Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber III
Francesco Silvestri (1474–1528)
Commentaria in Summam contra Gentiles
First published 1926
In Book III of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) expounds Aquinas's account of providence, human happiness, moral action, and divine grace. The commentary accompanies the Leonine text in volume XIV (1926). The present digital edition includes the Latin text and an English translation.
Prooemium
Caput I: Quod Omne Agens Agit propter Finem
Caput II: Quod Omne Agens Agit propter Bonum
Caput III: Quod Malum est Praeter Intentionem in Rebus
Caput IV: Rationes Quibus Videtur Probari quod Malum non Sit Praeter Intentionem
Caput V: Solutio Rationum Praemissarum
Caput VI: Quod Malum non est Aliqua Essentia
Caput VII: Rationes Quibus Videtur Probari quod Malum Sit Natura vel Res Aliqua
Caput VIII: Solutio Rationum Praemissarum
Caput IX: Quod Causa Mali est Bonum
Caput X: Quod Malum Fundatur in Bono
Caput XI: Quod Malum non Totaliter Consumit Bonum
Caput XII: Quod Malum Habet Aliquo Modo Causam
Caput XIII: Quod Malum est Causa per Accidens
Caput XIV: Quod non est Summum Malum
Caput XV: Quod Finis Cuiuslibet Rei est Bonum
Caput XVI: Quod Omnia Ordinantur in Unum Finem, qui est Deus
Caput XVII: Quomodo Deus Sit Finis Rerum
Caput XVIII: Quod Omnia Intendunt Assimilari Deo
Caput XIX: Quomodo Res Imitentur Divinam Bonitatem
Caput XX: Quod Res Intendunt Naturaliter Assimilari Deo in Hoc quod est Causa
Caput XXI: Quomodo Diversimode Res Ordinantur in Suos Fines
Caput XXII: Quod Motus Caeli est a Principio Intellectivo
De lo dicho en el capítulo precedente deduce Santo Tomás este corolario 1, a saber: el primer motor del movimiento del cielo es algo intelectivo. Y en torno a esto hace dos cosas: primero, demuestra la proposición; segundo, remueve algunas dudas 2.
I. En cuanto a lo primero, argumenta en primer término así. El cuerpo celeste, en cuanto obra mediante su movimiento, apunta a la última forma, que es el entendimiento humano, el cual es más alto que toda forma, es decir, informativa. Luego no obra hacia la generación por su propia especie como agente principal, sino según la especie de algún agente intelectual superior, cuyo instrumento él mismo es. Luego es movido por alguna substancia intelectual.
Se prueba la primera consecuencia. Porque nada que obra según su propia especie apunta a una forma más alta que su propia forma, ya que todo agente apunta a lo semejante a sí. — Se prueba la segunda consecuencia. Porque el cielo obra hacia la generación en cuanto es movido.
Nótese que que un agente obre según su propia especie equivale a que su naturaleza y su forma sean para él la razón principal de obrar. Pues decimos que el caballo genera un caballo según su propia especie, porque la naturaleza del caballo es para él la razón principal de generar, y la virtud propia del caballo es la causa principal de tal generación. Cuando, pues, se dice que el cielo no obra hacia la generación según su propia especie, se entiende que la naturaleza y la forma del cielo no son para él la razón y la virtud propia y principal con la que obra hacia la generación; sino que alguna virtud intelectual, de la cual es movido, es aquello en virtud de lo cual obra hacia la generación, como su instrumento.
II. En segundo lugar. El cuerpo del cielo es movido por alguno. Luego ese algo o bien está unido a él, de modo que el compuesto de cielo y motor se diga que se mueve a sí mismo; o bien le es extrínseco. Si lo primero, luego el cielo está animado, puesto que todo lo que se mueve a sí mismo es vivo y animado. No por alma nutritiva, pues en él no hay generación ni corrupción. No sensitiva, pues no tiene diversidad de órganos. Luego intelectiva.
