Scholastica commentaria in Primam Partem Summae Theologicae
Domingo Báñez (1528–1604)
First published 1584
Dominicus Báñez, O.P.'s Scholastica commentaria in primam partem Summae Theologiae is a Salamanca-school commentary on the opening part of Aquinas's Summa. The first printing appeared at Salamanca in 1584, after Báñez's teaching at the Dominican studium and University of Salamanca; later editions and editorial continuations helped make the work a major witness to late sixteenth-century Thomism. Its close exegesis of Aquinas intersects the debates over divine grace, human freedom, predestination, and physical premotion that defined the de auxiliis controversy. Schola presents the Latin text from a 1934 Urbano edition; the catalogue's 1584 year identifies the original work, not the modern reprint.
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Prologus auctoris ad lectorem
In D. Thomae prooemium meditatio
Quaestio I: De sacra doctrina, qualis sit et ad quae se extendat
Articulus I: Si es necesario que además de la Filosofía haya otra doctrina
Comentario
Duda 1ª: Si es necesaria para la salvación una doctrina revelada
Duda 2ª: Si es necesaria la revelación en cuanto a las verdades naturales
Articulus II: Si la Sagrada doctrina es ciencia
Commentarium
La principal duda se refiere a la primera conclusión, es decir, si la Sagrada doctrina es verdadera y propiamente una ciencia.
Primera conclusión (texto latino sin traducción española)
Duda 1ª (continuación)
Duda 2ª: Si la Teología es una ciencia subalternada a la ciencia divina y a la de los bienaventurados
Duda 3ª: Si la Teología permanece en el cielo
Articulus III: Si la Sagrada doctrina es una única ciencia
Comentario
Duda 1ª: Si la revelación divina es la razón formal de la unidad
Duda 1ª (continuación)
Articulus IV: Si la Sagrada doctrina es ciencia práctica
Comentario
Duda 1ª: Objeciones
Duda 1ª: Comentario
Duda 1ª: Respuestas
Articulus V: Si la sagrada doctrina es más digna que las otras ciencias
Comentario
Dubium 1 (textus Latinus sine versione Hispanica)
Duda 1ª: Si la sagrada doctrina es la más cierta de todas las ciencias
Articulus VI: Utrum haec doctrina sit sapientia
Primera conclusión. La sagrada doctrina en grado máximo es sabiduría entre todas las sabidurías humanas, no en algún género solamente, sino en absoluto (simpliciter). Santo Tomás demuestra esta conclusión, como también las conclusiones del artículo precedente, mostrando por qué razón entre las ciencias humanas una se llama sabiduría; y de ahí concluye que, encontrándose tal razón en la sagrada Teología, con razón se llama y es sabiduría1.
Ten en cuenta, por tanto, que el argumento de santo Tomás es de este tipo. Se llama sabio en cada uno de los géneros, a aquel que considera la causa más alta de ese género; pone un ejemplo sobre los artefactos y lo moral. El artífice que predispone toda la forma de una casa se llama sabio en el orden de la edificación, y es “arquitecto” de los artífices inferiores, que cortan la madera y las piedras. A este ejemplo alude el Apóstol en la 1 carta a los Corintios, 3: “como sabio arquitecto puse el fundamento”2, es decir, tan firme como convenía ser para edificio tan grande que alcanzara el cielo; pues tal es la edificación de los fieles, cuyo fundamento es Cristo. Pone otro ejemplo santo Tomás, en lo moral: en el gobierno de toda la vida humana, quien tiene la prudencia es llamado sabio, en cuanto ordena los distintos actos humanos, en todo lugar, en todo tiempo y en toda circunstancia, al fin debido. Y así lo explica Proverbios 10: “La sabiduría es la prudencia para el hombre”3, como si dijera que la prudencia del hombre, que ya ha sido adquirida con mucha experiencia, es para él sabiduría, pues en ese género del recto vivir ordena y juzga bien de modo universal. Y por eso Aristóteles, en el libro 6 de la Ética, capítulo 8, dice que la sabiduría no está presente en los jóvenes, ya que se adquiere con mucha experiencia4. Y sobre esta sabiduría práctica en el género de las costumbres parece hablar san Agustín en el libro único De vita beata, tomo 15, hacia el final, cuando dice: “la sabiduría no es otra cosa que un modo del alma por el que ella a sí misma se libera para que no se derrame demasiado ni se encoja por debajo de lo que es plenitud”6. Esto dice él, aunque de hecho nadie puede conseguir tal universal rectitud con mucha experiencia, como pensó Aristóteles, sino que la gracia de Dios y la prudencia infusa son necesarias para que el hombre por la experiencia pueda tener tal prudencia adquirida que pueda llamarse verdaderamente sabiduría para el hombre. Con estos ejemplos ante los ojos –cuya razón es que, ya que es propio del sabio el ordenar y juzgar como se dice en el primer libro de la Metafísica7 y el juicio por las causas más altas se obtiene a partir de lo inferior– ya está probada la conclusión. Pues el que considera sin más la más alta causa de todo el universo, que es Dios, se llama máximamente sabio y absolutamente (simpliciter) sabio; y la sagrada doctrina con toda propiedad estudia a Dios en cuanto es la causa más alta, no sólo en cuanto a lo que por las criaturas han conocido los filósofos, sino también en cuanto a lo que es conocido solamente por Dios de Sí mismo, o comunicado a otros mediante la revelación.
