Itinerarium mentis in Deum

Bonaventure

Itinerarium mentis in Deum

Bonaventure (1217–1274)

Bonaventure's Itinerarium mentis in Deum (1259): the soul's six-step ascent to God through his footprints in the sensible world, his image reformed by grace, and the divine Being and Good, crowned by mystical ecstasy. Latin: Quaracchi critical text; English: Thomas Davidson's 1887 translation improved with AI.


Prologus

Caput I: De gradibus ascensionis in Deum et de speculatione ipsius per vestigia eius in universo.

Caput II: De speculatione Dei in vestigiis suis in hoc sensibili mundo.

Caput III: De speculatione Dei per suam imaginem naturalibus potentiis insignitam.

  1. Mas como los dos grados antedichos, conduciéndonos a Dios por sus vestigios, por los que reluce en todas las criaturas, nos hayan conducido hasta esto: que reentremos a nosotros mismos, es decir, a nuestra mente, en la que reluce la imagen divina; de ahí que ya, en tercer lugar, entrando en nosotros mismos y dejando como fuera el atrio exterior, en lo santo —es decir, en la parte anterior del tabernáculo— debamos esforzarnos por ver a Dios por espejo; donde a modo de candelabro reluce la luz de la verdad en la faz de nuestra mente, en la que resplandece la imagen de la beatísima Trinidad.

Entra, pues, en ti y mira, porque tu mente se ama a sí misma ferventísimamente; ni podría amarse si no se conociese; ni se conocería si no se acordase de sí, porque nada captamos por la inteligencia que no esté presente en nuestra memoria; y de aquí adviertes que tu alma tiene triple potencia, no con ojo de carne, sino con ojo de razón. Considera, pues, las operaciones y hábitos de estas tres potencias, y podrás ver a Dios por ti como por imagen, que es ver por espejo en enigma.

  1. Mas la operación de la memoria es la retención y representación no sólo de lo presente, corporal y temporal, sino también de lo sucesivo, simple y sempiterno. — Pues la memoria retiene lo pretérito por la recordación, lo presente por la recepción, lo futuro por la previsión. — Retiene también lo simple, como los principios de las cantidades continuas y discretas, cual punto, instante y unidad, sin los cuales es imposible acordarse o pensar lo que por ellos es principiado. — Retiene asimismo los principios de las ciencias y las dignidades como sempiternos y sempiternamente, porque nunca puede olvidarlos de tal modo, mientras use de razón, que al oírlos no los apruebe y asienta a ellos, no como percibiéndolos de nuevo, sino como reconociéndolos como innatos y familiares; como se ve si a alguno se le propone: «De cualquier cosa, afirmación o negación»; o: «El todo es mayor que su parte»; o cualquier otra dignidad a la que no cabe contradecir «ante la razón interior».

De la primera retención actual de todo lo temporal —pretérito, presente y futuro— tiene la efigie de la eternidad, cuyo presente indivisible se extiende a todos los tiempos. — De la segunda aparece que no sólo es formada desde fuera por fantasmas, sino también desde arriba recibiendo y teniendo en sí formas simples, que no pueden entrar por las puertas de los sentidos ni por las fantasías de lo sensible. — De la tercera se tiene que posee luz inmutable presente a sí, en la que recuerda las verdades invariables. — Y así por las operaciones de la memoria aparece que la misma alma es imagen de Dios, y semejanza tan presente a sí y teniéndolo a él presente, que en acto lo capta y por potencia «es capaz de él y puede ser partícipe».

