Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber III
Francesco Silvestri (1474–1528)
Commentaria in Summam contra Gentiles
First published 1926
In Book III of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) expounds Aquinas's account of providence, human happiness, moral action, and divine grace. The commentary accompanies the Leonine text in volume XIV (1926). The present digital edition includes the Latin text and an English translation.
Prooemium
Caput I: Quod Omne Agens Agit propter Finem
Caput II: Quod Omne Agens Agit propter Bonum
Caput III: Quod Malum est Praeter Intentionem in Rebus
Caput IV: Rationes Quibus Videtur Probari quod Malum non Sit Praeter Intentionem
Caput V: Solutio Rationum Praemissarum
Caput VI: Quod Malum non est Aliqua Essentia
Caput VII: Rationes Quibus Videtur Probari quod Malum Sit Natura vel Res Aliqua
Caput VIII: Solutio Rationum Praemissarum
Caput IX: Quod Causa Mali est Bonum
Caput X: Quod Malum Fundatur in Bono
Caput XI: Quod Malum non Totaliter Consumit Bonum
Caput XII: Quod Malum Habet Aliquo Modo Causam
Caput XIII: Quod Malum est Causa per Accidens
Caput XIV: Quod non est Summum Malum
Caput XV: Quod Finis Cuiuslibet Rei est Bonum
Caput XVI: Quod Omnia Ordinantur in Unum Finem, qui est Deus
Caput XVII: Quomodo Deus Sit Finis Rerum
Caput XVIII: Quod Omnia Intendunt Assimilari Deo
Caput XIX: Quomodo Res Imitentur Divinam Bonitatem
Caput XX: Quod Res Intendunt Naturaliter Assimilari Deo in Hoc quod est Causa
Caput XXI: Quomodo Diversimode Res Ordinantur in Suos Fines
Caput XXII: Quod Motus Caeli est a Principio Intellectivo
Caput XXIII: Quomodo Appetunt Bonum Etiam quae Cognitione Carent
Caput XXIV: Quod Intelligere Deum est Finis Omnis Intellectualis Substantiae
Caput XXV: Utrum Felicitas Consistat in Actu Voluntatis
Caput XXVI: Quod Felicitas Humana non Consistit in Delectationibus Carnalibus
Caput XXVII: Quod Felicitas non Consistit in Honoribus
Caput XXVIII: Quod Felicitas Hominis non Consistit in Gloria
Caput XXIX: Quod Felicitas Hominis non Consistit in Divitiis
Caput XXX: Quod Felicitas non Consistit in Potentia Mundana
Caput XXXI: Quod Felicitas non Consistit in Bonis Corporis
Caput XXXII: Quod Felicitas Humana non Consistit in Sensu
Caput XXXIII: Quod Ultima Hominis Felicitas non Consistit in Actibus Virtutum Moralium
Caput XXXIV: Quod Ultima Felicitas non Sit in Actu Prudentiae
Caput XXXV: Quod Felicitas non Consistit in Operatione Artis
Caput XXXVI: Quod Ultima Felicitas Hominis Consistit in Contemplatione Dei
Caput XXXVII: Quod Felicitas Humana non Consistit in Cognitione Dei quae Communiter Habetur a Pluribus
Caput XXXVIII: Quod Felicitas Humana non Consistit in Cognitione Dei quae Habetur per Demonstrationem
Caput XXXIX: Quod Felicitas Humana non Consistit in Cognitione Dei quae est per Fidem
Caput XL: Utrum in Hac Vita Homo Possit Intelligere Substantias Separatas per Studium et Inquisitionem Scientiarum Speculativarum
Caput XLI: Quod non Possumus in Hac Vita Cognoscere Substantias Separatas sicut Ponit Alexander
Caput XLII: Quod non Possumus in Hac Vita Intelligere Substantias Separatas sicut Ponit Averroes
Caput XLIII: Quod Ultima Felicitas Hominis non Consistit in Cognitione Substantiarum Separatarum Qualem Praedictae Opiniones Fingunt
Caput XLIV: Quod non Possumus in Hac Vita Intelligere Substantias Separatas
Caput XLV: Quod Anima in Hac Vita non Intelligit Seipsam per Seipsam
Caput XLVI: Quod non Possumus in Hac Vita Videre Deum per Essentiam
Caput XLVII: Quod Ultima Hominis Felicitas non Sit in Hac Vita
Caput XLVIII: Quod Substantiae Separatae non Vident Deum per Essentiam ex Hoc quod Cognoscunt eum per Suam Essentiam
Caput XLIX: Quod in Naturali Cognitione Quam Habent Substantiae Separatae de Deo non Quiescit Earum Naturale Desiderium
Caput L: Quomodo Deus per Essentiam Videatur
Caput LI: Quod Nulla Creata Substantia Potest Sua Naturali Virtute Pervenire ad Videndum Deum per Essentiam
Caput LII: Quod Intellectus Creatus Indiget Aliqua Influentia Divini Luminis ad Hoc ut Deum per Essentiam Videat
