Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente

Claude Frassen

Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente

Claude Frassen (1620–1711)

Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.


Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)

Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)

Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)

Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt

Quienes en cualquier siglo impugnaron las verdades católicas y teológicas.

No creo que sea ingrato para los estudiosos lectores de este nuestro trabajo y obra teológicos proponer, desde el umbral mismo, las varias centurias de herejías por las que siempre fue atormentada la Iglesia y combatida la verdad católica: constará, en efecto, de ahí con cuán firme y estable apoyo de fe se sustentan los dogmas teológicos, que, acometidos por tantos enemigos pestíferos, permanecieron invariables e inconmovibles.

No se me oculta que a algunos sabios y piadosos varones no agrada la recensión de estas nefandas sectas, principalmente de aquellas o ya obsoletas por su antigüedad, o contaminadas por notable fealdad y torpeza; pues semejante recuerdo no sólo es pernicioso, sino muy a menudo mortífero: mientras que con los halagos de una voluptuosidad obscena atrae en parte a los incautos, y en parte empapa contra su voluntad y resistencia a los demás con un cierto soplo y olor de torpeza.

Sin embargo, quienes rehúsan consignar por escrito los dogmas pestíferos de las herejías y confiar a los escritos los recónditos misterios de la iniquidad, parecen, a juicio propio, quitar a la verdad su máximo y singular patrocinio: pues de esto arrancan aquello con lo cual las sectas de mentiras, que reverdecen y reinciden, pueden ser repelidas y derribadas por nosotros con suma eficacia.

Porque quien hubiere comprobado con ciertos testimonios de los antiguos que aquellas nefandas opiniones que de nuevo se propalan fueron ya antes impugnadas y rechazadas por los antiguos Padres y Concilios y por el público consentimiento de los cristianos, se persuadirá sin dificultad de que tales opiniones, como monstruos que se levantan, deben ser muertos y eliminados con toda arte y esfuerzo.

Sería de desear, lo confieso, que aquellas herejías, infames por su torpeza, fueran sepultadas y borrasen del todo de la memoria de los hombres. Pero como a plazos fijos de tiempos resucitan esas hidras tantas veces amputadas y degolladas, y eso máximamente en nuestro siglo, en el que casi toda Europa llora la pérdida de la fe por la peste del error calviniano y luterano que se extiende por todas partes, y en la cual, como en un cloaca del orbe entero, confluyó la inmundicia de las sectas antiguas y recientes: ¿quién no juzgará necesario proveer contra el peligro del mal reincidente los remedios antiguos y ciertos, y señalar el origen y desenlace de la enfermedad letal, para que más fácil y seguramente en otros o se evite o se cure?

No es, sin embargo, ésa mi intención al tejer este índice de las herejías, el de referir sus dogmas envenenados y nefandos y exponer aquí también su impugnación como antídoto; pues eso se hará más aconsejablemente en el decurso de nuestra obra.

Pero me dispongo a trazar solamente una breve cronología de aquellos Tenebriones, seleccionada de los santos Padres, máximamente Agustín, Epifanio, Ireneo, y de historiadores dignos de fe, para que todo lector prudente, al medir nuestro trabajo teológico, vea desde el umbral qué escollos evitar, qué arrecifes debe rehuir.

Advierto además que al tejer este índice no se ha guardado con tanta exactitud el período de los años en que cada uno de los heresiarcas enseñó: pues como en esta materia varían los cronologistas sagrados, de ahí puede acontecer que quien comenzó a escribir primero ocupe en este índice el lugar posterior: pues nos hemos esforzado en referir los errores más que la edad de los errantes, siguiendo la costumbre de los santos Padres antes prefijada.

Cuáles fueron las herejías antes del nacimiento de Cristo Señor.

Afirma S. Epifanio, lib. 1, adversus haereses cap. 5, que ninguna herejía surgió antes de emprendida la edificación de la torre de Babel y de la confusión y división de la lengua humana. Ninguna, dice, herejía hubo en aquel tiempo, ninguna disensión de opiniones, cuando todos eran contados con la sola denominación de hombre, dotados de un solo labio y de una sola lengua. La piedad además y la impiedad estaban únicamente definidas por la ley de naturaleza, o por la voluntad de cada uno acomodada a la naturaleza, y aún no había emergido el error, ni comparado como disciplina, ni transmitido en monumento de escritores. Verdaderamente, pues, ni el Judaísmo ni otra secta alguna procedieron entonces, sino que, por así decirlo, prevalecía aquella fe que hoy persevera en la santa Iglesia de Dios y fe católica, la cual, habiendo vigorizado desde los mismos primordios de las cosas, fue después nuevamente revelada.

De ahí consta que las veinte herejías que el Santo Epifanio numera e impugna en el mismo libro antes de la venida de Cristo, y que reduce a cuatro cabezas, a saber: Barbarismo, Scitismo, Helenismo o Grecismo, Judaísmo y Samaritanismo, deben ser llamadas no tanto herejías cuanto varias contenciones y sentencias sobre la verdad o la religión.

I. Barbarismo, dice, en la Epístola a Acacio, que perduró desde Adán durante diez generaciones y los tiempos de Noé. Este Barbarismo se llama así porque aquellos antiquísimos mortales no tenían autor alguno de las cosas ni vivían en concordia entre sí; sino que cada uno instituía su vida según su voluntad, y cada cual se proponía como ley su propia naturaleza y arbitrio.

II. Scitismo desde los tiempos de Noé hasta la edificación de la Torre y de Babilonia, y tras la torre aún por pocos años prevaleció, es decir, hasta Faleg y Ragau, quienes, pasando a Europa, penetraron en Escitia y naciones semejantes desde los tiempos de Taré y más adelante, de quien los tracios tienen su origen.

III. Helenismo comenzó en los tiempos de Serug; de donde tomó inicio el culto de los ídolos. Y como entonces cada uno era conducido por falsa superstición, después los hombres se pasaron a un uso más civilizado, y a leyes determinadas, juntamente con ritos de simulacros. Por prescripción de estos se forjaron dioses para sí. Y al principio solían pintar con colores e asimilar a aquellos a quienes habían tenido en alguna honra, ya tiranos o embaucadores, que habían hecho algo memorable en su vida y dado ilustre ejemplo de fortaleza y vigor; pero después, desde el tiempo de Taré, padre de Abraham, propagaron el mismo error de idolatría mediante simulacros y estatuas. En efecto, honrando a sus mayores con simulacros, y también a los muertos, primero labraron estatuas con arte alfarera; luego la industria llegó a imitar todas las artes. Pues también los arquitectos con piedras labradas, los plateros y orfebres, y asimismo los herreros, cada cual con su materia, y los demás a continuación, elaboraron efigies. Los primeros de todos fueron los egipcios y babilonios, y también los frigios y fenices, autores del culto supersticioso y de los simulacros y misterios. De ellos pasó casi todo a los griegos.

Ya entonces desde la época de Cécrope y sucesivamente, pero después tras un largo intervalo, comenzaron a celebrar a Saturno, Rea, Júpiter, Apolo y los demás dioses.

El Helenismo, a su vez, se divide en cuatro sectas: pitagóricos, platónicos (de los cuales surgieron los peripatéticos), estoicos y epicúreos, división que es también de Clemente de Alejandría.

IV. Los samaritanos tuvieron una religión mixta, del judaísmo y del gentilismo, y estuvieron divididos en cuatro sectas por la diversidad de sus fiestas. Éstos son: los Gorothenos, Sebueos, Esenios y Dositheos; de ellos también hace mención Tertuliano.

Para qué fin, sin embargo, haya asignado Epifanio los Esenios a los samaritanos, apenas puede adivinarlo nadie, por experto que sea. Pues que pudo haber existido cierto género de Esenios distinto de aquellos notados y más santos, lo probaría yo ciertamente si existiera en Filón o Josefo, que escribieron con suma exactitud sobre los géneros, institutos y costumbres de los Esenios, algún vestigio de estos nuevos y posteriores. Ahora bien, puesto que ni éstos ni otro alguno significó ni mínimamente que los Esenios tuvieron algo común con los samaritanos, y puesto que entre las sectas de los judíos son contados los Esenios por Josefo, aparece primero que ninguna secta de Esenios hubo entre los samaritanos, y que Epifanio no entendió otro género de Esenios que pudiera asignar a los samaritanos, sino aquellísimo célebre y muy alabado, cuyas instituciones Filón y Josefo ampliísimamente describieron. Aunque después recuerda a los Osenios entre los judaicos, que parecen ser los mismos que los Esenios.

V. Las sectas de los judíos fueron en número de siete, y la primera los Escribas, peritos de la ley, y observantes de las tradiciones, que recibidas de los mayores llamaban παραδόσεις, y sostuvieron todos los ritos con mayor superstición y diligencia que los demás, ritos que no habían aprendido de la ley, sino que se habían impuesto a sí mismos, como singulares cultos de justicia legal, ac ceremonias.

Fariseos, a quienes puede interpretarse como separados, quienes, habiendo profesado santísima manera de vida, parecían sobresalir de los demás en probidad; en ellos, igual que en los Escribas, se defiende la resurrección de los muertos. Los mismos no niegan que hay ángeles y Espíritu Santo. Ostentan un excelso instituto de vida. Aceptan la continencia por tiempo determinado, y también la virginidad. Ayunan dos veces cada semana, lavan frecuentemente vasijas, platos y copas, como solían también los Escribas. Además ofrecer diezmados y primicias, orar sin cesar: afectar con más curiosidad ciertos cultos y géneros supersticiosos de vestiduras: tales son las dalmáticas y colobios, y ciertas filacterias más anchas, es decir, segmentos y flecos púrpureos, y granadas pendientes de los bordes de las vestiduras, que presentaban como señales de aquella continencia temporal. Finalmente, los mismos introducían las Génesis y el hado.

A los Saduceos se les dio el nombre por la justísima justicia. Quienes del género de los samaritanos tuvieron origen de cierto sacerdote llamado Sadoc. 1. Condenan la resurrección de los muertos. 2. Niegan radicalmente a los ángeles y al espíritu; en lo demás semejantes a los judíos. Pero debe observarse que hubo dos Sadoc, uno que vivió en tiempo de David y Salomón, y otro que fue discípulo de Antígono, como afirma el Rabí Elías en Thisbi, el cual, apartándose de su preceptor y de las sagradas instituciones, dio origen a la secta de los saduceos; aunque quizá prefiriesen los saduceos profesar que descienden de aquel primer y antiquísimo Pontífice que de este segundo tránsfuga.

Los Hemerobaptistas nada discreparon de los judíos excepto en esto solo, que decían que nadie podía ser partícipe de la vida eterna si no se lavaba cada día.

Los Osenios, cuyo nombre significa los más insolentes, hacían todo según prescripción de la ley, pero además empleaban otras Escrituras, y rechazaban a la mayoría de los profetas posteriores.

Nazarenos, si quieres interpretarlos, puedes entenderlos como los que: 1. prohíben por completo el uso de la carne, 2. se abstienen de los animales, 3. admiten como suyos a todos los Patriarcas que en el Pentateuco se contienen desde los tiempos de Moisés y de Jesús hijo de Nave, y les prestan la fe, tales como Abraham, Isaac y Jacob, y a todos los anteriores a ellos, así como al mismo Moisés con Aarón y Josué. Además no creen que aquellos cinco volúmenes sean de Moisés, y jactan de tener otros distintos de éstos.

Herodianos: como sobresalían en todo entre los judíos, profesaban que Herodes era el Cristo, y le atribuían la dignidad y el nombre de Cristo. Esto dice San Epifanio en el lugar citado.

Debe saberse, dice Tostado en cap. 23 Matth. q. 22., que aunque aquí se ponen Escribas y Fariseos como distintos, sin embargo no se distinguen entre sí como el fariseo y el saduceo, o sea como opuestos, porque ningún fariseo es saduceo ni viceversa, pues eran sectas disjuntas y casi opuestas; sino que se distinguen como el Gramático y el Dialéctico, porque aunque ser gramático es una cosa y ser dialéctico otra, sin embargo el mismo puede ser gramático y dialéctico. Así también, aunque ser Escriba es otra cosa que ser fariseo —pues ser Escriba es ser sabio en la ley, y ser fariseo era tener cierto modo determinado de vivir y una secta—, sin embargo acontece que el mismo sea fariseo y Escriba, esto es, docto en la ley.

De ahí que Maldonado, ad cap. 2. Matth., enseñe que los Escribas fueron propiamente notarios públicos, cuyo oficio era doble: uno, redactar instrumentos públicos; otro, interpretar las Sagradas Escrituras y defenderlas de la corrupción.

Hacia el año de Cristo 30. apareció Theudas, judío del cual se hace mención en los Hechos 5., que se jactaba de ser profeta, y afirmaba que con su palabra podía dividir y detener el Jordán; se le habían adherido unos cuatrocientos varones; pero cuando hubo sido muerto, todos los que creían en él fueron dispersados y reducidos a nada. Después de éste surgió Judas el Galileo, enseñando que todos los magistrados de los judíos debían ser suprimidos, y que sólo debía tenerse a un solo Dios por Señor y rey, como allí mismo se nota, así como en Josefo, lib. 3. Belli Iudaici.

Herejesarcas del primer siglo.

La primera de todas las herejías (dice el santo Epifanio) que desde el tiempo de Cristo han surgido hasta esta edad fue la de Simón Mago, hacia el año de Cristo 1., del cual se hace mención en los Hechos 8; bautizado por Felipe, al ver que por la imposición de las manos de los Apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero para recibir la potestad de conferir el mismo Espíritu Santo; habiendo recibido de ellos repulsa, se entregó del todo a las artes mágicas, y con ayuda de los demonios engañó a muchos; enseñaba en efecto que él era Dios, que había aparecido en Samaría como Padre, en Judea como Hijo, y entre los gentiles como Espíritu Santo; afirmaba que Dios no había creado este mundo, negaba la resurrección de la carne, y como era por naturaleza más inclinado a Venus, persuadía de que indiferentemente debía usarse de las mujeres. Habiendo hallado pues cierta mujerzuela vagabunda, patria de Tiro, llamada Elena, se unió con ella, fingiendo públicamente que no tenía trato alguno con ella, mientras que en secreto se revolcaba en todo género de lujurias. Fabulaba además que su ramera era el Espíritu Santo, el cual, deslizándose del cielo a la tierra para combatir a los Principes Ángeles que habían creado el mundo, había sido atado por ellos a la carne, por lo cual había asumido varias formas con el transcurso de los tiempos; afirmaba que ella era la misma Elena por cuya causa ardió la guerra entre griegos y troyanos, la llamaba a la par Minerva y Sabiduría de Dios, y también la oveja errante que, para buscarla y reducirla al cielo, había venido a las tierras como buen Pastor. De ahí ofrecía a sus discípulos para adorar su imagen bajo el simulacro de Júpiter, y la de Elena bajo la figura de Minerva, imágenes que él mismo había hecho erigir en Roma por autoridad pública, como simulacros de dioses, entre dos puentes del Tíber, con esta inscripción: Simoni Deo sancto. Pero cuando con ayuda de los demonios intentó volar a los cielos para engañar a los romanos y probar así que era el verdadero Dios, fue precipitado a tierra por el santo Apóstol Pedro.

