Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber IV
Francesco Silvestri (1474–1528)
Commentaria in Summam contra Gentiles
First published 1918
In Book IV of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) examines Aquinas's treatment of revealed mysteries: the Trinity, the Incarnation, the sacraments, and the resurrection. The commentary accompanies the Leonine text in volume XV (1930). The present digital edition includes the Latin text and an English translation.
Prooemium
Caput I: Quod sit generatio, paternitas et filiatio in divinis
Caput II: Quod filius Dei sit Deus
Caput III: Quid opinatus sit Photinus de filio Dei, et eius improbatio
Caput IV: Opinio Sabellii de filio Dei, et eius improbatio
Caput V: De opinione Arii circa filium Dei
Caput VI: Improbatio opinionis Arii de filio Dei
Caput VII: Solutio ad auctoritates quas Arius pro se inducebat
Caput VIII: Solutio ad auctoritates Photini et Sabellii
Caput IX: Rationes contra generationem et processionem divinam
Caput X: Quomodo accipienda sit generatio in divinis, et quae de filio Dei dicuntur in Scripturis
Caput XI: Quomodo filius Dei dicatur Dei sapientia
Caput XII: Quod non est nisi unus filius in divinis
Caput XIII: Solutio ad rationes supra inductas contra generationem divinam
Caput XIV: De spiritu sancto, quod sit in divinis
Caput XV: Rationes ex quibus aliqui spiritum sanctum existimaverunt esse creaturam
Caput XVI: Quod spiritus sanctus sit verus Deus
Caput XVII: Quod spiritus sanctus sit subsistens persona
Caput XVIII: Quomodo intelligenda sunt quae de spiritu sancto dicuntur
Caput XIX: De effectibus attributis spiritui sancto in Scripturis respectu totius creaturae
Caput XX: De effectibus attributis spiritui sancto in sacra Scriptura respectu rationalis creaturae, quantum ad ea quae Deus nobis largitur
Caput XXI: De effectibus attributis spiritui sancto secundum quod movet creaturam in Deum
Caput XXII: Solutio rationum supra inductarum contra divinitatem spiritus sancti
Caput XXIII: Quod spiritus sanctus procedat a filio
Caput XXIV: Rationes ostendere volentium quod spiritus sanctus non procedat a filio, et solutio ipsarum
Caput XXV: Quod non sunt nisi tres personae in divinis pater, filius et spiritus sanctus
Caput XXVI: De incarnatione verbi secundum traditionem sacrae Scripturae
Caput XXVII: De errore Photini circa incarnationem
Caput XXVIII: De errore Manichaeorum circa incarnationem
Caput XXIX: De errore Valentini circa incarnationem
Caput XXX: De errore Apollinaris circa corpus Christi
Caput XXXI: De errore Arii et Apollinaris circa animam Christi
Caput XXXII: De errore Apollinaris dicentis animam rationalem non fuisse in Christo, et de errore Origenis dicentis animam Christi ante mundum fuisse creatam
Caput XXXIII: De errore Theodori Mopsuesteni et Nestorii circa unionem verbi ad hominem
Caput XXXIV: Contra errorem Eutychetis
Caput XXXV: De errore Macarii Antiocheni ponentis unam tantum voluntatem in Christo
Caput XXXVI: Contra eos qui dixerunt ex anima et corpore non esse aliquid unum constitutum in Christo
Caput XXXVII: Contra eos qui ponunt duo supposita vel duas hypostases in una persona Christi
Caput XXXVIII: Quid Catholica fides sentiat de incarnatione Christi
Caput XXXIX: Obiectiones contra fidem incarnationis
Caput XL: Quomodo oporteat intelligere incarnationem filii Dei
Caput XLI: Quod assumptio humanae naturae maxime competebat verbo Dei
Caput XLII: Quod humana natura assumpta a verbo non praeextitit assumptioni, sed in ipsa conceptione fuit assumpta
Caput XLIII: Quod natura assumpta a verbo in ipsa conceptione fuit perfecta quantum ad animam et corpus
Caput XLIV: Quod Christum decuit nasci ex virgine
Caput XLV: Quod Christus natus est de spiritu sancto
Caput XLVI: Quod Christus non fuit filius spiritus sancti secundum carnem
Caput XLVII: Quod non sit dicendum Christum esse creaturam
Caput XLVIII: Solutio rationum contra incarnationem superius positarum
Caput XLIX: Quod peccatum originale traducatur a primo parente in posteros
Caput L: Obiectiones contra peccatum originale
Caput LI: Solutio obiectionum positarum
Caput LII: Rationes quibus videtur probari quod non fuit conveniens Deum incarnari
Caput LIII: Quod conveniens fuit Deum incarnari
Caput LIV: Solutio rationum supra positarum contra convenientiam incarnationis
Caput LV: De necessitate sacramentorum
Caput LVI: De distinctione sacramentorum veteris et novae legis
Caput LVII: De numero sacramentorum novae legis
Caput LVIII: De Baptismo
Caput LIX: De confirmatione
Caput LX: De Eucharistia
Caput LXI: De errore infidelium circa sacramentum Eucharistiae
Caput LXII: Solutio praemissarum difficultatum, et primo quoad conversionem panis in corpus Christi
Enumeradas las dificultades contra la verdad del sacramento de la Eucaristía, Santo Tomás pasa a su solución1, en el orden en que fueron propuestas, advirtiendo previamente que, aunque la virtud divina obra en este sacramento de modo más sublime y más secreto de lo que el hombre pueda indagar, con todo, para que en este punto la doctrina de la Iglesia no parezca imposible a los infieles, hay que esforzarse en excluir toda imposibilidad. Con estas palabras da a entender Santo Tomás que son máximas las dificultades que surgen en torno a este sacramento; y que no hay que afanarse por alcanzar su manifiesta inteligencia, sino esforzarse por comprender cómo en él no se encuentra ninguna imposibilidad.
