Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber IV

Francesco Silvestri

Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber IV

Francesco Silvestri (1474–1528)

Commentaria in Summam contra Gentiles

First published 1918

In Book IV of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) examines Aquinas's treatment of revealed mysteries: the Trinity, the Incarnation, the sacraments, and the resurrection. The commentary accompanies the Leonine text in volume XV (1930). The present digital edition includes the Latin text and an English translation.


Prooemium

Caput I: Quod sit generatio, paternitas et filiatio in divinis

Caput II: Quod filius Dei sit Deus

Caput III: Quid opinatus sit Photinus de filio Dei, et eius improbatio

Caput IV: Opinio Sabellii de filio Dei, et eius improbatio

Caput V: De opinione Arii circa filium Dei

Caput VI: Improbatio opinionis Arii de filio Dei

Caput VII: Solutio ad auctoritates quas Arius pro se inducebat

Caput VIII: Solutio ad auctoritates Photini et Sabellii

Caput IX: Rationes contra generationem et processionem divinam

Caput X: Quomodo accipienda sit generatio in divinis, et quae de filio Dei dicuntur in Scripturis

Caput XI: Quomodo filius Dei dicatur Dei sapientia

Caput XII: Quod non est nisi unus filius in divinis

Caput XIII: Solutio ad rationes supra inductas contra generationem divinam

Caput XIV: De spiritu sancto, quod sit in divinis

Caput XV: Rationes ex quibus aliqui spiritum sanctum existimaverunt esse creaturam

Caput XVI: Quod spiritus sanctus sit verus Deus

Caput XVII: Quod spiritus sanctus sit subsistens persona

Caput XVIII: Quomodo intelligenda sunt quae de spiritu sancto dicuntur

Caput XIX: De effectibus attributis spiritui sancto in Scripturis respectu totius creaturae

Caput XX: De effectibus attributis spiritui sancto in sacra Scriptura respectu rationalis creaturae, quantum ad ea quae Deus nobis largitur

Caput XXI: De effectibus attributis spiritui sancto secundum quod movet creaturam in Deum

Caput XXII: Solutio rationum supra inductarum contra divinitatem spiritus sancti

Caput XXIII: Quod spiritus sanctus procedat a filio

Caput XXIV: Rationes ostendere volentium quod spiritus sanctus non procedat a filio, et solutio ipsarum

Caput XXV: Quod non sunt nisi tres personae in divinis pater, filius et spiritus sanctus

Caput XXVI: De incarnatione verbi secundum traditionem sacrae Scripturae

Caput XXVII: De errore Photini circa incarnationem

Caput XXVIII: De errore Manichaeorum circa incarnationem

Caput XXIX: De errore Valentini circa incarnationem

Caput XXX: De errore Apollinaris circa corpus Christi

Caput XXXI: De errore Arii et Apollinaris circa animam Christi

Caput XXXII: De errore Apollinaris dicentis animam rationalem non fuisse in Christo, et de errore Origenis dicentis animam Christi ante mundum fuisse creatam

Caput XXXIII: De errore Theodori Mopsuesteni et Nestorii circa unionem verbi ad hominem

Caput XXXIV: Contra errorem Eutychetis

Caput XXXV: De errore Macarii Antiocheni ponentis unam tantum voluntatem in Christo

Caput XXXVI: Contra eos qui dixerunt ex anima et corpore non esse aliquid unum constitutum in Christo

Caput XXXVII: Contra eos qui ponunt duo supposita vel duas hypostases in una persona Christi

Caput XXXVIII: Quid Catholica fides sentiat de incarnatione Christi

Caput XXXIX: Obiectiones contra fidem incarnationis

Caput XL: Quomodo oporteat intelligere incarnationem filii Dei

Caput XLI: Quod assumptio humanae naturae maxime competebat verbo Dei

Caput XLII: Quod humana natura assumpta a verbo non praeextitit assumptioni, sed in ipsa conceptione fuit assumpta

Caput XLIII: Quod natura assumpta a verbo in ipsa conceptione fuit perfecta quantum ad animam et corpus

