat, respondió Agustín en el libro 2., et ultro conferre cum Stoicis non timebat, quia non solum acute, sicut illi, sed etiam veraciter, quod non illi. Y añade: Cave ne cuidam Dialecticam pro crimine obiceras, qua usos Apostolos confiteris. Más aún, muestra también que Cristo Señor usó de la Dialéctica: Si autem Christum dixeris Dialecticum, laudabis Dialecticam quam mihi pro crimine obiceras: luego no debe ser tenida por inútil ni importuna la tratación y método de las cosas filosóficas que puede ser útil para explicar mejor o defender más exactamente las cosas de la fe. — Añado. Que los mismos herejes son causa de que los Teólogos Escolásticos discutan algunas cuestiones filosóficas; pues suelen argumentar desde la Filosofía contra los católicos, v. g., que un mismo cuerpo no puede estar simultáneamente en diversos lugares, para impugnar la presencia real del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Así antaño los arrianos usaban argumentos filosóficos, o mejor sofismas, contra el misterio de la Trinidad, para engañar a los católicos; y tenían (dice san Epifanio) trescientos argumentos tomados de la razón natural con los cuales impugnar la divinidad del Hijo. De donde fue necesario que los católicos repelieran con las mismas armas de la Dialéctica con que eran atacados, y, apremiados por los herejes, usurparan la Filosofía en tutela de la fe, a fin de que con su ayuda indagaran y explicaran con mayor evidencia las verdades evangélicas. Pues como dice san Agustín, lib. 16. De Civit. Dei, cap. 2.: Multa ad fidem Catholicam pertinentia, dum Haereticorum callida impugnatione cogitantur, ut adversus eos defendi possint, et considerantur diligentius, et intelliguntur clarius et instantius praedicantur: et ab adversario mota quaestio discendi existit occasio. Y como dice Gregorio Magno, lib. 14. Moral., cap. 12., Cum graviora prodiere hostium certamina, tunc sunt profecto sublimiora sensuum spicula requisita; tunc argumentorum novacula, tunc perplexior indago verborum. Con razón, pues, para refutar las falaces argucias de los herejes y de los filósofos gentiles usaron los Teólogos la Dialéctica, la cual san Basilio, en el segundo capítulo de Isaías, no dudó en decir Muri instar esse sacris dogmatibus, quod eam non sinit facile diripi et quorumlibet incursioni patere. Y Clemente Alejandrino, lib. 6. Stromat., dice que ella es el seto de la viña de Cristo, para que la verdad católica no sea pisoteada por los sofistas.

Objeción 5. Los criminadores de la Teología Escolástica acusan su estilo inculto y sus palabras duras y bárbaras con las cuales expresa sus sentidos, que ciertamente desdoran a hombres sabios y deprimen y oscurecen los augustos misterios de la fe. — En verdad, si con este argumento la Teología Escolástica no agrada a ellos, necesariamente les debe también desagradar la sencillez y el modo inculto de decir de las sagradas Letras. ¿Acaso no saben que bajo el rudo manto suele ocultarse muchas veces el filósofo erudito, y que los montes más ásperos e incultos ocultan a veces riquísimas vetas de oro? La verdad no necesita de ningún halago de palabras para brillar: mejor es expresarla con lenguaje fácil y vulgar que oscurecerla con afectada elegancia; aquella concisión sucinta de la cual usan los Teólogos no puede soportar mayor extensión ni ornamento del discurso, para que, ya gravados por la copia y multitud de las cosas, no sean también oprimidos por la inútil carga de las palabras. Y que use algunos vocablos propios e inauditos e inusitados en otras partes no debe parecer extraño, puesto que cualquier disciplina tiene sus términos desconocidos para las demás e ideados a arbitrio de sus docentes. ¿Qué no le será lícito a la Teología, reina de las ciencias, que sus siervas usurpan de buen grado?

Preguntarás. ¿Por qué sólo en estos últimos siglos los Doctores de la sagrada Teología han usado del método Escolástico, cuando desde los mismos orígenes de la Iglesia fue frecuentada máximamente la Positiva?

Respondo 1. Esto se hizo por muchísimas y gravísimas causas. Primero, porque la Teología Positiva respira más bien el modo platónico de enseñar, ya que usa muchísimo, a manera de Platón, de alegorías y de silogismos oratorios y retóricos; mientras que la Escolástica imita el método aristotélico de enseñar mediante el análisis y silogismos más apretados; y quiso Dios, por justas causas,

que la Filosofía platónica sirviera a los hijos de la Iglesia naciente. Luego porque este modo de filosofar y raciocinar era más frecuente entre los judíos y los gentiles, cuyos errores había que impugnar y combatir con las mismas armas con que eran defendidos. Luego porque la Filosofía platónica era menos pertinaz y más dócil que la dogmática, y asimismo más apta para insinuar las verdades de la fe y persuadir los divinos misterios. Finalmente, porque como florecía y se ilustraba mucho con parábolas y alegorías, con estos envoltorios templaba los rayos de la verdad divina y la proponía, como leche a los niños, al entendimiento aún más débil de los fieles. Pues los hijos de la Iglesia de Oriente eran aún como infantes débiles, de los cuales dice san Pablo a los Hebreos 5.: Facti estis quibus lacte opus sit non solido cibo; omnis enim qui lactis est particeps, expers est sermonis iustitiae, parvulus enim est: perfectorum autem est solidus cibus, eorum qui pro consuetudine exercitatos habent sensus, ad discretionem boni et mali. — Por tanto fue necesario que los hijos de la Iglesia, aún pequeñuelos, recibieran primero las verdades evangélicas atemperadas con alegorías y parábolas y fueran nutridas con ellas como con leche, antes de que, hechos mayores y ejercitados por muchos siglos en esta celestial doctrina, tuvieran discreción del bien y del mal y separaran mediante el análisis los perversos dogmas de los herejes de las verdades católicas.

Segundo: Era indecoroso que, publicado el Evangelio, las verdades cristianas se redujeran a sumas teológicas y se formasen sobre ellas varias cuestiones, las cuales habrían turbado la vacilante fe de los fieles y revelado a los infieles los misterios ocultos. Fue necesario, pues, que la Alegoría precediera al Análisis, y que, accediendo siempre nueva revelación de verdades, con el decurso del tiempo fuera como ensamblado el cuerpo de la doctrina Católica, antes de que fuera dividido y distribuido casi anatómicamente mediante las resoluciones y disputaciones de la Teología Escolástica y las disecciones del Análisis.

Pero cuando el cuerpo de la doctrina evangélica quedó sólidamente constituido en todas sus partes, entonces, para una más fácil inteligencia de las verdades, fue preciso reducirlas a un orden cierto y metódico, y usar del modo aristotélico de filosofar, más contraído y breve, pero más urgente; entonces para que las verdades evangélicas resplandecieran más nítidamente; entonces para que las maquinaciones y sofismas de los herejes se resolvieran y deshicieran más fácilmente. — Añade. Que como Platón está todo vuelto a la contemplación de las cosas divinas, y aprendió de los hebreos en Egipto muchísimas verdades de la fe y algunos misterios, y los escribió en sus escritos, parecía su Filosofía mucho más apta para persuadir esas verdades a los Filósofos y Doctores paganos que la aristotélica, la cual se ocupa totalmente de las cosas naturales y apenas escruta e investiga las divinas. Pero cuando estas verdades divinas fueron suficientemente divulgadas, sembradas en los escritos de los santos Padres y expuestas y probadas con sermón oratorio y silogismos retóricos, entonces hizo falta que los Teólogos usaran del análisis aristotélico y las recogieran en un solo cuerpo, y, a manera de Anatomistas, las dividieran con varias cuestiones y resoluciones, como otras tantas disecciones, para que cada una quedara más propiamente ordenada y apareciera más evidentemente.

No hay, pues, razón para que los herejes obloquen tanto contra esta mutación del método Teológico, y deseen que se frecuente de nuevo la Teología Positiva y Oratoria usada por los santos Padres, la cual, dicen, no criminarían, antes sí recibirían con sumas alabanzas. Empero podemos merecidamente replicarles aquello que el adorable Salvador replicó a los Escribas y Fariseos, Matth. 23.:

Vae vobis Scribae et Pharisaei, qui aedificatis sepulchra Prophetarum, et ornatis monumenta iustorum, et dicitis: si fuissemus in diebus Patrum, non essemus socii eorum in sanguine Prophetarum; itaque testimonium estis vobismetipsis, qui filii estis eorum qui Prophetas occiderunt. ¿Qué otra cosa son los herejes de este tiempo, sino hijos de aquellos herejes que persiguieron a los santos Padres y criminaron su doctrina? Ni ejecutan otra cosa, cuando provocan con palabras y escritos a los Teólogos más modernos, que aquello que los antiguos herejes maquinaban contra los Doctores sagrados de la Iglesia. Estos ciertamente, herederos de Arrio, de Nestorio y de Maniqueo, mientras persiguen a los Teólogos, colman la medida de sus padres, y hacen lo mismo que censuran en otros.

Articulus II: De essentia theologiae

Tres son, en efecto, y acomodados a la misma razón natural y al orden de las cosas, los elementos del método de enseñanza: que, una vez insinuado y probado que una cosa existe, se investigue y exponga inmediatamente su esencia y naturaleza, fuente y manantial de todas sus propiedades y excelencias.

Así, pues, puesto que ya sobradamente queda patente la necesidad de admitir la doctrina Teológica, debe ahora resolverse si aquel hábito excelente y sublime de la mente goza y se gloría del título de ciencia y sabiduría; lo cual ciertamente cumplimos en el artículo presente, indagando: 1. Si la Teología de Dios y de los Bienaventurados es ciencia verdadera y perfecta. 2. Si nuestra Teología de los viadores posee todos los caracteres de la ciencia perfecta. 3. Si es digna de la denominación de Sabiduría. 4. Finalmente, si está subordinada a la ciencia divina y beatífica.

Quaestio I: An theologia Dei et Beatorum sit proprie dicenda scientia

Por la primera Cuestión del Tom. 3 consta que la Teología tomada en general se divide según el sujeto en Teología de Dios y de los Bienaventurados, y Teología de los Viadores; en la presente debe resolverse si la Teología de Dios y de los Bienaventurados ha de llamarse verdadera y propiamente ciencia; la siguiente Cuestión mostrará si nuestra Teología posee los caracteres de ciencia perfecta.

Nótese 1. Que el Doctor Sutil, en la dist. 4, cuestión única, usa el nombre de ciencia de dos maneras. Primera, por conocimiento verdadero, cualquiera que sea el modo en que se manifieste su verdad; así definió la ciencia Arist., 6. Ethic. c. 1.: Qua anima affirmando vel negando dicit verum. De donde el santo Agustín, lib. 15. De Trin. cap. 12., llama ciencia al conocimiento que recibimos ya por los sentidos ya por relación de otros: Absit, inquit, ut scire nos negemus, quae testimonio didicimus aliorum; alioquin esse nescimus Oceanum; nescimus esse terras atque urbes, quas celeberrima fama commendat. 2. Estrictamente, tal como la usó y definió Arist., 1. Post. cap. 2., diciendo: Scire autem unamquamque rem (scil. non ut Sophistae, per accidens) arbitramur, cum causam propter quam res est, et illius causam esse et fieri non posse ut res aliter se habeat, cognoscere arbitramur. De lo cual infiere el Doctor, cuestión 3. del Prólogo n. 36., que se requieren cuatro condiciones para la ciencia propiamente dicha. Primero, que sea conocimiento verdadero y cierto, por lo cual se distinga del error y de la opinión. Segundo, que verse sobre cosa necesaria, esto es, sobre proposición necesariamente verdadera, para que se separe del arte y de la prudencia, que versan sobre cosas particulares y mudables. Tercero, que proceda por causas evidentes al entendimiento de aquel que raciocina científicamente; para que la ciencia se distinga de la fe divina, la cual ciertamente es conocimiento verdadero, cierto, y de cosa necesaria, al menos consecuentemente, ciertamente por la certeza e infalibilidad del que revela; pero es oscura y enigmática. Cuarto, finalmente, que de causas evidentemente conocidas se extraiga la conclusión mediante verdadero y legítimo discurso silogístico, para que el conocimiento científico difiera de la inteligencia, por la cual percibimos los primeros principios de las cosas no por discurso, sino con sola la aprehensión de los hombres.

Nótese 2. Que aunque el Profeta Real se admire, Quomodo scit Deus et si est scientia in excelso, puesto que los pecadores habían obtenido riquezas, no obstante consta por la fe que hay en Dios una ciencia verdadera, no accidental, como en nosotros y en los Ángeles, sino que es realmente la misma esencia de Dios, y que sin defecto alguno contiene toda perfección absoluta de ciencia. Y aunque ésta sea totalmente indivisible, sin embargo, por razón del objeto y del término puede distinguirse doble: a saber, esencial y totalmente intrínseca, por la cual Dios se conoce a sí mismo; y extrínseca, por la cual conoce las demás cosas fuera de sí, desde sí, y en sí. Ésta a su vez se distingue, según lo acostumbrado, triple: a saber, la ciencia de simple Inteligencia, por la cual conoce las cosas puramente posibles, conforme a aquello de Romanos 4.: Vocat ea quae non sunt tamquam ea quae sunt. La segunda, ciencia de Visión, por la cual conoce las cosas futuras, presentes y pasadas de manera determinada, conforme a aquello del Salmo 138.: Intellexisti cogitationes meas de longe, semitam meam, et funiculum meum investigasti, et omnes vias meas praevidisti. Tu cognovisti omnia novissima et antiqua. La tercera se llama Media, por la cual se dice que conoce las cosas futuras bajo condición, condición que, si se pusiera, la cosa acontecerá; pero si no está presente, la cosa no existirá.

Nótese 3. Que en los Bienaventurados se distingue una doble ciencia: La primera se llama beatífica, y es la Visión Beatífica, por la cual ven clara e intuitivamente en el Verbo divino todos los misterios que sólo oscura y por revelación y fe nos son conocidos aún a nosotros, viadores. La segunda es Discursiva, la cual forman los mismos Bienaventurados a partir de principios conocidos por la luz de gloria, inferiendo conclusiones acerca de Dios mediante el discurso y la luz natural del entendimiento; pues la gloria y la bienaventuranza no destruyen la naturaleza, sino que la perfeccionan; y por tanto permanece íntegra y expedita en los Bienaventurados la virtud discursiva, y consecuentemente pueden usar de ella discurriendo e infiriendo conclusiones Teológicas. El primer conocimiento lo llama san Agustín Matutino, porque es claro, y el primero que tienen los Bienaventurados del objeto beatífico; el segundo se llama Vespertino, porque es el último y sigue al primero, y no tiene tanta luz y claridad cuanto el primero; porque la luz natural del discurso, en que se apoya, no resplandece como la luz de gloria con que aquél es irradiado.

Nótese 4. Que el objeto especial de la Teología, uno es de suyo necesario, y otro de suyo contingente. Se llama primero aquello que por su naturaleza no puede ser otra cosa ni de otro modo, v. g. Dios uno en la esencia, trino en las personas, eterno, infinito, etc. Segundo, aquello que puede ser de otro modo, por ejemplo la encarnación, vocación, santificación, etc., que pudieron absolutamente no ser, si ciertamente Dios hubiera dispuesto y ordenado de otro modo. Aunque esta contingencia, en cuanto son decretadas por Dios y en cuanto subsisten bajo aquella ciencia divina, no puedan no acontecer, no obstante, por naturaleza de la cosa y de suyo no son necesarias; sino sólo desde fuera, y por determinación y conocimiento divinos. De donde la noticia que de tales objetos se forma no es intrínsecamente, y por razón del objeto, simplemente necesaria, sino sólo secundum quid, y por razón de una condición externa. Dichas estas cosas previas, sea

Conclusión primera. — La Teología de Dios puede verdadera y propiamente llamarse ciencia respecto de las tres primeras condiciones que se requieren para la ciencia perfecta, mas no respecto de la cuarta.

Ésta envuelve dos partes, que simultáneamente aprueba el Doctor q. 3. del Prólogo, n. 26.; dice en efecto: Theologia in se non est scientia quantum ad ultimam conditionem scientiae: sed quantum ad alias tres conditiones est scientia in se et in intellectu divino.

La primera parte consta fácilmente; pues aquella noticia es científica que es evidente, y de cosa necesaria. Mas tal es la noticia que Dios tiene, tanto de sí mismo, cuanto de las cosas que abraza y contempla en su infinita entidad: Omnia enim nuda, et aperta sunt coram oculis eius, qui lucidiores sunt super solem, como lo expresa el texto sacro. Es asimismo de objeto sumamente necesario: pues Dios es ente simplemente necesario, imprimiendo en el entendimiento que lo aprehende distinta y perfectamente un conocimiento de sí mismo evidente y cierto; y por consiguiente la noticia que tiene de algún objeto teológico (v. g. de esta proposición, Pater producit Verbum per Dictionem) es conocimiento cierto de objeto necesario, y por causa evidente, a saber, por la naturaleza divina, que es evidente a Dios, y por eso, por este lado, es científica.

