Scotus Academicus, Tomus primus: De Deo in se subsistente
Claude Frassen (1620–1711)
Scotus Academicus, seu universae Doctoris Subtilis theologica dogmata. Tomus primus. De Deo in se subsistente.
Dedicatio I: Reverendissimo Patri Aloysio Lauer ... (dedicatio editoris)
Al Reverendísimo Padre Aloysio Lauer supremo moderador de los Hermanos Menores que celebra el jubileo de su profesión religiosa
En memoria del hecho y como testimonio de piedad filial, el editor ofrece esta obra teológica, que lleva por título Scotus Academicus.
Praefatio I: Editor ad lectorem (praefatio editoris editionis 1900)
Para que se atendiera en muchos lugares al deseo del Romano Pontífice León XIII, a quien le es sumamente grata la restauración de la Filosofía y de la Teología Escolástica, los Editores han reimpreso una y otra vez en los últimos tiempos las obras de los autores que alcanzaron gran nombre entre los Escolásticos; y algunos, abandonando los volúmenes en folio, adoptaron un modo de edición tal que, por la modestia del volumen y a la vez por el bajo precio, las obras reimpresas fueran aprobadas por todos, con gran provecho de la doctrina escolástica.
El feliz resultado de semejante intento nos añadió estímulos para publicar, con igual criterio, algunas obras compuestas por Teólogos de la Orden de San Francisco, cuyos ejemplares, rarísimos, son buscados con empeño por los hombres doctos y se venden entre los libreros a precio altísimo. Comenzamos por la Summa Theologica extractada de las obras del V. Juan Duns Escoto por el P. Jerónimo de Montefortino, Teólogo del siglo XVIII, que sin duda reporta grandísima utilidad a quienes, dedicándose a las célebres obras de Santo Tomás, desean distinguir sin mucho trabajo cómo unos mismos argumentos son desarrollados por el Doctor Angélico y por el V. Juan Duns Escoto; después, para que la sabiduría del Doctor Sutil se ponga más claramente en luz y aparezca qué debe pensarse acerca de algunas cuestiones sobre las cuales se ha disputado en ambos sentidos, hacemos nuevamente pública esta obra del P. Claudio Frassen, Doctor de París, del siglo XVII.
No es necesario que nos detengamos largamente en los méritos de este ilustrísimo Teólogo; los lectores, sean cuales fueren sus escuelas, cuando hayan llegado al final de la obra, emitan sobre ellos su juicio. Nuestra tarea en este lugar es advertir a los lectores una u otra cosa acerca de la presente edición.
Y ante todo confesamos que nos faltó tiempo para cotejar las autoridades aducidas con las fuentes originales; pero faltó tiempo porque, apenas dimos a conocer nuestro propósito, fuimos por todas partes apremiados a que la nueva edición se concluyera cuanto antes. Ahora bien, esto es aquello en lo que nuestra edición aventaja a las tres anteriores, la parisina del año 1672, la romana del año 1721 y la veneciana del año 1734: que la nuestra verdaderamente es y puede llamarse edición corregida y aumentada por el mismo autor. En efecto, el mismo P. Frassen había preparado una segunda edición, pero impedido por la muerte no pudo llevar a efecto su propósito. Los volúmenes II, III y IV de la primera edición, ya corregidos y aumentados por él mismo, se conservan religiosamente en la Biblioteca Nacional de París (5°, 16888); mas el volumen I, ¡ay!, no nos fue dado encontrar, quizás porque pereció del todo. De la misma Biblioteca lo anotado y transcrito de su propia mano por el P. Frassen nos lo copió el ilustre P. Antonio de Serent, hijo de la Provincia de Francia, a quien damos aquí muchas gracias. Para los estudiosos señalaremos con el signo (*) en el vol. IV y siguientes los lugares en que esta edición difiere de las demás.
Conceda Dios que nuestros trabajos y gastos, nada pequeños, redunden en mayor gloria Suya y en provecho de la verdad católica.
Praefatio II: Lectori studioso (Frassenii praefatio)
A ti, Lector studioso, te presento la Academia celebrada en todo el orbe de la tierra del Doctor Sutil, príncipe fácilmente entre los Teólogos Escolásticos, en la cual —si mi opinión no me engaña— podrás no sólo sin dificultad alguna libar cuanto jamás manó de aquel ubérrimo Manantial de todas las ciencias de sabiduría sublime y sutil, sino incluso sorberlo con pleno pecho.
Pues he dispuesto todos los dogmas Teológicos del mismo, en cuanto lo ha permitido la pequeñez de mi ingenio, según la nítida methodo docente de la Academia Parisiense, de modo que en comparar la doctrina del mismo Sutil no te parezca quedar labor alguno, ni deba retraerte ni retardarte de su estudio la molestia de aquella pretendida oscuridad.
Mas para emprender obra tan ardua no he tenido un solo estímulo, sino múltiple. Urgíanme ante todo algunos Varones insignes de nuestro Orden Seráfico, para que a los dogmas Filosóficos del mismo Doctor, que yo había compuesto y confiado de nuevo al prelo, dedicase también los mismos afanes en los Teológicos; a fin de que los Estudiantes más jóvenes de una y otra Escuela quedasen exentos de la onerosa carga de una escritura asidua; no fuese caso que sus cuerpos, ya casi quebrantados por la aspereza del sustento y vestido, y por otras austeridades diurnas y nocturnas de nuestra estrecha Religión Seráfica, se viniesen del todo abajo bajo tan repetidamente repetido peso del continuo escribir, y se les apartase el ánimo anhelante de escudriñar los penetrales de la sagrada Teología. Porque el cuerpo que se corrompe agrava el alma y deprime el sentido que muchas cosas medita.
Se quejaban asimismo muchísimos Extranjeros de que, entre tantos eximios y eruditísimos Ilustradores e Intérpretes del Doctor Sutil, todavía parecía no haber salido a luz nadie que hubiese explicado su doctrina ardua y sutil con tal orden y con tanta perspicuidad y ubertad, que ni la brevedad de las palabras embotase la sutileza; ni la promiscua e indigesta variedad de cosas menos necesarias, junto con las necesarias, ensombeciese la verdad. Salen a luz, en efecto —decían ellos— casi todos los años muchísimas lucubraciones sutiles de varios Autores sobre el Doctor Sutil; pero algunas están constreñidas con una brevedad tan compendiosa, que de este inmenso Océano de Sabiduría no sacan sino unas cuantas gotitas para libarlas tan sólo con el extremo labio: otras redundan con tal exceso de palabras y de cosas fútiles, y explican la Teología Sutil con un aparato tan multiplicado y enorme de volúmenes, que apenas basta un curso íntegro de vida para desenvolverlos. Deseaban, pues, que saliese finalmente alguna vez de la escuela de los Sutiles alguno que explicase los dogmas Teológicos del Doctor Sutil con aquella methodo y con aquel orden, que ni la brevedad compendiosa hiciera el ánimo ayuno y vacío; ni la excesiva prolijidad fastidioso y repugnante.
Tampoco faltaron Varones conspicuos por piedad y doctrina, que reconvenían contra los Escritores Recientes, porque proponían a sus lectores una Teología árida y macilenta —decían ellos—, es a saber, provista de ningunos oráculos de los santos Padres, enriquecida con ninguna explicación de las célebres Controversias Eclesiásticas, y robustecida con ningún testimonio, o por extremo raramente, de las sagradas Páginas; cosas sobre las cuales, sin embargo, se estabiliza la Teología absoluta y perfecta como sobre sólidos y firmísimos fundamentos. Parecía, pues, digno de deseo que alguien escribiera así sobre toda la Teología, que en la misma obra tuviesen los Estudiantes qué proponen sutilmente y replantean en las Cátedras; qué proclaman en los Púlpitos, haciendo al pueblo sagradas palabras, sobre cada verdad Teológica, del fecundo almacén de los santos Padres; con qué, finalmente, en amable consorcio saciaría y recrearía ubérrimamente al codicioso de las Historias Eclesiásticas. Obra ciertamente grande y digna de celebrarse con memoria eterna, ¡si hallara Autor digno! Pero ¿qué mortal bastará plenamente a labor tan inmensa?
No soy yo, pues, de los que estimen que seré tenido por igual a llenar tan grande oficio. Empero, puesto que también en empresas arduas bastante es haberlo intentado, y glorioso es haber precedido a otros en las grandes cosas, aun a costa de la vida; nadie debe maravillarse si, aunque consciente de mi pequeñez, no obstante he juzgado que debe delinearse labor tan grande, para que acaso otro, si Dios algún tiempo lo concediere, lo lleve a cabo con todas sus circunstancias. Tiende, pues, mi labor a esto único: que, hecho para con todos todo, al menos en parte, ponga y explique ante nuestros estudiosos de Teología no sólo aquella que llaman Teología Escolástica, sacándola del mismo despensa del Doctor Sutil, sino también aquella que dicen Positiva, integrada según la oportunidad de la materia por los mismos oráculos de las sagradas Escrituras, de los Concilios y de los santos Padres; lo cual, si en algo lo hubiere conseguido, tú mismo lo juzgarás en el decurso de esta obra, Lector.
Quiero, además, advertirte de motu proprio una u otra cosa: a saber, que al escribir sigo una vía media; no con estilo más difuso, ciertamente, como algunos; ni más ceñido, como todos los demás, aunque doctamente igualmente que ingeniosamente. Tal fue, en efecto, mi consejo en la elaboración de esta obra: no tender a los tirones un saber compendioso y ayuno, ni ofrecer a los doctos y peritos uno difuso y casi hasta la náusea fastidioso. Por donde transcribir una larga serie de opiniones y aprobar las razones en que se fundan, gustoso lo omito como oficio ajeno: pues en modo alguno me parece digna de aprobación la costumbre de algunos que, mientras abrazan a veces una misma aserción con otros, sin embargo impugnan y rechazan las razones de éstos como flacas y débiles, para establecer finalmente la suya, frecuentemente mucho más flaca que aquellas que desecharon; con lo cual dejan todas las dudas e incertidumbres, y van a la ruina aquellas ciencias que habían emprendido adornar o explicar.
Y como estoy de todo ánimo enteramente entregado a defender la sentencia del Doctor Sutil, será necesario —confieso— apartarme muchas veces de la mente del Doctor verdaderamente Angélico, e impugnar a veces su doctrina y a sus Intérpretes; mas lejos estará siempre de mí toda injuria verbal, y me será cosa sagrada que la mutua contienda por alcanzar la verdad no deshaga el estrecho vínculo de la caridad fraterna, con el cual los Dominicanos Angélicos están unidos con perpetuo foedus con los Franciscanos Seráficos.
Aunque he puesto todo empeño en que cualquiera lea mis escritos más fácilmente de lo que los entienda; no niego, sin embargo, que quizá algunas cosas parecerán a algunos tan abstrusas, que padezcan un poquito en alcanzar su sentido; a quienes respondo con san Agustín, Libro I. De Trinitate:
Quienquiera, pues, que al leer dice: esto no está bien dicho, porque no lo entiendo; reprenda mi locución, no la fe: y quizá pudo decirse más claramente; sin embargo, ningún hombre ha habido jamás de suerte que en todo fuese entendido de todos. Mire, pues, quien de mi discurso se desagrada, si entiende a otros versados en tales materias y cuestiones, mientras no me entiende a mí, y dedique mejor su esfuerzo y tiempo a aquellos a quienes entiende. No piense, sin embargo, que por eso yo debí callar, porque no pude expresarme tan expedita y luminosamente como aquellos a quienes él entiende. Pues no todas las cosas que por todos se escriben llegan a manos de todos; y puede acontecer que algunos, que tienen ardiente deseo de entender aun estas nuestras obras, no encuentren aquellos libros más claros y tropiecen al menos con estos. Es útil, por tanto, que muchos libros sean hechos por muchos con diverso estilo, no diversa fe, aun sobre las mismas cuestiones, para que la cosa misma llegue a muchísimos: así a unos, así a otros.
Mas si aquel que se lamenta de no haberse entendido así nunca pudo entender disputas diligentemente hechas y agudas sobre tales materias, obre consigo mismo con votos y estudios para aprovechar, no conmigo con querellas o injurias para que calle.
Además, si algo —que no lo haya— en el decurso de esta obra resultare menos conforme a la doctrina de la santa Iglesia Romana y al juicio de la sagrada Facultad Parisiense, quiero que todo ello sea borrado y retractado de corazón.
Index I: Index haereticorum, qui veritates catholicas et theologicas saeculo quovis impugnarunt
Quienes en cualquier siglo impugnaron las verdades católicas y teológicas.
No creo que sea ingrato para los estudiosos lectores de este nuestro trabajo y obra teológicos proponer, desde el umbral mismo, las varias centurias de herejías por las que siempre fue atormentada la Iglesia y combatida la verdad católica: constará, en efecto, de ahí con cuán firme y estable apoyo de fe se sustentan los dogmas teológicos, que, acometidos por tantos enemigos pestíferos, permanecieron invariables e inconmovibles.
No se me oculta que a algunos sabios y piadosos varones no agrada la recensión de estas nefandas sectas, principalmente de aquellas o ya obsoletas por su antigüedad, o contaminadas por notable fealdad y torpeza; pues semejante recuerdo no sólo es pernicioso, sino muy a menudo mortífero: mientras que con los halagos de una voluptuosidad obscena atrae en parte a los incautos, y en parte empapa contra su voluntad y resistencia a los demás con un cierto soplo y olor de torpeza.
Sin embargo, quienes rehúsan consignar por escrito los dogmas pestíferos de las herejías y confiar a los escritos los recónditos misterios de la iniquidad, parecen, a juicio propio, quitar a la verdad su máximo y singular patrocinio: pues de esto arrancan aquello con lo cual las sectas de mentiras, que reverdecen y reinciden, pueden ser repelidas y derribadas por nosotros con suma eficacia.
Porque quien hubiere comprobado con ciertos testimonios de los antiguos que aquellas nefandas opiniones que de nuevo se propalan fueron ya antes impugnadas y rechazadas por los antiguos Padres y Concilios y por el público consentimiento de los cristianos, se persuadirá sin dificultad de que tales opiniones, como monstruos que se levantan, deben ser muertos y eliminados con toda arte y esfuerzo.
Sería de desear, lo confieso, que aquellas herejías, infames por su torpeza, fueran sepultadas y borrasen del todo de la memoria de los hombres. Pero como a plazos fijos de tiempos resucitan esas hidras tantas veces amputadas y degolladas, y eso máximamente en nuestro siglo, en el que casi toda Europa llora la pérdida de la fe por la peste del error calviniano y luterano que se extiende por todas partes, y en la cual, como en un cloaca del orbe entero, confluyó la inmundicia de las sectas antiguas y recientes: ¿quién no juzgará necesario proveer contra el peligro del mal reincidente los remedios antiguos y ciertos, y señalar el origen y desenlace de la enfermedad letal, para que más fácil y seguramente en otros o se evite o se cure?
No es, sin embargo, ésa mi intención al tejer este índice de las herejías, el de referir sus dogmas envenenados y nefandos y exponer aquí también su impugnación como antídoto; pues eso se hará más aconsejablemente en el decurso de nuestra obra.
Pero me dispongo a trazar solamente una breve cronología de aquellos Tenebriones, seleccionada de los santos Padres, máximamente Agustín, Epifanio, Ireneo, y de historiadores dignos de fe, para que todo lector prudente, al medir nuestro trabajo teológico, vea desde el umbral qué escollos evitar, qué arrecifes debe rehuir.
Advierto además que al tejer este índice no se ha guardado con tanta exactitud el período de los años en que cada uno de los heresiarcas enseñó: pues como en esta materia varían los cronologistas sagrados, de ahí puede acontecer que quien comenzó a escribir primero ocupe en este índice el lugar posterior: pues nos hemos esforzado en referir los errores más que la edad de los errantes, siguiendo la costumbre de los santos Padres antes prefijada.
Cuáles fueron las herejías antes del nacimiento de Cristo Señor.
Afirma S. Epifanio, lib. 1, adversus haereses cap. 5, que ninguna herejía surgió antes de emprendida la edificación de la torre de Babel y de la confusión y división de la lengua humana. Ninguna, dice, herejía hubo en aquel tiempo, ninguna disensión de opiniones, cuando todos eran contados con la sola denominación de hombre, dotados de un solo labio y de una sola lengua. La piedad además y la impiedad estaban únicamente definidas por la ley de naturaleza, o por la voluntad de cada uno acomodada a la naturaleza, y aún no había emergido el error, ni comparado como disciplina, ni transmitido en monumento de escritores. Verdaderamente, pues, ni el Judaísmo ni otra secta alguna procedieron entonces, sino que, por así decirlo, prevalecía aquella fe que hoy persevera en la santa Iglesia de Dios y fe católica, la cual, habiendo vigorizado desde los mismos primordios de las cosas, fue después nuevamente revelada.
De ahí consta que las veinte herejías que el Santo Epifanio numera e impugna en el mismo libro antes de la venida de Cristo, y que reduce a cuatro cabezas, a saber: Barbarismo, Scitismo, Helenismo o Grecismo, Judaísmo y Samaritanismo, deben ser llamadas no tanto herejías cuanto varias contenciones y sentencias sobre la verdad o la religión.
I. Barbarismo, dice, en la Epístola a Acacio, que perduró desde Adán durante diez generaciones y los tiempos de Noé. Este Barbarismo se llama así porque aquellos antiquísimos mortales no tenían autor alguno de las cosas ni vivían en concordia entre sí; sino que cada uno instituía su vida según su voluntad, y cada cual se proponía como ley su propia naturaleza y arbitrio.
II. Scitismo desde los tiempos de Noé hasta la edificación de la Torre y de Babilonia, y tras la torre aún por pocos años prevaleció, es decir, hasta Faleg y Ragau, quienes, pasando a Europa, penetraron en Escitia y naciones semejantes desde los tiempos de Taré y más adelante, de quien los tracios tienen su origen.
III. Helenismo comenzó en los tiempos de Serug; de donde tomó inicio el culto de los ídolos. Y como entonces cada uno era conducido por falsa superstición, después los hombres se pasaron a un uso más civilizado, y a leyes determinadas, juntamente con ritos de simulacros. Por prescripción de estos se forjaron dioses para sí. Y al principio solían pintar con colores e asimilar a aquellos a quienes habían tenido en alguna honra, ya tiranos o embaucadores, que habían hecho algo memorable en su vida y dado ilustre ejemplo de fortaleza y vigor; pero después, desde el tiempo de Taré, padre de Abraham, propagaron el mismo error de idolatría mediante simulacros y estatuas. En efecto, honrando a sus mayores con simulacros, y también a los muertos, primero labraron estatuas con arte alfarera; luego la industria llegó a imitar todas las artes. Pues también los arquitectos con piedras labradas, los plateros y orfebres, y asimismo los herreros, cada cual con su materia, y los demás a continuación, elaboraron efigies. Los primeros de todos fueron los egipcios y babilonios, y también los frigios y fenices, autores del culto supersticioso y de los simulacros y misterios. De ellos pasó casi todo a los griegos.
Ya entonces desde la época de Cécrope y sucesivamente, pero después tras un largo intervalo, comenzaron a celebrar a Saturno, Rea, Júpiter, Apolo y los demás dioses.
El Helenismo, a su vez, se divide en cuatro sectas: pitagóricos, platónicos (de los cuales surgieron los peripatéticos), estoicos y epicúreos, división que es también de Clemente de Alejandría.
IV. Los samaritanos tuvieron una religión mixta, del judaísmo y del gentilismo, y estuvieron divididos en cuatro sectas por la diversidad de sus fiestas. Éstos son: los Gorothenos, Sebueos, Esenios y Dositheos; de ellos también hace mención Tertuliano.
Para qué fin, sin embargo, haya asignado Epifanio los Esenios a los samaritanos, apenas puede adivinarlo nadie, por experto que sea. Pues que pudo haber existido cierto género de Esenios distinto de aquellos notados y más santos, lo probaría yo ciertamente si existiera en Filón o Josefo, que escribieron con suma exactitud sobre los géneros, institutos y costumbres de los Esenios, algún vestigio de estos nuevos y posteriores. Ahora bien, puesto que ni éstos ni otro alguno significó ni mínimamente que los Esenios tuvieron algo común con los samaritanos, y puesto que entre las sectas de los judíos son contados los Esenios por Josefo, aparece primero que ninguna secta de Esenios hubo entre los samaritanos, y que Epifanio no entendió otro género de Esenios que pudiera asignar a los samaritanos, sino aquellísimo célebre y muy alabado, cuyas instituciones Filón y Josefo ampliísimamente describieron. Aunque después recuerda a los Osenios entre los judaicos, que parecen ser los mismos que los Esenios.
V. Las sectas de los judíos fueron en número de siete, y la primera los Escribas, peritos de la ley, y observantes de las tradiciones, que recibidas de los mayores llamaban παραδόσεις, y sostuvieron todos los ritos con mayor superstición y diligencia que los demás, ritos que no habían aprendido de la ley, sino que se habían impuesto a sí mismos, como singulares cultos de justicia legal, ac ceremonias.
Fariseos, a quienes puede interpretarse como separados, quienes, habiendo profesado santísima manera de vida, parecían sobresalir de los demás en probidad; en ellos, igual que en los Escribas, se defiende la resurrección de los muertos. Los mismos no niegan que hay ángeles y Espíritu Santo. Ostentan un excelso instituto de vida. Aceptan la continencia por tiempo determinado, y también la virginidad. Ayunan dos veces cada semana, lavan frecuentemente vasijas, platos y copas, como solían también los Escribas. Además ofrecer diezmados y primicias, orar sin cesar: afectar con más curiosidad ciertos cultos y géneros supersticiosos de vestiduras: tales son las dalmáticas y colobios, y ciertas filacterias más anchas, es decir, segmentos y flecos púrpureos, y granadas pendientes de los bordes de las vestiduras, que presentaban como señales de aquella continencia temporal. Finalmente, los mismos introducían las Génesis y el hado.
A los Saduceos se les dio el nombre por la justísima justicia. Quienes del género de los samaritanos tuvieron origen de cierto sacerdote llamado Sadoc. 1. Condenan la resurrección de los muertos. 2. Niegan radicalmente a los ángeles y al espíritu; en lo demás semejantes a los judíos. Pero debe observarse que hubo dos Sadoc, uno que vivió en tiempo de David y Salomón, y otro que fue discípulo de Antígono, como afirma el Rabí Elías en Thisbi, el cual, apartándose de su preceptor y de las sagradas instituciones, dio origen a la secta de los saduceos; aunque quizá prefiriesen los saduceos profesar que descienden de aquel primer y antiquísimo Pontífice que de este segundo tránsfuga.
Los Hemerobaptistas nada discreparon de los judíos excepto en esto solo, que decían que nadie podía ser partícipe de la vida eterna si no se lavaba cada día.
Los Osenios, cuyo nombre significa los más insolentes, hacían todo según prescripción de la ley, pero además empleaban otras Escrituras, y rechazaban a la mayoría de los profetas posteriores.
Nazarenos, si quieres interpretarlos, puedes entenderlos como los que: 1. prohíben por completo el uso de la carne, 2. se abstienen de los animales, 3. admiten como suyos a todos los Patriarcas que en el Pentateuco se contienen desde los tiempos de Moisés y de Jesús hijo de Nave, y les prestan la fe, tales como Abraham, Isaac y Jacob, y a todos los anteriores a ellos, así como al mismo Moisés con Aarón y Josué. Además no creen que aquellos cinco volúmenes sean de Moisés, y jactan de tener otros distintos de éstos.
Herodianos: como sobresalían en todo entre los judíos, profesaban que Herodes era el Cristo, y le atribuían la dignidad y el nombre de Cristo. Esto dice San Epifanio en el lugar citado.
Debe saberse, dice Tostado en cap. 23 Matth. q. 22., que aunque aquí se ponen Escribas y Fariseos como distintos, sin embargo no se distinguen entre sí como el fariseo y el saduceo, o sea como opuestos, porque ningún fariseo es saduceo ni viceversa, pues eran sectas disjuntas y casi opuestas; sino que se distinguen como el Gramático y el Dialéctico, porque aunque ser gramático es una cosa y ser dialéctico otra, sin embargo el mismo puede ser gramático y dialéctico. Así también, aunque ser Escriba es otra cosa que ser fariseo —pues ser Escriba es ser sabio en la ley, y ser fariseo era tener cierto modo determinado de vivir y una secta—, sin embargo acontece que el mismo sea fariseo y Escriba, esto es, docto en la ley.
De ahí que Maldonado, ad cap. 2. Matth., enseñe que los Escribas fueron propiamente notarios públicos, cuyo oficio era doble: uno, redactar instrumentos públicos; otro, interpretar las Sagradas Escrituras y defenderlas de la corrupción.
Hacia el año de Cristo 30. apareció Theudas, judío del cual se hace mención en los Hechos 5., que se jactaba de ser profeta, y afirmaba que con su palabra podía dividir y detener el Jordán; se le habían adherido unos cuatrocientos varones; pero cuando hubo sido muerto, todos los que creían en él fueron dispersados y reducidos a nada. Después de éste surgió Judas el Galileo, enseñando que todos los magistrados de los judíos debían ser suprimidos, y que sólo debía tenerse a un solo Dios por Señor y rey, como allí mismo se nota, así como en Josefo, lib. 3. Belli Iudaici.
Herejesarcas del primer siglo.
La primera de todas las herejías (dice el santo Epifanio) que desde el tiempo de Cristo han surgido hasta esta edad fue la de Simón Mago, hacia el año de Cristo 1., del cual se hace mención en los Hechos 8; bautizado por Felipe, al ver que por la imposición de las manos de los Apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero para recibir la potestad de conferir el mismo Espíritu Santo; habiendo recibido de ellos repulsa, se entregó del todo a las artes mágicas, y con ayuda de los demonios engañó a muchos; enseñaba en efecto que él era Dios, que había aparecido en Samaría como Padre, en Judea como Hijo, y entre los gentiles como Espíritu Santo; afirmaba que Dios no había creado este mundo, negaba la resurrección de la carne, y como era por naturaleza más inclinado a Venus, persuadía de que indiferentemente debía usarse de las mujeres. Habiendo hallado pues cierta mujerzuela vagabunda, patria de Tiro, llamada Elena, se unió con ella, fingiendo públicamente que no tenía trato alguno con ella, mientras que en secreto se revolcaba en todo género de lujurias. Fabulaba además que su ramera era el Espíritu Santo, el cual, deslizándose del cielo a la tierra para combatir a los Principes Ángeles que habían creado el mundo, había sido atado por ellos a la carne, por lo cual había asumido varias formas con el transcurso de los tiempos; afirmaba que ella era la misma Elena por cuya causa ardió la guerra entre griegos y troyanos, la llamaba a la par Minerva y Sabiduría de Dios, y también la oveja errante que, para buscarla y reducirla al cielo, había venido a las tierras como buen Pastor. De ahí ofrecía a sus discípulos para adorar su imagen bajo el simulacro de Júpiter, y la de Elena bajo la figura de Minerva, imágenes que él mismo había hecho erigir en Roma por autoridad pública, como simulacros de dioses, entre dos puentes del Tíber, con esta inscripción: Simoni Deo sancto. Pero cuando con ayuda de los demonios intentó volar a los cielos para engañar a los romanos y probar así que era el verdadero Dios, fue precipitado a tierra por el santo Apóstol Pedro.
Pseudo-apóstoles recibían así el Evangelio acerca de Cristo, mientras sostenían que entretanto la observancia de la ley era necesaria para la salvación. Contra ellos se celebró primeramente el Concilio de los Apóstoles en Jerusalén, Hech. 15. En el número de éstos estuvieron quizá aquellos Tebutenos, Cleobianos, Dositheanos, Gorothenos y Masboteos, de los cuales trata Nicéforo según Hegesipo.
Nicolaítas, de los cuales se habla en el Apocalipsis 2., fueron nombrados por Nicolás, uno, según se refiere (dice San Agustín), de aquellos siete que los Apóstoles habían ordenado Diáconos. Éste, siendo censurado por el celo de su bellísima esposa, se dice que, como para purgarse, permitió que quien quisiera usara de ella, lo cual, hecho suyo, se convirtió en secta turpísima, en la que agrada el uso indiferente de las mujeres. De ahí enseñaban que era lico fornicar, comer cosas sacrificadas a los ídolos, que el mundo no fue hecho por Dios sino por ciertos Principes, a quienes expresaban con nombres horrendos y bárbaros, con los cuales infundían terror a sus oyentes, v. gr. Ialdabaoth, Chaulcaucuch, etc. Sin embargo apenas puedo ser inducido a creer que el príncipe de esta turpísima secta fuera uno de aquellos siete Diáconos, puesto que éstos se leen que fueron llenos del Espíritu Santo, de vida inculpable y μαρτυρουμένους. Por lo cual no sin razón creería que este feísimo error fue difundido por otro Nicolás.