Caput LIII: Rationes Quibus Videtur Probari quod Deus non Possit Videri per Essentiam, et Solutiones Earum
Caput LIV: Quod Intellectus Creatus non Comprehendit Divinam Substantiam
Caput LV: Quod Nullus Intellectus Creatus, Videndo Deum, Videt Omnia quae in Eo Videri Possunt
Caput LVI: Quod Omnis Intellectus, Cuiuscumque Gradus, Particeps esse Potest Divinae Visionis
Caput LVII: Quod Unus Alio Perfectius Deum Videre Potest
Caput LVIII: Quomodo Videntes Divinam Substantiam Omnia Vident
Puesto que se ha mostrado que, de los que ven a Dios, uno lo ve más perfectamente que otro, podría alguno preguntar si hay tanta desigualdad que no haya multitud alguna de cosas que todos vean; o si más bien hay algunas que son vistas por todos en la esencia divina. Por eso quiere Santo Tomás responder a esta cuestión 1.
Sobre esto, sin embargo, hace dos cosas: primero, muestra cuáles son aquellas cosas que en la esencia divina son vistas por todos; segundo, resuelve cierta duda, hacia la mitad de este capítulo 2.
I. En cuanto a lo primero, propone esta conclusión: Cualquiera de los que ven la substancia divina conoce todos los géneros y especies y virtudes, y todo el orden del universo.
Se prueba primeramente. El apetito natural del entendimiento es que conozca todas las cosas dichas: como lo demuestra el esfuerzo humano hacia 3 cada una de ellas. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque es necesario que el apetito natural de la substancia intelectual que ve la substancia divina descanse por completo: pues descansa el apetito natural de cualquier cosa cuando ha llegado al último fin.
Segundo. El entendimiento es elevado por la luz de la gloria a ver la substancia de Dios, que es lo sumo en el género de los inteligibles. Luego mucho más es perfeccionado por esa misma luz para entender todas las demás cosas que hay en la naturaleza de las cosas. Luego etc. — Se prueba la consecuencia por la diferencia puesta entre el entendimiento y el sentido, III de Anima. A saber, porque el entendimiento, después de haber entendido lo más inteligible, no podrá menos entender los demás inteligibles, sino más: pues no es corrompido ni impedido por su objeto, sino sólo perfeccionado. Esto, empero, no conviene al sentido respecto de lo sensible: ya que por los sensibles excelentes es corrompido o debilitado.
Nótese que, ciertamente, no es necesario que, si por alguna luz intelectual se manifiesta el mayor inteligible, se manifieste por esa misma también el menor inteligible, de modo que se vea en el mayor: pero es bien probable que la luz que eleva al entendimiento a ver la esencia divina, que es el inteligible excelentísimo, nacido para representar todas las cosas clarísimamente, eleve también a ver las especies y naturalezas de todas las cosas naturales, que son efectos de aquella substancia divina, en las cuales reluce la bondad divina.
II. Pero ocurre una duda acerca de esta razón. Pues de ella misma parece poder concluirse no sólo que los Bienaventurados ven todas las cosas pertenecientes al orden del universo, sino que ven absolutamente todas. Pues así como todas las cosas dichas, así también todas las producibles por Dios son menos inteligibles que la esencia divina.
Se responde que esta razón se aduce para excluir la respuesta que podría darse a la razón precedente. Pues podría alguno decir que, aunque el deseo natural de la naturaleza intelectual sea conocer todas las cosas dichas, sin embargo es impedido de su conocimiento por la excelencia de la esencia divina que ve, como el sentido es impedido por los sensibles excelentes para que no conozca los sensibles menores. Pero esa respuesta es excluida por esta razón, como patente del mismo proceso de la razón. Por eso de ella misma no puede concluirse que los Bienaventurados vean absolutamente todas las cosas en Dios: sino sólo que la excelencia inteligible de lo divino no impide que los Bienaventurados vean en Dios aquellas cosas que naturalmente desean saber.