Pseudo-apóstoles recibían así el Evangelio acerca de Cristo, mientras sostenían que entretanto la observancia de la ley era necesaria para la salvación. Contra ellos se celebró primeramente el Concilio de los Apóstoles en Jerusalén, Hech. 15. En el número de éstos estuvieron quizá aquellos Tebutenos, Cleobianos, Dositheanos, Gorothenos y Masboteos, de los cuales trata Nicéforo según Hegesipo.

Nicolaítas, de los cuales se habla en el Apocalipsis 2., fueron nombrados por Nicolás, uno, según se refiere (dice San Agustín), de aquellos siete que los Apóstoles habían ordenado Diáconos. Éste, siendo censurado por el celo de su bellísima esposa, se dice que, como para purgarse, permitió que quien quisiera usara de ella, lo cual, hecho suyo, se convirtió en secta turpísima, en la que agrada el uso indiferente de las mujeres. De ahí enseñaban que era lico fornicar, comer cosas sacrificadas a los ídolos, que el mundo no fue hecho por Dios sino por ciertos Principes, a quienes expresaban con nombres horrendos y bárbaros, con los cuales infundían terror a sus oyentes, v. gr. Ialdabaoth, Chaulcaucuch, etc. Sin embargo apenas puedo ser inducido a creer que el príncipe de esta turpísima secta fuera uno de aquellos siete Diáconos, puesto que éstos se leen que fueron llenos del Espíritu Santo, de vida inculpable y μαρτυρουμένους. Por lo cual no sin razón creería que este feísimo error fue difundido por otro Nicolás.

Alejandro, Himeneo y Fileto se habían apartado de la fe, enseñando que no hay resurrección, e intentando reintroducir las ceremonias mosaicas. De éstos véase 1. Timoth. 1.

Hermógenes, y Figelo con los asiáticos fueron cismáticos. 2. Timoth. 1.

Menandro, de quien los Menandrianos, discípulo y sucesor fue de Simón Mago, el cual, dice el santo Epifanio, decía que él era una potencia de Dios enviada del cielo para la salvación del género humano, a fin de que sometiera a su dominación las virtudes angélicas creadoras del mundo. Lo demás, conforme a su maestro y doctor, lo tejía con los mismos engaños y maleficios, y no discrepaba de su doctrina, sino en que se jactaba de ser mayor que él, como quien había sujetado incluso a su propio preceptor. A estos herejes San Lino Obispo excomulgó y separó del seno de la Iglesia, enseñando según las santas Escrituras del Antiguo Testamento que Dios es Creador de todas las cosas, y que nada es vituperable por su naturaleza, pues quienes son culpados en el acto, no son culpados en la condición.

Cerintianos, de Cerinto, o Merintianos, de Merinto, decían: 1. Que el mundo fue hecho por los Ángeles. 2. Que había que practicar la circuncisión. 3. Que el Antiguo Testamento debía guardarse según la letra. 4. Que Jesús era solo hombre, y que no había resucitado, sino que aún había de resucitar. 5. Que después de la conflagración del mundo y del juicio habría mil años, en los cuales los elegidos reinarían con Cristo, entregándose a toda clase de lujuria y voluptad corporal. A éstos los condenó San Pablo en la Epístola a los Gálatas.

Nazarenos: confiesan ciertamente que Cristo es el Mesías e Hijo de Dios, pero afirman que junto con la ley evangélica debe guardarse también en todo la ley mosaica. Cuando San Pablo encontró a éstos en Galacia, los anatematizó.

Ebionitas: partiendo de Ebión, afirman que Cristo Señor fue solo hombre, y establecen que los mandatos de la ley deben observarse al modo judaico. A éstos, encontrándolos San Lucas en la Iglesia de Antioquía, los condenó.

Basilidianos, de Basílides, diferían de los simonianos en esto: 1. En que afirmaban que hay trescientos sesenta y cinco cielos, para que el número de los días constituyera el número del año según su cuenta. Por lo cual llamaban también Abraxas al Dios artífice de estos cielos, porque las letras de este nombre, según la computación griega, completan ese mismo número: son en efecto siete letras por su número, de las cuales Α significa uno, Β dos, Ρ cien, Α uno, Ξ sesenta, Α uno, Σ doscientas, las cuales sumadas hacen trescientos sesenta y cinco. 2. Afirmaban que este mundo y el hombre no fueron hechos por Dios, sino por el tricentésimo sexagésimo quinto cielo. 3. Que Cristo Señor no fue crucificado por los judíos, sino que en su lugar fue crucificado Simón de Cirene, que había sido ayudante de Cristo en llevar la Cruz. A éstos, teniéndolos la Iglesia por energúmenos, los condenó no discutiendo, sino expulsándolos.

Hereesiarcas del siglo segundo.

Saturninianos, de cierto Saturnino, discípulo de Menandro, del cual se dice que 1. llevó a Siria y consolidó allí la torpeza simoníaca. 2. Afirmaba que el mundo fue fundado, sin saberlo Dios Padre, por siete Ángeles que se habían apartado de la Virtud Superior, los cuales, reunidos entre sí, formaron al hombre a semejanza de aquella virtud suprema, de cuya belleza irradiada sobre ellos habían gozado sobremanera. Pero como por su debilidad no hubieran podido perfeccionar su obra, y el hombre ya concebido subsistía y se arrastraba como un gusano, sin poder erguirse ni emprender nada, aquella virtud celestial, previendo esto y atendiendo a su imagen imperfecta, infundió en él una chispa de su propia vida, con la cual lo levantó y le comunicó la vida. 3. Afirmaban que uno de aquellos Ángeles era el Dios de los judíos, que igualmente se había apartado de su virtud; por lo cual el Salvador mismo había sido enviado, de la virtud y consejo comunes, por Dios Padre, tanto para reducir al orden al Dios de los judíos como para llevar la salvación a quienes creyeran en él, según Saturnino. 4. Proclamaba que los matrimonios, como institución de los demonios, debían ser desterrados. 5. Que había que abstenerse de comer animales y cualquier ser vivo, para que, desfalleciendo más fácilmente la parte terrena del hombre, la chispa celestial que hay en ella volara hacia lo alto. 6. Decía que unas profecías procedían del diablo y otras de los Ángeles fabricantes del mundo, contra los cuales resiste el mismo Satanás, y máximamente contra el Dios de los judíos.

Carpócrates, corifeo de los gnósticos, sapientísimo en la filosofía platónica, pero ignorantisimo de la verdadera Teología, enseñaba: 1. Que el mundo no fue hecho por Dios. 2. Que Cristo fue mero hombre nacido de José y María, y que otros hombres también eran iguales o superiores a Cristo. 3. Que nada es malo por naturaleza, sino por opinión. 4. Que los ángeles malos se aplacan con los pecados y con la torpe vida de los hombres. 5. Que las mujeres deben ser comunes. 6. Que las almas son enviadas sucesivamente a otros cuerpos para que pecen más; finalmente, que estos misterios debían guardarse ocultos. De este seductor toman su origen los carpocratianos: horrendas son las cosas que escribe San Epifanio sobre su nefanda torpeza e impurezas, que da vergüenza transcribir aquí.

Valentinianos, de Valentín, quien forjó muchas fábulas sobre la naturaleza de las cosas. Afirmando que existieron treinta Eones, es decir, siglos, cuyo principio sería el abismo y el silencio, al que llama también Padre del abismo. De estos dos, como de un matrimonio, dice que procedieron el intelecto y la verdad, y que engendraron en honor del Padre ocho Eones. Del intelecto y de la verdad, a su vez, procedieron el Verbo y la Vida, y engendraron diez Eones. Además, del Verbo y de la Vida procedieron el Hombre y la Iglesia, y engendraron doce Eones. Así, de ocho y diez y doce resultan treinta Eones que tienen, como dijimos, primer principio en el abismo y el silencio. Y que Cristo, enviado por el Padre, es decir, por el abismo, trajo consigo un cuerpo espiritual o celestial; y que no asumió nada de la Virgen María, sino que pasó a través de ella como por un canal o por una cañería, sin tomar de ella carne alguna. Del trigésimo siglo dice que nació el Diablo, y del Diablo nacieron otros que hicieron este mundo. Y por eso atribuye la maldad no al arbitrio, sino a la naturaleza del mundo, es decir, al género diabólico; niega la resurrección de la carne, afirmando que solo el alma y el espíritu reciben por Cristo la salvación. A éstos los impugnó Tertuliano, y Zacaeo, Obispo de Cesarea, los anatematizó.

Secundo, de quien los secundianos toman su nombre, fue discípulo principal de Valentín y sucesor de su Escuela; ideó en Egipto una nueva Sizigia de Eones, y dividió las Sizigias de su Maestro con mayor ingenio, y estableció que los Eones eran sustancias, mientras que aquel Maestro los tenía por meros afectos de la mente divina. Lo condenó Doroteo, Obispo de Creta.

Sucesor de Secundo fue Ptolomeo, quien distinguió también los Eones de otra manera que Valentín o Secundo. Contemporáneo de Ptolomeo fue Heracleón, cuya autoridad fue grande en la Escuela valentiniana. Éste retenía también los Eones, y decía que el hombre está constituido por triple naturaleza, y no solo por alma y cuerpo: ungía a los morientes, para que fueran redimidos de la muerte eterna, con óleo balsámico y agua.

A Heraclión sucedió en la Escuela de Valentín Marcos, de quien los marcosianos fueron llamados así. Este Marcos tenía un demonio familiar: engañaba las mentes de los hombres con prestidigaturas mágicas y abusaba de sus cuerpos para la lujuria; establecía dos principios de las cosas contrarios entre sí. A éste San Clemente, Obispo Romano y mártir dignísimo de Cristo, refutándolo con afirmaciones firmes e íntegras y descubriéndolo ante todo el pueblo en la Iglesia, castigó con la condenación eterna.

Colarbaso, de quien los colarbasianos, afirmaba que toda la vida de los hombres estaba puesta en siete estrellas: y procuraba demostrar que estas eran las siete Iglesias y los siete candeleros de oro. Decía que un solo Dios era invocado bajo diversos nombres: enseñaba que Cristo estaba compuesto de los treinta Eones, y separaba a Jesús de Cristo. A éste San Teodoro, Obispo de Pérgamo, celebrado el Sínodo, lo anatematizó, enseñando que las siete Iglesias estaban consagradas en el espíritu septiforme.

Ofitas fueron nombrados a partir de la serpiente, pues en griego serpiente se dice Ophis; y creen que ese Serpiente que engañó a Adán y a Eva es Cristo, pero tienen también una serpiente verdadera a la que nutren y veneran, la cual, cuando el Sacerdote encanta, sale de la cueva y sube sobre el altar apoyado en la cueva, lame sus ofrendas, y envolviéndose en torno a ellas regresa a la cueva; y así parten las ofrendas en la Eucaristía como santificadas por la serpiente Cristo, según ellos piensan. Refieren que el culto de esta serpiente fue llevado desde los Nicolaitas o Gnósticos hasta éstos. Esto es de San Agustín. Contra éstos combatieron y lucharon Teócrito y Evandro, Obispos de Calcedonia y de Nicomedia, quienes eliminaron a sus sacerdotes, mataron a sus serpientes y con razones eficacísimas arrancaron al pueblo de este nefando error.

Cainitas fueron llamados así porque honran a Caín, diciendo que fue de virtud fortísima: al mismo tiempo piensan que Judas el traidor era algo divino, y consideran su crimen un beneficio, afirmando que, sabiendo de antemano cuánto iba a aprovechar al género humano la pasión de Cristo, lo entregó a muerte a los judíos por eso; veneran también a aquellos que, haciendo cisma en el primer pueblo de Dios, perecieron abriéndose la tierra: Coré, Datán y Abirón, y dicen que adoran a los sodomitas. Blasfeman la ley y a Dios Autor de la ley, y niegan la resurrección de la carne.

Setitas tomaron su nombre del hijo de Adán llamado Set: en efecto, le honran, pero con vanidad fabulosa y herética; dicen en efecto que nació de una madre celestial, a quien afirman que se unió con el Padre celestial, para que de allí naciera otra simiente divina, como hijos de Dios. Éstos también fabulan muchísimas cosas vanísimas sobre los principados y potestades: algunos dicen que Sem, hijo de Noé, pensaba que éstos eran el Cristo. A éstos, surgidos en Acaya, los condenó el santo Peregrino, Prelado de la ciudad de Argos, mostrándoles que del único santo y justo Isaac nacieron dos hijos gemelos, engendrados de un mismo vientre: uno penetró hacia lo alto, a la gracia divina, y otro descendió hacia lo bajo, al infierno. Uno, pues, de los dos, dice, o los hijos son de mala naturaleza, y ambos deben condenarse por aquello que son al nacer, o son de naturaleza buena, y conforme a la calidad de su hecho, la bendición coronó justamente a uno y la maldición condenó al otro.

De éstos nacieron los Antitactas, quienes con todo el esfuerzo de ánimo que podían se oponían a los preceptos de Dios. Por su parte, los Peratas forjaron un Cristo de tres cuerpos y un mundo doble.

Abelianos, o Abeloitas, quienes aún florecían en tiempos del santo Agustín, como él mismo escribe en la Herejía 87, no se mezclaban con sus mujeres, y sin embargo no les era lícito, por el dogma de esa misma secta, vivir sin mujeres. Así pues, varones y mujeres que habitaban juntos bajo profesión de continencia adoptaban un niño y una niña como futuros sucesores suyos en pacto de la misma unión; prevenidos cada uno por la muerte, eran sustituidos otros, de modo que dos sucedieran a dos de distinto sexo en la sociedad de aquella casa. En efecto, muerto cualquiera de los padres, quedándose uno, los hijos le servían hasta su misma muerte. Tras cuya muerte también ellos mismos adoptaban de igual modo un niño y una niña.

