Scholastica commentaria in Primam Partem Summae Theologicae
Domingo Báñez (1528–1604)
First published 1584
Dominicus Báñez, O.P.'s Scholastica commentaria in primam partem Summae Theologiae is a Salamanca-school commentary on the opening part of Aquinas's Summa. The first printing appeared at Salamanca in 1584, after Báñez's teaching at the Dominican studium and University of Salamanca; later editions and editorial continuations helped make the work a major witness to late sixteenth-century Thomism. Its close exegesis of Aquinas intersects the debates over divine grace, human freedom, predestination, and physical premotion that defined the de auxiliis controversy. Schola presents the Latin text from a 1934 Urbano edition; the catalogue's 1584 year identifies the original work, not the modern reprint.
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Prologus auctoris ad lectorem
In D. Thomae prooemium meditatio
Quaestio I: De sacra doctrina, qualis sit et ad quae se extendat
Articulus I: Si es necesario que además de la Filosofía haya otra doctrina
Comentario
Duda 1ª: Si es necesaria para la salvación una doctrina revelada
Duda 2ª: Si es necesaria la revelación en cuanto a las verdades naturales
Articulus II: Si la Sagrada doctrina es ciencia
Commentarium
La principal duda se refiere a la primera conclusión, es decir, si la Sagrada doctrina es verdadera y propiamente una ciencia.
Primera conclusión (texto latino sin traducción española)
Duda 1ª (continuación)
Duda 2ª: Si la Teología es una ciencia subalternada a la ciencia divina y a la de los bienaventurados
Duda 3ª: Si la Teología permanece en el cielo
Articulus III: Si la Sagrada doctrina es una única ciencia
Comentario
Duda 1ª: Si la revelación divina es la razón formal de la unidad
Duda 1ª (continuación)
Articulus IV: Si la Sagrada doctrina es ciencia práctica
Comentario
Duda 1ª: Objeciones
Duda 1ª: Comentario
Duda 1ª: Respuestas
Articulus V: Si la sagrada doctrina es más digna que las otras ciencias
Comentario
Dubium 1 (textus Latinus sine versione Hispanica)
Duda 1ª: Si la sagrada doctrina es la más cierta de todas las ciencias
Articulus VI: Utrum haec doctrina sit sapientia
Commentarium
Duda 1ª: Si la sagrada doctrina en grado máximo es sabiduría entre todas las sabidurías humanas
Articulus VII: Utrum Deus sit subiectum huius scientiae
Comentario
Duda 1ª: Si Dios es el sujeto de esta ciencia
Texto de san Agustín
Articulus VIII: Utrum sacra doctrina sit argumentativa
Comentario
Duda 1ª: Si la Teología es una ciencia argumentativa
Duda 2ª: si la sagrada doctrina no argumenta para probar sus principios
Duda 3ª: Si la sagrada Escritura está inspirada por Espíritu Santo
Duda 4ª: Si la sagrada Escritura inspirada se halla en la Iglesia Católica
Se plantea en cuarto lugar la duda de si la sagrada Escritura, que hemos dicho que fue redactada por los escritores sagrados mediante impulso e inspiración del Espíritu Santo, que dictaba las palabras concretas, se encuentra en la Iglesia Católica, y dónde está esta Escritura. Esta cuestión es importantísima, y en su determinación deseo más ser enseñado que enseñar1.
En primer lugar, se argumenta a favor de la respuesta negativa. Los códices mismos que trabajaron con sus propias manos los escritores bajo el dictado del Espíritu Santo, non están en la Iglesia Católica; luego en ella no se encuentra la sagrada Escritura. El antecedente es manifiesto; se demuestra la consecuencia por la definición de sagrada Escritura. Y se confirma, porque en la Iglesia no solo no se tienen esos códices, sino que tampoco otros transcritos de palabra a palabra en modo auténtico partir de ellos, y redactados en el mismo idioma; luego en la Iglesia no está la sagrada Escritura.
En segundo lugar, se argumenta: las ediciones que se tienen en la Iglesia y se llaman sagrada Biblia, son traducciones de la sagrada Escritura a otra lengua; luego no son la sagrada Escritura. El antecedente es admitido por todos. Se prueba la consecuencia: porque tales traducciones a otra lengua no están escritas por dictado del Espíritu Santo; luego no son la sagrada Escritura. La consecuencia es patente por la definición de sagrada Escritura. Y se prueba el antecedente: porque los traductores no tuvieron el espíritu profético ni la asistencia del Espíritu Santo, para que no pudiesen errar en la traducción; luego su traducción no es infalible. Y se confirma, porque son muchas y variadas las traducciones de las sagradas Escrituras que no están conformes entre sí; luego no pueden ser seguros y firmes testimonios de la Escritura sagrada.
En tercer lugar, se argumenta: concédase que haya alguna traducción legítima en la Iglesia, sobre todo en la latina; sin embargo, no puede indicarse ningún pasaje en que tal traducción haya sido escrita con fidelidad; luego tampoco de este modo está en la Iglesia la Escritura sagrada de donde el teólogo pueda deducir un argumento seguro. La consecuencia es manifiesta, y se demuestra el antecedente; pues si existe un tal ejemplar seguro, dámelo en particular, manuscrito o impreso; pero no me presentarás ninguno del que no me sea lícito afirmar que es erróneo por ignorancia o por negligencia del escritor o del impresor, o seguramente por malicia, en algunos o en muchos lugares; luego no me podrás señalar una escritura de la que, en algún pasaje, pueda sacar un argumento seguro.
Pero dices que no importaría nada que por vicio del escritor algo esté equivocado. Se argumenta en contra de esto: porque nada importaría el que sea un error del traductor o del escritor, si me dieras algún ejemplar sin corrupción, a cuya norma se corrijan lo que en los otros está corrompido; pero un tal ejemplar no me lo muestras, ni la Iglesia enseña dónde está; por lo tanto, no estaremos seguros de qué error es del traductor, y cuál el del escritor.
Pero quizás digas que la Escritura sagrada e incorrupta está en el corazón de la Iglesia.
Entonces, argumento en cuarto lugar: la Iglesia Católica consta ahora de hombres individuales, pero no hay ninguno que tenga en el corazón o en la mente de qué modo hay que leer la sagrada Escritura en cada pasaje; luego una tal regla no puede estar en el corazón de la Iglesia.
Pero si dices que no [se encuentra] en las personas singulares sino en la Iglesia total, de manera colectiva, esto me parece menos inteligible, porque el teólogo no puede consultar a toda la Iglesia, ni siquiera a todos los prelados de la Iglesia, y si se pudiese consultarlos, no les asiste a ellos la virtud del Espíritu Santo para que no puedan errar a no ser en concilio confirmado por la autoridad del Pontífice, y entonces, al morir el Pontífice no permanecería la Escritura sagrada infalible en el corazón de la Iglesia. Y se confirma: pues es parecido decir que la Escritura sagrada está en el corazón de la Iglesia que decir que está en el Espíritu Santo que asiste a la Iglesia, pues no encontrarás otro corazón humano en el que se contenga infaliblemente esta sabiduría divina; luego la Escritura sagrada no está infaliblemente escrita con palabras materiales en la Iglesia, Escritura de la que el teólogo obtenga elementos para argumentar y argüir a los que contradicen, sino que se hace necesario acudir con frecuencia al concilio y al sumo Pontífice, para que prescriba cómo ha de leerse cada pasaje; lo cual parecer imposible, y por tanto desaparece totalmente el primer lugar de argumentación en Teología, que es la sagrada Escritura2.
Y si dices que la Iglesia ya ha proveído a esta dificultad cuando en el concilio tridentino, ecuménico y confirmado por la autoridad del sumo Pontífice, en la sesión 43, no sólo ha definido qué libros son canónicos, sino también decretó, que de entre todas las ediciones latinas que circulan, la edición antigua y divulgada (Vulgatam) de los libros sagrados, que por el uso en tantos siglos en la Iglesia misma ha sido aprobada, ha de ser tenida por auténtica en las lecciones públicas, disputas y exposiciones; y que nadie se atreva o pretenda rechazarla con cualquier pretexto.
