Scholastica commentaria in Primam Partem Summae Theologicae
Domingo Báñez (1528–1604)
First published 1584
Dominicus Báñez, O.P.'s Scholastica commentaria in primam partem Summae Theologiae is a Salamanca-school commentary on the opening part of Aquinas's Summa. The first printing appeared at Salamanca in 1584, after Báñez's teaching at the Dominican studium and University of Salamanca; later editions and editorial continuations helped make the work a major witness to late sixteenth-century Thomism. Its close exegesis of Aquinas intersects the debates over divine grace, human freedom, predestination, and physical premotion that defined the de auxiliis controversy. Schola presents the Latin text from a 1934 Urbano edition; the catalogue's 1584 year identifies the original work, not the modern reprint.
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Prologus auctoris ad lectorem
In D. Thomae prooemium meditatio
Quaestio I: De sacra doctrina, qualis sit et ad quae se extendat
Articulus I: Si es necesario que además de la Filosofía haya otra doctrina
Comentario
Duda 1ª: Si es necesaria para la salvación una doctrina revelada
Duda 2ª: Si es necesaria la revelación en cuanto a las verdades naturales
Articulus II: Si la Sagrada doctrina es ciencia
Commentarium
La principal duda se refiere a la primera conclusión, es decir, si la Sagrada doctrina es verdadera y propiamente una ciencia.
Primera conclusión (texto latino sin traducción española)
Duda 1ª (continuación)
Duda 2ª: Si la Teología es una ciencia subalternada a la ciencia divina y a la de los bienaventurados
Duda 3ª: Si la Teología permanece en el cielo
Articulus III: Si la Sagrada doctrina es una única ciencia
Comentario
Duda 1ª: Si la revelación divina es la razón formal de la unidad
Duda 1ª (continuación)
Articulus IV: Si la Sagrada doctrina es ciencia práctica
Comentario
Duda 1ª: Objeciones
Duda 1ª: Comentario
Duda 1ª: Respuestas
Articulus V: Si la sagrada doctrina es más digna que las otras ciencias
Comentario
Dubium 1 (textus Latinus sine versione Hispanica)
Duda 1ª: Si la sagrada doctrina es la más cierta de todas las ciencias
Articulus VI: Utrum haec doctrina sit sapientia
Commentarium
Duda 1ª: Si la sagrada doctrina en grado máximo es sabiduría entre todas las sabidurías humanas
Articulus VII: Utrum Deus sit subiectum huius scientiae
Comentario
Duda 1ª: Si Dios es el sujeto de esta ciencia
Texto de san Agustín
Articulus VIII: Utrum sacra doctrina sit argumentativa
Comentario
Duda 1ª: Si la Teología es una ciencia argumentativa
Duda 2ª: si la sagrada doctrina no argumenta para probar sus principios
Duda 3ª: Si la sagrada Escritura está inspirada por Espíritu Santo
En tercer lugar, se plantea la duda, en el orden de los comentarios a este artículo, de qué es la sagrada Escritura, si ha sido escrita por el Espíritu Santo, que inspiraba y dictaba las palabras. Y he aquí que ya hemos empezado a ejercitar lo que se dijo sobre la sagrada Teología: que le pertenece explicar sus principios, de entre los que uno es que la sagrada Escritura es infalible, la cual ha sido escrita por hombres por revelación de Dios; y sin embargo es muy útil proponer una definición de sagrada Escritura y dilucidarla. Para proceder según nuestro modo, se arguye a favor de la respuesta negativa con los argumentos de aquellos que, como testifica Jerónimo en el Proemio del Comentario a la epístola a Filemón, han opinado que no siempre los escritores sagrados han escrito por inspiración de Dios1.
El primer argumento es este: la debilidad humana no puede soportar por mucho tiempo la supereminente iluminación del Espíritu Santo; pero tales autores escribieron muchas cosas, en las que consumían mucho tiempo; luego no es verosímil que fueran continuamente movidos por el Espíritu Santo. Y esto se confirma: porque en las sagradas Escrituras se contienen muchas cosas que por su insignificancia parecen indignas de que fueran dictadas por el Espíritu Santo, como por ejemplo que un perro siguió al joven Tobías en su peregrinación (Tobías 6)2; igualmente lo que en la segunda carta a Timoteo, capítulo 4, dice el Apóstol: “al venir trae contigo la capa que dejé en Tróade en casa de Carpo”3; y allí mismo: “solo Lucas está conmigo”4; y en otro lugar, en la primera carta a Timoteo 5: “toma un poco de vino por tu estómago y por tus frecuentes enfermedades”5; y muchas otras cosas semejantes, que parecen indignas para que se crea que han sido escritas por un auxilio especial de Dios.