Alejandro, Himeneo y Fileto se habían apartado de la fe, enseñando que no hay resurrección, e intentando reintroducir las ceremonias mosaicas. De éstos véase 1. Timoth. 1.
Hermógenes, y Figelo con los asiáticos fueron cismáticos. 2. Timoth. 1.
Menandro, de quien los Menandrianos, discípulo y sucesor fue de Simón Mago, el cual, dice el santo Epifanio, decía que él era una potencia de Dios enviada del cielo para la salvación del género humano, a fin de que sometiera a su dominación las virtudes angélicas creadoras del mundo. Lo demás, conforme a su maestro y doctor, lo tejía con los mismos engaños y maleficios, y no discrepaba de su doctrina, sino en que se jactaba de ser mayor que él, como quien había sujetado incluso a su propio preceptor. A estos herejes San Lino Obispo excomulgó y separó del seno de la Iglesia, enseñando según las santas Escrituras del Antiguo Testamento que Dios es Creador de todas las cosas, y que nada es vituperable por su naturaleza, pues quienes son culpados en el acto, no son culpados en la condición.
Cerintianos, de Cerinto, o Merintianos, de Merinto, decían: 1. Que el mundo fue hecho por los Ángeles. 2. Que había que practicar la circuncisión. 3. Que el Antiguo Testamento debía guardarse según la letra. 4. Que Jesús era solo hombre, y que no había resucitado, sino que aún había de resucitar. 5. Que después de la conflagración del mundo y del juicio habría mil años, en los cuales los elegidos reinarían con Cristo, entregándose a toda clase de lujuria y voluptad corporal. A éstos los condenó San Pablo en la Epístola a los Gálatas.
Nazarenos: confiesan ciertamente que Cristo es el Mesías e Hijo de Dios, pero afirman que junto con la ley evangélica debe guardarse también en todo la ley mosaica. Cuando San Pablo encontró a éstos en Galacia, los anatematizó.
Ebionitas: partiendo de Ebión, afirman que Cristo Señor fue solo hombre, y establecen que los mandatos de la ley deben observarse al modo judaico. A éstos, encontrándolos San Lucas en la Iglesia de Antioquía, los condenó.
Basilidianos, de Basílides, diferían de los simonianos en esto: 1. En que afirmaban que hay trescientos sesenta y cinco cielos, para que el número de los días constituyera el número del año según su cuenta. Por lo cual llamaban también Abraxas al Dios artífice de estos cielos, porque las letras de este nombre, según la computación griega, completan ese mismo número: son en efecto siete letras por su número, de las cuales Α significa uno, Β dos, Ρ cien, Α uno, Ξ sesenta, Α uno, Σ doscientas, las cuales sumadas hacen trescientos sesenta y cinco. 2. Afirmaban que este mundo y el hombre no fueron hechos por Dios, sino por el tricentésimo sexagésimo quinto cielo. 3. Que Cristo Señor no fue crucificado por los judíos, sino que en su lugar fue crucificado Simón de Cirene, que había sido ayudante de Cristo en llevar la Cruz. A éstos, teniéndolos la Iglesia por energúmenos, los condenó no discutiendo, sino expulsándolos.
Hereesiarcas del siglo segundo.
Saturninianos, de cierto Saturnino, discípulo de Menandro, del cual se dice que 1. llevó a Siria y consolidó allí la torpeza simoníaca. 2. Afirmaba que el mundo fue fundado, sin saberlo Dios Padre, por siete Ángeles que se habían apartado de la Virtud Superior, los cuales, reunidos entre sí, formaron al hombre a semejanza de aquella virtud suprema, de cuya belleza irradiada sobre ellos habían gozado sobremanera. Pero como por su debilidad no hubieran podido perfeccionar su obra, y el hombre ya concebido subsistía y se arrastraba como un gusano, sin poder erguirse ni emprender nada, aquella virtud celestial, previendo esto y atendiendo a su imagen imperfecta, infundió en él una chispa de su propia vida, con la cual lo levantó y le comunicó la vida. 3. Afirmaban que uno de aquellos Ángeles era el Dios de los judíos, que igualmente se había apartado de su virtud; por lo cual el Salvador mismo había sido enviado, de la virtud y consejo comunes, por Dios Padre, tanto para reducir al orden al Dios de los judíos como para llevar la salvación a quienes creyeran en él, según Saturnino. 4. Proclamaba que los matrimonios, como institución de los demonios, debían ser desterrados. 5. Que había que abstenerse de comer animales y cualquier ser vivo, para que, desfalleciendo más fácilmente la parte terrena del hombre, la chispa celestial que hay en ella volara hacia lo alto. 6. Decía que unas profecías procedían del diablo y otras de los Ángeles fabricantes del mundo, contra los cuales resiste el mismo Satanás, y máximamente contra el Dios de los judíos.
Carpócrates, corifeo de los gnósticos, sapientísimo en la filosofía platónica, pero ignorantisimo de la verdadera Teología, enseñaba: 1. Que el mundo no fue hecho por Dios. 2. Que Cristo fue mero hombre nacido de José y María, y que otros hombres también eran iguales o superiores a Cristo. 3. Que nada es malo por naturaleza, sino por opinión. 4. Que los ángeles malos se aplacan con los pecados y con la torpe vida de los hombres. 5. Que las mujeres deben ser comunes. 6. Que las almas son enviadas sucesivamente a otros cuerpos para que pecen más; finalmente, que estos misterios debían guardarse ocultos. De este seductor toman su origen los carpocratianos: horrendas son las cosas que escribe San Epifanio sobre su nefanda torpeza e impurezas, que da vergüenza transcribir aquí.
Valentinianos, de Valentín, quien forjó muchas fábulas sobre la naturaleza de las cosas. Afirmando que existieron treinta Eones, es decir, siglos, cuyo principio sería el abismo y el silencio, al que llama también Padre del abismo. De estos dos, como de un matrimonio, dice que procedieron el intelecto y la verdad, y que engendraron en honor del Padre ocho Eones. Del intelecto y de la verdad, a su vez, procedieron el Verbo y la Vida, y engendraron diez Eones. Además, del Verbo y de la Vida procedieron el Hombre y la Iglesia, y engendraron doce Eones. Así, de ocho y diez y doce resultan treinta Eones que tienen, como dijimos, primer principio en el abismo y el silencio. Y que Cristo, enviado por el Padre, es decir, por el abismo, trajo consigo un cuerpo espiritual o celestial; y que no asumió nada de la Virgen María, sino que pasó a través de ella como por un canal o por una cañería, sin tomar de ella carne alguna. Del trigésimo siglo dice que nació el Diablo, y del Diablo nacieron otros que hicieron este mundo. Y por eso atribuye la maldad no al arbitrio, sino a la naturaleza del mundo, es decir, al género diabólico; niega la resurrección de la carne, afirmando que solo el alma y el espíritu reciben por Cristo la salvación. A éstos los impugnó Tertuliano, y Zacaeo, Obispo de Cesarea, los anatematizó.
Secundo, de quien los secundianos toman su nombre, fue discípulo principal de Valentín y sucesor de su Escuela; ideó en Egipto una nueva Sizigia de Eones, y dividió las Sizigias de su Maestro con mayor ingenio, y estableció que los Eones eran sustancias, mientras que aquel Maestro los tenía por meros afectos de la mente divina. Lo condenó Doroteo, Obispo de Creta.
Sucesor de Secundo fue Ptolomeo, quien distinguió también los Eones de otra manera que Valentín o Secundo. Contemporáneo de Ptolomeo fue Heracleón, cuya autoridad fue grande en la Escuela valentiniana. Éste retenía también los Eones, y decía que el hombre está constituido por triple naturaleza, y no solo por alma y cuerpo: ungía a los morientes, para que fueran redimidos de la muerte eterna, con óleo balsámico y agua.
A Heraclión sucedió en la Escuela de Valentín Marcos, de quien los marcosianos fueron llamados así. Este Marcos tenía un demonio familiar: engañaba las mentes de los hombres con prestidigaturas mágicas y abusaba de sus cuerpos para la lujuria; establecía dos principios de las cosas contrarios entre sí. A éste San Clemente, Obispo Romano y mártir dignísimo de Cristo, refutándolo con afirmaciones firmes e íntegras y descubriéndolo ante todo el pueblo en la Iglesia, castigó con la condenación eterna.
Colarbaso, de quien los colarbasianos, afirmaba que toda la vida de los hombres estaba puesta en siete estrellas: y procuraba demostrar que estas eran las siete Iglesias y los siete candeleros de oro. Decía que un solo Dios era invocado bajo diversos nombres: enseñaba que Cristo estaba compuesto de los treinta Eones, y separaba a Jesús de Cristo. A éste San Teodoro, Obispo de Pérgamo, celebrado el Sínodo, lo anatematizó, enseñando que las siete Iglesias estaban consagradas en el espíritu septiforme.
Ofitas fueron nombrados a partir de la serpiente, pues en griego serpiente se dice Ophis; y creen que ese Serpiente que engañó a Adán y a Eva es Cristo, pero tienen también una serpiente verdadera a la que nutren y veneran, la cual, cuando el Sacerdote encanta, sale de la cueva y sube sobre el altar apoyado en la cueva, lame sus ofrendas, y envolviéndose en torno a ellas regresa a la cueva; y así parten las ofrendas en la Eucaristía como santificadas por la serpiente Cristo, según ellos piensan. Refieren que el culto de esta serpiente fue llevado desde los Nicolaitas o Gnósticos hasta éstos. Esto es de San Agustín. Contra éstos combatieron y lucharon Teócrito y Evandro, Obispos de Calcedonia y de Nicomedia, quienes eliminaron a sus sacerdotes, mataron a sus serpientes y con razones eficacísimas arrancaron al pueblo de este nefando error.
Cainitas fueron llamados así porque honran a Caín, diciendo que fue de virtud fortísima: al mismo tiempo piensan que Judas el traidor era algo divino, y consideran su crimen un beneficio, afirmando que, sabiendo de antemano cuánto iba a aprovechar al género humano la pasión de Cristo, lo entregó a muerte a los judíos por eso; veneran también a aquellos que, haciendo cisma en el primer pueblo de Dios, perecieron abriéndose la tierra: Coré, Datán y Abirón, y dicen que adoran a los sodomitas. Blasfeman la ley y a Dios Autor de la ley, y niegan la resurrección de la carne.
Setitas tomaron su nombre del hijo de Adán llamado Set: en efecto, le honran, pero con vanidad fabulosa y herética; dicen en efecto que nació de una madre celestial, a quien afirman que se unió con el Padre celestial, para que de allí naciera otra simiente divina, como hijos de Dios. Éstos también fabulan muchísimas cosas vanísimas sobre los principados y potestades: algunos dicen que Sem, hijo de Noé, pensaba que éstos eran el Cristo. A éstos, surgidos en Acaya, los condenó el santo Peregrino, Prelado de la ciudad de Argos, mostrándoles que del único santo y justo Isaac nacieron dos hijos gemelos, engendrados de un mismo vientre: uno penetró hacia lo alto, a la gracia divina, y otro descendió hacia lo bajo, al infierno. Uno, pues, de los dos, dice, o los hijos son de mala naturaleza, y ambos deben condenarse por aquello que son al nacer, o son de naturaleza buena, y conforme a la calidad de su hecho, la bendición coronó justamente a uno y la maldición condenó al otro.
De éstos nacieron los Antitactas, quienes con todo el esfuerzo de ánimo que podían se oponían a los preceptos de Dios. Por su parte, los Peratas forjaron un Cristo de tres cuerpos y un mundo doble.
Abelianos, o Abeloitas, quienes aún florecían en tiempos del santo Agustín, como él mismo escribe en la Herejía 87, no se mezclaban con sus mujeres, y sin embargo no les era lícito, por el dogma de esa misma secta, vivir sin mujeres. Así pues, varones y mujeres que habitaban juntos bajo profesión de continencia adoptaban un niño y una niña como futuros sucesores suyos en pacto de la misma unión; prevenidos cada uno por la muerte, eran sustituidos otros, de modo que dos sucedieran a dos de distinto sexo en la sociedad de aquella casa. En efecto, muerto cualquiera de los padres, quedándose uno, los hijos le servían hasta su misma muerte. Tras cuya muerte también ellos mismos adoptaban de igual modo un niño y una niña.
Archontitas tomaron su nombre de los príncipes. En efecto, jactan de adorar príncipes divinos, a quienes dicen que fundaron este mundo. A éstos los condenó el santo Dioscoro, Obispo de Creta, enseñando que el único y verdadero Dios no puede de ningún modo dividirse en partes substanciales.
Marcionistas, de Marción, quien afirmaba que hubo dos principios, el bueno y el malo, aunque Epifanio decía que había enseñado tres principios: del bien, del justo y del perverso. Pero Eusebio escribe que cierto Sirino, no Marción, fue autor de tres principios y naturalezas. Los Marcionistas, mientras mancillaban toda la Iglesia de Oriente, fueron vencidos por Orígenes, refutados y condenados en cada una de las ciudades. Asimismo, algunos años después, ya vencidos y detectados, pululaban en las regiones africanas, a quienes Tertuliano contuvo de todas maneras hasta el punto de hacerles callar para no predicar públicamente contra su secta.
Apelitas, de Apelles, quien introduce ciertamente dos dioses, pero confiesa un solo principio, es decir el bueno, y que el otro fue hecho por él mismo, es decir, que el otro fue hecho por aquel único principio. Y como eso que se inventó fuera maligno, fue desechado por el bueno. Desechado en verdad por el principio bueno, ese principio, que obraba malignamente contra la voluntad del principio bueno, hizo el mundo en su malignidad. De ahí que la naturaleza nos disponga más pronto al mal que al bien, y que nos deleitemos más, dice, en los vicios que en las virtudes. Además, afirman que Nuestro Señor Jesucristo tomó carne de los elementos, la cual restituyó al aire cuando ascendió, y sin ella entró en el Cielo. A éstos Orígenes los venció tan perfectamente, que se hizo peregrino por causa de ellos, e iba predicando por cada una de las ciudades de Oriente.
Cerdonianos, de Cerdo, quien dogmatizó que hay dos principios adversos entre sí, y que el Dios de la ley y de los Profetas no es el Padre de Cristo, ni es Dios bueno, sino justo. Mas el Padre de Cristo es bueno, y Cristo mismo ni nació de mujer, ni tuvo carne, ni murió verdaderamente, ni padeció cosa alguna, sino que simuló la pasión. Contra éste se alzó el santo Apolonio, Obispo de Corinto, y lo condenó con toda la Sínode Oriental.
Severianos, de Severo, no beben vino, porque con vanidad fabulosa afirmen que de la semilla de Satánás germinó de la tierra la vid. Rechazan también la resurrección de la carne junto con el Antiguo Testamento. A éstos los condenó el santo Eufranón, Obispo de Rodas, pues en Rodas nació la superstición de éstos, a quienes convenció con razón de las santas Escrituras, en las cuales se lee que Dios hace salir de la tierra el pan para confirmar el corazón del hombre, y el vino para alegrarlo. Que del vino no es culpable el uso necesario, sino el exceso enemigo de la salvación.
Tatianos, de Taciano, llamados también Encratitas. Aquéllos condenan el matrimonio, y les hacen totalmente iguales a las fornicaciones y otras corrupciones, ni reciben en su número al que usa del matrimonio, varón o hembra. No comen carnes, y las abominan enteramente. Contra éstos se alzó el santo Epifanio, Obispo de Ancira de Galacia, objetándoles la primera Epístola del Apóstol Pablo a Timoteo, y diciendo que tienen cauterizada la conciencia, prohibiendo casarse, y enseñando a abstenerse de los alimentos que Dios creó para que fueren recibidos con acción de gracias por los fieles, y por los que han conocido la verdad. Porque toda criatura de Dios es buena, y nada es desechable que se recibe con acción de gracias.
Catafriges: alrededor del año 172 obtuvieron su nombre de la provincia de Frigia, no de un dogma. Fueron sus Autores Montano, como Paracleto y jefe, las pseudo-profetisas del mismo, Prisca y Maximila. Sus errores copia San Jerónimo en la Epist. 41 a Marcela:
Nosotros —dice— ponemos al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, cada uno en su propia persona, aunque los unamos en la sustancia. Aquellos, siguiendo los dogmas de Sabellio, comprimen la Trinidad en la estrechez de una sola persona. Aquellos consideran tanto los matrimonios reiterados como uniones criminales, que quienquiera que lo haya hecho sea tenido por adúltero. Aquellos hacen en el año tres cuaresmas, como si hubieran padecido tres Salvadores. Entre nosotros los Obispos ocupan el lugar de los Apóstoles; entre ellos el Obispo es el tercero. Pues tienen de Pepuza, en Frigia, unos Patriarcas segundos, a quienes llaman Cenonos, y así degradan el oficio episcopal al tercer lugar, es decir, al último, como si de ahí resultara más ambiciosa la Religión, si lo que entre nosotros es primero, entre ellos sea lo último. Aquellos cierran las puertas de la Iglesia ante todo delito que merece pena; nosotros leemos cada día: Prefiero la penitencia del pecador que la muerte. Son rígidos, no porque ellos mismos no pequen peores cosas; sino que esta es la diferencia entre nosotros y ellos: que aquellos se avergüenzan de confesar los pecados como si fueran justos; nosotros, mientras hacemos penitencia, merecemos más fácilmente el perdón. Paso por alto los criminales misterios que se dicen fraguados acerca del niño de pecho y del mártir que ha de vivir; prefiero, digo, no creer, si todo lo que es de sangre es falso, que es manifiesta blasfemia la de los que afirman que Dios quiso primero salvar al mundo en el Antiguo Testamento por medio de Moisés y de los Profetas: pero que, como no pudo consumarlo, tomó Cuerpo de la Virgen, y predicando en Cristo bajo la especie del Hijo, murió por nosotros; y como no pudo salvar al mundo en dos grados, finalmente descendió por el Espíritu Santo en Montano, Prisca y Maximila, mujeres insensatas, y que la plenitud que Pablo no tuvo, diciendo: En parte conocemos, y en parte profetizamos, y ahora vemos por espejo y en enigma, la tuvo Montano, cortado y semivivo.
Sin embargo, S. Agustín añade que los Montanistas extraían la sangre de un niño de un año de edad, arrancándosela de todo su cuerpo con diminutas heridas de punción, como si con ella confeccionaran su Eucaristía, mezclándola con harina y haciendo de ahí un pan; y si el niño moría, era tenido por ellos como mártir; pero si vivía, como gran Sacerdote. Fueron condenados por los sumos Pontífices Zéfiro y Aniceto, como escribe Tertuliano en el libro contra Psychicos cap. 1, el cual, aunque al principio había combatido contra Montano como contra un hereje, después, atraído y engañado por su austera y rígida manera de vivir, miserablemente se deslizó a sus filas, y emprendió defenderlas contra la condenación de la Iglesia.
Pepuzianos, así nombrados por cierto lugar que Epifanio llama Ciudad desierta. Y estos, considerando que aquella tiene algo divino, la llaman Jerusalén; conceden tal principado a las mujeres, que son incluso honradas con el sacerdocio entre ellos. Dicen, en efecto, dos Iglesias, la de Quintila y la de Priscila, en la misma ciudad de Pepuza. Parecen ser unos mismos que los Catafrigios. Pero se les tiene en poco, porque estos Pepuzianos se estiman mejores que los demás. Dicen, en efecto, que esta Pepuza fue la aldea de Montano, de Prisca y de Maximila, y como allí comenzaron a predicar y allí vivieron, por eso el lugar es llamado Jerusalén. Y como son habitantes del lugar, por eso se atribuyen ser en realidad mejores que los demás. A estos venció Apolonio, Obispo de Éfeso.
Artotiritas, así llamados por su oblación. Ofrecen, en efecto, pan y queso, diciendo que los primeros hombres celebraron las oblaciones por eso de los frutos de la tierra y de las ovejas. A estos los une Epifanio con los Pepuzianos, contra los cuales nadie se dignó ni hablar.
Cuartodecimanos, llamados de otro modo Tesaresdecaditas, por cuanto celebran la Pascua en la décima cuarta Luna, cualquiera que sea el día de la semana en que ocurra. Y si sobreviene el día Dominical, ayunan y velan en ese mismo día. A estos condenó Víctor, Romano.
Alogos así son llamados, porque no quieren admitir que el Verbo de Dios sea el Hijo, hasta el punto de decir que el Evangelio de san Juan no es de él. Y no admiten tampoco el Apocalipsis del mismo Juan. ¿Qué más? El Verbo de Dios, Hijo de Dios, lo execran enteramente como blasfemia. A estos venció con frecuencia Filón, Obispo.
Adamitas tomaron su nombre de Adán, cuya desnudidad en el Paraíso imitan, tal cual fue antes del pecado. Por eso también rehúyen el matrimonio, porque ni antes de ser expulsado del Paraíso conoció a su mujer. Creen, pues, que los matrimonios no habrían existido si nadie hubiera pecado. Así, pues, se reúnen desnudos los varones y las mujeres, desnudos oyen las lecturas, desnudos oran, desnudos celebran los sacramentos. Y de esto consideran su Iglesia como el Paraíso. A estos los descubrió, los venció y los eliminó el santo Presbítero Policarpo.
Elcesaitas. A estos engañó cierto Pseudo-Profeta llamado Helcí, de cuyo linaje se dice que dos mujeres eran adoradas por ellos como Diosas. Lo demás se afirma por Epifanio que guardaban costumbres semejantes a las de Ebión. A estos los venció Papías, Presbítero de Acaya.
Teodotianos, instituidos por cierto Teodoto, afirmando que Cristo era solamente hombre y no Hijo de Dios. Se dice que el mismo Teodoto enseñó esto porque, habiendo caído en la persecución, pensaba evitar de este modo el oprobio de su caída, si parecía no haber negado a Dios, sino a un hombre. A estos los venció Crato, Obispo de los Sirios.
Melquisedecianos: consideran que Melquisedec, Sacerdote del Dios altísimo, no fue hombre, sino virtud de Dios, siguiendo aquel pasaje del Apóstol a los Hebreos donde dice en el capítulo 7, vers. 3: Sin padre, sin madre, sin genealogía. A estos se opone Dionisio, Obispo de Jerusalén, diciendo que este tuvo padre y madre, y que el Apóstol dijo esto porque ni la genealogía de este ni su prosapia materna o paterna constaba en aquel orden en que fueron inscritas las genealogías de los hebreos.
Bardesanitas, desviados por cierto Bardesanes, del que se dice que Bardesán fue Católico perfecto, pero después incurrió en esto por un Discípulo de Valentín, hasta decir que la carne humana es criatura mala y el alma buena. A este lo condenó en Capadocia Teócrito, Obispo, enseñando que Dios bueno hizo ambas cosas y unió ambas, y que no debe culparse la naturaleza de la carne humana, sino la prevaricación.
Noetianos dicen que Cristo es el mismo el Padre y el Espíritu Santo, no por la sustancia, como nosotros, sino por la persona, de modo que el Espíritu Santo se diga putativamente, no verdaderamente. Estos fueron condenados por Tranquilo, Obispo de los Calcedonios de Siria.
Los Valesios, desdichados, se castran a sí mismos y también a sus huéspedes. De este modo dicen que se cumple aquello de Mateo 19: Hay eunucos que se castraron a sí mismos por el Reino de los Cielos. Se dice también que afirman otras herejías y cosas torpes: pero porque existen tales cosas ni el mismo Epifanio las recuerda, ni en parte alguna pude hallarlas, como dice San Agustín. Estos fueron condenados por el Sínodo de Acaya.
Los Catares se llamaron a sí mismos con este nombre, es decir, puros y limpios de la mancha del pecado, con suma soberbia. No admitían las segundas nupcias. Negaban la penitencia. Seguían al hereje Novaciano, el cual, siendo Presbítero de la ciudad de Roma, intentó invadir contra Cornelio la Cátedra Pontificia, como el mismo Cornelio escribe a Flaviano, Obispo de la Iglesia de Antioquía; y como no podía llevarlo a cabo, fabricó primero el cisma y finalmente la herejía.
Los Angélicos así llamados, porque enseñan que los Ángeles deben ser adorados y cultivados con el ánimo, y que a ellos deben derramarse las preces, para que aquel que saben que puede más que ellos, socorra con sus votos y peticiones a los hombres. De estos testifica Epifanio que ya han desaparecido enteramente, vencidos por Teófilo, Obispo de Apamea.
Los Apostólicos, que se llamaron a sí mismos con este nombre con suma arrogancia, porque no recibían en su Comunión a los que usaban de esposas y poseían bienes propios, cuales tiene la Iglesia Católica, y a los Monjes y a muchísimos Clérigos. Pero estos son Herejes porque, separándose de la Iglesia, no creen que tengan esperanza alguna los que usan de esas cosas de las que ellos carecen. Estos son semejantes a los Encratitas, pues también son llamados Apotácticos. Esto escribe san Agustín.
Los Sabelianos, de Sabellio, enseñaban que en Dios hay una sola persona, y que esa misma es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estos son los que también se llaman Praxeános, que tuvieron en sus comienzos a cierto Doctor llamado Praxeas. Son llamados también Hermogenianos, porque tuvieron a Hermógenes en la compañía de Sabellio. Contra ellos salió Doroteo, Obispo de Seleucia, enseñándoles que niegan con seguridad la Trinidad, mientras creen defender la unidad. Porque el Padre es ingénito, el Hijo engendrado, el Espíritu Santo procedente del Padre, coigual en todo al Padre y al Hijo. Pues la Deidad recibe de tal modo la unidad de sustancia, que no pierde la distinción de persona.
Los Origenianos, de cierto Orígenes, no de aquel que es conocido casi de todos, sino de otro, no sé cuál, del cual, o de sus secuaces, hablando Epifanio, dice: Los Origenianos, dice, discípulos de un cierto Orígenes, son de torpe operación; estos cometen cosas nefandas, entregando sus cuerpos a la corrupción.
Y añadiendo a continuación otros Origenianos, dice: Otros Origenianos, dice, que también son secuaces de aquel tratante Adimanto, los cuales niegan incluso la resurrección de los muertos, pero dicen que Cristo y el Espíritu Santo son criatura. Y no creen que el Paraíso, los Cielos y otras cosas sean según la letra, sino en alegoría. Esto refiere ciertamente Epifanio acerca de Orígenes. Pero sus defensores dicen que Orígenes enseñó que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de una misma e idéntica sustancia, y que no rechazó la resurrección de los muertos: pero los que han leído sus escritos lo contradicen. Hay también otros dogmas de este Orígenes que la Iglesia Católica no admite en modo alguno, en los cuales tampoco se acusa falsamente al propio Orígenes, ni pueden ser excusados por sus defensores, principalmente acerca de la purgación y liberación, y a su vez, después de largo tiempo, de la nueva revolución de toda la criatura racional a los mismos males. ¿Quién, en efecto, Cristiano católico, docto o indocto, no se horrorice vehementemente de aquella purgación de los males de que él habla, es decir, de que también aquellos que terminaron esta vida en crímenes y fechorías y sacrilegios e impiedades por grandes que fueran, e incluso el mismo Demonio al fin y sus Ángeles, aunque después de larguísimos tiempos purgados y liberados, sean restituidos al reino de Dios y a la luz, y otra vez, después de larguísimos tiempos, todos los que fueron liberados vuelvan a resbalar y reincidan en estos males, y alternando estos turnos haya sido siempre y será siempre la bienaventuranza y la miseria de la criatura racional? Esto escribe san Agustín.
Los Paulianos, de Pablo de Samosata, dicen que Cristo no fue siempre, sino que afirman que su comienzo fue desde que nació de María, y no le atribuyen nada más que ser hombre. Esta herejía fue en otro tiempo de un cierto Artemón: pero cuando hubo desaparecido, fue restaurada por Pablo, y después confirmada así por Fotino, de suerte que ahora se les llama más comúnmente Fotinianos que Paulianos. En cuanto a estos Paulianos, quedó establecido por el Concilio Niceno que debían ser bautizados en la Iglesia Católica. De donde debe creerse que ellos no guardan la regla del bautismo, que muchos Herejes se llevaron consigo al apartarse de la Católica, y que ellos no custodian.