Entonces, en contra, se argumenta en quinto lugar: de la antedicha definición del concilio se siguen algunos grandes inconvenientes4. En primer lugar, antes de la citada definición los teólogos no tenían un seguro argumento por la autoridad de la sagrada Escritura, ya que no tenían una edición auténtica de la que extrajeran las palabras sagradas; luego se sigue que la Iglesia de los Griegos no tenga la sagrada Escritura en una edición auténtica, de cuyo testimonio seamos argüidos con seguridad e infaliblemente, porque el sínodo tridentino solamente aprobó como auténtica una edición latina. Y finalmente, también se sigue ahora, tras la definición del concilio, una gran confusión y disensión entre católicos, pues ya que no ha sido determinado dónde está y en qué ejemplar esa edición Vulgata está incorrupta, es lícito a cualquiera llamar “divulgada” (Vulgatam) a la lectura que más le guste. Algunos dicen que la edición de los Setenta traductores también es Vulgata, ya que de ella citan textos del Antiguo Testamento no sólo muchos santos Padres sino los mismos Apóstoles; también se usa la edición Vulgata de los Salmos, a partir de los Setenta traductores traducida del griego al latín, y se canta en la Iglesia. Permanecemos, por tanto, después de la definición del concilio, en la misma confusión que antes. Y esto se confirma: porque muchos varones teólogos y católicos, incluso tras la determinación del concilio, corrigen la edición latina Vulgata: algunos porque juzgan que ha habido un error por vicio de los escritores, tal como dice el doctísimo maestro Cano en el libro 2 de Sobre los lugares [teológicos], capítulo 18, respuesta al quinto argumento5, sobre Marcos, donde se dice “era la hora tercia y lo crucificaron”6, está equivocado por vicio de los libreros o del escritor, y ha de decir: “era la hora sexta”. Y otros dicen sobre el Salmo 41, donde en la Iglesia se dice “sintió sed mi alma, para con Dios fuente (fontem) viva”7, está equivocado por vicio del escritor y se ha de leer “para con Dios fuerte (fortem) vivo”; y esto se confirma por el texto hebreo, donde en el lugar de la dicción “fuente” (fontem) se dice ,לאלLeEl, esto es “para con el fuerte”; de modo semejante en griego τὸν ἰσχυρὸν, esto es “fuerte”. Puedes ver muchos ejemplos de esto en Cano, en el lugar arriba indicado, capítulo 158.
Pero otros (y esto parece más grave) no temen hacer recaer algunos errores sobre el traductor al latín de la edición Vulgata. No me sería difícil traer muchos ejemplos de esto, pero baste uno; en el Salmo 109 dicen algunos que donde nosotros leemos “contigo el principado en el día de tu fortaleza, entre los esplendores de los santos te he engendrado en el vientre antes de la aurora”9, se ha de leer de un modo muy distinto del que se contiene en la versión de los Setenta, que en esta parte en la edición Vulgata; porque, dicen, se ha de leer: “tu pueblo son jefes espontáneos en el día de tu fortaleza”; y cambian otras cosas que allí mismo siguen, por lo que dicen que, en este pasaje, los Setenta traductores se han equivocado, y hay que recurrir a la verdad hebrea como a la fuente más pura. Por tanto, no tenemos nada cierto después de la determinación del concilio si aún cada uno puede impunemente decir tales cosas en sus lecciones, en sus comentarios. Estos son los argumentos que a mí se me presentan para manifestar la dificultad de esta importantísima cuestión.
¡Que en la resolución de esta cuestión yo no pretenda saber más de lo que conviene saber, y ojalá sepa con sobriedad, de modo tal que aporte alguna aclaración, según la dificultad del asunto, que pueda conducir a la utilidad de los teólogos y a la edificación de la Iglesia!10.
Ante todo, hemos de suponer cómo corresponde a la divina providencia el que haya entre los hombres una sagrada y divina Escritura, a la cual, como a un ancla sagrada, recurran en la corrección de las costumbres y en la dirección de las acciones hacia la felicidad. Pues de otra forma, como la vida del hombre está ofuscada por tinieblas y errores, pocos o nadie podrían alcanzar un conocimiento pleno del derecho natural, pues las distintas opiniones de los filósofos, contrarias entre sí, no podrían señalar el verdadero y seguro camino de la virtud. Todos los católicos creen con la mayor certeza que el inicio de la sagrada Escritura nació de Moisés11, que escribió el Pentateuco, pues antes de ese tiempo se conservaba por la tradición de los fieles, en el pueblo de Dios, lo que es necesario para el fin de la vida eterna. Pero a otros, con el permiso de Dios, se les ocultaba con toda justicia por sus pecados y por el culto a los ídolos, pero ya cuando llegó el tiempo en el que Dios estableció elegir un pueblo, célebre pero para Él peculiar, en el que estuviera vigente un culto a Dios con muchas y grandes ceremonias y sacrificios, con rito solemne, fue necesario que, para conservar al pueblo en la unidad de la religión, se escribiera, con autoridad divina, lo que hay que creer y lo que se ha de observar. Por ello este estado es llamado estado de la ley escrita. Así, el primer autor, incluso el primer escritor de las sagradas Escrituras, fue Dios mismo, que entregó a Moisés, que había subido al monte, dos tablas de piedra, escritas ambas con el dedo de Dios, las cuales contenían el decálogo de la ley, también natural, para que en este asunto se comprobara cuán necesaria era una doctrina sagrada y una autoridad divina, incluso para aquellas cosas que los hombres podían conocer con la razón natural. Moisés, excitado por un celo divino, rompió estas tablas, pero de nuevo, en otras semejantes que Moisés mismo se había alisado, Dios benigno escribió nuevamente lo mismo con su dedo; digo con su dedo, porque sin duda creemos que fueron esculpidas por orden divina con la intervención de ángeles, y entregadas a Moisés, según aquello del Apóstol a los Gálatas, en el tercer capítulo: “dada mediante los ángeles en mano al mediador”12. Encargó a Moisés mismo que escribiera lo demás que pertenecía a la fe en un único Dios y al culto a Él debido, no sin el impulso, la iluminación y la infalible asistencia del Espíritu Santo. Creemos por fe y por la tradición de los mayores, que luego, de la misma manera, fueron redactados los restantes escritos sagrados del Antiguo Testamento. Finalmente, en la ley de la gracia fueron necesarios aún ciertos escritos sagrados nuevos, que fuesen confirmados por el testimonio de los antiguos, y que contuvieran con fidelidad la vida del Salvador, sus milagros, doctrina y ejemplos de virtudes; y a estos llamamos Nuevo Testamento, porque en ellos se contiene más detalladamente la voluntad de Dios del Nuevo y Eterno testamento.
Se ha de notar en segundo lugar en qué lengua e idioma fueron escritos originalmente ambos testamentos; pues casi todos los libros del Antiguo Testamento fueron escritos en hebreo; he dicho casi todos, porque Jerónimo, en el Prólogo del Comentario al libro de Daniel13 dice que Daniel y Esdras fueron escritos en caracteres hebreos, pero en lengua caldea. Y lo que dice de Daniel se ha de entender no de todo el libro de Daniel, sino desde las palabras del capítulo 2 “respondieron los Caldeos al rey de Siria: rey, vive para siempre”14. Lo mismo dice sobre Tobías en su prólogo15.
Además, hay algunos libros que se encuentran en lengua griega, o fueron en ella escritos, como el de Baruch, el de los Macabeos, el de la Sabiduría, y el del Eclesiástico; pero consta, por su Prólogo, que el Eclesiástico fue anteriormente escrito en hebreo16.
El Antiguo Testamento fue traducido de la lengua hebrea a la griega, por muchos. La primera y más celebre traducción fue la de los Setenta traductores. Puedes leer esta historia en Aristeas, libro de los Setenta intérpretes17, y en Josefo, en el libro 12 de las Antiguedades, capítulo 218, y en el judío Filón, libro 2 de De la vida de Moisés19.
Seguimos ahora la sentencia de los santos más aceptada: que no solamente los libros de Moisés sino también los demás libros, fueron traducidos por los Setenta. Esto lo confirma de modo muy erudito León de Castro20 en el prefacio a los Comentarios al profeta Isaías, capítulos 15 y 1621. Pero no hay duda de que el Eclesiástico no fue traducido por los Setenta, sino por un nieto de Jesús hijo de Sirach, que fue su autor, como resulta patente por el principio de ese libro.
Los libros de los Macabeos no fueron traducidos por los Setenta, pues contienen una historia que aconteció después del tiempo de éstos, ya que los Setenta publicaron esa traducción en tiempos de Ptolomeo Filadelfo, que fue el segundo de ese nombre en años anteriores al 250 antes del nacimiento del Señor, y en el año 17 de Ptolomeo, como sostiene Epifanio22, en el libro Sobre los números y los pesos cerca del inicio23. Los libros de los Macabeos empiezan por el famoso Antíoco, que vivió más de 120 años, después de Ptolomeo Filadelfo, en el tiempo de Ptolomeo Filometor24, que fue el sexto de los Ptolomeos, como dice Eusebio en el libro de las Crónicas25, y como resulta patente por el primer libro de los Macabeos, capítulo 126.
La segunda traducción fue la de Aquila27, que apostatando del cristianismo se hizo judío, y publicó esta traducción en el año 12 del imperio de Elio Adriano, como dice Epifanio en el lugar indicado antes28, que empezó a imperar en el año 120, como dice Eusebio en el lugar señalado arriba29.
La tercera fue de Símaco Samaritano30, que luego se hizo también judío.
La cuarta fue la de Teodoción de Éfeso31.
