Itinerarium mentis in Deum

Bonaventure

Itinerarium mentis in Deum

Bonaventure (1217–1274)

Bonaventure's Itinerarium mentis in Deum (1259): the soul's six-step ascent to God through his footprints in the sensible world, his image reformed by grace, and the divine Being and Good, crowned by mystical ecstasy. Latin: Quaracchi critical text; English: Thomas Davidson's 1887 translation improved with AI.


Prologus

Caput I: De gradibus ascensionis in Deum et de speculatione ipsius per vestigia eius in universo.

Caput II: De speculatione Dei in vestigiis suis in hoc sensibili mundo.

  1. Mas como acerca del espejo de lo sensible cabe contemplar a Dios no sólo por ellas como por vestigios, sino también en ellas, en cuanto está en ellas por esencia, potencia y presencia —y considerar esto es más alto que lo anterior—, por eso esta consideración tiene el segundo lugar, como segundo grado de la contemplación, por el que debemos ser conducidos a contemplar a Dios en todas las criaturas que entran a nuestra mente por los sentidos corporales.

  2. Nótese, pues, que este mundo, que se dice macrocosmos, entra a nuestra alma, que se dice mundo menor, por las puertas de los cinco sentidos, según la aprehensión, la delectación y el juicio de los mismos sensibles. — Lo cual consta así: porque en él unas cosas son generantes, otras generadas, otras gobernantes, éstas y aquéllas. Las generantes son los cuerpos simples, es decir, los cuerpos celestes y los cuatro elementos. Pues de los elementos, por virtud de la luz que concilia la contrariedad de los elementos en los mixtos, son generadas y producidas cuantas cosas se generan y producen por operación de la virtud natural. — Las generadas son los cuerpos compuestos de elementos, como los minerales, los vegetales, los animales y los cuerpos humanos. — Las que rigen éstas y aquéllas son las sustancias espirituales: o del todo conjuntas, como son las almas de los brutos; o conjuntas separadamente, como son los espíritus racionales; o del todo separadas, como son los espíritus celestes, a quienes los filósofos llaman Inteligencias y nosotros Ángeles. A los cuales, según los filósofos, compete mover los cuerpos celestes, y por ello se les atribuye la administración del universo, recibiendo de la primera causa, es decir, de Dios, el influjo de la virtud, que devuelven según la obra del gobierno, que mira a la consistencia natural de las cosas. Mas según los teólogos, a los mismos se atribuye el régimen del universo por imperio del sumo Dios en cuanto a las obras de la reparación, según lo cual se dicen espíritus administradores, enviados por causa de los que reciben la herencia de la salvación.

  3. El hombre, pues, que se dice mundo menor, tiene cinco sentidos como cinco puertas, por las que entra a su alma el conocimiento de todas las cosas que hay en el mundo sensible. Pues por la vista entran los cuerpos sublimes y luminosos y demás cosas coloreadas; por el tacto, los cuerpos sólidos y terrestres; por los tres sentidos intermedios entran las intermedias: por el gusto las acuosas, por el oído las aéreas, por el olfato las vaporables, que tienen algo de naturaleza húmeda, algo de aérea, algo de ígnea o cálida, como se ve en el humo desprendido de los aromas. Entran, pues, por estas puertas tanto los cuerpos simples como los compuestos, mezclados de ellos. Mas como por el sentido percibimos no sólo estos sensibles particulares —luz, sonido, olor, sabor y las cuatro cualidades primarias que aprehende el tacto—, sino también los sensibles comunes —número, magnitud, figura, quietud y movimiento—; y todo lo que se mueve es movido por otro, y algunas cosas se mueven y reposan por sí mismas, como los animales: al aprehender por estos cinco sentidos los movimientos de los cuerpos, somos conducidos al conocimiento de los motores espirituales, como del efecto al conocimiento de las causas.

  4. Según los tres géneros de cosas, entra, pues, todo este mundo sensible al alma humana por la aprehensión. Mas estos sensibles exteriores son lo que primero entra al alma por las puertas de los cinco sentidos; entran, digo, no por sus sustancias, sino por sus semejanzas: primero generadas en el medio, y del medio en el órgano, y del órgano exterior en el interior, y de éste en la potencia aprehensiva; y así la generación de la especie en el medio, y del medio en el órgano, y la conversión de la potencia aprehensiva sobre ella, hacen la aprehensión de todo lo que el alma aprehende desde fuera.

  5. A esta aprehensión, si es de cosa conveniente, sigue la delectación. Se deleita el sentido en el objeto percibido por la semejanza abstracta, o por razón de hermosura, como en la vista, o por razón de suavidad, como en el olfato y el oído, o por razón de salubridad, como en el gusto y el tacto, hablando propiamente. Mas toda delectación es por razón de proporcionalidad. Y como la especie tiene razón de forma, de virtud y de operación —según que mira al principio de donde mana, al medio por donde pasa y al término en que actúa—, por eso la proporcionalidad o se atiende en la semejanza, según que tiene razón de especie o forma, y entonces se dice hermosura, pues la hermosura no es otra cosa que igualdad numerosa, o cierta colocación de las partes con suavidad de color; o se atiende la proporcionalidad en cuanto tiene razón de potencia o virtud, y entonces se dice suavidad, cuando la virtud agente no excede desproporcionadamente al recipiente —pues el sentido se entristece en los extremos y se deleita en los medios—; o se atiende en cuanto tiene razón de eficacia e impresión, la cual es entonces proporcional cuando el agente, imprimiendo, llena la indigencia del paciente —y esto es salvarlo y nutrirlo, lo cual aparece sobre todo en el gusto y el tacto—. Y así por la delectación las cosas deleitables exteriores entran al alma por semejanza, según la triple razón de deleitar.