Luego etc. — Si lo segundo, ese motor o bien será corpóreo o bien incorpóreo. Si corpóreo, será necesario que él sea movido por otro; y como no hay proceso al infinito en los cuerpos, a saber, los ordenados esencialmente, será necesario llegar al primer motor incorpóreo. Pero lo que es del todo incorpóreo es intelectual, como es patente por lo dicho antes. Luego etc. — Lo mismo se sigue si se supone que es movido inmediatamente por un incorpóreo.
III. En tercer lugar. Así como los cuerpos graves y leves son simples, también lo son los cuerpos celestes. Luego, si son movidos por la naturaleza, serán movidos como aquellos. Pero aquellos son movidos por un generante y por un removedor de lo que impide, no de tal suerte que la forma en ellos sea lo que mueve y la materia lo movido, pues nada es movido si no es un cuerpo. Luego igualmente serán movidos los cuerpos celestes. Pero esto es imposible, puesto que ellos son ingenerables, por no tener contrariedad, y su movimiento no puede ser impedido. Luego son movidos por motores mediante aprehensión. No por aprehensión sensitiva. Luego por la intelectiva.
- Sobre este argumento, con el cual se prueba que los graves y los leves son movidos por un generante y por un removedor de lo que impide, a saber, porque no pueden moverse de tal suerte que la forma sea lo que mueve y la materia lo movido, se duda. Pues podría responderse, como responden algunos que dicen que tales cuerpos se mueven por sí mismos, que no se mueven por sí mismos como si la forma tomada precisamente fuese lo que mueve y la materia lo movido, sino porque el todo es lo que mueve y el todo es lo movido; pero es verdad que el todo es lo que mueve en razón de la forma, a saber, porque la forma es para él el principio por el que mueve; y es lo movido en razón de la materia, de modo que la materia es para él el principio por el que es movido. Y así tanto lo que mueve como lo movido consta que es cuerpo.
Pero que esa respuesta no satisface se muestra por las palabras y la intención del Comentador en VIII Phys., comm. 303, del cual Santo Tomás tomó este argumento. Pues allí demuestra que los cuerpos simples no se mueven por sí, porque ninguno de ellos puede dividirse en motor y movido; y que no puede decirse que el cuerpo simple se divida en motor y movido por dividirse en materia y forma, puesto que, dice, la materia primera no es un ente en acto. En efecto, por esas palabras es patente que, para que algo se diga moverse a sí mismo por sí, no basta que se divida en acto y potencia, de los cuales uno sea lo que mueve en razón de mover, y el otro sea lo movido en razón de aquello por lo que es movido; sino que se requiere que se divida en dos partes, cada una de las cuales sea ente en acto, y una sea lo que mueve y la otra lo movido. Y así, como el cuerpo simple no puede dividirse en tales partes, es manifiesto, como deduce Santo Tomás, que no se mueve a sí mismo; es decir, por sí, aunque por accidente pueda moverse al movimiento de aquello que por él es movido, así como el remero por accidente es movido al movimiento de la nave. De este modo de movimiento entiende Averroes cuando dice, en III Caeli, comm. 284, y en IV Caeli, comm. 25, que la piedra se mueve a sí misma en cuanto es grave en acto, y es movida en cuanto está en potencia hacia lo de abajo. Pues quiere que lo grave, por el hecho de ser en acto grave, mueve por sí al medio; pero al movimiento del medio es movido por sí mismo por accidente, en cuanto está en potencia hacia el lugar de abajo; como el remero, que por sí mueve la nave en cuanto tiene virtud motiva, es movido por accidente por sí mismo al movimiento de la nave, en cuanto está en potencia hacia el lugar al que la nave llega con su movimiento.
IV. En cuarto lugar. Si el movimiento del cielo no fuese por aprehensión, sino de la sola naturaleza, su principio sería la forma del cielo, como en los elementos, cuyas formas, aunque no son moventes, son sin embargo principios de los movimientos, pues a ellas siguen los movimientos naturales, igual que las demás propiedades naturales. Pero esto es imposible. Porque la forma es principio del movimiento local en cuanto al cuerpo se le debe algún lugar hacia el cual se mueve por la virtud de su forma, como es patente en el fuego. Pero al cuerpo celeste, según su forma, no le conviene más un ubi que otro. Luego etc.