Acerca del tiempo de la tercera y la cuarta traducción parece que Epifanio, en el lugar citado32, se contradice, pues dice que la de Símaco fue en el tiempo del emperador Severo, y la de Teodoción en el tiempo del emperador Cómodo II; sin embargo, cuando enumera poco más adelante la serie de los emperadores Romanos recuerda primero a Cómodo II y luego a Severo33; y en realidad es así como hay que enumerarlos, porque Cómodo imperó en el año del Señor 183, y Severo en el año 195, como consta en las Crónicas de Eusebio34.
Por lo cual, Driedo35 en el libro 2 de Sobre los dogmas eclesiásticos, capítulo 236 pone la triple traducción y la cuarta la de Símaco; algunos otros hacen lo mismo, pero como dijimos se enumeran de ese modo, no solo por Epifanio sino también por Eutimio37 en el prólogo de los Salmos, que sigue completamente a Epifanio, y por Eusebio de Cesarea en el libro 5 de la Historia, capítulo 2738, y por Jerónimo en el prólogo a las Crónicas de Eusebio39; y en el mismo orden son puestas por Orígenes.
Luego, fue descubierta por Orígenes una quinta traducción, oculta en unas tinajas de Jericó, y una sexta fue descubierta por el mismo en Nicópolis, que es una ciudad en el litoral de Actium; así lo dice Eusebio, en el lugar mencionado40. Ignorando quiénes eran los autores de estas traducciones, las llamó quinta y sexta traducción. Sobre estas traducciones, consulta Epifanio, Eutimio, Eusebio y Driedo en los lugares citados, y Sixto41, en el libro 8 de la Biblioteca de Herejías, 1342. Luego, Orígenes, que empezó a florecer en tiempos de Decio emperador –como dice Epifanio43– que imperó en el año del Señor 25444, como dice Eusebio en las Crónicas45, confrontó estas traducciones entre sí e hizo los tetrapla, los exapla y los octapla, esto es “cuádruples”, “séxtuples” y “óctuples”. Confrontó primero las traducciones de Aquila, Símaco y Teodoción con la versión de los Setenta separándolas en cuatro columnas, y por ello lo llamo tetrapla. Luego añadió en dos columnas las palabras hebreas y por tanto lo llamó exapla; luego, en los Salmos y en algunos otros libros añadió la quinta y la sexta traducción que anotó en otras dos columnas, y lo llamó octapla. Las columnas se disponían en este orden: en la primera estaban las palabras hebreas escritas con caracteres hebreos; en la segunda, las mismas palabras escritas con caracteres griegos, para los que no sabían el hebreo; en la tercera, la de Aquila; en la cuarta, la de Símaco; en la quinta, la de los Setenta, para que, como ésta era la mejor de todas, corrigiera las demás puestas en un lado y en otro, como dice Epifanio46; en la sexta puso la de Teodoción; en la séptima, la quinta; en la octava, la sexta. Orígenes usó en ellas asteriscos y óbelos47, pues si algo estaba en el hebreo que no aparecía en los Setenta, lo ponía por la traducción de los otros, y colocaba allí un asterisco, es decir una pequeña estrella para significar que esa palabra había sido puesta en el contexto hebreo como las estrellas en el cielo, pero que había sido ocultada por los Setenta como las estrellas por las nubes, como dice Epifanio. Si había algo en los Setenta que no estaba en el hebreo ni en los otros, colocaba un óbelo u obelisco, es decir una coma tendida a modo de dardo para separar lo que había sido añadido.
Además de estas, hubo una séptima traducción que usó poco Orígenes y como escribe Jerónimo en la Carta a Sunnia y Fretela48; a esta traducción la llamó Orígenes –y también Eusebio de Cesarea y otros griegos– “común” o “divulgada”, y luego fue llamada por algunos “lucianea”; creo que por esto se dijo que era de Luciano mártir49 porque éste –como dice Simón Metafraste50 en su biografía51 – junto con Suida52 corrigió los libros sagrados a partir del hebreo. Esto también lo recoge Eutimio53 en el Prólogo a los Salmos. Este Luciano sufrió martirio en el año 280 bajo el emperador Maximiano, como dicen Suida y san Jerónimo en el libro Sobre los escritores eclesiásticos, al tratar de su vida54. Puedes consultar a Sixto de Siena en el libro 4 de su Biblioteca, bajo la palabra Luciano55. Esta traducción era la misma que la de los Setenta, como dice Orígenes en el lugar indicado arriba56, pero difería de la que está en las exapla en que estaba ya alterada, mientras que la de las exapla era acertadísima y era recibida por todas las iglesias. Ahora, advierte que Jerónimo llama edición Vulgata a esta séptima, y también se suele llamar Vulgata a esta traducción de los Setenta vertida al latín, como resulta patente por sus Comentarios a Isaías, capítulo 66, al inicio57. Esto, sobre las traducciones al griego.
En tercer lugar, se ha de notar que en tiempo de san Jerónimo y Agustín había multitud de traducciones latinas, como dice Agustín en el libro 2 de De doctrina cristiana, capítulo 1158, de tal manera que los que tradujeron las Escrituras de la lengua hebrea a la griega se pueden enumerar, pero en modo alguno los traductores latinos. Pues en los primeros tiempos, cuando a cada uno caía entre las manos un códice griego, y le parecía que tenía alguna capacidad en ambas lenguas, enseguida lo traducía. Pero todas estas traducciones eran de la griega de los Setenta y ninguna del hebreo hasta que Jerónimo, por voluntad de san Dámaso Pontífice, editó una nueva traducción del hebreo, y esto lo enseña san Agustín en el libro 4 de De doctrina cristiana, capítulo 759, y se entiende por su Carta 8 a Jerónimo60. Así, no hay duda de que nuestra traducción divulgada (Vulgatam) del Antiguo Testamento es de Jerónimo, aunque tenga algunas variaciones. Y la razón es que hasta Jerónimo no había ninguna traducción latina desde el hebreo, ni en ese tiempo ni luego hubo otra; y de aquí que Agustín y todos los griegos y latinos que fueron antes de san Agustín, al citar textos de la sagrada Escritura, difieren a veces de nuestra traducción, pues la nuestra es desde el hebreo, y la que ellos seguían eran desde el griego. He aquí la causa de que tengamos los demás libros de la Escritura traducidos del hebreo, y solamente el Salterio lo tenemos traducido del griego: porque la traducción de los Setenta se cantaba en todas las iglesias y por eso no pudo ser cambiada con facilidad; además, el Salterio que tenemos ahora, aunque proceda del griego, difiere poco del Salterio de Agustín y de otros Padres, porque el nuestro está traducido del griego, o al menos corregido, por Jerónimo; y este es el motivo por el que en los oficios eclesiásticos se encuentren muchas palabras de los Salmos distintas de las nuestras.
Jerónimo no tradujo el Nuevo Testamento desde el griego, sino que solamente lo corrigió, como dice él mismo en el libro sobre los escritores de la Iglesia, hacia el final: “he devuelto el Nuevo Testamento a la fidelidad griega y he traducido el Antiguo según la hebrea”61. Esto se desprende claramente también de su epístola o Prólogo a los cuatro Evangelios dirigido a Dámaso62. Advierte también que en ambos Testamentos hay no pocos lugares distintos de lo que fue por él corregido, ya sea que el mismo Jerónimo los corrigiera cambiando de opinión y apoyándose en ejemplares más verdaderos, ya sea porque esto lo hizo la Iglesia, de quien es propio juzgar sobre el verdadero sentido de la sagrada Escritura. Y el maestro Cano, en el libro 2 de De los lugares, capítulo 1463, dice que Jerónimo censura algunas cosas traducidas por otros, que sin embargo luego juzgó que habían sido bien traducidas; como en las Cuestiones hebraicas sobre el Génesis64 censura a los Setenta que por “amigo” tradujeran “pastor de ovejas”, y sin embargo él mismo tradujo de igual modo Génesis 38: “él mismo e Hiras, pastor de ovejas del rebaño”65. Y en el primer libro Contra Joviniano dice que “la mujer virgen y casada”66 no pertenece a la verdad apostólica, y sin embargo reconoce que alguna vez lo expuso así. Y que no sucediera por casualidad el que permanecieran así estos pasajes, se puede ver por los Comentarios de Jerónimo a Isaías, capítulo 2967, donde, habiendo traducido primero “y la tierra de Judá será motivo de fiesta para Egipto”, dice que tradujo mal y que habría que decir: “motivo de temor” o “de pavor”; y esta corrección la recogió la Iglesia. Y poco antes se corrige porque había traducido mal “al que encorva y refrena” (incurvantem et refrenantem) y habría que decir “tendente a la lascivia” (lascivitatem)68. Esta corrección aún no la lee así la Iglesia.
Además de estas traducciones hay otra del hebreo al caldeo, que se llama “paráfrasis caldea”, porque es más amplia y más libre. Sus autores son Onquelos, del Pentateuco de Moisés; de los profetas anteriores y posteriores, Jonathan; de Job, Salmos, Proverbios y los demás libros que se llaman hagiográficos, Rabbí Joseph69. Esta traducción fue editada poco antes del nacimiento de Cristo, y entre los judíos es de la máxima autoridad y lo llaman Targum70. Últimamente, en la memoria de nuestros padres, salieron muchas traducciones del hebreo al latín, algunas de herejes, a saber, Lutero71, Münster72, Castalión73; y algunas de católicos, como Pagnino, Vatablo74 y otros.