Archontitas tomaron su nombre de los príncipes. En efecto, jactan de adorar príncipes divinos, a quienes dicen que fundaron este mundo. A éstos los condenó el santo Dioscoro, Obispo de Creta, enseñando que el único y verdadero Dios no puede de ningún modo dividirse en partes substanciales.

Marcionistas, de Marción, quien afirmaba que hubo dos principios, el bueno y el malo, aunque Epifanio decía que había enseñado tres principios: del bien, del justo y del perverso. Pero Eusebio escribe que cierto Sirino, no Marción, fue autor de tres principios y naturalezas. Los Marcionistas, mientras mancillaban toda la Iglesia de Oriente, fueron vencidos por Orígenes, refutados y condenados en cada una de las ciudades. Asimismo, algunos años después, ya vencidos y detectados, pululaban en las regiones africanas, a quienes Tertuliano contuvo de todas maneras hasta el punto de hacerles callar para no predicar públicamente contra su secta.

Apelitas, de Apelles, quien introduce ciertamente dos dioses, pero confiesa un solo principio, es decir el bueno, y que el otro fue hecho por él mismo, es decir, que el otro fue hecho por aquel único principio. Y como eso que se inventó fuera maligno, fue desechado por el bueno. Desechado en verdad por el principio bueno, ese principio, que obraba malignamente contra la voluntad del principio bueno, hizo el mundo en su malignidad. De ahí que la naturaleza nos disponga más pronto al mal que al bien, y que nos deleitemos más, dice, en los vicios que en las virtudes. Además, afirman que Nuestro Señor Jesucristo tomó carne de los elementos, la cual restituyó al aire cuando ascendió, y sin ella entró en el Cielo. A éstos Orígenes los venció tan perfectamente, que se hizo peregrino por causa de ellos, e iba predicando por cada una de las ciudades de Oriente.

Cerdonianos, de Cerdo, quien dogmatizó que hay dos principios adversos entre sí, y que el Dios de la ley y de los Profetas no es el Padre de Cristo, ni es Dios bueno, sino justo. Mas el Padre de Cristo es bueno, y Cristo mismo ni nació de mujer, ni tuvo carne, ni murió verdaderamente, ni padeció cosa alguna, sino que simuló la pasión. Contra éste se alzó el santo Apolonio, Obispo de Corinto, y lo condenó con toda la Sínode Oriental.

Severianos, de Severo, no beben vino, porque con vanidad fabulosa afirmen que de la semilla de Satánás germinó de la tierra la vid. Rechazan también la resurrección de la carne junto con el Antiguo Testamento. A éstos los condenó el santo Eufranón, Obispo de Rodas, pues en Rodas nació la superstición de éstos, a quienes convenció con razón de las santas Escrituras, en las cuales se lee que Dios hace salir de la tierra el pan para confirmar el corazón del hombre, y el vino para alegrarlo. Que del vino no es culpable el uso necesario, sino el exceso enemigo de la salvación.

Tatianos, de Taciano, llamados también Encratitas. Aquéllos condenan el matrimonio, y les hacen totalmente iguales a las fornicaciones y otras corrupciones, ni reciben en su número al que usa del matrimonio, varón o hembra. No comen carnes, y las abominan enteramente. Contra éstos se alzó el santo Epifanio, Obispo de Ancira de Galacia, objetándoles la primera Epístola del Apóstol Pablo a Timoteo, y diciendo que tienen cauterizada la conciencia, prohibiendo casarse, y enseñando a abstenerse de los alimentos que Dios creó para que fueren recibidos con acción de gracias por los fieles, y por los que han conocido la verdad. Porque toda criatura de Dios es buena, y nada es desechable que se recibe con acción de gracias.

Catafriges: alrededor del año 172 obtuvieron su nombre de la provincia de Frigia, no de un dogma. Fueron sus Autores Montano, como Paracleto y jefe, las pseudo-profetisas del mismo, Prisca y Maximila. Sus errores copia San Jerónimo en la Epist. 41 a Marcela:

Nosotros —dice— ponemos al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, cada uno en su propia persona, aunque los unamos en la sustancia. Aquellos, siguiendo los dogmas de Sabellio, comprimen la Trinidad en la estrechez de una sola persona. Aquellos consideran tanto los matrimonios reiterados como uniones criminales, que quienquiera que lo haya hecho sea tenido por adúltero. Aquellos hacen en el año tres cuaresmas, como si hubieran padecido tres Salvadores. Entre nosotros los Obispos ocupan el lugar de los Apóstoles; entre ellos el Obispo es el tercero. Pues tienen de Pepuza, en Frigia, unos Patriarcas segundos, a quienes llaman Cenonos, y así degradan el oficio episcopal al tercer lugar, es decir, al último, como si de ahí resultara más ambiciosa la Religión, si lo que entre nosotros es primero, entre ellos sea lo último. Aquellos cierran las puertas de la Iglesia ante todo delito que merece pena; nosotros leemos cada día: Prefiero la penitencia del pecador que la muerte. Son rígidos, no porque ellos mismos no pequen peores cosas; sino que esta es la diferencia entre nosotros y ellos: que aquellos se avergüenzan de confesar los pecados como si fueran justos; nosotros, mientras hacemos penitencia, merecemos más fácilmente el perdón. Paso por alto los criminales misterios que se dicen fraguados acerca del niño de pecho y del mártir que ha de vivir; prefiero, digo, no creer, si todo lo que es de sangre es falso, que es manifiesta blasfemia la de los que afirman que Dios quiso primero salvar al mundo en el Antiguo Testamento por medio de Moisés y de los Profetas: pero que, como no pudo consumarlo, tomó Cuerpo de la Virgen, y predicando en Cristo bajo la especie del Hijo, murió por nosotros; y como no pudo salvar al mundo en dos grados, finalmente descendió por el Espíritu Santo en Montano, Prisca y Maximila, mujeres insensatas, y que la plenitud que Pablo no tuvo, diciendo: En parte conocemos, y en parte profetizamos, y ahora vemos por espejo y en enigma, la tuvo Montano, cortado y semivivo.

Sin embargo, S. Agustín añade que los Montanistas extraían la sangre de un niño de un año de edad, arrancándosela de todo su cuerpo con diminutas heridas de punción, como si con ella confeccionaran su Eucaristía, mezclándola con harina y haciendo de ahí un pan; y si el niño moría, era tenido por ellos como mártir; pero si vivía, como gran Sacerdote. Fueron condenados por los sumos Pontífices Zéfiro y Aniceto, como escribe Tertuliano en el libro contra Psychicos cap. 1, el cual, aunque al principio había combatido contra Montano como contra un hereje, después, atraído y engañado por su austera y rígida manera de vivir, miserablemente se deslizó a sus filas, y emprendió defenderlas contra la condenación de la Iglesia.

Pepuzianos, así nombrados por cierto lugar que Epifanio llama Ciudad desierta. Y estos, considerando que aquella tiene algo divino, la llaman Jerusalén; conceden tal principado a las mujeres, que son incluso honradas con el sacerdocio entre ellos. Dicen, en efecto, dos Iglesias, la de Quintila y la de Priscila, en la misma ciudad de Pepuza. Parecen ser unos mismos que los Catafrigios. Pero se les tiene en poco, porque estos Pepuzianos se estiman mejores que los demás. Dicen, en efecto, que esta Pepuza fue la aldea de Montano, de Prisca y de Maximila, y como allí comenzaron a predicar y allí vivieron, por eso el lugar es llamado Jerusalén. Y como son habitantes del lugar, por eso se atribuyen ser en realidad mejores que los demás. A estos venció Apolonio, Obispo de Éfeso.

Artotiritas, así llamados por su oblación. Ofrecen, en efecto, pan y queso, diciendo que los primeros hombres celebraron las oblaciones por eso de los frutos de la tierra y de las ovejas. A estos los une Epifanio con los Pepuzianos, contra los cuales nadie se dignó ni hablar.

Cuartodecimanos, llamados de otro modo Tesaresdecaditas, por cuanto celebran la Pascua en la décima cuarta Luna, cualquiera que sea el día de la semana en que ocurra. Y si sobreviene el día Dominical, ayunan y velan en ese mismo día. A estos condenó Víctor, Romano.

Alogos así son llamados, porque no quieren admitir que el Verbo de Dios sea el Hijo, hasta el punto de decir que el Evangelio de san Juan no es de él. Y no admiten tampoco el Apocalipsis del mismo Juan. ¿Qué más? El Verbo de Dios, Hijo de Dios, lo execran enteramente como blasfemia. A estos venció con frecuencia Filón, Obispo.

Adamitas tomaron su nombre de Adán, cuya desnudidad en el Paraíso imitan, tal cual fue antes del pecado. Por eso también rehúyen el matrimonio, porque ni antes de ser expulsado del Paraíso conoció a su mujer. Creen, pues, que los matrimonios no habrían existido si nadie hubiera pecado. Así, pues, se reúnen desnudos los varones y las mujeres, desnudos oyen las lecturas, desnudos oran, desnudos celebran los sacramentos. Y de esto consideran su Iglesia como el Paraíso. A estos los descubrió, los venció y los eliminó el santo Presbítero Policarpo.

Elcesaitas. A estos engañó cierto Pseudo-Profeta llamado Helcí, de cuyo linaje se dice que dos mujeres eran adoradas por ellos como Diosas. Lo demás se afirma por Epifanio que guardaban costumbres semejantes a las de Ebión. A estos los venció Papías, Presbítero de Acaya.

Teodotianos, instituidos por cierto Teodoto, afirmando que Cristo era solamente hombre y no Hijo de Dios. Se dice que el mismo Teodoto enseñó esto porque, habiendo caído en la persecución, pensaba evitar de este modo el oprobio de su caída, si parecía no haber negado a Dios, sino a un hombre. A estos los venció Crato, Obispo de los Sirios.

Melquisedecianos: consideran que Melquisedec, Sacerdote del Dios altísimo, no fue hombre, sino virtud de Dios, siguiendo aquel pasaje del Apóstol a los Hebreos donde dice en el capítulo 7, vers. 3: Sin padre, sin madre, sin genealogía. A estos se opone Dionisio, Obispo de Jerusalén, diciendo que este tuvo padre y madre, y que el Apóstol dijo esto porque ni la genealogía de este ni su prosapia materna o paterna constaba en aquel orden en que fueron inscritas las genealogías de los hebreos.

Bardesanitas, desviados por cierto Bardesanes, del que se dice que Bardesán fue Católico perfecto, pero después incurrió en esto por un Discípulo de Valentín, hasta decir que la carne humana es criatura mala y el alma buena. A este lo condenó en Capadocia Teócrito, Obispo, enseñando que Dios bueno hizo ambas cosas y unió ambas, y que no debe culparse la naturaleza de la carne humana, sino la prevaricación.

Noetianos dicen que Cristo es el mismo el Padre y el Espíritu Santo, no por la sustancia, como nosotros, sino por la persona, de modo que el Espíritu Santo se diga putativamente, no verdaderamente. Estos fueron condenados por Tranquilo, Obispo de los Calcedonios de Siria.

Los Valesios, desdichados, se castran a sí mismos y también a sus huéspedes. De este modo dicen que se cumple aquello de Mateo 19: Hay eunucos que se castraron a sí mismos por el Reino de los Cielos. Se dice también que afirman otras herejías y cosas torpes: pero porque existen tales cosas ni el mismo Epifanio las recuerda, ni en parte alguna pude hallarlas, como dice San Agustín. Estos fueron condenados por el Sínodo de Acaya.

Los Catares se llamaron a sí mismos con este nombre, es decir, puros y limpios de la mancha del pecado, con suma soberbia. No admitían las segundas nupcias. Negaban la penitencia. Seguían al hereje Novaciano, el cual, siendo Presbítero de la ciudad de Roma, intentó invadir contra Cornelio la Cátedra Pontificia, como el mismo Cornelio escribe a Flaviano, Obispo de la Iglesia de Antioquía; y como no podía llevarlo a cabo, fabricó primero el cisma y finalmente la herejía.

Los Angélicos así llamados, porque enseñan que los Ángeles deben ser adorados y cultivados con el ánimo, y que a ellos deben derramarse las preces, para que aquel que saben que puede más que ellos, socorra con sus votos y peticiones a los hombres. De estos testifica Epifanio que ya han desaparecido enteramente, vencidos por Teófilo, Obispo de Apamea.

Los Apostólicos, que se llamaron a sí mismos con este nombre con suma arrogancia, porque no recibían en su Comunión a los que usaban de esposas y poseían bienes propios, cuales tiene la Iglesia Católica, y a los Monjes y a muchísimos Clérigos. Pero estos son Herejes porque, separándose de la Iglesia, no creen que tengan esperanza alguna los que usan de esas cosas de las que ellos carecen. Estos son semejantes a los Encratitas, pues también son llamados Apotácticos. Esto escribe san Agustín.

Los Sabelianos, de Sabellio, enseñaban que en Dios hay una sola persona, y que esa misma es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estos son los que también se llaman Praxeános, que tuvieron en sus comienzos a cierto Doctor llamado Praxeas. Son llamados también Hermogenianos, porque tuvieron a Hermógenes en la compañía de Sabellio. Contra ellos salió Doroteo, Obispo de Seleucia, enseñándoles que niegan con seguridad la Trinidad, mientras creen defender la unidad. Porque el Padre es ingénito, el Hijo engendrado, el Espíritu Santo procedente del Padre, coigual en todo al Padre y al Hijo. Pues la Deidad recibe de tal modo la unidad de sustancia, que no pierde la distinción de persona.

Los Origenianos, de cierto Orígenes, no de aquel que es conocido casi de todos, sino de otro, no sé cuál, del cual, o de sus secuaces, hablando Epifanio, dice: Los Origenianos, dice, discípulos de un cierto Orígenes, son de torpe operación; estos cometen cosas nefandas, entregando sus cuerpos a la corrupción.

