Scholastica commentaria in Secundam Secundae Summae Theologicae

Domingo Báñez

Scholastica commentaria in Secundam Secundae Summae Theologicae

Domingo Báñez (1528–1604)

Scholastica Commentaria de Fide, Spe et Charitate, Summa Theologiae II-II pars, Q. 40

First published 1586

Editorial notice: José Ángel García Cuadrado's scholarly introduction and bibliography to Q. 40 are available as a separate Spanish work under his own authorship, linked to this commentary. His Spanish translation of Q. 40 is attributed to him in the text metadata. Domingo Báñez's commentary on the Secunda Secundae of the Summa Theologiae. The work begins here with Q. 40, De bello, and is incomplete. Q. 40 is presented in Latin with José Ángel García Cuadrado's Spanish translation. Both languages are attributed separately in the text source metadata.

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Dedicatoria a Felipe II

Censura de fray Diego de Chaves

Sobre la guerra

Articulus I: Si hacer la guerra es siempre pecado

Dubitatio I: Si es lícita la guerra entre cristianos

Se duda en este artículo, en primer lugar, si es lícita la guerra entre cristianos.

Se argumenta, en primer lugar, a favor de la parte negativa. La guerra se instituye para defender la injuria o para hacer venganza: pero entre los cristianos no es lícito defenderse de la injuria, ni vengarse; luego no es lícita la guerra. La consecuencia es buena; la mayor es de por sí evidente, y se prueba la menor en su primera parte. Ya que toda injuria es repelida por la propia persona o por un socio: pero ni una ni otra [es lícita], porque está prohibida por la ley evangélica de Mateo 5: “yo por el contrario os digo: no resistáis el mal; etc. Si alguien os golpea en una mejilla, ofrecerle también la otra”. Y a los Romanos 12: “No os venguéis vosotros mismos, sino dejad lugar a la ira [de Dios]”. Donde se prohíbe repelar la propia injuria [recibida]. De la misma manera en Mateo 26, Nuestro Señor Jesucristo dijo a Pedro que quería defenderle: “Mete tu espada en su vaina”. Se prueba ahora la segunda parte de la menor, ya que Dios dice, como se dice a los Romanos, 12: “Mía es la venganza, y yo retribuiré”.

En segundo lugar, se argumenta a partir de las Sagradas Escrituras, en las que parece significarse que la guerra es ilícita sobre todo entre cristianos. Ya que Isaías 2 dice: “no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. Por el texto de antes, en el tiempo de la ley evangélica se han de suprimir todas las guerras del pueblo de Dios. Y Zacarías 9: “He aquí que tu Rey viene a ti manso”, etc. E inmediatamente después: “y los arcos de guerra serán quebrados; y hablará paz a las naciones”. Se confirma con los testimonios del Nuevo Testamento, que santo Tomás aduce en el argumento 1 y 2. En todos estos textos y otros similares se manifiesta la voluntad divina; luego la guerra, principalmente entre cristianos es contraria a la divina voluntad y por consiguiente es mala: todo aquello que es contrario a la divina voluntad es malo e ilícito.

En tercer lugar, se argumenta a partir del testimonio de los Padres y Santos. Ya que Orígenes en el tratado 35 Sobre Mateo parece decir abiertamente que la doctrina evangélica abomina de la milicia y del castigo, y que contra el enemigo no debemos usar la espada. Y san Ambrosio, en Sobre Lucas en la explicación del cap. 22 afirma: “¿Por qué mandas comprar la espada que prohíbes utilizar? ¿Por qué tener privilegios que prohíbes disfrutar?”. E inmediatamente explica esta expresión “compra la espada” acerca de la espada espiritual. De modo similar Tertuliano en el libro La corona del Soldado y en libro 3 Contra Marción habla del mismo modo: las guerras están prohibidas a los cristianos, quienes deben usar la espada espiritual pero no la corporal.