En segundo lugar, se argumenta: dichos autores escribieron muchas cosas de las que ellos mismos fueron testigos de vista; luego para escribir tales cosas no era necesaria la inspiración divina. El antecedente es patente, pues san Juan dice en el capítulo 19: “inmediatamente salió sangre y agua, y quien lo vio da testimonio”6; y escribió muchas otras cosas que él mismo oyó a Cristo con sus propios oídos y vio con sus propios ojos; luego la iluminación del Espíritu Santo le era superflua para tales cosas. Y Moisés escribió muchas cosas sobre el éxodo de Israel de Egipto de las que él fue testigo ocular. Y se confirma esto por lo que dice Lucas en el capítulo primero: “me ha parecido, una vez investigado todo desde el principio, escribirte, óptimo Teófilo, con cuidado y por orden”7; luego el evangelio de Lucas fue escrito, no por inspiración y dictado por el Espíritu Santo, sino (como dice él mismo “como nos transmitieron los que desde el inicio vieron ellos mismos y fueron los ministros de la palabra”8) por tradición humana. Y Marcos también, según el testimonio de Jerónimo en el catálogo de los escritores eclesiásticos, escribió el evangelio tal como lo había oído a Pedro que hablaba9. Luego no lo escribió inspirándole Dios, y dictándole las palabras.
Se argumenta en tercer lugar: si la sagrada Escritura entera ha sido escrita por el Espíritu Santo que inspira y dicta las palabras, sería único y semejante el estilo del lenguaje según la materia de que se trata, del mismo modo que el estilo de Cicerón se reconoce en todas partes; sin embargo, vemos en las sagradas Escrituras la mayor diferencia de dicción según la característica del ingenio y de la lengua de cada escritor. Esto es lo que observó Jerónimo, comentando a Isaías10, notando que Isaías, ya que era de estirpe regia, habló de manera más elegante que los demás profetas; luego es señal de que los escritores sagrados mismos componían al menos las palabras con sus propios recursos.
En cuarto lugar, se argumenta así: los autores del Nuevo Testamento, al citar textos del Antiguo no los traen con las mismas palabras con las que fueron escritas, sino que, conservando la verdad de la frase, usan otras palabras; luego es signo de que en la composición de las palabras cada cual usa de sus recursos propios. El antecedente se demuestra a partir de Jerónimo, en el Comentario a Isaías, capítulo 7, donde dice que en muchos textos que los Apóstoles y los Evangelistas tomaron de los libros antiguos, no siguieron el orden de las palabras, sino el sentido11; como testimonio de esto aduce aquello de Isaías, capítulo 7: “He aquí que una virgen concebirá y dará a luz a un hijo”12; citándolo, Mateo dijo en el capítulo 1: “He aquí que una virgen tendrá en el útero y dará a luz a un hijo”13; y donde se decía “se llamará”, Mateo puso “pondrán el nombre”14. Esto mismo dice Eutimio en el Comentario a Mateo, capítulo 315, y aduce un ejemplo tomado del capítulo 9 de Isaías16, que cita Mateo en el 4: “Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles; el pueblo que caminaba en tinieblas y vio una gran luz, etc.”17. Y sin embargo en Isaías no se había escrito con las mismas palabras. También enseña lo mismo Jerónimo en el Comentario a Amós, capítulo 518, y a la carta a los Efesios, capítulo 5, donde el Apóstol, citando aquello del Génesis: “Por esto dejará el hombre al padre y a la madre”19, no usa las mismas palabras. Todo esto se confirma así: porque los mismos evangelistas, al narrar la misma historia, no emplean las mismas palabras y circunstancias.