La segunda conclusión se sigue de la primera por lo que se enseña en la solución. No repugna a la sabiduría que tome sus principios de la ciencia divina que está en Dios. La razón es que es necesario que, de ella, que es la sabiduría infinita, se derive y se ordene todo conocimiento nuestro.
La tercera conclusión se encuentra en la solución a lo segundo. A la sagrada doctrina no pertenece, en cuanto es sabiduría, demostrar los principios de las otras ciencias, sino sólo juzgar sobre ellas. La razón es que, aunque algunos principios de otras ciencias se demuestren por alguna razón natural en otra ciencia superior, no sucede esto en todos [los principios]; porque algunos son conocidos de por sí (per se) y no se pueden demostrar, de lo que claramente se deduce que a la razón de sabiduría no pertenece el probar los principios de las ciencias inferiores; y si hay algunos que los prueba, esto lo realiza mediante la razón natural. Sin embargo, nuestra Teología, aunque sea la sabiduría suma, no demuestra los principios de otras ciencias, ya que se tiene por revelación; sin embargo, le pertenece juzgar sobre los principios de las otras ciencias, si repugnan o no a lo revelado por Dios.
La tercera conclusión se encuentra en la solución a lo tercero. La sagrada doctrina difiere de la sabiduría que es don del Espíritu Santo, en el modo de juzgar. La razón de esto es que la sabiduría que es don del Espíritu Santo anexo a la caridad, juzga a modo de inclinación; la sagrada doctrina, que también se llama sabiduría, juzga a modo de conocimiento. Como la ciencia moral juzga sobre los actos de las virtudes, aunque no tenga anexa la virtud. Hasta aquí he hablado de lo escrito por santo Tomás, que he querido interpretar, al margen de lo que suelo hacer, con paráfrasis (o de modo explicativo). Porque de entender esto se resuelven más fácilmente las dificultades que algunos proponen.
Commentarium
Duda 1ª: Si la sagrada doctrina en grado máximo es sabiduría entre todas las sabidurías humanas
Se plantea solamente una duda acerca de la primera conclusión: si es verdadera.
Se argumenta en primer lugar por la parte negativa. La Teología es verdadera y propiamente una ciencia, como se ha dicho en el artículo 21; luego no es propiamente sabiduría. Se demuestra la consecuencia: la sabiduría y la ciencia se distinguen conjuntamente dentro del género de las virtudes intelectuales, como queda claro por Aristóteles en el libro 6 de la Ética, capítulos 42 y 83, donde distingue las virtudes intelectuales en: intelecto, sabiduría, ciencia, prudencia y arte; luego la misma virtud intelectual no puede ser sabiduría y ciencia.
En segundo lugar, se argumenta así: la sabiduría es virtud más alta que la ciencia y el intelecto, como se desprende de Aristóteles, en el libro 11 de la Metafísica, capítulo 14, y santo Tomás enseña en la I-II, cuestión 66, artículo 5, respuesta a la última objeción5. Pero nuestra Teología no es algo más elevado que el hábito de los principios, que es la fe misma; luego no es sabiduría.
En tercer lugar: la sabiduría consiste propiamente en la pura contemplación de la verdad, como dice Aristóteles en 1 de la Metafísica, capítulo 26. Por eso dice que ella es libre y que se adquiere por sí misma; pero la Teología, como se ha dicho en el artículo 4, no consiste en la sola contemplación de la verdad, sino que también es en cierto modo práctica, y dirige las acciones; luego no es sabiduría.