I. Así, pues, ante la primera dificultad, dice en primer lugar2 que ciertamente es imposible que el cuerpo de Cristo comience a estar bajo este sacramento por movimiento local. — Tanto porque en el cielo dejaría de estar siempre que se celebra el sacramento. — Tanto porque este sacramento no podría celebrarse simultáneamente sino en un solo lugar. — Tanto porque el movimiento local no puede ser instantáneo: la consagración, en cambio, se perfecciona en el último instante de la pronunciación de las palabras.
Dice en segundo lugar3 que esto se hace por conversión de la substancia del pan en la substancia del cuerpo de Cristo, y de la substancia del vino en la substancia de su sangre.
Dice en tercer lugar4 que de aquí aparece como falsa tanto la opinión de los que dicen que la substancia del pan existe juntamente con la substancia del cuerpo de Cristo en este sacramento, como la de los que sostienen que aquélla se reduce a la nada o se resuelve en la materia prima. — Tanto porque de cualquiera de las dos se sigue que el cuerpo de Cristo no puede comenzar a estar en este sacramento sino por movimiento local. — Tanto porque, según la primera opinión, más propio habría sido decir a Cristo Hic est corpus meum, que, Hoc est corpus meum: pues se demostraría la substancia del pan, que se ve. — Tanto porque, según la segunda opinión, ya se habría reducido a la nada mucha parte de la materia primeramente creada por la frecuente celebración de este misterio; cosa que no conviene suceda en un sacramento de salud. — Tanto porque, según la tercera opinión, o bien la materia prima estaría sin forma, si se entendiera que la resolución se hace en ella; o bien, si se entendiera que se hace en los primeros elementos corpóreos, sería necesario que esta resolución fuese percibida por el sentido, y que allí hubiera también transmutación local y alteración corporal de los contrarios, las cuales no pueden ser instantáneas.
Dice en cuarto lugar5 que esta conversión es de otro modo que todas las conversiones naturales. Porque en cualquiera otra permanece el sujeto en el que se suceden entre sí diversas formas, ya accidentales ya substanciales; de ahí que se llamen conversiones formales. En ésta, en cambio, el sujeto pasa a sujeto, y los accidentes permanecen. De ahí que se llame conversión substancial.
Dice en quinto lugar6 que la naturaleza, ciertamente, no puede hacer que esta substancia se haga aquélla, como que este dedo se haga aquel dedo: pues la operación de la naturaleza presupone la materia, por la cual la substancia se individúa. Pero esto bien puede hacerse por la virtud divina, pues la materia le está sometida, ya que por ella es producida al ser. — Se declara. Porque así como, por la virtud del agente natural, cuya operación no se extiende sino a la inmutación de la forma, supuesta la existencia del sujeto, este todo se convierte en aquel todo según la variación de la forma, como este aire en este fuego generado; así, por la virtud divina, que no presupone la materia sino que la produce, esta materia se convierte en aquélla; y, en consecuencia, este individuo en aquél, siendo la materia el principio de individuación.
Dice en sexto lugar7 que, puesto que en esta conversión no hay ningún sujeto común que permanezca después de la conversión, y, sin embargo, es necesario que algo permanezca, para que sea verdad lo que se dice, Hoc est corpus meum, que son las palabras significativas y factivas de esta conversión, es necesario decir que los accidentes del pan permanecen.
Dice en séptimo lugar8 que, puesto que entre todos los accidentes la cantidad es la que más de cerca inhiere a la substancia; luego las cualidades están en la substancia mediando la cantidad; luego las acciones, pasiones y ciertas relaciones: así hay que sostener que los accidentes del pan permanecen después de la conversión de modo que sólo la cantidad dimenstiva subsista sin sujeto; en ella, en verdad, se funden las cualidades como en su sujeto; y, por consiguiente, las acciones, pasiones y relaciones.
Dice en octavo lugar9 que esta conversión no puede llamarse propiamente movimiento, tal como lo considera el Filósofo natural, según requiere el sujeto10: sino que es cierta sucesión substancial, como en la creación es sucesión del ser y del no ser.
Dice en noveno lugar11 que de lo dicho se tiene una razón de por qué los accidentes del pan deben permanecer: a saber, para que se encuentre algo permanente en la conversión dicha.
