Itinerarium mentis in Deum
Bonaventure (1217–1274)
Bonaventure's Itinerarium mentis in Deum (1259): the soul's six-step ascent to God through his footprints in the sensible world, his image reformed by grace, and the divine Being and Good, crowned by mystical ecstasy. Latin: Quaracchi critical text; English: Thomas Davidson's 1887 translation improved with AI.
Prologus
Caput I: De gradibus ascensionis in Deum et de speculatione ipsius per vestigia eius in universo.
-
Bienaventurado el varón cuyo auxilio viene de ti: dispuso ascensiones en su corazón, en el valle de lágrimas, en el lugar que puso. Como la bienaventuranza no sea otra cosa que la fruición del sumo bien, y el sumo bien esté sobre nosotros, nadie puede hacerse bienaventurado si no asciende sobre sí mismo, no con ascenso corporal, sino cordial. Mas sobre nosotros no podemos ser levantados sino por virtud superior que nos eleve. Pues por mucho que se dispongan los grados interiores, nada se hace si no acompaña el auxilio divino. Y el auxilio divino acompaña a los que piden de corazón, humilde y devotamente; y esto es suspirar a él en este valle de lágrimas, lo cual se hace por la oración ferviente. La oración, pues, es madre y origen de la acción ascendente. Por eso Dionisio, en el libro de la Teología Mística, queriendo instruirnos en los excesos mentales, antepone primero la oración. Oremos, pues, y digamos al Señor Dios nuestro: Condúceme, Señor, en tu camino, y entraré en tu verdad; alégrese mi corazón, para que tema tu nombre.
-
Orando en esta oración, somos iluminados para conocer los grados de la ascensión divina. Pues como, según el estado de nuestra condición, la misma universidad de las cosas sea escala para ascender a Dios, y entre las cosas unas sean vestigio, otras imagen, unas corporales, otras espirituales, unas temporales, otras eviternas, y por tanto unas fuera de nosotros, otras dentro de nosotros: para llegar a considerar el primer principio, que es espiritualísimo y eterno y está sobre nosotros, es menester que pasemos por el vestigio, que es corporal y temporal y está fuera de nosotros —y esto es ser conducido en el camino de Dios—; es menester que entremos a nuestra mente, que es imagen de Dios, eviterna, espiritual y dentro de nosotros —y esto es entrar en la verdad de Dios—; es menester que trascendamos a lo eterno, espiritualísimo y sobre nosotros, mirando al primer principio —y esto es alegrarse en el conocimiento de Dios y en la reverencia de su majestad.
-
Este es, pues, el camino de tres días en la soledad; esta es la triple iluminación de un solo día: la primera como la tarde, la segunda como la mañana, la tercera como el mediodía; esta mira a la triple existencia de las cosas —en la materia, en la inteligencia y en el arte eterna— según la cual se dijo: hágase, hizo, y fue hecho; esta mira también a la triple sustancia en Cristo, que es nuestra escala: corporal, espiritual y divina.
-
Según este triple progreso, nuestra mente tiene tres aspectos principales. Uno es a las cosas corporales exteriores, según el cual se llama animalidad o sensualidad; otro dentro de sí y en sí, según el cual se dice espíritu; el tercero sobre sí, según el cual se dice mente. — De todos ellos debe disponerse para ascender a Dios, para amarlo con toda la mente, con todo el corazón y con toda el alma, en lo cual consiste la perfecta observancia de la Ley, y junto con esto, la sabiduría cristiana.
-
Mas como cada uno de los modos antedichos se duplica —según que cabe considerar a Dios como alfa y omega, o en cuanto cabe ver a Dios en cada uno de los modos antedichos como por espejo y como en el espejo, o porque una de estas consideraciones ha de mezclarse con la otra a ella conjunta, y ha de considerarse en su pureza—, de ahí que estos tres grados principales hayan de ascender a seis, de modo que, así como Dios en seis días perfeccionó todo el mundo y en el séptimo descansó, así el mundo menor sea conducido ordenadísimamente, por seis grados sucesivos de iluminaciones, al descanso de la contemplación. — En figura de esto, al trono de Salomón se subía por seis gradas; los Serafines que vio Isaías tenían seis alas; después de seis días llamó el Señor a Moisés de en medio de la oscuridad, y después de seis días, como se dice en Mateo, condujo Cristo a los discípulos al monte y se transfiguró ante ellos.
