Phaedrus
Plato (428–347 BC)
Plato's Phaedrus in the Greek text edited by John Burnet, with Harold North Fowler's English translation.
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[264] Fedro: «Conoces todos mis sentimientos, y sabes que miro la realización de mis deseos como provechosa a [321] ambos. No seria justo rechazar mis votos, porque no soy tu amante. Porque los amantes, apenas se ven satisfechos, cuando sienten ya todo lo que han hecho por el objeto de su pasión.»
Sócrates: Estamos muy distantes de encontrar lo que buscábamos. No comienza por el principio, sino por el fin, como un hombre que nada de espaldas contra la corriente. El amante, que se dirige a la persona que ama, ¿no comienza por dónde debería concluir, o me engaño yo, Fedro, mi muy querido amigo?
Fedro: Ten presente, Sócrates, que no ha querido hacer más que el final de un discurso.
Sócrates: Sea así; pero, ¿no ves que sus ideas aparecen hacinadas confusamente? Lo que dice en segundo lugar, ¿debe estar en el punto que ocupa, o más bien en otro lugar de su discurso? Yo, si bien confieso mi ignorancia, creo, que el autor, muy a la ligera, ha arrojado sobre el papel cuanto le ha venido al espíritu. ¿Pero tú has descubierto, en su composición, un plan, según el que ha debido disponer todas las partes en el orden en que se encuentran?
Fedro: Me haces demasiado favor al creerme en estado de penetrar todos los artificios de la elocuencia de un Lisias.
Sócrates: Por lo menos me concederás, que todo discurso debe, como un ser vivo, tener un cuerpo que le sea propio, cabeza y pies y medio y extremos exactamente proporcionados entre sí y en exacta relación con el conjunto.
Fedro: Eso es evidente.
Sócrates: ¡Y bien!, examina un poco el discurso de tu amigo, y [322] dime si reúne todas estas condiciones. Confesarás que se parece mucho a la inscripción que dicen se puso sobre la tumba de Midas, rey de Frigia.
Fedro: ¿Qué epitafio es ese, y qué tiene de particular?
Sócrates: Hele aquí: Soy una virgen de bronce, colocada sobre la tumba de Midas; Mientras las aguas corran y los árboles reverdezcan, De pié sobre esta tumba, regada de lágrimas, Anunciaré a los pasajeros, que Midas reposa en este sitio.1 Ya ves, que se puede leer indiferentemente esta inscripción, comenzando por el primer verso que por el último.
Fedro: Tú te burlas de nuestro discurso, Sócrates
Sócrates: Dejémosle, pues, para que no te enfades, aunque en mi opinión encierra gran número de ejemplos útiles, que deben estudiarse, para huir a todo trance de imitarlos. Hablemos de los demás discursos. En ellos encontraremos enseñanzas, que podrán aprovechar al que quiera instruirse en el arte oratorio.