Dice en décimo lugar12 que hay también otras razones de esto. Una es, porque de otro modo no se seguiría que el cuerpo de Cristo, según la substancia, esté donde antes estuvo el pan: pues no quedaría ninguna habitud del cuerpo de Cristo hacia el lugar dicho. Pero, permaneciendo la cantidad dimenstiva del pan, el cuerpo de Cristo se hace bajo la cantidad dimenstiva del pan y, por consiguiente, de algún modo obtiene el lugar del pan, mediando, sin embargo, las dimensiones del pan.
Otra es, porque el mérito de la fe, que versa sobre lo invisible, es tanto mayor en torno a este sacramento cuanto más invisiblemente se realiza, oculto el cuerpo de Cristo bajo los accidentes del pan.
Tercera es, porque así es más conveniente y honesto el uso del sacramento: a saber, mientras bajo la especie del pan y del vino, de las que los hombres se sirven más comúnmente para comer y beber, se propone el cuerpo de Cristo para ser manducado y la sangre para ser bebida.
II. Para la evidencia del primer dicho, hay que considerar que no decimos que el cuerpo de Cristo comience así a estar bajo el sacramento, o sea, bajo las especies del pan, como si comenzara a contenerse local, propia y circunscriptivamente por los dichos accidentes, como lo situado es contenido por el lugar; pues no se comparan al cuerpo de Cristo propiamente como el lugar a lo situado; sino porque comienza a estar bajo ellas como la substancia es contenida bajo los accidentes; no ciertamente inhiiriendo en ella, sino separados, siendo antes inherentes a la substancia a la que esta substancia sucede. De ahí que el respecto del cuerpo de Cristo hacia accidentes de este género bajo los que se contiene no puede propiamente decirse respecto de género «dónde», que es del situado al lugar; tiene, sin embargo, como se dice en el Cuarto, d. x, q. 1, a. 3, quª 1, ad 1, cierta semejanza con él, en cuanto el estar en un lugar es estar en algo separado fuera de su substancia, que no es causa de él.
Tiene también semejanza con el respecto de género hábito: en cuanto esas especies son llamadas por los santos como una cobertura del cuerpo de Cristo.
III. Para la evidencia del segundo dicho13, hay que considerar, primero, que convenientemente, a partir de que el cuerpo de Cristo no comienza a estar bajo el sacramento por movimiento local, infiere Santo Tomás que debe estar en él por conversión de la substancia del pan. Porque de sólo dos modos podemos entender que el cuerpo de Cristo esté simultáneamente con las dimensiones del pan: o, a saber, permaneciendo la substancia del unida a esas dimensiones, de suerte que el cuerpo de Cristo se dijera estar simultáneamente con la substancia del pan, como dos cuerpos se dicen estar simultáneamente en el mismo lugar; según lo cual modo, entrando Cristo a los discípulos con las puertas cerradas14, estaban simultáneamente el cuerpo de Cristo y la puerta; o pasando la substancia del pan, y sucediendo a sus dimensiones la substancia del cuerpo de Cristo. — Lo primero no puede ser sino por movimiento local del cuerpo de Cristo acercándose al lugar del pan, como se acercó a las puertas: porque el cuerpo existente en un lugar no puede ocupar el lugar de un cuerpo existente en otro lugar, si no se mueve localmente hacia aquel lugar, ya que el mismo cuerpo no puede estar simultáneamente en varios lugares. — Pero lo segundo no puede ser sino convirtiéndose la substancia del pan en la substancia del cuerpo de Cristo: porque, si se aniquilase la substancia del pan, o se convirtiese en otra substancia, no habría razón por la que el cuerpo de Cristo, permaneciendo en el cielo, debiera contenerse bajo las dimensiones del pan. Si, pues, según aquello que la fe sostiene, no puede decirse que el cuerpo de Cristo comience a estar en el sacramento por movimiento local de su propio cuerpo, ya que no abandona su lugar propio, queda por necesario decir que comienza a estar en el sacramento por conversión de la substancia del pan en él.
- Hay que considerar, en segundo lugar, que esto no ha de entenderse del modo que Escoto juzga15 que nosotros entendemos, como si la dicha conversión fuese la razón formal del cuerpo de Cristo por la que está en el sacramento, siendo así que, cesando la conversión, permanece en el sacramento el cuerpo de Cristo; sino porque eficaz y fundamentalmente la dicha conversión causa esa existencia o presencialidad, así como la generación del fuego a partir de las leñas es, de algún modo, causa de que el fuego esté donde antes estaban las leñas; pues hace la dicha conversión que su primer término suceda a la substancia del pan bajo las mismas dimensiones del pan que permanecen, y, en consecuencia, causa esa presencia del cuerpo de Cristo hacia tales dimensiones y hacia su lugar. Y no es verdad lo que dice Escoto16, que Dios pueda causar semejante relación sin la conversión, siendo la conversión causa de ella sólo in fieri. Porque cuando la causa in fieri, que es la misma producción, es fundamento o razón de fundar una relación, no puede hacerse la relación sin tal producción, como denominativa relativa de aquélla: así la paternidad no puede advenir a alguien sin generación, para que por ella sea padre. Así también, porque la conversión es fundamento de la presencia del cuerpo de Cristo hacia las especies y el lugar del pan, no puede tal relación advenirle sin semejante conversión, puesto que el fundamento es de la razón de la relación en cuanto da el ser relativo.
