Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber III

Francesco Silvestri

Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber III

Francesco Silvestri (1474–1528)

Commentaria in Summam contra Gentiles

First published 1926

In Book III of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) expounds Aquinas's account of providence, human happiness, moral action, and divine grace. The commentary accompanies the Leonine text in volume XIV (1926). The present digital edition includes the Latin text and an English translation.


Prooemium

Caput I: Quod Omne Agens Agit propter Finem

Caput II: Quod Omne Agens Agit propter Bonum

Caput III: Quod Malum est Praeter Intentionem in Rebus

Caput IV: Rationes Quibus Videtur Probari quod Malum non Sit Praeter Intentionem

Caput V: Solutio Rationum Praemissarum

Caput VI: Quod Malum non est Aliqua Essentia

Caput VII: Rationes Quibus Videtur Probari quod Malum Sit Natura vel Res Aliqua

Caput VIII: Solutio Rationum Praemissarum

Caput IX: Quod Causa Mali est Bonum

Caput X: Quod Malum Fundatur in Bono

Caput XI: Quod Malum non Totaliter Consumit Bonum

Caput XII: Quod Malum Habet Aliquo Modo Causam

Caput XIII: Quod Malum est Causa per Accidens

Caput XIV: Quod non est Summum Malum

Caput XV: Quod Finis Cuiuslibet Rei est Bonum

Caput XVI: Quod Omnia Ordinantur in Unum Finem, qui est Deus

Caput XVII: Quomodo Deus Sit Finis Rerum

Caput XVIII: Quod Omnia Intendunt Assimilari Deo

Caput XIX: Quomodo Res Imitentur Divinam Bonitatem

Caput XX: Quod Res Intendunt Naturaliter Assimilari Deo in Hoc quod est Causa

Caput XXI: Quomodo Diversimode Res Ordinantur in Suos Fines

Caput XXII: Quod Motus Caeli est a Principio Intellectivo

Caput XXIII: Quomodo Appetunt Bonum Etiam quae Cognitione Carent

Caput XXIV: Quod Intelligere Deum est Finis Omnis Intellectualis Substantiae

Después de que Santo Tomás mostró cómo Dios es fin de todas las cosas, quiere ahora mostrar cómo es fin, de modo particular, de la substancia intelectual . En torno a esto hace tres cosas: primero, muestra que entender a Dios es fin de la criatura intelectual; segundo, investiga qué conocimiento de Dios sea su fin, cap. XXXVIII; tercero, muestra las condiciones de este fin, cap. LI. Y porque el fin de la substancia intelectual es la felicidad, en torno a lo primero hace dos cosas: primero, muestra que entender a Dios es su fin y felicidad; segundo, excluye a partir de ello las opiniones falsas sobre la felicidad, cap. XXVII.

En torno a lo primero hace dos cosas: primero, prueba la proposición; segundo, plantea ciertas dudas y las resuelve, en el capítulo siguiente.

Respecto de lo primero, propone que todas las criaturas ciertamente alcanzan a Dios como a fin último, en cuanto participan algo de su semejanza. Las criaturas intelectuales, sin embargo, le alcanzan de un modo más especial, a saber, entendiéndole. Por eso su fin es entender a Dios. — La conclusión se entiende de la intelección de Dios en común, sin descender al conocimiento que se tiene por esencia, o por las criaturas, o de cualquier otro modo.

Se prueba, sin embargo, primero así. El fin último de cualquier cosa es Dios. Luego cada una se esfuerza por unirse, como a su fin último, a Dios, cuanto más le es posible. Luego la substancia intelectual tiende al conocimiento divino como a fin último. — La primera consecuencia la deja por manifiesta. — Pero la segunda se prueba. Porque algo se une más de cerca a Dios cuando alcanza de algún modo su substancia conociéndola, que cuando consigue alguna semejanza suya.

  1. Pero en torno a la prueba de esta consecuencia se duda. Pues parece falso que algo se una más y de más cerca a Dios conociéndole que participando alguna semejanza suya, hablando del conocimiento de Dios absolutamente, del cual habla Santo Tomás en este capítulo. Pues en el conocimiento que tenemos en la vía sobre Dios, no se conoce a Dios sino por especie y semejanza de alguna criatura. Luego Dios en tal conocimiento no se une a nosotros sino por cierta semejanza suya imperfecta y deficiente recibida en nosotros, igual que se une a las demás cosas, en cuanto la especie de la criatura que por nosotros es conocida es cierta semejanza imperfecta de Dios. Luego no nos unimos más a Dios conociéndole que participando su semejanza.

Se responde que aquí no se hace comparación de la unión con Dios por la accepción del mismo Dios por parte de la criatura, como si las demás criaturas recibieran alguna semejanza de Dios y la substancia cognoscente recibiera la misma substancia de Dios, como supone la objeción; sino que se hace comparación de la unión con el mismo Dios por modo de cierta atinción, según se tiene en I Sent., d. xxxvii, q. 1, art. 2. Y así se dice que algo se une más de cerca a Dios por el conocimiento de la substancia divina que por la accepción de su semejanza. Porque por el conocimiento, que es operación del cognoscente que permanece en el cognoscente, el mismo cognoscente alcanza de algún modo la misma substancia divina como objeto de su operación, aunque no la alcance como inherente a él según el esse. Por la accepción, en cambio, de alguna semejanza suya participada, la cosa no alcanza la substancia divina, sino sólo cierta semejanza de ella. Y así la cosa se une más de cerca a Dios por el conocimiento que por la accepción de cualquier perfección participada.