  1. Mas la operación de la virtud intelectiva está en la percepción por el intelecto de los términos, proposiciones e ilaciones. — Capta el intelecto lo significado por los términos cuando comprende qué es cada cosa por la definición. Mas la definición ha de hacerse por lo superior, y ello ha de definirse por lo superior, hasta llegar a lo supremo y generalísimo, ignorado lo cual no pueden entenderse definidamente lo inferior. Si, pues, no se conoce qué es el ente por sí, no puede saberse plenamente la definición de ninguna sustancia especial. Ni puede conocerse el ente por sí si no se conoce con sus condiciones, que son: uno, verdadero, bueno. Mas como el ente puede pensarse como disminuido y como completo, como imperfecto y como perfecto, como ente en potencia y como ente en acto, como ente según algo y como ente simplemente, como ente en parte y como ente totalmente, como ente transeúnte y como ente permanente, como ente por otro y como ente por sí, como ente mezclado con no-ente y como ente puro, como ente dependiente y como ente absoluto, como ente posterior y como ente anterior, como ente mudable y como ente inmutable, como ente simple y como ente compuesto: como «las privaciones y defectos de ningún modo pueden conocerse sino por posiciones», no llega nuestro intelecto, como resolviendo plenamente el intelecto de alguno de los entes creados, si no es ayudado por el intelecto del ente purísimo, actualísimo, completísimo y absolutísimo —que es el ente simplemente y eterno, en el que están las razones de todo en su pureza—. Pues ¿cómo sabría el intelecto que esto es ente defectivo e incompleto, si no tuviera ningún conocimiento del ente sin todo defecto? Y así de las demás condiciones antedichas.

Mas del intelecto de las proposiciones se dice que el intelecto lo comprende verdaderamente cuando sabe certitudinalmente que son verdaderas; y este saber es saber que no puede engañarse en aquella comprensión. Pues sabe que aquella verdad no puede ser de otro modo; sabe, pues, que aquella verdad es inmutable. Mas como nuestra mente misma sea mudable, no puede ver aquella verdad que reluce inmutablemente sino por alguna luz que radia del todo inmutablemente, la cual es imposible que sea criatura mudable. Sabe, pues, en aquella luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, que es la luz verdadera y el Verbo en el principio ante Dios.

Mas del intelecto de la ilación percibe verdaderamente nuestro intelecto cuando ve que la conclusión sigue necesariamente de las premisas; lo cual ve no sólo en términos necesarios, sino también en contingentes, como: si el hombre corre, el hombre se mueve. Mas esta necesaria habitud la percibe no sólo en las cosas que son, sino también en las que no son. Pues así como, existiendo el hombre, se sigue: si el hombre corre, el hombre se mueve; así también, no existiendo. Tal necesidad de la ilación, pues, no viene de la existencia de la cosa en la materia, porque es contingente, ni de la existencia de la cosa en el alma, porque entonces sería ficción, si no estuviera en la realidad: viene, pues, de la ejemplaridad en el arte eterna, según la cual las cosas tienen aptitud y habitud entre sí según la representación de aquella arte eterna. Todo el que, como dice Agustín de la Verdadera Religión, razona verdaderamente, su luz se enciende en aquella verdad y hacia ella se esfuerza por llegar. — De donde aparece manifiestamente que nuestro intelecto está conjunto a la misma verdad eterna, pues si no es por ella que enseña, nada verdadero puede captar certitudinalmente. Puedes, pues, ver por ti la verdad que te enseña, si las concupiscencias y fantasmas no te impiden ni se interponen como nubes entre ti y el rayo de la verdad.

  1. Mas la operación de la virtud electiva se atiende en el consejo, el juicio y el deseo. — El consejo está en inquirir qué sea mejor, esto o aquello. Mas mejor no se dice sino por acceso a lo óptimo; y el acceso es según mayor asimilación: nadie, pues, sabe si esto es mejor que aquello, si no sabe que ello se asimila más a lo óptimo. Mas nadie sabe que algo se asimila más a otro, si no conoce aquello; pues no sé que éste es semejante a Pedro, si no sé o conozco a Pedro: a todo el que aconseja, pues, le está necesariamente impresa la noción del sumo bien.

Mas el juicio cierto de lo aconsejable es por alguna ley. Mas nadie juzga certitudinalmente por una ley si no está cierto de que aquella ley es recta, y de que no debe juzgarla; mas nuestra mente juzga de sí misma: como, pues, no puede juzgar de la ley por la que juzga, aquella ley es superior a nuestra mente, y por ella juzga, según que le está impresa. Mas nada hay superior a la mente humana, sino sólo aquel que la hizo: al juzgar, pues, nuestra deliberativa alcanza a las leyes divinas, si disuelve con plena resolución.