En quinto lugar, se argumenta así: porque el Apóstol en la 1ª carta a los Corintios 12, dice: “a los demás yo les digo, no el Señor”20; si escribiera todo por revelación del Espíritu Santo, no hubiera dicho: “yo digo, no el Señor”, sino que más bien como decían los profetas: “Esto dice el Señor”. Y se confirma por san Basilio en el libro 5 de Contra Eunomio, capítulo penúltimo21, donde entre otras cosas enseña que el Espíritu no dice, a veces cosas suyas, a veces cosas que son de Dios, sino que todas las palabras del Espíritu son palabras de Dios; sin embargo, Moisés, y Pablo, y otros Profetas a veces dicen cosas que son de Dios, y a veces suyas. También Orígenes en la homilía 16 Sobre los Números22 dice que el discurso de Jonás a los ninivitas fue proferido más por Jonás que por Dios. Por Moisés Dios ha dicho muchas cosas, pero también Moisés mandó algunas cosas por su autoridad propia, y Ambrosio en el libro 8 del Comentario a Lucas, capítulo 1623, comentando aquello de “por la dureza de vuestro corazón”24, dice: “lo que ha sido escrito por la fragilidad humana, no ha sido escrito por Dios”, y aporta el ejemplo tomado del Apóstol en la 1ª carta a los Corintios, 12, donde dice: “mando no yo, sino el Señor, que la mujer no se aparte del marido”25; y poco más adelante dice: “a los demás digo yo, no el Señor”26. Aquí, dice Ambrosio que el Apóstol negó que sea ley divina el que cualquier matrimonio se disuelva; y esto mismo se confirma por la segunda carta a los Corintios 11, donde dice el Apóstol: “en aquello en que alguien se atreva, lo digo con insensatez, me atrevo también yo: son ministros de Cristo, lo digo como menos sabio, yo lo soy más”27. Pero las palabras del Espíritu Santo no pueden decirse con insensatez; luego el Apóstol habló allí con espíritu humano.
Por último, se argumenta así: si todo lo que el Apóstol escribió existe por revelación divina, se sigue que el sumo Pontífice no pueda dispensar que un bígamo sea hecho Obispo, porque Pablo dice: “sea marido de una sola mujer”28.
Por estos y por argumentos similares, no faltaron en el pasado quienes han seguido la opinión negativa, entre los que se cuenta a Erasmo en sus anotaciones sobre Mateo, capítulo 229, y sobre el capítulo 1 de Marcos30.
Para el establecimiento de la verdad se ha de advertir que cuando se dice que alguna escritura ha sido escrita por inspiración de Dios, esto se puede entender de tres modos. De un primer modo, porque las cosas mismas sobre las que se ha de escribir eran ocultas al escritor, y se le hacen manifiestas por revelación de Dios, según aquello del Salmo 50: “me has manifestado lo incierto y oculto”31. De otra manera porque lo que se escribe era ciertamente conocido por el escritor, pero el que aplicara el ánimo a escribir, aconteció por especial movimiento e inspiración de Dios; y, por tanto, por una cierta asistencia especial del Espíritu Santo, el escritor es guiado para que no se equivoque en algo por malicia u olvido. De un tercer modo se llama escritura revelada o procedente de revelación: porque Dios no solamente reveló al escritor cosas ocultas, o le movió a escribir cosas que le eran conocidas y sostuvo su mano para que no errara, sino que también sugirió cada una de las palabras mismas con las que escribiera, y como que le dictó.
Sea por tanto la primera conclusión: la sagrada Escritura sobre la que hablamos, se tiene por revelación, a veces del primer modo, a veces del segundo. Esta conclusión debe ser cierta en todos los católicos. Y se demuestra, porque en parte contiene muchas cosas que están por encima de toda razón natural, como es el misterio de la Trinidad, de la Encarnación y otras muchas; y en parte, otras que podrán constar por la experiencia o por la razón humana. Pero en todo esto el escritor mismo, por muy diligente y atento que sea, puede sin embargo engañarse a veces, u olvidarse; luego en todas estas cosas, en parte por revelación y en parte por instigación y asistencia, ha estado presente el Espíritu Santo para que el escritor no se desvíe por otro camino. La consecuencia es patente pues, como dice Agustín en las Epístolas 8 y 10 a Jerónimo, si en cualquiera de los libros sagrados se encontrara cualquier falsedad, se acaba la certeza de todo el libro32; con este argumento él mismo en el libro 2 de De consensu evangelistarum, capítulo 1033, muestra que los escritos de los Profetas y de los Apóstoles no tienen absolutamente ninguna falsedad; y esto se confirma: pues si admitiéramos una sola vez que el escritor sagrado falló en alguna única cosa aunque sea pequeñísima, habrá que juzgar entonces qué es una cosa leve y qué una grave; y si esto se deja al arbitrio humano para ser juzgado, a uno le parecerá leve lo que es grave, y por tanto la certeza de las Escrituras desaparece. A continuación, se demuestra por aquello de Pedro en la 2ª canónica, capítulo 1: “Toda profecía no se hace por propia interpretación, sino que han hablado inspirados por el Espíritu Santo los hombres santos de Dios”34, es decir los ministros de Dios. Igualmente, el Apóstol en la 2ª carta a los Corintios 13, “¿acaso buscáis una experiencia de que en mí habla, Cristo?”35; entonces se hace este argumento: sería blasfemo decir que Dios miente en sólo algo de poquísima importancia; luego si el Espíritu habló mediante los escritos de los Profetas, se sigue que el