En cuarto lugar, se argumenta con la razón. La guerra se opone a la paz, luego la guerra por su propia naturaleza es ilícita. La consecuencia es buena. Por consiguiente, por esta razón la discordia y el cisma son ilícitos por su propia naturaleza, porque se oponen a la paz. Y también porque como enseña santo Tomás más arriba, en la q. 29, art. 3, “la paz es efecto de la caridad”; y luego que todo aquello que es contrario a la paz, es contrario también a la caridad, al menos mediatamente. Se prueba el antecedente: ya que santo Tomás, en la misma cuestión, artículo 2, principalmente en la solución ad 2 cuenta la guerra entre otras muchas cosas que se oponen a la paz; luego la guerra es ilícita.

Se argumenta en quinto lugar. Las acciones humanas han de ser juzgadas según aquello que generalmente acontece y en muchos: pero de la guerra generalmente y en muchas ocasiones se siguen multitud de males para la república, luego es ilícita. La mayor se prueba con la razón, y con un ejemplo. Por la razón, porque en las cosas especulativas aquello que generalmente y en muchos acontece, es necesario, como por ejemplo que en primavera hay truenos; luego en los asuntos morales será malo aquello que generalmente y en muchos casos lleve aneja la malicia. Se prueba con un ejemplo: puesto que no devolver un préstamo es contrario al derecho natural, porque no devolver de modo general y muchas veces es malo. La [premisa] menor consta por la misma experiencia. Se confirma el argumento: ya que la fornicación es intrínsecamente mala porque generalmente y en muchos se sigue el mal de la prole, aunque en algún caso no se siga: pero de la guerra, como dijimos, generalmente y en muchos se sigue un detrimento para la república.

En último lugar se arguye contra el fundamento de santo Tomás y su razón; esto es, porque el príncipe no tiene superior, y por eso puede prohibirse la guerra. Este es el argumento: declarar la guerra es competencia de quien tiene derecho y potestad sobre otro, pero el príncipe no tiene ninguna potestad o imperio sobre otro príncipe igual; luego no puede declarar una guerra. Se prueba la consecuencia: el hombre particular no puede usar la espada contra otro ni vengarse, porque no tiene potestad sobre él.

Sobre esta cuestión se han dado diversas opiniones de los herejes, que erraron sobre esta materia. Algunos los cita Alfonso de Castro, en el libro 3 Contra los herejes, título Guerra, Herejía 1 y 2. Los maniqueos, como refiere san Agustín en lib. 22 Contra Fausto, c. 74, tom. 6 condenaban todas las guerras, afirmando que provenían de un Dios malo. Por lo que negaban incluso la autoridad del Antiguo Testamento. También Juan Wiccleff parece condenar todas las guerras y uso de armas, como refiere Tomás Waldensis en Libro de los Sacramentales; lo impugna con textos de la Sagrada Escritura y de los santos. También Lutero, al que se refiere Roffensis art. 34, delira mucho más, pues condenaba todas las guerras de los cristianos contra los turcos y otros enemigos del nombre de Cristo, afirmando que era contrario a Dios, quien mediante ellos castigaba nuestros pecados: pues son el flagelo de Dios (dice Lutero) a quien no es lícito resistir. Otros luteranos, como Ecolampadio y Cornelio Agrippa condenan las guerras que los cristianos ejercen contra cristianos, afirmando que son contrarias a la doctrina evangélica. Este error fue defendido prolijamente por Erasmo en las anotaciones Sobre Lucas, c. 3 y 22 y en Chiliade 4 Centuria I, adagio 1. A lo que se refieren ampliamente e impugnan Juan Arbóreo en Lib. 2 de Theosofía, c. 14 y Sixto de Siena en la Biblioteca Sacra, Lib. 6, ant. 156.

