Scholastica commentaria in Secundam Secundae Summae Theologicae
Domingo Báñez (1528–1604)
Scholastica Commentaria de Fide, Spe et Charitate, Summa Theologiae II-II pars, Q. 40
First published 1586
Editorial notice: José Ángel García Cuadrado's scholarly introduction and bibliography to Q. 40 are available as a separate Spanish work under his own authorship, linked to this commentary. His Spanish translation of Q. 40 is attributed to him in the text metadata. Domingo Báñez's commentary on the Secunda Secundae of the Summa Theologiae. The work begins here with Q. 40, De bello, and is incomplete. Q. 40 is presented in Latin with José Ángel García Cuadrado's Spanish translation. Both languages are attributed separately in the text source metadata.
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Dedicatoria a Felipe II
Fray Domingo Báñez1 Profesor de Sagrada Teología,
implora la felicidad del Reino de los cielos y dedica el tratado de las virtudes teológicas al católico Rey Felipe el Grande
muy feliz Monarca de las Españas,
principal benefactor de la Iglesia de Cristo.
Cuando el insigne predicador y profeta, el divino Isaías (¡Oh Grande y Católico Rey!) contemplaba proféticamente, en otro tiempo, a la Iglesia de Cristo, adornada ya con multitud de pueblos, apoyada por los auxilios de reyes y príncipes, crecer y propagarse cada día más y más, elevaba a todos los mortales con la esperanza de tan grande felicidad que había de venir con estas palabras: “Los reyes serán tus ayos, y las reinas tus nodrizas; con el rostro inclinado a tierra te adorarán, y lamerán el polvo de tus pies”. Y en otro lugar: “Mamarás la leche de las naciones, serás amamantada con pecho de reyes”. Con estas palabras profetizó que reyes y príncipes, una vez expulsadas las imágenes mudas de dioses y sus santuarios, habían de confluir a la Iglesia de Cristo y abrazar su fe con ánimo fuerte y constante, de tal modo que los enemigos de la Iglesia no tramaran nada, y no fuera impedido su curso lleno de felicidad por sus insidias y armas hostiles; y que estos mismos reyes y príncipes cuidarían de la Iglesia con solicitud y dedicarían todas sus fuerzas y su poder para protegerla. Y así, ha sucedido que la Iglesia, como ciudad colocada en un monte alto y empinado, ofrecería refugio tranquilo y seguro a los que se acogen a ella, y ella misma apareciera inaccesible y terrible a los enemigos, de tal manera que todos los que se retiraran a ella encontraran lugares de refugio y protecciones muy firmes en las que pudieran defenderse de los ataques de los enemigos, vinieran de donde vinieran. Y esto, ciertamente, lo había profetizado maravillosamente Isaías otra vez: “y habrá un abrigo para sombra contra el calor del día, para refugio y escondrijo contra el aguacero violento y la lluvia”. Así predijo una futura protección, tanto del calor de las perturbaciones internas como del ataque de los enemigos exteriores, para que no tuvieran miedo, ni de abrasarse por el calor, ni ser arrastrados por el torbellino, ni ser sepultados por la lluvia. Pues, aunque no faltaron en los primeros siglos gigantes y hombres sediciosos, engreídos y soberbios por riquezas y poder que, apoyados en una sabiduría terrena, declararan la guerra a esta ciudad, hombres monstruosos que se atrevieron a tomar las armas contra la Iglesia, que se reunieron no sin gran peligro para los fieles, y que fueron vencidos no sin los mayores esfuerzos: sin embargo, por la clemencia divina, sucedió lo contrario de lo que querían. Finalmente, no sólo la avanzadilla formada por doctores y pastores, sino también la virtud y el poder de Emperadores y Reyes, que gastaron el tiempo de vida que se les había concedido, unas veces vigilando sobre la atalaya de esta ciudad, y otras veces luchando bajo las murallas; incluso algunos sufrieron una hermosísima muerte a causa de las heridas. Fue tan grande la destreza de estos príncipes en la lucha, la autoridad en gobernar, la atención en la vigilancia, que alcanzaron no sólo una gloria eterna para sí, sino también seguridad para sus sucesores. En verdad, no le faltaron nunca al mundo los ataques de los impíos; la