Y añadiendo a continuación otros Origenianos, dice: Otros Origenianos, dice, que también son secuaces de aquel tratante Adimanto, los cuales niegan incluso la resurrección de los muertos, pero dicen que Cristo y el Espíritu Santo son criatura. Y no creen que el Paraíso, los Cielos y otras cosas sean según la letra, sino en alegoría. Esto refiere ciertamente Epifanio acerca de Orígenes. Pero sus defensores dicen que Orígenes enseñó que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de una misma e idéntica sustancia, y que no rechazó la resurrección de los muertos: pero los que han leído sus escritos lo contradicen. Hay también otros dogmas de este Orígenes que la Iglesia Católica no admite en modo alguno, en los cuales tampoco se acusa falsamente al propio Orígenes, ni pueden ser excusados por sus defensores, principalmente acerca de la purgación y liberación, y a su vez, después de largo tiempo, de la nueva revolución de toda la criatura racional a los mismos males. ¿Quién, en efecto, Cristiano católico, docto o indocto, no se horrorice vehementemente de aquella purgación de los males de que él habla, es decir, de que también aquellos que terminaron esta vida en crímenes y fechorías y sacrilegios e impiedades por grandes que fueran, e incluso el mismo Demonio al fin y sus Ángeles, aunque después de larguísimos tiempos purgados y liberados, sean restituidos al reino de Dios y a la luz, y otra vez, después de larguísimos tiempos, todos los que fueron liberados vuelvan a resbalar y reincidan en estos males, y alternando estos turnos haya sido siempre y será siempre la bienaventuranza y la miseria de la criatura racional? Esto escribe san Agustín.

Los Paulianos, de Pablo de Samosata, dicen que Cristo no fue siempre, sino que afirman que su comienzo fue desde que nació de María, y no le atribuyen nada más que ser hombre. Esta herejía fue en otro tiempo de un cierto Artemón: pero cuando hubo desaparecido, fue restaurada por Pablo, y después confirmada así por Fotino, de suerte que ahora se les llama más comúnmente Fotinianos que Paulianos. En cuanto a estos Paulianos, quedó establecido por el Concilio Niceno que debían ser bautizados en la Iglesia Católica. De donde debe creerse que ellos no guardan la regla del bautismo, que muchos Herejes se llevaron consigo al apartarse de la Católica, y que ellos no custodian.

Manes, persa, a quien sus Discípulos llamaron Maniqueo, como si derramara maná, evitando el nombre de insensatez. Este, digo, Manes negaba la santísima Trinidad, rechazaba el Antiguo Testamento, establecía dos principios coeternos, uno bueno, otro malo; decía que la sustancia del Dios bueno estaba distribuida fragmentariamente en las criaturas; negaba que Cristo hubiera padecido verdaderamente; decía que el pecado era la sustancia del hombre, la cual fingía constar de dos almas; en lugar de la resurrección de la carne introducía una especie de μετεμψύχωσις de los cuerpos, una ἀνασωμάτωσις de las almas; finalmente se llamaba a sí mismo Cristo y Paráclito.

Melecio, Obispo en Egipto, interpoló el dogma de Novato e hizo secesión de la Iglesia. De este Cismático fueron llamados Melecianos los que tuvieron Iglesias separadas de los Ortodoxos, y después se unieron con los Arrianos.

Los Hieracitas, cuyo autor es llamado Hieraca, niegan la resurrección de la carne. Reciben en su Comunión solamente a los Monjes y Monjas y a los que no tienen matrimonio. Dicen que los niños no pertenecen al Reino de los Cielos, porque no tienen mérito alguno de combate con que sean reparados los vicios.

Hereesiarcas del tercer siglo.

Ario, de nación africano, de profesión Presbítero de Alejandría, se dio a conocer hacia el año 325, y enseñó que el Hijo de Dios era criatura, y no verdaderamente coeterno y consustancial al Padre.

Donatistas o Donatistas son, dice San Agustín, los que primeramente, a causa de Ceciliano, ordenado contra su voluntad Obispo de la Iglesia de Cartago, hicieron cisma, objetándole crímenes no probados, y principalmente que había sido ordenado por Traidores de las divinas Escrituras. Pero después que la causa con él fue tratada y concluida, sorprendidos en la falsedad del hecho, afianzados en su pertinaz disensión, convirtieron el cisma en Herejía, como si la Iglesia de Cristo, por los crímenes de Ceciliano, ya fueran verdaderos o —como más les pareció a sus jueces— falsos, hubiera perecido de todo el orbe de la tierra, y hubiera permanecido solo en la parte de Donato en África, extinguida en las demás partes del mundo casi como por contagio de la Comunión. Se atreven incluso a rebautizar a los Católicos, allí donde se afirmaron más tiempo en ser herejes, aunque plugo a la Iglesia Católica universal no rescindir el bautismo común administrado en los mismos herejes. Tuvo principio esta Herejía, según sabemos, en Donato, quien viniendo de Numidia, y dividiendo contra Ceciliano al pueblo cristiano, unidos a él los Obispos de aquella misma facción, ordenó en Cartago por Obispo a Maiorino, al cual sucedió en aquella misma división otro Obispo llamado también Donato, el cual confirmó tanto esta Herejía con su elocuencia, que muchos opinan que más bien por él fueron llamados aquellos Donatistas.

A esta Herejía en África pertenecen también los llamados Circunceliones, así llamados porque habitaban celdas en los campos; género de hombres rústico y de fortísima audacia, no solo perpetrand enormes maldades contra otros, sino tampoco perdonándose a sí mismos con igual insana ferocidad. Pues solían darse muerte a sí mismos por varias formas de muerte, principalmente precipitándose desde alturas, arrojándose a las aguas o al fuego, y seducir a otros de ambos sexos que pudieran a semejante furor, algunas veces para que fueran muertos por otros, amenazándoles con darles muerte si no lo hacían.

Además Melquíades Pontífice condenó a Donato, que fue primer autor del Cisma de los Donatistas, y absolvió a Ceciliano Obispo de la Iglesia de Cartago. Pero los Donatistas, al modo de los Herejes, apelaron de la sentencia de Melquíades al Emperador Constantino. Contra ellos Constantino respondió en estos términos:

Me piden mi juicio quienes yo mismo aguardo el juicio de Cristo. Pues digo (según se halla la verdad) que el juicio de los Sacerdotes debe tenerse como si juzgara el mismo Señor residente; pues nada les es lícito sentir ni juzgar otra cosa sino lo que por la doctrina de Cristo fueron instruidos.

En este tiempo florecían los Mesalianos, llamados también Psalliani, Euchitas, Eufemitas, Espirituales y Martirianos, que ponían el mérito en la asidua oración y entretanto se entregaban a la ociosidad.

Macedonio, Obispo de Constantinopla, hacia el año 381 enseñó que el Hijo ciertamente era en todo semejante al Padre, pero que el Espíritu Santo era criatura. Concede, digo, que el Hijo es ὁμοιούσιον respecto del Padre, pero no ὁμοούσιον, y afirma que el Espíritu Santo es una virtud creada por Dios, la cual está infundida en cada criatura por división de esencia, hasta el punto de que cada criatura tenga dentro de sí alguna parte de la esencia del Espíritu Santo. De este se dijeron Macedonianos. Los condenó el primer Concilio Constantinopolitano, gobernando San Dámaso como sumo Pontífice.

Aerio, habiendo concebido en vano en su ánimo la esperanza de alcanzar el Episcopado cuando murió Paulino Obispo de Antioquía, enseñó que el Hijo no solo era ἀνόμοιον respecto del Padre, sino también enteramente desemejante. Su discípulo y escriba Eunomio enseñó lo mismo. Sus seguidores se llaman Eunomianos. En este mismo tiempo florecieron Acatio y Aerio; Acatio enseñó que el Hijo era ὁμοούσιον κατὰ φύσιν respecto del Padre, y Aerio κατὰ βούλησιν: sus discípulos se llaman Acatianos y Aerianos. Otros leen en lugar de Aerio, Aecio, y en lugar de Aerianos, Aecianos. Los Acatianos se llaman también Semiarianos. Son discípulos de los Eunomianos los Nativitarios, que decían que el Hijo siempre hubo sido, pero que no siempre fue Hijo, sino que desde que nació del Padre comenzó a ser Hijo.

Apolinario o Apolinar, ambos, es decir, el Padre y el Hijo, aquel Presbítero y este Lector de Laodicea, hacia el año 370 enseñaron que el Verbo de Dios tomó carne sin alma racional, y que las Personas divinas eran desiguales: a saber, que el Espíritu Santo era grande, el Hijo mayor, y el Padre máximamente grande. De ellos fueron llamados Apolinaristas. En el mismo tiempo aparecieron los Ursicinos Cismáticos. Igualmente los Antropomorfitas, que por autoridad de Vadio, o Audio, enseñaron que Dios tiene forma humana. De otro modo se llaman Andropianos y Audianos, comúnmente Vadianos. Pero consúltese lo que decimos de Audio, pág. 222.

Antidicomarianitas, cuyo padre parece haber sido Helvidio, son llamados los herejes que contradicen hasta tal punto la virginidad de María, que afirman que después de nacido Cristo fue unida con varón. Contra estos escribió Teodoreto Chipriota Obispo.

Mesalianos, nombre que procede de la lengua siríaca, pero que en griego son llamados Euchitas, así appellados de orar, pues salmodian y oran sin cesar. Mas porque esto solo hacen, no teniendo caridad, ni conversación, ni humanidad, entre los Herejes fueron refutados por el santo sínodo. Condenan también a aquellos Monjes que hubieran realizado algún trabajo fuera del oficio de leer y orar, sea de arte, sea de agricultura.

Paternianos, en el mismo tiempo, por autoridad de Paterno, enseñaban que las partes inferiores del cuerpo humano no eran hechas por Dios, sino por el Diablo, y atribuyendo a aquellas partes licencia de todos los torpezas, vivían impurísimamente, por cuya causa también fueron llamados Venustianos de Venus, y Eticoprosoptos, es decir, burladores de costumbres. Se les añaden los Tertulianos, que siguiendo a Tertuliano, decían que las almas de los hombres malvados se convertían en demonios, o al menos en bestias, cuya naturaleza aquellas hubieran tenido en el cuerpo.

Pattalorinchitas así llamados porque se tapan la boca con el dedo, para poder agradar a Dios con su silencio; en otra acepción se les llama Tabenesiotas.

Metangismonitas pueden llamarse los que afirman el Metangismon, diciendo que el Hijo está en el Padre del mismo modo que el vaso en el recipiente, opinando casi carnalmente que son dos cuerpos, de suerte que el Hijo entra en el Padre, como un vaso menor en un vaso mayor.

Seleucianos o Hermianos, de sus autores Seleuco y Hermias, quienes dicen que la materia de los elementos, de la que fue hecho el mundo, no fue creada por Dios, sino que es coeterna con Dios. Tampoco atribuyen el alma a Dios Creador, sino que quieren que los Ángeles sean creadores de las almas, a partir del fuego y del espíritu. Afirman además que el mal procede unas veces de Dios y otras de la materia. Niegan que el Salvador esté sentado en la carne a la derecha del Padre, y sostienen que lo está en el Sol, según el Salmo donde se lee: Puso su tabernáculo en el sol. Niegan también el Paraíso real, no aceptan el bautismo en agua. No creen que haya de darse la Resurrección, sino que se realiza cada día en la generación de los hijos.

Proclianitas siguieron a éstos, y añadieron que Cristo no vino en carne.

Patricianos, tomando su origen de Patricio, dicen que la sustancia de la carne humana no fue creada por Dios, sino por el Diablo, y la abominan de tal modo, que afirman que es perfecto quien puede matarse constantemente. De entre ellos hay también quienes ruegan a los desconocidos que encuentran que los maten. Esta locura comenzó antiguamente en las partes de la Numidia superior y de Mauritania. A éstos los desdichados donatistas siguieron después, y comenzaron a entregarse al precipicio de la muerte como si fueran a ser mártires. Mas quienes abandonan la vida eterna de la fe católica, sin duda alguna encontrarán la muerte eterna. Se lee que Optato actuó contra ellos.

Ascitas se llaman así del odre: pues ἀσκὸς en griego significa odre; éstos, aunque nada tienen malo en lo referente a la Trinidad, colocan junto al altar un odre enorme, lo hinchan vacío, lo cubren con lienzos y lo adoran, porque dicen que allí se encuentra la sangre consagrada del Señor, diciéndolo conforme a aquel texto evangélico: vino nuevo en odres nuevos.

Acuarios, llamados así porque ofrecen agua en la copa del Sacramento, pues dicen que el vino es ocasión de embriaguez, mediante la cual se perpetran homicidios, fornicaciones y demás crímenes; si bien consta que los crímenes no se cometen por beber vino, sino por el exceso.

Colutianos, de cierto Coluto, quien decía que Dios no inflige los males del castigo, contra aquello que está escrito: Yo soy Dios, creador del mal.

Florianos, de Florino, quien, con sentido contrario, decía que Dios creó el mal, contra aquello que está escrito: Hizo Dios todas las cosas, y vio que eran muy buenas; y por ello, aunque decían cosas contrarias entre sí, ambos se oponían sin embargo a los oráculos divinos.

Priscilianistas, así llamados de Prisciliano gnóstico, participaban de todos los herejes precedentes, a saber, con los maniqueos, sabelianos, arrianos, marcionistas y cuartodecimanos. 1. Decían que el cuerpo en sí mismo es malo, proveniente de un principio malo, a saber, del Diablo, y así negaban que los cuerpos habían de resucitar. 2. Detestaban el matrimonio, creyendo que los niños engendrados de semilla carnal no pueden pertenecer a Dios, sino sólo los concebidos del Espíritu Santo. 3. Afirmaban que las almas son de la sustancia de Dios, y decían que es lícito jurar y perjurar antes que traicionar el secreto. De ahí que este dicho era trivial entre ellos: Jura, perjura, no traiciones el secreto.

Joviniano siente lo mismo que los Antidicomarianitas, y además decía que el matrimonio es igual a la virginidad, y todos los crímenes iguales, así como las recompensas de los Bienaventurados.

Triscélidas afirman que Dios es triforme, de modo que una parte de Él sea el Padre, otra el Hijo, y otra el Espíritu Santo, y de aquí resulta una Trinidad en la unidad.

Hereesiarcas del cuarto Siglo.

Hidroteítas decían que el agua era Dios, sin principio ni fin, que lavaba las inmundicias, perdonaba los pecados y poseía al Espíritu Santo.

Ametritas decían que existían innumerables mundos. Esto les parece una novedad quien no ha leído a los Filósofos; pues ya antiguamente bastantes filósofos gentiles lo habían dicho.

Psiconeumones decían que las almas de los hombres buenos se convertían en espíritus de Ángeles; y que las almas de los hombres malos se transformaban en espíritus de Demonios.

Adecerditas dicen que cuando Cristo descendió a los Infiernos acudió a su encuentro la multitud entera de las almas, y creyó en él, y fue liberada.