- Sobre el movimiento de los graves y los leves, nótese primero que, por eso, se dice que la forma no es lo que mueve, sino principio del movimiento, porque no es lo que mueve principal, a manera de movente que; sino que es aquello por lo que el generante mueve, y es el principio por el que lo mismo movido es movido.
Nótese segundo, que de las palabras de Santo Tomás en este argumento se extrae, explicado, el sentido de su posición expuesta antes 6 acerca del movimiento de los graves y los leves. En efecto, de que se diga que los movimientos naturales de estos cuerpos siguen a sus formas igual que las demás propiedades; y de que la forma sea principio del movimiento en cuanto al cuerpo se le debe algún lugar hacia el cual es movido por la virtud de la forma que tiende a aquel lugar; y también de que, porque el generante da tal forma, por eso se dice que es motor; se da a entender que no se dice que el generante mueve tales cuerpos como si con un movimiento nuevo y un nuevo impulso los empujara hacia sus lugares, sino porque les dio las formas a las cuales, removidos los impedimentos, siguen tales movimientos por cierta resultancia natural. De ahí, en efecto, se sigue que a la misma causa deben reducirse tanto las formas como tales movimientos, así como a la misma causa se reducen la forma y las demás propiedades que siguen naturalmente a la forma.
- Sobre lo que se dice, que al cuerpo celeste no le conviene más un ubi que otro según su naturaleza, nótese que Santo Tomás añadió bien, según su naturaleza. Pues se dice que un lugar conviene a algún cuerpo según su naturaleza cuando la naturaleza de la cosa se perfecciona en el lugar, de modo que fuera de su lugar no tiene el complemento de su perfección; así, al fuego le conviene según su naturaleza estar arriba, porque en el lugar superior se conserva y se perfecciona más plena y actualizadamente en sus propiedades. Pero esto no se encuentra en el cuerpo celeste, es decir, que la substancia del cielo reciba del lugar alguna perfección, pues no es conservado por el lugar. Por eso, según su naturaleza, no le conviene más uno que otro. En cuanto, sin embargo, está ordenado a la generación de las cosas, como se dice en Quarto, d. XLVIII, en el lugar citado 7, más le conviene un lugar que otro; porque por su presencia y proximidad a algunos cuerpos causa algún efecto que no causa estando ausente.
V. En quinto lugar 8. Si el movimiento del cielo fuese de la naturaleza solamente, estaría ordenado a algún reposo. Pero aparece lo contrario, pues es continuo. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque, como la naturaleza siempre tienda a uno, si no es impedida, no puede ser fin de la naturaleza aquello que tiene diformidad. Pero el movimiento tiene diformidad, porque lo que se mueve desigualmente se comporta ahora y antes de distinto modo 9. Luego el movimiento no puede ser el fin hacia el que tiende la naturaleza, sino que apunta al reposo mediante el movimiento, el cual se compara al movimiento como lo uno a lo muchos; pues reposa lo que se comporta igualmente ahora y antes.
Sobre la prueba de la falsedad de la consecuencia, nótese que que algún movimiento sea continuo puede entenderse de dos maneras. De un modo, porque sus partes se copulan hacia un término común. Y así no lo toma aquí Santo Tomás, porque no repugna que algún movimiento sea continuo de este modo y, sin embargo, esté ordenado a algún reposo, como es patente en el movimiento del grave, que es continuo y está ordenado al reposo en el lugar de abajo. — De otro modo, porque es perseverante y nunca es interrumpido por el reposo. Y así se toma aquí. En efecto, el movimiento que nunca tiene término en acto no está ordenado al reposo, porque el movimiento ordenado al reposo cesa alguna vez, es decir, por la sucesión o llegada del reposo. De donde, como el movimiento del cielo nunca se termina en acto, sino que una circulación se continua con otra circulación; y, según los filósofos, nunca tal movimiento ha de cesar 10, consta que no está ordenado a ningún reposo.
- Sobre esta proposición, que lo que reposa se comporta igualmente ahora y antes, hay que considerar que se entiende del ahora y del antes del tiempo que mide el reposo, y no del antes del tiempo que lo precede. De modo que el sentido es que, tomados dos instantes cualesquiera del tiempo que mide el reposo de algo, en ellos lo que reposa está en la misma disposición.