Para la explicación de este este asunto se ha de advertir, en primer lugar, que una realidad puede considerarse de dos modos. En primer lugar, según su especie en común, es decir, considerando la naturaleza del asunto prescindiendo de las circunstancias que le rodean. De otro modo, puede considerarse en cuanto está en un individuo con los accidentes comunes; por ejemplo, el hombre puede ser considerado primeramente según su esencia; y según esta razón es solo animal racional, prescindiendo de todos los accidentes –al menos los comunes– que no se siguen de la esencia de la cosa. De otro modo, puede considerarse en cuanto está en un individuo, y según esta consideración siempre tiene algunos accidentes comunes circunstanciales. Y lo que se ha dicho acerca de las cosas de modo absoluto, se ha de decir acerca de los actos. Los actos pueden ser considerados primeramente en su especie por la parte objetiva en universal y en abstracto. De otro modo, pueden considerarse en el individuo y en el ejercicio. Y así santo Tomás en el Quodlibeto 9, art. 15, dice que las operaciones humanas algunas son esencial e intrínsecamente buenas: se trata de aquellas que por parte del objeto tienen bondad, como el amor a Dios. Otras son intrínsecamente malas, ya que por parte de objeto tienen una intrínseca malicia, como la mentira. Otras, en cambio, son por parte del objeto indiferentes, ya que pueden hacerse buenas o malas por los accidentes que acompañan. Otras acciones son las que, si se toman en sí mismas, parecen contrarias a la razón; pero que pueden volverse honestas por el fin y las circunstancias, como la venta de los oficios seculares, o la pluralidad y negociación de los beneficios. Se ha de explicar por tanto de qué género de estas acciones es la guerra.

Por consiguiente, se enuncia la primera conclusión. La guerra no es esencial ni intrínsecamente mala, sino que observadas las justas condiciones siempre será lícita en cualquier ley y contra cualquier enemigo de la república; la afirmación contraria es manifiestamente herética. Esta conclusión se prueba a partir de las Sagradas Escrituras. En primer lugar, con los textos del Antiguo Testamento, ya que Abraham en Génesis 14 hizo la guerra, y para la victoria se pide y se recibe la bendición de Melchisedech: que la guerra fue justa y santa consta por la Sagrada Escritura; y se ha de leer a san Ambrosio, Lib. 2 Sobre Abraham, c. 7 y 8. Del mismo modo a lo largo de toda la Sagrada Escritura desde el Génesis hasta los libros de los Macabeos muchos de los santos libraron guerras justísimas, como consta muy abiertamente en Moisés, Gedeón, Josué, etc.: decir que esas guerras fueron malas es impío, principalmente porque el Apóstol en la Epístola a los Hebreos, c. 11 alaba de este modo a los santos, y los alaba diciendo: “los santos por la fe conquistaron reinos, etc.”.

En segundo lugar, se prueba por los textos del Nuevo Testamento, ya que en Lucas 3, Juan Bautista aprueba el oficio militar, y responde a los soldados que le preguntaban qué cosas necesarias debían hacer para salvarse: “No hagáis violencia a nadie, y contentaos con vuestra paga”. Mediante este testimonio se sirven los santos para probar que la guerra no es pecado. San Agustín prueba por este texto en la Epistola 5 A Marcelino cuyas palabras se encuentran en el argumento Sed contra. Del modo similar, el mismo san Agustín prueba esta verdad con este texto en el Sermón 19 Acerca de la palabra del Señor, y en libro 22 Contra Fausto, c. 74 y 75, cuyas palabras refiere Graciano 23, q. 1, en el capítulo Militare y en el capítulo Quid culpatur. Y no se ha de atender a Erasmo, que responde: Juan Bautista pertenece al Viejo Testamento, según aquello de Mateo 11: “la Ley y los Profetas hasta Juan”. Por esto (afirma Erasmo) de manera clara con el Evangelio no es lícito hacer la guerra. Pero en este asunto yerra mucho Erasmo, como en otros muchos. En primer lugar, porque Juan Bautista pertenece mucho más al Nuevo Testamento que al Antiguo. En segundo lugar, porque, aunque no perteneciera al Nuevo Testamento, sin embargo, todos los Santos Padres toman del Nuevo Testamento su afirmación, y de ella deducen que las guerras son lícitas también en la ley evangélica. En tercer lugar, porque Nuestro Señor Jesucristo pertenece al Nuevo Testamento, y sin embargo, en Mateo 22 dice: “Dad al Cesar lo que es del César, etc.”, entendiéndose que de esos tributos se darían en pago a los soldados. Este testimonio lo usa Agustín en el libro 22 Contra Fausto, cap. 74 para probar que las guerras son lícitas; y en Romanos 13, el Apóstol dice hablando del príncipe terrenal: “Es ministro de Dios vengador para castigar al que obra el mal”; luego si la república es atacada por otros, el príncipe puede vengar la injuria.

