Scholastica commentaria in Primam Partem Summae Theologicae

Domingo Báñez

Scholastica commentaria in Primam Partem Summae Theologicae

Domingo Báñez (1528–1604)

First published 1584

Dominicus Báñez, O.P.'s Scholastica commentaria in primam partem Summae Theologiae is a Salamanca-school commentary on the opening part of Aquinas's Summa. The first printing appeared at Salamanca in 1584, after Báñez's teaching at the Dominican studium and University of Salamanca; later editions and editorial continuations helped make the work a major witness to late sixteenth-century Thomism. Its close exegesis of Aquinas intersects the debates over divine grace, human freedom, predestination, and physical premotion that defined the de auxiliis controversy. Schola presents the Latin text from a 1934 Urbano edition; the catalogue's 1584 year identifies the original work, not the modern reprint.

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Prologus auctoris ad lectorem

In D. Thomae prooemium meditatio

Quaestio I: De sacra doctrina, qualis sit et ad quae se extendat

Articulus I: Si es necesario que además de la Filosofía haya otra doctrina

Comentario

Duda 1ª: Si es necesaria para la salvación una doctrina revelada

Duda 2ª: Si es necesaria la revelación en cuanto a las verdades naturales

Articulus II: Si la Sagrada doctrina es ciencia

Commentarium

La principal duda se refiere a la primera conclusión, es decir, si la Sagrada doctrina es verdadera y propiamente una ciencia.

Primera conclusión (texto latino sin traducción española)

Duda 1ª (continuación)

Duda 2ª: Si la Teología es una ciencia subalternada a la ciencia divina y a la de los bienaventurados

Duda 3ª: Si la Teología permanece en el cielo

Articulus III: Si la Sagrada doctrina es una única ciencia

Comentario

Duda 1ª: Si la revelación divina es la razón formal de la unidad

Duda 1ª (continuación)

Articulus IV: Si la Sagrada doctrina es ciencia práctica

Comentario

Duda 1ª: Objeciones

Duda 1ª: Comentario

Duda 1ª: Respuestas

Articulus V: Si la sagrada doctrina es más digna que las otras ciencias

Comentario

Dubium 1 (textus Latinus sine versione Hispanica)

Duda 1ª: Si la sagrada doctrina es la más cierta de todas las ciencias

Articulus VI: Utrum haec doctrina sit sapientia

Commentarium

Duda 1ª: Si la sagrada doctrina en grado máximo es sabiduría entre todas las sabidurías humanas

Articulus VII: Utrum Deus sit subiectum huius scientiae

Comentario

Duda 1ª: Si Dios es el sujeto de esta ciencia

Texto de san Agustín

Articulus VIII: Utrum sacra doctrina sit argumentativa

Comentario

Duda 1ª: Si la Teología es una ciencia argumentativa

Duda 2ª: si la sagrada doctrina no argumenta para probar sus principios

Duda 3ª: Si la sagrada Escritura está inspirada por Espíritu Santo

Duda 4ª: Si la sagrada Escritura inspirada se halla en la Iglesia Católica

Duda 5ª: Qué fuerza tiene la autoridad de los santos

Duda 6ª: Si los teólogos escolásticos tienen autoridad

Articulus IX: Utrum Sacra Scriptura debeat uti metaphoris

La conclusión es afirmativa. La razón es que es natural al hombre que llegue a lo inteligible por lo sensible; por lo tanto de manera conveniente en la Sagrada Escritura se nos entrega lo espiritual bajo metáforas de lo corporal. Lee la solución a la tercera objeción donde, fundándose en San Dionisio en Sobre la jerarquía celeste, capítulo 2 donde ofrece una triple razón por la que en la Escritura se nos hace entrega de lo divino, más bajo figuras de cosas viles que de nobles.

Commentarium

Duda 1ª: Si la Teología debe usar metáforas

Se plantea en este artículo si la conclusión de santo Tomás es verdadera.

A favor de la respuesta negativa, se argumenta así en primer lugar: la Teología es verdadera ciencia, como se ha definido en el artículo 2; pero la ciencia no debe usar metáforas; luego tampoco la sagrada Teología. La consecuencia es patente. Se prueba la menor: pues como dice Aristóteles en el libro 2 de los [Analíticos] Posteriores, texto 22, la razón demostrativa debe huir de las locuciones metafóricas, porque quien demuestra procede por un discurso en el que el [término] medio y los extremos deben ser tomados en su significado propio, pues si no, se comete una equivocidad. Y esto se confirma: pues una locución figurada es oscura; luego la Sagrada doctrina no debe usar una locución figurada.