IV. Pero contra lo dicho se arguye a partir de Escoto17, IV Sent., d. x, q. 1, II y III, y se prueba que no es necesario decir que por la sola conversión de este género pueda estar el cuerpo de Cristo, sin mutación local suya, en el altar.
Primero18. No es mayor repugnancia que el cuerpo de Cristo esté simultáneamente con la substancia del pan que con su cantidad: pues no repugna más substancia a substancia que substancia a cantidad respecto de tal simultaneidad. Pero, existiendo el cuerpo de Cristo en el cielo, puede Dios hacer ese mismo cuerpo simultáneamente con la cantidad del pan. Luego también con su substancia. Y, por consiguiente, sin conversión.
Segundo19. Dondequiera que Dios puede hacer una substancia natural no bajo su modo natural, o bajo un modo a ella opuesto, puede hacerla bajo su modo natural. Pero Dios puede hacer, más aún, hace, el cuerpo de Cristo sacramentalmente, es decir, no bajo su modo natural, simultáneamente en diversos lugares. Luego puede hacer lo mismo en los mismos lugares bajo su modo natural, es decir, local y dimensivamente. Luego no es necesaria semejante conversión.
Tercero20. Por ninguna mutación per se se obtiene aquello que es posterior a su término per se. Pero la presencia del cuerpo de Cristo en el sacramento es algo posterior simpliciter a la substancia del cuerpo de Cristo, que es el término per se de la conversión. Luego no se obtiene per se por aquella mutación que es la conversión o transubstanciación.
Cuarto21. Dios puede hacer presente el cuerpo de Cristo con el pan, permaneciendo la substancia del pan: pues esta presencia es posterior a la substancia del pan. Luego, sin alguna mutación respecto de la substancia del pan, puede haber una nueva presencia del cuerpo hacia el pan. Luego hay que dar otra mutación para semejante presencia, que no sea substancial. Luego por transmutación substancial no se obtiene per se esta presencia: pues el término de la misma razón de que es la presencia no es propia y per se término de dos mutaciones distintas según el género.
Quinto22. Lo que se convierte en algo preexistente adquiere más las condiciones de éste que a la inversa: como aparece en el alimento. Luego, por la sola conversión del pan en el cuerpo de Cristo preexistente, el pan convertido adquiere más la presencia en el cielo que el cuerpo de Cristo la presencia de la especie del pan en el altar.
Sexto23. Dios podría convertir el pan en el cuerpo de Cristo tal como tiene el ser en el cielo. Pero entonces no se tendría el cuerpo de Cristo bajo la especie del pan por la misma conversión. Luego tampoco ahora.
Séptimo24. Si se convirtiera el pan de tanta cantidad en el cuerpo de Cristo de tanta cantidad, es decir, cantidad en cantidad y substancia en substancia, el cuerpo de Cristo de tanta cantidad no tendría un «dónde» circunscriptivo, que fue del mismo pan. Luego, por la conversión de substancia en substancia, el cuerpo de Cristo no tiene el «dónde» definitivo que era de la substancia del pan. Luego, etc.
V. Para la solución de estos argumentos hay que anteponer que el cuerpo de Cristo existente sacramentalmente en el altar tiene una doble presencialidad: una, a saber, hacia las dimensiones del pan, bajo las que está oculto; otra, en cambio, hacia el lugar del pan. Por la primera presencia decimos que el cuerpo de Cristo está bajo las dimensiones del pan; por la segunda decimos que él está en el lugar del pan. Y ambas presencias le convienen por la conversión de la substancia del pan en él. Pero la primera sigue inmediatamente a tal conversión: pues del hecho de que la substancia del pan se convierta en el cuerpo de Cristo, permaneciendo sus dimensiones, se sigue que el cuerpo de Cristo sucede a la substancia del pan bajo esas dimensiones, lo cual es hacerse el cuerpo de Cristo presente a dimensiones de este género. Pero la segunda presencia le conviene mediando la primera: pues porque está presente a las dimensiones, por eso está presente al lugar que circunscribe tales dimensiones, el cual era el lugar del pan. — Así pues, los argumentos de Escoto se aducen contra ambas presencias; pero es fácil ver que contra la mente de Santo Tomás no valen.
VI. De donde al primero se dice que la mayor es falsa, no abandonando el cuerpo de Cristo el cielo y existiendo el pan en otra parte. — A la prueba se niega lo asumido, en el mismo sentido. Pues repugna que una substancia que permanece en el cielo comience a estar simultáneamente con una substancia existente en la tierra, sin que en ninguna de ellas se haga mutación: porque, según es la mente de Santo Tomás en IV Sent., d. xi, q. 1, a. 125, y en la Tercera, q. LXXV, a. 2, es imposible que algo esté donde antes no estaba, si no se muda él o algo en él. Lo cual, ciertamente, se entiende del lugar ya existente, no del lugar recién producido. Pero a tal substancia no le repugna estar simultáneamente con la cantidad de la substancia en la que se ha convertido: porque la relación puede nacer de la mutación de un solo extremo, aun no mudado el otro extremo.