En tercer lugar, se prueba por el testimonio de los Santos. Y además de aquellos que adujimos se encuentra también san Ambrosio, en el lib. 1 De los oficios, capítulo 27 y 29, donde enseña que en las guerras se sirve a la verdadera justicia. Y en los cap. 40 y 41 aduce muchos ejemplos de la Sagrada Escritura, en los que se aconsejan guerras justas de los Santos contra los enemigos de la patria. Y de este modo hablan también todos los Santos Padres.

En cuarto lugar, se prueba con la razón. Según el derecho natural el príncipe tiene la potestad de vengar a sus súbditos de las injurias, y de restituir las cosas injustas sustraídas a aquellos; porque a él se le ha encomendado el cuidado de la república y de la ciudad; luego puede hacer la guerra. Se prueba el antecedente, ya que Agustín dice en el lib. 6 Cuestiones sobre Josué, q. 10: “Suelen llamarse guerras justas las que vengan injurias”, como dice santo Tomás aunque cita un lugar equivocado. Se prueba la consecuencia: porque cuando los príncipes no tienen jueces superiores en las cosas temporales, por el mismo derecho natural el príncipe que infiere injuria se hace sujeto del príncipe que la padece; e infiere una guerra justa, como después se ha de explicar más. Se confirma: ya que el fin de la guerra justa es la paz y la tranquilidad de la república, según el principio común de los santos y filósofos: hacemos las guerras para conseguir la paz. Lo cual enseña Aristóteles en el libro 10 de la Ética [a Nicómaco], cap. 7 y libro 7 de la Política, cap. 14 y 15. Lo cual también enseña Agustín en el lib. 19 De la Ciudad de Dios, cap. 12; luego cuando se observan las honestas condiciones, la guerra es lícita y justa.

Se prueba, en quinto lugar. En la Iglesia está instituida una [orden] religiosa para combatir con las armas contra los enemigos de la fe. Acerca de lo cual, trata santo Tomás más abajo, en la q. 188, a. 3 y san Bernardo, en el Sermón a los soldados del Templo, c. 3. Pero el fin de esta [orden] religiosa, que la Iglesia aprueba, es santo; luego también la guerra contra los enemigos de la fe. Se confirma con la experiencia de todo el pueblo cristiano, que siempre ha entendido que los emperadores católicos –desde el Gran Constantino hasta los tiempos presentes del Consejo de los Sumos Pontífices– permitieron las guerras contra los enemigos de la Iglesia. Es más, en la coronación del Emperador, el Sumo Pontífice le otorga la santa espada para la defensa de la Iglesia y de los fieles: del mismo modo antes se le entrego a Judas Macabeo por manos de san Jeremías, como consta por 2 Macabeos 15.

Segunda conclusión: la guerra si se toma en sí misma, parece contraria a la razón, como los negocios, etc. Ya que la guerra si se considera en sí misma lleva anejos muchos males y perjuicios para la república, como es evidente por sí mismo; luego en sí inclina hacia el mal, como el asesinato del hombre.

Sin embargo, se ha de advertir, como dijimos en la conclusión precedente, que no obstante puede hacerse la guerra honesta por el fin y las circunstancias. Ya que estos males y perjuicios encaminados al fin de la paz y tranquilidad de la república compensan del mejor modo. Como consta en la medicina, que el médico cura al enfermo con pociones amargas y ásperas, que mortifican a los enfermos y perturban los humores; después son expelidos los humores enfermos y se restituye la salud. Del mismo modo, la guerra al principio lleva anejos esos daños, como masacres, desórdenes, etc. Por esta razón san Agustín en el libro 19 De la Ciudad de Dios, c. 28 dice que, así como la muerte parece contraria a la vida, así la guerra parece contraria a la paz. Y santo Tomás por la misma razón trata de la guerra entre los vicios que se oponen a la paz. Y en efecto, al final la guerra lleva la tranquilidad a la república, en virtud de la cual se toleran todos los males. Y así, aunque por sí y por su objeto la guerra inclina al mal, sin embargo, por los accidentes y circunstancias puede hacerse honesta para que sea lícita.

