Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente
Claude Frassen (1620–1711)
Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.
Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)
Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)
Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)
Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt
Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)
Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)
El nombre sagrado de Teología, según su uso primario entre los Fieles, designó únicamente aquella doctrina que explicaba y probaba la Divinidad de Cristo Señor: por lo cual San Juan Evangelista fue llamado con el título especial de dignidad Teólogo, porque a semejanza del Águila, volando más alto que los demás, contempló los rayos de la Divinidad de Cristo con luces sin reverberación:
Pues los otros tres Evangelistas, dice Agustín, como caminando con el Señor hombre en la tierra, dijeron poco de su Divinidad; éste, en cambio, desdeñando caminar por la tierra cual águila, se elevó no sólo sobre la tierra y sobre todo el ámbito del aire y del cielo, sino sobre todo el ejército también de los Ángeles y sobre toda constitución de las potestades invisibles, y llegó a aquel por quien fueron hechas todas las cosas.
Con nombre semejante fue alguna vez honrado Gregorio Nacianceno, porque entre los sagrados Doctores fue el que trató con mayor sutileza y sublimidad aquella doctrina acerca de la Divinidad de Cristo Señor: en cambio Teodoreto y cuantos otros Padres griegos se ocupan principalmente en explicar los misterios del Verbo encarnado, confiesan hallarse ocupados no en la Teología, sino en la Economía; por cuanto el misterio adorable del Verbo encarnado pertenece a aquella providencia especial de Dios por la cual nos suministra los medios necesarios para conseguir la eterna salvación.
Mas sucedió, con el decurso sucesivo de los tiempos, que el nombre sagrado de Teología se concedió no sólo a una y otra doctrina que diserta de la Divinidad y Humanidad de Cristo; sino también a aquella que ocupa entre ambas como un lugar medio; por eso fue llamada Escolástica, porque con método académico y ejercitación umbrosa de Disputaciones defiende con la fuerza de los argumentos, en cuanto puede, todos los misterios de la Fe contra los Infielos; separando lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo dudoso, y depura y purifica los dogmas Católicos de las disfrazadas y engañosas aserciones de los herejes.
El primero, empero, entre los santos Padres que parece haber acomodado la Doctrina sagrada a discusiones y argumentos al modo de los Dialécticos, fue San Clemente Alejandrino, varón ciertamente preclarísimo tanto en la literatura sagrada como en la profana, discípulo del célebre Panteno, y Maestro del famosísimo Orígenes en la escuela de Alejandría.
A éste siguieron finalmente muchos varones célebres a la vez por su doctrina y por su piedad; entre los cuales San Dámaso parece haber obtenido la palma, pues hacia el año 739 u 800 recorrió así los sagrados manantiales de esta divina doctrina, que fluían más ampliamente y con mayor abundancia en los escritos amplísimos de los Padres griegos, como en un caudaloso álveo, con ciertos arroyuelos de cuestiones y respuestas, que él, mientras los demás habían escrito en volumen más grande, abarcó en cuatro libritos sobre la Fe ortodoxa.
A éste, tras haberse pasado algunos siglos, a saber, hacia el año milésimo centésimo cuadragésimo, imitó Pedro Lombardo, Obispo de París; pues habiendo recogido las sentencias de los Padres latinos, y especialmente de San Agustín, las ordenó todas tan sabia y metódicamente en cuatro libros, que por esta obra excelsa fue llamado Maestro de las Sentencias.
Tuvo luego diversos Comentaristas e Intérpretes de sus escritos, quienes, desbordando de las aguas de la divina sabiduría, fueron divididos cual ríos del Paraíso en cuatro Cabezas, esto es, en cuatro Academias principales de Teólogos: a saber, la Seráfica y sutil de los Franciscanos, la Angélica de los Predicadores, la Espiritual de los Nominales, y la más libre y desembarazada de los demás.
Todos ellos se llamarán con razón aquellos sesenta valientes que rodean el lecho místico de Salomón, sin duda la Iglesia de Cristo, como los más fuertes de Israel, llevando todos espadas y expertísimos en la guerra, con la espada de cada uno sobre su muslo a causa de los temores nocturnos, es decir, los ataques y acechanzas de los herejes y otros tenebrarios, que los Teólogos Escolásticos, centinelas y guardianes de la Iglesia, prevén, y sacándolos a campo abierto, los traspasan y matan con la agudeza de sus razones: Porque las armas de nuestra milicia (dice el Apóstol) no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de las fortalezas, destruyendo consejos y toda altivez que se eleva contra la ciencia de Dios.
De ahí que todos los herejes, sembradores de cizaña e interpoladores astutísimos de la verdad católica, persigan a los Doctores Teólogos con las burlas más atroces. Pues Wiclef, impíamente no menos que ignorantemente, dijo que las Universidades, los Estudios, los Colegios, las graduaciones y los magisterios fueron introducidos del gentilismo y sólo aprovechan a la Iglesia como el diablo.
¿Quién ignora que Lutero, hombre sumísimo inmundo, llamaba por doquier a la Teología Escolástica ignorancia de la verdad, vana falacia, y a las Academias en que se enseña lupanares del Anticristo? ¿A quién se le oculta cuántas injurias dirige a los Doctores Teólogos, principalmente a los parisinos, Calvino, aquella furia impiedadísima, fanático devoto tras beberlas, villano, mientras los llamó Sofistas, Asnos cornudos, Bestias bípedas y demás cosas de este género?
Pero ¿qué hay de extraño si las tinieblas rehúyen la luz, si los lobos persiguen a los perros, si los venenos desprecian el antídoto? Precisamente por eso están irritados contra la Teología Escolástica y contra sus cultivadores, porque entienden que esa doctrina es aquella Torre mística de David, en la cual penden mil escudos, toda la armadura de los fuertes; esto es, ciertísimo arsenal, de donde se promueven las armas con que tanto la fe católica ha permanecido hasta ahora firme y resguardada contra sus embates, como también sus propios errores son acometidos y derribados.
Pues será siempre, griten cuanto quieran esos tenebrarios, será, digo, siempre la Teología Escolástica luz de la Iglesia, columna de la fe, balanza de la verdad, maza de los errores, espada de las dificultades, rayo de las herejías, antorcha de los misterios y piedra Lídia de la doctrina católica.
Ésta, ilustrada ya con comentarios casi innumerables y doctísimos, encendidas de nuevo y duplicadas las antorchas de los Doctores Franciscanos, especialmente del Doctor Sutilísimo, me atrevo a ilustrarla otra vez, como bajo un resplandor nuevo que nace, con tanta mayor confianza cuanto que oigo a la misma divina Sabiduría exclamar: Los que me elucidaren tendrán vida eterna.
Pero para que no parezca que corro con paso demasiado libre por el estrecho santuario de la Teología sin saludar al huésped, he juzgado que debe comenzarse el ingente trabajo por su breve delineación, como es costumbre. Por lo cual sea