Nudípedales afirmaban que siempre debía caminarse descalzo, porque el Señor había dicho a Moisés: quita las sandalias de tus pies, y porque al Profeta Isaías se le mandó andar descalzo. De ahí, pues, procede esta herejía: porque no caminan así por aflicción del cuerpo, sino porque entienden así los testimonios divinos. Esto es de san Agustín.

Hereesiarcas del quinto Siglo.

Pelagio, britano, enseñó que el pecado de Adán solo dañó a este, y que en su descendencia no hubo pecado original: que los mandamientos de Dios pueden observarse con las solas fuerzas de la naturaleza: decía que las oraciones a Dios eran inútiles para obrar bien aquello que el libre albedrío podía hacer por sí mismo; admitía, sin embargo, el bautismo, para que los niños pasaran de bien en mejor. Decía que la muerte no era castigo del pecado, sino condición de la naturaleza incluso inocente, de modo que Adán habría muerto también si no hubiera pecado. Finalmente, reprobaba los vestiduras sacerdotales y episcopales. Lo siguió Celestio en África, de donde los Celestianos son los mismos que los Pelagianos.

Vigilancio enseñó que la invocación de los Santos era vana; que el culto que se tributa a las reliquias era idolatría; rechazaba los ayunos eclesiásticos, lo mismo que el celibato de los Sacerdotes.

Nestorio, Obispo de Constantinopla, afirmaba que en Cristo había dos personas; no quería que la Virgen fuera reconocida como Madre de Dios, y consagraba y comulgaba con pan fermentado bajo dos especies.

Eutiques, Archimandrita o Abad de Constantinopla, para contradecir a Nestorio, hacia el año 451 enseñó que en Cristo hay una sola naturaleza, y esto lo propuso como aserto: Sé ciertamente que Cristo, antes de la unión, estuvo constituido de dos naturalezas; pero sé y reconozco que después de la unión hubo en él una sola. Igualmente: Confieso que Cristo es de dos naturalezas, pero niego que consista en dos. Y esta fue la herejía de Eutiques, que juntamente con el nestorianismo dura hasta nuestros tiempos en las regiones de Oriente, aunque con diversas facciones. El eutiquianismo tiene, en efecto, estas ramificaciones y retoños: Primeramente se presentan los Monofisitas, llamados también Esquemáticos, Teopasquitas, y Egipcios por su lugar de origen. Estos enseñaban que Cristo ciertamente estaba constituido de dos naturalezas, pero que no subsistía en dos naturalezas, de suerte que esta controversia venía a consistir en esas dos vocables, de y en. En defender este error fue ocupadísimo Juan Filópono, año 603, célebre Filósofo, quien además enseñó que las tres Personas eran tres dioses, e introdujo así el error de los triteístas: estos triteístas se llaman también Trifermianos. Después de los Monofisitas estaban los Acéfalos, llamados así porque no reconocían ningún Obispo. Estos concedían las dos naturalezas, pero sostenían que sus propiedades estaban tan confundidas como una gota de vinagre derramada en el mar pierde su fuerza. Fueron llamados Severitas, por Severo Obispo de Antioquía; Julianistas, por Juliano de Halicarnaso; Teodosianos, por Teodosio de Alejandría, Contocaptilas por su lugar, y Angelitas.

En seguida entre los Eutiquianos se mencionan los Agnetas, vulgarmente Agnoitas, cuyo patrocinio del error se atribuye al Filósofo Temistio. Estos enseñaban que la naturaleza divina de Cristo (pues después de la unión solo reconocían esta, como si la humana hubiese quedado completamente absorbida) ignoraba algunas cosas, como la hora del último juicio. Y estos, a su vez, estaban divididos en otras tres sectas: los Damianos, los Paulianos y los Petreitas.

A estos siguen los Jacobitas, así llamados de cierto Jacobo sirio, que imbuyó toda la Siria en la misma doctrina de Eutiques. De nuevo otros fueron llamados Armenios, que al dogma de Eutiques añadían en Armenia esto: que Cristo no había asumido el cuerpo de María, sino que lo tuvo incorruptible desde el mismo momento de la Concepción; y habían enseñado que ese mismo cuerpo era por sí también adorable, y en la propiedad de su naturaleza. Los mismos ponían en Dios una cuaternidad, y decían que la Divinidad había padecido.

Les había precedido Pedro el Fulón, Obispo de Antioquía, que sentía que toda la Trinidad había sido crucificada: por lo cual en el Trisagio hablaba así: santo Dios, santo fuerte, santo e inmortal, que has sido crucificado por nosotros.

Pacíficos fueron llamados aquellos que, por autoridad del Emperador Zenón, hacían cierta unión entre los Católicos y los Eutiquianos; de modo que por una parte pronunciaran anatema contra Eutiques; y por otra despreciaran el Concilio Calcedonense, donde él había sido condenado.

Herejes del sexto y del séptimo Siglo.

Los Monotelitas, por autoridad de Sergio Patriarca de Alejandría, sostenían una sola voluntad en Cristo: este Sirio llevó a Sergio, Patriarca de Constantinopla, a su error. Fueron condenados en el tercer Concilio Constantinopolitano.

El Mahometismo comenzó hacia el año 625 aproximadamente; su autor, Mahoma, arrojó sus dogmas en un libro peculiar, al cual llamó Alcorán. Sus Capítulos principales son: 1. Que Dios tiene esencia corpórea dotada de alma. 2. Que no hay tres personas en Dios. 3. Que Cristo no es Dios, sino cierto profeta grande y santo. 4. Que Él no padeció verdaderamente, sino que fue un fantasma ofrecido a los Judíos en su lugar. 5. Que las ceremonias Mosaicas, como la circuncisión, la elección de alimentos, las diversas abluciones del cuerpo, y cosas semejantes son necesarias para la salvación. 6. Que las buenas obras naturales merecen la vida eterna. 7. Que la poligamia es lícita. 8. Que la vida eterna consiste en los placeres del cuerpo. Esta peste asoló todo el Oriente lejos y a lo ancho; pues aunque hay algunas Iglesias en aquellos lugares, sin embargo cuán miserable sea su condición, y cuán depravada la doctrina y confesión de muchas de ellas, puede entenderse por esto: que se enseñan diez géneros de cristianos que habitan el Oriente aquí y allá, y solamente los Latinos guardan íntegra la fe.

Herejes del octavo Siglo.

Los Iconomaquios, es decir, atacantes de las sagradas imágenes, se ensañaron grandemente en la Iglesia en este siglo, imputando idolatría a quienes las retenían en los templos; de donde León el Isáurico, Emperador, llamado por eso Iconomaquio o Iconoclasta, propuso un edicto para que en todas partes fueran quitadas las sagradas imágenes de los Templos. Los condenó el segundo Sínodo Niceno, al cual asistieron 367. Obispos.

Los Agoniclitas reputaban supersticiosos a aquellos que doblaban la rodilla al orar; por ello, siempre erguidos, oraban.

Los Aldebertinos, de Aldeberto Galo, creían que las santísimas, pero inciertas reliquias traídas a su autor desde los extremos de la tierra, habían sido traídas por ministerio de un Ángel; creían que él era semejante a los Apóstoles, y decían que sus cabellos y uñas debían venerarse igualmente que las reliquias del divino Pedro; creían que él conocía todos los pecados que ellos cometían, y podía perdonarlos sin confesión alguna.

Los Albanenses 1. sostenían dos principios, uno bueno, otro malo. 2. Negaban que alguno antes de la venida de Cristo hubiera sido justo. 3. Creían que Dios no provee el mal, sino que éste se hace por ministerio del diablo. 4. Hacían al mundo eterno, y duradero por toda la eternidad. 5. Que Dios no crea las almas de nuevo, sino que el alma del muerto transmigra a otro cuerpo. 6. Que de ningún modo es lícito el juramento. 7. Que no existe pecado original alguno. 8. Que los sacramentos no tienen fuerza alguna cuando son conferidos por ministros malos. 9. Que no hay necesidad alguna de confesarse. 10. Que ningún perverso puede ser obispo. 11. Que el matrimonio es ilícito. 12. Que nada debe poseerse fuera de la Iglesia sino en común; finalmente negaban la resurrección de los cuerpos.

Elipando sostenía que Cristo era solamente hijo adoptivo de Dios.

Paulianistas, llamados así por Pablo y Juan, además del maniqueísmo que profesaban, sostenían que la forma del bautismo consistía en estas palabras: ego sum aqua viva; y la Eucaristía en estas: accipite, manducate, et bibite. Negaban el culto a la santa Cruz, rechazaban a nuestros Sacerdotes; se llamaban a sí mismos cristianos, y a nosotros en cambio romanos.

Herejesarcas del siglo noveno.

Gotescalco, a quien unos consideran originario de la Galia y otros de Bélgica, fue condenado en el Concilio de Maguncia, porque renovaba la herejía de los Predestinianos, diciendo que Dios, sin previsión del bien y del mal, había predestinado absolutamente a unos y reprobado absolutamente a otros; consecuentemente sostenía que Cristo no había muerto por todos, ni que Dios quiere la salvación de todos.

Claudio de Turín, Obispo, contra quien Jonás de Orleans, Obispo, escribió tres Libros, profesaba las herejías de los Nestorianos, de los Iconoclastas y de los Arrianos; fue verdaderamente enemigo de los Santos; condenaba las peregrinaciones a los santos Lugares, y consideraba que no había bautismo alguno sin la señal de la cruz.

Focio fue el Estandarte de los Griegos Cismáticos, cuyo cisma catorce veces renovado, al condenar el Concilio Constantinopolitano IV., principalmente porque, expulsado Ignacio el Patriarca, contra el uso de la Iglesia él mismo, siendo laico y neófito, había usurpado la sede de Constantinopla.

Juan Escoto, no el Doctor Sutil que vivió santísimamente, sino el Monje de san Benito, que fue discípulo del venerable Beda, escribió un libro en el cual parecía decir que en la Eucaristía hay solo la figura del Cuerpo de Cristo: por lo cual este libro fue condenado en el Concilio de Vercelli, como atestigua Lanfranco Obispo de Canterbury; por esto muchos consideran a Juan Escoto el Padre de los Sacramentarios.

Herejesarcas de los siglos décimo y undécimo.

Berengario, Archidiácono de Angers, enseñó primero que en la Eucaristía el Cuerpo de Cristo no existe sino figurativamente. Pero cuando después revocó este error, enseñó que la sustancia del pan está con el Cuerpo de Cristo, y añadió que los párvulos no deben ser bautizados. Los Zwinglianos le siguieron en el primer error, los Luteranos en el segundo, y los Anabaptistas en el tercero. Sin embargo, se arrepintió, y habiendo cantado una y otra vez su retractación, murió católico. Muriendo, en efecto, acordándose de cuántos miserables había infectado con sus errores, exclamando entre lamentos dijo: hodie apparebit mihi Dominus Iesus Christus, propter poenitentiam, ut spero, ad gloriam; vel propter alios, ut timeo, ad poenam, como refiere Vicente de Beauvais, lib. 26. cap. 30.

Simoniacos, resurgiendo en este tiempo, afirmaban que es lícita la venta de las rentas eclesiásticas. Reordenantes, por el contrario, no querían admitir a los Sacerdotes simoníacos, si antes no eran reordenados. Incestuosos afirmaban que era lícito el Matrimonio celebrado en grado de consanguinidad contra los Cánones de la Iglesia.

Herejesarcas del siglo duodécimo.

Bogomilos, de su autor Basilio, Médico, a quien mandó quemar el Emperador Alejo Comneno. Negaban la Trinidad en la Divinidad, afirmaban que Dios estaba dotado de forma humana, y que el mundo fue creado por los demonios; reprobaban el homenaje rendido a las imágenes; creían que nuestro bautismo era el bautismo de Juan y que el suyo era el bautismo de Cristo; afirmaban que la ficción en materia de religión es lícita, y proclamaban que el Arcángel Miguel se había encarnado.

Tanchelino o Tanquelm, Laico de Amberes, justificaba a los hombres por la sola fe, y proclamaba que la cena no es necesaria, pero que la unión carnal es indiferentemente lícita.

Petrobrusianos, llamados así por cierto Pedro de Bruys de Amberes, sostenían que el bautismo no era necesario para los párvulos; que Cristo no estaba realmente en la Eucaristía, y que las oraciones no eran útiles para los muertos.

Pedro Abelardo, de nación bretón, filósofo insigne, a causa de la violación de Heloísa, su discípula y sobrina de cierto canónigo de París, hecho castrado, mientras se regocija con la novedad de los términos e intenta escrutar las cosas más altas, incurrió en numerosos errores: no tantos, sin embargo, cuantos le eran atribuidos falsamente, para condenar a los cuales se celebraron varios Concilios. Sin embargo, se tuvo por más probable que recapacitó y regresó a la paz con san Bernardo, habiéndose sancionado entre ellos una amistad mediante mutuos abrazos, y convenido entre ambos que, si después se encontraban en sus escritos cosas que ofendieran a los oídos católicos, serían borradas con una esponja untada: se cuenta que pasó el resto de su vida en Cluny. Se le atribuyen falsamente estos mismos errores: a saber, 1. Que el Padre es plena potencia, el Hijo cierta potencia, y el Espíritu Santo ninguna potencia. 2. Que el Espíritu Santo no es de la sustancia del Padre. 3. Que el Espíritu Santo es el alma del mundo. 4. Que Cristo no asumió la carne para librarnos del yugo del Diablo. 5. Que no pecaron los que crucificaron a Cristo por ignorancia.

Gilberto Porretano, Obispo de Poitiers, hacia el año 1147, enseñó que la naturaleza divina, llamada Deidad, no es Dios, sino la forma por la cual Dios es Dios, del mismo modo que la humanidad no es el hombre, sino la forma por la cual es hombre.

Que si bien el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo son dicho ser uno, no se entienden que sean uno sino por una sola Deidad, ni puede convertirse, para que sea dicho que el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo son un solo Dios, o una sola sustancia, o una sola cosa. Que las tres Personas, según tres unidades, son tres cosas, distintas entre sí por tres propiedades, las cuales no son las personas mismas, sino que son tres eternas, y que difieren entre sí numéricamente de la sustancia divina. Fue convicto de error en el Concilio de Reims al año siguiente, y allí mismo abjuró sus errores: por lo cual no debe ser tenido por hereje, ya que no enseñó los errores con ánimo pertinaz y resistiendo contra la Iglesia.