Manes, persa, a quien sus Discípulos llamaron Maniqueo, como si derramara maná, evitando el nombre de insensatez. Este, digo, Manes negaba la santísima Trinidad, rechazaba el Antiguo Testamento, establecía dos principios coeternos, uno bueno, otro malo; decía que la sustancia del Dios bueno estaba distribuida fragmentariamente en las criaturas; negaba que Cristo hubiera padecido verdaderamente; decía que el pecado era la sustancia del hombre, la cual fingía constar de dos almas; en lugar de la resurrección de la carne introducía una especie de μετεμψύχωσις de los cuerpos, una ἀνασωμάτωσις de las almas; finalmente se llamaba a sí mismo Cristo y Paráclito.
Melecio, Obispo en Egipto, interpoló el dogma de Novato e hizo secesión de la Iglesia. De este Cismático fueron llamados Melecianos los que tuvieron Iglesias separadas de los Ortodoxos, y después se unieron con los Arrianos.
Los Hieracitas, cuyo autor es llamado Hieraca, niegan la resurrección de la carne. Reciben en su Comunión solamente a los Monjes y Monjas y a los que no tienen matrimonio. Dicen que los niños no pertenecen al Reino de los Cielos, porque no tienen mérito alguno de combate con que sean reparados los vicios.
Hereesiarcas del tercer siglo.
Ario, de nación africano, de profesión Presbítero de Alejandría, se dio a conocer hacia el año 325, y enseñó que el Hijo de Dios era criatura, y no verdaderamente coeterno y consustancial al Padre.
Donatistas o Donatistas son, dice San Agustín, los que primeramente, a causa de Ceciliano, ordenado contra su voluntad Obispo de la Iglesia de Cartago, hicieron cisma, objetándole crímenes no probados, y principalmente que había sido ordenado por Traidores de las divinas Escrituras. Pero después que la causa con él fue tratada y concluida, sorprendidos en la falsedad del hecho, afianzados en su pertinaz disensión, convirtieron el cisma en Herejía, como si la Iglesia de Cristo, por los crímenes de Ceciliano, ya fueran verdaderos o —como más les pareció a sus jueces— falsos, hubiera perecido de todo el orbe de la tierra, y hubiera permanecido solo en la parte de Donato en África, extinguida en las demás partes del mundo casi como por contagio de la Comunión. Se atreven incluso a rebautizar a los Católicos, allí donde se afirmaron más tiempo en ser herejes, aunque plugo a la Iglesia Católica universal no rescindir el bautismo común administrado en los mismos herejes. Tuvo principio esta Herejía, según sabemos, en Donato, quien viniendo de Numidia, y dividiendo contra Ceciliano al pueblo cristiano, unidos a él los Obispos de aquella misma facción, ordenó en Cartago por Obispo a Maiorino, al cual sucedió en aquella misma división otro Obispo llamado también Donato, el cual confirmó tanto esta Herejía con su elocuencia, que muchos opinan que más bien por él fueron llamados aquellos Donatistas.
A esta Herejía en África pertenecen también los llamados Circunceliones, así llamados porque habitaban celdas en los campos; género de hombres rústico y de fortísima audacia, no solo perpetrand enormes maldades contra otros, sino tampoco perdonándose a sí mismos con igual insana ferocidad. Pues solían darse muerte a sí mismos por varias formas de muerte, principalmente precipitándose desde alturas, arrojándose a las aguas o al fuego, y seducir a otros de ambos sexos que pudieran a semejante furor, algunas veces para que fueran muertos por otros, amenazándoles con darles muerte si no lo hacían.
Además Melquíades Pontífice condenó a Donato, que fue primer autor del Cisma de los Donatistas, y absolvió a Ceciliano Obispo de la Iglesia de Cartago. Pero los Donatistas, al modo de los Herejes, apelaron de la sentencia de Melquíades al Emperador Constantino. Contra ellos Constantino respondió en estos términos:
Me piden mi juicio quienes yo mismo aguardo el juicio de Cristo. Pues digo (según se halla la verdad) que el juicio de los Sacerdotes debe tenerse como si juzgara el mismo Señor residente; pues nada les es lícito sentir ni juzgar otra cosa sino lo que por la doctrina de Cristo fueron instruidos.
En este tiempo florecían los Mesalianos, llamados también Psalliani, Euchitas, Eufemitas, Espirituales y Martirianos, que ponían el mérito en la asidua oración y entretanto se entregaban a la ociosidad.
Macedonio, Obispo de Constantinopla, hacia el año 381 enseñó que el Hijo ciertamente era en todo semejante al Padre, pero que el Espíritu Santo era criatura. Concede, digo, que el Hijo es ὁμοιούσιον respecto del Padre, pero no ὁμοούσιον, y afirma que el Espíritu Santo es una virtud creada por Dios, la cual está infundida en cada criatura por división de esencia, hasta el punto de que cada criatura tenga dentro de sí alguna parte de la esencia del Espíritu Santo. De este se dijeron Macedonianos. Los condenó el primer Concilio Constantinopolitano, gobernando San Dámaso como sumo Pontífice.
Aerio, habiendo concebido en vano en su ánimo la esperanza de alcanzar el Episcopado cuando murió Paulino Obispo de Antioquía, enseñó que el Hijo no solo era ἀνόμοιον respecto del Padre, sino también enteramente desemejante. Su discípulo y escriba Eunomio enseñó lo mismo. Sus seguidores se llaman Eunomianos. En este mismo tiempo florecieron Acatio y Aerio; Acatio enseñó que el Hijo era ὁμοούσιον κατὰ φύσιν respecto del Padre, y Aerio κατὰ βούλησιν: sus discípulos se llaman Acatianos y Aerianos. Otros leen en lugar de Aerio, Aecio, y en lugar de Aerianos, Aecianos. Los Acatianos se llaman también Semiarianos. Son discípulos de los Eunomianos los Nativitarios, que decían que el Hijo siempre hubo sido, pero que no siempre fue Hijo, sino que desde que nació del Padre comenzó a ser Hijo.
Apolinario o Apolinar, ambos, es decir, el Padre y el Hijo, aquel Presbítero y este Lector de Laodicea, hacia el año 370 enseñaron que el Verbo de Dios tomó carne sin alma racional, y que las Personas divinas eran desiguales: a saber, que el Espíritu Santo era grande, el Hijo mayor, y el Padre máximamente grande. De ellos fueron llamados Apolinaristas. En el mismo tiempo aparecieron los Ursicinos Cismáticos. Igualmente los Antropomorfitas, que por autoridad de Vadio, o Audio, enseñaron que Dios tiene forma humana. De otro modo se llaman Andropianos y Audianos, comúnmente Vadianos. Pero consúltese lo que decimos de Audio, pág. 222.
Antidicomarianitas, cuyo padre parece haber sido Helvidio, son llamados los herejes que contradicen hasta tal punto la virginidad de María, que afirman que después de nacido Cristo fue unida con varón. Contra estos escribió Teodoreto Chipriota Obispo.
Mesalianos, nombre que procede de la lengua siríaca, pero que en griego son llamados Euchitas, así appellados de orar, pues salmodian y oran sin cesar. Mas porque esto solo hacen, no teniendo caridad, ni conversación, ni humanidad, entre los Herejes fueron refutados por el santo sínodo. Condenan también a aquellos Monjes que hubieran realizado algún trabajo fuera del oficio de leer y orar, sea de arte, sea de agricultura.
Paternianos, en el mismo tiempo, por autoridad de Paterno, enseñaban que las partes inferiores del cuerpo humano no eran hechas por Dios, sino por el Diablo, y atribuyendo a aquellas partes licencia de todos los torpezas, vivían impurísimamente, por cuya causa también fueron llamados Venustianos de Venus, y Eticoprosoptos, es decir, burladores de costumbres. Se les añaden los Tertulianos, que siguiendo a Tertuliano, decían que las almas de los hombres malvados se convertían en demonios, o al menos en bestias, cuya naturaleza aquellas hubieran tenido en el cuerpo.
Pattalorinchitas así llamados porque se tapan la boca con el dedo, para poder agradar a Dios con su silencio; en otra acepción se les llama Tabenesiotas.
Metangismonitas pueden llamarse los que afirman el Metangismon, diciendo que el Hijo está en el Padre del mismo modo que el vaso en el recipiente, opinando casi carnalmente que son dos cuerpos, de suerte que el Hijo entra en el Padre, como un vaso menor en un vaso mayor.
Seleucianos o Hermianos, de sus autores Seleuco y Hermias, quienes dicen que la materia de los elementos, de la que fue hecho el mundo, no fue creada por Dios, sino que es coeterna con Dios. Tampoco atribuyen el alma a Dios Creador, sino que quieren que los Ángeles sean creadores de las almas, a partir del fuego y del espíritu. Afirman además que el mal procede unas veces de Dios y otras de la materia. Niegan que el Salvador esté sentado en la carne a la derecha del Padre, y sostienen que lo está en el Sol, según el Salmo donde se lee: Puso su tabernáculo en el sol. Niegan también el Paraíso real, no aceptan el bautismo en agua. No creen que haya de darse la Resurrección, sino que se realiza cada día en la generación de los hijos.
Proclianitas siguieron a éstos, y añadieron que Cristo no vino en carne.
Patricianos, tomando su origen de Patricio, dicen que la sustancia de la carne humana no fue creada por Dios, sino por el Diablo, y la abominan de tal modo, que afirman que es perfecto quien puede matarse constantemente. De entre ellos hay también quienes ruegan a los desconocidos que encuentran que los maten. Esta locura comenzó antiguamente en las partes de la Numidia superior y de Mauritania. A éstos los desdichados donatistas siguieron después, y comenzaron a entregarse al precipicio de la muerte como si fueran a ser mártires. Mas quienes abandonan la vida eterna de la fe católica, sin duda alguna encontrarán la muerte eterna. Se lee que Optato actuó contra ellos.
Ascitas se llaman así del odre: pues ἀσκὸς en griego significa odre; éstos, aunque nada tienen malo en lo referente a la Trinidad, colocan junto al altar un odre enorme, lo hinchan vacío, lo cubren con lienzos y lo adoran, porque dicen que allí se encuentra la sangre consagrada del Señor, diciéndolo conforme a aquel texto evangélico: vino nuevo en odres nuevos.
Acuarios, llamados así porque ofrecen agua en la copa del Sacramento, pues dicen que el vino es ocasión de embriaguez, mediante la cual se perpetran homicidios, fornicaciones y demás crímenes; si bien consta que los crímenes no se cometen por beber vino, sino por el exceso.
Colutianos, de cierto Coluto, quien decía que Dios no inflige los males del castigo, contra aquello que está escrito: Yo soy Dios, creador del mal.
Florianos, de Florino, quien, con sentido contrario, decía que Dios creó el mal, contra aquello que está escrito: Hizo Dios todas las cosas, y vio que eran muy buenas; y por ello, aunque decían cosas contrarias entre sí, ambos se oponían sin embargo a los oráculos divinos.
Priscilianistas, así llamados de Prisciliano gnóstico, participaban de todos los herejes precedentes, a saber, con los maniqueos, sabelianos, arrianos, marcionistas y cuartodecimanos. 1. Decían que el cuerpo en sí mismo es malo, proveniente de un principio malo, a saber, del Diablo, y así negaban que los cuerpos habían de resucitar. 2. Detestaban el matrimonio, creyendo que los niños engendrados de semilla carnal no pueden pertenecer a Dios, sino sólo los concebidos del Espíritu Santo. 3. Afirmaban que las almas son de la sustancia de Dios, y decían que es lícito jurar y perjurar antes que traicionar el secreto. De ahí que este dicho era trivial entre ellos: Jura, perjura, no traiciones el secreto.
Joviniano siente lo mismo que los Antidicomarianitas, y además decía que el matrimonio es igual a la virginidad, y todos los crímenes iguales, así como las recompensas de los Bienaventurados.
Triscélidas afirman que Dios es triforme, de modo que una parte de Él sea el Padre, otra el Hijo, y otra el Espíritu Santo, y de aquí resulta una Trinidad en la unidad.
Hereesiarcas del cuarto Siglo.
Hidroteítas decían que el agua era Dios, sin principio ni fin, que lavaba las inmundicias, perdonaba los pecados y poseía al Espíritu Santo.
Ametritas decían que existían innumerables mundos. Esto les parece una novedad quien no ha leído a los Filósofos; pues ya antiguamente bastantes filósofos gentiles lo habían dicho.
Psiconeumones decían que las almas de los hombres buenos se convertían en espíritus de Ángeles; y que las almas de los hombres malos se transformaban en espíritus de Demonios.
Adecerditas dicen que cuando Cristo descendió a los Infiernos acudió a su encuentro la multitud entera de las almas, y creyó en él, y fue liberada.
Nudípedales afirmaban que siempre debía caminarse descalzo, porque el Señor había dicho a Moisés: quita las sandalias de tus pies, y porque al Profeta Isaías se le mandó andar descalzo. De ahí, pues, procede esta herejía: porque no caminan así por aflicción del cuerpo, sino porque entienden así los testimonios divinos. Esto es de san Agustín.
Hereesiarcas del quinto Siglo.
Pelagio, britano, enseñó que el pecado de Adán solo dañó a este, y que en su descendencia no hubo pecado original: que los mandamientos de Dios pueden observarse con las solas fuerzas de la naturaleza: decía que las oraciones a Dios eran inútiles para obrar bien aquello que el libre albedrío podía hacer por sí mismo; admitía, sin embargo, el bautismo, para que los niños pasaran de bien en mejor. Decía que la muerte no era castigo del pecado, sino condición de la naturaleza incluso inocente, de modo que Adán habría muerto también si no hubiera pecado. Finalmente, reprobaba los vestiduras sacerdotales y episcopales. Lo siguió Celestio en África, de donde los Celestianos son los mismos que los Pelagianos.
Vigilancio enseñó que la invocación de los Santos era vana; que el culto que se tributa a las reliquias era idolatría; rechazaba los ayunos eclesiásticos, lo mismo que el celibato de los Sacerdotes.
Nestorio, Obispo de Constantinopla, afirmaba que en Cristo había dos personas; no quería que la Virgen fuera reconocida como Madre de Dios, y consagraba y comulgaba con pan fermentado bajo dos especies.
Eutiques, Archimandrita o Abad de Constantinopla, para contradecir a Nestorio, hacia el año 451 enseñó que en Cristo hay una sola naturaleza, y esto lo propuso como aserto: Sé ciertamente que Cristo, antes de la unión, estuvo constituido de dos naturalezas; pero sé y reconozco que después de la unión hubo en él una sola. Igualmente: Confieso que Cristo es de dos naturalezas, pero niego que consista en dos. Y esta fue la herejía de Eutiques, que juntamente con el nestorianismo dura hasta nuestros tiempos en las regiones de Oriente, aunque con diversas facciones. El eutiquianismo tiene, en efecto, estas ramificaciones y retoños: Primeramente se presentan los Monofisitas, llamados también Esquemáticos, Teopasquitas, y Egipcios por su lugar de origen. Estos enseñaban que Cristo ciertamente estaba constituido de dos naturalezas, pero que no subsistía en dos naturalezas, de suerte que esta controversia venía a consistir en esas dos vocables, de y en. En defender este error fue ocupadísimo Juan Filópono, año 603, célebre Filósofo, quien además enseñó que las tres Personas eran tres dioses, e introdujo así el error de los triteístas: estos triteístas se llaman también Trifermianos. Después de los Monofisitas estaban los Acéfalos, llamados así porque no reconocían ningún Obispo. Estos concedían las dos naturalezas, pero sostenían que sus propiedades estaban tan confundidas como una gota de vinagre derramada en el mar pierde su fuerza. Fueron llamados Severitas, por Severo Obispo de Antioquía; Julianistas, por Juliano de Halicarnaso; Teodosianos, por Teodosio de Alejandría, Contocaptilas por su lugar, y Angelitas.
En seguida entre los Eutiquianos se mencionan los Agnetas, vulgarmente Agnoitas, cuyo patrocinio del error se atribuye al Filósofo Temistio. Estos enseñaban que la naturaleza divina de Cristo (pues después de la unión solo reconocían esta, como si la humana hubiese quedado completamente absorbida) ignoraba algunas cosas, como la hora del último juicio. Y estos, a su vez, estaban divididos en otras tres sectas: los Damianos, los Paulianos y los Petreitas.
A estos siguen los Jacobitas, así llamados de cierto Jacobo sirio, que imbuyó toda la Siria en la misma doctrina de Eutiques. De nuevo otros fueron llamados Armenios, que al dogma de Eutiques añadían en Armenia esto: que Cristo no había asumido el cuerpo de María, sino que lo tuvo incorruptible desde el mismo momento de la Concepción; y habían enseñado que ese mismo cuerpo era por sí también adorable, y en la propiedad de su naturaleza. Los mismos ponían en Dios una cuaternidad, y decían que la Divinidad había padecido.
Les había precedido Pedro el Fulón, Obispo de Antioquía, que sentía que toda la Trinidad había sido crucificada: por lo cual en el Trisagio hablaba así: santo Dios, santo fuerte, santo e inmortal, que has sido crucificado por nosotros.
Pacíficos fueron llamados aquellos que, por autoridad del Emperador Zenón, hacían cierta unión entre los Católicos y los Eutiquianos; de modo que por una parte pronunciaran anatema contra Eutiques; y por otra despreciaran el Concilio Calcedonense, donde él había sido condenado.
Herejes del sexto y del séptimo Siglo.
Los Monotelitas, por autoridad de Sergio Patriarca de Alejandría, sostenían una sola voluntad en Cristo: este Sirio llevó a Sergio, Patriarca de Constantinopla, a su error. Fueron condenados en el tercer Concilio Constantinopolitano.
El Mahometismo comenzó hacia el año 625 aproximadamente; su autor, Mahoma, arrojó sus dogmas en un libro peculiar, al cual llamó Alcorán. Sus Capítulos principales son: 1. Que Dios tiene esencia corpórea dotada de alma. 2. Que no hay tres personas en Dios. 3. Que Cristo no es Dios, sino cierto profeta grande y santo. 4. Que Él no padeció verdaderamente, sino que fue un fantasma ofrecido a los Judíos en su lugar. 5. Que las ceremonias Mosaicas, como la circuncisión, la elección de alimentos, las diversas abluciones del cuerpo, y cosas semejantes son necesarias para la salvación. 6. Que las buenas obras naturales merecen la vida eterna. 7. Que la poligamia es lícita. 8. Que la vida eterna consiste en los placeres del cuerpo. Esta peste asoló todo el Oriente lejos y a lo ancho; pues aunque hay algunas Iglesias en aquellos lugares, sin embargo cuán miserable sea su condición, y cuán depravada la doctrina y confesión de muchas de ellas, puede entenderse por esto: que se enseñan diez géneros de cristianos que habitan el Oriente aquí y allá, y solamente los Latinos guardan íntegra la fe.
Herejes del octavo Siglo.
Los Iconomaquios, es decir, atacantes de las sagradas imágenes, se ensañaron grandemente en la Iglesia en este siglo, imputando idolatría a quienes las retenían en los templos; de donde León el Isáurico, Emperador, llamado por eso Iconomaquio o Iconoclasta, propuso un edicto para que en todas partes fueran quitadas las sagradas imágenes de los Templos. Los condenó el segundo Sínodo Niceno, al cual asistieron 367. Obispos.
Los Agoniclitas reputaban supersticiosos a aquellos que doblaban la rodilla al orar; por ello, siempre erguidos, oraban.
Los Aldebertinos, de Aldeberto Galo, creían que las santísimas, pero inciertas reliquias traídas a su autor desde los extremos de la tierra, habían sido traídas por ministerio de un Ángel; creían que él era semejante a los Apóstoles, y decían que sus cabellos y uñas debían venerarse igualmente que las reliquias del divino Pedro; creían que él conocía todos los pecados que ellos cometían, y podía perdonarlos sin confesión alguna.
Los Albanenses 1. sostenían dos principios, uno bueno, otro malo. 2. Negaban que alguno antes de la venida de Cristo hubiera sido justo. 3. Creían que Dios no provee el mal, sino que éste se hace por ministerio del diablo. 4. Hacían al mundo eterno, y duradero por toda la eternidad. 5. Que Dios no crea las almas de nuevo, sino que el alma del muerto transmigra a otro cuerpo. 6. Que de ningún modo es lícito el juramento. 7. Que no existe pecado original alguno. 8. Que los sacramentos no tienen fuerza alguna cuando son conferidos por ministros malos. 9. Que no hay necesidad alguna de confesarse. 10. Que ningún perverso puede ser obispo. 11. Que el matrimonio es ilícito. 12. Que nada debe poseerse fuera de la Iglesia sino en común; finalmente negaban la resurrección de los cuerpos.
Elipando sostenía que Cristo era solamente hijo adoptivo de Dios.
Paulianistas, llamados así por Pablo y Juan, además del maniqueísmo que profesaban, sostenían que la forma del bautismo consistía en estas palabras: ego sum aqua viva; y la Eucaristía en estas: accipite, manducate, et bibite. Negaban el culto a la santa Cruz, rechazaban a nuestros Sacerdotes; se llamaban a sí mismos cristianos, y a nosotros en cambio romanos.
Herejesarcas del siglo noveno.
Gotescalco, a quien unos consideran originario de la Galia y otros de Bélgica, fue condenado en el Concilio de Maguncia, porque renovaba la herejía de los Predestinianos, diciendo que Dios, sin previsión del bien y del mal, había predestinado absolutamente a unos y reprobado absolutamente a otros; consecuentemente sostenía que Cristo no había muerto por todos, ni que Dios quiere la salvación de todos.
Claudio de Turín, Obispo, contra quien Jonás de Orleans, Obispo, escribió tres Libros, profesaba las herejías de los Nestorianos, de los Iconoclastas y de los Arrianos; fue verdaderamente enemigo de los Santos; condenaba las peregrinaciones a los santos Lugares, y consideraba que no había bautismo alguno sin la señal de la cruz.
Focio fue el Estandarte de los Griegos Cismáticos, cuyo cisma catorce veces renovado, al condenar el Concilio Constantinopolitano IV., principalmente porque, expulsado Ignacio el Patriarca, contra el uso de la Iglesia él mismo, siendo laico y neófito, había usurpado la sede de Constantinopla.
Juan Escoto, no el Doctor Sutil que vivió santísimamente, sino el Monje de san Benito, que fue discípulo del venerable Beda, escribió un libro en el cual parecía decir que en la Eucaristía hay solo la figura del Cuerpo de Cristo: por lo cual este libro fue condenado en el Concilio de Vercelli, como atestigua Lanfranco Obispo de Canterbury; por esto muchos consideran a Juan Escoto el Padre de los Sacramentarios.
Herejesarcas de los siglos décimo y undécimo.
Berengario, Archidiácono de Angers, enseñó primero que en la Eucaristía el Cuerpo de Cristo no existe sino figurativamente. Pero cuando después revocó este error, enseñó que la sustancia del pan está con el Cuerpo de Cristo, y añadió que los párvulos no deben ser bautizados. Los Zwinglianos le siguieron en el primer error, los Luteranos en el segundo, y los Anabaptistas en el tercero. Sin embargo, se arrepintió, y habiendo cantado una y otra vez su retractación, murió católico. Muriendo, en efecto, acordándose de cuántos miserables había infectado con sus errores, exclamando entre lamentos dijo: hodie apparebit mihi Dominus Iesus Christus, propter poenitentiam, ut spero, ad gloriam; vel propter alios, ut timeo, ad poenam, como refiere Vicente de Beauvais, lib. 26. cap. 30.
Simoniacos, resurgiendo en este tiempo, afirmaban que es lícita la venta de las rentas eclesiásticas. Reordenantes, por el contrario, no querían admitir a los Sacerdotes simoníacos, si antes no eran reordenados. Incestuosos afirmaban que era lícito el Matrimonio celebrado en grado de consanguinidad contra los Cánones de la Iglesia.
Herejesarcas del siglo duodécimo.
Bogomilos, de su autor Basilio, Médico, a quien mandó quemar el Emperador Alejo Comneno. Negaban la Trinidad en la Divinidad, afirmaban que Dios estaba dotado de forma humana, y que el mundo fue creado por los demonios; reprobaban el homenaje rendido a las imágenes; creían que nuestro bautismo era el bautismo de Juan y que el suyo era el bautismo de Cristo; afirmaban que la ficción en materia de religión es lícita, y proclamaban que el Arcángel Miguel se había encarnado.
Tanchelino o Tanquelm, Laico de Amberes, justificaba a los hombres por la sola fe, y proclamaba que la cena no es necesaria, pero que la unión carnal es indiferentemente lícita.
Petrobrusianos, llamados así por cierto Pedro de Bruys de Amberes, sostenían que el bautismo no era necesario para los párvulos; que Cristo no estaba realmente en la Eucaristía, y que las oraciones no eran útiles para los muertos.
Pedro Abelardo, de nación bretón, filósofo insigne, a causa de la violación de Heloísa, su discípula y sobrina de cierto canónigo de París, hecho castrado, mientras se regocija con la novedad de los términos e intenta escrutar las cosas más altas, incurrió en numerosos errores: no tantos, sin embargo, cuantos le eran atribuidos falsamente, para condenar a los cuales se celebraron varios Concilios. Sin embargo, se tuvo por más probable que recapacitó y regresó a la paz con san Bernardo, habiéndose sancionado entre ellos una amistad mediante mutuos abrazos, y convenido entre ambos que, si después se encontraban en sus escritos cosas que ofendieran a los oídos católicos, serían borradas con una esponja untada: se cuenta que pasó el resto de su vida en Cluny. Se le atribuyen falsamente estos mismos errores: a saber, 1. Que el Padre es plena potencia, el Hijo cierta potencia, y el Espíritu Santo ninguna potencia. 2. Que el Espíritu Santo no es de la sustancia del Padre. 3. Que el Espíritu Santo es el alma del mundo. 4. Que Cristo no asumió la carne para librarnos del yugo del Diablo. 5. Que no pecaron los que crucificaron a Cristo por ignorancia.
Gilberto Porretano, Obispo de Poitiers, hacia el año 1147, enseñó que la naturaleza divina, llamada Deidad, no es Dios, sino la forma por la cual Dios es Dios, del mismo modo que la humanidad no es el hombre, sino la forma por la cual es hombre.
Que si bien el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo son dicho ser uno, no se entienden que sean uno sino por una sola Deidad, ni puede convertirse, para que sea dicho que el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo son un solo Dios, o una sola sustancia, o una sola cosa. Que las tres Personas, según tres unidades, son tres cosas, distintas entre sí por tres propiedades, las cuales no son las personas mismas, sino que son tres eternas, y que difieren entre sí numéricamente de la sustancia divina. Fue convicto de error en el Concilio de Reims al año siguiente, y allí mismo abjuró sus errores: por lo cual no debe ser tenido por hereje, ya que no enseñó los errores con ánimo pertinaz y resistiendo contra la Iglesia.
En el mismo Concilio fue condenado cierto fanático bretón llamado Eón, apodado por la estrella, hombre iletrado e idiota, pero tan enloquecido por las burlas de los Demonios, que como no podía distinguir entre Eón y aquello, creía referirse a su propia persona lo que a veces la Iglesia pronuncia en sus oraciones y exorcismos: por quien ha de venir a juzgar el siglo por el fuego. De donde, con estupefaciente ceguera fuera de toda medida, creía ser él el Señor y Juez de vivos y muertos; y era, mediante prestidigitaciones diabólicas, tan poderoso para engañar las almas de los simples, que reunía para sí una multitud seducida, como moscas atrapadas en la obra de las arañas, la cual toda le seguía indivisiblemente como al Señor de los Señores. A veces, en verdad, era llevado con admirable velocidad por diversas Provincias; otras veces permanecía con todos los suyos en lugares desiertos e intransitables, y pronto, instigado por el Diablo, irrumpía de improviso, azote sobre todo de las Iglesias y de los Monasterios. Acudían a él con frecuencia sus conocidos y parientes: pues no era de linaje mínimo, ora para arrebatarle con atrevimiento familiar, ora para explorar con más cautela cómo se hallaba en torno a él. Parecía, sin embargo, haber en torno a él un inmenso aparato de gloria y un fasto regio, y los que estaban con él parecían exentos de solicitud y trabajo, vestidos preciosamente, banquetear con esplendor y vivir en suma alegría, en tal grado que muchos de los que habían venido para reprenderle, al contemplarlo, eran engañados por una gloria no verdadera, sino fantástica, y huían. Todo esto obraba con arte mágica y con ayuda de los Demonios, de los cuales, por cierto, aquella mísera multitud era alimentada en los lugares desiertos no con alimentos verdaderos y sólidos, sino más bien ilusorios.