Iglesia siempre fue capaz de descubrirlos con facilidad con las luces de los predecesores y, en parte, con armas propias y en parte con las armas de los príncipes, quitarlos de en medio y extinguirlos completamente. Esta felicidad tan grande de la Iglesia (piísimo y Católico Rey) empezó a nacer en tiempos del cristianísimo Emperador Constantino, quien venció a los muy hostiles enemigos de la fe, los emperadores Maximiniano2, Licinio3 y Majencio4; y sometió a su imperio a casi todas las naciones bárbaras, unas por la guerra y otras en la paz. Por eso san Jerónimo, que nació durante el reinado de Constantino y que gozaba de este feliz estado de la Iglesia, que había visto con asombro tanta expansión de la fe, dijo así en el Epitafio de Nepociano: “Antes de la Resurrección de Cristo, solo en Judea era conocido Dios y en Israel era grande su nombre. Mas ahora (es decir, en tiempos del Emperador Constantino) las lenguas y los escritos de todos los pueblos cantan la Pasión de Cristo y su Resurrección. No hablo de los Hebreos, Griegos y Latinos, naciones que el Señor consagró con el título de nobleza de su Cruz”5. El Indio, el Persa, el Godo, el Egipcio, tratan en su filosofía sobre el alma inmortal y subsistente tras la disolución del cuerpo, lo cual vio en sueños Pitágoras, no creyó Demócrito, [pero] sobre la cual trató Sócrates en la cárcel para consuelo de su condena6. La fiereza de los Besos7 y la multitud de los pueblos que visten pieles, que en el pasado inmolaban hombres en las fiestas de los muertos, han cambiado su griterío por dulces canciones a la cruz; y hay una única voz en el mundo: la de Cristo8. Los que eran antes dioses de las naciones se han quedado solamente en las cumbres, con los búhos y las lechuzas. Los estandartes de los soldados son las insignias de la cruz. La pintura del patíbulo salvador decora los mantos purpúreos de los reyes y las perlas brillantes de las coronas. Incluso ya el Serapis egipcio se ha hecho cristiano. El Marnas9 de Gaza llora prisionero y teme continuamente por la destrucción del templo. Cada día recibimos masas de monjes procedentes de la India, Persia, Etiopía. El Armenio ha abandonado las aljabas de flechas, los Hunos aprenden el salterio, los Escitas calientan los inviernos con el calor de la fe. El encendido y dorado ejército de los Getas10 rodea las tiendas de las iglesias; y por ello quizás luchan contra nosotros con un ejército similar, porque confían en una misma religión”. Esto es lo que dice san Jerónimo. En estas palabras consta más que suficientemente en qué medida la Iglesia de Cristo, dotada de la ayuda de los reyes, ha llenado la tierra y ha extendido sus sarmientos y sus ramas hasta los mares, y no solo hasta los mares, sino también hasta nuevos ríos, y finalmente ha contemplado un mundo nuevo. Estos son fortísimos escudos en los que pierden fuerza y se embotan los dardos encendidos de los enemigos de la sagrada fe, con los cuales esta ciudad colocada en lo alto del monte, por la fama de estos príncipes nunca ha podido esconderse a la mirada de nadie, sino que no solo reprime todos los ataques de los enemigos, sino que debilitan con suma sabiduría sus castillos, y sus ataques. Presento a esos grandes Emperadores, los Teodosios –el abuelo y el nieto11– y Heraclio12 y otros muchos defensores acérrimos de la fe, para no alargar mucho el paso, los cuales no solo con la fuerza y la potencia de las armas sino también con evidentísimas obras maravillosas, debilitaron los esfuerzos de los enemigos y obtuvieron, con gloria inmensa e insigne, un trofeo y una feliz victoria sobre todos. TRATADO SOBRE LA GUERRA 87 Por lo que sobrevino después ese siglo lleno de paz, previsto mucho antes por los Profetas: “volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. El trabajo de cultivar la viña del Señor, y no ya la preocupación de combatir con enemigos, ocupaba a los príncipes que estaban felizmente de fiesta. Pero, por desgracia, en nuestro tiempo (y esto fue nuestra desgracia) la tranquilidad se convirtió en desidia, la desidia en ocio, el ocio en sopor. “Mientras dormían los hombres”, Germania trajo un monstruo