En el mismo Concilio fue condenado cierto fanático bretón llamado Eón, apodado por la estrella, hombre iletrado e idiota, pero tan enloquecido por las burlas de los Demonios, que como no podía distinguir entre Eón y aquello, creía referirse a su propia persona lo que a veces la Iglesia pronuncia en sus oraciones y exorcismos: por quien ha de venir a juzgar el siglo por el fuego. De donde, con estupefaciente ceguera fuera de toda medida, creía ser él el Señor y Juez de vivos y muertos; y era, mediante prestidigitaciones diabólicas, tan poderoso para engañar las almas de los simples, que reunía para sí una multitud seducida, como moscas atrapadas en la obra de las arañas, la cual toda le seguía indivisiblemente como al Señor de los Señores. A veces, en verdad, era llevado con admirable velocidad por diversas Provincias; otras veces permanecía con todos los suyos en lugares desiertos e intransitables, y pronto, instigado por el Diablo, irrumpía de improviso, azote sobre todo de las Iglesias y de los Monasterios. Acudían a él con frecuencia sus conocidos y parientes: pues no era de linaje mínimo, ora para arrebatarle con atrevimiento familiar, ora para explorar con más cautela cómo se hallaba en torno a él. Parecía, sin embargo, haber en torno a él un inmenso aparato de gloria y un fasto regio, y los que estaban con él parecían exentos de solicitud y trabajo, vestidos preciosamente, banquetear con esplendor y vivir en suma alegría, en tal grado que muchos de los que habían venido para reprenderle, al contemplarlo, eran engañados por una gloria no verdadera, sino fantástica, y huían. Todo esto obraba con arte mágica y con ayuda de los Demonios, de los cuales, por cierto, aquella mísera multitud era alimentada en los lugares desiertos no con alimentos verdaderos y sólidos, sino más bien ilusorios.

Capturado finalmente por el Arzobispo de Reims, cuando compareció ante el Concilio, interrogado por el sumo Pontífice quién fuese, respondió: Yo soy aquel que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, y el siglo por el fuego. Llevaba, además, en su mano un bastón de forma insólita, bifurcado, a saber, en su parte superior.

Interrogado qué quería decir aquel bastón: Es cosa, dijo, de gran misterio. Pues mientras, como ahora veis, el Cielo mira hacia arriba con dos cabezas, Dios posee dos partes del orbe, cediéndome a mí la tercera parte. Pero si someto esas dos cabezas superiores del bastón hasta la tierra, y erijo la parte inferior de él, que es simple, para que mire hacia el Cielo, retenidas por mí dos partes del mundo, dejaré solamente una tercera parte para Dios.

Ante esto rió todo el Sínodo, admirado de que el hombre estuviera dado a tan profunda reprobación: mas, ordenado por decreto del Concilio que fuera diligentemente custodiado, para que aquella peste no volviera a reptar, sobrevivió poco tiempo.

Henricianos, llamados así por cierto Enrique de Toulouse, sostenían la misma doctrina que Pedro de Bruys, y añadían que esos se burlaban de Dios que cantaban en la Iglesia.

Apostólicos, llamándose a sí mismos Apóstoles renacidos, y enviados inmediatamente por Dios. Condenaban el Matrimonio, el uso de alimentos condicionados con leche, el Bautismo de los párvulos, el purgatorio, las oraciones por los difuntos, y todos los Sacramentos.

Valdenses, alrededor del año de Cristo 1181, por Valdo de Lyon, que había distribuido sus bienes a los pobres, fueron llamados pobres de Lyon: rechazaban la obediencia al sumo Pontífice, el culto de las Imágenes, las Oraciones a los Santos, las fiestas de la Iglesia, el óleo del bautismo, la Confirmación, los ayunos, la Confesión auricular, la remisión de los pecados, el Purgatorio, los méritos, las órdenes Religiosas, la extremaunción, los milagros, los juramentos, los cantos de la Iglesia, las Horas Canónicas, y casi todas las cosas que florecen en la Iglesia Romana. Afirmaban que los Prelados y los Príncipes pierden autoridad por el pecado; que la Iglesia erró en tiempo del Papa Silvestre: que el Símbolo debía ser rechazado, y que toda cópula era lícita. Los condenó el Pontífice Lucio, sin embargo, no pudo extinguirlos enteramente.

Pedro Juan enseñó en este tiempo 1. Que el costado de Cristo había sido perforado viviendo aún Cristo. 2. Que el alma racional no es forma del cuerpo. 3. Que la Iglesia universal es la Babilonia del Apocalipsis; que el Papa es el místico Anticristo. Así lo refieren Guido Carmelita, y Bernardo de Luxemburgo en el Catálogo de herejías.

Almarico enseñaba muchas locuras. Primero, sostenía que el Cuerpo de Cristo no estaba de otro modo en el pan del altar que en cualquier otro pan, y en cualquier otra cosa, negando la Transubstanciación. Segundo, que Dios había hablado en Orígenes igual que en Agustín. Tercero, negaba también la resurrección de los cuerpos, así como el Paraíso y el Infierno: sino que quien tuviera en sí el conocimiento de Dios, ese tendría también en sí el Paraíso; y quien tuviera en cambio pecado mortal, ese tendría en sí el mismo infierno, no de otro modo que un diente podrido en la boca. Cuarto, afirmaba que incensar altares dedicados a los santos e imágenes, así como las invocaciones de los santos, era idolatría. Quinto, no solo con los armenios, afirmaba que Adán y Eva jamás debían unirse en unión carnal si hubieran permanecido en aquel estado en que Dios los creó; sino también que no había diferencia alguna entre los sexos, sino que la multiplicación de los hombres habría sido futura como la de los ángeles, contra aquello que se escribe en el Génesis: Creó el Señor al hombre a imagen y semejanza suya; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Sexto, afirmaba además que Dios no se ve en sí mismo, sino en las criaturas, como la luz en el aire. Séptimo, asimismo, que aquello que en otro caso es pecado mortal, hecho con caridad no es pecado, prometiendo impunidad a los pecadores. Finalmente, afirmaba que las ideas, que están en la mente divina, pueden ser creadas, siendo contra esto —por testimonio de Agustín— que en la mente divina nada hay sino lo eterno e inmutable. Noveno, soñaba también que la mente del Contemplativo, o del Bienaventurado, pierde su ser en su propio género, y vuelve a aquel ser ideal que tuvo en la mente divina. Décimo, enseñaba que todas las criaturas al fin vuelven a Dios, y convertidas en Él, llegan a ser un solo individuo con Él. Por último, negaba que en la resurrección hubiera doble sexo.

Sin embargo, Rigord afirma en la vida de Felipe Augusto que, convencido y refutado por los teólogos parisinos, revirtió de su error y acudió a Roma para obtener del Sumo Pontífice el perdón de la culpa cometida.

Pero cuando después de su muerte sus discípulos divulgaron sus errores, y además afirmaron que Almarico había sido verdaderamente el Espíritu Santo, y que el reino de Dios Padre había durado hasta Cristo; mas el de Cristo solamente hasta Almarico, y por consiguiente que la ley evangélica y todos los sacramentos ya habían cesado, y que solo vigoraba la ley de la caridad, por cuyo motivo cuanto se hacía no podía ser pecado: de ahí que decían que las lujurias, los adulterios y otras cosas también nefandas no eran pecaminosas mientras se cometieran con miras a la caridad; para oponer remedio a tan gran mal, que entonces asolaba por toda la provincia de Orleans, procedióse con censuras eclesiásticas y de la autoridad regia contra aquellos míseros Enemigos: pero como ni siquiera se movieran, finalmente se combatió contra ellos con fuego y hierro, y en execración de este crimen se castigó incluso al mismo origen, Almarico, ya hacía mucho fallecido y, según se creía, sepultado en paz de la Iglesia. Pues por edicto público fueron exhumados sus huesos, entregados al verdugo para quemarlos, y sus cenizas dispersas por los estercoleros.

En estos nuestros tiempos había reverdecido, hace ya tiempo sepultado y extinguido, el error de una caridad desatinada, por obra de cierto fanático llamado Morin, quien tras haber enloquecido a muchísimos, fue finalmente entregado por autoridad pública a la cárcel en París, condenado y quemado vivo.

Los Albigenses surgieron en tiempo de Inocencio III, y quizá antes, quienes no solo con sermones, sino también con armas afligieron largo tiempo a la Iglesia. Sus errores recuenta san Antonino en la Summa theologica, parte 4, título 11, capítulo 7, a saber, que ponían dos principios coeternos, uno bueno, otro malo, a manera de los maniqueos: y otras cosas de este género. Véase a san Antonino en la Summa historialis, tercera parte, título 19, capítulo 1.

Herejesarcas del siglo decimotercero.

Guillermo de Saint-Amour, en tiempo del papa Alejandro IV, con furor de odio contra los religiosos mendicantes, enseñó que es ilícito abandonarlo todo si no se es obligado. Lo mismo enseñó Desiderio el Lombardo, y añadió que no es lícito instituir o ingresar en orden religioso alguno que no posea bienes, al menos en común. Escribieron contra esta herejía santo Tomás en la obrita contra impugnantes religionem, y san Buenaventura en varios opúsculos.

Los Fratricelli, bajo cierto autor llamado Hermanno, junto con Dulcino de Novara iniciaron su herejía, enseñando que la autoridad de la Iglesia Romana había cesado por la malicia de los Prelados: que ellos solos eran la verdadera Iglesia, y perfectos, como fueron los Apóstoles; que no debían obedecer a nadie, y que su secta venía inmediatamente de Cristo; que todos los Pontífices desde el tiempo de san Silvestre habían sido prevaricadores, exceptuado Celestino quinto. Esto y cosas semejantes lo condenó Bonifacio VIII. Véase a Nauclero, generat. 41, y a Juan de Torquemada, lib. 4 de la Summa, parte 2, cap. 37.

Los Begardos y Beguinas, bajo cierto autor llamado Bogonato (los cuales parecían querer ser Monjes las unas, y Beguinas monjas, pero sin votos), enseñaban que el hombre puede llegar a ser impecable en esta vida: y que ya no está obligado a los ayunos y a la oración, y que no puede crecer en gracia, y otras cosas de este género. Véase a Álvaro en De Planctu Ecclesiae, lib. 2, cap. 52; y a Juan de Torquemada, lib. 4, parte 2, cap. 36.

Gualterio Lollardo enseñó que Lúcifer fue condenado injustamente por Dios, según atestigua Tritemio en su Crónica del año 1325, donde refiere también otros errores.

Marsilio de Padua y Juan de Janduno enseñaron muchos errores, los cuales condenó Juan XXII en la Extravagante que comienza Licet iuxta doctrinam. La suma de sus errores es que san Pedro no fue cabeza de la Iglesia, y que Cristo pagó el didracma forzado por necesidad, no por condescendencia.

Los Flagelantes, surgidos ciertamente en Italia, se propagaron sobre todo en Alemania. Enseñaban que no pueden salvarse quienes no se bautizan en su propia sangre flagelándose con cuerdas anudadas: despreciaban los sacramentos y demás obras buenas. Negaban que existiera el Purgatorio en la otra vida. Finalmente padecían muchos más errores. Véase a Bernardo de Luxemburgo en su Catálogo de herejías, y a Nicolás Sanders en De Visibili Monarchia Ecclesiae.

Hereesiarcas del siglo decimocuarto.

Juan Wiclefo (dice nuestro Sedulio), sacerdote inglés, maestro en artes, por el año mil trescientos cincuenta y dos, siendo emperador Carlos IV, divulgó impíos dogmas: cuyo veneno Jerónimo de Praga, bebiéndolo con avidez suma cuando estudiaba en Oxford, en Inglaterra, difundió después en Praga junto con Juan Hus, quien, atrayendo poco a poco al pueblo al odio contra el Clero mediante la doctrina recomendada de Wiclefo, y captándose el favor popular con sus escritos turbulentos, los tradujo a la lengua vulgar. Los artículos erróneos de Wiclefo se cuentan cuarenta y cinco los principales, de los cuales transcribiré preferentemente aquellos que los innovadores de nuestro tiempo han resucitado, para que sepan que son malos huevos de aquellos malos cuervos.

  1. La sustancia del pan y del vino permanece materialmente en el Sacramento del altar.

  2. Los accidentes del pan no permanecen sin sujeto en el mismo Sacramento.

  3. Cristo no está allí realmente en su propia presencia corporal.

  4. No está fundado en el Evangelio que Cristo instituyera la Misa.

  5. Dios debe obedecer al diablo.

  6. Si el hombre estuviere debidamente contrito, toda confesión exterior es superflua.

  7. Es contra la Escritura que los eclesiásticos tengan posesiones.

  8. Los señores temporales pueden quitar arbitrariamente los bienes temporales a los poseedores delincuentes.

  9. Pecan quienes fundan claustros, y los que entran en ellos son varones diabólicos.

  10. Los santos que instituyeron religiones privadas pecaron al instituirlas.

  11. Los religiosos que viven en religiones privadas no son de la religión cristiana.

  12. Todos los de la orden de los mendicantes son herejes.

  13. Todas las cosas proceden por necesidad absoluta.

  14. La confirmación de los jóvenes, la ordenación de los clérigos, la consagración de los lugares, se reservan al Papa y a los obispos por codicia de ganancia temporal y de honor.

  15. La excomunión del Papa, o de cualquier Prelado, no debe temerse, porque es censura del Anticristo.

  16. El Papa con todos los clérigos que poseen bienes son herejes, porque poseen bienes, y también los que consienten con ellos.

  17. El Emperador y los señores seculares fueron seducidos por el diablo para dotar a la Iglesia con bienes temporales.

  18. La Iglesia Romana es la sinagoga de satanás.

  19. El Papa no es Vicario inmediato de Cristo ni sucesor de Pedro.

  20. La elección del Papa por los Cardenales fue introducida por el diablo.

  21. Es necio creer en las indulgencias del Papa y de los Obispos.

  22. Todas las religiones fueron indistintamente introducidas por el diablo.

Tales artículos de Juan Hus, o más tediosos aún, los cuales, una vez examinados en la sesión 12 del mismo Concilio de Constanza, no podemos omitirlos todos, sino que transcribiré los principales.

  1. Una sola es la santa Iglesia universal, que es la única universidad de los predestinados.

  2. Pablo nunca fue miembro del diablo, aunque realizó algunos actos semejantes a los actos de la Iglesia de los malignos.

  3. Los preconocidos no son partes de la Iglesia, puesto que ninguna parte de ella caerá definitivamente, porque la caridad de la Predestinación, con la que la une, no cae. Pedro no fue ni es Cabeza de la santa Iglesia Católica. Los sacerdotes que viven de cualquier manera criminosamente profanan el poder del sacerdocio.

