Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber II
Francesco Silvestri (1474–1528)
Commentaria in Summam contra Gentiles
First published 1918
In Book II of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) expounds Aquinas's account of creation, the distinction of creatures, and the human soul. The commentary accompanies the Leonine text in volume XIII (1918). The present digital edition includes the Latin text and an English translation.
Caput I: Continuatio sequentium ad praecedentia
Caput II: Quod consideratio creaturarum utilis est ad fidei instructionem
Habiendo demostrado que es necesario determinar algo sobre la acción divina transeúnte, muestra en segundo lugar Santo Tomás que la misma consideración de las criaturas es útil1: pues para el conocimiento perfecto de lo hecho conviene conocer también las cosas hechas mismas. En torno a esto hace dos cosas. Primero, pone la utilidad de esa consideración; segundo, muestra la diferencia entre el Teólogo y el Filósofo en la consideración de las criaturas, en el capítulo cuarto.
En cuanto a lo primero, propone una doble utilidad. Y así prueba dos conclusiones: la primera en este capítulo; la otra en el siguiente.
I. La conclusión de este capítulo es: La meditación de las obras divinas es necesaria, es decir, útil, para instruir la fe humana. Se prueba. A la fe humana pertenece considerar la sabiduría divina; y admirar la altísima virtud de Dios, y por consiguiente temer y reverenciar a Dios; amar la bondad divina; llegar a la semejanza divina. Pero todo esto lo otorga esta consideración. Luego es útil para instruir la fe.
Prueba el menor, en cuanto a su primera parte, así. Las obras hechas por arte son representativas del arte. Pero Dios produjo las cosas con su sabiduría: en el Salmo, Hiciste todas las cosas en sabiduría; y en Eclesiástico 1, La derramó sobre todas sus obras. Por tanto, a partir de la consideración de lo hecho podemos colegir la divina sabiduría, como impresa en las cosas hechas mediante cierta comunicación de su semejanza. — Se confirma con la autoridad del Salmo: Cuán admirables son tus obras, y mi alma lo conoce demasiado bien.
En cuanto a la segunda parte, se argumenta primero que las criaturas conducen a la admiración de la altísima virtud de Dios: porque la virtud del que hace es más eminente que las cosas hechas, como se insinúa en Sab. xiii y en Rom. 1. — Que de esto se cause temor y reverencia, se prueba por la autoridad de Jer. x: Grande es tu nombre etc.
En cuanto a la tercera parte, se prueba así. La bondad de las criaturas, su hermosura y su dulzura atraen los ánimos de los hombres al amor. Por tanto, la bondad divina misma, que es fuente de la bondad, comparada diligentemente con los arroyos de bondades hallados en cada una de las cosas, arrastrará totalmente hacia sí los ánimos inflamados de los hombres. — Es patente la consecuencia. Porque todo lo que hay de bondad y perfección distribuido particularmente en las diversas criaturas, todo está unido en él universalmente, como en la fuente de toda bondad. — Se confirma con la autoridad del salmo, Me has deleitado, Señor etc.; y en otro lugar, Serán embriagados etc.; y Sab. xiii, Por las cosas que se ven etc.
En cuanto a la cuarta parte, se prueba porque, dado que la fe cristiana instruye principalmente al hombre acerca de Dios y, mediante la luz de la revelación divina, lo hace conocedor de las criaturas, se produce en el hombre cierta semejanza de la sabiduría divina: pues Dios, al conocerse a sí mismo, contempla en sí todas las cosas. — Se confirma por el Apóstol, II Cor. iii: Nos vero omnes revelata etc.
Se confirma la conclusión principal con la autoridad de Eclesiástico xlii, «Me acordaré» etc.
II. En torno a la conclusión de este capítulo, debe notarse que su sentido no es que la consideración de las criaturas cause la fe cristiana: pues la fe no es causada en nosotros por las criaturas, sino por la luz de la divina revelación; si bien las mismas criaturas nos conducen de la mano al conocimiento de Dios. El sentido es, más bien, que la consideración de las criaturas es útil para aquella instrucción que realiza la fe cristiana, ya que mediante esta consideración somos ayudados a aquello a lo que la fe nos dirige. Pues somos instruidos por la fe, primeramente, acerca de lo que ha de creerse y, secundariamente, acerca de lo que ha de hacerse. Según la doctrina de Santo Tomás, II[a] II[ae], q. iv, 2, ad 3, la fe está en el intelecto especulativo como en su sujeto, pero se extiende también al intelecto práctico; y por la caridad obra (Gál. v2), en cuanto es el inicio y cierto fundamento, por así decirlo, de toda la vida espiritual, como se dice en Verit., q. XIV, 2, ad 1. De ahí que aquí no se tome la fe cristiana en cuanto virtud teologal distinta de la esperanza y de la caridad, sino en cuanto incluye todo lo perteneciente a la vida cristiana.