Pero si algo puede reposar durante todo un tiempo y, sin embargo, en el último instante de ese tiempo comportarse de otro modo, se dice, según la doctrina de Santo Tomás en la Primera, q. LIII, a. 3, que no. Pues allí, como de la razón del reposo es que lo que reposa no se comporte de otro modo ahora que antes, concluye que en cualquier ahora del tiempo que mide el reposo, lo que reposa está en lo mismo, es decir, en la misma disposición, a saber, en el primer, en el medio y en el último instante. Pues tiene por imposible que algo reposa durante todo un tiempo, como medida, es cierto, adecuada del reposo, y que sin embargo en el último instante de él esté bajo otra disposición y forma, puesto que reposar durante todo un tiempo es estar en él en cada instante de ese tiempo. Y la razón de esto, como puede recogerse del lugar citado antes, y de I Sent., d. xxxvii, q. iv, a. 3, y es del sentir de Aristóteles y del Comentador, VI Física 11, es que toda transmutación instantánea es término de algún movimiento. Pues todo lo que ha sido transmutado antes se transmutaba; y todo lo que ha sido generado antes se generaba, como es patente allí mismo, en el comm. 59. Por eso no puede ser que algo esté transmutado en el último instante de algún tiempo y, sin embargo, haya reposado en todo el tiempo precedente.
- Nótese, sin embargo, que no es lo mismo decir que algo está bajo una forma durante todo un tiempo y en el último instante de ese tiempo está bajo otra forma, y que algo repose durante todo un tiempo bajo una forma y en el último instante haya sido transmutado a otra forma. Puede, en efecto, que algo esté bajo una forma y, sin embargo, bajo ella no repose, sino que se transmute; como es patente en lo que se mueve hacia la generación y en el último instante es generado; pues aquello permanece durante algún tiempo bajo la forma precedente, pero no reposa bajo ella, sino que por la alteración está en corromperse, y continuamente, mientras se altera, se comporta de un y otro modo bajo la misma forma, mientras se acerca continuamente más a la corrupción de ella y a la generación de otra.
VI. Entendida así la proposición de Santo Tomás, es manifiesto que los argumentos de Escoto en el Segundo, d. 11, q. 11 12 no tienen fuerza alguna. Pues argumenta primero, porque se seguiría que en el último instante de la pronunciación de las palabras de la Consagración estaría allí la forma del pan, porque esa forma estuvo presente durante todo el tiempo de la pronunciación.
Segundo, porque, como durante todo un tiempo el aire reposó en el ente tenebroso, en el último instante de él sería tenebroso, y así la iluminación no se haría en un instante.
Pero si se dijera, dice, que la iluminación es término del movimiento local, en contra: — Supóngase que el sol sea creado de nuevo y el medio preexistente; consta que la iluminación no será término del movimiento local. — Ahora bien, esta iluminación no es por sí término del movimiento local, sino algún ubi adquirido al propio sol. — Ni puede por esto evitarse que el aire haya reposado bajo el ente tenebroso hasta este instante.
- A lo primero se dice primero, que no es contra el sentido de la proposición, la cual se entiende según el curso de la naturaleza y sobre la posibilidad natural. Pero aquí se argumenta sobre lo que se hace milagrosa y sobrenaturalmente.
Se dice segundo, que, aunque durante todo el tiempo de la pronunciación de las palabras haya forma de pan, sin embargo no reposa: porque por la sucesión de las palabras, que es cierto movimiento, el pan se hace más próximo a que cese por la conversión en el cuerpo de Cristo; y en razón de este movimiento de la pronunciación de las palabras, cuyo término es la conversión en el cuerpo de Cristo, el hacerse precede al haberse hecho, como en la generación el generarse precede al haber sido generado, por razón de la alteración precedente, de la cual es término, como es patente en IV Sent., d. xi, 13 a. 3, quª 2, ad 3.