En segundo lugar se argumenta: en el conocimiento sobrenatural bajamos de Dios a las criaturas mismas, como enseña santo Tomás en el libro 4 de la Suma contra gentiles; luego el intelecto en el conocimiento de lo sobrenatural no necesita ninguna semejanza que se tome de las criaturas. La consecuencia es patente, pues en este conocimiento es antes el conocer a Dios que a cualquier criatura.

En tercer lugar, se argumenta así: el intelecto que entiende una cosa de modo distinto a como es, es falso; pero el intelecto que entiende a Dios por tales metáforas, entiende a Dios de modo distinto a como es; ergo. Se prueba la menor: pues Dios en Sí es espiritual e inmaterial; pero por tales semejanzas es representado de manera corporal; luego el intelecto entiende a Dios de modo distinto a como es; luego no es conveniente que la Sagrada doctrina use metáforas.

En cuarto lugar: la ciencia se hace mediante una asimilación del entendimiento a la cosa sabida; pero nuestro entendimiento, siendo incorpóreo e inmaterial, tiene mayor semejanza con las cosas divinas que con las corporales, que son materiales; luego más se adecúa al conocimiento de lo divino que a esas cosas materiales, y por consecuencia lo divino no debe manifestarse por semejanza de las cosas corporales.

Por último se argumenta así: la razón de santo Tomás es nula, luego su conclusión es falsa. Se prueba el antecedente: puesto que el intelecto del hombre recibe su conocimiento del sentido, no se sigue rectamente que en todo conocimiento deba usar metáforas, lo cual es falsísimo; pues todo nuestro conocimiento nace del sentido.

Para entender esta cuestión, se ha de notar en primer lugar, con santo Tomás, más adelante en la cuestión 88, artículo 2, que las cosas espirituales e inmateriales son conocidas por el hombre en este estado por comparación y remoción con respecto a las cosas materiales. Y así, san Dionisio, en el libro de De la jerarquía celeste, capítulo 20, dice que de las cosas materiales podemos ascender a un cierto conocimiento de las cosas inmateriales, que sin embargo no es perfecto, porque no hay una suficiente comparación de las cosas materiales con respecto a las inmateriales; pero si se toman algunas semejanzas para entender las inmateriales, son mucho más desemejantes por otros motivos. Y se prueba este fundamento: pues todo nuestro conocimiento, en este estado, nace del sentido, por lo que nada puede estar en el intelecto que antes no haya estado en el sentido, o en razón de sí mismo o en razón de otro objeto que tenga una proporción con él. Además, el objeto de nuestro intelecto, en este estado, es la quididad de la cosa material, como enseña santo Tomás más adelante, en la cuestión 84, artículo 7; luego el intelecto, en este estado, nada puede entender sino aquello que tiene proporción con la quididad de la cosa material.

En segundo lugar, se ha de notar que las realidades espirituales e inmateriales no pueden estar por sí mismas en la fantasía ni en el sentido, y por tanto deben estar en el sentido en razón de algún objeto material. Por esta razón los teólogos definen que las realidades inmateriales y espirituales no pueden ser conocidas, en este estado, por especies propias, sino por especies de cosas materiales, porque las especies se abstraen de las imágenes de las cosas corporales, pero de las realidades espirituales no existen imágenes con las que se representen, por lo que tampoco pueden estar en el sentido en razón de sí mismas.