mismo Espíritu Santo engaña en algo, o se engaña, o que ciertamente el Profeta no se engaña en nada. Además, en Mateo 5 dice el Señor: “hasta que pase el cielo y la tierra, no decaerá de la ley una iota o un acento, hasta que sucedan todas las cosas”36; luego si el Antiguo Testamento o la ley de Moisés no yerra ni en una iota o acento, mucho menos podrá errar el evangelio de Cristo. Además, si alguna mentira en las sagradas Escrituras puede ser llamada leve, según el discurso de los que opinan contrariamente, sería sobre todo si los escritores sagrados inventaran algo de su propio acerbo, para alabanza de Dios y edificación del pueblo; pero el Apóstol, en la 1ª carta a los Corintios 15, juzga que esto mismo sería gravísimo, cuando dice: “si Cristo no ha resucitado, se demuestra que somos testigos falsos, pues damos testimonio contra Dios de que habría resucitado a Cristo, a quien no resucitó37”. Por lo tanto, no puede darse falsedad leve alguna en los escritores sagrados que hablan de parte de Dios. Y finalmente: parece que trabajamos en vano cuando aducimos testimonios de las Escrituras para confirmar la conclusión, porque los adversarios responderán que estos mismos testimonios quizás contengan una materia de poca importancia; tengamos pues por cierta según la fe católica la conclusión indicada arriba; fe que hemos recibido de los santos Padres y que ha sido inculcada por la Iglesia católica, maestra y guía para las almas de todos los fieles.
Segunda conclusión: el Espíritu Santo no solamente inspiró las cosas contenidas en la Escritura, sino que también dictó y sugirió las palabras concretas con las que se escribieran. Esta conclusión parece consecuencia de la precedente, pues si se dejara al arbitrio del escritor sagrado con cuáles palabras profiriera lo entendido o lo escribiera, podría errar en una legítima explicación de lo que le fue revelado y por tanto en las sagradas Escrituras podría encontrarse alguna falsedad. La consecuencia es patente, y se demuestra el antecedente: porque es humano, incluso si el hombre no tiene error en la mente, el errar con frecuencia en el uso de las palabras, y proferir una por otra. Además, esta doctrina se confirma por la doctrina de san Ambrosio en el proemio a san Lucas, al comentar esas palabras: “porque muchos se han esforzado en ordenar las narraciones de las cosas”38, donde dice: “Por supuesto se han esforzado los que no pudieron completar, pues quien se ha esforzado en ordenar, se ha esforzado con su trabajo, pues los dones y la gracia de Dios son sin esfuerzo, cuya gracia suele regar allí donde se derrama, de manera que el ingenio del escritor no se encuentre en necesidad, sino que desborde. No se esforzó Mateo, no se esforzó Marcos, no se esforzó Juan, no se esforzó Lucas, sino que al otorgar el Espíritu divino la abundancia de todos los dichos y las cosas, llevaron a término lo iniciado sin esfuerzo alguno”39. Aquí dice que el Espíritu Santo les otorgó abundancia de todos los dichos y las cosas. Y se confirma por el texto mismo [del Evangelio], porque dice “ordenar la narración de las cosas”, lo cual no es solamente entender las cosas mismas, sino también componer, con la palabra o por escrito, un discurso con el que se expliquen la cosas que se han entendido. Igualmente, san Gregorio, en el proemio de Moralia, capítulo 1 dice: “por tanto Dios mismo, que dictó lo que se tenía que escribir, escribió estas cosas”40, pues dictar significa determinar las palabras mismas. Y se confirma por el Salmo 44: “mi lengua es pluma de escritor que escribe con rapidez”41; parece que esta comparación consiste en que al igual que la pluma está determinada por el escritor mismo de modo que exprese esos caracteres, así también la imaginación del Profeta recibe determinadas palabras para proferirlas verbalmente o por escrito. Y finalmente: ¿por qué los intermediarios de las sagradas Escrituras emplean con tanta atención cada una de las palabras de la sagrada Escritura si no es porque habían entendido que éstas habían sido dictadas por el Espíritu Santo? Además, se demuestra: porque se dice que el Espíritu habló por los Profetas; pero hablar por los profetas no sólo es revelarles la verdad, sino mover su lengua y su pluma para que hablen de modo que profieran de manera conveniente lo revelado, según aquello del salmo 44: “mi lengua es pluma de escritor que escribe con rapidez”42. Se confirma por aquello que dijo Cristo en Mateo 20: “no sois vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre que hablará en vosotros”43; y había dicho precedentemente: “no penséis de qué manera o qué diréis”44. Luego ha sido dado a los escritores sagrados de qué manera, y qué debían escribir. Igualmente, en Jeremías 36, es hermoso el testimonio sobre esto, cuando al leer Baruch al pueblo el libro que él mismo había escrito por dictado de Jeremías, y al preguntarle los príncipes de qué manera había escrito todos estos discursos que venían de la boca de Jeremías, respondió Baruch: “por su boca hablaba como leyéndome todos estos discursos, y yo escribía con tinta en el libro”45. Este es el argumento: quien habla leyendo en un libro no compone las palabras que habla, sino que encuentra las ya determinadas, y ya que el Profeta hablaba como leyendo en un libro, ya estaban escritas por el Espíritu Santo en su fantasía las palabras que decía.