Supuestas estas cosas se responde a los argumentos presentados al principio. Al primer argumento se responde que niego la menor en cuanto a una y otra parte. Y a la prueba de la menor en cuanto a la primera parte se responde: al texto de Mateo 5, responde santo Tomás aquí, ad 2 por Agustín, que de este modo los preceptos siempre han de ser observados para la preparación del alma como, por ejemplo, el hombre siempre está preparado para no resistir o no defenderse, si fuera preciso. Véase 23, q. 1 por toda la cuestión. Y así se responde a san Pablo. Véase Agustín en Epístola 5 A Marcelino y libro I Del sermón del Señor en el monte, c. 34 y siguientes. Véase santo Tomás, más abajo, q. 118, a. 3, ad 1, donde también enseña casi la misma doctrina.

Pero para mayor explicación de este asunto, puesto que con ocasión de estos textos algunos de los gentiles estimaban que el Evangelio se enfrentaba al bien público, como refiere Marcelino en la Epístola 4 a Agustín, se ha de advertir que esas palabras: “Yo en cambio os digo: no resistáis al mal”, si se toman como un precepto negativo han de ser interpretadas formalmente en este sentido, que intencionadamente nadie debe devolver mal por mal por odio de enemistad. Puede, sin embargo, interpretarse materialmente: que devolvamos mal por mal con la autoridad pública para vengar las injurias. Como Dios de este modo venga las injurias propias, como santo Tomás dice más abajo en la q. 108, a. 1, ad 1. Si por el contrario se toman esas palabras como un precepto afirmativo para que signifiquen que han de ser tolerados los males que nosotros recibimos, entonces obligan en tiempo de necesidad, como frecuentemente se dice de otros preceptos afirmativos.

Por último, Cayetano en los comentarios a Mateo 5 advierte rectamente que este precepto normalmente se da a los hombres privados, y en orden a las injurias privadas; pero no a los hombres públicos que tienen la autoridad pública de vengar las injurias y castigar los pecados de la república, del mismo modo que suelen vengarse mediante la guerra justa. Es cierto, sin embargo, que Agustín en el libro 22 Contra Fausto, c. 76 refiere ese texto para el consejo de perfección evangélica, por la que los Apóstoles y los Mártires por Cristo y el Evangelio no resistieron a las persecuciones de los tiranos, sino que pacientemente las toleraban, cuya tolerancia fue más excelente que toda victoria de los príncipes.

Al otro testimonio de Mateo 26 ya respondió santo Tomás ad 1 por la doctrina de Agustín libro 22 Contra Fausto, c. 70 donde allí mismo se halla el discurso de quien usa con autoridad privada la espada. Aunque el mismo Agustín, en el c. 76 afirma a continuación que ese dicho es de Cristo, como con el ejemplo y la palabra enseñara a los Apóstoles a tener paciencia en las tribulaciones y persecuciones. Cayetano, en cambio, en los comentarios a Mateo 26 dice que en esas palabras “todo quien tomara espada, etc.” quiso Cristo significar que la pena del talión se aplicó ampliamente en la ley contra los homicidas que con autoridad privada usaron la espada, del mismo modo a como se dice en Génesis 9: “Quien derramara sangre, su sangre será derramada”, y en Apocalipsis 13: “Quien mata con espada, a espada debe morir”. De lo cual, sin embargo, no se sigue que no le esté permitido a la autoridad pública usar la espada; es más esto se seguiría del texto que aduce santo Tomás en [el comentario] A Romanos 13: “No sin causa lleva la espada”, e inmediatamente después dice: “Es servidor de Dios, etc.” para insinuar que usa esa espada con la autoridad de Dios. Es verdad, sin embargo, que en el mismo lugar Mateo “quien tomara espada, etc.”, santo Tomás, en la solución ad 2 se refiere a la pena espiritual del alma, que proviene del pecado de homicidio. En este sentido debe ser entendido aquello que se encuentra en el Salmo 36: “Sus espadas entren en sus corazones”, según la óptima explicación de san Agustín, Sermón 2 sobre ese lugar.

