Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber III
Francesco Silvestri (1474–1528)
Commentaria in Summam contra Gentiles
First published 1926
In Book III of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) expounds Aquinas's account of providence, human happiness, moral action, and divine grace. The commentary accompanies the Leonine text in volume XIV (1926). The present digital edition includes the Latin text and an English translation.
Prooemium
Caput I: Quod Omne Agens Agit propter Finem
Caput II: Quod Omne Agens Agit propter Bonum
Caput III: Quod Malum est Praeter Intentionem in Rebus
Caput IV: Rationes Quibus Videtur Probari quod Malum non Sit Praeter Intentionem
Caput V: Solutio Rationum Praemissarum
Caput VI: Quod Malum non est Aliqua Essentia
Caput VII: Rationes Quibus Videtur Probari quod Malum Sit Natura vel Res Aliqua
Caput VIII: Solutio Rationum Praemissarum
Caput IX: Quod Causa Mali est Bonum
Caput X: Quod Malum Fundatur in Bono
Caput XI: Quod Malum non Totaliter Consumit Bonum
Caput XII: Quod Malum Habet Aliquo Modo Causam
Caput XIII: Quod Malum est Causa per Accidens
Caput XIV: Quod non est Summum Malum
Caput XV: Quod Finis Cuiuslibet Rei est Bonum
Caput XVI: Quod Omnia Ordinantur in Unum Finem, qui est Deus
Caput XVII: Quomodo Deus Sit Finis Rerum
Caput XVIII: Quod Omnia Intendunt Assimilari Deo
Caput XIX: Quomodo Res Imitentur Divinam Bonitatem
Caput XX: Quod Res Intendunt Naturaliter Assimilari Deo in Hoc quod est Causa
Caput XXI: Quomodo Diversimode Res Ordinantur in Suos Fines
Caput XXII: Quod Motus Caeli est a Principio Intellectivo
Caput XXIII: Quomodo Appetunt Bonum Etiam quae Cognitione Carent
Caput XXIV: Quod Intelligere Deum est Finis Omnis Intellectualis Substantiae
Caput XXV: Utrum Felicitas Consistat in Actu Voluntatis
Caput XXVI: Quod Felicitas Humana non Consistit in Delectationibus Carnalibus
Caput XXVII: Quod Felicitas non Consistit in Honoribus
Caput XXVIII: Quod Felicitas Hominis non Consistit in Gloria
Caput XXIX: Quod Felicitas Hominis non Consistit in Divitiis
Caput XXX: Quod Felicitas non Consistit in Potentia Mundana
Caput XXXI: Quod Felicitas non Consistit in Bonis Corporis
Caput XXXII: Quod Felicitas Humana non Consistit in Sensu
Caput XXXIII: Quod Ultima Hominis Felicitas non Consistit in Actibus Virtutum Moralium
Caput XXXIV: Quod Ultima Felicitas non Sit in Actu Prudentiae
Caput XXXV: Quod Felicitas non Consistit in Operatione Artis
Caput XXXVI: Quod Ultima Felicitas Hominis Consistit in Contemplatione Dei
Caput XXXVII: Quod Felicitas Humana non Consistit in Cognitione Dei quae Communiter Habetur a Pluribus
Caput XXXVIII: Quod Felicitas Humana non Consistit in Cognitione Dei quae Habetur per Demonstrationem
Caput XXXIX: Quod Felicitas Humana non Consistit in Cognitione Dei quae est per Fidem
Terceramente1 se muestra que tampoco en la cognición habida de Dios por todos2 mediante la fe —la cual excede la cognición de Él habida por demostración, en cuanto que por la fe conocemos de Dios algunas cosas a las que, por su eminencia, la demostración no puede llegar, como se dijo en el Primero— consiste la felicidad humana.
I. Se prueba, empero, primero así. En la cognición de la fe se encuentra la operación del entendimiento imperfectísima por parte del entendimiento (no por parte del objeto): pues el entendimiento no capta aquello a lo que asiente creyendo. Luego en tal cognición no consiste la felicidad. — Se prueba la consecuencia. Porque la felicidad es perfecta operación del entendimiento.
