Scholastica commentaria in Primam Partem Summae Theologicae
Domingo Báñez (1528–1604)
First published 1584
Dominicus Báñez, O.P.'s Scholastica commentaria in primam partem Summae Theologiae is a Salamanca-school commentary on the opening part of Aquinas's Summa. The first printing appeared at Salamanca in 1584, after Báñez's teaching at the Dominican studium and University of Salamanca; later editions and editorial continuations helped make the work a major witness to late sixteenth-century Thomism. Its close exegesis of Aquinas intersects the debates over divine grace, human freedom, predestination, and physical premotion that defined the de auxiliis controversy. Schola presents the Latin text from a 1934 Urbano edition; the catalogue's 1584 year identifies the original work, not the modern reprint.
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Prologus auctoris ad lectorem
In D. Thomae prooemium meditatio
Quaestio I: De sacra doctrina, qualis sit et ad quae se extendat
Articulus I: Si es necesario que además de la Filosofía haya otra doctrina
Comentario
Duda 1ª: Si es necesaria para la salvación una doctrina revelada
Duda 2ª: Si es necesaria la revelación en cuanto a las verdades naturales
Articulus II: Si la Sagrada doctrina es ciencia
Commentarium
La principal duda se refiere a la primera conclusión, es decir, si la Sagrada doctrina es verdadera y propiamente una ciencia.
Primera conclusión (texto latino sin traducción española)
Duda 1ª (continuación)
Segunda conclusión. Si hablamos de la Teología según se da en nosotros, viadores, que conocemos los principios no por evidencia y sin embargo asentimos a ellos por la luz de la fe de modo inmediato, existe ciencia, verdadera y propiamente hablando, aunque sea imperfecta. Se demuestra en primer lugar esta conclusión, así: porque tal hábito teológico es una virtud intelectual, ya que siempre inclina a lo verdadero; pero esta virtud no es hábito de los primeros principios, pues trata de conclusiones; ni es la prudencia, porque no trata de lo que se puede hacer en concreto y ahora; ni es arte, porque no trata de lo operable; luego es sabiduría o ciencia. Y demuestro la conclusión: porque Aristóteles, en el libro 6 de la Ética clasifica las virtudes intelectuales en las arriba enumeradas1.
Mas quizás alguien me responda que la Teología es la virtud teologal que se llama fe. Pero, en favor de la opinión opuesta está el que la fe no asiente a verdades complejas mediante razonamiento, sino que inmediatamente se apoya en la revelación divina, de lo que ya hemos tratado ampliamente al comentar II-II, cuestión 1, artículo 12, y se confirma por la primera Epístola canónica de Juan, capítulo 5: quien cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio de Dios en sí mismo3, luego el hábito teológico con razón y propiamente se llama ciencia. En segundo lugar se demuestra así: pues cuando Aristóteles enseñaba que la ciencia procede fundándose en lo evidente, lo entendía como lo evidente para nosotros, o por lo evidente por sí mismo. Si es en el primer modo, se concluye que la Metafísica no será propiamente una ciencia, la cual procede con frecuencia a partir de lo que es evidente solamente en sí mismo y no para nosotros, como por ejemplo cuando se demuestra que las sustancias separadas de la materia son incorruptibles, y que Dios es eterno porque es inmutable, y que mueve todas las cosas porque es el primer ser; estos principios no son de por sí conocidos por nosotros, como no lo son que Dios exista o que exista el ángel. Pero si se entiende relativo a los principios conocidos de por sí según ellos mismos, entonces argumento de este modo: los principios de la Teología son los más ciertos y evidentes según ellos mismos; por ejemplo, que el Padre engendre al Hijo: luego por este motivo no dejará de ser propiamente una ciencia.
