Phaedrus
Plato (428–347 BC)
Plato's Phaedrus in the Greek text edited by John Burnet, with Harold North Fowler's English translation.
Section 227
Section 228
Section 229
[229] Sócrates: Marchémonos por este lado y sigamos el curso del Illiso, y allí escogeremos algún sitio solitario para sentarnos.
Fedro: Me viene perfectamente haber salido de casa sin [265] calzado, porque tú nunca lo gastas1. Podemos seguir la corriente, y en ella tomaremos un baño de pies, lo cual es agradable en esta estación y a esta hora del día.
Sócrates: Marchemos, pues, y elige tú el sitio donde debemos sentarnos.
Fedro: ¿Ves este plátano de tanta altura?
Sócrates: ¿Y qué?
Fedro: Aquí, a su sombra, encontraremos una brisa agradable y hierba donde sentarnos, y, si queremos, también para acostarnos.
Sócrates: Adelante, pues.
Fedro: Dime, Sócrates, ¿no es aquí, en cierto punto de las orillas del Illiso, donde Boreas robó, según se dice, la ninfa Oritea?
Sócrates: Así se cuenta.
Fedro: Y ese suceso tendría lugar aquí mismo, porque el encanto risueño de las olas, el agua pura y trasparente y esta ribera, todo convidaba para que las ninfas tuvieran aquí sus juegos.
Sócrates: No es precisamente aquí, sino un poco más abajo, a dos o tres estadios, donde está el paso del río para el templo de Diana Cazadora. Por este mismo rumbo hay un altar a Boreas. [266]
Fedro: No lo recuerdo bien, pero dime, ¡por Júpiter!, ¿crees tú en esta maravillosa aventura?
Sócrates: Si dudase como los sabios, no me vería en conflictos; podría agotar los recursos de mi espíritu, diciendo que el viento del Norte la hizo caer de las rocas vecinas donde ella se solazaba con Farmaceo, y que esta muerte dio ocasión a que se dijera que había sido robada por Boreas2; y aún podría trasladar la escena sobre las rocas del Areópago, porque según otra leyenda ha sido robada sobre esta colina y no en el paraje donde nos hallamos. Yo encuentro que todas estas explicaciones, mi querido Fedro, son las más agradables del mundo, pero exigen un hombre muy hábil, que no ahorre trabajo y que se vea reducido a una penosa necesidad; porque, además de esto, tendrá que explicar la forma de los hipocentauros y la de la quimera, y en seguida de estos las gorgonas, los pegasos y otros mil monstruos aterradores por su número y su rareza. Si nuestro incrédulo pone en obra su sabiduría vulgar, para reducir cada uno de ellos a proporciones verosímiles, tiene entonces que tomarlo por despacio. En cuanto a mí, no tengo tiempo para estas indagaciones, y voy a darte la razón.