  4. La dignidad papal tuvo su origen en el César.

  5. El Romano Pontífice no es Cabeza de la Iglesia Romana.

  6. Nadie hace las veces de Cristo o de Pedro, si no le sigue en las costumbres.

  7. El Papa no es sucesor manifiesto y verdadero del Príncipe de los Apóstoles si vive con costumbres contrarias a las de Pedro; y si busca la avaricia, entonces es Vicario de Judas.

  8. Los cardenales no son sucesores manifiestos y verdaderos del Colegio de los demás Apóstoles, si no hubieren vivido al modo de los Apóstoles.

  9. Los doctores que sostienen que quien deba ser corregido mediante la censura eclesiástica, si no quisiere corregirse, debe ser entregado al juicio secular, siguen ciertamente en esto a los Pontífices escribas y fariseos, quienes, diciendo: No nos es lícito matar a nadie, entregaron al propio Cristo, que no quería obedecerles en todo, al juicio secular, porque tales son homicidas más graves que Pilato.

  10. La obediencia eclesiástica es una obediencia según la invención de los sacerdotes de la Iglesia, sin la autoridad expresa de la Escritura.

  11. División inmediata de las obras humanas, según cuántas son de suyo, o virtuosas o viciosas.

  12. Mediante las censuras eclesiásticas de excomunión, suspensión y entredicho, el Clero somete a sí al pueblo laico, multiplica la avaricia, protege la malicia y prepara el camino al Anticristo.

  13. El Papa no debe ser llamado santísimo.

  14. La condenación de los cuarenta y cinco artículos de Juan Wiclef, hecha por los Doctores, es irracional e inicua.

  15. No hay ni vislumbre de apariencia de que deba haber un único Capaz que rija a la Iglesia en lo espiritual.

  16. Cristo, sin tales cabezas monstruosas, gobernaría mejor su Iglesia por medio de sus discípulos veraces dispersos por todo el orbe de la tierra.

  17. Los Apóstoles y los sacerdotes fieles del Señor rigieron diligenter la Iglesia en lo necesario para la salvación antes de que fuese introducido el oficio papal; así lo harían, faltando —por imposible— el Papa, hasta el día del juicio.

  18. Nadie es señor civil, nadie es prelado, nadie es obispo, mientras está en pecado mortal.

El Sínodo Constantiense ecuménico, al cual había convocado el Emperador Segismundo —Patriarcas cuatro, Cardenales veintinueve, Arzobispos cuarenta y siete, Obispos ciento sesenta, Abades y Doctores quinientos sesenta y cuatro—, sentenció acerca de Wiclef, Juan Hus y Jerónimo de Praga en estos términos:

Este santo Sínodo declara, define y sentencia que el mismo Juan Wiclef fue hereje notorio, pertinaz, y que murió en la herejía, anatematizándole. Y decreta y ordena que su cuerpo y sus huesos (si pueden distinguirse de los cuerpos de otros fieles) sean exhumados y arrojados lejos de la sepultura eclesiástica, conforme a las sanciones canónicas y legítimas.

Y en la sesión 15., contra Juan Hus:

Invocado el nombre de Cristo, este sacrosanto Sínodo Constantiense, teniendo solamente a Dios ante sus ojos, por esta sentencia definitiva, que pronuncia en estos escritos, proclama, decreta y declara que el dicho Juan Hus fue y es verdadero y manifiesto hereje, y que él dogmatizó y predicó públicamente errores y herejías hace tiempo condenadas, y muchísimas cosas escandalosas, ofensivas a los oídos piadosos, temerarias y sediciosas, en no pequeña ofensa de la Divina Majestad, escándalo de la Iglesia universal y detrimento de la fe católica. Por tanto, por lo antedicho y otras muchas razones, este santo Sínodo pronuncia que el prefado Juan Hus fue y es hereje; y juzga que ha de ser juzgado y condenado como tal hereje, y le condena por las presentes.

Los husitas se dividen en varias sectas: unos se llaman Orebitas, otros Taboritas, otros Huérfanos, otros Adánitas o Pichardos, por autor de cierto francés llamado Pichardo, el cual sedujo a muchos bohemios, diciéndose Hijo de Dios y llamarse Adán. Véase Eneas Silvio De origine Boemorum, caps. 40, 41, 43 y 47.

Hermannus Riesvich — Hermanno Rieswich, de nación batava, en tiempo de Alejandro VI, enseñó que el alma muere con el cuerpo, que no hay infierno, que Cristo fue un necio, que nuestra fe es fabulosa y el Evangelio falso. Así lo refiere Bernardo de Luxemburgo en su Catálogo de los Herejes. Este Hermann parece haber sido el más perdido y necio de todos los herejes, pues, aunque decía que el alma muere con el cuerpo, sin embargo prefirió ser quemado vivo antes que revocar su herejía.

Herejarca del siglo decimoquinto.

Martín Lutero, de nación sajón, natural de Eisleben, nacido de padres de escasa fortuna el año 1483, monje agustino de profesión, a quien Erasmo de Róterdam, por sus propios escritos, descubrió como hombre rarísimo en maldad: hecho desertor hereje desde católico monje, imitó gravemente al padre de todos los herejes, Simón Mago, diciéndose ser la suma virtud de Dios; pues, por la excesiva estima de sí mismo, se predicaba Evangelista del Señor; llamado por sus secuaces Elías, precursor de la venida del Señor. Se dice que nació de un íncubo, de modo que no es de extrañar que fuese grato al Diablo y su familiar. En efecto, en el libro que escribió de Missa angulari refiere no oscuramente quién fue el autor de su doctrina; pues introduce allí al Diablo disputando consigo y proponiendo contra la Misa argumentos más fuertes que aquellos que pudieron ser refutados por él; describe también allí su voz, por ser grave y robusta, y sonar tan terriblemente, que sucede a veces por experiencia que después de la conferencia nocturna con el Demonio, los hombres son hallados muertos al día siguiente; pues, dice, puede incluso matar el cuerpo; y luego deja al alma tan ansiosa, que a veces necesita en un momento partir del cuerpo; lo cual escribe que le ha acaecido casi muchas veces, y que finalmente le acaeció al cabo.

Confiesa descaradamente que no comió con el Diablo no solo un poco de sal, sino mucha, e incluso más de un modio de sal juntamente; por lo cual comunicó con él muchas cosas, y aprendió de él como maestro, especialmente, que la Misa no es sacrificio; ni que debe comulgar bajo una sola especie; ni que ha de creerse algo que no esté escrito en los libros divinos. Asimismo escribe que confesó ante el Diablo haber pecado por haber celebrado la Misa; e incluso que no amó a Dios, antes bien odió al justo que castiga a los pecadores. Y finalmente, en la Disputa de Leipzig se oyó su voz blasfema, antes bien, monstruo furioso: Non propter Deum haec res coepta est, neque propter Deum finietur. Siendo esto así, ¿quién puede dudar que Lutero sea de aquel rebaño de los que en los últimos tiempos, abnegando la fe y atendiendo a los espíritus de error y a las doctrinas de demonios que hablan mentira en hipocresía, introdujo dogmas diabólicos impíos y heréticos, teniendo por autor y maestro al Diablo?

Y aunque los Teólogos parisinos consideraron que Lutero era indigno de que se escribiese contra él, porque no solo había defendido los errores de los wiclefitas y hussitas, sino también errores antiquísimos que la Iglesia derramó en otro tiempo y anonadó, y de nuevo los llamaba ahora a la arena, y por ello a un hombre tan impío convenía examinarle más bien con llamas que con argumentos; sin embargo, como ya los alemanes habían bebido y embriagádose abundantemente del cáliz de los errores de Lutero, hasta el punto de que aquel veneno comenzaba a reptar hacia las naciones extranjeras, era necesario que cada región se previniese contra aquel mal; por eso la Sacra Facultad Teológica de París sometió a su examen los escritos de Lutero; y detectados en ellos muchos errores, compuso una censura con la cual conservó a Francia en la fe antigua, y fue también amparo para muchos extranjeros, entre quienes está en aprecio la autoridad del príncipe de esta Facultad, para que sus mentes no fueran ocupadas por el torrente de los errores corrientes. Esta censura, transcrita de Tomás Ilírico, la refiere D. Bail en su aparato ad Concilium Tridentinum.

Andrés Carlostadio, que fue el primero de los discípulos de Lutero en tomar mujer públicamente siendo sacerdote, y junto con él Huldrico Zuinglio y Juan Ecolampadio iniciaron la herejía sacramentaria el año 1526, enseñando que en la Eucaristía no está el cuerpo de Cristo sino en señal; y añadieron que las imágenes de Cristo y de los Santos deben ser destrozadas. Véase a Juan Cochleo en el libro De actis Lutheri, año 1526.

Baltasar Pacimontano y Bernardo Rothmann instituyeron la secta de los anabaptistas el año 1527, que es asimismo prole del luteranismo, y dividida en varias sectas. Éstos enseñan que los párvulos no deben bautizarse y que, si han sido bautizados, deben bautizarse de nuevo cuando sean adultos. Enseñan otros muchísimos errores, sobre los cuales véase a Juan Cochleo, De actis Lutheri, año 1520, y al Cardenal Hosio, lib. 1. De Haeresibus nostr. temporis.

Felipe Melanchton, discípulo de Lutero, compuso la Confessio Augustana el año 1530, de donde fueron llamados Confesionistas y luteranos blandos los que la siguen. Tienen muchos errores, como que las partes de la penitencia son solo dos: Contrición y Fe; es decir, los terrores de la conciencia y la fe, por la cual creemos que por Cristo nos han sido remitidos los pecados. Véase a Cochleo en el libro De actis Lutheri.

Juan Calvino, en nuestro siglo Príncipe de los herejes, antes bien, fácilmente de todos los herejarcas, nació el año del Señor 1509. Su padre, Gerardo Cauvin, algunos ciudadanos ilustres de Noyon atestiguaron que fue hombre impío y sumamente blasfemo contra Dios. Se hizo indagación sobre las costumbres y vida del hijo, y entre otras cosas consta en los registros públicos que Juan Calvino, obteniendo en Noyon el beneficio de curato y otro sacerdocio de cierta capilla, convicto del crimen sodomítico llegó a riesgo de su vida; para que fuese quemado a fuego, pena ordinaria y legítima de semejante crimen; pero por la conmiseración del Obispo de la ciudad le fue moderada la pena: que se le marcase con hierro candente un lirio en el hombro. No soportando esta ignominia, marchóse a Alemania, ocultándose en Basilea. Entonces, desterrado en Estrasburgo, fue hecho Predicador de los Fugitivos. Después, partiendo a Italia, se nombró entonces Carlos Happ; finalmente, el que era Cauvin se llamó Calvino. Volviendo de allí, vino a Ginevra hacia el año 1537, e infectó a toda Francia con sus blasfemias, la trastornó y perdió, a causa de su nuevo artificio de cena, por el cual imagina a Cristo, aunque ausente, presente solo por su propia virtud y eficacia mediante la Metonimia. En lo cual conviene ni con su Padre Farello, ni con Ocolampadio, ni con su Abuelo Zuinglio: a cada uno de los cuales reprendió por no tratar rectamente la Cena del Señor.

Enseñó además muchos otros errores; primeramente acerca de la Predestinación: que Adán, por ordenación de Dios y eterno decreto, cayó necesariamente en el pecado; que ciertos descendientes de Adán que se salvan son Electos; otros destinados a muerte sempiterna; y afirmaba que la primera y principal causa de esta diversidad es la voluntad de Dios. Que Dios creó principalmente el género humano para la perpetua condenación y perdición; que Dios creó a Adán no solo para que pereciese, sino también para que le hubiese predestinado desde la eternidad a la ruina; y por tanto debía necesariamente pecar.

Acerca del libre albedrío, niega que el hombre esté dotado de libre albedrío, ya que enseña que Dios no solo permite los pecados, sino que obra en ellos eficazmente.

Acerca de los pecados enseña que Dios es autor del pecado: que Dios no solo permite que los hombres hagan los pecados que hacen, sino que se hacen por voluntad e instigación de Dios: que todos los pecados que se cometen son absolutamente obras de Dios; verbigracia, el hurto, el adulterio, etc., no se hacen solo por el hombre, sino que Dios los obra en el hombre: que el Diablo miente por mandato de Dios: afirma, como Lutero, que solo la incredulidad es pecado mortal: que no hay distinción entre pecado mortal y venial, ni ninguno debe llamarse venial, sino que todo pecado es inmortal: que la Ley de Dios y la voluntad de Dios están a menudo contrarias entre sí.

Sobre la fe, la justificación y la salvación, enseña que todo hombre justo sabe que está en gracia; y que es cierto de su propia justificación, por cuanto la fe por la que el hombre es justificado puede ser cierta para cualquiera; usurpando mal aquello de Agustín: nada hay más cierto al hombre que su fe, de modo que, dice Calvino, aunque cometa cualesquiera pecados, cualesquiera deshonestidades y crímenes, sin embargo no se le imputa ninguno al creyente.

Sobre las obras y los méritos, que ninguna obra humana, por buena que sea, es meritoria de la vida eterna; ni necesaria para alcanzar la vida eterna: confiesa en efecto que en nuestras obras hay algún mérito al cual responden premios corporales y espirituales, pero no la vida eterna; antes bien afirma que todo justo peca en todo bien.

Sobre los votos y los monasterios, afirma que no hay absolutamente ninguna diferencia entre el precepto y el consejo Evangélico, ni que haya algún consejo en el Evangelio, sino que todas las cosas que nos fueron recomendadas por Cristo son preceptos. Por tanto condena todos los votos, afirmando que nada aprovechan, por cuanto imponen a los hombres una cierta necesidad, porque dice el Profeta: voluntariamente te sacrificaré. Enseña además que nada puede ser votado a Dios, salvo lo que por Él ha sido mandado.

Sobre el Matrimonio. Aunque confiesa que es bueno pedir a Dios auxilio para contenerse, dice sin embargo que esta invocación no es remedio suficiente para conservar la continencia, y por eso que es necesario el matrimonio; y que en el tiempo de la gracia sigue en vigor aún el precepto universal que obliga a todos a las nupcias, a saber: no es bueno que el hombre esté solo. Enseña además que el bautismo no es necesario a los niños.

Sobre el sacrificio de la Misa, niega que la Misa fue instituida por Cristo; y blasfema diciendo que ella no es sacrificio ni obra buena, etc. Véase a Prateolo, Bolsec, etc.