Tercera conclusión: si alguien afirmara que la composición de las palabras se deja muchas veces a la ciencia y diligencia del escritor sagrado, pero de modo tal que afirme la necesaria asistencia del Espíritu Santo de manera que el escritor mismo no yerre en las palabras o en la composición de las palabras, no dice nada contrario a la fe de modo que esta afirmación no sea merecedora de una grave censura, aunque a mí no me parezca verdadera o completamente segura, por los argumentos aducidos para confirmación de la conclusión precedente.
Se prueba esta conclusión: porque mientras el escritor sagrado escribe las cosas que él mismo vio, es suficiente para que esa escritura se llame sagrada que por instinto del Espíritu Santo aplique el ánimo a escribir esas cosas, y que por la asistencia del mismo Espíritu su mano sea guiada para que no escape de la memoria lo que se le ha ordenado escribir; luego el mismo concurso del Espíritu Santo bastará para la composición de las palabras que el sagrado escritor mismo puede encontrar y hacer con sus propias fuerzas. La consecuencia es patente, porque no menos importa la memoria de las cosas acontecidas que el orden y la composición de las palabras. Además, se prueba, porque según el anterior modo de decir, no se puede concluir que en la Escritura haya falsedad alguna, incluso en algo mínimo o leve, pues basta la manutención del Espíritu Santo para que el hombre no yerre en lo que puede alcanzar por sus propias fuerzas, aunque defectiblemente, si su mano es sostenida por el Espíritu de Dios. Por lo demás, también puede sostenerse por testimonios de la sagrada Escritura –en los que se dice que Dios habla a través de los Profetas, y que son palabras de Dios las que dicen, y otros semejantes–, si se afirma que se llaman palabras y discursos de Dios cuando el Profeta habla o escribe por impulso y manutención del Espíritu Santo, incluso si escribe o compone las palabras en un idioma que le es conocido. Yo añadiría en esta conclusión la palabra “frecuentemente”, porque a veces, cuando el escritor sagrado habla de cosas sublimes y sobrenaturales, parece que es también necesario que las palabras mismas con las que son explicadas, sean inspiradas por Dios. Un ejemplo es cuando Juan dice en el capítulo 1 de su evangelio: “en el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios”46 y lo demás, no parece posible que compusiera esta oración con humana arte, sino que por dictado del Espíritu Santo aprendió estas palabras. Sin embargo con mayor seguridad, y sin ofensa, se dice que al igual que el Espíritu Santo aplica el ánimo del escritor a escribir, también le hace entrega de las palabras y de la composición de las palabras; y esto se demuestra, porque si no dijéramos esto, difícilmente podríamos establecer una diferencia entre la sagrada Escritura y las definiciones de los concilios, y entre las que son confirmadas por el sumo Pontífice y la sagrada Escritura, pues en ambos casos asiste el Espíritu Santo para que no haya error; y sin embargo, si en ambos casos se dejan las palabras y su composición al ingenio humano, se seguiría que no habría diferencia alguna, porque también las definiciones de los concilios, escritas por la manutención del Espíritu Santo, contienen una verdad infalible. Aunque es verdad que a esto se podría responder que hay una gran diferencia, porque las definiciones de los concilios, cuando son escritas por un notario bajo el dictado de un teólogo, no está presente el impulso del Espíritu Santo para que aquel escriba y este dicte, por lo que en la composición de una oración de este tipo es posible que yerren, y su error es corregido luego por el concilio; sin embargo la sagrada Escritura es redactada bajo la asistencia del Espíritu de Dios, y no hay nadie superior que la corrija.