Consta también la segunda parte. Pues Dios no puede discurrir: luego no tiene la cuarta condición requerida para la ciencia. Se prueba el antecedente: El discurso perfecto exige tres cosas: primera, que algo sea conocido por otro; segunda, que algo de otro; tercera, que algo después de otro, al menos en el instante de la naturaleza; pero estas cosas desdigan sumamente a Dios, que conoce todas las cosas en un único acto simplísimo; de donde Agustín, lib. 15. De Trinit. cap. 12., habiendo dicho que Dios Padre e Hijo conocen todas las cosas en sí mismos, concluye:

Sciunt ergo invicem Pater et Filius, sed ille gignendo, iste nascendo, et omnia quae sunt in eorum scientia, in eorum sapientia, in eorum essentia unusquisque eorum simul videt. Non particularim aut sigillatim, velut alternante conceptu, hinc illuc, et inde huc, et rursus inde, vel inde huc, atque aliud, atque aliud, ut aliqua videre non possit nisi non videns alia: sed ut dixi, simul omnia videt, quorum nullum est, quod non semper videt: luego como Dios no tiene conceptos alternantes, sino que comprende todas las cosas en un solo acto simplísimo, de ningún modo puede discurrir, ni por tanto tener la cuarta condición requerida para la ciencia perfecta.

Se confirma. Por el Doctor loado. La causación de la ciencia mediante discurso de la causa a lo conocido incluye una imperfección por parte de la ciencia, a saber, que sea un efecto equívoco, y también una potencialidad por parte del entendimiento receptor. Es decir, la ciencia engendrada mediante discurso importa y connota doble imperfección, una por parte de sí misma, otra por parte del entendimiento. — La primera imperfección proviene de que la ciencia discursiva sea un efecto equívoco, porque es producida por una causa más perfecta y de diversa especie, a saber, por la inteligencia o noticia de los principios de los cuales se extrae la ciencia. Ahora bien, la inteligencia es más perfecta y más evidente que la ciencia, porque aquello por lo cual cada cosa es tal, es más tal que ella; y es cierto que la conclusión científica solo es evidente en virtud de la evidencia de las premisas, y por tanto las premisas, que se conocen mediante la inteligencia, son más evidentes que la conclusión. — La segunda imperfección surge por parte del entendimiento, que mediante el discurso Teológico adquiere la noticia científica, y consecuentemente antes estaba privado de tal noticia y estaba en potencia para su recepción; mas esta carencia de noticia y esta potencialidad es una imperfección, y por tanto debe alejarse largamente de Dios: luego Dios no puede discurrir.

Dirás. Discurrir científicamente es conocer una cosa por otra con certeza y evidencia: pero Dios así conoce algunas cosas por otras, por ejemplo los efectos por las causas, y las propiedades por la esencia. Se prueba: Dios conoce las cosas como son: pero los efectos son por las causas, y las propiedades por las esencias: aquellos se producen por las causas, estas emanan de las esencias: luego Dios verdaderamente discurre.

Distingo la mayor. Discurrir es conocer una cosa por otra o dependientemente de otra, de modo que una sea principio y medio de la cognición de la otra, concedo; que sea solamente conocer una cosa procedente de otra y dependiente de otra, niego. Semejantemente distingo la menor: que Dios conoce los efectos dependientes de las causas, concedo: que dependientemente de la cognición de las causas, niego. Pues, como habla S. Dionisio, lib. De divinis nominibus, cap. 7., Non habet Deus peculiarem scientiam sui, aliam vero communem res omnes complectentem, ipsa enim omnium causa seipsam cognoscens, nullo modo ea quae ab ipsa et quorum causa est, ignorabit. Así pues, Dios conociendo las cosas con esta ciencia no las conoce por ciencia de las cosas, sino por ciencia de sí mismo. Y como poco antes había dicho: Scit omnia materialia sine materia, et indivise divisibilia, et unice multa: luego su cognición es intuitiva, no discursiva. Pues para el discurso se requiere que el principio del discurso sea naturalmente anteriormente conocido, y que sea causativo de la cognición de otro (como habla el Doctor en la cuestión 3. del Prólogo n. 27.); porque el discurso es la ilación de una cosa menos conocida desde otra más conocida; lo cual ciertamente no puede convenir a la notitia divina.

Preguntarás. ¿Acaso por defecto de esta condición la notitia de Dios no podría llamarse simplemente ciencia?

Respondo. que sí puede rectamente denominarse así. En efecto, la ilación de una cosa desde otra mediante legítimo discurso no es de la razón intrínseca de la ciencia, sino que solo se desea para ella a causa de la flaqueza del entendimiento creado, que como no es idéntico a su acto, ni puede mediante un único acto simple descubrir a la vez causa y efecto, ni conocer todas las cosas a la vez, de ahí sucede que, para alcanzar la cognición científica, se ve obligado a discurrir de una proposición a otra, infiriendo lo menos conocido de lo más conocido, a causa de la necesaria conexión que percibe entre ambos. Mas como el entendimiento divino no necesita de esto, tampoco su noticia necesita del discurso para ser tenida por científica.

Verdad es que acerca de la ciencia divina entablaremos un discurso más amplio y explícito en el curso de la Obra, por lo cual sea

Conclusión segunda. — La Teología de los Bienaventurados puede verdadera y propiamente llamarse ciencia respecto de las cuatro condiciones prefijadas. Esta es la sentencia expresa del Doctor en el lugar loado n. 27. Hoc potest concedi, inquit, quod Beatus vere potest habere scientiam Theologicam quantum ad omnes conditiones scientiae, quia omnes conditiones scientiae vere concurrunt in cognitione Beatorum.

Se prueba. Primero, pues, es cognición cierta, sin error, puesto que ven a Dios cara a cara y contemplan evidente e intuitivamente la esencia divina. 2. Es sobre objeto necesario, sin mutación; pues en Dios no hay mutación de accidentes ni de existencia, ni oscurecimiento de contingencia y vicisitud. 3. Por causas, pues pueden colegir que Dios es inmenso, v. g. por su infinita esencia, que es causa y fuente de todas las perfecciones y atributos divinos. 4. Por legítimo discurso; pues como ven en la esencia divina las causas y naturalezas primero, con prioridad al menos de naturaleza, que las propiedades y efectos, es cierto que pueden inferir uno de otro.

Lo cual así prueba el Doctor: Essentia subiecti continet virtualiter suas proprietates, et causa suos effectus, potestque eorum ingerere notitiam in omnem intellectum capacem cognitionis illorum: luego ya sea que aquella esencia y causa se vea con luz natural por los viadores, ya sobrenatural por los Bienaventurados, siempre podrá eficazmente producir la cognición de su propiedad y de sus efectos. Subsume el Doctor: Sed omnis veritas et notitia causata in intellectu per aliquid prius naturaliter notum, fit per discursum, quia fit per illationem minus noti a notiori: Discursus enim, inquit, non requirit successionem temporis nec ordinem ipsius, sed ordinem naturae: scilicet, quod principium discursus sit naturaliter prius notum, et ut sic, sit causativum alterius extremi discursus.

Esto es: para el discurso legítimo no se requiere que transcurra algún intervalo de tiempo entre el conocimiento de las premisas y la inferencia y el conocimiento de la conclusión deducida de ellas, sino que basta con que las premisas se conozcan antes por naturaleza, y que contengan virtualmente en sí el conocimiento de la conclusión deducida de ellas.

De donde, aunque los Bienaventurados vean en un único momento de tiempo simultáneamente las esencias y las propiedades, las causas y los efectos, las premisas y la conclusión, no por ello pueden decirse menos que discurren, porque conocen por naturaleza antes la esencia que las propiedades, las causas que los efectos, y las premisas que la conclusión; mas esta prioridad de naturaleza basta para que lo menos conocido se diga inferirse de lo más conocido: luego parece que igualmente basta para formar el perfecto discurso, aunque en verdad apenas pueda entenderse cómo puede hacerse el discurso en un instante, ya que exige un juicio sobre la legítima inferencia de lo consecuente a partir de lo antecedente. Para que esto se manifieste con mayor evidencia

Dirás 1. El discurso involucra varios actos mediante los cuales se conocen los principios y se infiere la conclusión de ellos: pero los Bienaventurados no tienen acto múltiple acerca del objeto de la bienaventuranza, antes con un único y simple acto perciben éste y todas las cosas representadas en él, como afirma San Agustín lib. 15 De Trinit. cap. 16, donde, después de haber dicho: En la bienaventuranza nuestra palabra no será falsa, porque ni mentiremos ni seremos engañados; añade: Quizá también nuestras cogniciones no serán volubles, yendo de unas cosas a otras y volviendo, sino que veremos toda nuestra ciencia en una sola y simultánea contemplación.

Responde el Doctor en el lugar citado. negando la menor, pues tampoco lo afirma Agustín, sino que sólo lo propone dubitando; dijo en efecto fortassis, que es vocablo del que duda, no del que afirma. O bien debe entenderse a Agustín de la visión beatífica, en cuanto se extiende sólo a lo esencial; ésta, en efecto, se contempla con un único y simple acto: pero los atributos y las demás cosas que proceden de la esencia pueden colegirlas mediante un legítimo discurso: pues el Bienaventurado, viendo la esencia divina ilimitada e infinita, puede colegir evidentemente que ella es asimismo inmensa, raciocinando así: Toda entidad infinita es inmensa: pero la esencia divina es entidad infinita: luego es inmensa. La cual conclusión es verdaderamente científica e inferida mediante legítimo discurso.

O finalmente digo que debe entenderse que san Agustín habla del conocimiento beatífico y matutino, que es invariable y siempre el mismo, como probaremos en la sección 4. De invisibilitate Dei, conclusión tercera; y no del discursivo y vespertino, como se observó en el tercer Notabile. Así pues, puede distinguirse en los Bienaventurados una doble Teología: una formalmente incompleja e intuitiva, que es la misma visión beatífica: otra compleja y cuasi abstractiva, que se hace mediante el discurso a partir de principios clara y evidentemente conocidos. La primera es semejante a la Teología de Dios por su simplicidad y visión; la segunda se asimila en cierto modo a nuestra Teología a causa del discurso con que se firma.

Dirás 2. La ciencia debe versar acerca de un objeto necesario: pero la Teología tanto de Dios como de los Bienaventurados, y la nuestra, versa acerca de un objeto contingente, pongamos acerca de la creación de las cosas, la existencia de los Ángeles, el orden, la operación, la palabra, el movimiento, la encarnación, la gracia, los sacramentos, las leyes, las virtudes y otras cosas, todas las cuales son contingentes: luego por la contingencia de su objeto ninguna puede decirse ciencia.

Responde el Doct. quaest. 3. Prologi, n. 28. ciertamente que por defecto de esta condición ninguna de las dos Teologías puede decirse ciencia propiamente, en cuanto la define Aristóteles en el primero de los Posteriores:

sin embargo, dice, puede decirse que para la perfección intrínseca de la ciencia basta que sea evidente y cierta; mas que verse acerca de un objeto necesario, eso le es del todo extrínseco, y procede más bien de parte del objeto que de parte de la ciencia; lo cual consta de ahí, en que la ciencia puede ser contingente aun cuando verse acerca de un objeto necesario; pues mediante el olvido puede borrarse. De donde, si se diera algún conocimiento que de sí fuese cierto y evidente, y en cuanto está de sí, perpetuo, aunque su objeto fuese contingente, parecería más perfecto que la ciencia, la cual, si bien versa acerca de un objeto necesario, con todo, de sí es defectible y variable. Con esta razón, dice el Doctor, ambas Teologías pueden llamarse ciertas, y por consiguiente ciencia perfecta, porque en Dios y en los Bienaventurados tiene certitudine y evidencia perpetuas; en nosotros tiene también una certitudine invariable en razón de la fe, con la cual abre cierta y constantemente las verdades.

O digo de nuevo con el mismo en el mismo lugar.

que las cosas contingentes, en cuanto pertenecen a la Teología, están dotadas por naturaleza de un conocimiento cierto y evidente, y en cuanto proviene de parte de sí, de una evidencia perpetua: porque todas las cosas contingentes teológicas están dotadas por naturaleza de verse en el primer objeto teológico, y en él está dotado por naturaleza de verse el enlace de estas verdades contingentes. Mas la visión de los extremos de la verdad contingente y de su unión causa necesariamente una certitud evidente de tal verdad evidente; también en cuanto proviene de parte del objeto teológico que muestra tales verdades, están dotadas por naturaleza de verse en tal objeto perpetuamente en cuanto está de sí: Luego las cosas contingentes, en cuanto pertenecen a la Teología, están dotadas por naturaleza de un conocimiento más perfecto que la ciencia adquirida acerca de los necesarios.

Sin embargo, indagando allí mismo el Doctor si por esta razón la Teología acerca de los contingentes es verdaderamente ciencia, responde:

Digo, que según aquella razón de ciencia puesta en el primero de los Posteriores, la cual exige necesidad del objeto, no puede haber acerca de ellos ciencia, porque conocer lo contingente como necesario no es conocer lo contingente; sin embargo, según que el Filósofo toma ciencia en 6. Ethicorum, como se dice contra la opinión y la sospecha, bien puede ser ciencia, porque es un hábito mediante el cual decimos determinadamente la verdad. Así pues, la Teología de los contingentes no tiene razón de ciencia propia y perfecta; luego consta que sólo la Teología que versa acerca del objeto necesario puede llamarse verdaderamente ciencia.

Quaestio II: An theologia Viatorum perfectae scientiae characteres habeat

Por la Cuestión precedente consta que la ciencia es doble, a saber, perfecta e imperfecta; consta asimismo que para la ciencia perfecta se requieren cuatro caracteres y condiciones, a saber: que sea cierta sin temor y duda alguna, evidente sin oscuridad, de un objeto necesario sin vicisitud alguna, y por discurso con verdadera y legítima inferencia de una cosa a partir de otra. Mas si la Teología, en cuanto está en nosotros los viadores, posee los cuatro caracteres antes mencionados, es lo que ha de resolverse en esta Cuestión. Pero antes

Debe notarse 1. Que puede asignarse un triple luz por el cual las cosas divinas y sobrenaturales pueden darse a conocer a los hombres aún mortales. La primera es la luz de la fe infusa, por la cual se perciben por espejo y en enigma. La segunda es la luz de la ciencia, o bien infusa divinamente, o bien adquirida a partir de principios revelados con el auxilio de las ciencias naturales, por la cual los peritos y Doctores perciben los misterios de la fe más profunda y abiertamente que los indoctos y rústicos. La tercera, finalmente, es la luz de la contemplación divina, por la cual las mentes purificadas de contagios varios y terrenos son arrebatadas frecuentemente en éxtasis y ven palabras arcanas que no le es lícito al hombre hablar. La primera se asemeja a la luz nocturna, pues la fe es lámpara que alumbra en lugar tenebroso hasta que amanezca el día de la eternidad; la segunda se compara con la Aurora, que en parte disipa las tinieblas y en parte por ellas se difunde; la tercera es semejante a la luz diurna, por la cual todas las cosas se desvelan y hacen manifiestas. Mas si además de esta triple luz se infunde divinamente otra a los Doctores y estudiosos, por la cual les sean evidentes y manifiestos los misterios de la fe, como sostiene Enrique de Gante, se expondrá más abajo.

Notable 2. Que la evidencia (de la cual se controvierte principalmente en la presente cuestión) es la verdad clara y perspicua del objeto, la cual se da a conocer por la conexión necesaria perspicua del predicado con el sujeto. Y ésta es doble, pues una proposición es evidente por sus términos, como todas las proposiciones inmediatas y necesarias de suyo; otra evidente por sus principios, como es la evidencia de la conclusión, que se extrae de principios conocidos evidentemente mediante verdadera demostración. Y esta evidencia por principios se produce de dos modos: primero, cuando procedemos de principios y causas notorios para nosotros a demostrar sus efectos, como ocurre por la demostración a posteriori; segundo, procediendo de los efectos notorios para nosotros al conocimiento de los principios y causas. — Ahora bien, ambos procesos se realizan a partir de las cosas que nos son notorias: el primero, en efecto, a partir de las más notorias por naturaleza; pues como las causas son universales y más remotas de los sentidos, son ciertamente más notorias por naturaleza y en sí mismas, porque contienen virtualmente la verdad y entidad de los efectos, cuya verdad emana de los principios y en ellos se refluye; mas los efectos, por ser más próximos a nuestros sentidos, se dicen también más notorios para nosotros de lo que lo son sus principios; y toda ciencia debe proceder de cualquiera de ambas evidencias. Distingúese, pues, la evidencia de la certidumbre: primero, porque la certidumbre se exige por parte de la potencia, y la evidencia por parte del objeto; segundo, porque todo lo evidente es cierto, pero no todo lo cierto es evidente, pues las cosas que se creen por fe divina ciertamente son ciertas, pero oscuras.