Todo lo dicho, aunque en este lugar ha sido tratado por mí de manera más extensa de lo que suele tratarse por los escolásticos, sin embargo, ha sido dicho de manera demasiado abreviada para la importancia del asunto. Pero mi intención es que mis alumnos no ignoren completamente estos temas, que son totalmente necesarios para el uso de la Escritura en una disputa escolástica. Además, para resolver la duda planteada, nuestro deseo tiende a que contemplemos cuánta ha sido la solicitud de la divina Providencia para que los libros de las sagradas Escrituras no puedan ocultársenos. Por esto, ha sucedido que la sagrada Escritura esté en la boca de todos, no solamente por la piadosa diligencia de los doctores fieles, sino también, en parte, por el trabajo de los infieles judíos y además por la contradicción de los que nos impugnan; y, en fin, que ella se libre, con la nave íntegra, de todos los temporales.
Establecido esto así, procedamos a la determinación de la verdad, según nuestra costumbre, bajo la censura de la sacrosanta madre la Iglesia Romana, que es la única católica y apostólica; y establezco las siguientes conclusiones.
Primera conclusión: los libros canónicos que los Apóstoles y los escritores sagrados redactaron con sus propias manos, no se encuentran en la Iglesia de Cristo. Esta conclusión es tan manifiesta que no necesita demostración, pues nunca se señalará el lugar al que fueron a parar. De aquí se sigue:
Segunda conclusión: No hizo falta que tales libros materiales (por así decir) permanecieran en la Iglesia. Se demuestra esta conclusión: Cristo Señor ha provisto de manera suficiente a su querida esposa la Iglesia; luego si hubiese sido necesario que lo que fue escrito una vez bajo el dictado del Espíritu Santo, permaneciera en los mismos pergaminos materiales, sin duda Cristo Señor lo hubiera así dispuesto; luego no hizo falta para el gobierno y autoridad de la Iglesia que tales escritos permanecieran en los mismos instrumentos materiales.
Tercera conclusión: incluso si tales libros se hubiesen conservado en el depósito de la Iglesia, ninguna mayor comodidad nos hubiera aportado de la que dan las ediciones y traducciones de las mismas Escrituras comprobadas por el uso de los doctores de la Iglesia y la autoridad de la Iglesia misma. Esta conclusión se demuestra principalmente porque incluso esos mismos códices materiales no tendrían para nosotros autoridad alguna si no se les añadiera el testimonio de la Iglesia, que diera fe de que esos mismos son los libros, y que ahí se contenían sin defecto e incorruptos. Pero ahora la Iglesia aprueba con su testimonio las ediciones y traducciones de la sagrada Escritura, luego no tenemos algo de menor utilidad que si hubiesen permanecido esos libros mismos. Consulta a Agustín, a lo largo del libro 18 de Contra Faustum75, donde dice que las sagradas Escrituras necesitan la autoridad de la Iglesia para que sean creídas. En segundo lugar, se prueba: porque todos los doctores de la Iglesia no podrían acceder a leer esos libros sino que sería necesario tener a disposición otros códices transcritos desde esos, o en el mismo idioma o en otro, de los que sacaran argumentos para probar lo que es de fe; y como tales libros transcritos por el trabajo de traductores y escritores podían ponerse en duda, si han sido traducidos bien y no tienen defectos, encontraríamos exactamente las mismas dificultades que sufrimos ahora en la lectura de traducciones y ediciones de las sagradas Escrituras. Luego ya que nos hace falta, ante todas estas dificultades, recurrir a la autoridad de la Iglesia y a su testimonio, como a un ancla sagrada, no tenemos ninguna utilidad menor que si esos libros materiales sagrados y originales se conservaran en el depósito de la Iglesia.
Quizás alguien puede objetar que, si se tuvieran los libros originales en la Iglesia, no habría tanta variedad de opiniones entre los doctores católicos sobre las lecturas diversas en las ediciones de las sagradas Escrituras. Se responde que para los doctores humildes y piadosos ésta no es una gran dificultad ya que en todo lo necesario tanto para la fe como para edificación de la Iglesia, siguen los pasos de los santos Padres y veneran la autoridad de la Iglesia. Incluso, si lo consideras con atención, al superar estas dificultades, los doctores católicos se ejercitan con piedad, aunque para los soberbios haya alguna ocasión de caída76. Y esto no es sorprendente, ya que Cristo ha sido puesto “para ruina y resurrección de muchos, y como signo al que se hará contradicción”77. Según este modo, quiso Cristo que las sagradas Escrituras que dan testimonio sobre Él, sufrieran una contradicción similar y fueran sacudidas de aquí para allá por varias tempestades y vientos de juicios humanos; pero que no perecieran, como tampoco la pequeña nave misma de Cristo, que preside el vicario de Cristo y sucesor de Pedro, nunca se hundirá, aunque esté perturbada entre tanto por varias tempestades. Por lo tanto, saca como consecuencia de lo que se dice en la Teología católica, que la Providencia divina, que ya en el pasado ha conservado las Escrituras sagradas de los profetas en medio de tantos cambios seculares y en las cautividades del pueblo de Israel, incluso cuando habían caído en manos de enemigos, y las ha entregado a la nueva Iglesia; es decir, la misma divina providencia, conserva los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento para utilidad de la Iglesia – por cuanto se ve– por ciertos medios y diligencias humanas, y los conservará hasta el día del juicio. Recuerda que san Agustín, en el libro 18 de De la Ciudad de Dios, capítulo 3878, afirma que él piensa que los profetas en la antigüedad escribieron algunas cosas como hombres, con esfuerzo de historiadores, pero otras como profetas, por inspiración divina; y estas cosas eran tan distintas, que aquellas las escribieron como para que se pensara que habían de atribuírseles a ellos mismos; y éstas últimas a Dios, que hablaba a través de ellos. Esto es lo que dice Agustín. Y este es un testimonio cierto de la divina Providencia, porque las cosas escritas por los profetas con espíritu profético se han conservado, aunque algunas hayan sido ocultadas temporalmente; las que fueron escritas por ellos con espíritu humano, o desaparecieron o han sido eliminados por la autoridad de la Iglesia del catálogo de libros canónicos.
Cuarta conclusión: hablando en absoluto y simplemente, hemos de afirmar de manera necesaria que la Sagrada Escritura se encuentra en la Iglesia de Cristo. Se demuestra en primer lugar por lo de Pablo en la 2ª carta a Timoteo 3: “toda escritura inspirada por Dios es útil, etc.”79, donde Pablo alaba a Timoteo porque desde la infancia conocía las Sagradas Escrituras que le podían instruir para la salvación, y sin embargo es seguro que Timoteo no había leído los códices originales de los Profetas. Igualmente, se prueba porque Cristo dijo a los fariseos y escribas, en Juan 5: “examinad las Escrituras, porque son ellas las que dan testimonio de mí”80. Además, Cristo Señor citaba con frecuencia testimonios de las sagradas Escrituras, cosa que también hicieron los Apóstoles, y sin embargo es seguro que entonces no se conservaban los originales primitivos de las Escrituras. Por lo tanto, basta que se tengan ejemplares auténticos para que, hablando simple y absolutamente, afirmemos que la Sagrada Escritura se encuentra en la Iglesia. Y se confirma por la razón: pues hablando simplemente, afirmamos que tenemos los escritos de Virgilio, Cicerón, y de los santos Padres; luego no es necesario, para decir que tenemos la Sagrada Escritura, que se conserven en la Iglesia los originales primitivos. Digo esto porque no han faltado en nuestros tiempos quienes se hayan atrevido a negar simplemente que tengamos el evangelio de Juan, sino solo un documento en el que estaría el evangelio como en un transcrito, sin darse cuenta de que tales traducciones de las sagradas Escrituras están aprobadas por el uso y la tradición de la Iglesia. De donde se enuncia la:
Quinta conclusión. La Sagrada Escritura se encuentra principalmente en el corazón de la Iglesia, secundariamente en los libros y ediciones81. Se demuestra en primer lugar porque, como dice Jerónimo comentando Gálatas 1, sobre esas palabras: “os hago conocer, hermanos, el evangelio”82: “no pensemos que el evangelio está en las palabras de las Escrituras, sino en el sentido; no en la superficie sino en la médula; no en los folios de discursos sino en la raíz de la razón”83. Luego, se prueba: porque toda cuestión que nace en torno a la diversidad de traducciones o ediciones se lleva, para su resolución, a la autoridad de la Iglesia; luego la Sagrada Escritura debe estar en el corazón de la Iglesia, pues de otra manera no tendríamos una regla segura para discernir cuál es la Escritura sagrada. Y esto se confirma, porque según la fe católica, la Iglesia tiene la autoridad de definir qué libros son canónicos; pero tal autoridad sería vana si no estuviera la Sagrada Escritura en el corazón de la Iglesia para que pueda discernir en qué documentos se encuentra bien traducida; ergo. La segunda parte de esta conclusión es clara, en primer lugar, porque si la Sagrada Escritura no se nos hubiese sido transmitida en libros y ediciones, habría sido escrita en el pasado en vano, ya que no habría dónde la leyéramos. El que, en segundo lugar, esté contenida en esos libros y ediciones, es patente por lo dicho: porque las ediciones y libros se proponen y aprueban por la autoridad de la Iglesia.