Hay que atender, sin embargo, que cuando decimos que una substancia, no mudada de su lugar, no puede comenzar a estar simultáneamente con una substancia existente en otro lugar, esto se entiende suponiendo que tampoco ninguna otra substancia se ha convertido en ella. Porque si suponemos, como suponemos, que la substancia del pan se ha convertido en la substancia del cuerpo de Cristo, no es inconveniente que el cuerpo de Cristo, no mudado de su lugar en el que ahora está por razón de sus propias dimensiones, esté simultáneamente, por divino milagro, con otra substancia por razón de las dimensiones del pan convertido en él. Porque así como milagrosamente el cuerpo de Cristo, según su ser natural, estuvo simultáneamente con otro cuerpo cuando entró a los discípulos con las puertas cerradas26; así creo que puede hacerse, por divino milagro, que el cuerpo sacramental de Cristo comience a estar simultáneamente con otra substancia, no abandonando él su lugar propio que tiene en el cielo.
- Al segundo se dice, primero, que el argumento peca en la forma. Procede, en efecto, con cuatro términos. Pues en la mayor se toma el lugar singularmente por uno determinado. Y es verdadera la proposición. Porque, mostrado cualquier lugar singularmente, es verdad que, si en él puede Dios hacer que una substancia natural esté bajo un modo no natural, puede hacer que la misma esté en él según su modo natural. — En la menor, en cambio, se toma el lugar por varios lugares conjuntivamente. En cuyo sentido también la menor es verdadera. Pues de hecho Dios hace que el cuerpo de Cristo, según el modo sacramental, que no es modo natural, esté simultáneamente en varios lugares.
Se dice en segundo lugar que, si el argumento se redujera a su debida forma, formando así la menor, En cuantos lugares simultáneamente pueda Dios hacer una substancia natural no bajo su modo natural, puede hacerla bajo su modo natural, la misma mayor es falsa. Pues lo primero no implica ninguna contradicción, y por eso puede hacerse por la virtud divina. Pero lo segundo implica contradicción. Pues se mostró en lo anterior27, contra Escoto, que implica contradicción que un cuerpo esté simultáneamente en varios lugares localmente y por razón de sus propias dimensiones. Por eso por ningún milagro puede hacerse.
-
Al tercero se niega la mayor, si se entiende del primer término per se. Pues por una mutación per se puede obtenerse algo que es posterior al primer término per se, cuando él mismo es término per se, pero secundario. Pues no es inconveniente, según es la mente de Santo Tomás en Verit., q. ix, a. 3, que una mutación tenga dos términos que tienen cierto orden entre sí: pues vemos que el blanqueamiento se termina simultáneamente a la blancura y a la semejanza del supósito blanco. Pero si se entiende del término per se universalmente, o sea, ya primero ya secundario, la menor es falsa. Pues ni la presencia del cuerpo de Cristo hacia las especies es posterior a todo término per se, ya que ella misma es secundariamente término per se; ni la substancia del cuerpo de Cristo sola es el término per se de tal transubstanciación.
-
Al cuarto se concede todo, excepto la última consecuencia. Pues concedemos que absolutamente Dios puede hacer el cuerpo de Cristo simultáneamente con el pan, permaneciendo la substancia del pan; y que puede el cuerpo de Cristo comenzar a estar presente al pan sin conversión de la substancia del pan en él. Pero se niega la consecuencia ulterior, a saber, Luego por transmutación substancial no se obtiene per se esta presencia.
A la prueba se niega lo asumido, hablando absolutamente. Pues la presencia que el fuego tiene hacia el lugar de su generación, y la presencia que tiene hacia el lugar que termina el movimiento local de él, es de la misma razón; y, sin embargo, una se adquiere por generación substancial y otra por movimiento local. Pues en los términos extrínsecos no es inconveniente que lo mismo termine diversas mutaciones. Tampoco es inconveniente que lo mismo sea término intrínseco y primero de una mutación y, de otra, término extrínseco y secundario.
Pero si se añadiera al antecedente, mudándose ninguno de ellos localmente hacia el otro, ni convirtiéndose otro alguno en la substancia del otro, se niega lo asumido. Y a la prueba se niega esta consecuencia, Esta presencia es posterior a la substancia del pan; luego puede ser sin alguna novedad de la substancia del pan o del cuerpo de Cristo. Pues la habitud de lo situado hacia el lugar es posterior a la misma cosa situada; y, sin embargo, no puede haber novedad de tal habitud si no se muda la misma cosa situada, o mudado el lugar respecto de ella.
De donde aquella proposición, A la novedad de lo posterior no sigue la novedad de lo anterior, no tiene verdad donde lo posterior resulta de lo anterior por concomitancia natural. Pues entonces la novedad en lo posterior no es sino por la novedad de lo anterior: así como no es nueva la risibilidad sino por la novedad del hombre; y no hay novedad en la relación real sino por alguna novedad del fundamento o del término.
- Al quinto se niega la mayor en cuanto a la condición que es el lugar, cuando permanece algo de lo convertido ocupando el lugar anterior, y nada suyo añadido permanece en aquello a lo que se convirtió: como sucede en el caso propuesto, donde permanece la cantidad del pan ocupando su lugar; y nada de la substancia del pan permanece añadido al cuerpo de Cristo, ya que toda la substancia del pan, es decir, tanto la materia como la forma, se convierte en el cuerpo de Cristo.