Para la demostración de la segunda parte de la menor se responde con santo Tomás, más abajo, q. 108, a. 1, ad 1 que aquel que según su grado ejerce la venganza en su orden contra los malos no usurpa para sí lo que es de Dios; sino que usa la potestad divina para él concedida.

Al segundo argumento, se responde en primer lugar que ese texto de Isaías 2 es una abierta profecía acerca del tiempo de la llegada de Cristo en la que todo el orbe habría de estar en paz, ya que la paz era un signo especial del verdadero Mesías, quien habría de redimir el orbe. Y en este sentido interpretó este texto Orígenes en el libro 5 Contra Celso. Y la misma explicación insinuó en el libro 2 sobre el texto de Lucas 2. O se responde, en segundo lugar, que significa que los Apóstoles de Cristo y los mártires no con la fuerza de las armas sino con la doctrina, la paciencia y la resistencia a las pasiones propagarían la fe de Cristo por todo el orbe, y así serían atraídos a Cristo los pueblos. Esta explicación la emplea Justino mártir, entre otros, en la Apología 2 en favor de los cristianos. Y una y otra exposición emplea Ireneo en el libro 4 Contra Valentín, c. 67. Alguien quizás quisiera decir que por esas palabras se significa que Cristo dominará a través de las adversarias potestades de los enemigos espirituales, y así ya no prevalecerán contra los fieles, según aquello del Salmo 45: “Venid, y ved las obras del Señor, que hizo prodigios sobre la tierra, hace cesar las guerras, etc.”. Sobre este texto san Ambrosio da dos explicaciones; la primera acerca de la paz dada al universo orbe en el tiempo de la llegada de Cristo, como quedaría patente en el texto de la predicación de los Apóstoles; la segunda, en cambio, de los enemigos espirituales ya vencidos por la virtud de Cristo. Y del mismo modo se ha de explicar este otro texto de Zacarías 9.

[La respuesta] a la confirmación ya es patente por lo dicho a estos argumentos. Y al otro [argumento] que dice que la guerra es contraria a la divina voluntad, se responde que es muy vano, ya que por la misma razón se probaría que es injusto y malo emplear medicinas contra la peste que Dios envió a causa de los pecados de los hombres; lo cual es absurdo.

Al tercer [argumento] tomado de los textos de los santos se responde, en primer lugar, que los santos maldicen las guerras y las espadas cuando es usurpada por la autoridad privada, o injusta y tiránicamente. Y quizás en este sentido se hayan de tomar las palabras de Santiago 4: “¿De dónde vienen las guerras y contiendas entre vosotros, etc.?”; y san Cipriano, en el libro 2, Epístola 2 a Donato, llama a las guerras homicidios que se hacen públicamente. Por lo demás, que por la autoridad pública y divina sea lícito matar a los idólatras o malhechores, lo enseña el mismo Cipriano con los testimonios de la Sagrada Escritura, en el libro De la exhortación de los mártires, c. 5. En segundo lugar, se puede responder que esos Santos Padres quisieron enseñar la perfección evangélica que más abrazan la contención de las pasiones, que el uso de las armas, como más arriba dijimos apoyándonos en Agustín. En este sentido decía san Jerónimo en la Epístola a Gerantia que ese tiempo antiguo se decía de los que entraban en combate: “toma tu espada, etc”; ahora oyó a Pedro: “Devuelve tu espada a la vaina”.