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A lo segundo se dice que el aire no reposa durante todo el tiempo precedente a la iluminación, pues según el curso de la naturaleza la iluminación es término del movimiento local. En efecto, según que el sol se acerca más al aire por movimiento local, el mismo aire está más próximo para recibir la luz. De donde, según el movimiento del sol hacia el aire, se dice que el aire se acerca a la luz y del ente tenebroso se aleja sucesivamente, no por pérdida de parte tras parte, sino por mayor y menor aproximación a la luz. Como, en efecto, la materia, por la alteración, se dispone para recibir la forma substancial y para expulsar la forma que tiene, por lo cual se dice que se mueve hacia la forma, aunque la reciba, según toda ella, solamente en el último instante; así, por el movimiento local del sol, en razón del cual el aire se hace más próximo al propio sol, el aire se dispone para la recepción de la luz, que es en un instante, y por esta sucesiva aproximación se dice que se mueve hacia la luz.
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Pero cuando se insta primero por el sol nuevamente creado, se dice que no es contra la proposición, porque no hablamos de lo que Dios puede hacer por creación, sino de lo que conviene al curso natural. — Puede decirse segundo, que esa creación del cuerpo luminoso hace las veces del movimiento local.
Cuando se objeta segundo, que la iluminación no es por sí término del movimiento local: — se niega de la iluminación nueva. Aunque la iluminación, sencillamente, no sea por sí primer término, o término intrínseco, de este movimiento local, sin embargo la iluminación nueva es por sí término secundario y extrínseco.
Cuando se objeta tercero que, no obstante esto, el aire reposó bajo el ente tenebroso hasta el último instante: por lo precedente es patente que esto es falso. Aunque haya estado bajo el ente tenebroso hasta el último instante, sin embargo no bajo tal ente reposó; porque, aunque no fuese sujeto del movimiento de algo hacia la luz, sin embargo en el sol había movimiento ordenado a su iluminación y a la expulsión de la tiniebla.
VII. En sexto lugar. Dado aquello, se seguiría que el cielo, contra natura, al alejarse del occidente volviese al oriente. Esto es imposible, pues en el movimiento celeste nada hay violento ni contra natura. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque el movimiento del cielo hacia el occidente es natural. Pero en el movimiento que es de la naturaleza como de principio activo, si la aproximación hacia algo es natural, el alejamiento de él es antinatural, como es patente en lo grave.
Advierte que Santo Tomás no dijo absolutamente, en el movimiento que es de la naturaleza, si la aproximación es natural, el alejamiento es antinatural, sino que añadió, como de principio activo; porque, a saber, si el movimiento es natural solamente por el principio pasivo, esto no es necesario; así como la aproximación es natural, así también el alejamiento puede ser natural, como es patente en el movimiento de la materia hacia la forma; pues así como a la forma naturalmente se aproxima, así de ella naturalmente se aleja.
VIII. En cuanto a lo segundo 14, pretende Santo Tomás remover algunas dudas que de lo precedente surgen.
La primera es 15. Como se haya dicho que el movimiento del cielo no es solamente de la naturaleza, sino de una substancia intelectual, parece seguirse que el movimiento del cielo no es natural.
A esto responde que eso no se sigue. Aunque no sea natural en razón del principio activo, sino voluntario, es sin embargo natural en razón del principio pasivo, en cuanto el cielo tiene aptitud natural para tal movimiento; así como la generación de los cuerpos simples es natural en razón de la materia, en la cual hay un apetito natural hacia la forma natural, pero no en razón del principio activo, ya que aquel está fuera, pues la naturaleza es principio del movimiento de aquello en lo que está.
Se declara, sin embargo, la proposición. Porque cada cosa padece y es movida en cuanto está en potencia, pero obra y mueve en cuanto está en acto. El cuerpo celeste, considerado según su substancia, se encuentra como en potencia, comportándose indiferentemente respecto de cualquier ubi, como la materia primera respecto de toda forma; lo cual no se encuentra en el cuerpo grave y leve, que, considerado en su naturaleza, no es indiferente respecto de todo lugar, sino que por razón de su forma se le determina el lugar. De esto se deduce que el movimiento de los graves y los leves, cuando por nosotros son movidos mediante el entendimiento, es violento, porque en ellos hay aptitud natural hacia el movimiento contrario a aquel por el que son movidos por nosotros; aunque el movimiento del cuerpo animal por el alma no sea violento, en cuanto está animado. Pero el movimiento de los cuerpos celestes no es violento, porque los cuerpos celestes no tienen aptitud hacia un movimiento contrario, sino hacia aquel por el que son movidos por una substancia inteligente.