En tercer lugar, se ha de advertir que en el conocimiento sobrenatural hay un doble conocimiento, uno aprehensivo y otro judicativo. La aprehensión se presupone al juicio. Y en el juicio sobrenatural hay un descenso, pues primero juzgamos sobre lo divino, y descendemos hacia lo humano, y juzgamos sobre ello en orden a lo divino. Pero en el conocimiento aprehensivo siempre hay un ascenso de la criatura hasta Dios, porque la aprehensión pertenece al orden de la naturaleza, y el pagano aprehende igual que el cristiano, pues no difieren sino en la firmeza del juicio. Y la razón es manifiesta: pues los misterios sobrenaturales, que pertenecen a la fe, son conocidos por el cristiano mediante especies adquiridas y naturales, pues no se infunden especies nuevas al cristiano; y las especies adquiridas, en el hombre, se abstraen de las imágenes; por lo que la cosa, que tiene una especie en nuestro intelecto, estuvo primero en la imagen; pero la imagen lo es de una cosa corpórea; luego todo lo que entendemos, en este estado, debe ser material o por comparación a algo material, de modo que se haga el ascenso desde la cosa material hasta lo espiritual.

Por último, advierte que esta ciencia, como dijimos en el artículo 4, por su eminencia tiene razón de ciencia práctica y especulativa, por lo que no solamente se ordena a la contemplación de la verdad sobrenatural, sino también a la operación recta.

Puestos esto fundamentos, se hace una única y cierta, conclusión para establecer la verdad. Con toda razón la Sagrada Escritura y la Doctrina Sagrada usan metáforas. Esta conclusión se prueba, en primer lugar, por el uso de la Sagrada Escritura, pues en varios y distintos pasajes usa metáforas y semejanzas: luego ello es lo más conveniente.

En segundo lugar, se prueba: todo lo que entiende el hombre en esta vida es la quididad de la cosa material o algo que se comporta a modo de quididad natural; luego si entiende lo espiritual y lo divino, lo debe entender a modo de realidad material y por comparación material. Y así, dice Cayetano, al comentar este artículo, que la semejanza y la metáfora ocupan la vez de la especie; lo cual es decir que mediante la especie de la cosa, de la cual es semejanza, entendemos lo espiritual. Y esta es la explicación de santo Tomás.

Se confirma: los misterios sobrenaturales exceden la capacidad de nuestro intelecto por su altura; luego no podemos conocer lo sobrenatural y lo divino según su modo, sino que se nos han de proponer según el modo nuestro, es decir, por el orden a las cosas materiales. Y este es el sentido de aquello de la primera carta a los Corintios 2, donde dice Pablo, hablando de tales misterios; “ni subieron al corazón del hombre”; pues dice san Agustín en el tratado 1 Sobre Juan: los misterios divinos, cuando son conocidos por el hombre, ya que son conocidos por el orden y comparación a la cosa material y por semejanzas materiales, pierden parte de su perfección. Y por lo tanto, no suben al corazón, sino que bajan, porque no son percibidos por el hombre según su altísimo modo que tienen en sí, sino según el modo nuestro. Y así, santo Tomás en la II-II, cuestión 23, artículo 6, respuesta a la primera objeción, dice que lo que está debajo del alma, se encuentra de modo más noble que en sí mismo, porque todo está en el alma según el modo de aquello en lo que está, como se dice en libro De causis. Lo que existe por encima del alma, está de modo más noble en sí mismo que lo que está en el alma.

Se demuestra en tercer lugar: en el hombre hay una doble parte cognoscitiva, a saber la intelectiva y la sensitiva; luego pertenece a la divina providencia el que ambas partes, en cuanto es posible, se reconduzcan a lo divino; luego es conveniente usar figuras de cosas corporales, que pueden captarse por la parte sensitiva. Santo Tomás amplifica esta razón en el comentario al primer libro de las Sentencias, distinción 34, cuestión 3, artículo 1; y puedes leer, en el mismo autor, muchas otras razones en el prólogo al comentario al primer libro de Sentencias, artículo 5.

En cuarto lugar, se prueba la conclusión: esta ciencia, por su eminencia, es a la vez práctica y especulativa, y por tanto no es solo demostrativa, sino exhortatoria; luego convenientemente se usan metáforas en las exhortaciones. El antecedente es patente por lo cuarto digno de nota. Y se prueba la consecuencia: porque tales locuciones metafóricas deleitan más, y más remueven al que escucha; porque la locución figurada no es otra cosa que una figura y semejanza de algo, y cuando algo se presenta con figuras y semejanzas corporales, más efecto hace que si se propone con una simple locución.