-
Según, pues, los seis grados de la ascensión a Dios, hay seis grados de las potencias del alma, por los que ascendemos de lo ínfimo a lo sumo, de lo exterior a lo íntimo, de lo temporal ascendemos a lo eterno: a saber, sentido, imaginación, razón, intelecto, inteligencia y ápice de la mente o chispa de la sindéresis. Estos grados los tenemos plantados en nosotros por naturaleza, deformados por la culpa, reformados por la gracia; para ser purgados por la justicia, ejercitados por la ciencia, perfeccionados por la sabiduría.
-
Pues según la primera institución de la naturaleza, el hombre fue creado hábil para el reposo de la contemplación, y por eso Dios lo puso en un paraíso de delicias. Mas apartándose de la verdadera luz hacia el bien mudable, él mismo se encorvó por su propia culpa, y todo su linaje por el pecado original, que de dos maneras inficionó la naturaleza humana: la ignorancia a la mente y la concupiscencia a la carne; de modo que el hombre, cegado y encorvado, yace en las tinieblas y no ve la luz del cielo, si no le socorre la gracia con la justicia contra la concupiscencia, y la ciencia con la sabiduría contra la ignorancia. Todo lo cual se hace por Jesucristo, que nos fue hecho por Dios sabiduría y justicia, y santificación y redención. El cual, como sea virtud de Dios y sabiduría de Dios, Verbo encarnado lleno de gracia y de verdad, hizo la gracia y la verdad: es decir, infundió la gracia de la caridad, la cual, como sea de corazón puro y conciencia buena y fe no fingida, rectifica toda el alma según su triple aspecto antedicho; enseñó la ciencia de la verdad según el triple modo de la teología —simbólica, propia y mística—, para que por la simbólica usemos rectamente de lo sensible, por la propia de lo inteligible, por la mística seamos arrebatados a los excesos supramentales.
-
Quien, pues, quiera ascender a Dios, es menester que, evitada la culpa que deforma la naturaleza, ejercite las potencias naturales antedichas hacia la gracia que reforma —y esto por la oración—; hacia la justicia que purifica —y esto en la conducta—; hacia la ciencia que ilumina —y esto en la meditación—; hacia la sabiduría que perfecciona —y esto en la contemplación. Así como, pues, nadie viene a la sabiduría sino por la gracia, la justicia y la ciencia, así no se viene a la contemplación sino por la meditación perspicua, la conducta santa y la oración devota. Así como, pues, la gracia es fundamento de la rectitud de la voluntad y de la ilustración perspicua de la razón, así primero hemos de orar, luego vivir santamente, en tercer lugar atender a los espectáculos de la verdad, y atendiendo ascender gradualmente, hasta llegar al monte excelso, donde se ve al Dios de los dioses en Sion.
-
Como, pues, primero es ascender que descender en la escala de Jacob, coloquemos el primer grado de la ascensión en lo ínfimo, poniendo todo este mundo sensible ante nosotros como espejo, por el que pasemos a Dios, sumo artífice, para que seamos verdaderos hebreos que pasan de Egipto a la tierra prometida a los Padres, seamos también cristianos que pasan con Cristo de este mundo al Padre, y seamos amadores de la sabiduría, que llama y dice: Pasad a mí todos los que me deseáis, y llenaos de mis generaciones. Pues por la magnitud de la belleza y de la criatura podrá ser conocido el Creador de estas cosas.
-
Reluce, pues, la suma potencia y sabiduría y benevolencia del Creador en las cosas creadas, según que el sentido de la carne anuncia esto triplemente al sentido interior. Pues el sentido de la carne o sirve al intelecto que investiga racionalmente, o que cree fielmente, o que contempla intelectualmente. El que contempla considera la existencia actual de las cosas, el que cree el curso habitual de las cosas, el que raciocina la excelencia potencial de las cosas.
-
Del primer modo, el aspecto del que contempla, considerando las cosas en sí mismas, ve en ellas peso, número y medida: peso en cuanto al sitio adonde se inclinan, número con que se distinguen, y medida con que se limitan. Y por ello ve en ellas modo, especie y orden, y también sustancia, virtud y operación. De donde puede levantarse, como de un vestigio, a entender la inmensa potencia, sabiduría y bondad del Creador.
-
Del segundo modo, el aspecto del que cree, considerando este mundo, atiende al origen, al curso y al término. Pues por la fe creemos que los siglos fueron aptados por el Verbo de vida; por la fe creemos que los tiempos de las tres leyes —de la naturaleza, de la Escritura y de la gracia— se suceden entre sí y han corrido ordenadísimamente; por la fe creemos que el mundo ha de terminarse por el juicio final: advirtiendo en lo primero la potencia, en lo segundo la providencia, en lo tercero la justicia del sumo principio.