Para evidencia del antecedente, hay que considerar que, como la operación del entendimiento es como cierto medio entre el entendimiento y el objeto, recibe de ambos alguna bondad y perfección: del objeto ciertamente, en cuanto la operación del entendimiento es más perfecta según la especie cuanto termina en un objeto formal más perfecto; pero del entendimiento se toma su perfección en cuanto la intelección por la cual el objeto se ve más clara y evidentemente es más perfecta, por cuanto participa más de la luz que de su parte sostiene el entendimiento. El acto de la fe, pues, por parte del objeto formal, es sumamente perfecto: porque, como se tiene en IIª IIᵃᵉ, q. I, a. 1; y Verit., q. XIV, a. 8; y III Sent., d. XXIV, a. 13, su objeto formal es la verdad primera, la cual excede toda otra razón formal inteligible. Pero por parte del entendimiento es imperfecto: porque ni por la luz natural del entendimiento ni por la luz de la fe infusa ve aquello que se cree en particular, a saber, que el entendimiento vea y claramente aprehenda que lo creído es verdadero, viendo la habitación del predicado al sujeto; bien que la luz de la fe hace al entendimiento ver que las cosas que están bajo la fe han de ser creídas, como se dice en IIª IIae, q. 1, a. 4, ad 2 et 3; antes el entendimiento se adhiere a lo creíble particular por imperio de la voluntad que inclina al entendimiento a su asenso. Esto es, pues, lo que dice Santo Tomás: porque, digo, en la cognición de la fe se encuentra la operación del entendimiento imperfectísima por parte del entendimiento, ya que el entendimiento no capta, esto es, no comprende ni ve clara y abiertamente, aquello a lo que asiente creyendo. Pues los primeros principios los ve el entendimiento inmediatamente por su propia luz; las conclusiones sabidas las ve a partir de los principios de los cuales conoce que dependen; pero las proposiciones creídas ni las ve inmediatamente en sí mismas por su propia luz o por la luz sobreañadida de la fe, ni por resolución hacia algo visto y aparente al entendimiento. Y por eso es imperfectísima la cognición de ellas por parte del entendimiento.
II. Segundo. La voluntad en la cognición de la fe tiene la principalidad: porque el entendimiento asiente por la fe a las cosas que se le proponen porque quiere, no ciertamente arrastrado necesariamente por la evidencia misma de la cosa. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque la última felicidad del hombre no consiste principalmente en acto de la voluntad.
Para evidencia del antecedente, hay que considerar, por la doctrina de Santo Tomás en IIª IIae, q. 11, a. 1; III Sent., d. XXIII, q. II, a. 2 4; y Verit., q. XIV, a. 1, que la fe conviene con el entendimiento, que es hábito de los primeros principios, y con la ciencia, que es hábito de las conclusiones demostradas, en esto: que por la fe el entendimiento queda totalmente determinado a una parte de la contradicción, así como por el hábito de los principios y por el hábito de las conclusiones. Pero difieren en cuanto a la causa de la determinación. En torno a los primeros principios se determina el entendimiento por los principios mismos y por la luz natural del entendimiento: porque, conocidos los términos, la verdad de ellos inmediatamente aparece y es manifiesta al entendimiento. En torno a las conclusiones, empero, se determina el entendimiento en virtud de los primeros principios: por la misma razón, digo, por la cual se muestra que la conclusión depende de la verdad de los primeros principios, la cual razón obliga al entendimiento a asentir a la conclusión. Y así, en la cognición tanto de los primeros principios como de las conclusiones deducidas de ellos, el entendimiento se determina por la evidencia misma de la cosa y por la razón que tiene en sí mismo. Pero en torno a las cosas que son de la fe, el entendimiento se determina inmediatamente no por algo existente en el entendimiento, sino por la voluntad misma del creyente, el cual elige determinadamente adherirse a una parte, porque hay alguna razón por la que se juzga que es bueno y conveniente asentir y adherirse al que dice y revela, en cuanto que el que revela es digno de fe y no engañaría. La cual razón, en cuanto muestra que es bueno que se adhiera uno a la cosa propuesta, basta para mover la voluntad e inclinarla a elegir asentir a ella determinadamente: bien que no baste por sí para mover al entendimiento a asentir, pues no hace ninguna evidencia de cosa. Pero la voluntad, así movida por aquella razón, impera al entendimiento que se adhiera firmemente a esta parte determinadamente, por ejemplo, que Dios es trino en las personas y uno en la esencia. Por eso dice óptimamente Santo Tomás que en la cognición de la fe la principalidad la tiene la voluntad. De donde también dice Agustín 5 que las demás cosas puede el hombre no queriéndolas, pero creer no sino queriendo.