Afrontemos ya el punto de esta dificultad: qué ha de decirse sobre la Vulgata latina, que por la autoridad de la Iglesia en el sínodo ecuménico de Trento, sesión 4, se nos presenta como auténtica y que de ningún modo podemos rechazar, con estas palabras: “Establece y declara el sacrosanto sínodo, que esta misma antigua y divulgada (Vulgata) edición, que por el uso de tantos siglos ha sido aprobada en la Iglesia misma, se tenga por auténtica en las lecciones públicas, disputas, predicaciones y exposiciones, y que nadie se atreva a rechazarla por ningún pretexto, o intente hacerlo”84. Tras esta definición del sagrado concilio, tan expresa, no faltan quienes, en la Iglesia Católica, por pretextos varios, quieren corregir esta edición Vulgata en muchos lugares. Si es que se atreven o si presumen, lo dejo al juicio de la Iglesia; yo, en el presente tratado referiré solamente varias sentencias de católicos que, tras esa sagrada definición, todavía en la Iglesia la mantienen y enseñan al pueblo.
La primera sentencia es la de aquellos que, con piadoso y humilde espíritu, entienden así la definición del sagrado Concilio.
Ante todo, dicen que la edición latina Vulgata en ningún lugar está depravada por la ignorancia o por vicio del traductor, sino que absolutamente en todo, incluso mínimo, fue rectamente traducida.
Dicen en segundo lugar que con el nombre de edición Vulgata se ha de entender en nuestros tiempos la que en tiempos de san Jerónimo era usada por los santos Padres latinos; de esto se infiere que puede haber una lectura distinta de la edición Vulgata latina en varios lugares, según la variedad de lectura de los santos Padres.
Dicen en tercer lugar que los libros mismos en los que se contiene la edición Vulgata, han sido corrompidos en algunos lugares, por vicio de los editores o por la malicia de algunos; este error de ningún modo puede achacarse al traductor.
Confirman lo primeramente dicho de esta sentencia, por la forma de la definición del Concilio, en primer lugar, por lo que se dice, que “nadie se atreva a rechazarla, o presuma hacerlo, con cualquier pretexto”85; pero si alguien afirma que por culpa del traductor ha habido error en algún lugar, ya está rechazando por algún pretexto la edición Vulgata, y por tanto se atreve y presume. En segundo lugar, lo demuestran: pues juzgando el sagrado Concilio que podría ser de mucha utilidad para la Iglesia de Dios si de entre todas las ediciones latinas de los libros sagrados que circulan, reconociera que una determinada hubiera que tenerla como auténtica, estableció la definición citada, para que esta antigua y Vulgata edición, etc. Éste es el argumento de ellos: si la edición Vulgata estuviera equivocada en algunos pasajes, parece inútil que el concilio haya establecido y declarado que ha de ser tenida por auténtica.
Pero si alguien responde que es suficiente para lo que el concilio pretende, que en las cosas más relevantes que atañen a la fe y a la moral, ha de tenerse la edición Vulgata por auténtica, de modo tal que no sea lícito rechazarla, replican contra esta solución: en principio el santo sínodo habla en modo absoluto aunque fácilmente hubiera podido añadírsele tal limitación; además, en las disputas públicas, las controversias entre doctores no solamente versan sobre realidades que pertenecen a la fe y a la moral; luego también donde la disputa no sea sobre la fe y la moral ha de ser tenida por auténtica la edición Vulgata. Además, no corresponde a cada individuo el juzgar qué realidad atañe a la fe y a la moral en las Escrituras sagradas; sin embargo, si se abre esta puerta una sola vez, fácilmente uno que sea audaz podrá decir que en muchas cosas se ha equivocado el traductor, porque juzgará que muchas cosas no pertenecen a la fe, y por tanto con ese pretexto cambiará según su parecer la narración de las historias y sus circunstancias que se contienen en las Escrituras, ya que no pertenecen a la fe o a la moral. Además, no parece que haya nada en la Sagrada Escritura que no pertenezca a la fe; luego si en algún pasaje ha errado el traductor de la edición Vulgata, este error ha de ser juzgado como que ha sucedido en cosa perteneciente a la fe.
Se argumenta, y principalmente, en tercer lugar: porque el empeño de los herejes es entregar a los pueblos las ediciones de sus sagradas Escrituras con el pretexto de que la edición latina Vulgata abunda en muchos errores por ignorancia de los traductores. Y si nosotros católicos confesamos una sola vez que hay en ella algunos errores, con facilidad el pueblo que no es especialista aceptará el principio (dogma)86 de los herejes, que se consideran los más expertos en el conocimiento de las lenguas, y por tanto buscará la verdad inmaculada en sus traducciones.
En cuarto lugar se argumenta así: por experiencia está claro que algunos pasajes, que algunos católicos consideran errados por ignorancia del traductor, se explican fácilmente por otros católicos, y se muestra que concuerdan con la lectura hebrea o griega; por lo tanto, si se presentan otros pasajes que los doctores católicos, con esfuerzo y diligencia, todavía no han sabido hacer coincidir con los ejemplares hebreos y griegos, no por eso se ha de condenar inmediatamente la edición Vulgata en tales pasajes; sino que lo más seguro es no precipitarse en la sentencia, confesar la propia ignorancia y venerar sin embargo la edición Vulgata.
En quinto lugar, que los ejemplares griegos, en nuestro tiempo, en muchos aspectos estén viciados, es algo que reconocen los mismos teólogos peritísimos en lengua griega; luego en base a los ejemplares griegos no se puede ahora ya elaborar un argumento seguro para que condenemos la edición Vulgata. Y esto se confirma, pues, aunque los ejemplares hebreos estén menos corrompidos que los griegos, sin embargo, en algunos pasajes están viciados, como no niegan los mismos expertos en lengua hebrea; luego no se extraerá un argumento seguro de los códices hebreos para mostrar que la edición latina Vulgata contiene algunos errores, aunque puedan presentarse algunas razones probables para hacerlo. Pero ante un asunto dudoso, es más seguro estar por la edición latina, que el sagrado sínodo estableció que ha de tenerse por auténtica. Y esto se confirma: si alguien afirmase que los ejemplares griegos y hebreos, en nuestro tiempo, están viciados en varios lugares, incluso si atañen a la fe y a la moral, menos en aquellos lugares en los que concuerdan con la edición latina Vulgata, éste no sería castigado por la Iglesia. Pero quien al contrario dijera que la edición latina Vulgata está equivocada en todos [los lugares], menos en aquellos en los que es conforme con la verdad hebrea (como la llaman), o con los ejemplares griegos, ese tal no solamente sería castigado como audaz y temerario, sino también como sospechoso de herejía. Porque despreciaría el decreto del sagrado sínodo sobre la edición Vulgata en cuanto ha de ser tenida por auténtica, y buscaría una regla más firme para entender las sagradas Escrituras que la autoridad de la Iglesia, que nos dice que la Sagrada Escritura se contiene en esta Vulgata.
Y finalmente se argumenta a favor de esta sentencia: sea así que, en el pasado, el traductor latino se equivocara en algunas cosas; sin embargo la edición Vulgata ha sido corregida ya por el tan largo uso de los siglos por parte de los santos Padres desde tiempos de san Jerónimo, y entregada finalmente a nosotros, corregida y auténtica, por la Iglesia; por tanto tiene la edición Vulgata un testimonio mayor que el del traductor, a saber el testimonio de la Iglesia, que al igual que no puede errar al definir qué libros son canónicos, así tampoco en el definir en qué edición se contienen auténticamente los libros canónicos; si no fuera así aparecería como inútil la autoridad de definir cuáles son los libros canónicos, si no nos los entregara para leer en algún instrumento auténtico. Estos son los argumentos que a favor de esta primera sentencia se pueden aportar.