III. Tercero. Las cosas que se requieren para la perfección del ser natural, se requieren también para la perfección del ser inteligible, o incluso más. Pero la perfección del ser inteligible es que el entendimiento haya llegado a su fin, a saber, a ver a Dios: así como la perfección del ser natural consiste en la constitución de las cosas 4. Luego Dios manifiesta al entendimiento que le ve todas las cosas que produjo para la perfección del universo. — Se prueba la mayor. Porque el ser inteligible no es de menor amplitud que el ser natural, sino quizá de mayor: pues el entendimiento entiende también negaciones y privaciones, que no tienen ser natural.
Nótese que la razón consiste en esto: que, cuando el entendimiento haya llegado a su fin, que es ver la substancia divina, tendrá el complemento de la perfección en el ser inteligible. Pero la perfección del entendimiento en el ser inteligible es el entender. Por eso, cuando haya llegado a ver a Dios, tendrá el conocimiento completo de todo el ser inteligible: de otro modo no habría llegado a su último fin, pues quedaría todavía algo por entender de su parte. Mas todas las cosas que pertenecen a la perfección del ser natural pertenecen también a la perfección del ser inteligible: pues cada cosa es inteligible en cuanto es ente en acto. Por eso es necesario que vea todas las cosas pertenecientes al ser de la naturaleza.
Cuarto. Cualquiera de los que ven a Dios le ve tan perfectamente que se llena toda su capacidad natural, e incluso es excedida. Por tanto ve todas las cosas a las que se extiende su capacidad natural. Luego etc. — Se prueba la segunda consecuencia (pues la primera es manifiesta). Porque la capacidad natural de cualquier entendimiento se extiende a conocer todas las cosas dichas.
Se confirma por la autoridad del Señor, Exod. xxxiii; y por la autoridad de Gregorio.
IV. Nótese que esa autoridad de Gregorio, en el IV de los Diálogos, a saber: ¿Qué es lo que no ven los que ven a quien todo lo ve?, parece que Santo Tomás, dado que la aduce para la confirmación de lo dicho, la interpreta no de todas las cosas absolutamente, sino de todos los géneros, especies, virtudes y del orden del universo. En la Primera Parte, empero 5; y en Verit., q. viii, a. 4 6, la interpreta cuanto a la suficiencia del medio: porque la esencia divina es, en cuanto está en sí misma, medio suficiente de demostración de todas las cosas. — Añade también en Qu. Verit. 7 otra exposición: a saber, que puede entenderse de aquellas cosas que pertenecen a la substancia de la beatitud. Pues, como allí dice, ad 12, aunque ningún conocimiento de la criatura sea de la substancia de la beatitud en cuanto beatificante, sin embargo algún conocimiento de la criatura pertenece a la beatitud casi como necesario para algún acto del Bienaventurado: por ejemplo, para el gobierno de aquellos que se le encomiendan a su cuidado; o para alabar, como son las criaturas de las que consta la perfección del universo. Pero esa exposición es casi la misma que la que aquí se propone.
V. En cuanto a lo segundo, Santo Tomás resuelve cierta duda que de lo dicho parece suscitarse 8. Pues se ha dicho en lo anterior 9 que los que ven a Dios no lo ven todo. Aquí, empero, se dice que lo ven todo. Y así parecen decirse cosas contradictorias.
Responde que no hay contradicción, sino que ambos son verdaderos, si se entiende rectamente. Pues si por todo se entienden las cosas que pertenecen a la perfección del universo, así los que ven a Dios ven todas: como patente de las razones aducidas arriba. Pero replica una razón, que quizá le parecía más sutil, a saber esta: porque, como el entendimiento es de algún modo todas las cosas, cualesquiera cosas que pertenecen a la perfección de la naturaleza pertenecen también a la perfección del ser inteligible. De donde, según Agustín, super Gen. ad litt., tales cosas no sólo fueron hechas por el Verbo de Dios para que subsistieran en su propia naturaleza, sino también en la inteligencia del ángel, para que fueran entendidas por ellos. Estas, empero, son las naturalezas de las especies, y sus propiedades y virtudes: pues a las especies de la naturaleza se dirige la intención. Luego conocer esto pertenece a la perfección de la naturaleza intelectual. Luego esto se consigue en la beatitud final por la visión de la esencia divina. Por el conocimiento también de las especies naturales se conocen los individuos existentes bajo las especies: como patente de lo dicho arriba sobre el conocimiento de Dios y de los ángeles.