II. Segundo . Entender es la operación propia de la substancia intelectual. Luego es su fin. Luego lo que es perfectísimo en esta operación es el fin último. Luego etc. — Se prueba la primera consecuencia. Porque la operación propia de cualquier cosa es su fin, por ser su segunda perfección. Y aquello que respecto de su propia operación se comporta bien, se llama virtuoso y bueno. — La segunda consecuencia es manifiesta. — Pero la tercera se prueba. Porque entender a Dios es lo perfectísimo en el género de esta operación, ya que este tipo de operaciones reciben la especie de los objetos y por ellos son conocidas; y Dios es lo inteligible perfectísimo.

  1. En torno a esta proposición, la operación propia de cualquier cosa es su fin, hay que atender dos cosas. La primera es que el fin de la cosa puede ser doble, como se dice en el Cuarto, d. xlix, q. 1, a. 1 : uno extrínseco, a saber, lo último hacia cuya consecución tiende la cosa; otro intrínseco, a saber, aquella operación por la cual la cosa primeramente se une a su fin extrínseco. La proposición de Santo Tomás se entiende, pues, no del fin extrínseco, sino del intrínseco.

La segunda es que, como el nombre de operación puede tomarse de dos maneras, a saber, en cuanto nombra la acción, y en cuanto nombra todo complemento de la potencia, según que más arriba, cap. XXII , se dividió la operación en acción y pasión: en este lugar no se toma de la primera manera, sino de la segunda. Pues el fin de la piedra, según que naturalmente se mueve, no es alguna acción producida por ella, sino el estar en el lugar de abajo. De donde en IV Sent., en el lugar alegado , poniendo Santo Tomás esta proposición, dice que el fin de cualquier cosa es la operación propia, o por la operación propia llega al fin. Por el nombre, pues, de operación se entiende aquí el complemento de la cosa, y perfección de la cosa por la cual primeramente se une a su fin extrínseco, si tiene fin extrínseco. De donde la primera prueba de esta proposición que aquí se aduce, porque la operación es la segunda perfección de la cosa, es decir, el último complemento de perfección: pues la perfección de la cosa se divide sólo en primera y segunda. Es verdad, sin embargo, que la cosa que tiene alguna operación natural que es acción, tiene esa acción por fin: de donde también en II Caeli, texto 17, se dice que cada cosa es por causa de su operación.

  1. En torno a la segunda prueba de la dicha proposición, advierte: — ya que se llama virtuoso y bueno simplemente al hombre por estar bien dispuesto y proporcionado a su fin, aquello respecto de lo cual se dice que el hombre es virtuoso y bueno, será el fin del hombre. Y universalmente cada cosa tiene por fin aquello respecto de lo cual se dice simplemente buena en su género: como el oro bueno es el que tiene la naturaleza y disposición congruente a su fin, al cual está ordenado. Como, pues, virtuoso y bueno se diga en orden a la operación propia —pues la virtud, como se dice en II Ethic. , es la que hace bueno al que la tiene y hace buena su obra, —lo que con otras palabras expresó Santo Tomás, diciendo que todo lo que respecto de su propia operación se comporta bien, se llama virtuoso y bueno,— es necesario que la operación propia sea fin de cada cosa.

  2. En torno a esta proposición, y principalmente en las operaciones que no se ordenan a ciertos operados, hay que atender que no aparece cómo estas palabras se conjunjan inmediatamente con las precedentes. Y por eso, o falta algo, pongamos esto, así como en las otras operaciones, y principalmente etc.; o deben estar inmediatamente después de la primera proposición puesta al principio de la razón, a saber, después de esta: La operación propia de cualquier cosa es el fin. De cualquier modo, sin embargo, la pone Santo Tomás porque, aunque en algunas operaciones haya duda, a saber, en las que se ordenan a ciertos operados —pues en ellas los mismos operados parecen ser los fines, como resultó claro en lo superior —, en las que no se ordenan a otros operados, en cambio, aparece más que las operaciones mismas son los fines.

  3. En torno a esta proposición, Este tipo de operaciones reciben la especie de los objetos, advierte, por la doctrina de Santo Tomás en la Prima, q. xiv, a. 5, ad 3, que se entiende del objeto principal, pero no del objeto que se conoce en otro. También tiene verdad del mismo objeto principal en razón de su especie existente en el cognoscente, la cual es principio de la operación: porque toda operación se especifica por el principio formal de la operación. — Por esto se quita la contradicción que parece haber en la doctrina de Santo Tomás, cuando a veces dice que las operaciones se especifican por los objetos, y otras veces dice que se especifican por los principios formales. Pues en ambos casos se dice lo mismo: porque los objetos no especifican sino en cuanto son principios formales de la operación por sus especies; o también por sí mismos, si en algunos eso ocurriera.