horrible, más truculento que el cual difícilmente pudo salir del pozo del abismo. Suscitó una tiniebla de errores y despertó monstruosidades que ya habían sido desterradas. Sin lugar a dudas, esto es algo mísero y calamitoso, en este tiempo en el que la estabilidad de la Iglesia, a causa de los crímenes de los hombres, es zarandeada de modo soez por los herejes; a causa de los crímenes de los hombres, es debilitada y en parte como echada por tierra. Pero, ¡Oh bondad divina!, ¡Oh máxima clemencia y misericordia de Dios!, ¿Quién no ve que se han de dar gracias incesantes a Dios Bueno e Inmenso? Pues, aunque consiente que surjan estos males en la Iglesia por culpa de nuestros pecados, no les permite ser señores para daño nuestro y para afrenta suya, sino que más bien vemos con nuestros propios ojos que se cumple ya ahora sobreabundantemente esa antigua profecía de Isaías que predice que la Iglesia de Cristo se propagaría reforzada por la protección de los reyes. Según la exigencia de los tiempos, en momentos de gran ruina y miseria de la Iglesia, cuando sus crudelísimos enemigos y los herejes –levantando la cabeza, desenvainada la espada, con ojos ardientes–, respiraban furor e insensatez contra la Iglesia Católica, y otros, vestidos por dentro con rapacidad de lobos y por fuera con la mansedumbre de ovejas, maquinaban aportando a los fieles un daño interior13, Dios nos concedió de manera maravillosa a Ti, Rey Católico, poderosísimo e invicto patrono y luz de la fe, para que reprimieras los tumultos levantados por todas partes contra la religión Cristiana, y para que combatieras y consiguieras alejar de tus reinos, con increíble diligencia, de modo muy severo y extremadamente religioso, el debilitamiento y el daño. Así, con seguridad, mediante tan gran poder de un Rey Católico, se conserva en estos tiempos calamitosos una fe tan incorrupta, la piedad, la religión, una tan ardiente empeño en instaurar la religión. Siendo dos los géneros de obligaciones que en este difícil tiempo la Iglesia puede desear y pedir de los Reyes Cristianos: uno, que se encuentre presente en el concilio que se ha celebrar apenas se presente la ocasión, y lo favorezca; y el otro, que conserve los reinos que le estén sujetos en el candor de la fe, en la antigua religión y la obediencia a la Sede Apostólica; en cumplir ambos te comportaste tan valerosamente, gran Rey, que aunque ese glorioso apelativo de Rey Católico lo recibiste de los antepasados por derecho hereditario, lo has obtenido, con toda razón, por tus méritos por encima de los demás. Pues nunca has apartado los ojos de ese sagrado Concilio celebrado en Trento, encendido con el fervor de la fe, al ver que toda la esperanza de la Iglesia está colocada en esos santísimos decretos; sino que, como conviene a un Rey atento y religioso, estudiaste todo, observando con diligencia las intenciones y los esfuerzos de los enemigos, para establecer, si fuera necesario, unas muy firmes guarniciones de tropas, y con mucha frecuencia te manifestaste, a través de legados tuyos, preparado para defender ese lugar sacrosanto, e inmediatamente enviaste a Trento a hombres que destacan en todo tipo de letras y de virtudes, que yo llamaría la flor misma de España, para que se decretara lo que fuese más conveniente para la fe católica. Ciertamente, el que especialmente en ellas brille una religión sincera y la obediencia a la Sede Apostólica, es el principal argumento de con cuánta atención mantienes sujetas a provincias y naciones en el cumplimiento del deber para que no se aparten de la unidad de la Iglesia. Testigo de ello es España, en la que, teniendo tú tantos ejemplos de muy ilustres antecesores, trayendo a la memoria a tu abuelo Felipe, al bisabuelo Fernando, a Carlos V, padre tuyo y Emperador máximo, todos los cuales fueron defensores fidelísimos de la religión; recordando también la antigua religión y temeroso de que España sea deshonrada por culpa o negligencia tuya, y que la gloria de tus mayores aparezca oscurecida, has usado un cuidado tan atento, que tengamos a España incólume y sana entre las contaminadas y furiosas provincias vecinas. Por lo que