Phaedrus
Plato (428–347 BC)
Plato's Phaedrus in the Greek text edited by John Burnet, with Harold North Fowler's English translation.
Section 227
Section 228
Section 229
Section 230
Section 231
Section 232
Section 233
Section 234
Section 235
Section 236
Section 237
Section 238
Section 239
Section 240
Section 241
Section 242
[242] Nuestro hermoso joven hará de mis consejos lo que quiera, y yo repasaré el Illiso, como quien dice, huyendo, antes que venga a tu magín hacer conmigo mayores violencias.
Fedro: No, Sócrates, aguarda a que el calor pase. ¿No ves que apenas es medio día, y que es la hora en que el sol parece detenerse en lo más alto del cielo? Permanezcamos aquí [285] algunos instantes conversando sobre lo que venimos hablando, y cuando el tiempo refresque, nos marcharemos.
Sócrates: Tienes, querido amigo, una maravillosa pasión por los discursos, y en este punto no hallo palabras para alabarte; creo que de todos los hombres de tu generación, no hay uno que haya producido más discursos que tú, sea que los hayas pronunciado tú mismo, sea que hayas obligado a otros a componerlos, quisieran o no quisieran. Sin embargo, exceptúo a Simmias el Tebano; pero no hay otro que pueda compararse contigo. Y ahora mismo me temo, que me vas a arrancar un nuevo discurso.
Fedro: No, ahora no eres tan rebelde como fuiste antes; veamos de qué se trata.
Sócrates: Según me estaba preparando para pasar el río, sentí esa señal divina, que ordinariamente me da sus avisos, y me detiene en el momento de adoptar una resolución1, y he creído escuchar de este lado una voz que me prohibía partir antes de haber ofrecido a los dioses una expiación, como si hubiera cometido alguna impiedad. Es cierto que yo soy adivino, y en verdad no de los más hábiles, sino que a la manera de los que sólo ellos leen lo que escriben, yo sé lo bastante para mi uso. Por lo tanto, adivino la falta que he cometido. Hay en el alma humana, mi querido amigo, un poder adivinatorio. En el acto de hablarte, sentía por algunos instantes una gran turbación y un vago terror, y me parecía, como dice el poeta Ibico, que [286] los dioses iban a convertir en crimen un hecho que me hacia honor a los ojos de los hombres. Sí, ahora sé cuál es mi falta.
Fedro: ¿Qué quieres decir?
Sócrates: Tú eres doblemente culpable, mi querido Fedro, por el discurso que leíste, y por el que me has obligado a pronunciar.
Fedro: ¿Cómo así?
Sócrates: El uno y el otro no son más que un cúmulo de absurdos e impiedades. ¿Puede darse un atentado más grave?
Fedro: No, sin duda, si dices verdad.
Sócrates: ¿Pero qué?, no crees que el Amor es hijo de Venus, y que es un Dios?
Fedro: Así se dice.
Sócrates: Pues bien, Lisias no ha hablado de él, ni tú mismo, en este discurso que has pronunciado por mi boca, mientras estaba yo encantado con tus sortilegios.