Por último: algunas ciencias usan a veces metáforas; luego la Teología puede usarlas. Se prueba el antecedente: pues en la primera parte de la ciencia, incluso en la demostrativa, es lícito usar metáforas, como es patente en Aristóteles en el primer libro de la Física, donde prueba mediante una metáfora referente a lo hecho artificialmente, que hay dos principios en el ente natural. En la segunda parte, donde infiere conclusiones, no es lícito usar metáforas; luego las ciencias usan a veces metáforas. Lee a san Agustín en el libro Contra los mentirosos, capítulo 10, y en el libro 3 del De doctrina cristiana, capítulos 5 hasta el 16, y en el libro 10 de De la Ciudad de Dios, capítulo 14; de estos lugares se han sacado las razones de santo Tomás.

Suelen aducirse otras razones por parte de los santos Padres, para probar que la Sagrada Escritura usa convenientemente metáforas. La primera es: para que conservemos con más fuerza las cosas sagradas en la memoria, pues toda la dificultad de recordar proviene en nosotros de las potencias sensitivas, por lo que era conveniente ayudar a estas potencias con signos sensibles proporcionados a ellas. La segunda razón es: para que captemos con mayor suavidad las realidades divinas, pues siendo en sí mismas lejanísimas de todo sentido, si no se vistieran con signos sensibles, aparecerían duras para los hombres, que usamos los sentidos. Sobre esta razón puedes consultar a santo Tomás, aquí, en la solución a la segunda objeción; sobre esta razón, hay que advertir que santo Tomás no enseña que tales signos sensibles no se usan en la Sagrada Escritura por deleite, sino que solamente enseña que el arte poética no tiene otro fin próximo sino causar deleite, y por lo tanto usa metáforas por el deleite como por su fin principal. Por lo demás, el fin propio e inmediato de la Sagrada Escritura y de la doctrina, no es el deleite, sino el conocimiento mismo de la verdad divina; y a este conocimiento ordenan las metáforas como a su propio fin, y al deleite sin embargo como a algo que mucho contribuye a que los hombres alcancen su fin.

La tercera razón es que las verdades divinas adquiridas por esta ciencia sean para nosotros más preciosas, pues lo que encontramos con facilidad, enseguida lo despreciamos; de donde viene el proverbio: “las cosas difíciles son bellas”.

La cuarta razón es para que con mayor avidez aprendamos los misterios divinos; pues el hombre está lleno sobre todo de curiosidad para conocer e investigar lo arcano y recóndito.

La quinta razón es para tolerar el engorro; pues como la Sagrada doctrina insiste en las mismas cosas con frecuencia, y esto por una necesidad de muchísimo peso, es decir para que no escapen de nuestra memoria, se hizo necesario que estos misterios nos fueran transmitidos bajo diversas figuras, de modo que la repetición no generara fastidio. Esta razón es de san Agustín, en el libro 2 de De doctrina cristiana, capítulo 6.

Última razón: para que con un único y mismo escrito el Espíritu Santo abrazara en la Escritura muchos sentidos muy idóneos a la fe y a la ordenación de las costumbres, como enseña san Agustín en el libro 11 del De la Ciudad de Dios, capítulo 19, cuando Cristo dijo: “vosotros sois la sal de la tierra”: es admirable de cuántas maneras se explica esta metáfora, por las muchas propiedades de la sal.

Sin embargo, sobre esta conclusión, ten en cuenta que en este asunto debemos huir de dos extremos al entender las locuciones metafóricas. Uno es el de aquellos que mucho se deleitan en las locuciones figuradas, y allí donde no hay figuraciones se inventan figuraciones. En este extremo cayó Orígenes comentando el Génesis, como dice Jerónimo en la Epístola a Pamaquio contra los errores de Juan de Jerusalén, tomo 3. Por ello Agustín, en el libro 8 de Sobre el Genesis a la letra, capítulo 7, establece la regla que cuando las expresiones en su propio significado no conlleven un sentido absurdo y falso, siempre deben exponerse en su significado propio; si no fuera así, no podría permanecer la verdad firme de la Sagrada Escritura, porque todos recurrirían al sentido metafórico; pero cuando en su propio significado construyen un sentido absurdo, entonces hay que acudir al significado metafórico, como: “venció el león de la tribu de Judá”. El otro extremo es el de los que siguen la costumbre judaica al interpretar todo en el sentido propio, también lo que está escrito en modo metafórico; y muchos, en el pasado, incidieron en este extremo, como dice Jerónimo en el comentario a Ezequiel, capítulo 36. Sobre este tema, consulta a san Agustín, en el libro 3 de Sobre la doctrina cristiana, capítulos 10, 15 y 16.