Nótese, sin embargo, que cuando dice Santo Tomás, en la prueba del antecedente, que el entendimiento asiente a las cosas que son de la fe porque quiere, esa manera de hablar es impropia, aunque consuetudinaria entre los filósofos. Pues no quiere el entendimiento hablando propiamente, siendo el entendimiento y la voluntad potencias distintas: sino que se dice que el entendimiento cree porque quiere, en cuanto que por imperio de la voluntad se mueve a creer. De donde se dirá propiamente que el hombre, creyendo por el entendimiento, asiente a las cosas que son de la fe porque quiere; pero impropiamente que el entendimiento cree porque quiere, en cuanto que el hombre cree por el entendimiento movido por la voluntad.
III. Tercero 6. Hay alguna cognición del hombre sobre Dios más alta que la cognición de la fe: sea que el mismo hombre que propone la fe vea inmediatamente la verdad, como creemos de 7 Cristo; sea que la reciba inmediatamente de uno que ve, como creemos de los Apóstoles y los Profetas. Luego etc.
Es patente la consecuencia. Porque en la suma cognición de Dios consiste la felicidad del hombre.
— Se prueba el antecedente. El que cree tiene una cognición más semejante al oído que a la visión: pues presta asenso a las cosas que le son propuestas por otro, las cuales él no ve. Pero nadie creería al que propone cosas no vistas, a no ser que estimara que éste tiene de ellas una noticia más perfecta que la que él mismo tiene. Luego, como esa estimación no es falsa, puesto que la fe no puede ser falsa, así será que el que propone tiene una cognición más perfecta de las cosas propuestas. Pero no hay proceso al infinito, a saber, que éste lo oiga de otro, y aquél de otro, al infinito: pues entonces sería vano y sin certeza el asenso de la fe, porque no se llegaría a algún primer cierto que aportara la certeza de la fe a los que creen; lo cual no conviene a la fe. Luego hay que llegar a alguno que vea las cosas que propone. Luego etc.
- En torno a esta proposición, La fe tiene una cognición más semejante al oído que a la visión, hay que advertir, por la doctrina de Santo Tomás en IIª IIae, q. 1, a. 4; y III Sent., d. XXIV, a. 2, que se dice que son vistos por el entendimiento aquellos cuya esencia se presenta al entendimiento, y que o mueven al entendimiento a su cognición por sí mismos, o por otra cosa conocida por el entendimiento a partir de sí; pero las cosas de que trata la fe no están presentes al entendimiento según su esencia, como moventes al entendimiento por sí o por otra cosa conocida. Por eso la cognición de la fe no es visión intelectiva, hablando propiamente de visión: aunque en sentido lato pueda decirse visión, en cuanto toda cognición puede decirse visión. Y por eso no se asemeja a la visión corporal, sino que más bien se asemeja al oído: porque por el oído conocemos las cosas que, no estando presentes a nosotros, nos son recitadas; y semejantemente por la fe adherimos a las cosas que no vemos con nuestro entendimiento.
IV. En torno al proceso, empero, de esta razón, ocurre de inmediato una duda. Porque podría alguno decir que, si bien en la cognición de las cosas que son propuestas por otro para ser creídas y no se ven, hay que llegar a alguno que tenga su clara noticia; no por eso es necesario que aquel primero que tiene la evidencia de tales cosas sea algún hombre, sino que es Dios, de quien algún hombre, por ejemplo Moisés o cualquier otro profeta, recibió primera e inmediatamente la cognición de la fe, y aquél propuso a otros las cosas que han de creerse, y éstos a otros, hasta que llegó a nosotros. Y así la última consecuencia no vale, a saber: Luego hay alguna cognición del hombre sobre Dios más alta que la cognición de la fe; sino que la cognición de Dios sobre las cosas que nos son propuestas para ser creídas es más alta que nuestra cognición de fe.