III. En torno a la primera parte de la menor se duda. Porque la admiración, como resulta claro por el Filósofo, I Metafísica3, es propia del que ignora. Por lo tanto, aquello que conduce al conocimiento y a la consideración de la sabiduría divina no conduce a su admiración. Repugna, pues, decir que la consideración de las criaturas nos hace admirar y considerar la sabiduría divina. Se responde que la admiración es una especie de temor que sigue a la aprehensión de alguna cosa que excede nuestra facultad: como resulta claro en Iª IIae, q. XLI, a. 4; y IIª IIae, q. CLXXX, a. 3, ad 3; y en De veritate, q. XXVI, 4, ad 7. De donde, cuando se aprehende algún cognoscible como superando del todo nuestro conocimiento, se causa la admiración. Luego el efecto puede conducir al conocimiento de su causa de dos maneras: a saber, o perfecta, o imperfecta. Si conduce al conocimiento perfecto, como acontece en los efectos unívocos, no causa admiración. Pero si conduce al conocimiento imperfecto, como en los equívocos, puede causar admiración por la magnitud de la perfección de la causa, que supera nuestro conocimiento. Dado, pues, que las criaturas conducen a un conocimiento imperfecto de la sabiduría divina (lo cual hace entender Santo Tomás cuando dice que nosotros, por la consideración de las cosas hechas, podemos de algún modo considerar la sabiduría divina), no es inconveniente que por ellas mismas se cause en nosotros tanto la admiración como el conocimiento.
- Pero queda todavía una duda. Si la admiración es una especie de temor, y el temor se refiere a un mal futuro, la admiración también se referirá a un mal futuro, cuyo desenlace alguien no puede considerar4. Pero la sabiduría divina no es un mal, sino que es el sumo bien. Por lo tanto, en torno a ella no recae la admiración. Se responde que, aunque la sabiduría divina sea el sumo bien, sin embargo su consideración puede ser aprehendida como superflua y como nociva, como se dice en Verit., donde arriba5, cuando es considerada como superando enteramente nuestro conocimiento. De ahí que quien admira rehúye dar en el presente un juicio sobre aquello que contempla con asombro, temiendo fallar en ese mismo juicio6.
IV. En torno a la segunda parte de la misma menor, cuando se dice, la virtud del que hace es más eminente que las cosas hechas, debe advertirse que se entiende de aquellas cosas que son producidas por el arte. Es evidente, en efecto, que la virtud del artífice es más excelente que las cosas artificiadas. Y cuanto más nobles fueren las cosas artificiadas, tanto más admiramos la virtud y el ingenio del artífice, por cuanto excede aquel conocimiento que podemos tener de ella misma a través de lo artificiado: pues descubrimos por la obra que hay en el artífice una virtud no común, capaz incluso de operar cosas mayores. Así también, cuando Dios se compara con todas las criaturas como el artífice con lo artificiado, su virtud es más eminente que las cosas creadas, y por las criaturas admiramos su virtud como algo que supera nuestro conocimiento.
- En torno a lo que dice Santo Tomás, puesto que del asombro ante la virtud divina proceden el temor y la reverencia, debe advertirse que, siendo doble el temor, es decir, servil y casto o filial, ambos se refieren a un doble objeto: a saber, el mal que alguien rehúye; y aquel de quien, o por comparación con quien, puede provenir el mal. De este segundo modo Dios puede ser temido, pero no del primero: como se tiene en IIª IIae, q. XIX, 1. Ahora bien, ambos temores provienen de la consideración de una virtud excelente: a saber, cuando se estima que alguien, por su dignidad y excelencia de virtud, puede inferir daño; o bien, por su dignidad y excelencia, alguien no querría ofenderlo ni separarse de él. Y así, de la consideración de la excelsa virtud divina se causa el temor servil de Dios, en cuanto que Dios, por su virtud, puede inferir daño; y el temor filial, en cuanto que alguien, considerada la magnitud y excelencia de la virtud divina, se enciende en amor de Dios y rehúye ofenderlo. Debe considerarse en segundo lugar que la reverencia, que es acto del temor de algún modo, y de algún modo acto de latría, siempre se refiere a una persona excelente en razón de su excelencia. Por eso, de la consideración de la excelencia de la virtud divina se causa hacia el mismo Dios reverencia. Cuando, pues, se dice que del asombro ante la altísima virtud de Dios se causan el temor y la reverencia, podemos entender el temor servil y el filial, que es de algún modo lo mismo que la reverencia. Podemos también entender el temor filial en cuanto al acto que consiste en temer la separación de Dios; y en cuanto a otro de sus actos, que es la reverencia y sujeción a Dios. Pues estos dos actos se atribuyen al temor filial en Iª IIae, q. LXVII, 4, ad 2.
V. En cuanto a la tercera parte, cuando se dice todas las bondades de las criaturas están en Dios universalmente unidas, entiéndase, no a modo de acumulación, sino a modo de la unidad más simple, y la universalidad de la perfección actual, como se declaró en el Primero7. En torno a la última parte, cuando se dice la fe cristiana hace al hombre conocedor de las criaturas, debe atenderse que se entiende, no respecto de sus naturalezas y propiedades, sino en cuanto tienen dependencia de Dios: como dice Santo Tomás en el cuarto capítulo.