Pero alguien podría decir que los principios de otras ciencias, aunque no nos sean evidentes de modo inmediato, sin embargo se nos hacen evidentes posteriormente (a posteriori), como por ejemplo, del movimiento de las cosas que nos es evidente concluimos que Dios existe y que es uno4, y cosas semejantes, y que la naturaleza es el principio del movimiento y del reposo; pero esto no pasa en los principios teológicos, pues siempre el asentimiento a ellos queda oscuro en nosotros: confieso que las cosas están así. Pero según esto hago un argumento más sólido: si no es necesario que la evidencia de las conclusiones que se deducen de tales principios se produzca por la evidencia de los principios de por sí, se concluye que no es necesario que el asentimiento científico de la conclusión reciba la evidencia de sus principios; ya que se concede que los principios, en cuanto son principios, no tienen evidencia para nosotros (quoad nos), sino que tienen evidencia solamente desde lo externo a ellos (ab extrinseco) y por el efecto. Y esto se confirma: si la razón de ciencia hablando con propiedad tiene en nosotros una cierta evidencia como si la tomara de los efectos, y por ella se tiene un asentimiento cierto y necesario a los principios, de modo tal que de ella nuevamente se demuestren los efectos, se concluye que mucho más debe bastar que los principios de nuestra Teología tengan certeza a partir de Dios mismo que nos revela con la luz de la fe que esos principios son totalmente verdaderos. Se demuestra la conclusión de un tercer modo: cuando Aristóteles dijo que alguien no tiene conocimiento si no tiene la ciencia de las premisas o algo mayor que la ciencia, no excluye de la razón de ciencia nuestra Teología, pues los teólogos tenemos ciencia, o algo mayor que la ciencia, de las premisas, es decir la fe divina, que supera toda ciencia humana, es más, supera la misma luz natural. Y esto se confirma así: porque se requiere la evidencia en los principios en la medida en que lleve al intelecto a que se convenza y se adhiera firmemente a la verdad; pero la sola certeza de nuestra fe hace que el intelecto se adhiera al asentimiento de los principios más fuertemente que cualquier hábito natural; luego con mayor derecho nuestra Teología se llamará propiamente ciencia que todas las demás disciplinas humanas. Y con todo derecho nuestra Teología es llamada por san Agustín, en el libro 14 Sobre la Trinidad, capítulo 15, y en el libro 12 Sobre la Trinidad, capítulo 146, ciencia por la que es engendrada, es nutrida, es defendida y es fortalecida una fe salubérrima; dice pues que la fe es engendrada por esta ciencia porque oficio del teólogo es quitar impedimentos razonando, impedimentos por los que los infieles son retenidos de modo que no reciban la fe; también san Jerónimo en la Carta a Paulino, tomo 4, dice: “aprendamos en la tierra esa tal ciencia para que permanezca con nosotros en el cielo”7. Hay que observar, sin embargo, que en la segunda conclusión dijimos que nuestra Teología es ciencia imperfecta, lo cual se puede entender de dos modos; primero, en comparación con otras ciencias, y así no ha de llamarse imperfecta sino más bien, y hablando en absoluto, mucho más perfecta que todas las ciencias humanas puesto que está sobre ellas por mucho en cuanto a certeza; pero será más imperfecta en sentido relativo (secundum quid) por la falta de evidencia. De un segundo modo puede llamarse imperfecta en comparación con la perfección que puede tener dentro de su propia especie, como el niño es un hombre imperfecto, porque aún no puede ejercer las acciones perfectas de su propia especie; y de este modo ciertamente nuestra Teología es imperfecta porque en este estado carece de la evidencia que, dentro de la propia especie, tendrá en la patria, cuando llegue lo que es perfecto, pues entonces los principios a los que ahora asentimos por fe, los veremos con la luz de la gloria; entre tanto estaremos sentados a la sombra de aquel que deseamos, por mucho que su fruto sea dulce a nuestra garganta. Y lo contrario fue el error de algunos que en España ha sido llamados “iluminados”, que se gloriaban de que ellos tenían evidencia de los misterios de fe8.
Ahora se responde a los argumentos a favor de la tesis contraria. Al primero responde inmejorablemente santo Tomás que basta para que algo sea propiamente ciencia el que sus principios sean conocidos de por sí con la luz de una ciencia superior. A la réplica se responde que en ese caso aquel hombre no tendría ciencia sino fe humana, inmediatamente con respecto a los principios, mediatamente con respecto a las conclusiones, y asentir a estas se llamaría opinión, fundada en fe humana. Y entonces, niego la consecuencia, porque semejante texto aducido de santo Tomás9 no ha de ser entendido como si un único hombre tuviera conocimiento solamente de la Perspectiva, y otro distinto de la Geometría, pues de esta manera la Perspectiva no sería ciencia, según la doctrina aristotélica: no sabrá si es que no tiene la ciencia de las premisas, o será algo mayor que la ciencia; pero ese hombre no tiene la ciencia de las premisas sino una mera fe humana; luego no puede tener la ciencia de la Perspectiva. La semejanza se ha de entender en cuanto a que como la ciencia de la Perspectiva recibe sus principios de otra ciencia, y esto no obsta para que sea ciencia; así nuestra Teología recibe sus principios de la ciencia bienaventurada, que es la ciencia de Dios y de los bienaventurados. Por lo demás, hay una gran diferencia, pues nuestra Teología puede ser ciencia aun cuando no se dé juntamente con la ciencia bienaventurada, pero la Perspectiva no puede ser ciencia si no está unida con la ciencia de la Geometría en el mismo intelecto. La razón de esta diferencia está en que los principios de la Teología nos son comunicados por la ciencia bienaventurada de Dios mediante una luz de orden sobrenatural, que es la luz de la fe, la cual es más firme que cualquier ciencia humana, aunque la evidencia de la ciencia de los beatos no se nos comunique. Sin embargo los principios de la Perspectiva en quien carece de Geometría, no se le comunican sino por una fe humana, cuya razón de asentir es débil, y por tanto no tendrá la ciencia de las conclusiones. Entiéndase de este modo el ejemplo que aporta santo Tomás en Sobre la Verdad, cuestión 14, artículo 1010, donde compara nuestra Teología a la disciplina de un alumno que cree los principios por la autoridad del maestro; la diferencia, claramente, está en que nuestro maestro es Dios mismo, que abre nuestros oídos para que le oigamos como a un maestro, y seamos dóciles para con Dios como dice Juan en el capítulo 611. Y ya que la autoridad de este maestro es completamente infalible, nuestra Teología, que discurre desde aquí a las conclusiones tiene propiamente razón de ciencia. Con respecto a lo que se presentaba como confirmación, se niega la consecuencia: porque el asentimiento a aquella conclusión que dice “Cristo es capaz de reír”, se realiza al mismo tiempo que el asentimiento a las premisas; y por tanto por la luz aportada del antecedente se causa −mediante una buena consecuencia− la luz adquirida, que es de orden superior a lo que es natural; y esto es lo que causa la certeza en el asentimiento de la conclusión. Esto es todavía más claro cuando ambas premisas son de fe.