Al cuarto responde santo Tomás en la solución ad 3, que la guerra no se opone a la paz, sino más bien se ordena a obtener la paz, según lo dicho en la segunda conclusión.

Al quinto se responde que en las acciones que generalmente y en muchos son malas, hay una doble diferencia: ya que unas son las que generalmente y en muchos son malas esencialmente y por su propia naturaleza; y hay otras que son intrínsecamente malas, como es la negación de depósito, que por sí generalmente y en muchos casos es mala; aunque a veces casi por accidente, debido a los vicios del sujeto, porque llega a ser un daño para otro, la denegación del depósito sea buena. Otras, en cambio, son las acciones que a pesar de que generalmente y en muchos casos son malas, aunque no por sí y por su naturaleza, sino debido a los vicios del sujeto, o por los accidentes y circunstancias. Y de este modo las acciones no son intrínsecamente malas, sino que inclinan al mal y manifiestan la torpeza; estas acciones ya que por su naturaleza no tienen una intrínseca malicia, pueden volverse honestas en algunas circunstancias, de tal modo que se hagan buenas moralmente; y de esta naturaleza es la guerra.

A la confirmación se responde por lo dicho que la fornicación es por esa razón intrínsecamente mala, porque esencialmente y por su naturaleza se sigue el mal de la prole, aunque por accidente no la haya a veces. De la guerra justa, por el contrario, no se siguen esencialmente y por naturaleza este tipo de males, sino accidentalmente; y por eso no es intrínsecamente mala.

Al último se responde que como dijimos antes, la república o el príncipe que infiere una injuria a otra república o príncipe, ya en razón de la injuria cae en sujeción a ese príncipe al que le infirió la injuria. Y por eso, el príncipe que sufrió la injuria tiene el derecho de declarar la guerra al otro, como de manera más extensa se explicará en la duda siguiente.

Dubitatio II: Si la autoridad para iniciar la guerra se encuentra únicamente en el príncipe que no tiene superior en la tierra

Dubitatio III: Si al príncipe cristiano le es lícito solicitar el auxilio de soldados infieles o aceptar sus auxilios

Dubitatio IV: Si hay obligación de restituir cuando se hace la guerra con autoridad privada

Dubitatio V: Si en caso de duda se puede declarar la guerra

Dubitatio VI: Si los soldados están obligados a examinar la justicia de la guerra

Dubitatio VII: Si hay obligación de restituir los daños causados en la guerra

Dubitatio VIII: Si el príncipe que declara la guerra justa está obligado a aceptar la restitución que le ofrece el otro príncipe

Dubitatio IX: Si el príncipe que comienza la guerra con intención no recta está obligado a reparar

Dubitatio X: Si en guerra justa es lícito inferir males a los que han causado daño

Dubitatio XI: Si es lícito quitar la vida a inocentes en una guerra justa

Dubitatio XII: Si en guerra justa es lícito reducir a servidumbre a inocentes

Dubitatio XIII: Si es lícita la fuga de los cautivos

Dubitatio XIV: Sobre las obligaciones de los soldados y príncipes

Articulus II: Si es lícito a los clérigos y a los obispos combatir

Dubitatio I: Si la prohibición afecta a todos los clérigos

Dubitatio II: Si la prohibición es de derecho divino

Dubitatio III: Si los clérigos pueden guerrear sin permiso del Pontífice

Dubitatio IV: Si los clérigos que combaten sin licencia incurren en irregularidad canónica

Dubitatio V: Si es lícito que los clérigos expolien de sus bienes a los enemigos

Dubitatio VI: Si es lícito a los soldados tomar bienes de los clérigos o de la Iglesia

Articulus III: Si es lícito usar de estratagemas en las guerras

Dubitatio I: Si la promesa hecha a los enemigos se ha de observar en toda circunstancia

Dubitatio II: Si a quien no cumple la promesa se le ha de mantener la confianza

Articulus IV: Si es lícito combatir en días festivos

Dubitatio I: Si solo la guerra defensiva es lícita en día festivo

Dubitatio II: Si combatir en día de fiesta sin necesidad es pecado mortal

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