Itinerarium mentis in Deum
Bonaventure (1217–1274)
Bonaventure's Itinerarium mentis in Deum (1259): the soul's six-step ascent to God through his footprints in the sensible world, his image reformed by grace, and the divine Being and Good, crowned by mystical ecstasy. Latin: Quaracchi critical text; English: Thomas Davidson's 1887 translation improved with AI.
Prologus
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En el principio invoco al primer principio, de quien descienden todas las iluminaciones como del Padre de las luces, de quien procede todo don óptimo y todo don perfecto: es decir, al Padre eterno, por su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para que por la intercesión de la santísima Virgen María, madre del mismo Dios y Señor nuestro Jesucristo, y del bienaventurado Francisco, nuestro guía y padre, conceda que los ojos de nuestra mente sean iluminados, para dirigir nuestros pies hacia el camino de aquella paz que supera todo sentido; paz que evangelizó y dio nuestro Señor Jesucristo; de cuya predicación fue repetidor nuestro padre Francisco, anunciando la paz al principio y al fin de toda predicación suya, deseando la paz en todo saludo, suspirando en toda contemplación por la paz extática, como ciudadano de aquella Jerusalén de la que dice aquel varón de paz, que con los que odiaban la paz era pacífico: Rogad lo que es para la paz de Jerusalén. Sabía, en efecto, que el trono de Salomón no estaba sino en la paz, pues está escrito: En la paz fue hecho su lugar, y su morada en Sion.
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Buscando, pues, yo pecador —que, del todo indigno, sucedo al mismo padre beatísimo en séptimo lugar en el ministerio general de los hermanos después de su tránsito— esta paz con espíritu anhelante, a ejemplo del beatísimo padre Francisco, sucedió que por divino impulso, hacia el año trigésimo tercero después de su tránsito, me retiré al monte Alverna como a lugar quieto, por amor de buscar la paz del espíritu; y estando allí, mientras trataba en mi mente de algunas ascensiones mentales hacia Dios, se me ofreció entre otras cosas aquel milagro que aconteció en dicho lugar al mismo bienaventurado Francisco: la visión de un Serafín alado a imagen del Crucificado. Al considerarla, al punto me pareció que aquella visión mostraba la suspensión del mismo padre en la contemplación, y el camino por el que a ella se llega.
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Pues por aquellas seis alas pueden entenderse rectamente seis suspensiones de iluminación, por las que el alma se dispone, como por ciertos grados o jornadas, a pasar a la paz por los excesos extáticos de la sabiduría cristiana. Pero el camino no es sino por el amor ardentísimo al Crucificado, que de tal modo transformó en Cristo a Pablo, arrebatado hasta el tercer cielo, que decía: Clavado estoy con Cristo en la cruz; vivo, mas ya no yo; vive en mí Cristo; el cual también absorbió de tal modo la mente de Francisco, que su mente quedó patente en su carne, cuando durante un bienio antes de su muerte llevó en su cuerpo los sacratísimos estigmas de la pasión. La figura, pues, de las seis alas seráficas insinúa seis iluminaciones a modo de escalones, que comienzan en las criaturas y conducen hasta Dios, a quien nadie entra rectamente sino por el Crucificado. Pues quien no entra por la puerta, sino que sube por otro lado, ése es ladrón y salteador. Mas si alguno entrare por esta puerta, entrará y saldrá, y hallará pastos. Por lo cual dice Juan en el Apocalipsis: Bienaventurados los que lavan sus vestiduras en la sangre del Cordero, para que tengan potestad en el árbol de la vida, y entren por las puertas en la ciudad; como diciendo que nadie puede entrar por la contemplación en la Jerusalén de arriba, si no entra por la sangre del Cordero como por una puerta. Pues nadie está de ningún modo dispuesto a las contemplaciones divinas, que conducen a los excesos mentales, si con Daniel no es varón de deseos. Y los deseos se encienden en nosotros de dos maneras: a saber, por el clamor de la oración, que nos hace rugir con el gemido del corazón, y por el fulgor de la especulación, por el que la mente se vuelve directísima e intensísimamente hacia los rayos de la luz.
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Al gemido de la oración, pues, por Cristo crucificado, por cuya sangre somos limpiados de las inmundicias de los vicios, invito en primer lugar al lector, no sea que acaso crea que le basta la lectura sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin la exultación, la diligencia sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la divina gracia, el espejo sin la sabiduría divinamente inspirada. — A vosotros, pues, prevenidos por la divina gracia, humildes y piadosos, compungidos y devotos, ungidos con el óleo de la alegría, amadores de la divina sabiduría e inflamados en su deseo, que queréis vacar a magnificar a Dios, a admirarlo y aun a gustarlo, os propongo las siguientes especulaciones, advirtiendo que poco o nada es el espejo exterior que se nos propone, si el espejo de nuestra mente no hubiere sido limpiado y pulido. Ejercítate, pues, hombre de Dios, primero en el aguijón de la conciencia que remuerde, antes de levantar los ojos a los rayos de la sabiduría que relucen en sus espejos, no sea que acaso, por la misma contemplación de los rayos, caigas en una fosa más grave de tinieblas.
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Plugóme distinguir el tratado en siete capítulos, anteponiendo los títulos para más fácil inteligencia de lo que se dice. Ruego, pues, que más se pondere la intención del que escribe que la obra, más el sentido de lo dicho que el sermón inculto, más la verdad que la hermosura, más el ejercicio del afecto que la erudición del intelecto. Y para que esto se logre, el curso de estas especulaciones no ha de recorrerse a la ligera, sino rumiarse detenida y morosamente.