Notable 3. En torno a la resolución de la presente cuestión, sobre varias cosas opinan varios. Pues unos sostienen que nuestra Teología es verdadera y propiamente ciencia; y para confirmarlo, algunos han ideado varios modos de hablar con los cuales probar su evidencia; otros, en cambio, viendo que ella carece enteramente de evidencia, juzgaron que no por ello deja de ser ciencia perfecta, porque (dicen) la evidencia es sólo una condición extrínseca exigida a la ciencia, a saber, para establecer su certidumbre, la cual, si firme por otro lado, no necesita de la evidencia. Qué haya de juzgarse con mayor verdad con el Doctor Sutil, se hará saber; sea

Conclusión primera. — La Teología en nosotros los viadores no debe llamarse propiamente ciencia. Esta es la sentencia del Doctor Sutil, Cuest. 3 del Prólogo n. 30 y en 3 dist. 24 n. 7.

Se prueba 1. La ciencia perfecta es efecto de la legítima demostración; pero la noticia teológica no se engendra por legítima demostración; luego no es ciencia perfecta. La mayor consta. La menor se prueba con estas palabras de Aristóteles, 2 De la Demostración, capítulo último: Por tanto, que no puede saberse por demostración quien no conoce los principios inmediatos, ya se dijo antes. De donde arguyo así: la perfecta demostración debe hacerse desde la conocimiento evidente y cierta de los principios de los cuales se infiere la conclusión; pero el Teólogo no puede tener conocimiento evidente de los principios de los cuales deduce sus conclusiones teológicas, pues aquellos principios son revelados y creídos por la fe, y por consiguiente oscuros y inevidentes, como indica San Pablo, 1ª a los Corintios cap. 13: Ahora vemos por espejo y en enigma.

Se confirma. Nadie, sino un necio o un pertinaz, puede disentir de una proposición perfectamente demostrada; pero de las conclusiones teológicas disienten muchos y las contradicen, como consta de los herejes e infieles, que ríen y rechazan todas las razones teológicas con las cuales nos esforzamos por persuadir los misterios de la fe; luego señal es que tales razones no son perfectamente demostrativas.

Se prueba 2. La ciencia perfecta hace perfecto al sabio; pero la noticia teológica no hace al Teólogo perfectamente sapiente. Pruebo: no ha de llamarse perfectamente sapiente aquel que asiente más a la proposición por la autoridad y veracidad del que revela, que por la legítima inferencia de la conclusión a partir de las premisas; pero el Teólogo perfecto experimenta que su entendimiento se inclina más al asentimiento de la conclusión deducida de los principios de la fe por la infalible autoridad de Dios que revela, que por la legítima inferencia de las premisas; pues adhiere más firme y tenazmente a la conclusión teológica que a cualquier conclusión filosófica, no por la perfección de la inferencia silogística, en la cual en ambas es igual, sino porque se apoya más firmemente en la autoridad de Dios que revela las premisas de la conclusión teológica que en la luz natural que manifiesta los principios de la conclusión filosófica; luego señal es que el Teólogo asiente más por la autoridad que por la inferencia. Mas asentir a una proposición por la autoridad no es conocerla perfectamente, sino creerla; luego la Teología no es ciencia perfecta, pues hace más creyente que sabio.

Se confirma. Por el Doctor en 3 dist. 24 n. 9.: ninguna adherencia voluntaria es científica; pues la ciencia obliga y constriñe al entendimiento a asentir; puesto, en efecto, el asentimiento a las premisas evidentes, el entendimiento queda tan necesitado a asentir a la conclusión que de ningún modo puede disentir, como probamos en Lógica; pero el Teólogo voluntariamente puede suspender su asentimiento, tanto acerca de los principios creídos o artículos de la fe, de los cuales deduce la conclusión teológica, cuanto acerca de la misma conclusión; Pues nada hay más en nuestro poder que creer, dice Agustín, lib. De espíritu y letra, c. 21. Luego tal asentimiento no es científico.

Se prueba 3. La noticia que carece del perfecto y principal carácter de la ciencia no es ciencia perfecta; pero la noticia teológica carece del principal carácter de la ciencia. Pruebo: la evidencia es el principal carácter de la ciencia, pues se define: Conocimiento cierto y evidente; de suerte que así como por la certidumbre se distingue esencialmente del error y de la opinión, así por la evidencia se distingue esencialmente de la fe, tanto divina como humana; antes bien, le compete la certidumbre sólo en razón de la evidencia, puesto que el entendimiento ofrece asentimiento firme a la proposición científica porque ve que se deduce evidentemente de principios evidentes; y por consiguiente consta que la evidencia es el principal y esencial carácter de la ciencia. Mas la noticia teológica no tiene ninguna evidencia. Pruebo: la evidencia de la conclusión nace de los principios de los cuales se deduce; luego donde los principios son inevidentes, es también necesario que la conclusión sea igualmente inevidente, porque la perfección que no está en la causa no puede estar en el efecto; puesto que el efecto recibe toda su entidad de la causa, recibe también de ella su perfección; y por consiguiente, como nadie da lo que no tiene, implica contradicción que principios inevidentes puedan conferir evidencia a la conclusión. Mas los principios de las conclusiones de nuestra Teología no son evidentes, sino revelados y creídos; pues, dice San Pablo, La fe es sustancia de las cosas que se esperan, argumento de las que no aparecen; luego no pueden conferir ninguna evidencia a la conclusión teológica; y por consiguiente, como la Teología carece del principal carácter de la ciencia perfecta, no puede decirse ciencia perfecta.

Para que los adversarios resuelvan este fortísimo argumento, unos y otros proponen variadas respuestas; por eso juzgué que debían ser refutados una por uno, para que más brille y se afirme la verdad de nuestra conclusión.

Primeramente, pues, algunos responden con Enrique de Gante, Quodlibeto 12 q. 2., que los principios de las conclusiones teológicas son ciertamente inevidentes de suyo, pero que se hacen manifiestos por alguna luz como medio entre la luz de la fe y la luz de la visión beatífica; pues Enrique distingue triple luz: la oscura de la fe, la clara de la patria y la evidente de la visión. Compara la primera con la noche, la segunda con el mediodía, la tercera con la aurora, en cuanto que algo tiene de luz y de tinieblas; y dice que esta luz supone, mas no precede a la fe; de suerte que el estudioso de la Teología primero debe creer, según aquello de Isaías 7 conforme a la versión de los Setenta Intérpretes: Si no creyereis, no entenderéis; segundo, debe esforzarse por alcanzar la perfección de penetración de los términos de los cuales constan los artículos de la fe; y esto con el auxilio y estudio de las ciencias naturales; supuesto lo cual, como previa disposición, juzga que aquella luz media se infunde divinamente, por lo cual acontece que el Teólogo percibe más claramente los artículos de la fe que el fiel rústico e ignorante; porque por aquella luz el Teólogo percibe más evidente y mejor los términos de lo creíble de como los entiende el vulgo de los fieles.

Mas esta réplica la impugna el Doctor en la dist. 24, cuestión 1, n. 7. Primeramente, porque ciencia y fe acerca del mismo objeto no pueden darse a la vez, lo cual prueba así: ciencia y opinión no pueden darse a la vez acerca de lo mismo, luego tampoco fe y ciencia. Es claro el antecedente: pues como se combaten mutuamente de modo contradictorio, no pueden subsistir juntas; pero la opinión y la ciencia tienen predicados contradictorios, a saber, certeza y no certeza, ya que la ciencia es conocimiento cierto y la opinión incierta, y en consecuencia la opinión, que tiene no certeza, y la ciencia, que tiene certeza, son incomposibles. También es clara la consecuencia por la misma razón; pues la ciencia tiene evidencia por parte del objeto, y la fe no evidencia: luego, como la evidencia y la no evidencia se contradicen mutuamente, consta que la ciencia evidente no puede subsistir con la fe no evidente, ni por consiguiente la luz evidente que imagina Enrique puede subsistir con la luz oscura de la fe acerca de un objeto absolutamente idéntico.

Se confirma. Según la sentencia de Enrique, aquella luz científica que imagina no puede preceder a la fe, sino que solo la sigue; de donde argumenta así el Doctor: aquella luz científica no puede preceder a la fe, o bien porque los hábitos de ciencia y de fe son incomposibles, y así queda obtenido lo pretendido; o bien por la repugnancia formal de los objetos, y así igualmente queda convencido que fe y ciencia no pueden tenerse a la vez acerca de lo mismo, Porque, dice el Doctor n. 9., los objetos se distinguen igualmente según las razones formales puesta la fe como antes de ella. Y no vale decir que estén juntas como los contrarios en el medio, como los colores extremos en el rubor, porque entonces habría un solo conocimiento mixto y medio resultante de ciencia y fe, pues aquel conocimiento no sería ni de fe ni de ciencia, como el rubor no es ni blancura ni negrura. Pero parece absurdo que entre el conocimiento oscuro y el evidente haya algún conocimiento que ni fuese evidente ni inevidente.

Segundo: puesto que esta luz supone la fe y en ella se apoya, se sigue que, a la pérdida de la fe, perezca también esta luz, y que por tanto no subsista aquella mayor y más clara cognición de los artículos de la fe que había antes en los Doctores que en los rústicos; pero la experiencia misma atestigua que esto es falso, pues cuando alguien teólogo cae en la herejía, él pierde la fe, sin embargo no pierde nada de la cognición de las cosas teológicas que antes tenía: luego aquella cognición teológica no se apoyaba en alguna luz infusa divinamente que pudiera perderse con la pérdida de la fe.

Tercero: desearseía esta luz divinamente infundida o bien para que el entendimiento de los Teólogos se afirmase más asintiendo a los artículos de la fe: mas para eso sería inútil, pues para este firme asentimiento basta la fe infundida; o bien para que el Teólogo se adhiriese tan firme y tenazmente a los mismos artículos que de ningún modo pudiera disentir: pero eso también es falso, pues de otro modo los hombres no podrían caer de la fe una vez fueran Teólogos, cuyo contrario aconseja la experiencia cotidiana, ya que muchos Teólogos aun peritísimos miserablemente caen en la herejía; o finalmente para que los Teólogos tuviesen una noticia más evidente de los misterios y de los artículos de la fe, tanto para instruir a los demás fieles cuanto para defender la misma fe contra los herejes e infieles, que es lo que máximamente parece intentar Enrique: pero también para eso es del todo inútil esta luz, pues basta para ello la luz de la fe con la que percibimos los misterios, y la luz de la razón natural de las ciencias filosóficas, con la cual podemos explicar las verdades creídas por nosotros y extraer de los artículos de la fe, gracias a la filosofía, las conclusiones con las que tanto combatimos a los herejes como defendemos la fe. — Cuarto: aunque se admitiera esta luz, no bastaría para causar una ciencia perfecta y una cognición evidente mediante verdadera y legítima demostración, como demuestra sutilísimamente el Doctor en la dist. 24, n. 11 y 12; tanto porque, para que por esta luz se causara ciencia de esta proposición, v. gr., Dios es trino y uno, sería necesario que primero, al menos por prioridad de naturaleza, se percibieran evidentemente algunos principios inmediatos de los cuales pudiera inferirse esta proposición; pero esta luz no presta eso, pues no se nos aparecen principios evidentemente conocidos de los cuales sea lícito inferir evidentemente la antedicha proposición. Tanto porque si por alguna luz patentesen evidentemente los artículos de la fe, que son principios de las conclusiones teológicas, y se hiciesen manifiestos bajo su propia razón, serían certísimos, no solo por el asentimiento de la fe, sino también por su propia evidencia; y así la Teología sería más cierta que todas las demás ciencias, no solo por la fe, sino también por la evidencia del objeto, cosa que ningún Teólogo admite. Tanto finalmente porque o Dios concede esta luz a todos los que se esfuerzan por entender las Escrituras y los misterios, o solo a quienes quiere, por su buena voluntad. Si lo primero, esa luz, dice el Doctor n. 12., no será milagrosa y sobrenatural, pues cuando Dios confiere algo como causa general y conforme a la disposición de la naturaleza, eso no puede llamarse milagroso ni infundido divinamente, sino naturalmente, así, v. gr., la infusión del alma racional en el cuerpo organizado no se dice milagrosa, aunque la haga solo Dios, porque se hace conforme a la disposición y exigencia de la naturaleza. Si lo segundo, luego, dice allí el Doctor, en vano trabajamos estudiando e investigando la virtud, y mucho mejor sería para alcanzar la Teología que alguien rogara encarecidamente a Dios en los templos que dignara infundirle esta luz, que sentarse entre libros para disponerse, por su laboriosa lectura, a la incierta infusión de esta luz. Consta, pues, que esta luz es enteramente ficticia y vana. — Se confirma. A nadie hasta ahora parece haberse concedido esa luz: luego se afirma gratuitamente. Pruebo el antecedente: Si se hubiera concedido a alguien aquella luz por la cual los términos de los artículos de la fe y los principios de las conclusiones teológicas se hiciesen evidentemente notorios, máximamente al santo Pablo y a San Agustín, que más que los otros parecen haber penetrado y desentrañado íntima y más claramente los divinos misterios; pero ellos mismos testifican que en esta vida mortal no se nos concede ninguna evidencia de los misterios. Pues, dice San Pablo 1 Corint. 13.: Ahora vemos por espejo y en enigma, mas entonces cara a cara. Y San Agustín, Epístola 3, que es a Volusiano, dice:

Tan grande es la profundidad de las letras cristianas, que en ellas progresaría cada día, si me esforzara por aprenderlas solo desde la tierna infancia hasta la decrépita senectud, con grandísimo ocio, sumo estudio y mejor ingenio.

No porque a las cosas necesarias para la salvación se llegue en ellas con tanta dificultad, sino que, cuando cada uno ha conservado allí la fe, sin la cual no se vive piada y rectamente, quedan tantas cosas oscuras por entender a los fieles, con tantos y tan multiplicados velámenes de los misterios, y tanta profundidad de sabiduría late no solo en las palabras con que estas fueron dichas, sino incluso en las cosas que han de entenderse, que les acontece a los muy añejos, agudísimos y ardientísimos por el deseo de aprender lo que dice la Escritura, Eclesiástico 18: Cuando el hombre ha acabado, entonces comienza.

Luego por esto confiesa abiertamente que no percibe evidentemente los términos de los artículos de la fe, ni que por tanto le haya sido concedida aquella luz ideada por Enrique. De donde, tratado 68 sobre Juan, ponderando aquellas palabras: Voy a prepararos un lugar, dice:

La fe es aquella por la cual son purificados los corazones de los que verán a Dios mientras peregrinan, pues cree lo que no ve, porque si ves, no hay fe; al que cree se le acumula el mérito, al que ve se le devuelve el premio. Vaya, pues, el Señor a preparar el lugar, vaya para no ser visto, quede oculto para ser creído, pues entonces se prepara el lugar si se vive de la fe, se desea lo creído, para que, deseado, sea poseído; el deseo de la visión es la preparación de la morada.

Lo mismo tiene en el libro 3 De la verdadera inocencia y en la Epístola a Consencio: La fe, dice, tiene sus propios ojos con los cuales de cierto modo ve ser verdadero lo que aún no ve, y con los cuales ve certísimamente que aún no ve lo que cree; con lo cual confiesa abiertamente que ninguna evidencia puede subsistir con la fe acerca del mismo objeto, y por consiguiente que es ficticia aquella luz científica ideada por Enrique.