Sin embargo, hay una segunda sentencia, también de piadosos y católicos teólogos, que concuerdan con facilidad en lo dicho en segundo y tercer lugar de la anterior sentencia. Difiere sin embargo en cuanto a lo dicho en primer lugar, pues afirma esta sentencia que el traductor de la edición latina Vulgata, en algunas cosas que no pertenecen a la fe o a la moral, ha sufrido un engaño. Y así entienden el decreto del sagrado sínodo sobre la edición Vulgata, la cual ciertamente ha de ser tenida por auténtica en cuestiones pertenecientes a la fe y la moral. Pero entre los que afirman esta sentencia se encuentra esta variante, que algunos dicen que hay muchos pasajes, y otros que pocos, en los que piensan que se comprueba que el traductor latino se ha equivocado. Sería largo enumerar ahora estos lugares. Expondré a modo de ejemplo uno u otro. En Isaías 19 leemos: “Y no necesitará Egipto que haga cabeza y cola que se curva y refrena”87; y además en Isaías, capítulo 9, leemos “despejará de Israel la cabeza y la cola que se curva y deprava”88. En estos textos, en el texto hebreo, donde en la edición latina se lee refrenantem, y donde se lee depravantem, se encuentra la misma dicción, a saber, ,אגמןagmon, que por ningún motivo puede significar refrenantem. Esto, el mismo san Jerónimo, que había hecho la traducción latina de Isaías muchos años antes, lo advierte en los Comentarios a Isaías, capítulo 19, y confiesa que en este lugar se había equivocado al traducir “que refrena”; pues lo dice de este modo: “en aquello que tradujimos que se curva y que refrena, podemos decir curvado y que tiende a la lascivia, de manera que entendamos anciano y joven. Nosotros sin embargo la palabra hebrea agmon, al traducir con rapidez lo que está escrito, dijimos que refrena, engañados por la ambigüedad”89. Esto dice Jerónimo. He aquí, por tanto, en la edición Vulgata, un lugar equivocado por la negligencia del traductor, si bien el mismo traductor confiesa que se equivocó. Por una razón similar podrá haber también otros lugares equivocados por la negligencia del traductor. Sé que algunos resuelven este argumento diciendo que san Jerónimo erró en los comentarios al decir que él se había equivocado en la traducción. Así lo dice León de Castro en el prólogo a Isaías, capítulo 1090. Y se confirma por san Agustín en el libro 11 de Contra Faustum, capítulo 591, donde dice que en la Sagrada Escritura no se puede decir que el autor de este libro no observó la verdad, sino que, o el códice es engañoso, o que se equivocó el traductor, o que tú no lo entiendes. Y el mismo Agustín en la Carta 19 a Jerónimo dice: “He aprendido a tener este temor y dar este honor solo a los libros de las Escrituras que se llaman canónicos: que crea con toda firmeza que ninguno de sus autores erró en algo al escribirlos. Y si tropezara contra algo en esas escrituras que parece contrario a la verdad, no es nada más que, o el códice es engañoso, o el traductor no ha seguido lo que está escrito, o no dudaré en que yo no lo he entendido mínimamente”92. Esto es lo que dice Agustín. Por tanto, opina que el traductor de las sagradas Escrituras pudo equivocarse. Además, san Jerónimo testimonia con frecuencia que corrigió la edición de los Setenta traductores, como dice él mismo en la Apología contra Rufino93 y en los Comentarios de Isaías a los capítulos 2 y 894 y sobre el capítulo 17 de Jeremías95, y sin embargo desde hace mucho tiempo la edición de los Setenta traductores ha sido tenida por la Iglesia en gran honor; luego consta que la integridad de las sagradas Escrituras ha de buscarse en otro lugar distinto de la autoridad infalible de los traductores, a no ser que quieras decir que antaño la Iglesia no tuvo la integridad de las sagradas Escrituras. Además esto se confirma por Juan Driedo, en el libro 1, capítulo 1 de De las Escrituras de la Iglesia y los dogmas96, donde dice que la edición de la Sagrada Escritura es aprobada por el uso de la Iglesia, y que no pertenece a la Iglesia el decretar que, con tanto acierto todo ha sido vertido por el traductor, que nada pueda o deba dejar de desear; pero los misterios de la religión y los consejos de la voluntad divina, en los que se mueve el eje de toda la Escritura, fueron traducidos de tal manera que nada de lo que atañe a la constitución de la fe, a afirmar la religión, a alimentar la piedad y a informar las costumbres, fuese dejado por fraude del traductor, o fuera dejado de lado por no sabido.
Hay otro ejemplo en el Salmo 131, donde en la edición Vulgata se lee: “bendiciendo bendeciré a su viuda”97: dicen varones peritísimos y muy diligentes que está equivocado por el traductor latino, a causa de una corrupción en el ejemplar griego, donde estaba escrito χήραν, giran, esto es “viuda”, cuando habría que leer θήραν, thiran, es decir “caza” o “alimento”. Que las cosas estén así lo demuestran por la palabra hebrea ,צידהlo que de ninguna manera significa “viuda”98. Y nadie puede alegar que este error fue del escritor o del impresor del libro latino, porque ya hace tiempo este error fue señalado por san Jerónimo, como es patente por el Comentario a este Salmo99, y en su librito Sobre las cuestiones o tradiciones hebreas sobre el Génesis, poco antes del final100. Esto también lo observó Faber Stapulensis101, comentando el mismo versículo, en el Pentaplon102. También Jansenio103, varón doctísimo y muy piadoso que estuvo presente en el concilio de Trento, observa lo mismo en sus Comentarios a los Salmos104, y también Genebrardo105, que escribió después del concilio tridentino106. Podrían aducirse muchos testimonios tomados de los Salmos, como aquel del Salmo 109: “contigo el principio”107, donde se advierte que la palabra griega ἀρχὴ, archi, es equívoca, pues significa “principio” y “principado”. Pero en este lugar los Setenta tradujeron óptimamente la palabra hebrea ,נדבתnedabot, porque nedabot equivale a “principado”; pero luego el traductor latino tradujo la equívoca palabra griega ἀρχὴ, archi, en el otro sentido, y dijo “contigo el principio”. Esta traducción no era congruente con la verdad hebrea. Anteriormente el traductor cometió un error igual cuando el traductor latino del Salmo 16 interpretó “se saturaron con puercos, etc.”, y así se cantaba en la Iglesia hasta que lo corrigió san Jerónimo: “se saturaron con hijos”108. Esto sucedió por la equivocidad del genitivo griego yon, que es común a “hijos” y “puercos”. Jansenio109 y Genebrardo110 piensan que pasó esto mismo en el Salmo 33, donde en la edición Vulgata dice: “el ángel del Señor introducirá”, cuando tendría que decir “el ángel del Señor formará un campamento”111, pues la palabra griega παρεμβαλεῖ, parembali, es equívoca, pero allí se toma con el significado que es conforme con la palabra hebrea, que puesta en ese lugar significa “formar un campamento”. Está también un texto famoso, Génesis 47, donde al final del capítulo se dice: “Adoró Israel al Señor vuelto hacia la cabeza de la cama”112; los Setenta traductores leen: “adoró Israel sobre la punta de su vara”. Y para nosotros es cierto que está mejor en la edición Vulgata, “vuelto hacia la cabeza de su cama”; pero cuando leemos en la carta del Apóstol a los Hebreos 11: “por la fe, Jacob cuando estaba muriendo bendijo a cada uno de sus hijos de José, y adoró la cima de su vara”113, quedamos perplejos, porque ambas ediciones son de la Vulgata latina, y se nos obliga a afirmar que en alguno de los dos textos el traductor latino no tradujo bien. Por lo tanto, suponemos que el Apóstol escribió esa epístola en hebreo. Por esto, los varones católicos más piadosos y diligentes dicen que en ese pasaje del Génesis se tradujo bien, pero en el pasaje de la epístola a los Hebreos hubo una equivocación en el traductor griego y luego en el latino. Razón de este error pudo ser que la palabra hebrea ,המטהhamitah, o mitah, que es lo mismo, con las mismas letras, pero distintos ápices significa “lecho” y “vara”, como está claro en el Salmo 109, donde leemos “la vara de tu virtud”114, y se tiene ,מטהmateh, que es “vara”. Que esto es así lo muestra Aloisio Lyppoman115 comentando este pasaje del Génesis116.