Si empero por todo se entienden todas las cosas que Dios, entendiendo su esencia, conoce: ningún entendimiento creado ve todas las cosas en la substancia de Dios. Pues no ve todas las cosas que Dios puede hacer y nunca hará. Tampoco ve las razones de todas las cosas hechas, como se dice en Eccle. viii. Finalmente no ve todas las cosas que dependen de la sola voluntad de Dios: como son la predestinación, la elección, la justificación y cosas semejantes. — Las dos primeras se prueban, porque una no podría ser sin la comprensión de la virtud divina, lo cual se ha mostrado arriba ser imposible: y se muestra también por la autoridad de Iob XI. La otra, empero, no podría ser sin la comprensión de la bondad divina y de la sabiduría divina: porque, como la razón de las cosas hechas es que la bondad de Dios se difunda en las cosas, alguno conocería las razones de todas las cosas si conociera todos los bienes que pueden provenir en las cosas creadas según el orden de la sabiduría divina; lo cual sería comprender la bondad divina y también10 la sabiduría.
- El tercero, empero, se prueba por la autoridad del Apóstol, I Cor. II.
VI. Sobre lo dicho ocurren dos dudas. La primera es porque Santo Tomás, en Prima, q. XII, a. 8, ad ult., dice que conocer los singulares no es de la perfección del entendimiento creado, y que a esto no se dirige el deseo natural de la criatura racional, dejando entendido que esas cosas no se ven en Dios. - Aquí, empero, parece decirse lo opuesto: pues dice que por el conocimiento de las especies naturales son conocidos los individuos existentes bajo tales especies por el entendimiento que ve a Dios.
La segunda duda11 es, porque aquí se dice que todas las razones de las cosas hechas no puede conocerlas el entendimiento creado. - En el lugar prealegado, empero, se dice que el deseo natural de la criatura racional es saber todas aquellas cosas que pertenecen a la perfección del entendimiento: y éstas son las especies y géneros de las cosas, y sus razones, las cuales en Dios verá cualquiera que vea la esencia divina.
VII. A lo primero de esto se responde que los singulares pueden considerarse de dos maneras. De un modo, cuanto a su naturaleza individuada, según la cual se contienen bajo la especie; y cuanto a aquellas cosas que les convienen según el orden natural del universo. Y así quiere aquí Santo Tomás que los singulares sean vistos por el que ve a Dios mediante el conocimiento de las especies naturales. Y esto, ciertamente, es probable. Porque así como las substancias separadas, como arriba se ha mostrado, viendo con conocimiento natural la especie, ven todos los individuos de ella existentes en acto, ya que la especie inteligible de la naturaleza específica es también semejanza de ellos: así, como el conocimiento del Bienaventurado no es inferior al conocimiento natural de la substancia separada, es conveniente que los que ven por la esencia divina, que es semejanza de todas, alguna naturaleza y especie, vean por ella todos los individuos de aquella naturaleza.
De otro modo pueden considerarse cuanto a aquellas cosas que les provienen por la ordenación divina; o también las que pertenecen a la voluntad de la misma criatura. Y así entiende en la Primera Parte. De donde dijo copulativamente que conocer los otros singulares, y sus pensamientos y obras, no es de la perfección del entendimiento creado. Así, en efecto, es verdadero que los que ven a Dios no ven a todos los hombres viendo todas las cosas que a éstos en cada día suceden por la ordenación divina, y todos sus pensamientos. Y semejantemente no ven todas las cosas a las que los otros singulares son ordenados por la institución divina, sino de éstas sólo ven cuanto requiere la perfección de la beatitud: como se dice en de Verit., en el lugar citado arriba12; y en Quarto, d. XLV, q. III, a. 1.