Dirás. El mismo San Agustín parece admitir y aprobar esta luz, pues ante estas palabras de Juan, cap. I, Era la luz verdadera, dice: Otra cosa es la luz para creer: otra para entender. Y en el mismo lugar: La luz increada ilumina al hombre con doble luz de sabiduría, con la cual se alimentan de sólido alimento, lo cual tenía el Apóstol que decía: Entre los perfectos hablamos sabiduría, 1 a los Corintios 2. Lo mismo, tratado 39 sobre Juan: Con la fe precediente, que sana el ojo de nuestro corazón, para que lo que entendemos lo captemos sin oscuridad, y lo que no entendamos lo creamos sin duda. Finalmente, contra la Epístola de Fundamento, cap. 24.: Yo profeso la fe católica, y presumo por ella que he de llegar a la ciencia cierta, iluminando ya no hombres, sino Dios intrínsecamente nuestra mente. Luego además de la fe se da otra luz divinamente infundida por la cual se engendra y forma en nosotros la ciencia Teológica. — Respondo. Negando la consecuencia; y a la primera autoridad de San Agustín digo que debe entenderse o de la luz de contemplación e inteligencia, que dijimos en la 3.ª Notable que Dios infunde algunas veces a las mentes purísimas, o a los Pastores y Doctores de la Iglesia, para que perciban con mayor facilidad los divinos misterios, y mediante congruentes razones y semejanzas los expliquen y persuadan a los demás; o de nuestra Teología, que puede llamarse luz de sabiduría, no ciertamente por razón de la evidencia de su objeto, sino por razón del discurso y de la mayor noticia de los términos con que se expresan los artículos de la fe, de donde sucede que se resuelvan fácilmente las razones y argumentos que podrían objetarse en contrario. — A la segunda autoridad digo que puede distinguirse una doble oscuridad: una que se opone a la evidencia, y otra que se opone a la noticia distinta y explícita, que es lo mismo que cognición indistinta y confusa, pues de aquello que solamente confusamente entendemos, decimos que lo conocemos oscuramente. San Agustín habla de la segunda oscuridad, y no de la primera, de modo que quiere que los Teólogos conozcan más expresa y distintamente las cosas de la fe que los rústicos e ignorantes, pero no que las perciban más evidentemente. Pues cuando el rústico oye que Dios es uno en la esencia y trino en las personas, percibe ciertamente que hay tres personas divinas y un solo Dios, pero no sabe qué significa la palabra esencia, ni qué indica precisamente el nombre de persona, cosas que sin embargo son sabidas por el Teólogo gracias a la Metafísica. — A la tercera autoridad digo que San Agustín habla del don de inteligencia y de ciencia, que Dios infunde a su arbitrio a los Pastores y Doctores de la Iglesia para que instruyan a los demás fieles.

Replican algunos, en nuestro Aureolo, q. 1 del Prólogo, artículo primero, que la Teología ciertamente no es evidente por evidencia de objeto, de principios ni de consecuentes, sino de consecuencialidad, de modo que para la evidencia de la ciencia no se requiere que conste evidente que el consecuente se deduce rectamente del antecedente, sino que baste que se conozca que la consecuencia se infiere rectamente de lo premiado conforme a la forma silogística; y esta evidencia de consecuencia se halla en la Teología, ya que el Teólogo puede fácilmente juzgar que sus conclusiones se infieren legítimamente y según las reglas de la forma silogística. — En contra. Primero, es falso que la evidencia, que se requiere en la ciencia, consista en la consecuencia, y no en la illación del consecuente: pues el discurso científico no consiste en el juicio de la consecuencia, sino del consecuente, como demostramos en la Lógica. Segundo, no compete al Teólogo juzgar de la bondad de la consecuencia, pues eso mira del todo al Lógico, sino si el consecuente se infiere rectamente de los Artículos y Principios de la fe. Tercero, la evidencia de la consecuencia no impide que el consecuente sea evidente: luego tampoco hará que el asenso teológico no sea oscuro, y por consiguiente, no obstante la evidencia de la consecuencia, la Teología siempre será oscura.

Replican no pocos, con Francisco de Marchia, en Gregorio, Cuestión 1 del Prólogo, que los principios de la Teología no son ciertamente evidentes por sí, al ser artículos de la fe conocidos solo por revelación; pero que pueden hacerse evidentes desde fuera, y por su resolución en algunos principios evidentemente conocidos. Y dice que estos principios son dos: el primero es este: todo lo que Dios ha revelado es verdadero, que ciertamente es notorio por la luz de la naturaleza, porque la razón natural dicta que la primera verdad no puede engañarse ni engañar. El posterior es este: Dios ha revelado todos los artículos que se nos proponen para creer, el cual igualmente se hace evidente por los milagros obrados para su confirmación. — En contra. Los milagros son motivos solo de credibilidad, y no del asenso de la fe; y demuestran evidentemente que la cosa es creíble, mas no que sea evidentemente verdadera, porque la evidencia de credibilidad nace de la veracidad del que revela; pero la evidencia de verdad proviene de los principios de la misma cosa, la cual, o por sí, o por sus efectos, aparece evidentemente verdadera. De donde, como la evidencia de credibilidad puede subsistir con la inevidencia de la cosa según su entidad: pues si Dios me revelase inmediata y claramente que existe el misterio de la Trinidad, v. gr., ciertamente ese misterio me aparecería evidente como creíble; sin embargo, por ello ese misterio no me sería evidentemente notorio. — Además: aunque por la revelación evidente hubiese alguna evidencia en los artículos de la fe, esta sería del todo extrínseca, y por consiguiente insuficiente para causar evidencia científica en las conclusiones teológicas que de los mismos artículos de la fe han de extraerse; pues la evidencia de la ciencia no ha de buscarse desde fuera y de parte del que testifica y revela, de otro modo el asenso científico no diferiría del asenso de la fe, que se apoya en el testimonio evidente del que dice; sino que ha de tomarse de la evidencia intrínseca y entitativa de los principios de los cuales se deduce la conclusión científica: luego, aunque por la revelación evidente los artículos de la fe fuesen evidentes, su evidencia sin embargo no bastaría para causar la evidencia científica en la Teología, y por ende por esta razón la Teología no puede llamarse ciencia perfecta.

Dirás. Nadie está obligado a creer sino lo que es evidentemente verdadero: mas estamos obligados a creer los artículos de la fe: luego deben ser evidentemente verdaderos. Se prueba la mayor: no estamos obligados a estimar una cosa como verdadera mientras no se nos manifieste suficientemente su verdad: luego no estamos obligados a creerla como verdadera. — Niego la mayor. Pues no solo estamos obligados a creer lo que es evidentemente conocido, sino también lo que es evidentemente creíble, en razón, a saber, de la infalible autoridad del que revela; más aún, si fuera evidentemente conocido, ya no sería creíble, sino cognoscible: y no le prestaríamos asentimiento por la fe, sino por la ciencia. A la prueba digo que basta con que la verdad de la cosa creíble se nos dé a conocer mediante el testimonio infalible del que revela; pero no es necesario que aparezca evidentemente a partir de los términos.

Replican los tomistas, que nuestra Teología se hace evidente por la resolución de sus principios en la ciencia de Dios y de los Bienaventurados, a la cual está subalternada; pues hay que saber —dice santo Tomás— 1. parte, q. 1. art. 2.:

Que hay un doble género de ciencias; pues algunas proceden de principios conocidos por la luz natural del entendimiento, como la Aritmética, la Geometría y otras semejantes; otras en cambio proceden de principios conocidos por la luz de una ciencia superior, así como la Perspectiva procede de principios notificados por la Geometría, y la música de principios conocidos por la aritmética: y de este modo la sagrada Doctrina es ciencia, porque procede de principios conocidos por la luz de una ciencia superior, cual es la ciencia de Dios y de los Bienaventurados.

Con lo cual enseñan abiertamente (dicen los tomistas) que, aunque en las ciencias subalternantes se requiera evidencia formal y actual de los principios, en las subalternadas sin embargo basta la radical, la cual nace por resolución en la subalternante. De donde, como nuestra Teología está subalternada a la ciencia de Dios y de los Bienaventurados, a quienes los artículos de la fe son evidentemente conocidos, basta para su evidencia que aquellos principios se hagan evidentes por resolución. — En contra. Primero, es falso que nuestra Teología esté subalternada a la Teología de Dios y de los Bienaventurados, como probaremos en la Cuestión siguiente: luego se derrama enteramente la réplica de los tomistas. Segundo, para que los principios de las ciencias subalternadas se hagan evidentes por su resolución en la ciencia subalternante, es necesario que ambas ciencias, tanto la subalternante como la subalternada, estén en el mismo intelecto; de suerte que el mismo intelecto pueda resolver los principios de la ciencia subalternada en la subalternante; pues si esta resolución la hiciera Pedro, v. g., ¿cómo podría Pablo conocer que se hace evidentermente, máxime si no poseyera la ciencia subalternante? ¿Acaso percibe evidentermente el ciego el color, porque yo mismo le atestigüe que yo veo el color evidente e intuitivamente? ¿Quién sostendría que el Médico conoce evidentermente este principio de la Medicina, las contrarias se curan con las contrarias, por su resolución en aquel principio Físico, las contrarias se expulsan mutuamente de un mismo sujeto, si él mismo no posee la Física? Pero la Teología de los Bienaventurados no está en nosotros, ni la tenemos comprobada. Luego no podemos resolver evidentermente los principios de nuestra Teología en ella. Tercero, consta por la experiencia que el teólogo no presta asentimiento a una conclusión teológica inferida de los artículos de la fe porque aquellos artículos sean evidentermente conocidos por Dios y los Bienaventurados; sino porque son creídos por él mismo por la fe: luego su asentimiento es inevidente, puesto que se funda únicamente en motivos y principios inevidentemente conocidos; y consecuentemente la noticia teológica por esta razón no puede llamarse evidente y científica.

Responden finalmente algunos tomistas modernos, que nuestra teología no tiene ciertamente el modo y estado de ciencia perfecta, pongamos la evidencia; tiene sin embargo la esencia de aquella, a saber la certeza y necesidad, y por ende puede llamarse ciencia imperfecta en cuanto al modo y al estado, comparativamente a la perfección que puede tener dentro de su propia especie, a saber en el estado de bienaventuranza, cuando venga lo perfecto, y será aniquilado lo que en parte existe. Así, dicen, el niño aunque sea sustancialmente hombre, como carece sin embargo del uso de razón y libertad, no se dice hombre perfecto según el estado. — En contra. 1. La evidencia es carácter esencial de la ciencia, como quedó probado: luego una noticia que no tiene evidencia no puede ser científica. Segundo, es falso que nuestra Teología difiera tan solo por el estado de la Teología de los Bienaventurados, y que aquella pueda alguna vez alcanzar la evidencia, así como el niño puede alcanzar el uso de razón y de libertad; pues nuestra Teología difiere en especie de la Teología de los Bienaventurados, ni permanece la misma en los Bienaventurados, la cual fue en los Viadores, como abajo probaremos: luego si es imperfecta, no solo comparativamente, sino que debe decirse simplemente imperfecta, porque carece de la perfección esencial requerida para la ciencia, la cual en ninguna parte obtendrá.

Responden por fin otros, que nuestra Teología no es ciertamente evidente, pero que la evidencia no se requiere para la razón de ciencia perfecta, salvo bajo la hipótesis de que el entendimiento no tenga otro motivo más excelente con el que se adhiera más firme y tenazmente a la proposición: mas tiene un motivo más excelente con el cual se adhiere más firmemente a los principios teológicos, y queda convencido de la verdad de estos, que sea la evidencia de las proposiciones y ciencias naturales; porque la fe hace que se adhiera a ellos a causa de la primera verdad que revela, la cual es motivo mucho más firme y más convincente para el entendimiento, que la evidencia del conocimiento de los principios de las demás ciencias: luego no se necesita la evidencia para la perfecta razón de la ciencia de la Teología. — Lo confirman. Por Aristóteles, quien hablando de la ciencia, 1. Poster. dice: Que si alguno no tuviese ciencia de las premisas, o algo mayor que la ciencia, no puede ser verdaderamente sabiente. Luego cuando tenga algo mayor que la ciencia, podrá ser verdaderamente sabiente: mas la fe divina es un motivo mayor y más perfecto que la ciencia: luego el Teólogo podrá elicir conclusiones científicas a partir de principios conocidos por la fe divina. — En contra. La ciencia perfecta difiere esencialmente de la fe; mas no por otra razón que por la evidencia: luego o no es ciencia perfecta, o debe tener evidencia. La mayor consta; pues la fe y la ciencia son hábitos esencialmente diversos, puesto que aquella se apoya en la autoridad del que revela, esta en la conocimiento evidente de las premisas; aquella inclina a un asentimiento oscuro sin discurso; esta a un asentimiento claro con discurso filosófico, etc. La menor también es patente; pues no discrepa de ella por la certeza y necesidad, porque ambas son conocimiento cierto y acerca de un objeto necesario, máxime cuando versan sobre Dios subsistente en sí: luego resta que por la evidencia se distinga la ciencia de la fe; y por consiguiente la evidencia compete a la ciencia no hipotéticamente y por accidente, sino esencialmente. 2. Aquella firmeza de asentimiento, que resulta mayor por la fe, que por la evidencia, no hace al entendimiento más pronto y expedito para proponer las razones de su conocimiento, y para demostrarlo a partir de todos los principios notorios, cosa que todo sabiente perfecto debe ejecutar, sino que solo lo hace adherirse más tenazmente a la proposición revelada, de lo que se adhiere a la evidente: luego no lo hace perfectamente sabiente, sino tan solo cierto y creyente; y por consiguiente para la ciencia perfecta no basta la certeza. — A la confirmación digo que Aristóteles por algo mayor que la ciencia no entendía alguna luz sobrenatural, cual es la luz de la fe; pues ese genio de la naturaleza no reconoció cosas sobrenaturales, ilustrado como estaba por la sola luz natural; sino que por aquello mayor quiso significar e indicar el hábito de los primeros principios, o inteligencia, por la cual las premisas son conocidas a veces, y esto con más certeza que por la ciencia.

Dirás. Doctor Subtilis in 3. dist. 24. q. 1., hablando de los Profetas y Apóstoles y demás santos Doctores iluminados por Dios, dijo que tuvieron un hábito, el cual aunque era inevidente, sin embargo por su firmeza y certeza podía llamarse ciencia: dice en efecto n. 17.:

Digo que todo efecto, que Dios puede hacer mediante una causa segunda efectiva, puede hacerlo inmediatamente; ahora bien, si las mismas cosas de que trata la Escritura fuesen claramente aprehendidas e intuitivas, generarían una noticia cierta sin duda alguna; y esta noticia, porque es evidente, se llamaría ciencia. Pero Dios, sin la moción del objeto, puede causar de tal modo una noticia cierta sin toda duda: de suerte que quien tenga tal noticia revelada por Dios no pueda dudar de la verdad de ella; la cual noticia se cree que tuvieron los Profetas, y muchos otros santos en la Escritura. Y tales tuvieron un hábito que prestaba un gran asentimiento, de modo que, permaneciendo aquel, no pudieran no asentir a la verdad; sin embargo aquella certeza no fue evidente por la evidencia de la cosa; porque entonces habría contradicción que semejante noticia y la fe estuviesen juntas a la vez: fue sin embargo aquella certeza tan firme como es la certeza científica, la cual es causada por principios conocidos por la evidencia de los términos.

Luego según su mente un hábito que tiene certeza puede ser científico, aunque sea inevidente: mas la Teología tiene mayor certeza que todas las ciencias naturales; luego con mejor derecho reivindica para sí la dignidad y denominación de ciencia. — Niego la consecuencia. Pues tal no es la mente y sentencia del Doctor; quiere en verdad que los escritores canónicos hubiesen recibido de Dios cierto hábito, con el cual se adherían a las verdades que les fueron reveladas, y ello más firme y tenazmente, que si aquellas verdades hubieran sido elicidas por discurso y demostradas a partir de principios evidentes; no quiere sin embargo que aquel hábito haya sido científico, pues añade: Por eso la ciencia no pudo decirse por la evidencia de la cosa; fue sin embargo mayor certeza que la certeza de la fe, porque la fe no excluye toda duda, sino que alguna duda puede subsistir junto con la fe. Por lo cual es patente que habla no de un hábito que sea ciencia; pues ninguna ciencia tiene mayor certeza que la fe, sino del perfectísimo hábito de fe, que excluía toda absolutamente duda en aquellos varones santos, tal cual no lo excluye el hábito de fe, que ha sido infundido a los demás hombres. De donde, después que añadió que la fe no puede subsistir junto con la ciencia, dice: se tiene sin embargo junto con la fe, en muchos, otro hábito, esto es, nueva y sobreañadida al priori hábito de fe una firmeza y perfección, o modo; con el cual se asiente firmemente a la verdad de la Escritura, y no a una sola verdad a causa de otra, sino a cada- una inmediatamente: mas consta que nadie asiente a la Escritura inmediatamente sino por la fe; y por consiguiente el Doctor habla allí del perfecto hábito de fe, no verdaderamente de algún otro hábito que sea verdadera y propiamente ciencia.

Conclusión segunda. — Nuestra Teología puede llamarse ciencia, del modo en que definió la ciencia Aristóteles, 6. Ethicor. Es patente la verdad de esta conclusión por lo anterior; pues el conocimiento teológico es cierto; más aún, es mucho más cierto que todas las ciencias naturales, como abajo probaremos. Por esta razón los santos Padres llaman a la Teología Ciencia y Princesa y Reina de las Ciencias: más aún, que ella es a la vez ciencia y sabiduría lo afirma en varios lugares san Agustín, máximamente en lib. 14. De Trinitate, cap. 1., donde, tratando de la Teología, dice:

Con la cual ciencia no están dotados muchísimos fieles, aunque con la misma fe están dotadísimos. Pues otra cosa es saber solamente qué debe creer el hombre para alcanzar la vida bienaventurada, la cual no es sino eterna; otra cosa es saber cómo esto mismo ayuda a los piadosos y es defendido contra los impíos, lo cual el Apóstol parece llamar con el propio nombre de ciencia, 1. Corintios 12., diciendo: A otro se le da palabra de ciencia.