III. A esta razón se podría responder, dice Santo Tomás, que el fin último de la substancia intelectual consiste ciertamente en entendiendo lo óptimo inteligible, pero no el óptimo inteligible de cada una de ellas es el óptimo inteligible simplemente, sino que según el grado de ellas es el grado de lo óptimamente inteligible por ellas. Y así la felicidad de la substancia suprema está en entendiendo lo óptimo inteligible simplemente, que es Dios; la felicidad de las demás, en cambio, está en entendiendo otros óptimamente inteligibles inferiores, según sus grados. Y parece especialmente del entendimiento humano que no le pertenece entender lo óptimo inteligible simplemente: porque se comporta respecto del conocimiento de lo máximamente inteligible como el ojo de la lechuza respecto del sol.

  1. Pero contra esta respuesta se argumenta probando que el fin de cualquier substancia intelectual, incluso de la ínfima, es entender a Dios.

Primero. El fin último de todos los entes es Dios, como resulta claro por lo superior. Luego también del entendimiento humano. Luego entender a Dios es su fin último. — Es manifiesta la primera consecuencia. Porque el entendimiento humano, es decir, el alma intelectiva, es superior a todos los que carecen de entendimiento. Pero a la substancia más noble no corresponde un fin más innoble. — La segunda consecuencia también se prueba. Porque, como se mostró más arriba , cada inteligente consigue su fin último por esto: que entiende al fin mismo.

Segundo. Las cosas que carecen de entendimiento no reposan en la semejanza de los agentes próximos, sino que tienen por fin la asimilación al sumo bien, aun cuando muy imperfectísimamente puedan alcanzarla. Luego también el entendimiento, por muy poco que pueda conocer de Dios, tendrá eso por fin último para sí, más que la perfecta cognición de los inteligibles inferiores. — Se prueba la consecuencia. Porque así como aquellas tienden a Dios como a fin por la vía de la asimilación, así las substancias intelectuales por la vía de la cognición.

Tercero. El entendimiento humano más desea, ama y se deleita en la cognición de las cosas divinas, aun pequeña, que en la perfecta cognición de las cosas ínfimas. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque cada cosa máximamente desea su fin.

IV. Terceramente se argumenta en principal a la conclusión. La criatura intelectual se asimila máximamente a Dios por esto: que es intelectual, pues tiene esta semejanza más que las demás criaturas, y esta semejanza incluye todas las otras. Y en este género de semejanza más se asimila a Dios cuando entiende en acto que cuando entiende en hábito o en potencia: porque Dios es siempre inteligente en acto. Y en esto que entiende en acto, máximamente se asimila a Dios según que entiende al mismo Dios: pues el mismo Dios, entendiendo a sí mismo, entiende todas las otras cosas. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque aquello por lo que cada cosa máximamente se asimila a Dios es su fin último: ya que cada cosa tiende a la semejanza divina como a fin último.

En torno a esta proposición, La semejanza con Dios en la naturaleza intelectual incluye todas las otras, hay que advertir que, como la semejanza sea conveniencia en la forma, según la condición de la forma debe ser la condición de la semejanza. Pero la naturaleza intelectual contiene virtualmente todos los grados formales de las otras cosas, como también el alma intelectiva contiene unidamente todas las otras formas: pues contiene el ser (esse), contiene el vivir, contiene el sentir, contiene el moverse según el lugar. Por eso lo que se asimila a Dios en la naturaleza intelectual se le asimila respecto de todas las perfecciones del ser según las cuales las demás criaturas se le asimilan. Por lo cual bien dice Santo Tomás que esta semejanza incluye y contiene todas las demás semejanzas.

V. Quinto. Todas las artes prácticas, y toda operación humana, se ordenan a la especulación del entendimiento como a fin. Toda especulación se ordena a la metafísica. La metafísica, respecto de las cosas que anteceden a la cognición transmitida de Dios, se ordena a la cognición de Dios como a fin último. Luego la cognición de Dios es fin de toda cognición y operación humana.

Se prueba el primer antecedente. Porque lo que es amable sólo por otra cosa, lo es por aquello que es por sí sólo amable: pues no es posible ir al infinito en el apetito de la naturaleza, de otro modo sería frustrado el apetito de la naturaleza. Pero todas las ciencias y artes y potencias prácticas son amables sólo por otra cosa, ya que su fin es operar. Las ciencias especulativas, en cambio, ya que su fin es saber, son amables por sí mismas. Y no se encuentra ninguna acción en las cosas humanas, fuera de la especulación, que no se ordene a otro fin. Lo cual máximamente se manifiesta por las operaciones lúdicas, que parecen hacerse sin fin: pues también ellas tienen algún fin debido, a saber, la recreación de la mente y mayor potencia para las operaciones estudiosas; de otro modo habría que jugar siempre.

Pero el segundo antecedente se prueba. Porque de la primera filosofía dependen todas las demás ciencias especulativas, como tomando de ella misma sus principios, y dirigidas por ella contra los que niegan los principios. Pero en todas las ciencias y artes ordenadas, a aquella parece pertenecer el fin último que es preceptiva y arquitectónica de las otras: como resulta claro en el arte de gobernar la nave respecto del arte de fabricar naves.