Léase también a Sixto de Siena, al final del libro octavo de la Biblioteca Santa, donde después de haber defendido de modo egregio la edición latina Vulgata, dice esto al final del libro: “sobre los errores que señaló Jerónimo en la antigua traducción, y que los más modernos igualmente han anotado en esta nueva edición, confesamos con sinceridad que también nosotros hemos encontrado muchos errores corregidos por Jerónimo en la antigua traducción, e igualmente en esta nuestra nueva edición, algunos errores, solecismos, barbarismos, hipérbatos, y muchas palabras traducidas de modo poco adecuado y expresadas de manera menos latina, interpretadas de manera oscura y ambigua; e igualmente algunas añadidas, otras omitidas, algunas transpuestas, cambiadas y corrompidas por vicio de los escritores, que Sanctes Pagnino, Tomás Cayetano117, Francisco Foreiro118 y Jerónimo Oleastro119, varones eruditísimos de la orden de santo Domingo, lo indicaron en sus interpretaciones y explicaciones. De ellos sin embargo no se sigue que la Iglesia hasta hoy no haya tenido una edición verdadera, sincera, íntegra y fiel del Nuevo Testamento, pues aunque en ella se encuentran tales errores, es seguro que ni en la antigua ni en la nueva edición se haya encontrado algo que se desvíe de la verdad de la fe cristiana, o que sea falso, o engañoso, o contrario a los dogmas y reglas ortodoxas, o añadido al margen de la verdad, o cambiado contra la verdad, u omitido en perjuicio de la verdad, o corrompido en manera tal que dé ocasión de errar perniciosamente o que ofrezca materia y estímulo para herejías o malos dogmas, o que esté traducido de manera tan oscura y ambigua que oculte los misterios de nuestra fe, o no explique suficientemente y cuanto basta para la salvación. San Jerónimo manifestó que había dejado a propósito estos errores, equivocaciones o depravaciones en la antigua edición del Nuevo Testamento, e igualmente la Iglesia ex professo los dejó en la nueva edición, no porque tantos eruditísimos y santísimos Padres de la Iglesia no reconocieran tales errores, o los aprobaran, sino porque se veían impelidos a disimularlos por justas causas. En primer lugar, porque se daban cuenta de que por tan leves errores no iba a venir ningún peligro para la fe y las costumbres; luego, para que los fieles, cuyos oídos desde la infancia habían escuchado esa edición, no se alarmaran por la novedad de una inoportuna y demasiado exacta corrección; finalmente, para que veneraran esa vieja edición que había educado en la fe a la Iglesia naciente, y había robustecido a la Iglesia en su crecimiento y en su camino, y que honraran con su aprobación como santa y venerable la sencillez del antiguo traductor, que buscó, no el ornato del discurso, sino la verdad de la historia, y que siguieran los pasos de sus mayores que, llevados por una cierta piedad, toleraron tales errores a ejemplo de los santos Apóstoles que, aunque sabían que la traducción de los Setenta traductores exageraba en muchos aspectos y fallaba en muchos [otros], sin embargo no la despreciaron sino que la predicaron en todas partes, y a partir de ella echaron los cimientos de nuestra fe. Es por tanto temerario, incluso directamente herético, despreciarla y desecharla a causa de algunos leves defectos que en nuestra edición Vulgata se encuentran sin que haya detrimento alguno de la fe o de las costumbres; e introducir en su lugar traducciones nuevas y profanas de herejes, sobre todo después del decreto del concilio ecuménico tridentino”120. Esto es lo que dice Sixto de Siena.
Con esta sentencia concuerdan además muchos otros de entre los teólogos recientes. Y omitiendo los que todavía no han mandado sus escritos a la imprenta, mencionaré algunos de los nuestros121 que de alguna manera se inclinan hacia esta opinión. Entre ellos se encuentra el Maestro Cano, insigne defensor de la edición Vulgata, que en el libro 2 de De los lugares, capítulo 13, justo al principio, afirma en la primera conclusión que la edición Vulgata ha de ser conservada por los fieles en todo lo que atañe a la fe y a la moral122. Y en la cuarta conclusión dice que los ejemplares latinos, en lo que se refería a la fe y a las costumbres, no han de ser corregidos por los hebreos y griegos, insinuando con certeza que a veces es lícito hacerlo en otros [ejemplares]. Pero más adelante, en el capítulo 15123, mostrando cuánta utilidad puede aportar el conocimiento de las lenguas hebrea y griega a los teólogos, señala entre otras esta razón: porque algunos pasajes son oscuros en la edición latina, y no pueden explicarse sin el conocimiento de las lenguas; aporta algunos ejemplos de esto en la sexta y séptima utilidad [de las que él señala]124; finalmente, en el capítulo 18125, confiesa que el traductor latino fue falso cuando tradujo en el capítulo 15 de Marcos: “era la hora tercia”126, porque tenía un ejemplar griego viciado, aunque por negligencia de los libreros que escribieron el signo del número ternario en vez del senario. Igualmente, por eso piensa que el traductor latino (aunque sin culpa) erró en este punto. Y poco más adelante, en el mismo capítulo127, dice: nadie debe provocarnos una tragedia porque hemos dicho que nuestra edición es imperfecta en algunos lugares, pues pueden traerse a colación algunas palabras hebreas, que el mismo Jerónimo confiesa en sus comentarios que hubiera podido traducir mejor y con mayor significado; incluso allí mismo presenta ese testimonio de Isaías, en el capítulo 19128 del que hemos hecho mención, donde se lee curvada y que frena; y dice que ni el sentido ni las palabras hebreas admiten que aceptemos que frena; así, admite por tanto que la edición Vulgata latina está viciada en algún lugar por negligencia del traductor.
Traigo también a colación una afirmación del doctísimo maestro fray Bartolomé de Medina, que fue en el pasado condiscípulo mío129. Este, habiendo abrazado hace más de diez años la primera sentencia acerca de la total incorrupción de la edición Vulgata y reprendiera a los que opinaban lo contrario con piadoso celo, quizás excesivo, más adelante en cambio, habiendo meditado con mayor atención esta dificultad, escribió en el comentario a la tercera parte de santo Tomás, cuestión 10, artículo 2, tratando de la solución a la primera objeción130 y presentando la exposición de Ambrosio en el libro 5 de De fide131, y de san Jerónimo en el comentario a Mateo, capítulo 24, que afirmaban que cuando se dice en Marcos: “sobre aquel día, nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo”132, esa expresión “ni el Hijo”, fue añadida por los arrianos. Presentando también la sentencia del maestro Soto en el Comentario al cuarto libro de Sentencias, distinción 43, cuestión 2, artículo 2, hacia el final133, que dice que es herético afirmar que esa expresión no forma parte del texto, añade: “pero esta censura es amarga, pues la edición Vulgata está aprobada por el Concilio tridentino en los pasajes que, según lo que dicen los Padres, no están viciados, y este pasaje sin embargo, según sentencia de los Padres, está viciado”134. Esto es lo que él dice.
Se añade además la autoridad de cierto varón moderno, insigne doctor en sagrada Teología, el señor Diogo Andrada de Paiva135, portugués, en el libro cuyo título es Defensa de la fe católica tridentina, que en el libro 4 de esta obra, defendiendo la edición Vulgata, no niega sin embargo que, en algunos pasajes, la edición latina Vulgata contiene algunos errores136.
También Lindano137, que con razón atribuye mucha autoridad a la edición Vulgata, pero abiertamente, en el libro 2 Sobre la mejor manera de traducir, capítulo 12, y en el libro 13, capítulos 1, 10, 11 y 12138, copia varios pasajes de la edición Vulgata, y los corrige.
Podría recordar muchos otros varones católicos y doctísimos, y que conozco por haberles visto, que mucho se inclinan por esta sentencia, esperando con la mayor modestia el juicio de la Iglesia Católica. Incluso, si este asunto hubiera que definirlo con la sola razón, están persuadidos de que en nuestra edición latina Vulgata hay algunos pasajes equivocados por inadvertencia del traductor, pues nadie duda de que, por vicio de los impresores que sacaron la edición latina de las prensas, hay algunos errores. Por otra parte, un moderno y diligente teólogo de nombre Francisco Lucas Brugensis139 recogió de la misma edición Vulgata, con diligencia, no menos de seiscientos treinta y una lecturas distintas. Sus anotaciones se contienen en la gran Biblia del diligentísimo Plantini140, al final del libro141.
Y no le falta a esta segunda sentencia su razón, bastante probable, pues piensan que ellos no favorecen a los herejes, sino que más bien les contradicen verdadera y fuertemente, y piensan que lo hacen con mayor prudencia y eficacia que los seguidores de la primera sentencia. Y esta es la razón: porque, como elaboran [los herejes] argumentos dificilísimos de resolver, y que parecen convencer de modo humano de que hay algunos errores en la edición Vulgata que no son de gran importancia, si negáramos estos mismos errores, quizás los herejes nos argüirían de ignorancia o de arrogancia, y nos difamarán ante los suyos y pensarán que las restantes cosas, de mucho peso, que pertenecen a la fe o a las costumbres, que ellos pretenden que están equivocadas en la edición Vulgata, nosotros las defendemos con similar arrogancia, con los ojos cerrados. Y este razonamiento suyo se puede confirmar con una semejanza: porque entre teólogos la sentencia más común y probable es que el Romano Pontífice, en cuanto persona particular, puede errar en la fe. Aunque algunos, como es el caso de Alberto Pighio Campense142 en el libro 4 Sobre la Jerarquía eclesiástica, capítulos 6143 y 8144, por una cierta piedad (no sé si según ciencia) tomó la defensa de esta causa: que ningún Sumo Pontífice hasta ahora ha errado o puede errar. La razón por la que se estima que la primera sentencia es más probable y segura es esta: porque no queremos que la infalibilidad de la sede Apostólica dependa de la fe de alguna persona particular, sobre todo porque ha sido testificada la experiencia de que uno u otro sumo Pontífice, en cuanto persona particular, ha fallado en la fe; lo cual se demuestra con tan importantes argumentos que no pueda defenderse lo contrario sin una cierta temeridad. De esta manera piensan que defienden de un modo más piadoso y seguro la autoridad de la edición Vulgata los que confiesan con sencillez algunos pequeñísimos errores en ella, que son corregibles por la autoridad de la sede Apostólica; y del mismo modo que la autoridad infalible de la sede Apostólica no depende de la fe de un hombre particular que ha resultado ser romano Pontífice, sino que depende de la asistencia del Espíritu Santo, que permite que quien desempeña el oficio de sumo Pontífice nunca pueda errar en asuntos de fe; así también la autoridad infalible de la Sagrada Escritura en todo, y la verdad completamente íntegra en todas las cosas, no depende de una completa incorruptibilidad de alguna edición, sino que su completa incorruptibilidad se conserva en el corazón de la Iglesia, de modo tal que, cuando es necesario, provee de manera oportuna, corrige y enmienda los códices mismos.