En segundo lugar, se ha de advertir que cuando la divina Escritura usa una metáfora, el teólogo debe esforzarse en entender del mejor modo la naturaleza y la propiedad de la cosas que la Escritura usa en la figura, y notar solo aquello en lo que se funda la metáfora; como allí: “sed simples como palomas”, debe notar la sencillez de la paloma, la prudencia de la serpiente, y dejar de lado las otras propiedades. Consulta a Eusebio, en el libro 8 de la Preparación evangélica, capítulo 3.

Con estos presupuestos, se responde a los argumentos a favor de lo contrario.

Al primero, se responde que, siendo esta ciencia práctica y especulativa, no solo es demostrativa sino también exhortatoria, y así, usa convenientemente metáforas, como dijimos.

En segundo lugar, se responde que la ciencia, en la primera parte, usa metáforas incluso si es especulativa, como dijimos basándonos en el Filósofo en el primer libro de la Física.

Finalmente se responde que esta ciencia, siendo la suprema y de orden superior, para que nosotros conozcamos lo divino por comparación y remoción de las cosas materiales, es necesario usar metáforas.

Al segundo argumento se responde que también en el conocimiento aprehensivo de Dios hay un ascenso de la criatura del mundo hasta Dios, como dijimos en lo tercero digno de nota, y por tanto es necesaria la comparación de la metáfora y la semejanza para que podamos aprehender las realidades divinas, y juzgar con rectitud.

Al tercero, se responde con Santo Tomás, más adelante en la cuestión 13, artículo 12, respuesta a la tercera objeción, y en la cuestión 14, artículo 6, respuesta a la primera objeción, y en la cuestión 85, artículo 1, respuesta a la primera objeción, y en el primer libro de la Suma contra gentiles, capítulo 3, que el entender una cosa de modo distinto a lo que es, sucede de dos maneras: una, por parte del objeto, como cuando alguien entiende que un objeto sea de manera distinta a como es; y en esto consiste la falsedad: como si alguien piensa que Dios en sí es corpóreo, siendo espiritual.

De un segundo modo se puede entender una cosa de modo distinto a lo que es, por la parte del intelecto, de modo tal que ese modo no pase a la cosa, sino que el intelecto tiene un modo contrario, al entender, al que tiene la cosa en sí; verbigracia, el intelecto entiende cosas materiales, pero el intelecto mismo tiene un modo contrario, porque entiende espiritualmente. Igualmente, el entendimiento entiende a Dios, que es simplicísimo, de manera compleja y componiendo. El entender la cosa de otra manera a lo que es, de esta manera, no causa falsedad, pues el modo del intelecto no pasa a la cosa ni se atribuye a ella, sino que es un modo necesario por parte del intelecto mismo, Y así, en lo que nos hemos propuesto, Dios es entendido por comparación y semejanzas materiales de modo distinto a como es, es decir de otra manera, pero no se sigue de aquí que haya falsedad.

Al cuarto, se responde que hay una cierta asimilación según el parecido en la naturaleza, y así es mayor la semejanza de nuestro intelecto a lo divino que a las cosas sensibles; pero esta no es la que se requiere para la ciencia. También hay otra asimilación por información, que se requiere para el conocimiento, como la vista se asemeja al color, por cuya especie es informada la pupila. Esta información no puede hacerse en nuestro intelecto según la vía de la naturaleza, sino por especies abstraídas por los sentidos, porque, como dice el Filósofo en el tercer libro de Sobre el alma, capítulo séptimo, como se relaciona el color a la vista, así las imágenes al intelecto; y por tanto consta que de este modo el intelecto puede asimilarse más a las cosas sensibles que a las divinas.

Al último, responde Cayetano al comentar este artículo, que la razón de santo Tomás es óptima, pues del hecho que le es connatural al hombre conocer lo inteligible mediante las cosas sensibles, conviene, si es que debe conocer lo espiritual fácilmente y de acuerdo a su modo, que conozca mediante metáforas. Porque las metáforas hacen las veces de las especies espirituales, que se deberían obtener, según ellas mismas, de las realidades espirituales. Sin embargo, no es necesario en sentido absoluto, porque, aunque no sin imágenes, el hombre podría sin metáforas, en este estado, captar lo que se dice, aunque no tan fácilmente; y de este modo, no es necesario en sentido absoluto, sino para captarlo mejor.