VI. En torno a esta razón hay tres cosas que traen duda. La primera es porque se dice que todas las ciencias prácticas se ordenan a la obra, y que las especulativas son amables por sí mismas. Pues esto parece falso: porque alguien puede aprender las ciencias prácticas sólo para saber; y alguien puede aprender la ciencia especulativa por la ganancia.

La segunda es porque se dice que toda operación humana se ordena a la especulación del entendimiento como a fin. Pues esto parece falso: porque el hombre hace muchas operaciones sin ordenarlas a la especulación; antes, no pensando nada de la especulación.

La tercera es porque se aduce como razón de que las acciones lúdicas no se busquen por sí mismas, que, a saber, de otro modo habría que jugar siempre. Pero esta razón no parece suficiente: porque, ya que aquí se diga que la especulación se busca por sí misma, se seguirá que siempre haya que insistir en la contemplación; pero esto parece falso, ya que no se encuentra nadie que insista siempre en la contemplación. Luego etc.

  1. Para la evidencia de la primera duda, hay que considerar que aquí habla Santo Tomás de la ciencia práctica y especulativa en cuanto tales, y de lo que a ellas les conviene por sí, mas no de lo que a ellas les acaece por la intención del que aprende. Pero a las ciencias prácticas, en cuanto prácticas, les conviene que se ordenen a alguna obra fuera del entendimiento, como resulta claro de su razón: se llama, en efecto, ciencia práctica la que es de las cosas operables en cuanto operables son; y tal notitia por sí dice orden a la obra, y tiene respecto de ella proporción, como respecto de aquello para lo cual, en cuanto tal, fue inventada, y para encontrarla la naturaleza nos dio los principios. Aunque, sin embargo, cuando de la misma ciencia no se sigue la obra, no por eso se quita que por sí se ordene a la obra como a fin: así como si de la medicina no se sigue la salud, o incluso la medicina es ordenada por alguno a otro efecto distinto de la salud, no se sigue que la medicina por sí no tenga por fin la salud, y que no se ordene a ella en cuanto es medicina. — Semejantemente la especulación, según su naturaleza, en cuanto es especulación, no tiene que se ordene a otra cosa como a fin, sino que más bien se busque por sí misma: aunque alguna especulación, en cuanto deficiente e imperfecta, se ordene a la perfección, como las demás ciencias especulativas se ordenan a la metafísica, como a cognición más perfecta y más alta. — Pero como no es inconveniente que algo convenga a una cosa fuera de su naturaleza desde fuera, tampoco es inconveniente que, por la intención del que adquiere la ciencia, la cognición práctica se busque por sí misma, y la especulativa se ordene a otra cosa. Pero esto les conviene a ellas por accidente, y fuera de su naturaleza.

Se dice, pues, a la duda que la razón no procede contra Santo Tomás. Porque se argumenta de lo que por accidente se atribuye a estas ciencias. Santo Tomás, sin embargo, habla de lo que a ellas les conviene por sí y según su propia naturaleza.

  1. Por esto también resulta evidente la solución al segundo. Aunque alguien no ordene a la especulación sus acciones, las cuales convienen al hombre en cuanto el hombre es hombre y en cuanto se distingue de los otros, las cuales, a saber, por la razón son reguladas, sin embargo todas ellas según su naturaleza son ordenables a la contemplación, y tienen respecto de ella proporción, mediata o inmediatamente, en cuanto de algún modo disponen a ella; o causando algo que sirve a la especulación, como las acciones lúdicas, con las cuales el ánimo se recrea y se hace más pronto a la especulación; o removiendo los impedimentos de la especulación, como las acciones de las virtudes morales, que remueven las pasiones desordenadas, las cuales tienen en apartar de la especulación; y así de las demás acciones con las cuales el hombre es ayudado, mediata o inmediatamente, a la especulación.

  2. A la tercera hay que decir que ciertamente, hablando por sí y considerada la naturaleza de la especulación, siempre habría que insistir en la especulación del entendimiento. Tanto porque, como se dice en 1ª IIae, q. xxxv, 5, ad 3, la contemplación por sí nunca tiene razón de mal, ya que no es otra cosa que consideración de lo verdadero, que es el bien del entendimiento. — Tanto porque es fin: el fin, sin embargo, se busca al infinito, como se dice por Santo Tomás sobre Rom. XII . — Tanto porque a la deleitación que hay en el considerar nada es contrario, como se dice en I Topicorum y X Ethicorum (lo cual debe entenderse por sí, como nota Santo Tomás en el artículo alegado). De donde los Bienaventurados, que nada tienen que aparte de la contemplación, están siempre ocupados en la contemplación.

Por accidente, sin embargo, ocurre que no deba siempre insistirse en la contemplación, por las varias necesidades de la vida humana; y porque por la contemplación larga y prolongada se fatiga el hombre, por cuanto para la especulación de esta vida es necesario que concurra la obra de las fuerzas sensitivas.