En cuanto al segundo argumento, se niega que el hereje pueda ser un verdadero teólogo, aun cuando antes haya sido católico. Y la razón es esta: porque ya cree en todos los principios por sola fe humana o por una opinión. Y se responde a lo presentado como confirmación, que otras ciencias no se pierden por un único error sobre la conclusión; pero si el error fuera sobre la razón formal de los principios, entonces toda esa ciencia se corrompería, aunque quedase una cierta habilidad, como si fuera el cadáver de la ciencia12. Y ya que el hereje yerra sobre la razón formal de los principios, que es la revelación divina para creer lo que propone la Iglesia, se sigue por tanto que toda la Teología, que se apoya en esos principios, se destruye inmediatamente, como también perece toda la fe.
Al tercer argumento el doctísimo Maestro Domingo de Soto en el comentario al libro 1 De los Posteriores, cuestión 2, en la confirmación del séptimo argumento13 dice que cuando por una consecuencia evidente se deduce una conclusión a partir de un principio de fe, entonces también la conclusión misma igualmente es segura según la fe. Por lo cual, sostiene que pertenecen a la ciencia teológica solamente aquellas conclusiones que se deducen de los principios de la fe mediante consecuencias probables. Sin embargo esta doctrina es falsa; y se demuestra en primer lugar, porque se seguiría que nuestra Teología sería una mera opinión; esta consecuencia es evidente, porque de principios que son, de cualquier modo que sea, ciertos y evidentes, mediante una consecuencia probable no puede generarse sino una opinión, como resulta patente en la argumentación que se toma de ejemplos evidentes; por ejemplo: Pedro, en un cierto negocio se ha hecho rico; y de modo semejante, también Pablo; luego si tú hubieras hecho un negocio de esa manera, serías rico; en este caso no se genera sino una opinión en la conclusión14. Igualmente es falso lo que dice, que es igualmente de fe el que Cristo sea hombre y el que Cristo sea capaz de reír, porque si alguien confiesa que Cristo es hombre perfecto pero niega que Cristo es capaz de reír, porque piensa que la capacidad de reír no pertenece a la perfección del hombre, el tal sería un mal filósofo, pero no un hereje, porque por parte de la Iglesia aún no ha sido definido que Cristo sea capaz de reír. Pero si la Iglesia definiera que la capacidad de reír pertenece a la perfección de la naturaleza humana del mismo modo que está definido que en Cristo hay una doble voluntad, la humana y la divina, entonces el que negara que Cristo es capaz de reír sería hereje, porque eso repugnaría a la doctrina de la Iglesia, que es columna y fundamento de la verdad.
Por lo tanto, se responde al argumento que las conclusiones que se deducen a partir de los principios de fe, o de un principio de fe y otro evidente por naturaleza, mediante una buena consecuencia, son propiamente conclusiones de la ciencia teológica; y sin embargo se dice que son conclusiones no inmediatamente de fe, sino mediatamente; y lo opuesto a ellas se llama error sobre la fe mediatamente; y quien sostiene lo contrario cae en sospecha de herejía, sobre todo si es filósofo, porque no se ha de creer que él niega lo que es conocido por la luz natural, y por lo tanto se cree que niega un principio de fe. Esta doctrina la sostiene mi maestro Cano en el libro 12 de De los lugares teológicos, capítulo 215.
Se responde al cuarto argumento que algunos principios primeros de Teología son muy necesarios, como por ejemplo que Dios es Trino y Uno, que el Padre engendra al Hijo. Pero hay otros que considerados en sus propios términos son contingentes, como por ejemplo que Cristo fue coronado de espinas. Pero si se consideran estos mismos en cuanto se someten a la revelación divina, son completamente necesarios, como es necesario que Dios sea veraz de modo tal que no pueda ser engañado ni engañar. Y esto basta para la certeza de la ciencia teológica.