Caput XLIV: Quod Christum decuit nasci ex virgine

Caput XLV: Quod Christus natus est de spiritu sancto

Caput XLVI: Quod Christus non fuit filius spiritus sancti secundum carnem

Caput XLVII: Quod non sit dicendum Christum esse creaturam

Caput XLVIII: Solutio rationum contra incarnationem superius positarum

Caput XLIX: Quod peccatum originale traducatur a primo parente in posteros

Después de que Santo Tomás mostró que no es imposible lo que la fe Católica predica acerca de la encarnación del Hijo de Dios, quiere a continuación mostrar que también fue conveniente que el Hijo de Dios asumiera la naturaleza humana . En torno a esto hace dos cosas. Pues como el Apóstol, ad Rom. v, parece asignar la razón de esta conveniencia a partir del pecado original que pasó a todos, primero trata del pecado original; segundo, de la conveniencia de la Encarnación, cap. LIII. En torno a lo primero hace dos cosas: primero, contra los herejes pelagianos, que negaban el pecado original, muestra que los hombres nacen con pecado original; segundo, remueve algunas objeciones, en el capítulo siguiente. Pero debe atenderse, para que se sepa cuál es el significado del nombre del pecado original (pues de su quididad real se tratará más abajo ), que por el nombre de pecado original entendemos cierto defecto de la naturaleza, que tiene razón de culpa, el cual decimos que el hombre contrae de su origen y generación, por lo cual se llama pecado original, a saber, como contraído desde el mismo origen del hombre. I. Prueba pues Santo Tomás que todos los hombres nacen con tal pecado. Y argumenta primero así. En quienquiera que se encuentra la necesidad de morir, es necesario que se encuentre alguna culpa. Pero esta necesidad se encuentra en todo hombre desde el principio de su nacimiento: por eso algunos mueren poco después del nacimiento. Luego en ellos hay algún pecado. Pero no actual: porque los niños no tienen uso de libre albedrío. Luego, transmitido por origen. Se prueba la mayor. La muerte, y la necesidad de morir, fue infligida al hombre por el pecado. Pero la pena no se inflige sino por culpa. Luego etc. — Se prueba la mayor. Porque en Gen. II se dice: En cualquiera día que comieres de él, de muerte morirás: lo cual se entiende, es decir, estarás adscrito a la necesidad de la muerte. En vano, sin embargo, se diría esto si el hombre tuviera por institución de su naturaleza la necesidad de morir. 2. Adviértase, cuando se dice que en todo hombre se encuentra la necesidad de morir desde el principio de su nacimiento, que por el nombre de nacimiento no se entiende solo el nacimiento del útero, que es cuando el hombre sale del vientre de la madre: sino que se entiende del nacimiento en el útero, que también se llama concepción, a saber, cuando el alma intelectiva se une al cuerpo organizado. 3. Debe atenderse en segundo lugar que por institución de la naturaleza humana podemos entender dos cosas. A saber, o la producción de ella en cuanto a los principios esenciales de la misma naturaleza: y así, que convenga al hombre la necesidad de morir por institución de su naturaleza, es que le convenga por alguno de los principios esenciales de los cuales la naturaleza humana está instituida y compuesta. - O la producción de ella en cuanto a aquel estado en el que primeramente Dios la instituyó: y así, que el hombre tenga la necesidad de morir por institución de su naturaleza, es que ésta le convenga en aquel estado en el que Dios la instituyó primeramente, o sea, permaneciendo todas sus condiciones con las cuales Dios la estableció y creó.

Como pues Santo Tomás quiere que el hombre no haya tenido la necesidad de morir por institución de su naturaleza, sino que por el pecado la haya incurrido, se toma la institución de la naturaleza en el segundo modo. Pues como declara más abajo , aunque el hombre por la condición de su cuerpo tenga la necesidad de morir, sin embargo lo creó con el don de la justicia original, por la cual era liberado de semejante necesidad de morir.