Pero pongamos fin de una vez al discurso sobre tan importantísima dificultad. Si me preguntas ¿cuál de estas opiniones me parece a mí más probable?
Se enuncia una sexta conclusión. En cuestión tan importante hay que atender a la censura de la Iglesia católica, por lo que no me atrevo, ni debo hacerlo, adelantar el juicio de la Iglesia con mi sentencia; sé ciertamente qué respondería si fuera interrogado por la Iglesia, pero me contengo, mientras tanto, con un silencio piadoso y justo. Solamente diría una única cosa: que deseo con vehemencia que esta disputa entre piadosos teólogos se decida y arregle por la autoridad del sumo Pontífice; en caso contrario, si esta disparidad entre teólogos es permitida por la Iglesia, prudente y sabia, es como si la Iglesia dijera que cada cual permanezca en su opinión, con tal de que se defienda la verdad de la fe y la autoridad de la Iglesia católica.
Séptima conclusión: es temerario querer corregir la edición Vulgata con propia y privada autoridad, no solo en aquellos pasajes en los que se piensa que ha habido algún error por inadvertencia del traductor, sino también en los pasajes en que se cree que se ha cometido un error por vicio de los escritores de la edición latina, con tal de que sean antiguos y que generalmente se lean y se canten en la Iglesia; como, por ejemplo, lo que se lee en el Salmo 41: “tuvo sed mi alma de Dios, fuente viva”145, se piensa por parte de varones doctos, peritos en lengua griega y hebrea, que se ha de leer “tuvo sed mi alma de Dios, fuente viva”; y a mi juicio razonablemente se ha de leer “fuerte”. Sin embargo, si alguien por autoridad privada, enmendara los libros, y de repente oyéramos en el canto de la Iglesia: “Tuvo sed mi alma de Dios fuerte”, con razón todos nos sorprenderíamos y juzgaríamos como temerario a quien hiciera tal corrección, y se le diría: “¿tú quién eres, que juzgas a un siervo que no es tuyo?; él está o cae para su dueño”. Pues, aunque es lícito estar de acuerdo con una minoría, sin embargo, a veces es necesario hablar como la mayoría. Tal audacia no me parece distinta a la de un empleado de la corte que se acercara a la cabeza de la reina, que está poco arreglada y adornada, para arreglarla con su propia mano, mientras está en la corte con sus doncellas; éste, a no ser que esté fuera de su juicio, sería castigado por lo menos con la pena capital. De ahí que, si a cualquiera, por docto que sea, le estuviera permitido el corregir tales erratas, en breve tiempo habría tanta variedad de lecturas cuanto es el ingenio de los hombres, de manera que parecería la confusión de lenguas de Babel146. Es necesario por tanto que todos honremos a Dios y al Padre con una única boca y un único corazón, y que todos digamos lo mismo y no haya entre nosotros cismas, que esperemos el juicio y la orden de la Iglesia para que la edición Vulgata, que es instrumento de unidad, sea corregida donde está equivocada; y así se ponga de manifiesto lo que hemos dicho en la quinta conclusión: que la Sagrada Escritura está en la Iglesia, de por sí, en primer lugar y principalmente, en su corazón, y secundariamente e instrumentalmente en las ediciones; en investigar éstas se ejercitan piadosamente los doctores humildes, y se esfuerzan en doblegar las dificultades con el mayor empeño; los soberbios y los charlatanes en cambio, sean abandonados para que tropiecen y se den de bruces con el justo juicio de Dios.
Por fin, ahora no es difícil, a los seguidores de esta última sentencia, responder a los seguidores de la primera, a los que parece que esta última sentencia les aprieta demasiado y les condena.
A lo primero, a partir de la forma de la definición del concilio, responden que la edición Vulgata ha sido aprobada por la Iglesia como auténtica en razón de la edición, pero de modo tal que no se excluyan las consideraciones y observaciones de los santos y doctores de la Iglesia sobre ella; por ellas ha sucedido que ya no esté sometida a tantas tempestades y borrascas, y que no esté perturbada, como estaba antiguamente, en los tiempos de san Jerónimo. Ahora ya, en nuestros tiempos, gozamos de la máxima tranquilidad, incluso si a veces se levantan algunos pequeños vientos, de manera que los doctores de la Iglesia no se dediquen completamente a bostezar en cuanto al estudio de las sagradas Escrituras. Y por esto, resulta patente la respuesta al segundo argumento.
En cuanto a la réplica que allí mismo se hizo, responden que cuando se encuentre la distinción entre qué pertenece a la moralidad y qué no, se ha de esperar al juicio de la Iglesia; entretanto, ejercítense los doctores de la Iglesia con piedad y humildad.
Sobre el tercer argumento, ya se dijo que, por este camino, más bien se resuelven los perniciosos argumentos de los herejes.
Al cuarto argumento, se responde que no es lícito, sin una gran autoridad y razón, decir que la edición Vulgata está equivocada, incluso en cosas de poca importancia.
Al quinto argumento, incluso si confiesan que los ejemplares griegos están viciados en muchos pasajes, sin embargo, en otros consta con una razón segura, que son íntegros, y se confirma con la autoridad de los Padres. Por lo cual, en base a esos pasajes incorruptos se entienden mejor algunas cosas en nuestra edición Vulgata, o con certeza pueden ser corregidos por la Iglesia.
A lo que se presenta como confirmación, son muchos los varones doctísimos que toman sobre sí la tarea de defender la integridad de los ejemplares hebreos con muchas razones y testimonios, aunque reconocen con franqueza que hay algunos, poquísimos, pasajes equivocados, no tanto por malicia de los judíos cuanto por la dejadez humana. Consúltese sobre esto a Andrada de Paiva en el lugar citado antes147. Yo mismo, después de que desde hace ocho años me he dedicado cuanto basta a la lengua hebrea, de tal manera que los seguidores de los rabinos no me puedan engañar o despreciar como ignorante148, aunque en otro tiempo haya opinado que los ejemplares hebreos están corrompidos no menos que los griegos, ahora en cambio, convencido por la experiencia misma, pienso que están incorruptos, salvo en algunos pocos pasajes, por negligencia más que por malicia de los judíos. Me sería fácil aportar muchos argumentos sobre esto, si no tuviera miedo de ir más allá del oficio de doctor escolástico.
Consúltese sin embargo a Sixto de Siena, a quien hemos citado antes149, y a Diogo Andrada de Paiva, en el lugar dicho antes150.
Se responde a lo presentado en segundo lugar como confirmación, que quienes afirmen que los ejemplares hebreos están tan corrompidos que no son de utilidad alguna, ese tal no ofrece a la Iglesia una obra piadosa para la conversión de los judíos, a los que convencemos que están equivocados por sus libros. Además, si los ejemplares hebreos están incorruptos en todo aquello en que concuerdan con la edición latina Vulgata, estarán viciados en pocos pasajes, salvo quizás en los Salmos, en los que la edición latina sigue la traducción de los Setenta traductores, que fue ya corregida por las enmiendas de san Jerónimo, y que quizás puede ser corregida por la Iglesia en otros lugares.
Al último argumento, yo por mi parte respondo que la edición Vulgata latina es de mayor autoridad por el hecho de que la Iglesia la ha aprobado como auténtica, más que porque el traductor latino tuviera un espíritu casi profético, como dicen. Y baste lo dicho hasta aquí –bajo la censura de la sacrosanta madre Iglesia– sobre esta importantísima cuestión.
Sobre los argumentos propuestos al inicio de esta duda, la respuesta es patente por lo ya dicho.
Podría alguien aquí disputar sobre cuáles son los libros canónicos. Pero sobre esto, consúltese a mi maestro y preceptor Cano, en el libro 2 de Sobre los lugares [teológicos], capítulo 9151, y a Driedo, en el libro 1 de Sobre los dogmas eclesiásticos, desde el principio152; y a Sixto de Siena, en el libro 1 de la Biblioteca Santa, a lo largo de toda la obra153. A nosotros nos basta ahora abrazar lo decretado por el concilio tridentino, que se contiene en el decreto de la sesión tercera154. Sobre este asunto volveremos a tratar en nuestros comentarios a la II-II, cuestión 1, artículo 10, cuando disputemos si en la Iglesia hay potestad de definir cuáles son los libros canónicos155.