Pero lo que se aduce del alimento no aprovecha; antes es lo contrario de lo que se asume. Pues la forma del alimentado, mientras informa la materia del alimento, accede de algún modo al lugar del alimento; sobre todo cuando el alimentado se aumenta por mutación.
-
Al sexto se niega la mayor, si se entiende que Dios pueda convertir la substancia del pan en el cuerpo de Cristo tal como tiene el ser en el cielo, es decir, tal como está contenido localmente en el cielo, sin que de ningún modo se mueva localmente el pan y sus dimensiones, las cuales, hecha la conversión, permanecen respecto del lugar del cuerpo de Cristo. Pues como en tal conversión debe el cuerpo de Cristo suceder a la substancia del pan bajo sus dimensiones, si el cuerpo de Cristo, existente bajo las dimensiones del pan, no tuviera otro «dónde» que el que tiene en el cielo, sería necesario que las mismas dimensiones tuvieran tal «dónde» del cuerpo de Cristo; lo cual no podría ser si no se hubieran mudado localmente al lugar del cuerpo de Cristo; de otro modo, lo mismo estaría simultáneamente en varios lugares circunscriptivamente. — Pero si se entendiera que Dios puede hacer aquello moviéndose el pan y sus dimensiones al lugar del cuerpo de Cristo: admitida la misma, se niega la menor. Es más, por la misma conversión el cuerpo de Cristo estaría bajo la especie del pan, la cual por su propio movimiento habría llegado a su lugar.
-
Al séptimo se niega la consecuencia. Porque en tal caso, como dijo Santo Tomás en el dicho décimo28, nada del pan permanecería bajo lo cual el cuerpo de Cristo sucediera a la substancia del pan, lo cual sería para él razón de estar en el lugar del pan. Ahora bien, permanecen las dimensiones del pan, que son la razón del cuerpo de Cristo de existir en el lugar del pan. Pues no por otra cosa está el cuerpo de Cristo en el lugar donde estaba el pan, sino porque, hecha la conversión, permanecen las especies del pan ocupando el lugar como antes, mediando las cuales estaba la substancia del pan en aquel lugar.
Lo restante que pertenece a esta materia, véase en Capreolo, Cuarto, d. x, q. 1; y d. xi29.
VII. En torno al tercer dicho30, cuando dice Santo Tomás, si permaneciera la substancia del pan, más propio habría sido decir a Cristo, Hic est corpus meum, que, Hoc est corpus meum, porque por la partícula hic se demostraría la substancia del pan, que se ve: hay que advertir que, si permaneciera la substancia del pan, esta proposición no sería verdadera, Hoc est corpus meum, como se dice en la Tercera Parte31; y en IV Sent.32: porque, como aquí se dice, se haría demostración del pan, cuyos accidentes se someten a la vista, y sería el sentido: La substancia de la cual son estos accidentes que se ven, es el cuerpo de Cristo. Pues cuando demostramos algo al sentido, según el común modo de hablar demostramos la substancia a la cual inhiere(n) los accidentes que se someten al sentido y lo demuestran; y no indistintamente lo contenido bajo los accidentes, como quiere Escoto en el Cuarto, d. xi, q. iii, a. 133. Pero sería falso que la substancia del pan fuese el cuerpo de Cristo. Y sería verdadera esta proposición, Hic est corpus meum, tomando este término hic tal como es adverbio de lugar: pues sería verdad decir que en este lugar en el que está el pan, está el cuerpo de Cristo.
- En torno a lo que se dice34, que en la consagración de este sacramento la substancia del pan no se aniquila: hay que considerar, primero, según la doctrina de Santo Tomás en V Quolib., q. VI35; y en la Tercera Parte36; y en IV Sent.37, que, como el movimiento recibe su denominación del término a que, para ver si alguna mutación es aniquilación o no, hay que ver si su término es absolutamente nada, o más bien algo de algún modo: porque, si fuera absolutamente nada, será aniquilación; si, en cambio, fuera de algún modo algo, no será aniquilación.
Hay que considerar, en segundo lugar, que en la denominación de la mutación no hay que atender a cualquier término, sino al término principalmente intentado por el agente. Pues la mutación al ser del hombre se llama generación del hombre, porque el agente intenta principalmente la existencia del hombre, aunque haya muchos otros términos precedentes, positivos y privativos. Así también, para ver si alguna mutación debe llamarse aniquilación, hay que atender no a cualquier término de esa mutación, sino al término principalmente intentado por el agente de tal mutación. En la mutación, pues, por la que la substancia del pan se convierte en el cuerpo de Cristo, se encuentra un doble término: a saber, el no ser pan, y el cuerpo de Cristo. Pero el ser sacramental del cuerpo de Cristo es el término principalmente intentado por Dios, por quien principalmente se hace esta conversión; y el no ser pan se ordena a este término. Por eso, siendo el ser sacramental del cuerpo de Cristo algo y no nada, tal mutación de la substancia del pan no puede decirse aniquilación. Es más, tampoco a partir del mismo no ser pan, al que dicha mutación termina como a disposición del término principal, puede decirse aniquilación: porque tal no ser no es absolutamente nada, sino la negación de ser pan en el cuerpo de Cristo sacramental en que el pan se ha convertido. Pues no basta para la aniquilación de algo que nada de él permanezca en sí o en otro; sino que se requiere que tampoco permanezca nada en lo que se haya convertido.