II. Debe advertirse también de este proceso de Santo Tomás que la necesidad de morir se pone como pena del pecado del primer padre y del pecado original trasladado a nosotros, y no como pena de la necesidad de tener pecado; y que donde se encuentra esta pena, es necesario que se encuentre el pecado. Por eso no parecen interpretar bien la posición de Santo Tomás los que dicen que el pecado original se proporciona así a la muerte, que solo la necesidad de morir corresponda a la necesidad de tener pecado; y que así como no pertenece a la fe si los singulares mueren actualmente, o si alguno por disposición divina no muere, así no pertenece a la fe si alguno, por especial prerrogativa de la gracia, no incurre actualmente en el pecado original. Pues se pregunta por parte de éstos: - ¿Qué responde como pena al pecado original inexistente: a saber, la muerte actual, o la necesidad de morir? Si se dijera que la muerte actual: se sigue que en todos los que mueren actualmente hay pecado original; y así no podría decirse conforme a la fe que alguno muera y esté sin pecado original; lo cual sin embargo éstos tienen por necesario conceder. Y además, esto parece ser contra la mente de Santo Tomás, quien aquí; en I IIᵃᵉ, q. lxxxi, a. 3, ad 1; y en de Malo, q. iv, a. 6, ad 2, parece sostener que la pena del cuerpo por el pecado original es primera y per se la necesidad de morir, o sea la obligación a la muerte, a la cual el hombre llega alguna vez, si no se le relaja por la divina misericordia. - Si se dijera que la necesidad de morir: se sigue, como la pena no se inflige justamente sino por culpa, que en quienquiera que haya semejante necesidad de morir, hay también culpa. Pero todos los propagados seminalmente de Adán, incluso según éstos, incurren, conforme a la fe, la necesidad de morir. Luego también todos, conforme a la fe, contraen actualmente el pecado original.

  1. Además, esa obligación de tener pecado no puede convenir al hombre sino cuando es: tanto porque lo que no es, a nada está obligado; como porque desde su origen y nacimiento se dice que el hombre contrae el pecado original, o sea que está expuesto al pecado. Pero consta que desde su nacimiento el hombre tiene ser. Luego, o es obligado a tenerlo en aquel instante en que el alma es infundida al cuerpo, y en el cual el hombre primero se dice que es: o después. Si es obligado a tenerlo en aquel instante en que es generado y primero es: luego, si alguno por la gracia no incurre en aquel instante, no estará obligado. Pues si te estoy obligado a pagar cien áureos mañana, y me los donas, y no quieres que yo los restituya mañana, no seré ya tu deudor mañana. Luego tal que por gracia no incurre en el pecado, no tiene por su generación el débito de tener pecado: como éstos dicen. - Pero si esta obligación es a tener el pecado después del instante de la concepción, o de la infusión del alma: luego en el primer instante de su concepción el hombre no contrae el pecado original, con el cual es infectado por su generación. Lo cual es contra Santo Tomás, Malo, q. iv, a. 6, y en otros lugares; y contra todos los otros que dicen que en la misma infusión del alma se contrae el pecado original en aquellos en los que se pone el pecado original.

  2. Además, dice Santo Tomás en IV Sent., d. xliii, a. 4, qª. 1, ad 3, que no se sigue que, si puede ponerse sin error que algunos no mueran, pueda ponerse sin error que algunos nazcan sin pecado original, aunque la muerte sea pena del pecado original: porque Dios puede por misericordia relajar la pena a la cual se está obligado por culpa pasada. Donde es patente que habla del pecado existente actualmente, al que se debe la pena. Luego no es según su intención que así, conforme a la fe, pueda sostenerse que alguno nazca sin pecado original, como puede sostenerse que actualmente no haya muerto.

Se confirma. Porque en Qq. Mal., q. iv, a. 6, sostiene Santo Tomás que es erróneo decir que algunos derivados seminalmente de Adán carezcan de pecado original.

III. Pero si, hablando absolutamente, Dios puede conceder a alguno que desciende seminalmente de Adán que sea concebido sin pecado original: - debe decirse que sí: como parece ser de la mente de Santo Tomás en III Sent., d. iii, q. 1, a. 1 , que Dios pudo curar a los padres de la Bienaventurada Virgen de tal modo en el estado de la vía que pudieran concebir su prole sin pecado original.