- Hay que atender primero que, como la naturaleza se divida en materia y forma, y la naturaleza sea principio del movimiento de aquello en lo que está, para que el movimiento sea natural basta que proceda según la inclinación de uno de estos dos, a saber, de la materia o de la forma. Y por eso no es inconveniente que el movimiento sea natural por la sola aptitud de la materia, y de la naturaleza a manera de potencia, hacia tal movimiento, aunque el principio activo del movimiento sea extrínseco.
Hay que atender segundo, cuando se dice que el movimiento de los graves y los leves por nosotros es violento porque tienen aptitud natural hacia el movimiento contrario, que esto se entiende de la aptitud determinada hacia tal movimiento con repugnancia al movimiento opuesto, y no de la aptitud indiferente respecto de ambos movimientos, como es en el cielo la aptitud indiferente respecto de todos los ubi.
Hay que atender tercero, cuando dice Santo Tomás que el cielo, según su naturaleza, se comporta indiferentemente respecto de cualquier ubi, que por eso añadió según su naturaleza, porque, aunque por la intención de la substancia movente el cielo pueda determinarse hacia algún ubi, considerada, sin embargo, la naturaleza del cielo en sí, no está determinado hacia algún ubi determinado.
Hay que atender cuarto, que el alma, como se dice en la Primera, q. lxii, a. 2, ad 2, en cuanto de ella depende, es nata para mover hacia cualquier parte. Por eso es necesario que el movimiento del animal, que es del alma, sea natural, como también en los graves y leves el movimiento que es de su forma es natural; pues es movimiento natural el que es de un principio intrínseco. Por eso se dice bien aquí que el movimiento del cuerpo animal, en cuanto está animado, no le es violento, aunque le sea violento en cuanto es cierto cuerpo grave. El cuerpo del animal, aunque es informado solo por el alma y no por otra forma, sin embargo, en cuanto es informado por el alma en cuanto alma, tiene que poder moverse hacia cualquier parte; pero en cuanto es informado por el alma en cuanto es forma del cuerpo, cual sigue la gravedad, tiene que poder moverse solamente hacia abajo. Y por eso se dice en VIII Física16 que el animal, en verdad, mueve naturalmente a sí mismo entero; pero el cuerpo, en cuanto es cuerpo, puede ser movido según la naturaleza y fuera de la naturaleza.
IX. Sobre lo dicho se presenta una doble duda. La primera es. Pues el Comentador, en VIII Phys., comm. 2717, quiere que el movimiento del cuerpo celeste sea simpliciter natural, tanto de parte del alma como de parte del cuerpo. Luego no es verdadero lo que aquí se dice, a saber, que es natural solamente en razón del principio pasivo.
La segunda duda es esta. Si el alma es nata para mover hacia toda parte, el cuerpo del animal, en cuanto animado, es indiferente respecto de todo movimiento y de todo lugar. Y sin embargo su movimiento es natural de parte de la forma. Luego, del hecho de que el cielo es indiferente respecto de todo ubi, no se sigue, como dedujo Santo Tomás, que su movimiento sea natural de parte del principio pasivo solamente, sino que puede ser natural también de parte del principio activo.
- A la primera de estas dudas se dice, primero, que el Comentador parece haber hablado en este punto de manera variada. En el lugar alegado, en efecto, parece querer que el movimiento del cielo sea natural tanto de parte del principio activo como de parte del principio pasivo; pero en I Caeli, comm. 5, y en II Caeli, comm. 3, parece querer que sea natural solamente de parte del principio pasivo.