El juego, sin embargo, no tiene de sí por qué deba insistirse siempre en él. Aunque, en efecto, como se dice en IIª IIae, q. CLXVIII, a. 2, ad 3, las mismas operaciones del juego según su especie no se ordenen a algún fin, como resulta claro en X Ethicorum , la deleitación, sin embargo, que hay en el juego se ordena a alguna recreación y quietud del ánimo. De donde también aquí se dice que tales acciones lúdicas, que parecen hacerse sin fin, tienen algún fin debido, a saber, en razón de la deleitación conjunta; y más arriba en este tercer libro, cap. II, se dijo que las acciones lúdicas a veces son fin, pero otras veces son por el fin; lo cual también debe entenderse en razón de la deleitación añadida.

VII. Sexto. El fin del entendimiento es fin de todas las acciones humanas. Luego el fin último de todo el hombre, y de todos sus deseos y acciones, es conocer la primera verdad, que es Dios. — Es manifiesta la consecuencia. Porque el fin y el bien del entendimiento es lo verdadero; y por consiguiente la primera verdad es el fin último. — Pero el antecedente se prueba. Porque entre todas las partes del hombre se encuentra el entendimiento como motor superior: lo cual resulta claro por el orden de los motores en el hombre. Pero en todos los agentes y motores ordenados, el fin del primer agente y motor es fin último de todos, como resulta claro en el ejército.

Advierte que, tomando el motor comúnmente, en cuanto se extiende al que mueve a modo de fin y al que mueve a modo de eficiente, el entendimiento es primer motor en el hombre, porque mueve a la voluntad a modo de fin: lo que significó Santo Tomás cuando dijo que mueve al apetito proponiéndole su objeto; pues el bien y el fin es objeto de la voluntad. Tomando, empero, el motor por el que mueve a modo de eficiente, la voluntad es primer motor, en cuanto mueve a la operación a todas las demás fuerzas del alma, racionales por esencia o por participación. — Pero cómo se comporte el entendimiento respecto de la voluntad en el mover a modo de fin, se ha dicho suficientemente en el primer libro.

VIII. Séptimo. Naturalmente está en todos los hombres el deseo de conocer las causas de lo que se ve, como resulta claro por el origen del filosofar; y la investigación no se detiene hasta que se llegue a la primera causa; al llegar a la cual, juzgamos que sabemos perfectamente. Luego naturalmente el hombre desea conocer la primera causa como a su fin último. Luego etc.

Hay que advertir que esta razón supone que el fin de toda investigación y cognición humana es el fin último del hombre, porque por las razones superiores consta que todos los actos humanos tienen orden de sí hacia la especulación del entendimiento.

IX. Octavo. El entendimiento humano conoce el ente universal, es decir, el ente en cuanto ente. Luego naturalmente desea conocer su causa. Pero esta causa es Dios. Luego la cognición de Dios es fin último, mas la cognición de cualquier otro inteligible no basta para la felicidad humana. — Se prueba la primera consecuencia. Porque el hombre naturalmente desea saber la causa de cualquier efecto conocido. — La segunda también se prueba. Porque nadie ha conseguido el fin último hasta que su deseo natural repose.

  1. En torno a la eficacia de esta razón ocurre una duda. Así como el hombre naturalmente desea conocer la causa del ente común, así también de las cosas particulares desea conocer las causas particulares: y así como el deseo natural no reposa con la cognición de cualquier inteligible si no está presente también la cognición de Dios, así el deseo natural no reposa con la sola cognición de Dios, que es causa universal de todo, si no está presente también la cognición de las causas particulares. Luego, así como aquí se argumenta que la cognición de Dios es fin, porque, si ella no está presente, el deseo natural no queda satisfecho, así se podrá concluir que el fin último del hombre será la cognición de las causas particulares, porque, si ella no está presente a la cognición de la causa universal, que es Dios, no reposa el deseo natural del hombre.

Se responde que la razón de Santo Tomás procede supuesto el orden natural de nuestra cognición, por el cual de la cognición de las cosas inferiores ascendemos a la cognición de las superiores: por ejemplo, de las cosas que se mueven ascendemos a la cognición de las substancias separadas, y de la cognición de éstas llegamos a la cognición de Dios; y la cognición de las inferiores se ordena a la de las superiores, y naturalmente se presupone a ella. Éste es, en efecto, el orden natural de nuestra cognición: mas no que de la causa suprema descendamos a la cognición de las inferiores, como si la cognición de aquélla se ordenara a la cognición de las inferiores. Supuesto, pues, este orden, la razón de Santo Tomás procede óptimamente. Porque, cualquiera inteligible creado que hayamos conocido, queda todavía el deseo natural de conocer la causa del ente universal, que es Dios; pero, tenida ésta, no se desea cognición ulterior alguna. Por eso ella es el fin último, mas no la cognición de otro inteligible. No es, pues, la misma razón de la cognición de la causa universal, que es Dios, y de la cognición de las causas propias. Porque la cognición de esta causa universal incluye presupuestamente la cognición de las causas particulares, de la cual es causada, así como la consecución del fin presupone la consecución de los medios ordenados al fin; y no se ordena a cognición ulterior; y así, puesta ella, se completa el deseo; no puesta ella, no se completa. Y por esto es fin último. La cognición de las causas particulares, en cambio, no incluye la cognición de la primera causa como medio ordenado a ella: antes, ella misma mira por orden natural la cognición de aquélla como lo que es más perfecto. Por eso, aunque ella se ponga, no por eso reposa el deseo natural de saber, sino que permanece todavía el deseo de conocer a Dios: como, tenida la evacuación por beneficio de la medicina, todavía se desea la salud.