Capturado finalmente por el Arzobispo de Reims, cuando compareció ante el Concilio, interrogado por el sumo Pontífice quién fuese, respondió: Yo soy aquel que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, y el siglo por el fuego. Llevaba, además, en su mano un bastón de forma insólita, bifurcado, a saber, en su parte superior.
Interrogado qué quería decir aquel bastón: Es cosa, dijo, de gran misterio. Pues mientras, como ahora veis, el Cielo mira hacia arriba con dos cabezas, Dios posee dos partes del orbe, cediéndome a mí la tercera parte. Pero si someto esas dos cabezas superiores del bastón hasta la tierra, y erijo la parte inferior de él, que es simple, para que mire hacia el Cielo, retenidas por mí dos partes del mundo, dejaré solamente una tercera parte para Dios.
Ante esto rió todo el Sínodo, admirado de que el hombre estuviera dado a tan profunda reprobación: mas, ordenado por decreto del Concilio que fuera diligentemente custodiado, para que aquella peste no volviera a reptar, sobrevivió poco tiempo.
Henricianos, llamados así por cierto Enrique de Toulouse, sostenían la misma doctrina que Pedro de Bruys, y añadían que esos se burlaban de Dios que cantaban en la Iglesia.
Apostólicos, llamándose a sí mismos Apóstoles renacidos, y enviados inmediatamente por Dios. Condenaban el Matrimonio, el uso de alimentos condicionados con leche, el Bautismo de los párvulos, el purgatorio, las oraciones por los difuntos, y todos los Sacramentos.
Valdenses, alrededor del año de Cristo 1181, por Valdo de Lyon, que había distribuido sus bienes a los pobres, fueron llamados pobres de Lyon: rechazaban la obediencia al sumo Pontífice, el culto de las Imágenes, las Oraciones a los Santos, las fiestas de la Iglesia, el óleo del bautismo, la Confirmación, los ayunos, la Confesión auricular, la remisión de los pecados, el Purgatorio, los méritos, las órdenes Religiosas, la extremaunción, los milagros, los juramentos, los cantos de la Iglesia, las Horas Canónicas, y casi todas las cosas que florecen en la Iglesia Romana. Afirmaban que los Prelados y los Príncipes pierden autoridad por el pecado; que la Iglesia erró en tiempo del Papa Silvestre: que el Símbolo debía ser rechazado, y que toda cópula era lícita. Los condenó el Pontífice Lucio, sin embargo, no pudo extinguirlos enteramente.
Pedro Juan enseñó en este tiempo 1. Que el costado de Cristo había sido perforado viviendo aún Cristo. 2. Que el alma racional no es forma del cuerpo. 3. Que la Iglesia universal es la Babilonia del Apocalipsis; que el Papa es el místico Anticristo. Así lo refieren Guido Carmelita, y Bernardo de Luxemburgo en el Catálogo de herejías.
Almarico enseñaba muchas locuras. Primero, sostenía que el Cuerpo de Cristo no estaba de otro modo en el pan del altar que en cualquier otro pan, y en cualquier otra cosa, negando la Transubstanciación. Segundo, que Dios había hablado en Orígenes igual que en Agustín. Tercero, negaba también la resurrección de los cuerpos, así como el Paraíso y el Infierno: sino que quien tuviera en sí el conocimiento de Dios, ese tendría también en sí el Paraíso; y quien tuviera en cambio pecado mortal, ese tendría en sí el mismo infierno, no de otro modo que un diente podrido en la boca. Cuarto, afirmaba que incensar altares dedicados a los santos e imágenes, así como las invocaciones de los santos, era idolatría. Quinto, no solo con los armenios, afirmaba que Adán y Eva jamás debían unirse en unión carnal si hubieran permanecido en aquel estado en que Dios los creó; sino también que no había diferencia alguna entre los sexos, sino que la multiplicación de los hombres habría sido futura como la de los ángeles, contra aquello que se escribe en el Génesis: Creó el Señor al hombre a imagen y semejanza suya; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Sexto, afirmaba además que Dios no se ve en sí mismo, sino en las criaturas, como la luz en el aire. Séptimo, asimismo, que aquello que en otro caso es pecado mortal, hecho con caridad no es pecado, prometiendo impunidad a los pecadores. Finalmente, afirmaba que las ideas, que están en la mente divina, pueden ser creadas, siendo contra esto —por testimonio de Agustín— que en la mente divina nada hay sino lo eterno e inmutable. Noveno, soñaba también que la mente del Contemplativo, o del Bienaventurado, pierde su ser en su propio género, y vuelve a aquel ser ideal que tuvo en la mente divina. Décimo, enseñaba que todas las criaturas al fin vuelven a Dios, y convertidas en Él, llegan a ser un solo individuo con Él. Por último, negaba que en la resurrección hubiera doble sexo.
Sin embargo, Rigord afirma en la vida de Felipe Augusto que, convencido y refutado por los teólogos parisinos, revirtió de su error y acudió a Roma para obtener del Sumo Pontífice el perdón de la culpa cometida.
Pero cuando después de su muerte sus discípulos divulgaron sus errores, y además afirmaron que Almarico había sido verdaderamente el Espíritu Santo, y que el reino de Dios Padre había durado hasta Cristo; mas el de Cristo solamente hasta Almarico, y por consiguiente que la ley evangélica y todos los sacramentos ya habían cesado, y que solo vigoraba la ley de la caridad, por cuyo motivo cuanto se hacía no podía ser pecado: de ahí que decían que las lujurias, los adulterios y otras cosas también nefandas no eran pecaminosas mientras se cometieran con miras a la caridad; para oponer remedio a tan gran mal, que entonces asolaba por toda la provincia de Orleans, procedióse con censuras eclesiásticas y de la autoridad regia contra aquellos míseros Enemigos: pero como ni siquiera se movieran, finalmente se combatió contra ellos con fuego y hierro, y en execración de este crimen se castigó incluso al mismo origen, Almarico, ya hacía mucho fallecido y, según se creía, sepultado en paz de la Iglesia. Pues por edicto público fueron exhumados sus huesos, entregados al verdugo para quemarlos, y sus cenizas dispersas por los estercoleros.
En estos nuestros tiempos había reverdecido, hace ya tiempo sepultado y extinguido, el error de una caridad desatinada, por obra de cierto fanático llamado Morin, quien tras haber enloquecido a muchísimos, fue finalmente entregado por autoridad pública a la cárcel en París, condenado y quemado vivo.
Los Albigenses surgieron en tiempo de Inocencio III, y quizá antes, quienes no solo con sermones, sino también con armas afligieron largo tiempo a la Iglesia. Sus errores recuenta san Antonino en la Summa theologica, parte 4, título 11, capítulo 7, a saber, que ponían dos principios coeternos, uno bueno, otro malo, a manera de los maniqueos: y otras cosas de este género. Véase a san Antonino en la Summa historialis, tercera parte, título 19, capítulo 1.
Herejesarcas del siglo decimotercero.
Guillermo de Saint-Amour, en tiempo del papa Alejandro IV, con furor de odio contra los religiosos mendicantes, enseñó que es ilícito abandonarlo todo si no se es obligado. Lo mismo enseñó Desiderio el Lombardo, y añadió que no es lícito instituir o ingresar en orden religioso alguno que no posea bienes, al menos en común. Escribieron contra esta herejía santo Tomás en la obrita contra impugnantes religionem, y san Buenaventura en varios opúsculos.
Los Fratricelli, bajo cierto autor llamado Hermanno, junto con Dulcino de Novara iniciaron su herejía, enseñando que la autoridad de la Iglesia Romana había cesado por la malicia de los Prelados: que ellos solos eran la verdadera Iglesia, y perfectos, como fueron los Apóstoles; que no debían obedecer a nadie, y que su secta venía inmediatamente de Cristo; que todos los Pontífices desde el tiempo de san Silvestre habían sido prevaricadores, exceptuado Celestino quinto. Esto y cosas semejantes lo condenó Bonifacio VIII. Véase a Nauclero, generat. 41, y a Juan de Torquemada, lib. 4 de la Summa, parte 2, cap. 37.
Los Begardos y Beguinas, bajo cierto autor llamado Bogonato (los cuales parecían querer ser Monjes las unas, y Beguinas monjas, pero sin votos), enseñaban que el hombre puede llegar a ser impecable en esta vida: y que ya no está obligado a los ayunos y a la oración, y que no puede crecer en gracia, y otras cosas de este género. Véase a Álvaro en De Planctu Ecclesiae, lib. 2, cap. 52; y a Juan de Torquemada, lib. 4, parte 2, cap. 36.
Gualterio Lollardo enseñó que Lúcifer fue condenado injustamente por Dios, según atestigua Tritemio en su Crónica del año 1325, donde refiere también otros errores.
Marsilio de Padua y Juan de Janduno enseñaron muchos errores, los cuales condenó Juan XXII en la Extravagante que comienza Licet iuxta doctrinam. La suma de sus errores es que san Pedro no fue cabeza de la Iglesia, y que Cristo pagó el didracma forzado por necesidad, no por condescendencia.
Los Flagelantes, surgidos ciertamente en Italia, se propagaron sobre todo en Alemania. Enseñaban que no pueden salvarse quienes no se bautizan en su propia sangre flagelándose con cuerdas anudadas: despreciaban los sacramentos y demás obras buenas. Negaban que existiera el Purgatorio en la otra vida. Finalmente padecían muchos más errores. Véase a Bernardo de Luxemburgo en su Catálogo de herejías, y a Nicolás Sanders en De Visibili Monarchia Ecclesiae.
Hereesiarcas del siglo decimocuarto.
Juan Wiclefo (dice nuestro Sedulio), sacerdote inglés, maestro en artes, por el año mil trescientos cincuenta y dos, siendo emperador Carlos IV, divulgó impíos dogmas: cuyo veneno Jerónimo de Praga, bebiéndolo con avidez suma cuando estudiaba en Oxford, en Inglaterra, difundió después en Praga junto con Juan Hus, quien, atrayendo poco a poco al pueblo al odio contra el Clero mediante la doctrina recomendada de Wiclefo, y captándose el favor popular con sus escritos turbulentos, los tradujo a la lengua vulgar. Los artículos erróneos de Wiclefo se cuentan cuarenta y cinco los principales, de los cuales transcribiré preferentemente aquellos que los innovadores de nuestro tiempo han resucitado, para que sepan que son malos huevos de aquellos malos cuervos.
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La sustancia del pan y del vino permanece materialmente en el Sacramento del altar.
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Los accidentes del pan no permanecen sin sujeto en el mismo Sacramento.
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Cristo no está allí realmente en su propia presencia corporal.
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No está fundado en el Evangelio que Cristo instituyera la Misa.
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Dios debe obedecer al diablo.
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Si el hombre estuviere debidamente contrito, toda confesión exterior es superflua.
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Es contra la Escritura que los eclesiásticos tengan posesiones.
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Los señores temporales pueden quitar arbitrariamente los bienes temporales a los poseedores delincuentes.
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Pecan quienes fundan claustros, y los que entran en ellos son varones diabólicos.
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Los santos que instituyeron religiones privadas pecaron al instituirlas.
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Los religiosos que viven en religiones privadas no son de la religión cristiana.
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Todos los de la orden de los mendicantes son herejes.
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Todas las cosas proceden por necesidad absoluta.
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La confirmación de los jóvenes, la ordenación de los clérigos, la consagración de los lugares, se reservan al Papa y a los obispos por codicia de ganancia temporal y de honor.
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La excomunión del Papa, o de cualquier Prelado, no debe temerse, porque es censura del Anticristo.
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El Papa con todos los clérigos que poseen bienes son herejes, porque poseen bienes, y también los que consienten con ellos.
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El Emperador y los señores seculares fueron seducidos por el diablo para dotar a la Iglesia con bienes temporales.
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La Iglesia Romana es la sinagoga de satanás.
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El Papa no es Vicario inmediato de Cristo ni sucesor de Pedro.
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La elección del Papa por los Cardenales fue introducida por el diablo.
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Es necio creer en las indulgencias del Papa y de los Obispos.
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Todas las religiones fueron indistintamente introducidas por el diablo.
Tales artículos de Juan Hus, o más tediosos aún, los cuales, una vez examinados en la sesión 12 del mismo Concilio de Constanza, no podemos omitirlos todos, sino que transcribiré los principales.
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Una sola es la santa Iglesia universal, que es la única universidad de los predestinados.
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Pablo nunca fue miembro del diablo, aunque realizó algunos actos semejantes a los actos de la Iglesia de los malignos.
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Los preconocidos no son partes de la Iglesia, puesto que ninguna parte de ella caerá definitivamente, porque la caridad de la Predestinación, con la que la une, no cae. Pedro no fue ni es Cabeza de la santa Iglesia Católica. Los sacerdotes que viven de cualquier manera criminosamente profanan el poder del sacerdocio.
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La dignidad papal tuvo su origen en el César.
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El Romano Pontífice no es Cabeza de la Iglesia Romana.
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Nadie hace las veces de Cristo o de Pedro, si no le sigue en las costumbres.
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El Papa no es sucesor manifiesto y verdadero del Príncipe de los Apóstoles si vive con costumbres contrarias a las de Pedro; y si busca la avaricia, entonces es Vicario de Judas.
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Los cardenales no son sucesores manifiestos y verdaderos del Colegio de los demás Apóstoles, si no hubieren vivido al modo de los Apóstoles.
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Los doctores que sostienen que quien deba ser corregido mediante la censura eclesiástica, si no quisiere corregirse, debe ser entregado al juicio secular, siguen ciertamente en esto a los Pontífices escribas y fariseos, quienes, diciendo: No nos es lícito matar a nadie, entregaron al propio Cristo, que no quería obedecerles en todo, al juicio secular, porque tales son homicidas más graves que Pilato.
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La obediencia eclesiástica es una obediencia según la invención de los sacerdotes de la Iglesia, sin la autoridad expresa de la Escritura.
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División inmediata de las obras humanas, según cuántas son de suyo, o virtuosas o viciosas.
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Mediante las censuras eclesiásticas de excomunión, suspensión y entredicho, el Clero somete a sí al pueblo laico, multiplica la avaricia, protege la malicia y prepara el camino al Anticristo.
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El Papa no debe ser llamado santísimo.
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La condenación de los cuarenta y cinco artículos de Juan Wiclef, hecha por los Doctores, es irracional e inicua.
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No hay ni vislumbre de apariencia de que deba haber un único Capaz que rija a la Iglesia en lo espiritual.
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Cristo, sin tales cabezas monstruosas, gobernaría mejor su Iglesia por medio de sus discípulos veraces dispersos por todo el orbe de la tierra.
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Los Apóstoles y los sacerdotes fieles del Señor rigieron diligenter la Iglesia en lo necesario para la salvación antes de que fuese introducido el oficio papal; así lo harían, faltando —por imposible— el Papa, hasta el día del juicio.
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Nadie es señor civil, nadie es prelado, nadie es obispo, mientras está en pecado mortal.
El Sínodo Constantiense ecuménico, al cual había convocado el Emperador Segismundo —Patriarcas cuatro, Cardenales veintinueve, Arzobispos cuarenta y siete, Obispos ciento sesenta, Abades y Doctores quinientos sesenta y cuatro—, sentenció acerca de Wiclef, Juan Hus y Jerónimo de Praga en estos términos:
Este santo Sínodo declara, define y sentencia que el mismo Juan Wiclef fue hereje notorio, pertinaz, y que murió en la herejía, anatematizándole. Y decreta y ordena que su cuerpo y sus huesos (si pueden distinguirse de los cuerpos de otros fieles) sean exhumados y arrojados lejos de la sepultura eclesiástica, conforme a las sanciones canónicas y legítimas.
Y en la sesión 15., contra Juan Hus:
Invocado el nombre de Cristo, este sacrosanto Sínodo Constantiense, teniendo solamente a Dios ante sus ojos, por esta sentencia definitiva, que pronuncia en estos escritos, proclama, decreta y declara que el dicho Juan Hus fue y es verdadero y manifiesto hereje, y que él dogmatizó y predicó públicamente errores y herejías hace tiempo condenadas, y muchísimas cosas escandalosas, ofensivas a los oídos piadosos, temerarias y sediciosas, en no pequeña ofensa de la Divina Majestad, escándalo de la Iglesia universal y detrimento de la fe católica. Por tanto, por lo antedicho y otras muchas razones, este santo Sínodo pronuncia que el prefado Juan Hus fue y es hereje; y juzga que ha de ser juzgado y condenado como tal hereje, y le condena por las presentes.
Los husitas se dividen en varias sectas: unos se llaman Orebitas, otros Taboritas, otros Huérfanos, otros Adánitas o Pichardos, por autor de cierto francés llamado Pichardo, el cual sedujo a muchos bohemios, diciéndose Hijo de Dios y llamarse Adán. Véase Eneas Silvio De origine Boemorum, caps. 40, 41, 43 y 47.
Hermannus Riesvich — Hermanno Rieswich, de nación batava, en tiempo de Alejandro VI, enseñó que el alma muere con el cuerpo, que no hay infierno, que Cristo fue un necio, que nuestra fe es fabulosa y el Evangelio falso. Así lo refiere Bernardo de Luxemburgo en su Catálogo de los Herejes. Este Hermann parece haber sido el más perdido y necio de todos los herejes, pues, aunque decía que el alma muere con el cuerpo, sin embargo prefirió ser quemado vivo antes que revocar su herejía.
Herejarca del siglo decimoquinto.
Martín Lutero, de nación sajón, natural de Eisleben, nacido de padres de escasa fortuna el año 1483, monje agustino de profesión, a quien Erasmo de Róterdam, por sus propios escritos, descubrió como hombre rarísimo en maldad: hecho desertor hereje desde católico monje, imitó gravemente al padre de todos los herejes, Simón Mago, diciéndose ser la suma virtud de Dios; pues, por la excesiva estima de sí mismo, se predicaba Evangelista del Señor; llamado por sus secuaces Elías, precursor de la venida del Señor. Se dice que nació de un íncubo, de modo que no es de extrañar que fuese grato al Diablo y su familiar. En efecto, en el libro que escribió de Missa angulari refiere no oscuramente quién fue el autor de su doctrina; pues introduce allí al Diablo disputando consigo y proponiendo contra la Misa argumentos más fuertes que aquellos que pudieron ser refutados por él; describe también allí su voz, por ser grave y robusta, y sonar tan terriblemente, que sucede a veces por experiencia que después de la conferencia nocturna con el Demonio, los hombres son hallados muertos al día siguiente; pues, dice, puede incluso matar el cuerpo; y luego deja al alma tan ansiosa, que a veces necesita en un momento partir del cuerpo; lo cual escribe que le ha acaecido casi muchas veces, y que finalmente le acaeció al cabo.
Confiesa descaradamente que no comió con el Diablo no solo un poco de sal, sino mucha, e incluso más de un modio de sal juntamente; por lo cual comunicó con él muchas cosas, y aprendió de él como maestro, especialmente, que la Misa no es sacrificio; ni que debe comulgar bajo una sola especie; ni que ha de creerse algo que no esté escrito en los libros divinos. Asimismo escribe que confesó ante el Diablo haber pecado por haber celebrado la Misa; e incluso que no amó a Dios, antes bien odió al justo que castiga a los pecadores. Y finalmente, en la Disputa de Leipzig se oyó su voz blasfema, antes bien, monstruo furioso: Non propter Deum haec res coepta est, neque propter Deum finietur. Siendo esto así, ¿quién puede dudar que Lutero sea de aquel rebaño de los que en los últimos tiempos, abnegando la fe y atendiendo a los espíritus de error y a las doctrinas de demonios que hablan mentira en hipocresía, introdujo dogmas diabólicos impíos y heréticos, teniendo por autor y maestro al Diablo?
Y aunque los Teólogos parisinos consideraron que Lutero era indigno de que se escribiese contra él, porque no solo había defendido los errores de los wiclefitas y hussitas, sino también errores antiquísimos que la Iglesia derramó en otro tiempo y anonadó, y de nuevo los llamaba ahora a la arena, y por ello a un hombre tan impío convenía examinarle más bien con llamas que con argumentos; sin embargo, como ya los alemanes habían bebido y embriagádose abundantemente del cáliz de los errores de Lutero, hasta el punto de que aquel veneno comenzaba a reptar hacia las naciones extranjeras, era necesario que cada región se previniese contra aquel mal; por eso la Sacra Facultad Teológica de París sometió a su examen los escritos de Lutero; y detectados en ellos muchos errores, compuso una censura con la cual conservó a Francia en la fe antigua, y fue también amparo para muchos extranjeros, entre quienes está en aprecio la autoridad del príncipe de esta Facultad, para que sus mentes no fueran ocupadas por el torrente de los errores corrientes. Esta censura, transcrita de Tomás Ilírico, la refiere D. Bail en su aparato ad Concilium Tridentinum.
Andrés Carlostadio, que fue el primero de los discípulos de Lutero en tomar mujer públicamente siendo sacerdote, y junto con él Huldrico Zuinglio y Juan Ecolampadio iniciaron la herejía sacramentaria el año 1526, enseñando que en la Eucaristía no está el cuerpo de Cristo sino en señal; y añadieron que las imágenes de Cristo y de los Santos deben ser destrozadas. Véase a Juan Cochleo en el libro De actis Lutheri, año 1526.
Baltasar Pacimontano y Bernardo Rothmann instituyeron la secta de los anabaptistas el año 1527, que es asimismo prole del luteranismo, y dividida en varias sectas. Éstos enseñan que los párvulos no deben bautizarse y que, si han sido bautizados, deben bautizarse de nuevo cuando sean adultos. Enseñan otros muchísimos errores, sobre los cuales véase a Juan Cochleo, De actis Lutheri, año 1520, y al Cardenal Hosio, lib. 1. De Haeresibus nostr. temporis.
Felipe Melanchton, discípulo de Lutero, compuso la Confessio Augustana el año 1530, de donde fueron llamados Confesionistas y luteranos blandos los que la siguen. Tienen muchos errores, como que las partes de la penitencia son solo dos: Contrición y Fe; es decir, los terrores de la conciencia y la fe, por la cual creemos que por Cristo nos han sido remitidos los pecados. Véase a Cochleo en el libro De actis Lutheri.
Juan Calvino, en nuestro siglo Príncipe de los herejes, antes bien, fácilmente de todos los herejarcas, nació el año del Señor 1509. Su padre, Gerardo Cauvin, algunos ciudadanos ilustres de Noyon atestiguaron que fue hombre impío y sumamente blasfemo contra Dios. Se hizo indagación sobre las costumbres y vida del hijo, y entre otras cosas consta en los registros públicos que Juan Calvino, obteniendo en Noyon el beneficio de curato y otro sacerdocio de cierta capilla, convicto del crimen sodomítico llegó a riesgo de su vida; para que fuese quemado a fuego, pena ordinaria y legítima de semejante crimen; pero por la conmiseración del Obispo de la ciudad le fue moderada la pena: que se le marcase con hierro candente un lirio en el hombro. No soportando esta ignominia, marchóse a Alemania, ocultándose en Basilea. Entonces, desterrado en Estrasburgo, fue hecho Predicador de los Fugitivos. Después, partiendo a Italia, se nombró entonces Carlos Happ; finalmente, el que era Cauvin se llamó Calvino. Volviendo de allí, vino a Ginevra hacia el año 15371, e infectó a toda Francia con sus blasfemias, la trastornó y perdió, a causa de su nuevo artificio de cena, por el cual imagina a Cristo, aunque ausente, presente solo por su propia virtud y eficacia mediante la Metonimia. En lo cual conviene ni con su Padre Farello, ni con Ocolampadio, ni con su Abuelo Zuinglio: a cada uno de los cuales reprendió por no tratar rectamente la Cena del Señor.
Enseñó además muchos otros errores; primeramente acerca de la Predestinación: que Adán, por ordenación de Dios y eterno decreto, cayó necesariamente en el pecado; que ciertos descendientes de Adán que se salvan son Electos; otros destinados a muerte sempiterna; y afirmaba que la primera y principal causa de esta diversidad es la voluntad de Dios. Que Dios creó principalmente el género humano para la perpetua condenación y perdición; que Dios creó a Adán no solo para que pereciese, sino también para que le hubiese predestinado desde la eternidad a la ruina; y por tanto debía necesariamente pecar.
Acerca del libre albedrío, niega que el hombre esté dotado de libre albedrío, ya que enseña que Dios no solo permite los pecados, sino que obra en ellos eficazmente.
Acerca de los pecados enseña que Dios es autor del pecado: que Dios no solo permite que los hombres hagan los pecados que hacen, sino que se hacen por voluntad e instigación de Dios: que todos los pecados que se cometen son absolutamente obras de Dios; verbigracia, el hurto, el adulterio, etc., no se hacen solo por el hombre, sino que Dios los obra en el hombre: que el Diablo miente por mandato de Dios: afirma, como Lutero, que solo la incredulidad es pecado mortal: que no hay distinción entre pecado mortal y venial, ni ninguno debe llamarse venial, sino que todo pecado es inmortal: que la Ley de Dios y la voluntad de Dios están a menudo contrarias entre sí.
Sobre la fe, la justificación y la salvación, enseña que todo hombre justo sabe que está en gracia; y que es cierto de su propia justificación, por cuanto la fe por la que el hombre es justificado puede ser cierta para cualquiera; usurpando mal aquello de Agustín: nada hay más cierto al hombre que su fe, de modo que, dice Calvino, aunque cometa cualesquiera pecados, cualesquiera deshonestidades y crímenes, sin embargo no se le imputa ninguno al creyente.
Sobre las obras y los méritos, que ninguna obra humana, por buena que sea, es meritoria de la vida eterna; ni necesaria para alcanzar la vida eterna: confiesa en efecto que en nuestras obras hay algún mérito al cual responden premios corporales y espirituales, pero no la vida eterna; antes bien afirma que todo justo peca en todo bien.
Sobre los votos y los monasterios, afirma que no hay absolutamente ninguna diferencia entre el precepto y el consejo Evangélico, ni que haya algún consejo en el Evangelio, sino que todas las cosas que nos fueron recomendadas por Cristo son preceptos. Por tanto condena todos los votos, afirmando que nada aprovechan, por cuanto imponen a los hombres una cierta necesidad, porque dice el Profeta: voluntariamente te sacrificaré. Enseña además que nada puede ser votado a Dios, salvo lo que por Él ha sido mandado.
Sobre el Matrimonio. Aunque confiesa que es bueno pedir a Dios auxilio para contenerse, dice sin embargo que esta invocación no es remedio suficiente para conservar la continencia, y por eso que es necesario el matrimonio; y que en el tiempo de la gracia sigue en vigor aún el precepto universal que obliga a todos a las nupcias, a saber: no es bueno que el hombre esté solo. Enseña además que el bautismo no es necesario a los niños.
Sobre el sacrificio de la Misa, niega que la Misa fue instituida por Cristo; y blasfema diciendo que ella no es sacrificio ni obra buena, etc. Véase a Prateolo, Bolsec, etc.
Miguel Servet, siendo español de 25 años, se jactaba de ser el sumo Profeta del orbe; escribió además siete libros De erroribus Trinitatis: en los cuales enseñó que no hay en Dios generación real: que no hay en Dios distinción personal: que no deben bautizarse los hombres sino en el año 30; finalmente, en el año 1555 fue entregado al fuego en Ginebra por el mismo Calvino. Véase a Juan Cochleo, De actis Lutheri, en el año 1532, y a Surio en la historia del mismo año.
David Jorge, nacido en Delft, en Holanda, predicó que él era un insigne Profeta e Hijo de Dios mayor que Cristo Jesús, y que al tercer año después de su muerte resucitaría y restablecería el Reino de Israel. Pero ya han pasado unos ochenta años desde su muerte, y sin embargo no resucitó, ni resucitará, sino en el día postrero, con los demás impostores, para ser atormentado con fuegos eternos. Véase toda la historia en Surio, en la Historia del año 1555.