Hemos de responder ya a los argumentos planteados al inicio de esta duda.
Al primer argumento se responde que el Espíritu Santo mueve la mente humana fuerte y suavemente con instinto e iluminación sobrenatural, y así, cuando él quiere, le sostiene para ayudarle en el entender y en el escribir lo que desea. Y no es necesario que se escribieran con un único movimiento continuo lo que fue escrito por los escritores sagrados, sino que dejaban de escribir, haciendo intervalos, al cesar el impulso del Espíritu Santo, y luego, cuando él impelía, volvían a escribir.
A lo que se presenta como confirmación, se responde que todo lo que se contiene en la sagrada Escritura, incluso lo que parece mínimo, es sin embargo útil. Se demuestra en primer lugar: porque Dios, autor especial de las Escrituras, nada dice sin una causa, pues todo atañe a la utilidad del hombre y a su gloria, según aquello de Isaías 48: “yo, el Señor, te enseño cosas útiles”47; y en la carta a los Romanos, capítulo 15: “todo lo que se ha escrito, se ha escrito para nuestra enseñanza”48; y en la 2ª carta a Timoteo, 3: “toda Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, etc.”49. Por lo demás, no pertenece a la intención presente el señalar en concreto qué tiene de utilidad cada una de las cosas que se narran en una historia; pero en general decimos que muchas cosas se intercalan para la verdad de la historia y su ornato, lo mismo que en las parábolas evangélicas no todo lo que se incluye significa algo en sentido parabólico, sino que se añaden por las que sí significan; como dice el Crisóstomo en el Comentario a Mateo, capítulo 20 al explicar la parábola del padre de familia, que salió muy de mañana para contratar obreros50; y san Agustín en el libro 16 de La ciudad de Dios, capítulo 2, dice: “no se ha de pensar que todo lo que se narra como acontecido significa algo, sino que se entrelaza por aquello que significa algo”51; y aporta un ejemplo: como con la sola reja se abre la tierra, pero para que esto sea posible son necesarios también los otros miembros del arado; igualmente, en la cítara solo las cuerdas emiten sonido, y sin embargo no hay solo cuerdas en la cítara, o en la lira. Consulta a Pagnino52 en el prólogo a la Isagoge53. Adviertan aquí los predicadores de la palabra de Dios, que, aunque sea piadoso el buscar sentidos místicos a las circunstancias concretas en las sagradas Escrituras, lo cual hace de modo egregio y con gran fruto san Gregorio en sus comentarios morales (Moralia) al comentar tropológicamente la historia de Job, conviene sin embargo que extraigan y profieran estos sentidos tropológicos tomados de la sagrada Escritura de modo congruo y breve, con modestia y gravedad. Los que dicen, en el argumento, que se narran algunas cosas viles e indignas de Dios, no entienden las Escrituras ni la virtud de Dios, pues el perro que siguió a Tobías que se ponía en marcha, significa a los predicadores que siguen los vestigios de Cristo; consulta la Glosa Ordinaria y la interlineal54. Luego, es motivo de no poco consuelo para nosotros cuando vemos que el Apóstol, que podría contender con los Serafines en cuanto a caridad, necesita una capa y ordena que se la traigan. Además, que el Apóstol narrara la caridad que san Lucas tuvo para con él, no está fuera de lugar; en cuanto a que tuviera preocupación por la salud de Timoteo, ¿quién hay que no se dé cuenta de que nos dio ejemplo para que seamos misericordiosos con el prójimo, especialmente con los ministros de Dios? Sobre este pasaje tienes una íntegra homilía singular de san Crisóstomo, que es la primera de las que se titulan “Al pueblo antioqueno” y que se encuentra al inicio del libro quinto55, donde también enseña el Crisóstomo con cuánta erudición está llena la sagrada Escritura incluso en cosas pequeñas.
En respuesta al segundo argumento, ya dijimos en la primera conclusión de qué modo es necesaria la asistencia del Espíritu Santo también para narrar infaliblemente las cosas que vieron y oyeron los escritores sagrados mismos.