Miguel Servet, siendo español de 25 años, se jactaba de ser el sumo Profeta del orbe; escribió además siete libros De erroribus Trinitatis: en los cuales enseñó que no hay en Dios generación real: que no hay en Dios distinción personal: que no deben bautizarse los hombres sino en el año 30; finalmente, en el año 1555 fue entregado al fuego en Ginebra por el mismo Calvino. Véase a Juan Cochleo, De actis Lutheri, en el año 1532, y a Surio en la historia del mismo año.

David Jorge, nacido en Delft, en Holanda, predicó que él era un insigne Profeta e Hijo de Dios mayor que Cristo Jesús, y que al tercer año después de su muerte resucitaría y restablecería el Reino de Israel. Pero ya han pasado unos ochenta años desde su muerte, y sin embargo no resucitó, ni resucitará, sino en el día postrero, con los demás impostores, para ser atormentado con fuegos eternos. Véase toda la historia en Surio, en la Historia del año 1555.

Gaspar Schwenckfeld, uno de los Confesionistas, inventó doctrinas propias. Enseñó que la naturaleza humana de Cristo después de la ascensión fue cambiada en divina, y que debemos estar contentos solo con el Espíritu: que la palabra vocal, como letra que mata, debe ser rechazada. Véase a Friderico Estapilo en el libro De Concordia Lutheranorum.

Andrés Osiandro, uno de los Confesionistas, pero por sus nuevas herejías hereje incluso ante los mismos Confesionistas, enseñó que la Caridad y la Justicia y la Sabiduría, por las cuales el hombre es Justo y Sabio, son la misma esencia de Dios, y que Cristo justifica a los hombres solo según la naturaleza divina. Véase a Frederico en el lugar citado y a Surio en la Historia del año 1555.

Juan Brentio, nada pequeño entre los Confesionistas, enseñó que la humanidad de Cristo, desde la misma encarnación, siempre estuvo en todas partes. De ahí nacieron los Ubicuistas. Contra él combatieron acremente durante largo tiempo Teodoro, Bezа y otros. Véase a Surio en la Historia de 1561.

Matías Ilírico, autor principal de la historia Centuriata de Magdeburgo y Padre de los luteranos rígidos, además de otras doctrinas estupidísimas, enseñó que el pecado original es sustancia.

Libertinos, con autor cierto Quintino, enseñan que es lícito simular y disimular la Fe y la Religión y comunicar con todos; que hay un solo Espíritu inmortal; que los Ángeles y las Almas de los hombres no son inmortales; que Cristo no murió verdaderamente en la cruz, sino solo en apariencia. Enseñan otras muchas cosas, pero ocultamente y entre sí, como el mismo Calvino refiere en el libro Contra Libertinos, donde dice que le es sabido que hay muchos millares en esta secta.

Valentino Gentilis, de patria Cosenza, en el año 1558, resucitando el arrianismo, comenzó a enseñar que las tres Personas divinas son tres Espíritus eternos diferentes en número esencial, pero que el Padre era mayor que el Hijo y que el Espíritu Santo: por cuya herejía fue decapitado en Berna por los mismos herejes. Esta Historia se conserva en Benedicto Aretio, autor condenado a quien cita Belarmino, porque no tuvo otros que lo refirieran.

Francisco David, junto con los demás ministros transilvanos, enseñó que sólo el Padre es verdadero Dios, que el Hijo y el Espíritu Santo son virtudes de Dios, no distintas del Padre, ni en persona, ni en relación, ni en esencia; que Cristo es puro hombre, pero que se le llama verbo de Dios, porque anunció las palabras de Dios.

Socino corrompió toda la Teología, en primer lugar acerca de la sacratísima Trinidad y de la justificación del hombre ante Dios.

Los Puritanos tuvieron su origen en Inglaterra en tiempo de la Reina Isabel (Vision Regina with apostrophe artifact, tesseract Regine — genitive Reginae adiudicated)e, la cual se había apartado de la Comunión Católica; les fue impuesto este nombre, o bien porque se jactaban de ser calvinistas reformados, o bien porque seguían la Escritura pura, o bien porque se proclamaban purísimos y santísimos. Ellos, igual que los calvinistas, habían suprimido al final de los Salmos el versículo Gloria Patri, etc., que la Iglesia había añadido en ellos contra los Herejes, que no querían adorar al Hijo junto con el Padre. Los Antipurtianos aún hoy en Inglaterra se oponen enteramente a las opiniones de los Puritanos.

Los Pacificadores, por obra de Juan Sturmio, dicen que la Religión Calvinista no difiere esencialmente de la Católica; de ahí que cierto Ministro Anónimo, bajo el nombre de Cristiano Constante, escribió bastantes cosas sobre la conformidad de una y otra Iglesia.

Los Arminianos, o Remonstrantes o calvinistas remisos, tuvieron su origen en Jacobo Arminio, Ministro de Ámsterdam, que fue hecho después Profesor de Teología de Calvino en la Academia de Leiden entre los holandeses, cuya Cátedra había ocupado antes Francisco Gomaro. Este Arminio quiso ser siempre reputado calvinista, aunque sostenía muchas opiniones muy distantes de Calvino y de los calvinistas rígidos contra los Remonstrantes. Los calvinistas rígidos tienen por autor a Gomaro, quien emprendió la disputación contra Jacobo Arminio. Estos seguían el rigor de las opiniones de Calvino sobre el libre albedrío, sobre la gracia, sobre la reprobación y otras cosas.

Conrado Vorstio, Ministro holandés, discutía las perfecciones divinas, tales como la simplicidad de Dios, su infinitud, inmensidad y eternidad, lo cual trae la mayor división entre los Reformados de Holanda aun en estos tiempos. Los Metaforistas, que reducían todo a metáforas, decían que el Hijo de Dios no era propiamente tal, ni verbo del Padre, ni Imagen, sino por metáfora.

Marcos Antonio de Dominis, que se intruyó fraudulentamente en el Arzobispado de Spalato en Dalmacia, procuró siempre deprimir la autoridad del Papa.

En Holanda, Bohemia, Alemania e Inglaterra surgen continuamente nuevas Sectas, cuyo número es imposible enumerar. También en estos mismos tiempos han brotado más de ellas acerca de la divina Predestinación y de la Gracia, erróneas afirmaciones condenadas por la Iglesia.

Pero aquí debe observarse que los mayores Herejes tuvieron siempre un final desdichado. Pues Simón Mago, cuando quiso volar, derribado por las oraciones de San Pedro, se rompió las piernas, y poco después murió con suma ignominia. Así Egesipo, lib. 3, cap. 2, de Excidio Ierosol., y Arnobio, lib. 2, contra Gentes. Manes fue desollado vivo por el Rey de los persas, porque mató a quien debía curar al hijo del Rey, según Epifanio, Herejía 36. Montano, Teodoto y sus profetisas se ahorcaron a sí mismos con lazos, como refiere Eusebio, lib. 5, Historiarum, cap. 16. Los Donatistas fueron despedazados por los mismos perros a quienes arrojaban la Eucaristía, según Optato, lib. 2, contra Parmenianum. Arrio, queriendo entrar en la Iglesia, acudió de pronto, por un movimiento de vientre, a las letrinas públicas, y juntamente con los excrementos derramó todas sus entrañas y el alma, según Atanasio, Orat. 1, contra Arianos, y Rufino, lib. 10, Hist., cap. 13. Valente arriano fue quemado vivo por los godos, según Rufino, lib. 11, Hist., cap. 13. Nestorio, consumida su lengua impía por los gusanos, murió miserabilmente, según Evagrio, lib. 1, Hist., cap. 6. Anastasio, Emperador favorecedor de los eutiquianos, pereció por un rayo, según Cedreno y Zonaras. Lutero, habiendo tomado por la noche una cena espléndida gozoso y sano, y habiendo provocado a risa a todos con sus donaires, aquella misma noche murió, según Cochleo en la vida de Lutero. Zuinglio fue asesinado en la guerra contra los Católicos. Ecolampadio, habiendo ido a dormir sano la noche anterior, fue hallado muerto por su mujer en el lecho por la mañana. Según Cochleo, en las actas de Lutero, año 1531. Carlstadt fue muerto por un Demonio. Así los Ministros de Basilea en la Epístola que publicaron sobre la muerte de Carlstadt. Y finalmente Juan Calvino, aquejado de horribles y sensibles enfermedades, expiró consumido por gusanos, como atestigua Jerónimo Bolsec en su vida, añadiendo que murió blasfemando, invocados los demonios.

Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)

Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)

Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi

Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae

Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina

Quaestio II: An theologia positiva sit utilis et necessaria

Quaestio III: An, et qualiter theologia scholastica Ecclesiae Dei prosit

Articulus II: De essentia theologiae

Quaestio I: An theologia Dei et Beatorum sit proprie dicenda scientia

Quaestio II: An theologia Viatorum perfectae scientiae characteres habeat

Quaestio III: An theologia nostra perfectae sapientiae titulo glorietur

Quaestio IV: An theologia nostra subalternetur scientiae Dei, et Beatorum

Quaestio V: Quodnam sit obiectum theologiae nostrae

Articulus III: De proprietatibus, et praecipuis characteribus nostrae theologiae

Quaestio I: An theologia nostra sit speculativa, vel practica

Quaestio II: An theologia nostra sit habitus supernaturalis

Quaestio III: An theologia nostra certior sit, et dignior scientiis naturalibus

Quaestio IV: An theologia nostra sit argumentativa, et adhaesiva

Quaestio V: Quinam sint loci ex quibus theologia argumenta sua depromit

Introductio II: Primi libri Sententiarum methodica explanatio

Tractatus I: De Deo in se subsistente

Disputatio I: De existentia et essentia Dei

Articulus I: De existentia Dei

Quaestio I: An, et quomodo nobis constet Deum existere

Quaestio II: An Deum existere sit per se notum

Quaestio III: An et quomodo demonstrari possit Deum existere

Quaestio IV: Quibus rationibus demonstrari possit Deum existere

Quaestio V: An et quomodo probari possit unicum esse Deum

Articulus II: De essentia, seu de praedicatis quidditativis Dei

Quaestio I: An et quomodo Deus possit definiri

Quaestio II: An rationes Entis, et Existentiae essentialiter Deo competant

Quaestio III: An Deus sit substantia completa, spiritualis, vivens

Articulus III: De ratione formali constitutiva, et ultimo distinctiva essentiae divinae

Quaestio I: An essentia divina ultimo constituatur, et distinguatur per Aseitatem, et Intellectionem, alterutro ex tribus modis statim assignatis

Quaestio II: Quaenam sit ratio formalis ultimo constitutiva, et distinctiva Dei

Disputatio II: De perfectionibus divinis in communi

Articulus I: De divinarum perfectionum conceptu, numero, et praecellentia

Quaestio I: Quot, et quae sint divinae essentiae perfectiones

Quaestio II: Quot, et qualiter divinae perfectiones essentiae divinae competant

Articulus II: De divinarum perfectionum identitate, et distinctione

Quaestio I: An divina attributa idem sint realiter cum essentia divina, an solo nomine ab ea diversa

Quaestio II: An attributa divina tum inter se, tum ab essentia formaliter, et actu distinguantur

Disputatio III: De perfectionibus modificantibus divinam essentiam, seu de attributis negativis

Articulus I: De simplicitate divina

Quaestio I: An Deus sit omnino simplex, et in quo formaliter consistat eius divina simplicitas

Quaestio II: An Deus omnem compositionem realem excludat

Quaestio III: An Deus omnem compositionem metaphysicam excludat

Quaestio IV: An summa simplicitas soli Deo conveniat

Articulus II: De infinitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse infinitum

Quaestio II: An, et quomodo Deus ratione suae infinitatis omnes omnino perfectiones contineat

Articulus III: De immensitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo probari possit Deum esse immensum, et ubique

Quaestio II: An recte inferatur Dei praesentia secundum essentiam in omnibus rebus ex illius in ipsis operatione

Quaestio III: An Deus ratione suae immensitatis realiter sit extra mundum, et in spatiis imaginariis

Articulus IV: De aeternitate Dei

Quaestio I: Quid, et qualis sit aeternitas

Quaestio II: An, et quomodo aeternitas Deo conveniat

Quaestio III: Quomodo Deus ratione aeternitatis creaturae coexistat, et creatura Deo

Articulus V: De immutabilitate Dei

Quaestio I: An Deus sit omnino immutabilis

Quaestio II: An Deus sit immutabilis extrinsece

Articulus VI: De ineffabilitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo Deus sit ineffabilis

Quaestio II: Quae, et quomodo nomina Deo conveniant

Articulus VII: De invisibilitate, et visibilitate Dei tam respectu Viatorum, quam Beatorum

§ I: De possibilitate, et existentia intuitivae visionis Dei

Quaestio I: An Deus sit invisibilis, vel visibilis naturaliter creaturae iam existenti, aut alicui creabili

Quaestio II: An Deus saltem supernaturaliter visibilis sit oculo mentis, et corporis

Quaestio III: An possibilitas divinae visionis intuitivae ratione naturali probari possit

Quaestio IV: An Deus visus fuerit intuitive ab aliquo hac in mortali vita degente

Quaestio V: An viri sancti statim post mortem Deum intuitive videant: et quae fuerit hac de re sanctorum Patrum, et Millenariorum sententia

§ II: De principiis productivis visionis beatificae

Quaestio I: An species impressa Dei sit possibilis, etc.

Quaestio II: An, quid, et quale sit lumen gloriae

Quaestio III: An, et quomodo intellectus concurrat ad formandam visionem beatificam

§ III: De obiecto visionis beatificae

Quaestio I: Quodnam sit obiectum primarium beatae visionis, et quomodo Deus videatur a beatis

Quaestio II: An, et quomodo Beati videant in Deo creaturas

§ IV: Quot, et quae sint beatae visionis proprietates

Quaestio I: An beata visio sit notitia simplex directa, et permanens

Quaestio II: An visiones beatificae sint inaequales, et unde inaequalitas oriatur

Articulus VIII: De incomprehensibilitate Dei

Quaestio I: An, et quomodo Deus sit incomprehensibilis

Disputatio IV: De divinis perfectionibus affirmantibus, seu de attributis Dei positivis

Quaestio I: An, et quomodo Unitas Deo conveniat

Quaestio II: Quid, et qualis sit entitativa Dei Veritas

Quaestio III: An, et qualiter Bonitas Deo conveniat

Quaestio IV: An, et quae sit Dei Pulchritudo

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