Gaspar Schwenckfeld, uno de los Confesionistas, inventó doctrinas propias. Enseñó que la naturaleza humana de Cristo después de la ascensión fue cambiada en divina, y que debemos estar contentos solo con el Espíritu: que la palabra vocal, como letra que mata, debe ser rechazada. Véase a Friderico Estapilo en el libro De Concordia Lutheranorum.
Andrés Osiandro, uno de los Confesionistas, pero por sus nuevas herejías hereje incluso ante los mismos Confesionistas, enseñó que la Caridad y la Justicia y la Sabiduría, por las cuales el hombre es Justo y Sabio, son la misma esencia de Dios, y que Cristo justifica a los hombres solo según la naturaleza divina. Véase a Frederico en el lugar citado y a Surio en la Historia del año 1555.
Juan Brentio, nada pequeño entre los Confesionistas, enseñó que la humanidad de Cristo, desde la misma encarnación, siempre estuvo en todas partes. De ahí nacieron los Ubicuistas. Contra él combatieron acremente durante largo tiempo Teodoro, Bezа y otros. Véase a Surio en la Historia de 1561.
Matías Ilírico, autor principal de la historia Centuriata de Magdeburgo y Padre de los luteranos rígidos, además de otras doctrinas estupidísimas, enseñó que el pecado original es sustancia.
Libertinos, con autor cierto Quintino, enseñan que es lícito simular y disimular la Fe y la Religión y comunicar con todos; que hay un solo Espíritu inmortal; que los Ángeles y las Almas de los hombres no son inmortales; que Cristo no murió verdaderamente en la cruz, sino solo en apariencia. Enseñan otras muchas cosas, pero ocultamente y entre sí, como el mismo Calvino refiere en el libro Contra Libertinos, donde dice que le es sabido que hay muchos millares en esta secta.
Valentino Gentilis, de patria Cosenza, en el año 1558, resucitando el arrianismo, comenzó a enseñar que las tres Personas divinas son tres Espíritus eternos diferentes en número esencial, pero que el Padre era mayor que el Hijo y que el Espíritu Santo: por cuya herejía fue decapitado en Berna por los mismos herejes. Esta Historia se conserva en Benedicto Aretio, autor condenado a quien cita Belarmino, porque no tuvo otros que lo refirieran.
Francisco David, junto con los demás ministros transilvanos, enseñó que sólo el Padre es verdadero Dios, que el Hijo y el Espíritu Santo son virtudes de Dios, no distintas del Padre, ni en persona, ni en relación, ni en esencia; que Cristo es puro hombre, pero que se le llama verbo de Dios, porque anunció las palabras de Dios.
Socino corrompió toda la Teología, en primer lugar acerca de la sacratísima Trinidad y de la justificación del hombre ante Dios.
Los Puritanos tuvieron su origen en Inglaterra en tiempo de la Reina Isabel (Vision Regina with apostrophe artifact, tesseract Regine — genitive Reginae adiudicated)e, la cual se había apartado de la Comunión Católica; les fue impuesto este nombre, o bien porque se jactaban de ser calvinistas reformados, o bien porque seguían la Escritura pura, o bien porque se proclamaban purísimos y santísimos. Ellos, igual que los calvinistas, habían suprimido al final de los Salmos el versículo Gloria Patri, etc., que la Iglesia había añadido en ellos contra los Herejes, que no querían adorar al Hijo junto con el Padre. Los Antipurtianos aún hoy en Inglaterra se oponen enteramente a las opiniones de los Puritanos.
Los Pacificadores, por obra de Juan Sturmio, dicen que la Religión Calvinista no difiere esencialmente de la Católica; de ahí que cierto Ministro Anónimo, bajo el nombre de Cristiano Constante, escribió bastantes cosas sobre la conformidad de una y otra Iglesia.
Los Arminianos, o Remonstrantes o calvinistas remisos, tuvieron su origen en Jacobo Arminio, Ministro de Ámsterdam, que fue hecho después Profesor de Teología de Calvino en la Academia de Leiden entre los holandeses, cuya Cátedra había ocupado antes Francisco Gomaro. Este Arminio quiso ser siempre reputado calvinista, aunque sostenía muchas opiniones muy distantes de Calvino y de los calvinistas rígidos contra los Remonstrantes. Los calvinistas rígidos tienen por autor a Gomaro, quien emprendió la disputación contra Jacobo Arminio. Estos seguían el rigor de las opiniones de Calvino sobre el libre albedrío, sobre la gracia, sobre la reprobación y otras cosas.
Conrado Vorstio, Ministro holandés, discutía las perfecciones divinas, tales como la simplicidad de Dios, su infinitud, inmensidad y eternidad, lo cual trae la mayor división entre los Reformados de Holanda aun en estos tiempos. Los Metaforistas, que reducían todo a metáforas, decían que el Hijo de Dios no era propiamente tal, ni verbo del Padre, ni Imagen, sino por metáfora.
Marcos Antonio de Dominis, que se intruyó fraudulentamente en el Arzobispado de Spalato en Dalmacia, procuró siempre deprimir la autoridad del Papa.
En Holanda, Bohemia, Alemania e Inglaterra surgen continuamente nuevas Sectas, cuyo número es imposible enumerar. También en estos mismos tiempos han brotado más de ellas acerca de la divina Predestinación y de la Gracia, erróneas afirmaciones condenadas por la Iglesia.
Pero aquí debe observarse que los mayores Herejes tuvieron siempre un final desdichado. Pues Simón Mago, cuando quiso volar, derribado por las oraciones de San Pedro, se rompió las piernas, y poco después murió con suma ignominia. Así Egesipo, lib. 3, cap. 2, de Excidio Ierosol., y Arnobio, lib. 2, contra Gentes. Manes fue desollado vivo por el Rey de los persas, porque mató a quien debía curar al hijo del Rey, según Epifanio, Herejía 36. Montano, Teodoto y sus profetisas se ahorcaron a sí mismos con lazos, como refiere Eusebio, lib. 5, Historiarum, cap. 16. Los Donatistas fueron despedazados por los mismos perros a quienes arrojaban la Eucaristía, según Optato, lib. 2, contra Parmenianum. Arrio, queriendo entrar en la Iglesia, acudió de pronto, por un movimiento de vientre, a las letrinas públicas, y juntamente con los excrementos derramó todas sus entrañas y el alma, según Atanasio, Orat. 1, contra Arianos, y Rufino, lib. 10, Hist., cap. 13. Valente arriano fue quemado vivo por los godos, según Rufino, lib. 11, Hist., cap. 13. Nestorio, consumida su lengua impía por los gusanos, murió miserabilmente, según Evagrio, lib. 1, Hist., cap. 6. Anastasio, Emperador favorecedor de los eutiquianos, pereció por un rayo, según Cedreno y Zonaras. Lutero, habiendo tomado por la noche una cena espléndida gozoso y sano, y habiendo provocado a risa a todos con sus donaires, aquella misma noche murió, según Cochleo en la vida de Lutero. Zuinglio fue asesinado en la guerra contra los Católicos. Ecolampadio, habiendo ido a dormir sano la noche anterior, fue hallado muerto por su mujer en el lecho por la mañana. Según Cochleo, en las actas de Lutero, año 1531. Carlstadt fue muerto por un Demonio. Así los Ministros de Basilea en la Epístola que publicaron sobre la muerte de Carlstadt. Y finalmente Juan Calvino, aquejado de horribles y sensibles enfermedades, expiró consumido por gusanos, como atestigua Jerónimo Bolsec en su vida, añadiendo que murió blasfemando, invocados los demonios.
Approbatio I: Approbationes (Facultatis Parisiensis et Ordinis Fratrum Minorum)
Aprobación de los Doctores de la sacra Facultad de París.
De nuevo emerge Escoto de las tinieblas, sosteniendo la antorcha el R. P. Claudio Frassen, Doctor en sacra Teología en París, de la Orden Seráfica, y Profesor entre los suyos. Para que la doctrina de este Autor saliera a la luz más grata a todos, no menos que profunda en sutileza, no quiso este hombre dignísimo que en ella se echara de menos todavía otro doble adorno: el de la dicción y el de la disposición. Añadió, pues, nitidez al estilo y orden al tratado metódico, y, revestido así con aquel doble vestido y más culto, hizo del Sutil un Académico, tanto más provechoso, como se espera con razón, para todos los Académicos, cuanto que conviene del todo a la fe cristiana y a las costumbres castas. Así lo juzgamos y testificamos de corazón Nosotros, los Doctores infrascritos de la Sociedad Sorbónica, en la sacra Facultad de París, a 25 de mayo del año 1672.
G. Lestocq, Profesor regio de sagrada Teología en la Sorbona.
A. Chevillier.
Mandato de Obediencia y Permiso del Reverendísimo Padre General.
Fray Francisco María Rhini de Politio, Ministro General de toda la Orden de los Hermanos Menores de nuestro Padre San Francisco, siervo suyo, y Comisario Apostólico en el Reino de Francia sobre todas las Provincias a nos sujetas, etc. Al amado Padre y Hermano nuestro en Cristo Claudio Frassen, Alumno de nuestra Provincia de Francia la mayor, Doctor en sacra Teología en París, y Professor del mismo en nuestro mayor Convento parisiense, salud sempiterna en el Señor.
Puesto que (según hemos sabido) ha sido publicada por ti una Obra titulada Scotus Academicus, etc., y deseas imprimirla para mayor gloria de Dios, exaltación de la doctrina escotista y honor de nuestra Orden; nosotros, deseosos de promover todo lo antedicho en cuanto podemos en el Señor, y entendiendo que tu libro aprovechará no poco en todas estas cosas, te otorgamos por la fuerza de estas nuestras letras la facultad, con mérito de saludable obediencia, para que, previo examen y aprobación de la misma Obra por los RR. PP. Teólogos eméritos de nuestra Orden y por los Doctores de la sacra Facultad de París, a saber, el Fray Claudio Domart, Guardián de este gran Convento, el Fray Andrés Houbereau y el Fray Carlos Mignet, y guardando además las sanciones Apostólicas y nuestras Constituciones, puedas mandarla a las prensas y tengas valor para ello. Dado en nuestro gran Convento parisiense, a veinte de abril, bajo autógrafo y sello mayor de nuestro oficio, en el año mil seiscientos setenta y uno.
Fray F. María Rhini de Politio, Ministro General.
Fray A. E. de Lossada, Secretario General de la Orden.
Aprobación y Permiso del R. P. Muy Reverendo Padre Claudio Domart, Doctor de París, y Guardián del mayor Convento de los HH. Menores de San Francisco.
Habiendo examinado tanto los escritos filosóficos precedentes como las lucubraciones sobre la vida espiritual, no podemos dejar de esperar que salga a la luz con el pleno aplauso de los teólogos el Scotus Academicus del Reverendo Padre Claudio Frassen, Doctor de París, y Lector General del gran Convento de los Hermanos Menores de San Francisco. Por ello, no solo permitimos que se confíe a la imprenta, sino que, en cuanto juzgamos esta Obra sumamente útil para el público, la deseamos de todo corazón. Dado en el dicho Convento de París el día diez de abril del año del Señor de mil seiscientos setenta y uno.
Fray C. Domart, humilde Guardián del gran Convento.
Aprobación del R. P. Carlos Miguet, Doctor de París, y Lector General en Teología en el gran Convento de los HH. Menores, y actualmente Guardián del mismo.
Por fin doy fe de que yo, el infrascrito, he leído por completo la Obra tan largamente deseada, con su Método utilísimo para nuestra Escuela, dirigido a exponer con elegancia y solidez la doctrina del Doctor Sutil, especialmente en el primer libro de las Sentencias: la cual verdaderamente lleva por título Scotus Academicus: pues será ornamento fortísimo y clarísimo de la disciplina escótica, gloria de nuestra Familia Seráfica, y camino fácil de los teólogos hacia la divina Sabiduría. De ahí que estime haber dicho poco al declararla digna de la imprenta; deseo además que el Autor, el R. P. Claudio Frassen, demuestre ser el legítimo heredero de la sutileza del Doctor Sutil, así como el Intérprete de su doctrina, y el más fiel expositor de la misma también en lo filosófico: por lo cual deseo vivamente que sea pulida en los tórculos, para provecho público, y como prenda singular de nuestra amistad hacia el Autor. Dado en París, en el gran Convento de los HH. Menores, a quince de abril, del año del Señor de mil seiscientos setenta y uno.
Fr. Carlos Miguet, Doctor en Teología, y Lector General.
Aprobación del Reverendísimo P. Andrés Houbereau, Doctor de París, Ex-Definidor General, y Ex-Provincial de la Provincia Mayor de Turena.
Yo, el infrascrito, Doctor en Teología en la Universidad de París, he leído y devorado el Libro titulado Scotus Academicus, compuesto por el R. P. Claudio Frassen, Doctor y Profesor de nuestro Orden en la misma Universidad: lo cual encontré elaborado con doctrina, orden y método singulares: pues en él se abren con tanta claridad, lucidez y fuerza los altísimos misterios de la fe, las dificultades más recónditas de la Teología, y los tesoros escondidos de la profundísima doctrina del mismo Escoto, y se acumulan con tal densidad de argumentos y razones, que apenas hasta ahora algún otro erudito los ha explicado de manera semejante. Por donde parece arrastrar tras sí, con el solo peso de su contenido y con una cierta dulce violencia, a cualesquiera lectores y a los ánimos de los hombres piadosos hacia su sentencia. Por lo cual, ya que esta grandísima obra contiene una doctrina fundadísima en las Escrituras, los Concilios, los Padres y los teólogos más graves, y nada hay en ella que no sea enteramente santo, nada que no sea piadoso, nada ajeno a la mente de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, y nada que no respire la insigne erudición del Autor unida con igual piedad; la juzgo dignísima de salir a la luz, para que se difunda por todas las regiones cristianas, para gloria de Dios y utilidad pública. En París, en el gran Convento de los Franciscanos, a veinte de septiembre, del año arriba dicho de mil seiscientos setenta y uno.
Fr. Andrés Houbereau, Ex-Definidor General, y Ex-Provincial de la Provincia de Turena.
Praefatio III: Divinae Sapientiae ... dignitas et natura in prooemiali tractatu delineata (praefatio)
El nombre sagrado de Teología, según su uso primario entre los Fieles, designó únicamente aquella doctrina que explicaba y probaba la Divinidad de Cristo Señor: por lo cual San Juan Evangelista fue llamado con el título especial de dignidad Teólogo, porque a semejanza del Águila, volando más alto que los demás, contempló los rayos de la Divinidad de Cristo con luces sin reverberación:
Pues los otros tres Evangelistas, dice Agustín, como caminando con el Señor hombre en la tierra, dijeron poco de su Divinidad; éste, en cambio, desdeñando caminar por la tierra cual águila, se elevó no sólo sobre la tierra y sobre todo el ámbito del aire y del cielo, sino sobre todo el ejército también de los Ángeles y sobre toda constitución de las potestades invisibles, y llegó a aquel por quien fueron hechas todas las cosas.
Con nombre semejante fue alguna vez honrado Gregorio Nacianceno, porque entre los sagrados Doctores fue el que trató con mayor sutileza y sublimidad aquella doctrina acerca de la Divinidad de Cristo Señor: en cambio Teodoreto y cuantos otros Padres griegos se ocupan principalmente en explicar los misterios del Verbo encarnado, confiesan hallarse ocupados no en la Teología, sino en la Economía; por cuanto el misterio adorable del Verbo encarnado pertenece a aquella providencia especial de Dios por la cual nos suministra los medios necesarios para conseguir la eterna salvación.
Mas sucedió, con el decurso sucesivo de los tiempos, que el nombre sagrado de Teología se concedió no sólo a una y otra doctrina que diserta de la Divinidad y Humanidad de Cristo; sino también a aquella que ocupa entre ambas como un lugar medio; por eso fue llamada Escolástica, porque con método académico y ejercitación umbrosa de Disputaciones defiende con la fuerza de los argumentos, en cuanto puede, todos los misterios de la Fe contra los Infielos; separando lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo dudoso, y depura y purifica los dogmas Católicos de las disfrazadas y engañosas aserciones de los herejes.
El primero, empero, entre los santos Padres que parece haber acomodado la Doctrina sagrada a discusiones y argumentos al modo de los Dialécticos, fue San Clemente Alejandrino, varón ciertamente preclarísimo tanto en la literatura sagrada como en la profana, discípulo del célebre Panteno, y Maestro del famosísimo Orígenes en la escuela de Alejandría.
A éste siguieron finalmente muchos varones célebres a la vez por su doctrina y por su piedad; entre los cuales San Dámaso parece haber obtenido la palma, pues hacia el año 739 u 800 recorrió así los sagrados manantiales de esta divina doctrina, que fluían más ampliamente y con mayor abundancia en los escritos amplísimos de los Padres griegos, como en un caudaloso álveo, con ciertos arroyuelos de cuestiones y respuestas, que él, mientras los demás habían escrito en volumen más grande, abarcó en cuatro libritos sobre la Fe ortodoxa.
A éste, tras haberse pasado algunos siglos, a saber, hacia el año milésimo centésimo cuadragésimo, imitó Pedro Lombardo, Obispo de París; pues habiendo recogido las sentencias de los Padres latinos, y especialmente de San Agustín, las ordenó todas tan sabia y metódicamente en cuatro libros, que por esta obra excelsa fue llamado Maestro de las Sentencias.
Tuvo luego diversos Comentaristas e Intérpretes de sus escritos, quienes, desbordando de las aguas de la divina sabiduría, fueron divididos cual ríos del Paraíso en cuatro Cabezas, esto es, en cuatro Academias principales de Teólogos: a saber, la Seráfica y sutil de los Franciscanos, la Angélica de los Predicadores, la Espiritual de los Nominales, y la más libre y desembarazada de los demás.
Todos ellos se llamarán con razón aquellos sesenta valientes que rodean el lecho místico de Salomón, sin duda la Iglesia de Cristo, como los más fuertes de Israel, llevando todos espadas y expertísimos en la guerra, con la espada de cada uno sobre su muslo a causa de los temores nocturnos, es decir, los ataques y acechanzas de los herejes y otros tenebrarios, que los Teólogos Escolásticos, centinelas y guardianes de la Iglesia, prevén, y sacándolos a campo abierto, los traspasan y matan con la agudeza de sus razones: Porque las armas de nuestra milicia (dice el Apóstol) no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de las fortalezas, destruyendo consejos y toda altivez que se eleva contra la ciencia de Dios.
De ahí que todos los herejes, sembradores de cizaña e interpoladores astutísimos de la verdad católica, persigan a los Doctores Teólogos con las burlas más atroces. Pues Wiclef, impíamente no menos que ignorantemente, dijo que las Universidades, los Estudios, los Colegios, las graduaciones y los magisterios fueron introducidos del gentilismo y sólo aprovechan a la Iglesia como el diablo.
¿Quién ignora que Lutero, hombre sumísimo inmundo, llamaba por doquier a la Teología Escolástica ignorancia de la verdad, vana falacia, y a las Academias en que se enseña lupanares del Anticristo? ¿A quién se le oculta cuántas injurias dirige a los Doctores Teólogos, principalmente a los parisinos, Calvino, aquella furia impiedadísima, fanático devoto tras beberlas, villano, mientras los llamó Sofistas, Asnos cornudos, Bestias bípedas y demás cosas de este género?
Pero ¿qué hay de extraño si las tinieblas rehúyen la luz, si los lobos persiguen a los perros, si los venenos desprecian el antídoto? Precisamente por eso están irritados contra la Teología Escolástica y contra sus cultivadores, porque entienden que esa doctrina es aquella Torre mística de David, en la cual penden mil escudos, toda la armadura de los fuertes; esto es, ciertísimo arsenal, de donde se promueven las armas con que tanto la fe católica ha permanecido hasta ahora firme y resguardada contra sus embates, como también sus propios errores son acometidos y derribados.
Pues será siempre, griten cuanto quieran esos tenebrarios, será, digo, siempre la Teología Escolástica luz de la Iglesia, columna de la fe, balanza de la verdad, maza de los errores, espada de las dificultades, rayo de las herejías, antorcha de los misterios y piedra Lídia de la doctrina católica.
Ésta, ilustrada ya con comentarios casi innumerables y doctísimos, encendidas de nuevo y duplicadas las antorchas de los Doctores Franciscanos, especialmente del Doctor Sutilísimo, me atrevo a ilustrarla otra vez, como bajo un resplandor nuevo que nace, con tanta mayor confianza cuanto que oigo a la misma divina Sabiduría exclamar: Los que me elucidaren tendrán vida eterna.
Pero para que no parezca que corro con paso demasiado libre por el estrecho santuario de la Teología sin saludar al huésped, he juzgado que debe comenzarse el ingente trabajo por su breve delineación, como es costumbre. Por lo cual sea
Introductio I: Disputatio prooemialis. De Theologia in communi
Ninguno de los sabios ignora que el nombre de Teología es una voz griega con la cual, según dice San Agustín, lib. 8. De Civit. Dei, cap. 1., entendemos que se significa la razón o discurso sobre la Divinidad: de donde cualquiera que instituya un discurso sacro o profano, serio o jocoso acerca de Dios, puede ser llamado Teólogo.
De aquí refiere el mismo Agustín en el mismo lugar, lib. 6. cap. 5., tomado de Marco Varrón, que entre los antiguos idólatras existió un triple género de Teología: uno ciertamente Mítico, o fabuloso, que los Poetas idearon tan impíamente como ridículamente; pues refieren —dice el mismo Agustín— que un Dios nació de la cabeza, otro del muslo, otro de las gotas de sangre: que los dioses robaron, que cometieron adulterio, que sirvieron a un hombre: en fin, todo se atribuye a los dioses que no solo puede caber en un hombre, sino en el más despreciable de los hombres. El segundo es Físico y natural, que los mismos Filósofos trataron, investigando quiénes sean los dioses, dónde, de qué género, de qué calidad, desde qué tiempo, si fueron desde la eternidad, si del fuego, como cree Heráclito; si de los números, como Pitágoras; si de los átomos, como Epicuro, etc. El tercero Civil, que en las ciudades los ciudadanos, y máxime los Sacerdotes, deben conocer y administrar, en el cual se contiene a qué Dioses debe cada uno cultuar públicamente, qué ritos y sacrificios le es propio realizar.
La primera Teología (dice Varrón) está máximamente acomodada al Teatro, la segunda al Mundo, la tercera a la Ciudad. Pero esta división se ríe con razón y la impugna San Agustín, puesto que dice, cap. 6.:
Puesto que el mundo es obra divina; mas las ciudades y los teatros son obras de los hombres, ni se ríen otros dioses en los teatros que los que se adoran en los Templos: ni exhibís juegos a otros dioses que a aquellos a quienes inmoláis víctimas. ¡Cuánto más libre y sutilmente habrías dividido esas cosas diciendo que unos son Dioses naturales, y otros instituidos por los hombres? Pero de los instituidos otra cosa dicen los escritos de los Poetas, otra la de los Sacerdotes; siendo sin embargo ambas tan amigas entre sí por el consorcio de la falsedad, que ambas agradan a los Demonios, a quienes es enemiga la doctrina de la verdad.
Aunque empero con este sagrado nombre de Teología abusaron los Gentiles idólatras para explicar sus vanos y profanos misterios; no obstante lo usurparon asimismo los sagrados Doctores e Intérpretes de los divinos Misterios, para designar aquella doctrina que toda está en la contemplación de Dios, y únicamente incumbe en referir sus excelencias y operaciones divinas.
Mas para que se tenga noticia evidente y exacta de esta divina doctrina, distribuiremos la presente Disputación en tres Artículos, de los cuales el Primero abrirá la necesidad y existencia de la Teología; el Segundo su esencia y dignidad; el Tercero, finalmente, su utilidad y eficacia.
Articulus I: De necessitate et existentia theologicae doctrinae
Ni mucho menos debería parecer extraño o insólito que los doctores principales y abanderados de la impiedad herética intenten denegar ante todos su autoridad, y procurar arrancarla de en medio y derribarla con toda clase de maldiciones e improperios; pues bien saben que ella es la llave y la espada de sus propios errores y herejías, herida por la cual aquéllos caen. Y no puedo dejar de admirarme de que hombres no sólo católicos, sino también algunos de ellos probos, y acérrimos enemigos de la pravedad herética, hablen sin embargo no solamente con los herejes y sientan con ellos, sino que incluso hostiguen con las armas de éstos a la Teología Escolástica. Temo, pues, que sean tenidos en el número de aquellos de quienes escribió el Apóstol San Judas: Todo lo que ignoran, lo blasfeman; y en todo aquello que conocen por naturaleza, como animales irracionales, se corrompen; temo, digo, que hombres de este género, fiados más bien de la memoria feliz que de la firmeza del juicio y de la agudeza del ingenio, murmuren contra la doctrina sagrada, la cual no pueden alcanzar por otro camino, y desdeñen aparentemente aquello de que carecen contra su voluntad. Pero para que aparezca cuánto desvarían y extravíanse, es preciso demostrar en las siguientes Cuestiones la necesidad y existencia de una y otra Teología, a la cual llaman Positiva y Escolástica; pero antes debe anteponerse:
Quaestio I: An admittenda sit aliqua theologica et supernaturalis doctrina
Nótese 1. Suele distinguirse una doble necesidad; a saber, absoluta e hipotética; en primer lugar se dice absolutamente necesario aquello que, siendo tal por sí mismo y en virtud de su propia naturaleza y esencia, le compete la suprema necesidad de existir; de modo que, abstrayendo de la suposición de cualquier otra cosa, no pueda de ningún modo no ser, como se dice del solo Dios, que es el Ente absolutamente necesario. En segundo lugar, ex hypothesi, aquello que, supuesto alguna otra cosa, no puede no ser, porque está incluido en ella, o de ella se sigue infaliblemente, o tiene con ella una conexión necesaria; de esta manera, si hay hombre, es necesario que sea animal; si es causa bajo la razón de causa, es necesario que sea también efecto; si el hombre quisiera conservar durante mucho tiempo su vida natural, necesita alimento; si deseara alcanzar la vida eterna, es menester que muera en gracia saliendo de esta vida mortal.
Nótese 2. Lo necesario ex hypothesi, en orden a la obtención de algún fin, puede decirse triple: Primero ciertamente por sola necesidad de precepto; Segundo, solo por necesidad de medio; Tercero, por ambas necesidades a la vez, a saber, de medio y de precepto. Así, oír la Misa los días festivos es necesario por necesidad de precepto en orden a la salvación; pero el Bautismo para el mismo fin es necesario a los párvulos tan solo por necesidad de medio, mas no de precepto, del cual los infantes, como privados de razón, son incapaces. En cambio, a los adultos el Bautismo les es necesario por ambas necesidades; de medio, ciertamente, porque sin él, recibido en acto o en voto, no pueden justificarse; y de precepto, porque están obligados por mandato divino a procurar su salvación por medios necesarios y ordenados por Dios, cual es el Bautismo. Pero si alguna de estas necesidades concierne a alguna Doctrina Teológica, habrá de resolverse en la presente Cuestión; mas antes:
Nótese 3. La Teología propiamente tomada, según su variada división y acepción, puede además recibir varias denominaciones: Primero, en razón del Medio, o luz con que se ilustra, puede distinguirse y llamarse triple, a saber, Teología de la Visión, de la Revelación y de la Ratiocinación. Triple es en efecto la luz por la cual Dios se da a conocer a los hombres: a saber, la luz de gloria, mediante cuya ayuda las mentes bienaventuradas contemplan a Dios cara a cara, según dice el Profeta Real, Sal. 35.: En tu luz veremos la luz; otra es la luz de la fe, por la cual, dice S. Pedro 2. 1., tenemos la palabra profética más firme, como lámpara que alumbra en lugar oscuro hasta que el día clarea, luz con la cual nosotros, todavía mortales, vemos las cosas divinas por medio de un espejo y en enigma; pues la fe, dice S. Pablo, es la substancia de las cosas que se esperan, la demostración de las que no se ven, Hebr. 11. El tercero es finalmente la luz de la razón natural; pues Señaló Dios sobre nosotros la luz de su rostro, para que contemplásemos con la inteligencia y descubriéramos sus cosas invisibles por las que fueron hechas. — Por razón del Sujeto, es también triple: a saber, la Teología de Dios, de los Bienaventurados y de los Viadores. La primera se llama Comprensiva, por la cual Dios se comprende a sí mismo y en sí todas sus infinitas perfecciones de modo perfectísimo con su conocimiento: Porque todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos, Hebr. 4. La segunda es Intuitiva, por la cual los bienaventurados ven a Dios tal como es, de suerte que nada haya en Él que se oculte al que ve. La tercera es Discursiva, por la cual los viadores, ya desde la magnitud de las especies y de la criatura descubren al Creador, ya del sagrado arsenal de las divinas Escrituras extraen y demuestran los dogmas católicos. La primera está en sujeto adequado, la segunda en sujeto claro, la tercera en sujeto oscuro: porque conocemos en parte y profetizamos en parte, 1. Cor. 13. — Por razón del Objeto a que se aplica, una se llama Teología de los Necesarios, que mira a Dios ad intra y según sí mismo, y en cuanto es uno en la esencia, trino en las personas e infinito en sus excelencias. Otra la de los Contingentes, que considera a Dios operante ad extra y con respecto a las criaturas, las cuales ora crea, conserva y gobierna en el orden de la naturaleza; ora llama y justifica en el orden de la gracia; ora beatifica y corona en el orden de la gloria. — Por razón del Método, una se llama Positiva y otra Escolástica: la anterior expone las Sagradas Escrituras y los artículos de la fe con estilo más difuso y modo oratorio; y por eso se llama positiva, porque como que pone y propone las verdades de la fe, de las cuales, como de principios y premisas, la Escolástica deduce sus conclusiones al modo filosófico y con arte silogística, para hacer manifiestos los dogmas católicos y separarlos y defenderlos de las malvadas afirmaciones de los Herejes o de los que filosofan mal.