Por lo cual consta que nuestra Teología puede llamarse ciencia, en cuanto por ciencia se entiende el conocimiento cierto, de un objeto necesario e infalible, y engendrado por legítimo discurso; mas no en cuanto el conocimiento científico desea también la evidencia del objeto. Si empero reivindique para sí el augusto nombre de Sabiduría, lo mostrará

Quaestio III: An theologia nostra perfectae sapientiae titulo glorietur

Nótese 1. Por Aristóteles, 6. Ethic., cap. 4, se distinguen habitualmente cinco virtudes del entendimiento. La primera es la Inteligencia, por la cual se perciben los primeros principios de las cosas de modo inmediato y per se, y no conocidos por otro. La segunda, la Sabiduría, que es el conocimiento de las cosas divinas por las causas altísimas. La tercera, la Prudencia, que se ocupa de aquellas cosas que han de ser perseguidas como buenas y evitadas como malas por el hombre. La cuarta, la Ciencia, que es un conocimiento cierto y evidente, generado por demostración. Y la quinta, finalmente, es el Arte, que es un hábito que dirige la facultad externa hacia la realización diestra de alguna obra sensible. Es cierto, empero, que la Teología no es Arte; pues no atiende directa ni indirectamente a la fabricación de obra externa alguna. Es igualmente cierto que no es ciencia perfecta, puesto que —como arriba quedó probado— carece de evidencia. Consta también que no es ilustrada con el nombre de Inteligencia, ya que aquella fuerza de percibir los primeros principios del conocimiento no está innata en todos los hombres; antes bien, la Teología contempla las cosas divinas reveladas y descubiertas por beneficio de la fe. Podría, ciertamente, glorirse en parte con el nombre de Prudencia, pues no es menor su parte, la cual se detiene y ocupa en señalar los vicios que deben evitarse, las virtudes que deben seguirse, y en designar los medios que conducen al fin último; sin embargo, dado que su dignidad y naturaleza se conocen por su objeto, a saber, el conocimiento de Dios, de ahí resulta que no debe considerarse que deba llamarse con el nombre propio de prudencia. Resta, por tanto, exponer si puede ser llamada verdadera y perfecta Sabiduría,

Nótese 2. Que la Sabiduría puede distinguirse triple: una ciertamente Profana y viciosa; otra Indiferente y neutra; y otra verdaderamente Sacra y laudable. La primera es la astucia y versatilidad de los hombres mundanos para afianzarse en sus negocios y fortunas. Así, a los Romanos 8.: La prudencia de la carne es muerte; mas la prudencia del espíritu, vida y paz; por cuanto la sabiduría de la carne es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios; de donde Santiago 3.: Esta sabiduría no desciende de lo alto; sino que es terrena, animal, diabólica. La segunda es aquel conocimiento filosófico que versa sobre el ente en cuanto tal y contempla sus especies más nobles, la cual S. Pablo llama humana, 1. ad Corinth. 2.: Mi palabra y mi predicación, dice, no fue con palabras persuasivas de sabiduría humana, sino en demonstración de espíritu y de poder. La tercera es o adquirida o infusa; la primera se llama Teológica, la cual extrae conclusiones de los principios revelados; la segunda, en cambio, es Don del Espíritu Santo, que es luz que desciende del Padre de las luces, dice S. Buenaventura en el libro De septem Donis Spiritus sancti, y la cual, irradiando el alma, la hace Deiforme: pues ilumina la parte intelectiva, inflama la afectiva y robustece la operativa. Hace a la intelectiva hermosa, a la afectiva amena, a la operativa robusta: pues es a un tiempo esplendor y sabor; esplendor que dirige el entendimiento al conocimiento de la verdad, y sabor que eleva el afecto a la sabrosa dilección del bien. De donde allí mismo se define como hábito sobrenatural infuso en el alma por el Espíritu Santo para conocer a Dios y amarle sabrosamente, de la cual Sabiduría aquí no se trata, como tampoco de la profana y natural, sino solo de la teológica.

Nótese 3. Que la Sabiduría adquirida se define rectamente así, según Aristóteles, lib. 1. Metaph., cap. 1, y según el Doctor en el mismo lugar. La Sabiduría es el altísimo hábito de la mente, ocupado en lo universalísimo y dificilísimo, en las causas certísimas de todas las cosas, que evidencia los principios, que ha de apetecerse máximamente por sí mismo y que manda sobre los demás hábitos científicos como sobre servidores. De cuya definición se colega que para la sabiduría perfecta se requieren seis condiciones. Primero, que verse sobre todo lo cognoscible, al menos en género; pues es princesa y moderadora de todas las ciencias, y por ende debe abrir y prescribir sus principios y máximas, al menos en común. Segundo, sobre lo dificilísimo y alejado de los sentidos; pues conocer lo accesible a los sentidos es común a todos, dice Aristóteles; pero indagar lo recóndito y abstruso es propio solo del sabio. Tercero, sobre lo certísimo, o en sí mismo, tales son todos los entes necesarios, o en otro, tales son los contingentes, que son ciertos en la esencia y en la ciencia divina. Cuarto, evidenciando las causas generales de todas las cosas que se saben; pues de ella reciben las demás ciencias la confirmación y evidencia de sus principios. Quinto, debe apetecerse por sí misma; pues las cosas comprendidas entre lo máximamente cognoscible, cuales son las ciencias que versan sobre los primeros principios, son apetecidas por sí mismas. Sexto, finalmente, las demás Ciencias le deben estar sujetas como siervas y servirle. Pero si la Teología de Dios, de los Bienaventurados y de los Viandantes tiene todos estos caracteres, o al menos los principales, para que se resuelva la cuestión, sea

Conclusión única. — La Teología de Dios y de los Bienaventurados tiene los principales caracteres de la perfecta Sabiduría; mas la Teología de los Viandantes carece de evidencia.

Esta Conclusión abarca dos partes, de las cuales la primera la prueba el Doctor en la quaest. 3. del Prólogo, n. 28, donde, habiendo dicho que la Teología no puede llamarse ciencia perfecta en cuanto versa sobre contingentes, añade:

Con mayor razón, empero, puede decirse propiamente que la Teología en sí es sabiduría, porque respecto de los necesarios contenidos en ella, ella misma posee evidencia, y necesidad, y certitud, y el objeto altísimo y perfectísimo. En cuanto a los contingentes, tiene evidente manifestación de los contingentes en el objeto teológico, como vistos en sí mismos; y no tiene evidencia mendigada de otros anteriores: de donde la noticia de los contingentes, tal como se tiene en ella, más se asimila al entendimiento de los principios que a la ciencia de las conclusiones.

Por estas razones el Doctor prueba dos cosas: La primera, ciertamente, que la Teología en sí, y en cuanto está en el intelecto divino y beatífico, tiene todos los principales caracteres de la perfecta Sabiduría, en cuanto versa sobre objetos necesarios. La segunda, que también puede ser llamada inteligencia, en cuanto versa sobre los contingentes. Consta, por tanto, que la Teología así considerada puede decirse sabiduría; a saber, en cuanto la sabiduría es aquel conocimiento que se ocupa evidentemente del objeto certísimo, altísimo y prestantísimo.

Que, empero, también la Teología de los Viandantes (dejada aparte la evidencia) puede decirse sabiduría, se prueba; Primero, ciertamente, por la autoridad de la Sagrada Escritura; pues S. Pablo, 1. ad Corinth. 2., hablando de la Teología, dice: Habemos sabiduría entre los perfectos. Y sabiduría no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que se desvanecen; antes hablamos la sabiduría de Dios en misterio, la cual está escondida, etc. Esto mismo había prometido Cristo Señor a los Apóstoles, Luc. 21.: Yo os daré boca y sabiduría, a la cual no podrán resistir todos vuestros adversarios. En el mismo sentido van igualmente todos los SS. Padres, quienes llaman a la Teología con el ilustre nombre de Sabiduría.

Lo mismo patente por razón. Pues nuestra Teología tiene todas las condiciones que pueden desecharse de la perfecta Sabiduría, si excluyes tan solo la evidencia. Primero, en efecto, es el altísimo hábito y está ocupado en lo universalísimo y prestantísimo; contempla, a saber, a Dios, lo prestantísimo de todos los entes y artífice y fundador de los demás; de donde abre y explica los principios de las cosas, su origen, estado y dirección hacia sus fines por medios congruentes. 2. Versa sobre lo certísimo y máximamente invariable, al menos en razón del medio por el cual se hacen notorios; pues escudriña e investiga lo divino mediante la luz de la fe, mejor que la cual nada puede haber. 3. Escudriña lo dificilísimo; ¿qué hay más difícil de entender y conocer que los misterios de la fe, de los cuales nuestra Teología deduce sus conclusiones? Pues estos misterios la razón natural, por perspicaz que haya sido, no pudo ni remotamente sospechar ni descubrir. 4. Aduce las causas y principios de todas las cosas; pues ella misma trata de Dios como de supremo eficiente y fin de todas; y por ende de la emanación de todas las cosas desde Él, de su conservación, gobernación y dirección congruente hacia sus fines: y así es ciencia de todas las cosas; no ciertamente en universal según la predicación y el conocimiento, como si transmitiera los principios por los cuales se conocerían las cosas singulares; sino porque abre la fuente y principio de todas las cosas, apoyada en la luz divina y sobrenatural de la fe; lo cual es ciertamente mucho más noble y prestante que si transmitiera los conceptos generales y comunes de todas las cosas y sus principios conexos por la luz natural, como hace la Metafísica. Aunque, empero, se ordena a la práctica, sin embargo es apetecida máximamente por sí misma, si se considera comparativamente respecto de las otras ciencias; puesto que no se ordena a ellas para que les sirva: antes bien, las demás se le refieren como siervas, para que le estén subordinadas y le sirvan. Pues esta es aquella divina Sabiduría que envió a sus criadas, a saber, todas las ciencias naturales, a llamar a la ciudadela del conocimiento divino y a la defensa de la fe; como indica elocuentísimamente S. Buenaventura en el opúsculo De reductione artium, et scientiarum ad Theologiam: ergo, puesto que todas las condiciones que pueden desearse en la sabiduría le competen, quitada la evidencia, no sin motivo goza del título de sabiduría.

Dirás 1. La Sabiduría debe enseñar, probar y hacer notorios los principios comunes de las cosas y de las ciencias; pero esto no lo ejecuta nuestra Teología; luego no es sabiduría. — Distingo la mayor. La sabiduría Filosófica y vulgar, la cual se apoya en la luz de la razón y versa sobre los primeros principios notorios de modo evidente y natural, concedo; la sabiduría Sobrenatural, o sea, la que procede con luz sobrenatural, cual es la Teología, niego. Pues por eso la Metafísica, v. g., enseña y prueba los principios de las demás ciencias, porque es del mismo orden natural que ellas, y versa sobre el ente en común y sobre los principios generales de las cosas, en cuanto se hacen notorios naturalmente; mas la Teología, como se apoya en la luz de un orden superior, alcanza también más alto, y no se degrada hasta las ciencias naturales, sino para juzgar de su doctrina, y reprobar cuanto en ellas encontrare ajeno a la verdad, y eliminarlo de las Academias cristianas como dogma perverso. — Añade. Que si la Teología no enseña los principios del conocimiento, enseña al menos los principios de entidad de las cosas; pues trata de Dios como primera causa de todas las cosas, sumo moderador y último fin; y esto tanto en el orden natural como en el sobrenatural. Es también, en cierto modo y de paso, ciencia de todas las cosas en particular, y más perspicaz que cualquier ciencia natural; pues con ocasión del Misterio de la Encarnación trata de la esencia, subsistencia y personalidad; y enseña que la subsistencia y la personalidad están realmente distintas de la entidad del individuo; y asimismo que dos naturalezas pueden subsistir en una misma subsistencia, cosa que ciertamente antes era ignorada del Metafísico. Igualmente, tratando de las obras de los seis días, abre el origen, sitio, estado y dirección de los entes; además indica la naturaleza, dones y propiedades de las especies prestantísimas del ente, a saber, los Ángeles y los hombres. Trata asimismo de los accidentes corporales en el Sacramento de la Eucaristía subsistiendo sin sujeto, de los hábitos de virtud y gracia, etc.; y por consiguiente puede decirse en cierto modo ciencia universal.

Dirás 2. La Sabiduría debe versar sobre lo difícil y alejado de los sentidos; mas la Teología trata de aquellas cosas que fácilmente pueden conocerse y se presentan a los sentidos, pongamos la humanidad de Cristo, el hombre, los Sacramentos, etc.; luego no debe llamarse sabiduría. — Distingo la menor. Que aquellas cosas puedan conocerse fácilmente y ser percibidas por los sentidos, tal como son consideradas exteriormente por el Filósofo y según su constitución natural, pase; pero que sean fáciles de conocer tal como son consideradas por el Teólogo, y en cuanto la humanidad de Cristo está unida personalmente al Verbo divino; asimismo en cuanto los hombres son destinados al fin sobrenatural por medios sobrenaturales; y semejantemente en cuanto los Sacramentos son asumidos por Dios como signos ciertos y eficaces para producir la gracia, etc., estas cosas, digo, niego que sean fáciles de conocer. Pues estas y todas las demás cosas enseñadas en la Teología se hacen notorias y se abren solo por la luz de la fe y por el discurso apoyado en la luz sobrenatural, ante lo cual el hombre con las fuerzas de la naturaleza no puede de ningún modo elevarse; pues, como habla S. Pablo, 1. ad Corinth. 2.: El hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios; porque le son locura, y no puede entenderlas, porque se disciernen espiritualmente; mas el espiritual juzga todas las cosas, y él por nadie es juzgado.

Quaestio IV: An theologia nostra subalternetur scientiae Dei, et Beatorum

Aunque nuestra Teología, a causa de su falta de evidencia, no resplandezca con los títulos de ciencia perfecta, y por ello parezca superflua e inútilmente planteada la presente Cuestión —pues, si no es ciencia, se sigue que tampoco sea ciencia subalternada—, sin embargo, puesto que por su discusión y resolución se afianza más la conclusión precedente, y se debilita con mayor fuerza la opinión de los tomistas, que sostienen que nuestra Teología es ciencia precisamente porque sus principios son evidentes en la Teología de Dios y de los Bienaventurados, a quienes se subalternaría; para cerrar en fin este último refugio, merece la pena demostrar que nuestra Teología de ningún modo se subordina como subalternada a la ciencia de Dios y de los Bienaventurados; y para que esto se haga más evidentemente

Nótese 1. Que entre las ciencias unas se llaman Subalternadas y otras Subalternantes. Las primeras son aquellas que se colocan bajo otra, de la cual dependen en la certeza y evidencia de su objeto y de sus principios; las últimas, en cambio, son las que demuestran evidentemente tales objetos y prueban los principios de las ciencias inferiores. Así, la Medicina se dice subalternada a la Física, porque en la Física se prueban los principios de la Medicina, y se demuestran y explican la naturaleza y propiedades del cuerpo humano, que es su objeto.

Nótese 2. Que para la subalternación de las ciencias se requieren tres condiciones principales. La primera es que el sujeto material de la subalternada se contenga bajo el objeto general de la subalternante, como el cuerpo humano, que es objeto de la Medicina, se contiene bajo el cuerpo natural, que es el objeto general de la Física, a la cual se subalterna la Medicina. La segunda, que la ciencia subalternada considere aquel objeto bajo alguna diferencia accidental, bajo la cual no lo considera la subalternante, en virtud de la cual diferencia el objeto tenga una nueva cognoscibilidad científica, y sea como raíz de nuevas propiedades, que se demuestran en la ciencia subalternada. Así, la Medicina considera el cuerpo natural como sanable, sanabilidad que no es considerada por la Física, y es razón y raíz de todas las propiedades que la Medicina descubre e investiga en el cuerpo humano. La tercera, que la subalternada dependa en la certeza y evidencia de sus principios de la subalternante; de modo que las conclusiones de ésta sean principios de aquélla; donde la ciencia subalternante termina, allí comienza la subalternada, como observa el Doctor, cuestión 3 del Prólogo, número 30; de donde el dicho común: Ibi Medicus incipit, ubi desinit Physicus.