Esto, empero, lo exige la perfección de la beatitud: que vean lo que a ellos pertenece, como son los votos y oraciones y devociones de los hombres que se afeccionan a ellos, e imploran su auxilio13, y otras cosas semejantes. De este modo, pues, algunos singulares, cuanto a aquellas cosas que pertenecen a su propia voluntad y a la ordenación divina, los conocen, mas no todos: aunque conocen todas aquéllas en cuanto son singulares de esta naturaleza, y cuanto a aquellas cosas que les convienen según el orden de la naturaleza. De donde también la opinión de Gregorio en el lib. XII de Moral.14, la cual aprueba Santo Tomás en el lugar prealegado15 más que la opinión de Agustín en el libro de Cura pro mortuis agenda16, así debe entenderse. Pues cuando dice que los que ven dentro la claridad de Dios, de ningún modo debe creerse que haya fuera algo que ignoren, debe entenderse de aquellas cosas que pertenecen al orden de la naturaleza: mas no de todas absolutamente las que de cualquier modo convienen a los singulares.
VIII. Pero queda la duda de si los Bienaventurados ven en la esencia divina todos los singulares, así los presentes como los futuros: o sólo los que están presentes. Pues si se supone que ven los singulares también futuros, parece que esto es contra la mente de Santo Tomás. Primero, porque aquí se dice que conocen los individuos existentes bajo las especies. Pero consta que los futuros bajo las especies no existen. - Segundo, porque en la Primera Parte, q. XII, a. 8, ad ult., sostiene que no conocen las cosas que todavía no son. - Tercero, porque en Prima, q. LXXXIX, a. 8, sostiene que ven todas las cosas presentes que aquí se hacen, como los ángeles.
Si empero se supone que conocen sólo los singulares presentes: como los presentes hacen sucesión, se sigue que en la visión beatífica habrá sucesión y mutación; lo cual es contra Agustín, en el último de Trinitate17.
IX. Puede decirse a esto que ambas partes pueden sostenerse. Pues podemos, primero, sostener que los Bienaventurados ven sólo las cosas presentes que aquí se hacen, según aquellas cosas que se dicen en Prima, q. LXXXIX.
Y cuando se instancia que entonces habría sucesión y mutación: - se dice primero, que la sucesión en la visión beatífica puede entenderse de dos maneras: de un modo, extrínsecamente; de otro, intrínsecamente. Si se toma intrínsecamente, no se sigue que haya allí sucesión: porque es un solo acto de la visión beatífica siempre permaneciente, el cual ni se intensifica ni se remite, aunque algunos singulares antes no se vean y después se vean. Así como, si se supone que un ángel considera por la especie de hombre la naturaleza humana y sus singulares, durante la misma visión y de ningún modo variada en sí, puede ver algunos hombres que antes no veía: porque, antes de ser, no participaban en acto la especie humana, para que pudieran verse juntamente con ella; después, empero, de que son producidos, participan en acto la naturaleza humana. - Si empero se toma extrínsecamente, no es inconveniente que haya sucesión en la visión de este tipo en cuanto termina en los singulares: es decir, que aquellos singulares terminen sucesivamente tal visión. - Y si se argumenta, porque no pueden conocerse más cosas en la causa a menos que la causa se conozca más perfectamente: - se dice que esto es verdadero de aquellas cosas que se conocen per se en la causa, mas no de aquellas que se conocen en la causa en cuanto participan en acto la cosa per se conocida: porque entonces basta que lo que antes no participaba de ella, ahora participe en acto. Así, empero, es de los singulares: pues aquellos terminan aquella visión, no per se, sino en cuanto participan la especie; y antes no están en acto, pero después sí.
Se dice segundo, que aquello acontece sin mutación de la misma visión en sí: sino por la mutación tan sólo de los mismos singulares.
- Podemos, segundo, sostener que los Bienaventurados, del modo en que conocen los singulares en Dios, ven no sólo los presentes, sino también los pasados y futuros simultáneamente, sin, claro está, aquella sucesión extrínseca: ya que también aquella visión es medida de algún modo por la eternidad; y se ven las especies de las cosas por la esencia divina, que es semejanza tanto de las especies como de todos los singulares.
No obsta, empero, primero, lo que aquí se dice. Porque se entiende de los singulares existentes bajo las especies en cualquier diferencia de tiempo.
No obsta, segundo, lo que se dice en la cuestión XII de la Primera Parte. Porque aquello se entiende de las especies que nunca serán, pero que sin embargo pueden ser producidas por Dios.
No obsta, tercero, lo que se aduce de la cuestión LXXXIX de la Primera Parte. Porque, aunque allí se diga que conocen todas las cosas presentes que aquí se hacen, de lo cual en aquel lugar se preguntaba, sin embargo no dice que vean sólo las presentes.