Conclusión única. — Necesaria es a los hombres la doctrina teológica, por la cual, partiendo de principios conocidos por la fe divina, se revelen ciertas verdades que los hombres mortales no podrían procurarse mediante la ayuda de la filosofía. Esta es la sentencia común de todos los Teólogos contra los Filósofos, y así la prueba el Doctor Subtil en quaest. 1. Prolog., núm. 6.
Primo, es necesario que el hombre conozca determinadamente su último fin, para dirigir hacia él sus operaciones; pero que el hombre no puede conseguir esto sin alguna doctrina apoyada en la revelación, que se llama Teología; luego ésta le es necesaria. La mayor consta de la sumísima conformidad de los Filósofos, quienes confiesan espontáneamente que todo agente dotado de razón intenta en sus operaciones algún fin determinado, y hacia él dirige todos sus movimientos y actos, para descansar en él como en objeto beatificante; pero apuntaría a un blanco incierto, si no conociese este fin de manera determinada; luego debe conocerlo distintamente.
Se prueba la menor. Si el último fin del hombre pudiera ser descubierto por alguno de los filósofos con la sola luz de la razón, indudablemente lo habría descubierto Aristóteles, Águila de los Filósofos y Genio de la Naturaleza; pero él no lo descubrió; lo cual demuestro ciertamente con doble razón: primero, porque en ninguna parte enseñó que Dios, visto clara e intuitivamente, ha de ser nuestro último fin; antes bien, en el libro 10. de la Ética, cap. 7. constituye el último fin del hombre en el conocimiento de las substancias separadas; pues habiendo relatado e impugnado en los capítulos 5. y 6. las diversas opiniones de los antiguos Filósofos acerca del último fin y la felicidad del hombre, estableció él una doble felicidad humana: una moral y civil; otra especulativa y contemplativa. Moral dijo, 1. Ética, cap. 7., que era la operación según la virtud óptima, que es la prudencia; de suerte que consideró feliz al hombre cuando componía sabia y ordenadamente todas sus acciones; pero la especulativa explica en el libro 10. Ética, cap. 6. 7. y 8., y sostiene que consiste en la operación perfectísima de todas, cual juzgaba que era el conocimiento de Dios y de las substancias inmateriales; no ciertamente intuitivo, que él no conoció; sino abstractivo, cual puede alcanzar el discurso humano, v. g., etc. — Se prueba en segundo lugar: que por virtud de principio natural alguno puede probarse que la bienaventuranza eterna y el último fin consisten objetivamente en Dios, y formalmente en la clara visión de Dios, o en el amor que sigue a la visión, o en ambos a la vez; luego ni con la luz natural puede descubrirse la felicidad y último fin del hombre.
Se prueba el antecedente. Si hubiera tales principios de los cuales pudiera inferirse que estamos naturalmente ordenados a ver claramente a Dios, habría máximamente algunos actos y efectos que surgieran en nosotros, mediante los cuales, como a impulso de aguijones, fuéramos naturalmente incitados hacia esa visión; pero consta que no experimentamos tales actos o efectos; y por consiguiente no existen ninguno; luego tampoco hay principios alguno con los cuales podamos conocer determinadamente nuestro último fin naturalmente; y en consecuencia es necesaria alguna doctrina que infiera eso de principios revelados; y ésta es la Teología, y por tanto necesaria.
Se prueba la 2. Conclusión. y la precedente razón es confirmada por el mismo Doctor en el mismo lugar n. 8.: Todo agente que obra por un fin debe necesariamente conocer tres cosas; Primero, cómo ha de adquirirse; Segundo, qué medios conducen a su consecución; Tercero, si esos medios bastan para dicha consecución; pues si alguien ignorase cómo ha de adquirirse el fin, ¿cómo podrá prepararse para su consecución? Igualmente, si ignorase cuáles son los medios necesarios, acaso no empleará alguno necesario, con lo cual su trabajo resultará frustrado. Si finalmente no estuviese cierto de que aquellos medios que emplea bastan para conseguir el fin, indudablemente, o se retraerá totalmente de la obra, o no proseguirá sino vacilando; pero el hombre viador no puede conocer estas tres cosas con la luz natural. No ciertamente el modo de adquisición; pues que la bienaventuranza haya de adquirirse ya como herencia de los hijos, ya como salario de los trabajadores, ya como corona de los vencedores, es enteramente contingente, puesto que Dios pudo ordenar conferirla de otro modo. Tampoco los medios; pues que estos u otros sacramentos estén destinados como medios necesarios para su consecución depende enteramente de la libre ordenación de Dios, la cual no tiene conexión necesaria alguna con las cosas naturales; y por consiguiente no puede ser descubierta por discurso natural. Luego es necesaria alguna doctrina que, partiendo de principios revelados, abra determinada y distintamente nuestro último fin, y el modo y los medios con que puede obtenerse; y esto lo presta la Teología. Luego nos es necesaria.
Pruebo por fin la 3. La razón natural es enteramente insuficiente para descubrir y manifestar las verdades primeras y más altas, v. gr., la naturaleza de Dios, la inmortalidad del alma, la bienaventuranza del hombre, etc., puesto que padece por uno de estos cuatro defectos, y por lo común por los cuatro a la vez: pues la razón natural o es más débil para indagar esas verdades; o más oscura para encontrar las buscadas; o menos segura para abrazar las encontradas; o más tímida y débil para afirmar y propagar las creídas; luego es necesario recurrir a una doctrina sobrenatural, libre de esos defectos, que con certeza indague, descubra, afirme y manifieste la verdad. Se prueba el antecedente respecto de cada una de las partes; y ello con autoridad a la vez que con razón, para dar satisfacción a los Predicadores y a los estudiosos de la Teología.
Primo, pues, la razón natural es más débil para indagar esas verdades primeras, puesto que mendiga todo su conocimiento de los sentidos, conforme a aquel dicho de Aristóteles, libro 3. De Anima, cap. 9.: quien nada siente, nada puede aprender ni entender; de donde aquel célebre axioma de Averroes, nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en el sentido; y como no hay proporción entre los sentidos y las cosas divinas y las verdades más altas, de ahí resulta que la mente humana falla enteramente al indagar en esas verdades; Pues el cuerpo que se corrompe, dice el Sabio, cap. 3., agravia el alma, y la morada terrena oprime el sentido que muchas cosas piensa; y difícilmente conjeturamos las cosas que están en la tierra, y con trabajo hallamos las que están a la vista, mas las que están en los cielos, ¿quién las investigará? de donde S. Pablo, 1.ª a los Corint. 2.: El hombre animal no percibe las cosas que son de Dios. — Esto expone de modo admirable S. Agustín, libro 8. De Trinit., cap. 2.:
Mira a ver (dice) si puedes, oh alma gravada con el cuerpo corruptible y cargada de muchas y varias cogitaciones terrenas: mira a ver si puedes: Dios es la verdad... no quieras buscar qué sea la Verdad; al punto se te opondrán las tinieblas de las imágenes corporales y las nubes de fantasmas, y perturbarán la serenidad que a primera vista resplandeció en ti, cuando dije Verdad; Mira, en aquel primer golpe, como un relámpago, quedas herida, cuando se dice Verdad; mantente, si puedes; pero no puedes. Volverás a caer en aquella tu costumbre terrena. Con qué peso finalmente, te pregunto, volverás a caer, sino con el ligaño del vicio de las suciedades contraídas y con los errores del destierro?
De donde con razón, Isai., 14.: Debilitados están mis ojos mirando en alto.
Segundo. La razón es más oscura para hallar la verdad; pues la mente humana, atada y acostumbrada a las cosas corporales, apenas puede sacudir sus propias fantasías, para poder percibir y aprehender las cosas depuradas de todo cuerpo y desprovistas de materia. De ahí que los filósofos hayan estimado que Dios no era otra cosa que algo corpóreo; como dice el mártir san Justino en su Exhortación primera a los griegos:
Tales de Mileto, primer autor de la filosofía natural, juzgó que el principio de todas las cosas era el agua: Anaximandro, el infinito; Anaxímenes, el aire; Heráclito e Hipaso, el fuego: Anaxágoras, partículas semejantes entre sí, o sememejanzas: Arquelao, un aire infinito, y lo que hay alrededor de él densidad y rareza; Pitágoras, los números: Epicuro, corpúsculos que no pueden corromperse ni desmenuzarse ni quebrarse: Empédocles, los cuatro elementos y dos virtudes primarias, la amistad y la discordia, de las cuales una sirva a la unión y otra a la disensión.
De donde concluye san Justino que la doctrina de los filósofos sobre los dioses es mucho más ridícula que la teología de los poetas.
Y no solo acerca de Dios fue esta sentencia tan grosera y dudosa de los antiguos filósofos, sino que también fue sumísima su ignorancia y disputa alrededor del alma racional. Lo cual explica egregiamente el citado san Justino; pues habiendo dicho que Platón admitía en ella tres partes, a saber, la razón, la irascible y la concupiscible, y que sin embargo era inmortal; mientras que Aristóteles, por el contrario, había dicho que en ella se descubrían más partículas, y que estas estaban sujetas a corrupción, y por consiguiente que era mortal, añade que otros filósofos, divididos de muchas maneras por cierta ignorancia, juzgaron que también sobre el alma había que combatir y que debían separarse por mutuas discrepancias. Pues algunos de ellos afirman que el alma es fuego; otros, aire; otros, mente; otros, movimiento; otros, exhalación; algunos, en verdad, que fluye de los astros; algunos, un número dotado de potestad de moverse; otros, agua generativa.
En lo mismo trabajaron la ignorancia y la disputa de los filósofos al señalar la bienaventuranza del hombre; pues Marco Terencio Varrón contó más de doscientas ochenta opiniones sobre la felicidad humana. San Justino asigna como causa de esta ignorancia y disensión que no quisieron aprender de los peritos, sino que se confiaron a sí mismos, creyendo que podían percibir con la sagacidad de la ciencia de la mente humana hasta las cosas celestes, cuando no pudieron penetrar siquiera las terrenas. Debe inferirse, pues, con Tertuliano, lib. De Praescriptionibus, cap. 7, que es temerario intérprete de la naturaleza y disposición divinas la sabiduría secular. De donde merecidamente dice san Hilario, lib. 5.: Debe aprenderse qué ha de entenderse de Dios antes de hablar de Dios; porque no se le conoce sino teniéndole por Autor. Y lo mismo en el lib. 1.: Nuestras inteligencias no penetran en la ciencia celestial, ni nuestra debilidad concebirá con sentido alguno la virtud incomprehensible. Al mismo Dios debe creérsele acerca de sí mismo, y deben obedecerse aquellas cosas que concede a nuestro conocimiento. Porque, como dice san Cirilo, lib. 1. contra Julianum, las cosas que exceden la capacidad de la mente humana deben honrarse con la fe. De aquí es célebre aquella sentencia de Platón en el Timeo: la verdad toda solo puede aprenderse de un modo, a saber, si nos es enseñada o por el mismo Dios o por aquellos que han nacido de Dios. De donde Clemente de Alejandría, lib. 6. Stromata: con razón nosotros, cristianos, que recogemos testimonios de los oráculos divinos, podemos gloriamos de haber aprendido la verdad por el Hijo de Dios.
Tercero. La razón es menos segura para abrazar la verdad ya encontrada, lo cual basta y sobra que aparece por la sentencia dudosa de los filósofos; pues ni siquiera, dice allí Justino, hay entre ellos una opinión cierta, sino confusa y discordante, que al menos bajo un solo nombre parece condenable por juicio recto de quienes la aprueban, porque les haya sido propuesto como estudio argüirse y convencerse mutuamente de que se alucinan y no aportan nada verdadero; pero (como arriba había advertido) si alguien quisiera examinar con más diligencia sus escritos, verá que ellos mismos no son bastante constantes consigo mismos en sus opiniones. El mismo Platón constituyó a veces tres principios de todas las cosas, Dios, la materia y la idea; a veces cuatro, pues añade el alma universal. El mismo, donde confesó que la materia era innata, después dice que es nacida. De aquí Cecilio, en Minucio Félix en el Octavio, no incongruentemente decía que hay que indignarse y dolerse de que algunos osen decidir algo cierto acerca de la suma realidad y majestad, sobre la cual hasta ahora la misma Filosofía, en tantos siglos y entre muchísimas sectas, todavía delibera. Ni sin merecimiento, pues tanta falta hace de la exploración divina la mediocridad humana, que ni las cosas suspensas y elevadas sobre nosotros en el cielo, ni las profundas hundidas bajo la tierra, es dado conocerlas, ni permitido escrutarlas, ni religioso profanarlas.
Cuarto, finalmente, la razón humana natural es más débil y tímida para propagar y predicar las verdades divinas conocidas y creídas, lo cual demuestra san Agustín de Séneca, lib. 6. De Civ., cap. 10. Este (dice), a quien los filósofos hicieron casi libre; sin embargo, porque era senador del ilustre pueblo romano, adoraba lo que reprehendía, hacía lo que argüía, adoraba lo que culpaba. Todo esto lo expresa lúcidamente san Pablo, cap. 1. a los Romanos, afirmando que los antiguos filósofos y sabios cayeron en cuatro horrendos vicios. Primero en la ingratitud, porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; segundo en la ignorancia, fue oscurecido su insensato corazón; pues diciendo ser sabios, se hicieron necios; tercero en la idolatría, porque cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de serpientes; cuarto en la torpeza abominable, por eso los entregó Dios a pasiones ignominiosas, etc.
Debe concluirse, pues, con santo Tomás, secunda secundae q. 2. art. 2., que es necesario que el hombre reciba por modo de fe, no solo aquellas cosas que están sobre la razón, sino también aquellas que por la razón pueden conocerse, y esto por tres motivos: Primero, para que el hombre llegue más presto al conocimiento de la divina verdad; segundo, para que el conocimiento de Dios sea más común; tercero, por la certeza, pues la razón humana en las cosas divinas es muy deficiente. O, como dice en la 1. p. q. 1. art. 1., la verdad sobre Dios investigada por la razón vendría a los hombres en pocos, y por largo tiempo, y con mezcla de muchos errores.
Objetarás 1. El Doctor está a favor de los filósofos. Toda potencia que versa sobre algún objeto común, también puede versar sobre cualquier objeto especial comprendido bajo aquel común y general; pues el ojo, v. gr., porque versa sobre el objeto colorado como tal, también puede versar sobre lo blanco y demás particulares colorados; pero nuestro entendimiento versa naturalmente sobre el ente en cuanto ente, como sobre su primer y adecuado objeto; luego también puede versar naturalmente sobre cualquier ente especial, y así no necesita revelación alguna para conocer ciertos entes.
El Doctor distingue la mayor, núm. 32. Que la potencia que versa sobre algún común también puede versar sobre cualquier objeto particular contenido bajo él, es decir, que puede tener inclinación natural para conocer aquel objeto especial, concede; es decir, que tiene en sí virtud natural por la cual conozca cualquier objeto especial, así como conoce el objeto común, niega. Pues aunque el entendimiento, conociendo el ente en cuanto ente, tenga también la inclinación infundida por la naturaleza de conocer cualquier ente especial, no se sigue de ahí que pueda descubrir con fuerzas naturales cualquier ente; pues son muchos los cognoscibles que en este estado mortal no pueden saberse sin divina revelación; o porque no tienen ningún comercio con nuestros sentidos, como las substancias espirituales; o porque no hay efecto natural alguno que induzca a su conocimiento, como la Trinidad de personas en la unidad de esencia; o finalmente porque exceden enteramente la capacidad de la naturaleza, tanto para hacerse como para ser conocidas, tales son la gracia, la fe, la esperanza, que por eso se dicen del orden sobrenatural.
Objetarás 2. El sentido es potencia cognoscitiva mucho inferior al entendimiento, el cual sin embargo no necesita auxilio sobrenatural alguno para versar sobre cualesquiera objetos suyos; pues el ojo, v. gr., puede ver con su nativa actividad cualquier cosa visible; luego con mucha menor razón deberá carecer el entendimiento de tal auxilio para versar sobre cualquier inteligible. Se prueba la consecuencia: Por eso el sentido no necesita auxilio sobrenatural, porque según Arist., 3. De Anima, t. 45., la naturaleza no falta en lo necesario, y ministra todas las subsidias a las potencias con que puedan ejercer sus operaciones; luego con mucha menor razón deberá faltar a la potencia intelectiva, que, siendo mucho más excelente que los sentidos, debe depender menos de lo extrínseco para operar; pero le faltaría si además de su nativa virtud de entender necesitara aún otro auxilio para percibir algún objeto; luego no necesita tal auxilio.
Niega la consecuencia el Doctor, y a su prueba responde que la naturaleza, por eso, no falta en lo necesario, no porque ministre ella misma todos los medios necesarios para obrar, sino porque tributa potencias y facultades expeditas para la operación conveniente a cada cosa; lo cual otorga tanto al entendimiento como a los sentidos, pues ambas facultades, tanto sensitiva como intelectiva, tienen de la naturaleza infundida la virtud de operar lo que les es sumamente conveniente. Y si el entendimiento no puede ejercer esta su virtud natural acerca de algún objeto, esto no proviene de defecto de la naturaleza, que no le suministre lo necesario, sino de la suma dignidad tanto del objeto, que como sea de orden superior excede la fuerza natural del entendimiento, ni puede por él ser alcanzado, si no es elevado y robustecido por algún auxilio de orden superior; como del entendimiento, que por eso es tenido por más noble e ilustre, porque exige para su ornato y complemento no solo la perfección del orden natural, sino también la del sobrenatural. De donde infiere meritoriamente el Doctor en el núm. 33. que la naturaleza por eso no le falta; pues le confiere todas las cosas que para su operación natural se requieren en él, aunque no le confiera aquellas que exigen para la sobrenatural conocimiento de un objeto sobrenatural, pues la naturaleza debe ejecutar solamente las cosas naturales. Pero como toda perfección de los sentidos es puramente natural, ciertamente la naturaleza faltaría a ellos, si no les suministrara todas las cosas para percibir su objeto.
Instarás. La naturaleza suministra a los sentidos no sólo la virtud, sino también los medios necesarios para operar: por tanto, también al entendimiento debe conferir todos los medios necesarios para entender cualquier cosa; de otro modo el entendimiento sería de condición y suerte peor que el sentido.
Niego la consecuencia. Pues no es igual la comparación del entendimiento con el sentido; ciertamente los sentidos, por su menos perfecta virtud de agir, están limitados a determinados objetos y a un cierto modo natural de operar, más allá del cual de ningún modo pueden irrumpir; se ocupan, en efecto, solamente del ente sensible, que como es sólo del orden natural, no es de extrañar que los sentidos para alcanzar todos sus objetos nada deseen más allá del orden de la naturaleza. Distinto es el caso del entendimiento, que como objeto adecuado tiene cualquier ente inteligible, y hay algunos inteligibles que exceden la capacidad y el orden de la naturaleza; de aquí sucede que, aunque tenga una inclinación natural para conocerlos, sin embargo no puede con las fuerzas de la naturaleza alcanzarlos; por donde es necesario que para conocerlos sea ilustrado y confirmado por algún medio sobrenatural. Ni de ahí se sigue que el entendimiento sea de suerte peor que el sentido, pues, como dice el Doctor n. 33., la suma perfección para el entendimiento es que pueda ser elevado divinamente a recibir mayor perfección, que él mismo pueda producir activamente. Es indicio, en efecto, de que no se perfecciona sólo con aquellas cosas que se contienen dentro de los límites y verjas de la naturaleza, sino que también exige alguna excelencia preternatural para el complemento de su perfección. Distinto es el caso de los sentidos, cuya suma y última perfección pudiendo ser conferida por agentes naturales, se sigue que son capaces de menor perfección que el entendimiento.
Objetarás 3. Dice el Doctor: Por eso se requeriría alguna doctrina sobrenatural, máximamente porque el entendimiento no es proporcionado a cualquier objeto cognoscible, y en consecuencia debería conformarse y proporcionarse por otra cosa: pero esta razón no vale nada: luego tampoco aquello para lo cual se aduce como prueba.
Se prueba la menor. Aquello por lo que el entendimiento debería igualarse y conformarse al objeto, o sería natural, o sobrenatural. No lo primero, porque no podría elevar al entendimiento más allá de su estado natural, y hacerle proporcionado al objeto sobrenatural. Tampoco lo segundo, porque como el entendimiento de sí no es proporcionado a otra realidad sobrenatural, no podría recibir aquello sobrenatural, a no ser que de nuevo fuera hecho capaz de esa recepción por otra cosa; y como con esto volvería la misma dificultad, se procedería al infinito: luego en el entendimiento no se desea ninguna doctrina sobrenatural.
Responde n. 31. concedida la mayor, negando la menor. En verdad es cierto que el entendimiento se conforma al objeto sobrenatural, tanto formalmente por el conocimiento sobrenatural que tiene del mismo objeto, cuanto eficazmente por Dios que revela y concurre eficazmente a producir aquel conocimiento, que de otro modo el entendimiento de sí y por los fantasmas (sin los cuales naturalmente en este estado nada percibe) no podría alcanzar. De donde aquello por lo que se proporciona al objeto, tan eficaz como formalmente, es sobrenatural; sin embargo, no debe conformarse y proporcionarse a ello por otra cosa; pues como el entendimiento está en potencia obedencial, tanto respecto del conocimiento sobrenatural por recibir, cuanto respecto del concurso efectivo sobrenatural de Dios, puede recibir ambos inmediatamente, y no necesita de otro alguno para ser dispuesto y proporcionado a ello.
Insistirás. A toda potencia natural debe corresponder un activo natural, que la reduza al acto; de otro modo la potencia sería vana, pues no habría de reducirse al acto: pero en nuestra alma está el entendimiento pasible, o paciente, que es potencia receptiva de cualquier conocimiento, aun sobrenatural: luego el entendimiento agente, que está en ella, debe ser productivo también del conocimiento sobrenatural.
Responde 1. El Doctor n. 25. negando la mayor; pues es falso que a todo pasivo natural corresponda un activo natural; porque, dice, muchas cosas son naturalmente receptivas de una perfección de la cual no tienen principio activo intrínseco; máximamente cuando la potencia por razón de su excelencia está ordenada naturalmente a recibir una perfección tan eminente, que no puede ser producida por ningún agente natural; así de hecho nuestro entendimiento pasible está ordenado al conocimiento del objeto sobrenatural, que sólo puede ser conferido por Dios que revela. Ni de ahí se sigue que esa potencia, en cuanto natural, sea vana; pues aunque por un agente natural no pueda ser principalmente reducida al acto, basta que por un agente sobrenatural sea completada y reducida al acto.
Responde 2. distinguiendo la mayor n. 26.: A toda potencia pasiva natural corresponde un activo natural, en cuanto esa potencia se dice natural por aquello con lo que se compara al acto, o forma natural y naturalmente por recibir, niega; que se dice natural en cuanto respecta a un agente natural, como cuando concurre con él a producir algún efecto, v. gr. la materia de la leña, que respecta al fuego, como cuando con él concurre a producir otro fuego, concede; mas el entendimiento pasible, o potencia receptiva del conocimiento, en cuanto se extiende al conocimiento del objeto sobrenatural, no se dice natural; puesto que respecta a una forma sobrenatural que ha de ser producida por un agente sobrenatural: sino que según esta consideración puede llamarse sobrenatural; y por tanto, así considerada, no debe extrañar que no tenga un activo natural correspondiente.
Instarás. El entendimiento agente no puede producir inmediatamente el conocimiento sobrenatural y acerca del objeto sobrenatural: luego tampoco el paciente podrá recibirlo producido por Dios que revela y obra sobrenaturalmente. La consecuencia es clara, porque no menor debe ser la actividad del entendimiento agente para producir, que la capacidad pasible para recibir aquello que se produce.
Niego la consecuencia. Pues se requieren más cosas para producir el conocimiento, aun natural, que para recibirlo ya producido; ciertamente para extraer el conocimiento, no sólo se desea la actividad del entendimiento agente, sino también el objeto moviente por medio de los fantasmas, que deben estar como purificados de sus contagios terrenos, para que puedan concurrir con el entendimiento a extraer el conocimiento; pero todo esto no se desea en el recibir el conocimiento, sino que sólo se requiere la capacidad del entendimiento paciente para recibir lo que se le propone. Y esta capacidad, como se extiende a todo conocimiento por recibir, de cualquier modo que éste sea producido, es de sí como indiferente al conocimiento producido natural o sobrenaturalmente; pues puede recibir ambos, sea del entendimiento obrando natural, sea sobrenaturalmente. Con esta sin embargo diferencia, que para la recepción del conocimiento natural necesita sólo del concurso ordinario; mas para la recepción del conocimiento sobrenatural exige un concurso más abundante de Dios. Queda, por tanto, sumamente necesaria la Doctrina Teológica, que abre las verdades más sublimes.
Quaestio II: An theologia positiva sit utilis et necessaria
Por la Cuestión precedente consta sobradamente que debe admitirse necesariamente alguna Doctrina Teológica que revele las verdades principales y máximamente necesarias, las cuales de ningún modo podría descubrirse con la ayuda de la Filosofía y del auxilio de la razón natural. Pero, como advertimos, puesto que la Teología se divide, por razón del método, en Positiva y Escolástica; y puesto que los herejes de este tiempo impugnan acérrimamente a ambas, vale la pena examinar si una y otra son necesarias para los fieles y para la Iglesia, o si más bien una u otra debe desterrarse y rechazarse; y para que esto se conozca con mayor evidencia
Nótese 1. La Teología Positiva recibe este nombre por uno u otro de estos tres motivos. Primero, porque propone y expone las verdades y artículos de la fe, como ciertos e indubitados fundamentos, de los cuales la Escolástica extrae sus conclusiones y forma sus argumentaciones, con las que ilustra los misterios de la fe y defiende los dogmas católicos contra los herejes y los infieles. Segundo, porque se ocupa principalmente en explicar y exponer la ley e institución divina, que se llama derecho divino positivo. Así como se llama derecho positivo humano el que ha sido libremente establecido por un Superior, y pudo no ser prescrito simplemente por él si hubiese querido, y aún puede ser revocado libremente por su autoridad, si así le pareciera —en lo cual el derecho positivo difiere del derecho natural, pues este es tal de sí mismo y por su propia naturaleza, no por alguna institución arbitraria ni por precepto libre del Superior, y no es capaz de mutación alguna—; así se llama Teología positiva la que toda consiste en explicar el derecho divino positivo, a saber: exponiendo la ley divina y las sagradas Escrituras, e investigando asimismo las tradiciones divinas y los decretos de la Iglesia, que se llaman derecho positivo divino o eclesiástico, porque tanto por Dios como por la Iglesia fue libremente establecido y determinado. Tercero, finalmente, se dice Positiva por las Posiciones y tesis, porque trata las controversias más graves de la fe y sus posiciones, o verdades principales, para que mediante su declaración la fe sea ilustrada y persevere inconcusa.