  6. Tras esta aprehensión y delectación viene el juicio, por el que no sólo se juzga si esto es blanco o negro —pues esto pertenece al sentido particular—; no sólo si es saludable o nocivo —pues esto pertenece al sentido interior—; sino también por el que se juzga y se da razón de por qué deleita esto; y en este acto se inquiere la razón de la delectación que en el sentido se percibe del objeto. Esto es cuando se busca la razón de lo hermoso, lo suave y lo saludable; y se halla que esta es la proporción de igualdad. Mas la razón de igualdad es la misma en lo grande y lo pequeño, no se extiende por dimensiones, ni sucede o pasa con lo que pasa, ni se altera con los movimientos. Abstrae, pues, de lugar, tiempo y movimiento, y por ello es inmutable, incircunscriptible, interminable y del todo espiritual. El juicio, pues, es la acción que hace que la especie sensible, recibida sensiblemente por los sentidos, entre depurándose y abstrayéndose en la potencia intelectiva. Y así todo este mundo ha de entrar al alma humana por las puertas de los sentidos, según las tres operaciones antedichas.

  7. Mas todas estas cosas son vestigios en los que podemos especular a nuestro Dios. — Pues como la especie aprehendida sea semejanza generada en el medio y luego impresa en el mismo órgano, y por aquella impresión conduzca a su principio, es decir, al objeto cognoscible, insinúa manifiestamente que aquella luz eterna genera de sí semejanza o resplandor coigual, consustancial y coeterno; y que aquel que es imagen del Dios invisible y resplandor de la gloria y figura de su sustancia —que está en todas partes por su primera generación, así como el objeto genera su semejanza en todo el medio— se une por la gracia de la unión, como la especie al órgano corporal, a un individuo de naturaleza racional, para reducirnos por aquella unión al Padre como a principio fontal y objeto. Si, pues, todas las cosas cognoscibles han de generar especie de sí, proclaman manifiestamente que en ellas, como en espejos, puede verse la generación eterna del Verbo, Imagen e Hijo que emana eternamente de Dios Padre.

  8. Del mismo modo, la especie deleitante, como hermosa, suave y saludable, insinúa que en aquella primera especie está la primera hermosura, suavidad y salubridad, en la que hay suma proporcionalidad e igualdad con el generante; en la que hay virtud, no por fantasma, sino influyendo por la verdad de la aprehensión; en la que hay impresión que salva y basta y expulsa toda indigencia del aprehendente. Si, pues, la delectación es la conjunción de lo conveniente con lo conveniente; y sólo la semejanza de Dios tiene razón de sumamente hermoso, suave y saludable; y se une según la verdad y según la intimidad y según la plenitud que llena toda capacidad: manifiestamente puede verse que sólo en Dios está la delectación fontal y verdadera, y que desde todas las delectaciones somos conducidos a buscarla.

  9. Mas de modo más excelente e inmediato, el juicio nos conduce a especular más ciertamente la verdad eterna. Pues si el juicio ha de hacerse por razón que abstrae de lugar, tiempo y mutabilidad —y por tanto de dimensión, sucesión y transmutación—, por razón inmutable e incircunscriptible e interminable; y nada es del todo inmutable, incircunscriptible e interminable, sino lo que es eterno; y todo lo eterno es Dios o está en Dios: si, pues, todo lo que juzgamos más ciertamente, lo juzgamos por tal razón, consta que él mismo es la razón de todas las cosas y la regla infalible y la luz de la verdad, en la que todas las cosas relucen infaliblemente, indeleblemente, indudablemente, irrefragablemente, injuiciablemente, inmutablemente, sin coartación, interminablemente, indivisiblemente e intelectualmente. Y por eso aquellas leyes por las que juzgamos certitudinalmente de todos los sensibles que vienen a nuestra consideración —como sean infalibles e indudables para el intelecto del aprehendente, indelebles de la memoria del que recuerda como siempre presentes, irrefragables e injuiciables para el intelecto del que juzga, pues, como dice Agustín, nadie juzga de ellas, sino por ellas— es necesario que sean inmutables e incorruptibles como necesarias, incoartadas como incircunscriptas, interminables como eternas, y por ello indivisibles como intelectuales e incorpóreas, no hechas, sino increadas, existentes eternamente en el arte eterna, de la que, por la que y según la cual se forman todas las cosas hermosas; y por eso no pueden juzgarse certitudinalmente sino por aquella que no sólo fue forma que produce todas las cosas, sino también que las conserva y distingue, como ente que tiene forma en todas las cosas y regla que dirige, y por la que nuestra mente juzga todo lo que por los sentidos entra en ella.