Mas el deseo es principalmente de aquello que más lo mueve. Y lo que más mueve es lo más amado; y lo más amado es ser bienaventurado; mas ser bienaventurado no se tiene sino por lo óptimo y el fin último: nada, pues, apetece el deseo humano sino porque es el sumo bien, o porque es hacia él, o porque tiene alguna efigie de él. Tanta es la fuerza del sumo bien, que nada puede ser amado por la criatura sino por deseo de él —la cual entonces se engaña y yerra, cuando acepta la efigie y simulacro por la verdad—.

Mira, pues, cuán propincua es a Dios el alma, y cómo la memoria conduce a la eternidad, la inteligencia a la verdad, la potencia electiva al sumo bien, según sus operaciones.

  1. Mas según el orden y origen y hábito de estas potencias, conduce a la misma beatísima Trinidad. — Pues de la memoria nace la inteligencia como prole suya, porque entonces entendemos cuando la semejanza que está en la memoria repercute en la acie del intelecto, la cual no es otra cosa que el verbo; de la memoria y la inteligencia se espira el amor como nexo de ambos. Estas tres cosas —la mente generante, el verbo y el amor— están en el alma en cuanto a memoria, inteligencia y voluntad, que son consustanciales, coiguales y coetáneas, penetrándose mutuamente (circumincesión). Si, pues, Dios es espíritu perfecto, tiene memoria, inteligencia y voluntad, y tiene también Verbo engendrado y Amor espirado, que necesariamente se distinguen, pues uno es producido del otro, no esencialmente, no accidentalmente, luego personalmente.

Cuando, pues, la mente se considera a sí misma, por sí como por espejo se levanta a especular la Trinidad bienaventurada —del Padre, del Verbo y del Amor—, tres personas coeternas, coiguales y consustanciales, de modo que cada cual está en cada cual de las otras, mas uno no es otro, sino que los tres mismos son un solo Dios.

  1. A esta especulación, que el alma tiene de su principio trino y uno por la trinidad de sus potencias, por las que es imagen de Dios, es ayudada por las luces de las ciencias, que la perfeccionan e informan y representan triplemente la beatísima Trinidad. — Pues toda filosofía o es natural, o racional, o moral. La primera trata de la causa de ser, y por ello conduce a la potencia del Padre; la segunda de la razón de entender, y por ello conduce a la sabiduría del Verbo; la tercera del orden de vivir, y por ello conduce a la bondad del Espíritu Santo.

De nuevo, la primera se divide en metafísica, matemática y física. Y la primera es de las esencias de las cosas, la segunda de los números y figuras, la tercera de las naturalezas, virtudes y operaciones difusivas. Y por ello la primera conduce al primer principio, el Padre, la segunda a su imagen, el Hijo, la tercera al don del Espíritu Santo.

La segunda se divide en gramática, que hace potentes para expresar; en lógica, que hace perspicaces para argüir; en retórica, que hace hábiles para persuadir o mover. Y esto insinúa asimismo el misterio de la misma beatísima Trinidad.

La tercera se divide en monástica, económica y política. Y por ello la primera insinúa la innascibilidad del primer principio, la segunda la familiaridad del Hijo, la tercera la liberalidad del Espíritu Santo.

  1. Mas todas estas ciencias tienen reglas ciertas e infalibles como luces y rayos que descienden de la ley eterna a nuestra mente. Y por eso nuestra mente, irradiada y bañada de tantos resplandores, si no es ciega, puede ser conducida por sí misma a contemplar aquella luz eterna. Mas la irradiación y consideración de esta luz suspende a los sabios en admiración, y al contrario a los necios, que no creen para entender, los conduce a la perturbación, para que se cumpla lo profético: Tú que iluminas maravillosamente desde los montes eternos, turbados fueron todos los necios de corazón.

Caput IV: De speculatione Dei in sua imagine donis gratuitis reformata.

Caput V: De speculatione divinae unitatis per eius nomen primarium, quod est esse.

Caput VI: De speculatione beatissimae Trinitatis in eius nomine, quod est bonum.

Caput VII: De excessu mentali et mystico, in quo requies datur intellectui, affectu totaliter in Deum per excessum transeunte.

Scholion

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