Acerca de la solución al tercer argumento, santo Tomás trata sobre si la Sagrada doctrina debe usar semejanzas y metáforas de cosas de mínima importancia. Sobre este tema se ha leer al mismo santo Tomás en el comentario al primer libro de Sentencias, distinción 34, cuestión 3, artículo 2.

Articulus X: Utrum Sacra Scriptura sub una littera habeat plures sensus

Comentario

Duda 1ª: Si la Sagrada Escritura contiene diversos sentidos

Duda 2ª: Si todos los hechos del Antiguo Testamento se deben explicar según el sentido místico.

Duda 3ª: Si en el Nuevo Testamento se pueden distinguir los cuatros sentidos

Duda 4ª: Sobre la regla cierta para discernir el sentido literal

Duda 5ª: Si las locuciones hay que recibirlas como Sagrada Escritura

Duda 6ª: Si es lícito a cualquier cristiano buscar un sentido nuevo en las Sagradas Escrituras

Duda 7ª: Si la Sagrada Escritura contiene varios sentidos literales

Duda 8ª: Sobre cuál es el sentido más importante

Duda 9ª: Si sobre el sentido literal puede hacerse un argumento seguro

Quaestio II: De Deo, an Deus sit

Articulus I: Utrum Deum esse sit per se notum

Articulus II: Utrum Deum esse sit demonstrabile

Articulus III: Utrum Deus sit

Quaestio III: De Dei simplicitate

Articulus I: Utrum Deus sit corpus

Articulus II: Utrum in Deo sit compositio formae et materiae

Articulus III: Utrum sit idem Deus quod sua essentia, vel natura

Articulus IV: Utrum in Deo sit idem essentia et esse

Articulus V: Utrum Deus sit in genere aliquo

Articulus VI: Utrum in Deo sint aliqua accidentia

Articulus VII: Utrum Deus sit omnino simplex

Articulus VIII: Utrum Deus in compositionem aliorum veniat

Quaestio IV: De Dei perfectione

Articulus I: Utrum Deus sit perfectus

Articulus II: Utrum in Deo sint perfectiones omnium rerum

Articulus III: Utrum aliqua creatura possit esse similis Deo

Quaestio V: De bono in communi

Articulus I: Utrum bonum differat secundum rem ab ente

Articulus II: Utrum bonum secundum rationem sit prius quam ens

Articulus III: Utrum omne ens sit bonum

Articulus IV: Utrum bonum habeat rationem causae finalis

Articulus V: Utrum ratio boni consistat in modo, specie et ordine

Articulus VI: Utrum convenienter dividatur bonum per honestum, utile et delectabile

Quaestio VI: De bonitate Dei

Articulus I: Utrum esse bonum Deo conveniat

Articulus II: Utrum Deus sit summum bonum

Articulus III: Utrum esse bonum per essentiam sit proprium Dei

Articulus IV: Utrum omnia sit bona bonitate divina

Quaestio VII: De Infinitate Dei

Articulus I: Utrum Deus sit infinitus

Articulus II: Utrum aliquid aliud quam Deus possit esse infinitum per essentiam

Articulus III: Utrum possit esse aliquid infinitum actu secundum magnitudinem

Articulus IV: Utrum possit esse infinitum in rebus secundum multitudinem

Quaestio VIII: De existentia Dei in rebus

Articulus I: Utrum Deus sit in omnibus rebus

Articulus II: Utrum Deus sit ubique

Articulus III: Utrum Deus sit ubique per essentiam, praesentiam et potentiam

Articulus IV: Utrum esse ubique sit proprium Dei

Quaestio IX: De Dei immutabilitate

Articulus I: Utrum Deus sit omnino immutabilis

Articulus II: Utrum esse inmutabile sit Dei proprium

Quaestio X: De Dei Aeternitate

Articulus I: Utrum convenienter definiatur aeternitas, quod est interminabilis vitae tota simul et perfecta possessio