-
Del tercer modo, el aspecto del que investiga racionalmente ve que unas cosas sólo son, otras son y viven, otras son, viven y disciernen; y que las primeras son menores, las segundas medias, las terceras mejores. — Ve asimismo que unas cosas son sólo corporales, otras en parte corporales y en parte espirituales; de donde advierte que algunas son meramente espirituales, como mejores y más dignas que unas y otras. — Ve, no obstante, que unas son mudables y corruptibles, como las terrestres, otras mudables e incorruptibles, como las celestes; de donde advierte que algunas son inmutables e incorruptibles, como las supracelestes. De estas cosas visibles, pues, se levanta a considerar la potencia, sabiduría y bondad de Dios como ente, viviente e inteligente, meramente espiritual e incorruptible e intransmutable.
-
Esta consideración se dilata según la séptuple condición de las criaturas, que es testimonio séptuple de la divina potencia, sabiduría y bondad, si se considera el origen, la magnitud, la multitud, la hermosura, la plenitud, la operación y el orden de todas las cosas. — Pues el origen de las cosas según la creación, la distinción y el ornato, en cuanto a las obras de los seis días, predica la divina potencia que produce todas las cosas de la nada, la sabiduría que lúcidamente distingue todas las cosas, y la bondad que largamente adorna todas las cosas. — Mas la magnitud de las cosas según la mole de longitud, latitud y profundidad; según la excelencia de la virtud que se extiende lejos, ancha y profundamente, como se ve en la difusión de la luz; según la eficacia de la operación íntima, continua y difusa, como se ve en la operación del fuego, indica manifiestamente la inmensidad de la potencia, sabiduría y bondad del Dios trino, que existe incircunscrito en todas las cosas por potencia, presencia y esencia. — Mas la multitud de las cosas según la diversidad general, especial e individual en la sustancia, en la forma o figura y en la eficacia, sobre toda estimación humana, insinúa y muestra manifiestamente la inmensidad en Dios de las tres condiciones antedichas. — Mas la hermosura de las cosas según la variedad de luces, figuras y colores en los cuerpos simples, mixtos y aun complexionados —como en los cuerpos celestes y minerales, como en las piedras y metales, plantas y animales— proclama evidentemente las tres antedichas. — Mas la plenitud de las cosas, según que la materia está llena de formas por las razones seminales, la forma llena de virtud por la potencia activa, la virtud llena de efectos por la eficiencia, declara manifiestamente lo mismo. — La operación múltiple, según que es natural, según que es artificial, según que es moral, con su multiplicísima variedad muestra la inmensidad de aquella virtud, arte y bondad, que es para todos causa de ser, razón de entender y orden de vivir. — Mas el orden según la razón de duración, de situación y de influjo —es decir, por lo anterior y posterior, lo superior e inferior, lo más noble y lo más innoble— insinúa manifiestamente en el libro de la criatura la primacía, sublimidad y dignidad del primer principio en cuanto a la infinidad de la potencia; mas el orden de las divinas leyes, preceptos y juicios en el libro de la Escritura, la inmensidad de la sabiduría; mas el orden de los divinos sacramentos, beneficios y retribuciones en el cuerpo de la Iglesia, la inmensidad de la bondad, de modo que el mismo orden nos conduce evidentísimamente a lo primero y sumo, potentísimo, sapientísimo y óptimo.
-
Quien, pues, con tan grandes resplandores de las criaturas no es ilustrado, ciego es; quien con tantos clamores no despierta, sordo es; quien por todos estos efectos no alaba a Dios, mudo es; quien por tantos indicios no advierte el primer principio, necio es. — Abre, pues, los ojos, acerca los oídos espirituales, suelta tus labios y aplica tu corazón, para que en todas las criaturas veas, oigas, alabes, ames y adores a tu Dios, lo magnifiques y honres, no sea que acaso todo el orbe de la tierra se levante contra ti. Pues por esto peleará el orbe de la tierra contra los insensatos, y al contrario, para los sensatos será materia de gloria, los cuales según el Profeta pueden decir: Me deleitaste, Señor, en tu hechura, y en las obras de tus manos exultaré. ¡Cuán magníficas son tus obras, Señor! Todas las hiciste en sabiduría; llena está la tierra de tu posesión.