Itinerarium mentis in Deum

Bonaventure

Itinerarium mentis in Deum

Bonaventure (1217–1274)

Bonaventure's Itinerarium mentis in Deum (1259): the soul's six-step ascent to God through his footprints in the sensible world, his image reformed by grace, and the divine Being and Good, crowned by mystical ecstasy. Latin: Quaracchi critical text; English: Thomas Davidson's 1887 translation improved with AI.


Prologus

Caput I: De gradibus ascensionis in Deum et de speculatione ipsius per vestigia eius in universo.

Caput II: De speculatione Dei in vestigiis suis in hoc sensibili mundo.

Caput III: De speculatione Dei per suam imaginem naturalibus potentiis insignitam.

Caput IV: De speculatione Dei in sua imagine donis gratuitis reformata.

Caput V: De speculatione divinae unitatis per eius nomen primarium, quod est esse.

Caput VI: De speculatione beatissimae Trinitatis in eius nomine, quod est bonum.

Caput VII: De excessu mentali et mystico, in quo requies datur intellectui, affectu totaliter in Deum per excessum transeunte.

  1. Recorridas, pues, estas seis consideraciones como seis gradas del trono del verdadero Salomón, por las que se llega a la paz, donde el verdadero pacífico descansa en la mente pacífica como en la Jerusalén interior; como también seis alas de Querubín, por las que la mente del verdadero contemplativo, llena de la ilustración de la sabiduría de arriba, puede ser llevada a lo alto; como también los seis primeros días, en los que la mente ha de ejercitarse para llegar al fin al sábado del descanso; después que nuestra mente contempló a Dios fuera de sí por los vestigios y en los vestigios, dentro de sí por la imagen y en la imagen, sobre sí por la semejanza de la divina luz que reluce sobre nosotros y en la misma luz, según es posible según el estado del camino y el ejercicio de nuestra mente; cuando al fin en el sexto grado hubiere llegado a esto: a especular en el principio primero y sumo y en el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, aquello cuya semejanza de ningún modo puede hallarse en las criaturas, y que excede toda perspicacia del humano intelecto: resta que especulando esto trascienda y pase no sólo este mundo sensible, sino también a sí misma; en cuyo tránsito Cristo es camino y puerta, Cristo es escala y vehículo, como propiciatorio colocado sobre el arca de Dios y sacramento escondido desde los siglos.

  2. Mas quien mira a este propiciatorio con plena conversión del rostro, mirándolo en la cruz suspenso por la fe, la esperanza y la caridad, la devoción, la admiración, la exultación, la estimación, la alabanza y el júbilo, hace la pascua —esto es, el tránsito— con él, para pasar por la vara de la cruz el mar Rojo, entrando de Egipto en el desierto, donde guste el maná escondido, y descanse con Cristo en el sepulcro como exteriormente muerto, sintiendo, sin embargo, cuanto es posible según el estado del camino, lo que en la cruz se dijo al ladrón que pendía junto a Cristo: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

  3. Lo cual también fue mostrado al bienaventurado Francisco, cuando en el exceso de la contemplación en el monte excelso —donde traté en mi mente lo aquí escrito— apareció un Serafín de seis alas clavado en cruz, como yo y otros varios oímos allí de su compañero, que entonces estaba con él; donde pasó a Dios por el exceso de la contemplación, y fue puesto en ejemplo de perfecta contemplación, como antes lo había sido de acción, como otro Jacob e Israel, para que Dios por él invitase a todos los varones verdaderamente espirituales a tal tránsito y exceso de la mente más con ejemplo que con palabra.

  4. Mas en este tránsito, si es perfecto, es menester que se dejen todas las operaciones intelectuales, y el ápice del afecto sea totalmente trasladado y transformado en Dios. Mas esto es lo místico y secretísimo, que nadie conoce sino quien lo recibe, ni lo recibe sino quien lo desea, ni lo desea sino aquel a quien el fuego del Espíritu Santo inflama hasta los tuétanos, el cual Cristo envió a la tierra. Y por eso dice el Apóstol que esta sabiduría mística es revelada por el Espíritu Santo.

  5. Como, pues, a esto nada puede la naturaleza, poco puede la industria, poco ha de darse a la inquisición, y mucho a la unción; poco ha de darse a la lengua, y muchísimo al gozo interno; poco ha de darse a verbo y escrito, y todo al don de Dios, es decir, al Espíritu Santo; poco o nada ha de darse a la criatura, y todo a la esencia creatriz, al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, diciendo con Dionisio a Dios Trinidad: «Trinidad superesencial y superdios y superbien inspectora de la teosofía de los cristianos, dirígenos a la superincógnita y superluciente y sublimísima cumbre de los místicos elocuos; donde los nuevos y absolutos e inconvertibles misterios de la teología se esconden según la superluciente tiniebla del silencio que oculta y dócilmente enseña en lo oscurísimo, que es supermanifestísimo, superresplandeciente, y en la que todo reluce, y que sobrellena los invisibles intelectos con los resplandores de los invisibles superbienes». Esto a Dios. Mas al amigo a quien esto se escribe, dígase con el mismo: «Tú, pues, oh amigo, acerca de las visiones místicas, corroborado el camino, deja los sentidos y las operaciones intelectuales y lo sensible y lo invisible y todo no ente y ente, y restitúyete sin saber (nesciente), en cuanto es posible, a la unidad del que está sobre toda esencia y ciencia. Pues tú mismo y todo, por el inmensurable y absoluto exceso de la mente pura, dejando todo y absuelto de todo, ascenderás al rayo superesencial de las divinas tinieblas».

  6. Mas si preguntas cómo se hacen estas cosas, interroga a la gracia, no a la doctrina; al deseo, no al intelecto; al gemido de la oración, no al estudio de la lectura; al esposo, no al maestro; a Dios, no al hombre; a la calígine, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que totalmente inflama y traslada a Dios con excesivas unciones y ardentísimos afectos. El cual fuego es Dios, y el horno de éste está en Jerusalén, y Cristo lo encendió en el fervor de su ardentísima pasión, el cual sólo aquel verdaderamente percibe que dice: Suspensión (el transporte) eligió mi alma, y muerte mis huesos. Quien ama esta muerte puede ver a Dios, porque indudablemente es verdad: No me verá el hombre y vivirá. — Muramos, pues, y entremos en la calígine, impongamos silencio a las solicitudes, concupiscencias y fantasmas; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, para que, mostrándosenos el Padre, digamos con Felipe: Nos basta; oigamos con Pablo: Te basta mi gracia; exultemos con David diciendo: Faltó mi carne y mi corazón, Dios de mi corazón y parte mía Dios para siempre. Bendito el Señor para siempre, y dirá todo el pueblo: Hágase, hágase. Amén.

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