V. Para evidencia de esta dificultad, hay que considerar, por la doctrina de Santo Tomás en IIª IIae, q. V, a. 1; y Verit., q. XVIII, a. 3, que, como la fe es por el oído, como se dice en ad Rom. x 8, así como doble es el oído y la locución, a saber, exterior o corporal, e interior y espiritual, así doble es la fe. Una, la que nace en los corazones de los fieles por el oído exterior: a saber, cuando Dios por medio de algunos hombres propone a otros las cosas que han de creerse. Y ésta es la fe que a nosotros, o al estado común de los fieles, conviene, por cuanto adherimos a las revelaciones hechas a los Profetas y Apóstoles, quienes con sus predicaciones atrajeron a los fieles a la fe. — Otra es la que nace en algunos por la locución espiritual, con la cual Dios revela a algunos por interna inspiración las cosas que han de creerse, no usando de ministerio de hombre alguno: como es la fe de los Apóstoles y de los Profetas, que por el mismo Dios mediante iluminación intrínseca fueron instruidos acerca de las cosas que habían de creerse, las cuales debían enseñar a otros.
Convienen ambas fes en que ambas tienen por objeto formal la verdad divina: por lo cual se dice que es una la fe de los modernos y de los antiguos. — Conviene también en que ambas son cognición enigmática: en cuanto que por ninguna de ellas se ve la esencia divina, o sea, la verdad primera; ni, digo, por sí misma, ni por razón natural.
Difieren, empero, primero, según cierta nobleza por el modo de recibirla. Pues es más noble y más alto recibir la cognición de la fe de Dios por interna iluminación, que por mediación de hombres mediante locución exterior: porque por el primer modo Dios está más presente al hombre, y el hombre se acerca más de cerca a Dios; y por eso tiene, bajo la cognición enigmática, una noticia menos oscura de las cosas que cree, y más firme y estable, que por el segundo modo. - Difieren, segundo, como es patente por lo que dice Santo Tomás en el mismo lugar de IIª IIae, en que, si bien en cuanto a aquello que es formal en el objeto de la fe, la fe está en todos los fieles comúnmente, en cuanto, a saber, que todos se adhieren a la verdad primera en las cosas que son de la fe, asintiendo a ellas porque son por Dios reveladas; sin embargo, en cuanto a aquellas cosas que materialmente se proponen para ser creídas, hay diferencia: porque los primeros, que divinamente por iluminación intrínseca fueron instruidos en las cosas divinas, pudieron conocer con cognición manifiesta y abierta algunas de los misterios divinos que nosotros, sólo con la luz de la fe, no podemos conocer sino creyendo; así como en el presente estado algunas cosas son creídas por uno que son manifiestamente sabidas por otro, como que Dios es uno.
VI. A la duda, pues, se responde que de dos modos podemos interpretar el proceso de Santo Tomás. Primero, como si quisiera deducir que hay que llegar a alguna cognición del hombre sobre Dios más alta que toda cognición de fe, en cuanto por ella se vean claramente todas las cosas que son transmitidas por la fe. Y así no parece que lo intente. Porque no sostiene él que los primeros que recibieron la fe por interna iluminación, como los Apóstoles y los Profetas, como también los ángeles antes de la confirmación, y el hombre antes del pecado, hayan tenido clara y evidente noticia de todas las cosas que caen bajo nuestra fe: bien que, como dijimos, sostiene de Adán antes del pecado, y de los ángeles antes de la confirmación, que puede decirse que conocieron abiertamente algunas de los misterios divinos que nosotros retenemos por la fe. Semejantemente, de otro hombre no recibieron la fe: y por consiguiente no es necesario reducir su fe a alguna cognición del hombre más alta sobre Dios que la cognición de la fe; sino que hay que reducir en último término la fe de todos a la cognición divina y a la divina sabiduría, de la cual nos han llegado los misterios divinos.