Se argumenta en cuarto lugar: la sabiduría, como enseña Aristóteles en ese mismo lugar7, es quien puede asignar las causas de todo lo cognoscible; pero esto no lo hace la Teología, como está claro; luego no es sabiduría.
En quinto lugar, se argumenta así, y se demuestra que a veces no es máximamente sabiduría. Y este es el argumento: es máximamente sabiduría la que es directiva de las otras ciencias, como la Metafísica dirige otras ciencias; pero la Teología no dirige a la Metafísica, sino que más bien parece que la Metafísica dirige a la Teología; ergo. Se demuestra la mayor: porque no hay casi ninguna cuestión teológica en la que no se aduzca mucho procedente de la Metafísica; sin embargo, la Metafísica determina todo sin la ayuda de la Teología; ergo.
En sexto lugar: porque la sabiduría revelada consiste en el cumplimiento de los mandatos de Dios, según aquello del Deuteronomio, 4, donde después de haber hecho un discurso sobre los mandatos se lee: “los observaréis y los cumpliréis”, y se añade: “esta es vuestra sabiduría e intelecto ante los pueblos”8; pero esta tarea no pertenece a la Teología; luego no es sabiduría revelada. Conrado, comentando la I-II, cuestión 57, artículo 2, niega que la Teología sea sabiduría9.
Para entender esta dificultad advierte, junto con Cayetano en el comentario al primer libro de los [Analíticos] Posteriores, capítulo 10, duda última, respuesta a la segunda objeción10, donde dice que como la ciencia se toma en un doble sentido, de una manera formalmente, en cuanto es un hábito adquirido por demostración; de otra manera como virtud, que hace bueno a quien la tiene, y convierte en buena su obra; así también la sabiduría se puede considerar de dos modos: como virtud; y en cuanto se adquiere por demostración. Si hablamos de sabiduría y de ciencia en cuanto se encuentran en el género de la virtud, y así las dos se distinguen mutuamente, porque de un modo se perfecciona el intelecto juzgando sobre las cosas a través de las más altas causas, y de otro modo, juzgando por las causas inferiores. Y ya que Aristóteles en el libro 6 de la Ética hablaba de la sabiduría y de la ciencia en cuanto son virtudes11, así distinguió la sabiduría de la ciencia; y de modo semejante santo Tomás en la I-II, cuestión 57, artículo 212, donde establece tres hábitos intelectuales especulativos, a saber intelecto, ciencia y sabiduría. De modo semejante en el opúsculo 70, comentario al De Trinitate de Boecio, cuestión 5, según el orden de cuestiones desde el principio del opúsculo, artículo 1, respuesta al primer argumento13, dice que en el libro 6 de la Ética Aristóteles se ocupa de los hábitos intelectuales en cuanto son virtudes intelectuales. Y dice que se distinguen según los modos en los que perfeccionan al intelecto. En segundo lugar, Cayetano, en el lugar citado antes14, enseña que la sabiduría no se distingue de la ciencia como una especie de otra, sino como lo propio de lo común; y así, solo difiere de otras ciencias como la especie perfecta de otras más imperfectas. Y que esto es verdad se demuestra por Aristóteles, libro 1 de la Metafísica, capítulos 1 y 215, donde enseña que la Metafísica es sabiduría, y sin embargo consta que la Metafísica no difiere de las otras ciencias sino como la especie perfectísima. Y santo Tomás, en el opúsculo citado, cuestión 2, artículo 2, respuesta a la primera objeción16, dice que la sabiduría no se distingue de la ciencia como opuesta a ella, sino que se tiene como añadido a la ciencia, pues la sabiduría, como dice el Filósofo en el libro 6 de la Ética capítulo 817 es cabeza de todas las ciencias regulando todas las otras en cuanto versa sobre los principios más elevados. Y en el libro 1 de la Metafísica la llama así: diosa de las ciencias18.
Advierte en segundo lugar que algunos teólogos quieren distinguir la sabiduría de modo que se tome de dos modos; de uno, en cuanto es ciencia que mira por la causa más alta, y así dicen que se verifica lo que ahora estábamos diciendo, que la sabiduría difiere de las demás ciencias sólo como la especie más perfecta. De otro modo quieren que se tome por un cierto hábito supremo y eminente que, bajo una única razón formal que es la razón de dicho hábito, se extienda al conocimiento de todos los principios y las conclusiones. Y de este modo ese hábito ni es intelecto ni es ciencia, sino intelecto y ciencia por eminencia (eminenter). En esta acepción, dicen que la sabiduría difiere de todas las otras ciencias no como una especie contenida en el género de ciencia, sino en otro género. Y de tal sabiduría comprueban que es más elevada que el hábito del intelecto. Así interpretan a santo Tomás en la I-II, cuestión 66, artículo 519, y a Aristóteles en el libro 6 de la Ética, capítulo 520.