Nótese 2. La Teología Positiva y la Escolástica no se diferencian entre sí esencialmente, sino solo accidentalmente y según un diverso modo de proceder: ya que una y otra tienen el mismo objeto, a saber, conocer a Dios bajo la razón de deidad mediante un discurso, ora oratorio por parte de la Positiva, ora filosófico por parte de la Escolástica. Una y otra reconocen los mismos principios y las mismas afirmaciones de la fe, tanto escritas como transmitidas. Una y otra no se apoyan solo en las Sagradas Escrituras para aducirlas, sino que también recogen y añaden las tradiciones indubitadas de la Iglesia; desarrollan la historia eclesiástica; escudriñan los decretos de los Concilios; examinan los libros y comentarios de los Santos Padres, para descubrir y revelar la verdad católica latente en ellos. Sin embargo, parecen diferir entre sí en que la Escolástica es más exacta y cuidadosa, y al tratar y aplicar todo esto guarda más el método filosófico y el orden silogístico, para descubrir las verdades con mayor evidencia y persuadirlas con mayor eficacia: pues el orden es partera, así como la confusión es, diametralmente opuesta, madrastra de todas las disciplinas. Añádase que la Escolástica suele invocar el auxilio y la luz de la Filosofía natural, no solo para disolver, mediante raciocinio natural y filosófico, los argumentos vibrados contra los artículos de la fe por los herejes y los infieles, sino también para persuadir mediante razones naturales y consideraciones filosóficas que deben creerse los dogmas de la fe.
Nótese 3. Esta es la concordia de la Iglesia triunfante con la militante: que así como en la Iglesia celestial Dios quiso que los Ángeles interiores fuesen instruidos e iluminados por los superiores, así también en la Iglesia terrestre
A algunos, dice el Santo Apóstol a los Efesios 4., los constituyó ciertamente Apóstoles; a otros, Profetas; a otros, Evangelistas; y a otros, pastores y doctores; y ello con doble fin: primero, dice, para la consumación de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y al reconocimiento del Hijo de Dios, etc. Segundo, para que ya no seamos, dice, niños fluctuantes y llevados de acá para allá por todo viento de doctrina, en la malicia de los hombres, en la astucia encaminada a engañar con el error.
Como si dijera: Dios estableció por eso Doctores en la Iglesia, tanto para manifestar a la más ruda multitud de los fieles las verdades divinas que ellos mismos penetran más profundamente, como para que, presentando la antorcha y el mazo de su doctrina, extingan las herejías y las eliminen de la Iglesia. Por lo cual es evidente cuánto necesitan los fieles de los Doctores; cosa que además probará más evidentemente
Conclusión única. — La Teología positiva siempre fue útil y sumamente necesaria a la Iglesia de Dios.
Esto es contra todos los herejes, máximamente los Calvinistas, quienes, junto con su heresiarca, sostienen que las Sagradas Escrituras se muestran tan evidente y abiertamente, que absolutamente no se necesita Doctor alguno para concebirlas y explicarlas.
Se prueba la conclusión. Primeramente, en efecto, debe admitirse alguna doctrina que abra el sentido genuino de la Sagrada Escritura, desentrañe sus enigmas, y descubra los misterios latentes bajo los sencillos envoltorios de las palabras; con lo cual confirme la fe, destruya la herejía, y devuelva y rechace hacia los herejes los dardos que suelen sacar de las divinas Escrituras y vibrar contra los Católicos; pero todo esto lo realiza la Teología Positiva: luego debe admitirse necesariamente. La menor aparece abiertamente de la misma definición y oficio de la Teología Positiva; pues toda ella se ocupa de la explicación de las Escrituras, para instruir a los fieles, revelar los misterios, y combatir y conquistar los falsos dogmas de los herejes con aquellos mismos oráculos de las Escrituras en los que mal se apoyaban; por eso Tertuliano, en el libro De praescriptionibus, cap. 15, la llama ejercicio de las Escrituras, por cuanto toda ella consiste en exponer y desvelar las divinas Escrituras. — Pruébase, pues, la mayor por la misma Sagrada Escritura, pues dice San Pablo, 2. a Timoteo 2: Toda Escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en justicia; a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, instruido para toda obra buena. En estas palabras señala e indica los cuatro oficios principales de la Teología Positiva, que saca de la Escritura: Primero, enseña a los fieles la verdad católica; Segundo, arguye a los herejes; Tercero, corrige a los malvados; Cuarto, educa e instruye a los infieles. Además, el mismo, en Efesios 4., afirma que Dios, por su inefable providencia para con la Iglesia, le dio varios ministros, pero máximamente a unos pastores y doctores, para la consumación de los Santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe. Y añade la razón: Para que ya no seamos niños fluctuantes, y llevados de acá para allá por todo viento de doctrina, en la malicia de los hombres, para engañar con el error. De donde, en Tito 1., dice: Conviene que el Obispo abrace la palabra fiel conforme a la doctrina, para que pueda exhortar con la sana doctrina y arguir a los que contradicen. Luego sostiene que existe alguna doctrina sagrada que los Pastores y Doctores de la Iglesia deben conocer, para que eduquen a los fieles, a fin de que no sean engañados por los falsos dogmas de los herejes; pues los herejes, dice Tertuliano, lib. De praescriptione, cap. 14., aducen las Escrituras, y con esta su astucia mueven al instante a algunos; en el mismo encuentro fatigan a los firmos, capturan a los débiles, y dejan a los medianos con escrúpulo. Es necesario, pues, que haya algunos varones peritísimos que abran el sentido genuino de la Escritura y deshagan las insidias que los herejes urden contra los fieles a partir del sentido depravado de la Escritura.
Se prueba Segundo. Las Sagradas Escrituras tienen un sentido tan profundo y recóndito, e implican tantas y tan grandes dificultades, que se necesita suma erudición y altísimo estudio para explicarlas e interpretarlas; y por consiguiente es necesario que algunos consagren todo su esfuerzo a esta explicación e interpretación; pero esto se hace mediante la Teología Positiva: luego debe ser admitida. La menor es evidente; la mayor se prueba: primeramente, en efecto, casi el mismo juicio parece deberse formular sobre todas las Escrituras que el mismo San Pedro formuló acerca de las Epístolas de San Pablo, en las cuales, dice, Epist. 2. c. 3., hay algunas cosas difíciles de entender, que los indoctos e inconstantes depravan, como también las demás Escrituras, para su propia perdición.
Lo confiesan casi todos los Santos Padres: pues Orígenes, lib. 7. Contra Celsum, dice: Otros varones prudentes también pudieron hallar escrutando la Escritura su inteligencia; aunque verdaderamente es en muchos lugares oscura. Ambrosio, Epíst. 14.: El mar es la Escritura divina, que tiene en sí sentidos profundos, la altitud de los enigmas proféticos. Agustín, 12. Confess. c. 14.: ¡Cuán admirable profundidad tienen tus dichos, Señor! Cuya superficie he aquí nos halaga como a pequeñitos; pero admirable profundidad. Es horroroso fijarse en ella: horror de honra y temblor de amor. El mismo, lib. 2. De doctrina Christiana, cap. 4., hablando de la lectura de las Escrituras, dice: Pero son engañados por muchas y múltiples oscuridades y ambigüedades los que leen temerariamente, entendiendo una cosa por otra; y en algunos lugares no encuentran siquiera qué sospechar falsamente; tan oscuros son algunos dichos que envuelven densísima calígine. — Sub añade luego la razón de esta oscuridad: Que todo ello (dice) no dudo que fue providenciado divinamente, para domar con el trabajo la soberbia, y para reconducir del fastidio al entendimiento, al cual las cosas fácilmente investigadas suelen volverse viles.
Le concierta el santo Gregorio, Hom. 6. in Ezech.
De grandísima utilidad es, dice, la misma oscuridad de los dichos de Dios, porque ejercita el sentido para que, fatigado, se dilate, y el ejercitado capte lo que no puede captar el ocioso. Tiene además otra mayor: porque si la inteligencia de la Sagrada Escritura fuese abierta en todo, sería vilmente tenida, la cual, encontrada en lugares más oscuros, tanto de mayor dulzura repara, cuanto de mayor... manifiesta.
Y desmienta a Calvino, quien, aunque contrario a sí mismo, lib. 1. Institutionum, c. 7., dice: No presenta la Escritura de suyo un sentido de su verdad más claro que presentan las cosas blancas y negras de su color, dulces y amargas de su sabor.
Se prueba en tercer lugar. Los herejes torcen las Santas Escrituras a sentido perverso para patrocinar con ellas sus erróneos dogmas: luego es necesario que haya algunos Doctores Católicos que abran el genuino sentido de la misma Escritura, para que más fácilmente defiendan la verdad de la fe. La consecuencia es patente. El antecedente lo prueban los santos Padres, en primer término Tertuliano, libro De praescriptione haereticorum cap. 39.: Ni temo afirmar que las mismas Escrituras fueron así dispuestas por voluntad de Dios, que suministrasen materias a los herejes; pues leo que es preciso que haya herejías, las cuales sin las Escrituras no pueden ser. Orígenes, lib. 3. De principiis, c. 21.: La causa de todas estas falsas inteligencias, en aquellos de quienes arriba hablamos, no fue otra sino que la Santa Escritura es entendida por ellos no según el sentido espiritual, sino según el sonido de la letra. Hilario, libro 2. De Trinitate: de la inteligencia procede la herejía, no de la Escritura; y el crimen proviene del sentido, no del dicho. Concierta S. Agustín en el tratado 18. sobre el Evangelio de Juan: Pues tampoco nacieron las herejías ni ciertos dogmas de perversidad que lazan las almas y las precipitan en el abismo, sino mientras las Escrituras buenas se entienden no bien; y lo que en ellas se entiende mal, se afirma también temeraria y audazmente. Vigilio Africano, lib. 2. Contra Eutychen: Éste es el origen de todas las impiedades: mientras la virtud de los dichos celestes, violada por el vicio de la mala inteligencia, no se pondera según la calidad de su sentido, sino que se deriva hacia otras cosas al arbitrio del lector, contra lo que exige la razón de la cosa. Isidoro Hispalense, lib. 8. Originum, c. 5.: Quienquiera que entiende la Sagrada Escritura de otro modo que como exige el sentido del Espíritu Santo, por quien fue escrita, aunque no se haya apartado de la Iglesia, puede sin embargo ser llamado Hereje. Epifanio Diácono, en el acto 6. de la Sinodo 1.: Cuando algunos intentan pervertir los dogmas rectos según les parece, nadie se admire de que usen palabras de la Escritura. Pues también todos los Heresiarcas coligen de la Escritura divinamente inspirada las ocasiones de su error, adulterando con malvados sentidos lo que por el Espíritu Santo fue rectamente dicho.
En tercer lugar, finalmente, se firma la verdad de nuestra Conclusión por toda la práctica de la Iglesia; puesto que leemos que desde su mismo origen fueron instituidas escuelas en las que se enseñaba públicamente la Teología positiva. De tales escuelas hace memoria Eusebio, lib. 5. Historiae Ecclesiasticae, cap. 10., donde, hablando de la Escuela Alejandrina, dice:
Por aquel mismo tiempo presidía la Escuela de los fieles un varón famosísimo por causa de su doctrina, llamado Panteno, pues ya desde remotos tiempos había sido instituida en aquella ciudad la Escuela de las sagradas letras, la cual ciertamente persevera aún en nuestra edad, y se dice que está regida por hombres instruidísimos tanto en elocuencia como en el estudio de las letras divinas: luego injustamente los herejes provocan y persiguen las Academias cristianas como invento nuevo, mendigado de la gentilidad y pernicioso a la fe.
Objetan los herejes: Si alguna razón o utilidad persuadiera admitir la Teología Positiva, máximamente para interpretar la Sagrada Escritura y resolver sus varias oscuridades y embrollos: pero para eso es totalmente inútil: luego debe rechazarse. La mayor consta de lo dicho. La menor la prueban con varios textos de la misma Sagrada Escritura, de los cuales pretenden inferir que ella es tan clara, que para percibir su genuino sentido no hay necesidad de intérprete ni de Doctor. Así, Salmo 18.: El precepto del Señor es luminoso e ilumina los ojos. Prov. 6.: El mandamiento es lámpara, y la ley luz. 2. Pedro 1.: Tenemos la palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en atender como a lámpara que luce en lugar oscuro: luego lejos está de que la Sagrada Escritura esté envuelta en alguna oscuridad; antes bien, ella misma es luz, la cual muestra irradiadas con divino resplandor todas las verdades que abraza en su seno.
Niego la menor. Y distingo su prueba: la Sagrada Escritura reluce a modo de luz en todos sus libros y contextos, niego; en algunos, por ejemplo históricos, concedo; confieso en efecto que la Sagrada Escritura a veces ofrece un sentido tan patente, que resulta manifiesto a cualquier lector a primera vista. Pero aun así es necesario que los mismos Herejes confiesen que la más de las veces está bañada en tanta calígina, que su genuino sentido sólo puede descubrirse ya sea revelándolo Dios, ya interpretándolo varones doctísimos: como patece tanto por la arriba recordada sentencia de los Santos Padres, como por el mismo David, el cual, aunque supiese a cabalidad la significación y fuerza de las palabras de la lengua hebrea, en que entonces estaba escrita la Sagrada Escritura, con todo suplicante rogaba a Dios: Dame inteligencia y escudriñaré tu ley; Descubre mis ojos y consideraré las maravillas de tu ley... Ilumina sobre tu siervo y enséñame tus justificaciones, Sal. 118. De donde merecidamente S. Jerónimo, Epíst. ad Paulinum, subañade: Si tan gran Profeta confiesa las tinieblas de su ignorancia, ¿qué juzgas de nosotros, pequeñitos y casi mamantes, rodeados por la noche de la insciencia? Mas este velo no sólo está puesto sobre el rostro de Moisés, sino también en los Evangelios y en los Apóstoles... No serán abiertas todas las cosas que están escritas por aquel que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre, si no las abre otro alguno que las revele.
Insisten los herejes: Las Sagradas Escrituras no son difíciles de entender sino para los soberbios y los hombres cegados por la malicia, conforme a aquel dicho de Pablo, 2. Corint. 4.: Si nuestro Evangelio está velado, entre los que se pierden está velado; en los cuales el dios de este siglo cegó las mentes de los incrédulos, para que no les resplandezca la iluminación del Evangelio de la gloria de Dios. Luego a los fieles de Cristo la Sagrada Escritura no les está velada, sino abierta. — Lo confirman con S. Crisóstomo, Homilía 3. de Lazaro, donde, después de mostrar que los Filósofos hablaron oscuramente y no descubrieron la verdad, sino que la cubrieron con muchos involucros de palabras, añade: Los Apóstoles empero y los Profetas hicieron todo lo contrario: manifestaron y proclamaron claro, cual doctores comunes del orbe; para que cada uno por sí pueda aprender por sola lectura las cosas que se enseñan: luego el fiel no necesita intérprete ni Doctor para percibirlas.
Respondo a la primera. El Apóstol no trata con esas palabras de la fácil o difícil inteligencia de la Escritura, sino de la fe Evangélica, la cual, predicada por los Apóstoles, muchos rechazaban por malicia y ceguera de mente, por cuanto juzgaban que las verdades Evangélicas repugnaban al placer de los sentidos y a la razón natural. San Crisóstomo, empero, no habla de toda la Escritura, sino sólo de los libros históricos, los cuales declara fáciles de entender por la sola lectura. Añade en efecto: Toma el libro en tus manos, lee toda la historia, y retén en la memoria lo que es claro; y lo que es oscuro y poco manifiesto recórrelo con frecuencia; y si con la asiduidad de la lectura no pudieres hallar lo que se dice, acude al más sabio, ve al Doctor: luego supone que hay algunos pasajes oscuros acerca de los cuales deben ser oídos y consultados los Doctores.
Objetan en segundo lugar los herejes, que aunque la sagrada Escritura se halle envuelta en algunas tinieblas, éstas sin embargo no deben ser disueltas por un hombre que enseña exteriormente, sino por Dios enseñando interiormente; pues los fieles deben tener a sólo Dios por Doctor, según aquella profecía de Isaías 51: Pondré todos tus hijos doctos del Señor. Y Jeremías 31: Daré mi ley en sus entrañas, y en su corazón la escribiré: y no enseñará más cada uno a su prójimo, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor de ellos hasta el mayor. Luego de ningún Doctor necesitamos, ni por consiguiente es necesaria la Teología Positiva.
Niego la consecuencia. Pues tal no es el sentido de los dichos pasajes; porque Isaías y Jeremías han de entenderse de la Doctrina Evangélica, la cual sobresalía en esto sobre las demás respecto de la ley Mosaica: que no fue entregada y expresada por medio de los Profetas, sino por el mismo Hijo de Dios, según aquellas palabras de S. Pablo, Hebr. 1.: Multiformemente y de muchos modos habló antiguamente Dios a los Padres en los Profetas; en estos últimos días nos ha hablado en el Hijo: de donde sucede que todos los cristianos son llamados Theodidacti, esto es, instruidos por Dios, sea inmediatamente, como los Apóstoles y Discípulos; sea al menos mediatamente, como los demás fieles.
— O bien digo, que los dichos Profetas comparan el estado de la ley nueva con el de la vieja, de modo que el sentido sea que todos los misterios y arcanos de la fe serán mucho más claros en la ley Evangélica que en la Mosaica, la cual estaba llena de sombras y figuras.
— O finalmente digo, que los dichos textos fueron prenuncios de aquella admirable irrupción del Espíritu Santo sobre los Apóstoles en el día de Pentecostés, y sobre todos los demás fieles hijos de la Iglesia naciente, a quienes juntamente con el bautismo se les confería el Espíritu Santo, y se les infundían divinamente el don de la ciencia, de la profecía y los géneros de lenguas, de suerte que cualquier ignorante e indocto se volvía en un momento sapientísimo.
Apremian los herejes: De la primera epístola de Juan, cap. 2: No tenéis necesidad de que nadie os enseñe —dice Juan escribiendo a los fieles—: sino que la unción os enseña acerca de todas las cosas: luego los fieles no necesitan tampoco de Doctor alguno, ni consecuentemente hay ninguna Teología.
Niego la consecuencia. En efecto, san Juan no pretende que los fieles no necesiten de un Doctor humano; ¿pues para qué habría escrito él mismo Epístolas para la instrucción de los fieles? ¿Para qué Dios habría ordenado en su Iglesia pastores y Doctores para la consumación de los Santos, como arriba dijimos? Quiere, pues, sólo reprimir la vana curiosidad de algunos fieles, los cuales, instruidos por los Apóstolos, escuchaban también a los Pseudo-Apóstoles, que sembrando encima la cizaña, oscurecían las verdades Católicas con sus perrísimos dogmas. — O bien digo, que él ha de entenderse de la Teología Afectiva y Mística, la cual no la enseña la lectura, sino la unción; no la letra, sino el espíritu; no el hombre mortal, sino el Dios inmortal, que casi siempre elige las cosas débiles del mundo para confundir a las fuertes. Sucede en efecto no raramente, que cualesquier indoctos rudos, que apenas conocen las letras, enseñándoles Dios interiormente e iluminándoles divinamente, perciben los misterios más ocultos de la fe y abren y explican los sentidos recónditos de las Escrituras más abiertamente de lo que podría hacerlo cualquiera de los muy doctos. De éstos parece hablar S. Agustín, lib. 83 Quaestionum, q. 48, diciendo:
Hay tres géneros de cosas creíbles: unas son las que siempre se creen y jamás se entienden, como es toda la historia, que recorre las cosas temporales y humanas; otras las que tan pronto como se creen se entienden, como son todas las razones humanas, ya sean de los números, ya de cualesquiera disciplinas. Terceras, las que primero se creen y después se entienden, tales son las que acerca de las cosas divinas no pueden entenderse, sino por aquellos que están limpios de corazón, lo cual se logra guardando los preceptos, que se reciben viviendo bien.
Quaestio III: An, et qualiter theologia scholastica Ecclesiae Dei prosit
Notandum 1. La Teología Escolástica recibe este nombre por un triple motivo. Primero, porque es la que principalmente se enseña y se aprende en las Escuelas; mientras que la Positiva se adquiere mediante el estudio propio y la lectura privada y asidua de las Sagradas Escrituras, así como por la ejercitación en los Santos Padres. Segundo, porque a la manera académica y filosófica, partiendo de los principios de la divina fe conocidos inmediata o mediatamente, extrae sus conclusiones mediante un legítimo discurso, para explicar más evidentemente los misterios de la fe, defenderlos valerosamente contra quienes los impugnan, y, resolviendo todas las contradicciones e implicancias que contra ellos pudieran objetarse, persuadir con mayor facilidad lo que ha de creerse. Tercero y finalmente, se llama así por cierta analogía con la Filosofía; pues así como la Filosofía se ocupa de investigar las cosas naturales, así la Teología Escolástica se detiene y ocupa máximamente en torno al derecho divino natural, es decir, en torno a las verdades absolutamente inmutables; tales son no sólo la esencia de Dios, sus perfecciones y la Trinidad de las Personas, sino también el culto que le es debido por sí mismo; e incluso sus divinos preceptos, y todos los medios que conducen a la consecución de Dios; no ciertamente en cuanto existen actualmente —pues así estas cosas son del todo libres, y más bien las considera la Teología Positiva que la Escolástica—, sino en cuanto son posibles, y en cuanto no envuelven contradicción alguna; a saber, para que el Teólogo muestre que no hay repugnancia alguna en las obras de Dios; que la gracia no impide a la naturaleza, antes bien la perfecciona; y que todos los misterios de la fe no son contra la razón natural, aunque no sean conforme a ella.
Notandum 2. Es certísimo que la Teología Positiva o Escolástica, considerada en cada fiel singularmente, no es absolutamente necesaria para la consecución de la salvación. La razón es clara; pues muchos rústicos, completamente rudos e ignorantes de las cosas teológicas, como quienes viven casi siempre en los campos y entre los ganados, creen sin embargo firmísimamente los Artículos de la fe y, fortalecidos con los sagrados sacramentos de la Iglesia, parten felices de esta vida y alcanzan la eterna salvación. Es más, ni siquiera al universo conjunto de los fieles o a toda la Iglesia parece absolutamente necesaria la Teología Escolástica; en efecto, antes de los tiempos del Maestro de las Sentencias, quien hacia el año mil ciento cuarenta redujo la Teología a forma y método académicos, la Iglesia floreció largamente en piedad y doctrina, y fue provista de medios suficientes tanto para instruir a los suyos en las cosas de la fe como para rechazar la violencia de los herejes y eliminar el error.
Notandum 3. Que la Teología Escolástica es necesaria a cada fiel, al menos mediata, y a toda la Iglesia inmediatamente, con necesidad moral, o de máximo beneficio y suma utilidad; pues cada uno de los fieles tiene necesidad de Doctores que hagan creíbles los Artículos de la fe, oscuros y difíciles de suyo, mediante diversas razones propuestas, y que diluyan y disuelvan todas las dudas que puedan ocurrir por el ingenio propio de cada uno, ser sugeridas por el arte del demonio, o finalmente planteadas por la perversidad de los herejes: pues los fieles rudos, expuestos a tantos peligros, si carecieran del auxilio de tales Teólogos, difícilmente subsistirían en la fe. Igualmente la Iglesia, atacada por los dardos de tantos herejes, sería sacudida si no asistieran aquellos sutiles príncipes de la Teología, capaces de destejer las artimañas y falacias de los herejes y de disipar las oscuras tinieblas del error ofuscadas en las mentes de los hombres. Lo cual, desde luego, será demostrado más extensamente y con mayor eficacia
Conclusio unica. — La Teología Escolástica es sumamente útil y necesaria a la Iglesia de Dios. Esta es la sentencia de todos los Sabios contra los herejes, y contra algunos Pseudo-Católicos.
Se prueba primero, en efecto, por el consenso universal de toda la República Cristiana, la cual veneró y abrazó esta Teología metódica tan pronto como salió al mundo, y le erigió amplísimas escuelas para enseñarla y aprenderla; la enriqueció con pingües estipendios para los Profesores y la honró con privilegios honoríficos.
Segundo. Por los oráculos de los Concilios; pues el Constantiense aprobó sobradamente la Teología Escolástica, cuando en la Sesión 8 reprobó y condenó todos los errores de Wiclefo; especialmente aquel por el cual pronunciaba que las universidades, estudios, colegios y magisterios habían sido introducidos con vana vanidad. Semejantemente Clemente V. en el Concilio de Vienne, donde había establecido que el bautismo es necesario para la salvación tanto de los adultos como de los párvulos, añade: Verum, quia quantum ad effectum baptismi reperiuntur Doctores quidam Theologi opiniones contrarias habuisse; quibusdam ex eis dicentibus per virtutem baptismi parvulis quidem culpam remitti, sed gratiam non conferri: aliis e contra asserentibus, quod et culpa eisdem in baptismo remittitur, et virtutes, ac informans gratia infunduntur quoad habitum, etsi non pro illo tempore quoad usum; Nos autem attendentes generalem efficaciam mortis Christi, quia per baptisma applicatur pariter omnibus baptizatis, opinionem secundam quae dicit tam parvulis quam adultis conferri in baptismo informantem gratiam et virtutes, tamquam probabiliorem, et dictis Sanctorum ac Doctorum modernorum Theologiae magis consonam et concordem, sacro approbante Concilio duximus eligendam.
— De donde cuánta autoridad conceda a los Teólogos Escolásticos no sólo tan gran Pontífice, sino también la Iglesia universal, ciertamente aparece claro; pues habiendo querido y decidido en materia de tanta importancia que debe seguirse la opinión probada de varios de ellos, ¿qué si todos hubieran conspirado entre sí con constante consentimiento? No ayuda referir cuánta ayuda y dignidad han aportado los Doctores Escolásticos en los demás Concilios Ecuménicos siguientes, examinando las cuestiones por demás difíciles y discutiéndolas por ambas partes, para que la verdad apareciera más fácilmente y los falsos dogmas de los herejes se derrumbaran y desvanecieran del todo; pues esto sólo puede ignorarlo quien no haya leído los actos de aquellos Concilios. De aquí que el Tridentino sancionara con varios decretos que en todas partes deben instituirse colegios, y que las Academias deben ser donadas con toda clase de gracias y privilegios.
Tercio. Lo mismo aparece de los decretos y sentencia de los Sumos Pontífices: en efecto, Inocencio IV mandó a nuestro Alejandro de Hales (quien, por su suma erudición, era llamado en vida Fons vitae) que consignara la suma de Teología; la cual finalmente Alejandro IV aprobó con Diploma Apostólico. Y dejando de lado los demás decretos de los Pontífices, refiero uno u otro: Primero el de Honorio III; éste, en efecto, en el capítulo Super specula, sobre los maestros, estableció:
Ad Theologiae professionis studium aliqui destinentur, qui cum ducti fuerint in Dei Ecclesia, velut splendor fulgeant firmamenti: et quibus postmodum copia possit haberi Doctorum, qui velut stellae in perpetuas aeternitates mansuri, ad iustitiam caleant plurimos erudire.
Esto mismo recomienda egregiamente Gregorio IX en la Epístola dirigida a los Maestros y Estudiantes de la Academia de París para la restauración de los estudios, fechada en Letrán en el año 5 de dicho Pontífice, mes de abril, donde entre otras alabanzas de esta Academia tiene éstas:
Parens scientiarum Parisius, velut altera Cariath-Sepher, civitas litterarum clara claret: magna quidem, sed de se maiora facit optari docentibus, et discentibus gratiosa. In cruce utique, tamquam in officina sapientiae specialis, habet argentum venarum suarum principia, et auro locus est in quo rite conflatur: ex quibus prudentes, eloquii mystici murenulas aureas vermiculatas argento cudentes, et fabricantes monilia ornata lapidibus pretiosis, imo nulli pretio comparandis, Sponsam Christi decorant.
Cuarto. La utilidad y necesidad de la Teología Escolástica aparece por sus dones y oficios; pues cuatro son sus principales dones: a saber, declarativo, probativo, defensivo y discursivo; los cuales pueden recogerse de San Agustín lib. 11. De Trinitate, cap. 1., donde, hablando de la Teología, a la que llama ciencia y sabiduría, dice: Huic scientiae illud tribuit quo fides saluberrima, quae ad veram beatitudinem ducit, gignitur, nutritur, defenditur, roboratur. Por lo cual la generación y nutrición de la fe contribuye a la utilidad de los fieles; mas la defensa y el vigor, a la expugnación de los infieles. Añade en efecto el santo Agustín:
Ciencia por la cual no sobresalen muchísimos fieles, aunque sobremanera sobresalen en la misma fe; pues otra cosa es saber tan sólo qué debe creer el hombre para alcanzar la vida bienaventurada, que no es sino eterna, y otra saber cómo esto mismo aprovecha a los piadosos y se defiende contra los impíos.