A lo que se presenta como confirmación, se responde que el Espíritu Santo a veces tomó como ministros del evangelio a los que trataron a Cristo, para que fueran testigos en todas las maneras, de los misterios de Cristo, de modo que su evangelio fuera tenido por creíble, según el modo de hacer humano, por los hombres; por eso también Pedro, como se narra en el capítulo 1 de los Hechos, dice: “conviene que de entre los hombres que se han unido a nosotros en todo el tiempo en el que entró y salió de entre nosotros el Señor Jesucristo, desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue tomado de entre nosotros, sea constituido uno de ellos en testigo de su resurrección”56. Dijo “conviene”, no porque el principal testimonio hubiera que darlo por el motivo de que los Apóstoles trataron a Cristo, sino para que su testimonio valiera también entre los hombres, al modo humano, para que fuera fuerte. Sin embargo tenían en el corazón otro testimonio, más cierto y más fuerte, en cuya virtud predicaban y escribían, y a cuyo testimonio nosotros hemos de atender más; y así, enseña Pedro en la 2ª canónica, capítulo 1, cuando dice: “hemos oído esta voz venida del cielo estando con él en el monte santo, y tenemos un mensaje profético más fuerte, al que bien hacéis escuchándolo”57; y un poco más adelante: “pues no ha sido proferido nunca por voluntad humana una profecía, sino que por inspiración del Espíritu Santo han hablado los santos hombres de Dios”58. Con esta finalidad pudo decir Lucas: “como nos transmitieron lo que ellos mismos vieron desde el inicio y fueron ministros de la palabra”59; sin embargo Lucas escribió algunas cosas que los Apóstoles no vieron, como el anuncio del ángel, y el parto virginal en un lugar tan humilde, y los ángeles que cantaban gloria en los cielos, y otras muchas cosas que pertenecen a la infancia de Cristo, las cuales no pudo saber si no es por el Espíritu Santo y quizás por la narración de la misma Madre de Dios. Pero ya que tanto Lucas como Marcos han escrito lo narrado por otros, el Espíritu Santo les movió a que lo escribieran como narrado, y el Espíritu Santo les asistió para que en su narración no lo olvidaran; es más, parece más probable y más seguro que les enseñó con una luz superior lo narrado, y les dictó cada una de las palabras con las que lo escribieran.
Al tercer argumento se responde: ya que Dios dispone con suavidad todas las cosas, así iluminaba la mente de cada escritor sagrado y le dictaba las palabras que más convenían a su estado y condición; del mismo modo que un músico con el soplo de su boca hace sonar de un modo la flauta, de otro modo la trompeta y otros instrumentos; así también “de muchos y variados modos Dios, en la antigüedad hablo por los Profetas”60, y en Isaías 11 se dice que Dios se ha adaptado a las manos de los profetas, porque cada Profeta usaba del tipo de semejanzas que le venía a la mente y como a la mano, según su formación61.
En cuanto al cuarto argumento, se niega la consecuencia, porque como hablaban con el mismo Espíritu los Profetas y los Evangelistas, era propio de la autoridad de Dios el que no repitiera siempre con las mismas palabras una misma cosa; incluso de esto se puede desprender que los escritores sagrados no hablaban por espíritu propio, porque no se hubieran atrevido a cambiar ninguna palabra.
En segundo lugar, se responde que esos testimonios que citan los evangelistas del Antiguo Testamento se contienen en la edición de los Setenta traductores62, cuya edición usan casi siempre, no sin misterio, los apóstoles y los evangelistas. Pero lo que más me convence a mí es que el autor mismo de las Escrituras, para quien es perfectamente conocido el sentido de ellas, decía las mismas cosas con palabras distintas. Encontramos que esto sucede en muchos lugares, en los cuatro Evangelios, con tanta diferencia de palabras que a veces ha sido necesaria el trabajo de los santos Padres para entender su armonía.
Se responde al quinto argumento que Pablo llamó en ese pasaje ya precepto ya consejo del Señor, lo que Cristo Señor, con su propia boca, o mandó en el Evangelio, o lo aconsejó; en lo demás, Pablo estimaba que su consejo era consejo del Espíritu Santo, al decir: “pienso que yo también tengo el Espíritu de Dios”63.