Pero me parece que se ha de hacer notar, en tercer lugar, que dicha acepción es ininteligible, del modo en que es propuesta por algunos modernos. En primer lugar, porque Aristóteles habla de las virtudes intelectuales humanas que, o están insertas (inditae) naturalmente o se adquieren por propia operación, como por ejemplo, el intelecto es hábito naturalmente inserto, pero la ciencia es hábito adquirido. De aquí viene el argumento: la sabiduría, en dicha acepción, no es hábito inserto naturalmente en los hombres, pues si no, todos los hombres serían sabios. Por otra parte, tampoco es hábito adquirido, pues o se adquiere por demostración, y así es ciencia, o se adquiere por actos que nacen del hábito de los primeros principios, y esto sería ridículo, tanto porque sobre los primeros principios no se genera un hábito, como también porque ese hábito adquirido sería menos perfecto que el hábito de los primeros principios en cuya virtud se generan. Luego no hay en nosotros hábito alguno de sabiduría que no esté bajo el género de la ciencia, de por sí y formalmente (per se et formaliter). Sin embargo, confieso que tal sabiduría se encuentra en Dios, el cual bajo la misma razón conoce los principios y las conclusiones por la causa más alta, es decir por el conocimiento de la esencia divina; se encuentra también en los santos, en cuanto ven a Dios y en Él, como en la causa más alta, ven todos los objetos de las ciencias, con sus principios; y de modo similar, concedo que la ciencia infusa del alma de Cristo Señor es sabiduría en ese modo eminente, por encima de nuestra ciencia y del hábito de los primeros principios; incluso en los ángeles, por naturaleza, se da esta sabiduría, y en ellos no se distingue el hábito de la ciencia del hábito de los primeros principios. En todas las tres antedichas sabidurías se encuentra la razón de ciencia, en cuanto el conocimiento mismo se extiende a las conclusiones o a los efectos, aunque sea el mismo el conocimiento de la causa. Pero confieso que en el conocimiento humano yo no entiendo qué tipo, de qué manera y de dónde es esta sabiduría, cuya razón formal sea superior a la razón formal del hábito de los primeros principios que se llama “intelecto”, porque perfecciona sin intermediarios al entendimiento para el asentimiento sin discurso alguno, sino que al momento, conocidos los términos, juzga sobre la verdad o la falsedad, y además es superior al hábito adquirido por la demostración. Finalmente, no conozco en Aristóteles otra sabiduría sin más (simpliciter) que la Metafísica que, como todos dicen, se adquiere por demostración.
Por tanto se ha de notar, en cuarto lugar que como en el predicamento de la cualidad la disposición –que es la primera especie de la cualidad–, se divide en hábito y disposición, como en especies, sin embargo el hábito es una disposición difícil de remover; en estos modos de hablar conviene observar que el nombre “disposición” se toma equívocamente. De un modo, en cuanto es nombre de un género subalterno, pues abstrae [del hecho] de que la cualidad sea fácil o difícilmente removible. De otro, en cuanto se apropia de una de las dos partes específicas y distintas, que es el hábito que incluye intrínsecamente el que sea fácilmente removible; me parece que se ha de distinguir así la ciencia, de modo que en un modo se entienda como el hábito adquirido mediante la demostración y que a continuación se divide en sabiduría y ciencia, de modo que la sabiduría sea “ciencia por la causa más alta”, y en cambio la ciencia, en cuanto se distingue de la sabiduría, importa el conocimiento por causas inferiores. Además, hay una dificultad sobre el modo en que la sabiduría misma, que es hábito adquirido mediante la demostración, sea superior al intelecto, que es el hábito de los primeros principios. A mí me parece que esto se ha de explicar porque esta superioridad en la sabiduría humana no consiste en que por ella asintamos a los primeros principios, pues es propio del intelecto el que, una vez conocidos los términos, asienta inmediatamente a los primeros principios. Ni consiste en que la sabiduría demuestre los primeros principios, puesto que son indemostrables; sino que consiste en que mediante la sabiduría, esto es mediante la Metafísica adquirida, el hombre se hace capaz de explicar los primeros principios no sólo de las otras ciencias sino también de la Metafísica, y defenderlos contra quienes los atacan, lo cual no pertenece a ninguna otra ciencia, sino que cualquier ciencia inferior presupone en modo general sus principios y no es tarea suya el