- Segundo podemos interpretar que hay que llegar a alguna cognición del hombre sobre Dios más alta que la fe que en el presente estado comúnmente todos los fieles tienen. Y así parece que entiende. Tanto porque al principio del capítulo muestra que habla de la cognición por la cual Dios es conocido por todos mediante la fe9; como porque deduce que hay que llegar a algún primero que de sí mismo, esto es, no por la relación de otro hombre, sea cierto de las cosas que se creen, y aporte certeza a los otros creyentes. Pero basta para esto que haya alguno que de Dios por interna iluminación haya recibido la cognición de la fe. Pues como el que de otro oye algo inmediatamente se dice que de sí tiene certeza de que aquél lo dijo, porque no lo recibe de otro, sino que lo oyó por sí; pero el que no lo oyó inmediatamente de aquél, sino de otro que lo oyó, no se dice que de sí sea cierto de que el primero lo dijo, sino que cree al que narra haberlo oído: así los que oyen las cosas que son de la fe de otros hombres que dicen que son por Dios reveladas, no tienen de ellas certeza de sí mismos, como de cosas reveladas por Dios, sino que sólo creen a los que las predican; pero los que de Dios las recibieron por interna iluminación, saben ciertamente de sí mismos, en virtud de la divina luz en ellos infusa, que aquellas les fueron por Dios reveladas; y de esto la fe de los otros tiene certeza, y no se procede al infinito.
Quiere, pues, dar a entender Santo Tomás que hay alguna cognición del hombre sobre Dios más alta que la cognición de la fe que comúnmente los fieles tienen, a saber, la cognición de los primeros a quienes fue hecha por Dios la revelación de la fe. Pues aquélla es más perfecta, porque fue hecha con luz más abundante; y más cierta, en esto: que conocían manifiestamente que aquellas cosas que conocían y predicaban les habían sido reveladas por Dios; y también porque de algunas tuvieron clara noticia de las cuales nosotros sólo tenemos fe; y porque podían, como más cercanos a Dios, por aquella iluminación conocer manifiestamente más cosas de los misterios y efectos divinos que nosotros podamos.
De donde, explicando Santo Tomás que hay alguna cognición del hombre sobre Dios más alta que la fe, lo declara por disyunción: sea, dice, que el mismo hombre que propone la fe vea inmediatamente la verdad, como creemos de Cristo10; sea que la reciba inmediatamente de uno que ve, como creemos de los Apóstoles y los Profetas. Como si dijera: De cualquier modo que la fe nos llegue de los hombres; sea, digo, inmediatamente del mismo Cristo, que ve claramente, las cosas que nos propone para ser creídas; sea de hombres que no tienen evidencia de todas las cosas que nos proponen, sino que su cognición la reciben de alguno que tiene evidencia, como son los Apóstoles y los Profetas: es necesario que se llegue a un hombre que tenga noticia más perfecta de las cosas que nos propone para ser creídas, que la que el estado común de los hombres tiene por la fe. Pues si él mismo tiene la evidencia de las cosas que propone, consta que su noticia es más alta. Pero si no tiene clara noticia, sino que la recibe inmediatamente, mediante interna iluminación, de quien tiene clara noticia: consta también que su noticia es más alta que la nuestra, por cuanto más próxima a la clara noticia, y por consiguiente de algún modo menos oscura, y más firme y estable, y más apartada de los movimientos de la duda.
- Es patente, pues, que la objeción no está contra la intención de la razón. Porque no intenta Santo Tomás deducir, como supone la objeción, que haya que llegar a la cognición de un hombre que vea clara y manifiestamente todas las cosas que creemos: sino absolutamente, que hay que llegar a alguna cognición de un hombre, de nuestra fe, que compete ciertamente a nuestro estado, más perfecta; sea que aquélla sea visión clara de las cosas que creemos, como hay en Cristo; sea que sea causada por la clara visión de ellas mediante interna inspiración, como hubo en los Apóstoles y los Profetas.