A lo presentado como confirmación responde el maestro Cano en el libro 2 de De los lugares [teológicos], capítulo 8, respuesta al segundo argumento64, distinguiendo las cosas que escribieron los sagrados autores en una doble diferenciación; algunas son las que eran conocidas solo por revelación sobrenatural, y Basilio dice que estas proceden del Espíritu Santo; otras en cambio las adquirían por conocimiento natural, y estas las habían visto con los ojos, o las habían tocado con las manos (por decirlo así); y de estas no necesitaban de la luz sobrenatural y de una revelación expresa para ponerlas por escrito, sino solo de la presencia del Espíritu Santo para que escribieran sin error alguno, y estas son sobre las que dice Basilio que Pablo y los Profetas hablaban a partir de ellos mismos. Por lo demás, Orígenes no perseveró en esta sentencia; Ambrosio, comentando la 1ª epístola a los Corintios, capítulo 765, está de acuerdo con nuestra explicación en el capítulo 35 de sus comentarios66.
En segundo lugar, se responde que para mí es más probable que las cosas mismas que los sagrados escritores habían visto y habían tocado, lo entendieron con una luz superior, vueltos a iluminar por el Espíritu Santo, y que de Él recibieron las palabras con las que escribieron. Por lo tanto, entiendo a san Basilio de otra manera: quería confirmar a partir de las sagradas Escrituras que el Espíritu Santo es Dios, y esto lo prueba: porque cuando se menciona al Espíritu Santo en las sagradas Escrituras como hablando en propia persona, nunca su discurso se contrapone, según la forma de las palabras, al discurso de Dios, como si Él mismo no fuera Dios. Por otra parte, cuando los Profetas y los sagrados escritores hablan de sí mismos y como en persona propia, aunque eso mismo que dicen lo digan por orden del Espíritu de Dios, sin embargo, lo que dicen no puede ser verificado como si Dios dijera esas mismas cosas de por sí. Y sobre esto aporta el dicho de Jeremías en el capítulo 12: “Tú eres justo, Señor, y sin embargo te diré cosas justas. ¿Por qué el camino de los impíos prospera?, etc.”67. Estas palabras, aunque las diga el Profeta por mandato expreso de Dios y por su iluminación, no pueden ser dichas en la persona de Dios o del Espíritu Santo; en cambio, a veces se dicen de modo que se menciona a Dios mismo hablando en propia persona; pero si lees con atención a Basilio en el lugar citado68, quizás no te desagradará esta solución nuestra; a mí no desagrada tampoco la anterior.
Al último argumento algunos responden que es tanta la autoridad de la Iglesia que ha cambiado algunas cosas incluso de las Escrituras sagradas; como por ejemplo, afirman, aquello de Hechos 15, donde los Apóstoles constituyeron que los gentiles convertidos al evangelio se abstuvieran de lo ahogado y de la sangre69; y de modo parecido que el bautismo se confiere en nombre de Cristo, y que Cristo dio la Eucaristía después de la cena mientras que la Iglesia no la da sino a los que están en ayunas; también Cristo dio la Eucaristía bajo las dos especies y la Iglesia en cambio la da a los laicos bajo una sola. Sin embargo, tal respuesta es arriesgada y ofrece ocasión de error70.
Por tanto, se responde mejor y más seguramente que de los preceptos que se contienen en la Escritura, algunos son temporales, que según las circunstancias de lugar y tiempo se ordenan de manera conveniente; y tal fue lo establecido por los Apóstoles sobre la abstinencia y lo ahogado, porque tal comida era motivo de horror para los judíos, con los que los gentiles tenían que tratar; pero al cesar tal motivación la Iglesia, sabia y prudente, pudo disimular o abolir tal observancia. Otros en cambio son los preceptos naturales o también sobrenaturales, que no miran a las circunstancias de tiempo o lugar para que sean obligatorios y válidos, sino que consigo llevan la necesidad de la materia y el fin, como es aquello de Mateo 28: “bautizad a todas las gentes enseñándoles a observar todo lo que os he mandado”71; y aquello de Juan 3: “a no ser que alguien haya renacido del agua y del Espíritu Santo, etc.”72. Y estas cosas de ningún modo pueden cambiarse por la autoridad de la Iglesia. O digámoslo de otro modo: que los Apóstoles, en cuanto prelados ordinarios de la Iglesia, prudentemente establecían algunos preceptos según la circunstancia de los tiempos; pero divulgaron otros ya instituidos por Cristo. Los preceptos del primer género pueden ser cambiados por la misma autoridad ordinaria y apostólica que permanece en la Iglesia; pero los preceptos del segundo género la Iglesia no los cambia, ni puede hacerlo. Y por tanto decimos que el que no convenga que el casado dos veces sea hecho obispo, es un precepto del primer género, por lo demás dispensable por causa legítima. Lo dicho hasta aquí sobre esta duda, es suficiente. Dediquémonos ahora, con la ayuda del Señor, a otra que no es menos difícil.