Pero no creo que sea de la mente de Santo Tomás lo que sostiene Capreolo38, a saber, que permanezca el pan en el cuerpo de Cristo en potencia obedicial, para que de él vuelva la substancia del pan; y que por eso no se dice que el pan se aniquila. Pues esto no lo dice en ninguna parte Santo Tomás, que yo haya visto. Antes bien, en la Tercera, q. LXXVII, a. 5, dice que es imposible que el cuerpo y la sangre de Cristo se conviertan de nuevo en substancia de pan o de vino. — Y si se dijera que esto hay que entenderlo de la potencia ordinaria, ya que sostenemos que el cuerpo y la sangre de Cristo permanecen en el sacramento mientras permanecen las especies del pan, pero no de la potencia absoluta: esto, ciertamente, no lo negaría, aunque quizá muchos lo negarían; pero, de este modo, el que la substancia del pan esté en potencia obedicial del cuerpo de Cristo no impediría que pueda decirse que el pan está aniquilado. De otro modo, nada podría decirse aniquilado por Dios: porque, por la misma razón, se diría que permanece en potencia obedicial de otra criatura; pues así como, de potencia absoluta, Dios podría convertir el cuerpo de Cristo en pan, así podría convertir en una cosa aniquilada alguna otra substancia, reparando de nuevo esa cosa al ser.
Con esto pueden resolverse fácilmente todos los argumentos de Escoto y de Durando recitados por Capreolo en el Cuarto, d. XI39.
- En torno a lo que se dice40, que la substancia del pan no puede en tal conversión resolverse en la materia prima, porque la materia primera estaría sin forma: hay que advertir que esto se sigue porque, si la substancia del pan no se convirtiera en el cuerpo de Cristo y permaneciera la materia primera, no recibiría otra forma con la cual fuese el cuerpo de Cristo, porque por la misma razón no podría el cuerpo de Cristo estar con aquella forma, él no mudado localmente, por la cual razón no podía estar con la substancia del pan. Tampoco se informaría la substancia del cuerpo de Cristo, como manifiestamente consta. Por eso quedaría absolutamente sin forma.
VIII. En torno al quinto dicho se duda. Pues parece que Santo Tomás dice contradictorias. Pues dice primero que la naturaleza no puede hacer que esta substancia se haga aquélla; luego añade que por la virtud del agente natural este todo se convierte en aquel todo, como este aire en este fuego generado. Consta, en efecto, que donde el todo se convierte en todo, esta substancia se convierte en aquélla.
Se responde que «todo» se toma de dos maneras: a saber, como lo mismo que perfecto en la especie; y como lo mismo que cualquier parte. Cuando, pues, se dice que por la naturaleza se convierte el todo en todo, se toma el todo por el perfecto en la especie, pero no por cualquier parte. Que esto es de la mente de Santo Tomás es patente, porque, explicándose él mismo, dice que, supuesta la existencia del sujeto, este todo se convierte en este todo por la naturaleza según la variación de la especie y de la forma. De esto, empero, no se sigue que esta substancia individuata se convierta en otra substancia individuata existente; sino que una especie se convierte en otra según la sucesión de diversas formas en la materia. De donde no hay contradicción.
IX. En torno al sexto dicho, hay que considerar, primero, que, como el pronombre demostrativo, que demuestra algo simultáneamente al sentido y al intelecto, presupone siempre algo sujeto al sentido demostrable, no puede decirse de algo, Hoc est illud, si por la partícula hoc no se demuestra o el mismo sensible per se, o algo unido al sensible. Pero si nada permaneciera, hecha la conversión en el cuerpo de Cristo, nada sensible habría por lo que pudiera demostrarse el cuerpo de Cristo: pues el ser sacramental no puede ser percibido por el sentido. Por eso se dice bien que es necesario que algo del pan permanezca, para que sea verdad lo que se dice, Hoc est corpus meum.
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Hay que considerar, en segundo lugar, según la doctrina de Santo Tomás en el Cuarto, d. VIII, q. II, a. 1, quª 4, ad 1, que, como las cosas que son en la voz se proporcionan a las que son en el intelecto, así como en el intelecto hay alguna concepción que es sólo significativa de la cosa entendida, la cual, digo, presupone la entidad de la cosa, como causada por el mismo; otra, en cambio, no sólo es significativa, sino también factiva de la cosa, como la concepción práctica, que no presupone la entidad de la cosa, sino que la causa: así alguna locución es sólo significativa; otra, en cambio, es significativa y factiva de la cosa significada; como esta locución, Hoc est corpus meum, la cual, por divina institución, tiene la virtud de convertir la substancia del pan en la substancia del cuerpo de Cristo. Por eso se dice bien aquí que estas palabras son significativas y factivas de la dicha conversión.