explicarlos o defenderlos, sino que esto es propio de la Metafísica. Y la razón de esto es que la Metafísica tiene por objeto al ente mismo, cuyo conocimiento distinto y perfecto no lo adquiere el hombre por otra ciencia distinta a la Metafísica. Empezamos, en nuestro discurso, por el conocimiento confuso del ente, y poco a poco, mediante otras ciencias, se perfecciona nuestro conocimiento sobre algunas razones particulares del ente. En cambio, sólo en la Metafísica se tiene un conocimiento perfecto del ente; a ella pertenece el considerar las sus propiedades y la distinción entre su ser y su esencia. Y de esta razón de ente, que es la más abstraída de la materia y que se encuentra esencialmente en el primer ente, procede el que esta sabiduría juzgue, del modo en que sea posible, sobre otras ciencias y sus principios, y que además vuelva sobre sí misma y actúe sobre sus propios principios, porque analiza ya de modo más claro sus términos y por tanto puede dar alguna razón de ellos. Esto no pertenece al hábito de los primeros principios, y por tanto santo Tomás, en la I-II, cuestión 66, artículo 521, la pone como la mayor entre las virtudes intelectuales, pues si alguien lee atentamente a santo Tomás en la I-II, cuestión 57, artículo 222, verá que no hemos construido nosotros con nuestro cerebro tales pruebas, sino que las hemos tomado de la misma doctrina de santo Tomás, ya que lo que decimos es inteligible, mientras que lo opuesto no puede entenderse, como demostramos en lo tercero digno de nota.
Establecido esto sobre la ciencia y la sabiduría humana, será fácil mostrar de qué manera nuestra Teología verdadera y propiamente tiene razón de sabiduría.
Hágase por tanto una única conclusión. La sagrada Teología verdadera y propiamente es sabiduría. Se demuestra: porque la sagrada Teología es ciencia por la causa más alta, luego es sabiduría. La consecuencia es patente por la definición de sabiduría. Se demuestra el antecedente: porque la sagrada Teología tiene por objeto propio a Dios mismo que es máximamente ente y causa de todo género bajo el ente; y esto se confirma: porque tiene por objeto a Dios mismo en cuanto cognoscible por una luz de orden superior; luego si la Metafísica es sabiduría por encima de todas las otras ciencias humanas porque su objeto propio es el ente, y conociéndolo se llega de algún modo al conocimiento de Dios, con mucha más razón será sabiduría la sagrada doctrina, cuyo objeto propio es Dios mismo bajo tal razón de luz eminente que de Dios se conozca también lo que supera la luz natural. Y además se demuestra la conclusión: porque todas las propiedades que convienen a la sabiduría tal como se define por Aristóteles y por los filósofos, convienen a nuestra Teología, como quedará patente en las soluciones a los argumentos; luego es sabiduría.
Por lo tanto, se responde a los argumentos contrarios.
Al primero, niego la consecuencia, y se responde a lo que se presenta como prueba, que la ciencia se distingue de la sabiduría en cuanto significa un hábito adquirido por causas inferiores.
Al segundo argumento se responde que nuestra Teología en algún aspecto (secundum aliquid) concuerda con la sabiduría humana: en cuanto que ambas se vuelven a explicar y defender sus primeros principios; por lo que bien podemos conceder que en algún aspecto la Teología es más excelente que la fe, porque a la fe no pertenece el dar razón de sí. Sin embargo hablando en absoluto (simpliciter) el hábito de la fe es más perfecto que nuestra Teología, especialmente en este estado. Por lo demás, entre la sabiduría humana y el hábito de los primeros principios puede haber una mayor diferencia en cuanto la sabiduría humana es más excelente que el intelecto; y la razón es que el conocimiento claro del ente, sobre lo que tratan los primeros principios de la Metafísica, pertenece a la sabiduría misma; pero el conocimiento claro de Dios, sobre el que trata la fe, no pertenece a nuestra Teología, sino a la luz de la gloria, y por eso no tiene tal y tanta excelencia por encima de la fe como tiene la Metafísica sobre el intelecto.
Al tercer argumento se responde que la sabiduría humana, por su limitación, consiste concretamente en la pura contemplación de la verdad; y sobre esta contemplación habla Aristóteles en el lugar citado23. Por otra parte nuestra Teología, en cuanto es de un orden superior, aunque principal y primariamente consista en la contemplación de la verdad, sin embargo también de por sí (per se) en segundo lugar se dirige a la consecución de la perfecta contemplación de la verdad primera.