Nótese 3. Que la ciencia subalternada tiene algunas propiedades diversas de las propiedades de la subalternante. La primera es que la subalternante procede de principios per se notos en sí misma; la subalternada, en cambio, de principios notos en la subalternante. La segunda, que la subalternante es superior e independiente, tanto en cuanto al objeto como en cuanto a sus principios por notificar; la subalternada, en cambio, es inferior y dependiente de la subalternante en ambos aspectos. La tercera, que ambas deben y pueden estar en el mismo sujeto e intelecto, porque una debe iluminar a la otra probando y notificando sus principios, lo cual no podría hacerse si la subalternante y la subalternada estuvieran en sujetos diversos; pues así como la subalternada no sería ciencia si sus conclusiones no fueran resolubles en principios evidentemente notos, así tampoco habría ciencia en ese intelecto, si tal intelecto no pudiera resolver las conclusiones de aquella ciencia subalternada en principios evidentemente notos; pero no podría formar esta resolución si no poseyera la ciencia subalternante, que contiene y demuestra los principios de la subalternada; y por consiguiente ambas deben estar en el mismo intelecto.

Conclusión primera. — La Teología de los viadores de ningún modo se subalterna a la ciencia discursiva y teológica de los Bienaventurados.

Esta es la cuestión 3 del Prólogo, n. 30, y en la única cuestión del libro 3, distinción 24, del Doctor Sutil, contra Santo Tomás y sus secuaces.

Prueba del Doctor. Primero: La ciencia subalternada es compatible con la subalternante en el mismo sujeto; pero nuestra Teología no puede coexistir con la Teología de los Bienaventurados; luego no se le subalterna. La mayor es evidente por el tercer Nótese. La menor se prueba: nuestra Teología se apoya en la fe, pues sus principios son los artículos de la fe, de los cuales extrae sus conclusiones; pero la fe no puede coexistir con la ciencia de los Bienaventurados; luego tampoco nuestra Teología, como probaremos más ampliamente en la siguiente conclusión.

Segundo: La ciencia subalternada depende de la subalternante como de una causa; pues las conclusiones de la subalternante son los principios de las conclusiones de la subalternada; éstas, en efecto, se prueban por aquéllas, y consecuentemente son también principios y causas de la ciencia subalternada, porque lo que es causa de la causa es también causa de lo causado; pero nuestra Teología no depende de la ciencia de los Bienaventurados como de una causa. Se prueba: Si la Teología de los Bienaventurados fuese causa de nuestra Teología, será principalmente o por razón del objeto, o por razón de la potencia y del sujeto, o por razón de la luz; pero nada de esto puede afirmarse; pues nuestra Teología no depende de la ciencia de los Bienaventurados como de un objeto ni de una potencia, ya que Dios es el objeto y nuestro entendimiento el sujeto de nuestra Teología independientemente de la Teología de los Bienaventurados. Tampoco depende de ella como de una luz, porque nuestra Teología depende de la luz de la fe. Además, las conclusiones de nuestra Teología se forman y conocen independientemente de la luz de la visión beatífica; y consecuentemente no dependen de ella como de una causa. Luego nuestra Teología no se subalterna a la Teología de los Bienaventurados.

Tercero: La ciencia subalternada no versa per se y primariamente sobre las mismas verdades que considera la subalternante; porque donde ésta termina, aquélla comienza, ya que las conclusiones de la subalternada deben probarse mediante las conclusiones de la subalternante como por principios; pero nuestra Teología versa sobre las mismas verdades de que se ocupa la Teología de los Bienaventurados; pues los misterios creídos, de los cuales deducimos nuestras conclusiones, son los mismos de los cuales los Bienaventurados extraen sus conclusiones, con esta sola diferencia: que los mismos misterios que nosotros conocemos oscuramente por la fe, ellos los conocen clara e intuitivamente por la luz de la gloria. De donde pueden decir: Sicut audivimus (per fidem quae est ex auditu) sic videmus in civitate Domini, etc., Salmo 47.

Cuarto: Quien posee la ciencia subalternada puede, más aún, debe poseer también la subalternante; de otro modo no es perfectamente sabiente, puesto que no puede resolver las conclusiones de la ciencia subalternada en principios evidentemente notos, que se hacen conocer por la subalternante; pues la subalternante es el hábito por el cual se conocen los principios de la ciencia subalternada; mas es imposible adquirir el hábito de las conclusiones si antes no se posee el hábito de los principios; de donde el médico debe dominar la Física, al menos en lo que respecta a aquello que tiene razón de principio respecto de la Medicina. Pero ni podemos nosotros poseer la Teología de los Bienaventurados, ni éstos la nuestra; luego nuestra Teología no se subalterna a su ciencia.

Quinto: la ciencia subalternada considera su objeto bajo alguna razón real accidental, bajo la cual no es considerado por la ciencia subalternante; pues la Medicina considera el cuerpo natural como curable, cosa que la Física no contempla así, y por esta diferencia la Medicina se distingue específicamente de la Física: pero nuestra Teología tiene exactamente el mismo objeto que la Teología de los Bienaventurados, a saber, Dios bajo la razón de Deidad: luego no se le subalterna. — Y no importa que Dios sea visto claramente por los Bienaventurados y conocido por nosotros oscuramente y mediante revelación. Pues estas cosas no producen diversidad real en el objeto: primero, porque esta diversidad no debe buscarse en el objeto, sino en la diversidad de luz, a saber, de gloria y de fe; segundo, porque ser visto claramente es solo una denominación extrínseca, que por tanto no infiere alguna diversidad real en el objeto bajo la cual pueda ser considerado por una ciencia y no por otra; tercero, porque el objeto bajo la razón formal de objeto precede a la ciencia, como la causa al efecto; pues de el objeto y la potencia nace toda noticia: pero Dios como visto claramente no precede a la ciencia bienaventurada, que es visión; antes bien, la sigue, porque de la visión se dice visus. Luego esta razón de lo claramente visto no es razón objetiva especificante ni distinguente esencialmente la ciencia de los Bienaventurados de la nuestra.

Responde Godoy que, aunque en las ciencias naturales la ciencia subalternada debe considerar el objeto bajo alguna razón accidental, que sea razón de nueva cognoscibilidad y raíz de propiedades que la subalternante no considera, sin embargo esta condición no se exige en la Teología. Pues como el objeto de la Teología sea infinito e ilimitado, de sí, y sin adición de alguna diferencia accidental, tiene muchos modos de cognoscibilidad, en razón de los cuales puede terminar diversas ciencias, y ser conocido por una ciencia enteramente sobrenatural, cual es la ciencia de los Bienaventurados; y por otra natural, la cual mediante la luz natural y el discurso deduce sus conclusiones de los principios de aquella ciencia de los Bienaventurados, cual es nuestra Teología. — Contra, primero: se habla en Implicantia diciendo que nuestra Teología pide de su naturaleza la inevidencia, pero que la tiene solo por accidente añadido y por razón de estado; pues lo que se postula de la naturaleza de la cosa le conviene a ella no por accidente y por razón de algo extrínseco, sino por razón de sus principios intrínsecos. Aunque v. gr. el calor en el fuego sea un accidente, sin embargo, porque el fuego exige de su naturaleza el calor, nadie dirá que le conviene solo por razón de estado y desde fuera; y por tanto, o nuestra Teología no pide de su naturaleza la inevidencia, o no la tiene solo desde fuera y por razón de la fe en que se apoya y del estado de viador en que está; sino que la tiene de su razón intrínseca y de los principios de los que deduce sus conclusiones. De donde, así como la evidencia es intrínseca a la ciencia de los Bienaventurados, porque extraen sus conclusiones de principios conocidos evidentemente por la luz de gloria, así la inevidencia es intrínseca a nuestra Teología, porque deduce sus conclusiones de principios conocidos inevidentemente por la fe. — Segundo, aquella oscura revelabilidad no se toma del lado del objeto cognoscible, que de sí nada tiene de oscuro, nada que no sea evidente y evidentemente cognoscible: sino que se busca solo del lado de la luz y del medio, con el cual el mismo objeto es aprehendido claramente por los Bienaventurados mediante la luz de gloria y oscuramente por los Viadores mediante la fe; pero la diversidad de luz no basta para la razón de subalternación, como demostramos en la segunda prueba. — Tercero, esta respuesta se apoya en fundamento falso, a saber, que nuestra Teología y la de los Bienaventurados difieren solo según el estado, de modo que la Teología de los Viadores permanezca la misma en el estado de bienaventuranza, lo cual, para que se resuelva, sea

Conclusión segunda. — La Teología que aquí adquirimos mediante discurso no permanecerá en el estado de bienaventuranza.

Se prueba primero. Por el Apóstol, primera a los Corintios cap. 13., donde, habiendo dicho: La caridad nunca cae, añade: Si hay profecías, serán extinguidas; si hay lenguas, cesarán; si hay ciencia, será destruida. De donde argumento así: la ciencia que el Apóstol indica ha de ser destruida en la patria es la Teología aquí adquirida: luego esta no permanecerá en la patria. Se prueba el antecedente: dice que ha de ser destruida aquella ciencia de la que, hablando antes, había dicho: Si tuviera profecía y conociera todos los misterios y toda ciencia: pero esta es la Teológica, por la cual, en efecto, conoce los misterios mediante conclusiones deducidas de los artículos de la fe, como es patente. Luego sentencia que la ciencia Teológica no permanece en la patria.

Responderás. Quizá con algunos tomistas, del modo en que la ciencia es dicha por el Apóstol ha de ser destruida, como los elementos son dichos por Cristo han de disolverse después del día del juicio: de suerte que, así como los elementos no se disolverán cuanto a la sustancia, sino solo cuanto al modo y al estado, puesto que pasarán del estado más imperfecto al estado más perfecto, así también nuestra ciencia no se destruye cuanto a la sustancia del hábito, sino solo cuanto al modo de oscuridad o inevidencia que aquí tiene. — Contra: esta explicación es enteramente contraria a las palabras del Apóstol, y muy ajena a su mente; primero, porque el Apóstol dice simple y absolutamente que la ciencia ha de ser destruida: mas la destrucción no es sola purificación de la cosa o tránsito de un estado menos perfecto a otro más perfecto, como de los elementos habla Cristo diciendo: El cielo y la tierra pasarán; sino que el verbo destruyo significa desistencia y cese de la cosa, o tránsito del no ser al ser. Segundo, porque dice que la ciencia ha de ser destruida del mismo modo que la profecía ha de ser evacuada; pero es cierto que la profecía de ninguna manera permanece en la patria, sino que falta del todo: luego debe llevarse el mismo juicio sobre la ciencia Teológica. Finalmente, porque el Apóstol da la razón de esta desistencia y destrucción: Porque parcialmente, dice, conocemos y parcialmente profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, será evacuado lo parcial. Esto es, todo lo que ahora conocemos lo sabemos solo en parte mediante la profecía y en parte mediante la ciencia Teológica; la cual, siendo ambas cogniciones imperfectas, por ser oscuras e inevidentes, será evacuada cuando venga la cognición perfecta y evidente bienaventurada: luego sentencia claramente el Apóstol que toda cognición que aquí tenemos de Dios mediante el discurso teológico no subsiste en la patria, sino que cesa.

Se prueba segundo. La fe no permanecerá en el estado de bienaventuranza: luego tampoco nuestra Teología. El antecedente es admitido por todos los Teólogos, y se colegige de estas palabras del Apóstol: Ahora vemos por espejo y en enigma; mas entonces cara a cara. Se prueba la consecuencia: nuestra Teología se apoya en la fe; pues de sus artículos deduce todas sus conclusiones: luego, pereciendo la fe, es necesario que también perezca nuestra Teología; porque la pérdida del fundamento acarrea la ruina del edificio.

Se confirma. Por eso la fe no permanece en la patria, porque, siendo oscura e inevidente, es incomposible con la ciencia bienaventurada y clara visión de Dios: pero nuestra Teología es igualmente oscura e inevidente, y no ya por razón del estado y por accidente (como quieren los tomistas), sino por sus principios intrínsecos y por su razón formal, lo cual pruebo así: tal es la conclusión esencial e intrínsecamente, cuales son los principios de los que se deduce; pero los principios de nuestra Teología son intrínsecamente inevidentes; pues son artículos de fe, los cuales, como artículos de fe, tienen aneja la inevidencia y la oscuridad, puesto que se conocen por sola la fe y la revelación: luego la conclusión teológica es intrínsecamente inevidente; y por tanto no puede subsistir con la visión bienaventurada.

Dirás 1. Ningún hábito se destruye, sino o por sí y para introducción del contrario, como el hábito de templanza se disuelve por el vicio de intemperancia; o por accidente y para la desistencia del sujeto en que está, o del objeto de que trata, o del acto por el cual se forma y vigoriza: pero nuestra Teología no puede perecer en la patria por ninguno de estos modos: luego no cesa, sino que persevera. La mayor es notoria a los Filósofos; la menor consta cuanto a ambas partes: primero, pues, la visión bienaventurada no se opone por sí a nuestra Teología, sino solo por accidente y por razón de diversa luz, de fe y de gloria; segundo, el mismo es el objeto, y la misma la facultad intelectiva y discursiva, tanto en la vía como en la patria: luego, etc. — Niego la menor. Cuanto a la primera parte, pues la visión bienaventurada se opone por sí a la Teología, como lo claro a lo oscuro y lo evidente a lo inevidente, como tantas veces se ha dicho, y por tanto es necesario que, al advenimiento de la visión bienaventurada, perezca toda nuestra Teología, así como al orto del sol las tinieblas se disuelven y se desvanecen.

Dirás 2. S. Jerónimo sentencia que la ciencia Teológica persevera en el cielo, pues en la Epístola a Paulino, exhortando al estudio de la Sagrada Escritura, dice: Aprendamos en la tierra aquellas cosas cuya ciencia persevere con nosotros en los cielos. Y S. Crisóstomo, en el c. 13. de la primera a los Corintios, ponderando las antedichas palabras de S. Pablo, dice: La ciencia no será abolida, sino que cesará de ser imperfecta: luego sienten que la Teología no falta, sino que persevera en el cielo. — Niego la consecuencia. Y a S. Jerónimo digo que él habla de las cosas sabidas, no de la misma ciencia, de suerte que quiere que Paulino se aplique al estudio de los misterios, cuya ciencia evidente y clara debe tener en los cielos. A S. Crisóstomo digo que él quiere que nuestra ciencia, ciertamente, no sea abolida, no porque lo precedente permanezca, sino porque a la desistencia de la cognición imperfecta y oscura suceda una clara y evidente.

Quaestio V: Quodnam sit obiectum theologiae nostrae

Por la Filosofía se ha comprobado que se llama objeto de una ciencia todo aquello que se ofrece o propone al entendimiento para ser conocido por dicha ciencia: se llama también sujeto, no ciertamente de inhesión, es decir, aquel en el que inhiere algún accidente, sino de atribución, porque todas las cosas de las que trata la ciencia se le atribuyen y a él se refieren, ya como partes, ya como propiedades, ya como especies, si es que tiene alguna.

Háyase notar 1. Primeramente, suele distinguirse un doble objeto, a saber, material y formal. El primero se llama así, no porque sea corpóreo y constituido de materia física, sino por cierta analogía que guarda con la materia; pues así como ésta es indiferente respecto de las varias formas por las que es informada, así aquél es indiferente respecto de las varias ciencias por las que puede ser alcanzado y percibido; así, por ejemplo, el mismo cuerpo humano puede llamarse objeto de la Medicina en cuanto curable, de la Física en cuanto natural, y de la Geometría en cuanto extenso. El segundo, empero, es aquella formalidad que ha de encontrarse en el objeto material, por la cual éste se determina a una ciencia determinada; así la naturalidad determina el cuerpo humano a la Física, la curabilidad a la Medicina, la cantidad a la Geometría, etc. Cada uno de ellos es, a su vez, doble: a saber, adecuado, o total, al cual se refieren todas las cosas que se tratan en la ciencia ya como partes, ya como propiedades, ya como causas, ya como efectos, etc.; e inadecuado o parcial, que es considerado sólo desde una parte de dicha ciencia.