VII. Hay que atender, empero, que, cuando se dice, sea que el mismo hombre que propone la fe vea inmediatamente la verdad, sea que la reciba inmediatamente de uno que ve, el ly immediate puede construirse de dos modos. De un modo, de suerte que en la primera determine aquel participio proponens, de modo que el sentido sea que el que propone inmediatamente, por ejemplo Cristo, que inmediatamente a los Apóstoles y también a los judíos propuso la fe, vea, esto es, abierta y claramente conozca, la verdad de las cosas que nosotros creemos: y en la otra determine el ly accipiat, de modo que el sentido sea que el que propone la fe reciba inmediatamente la cognición de quien tiene clara noticia, y no mediante hombres a quienes antes fue hecha la revelación de las cosas que han de creerse. - De otro modo, que determine en ambas proposiciones al que ve: de modo que el sentido sea, sea que el que propone la fe vea inmediatamente la verdad, sea que la reciba de quien inmediatamente ve. Bien que, aunque ambos sentidos pueden adaptarse a la letra, el segundo me parece más conveniente: pues según él el ly immediate en ambas se refiere a una sola intención.
- Para lo cual hay que saber, por la doctrina de Santo Tomás en la cuestión De Veritate aducida11, art. 1; ad 1; y art. 3, que conocer la verdad de Dios ocurre de dos modos. De un modo, por la misma esencia divina unida al entendimiento: como está en los bienaventurados. De otro modo, por alguna especie intelectual: sea la especie tomada de las criaturas; sea causada por Dios en el entendimiento. La primera se dice cognición inmediata, por cuanto no es por alguna especie que sea semejanza de Dios, como por medio; pero la segunda se dice mediata, porque es mediante tal semejanza. La primera también es clara noticia de la verdad, porque por ella se ve la misma esencia de Dios, de la cual se conocen las verdades: pero la segunda es enigmática y oscura, porque aquella semejanza por la cual es la cognición no representa a Dios perfectamente, sino imperfectamente y deficientemente.
El sentido, pues, de la proposición de Santo Tomás es que hay alguna cognición del hombre sobre Dios más alta que la cognición de la fe que se tiene comúnmente: sea que el mismo hombre que propone las cosas que han de creerse conozca la verdad viendo la misma esencia divina por ella misma, y por consiguiente viendo clara y abiertamente la verdad de las cosas que propone, como Cristo, que, siendo a la vez viador y comprensor, veía la misma esencia divina; sea que conozca la verdad, no ciertamente viendo la esencia divina, y por consiguiente no viendo claramente, sino recibiendo la cognición inmediatamente de uno que ve, como los Profetas y los Apóstoles, quienes por alguna semejanza espiritual de la divina sabiduría, con la cual Dios conoce a sí mismo y las otras cosas, impresa por Dios en sus mentes, conocieron la verdad de las cosas que a nosotros nos propusieron para ser creídas.
- Hay que atender también que los Apóstoles de dos modos de uno que ve la esencia divina recibieron la cognición de la fe: a saber, de Cristo, que era bienaventurado, por el oído corporal; y de Dios por interna iluminación, cuando recibieron el Espíritu Santo. Pero parece que Santo Tomás aquí habla de la cognición de los Apóstoles según que la recibieron de Dios, no según que la recibieron de Cristo: porque sólo aquella cognición del hombre viador acerca de Dios es más alta que la fe común, la cual por interior inspiración, y por la semejanza de la divina sabiduría impresa en la mente, es recibida. De donde también los pone en el mismo orden que a los Profetas; de los cuales consta que de sólo Dios, no de hombre, recibieron tal cognición: y en las Qq. de Veritate, en el lugar citado arriba 12, dice que en los Apóstoles y los Profetas nació la fe por el oído interior.
VIII. Pero ocurre una duda. Pues también nuestra fe es infundida en la mente de cualquier fiel; y es cierta luz espiritual. Y así parece que la fe de los primeros que nos transmitieron la fe no es más alta que la nuestra porque aquélla la hayan tenido por interna inspiración, y no nosotros.