Pero, para la concordia de sus dichos, e incluso con Santo Tomás, podría decirse, dejada de lado la respuesta de otros, que el movimiento puede decirse natural de parte del principio activo de dos maneras. De un modo, porque el principio activo del movimiento le es intrínseco como su forma. Y así el movimiento del cielo no es natural, ni ante Santo Tomás ni ante el Comentador, porque el principio activo de su movimiento es una forma abstracta secundum esse. — De otro modo, porque el principio activo del movimiento es nato para mover tal cuerpo sin resistencia, y es apropiado a aquel cuerpo para moverlo. Y de este modo entiende el Comentador que el mismo movimiento del cielo es natural de parte del principio activo; pues toma el cielo por el agregado de la inteligencia y del cuerpo celeste. De donde, en I. Caeli, comm. alegado, dice que las formas abstractas, en cuanto son formas abstractas, son natas para que aquello que por ellas es movido sea un cuerpo ni grave ni leve; así como son natas para que el movimiento por ellas sea rotundo; y como es nata la forma del fuego para que tenga materia propia. Y en VIII Phys., en el lugar aducido, quiere que el movimiento del cielo sea por el principio en él, de modo que en su cuerpo no haya principio contrario al movimiento del alma. Con el nombre, sin embargo, de cielo toma allí también el agregado del cuerpo celeste y de la inteligencia movente, la cual puede de algún modo llamarse su alma, en cuanto le es apropiada para moverlo.
Es patente, por tanto, que no hay contradicción ni entre los dichos del Comentador, ni entre el Comentador y Santo Tomás, ya que Santo Tomás habla del movimiento natural de parte del principio activo del primer modo, mientras que el Comentador habla del natural del segundo modo.
- A la segunda se responde que el movimiento puede decirse natural de parte de la forma de dos maneras. De un modo, porque es de una forma intrínseca que no obra mediante aprehensión, sino que mera y naturalmente mueve. De otro modo, porque es de una forma intrínseca que no obra mediante violencia, sino que es nata para mover de tal manera, y lo móvil es nato para ser por ella movido así, en tanto que se somete a tal forma. Por eso, la indiferencia respecto de diversos ubi argumenta que el movimiento no es natural de parte de la forma del primer modo, es decir, que no es según la inclinación de la forma que mueve sin aprehensión, porque tal forma inclina hacia uno de manera determinada. Y así Santo Tomás argumenta, a partir de la indiferencia del cielo respecto de todos los ubi, que su movimiento no es natural de parte de su forma, ya que esa es una forma meramente natural. Pero tal indiferencia no argumenta que el movimiento no sea natural del segundo modo, porque la forma que obra mediante aprehensión puede mover su móvil hacia cosas diversas, según la diversidad de las aprehensiones. Y así no es inconveniente que lo móvil sea indiferente respecto de diversos ubi en cuanto es nato para ser movido por tal forma; y que su movimiento sea natural en cuanto es movido por una forma intrínseca así nata para mover; y que él así sea nato para ser movido por ella en cuanto se somete a tal forma, aunque desde otra parte incline solamente hacia el movimiento opuesto. — De donde, ante la objeción, se niega que el movimiento del animal, en cuanto es animal, sea natural de parte de la forma de aquel modo del que aquí habla Santo Tomás del movimiento natural de parte de la forma, mientras habla del movimiento del cielo.
X. La segunda duda que remueve Santo Tomás18 es esta. Pues podría alguien argumentar que el movimiento del cielo no es voluntario, porque es uno y uniforme; pero la voluntad se comporta respecto de muchos, y no está determinada a uno.
Pero responde que la voluntad se determina a uno por su sabiduría, con la cual es dirigida infaliblemente hacia un fin, así como la naturaleza se determina a uno por su virtud. Por eso, que el movimiento del cielo sea voluntario no repugna a su unidad y uniformidad.