  10. Esta especulación se dilata según la consideración de las siete diferencias de los números, por las que como por siete grados se asciende a Dios, según muestra Agustín en el libro de la Verdadera Religión y en el sexto de la Música, donde asigna las diferencias de los números que ascienden gradualmente desde estas cosas sensibles hasta el Artífice de todo, para que en todo se vea a Dios.

Dice, en efecto, que los números están en los cuerpos, y sobre todo en los sonidos y voces, y a éstos llama sonantes; los números abstraídos de ellos y recibidos en nuestros sentidos, y a éstos llama occursores (los que salen al encuentro); los números que proceden del alma al cuerpo, como se ve en los gestos y danzas, y a éstos llama progresores (los que avanzan); los números en las delectaciones de los sentidos por la conversión de la intención sobre la especie recibida, y a éstos llama sensuales; los números retenidos en la memoria, y a éstos llama memoriales; también los números por los que juzgamos de todas estas cosas, y a éstos llama judiciales, los cuales, como se dijo, están necesariamente sobre la mente como infalibles e injuiciables. Mas de ellos se imprimen en nuestras mentes los números artificiales, que Agustín no enumera entre aquellos grados, porque están conexos con los judiciales; y de ellos manan los números progresores, de los que se crean las formas numerosas de los artificios, de modo que de lo sumo por lo medio se haga ordenado descenso a lo ínfimo. A ellos también ascendemos gradualmente desde los números sonantes, mediando los ocurrentes, sensuales y memoriales.

Como, pues, todas las cosas sean hermosas y de algún modo deleitables; y la hermosura y la delectación no sean sin proporción; y la proporción esté primero en los números: es necesario que todas las cosas sean numerosas; y por ello el número es el principal ejemplar en la mente del Creador, y en las cosas el principal vestigio que conduce a la Sabiduría. El cual, como sea evidentísimo a todos y propincuísimo a Dios, conduce a Dios propincuísimamente, como por siete diferencias, y hace que sea conocido en todas las cosas corporales y sensibles, al aprehender nosotros lo numeroso, deleitarnos en las proporciones numerosas y juzgar irrefragablemente por las leyes de las proporciones numerosas.

  1. De estos dos primeros grados, por los que somos conducidos a especular a Dios en los vestigios a modo de dos alas que descienden en torno a los pies, podemos colegir que todas las criaturas de este mundo sensible conducen al ánimo del contemplante y del sabio a Dios eterno, porque son sombras, resonancias y pinturas de aquel primer principio potentísimo, sapientísimo y óptimo —de aquel eterno origen, luz y plenitud—, de aquel, digo, arte eficiente, ejemplante y ordenante; son vestigios, simulacros y espectáculos propuestos a nosotros para contemplar a Dios, y signos divinamente dados; los cuales, digo, son ejemplares, o mejor, copias de un ejemplar, propuestos a las mentes aún rudas y sensibles, para que por lo sensible que ven sean trasladadas a lo inteligible que no ven, como por los signos a lo signado.

  2. Mas tales criaturas de este mundo sensible significan los invisibles de Dios: en parte porque Dios es origen, ejemplar y fin de toda criatura, y todo efecto es signo de su causa, y lo ejemplado del ejemplar, y camino del fin al que conduce; en parte por su propia representación; en parte por prefiguración profética; en parte por operación angélica; en parte por institución sobreañadida. Pues toda criatura es por naturaleza cierta efigie y semejanza de aquella eterna sabiduría, pero especialmente aquella que en el libro de la Escritura fue asumida por el espíritu de profecía para prefiguración de lo espiritual; más especialmente aquellas criaturas en cuya efigie quiso Dios aparecerse por ministerio angélico; especialísimamente aquella que quiso instituir para significar, la cual tiene razón de signo no sólo según el nombre común, sino también de Sacramento.

  3. De todo lo cual se colige que los invisibles de Dios se ven desde la criatura del mundo, entendidos por las cosas que fueron hechas; de modo que quienes no quieren advertir esto, ni conocer, bendecir y amar a Dios en todas ellas, son inexcusables, al no querer ser trasladados de las tinieblas a la admirable luz de Dios. Mas gracias a Dios por Jesucristo, Señor nuestro, que nos trasladó de las tinieblas a su admirable luz, cuando por estas luces dadas desde fuera al espejo de nuestra mente, en el que relucen lo divino, somos dispuestos a reentrar.

Caput III: De speculatione Dei per suam imaginem naturalibus potentiis insignitam.

Caput IV: De speculatione Dei in sua imagine donis gratuitis reformata.

Caput V: De speculatione divinae unitatis per eius nomen primarium, quod est esse.

Caput VI: De speculatione beatissimae Trinitatis in eius nomine, quod est bonum.

Caput VII: De excessu mentali et mystico, in quo requies datur intellectui, affectu totaliter in Deum per excessum transeunte.

Scholion

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