Háyase notar 2. El objeto formal —dejando aparte, por ahora, todas sus otras acepciones y usos— puede distinguirse triple: a saber, especificativo, motivo y terminativo. Especificativo, o quo, es aquella formalidad que ha de hallarse en el objeto material, v. gr. la curabilidad en el cuerpo humano, la cual lo determina a la Medicina, y la especifica y distingue de cualquier otra ciencia. Motivo, o quia, es la razón por la cual se mueve el entendimiento a conocer el objeto, y sin la cual no se dispondría a su conocimiento; así, la luz puede decirse objeto moviente de la vista para percibir el color, y los objetos antes mencionados pueden decirse objetivamente mover al entendimiento a prestar asenso a la conclusión: y puesto que la revelación divina, propuesta objetivamente al entendimiento, lo mueve al asenso de fe, puede decirse objeto formal motivo de dicho asenso. Terminativo, empero, o quod, es el todo compuesto del objeto material y del formal, que termina todos los conocimientos que en la ciencia sobre tal objeto se tienen: así, lo curable puede decirse objeto terminativo de la Medicina, porque es la razón que termina todos los conocimientos y conclusiones de la Medicina. — Añádase a esto la razón formal sub qua, la cual, aunque el entendimiento no la atienda en el objeto mientras por la ciencia se ocupa de dicho objeto, con todo, si ésta no estuviese presente, no tendería al objeto por medio de aquella ciencia. Así, la visibilidad es la razón sub qua el ojo percibe el color; pues aunque quien ve el color no vea la visibilidad, sin embargo, si el color no fuese visible, no sería visto por el ojo. Así también la abstracción de la materia es la razón sub qua la Metafísica considera el ente y sus propiedades; porque aunque el metafísico, al considerar el ente y en él la unidad, bondad, etc., no atienda si éstas prescinden de la materia, con todo, si no prescindieran así de ella, aquéllas

no las consideraría el metafísico, dado que el objeto de la Metafísica debe prescindir de toda materia.

Háyase notar 3. Algo puede decirse revelado de dos maneras. Primero, formal, inmediata y explícitamente; así es revelado que Dios es uno en esencia y trino en personas, que el Verbo divino se hizo carne, etc. Segundo, virtual, mediata e implícitamente, cuando, a saber, en la cosa inmediatamente revelada se contiene otra virtual, intrínseca y necesariamente, o bien se sigue de ella, ya como principio, ya como propiedad, ya como efecto, el cual se deduce de aquella por discurso; de qué manera, en esta proposición inmediatamente revelada: Christus est homo, estas otras son virtual y mediatamente reveladas: Christus est risibilis, discursivus, etc., porque la capacidad de reír y de discurrir son propiedades inseparables del hombre.

Hechas estas preliminares, ha de resolverse cuál sea el objeto tanto material como formal de la Teología: en cuya discusión los Príncipes de la Teología disienten de tal modo, que apenas convienen entre sí. Pero para que se manifieste qué pareció más verdadero al Doctor Sutil, sea

Conclusión primera. — Dios es el objeto adecuado de nuestra Teología.

Así lo afirma el Doctor, q. 3. Prologi, n. 7.; aunque allí hable sólo del objeto de la Teología en sí y en cuanto está en el intelecto divino, sin embargo probaré más abajo que siente lo mismo acerca de la Teología que está en nosotros.

Se prueba, pues, la conclusión. Aquello es objeto adecuado de una ciencia que contiene todas las verdades, y a lo cual se refieren todas las cosas que en ella se tratan: pero Dios contiene virtualmente todas las verdades, y a él se refieren todas las cosas que en la Teología se tratan: luego es su objeto adecuado.

Se prueba la menor. Todo lo que en la Teología se enseña mira a Dios subsistente, operante y productor, ya en el orden de la Divinidad, y ello contiene el Primer libro de las Sentencias; ya en el orden de la naturaleza, creando las cosas, gobernándolas y destinándolas a sus fines por medios convenientes a cada una, y esto contiene el Segundo libro; ya en el orden de la gracia, suministrando a los hombres medios sobrenaturales para alcanzar el fin sobrenatural, y de estos trata el Tercer libro. Finalmente, en el orden de la gloria, decidiendo para cada uno premio o suplicios según sus méritos y deméritos. — O bien, como dice nuestro Aureolo, q. 1. Prologi, art. 4., puesto que la Teología trata de Dios y de lo divino, unas cosas pueden llamarse divinas por esencia, otras por participación; algunas se dicen divinas por asunción, como Cristo y su humanidad; otras, empero, por creación y gubernación, como el universo mundo que comprende toda criatura; otras por precepto y prohibición, como las virtudes y los vicios; otras por institución, como los Sacramentos; otras por dirección última, como la visión y dilección beatíficas; por lo cual consta abiertamente que todas las cosas que se tratan en la Teología se refieren a Dios como a objeto adecuado.

Se confirma. Por la refutación de otras sentencias principales: Primero, ciertamente, el objeto de la Teología no son las cosas y los Signos, como afirma el Maestro de las Sentencias en el libro primero, distinción 1., entendiéndose bajo el nombre de signos las cosas que son símbolos de otros; ya sea que produzcan mientras tanto lo que significan, como los Sacramentos; ya sea que sólo signifiquen y prefiguren, como las figuras del antiguo testamento, que significaban los misterios de la nueva ley. Esta sentencia, digo, es con razón rechazada por todos. Pues las cosas son consideradas en sí mismas por la Física o la Metafísica, a las cuales pertenece indagar la naturaleza y propiedades de las cosas; en cuanto, empero, tienen razón de signo, son consideradas o por la Gramática o por la Lógica, a las cuales pertenece abrir la significación de los nombres y de las cosas: luego las cosas y los signos no son el propio objeto de la Teología. Y porque la Teología, según la etimología del nombre, es habla o conocimiento sobre Dios; y por consiguiente las cosas y los signos no pueden ser su objeto, sino en cuanto se apropian a Dios y se emplean para significar las cosas divinas: y así Dios se establece con mayor propiedad como objeto que las cosas y los signos. — Segundo, tampoco la Obra meritoria ni la Salvación del hombre pueden asignarse convenientemente como objeto de la Teología, como quiso Durando, q. 1. y 5. Prologi. Pues las cosas que se tratan en la Teología no se refieren a la obra meritoria, por ejemplo la unidad de la esencia, la trinidad de las personas, etc.: antes bien, las obras meritorias se ordenan a otra cosa; pues se consideran en cuanto proceden de Dios y tienden a Dios. Y porque aunque no hubiese obra meritoria alguna ni salvación alguna que esperar, con todo podría la Teología permanecer incólume; pues un Ángel, o el hombre viador, sin estar iluminado, podría deducir conclusiones teológicas de los objetos a él revelados: luego, etc. — Tercero, finalmente, tampoco Cristo en cuanto Dios hombre se establece legítimamente como objeto de la Teología, como quiso San Buenaventura, q. 1. Prologi, y muchos otros con él: Pues, como dice el Doctor, si Cristo fuese el objeto adecuado de la Teología, se seguiría que cuatro proposiciones no serían teológicas; a saber, las proposiciones necesarias sobre la Persona del Padre y del Espíritu Santo; tales son: Pater generat, Spiritus Sanctus a Patre et Filio procedit; ni tampoco las verdades contingentes que de ellos se forman, verbigracia: Pater creat cum Filio: Spiritus sanctus temporaliter missus est in Apostolos, et per gratiam infunditur in homines iustificatos. — Igualmente tampoco serían verdaderas las proposiciones necesarias acerca de Dios Trino y Uno; verbigracia, Deus omnipotens, et immensus, etc.; ni las contingentes, verbigracia, Deus creat, ordinat et regit mundum, etc.; lo cual, empero, es absurdo: luego también aquello de donde se sigue. La consecuencia es evidente; pues ninguna verdad pertenece a alguna ciencia, sino porque atañe a su objeto, ya como parte subjetiva de él, ya como parte integral o esencial, ya finalmente como su propiedad. Mas ni el Padre, ni el Espíritu Santo, ni la Trinidad de las personas son Cristo, ni parte subjetiva, esencial o integral de Cristo, ni son sus propiedades: luego las verdades sobre ellos no serían propiamente teológicas si Cristo fuese el objeto adecuado de la Teología. La menor es evidente, porque Cristo en cuanto Dios hombre no se considera que comprenda al Padre y al Espíritu Santo, pues es persona distinta de ellos. — Además, puesto que Cristo envuelve y significa a la vez la naturaleza divina y la humana, si fuese objeto adecuado de la Teología, debiendo ser con esto anterior al menos en naturaleza y concepto a todos los objetos particulares que comprende y que a él se refieren, se seguiría que según la naturaleza humana sería anterior al Padre y al Espíritu Santo: pero afirmar esto ningún Católico debe ni puede. — Finalmente, Cristo en cuanto hombre es considerado por las ciencias naturales; por la Metafísica, ciertamente, en cuanto es ente; por la Física, en cuanto corpóreo, etc.; y por ende no podría establecerse como objeto de la Teología, sino precisamente en cuanto es hombre Dios, y así la Deidad sería la razón principal por la cual se establecería como objeto de la Teología. Ergo no Cristo, sino Dios mismo se asigna legítimamente como objeto adecuado de la Teología.

Responde el de Lincoln: Ciertamente Cristo considerado precisa y solamente según la sola naturaleza divina y la humana, no se asigna rectamente como objeto adecuado de la Teología; pero sí, si se le considera según la triple unidad, ya de esencia, la cual tiene con el Padre y el Espíritu Santo; ya de persona, la cual tiene con la naturaleza divina y la humana; ya de cabeza, la cual tiene con la Iglesia sus miembros: pues nada, dice, se trata en la Teología que no se reduzca a una u otra de aquellas unidades. — Empero tampoco por esta razón puede Cristo asignarse como objeto adecuado de la Teología; puesto que, como se dijo, todas las proposiciones tanto necesarias como contingentes que se hacen acerca del Padre y del Espíritu Santo no serían teológicas por esta razón; ya que no pueden reducirse a Cristo según una u otra de aquellas unidades. Luego de esto se seguiría además que Cristo pueda decirse anterior al Padre; pues el objeto adecuado es anterior por prioridad de concepto a los objetos particulares contenidos bajo sí. Por tanto, la consecuencia es que el mismo Dios sea asignado como objeto adecuado de la Teología.

Dirás 1. En la Teología se tratan muchas cosas que no deben ni pueden reducirse a Dios, como los vicios y los pecados: luego Dios no es el objeto adecuado de la Teología. — Distingo el antecedente. Que no deben reducirse directamente, lo concedo; pues no son medios ordenados para alcanzar a Dios, antes bien apartan de su posesión; que no puedan reducirse indirectamente al menos, lo niego; pues los vicios, aunque no tienen a Dios por autor, porque no tienen causa eficiente, sino deficiente, dado que no son efectos, sino más bien defectos de la libertad humana que se desvía del recto camino, sin embargo se refieren a Dios como causa permisora, ordenadora y castigadora. Porque Dios, por su infinita libertad, y para no coartar nuestra voluntad, permite que los pecados se cometan por sabiduría, los ordena a algún bien por providencia, y los castiga por justicia; pues, como dice San Agustín en el tratado 112 sobre Juan, el Dios bueno usa bien de los malos, y hace bienes de los males, y hace buenos a los que salen de los males, y discierne a los buenos de los malos.

Dirás 2. Toda ciencia supone, pero no prueba, la existencia de su objeto: mas la Teología prueba la existencia de Dios, como se verá abajo: luego Dios no es su objeto. — Distingo la mayor. Que la ciencia no prueba la existencia de su objeto a priori y por medio propio e intrínseco, lo concedo: que no la pruebe a posteriori por medio extrínseco, o por los efectos de aquél, lo niego en la mayor. — Asimismo distingo la menor. Que pruebe la existencia de Dios a priori y por sus propios principios, esto es, por los artículos de la fe, lo niego: que la pruebe a posteriori por los efectos, y por los principios de las demás ciencias naturales, para desvanecer la insanía de los ateos, lo concedo; pues la existencia de Dios, en cuanto ente sobrenatural, tal como la considera la Teología, no se prueba por razón alguna, sino que se cree por la fe.

Conclusión segunda. — El objeto formal quod, o sea el especificativo y terminativo de la Teología, es Dios bajo la razón de Deidad.

Lo prueba el Doctor, cuestión 3 del Prólogo, número 7: Dios es objeto especificativo de la Teología bajo aquella razón bajo la cual contiene virtualmente todas las verdades que en ella se tratan; mas las contiene bajo la razón de Deidad; pues todas las verdades que se enseñan y consideran en la Teología son de necesarias o de contingentes; y todas éstas las contiene Dios virtualmente por la razón formal de Deidad.

— Las necesarias, ciertamente; pues la razón por la cual Dios es uno, trino, infinito, eterno, etc., es la misma Deidad; y por esa Deidad evidentemente conocida puede cualquier Bienaventurado demostrar todo lo que conviene a Dios; pues la misma Deidad es fuente y raíz de todo cuanto hay en Dios, y por consiguiente es también la razón por la cual aquello puede probarse convenirle a Dios. — También las contingentes; en efecto, que Dios sea creador, santificador, glorificador, o cualquiera de aquellas cosas que se atribuyen contingentemente, ora al Padre, ora al Hijo, ora al Espíritu Santo, singularmente, o juntamente a toda la Trinidad, no le convienen por otra razón que por la de la misma Deidad, la cual, siendo la primera y fundamental razón de todo lo que hay en Dios, contiene también virtualmente la verdad y cognoscibilidad de todo aquello que de Dios se afirma.

Segundo. Al hábito nobilísimo debe corresponder el objeto nobilísimo, y bajo la razón nobilísima: mas entre los hábitos del entendimiento, la Teología es nobilísima; entre los objetos cognoscibles, Dios es nobilísimo; y la misma Deidad es excelentísima entre todas las razones divinas, por ser raíz y fundamento de las otras: luego Dios bajo la razón de Deidad es el objeto formal de la Teología.

Tercero. Aquello es objeto formal especificativo por lo cual la Teología se distingue de las demás ciencias que miran a Dios: mas sólo por la razón de Deidad se distingue la Teología de la Metafísica, la cual asimismo considera a Dios, no bajo la razón de Deidad, sino bajo la razón de primera causa, de ente infinito, de fin último, etc., como patece por los libros 1 y 12 de los Metafísicos: luego es necesario que la Teología contemple a Dios bajo la razón de Deidad.

Cuarto. Dios es objeto de la Teología bajo aquella razón bajo la cual se ofrece a la fe y a la visión beatífica; pues la Teología pende de la fe y está ordenada a la visión beatífica, y esas noticias se suceden mutuamente: mas todos confiesan que Dios es objeto de la visión beatífica bajo la razón de Deidad, ya que los bienaventurados ven a Dios tal cual es; y paralelamente es objeto de la fe bajo la misma razón; y esto ora inmediatamente, como en aquellos artículos de la fe que versan inmediatamente sobre el Dios Uno o Trino; ora mediatamente, a saber, en aquellos artículos que atañen a la encarnación, nacimiento, pasión, etc., del Verbo, pues tales artículos no versan sobre un hombre puro, sino sobre el hombre-Dios. Luego Dios bajo la razón de Deidad es objeto de la Teología.

Quinto. Finalmente, aquello es objeto formal especificativo de la Teología puesto el cual ella se pone, y quitado el cual perece, permaneciendo incluso los demás otros: mas aunque Dios no hubiera sido Redentor, ni Creador, ni Glorificador, ni hubiera tenido ninguna de aquellas denominaciones que ostenta en el orden de la naturaleza, de la gracia o de la gloria, no por eso habría sido menos intacta la Teología; pues prescindiendo de éstas, el Teólogo habría podido deducir varias conclusiones acerca de Dios, y probar que Dios es eterno porque es inmutable; infinito porque es ente por esencia; inteligente porque es sustancia espiritual: luego, etc.

Dirás 1. Dios no puede ser conocido por nosotros, Viadores, bajo la razón de Deidad: luego tampoco bajo la misma puede ser objeto especificativo de nuestra Teología. Se prueba el antecedente: Dios no puede conocerse bajo la razón de Deidad si no se conocen sus predicados esenciales; mas éstos no pueden ser conocidos por nosotros, como consta: luego, etc. — Distingo el antecedente. Que Dios no puede ser conocido por nosotros bajo la razón de Deidad, distinta, intuitiva y per se, lo concedo: que pueda conocerlo confusa, abstractiva y por especies extrañas que nos conduzcan al conocimiento de aquella divinidad, lo niego; pues, como habla San Pablo a los Romanos 1, lo invisible de Dios se conoce por lo creado del mundo mediante las cosas hechas, y también su eterna virtud y divinidad. Luego su Deidad y sus atributos pueden ser conocidos por nosotros, Viadores, abstractivamente al menos, mediante las especies de las criaturas. Mas este conocimiento abstractivo basta para la razón de objeto científico; de otro modo no podríamos tener conocimiento científico alguno de la sustancia, no digo ya espiritual, sino ni siquiera corpórea; puesto que, como dice el Doctor, cuestión 1 del Prólogo, número 11, ninguna sustancia conocemos en este estado distintamente y por especie propia, sino sólo confusamente y por relación y orden a algún efecto propio de ella.

Dirás 2. La ciencia debe adecuar y comprender su objeto, y conocerlo tanto cuanto es cognoscible: mas nuestra Teología, siendo finita, no puede adecuar a Dios infinito bajo la razón de Deidad: luego bajo esta razón no es su objeto.