Articulus II: Utrum Deus sit aeternus

Articulus III: Utrum esse aeternum sit proprium Dei

Articulus IV: Utrum aeternitas differat a tempore

Articulus V: De differentia aevi et temporis

Articulus VI: Utrum sit unum aevum tantum

Quaestio XI: De unitate Dei

Articulus I: Utrum unum addat aliquid supra ens

Articulus II: Utrum unum et multa opponantur

Articulus III: Utrum Deus sit unus

Articulus IV: Utrum Deus sit maxime unus

Quaestio XII: Quomodo Deus cognoscatur a nobis

Articulus I: Utrum aliquis intellectus creatus possit Deum videre per essentiam

Articulus II: Utrum essentia Dei ab intellectu creato per aliquam similitudinem videatur

Articulus III: Utrum Essentia Dei videri possit oculis corporalibus

Articulus IV: Utrum aliquis intellectus per sua naturalia Divinam Essentiam videre possit

Articulus V: Utrum intellectus creatus ad videndum Dei Essentiam aliquo creato lumine indigeat

Articulus VI: Utrum videntium Dei Essentiam unus alio perfectius videat

Articulus VII: Utrum videntes Deum per Essentiam, ipsum comprehendant

Articulus VIII: Utrum videntes Deum per Essentiam, omnia in Deo videant

Articulus IX: Utrum ea quae videntur in Deo a videntibus Divinam Essentiam, videantur per aliquas similitudines creatas

Articulus X: Utrum videntes Deum per Essentiam, simul videant omnia quae in ipso vident

Articulus XI: Utrum aliquis in hac vita possit videre Deum per Essentiam

Articulus XII: Utrum per rationem naturalem Deum in hac vita cognoscere possimus

Articulus XIII: Utrum per gratiam habeatur altior cognitio Dei quam ea, quae habetur per rationem naturalem

Quaestio XIII: De nominibus Dei

Articulus I: Utrum aliquod nomen Deo conveniat

Articulus II: Utrum aliquod nomen dicatur de Deo substantialiter

Articulus III: Utrum aliquod nomen dicatur de Deo proprie

Articulus IV: Utrum nomina dicta de Deo sint nomina synonyma

Articulus V: Utrum nomina, quae de Deo dicuntur et creaturis, univoce dicantur de ipsis

Articulus VI: Utrum nomina per prius dicantur de creaturis quam de Deo

Articulus VII: Utrum nomina quae important relationem ad creaturas, dicantur de Deo ex tempore

Articulus VIII: Utrum hoc nomen Deus sit nomen naturae

Articulus IX: Utrum hoc nomen Deus sit incommunicabile

Articulus X: Utrum hoc nomen Deus dictum de Deo per participationem, secundum naturam, et secundum opinionem