- Aunque la primera respuesta quizá pueda sostenerse (lo cual no afirmo), según aquellas cosas que se dijeron en el libro I, cap. XV, sin embargo me parece que la segunda es la más de abrazar en la doctrina de Santo Tomás. Pues en Qu. Verit., q. VIII, a. 12, ad 2, hablando de los ángeles bienaventurados, dice que, cuanto a la visión con la que ven las cosas en el Verbo, se comportan indiferentemente para conocer los presentes y los futuros. En los capítulos también inmediatamente siguientes sostiene que, de las cosas que se ven en la esencia divina, una no se ve antes y otra después, sino que todas se ven simultáneamente y con un único acto.
X. A la segunda duda18 se responde que las razones de las cosas en este lugar se dicen los inteligibles que de las cosas pueden conocerse, a saber, todo lo que el entendimiento puede entender que está en las cosas. Pero las cosas de este tipo se dan en doble diversidad. Pues algunas son las que acompañan necesariamente a la naturaleza de la cosa y a su quididad: como son las virtudes naturales y propiedades de la cosa. Y éstas pueden conocerse por el conocimiento perfecto de la quididad. Y de éstas entiende Santo Tomás en la Primera Parte: de donde también aquí dijo que los Bienaventurados conocen las naturalezas de todas las especies y sus virtudes y accidentes propios. — Algunas, empero, son las que convienen a las cosas según que están bajo la providencia divina. Y éstas no se conocen, conocida la naturaleza y quididad de la cosa. Y de éstas habla Santo Tomás aquí, cuando dice que los Bienaventurados no conocen todas las razones de las cosas hechas. Pues esas razones son las habitudes convenientes a las cosas hechas en orden al fin que es la bondad divina. De donde, hablando Santo Tomás de estas razones, dice que la razón de la cosa hecha se toma del fin que el agente pretende: esto, en efecto, es verdadero de la razón conveniente a la cosa según que fue hecha y ordenada a algún fin. Conocer, por tanto, todas las habitudes y ordenaciones posibles de convenir a las cosas creadas según que están bajo la providencia divina, sería conocer todos los grados de la bondad divina según los cuales puede difundirse. Lo cual sería comprender la bondad divina. Lo cual, como es imposible, es imposible que se conozcan todas las razones de este tipo de las cosas creadas, las cuales pueden convenir a ellas por la providencia y sabiduría divinas.
XI. Finalmente, acerca de las cosas dichas en este capítulo, debe notarse que en este lugar habló Santo Tomás indiferentemente de todos los Bienaventurados, porque determinó las cosas que a todos convienen. Pues esto es común a todos los Bienaventurados: que ven todas las cosas pertenecientes a la perfección de la naturaleza del universo, mas no ven todas las cosas que Dios, viendo su esencia, conoce. — En otros lugares, empero, a saber, en Verit., en el lugar prealegado 19; y q. xx, a. 4; y en Tertio, d. xiv 20; y en IV Sent., d. xlix 21, en el lugar citado arriba, pone cierta diferencia entre el alma de Cristo y los otros Bienaventurados. Quiere, en efecto, que el alma de Cristo sepa todas las cosas que Dios conoce con ciencia de visión, las cuales, claro está, tienen ser en alguna diferencia de tiempo, ya pertenezcan al ser de la naturaleza, ya al ser de la gracia y al orden de la providencia y predestinación divinas. De donde también sabe todos los singulares, y todos los actos singulares de todos, y lo escondido del corazón. Los otros, empero, de lo dicho conocen más o menos cosas, según que ven la esencia divina más o menos perfectamente.
Añade, empero, una cosa en IV Sent. 22, a saber: Nada impide decir que después del día del juicio todos los Bienaventurados sepan todas las cosas dichas que Dios sabe con ciencia de visión: no ciertamente viendo la esencia divina, porque entonces todos serían igualmente bienaventurados; sino que algunas ciertamente en la esencia divina, otras, empero, por revelación del alma de Cristo, que ve todas las cosas de este tipo, y de otros Bienaventurados superiores. Lo cual, ciertamente, no se hará por nuevas iluminaciones, sino por la continuación de la iluminación: como si imagináramos que el sol, quieto, ilumina el aire. De donde en Apoc. xxi 23 se dice que la claridad de Dios iluminará la ciudad de los Bienaventurados, y su lámpara es el Cordero.