Advierte, empero, que esta razón difiere de la precedente, porque en aquélla se argumenta por que Dios es primera causa de las cosas: aquí, en cambio, se argumenta por que Dios es causa inmediata del ente en cuanto ente.

X. Último. Cuantas más cosas sabe alguien, tanto con mayor deseo afecta a saber. Luego el deseo natural del hombre al saber tiende a algún fin determinado. Pero esto no puede ser otro que lo sabible nobilísimo, que es Dios. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque lo que más vehementemente tiende a algo que antes, no se mueve al infinito, sino que tiende a algo determinado. Lo cual se prueba por el cuerpo naturalmente movido; y por la razón de Aristóteles en I Caeli, texto 44.

De lo predicho infiere Santo Tomás corolariamente que, porque el fin último de cualquier criatura intelectual se llama felicidad o beatitud, la beatitud y felicidad de la substancia intelectual es conocer a Dios.

Se confirma, sin embargo, por la autoridad de Matth. v; Ioan. xvii; y de Aristóteles en el último libro de los Ethicorum.

Caput XXV: Utrum Felicitas Consistat in Actu Voluntatis

Caput XXVI: Quod Felicitas Humana non Consistit in Delectationibus Carnalibus

Caput XXVII: Quod Felicitas non Consistit in Honoribus

Caput XXVIII: Quod Felicitas Hominis non Consistit in Gloria

Caput XXIX: Quod Felicitas Hominis non Consistit in Divitiis

Caput XXX: Quod Felicitas non Consistit in Potentia Mundana

Caput XXXI: Quod Felicitas non Consistit in Bonis Corporis

Caput XXXII: Quod Felicitas Humana non Consistit in Sensu

Caput XXXIII: Quod Ultima Hominis Felicitas non Consistit in Actibus Virtutum Moralium

Caput XXXIV: Quod Ultima Felicitas non Sit in Actu Prudentiae

Caput XXXV: Quod Felicitas non Consistit in Operatione Artis

Caput XXXVI: Quod Ultima Felicitas Hominis Consistit in Contemplatione Dei

Caput XXXVII: Quod Felicitas Humana non Consistit in Cognitione Dei quae Communiter Habetur a Pluribus

Caput XXXVIII: Quod Felicitas Humana non Consistit in Cognitione Dei quae Habetur per Demonstrationem

Caput XXXIX: Quod Felicitas Humana non Consistit in Cognitione Dei quae est per Fidem

Caput XL: Utrum in Hac Vita Homo Possit Intelligere Substantias Separatas per Studium et Inquisitionem Scientiarum Speculativarum

Caput XLI: Quod non Possumus in Hac Vita Cognoscere Substantias Separatas sicut Ponit Alexander

Caput XLII: Quod non Possumus in Hac Vita Intelligere Substantias Separatas sicut Ponit Averroes

Caput XLIII: Quod Ultima Felicitas Hominis non Consistit in Cognitione Substantiarum Separatarum Qualem Praedictae Opiniones Fingunt

Caput XLIV: Quod non Possumus in Hac Vita Intelligere Substantias Separatas

Caput XLV: Quod Anima in Hac Vita non Intelligit Seipsam per Seipsam

Caput XLVI: Quod non Possumus in Hac Vita Videre Deum per Essentiam

Caput XLVII: Quod Ultima Hominis Felicitas non Sit in Hac Vita

Caput XLVIII: Quod Substantiae Separatae non Vident Deum per Essentiam ex Hoc quod Cognoscunt eum per Suam Essentiam

Caput XLIX: Quod in Naturali Cognitione Quam Habent Substantiae Separatae de Deo non Quiescit Earum Naturale Desiderium

Caput L: Quomodo Deus per Essentiam Videatur

Caput LI: Quod Nulla Creata Substantia Potest Sua Naturali Virtute Pervenire ad Videndum Deum per Essentiam

Caput LII: Quod Intellectus Creatus Indiget Aliqua Influentia Divini Luminis ad Hoc ut Deum per Essentiam Videat

Caput LIII: Rationes Quibus Videtur Probari quod Deus non Possit Videri per Essentiam, et Solutiones Earum

Caput LIV: Quod Intellectus Creatus non Comprehendit Divinam Substantiam

Caput LV: Quod Nullus Intellectus Creatus, Videndo Deum, Videt Omnia quae in Eo Videri Possunt

Caput LVI: Quod Omnis Intellectus, Cuiuscumque Gradus, Particeps esse Potest Divinae Visionis