Se responde que dos cosas se requieren para la fe: a saber, que al hombre le sean propuestas las cosas creíbles que debe creer explícitamente; y el asenso del creyente a las cosas que se proponen. En cuanto a lo segundo, nuestra fe y la fe de los primeros fieles convienen: en ambas, en efecto, hay un hábito infuso por el cual el hombre firmemente se adhiere y asiente a las cosas que se proponen para ser creídas, y por el cual el entendimiento es iluminado para conocer que ellas han de ser creídas. Pero en cuanto a lo primero difieren: porque a nosotros, a quienes por hombres mediante el oído corporal se proponen las cosas que han de creerse, se nos exhiben exteriormente voces significativas, que son signos de aquellas cosas que debemos creer explícitamente; pero a los que de Dios por interna inspiración reciben la cognición de tales cosas se exhibe, no voz exterior, sino algún signo de la esencia divina, a saber, alguna semejanza espiritual de la divina sabiduría, por la cual se hacen notorias las cosas que han de creerse explícitamente. De donde Santo Tomás, Verit., q. 12, a. 1, ad ult. 13, pone la diferencia entre la profecía y la fe, porque la profecía perfecciona al entendimiento según sí, y por eso es necesario que pueda mirar distintamente aquellas cosas a las que el profeta es instruido: pero la fe perfecciona al entendimiento en orden al afecto, de donde nada tiene sino que por ella el entendimiento esté dispuesto a asentir a las cosas que Dios manda creer. Y así no es necesario que quien tiene el hábito de la fe conozca distintamente todas las cosas creíbles.
De lo cual es patente que, aunque así nuestra fe como la de los antiguos, por la cual firmemente adherimos a las cosas de la fe, es causada por Dios en la mente del fiel, y es cierta luz que nos hace conocer las cosas creíbles en común, a saber, que han de ser creídas; sin embargo, las cosas que debemos creer explícitamente a aquéllos les fueron propuestas de modo más alto y con luz más alta, a saber, con la luz de la divina sabiduría participada por sus mentes, la cual puede ser llamada cierta luz profética; pero a nosotros nos son propuestas con voz sensible, inventada por nuestro entendimiento. Y por eso la cognición de aquéllos es más alta, por cuanto más firme y estable que la nuestra; y también de alguna parte más manifiesta, en cuanto que por aquella interna iluminación la mente de ellos era extendida a conocer más misterios divinos, y menos oscuramente y más distintamente conocía cada una de las cosas que habían de creerse. De donde la consecuencia aducida no vale.
IX. Cuarto 14. La cognición de la fe no aquienta el deseo, sino que más lo enciende: porque cada uno desea ver lo que cree. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque por la felicidad se aquienta el deseo.
Finalmente. Por la cognición de la fe la cosa creída no se hace perfectamente presente al entendimiento: pues es de las cosas ausentes, como es patente por el Apóstol, II Cor., v. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque la cognición de Dios dicha es fin en cuanto une al último fin de las cosas, a saber, Dios. — Añade Santo Tomás que, sin embargo, por la fe Dios se hace presente al afecto, cuando el creyente voluntariamente asiente a Dios. Lo cual significa el Apóstol en Ephes. III.
Nótese que la cosa se dice presente al entendimiento perfectamente, cuando según su esencia se presenta al entendimiento o por sí misma, o por su perfecta y adecuada semejanza. Pero se dice presente al afecto, cuando en ella se inclina por el amor del afecto. Porque, pues, Dios, de quien algunas cosas se creen, no se presenta al entendimiento por su esencia, pero bien el afecto de él se inclina hacia Él, en cuanto queriendo asentir a las cosas que de Él se dicen, lo cual no sería si el afecto no se inclinara hacia Dios; por eso bien se dice aquí que por la cognición de la fe la cosa creída no se hace perfectamente presente al entendimiento (bien que, digo, se hace presente imperfectamente), pero bien por la fe Dios se hace presente al afecto. — Podría también decirse que por la fe Dios se hace consecuentemente presente al afecto: en cuanto por la fe alguno se enciende en el amor de Dios.