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Hay que considerar, en tercer lugar, que, como la significación de la oración entera se completa en la pronunciación de la última partícula, de suerte que las significaciones de las partes precedentes se comparan a la significación de la oración entera como la materia, pero no como las partes que integran la significación de la oración entera; y que la significación de la última partícula tenga, en orden a las precedentes, la razón de forma; así, las dichas palabras, que son significativas y factivas de la conversión, sólo en el último instante de la pronunciación la significan, y sólo en éste la efectúan; por eso, al principio de la locución, la partícula hoc no puede demostrar el cuerpo de Cristo, porque la substancia del pan todavía no se ha convertido en él. Tampoco puede demostrar determinadamente la substancia del pan: porque entonces se impediría la significación de la oración entera, que se completa en el último instante de la pronunciación, en el cual no hay substancia del pan. Pero es necesario, como dice allí Santo Tomás, que demuestre algo indistinto e indeterminado, que sea común, como conteniendo confusa y potencialmente a ambos, mas ninguno determinadamente en acto, a saber, esto que digo: lo contenido bajo esas especies; de suerte que el sentido sea: Lo contenido bajo esas especies es mi cuerpo. — Y así como decimos que ese pronombre no demuestra nada significado distinto, a saber, el pan o el cuerpo de Cristo, presente al tiempo de la pronunciación de ese pronombre hoc, sino sólo algo vago e indeterminado, así debe decirse de este verbo est, que no importa determinadamente el tiempo presente que mide la pronunciación de ese pronombre hoc, sino el presente que mide la última pronunciación de la oración entera: porque por ese instante une el predicado al sujeto en tales locuciones factivas, como en ese instante la cosa se efectúa por tales locuciones.
Pero contra este sentido los argumentos de Escoto en la VIII dist. del Cuarto41 no valen. Antes bien, proceden de este fundamento falso: que según Santo Tomás la significación de la oración se constituye a partir del significado de las partes; cuyo opuesto, sin embargo, él mismo sostiene en IV Sent., en el lugar antes alegado, y art. 342, ad 7.
X. En torno al séptimo dicho, hay que considerar, primero, según la doctrina de Santo Tomás en la Tercera, q. LXXVII, a. 2, que, supuesto que la cantidad es primera entre todos los accidentes materiales e inhiere inmediatamente a la substancia material, y, consecuentemente, es fundamento de todos los demás accidentes materiales, mediando la cual inson a la substancia; y que los demás accidentes retienen el ser que tenían en la substancia, subsistiendo por la virtud divina la cantidad sin substancia: queda por conclusión que en ella se fundan todos los demás accidentes y en ella sola están como en sujeto, del mismo modo que estaban en la substancia mediando la cantidad. Por eso, por el orden de los accidentes en su comparación a la substancia, convenientemente infiere Santo Tomás que sólo la cantidad dimenstiva del pan permanece después de la conversión sin sujeto; pero que los demás accidentes no están sin sujeto, sino que se fundan en la cantidad.
Hay que considerar, en segundo lugar, que los demás accidentes no por eso se dicen fundarse en la cantidad como en sujeto, como si la cantidad pudiera, por virtud de su naturaleza, prestarles sustento; pues esto conviene sólo a la cosa subsistente por su naturaleza, según es la mente de Santo Tomás en Virtut., q. 1, a. 3; sino porque esto se le concede por virtud divina, así como se le da que subsista sin sujeto. De donde, inhiiriendo la cantidad en la substancia, no presta sustento a los demás accidentes; a no ser que, en cuanto sostenida por la substancia, se diga que a los demás presta sustento.
XI. En torno al octavo dicho, hay que considerar que la dicha conversión se dice ser cierta sucesión substancial, porque es sucesión de una substancia tras otra bajo los mismos accidentes, aunque las tales substancias se comporten de diverso y diverso modo respecto de esos accidentes. Pues por la conversión de la substancia del pan en el cuerpo de Cristo, el cuerpo de Cristo se hace presente a los accidentes del pan así como la substancia del pan estaba presente a ellos; pero es verdad que esos accidentes inhiere a la substancia del pan, no, en cambio, al cuerpo de Cristo. De donde tal presencia del cuerpo de Cristo no tiene algo absolutamente semejante en las cosas naturales; aunque pueda asimilarse de algún modo a la presencia de lo situado al lugar y de lo vestido al vestido, como arriba se decía43. Por eso a Aureolo, que pregunta44 ¿en qué se suceden entre sí estas substancias?, se dice que se suceden mutuamente en los accidentes del pan y en su lugar. De donde aparece que esta conversión no se dice sucesión substancial cualquiera, sino sucesión de substancias bajo los mismos accidentes, una de las cuales pasa a otra.
XII. En torno al décimo dicho, cuando en la primera razón se dice que el cuerpo de Cristo obtiene de algún modo el lugar del pan, añade Santo Tomás «de algún modo», porque el cuerpo de Cristo no está en el lugar del pan, hecha la conversión, por razón de sus propias dimensiones, ni es sujeto de su «dónde»; sino porque está presente a las dimensiones del pan, las cuales están en su lugar y son el sujeto de su «dónde», se dice que él mismo también está en ese lugar. Y así no está en el lugar del pan por razón de sí, sino por razón de otro. Por eso añadió, mediando, sin embargo, las dimensiones del pan.