Al cuarto argumento se responde que ni a la sabiduría humana pertenece el asignar, sin mediación y por sí misma, las causas de todos los cognoscibles, sino solamente explicar y defender los principios de los otros cognoscibles, porque la sabiduría es del mismo orden que las otras ciencias. En cambio, solamente nuestra Teología, siendo de un orden superior, tiene por suyo el explicar y defender sus propios principios. Sobre otros principios y conclusiones de las otras ciencias, tiene como propio el juzgar si son conformes o disconformes con sus primeros principios, y cómo la gracia perfecciona a la naturaleza y la naturaleza no repugna a la gracia. Pues si encuentra algo en las otras ciencias que repugne a las verdades de fe, incluso si los filósofos de la naturaleza piensen que ellos tienen la ciencia de esta materia, pertenece a la Teología mostrar que esas razones no son demostraciones, y que se pueden rebatir; como por ejemplo si un filósofo gentil pretenda demostrar con la razón natural que en el sacramento del altar esté la substancia del pan porque están los accidentes propios del pan –que no pueden existir sin sujeto ya que el ser del accidente es el inherir–, al teólogo corresponde responder y encontrar la solución diciendo que el autor de la naturaleza, que es causa de todo el ser de la substancia y del accidente, puede obrar por encima del orden natural y conservar el ser del accidente sin una actual inherencia en la substancia24. Ni tampoco es de la esencia del accidente el que inhiera en acto, sino que tenga la aptitud de inherir. Y así, se muestra que la razón del filósofo gentil no es concluyente; y este trabajo lo hace de modo egregio santo Tomás en la Summa contra gentes25.
Al quinto argumento ya se ha respondido en parte en la anterior solución al cuarto, pero para mayor abundancia se responde que ninguna ciencia, incluida la Metafísica, dirige a la Teología, sino que todas las ciencias la sirven, y sobre todo la Metafísica, de modo que con ella se verifica que lo más alto de lo inferior alcanza a lo ínfimo de lo superior. Así, es muy útil que el teólogo se ejercite en los principios metafísicos. Y desde luego, la misma Metafísica tiene una mayor brillantez y perfección cuanto se pone al servicio de la Teología que cuando ordena a las inferiores o se aprende aparte; lo cual está claro por la experiencia sobre todo en los que aprenden la Teología de santo Tomás, pues éstos, entre los demás, se convierten en los más eruditos en Metafísica. Concluimos, por tanto, que la Metafísica es dirigida y perfeccionada por la Teología.
Al sexto argumento se responde que por lo general en las Escrituras sagradas por el nombre de “sabiduría” se entiende o el don de sabiduría, del que dice santo Tomás en la solución a la tercera objeción26, que juzga sobre lo que se ha de hacer a modo de inclinación; o se habla del conocimiento de fe. Sin embargo, también en otros lugares se habla frecuentemente de la sabiduría teológica, a la que pertenece la interpretación de la Escritura y el raciocinio acerca de lo que es de fe, según aquello que dijo Cristo Señor: “Todo escriba docto en lo del reino de los cielos es semejante al hombre padre de familia que saca de su tesoro lo nuevo y lo antiguo”27. Se llama escriba docto en el Reino de los Cielos al predicador y doctor evangélico que por la mucha meditación de la Escritura sabe decir lo que conviene a cada uno. Y en el Eclesiástico, capítulo 39, se dice sobre esta sabiduría: “el sabio busca la sabiduría de todos los antiguos y se ocupa de los profetas”28, y muchas otras cosas que convienen al teólogo. Y poco más adelante se dice cuán necesaria es para la utilidad de la Teología y para el ejercicio y ministerio suyo, pues dice: “dedicará su corazón desde la mañana a estar atento a su señor, que le hizo, y orará en presencia del Altísimo. Abrirá su boca en la oración, y rogará por sus delitos. Y si el gran Señor lo quisiera, lo llenará con espíritu de inteligencia, y Él mismo enviará, como lluvia, los dichos de su sabiduría”29. Este es un lugar en el que se habla del don de sabiduría, que se llama espíritu de sabiduría, sin el que toda otra ciencia es vana e inútil, al menos al que la tiene, porque ¿de qué aprovecha al hombre si gana el universo entero y en cambio se pierde a sí mismo y se hace daño?30