Para la evidencia de esta respuesta, hay que considerar que, como la voluntad siga a la cognición intelectiva y sea dirigida por ella como por su regla, aunque, considerada absolutamente la razón de voluntad, la voluntad sea causa indiferente y no determinada a uno, en cuanto, sin embargo, sigue al juicio del entendimiento que juzga algo ser de querer y de hacer, tiene la determinación hacia aquello, de modo que a causa de ello obra de manera determinada; y puede mover uniforme e infaliblemente hacia algún fin, cuando tanto la cognición por la cual es dirigida es infalible y cierta, como la misma voluntad no puede ser impedida en su efecto. Y así, como la voluntad de la substancia que mueve el cielo no puede ser impedida, y es dirigida por una sabiduría infalible y cierta hacia un fin, la misma substancia intelectual mueve el cielo uniforme e infaliblemente hacia el fin al que apunta en moverlo, y no se comporta respecto del movimiento del cielo como causa indeterminada, sino como limitada a uno.
XI. La tercera duda, que excluye 19, es esta: — Si, en efecto, el movimiento del cielo es natural, parece que en el movimiento celeste puede haber algo contra natura, como en el movimiento de los graves y los leves.
Responde por lo dicho que no es semejante. Ni la aproximación hacia algún ubi en el movimiento del cielo, ni el alejamiento de él, es contra natura, como en los graves y leves. Tanto porque en los graves y leves la intención de la naturaleza está determinada a un lugar, hacia el cual la aproximación es natural, y del cual el alejamiento es contra natura; como porque el movimiento con el que se llega al medio (entiéndase, del medio del mundo) y el movimiento con el que se aleja de él son contrarios. — Pero la intención de la naturaleza en el movimiento del cielo, según la cual, es cierto, se dice natural su movimiento, no está determinada hacia algún ubi. Y el movimiento con el cual se aleja circularmente de algún signo no es contrario al movimiento con el que hacia él se llega, sino que es uno y continuo. Pues así como la aproximación y el alejamiento de los graves y leves respecto del lugar medio entre los extremos es natural, y no son movimientos contrarios, sino un solo movimiento continuo, porque el todo, es cierto, tal aproximación y alejamiento, está bajo una sola intención de la naturaleza; así también en el movimiento del cielo; pues cualquier ubi en el movimiento del cielo es como el medio en el movimiento recto, no como el extremo.
Advierte que el movimiento del grave con el que se aleja del medio del mundo tiende hacia el lugar de arriba, que le es contrario; y porque el movimiento hacia arriba y el movimiento hacia abajo del cuerpo grave son contrarios, en tanto que tienden hacia lugares contrarios, por eso se dice bien aquí que los movimientos con uno de los cuales la naturaleza llega al medio y con el otro se aleja son contrarios. Pero el movimiento del cielo con el que se llega a algún signo no es contrario a aquel con el que de él se aleja, porque el movimiento con el que se aleja de algún signo no es hacia un ubi contrario a aquel hacia el que se llega, ya que en el movimiento circular no hay contrariedad según algunos puntos designados en el círculo, en tanto que son puntos del mismo círculo; aunque pueda de algún modo haber, según ellos, oposición en tanto que son los extremos del diámetro, según la cual se mide la máxima distancia en el círculo, como dice Santo Tomás en I Caeli, en la exposición del texto 87 20.
XII. La última duda 21 es esta. Pues, como se haya dicho que el movimiento del cielo es de una substancia intelectual, podría alguien preguntar si esa substancia está unida al cuerpo celeste de modo que sea su alma, o si está separada. Y si es la primera substancia, la que inmediatamente mueve el cielo; o una substancia creada, mediante la cual mueva la primera; o que la primera substancia mueva a la primera, y las demás a las otras.
Responde Santo Tomás que nada importa cualquiera de estas cosas que se diga, con tal de que se tenga que el movimiento celeste es de una substancia intelectual.
Nótese que Santo Tomás nada más quiere con este su proceder sino que el movimiento del cielo no es solamente natural, sino en parte natural y en parte voluntario. Pero esto se tiene tanto si se pone que la substancia intelectual movente es la forma del cielo, como si se pone que está separada. Pues, como de la razón del movente no sea que sea intrínseco al movido, el movente voluntario puede ser tanto intrínseco como extrínseco; el movimiento progresivo del hombre, que es del alma unida, es voluntario; y el movimiento de la rueda por un hombre separado es voluntario. Por eso se dice bien aquí que nada importa al propósito que se diga cualquiera de aquellas cosas.