en tanto has alcanzado una gloria mayor que los demás reyes anteriores, en cuanto es más glorioso el conservar y regir una nave en un gran temporal que en un puerto; en cuanto es más notorio y magnífico el haber arrancado muchas veces a España, que estaba casi ardiendo por tan pernicioso y tan cercano incendio, de las uñas de los herejes. Finalmente, como vieras que amenazaba a España el peligro que venía de los herejes, reforzaste con custodia atenta todas las orillas del mar que están bañadas por el mar Mediterráneo y por el Océano, de manera que no quedara abierta ninguna entrada a tales ministros de Satanás14. TRATADO SOBRE LA GUERRA 91 Pero si alguna vez sucedía, en cuanto la herejía es insidiosa, que esta encontrara un cierto lugar oscuro por el que poco a poco serpenteara y se insinuara, colocaste en todos los sitios, y les ayudaste con dones regios, hombres industriosos y atentos Inquisidores de la maldad herética, los cuales olisqueasen todo y lo revisasen con ojos escudriñadores, de manera que así la herejía no pudiese erigirse contra la religión, sino que fuese aplastada apenas emergiese15. Por lo tanto, así, por la clemencia divina en primer lugar, y por tu empeño, no sólo florece en España la fe, sino también se percibe claramente la justicia y la abundancia de paz; la religión se practica y brilla la pureza de la doctrina. No aludo a las otras provincias, las Indias, Nápoles, Milán, Sicilia y las otras Islas y todos los Reinos que se contienen bajo tu amplísimo imperio, en los cuales la antigua religión, por tu gran designio, esfuerzo y prudencia, se conserva, o se repara. Dejo de lado las otras naciones extranjeras, en las cuales ha brillado excelsamente este tu vehemente y piadoso esfuerzo de instaurar la religión, pues todas estas realidades requerían, y con razón, un tratamiento mayor; pues yo en este asunto he asumido la tarea, no de amplificar la lista de tus hechos, o de prolongar el discurso por más tiempo, sino solamente la de resumir rápidamente en poco espacio, sobre todo porque esta tu virtud y providencia regia, de la que ciertamente ninguna ha existido mejor entre los reyes mismos después de los tiempos de Salomón hasta nuestra época, es tanta, que no puede ser abarcada por los límites de este tiempo ni de este Reino; no la cubrirá el paso del tiempo, ni ninguna posteridad la enmudecerá. En este prefacio no hemos hecho lo que algunos suelen hacer, que, para merecer la gracia de los reyes, se inventan muchas cosas, amplifican y adornan muchas otras, más de lo justo, que se podrían rebatir. Lo que hasta aquí he recordado con brevedad está presente a la luz y al conocimiento de todos, de modo que sería propio de un hombre sin pudor el fingir algo en este asunto, o amplificarlo más de lo que es en realidad. Estando las cosas así, Rey lleno de humanidad, no habrá nadie tan apartado del sentir común de los hombres que no vea que estos comentarios a la Secunda Secundæ de santo Tomás, que abraza la doctrina sobre esas tres virtudes Teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad, hayan de dedicarse a ti, patrono de la fe y de la religión. Se añade a esto el que la familia de los Predicadores reconoce con franqueza que mucho debe a tu S[acra] C[atólica] R[eal] M[ajestad] por la magnitud de los beneficios otorgados desde hace ya mucho tiempo. Reconocemos la singular gracia que se nos ha hecho, porque has querido que fuera tu confesor el egregio maestro Fray Diego de Chaves, mi antiguo preceptor en sagrada Teología. Esto ha removido mi alma de manera vehemente, y me ha impulsado a presentarte este obsequio muy pequeño, y a atreverme a honrar y dedicar con tu célebre y gran nombre esta obra dedicada a ti. Cristo, Rey de reyes y Señor de señores, te conserve incólume por muchos años, como lo exigen y piden estos tiempos nuestros calamitosos, y toda la Iglesia de Dios como por derecho propio, para que al fin recibas en la felicidad sempiterna, las coronas que son debidas a tu ferviente celo por propagar la fe, a tu singular piedad hacia la religión, a tu gran justicia y misericordia, que con una cierta santa alianza se reúnen en ti. Amén.