Caput LVII: Quod Unus Alio Perfectius Deum Videre Potest

Caput LVIII: Quomodo Videntes Divinam Substantiam Omnia Vident

Caput LIX: Quod Videntes Deum Omnia Simul Vident in Ipso

Caput LX: Quod per Visionem Dei Aliquis Fit Particeps Vitae Aeternae

Caput LXI: Quod Videntes Deum in Perpetuum eum Videbunt

Caput LXII: Qualiter in Illa Ultima Felicitate Omne Desiderium Hominis Completur

Caput LXIII: Quod Deus Sua Providentia Gubernat Res

Caput LXIV: Quod Deus Conservat Res in esse

Caput LXV: Quod Nihil Dat esse Nisi Inquantum Agit in Virtute Divina

Caput LXVI: Quod Deus est Causa Operandi Omnibus Operantibus

Caput LXVII: Quod Deus est Ubique

Caput LXVIII: De Opinione Eorum qui Rebus Naturalibus Proprias Subtrahunt Actiones

Caput LXIX: Quomodo Idem Effectus Sit a Deo et a Natura Agente

Caput LXX: Quod Divina Providentia non Excludit Totaliter Malum a Rebus

Caput LXXI: Quod Divina Providentia non Excludit Contingentiam a Rebus

Caput LXXII: Quod Divina Providentia non Excludit Arbitrii Libertatem

Caput LXXIII: Quod Divina Providentia non Excludit Fortunam et Casum

Caput LXXIV: Quod Providentia Dei Sit Singularium Contingentium

Caput LXXV: Quod Providentia Dei Sit Omnium Singularium Immediate

Caput LXXVI: Quod Executio Divinae Providentiae Fit Mediantibus Causis Secundis

Caput LXXVII: Quod Mediantibus Creaturis Intellectualibus Aliae Creaturae Reguntur a Deo

Caput LXXVIII: Quod Substantiae Intellectivae Inferiores Reguntur per Superiores

Caput LXXIX: De Ordinatione Angelorum ad Invicem

Caput LXXX: De Ordinatione Hominum ad Invicem et ad Alia

Caput LXXXI: Quod Inferiora Corpora Reguntur a Deo per Corpora Caelestia

Caput LXXXII: Epilogus Praedictorum

Caput LXXXIII: Quod Corpora Caelestia non Imprimant in Intellectus Nostros

Caput LXXXIV: Quod Corpora Caelestia non sunt Causae Voluntatum et Electionum Nostrarum

Caput LXXXV: Quod Corporales Effectus in Istis Inferioribus non Sequuntur ex Necessitate a Corporibus Caelestibus

Caput LXXXVI: Quod Motus Caelestis Corporis non Sit Causa Electionum Nostrarum ex Virtute Animae Moventis, ut Quidam Dicunt

Caput LXXXVII: Quod Substantiae Separatae Creatae non Possunt esse Causa Directe Electionum et Voluntatum Nostrarum, sed Solus Deus

Caput LXXXVIII: Quod Motus Voluntatis Causatur a Deo, et non Solum Potentia Voluntatis

Caput LXXXIX: Quod Electiones et Voluntates Humanae Subduntur Divinae Providentiae

Caput XC: Quomodo Res Humanae ad Superiores Causas Reducantur

Caput XCI: Quomodo Dicitur Aliquis Bene Fortunatus, et Quomodo Adiuvatur Homo ex Superioribus Causis

Caput XCII: De Fato: an Sit, et Quid Sit

Caput XCIII: De Certitudine Divinae Providentiae

Caput XCIV: Quod Immobilitas Divinae Providentiae Utilitatem Orationis non Excludit

Caput XCV: Quod Deus non Omnes Orationes Exaudit

Caput XCVI: Quomodo Dispositio Providentiae Habeat Rationem

Caput XCVII: Quomodo Deus Possit Facere Praeter Ordinem Suae Providentiae, et Quomodo non

Caput XCVIII: Quod Deus Potest Operari Praeter Ordinem Rebus Inditum, Producendo Effectus absque Causis Proximis

Caput XCIX: Quod Ea quae Deus Facit Praeter Naturae Ordinem non sunt contra Naturam

Caput C: De Miraculis

Caput CI: Quod Solus Deus Facit Miracula

Caput CII: Quod Substantiae Spirituales Aliqua Mirabilia Operantur, quae tamen non sunt Vere Miracula

Caput CIII: Quod Opera Magorum non sunt Solum ex Impressione Caelestium Corporum

Caput CIV: Unde Magorum Operationes Efficaciam Habeant

Caput CV: Quod Substantia Intellectualis quae Praestat Efficaciam Magicis Operibus, non est Bona secundum Virtutem

Caput CVI: Quod Substantia Intellectualis Cuius Auxilio Magicae Artes Utuntur, non est Mala secundum Suam Naturam

Caput CVII: Rationes Quibus Probari Videtur quod in Daemonibus non Possit esse Peccatum

Caput CVIII: Quod in Daemonibus Possit esse Peccatum, et Qualiter

Caput CIX: Solutio Praemissarum Rationum

Caput CX: Quod Speciali Quadam Ratione Creaturae Rationales Divinae Providentiae Subduntur