Distingo la mayor. Que la ciencia debe adecuar su objeto con igualdad aritmética, tal como una línea bipedal, por ejemplo, es igual a otra línea bipedal, lo niego: que lo haga con igualdad de proporción, esto es, que conozca el objeto tanto cuanto es cognoscible de este modo y por esta ciencia, lo concedo; así, pues, nuestra Teología adecua a Dios bajo la razón de Deidad: porque le atinge y le conoce en cuanto es cognoscible por los principios revelados. Y que esta igualdad de proporción baste a la ciencia, sin que se requiera igualdad aritmética, es evidente; de otro modo la Metafísica nada conocería científicamente de Dios como ente supremo y primera causa; y aun la ciencia de los Bienaventurados no sería perfecta: pues ni la una ni la otra pueden adecuar a Dios aritméticamente, siendo ambas ciencia creada y finita, y Dios infinito e increado.

Dirás 3. El objeto adecuadamente específico de alguna ciencia debe predicarse de todos los objetos especiales que son considerados por esa ciencia: pero la Deidad no se predica de los Ángeles, del Hombre, de las Leyes, de los Sacramentos, de los Vicios ni de las Virtudes, que son considerados en la Teología: luego esto no es el objeto específico de la Teología.

Distingo la mayor. Debe predicarse o en caso recto u oblicuo, concedo; que siempre en recto, niego. A la menor, digo que la Deidad ciertamente no se predica de todo lo antes dicho en recto; pues es verdad que esas cosas no son Dios; pero se predica en oblicuo; ya que son efectos de Dios, o medios conducentes a Dios como a fin sobrenatural.

Dirás 4. El objeto específico y formal debe ser causa y razón formal de todas las propiedades que se demuestran del objeto: mas la Deidad no es causa ni razón formal de la innascibilidad, v. gr. la que está en el Padre; de otro modo, el Hijo y el Espíritu Santo, puesto que tienen la Deidad, serían formalmente innascibles; lo cual es falso. Luego, etc.

Distingo la mayor. O bien por sí e inmediatamente, o mediante otro en el cual se encuentra y por el cual se determina, concedo; que siempre por sí, niego. Pues la naturalidad, v. gr., que es el objeto formal específico de la Física, es razón y causa formal de todas las propiedades que se demuestran del cuerpo humano; no ciertamente por sí, sino en cuanto se determina a tal cuerpo mediante la humanidad.

Similarmente distingo la menor. Que la Deidad no es razón de que la innascibilidad convenga al Padre por sí y en cuanto precisamente es divinidad, concedo; que mediata y en razón de otro, esto es, en cuanto se determina por la relación de paternidad al primer supósito divino, niego.

Dirás 5. No es objeto formal de la Teología aquello al que solo no conviene la razón formal bajo la cual la Teología considera su objeto. Pero esta razón no compete solo a la Deidad. Se prueba: La razón bajo la cual la Teología considera su objeto es la veracidad de Dios al revelar, como se probará en la conclusión siguiente: mas esta no compete solo a la Deidad, sino también a cualquier ente sobrenatural; pues todo ente sobrenatural es revelable igualmente que la misma Deidad: luego la Deidad no es el objeto formal.

Distingo la mayor. Al que solo no conviene esa razón próxima, pásese; que última y remotamente, niego. Y similarmente distinguida la menor, niego la consecuencia. Pues aunque esta razón puede competir inmediata y próximamente a todo ente sobrenatural, sin embargo es cierto que ella ha de referirse principal y últimamente a la misma Deidad: de donde la misma no sólo es objeto revelable, sino que es también fuente de todos los revelables; y esta es revelable por sí, las demás cosas empero por ella, y en razón de ella.

Dirás 6. Esta conclusión contradice abiertamente al Doctor Sutil: pues enseña q. 3. del Prólogo n. 7. que Dios bajo la razón de Deidad es ciertamente objeto de la Teología en sí, o en cuanto está en el intelecto divino: pero n. 12. afirma que el objeto de nuestra Teología es el ente infinito, dice así:

De nuestra Teología, tal como es nuestra, no es menester que se dé un objeto primero sino primero conocido; del cual conocido se conozcan inmediatamente las primeras verdades. Y ese primero conocido es el ente infinito, porque este es el concepto perfectísimo que podemos tener de él, etc. luego juzga que el Ente infinito es el objeto formal específico de nuestra Teología: y no la misma Deidad.

Distingo la consecuencia. Juzga que el ente infinito es el objeto primeramente específico y cuanto al modo de conocimiento, de modo que Dios sea primero y más fácilmente conocido por nosotros bajo la razón de ente infinito que bajo la razón de su Deidad, concedo; cuanto a la verdad de la cosa y a la razón sustancial del objeto específico, que debe contener de sí virtualmente todas las verdades que en la ciencia se tratan, y al cual deben reducirse todas las cosas que en ella hay, niego.

No quiere pues el Doctor que la razón de ente infinito sea absolutamente el objeto formal de la Teología, ora considerada según sí y en el Intelecto Divino, ora en nuestro intelecto; porque esto antes lo había desaprobado e impugnado en n. 9. diciendo:

Que Dios bajo la razón de ente infinito o necesario no puede legítimamente constituirse objeto de la Teología, porque como tal no puede causar todas las verdades teológicas, ni ser medio para demostrar que ellas competen a Dios; pues la infinitud y necesidad del ser no es razón de que Dios sea Uno y Trino, de que el Hijo sea engendrado, de que el Espíritu Santo sea espirado; de otro modo, puesto que conocemos naturalmente que Dios es ente infinito y necesario, también conoceríamos naturalmente que Dios es Trino, que el Hijo es engendrado, y que el Espíritu Santo procede por espiración; pues conocida la causa, puede conocerse aquello a cuyo conocimiento induce. Mas es falso que podamos conocer naturalmente el misterio de la Trinidad, como todos confiesan.

Pero el Doctor con las antedichas palabras en la objeción sólo intenta, o que la razón de ente infinito sea el concepto principal y más notorio que podemos tener de Dios en este estado; pues como Dios es concebido variamente por nosotros, ahora bajo la razón de primera causa, ahora bajo la razón de ente necesario, ahora bajo la razón de omnipotente, ahora bajo la razón de ente infinito, juzga el Doctor que la razón de ente infinito es la principal y más noble entre todas estas razones bajo las cuales Dios puede ser concebido por nosotros viadores.

O en una palabra: juzga el Doctor que Dios bajo la razón de ente infinito es objeto de nuestra Teología comparativamente respecto del modo de nuestro conocimiento; porque más fácil y evidentemente es conocido por nosotros bajo esta razón que bajo la razón de Deidad; mas no absolutamente y según la razón esencial del objeto formal adecuado, a saber, en cuanto es primera razón y como raíz de todas las verdades que en la Teología se tratan: pues estas competen solo a la Deidad, como quedó probado.

Que esta es la mente del Doctor consta claramente, pues añade a continuación:

Sin embargo, porque nuestra Teología trata de lo necesario y es de los mismos objetos de que trata la Teología en sí, por eso se le asigna como sujeto primero en cuanto a esto, que es contener en sí las verdades: y este mismo es el sujeto de nuestra Teología, que es el sujeto primero de la Teología en sí; pero porque aquello no nos es evidente, por eso no contiene estas verdades como conocidas por nosotros. Y proponiéndose a sí mismo esta objeción: Luego Dios bajo la razón de Deidad no es el primer objeto de nuestra Teología, dice: Respondo: es verdad, no es el sujeto primero que da evidencia, sino el sujeto primero que contiene todas las verdades, y está destinado a dar evidencia si él fuera conocido. Por tanto, habla comparativamente y según nuestro modo de concebir; mas no absolutamente y según la razón sustancial y fundamental del objeto formal adecuado; y en consecuencia ni él nos contradice ni nosotros a él; pues nosotros hablamos del objeto formal adecuadamente considerado en sí mismo; y él, en cambio, del objeto según es alcanzado más evidentemente por nosotros. Así también lo concede Smising, q. 2, n. 58.

Conclusión tercera. — El objeto formal quo, o motivo de nuestra Teología, es la verdad o veracidad de Dios al revelar, en cuanto es aplicada e instruida mediante el discurso teológico.

Se prueba. Nuestra Teología no se apoya en la evidencia de su objeto, sino en el testimonio y revelación de Dios; pues deduce sus conclusiones de los principios y artículos de la fe: pero la autoridad y certeza del testimonio se resuelven en la veracidad del testigo, como en el motivo del asenso que alguien presta al testimonio: luego la veracidad de Dios es el motivo del asenso que prestamos a la conclusión teológica; no ciertamente la veracidad sola, de otro modo el asenso teológico no diferiría del asenso de la fe, que se hace solamente por la veracidad de Dios que revela: sino la veracidad aplicada mediante el discurso teológico.

Segundo. Nuestra Teología debe dirigirse hacia Dios con un cierto motivo especial y razón singular, que no compete a otras ciencias: luego, puesto que la teología de los Bienaventurados se dirige hacia Dios clara y evidentemente, y deduce sus conclusiones de principios evidentes; mientras que la fe se dirige hacia Dios para conocerlo oscuramente y solo por la autoridad del que revela: es necesario que nuestra Teología, como media entre ambas, se dirija hacia Dios por la veracidad de éste al revelar aplicada mediante el discurso, a fin de que por la oscuridad de la revelación difiera de la Teología de los Bienaventurados; y por el discurso se distinga del conocimiento de la fe.

Tercero. Por medio de nuestra Teología conocemos a Dios más cierta y verdaderamente que mediante cualquier ciencia natural, por ejemplo la Física y la Metafísica: pero esta mayor certeza y verdad más firme no procede de otra parte sino de que las ciencias naturales se apoyan solo en la luz de la razón, mientras que la Teología se apoya en el testimonio de Dios, que es mucho más firme y verdadero que cualquier luz natural y de la razón: luego el testimonio de Dios que revela es el objeto motivante de nuestra Teología.

Dirás 1. La razón formal motivante del objeto debe serle intrínseca: pero la veracidad de Dios que revela es extrínseca respecto del objeto de la Teología: luego no es su razón motivante.

Distingo la mayor. En las ciencias naturales, que deducen sus conclusiones de principios evidentes y se dirigen al objeto por su evidencia, concedo: en la Teología, que deduce sus conclusiones de los Artículos de la fe, cuya verdad y certeza penden de la veracidad de Dios que atestigua y revela, niego.

Dirás 2. Aquella veracidad se resuelve en la Deidad, pues precisamente ese testimonio es veraz e infalible porque es divino: luego la misma Deidad es también la razón formal motivante de la Teología.

Distingo el antecedente. Se resuelve en la Deidad como en el motivo último y remoto, concedo: como en el inmediato y próximo, niego: pues el primer motivo por el cual asiento a una proposición revelada es la verdad de Dios al revelar; el mediato, en cambio, es su infinita bondad y sabiduría, por lo cual sucede que no puede ser engañado ni engañar: y el último es la misma Deidad. Pues la conclusión teológica se considera verdadera precisamente porque se deduce de principios revelados por Dios: y estos principios revelados son ciertos precisamente porque Dios es veraz y no puede mentir: y no puede mentir precisamente porque, siendo infinitamente sabio, no puede ser engañado, y siendo infinitamente bueno, no puede engañar: y es infinitamente bueno y sabido precisamente porque es Dios: y así, en la razón de Deidad se resuelve últimamente la verdad y certeza de la conclusión teológica.

Articulus III: De proprietatibus, et praecipuis characteribus nostrae theologiae

Ya queda plenamente establecido cuán grande es la necesidad y la majestad de nuestra Teología; resta todavía que examinemos profundamente sus caracteres genuinos y sus afectos. Estos ciertamente son variados; pero consideraremos y ponderaremos los más principales en las cuestiones siguientes.

Quaestio I: An theologia nostra sit speculativa, vel practica

Quaestio II: An theologia nostra sit habitus supernaturalis

Quaestio III: An theologia nostra certior sit, et dignior scientiis naturalibus

Quaestio IV: An theologia nostra sit argumentativa, et adhaesiva

Quaestio V: Quinam sint loci ex quibus theologia argumenta sua depromit

Introductio II: Primi libri Sententiarum methodica explanatio

Tractatus I: De Deo in se subsistente

Disputatio I: De existentia et essentia Dei

Articulus I: De existentia Dei

Quaestio I: An, et quomodo nobis constet Deum existere

Quaestio II: An Deum existere sit per se notum

Quaestio III: An et quomodo demonstrari possit Deum existere

Quaestio IV: Quibus rationibus demonstrari possit Deum existere

Quaestio V: An et quomodo probari possit unicum esse Deum

Articulus II: De essentia, seu de praedicatis quidditativis Dei

Quaestio I: An et quomodo Deus possit definiri

Quaestio II: An rationes Entis, et Existentiae essentialiter Deo competant

Quaestio III: An Deus sit substantia completa, spiritualis, vivens

Articulus III: De ratione formali constitutiva, et ultimo distinctiva essentiae divinae

Quaestio I: An essentia divina ultimo constituatur, et distinguatur per Aseitatem, et Intellectionem, alterutro ex tribus modis statim assignatis

Quaestio II: Quaenam sit ratio formalis ultimo constitutiva, et distinctiva Dei

Disputatio II: De perfectionibus divinis in communi

Articulus I: De divinarum perfectionum conceptu, numero, et praecellentia

Quaestio I: Quot, et quae sint divinae essentiae perfectiones

Quaestio II: Quot, et qualiter divinae perfectiones essentiae divinae competant

Articulus II: De divinarum perfectionum identitate, et distinctione

Quaestio I: An divina attributa idem sint realiter cum essentia divina, an solo nomine ab ea diversa

Quaestio II: An attributa divina tum inter se, tum ab essentia formaliter, et actu distinguantur

Disputatio III: De perfectionibus modificantibus divinam essentiam, seu de attributis negativis

Articulus I: De simplicitate divina

Quaestio I: An Deus sit omnino simplex, et in quo formaliter consistat eius divina simplicitas

Quaestio II: An Deus omnem compositionem realem excludat

Quaestio III: An Deus omnem compositionem metaphysicam excludat

Quaestio IV: An summa simplicitas soli Deo conveniat

Articulus II: De infinitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse infinitum

Quaestio II: An, et quomodo Deus ratione suae infinitatis omnes omnino perfectiones contineat

Articulus III: De immensitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse immensum, et ubique

Quaestio II: An recte inferatur Dei praesentia secundum essentiam in omnibus rebus ex illius in ipsis operatione

Quaestio III: An Deus ratione suae immensitatis realiter sit extra mundum, et in spatiis imaginariis

Articulus IV: De aeternitate Dei

Quaestio I: Quid, et qualis sit aeternitas

Quaestio II: An, et quomodo aeternitas Deo conveniat

Quaestio III: Quomodo Deus ratione aeternitatis creaturae coexistat, et creatura Deo

Articulus V: De immutabilitate Dei

Quaestio I: An Deus sit omnino immutabilis

Quaestio II: An Deus sit immutabilis extrinsece

Articulus VI: De ineffabilitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo Deus sit ineffabilis

Quaestio II: Quae, et quomodo nomina Deo conveniant

Articulus VII: De invisibilitate, et visibilitate Dei tam respectu Viatorum, quam Beatorum

§ I: De possibilitate, et existentia intuitivae visionis Dei

Quaestio I: An Deus sit invisibilis, vel visibilis naturaliter creaturae iam existenti, aut alicui creabili

Quaestio II: An Deus saltem supernaturaliter visibilis sit oculo mentis, et corporis

Quaestio III: An possibilitas divinae visionis intuitivae ratione naturali probari possit

Quaestio IV: An Deus visus fuerit intuitive ab aliquo hac in mortali vita degente

Quaestio V: An viri sancti statim post mortem Deum intuitive videant: et quae fuerit hac de re sanctorum Patrum, et Millenariorum sententia

§ II: De principiis productivis visionis beatificae

Quaestio I: An species impressa Dei sit possibilis, etc.

Quaestio II: An, quid, et quale sit lumen gloriae

Quaestio III: An, et quomodo intellectus concurrat ad formandam visionem beatificam

§ III: De obiecto visionis beatificae

Quaestio I: Quodnam sit obiectum primarium beatae visionis, et quomodo Deus videatur a beatis

Quaestio II: An, et quomodo Beati videant in Deo creaturas

§ IV: Quot, et quae sint beatae visionis proprietates

Quaestio I: An beata visio sit notitia simplex directa, et permanens

Quaestio II: An visiones beatificae sint inaequales, et unde inaequalitas oriatur

Articulus VIII: De incomprehensibilitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo Deus sit incomprehensibilis

Disputatio IV: De divinis perfectionibus affirmantibus, seu de attributis Dei positivis

Quaestio I: An, et quomodo Unitas Deo conveniat

Quaestio II: Quid, et qualis sit entitativa Dei Veritas

Quaestio III: An, et qualiter Bonitas Deo conveniat

Quaestio IV: An, et quae sit Dei Pulchritudo

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