En cuanto a que la Teología Escolástica contribuye sobremanera, mediante sus cuatro oficios, a la generación, nutrición, defensa y fortaleza de la fe, fácilmente se persuade. Pues por la declaración nace la fe; en efecto, por la explicación de la Sagrada Escritura y la propuesta del objeto revelado se genera la fe de modo dispositivo; puesto que la fe viene por el oído, y el oído por la palabra de Dios. Rom. 10. Por la prueba se robustece la fe; pues las razones, semejanzas, motivos y ejemplos con los cuales los Teólogos Escolásticos ilustran los artículos de la fe y demuestran su credibilidad, robustecen y fomentan la fe débil y vacilante de los débiles. Por la defensa la fe se fortifica como con firme escudo, en el cual, como dice san Pablo, Efes. 6., puede apagar todos los dardos encendidos del malvadísimo; pues mientras los Teólogos Escolásticos descubren con la tea de la razón las falaces razones de los herejes y las artimañas y sofismas de los que filosofan mal, y los disuelven en humo, la fe triunfa segura y vencedora. Por el discurso se nutre la fe; pues cuando mediante el discurso teológico aparece que los artículos de la fe no son contra la razón natural, aunque sean fuera de ella y sobre ella, e incluso muy a menudo se demuestran conformes a los principios de la naturaleza, es cierto que el entendimiento se inclina cada vez más a prestarles un asentimiento más firme y más tenaz, de donde resulta que la fe, por así decirlo, se nutre y crece.
Quinto, finalmente, así como nadie hay que no acoja con sumas alabanzas la Teología de los Santos Padres, y no estime que es utilísima y necesaria a la Iglesia de Dios; así tampoco hay nadie que deba juzgar la Teología Escolástica inútil y despreciable: pues tiene el mismo objeto que la Teología de los Santos Padres, se apoya en el mismo principio y apunta al mismo fin, a saber: la explicación de la fe y de los misterios, la extirpación de las herejías, la instrucción de los fieles, etc. Y nada la distingue de aquélla, sino que con mejor método y orden reduce a un solo cuerpo lo que los SS. Padres trataron en diversos lugares, según lo permitía la ocasión, y dispone convenientemente cada cosa en su lugar. De donde, así como nadie en su juicio vitupere a Aristóteles porque ordenó la Filosofía, antes perturbada, indigesta y dispersa, la transmitió con suma arte, la distribuyó en partes a las cuales ordenadamente redujo todo, y en muchos lugares la amplió; así está muy lejos de que los Teólogos Escolásticos sean dignos de injurias, antes bien merecen de todos la suprema alabanza, porque realizaron la misma obra de la Teología, y la ordenaron en el lugar y con el método en que ahora está, y la ampliaron con muchas cuestiones explicativas de los misterios divinos. Pues la Teología Escolástica indaga, pondera y escudriña todos los dogmas de la fe, de modo que casi nada deja intacto e indiscutido: pues diversas dificultades y cuestiones omitidas por los antiguos Padres, o ciertamente apenas rozadas, las concibió con mayor sutileza, propuso con mayor evidencia, explicó con mayor abundancia, y las pesó exactamente conforme a la norma de la fe o al preciso compás de la razón. De donde no sin mérito los Teólogos Escolásticos pueden ser llamados Doctores y Padres de la Iglesia de su tiempo; ciertamente hacen las veces de aquellos antiguos Doctores de la Iglesia naciente, quienes ilustraron con su doctrina los dogmas de Dios y los defendieron acérrimamente de los ataques de los herejes. — Añádanse. Que contra semejante Teología, con la cual se complace todo piadoso y docto, sólo objetan los gramáticos ignorantes, y los herejes y los hombres de partido herético; los primeros no deben ser más escuchados que unos ciegos juzgando sobre los colores; pero a los segundos debe estimárseles tanto cuanto a unos frenéticos que combaten contra el médico y la medicina, a quienes con razón convienen estas palabras de Agustín, lib. 3. De peccatorum meritis et remissione, cap. 6: Porque no eran tales hombres de cuya autoridad debiese yo preocuparme, tuve esto fácilmente entre lo pasado y abolido. — Todo esto lo confirma luminosamente no menos que sabiamente nuestro Sixto V. Pues él, sumo Pontífice de la Iglesia de Dios, en unas letras decretales con las cuales enumera al santo Buenaventura entre los excelentes Doctores y Padres de la Iglesia, después de haber dicho que la Teología Escolástica fue inventada por don divino de varones sapientísimos, añade:
Ciertamente el conocimiento de ciencia tan saludable, que mana de los ubérrimos manantiales de las divinas letras, de los Sumos Pontífices y de los Concilios, pudo siempre aportar a la Iglesia máximo auxilio, ya para leer a los Padres con más seguridad y utilidad, ya para descubrir y refutar los varios errores y herejías, etc.
Objetan los herejes: La Teología Escolástica dista mucho de la gravedad y pericia en el decir de los antiguos Teólogos: con mayor gravedad trataban los divinos misterios los Doctores y primeros Padres de la Iglesia; pues nada decidían sin la autoridad de la Escritura, o la sentencia de los Padres precedentes y la definición de los Concilios; y aquellas fórmulas silogísticas, trampas de débiles, o las ignoraban, o las rehuían y rechazaban como inútiles: mas los Teólogos de este tiempo, omitiendo todo aquello que conviene sobremanera a los fieles, examinan todas las cosas en la balanza y regla de la razón: luego ha de desecharse ésta como inútil. — Niego el antecedente. Pues como se dijo arriba, la Teología Escolástica difiere de la doctrina de los Santos Padres sólo en esto: que aquello que aquéllos disputaron con más amplitud y con estilo oratorio más acomodado a la inteligencia del vulgo, en libros y volúmenes enteros, esto concluye ésta en breve y dialéctico modo de decir, a veces con una sola u otra razonación. Por donde, si hay algo en que la Teología más reciente disienta de la antigua, es ciertamente porque aporta más utilidad y provecho a sus estudiosos, y por eso debe parecer digna de mayor recomendación y celebridad.
Apremian los herejes: Toda novedad debe evitarse, y arrojarse lejos de la Iglesia: luego esta doctrina escolástica, como nuevo invento de los siglos posteriores, debe desterrarse largamente. — Distingo el antecedente. La novedad de dogmas debe temerse y no escucharse, hasta que haya sido ventilada y reprobada por la Iglesia, concedo: que la novedad del método de transmitir la doctrina, máxime si fuere más clara y más fácil, haya de desecharse, niego: antes bien Cristo mismo, alabando al Teólogo, Matth. 13., lo hace semejante a un hombre padre de familia que saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo. No porque deba enseñar dogmas nuevos, y opuestos a los viejos: sino porque enseñe y explique los viejos con método nuevo, como amonesta Vicente de Lérins, cap. 27.
Entiéndase, dice, explicado por ti más ilustremente de lo que antes era creído más oscuramente: por ti goce la posteridad de haberlo entendido, lo que la antigüedad veneraba sin entenderlo: enseña así lo mismo que aprendiste, que al decirlo de modo nuevo, no digas cosas nuevas.
Esto ejecuta ante todo con exactitud la Teología Escolástica, pues no entrega dogmas nuevos, sino que lo que dicho por los antiguos, ya con más extensión y abundancia, ya más ligeramente, lo persigue, escruta y explica con mayor agudeza y profundidad.
Objetan 2. La Teología Escolástica consiste toda en discutir vanas cuestiones filosóficas, que nada en absoluto aportan a la salvación y a la ilustración de los dogmas de la fe: luego, como inútil, ha de desterrarse. — Respondo 1. Que el antecedente es del todo falso, consta por la misma experiencia, pues los Teólogos Escolásticos tratan con exactitud y precisión las cosas de la fe a partir de sus mismos principios, a saber: la Sagrada Escritura, la doctrina de los Santos Padres, las sanciones de los Concilios, y otros Santuarios de la verdad Católica, de los cuales extraen mediante legítimo discurso las conclusiones; lo cual confiere sobremanera a la elucidación de los misterios, a la refutación de las herejías y a la instrucción de los fieles; pues como disertamente afirma Melchor Cano loc. 8. cap. 1.: Si apartaras de la Teología la razón, perderás la cosa y el nombre; porque la ciencia no se busca sino por el silogismo... ¿qué importa, en efecto, quitada la razón, no sólo entre el rústico y el Teólogo, sino entre el Teólogo y la bestia, o la piedra o el tronco? — En segundo lugar, si hubiera de rechazarse la Teología Escolástica porque, con motivo y ocasión de tratar las cosas divinas, discute algunas cuestiones Filosóficas que por sí no contribuyen a la salvación, por semejante razón habría de desecharse la sagrada Escritura, puesto que refiere muchas cosas que no conducen a la salvación: v.gr. cuando trata de las historias de los Patriarcas, Jueces y Reyes, de los animales introducidos en el arca de Noé y sacados de ella, del perro de Tobías que meneaba la cola, y otras innumerables, cuyo conocimiento por sí nada aporta a la salvación. — Digo, pues, que todas las contenciones y riñas inútiles entre los Teólogos no deben atribuirse a la Teología, sino al Teólogo que quiere saber más de lo que conviene. ¿Qué? ¿Los herejes abusan de la sagrada Escritura día tras día para perdición de la fe; luego por eso ha de desterrarse? ¿Acaso ha de quemarse y arrancarse la mies, porque a veces entre las espigas de trigo crecen avena y cizaña? De ningún modo, sino que las hierbas inútiles deben arrancarse, y dejarse intacta la mies. Han de prescindirse, confieso, todas aquellas cuestiones vanas: pero han de conservarse y discutirse las que sirven para explicar e ilustrar las cosas Teológicas.
Objetan 3. Los herejes dicen que entre los Teólogos arden perpetuas disidencias, y que sus escritos están completamente repletos de riñas y contenciones; y que no hay entre ellos ningún modo de altercar: nada, por tanto, cierto, nada estable puede hallarse en ellos. — Respondo. Que los Teólogos no disienten entre sí en aquellas cosas que atañen a la fe, sino que están sumamente concordes entre sí; y que discrepen en otras, nada de inconveniente: antes bien de ahí se ilustran sobremanera las varias materias; y la verdad resplandece cada vez más de día en día: pues mientras cada uno defiende su parte, y procura afirmar su sentencia con razones buscadas por doquier, y cultivarla con todo género de erudición, infinitos tesoros de ciencias se acumulan poco a poco para decoro y ornamento de la Iglesia, y todas las disciplinas se restituyen perfectas en su número. — Respondo 2. Injustamente culpan los herejes a los Teólogos la disensión: pues inocente debe ser quien imputa a otro un crimen, no sea que, reprendiendo en otro aquello, se constituya a sí mismo reo de culpa. Mas ¿quién ignora con cuántas riñas y cuán encendidas contenciones luchan entre sí los herejes? Apenas había nacido la secta de los Luteranos, cuando fue diseccionada al punto en tres otras clases, dividida como en tres cabezas en Anabaptistas, Confesionistas y Sacramentarios, y hecha tricípite casi en su misma infancia: mas pronto, cuando creció (como es fecunda madre de monstruos la herejía), protrajo de sí otras y otras cabezas, y en exiguo espacio de tiempo creció hasta treinta y cuatro sectas: ahora verdaderamente se cuentan cerca de cien Religiones diversísimas engendradas de un solo Lutero. Ni disienten sólo en las cosas más leves, sino también en los Artículos principales de la fe, y se graban mutuamente los herejes nombre y nota. Así Lutero, lib. Contra Sacramentarios, llama herejes a éstos y a los Zuinglianos: y en otro lugar dice: Bienaventurado el varón que no anduvo en el Consejo de los Sacramentarios, ni estuvo en la vía de los Zuinglianos, ni se sentó en la cátedra de los de Zurich: ni contento con esto, los llama incluso perdiablatados, superdiablatados y transdiablatatos. Pero aquéllos, para pagarle con la mesma moneda, dicen que la boca de Lutero está llena de diablos, etc. — Y porque cabe inconstante es, una misma secta disiente tanto en los artículos de la fe, que, abandonando los anteriores, forja cada día otros y otros dogmas, que propone a todos para que sean creídos. De aquí que Jorge, Duque de Sajonia, preguntado por los Católicos qué creyeran allí los Luteranos, Lo que ahora creen lo sé, dijo; lo que habrán de creer el año siguiente, del todo lo ignoro: así ciertamente son trasladados de fe en fe, de religión en religión. Por donde santísimo Hilario, lib. a Constantio y Constante Emperadores, aplica oportunísimamente a la materia presente:
Peligroso, decía, nos es y también admirable que existan ahora tantas fes cuantas voluntades: tantas doctrinas para nosotros cuantas costumbres, mientras o así se escribe la fe como queremos: o así como la practicamos se entiende, de suerte que crepitaron tantas fes que no haya ninguna, antes verdaderamente se decreten anuales y mensuales fes acerca de Dios, etc.
Objetan 4. La Teología Escolástica evacúa y extingue el mérito de la fe; luego está muy lejos de que en algo aproveche a la fe, antes perjudica sobremanera. Prueban el antecedente con san Gregorio, hom. 26. in Evang.: La fe no tiene mérito, a la cual la humana razón ofrece experiencia: mas por el discurso teológico la razón natural ofrece experiencia a la fe; pues por él es movido el entendimiento para prestar asentimiento al objeto propuesto: luego ésta evacúa el mérito de la fe. — Distingo el antecedente. Que evacúa el mérito de la fe si a la proposición revelada sólo se creyera por la evidencia de la razón, concedo. Que si se creyera máxime por la autoridad de Dios revelante, niego. Mas el discurso teológico no demuestra evidentemente la proposición revelada; implica, en efecto, que algo es revelado y es por sí evidente en cuanto es revelado; sino que sólo demuestra que tal proposición se contiene, o en la Escritura, o en los Concilios, o en la universal tradición y práctica de la Iglesia. De donde no induce al entendimiento para que le asienta por la evidencia de la razón: sino tan sólo por la cierta e infalible autoridad del que revela.
Insisten. La Teología Escolástica se apoya sobre todo en argucias filosóficas y dialécticas: pero éstas perjudican en gran medida a la Fe y a la verdad cristiana: luego, etc. Prueban la menor con los Apóstoles y los santos Padres, quienes confiesan que la Filosofía es enemiga y adversaria de la fe; pues san Pablo, en el capítulo 2 de la epístola a los Colosenses, amonestaba: Videte ne quis vos decipiat per Philosophiam, et inanem fallaciam; y Tertuliano, en el libro De Anima, capítulo 3, llama a los filósofos animales de gloria y patriarcas de los herejes, y en el capítulo 18 dice que las argumentaciones filosóficas son tormentos de la simplicidad que ha de atormentarse y de la verdad que ha de suspenderse, y en el mismo lugar llama a Platón condimento de los herejes. De ahí que en el libro De praescriptionibus diga: Stulta mundi in confusionem Philosophiae ipsius elegit; ea est enim materia sapientiae secularis et temeraria interpres divinae naturae, et dispositionis: denique haereses a Philosophia subornantur. Quid ergo Athenis et Hierosolymis? quid Academicae et Ecclesiae? quid Haereticis et Christianis? Nobis curiositate opus non est post Christum, nec inquisitione post Evangelium, cum credimus nihil desideramus ultra credere.
De donde san Gregorio Nacianceno, en la oración 26, se duele de que hubieran penetrado furtivamente en la Iglesia sutilezas sofísticas y el perverso artificio del arte aristotélica, y otras cosas de este género, como ciertos lazos egipcios. Asimismo Gregorio de Nisa, en el libro 2 contra Eunomium, reprocha aquella astucia sofística: Ingenue ac sine rubore fatemur, inquit, nos neque orationem aliquam rhetorico elaboratam artificio aut certamen comparasse; neque Dialecticae subtilitatis argutiam ad auxilium contra adversarios praetendere, quae et veritatem in mendacii suspicionem apud imperitos traducit. También Ambrosio, en el libro 1 De Fide, capítulo 3, hablando de los arrianos, dice:
Ponen toda la fuerza de sus venenos en la disputa dialéctica, la cual, según sentencia de los filósofos, se define no por tener fuerza para afirmar, sino empeño en destruir; mas no plugo a Dios salvar a su pueblo en la Dialéctica; porque el reino de Dios está en la sencillez de la fe, no en la contención de la palabra.
Y en el salmo 118.: Nihil nobis cum Philosophia, ne fidem nostram per elementa mundi huius traducat a vero: ne quis assertionem nostram per Philosophiam depraedetur. Pues así conocimos que los arrianos cayeron en la perfidia, al pensar que la generación de Cristo debía colegirse según el uso de este siglo. Abandonaron al Apóstol y siguen a Aristóteles; abandonaron la sabiduría que está junto a Dios y escogieron los lazos de la disputación y las acechanzas de palabras conforme a la disciplina dialéctica: luego la Teología Escolástica es proscrita por los santos Padres, y por consiguiente debe ser rechazada por nosotros. — Distingo la mayor. Se apoya en argucias filosóficas para descubrir los sofismas de los herejes y eliminar sus emboscadas, concedo; para envolver la sencillez de la fe y oscurecer las verdades católicas, niego. A la menor digo que la Filosofía es adversaria de la fe no per se, sino por la malicia perversa de los filósofos, quienes, como dice san Judas, versículo 1: Quaecumque quippe ignorant, blasphemant, quaecumque autem naturaliter tamquam muta animalia norunt, in his corrumpuntur. — Que ésta y no otra es la sentencia de los santos Padres, de ahí se desprende claramente, porque ellos ilustran la Dialéctica con muchos encomios y confiesan que es necesaria para defender la Fe; pues san Clemente Alejandrino, en el libro 2 Stromatum, dice: Dialectica manuducit ad veram aeternamque sapientiam, et ad cognitionem supremae veritatis. San Jerónimo, en el capítulo 25 de Ezequiel: Vere, inquit, quidquid perversorum dogmatum praestatur esse robustum in terrena sapientia, hac Dialectica arte subvertitur, et ad instar incendii in cinerem favillasque dissolvitur. San Agustín inculca lo mismo en varios lugares, pero máximamente en los libros contra Cresconium, quien llamaba burlonamente Dialéctico a Agustín: Sed etiam Apostoli, scilicet Paulus, dialecticus erat, respondió Agustín en el libro 2., et ultro conferre cum Stoicis non timebat, quia non solum acute, sicut illi, sed etiam veraciter, quod non illi. Y añade: Cave ne cuidam Dialecticam pro crimine obiceras, qua usos Apostolos confiteris. Más aún, muestra también que Cristo Señor usó de la Dialéctica: Si autem Christum dixeris Dialecticum, laudabis Dialecticam quam mihi pro crimine obiceras: luego no debe ser tenida por inútil ni importuna la tratación y método de las cosas filosóficas que puede ser útil para explicar mejor o defender más exactamente las cosas de la fe. — Añado. Que los mismos herejes son causa de que los Teólogos Escolásticos discutan algunas cuestiones filosóficas; pues suelen argumentar desde la Filosofía contra los católicos, v. g., que un mismo cuerpo no puede estar simultáneamente en diversos lugares, para impugnar la presencia real del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Así antaño los arrianos usaban argumentos filosóficos, o mejor sofismas, contra el misterio de la Trinidad, para engañar a los católicos; y tenían (dice san Epifanio) trescientos argumentos tomados de la razón natural con los cuales impugnar la divinidad del Hijo. De donde fue necesario que los católicos repelieran con las mismas armas de la Dialéctica con que eran atacados, y, apremiados por los herejes, usurparan la Filosofía en tutela de la fe, a fin de que con su ayuda indagaran y explicaran con mayor evidencia las verdades evangélicas. Pues como dice san Agustín, lib. 16. De Civit. Dei, cap. 2.: Multa ad fidem Catholicam pertinentia, dum Haereticorum callida impugnatione cogitantur, ut adversus eos defendi possint, et considerantur diligentius, et intelliguntur clarius et instantius praedicantur: et ab adversario mota quaestio discendi existit occasio. Y como dice Gregorio Magno, lib. 14. Moral., cap. 12., Cum graviora prodiere hostium certamina, tunc sunt profecto sublimiora sensuum spicula requisita; tunc argumentorum novacula, tunc perplexior indago verborum. Con razón, pues, para refutar las falaces argucias de los herejes y de los filósofos gentiles usaron los Teólogos la Dialéctica, la cual san Basilio, en el segundo capítulo de Isaías, no dudó en decir Muri instar esse sacris dogmatibus, quod eam non sinit facile diripi et quorumlibet incursioni patere. Y Clemente Alejandrino, lib. 6. Stromat., dice que ella es el seto de la viña de Cristo, para que la verdad católica no sea pisoteada por los sofistas.
Objeción 5. Los criminadores de la Teología Escolástica acusan su estilo inculto y sus palabras duras y bárbaras con las cuales expresa sus sentidos, que ciertamente desdoran a hombres sabios y deprimen y oscurecen los augustos misterios de la fe. — En verdad, si con este argumento la Teología Escolástica no agrada a ellos, necesariamente les debe también desagradar la sencillez y el modo inculto de decir de las sagradas Letras. ¿Acaso no saben que bajo el rudo manto suele ocultarse muchas veces el filósofo erudito, y que los montes más ásperos e incultos ocultan a veces riquísimas vetas de oro? La verdad no necesita de ningún halago de palabras para brillar: mejor es expresarla con lenguaje fácil y vulgar que oscurecerla con afectada elegancia; aquella concisión sucinta de la cual usan los Teólogos no puede soportar mayor extensión ni ornamento del discurso, para que, ya gravados por la copia y multitud de las cosas, no sean también oprimidos por la inútil carga de las palabras. Y que use algunos vocablos propios e inauditos e inusitados en otras partes no debe parecer extraño, puesto que cualquier disciplina tiene sus términos desconocidos para las demás e ideados a arbitrio de sus docentes. ¿Qué no le será lícito a la Teología, reina de las ciencias, que sus siervas usurpan de buen grado?
Preguntarás. ¿Por qué sólo en estos últimos siglos los Doctores de la sagrada Teología han usado del método Escolástico, cuando desde los mismos orígenes de la Iglesia fue frecuentada máximamente la Positiva?
Respondo 1. Esto se hizo por muchísimas y gravísimas causas. Primero, porque la Teología Positiva respira más bien el modo platónico de enseñar, ya que usa muchísimo, a manera de Platón, de alegorías y de silogismos oratorios y retóricos; mientras que la Escolástica imita el método aristotélico de enseñar mediante el análisis y silogismos más apretados; y quiso Dios, por justas causas,
que la Filosofía platónica sirviera a los hijos de la Iglesia naciente. Luego porque este modo de filosofar y raciocinar era más frecuente entre los judíos y los gentiles, cuyos errores había que impugnar y combatir con las mismas armas con que eran defendidos. Luego porque la Filosofía platónica era menos pertinaz y más dócil que la dogmática, y asimismo más apta para insinuar las verdades de la fe y persuadir los divinos misterios. Finalmente, porque como florecía y se ilustraba mucho con parábolas y alegorías, con estos envoltorios templaba los rayos de la verdad divina y la proponía, como leche a los niños, al entendimiento aún más débil de los fieles. Pues los hijos de la Iglesia de Oriente eran aún como infantes débiles, de los cuales dice san Pablo a los Hebreos 5.: Facti estis quibus lacte opus sit non solido cibo; omnis enim qui lactis est particeps, expers est sermonis iustitiae, parvulus enim est: perfectorum autem est solidus cibus, eorum qui pro consuetudine exercitatos habent sensus, ad discretionem boni et mali. — Por tanto fue necesario que los hijos de la Iglesia, aún pequeñuelos, recibieran primero las verdades evangélicas atemperadas con alegorías y parábolas y fueran nutridas con ellas como con leche, antes de que, hechos mayores y ejercitados por muchos siglos en esta celestial doctrina, tuvieran discreción del bien y del mal y separaran mediante el análisis los perversos dogmas de los herejes de las verdades católicas.
Segundo: Era indecoroso que, publicado el Evangelio, las verdades cristianas se redujeran a sumas teológicas y se formasen sobre ellas varias cuestiones, las cuales habrían turbado la vacilante fe de los fieles y revelado a los infieles los misterios ocultos. Fue necesario, pues, que la Alegoría precediera al Análisis, y que, accediendo siempre nueva revelación de verdades, con el decurso del tiempo fuera como ensamblado el cuerpo de la doctrina Católica, antes de que fuera dividido y distribuido casi anatómicamente mediante las resoluciones y disputaciones de la Teología Escolástica y las disecciones del Análisis.
Pero cuando el cuerpo de la doctrina evangélica quedó sólidamente constituido en todas sus partes, entonces, para una más fácil inteligencia de las verdades, fue preciso reducirlas a un orden cierto y metódico, y usar del modo aristotélico de filosofar, más contraído y breve, pero más urgente; entonces para que las verdades evangélicas resplandecieran más nítidamente; entonces para que las maquinaciones y sofismas de los herejes se resolvieran y deshicieran más fácilmente. — Añade. Que como Platón está todo vuelto a la contemplación de las cosas divinas, y aprendió de los hebreos en Egipto muchísimas verdades de la fe y algunos misterios, y los escribió en sus escritos, parecía su Filosofía mucho más apta para persuadir esas verdades a los Filósofos y Doctores paganos que la aristotélica, la cual se ocupa totalmente de las cosas naturales y apenas escruta e investiga las divinas. Pero cuando estas verdades divinas fueron suficientemente divulgadas, sembradas en los escritos de los santos Padres y expuestas y probadas con sermón oratorio y silogismos retóricos, entonces hizo falta que los Teólogos usaran del análisis aristotélico y las recogieran en un solo cuerpo, y, a manera de Anatomistas, las dividieran con varias cuestiones y resoluciones, como otras tantas disecciones, para que cada una quedara más propiamente ordenada y apareciera más evidentemente.
No hay, pues, razón para que los herejes obloquen tanto contra esta mutación del método Teológico, y deseen que se frecuente de nuevo la Teología Positiva y Oratoria usada por los santos Padres, la cual, dicen, no criminarían, antes sí recibirían con sumas alabanzas. Empero podemos merecidamente replicarles aquello que el adorable Salvador replicó a los Escribas y Fariseos, Matth. 23.:
Vae vobis Scribae et Pharisaei, qui aedificatis sepulchra Prophetarum, et ornatis monumenta iustorum, et dicitis: si fuissemus in diebus Patrum, non essemus socii eorum in sanguine Prophetarum; itaque testimonium estis vobismetipsis, qui filii estis eorum qui Prophetas occiderunt. ¿Qué otra cosa son los herejes de este tiempo, sino hijos de aquellos herejes que persiguieron a los santos Padres y criminaron su doctrina? Ni ejecutan otra cosa, cuando provocan con palabras y escritos a los Teólogos más modernos, que aquello que los antiguos herejes maquinaban contra los Doctores sagrados de la Iglesia. Estos ciertamente, herederos de Arrio, de Nestorio y de Maniqueo, mientras persiguen a los Teólogos, colman la medida de sus padres, y hacen lo mismo que censuran en otros.
Articulus II: De essentia theologiae
Tres son, en efecto, y acomodados a la misma razón natural y al orden de las cosas, los elementos del método de enseñanza: que, una vez insinuado y probado que una cosa existe, se investigue y exponga inmediatamente su esencia y naturaleza, fuente y manantial de todas sus propiedades y excelencias.
Así, pues, puesto que ya sobradamente queda patente la necesidad de admitir la doctrina Teológica, debe ahora resolverse si aquel hábito excelente y sublime de la mente goza y se gloría del título de ciencia y sabiduría; lo cual ciertamente cumplimos en el artículo presente, indagando: 1. Si la Teología de Dios y de los Bienaventurados es ciencia verdadera y perfecta. 2. Si nuestra Teología de los viadores posee todos los caracteres de la ciencia perfecta. 3. Si es digna de la denominación de Sabiduría. 4. Finalmente, si está subordinada a la ciencia divina y beatífica.