Caput CXI: Quod Creaturae Rationales Gubernantur propter Seipsas, Aliae Vero in Ordine ad Eas

Caput CXII: Quod Rationalis Creatura Dirigitur a Deo ad Suos Actus non Solum secundum Ordinem ad Speciem, sed Etiam secundum quod Congruit Individuo

Caput CXIII: Quod Divinitus Hominibus Leges Dantur

Caput CXIV: Quod Lex Divina Principaliter Hominem Ordinat in Deum

Caput CXV: Quod Finis Legis Divinae est Dilectio Dei

Caput CXVI: Quod Divina Lege Ordinamur ad Dilectionem Proximi

Caput CXVII: Quod per Divinam Legem Homines ad Rectam Fidem Obligantur

Caput CXVIII: Quod per Quaedam Sensibilia Mens Nostra Dirigitur in Deum

Caput CXIX: Quod Latriae Cultus Soli Deo est Exhibendus

Caput CXX: Quod Divina Lex Ordinat Hominem secundum Rationem circa Corporalia et Sensibilia

Caput CXXI: Qua Ratione Fornicatio Simplex secundum Legem Divinam Sit Peccatum: et quod Matrimonium Sit Naturale

Caput CXXII: Quod Matrimonium Debet esse Indivisibile

Caput CXXIII: Quod Matrimonium Debeat esse Unius ad Unam

Caput CXXIV: Quod Matrimonium non Debet Fieri inter Propinquos

Caput CXXV: Quod non Omnis Carnalis Commixtio est Peccatum

Caput CXXVI: Quod Nullus Cibi Usus est Peccatum secundum se

Caput CXXVII: Quomodo secundum Legem Dei Homo Ordinatur ad Proximum

Caput CXXVIII: Quod in Actibus Humanis sunt Aliqua Recta secundum Naturam, et non Solum Quasi Lege Posita

Caput CXXIX: De Consiliis quae Dantur in Lege Divina

Caput CXXX: De Errore Impugnantium Voluntariam Paupertatem

Caput CXXXI: De Modis Vivendi Eorum qui Voluntariam Paupertatem Sequuntur

Caput CXXXII: Quomodo Paupertas Sit Bona

Caput CXXXIII: Solutio Rationum Supra Inductarum contra Paupertatem

Caput CXXXIV: Solutio Eorum quae Obiiciebantur contra Diversos Modos Vivendi Eorum qui Assumunt Voluntariam Paupertatem

Caput CXXXV: De Errore Eorum qui Perpetuam Continentiam Impugnant

Caput CXXXVI: Contra eos qui Matrimonium Virginitati Aequabant

Caput CXXXVII: Contra Eos qui Vota Impugnant

Caput CXXXVIII: Quod neque Merita neque Peccata Sint Paria

Caput CXXXIX: Quod Actus Hominis Puniuntur vel Praemiantur a Deo

Caput CXL: De Differentia et Ordine Poenarum

Caput CXLI: Quod non Omnia Praemia et Poenae sunt Aequales

Caput CXLII: De Poena quae Debetur Peccato Mortali et Veniali per Respectum ad Ultimum Finem

Caput CXLIII: Quod per Peccatum Mortale Ultimo Fine Aliquis in Aeternum Privatur

Caput CXLIV: Quod Peccata Puniuntur Etiam per Experientiam Alicuius Nocivi

Caput CXLV: Quod Iudicibus Licet Poenas Inferre

Caput CXLVI: Quod Homo Indiget Divino Auxilio ad Beatitudinem Consequendam

Caput CXLVII: Quod per Auxilium Divinae Gratiae Homo non Cogitur ad Virtutem

Caput CXLVIII: Quod Divinum Auxilium Homo Promereri non Potest

Caput CXLIX: Quod Praedictum Auxilium Gratia Nominatur. et Quid Sit Gratia Gratum Faciens

Caput CL: Quod Gratia Gratum Faciens Causat in Nobis Dilectionem Dei

Caput CLI: Quod Divina Gratia Causat in Nobis Fidem

Caput CLII: Quod Divina Gratia Causat in Nobis Spem

Caput CLIII: De Donis Gratiae Gratis Datae. in Quo de Divinationibus Daemonum

Caput CLIV: Quod Homo Indiget Divino Auxilio ad Perseverandum in Bono

Caput CLV: Quod Ille qui Decidit a Gratia per Peccatum, Potest Iterum per Gratiam Reparari

Caput CLVI: Quod Homo a Peccato Liberari non Potest Nisi per Gratiam

Caput CLVII: Qualiter Homo a Peccato Liberatur

Caput CLVIII: Quod Rationabiliter Homini Imputatur si ad Deum non Convertatur, Quamvis Hoc sine Gratia non Possit

Caput CLIX: Quod Homo in Peccato Existens sine Gratia Peccatum Vitare non Potest

Caput CLX: Quod Deus Aliquos a Peccato Liberat, et Aliquos in Peccato Relinquit

Caput CLXI: Quod Deus Nemini est Causa Peccandi

Caput CLXII: De Praedestinatione, Reprobatione, et Electione Divina

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