Articulus XI: Utrum hoc nomen Qui est sit maxime Dei proprium

Articulus XII: Utrum propositiones affirmativae possint formari de Deo

Quaestio XIV: De scientia Dei

Articulus I: Utrum in Deo sit scientia

Articulus II: Utrum Deus intelligat se

Articulus III: Utrum Deus comprehendat seipsum

Articulus IV: Utrum ipsum intelligere Dei sit eius substantia

Articulus V: Utrum Deus cognoscat alia a se

Articulus VI: Utrum Deus cognoscat alia a se propria cognitione

Articulus VII: Utrum scientia Dei sit discursiva

Articulus VIII: Utrum scientia Dei sit causa rerum

Articulus IX: Utrum Deus habeat scientiam non entium

Articulus X: Utrum Deus cognoscat mala

Articulus XI: Utrum Deus cognoscat singularia

Articulus XII: Utrum Deus possit cognoscere infinita

Articulus XIII: Utrum scientia Dei sit futurorum contingentium

Articulus XIV: Utrum Deus cognoscat enuntiabilia

Articulus XV: Utrum scientia Dei sit variabilis

Articulus XVI: Utrum Deus habeat de rebus scientiam speculativam

Quaestio XV: De Ideis

Articulus I: Utrum ideae sint

Articulus II: Utrum sint plures ideae

Articulus III: Utrum omnium quae cognoscit Deus, sint ideae

Quaestio XVI: De Veritate

Articulus I: Utrum veritas sit tantum in intellectu

Articulus II: Utrum veritas sit in intellectu componente et dividente

Articulus III: Utrum verum et ens convertantur

Articulus IV: Utrum bonum secundum rationem sit prius quam verum

Articulus V: Utrum Deus sit veritas

Articulus VI: Utrum sit una sola veritas, secundum quam omnia sunt vera

Articulus VII: Utrum veritas creata sit aeterna

Articulus VIII: Utrum veritas sit immutabilis

Quaestio XVII: De Falsitate

Articulus I: Utrum falsitas sit in rebus

Articulus II: Utrum in sensu sit falsitas

Articulus III: Utrum falsitas sit in intellectu

Articulus IV: Utrum verum et falsum sint contraria

Quaestio XVIII: De vita Dei

Articulus I: Utrum omnium naturalium rerum sit vivere

Articulus II: Utrum vita sit quaedam operatio

Articulus III: Utrum Deo conveniat vita

Articulus IV: Utrum omnia sint vita in Deo

Quaestio XIX: De voluntate Dei

Articulus I: Utrum in Deo sit voluntas

Articulus II: Utrum Deus velit alia a se

Articulus III: Utrum quicquid Deus vult, ex necessitate velit

Articulus IV: Utrum voluntas Dei sit causa rerum

Articulus V: Utrum voluntatis divinae sit assignare aliquam causam

Articulus VI: Utrum voluntas Dei semper impleatur

Articulus VII: Utrum voluntas Dei sit mutabilis

Articulus VIII: Utrum voluntas Dei necessitatem rebus volitis imponat

Articulus IX: Utrum voluntas Dei sit malorum

Articulus X: Utrum Deus habeat liberum arbitrium

Articulus XI: Utrum sit distinguenda in Deo voluntas signi

Articulus XII: Utrum convenienter circa divinam voluntatem ponantur quinque signa

Quaestio XX: De amore Dei

Articulus I: Utrum amor sit in Deo

Articulus II: Utrum Deus omnia amet

Articulus III: Utrum Deus aequaliter diligat omnia

Articulus IV: Utrum Deus semper magis diligat meliora

Quaestio XXI: De iustitia et misericordia Dei

Articulus I: Utrum in Deo sit iustitia

Articulus II: Utrum iustitia Dei sit veritas

Articulus III: Utrum misericordia competat Deo

Articulus IV: Utrum in omnibus operibus Dei sit misericordia et iustitia

Quaestio XXII: De Providentia Dei

Articulus I: Utrum providentia Deo conveniat

Articulus II: Utrum omnia sint subiecta divinae providentiae

Articulus III: Utrum Deus immediate omnibus provideat

Articulus IV: Utrum providentia rebus provisis necessitatem imponat

Quaestio XXIII: De Praedestinatione

Articulus I: Utrum homines praedestinentur a Deo

Articulus II: Utrum praedestinatio aliquid ponat in praedestinato

Articulus III: Utrum Deus aliquem hominem reprobet

Articulus IV: Utrum praedestinati eligantur a Deo

Articulus V: Utrum praescientia meritorum sit causa praedestinationis

Articulus VI: Utrum praedestinatio sit certa

Articulus VII: Utrum numerus praedestinatorum sit certus

Articulus VIII: Utrum praedestinatio possit iuvari precibus sanctorum

Quaestio XXIV: De Libro vitae

Articulus I: Utrum liber vitae sit idem quod praedestinatio

Articulus II: Utrum liber vitae sit solum respectu vitae gloriae praedestinatorum

Articulus III: Utrum aliquis deleatur de libro vitae

Quaestio XXV: De potentia Dei

Articulus I: Utrum in Deo sit potentia

Articulus II: Utrum potentia Dei sit infinita

Articulus III: Utrum Deus sit omnipotens

Articulus IV: Utrum Deus possit facere quod praeterita non fuerint

Articulus V: Utrum Deus possit facere quae non facit

Articulus VI: Utrum Deus possit facere meliora ea quae facit

Quaestio XXVI: De Divina beatitudine

Articulus I: Utrum beatitudo Deo competat

Articulus II: Utrum Deus dicatur beatus secundum intellectum

Articulus III: Utrum Deus sit beatitudo cuiuslibet beati

Articulus IV: Utrum in Dei beatitudine omnis beatitudo includatur

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