Phaedrus

Plato

Phaedrus

Plato (428–347 BC)

Plato's Phaedrus in the Greek text edited by John Burnet, with Harold North Fowler's English translation.


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[262] Fedro: En estas últimas, evidentemente.

Sócrates: Si mudas de lugar y quieres hacerlo sin que se aperciban de ello, ¿deberás desviarte poco a poco o alejarte a paso largo?

Fedro: La respuesta no es dudosa.

Sócrates: El que se propone engañar a los demás, sin tenerse él mismo por engañado, ¿será capaz de reconocer exactamente las semejanzas y diferencias de las cosas?

Fedro: Es de toda necesidad que las reconozca.

Sócrates: ¿Pero es posible, cuando se ignora la verdadera [317] naturaleza de cada cosa, reconocer lo que en las otras cosas se parece poco o mucho a aquella que se ignora?

Fedro: Eso es imposible.

Sócrates: ¿No es evidente que toda opinión falsa procede sólo de ciertas semejanzas que existen entre los objetos?

Fedro: Seguramente.

Sócrates: Y que no se puede poseer el arte de hacer pasar poco a poco a sus oyentes de semejanza en semejanza, de la verdadera naturaleza de las cosas a su contraria, evitando por su propia cuenta semejante error, si no se sabe a qué atenerse sobre la esencia de cada cosa?

Fedro: Eso no puede ser.

Sócrates: Por consiguiente, el que pretende poseer el arte de la palabra sin conocer la verdad, y se ha ocupado tan sólo de opiniones, toma por un arte lo que no es más que una sombra risible.

Fedro: Gran riesgo corre de ser así.

Sócrates: En el discurso de Lisias, que tienes en la mano, y en los que nosotros hemos pronunciado, ¿quieres ver qué diferencia hacemos entre el arte y lo que sólo tiene la apariencia de tal?

Fedro: Con mucho gusto, tanto más cuanto que nuestros razonamientos tienen algo de vago, no apoyándose en algún ejemplo positivo.

Sócrates: En verdad es una fortuna, la casualidad de haber [318] pronunciado dos discursos muy acomodados para probar que el que posee la verdad puede, mediante el juego de palabras, deslumbrar a sus oyentes. Yo, mi querido Fedro, no dudo en achacarlos a las divinidades que habitan estos sitios; quizá también los cantores inspirados por las musas que habitan por cima de nuestras cabezas, nos han comunicado su inspiración; porque he sido siempre absolutamente extraño al arte oratorio.

Fedro: Pase, puesto que te place decirlo; pero pasemos al examen de los dos discursos.

Sócrates: Lee el principio del discurso de Lisias.

Fedro: «Conoces todos mis sentimientos, y sabes que miro la realización de mis deseos como provechosa a ambos. No sería justo rechazar mis votos, porque no soy tu amante. Porque los amantes desde el momento en que se ven satisfechos...»

Sócrates: Detente. Es preciso examinar en qué se engaña Lisias y en qué carece de arte; ¿no es cierto?

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