Pero si se argumentara: - Dios puede absolutamente conceder a alguno que sea concebido sin pecado original: luego no pertenece a la fe si alguno es concebido en pecado, o sin pecado: - se niega la consecuencia. Porque aunque Dios pueda hacer eso, sin embargo no nos es manifiesto que él lo haga. Pues conforme a la fe se sostiene que Cristo por su pasión y muerte es Salvador y Redentor de todos, como es patente en muchos lugares de la Sagrada Escritura, en cuanto satisfizo por los pecados de todos, en lo que de sí está: lo cual ciertamente no sería verdadero si alguno fuera concebido sin pecado original. De donde, así como no vale esta consecuencia, Dios absolutamente pudo salvar al género humano sin la encarnación del Hijo de Dios. Luego no pertenece a la fe que el Hijo de Dios se haya encarnado o no por la salvación del género humano: así tampoco vale la antedicha consecuencia. Pues donde en la Sagrada Escritura se transmite que algo se hace por regla común, como se transmite que todos pecaron en Adán, no puede sostenerse sin error lo opuesto, a no ser que conste que Dios hizo otra cosa en algún particular, fuera de la regla común; o, digo, por la Sagrada Escritura, o por la determinación de la Iglesia .

Pero por esto no intento decir que sean herejes los que sostienen que la Bienaventurada Virgen fue concebida también sin pecado original, pues aún no está determinado por la Iglesia qué pertenece en esta materia a la fe: sino que a Santo Tomás le pareció que pertenece a la fe que todos los propagados seminalmente de Adán contraigan el pecado original, y que la necesidad de morir es pena del pecado original.

IV. En segundo lugar se argumenta así. Según el Apóstol, ad Rom. v, por un hombre el pecado entró en este mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos, en el cual todos pecaron. Pero esto no se entiende por modo de imitación. Tanto porque así el pecado y la muerte hubieran llegado solo a los que pecan a semejanza del primer hombre que peca. Lo cual excluye el Apóstol por las palabras que añade. Luego entró por un hombre a modo de origen.

Tanto porque más bien habría dicho que por el diablo el pecado entró en el mundo: como se dice expresamente en Sap. ii: La envidia del diablo etc.

  1. Para la evidencia de la primera razón, contra aquella falsa interpretación, que era de los pelagianos, como dice Santo Tomás super Epistolas Pauli , debe considerarse que éstos dicen pecar a imitación del pecado de Adán los que cometen un pecado actual semejante al pecado de Adán, que fue pecado de soberbia. De donde, como por el pecado que por Adán entró en el mundo, entró también la muerte como pena, se sigue, como óptimamente deduce Santo Tomás, que a solo aquellos llegue el pecado y la muerte que imitan a Adán por pecado actual. Pero esto consta que es falso en los niños que mueren y no han cometido ningún pecado actual. Por eso aquella interpretación no está según la mente del Apóstol: sino más bien que por el origen y generación del hombre propagado seminalmente de Adán el pecado entró en el mundo.

  2. Para la declaración de la segunda razón sobre lo mismo, que Santo Tomás tomó de Agustín, contra los pelagianos, debe atenderse que, si debe decirse que por alguno fue el pecado el ingreso en el mundo en cuanto los que pecan lo imitan, debe esto atribuirse a aquel que pecó primero y no imita a nadie, sino que todos los hombres lo imitan a él. Pero esto no puede decirse del primer hombre: porque él no pecó primero entre las criaturas intelectuales, sino el diablo; y él mismo imitó al diablo pecando con pecado actual de soberbia. Por eso bien dice Santo Tomás que, si el Apóstol entendió la entrada por imitación, habría dicho más bien que por el diablo el pecado entró en el mundo, que por el hombre.

V. Tercero. Dice David: He aquí, en iniquidades etc. Lo cual no puede entenderse del pecado actual. Luego etc.

Cuarto. En Iob xiv se dice: ¿Quién puede hacer limpio al concebido de semen inmundo? De lo cual se da a entender que alguna inmundicia llega al hombre por la inmundicia del semen humano. Pero esto debe entenderse de la inmundicia del pecado, por la sola cual el hombre es llevado a juicio: como se antepone, y juzgas digno etc. Luego etc.

VI. Para la evidencia de esto que se dice, que en el semen hay cierta inmundicia, por la cual la inmundicia del pecado llega al hombre, debe considerarse que, como el pecado original es cierto defecto de la naturaleza, y es cierta inmundicia de ella en cuanto es privación de la justicia original, de ese modo se dice que semejante inmundicia está en el semen paterno del modo en que en él está la naturaleza humana. Pero en él está la naturaleza humana, no en acto, sino en virtud, como en instrumento: porque el semen es instrumento del hombre generante. Por eso también la culpa original, o sea tal inmundicia, no está en acto en el semen, sino solo virtualmente, como en instrumento.

  1. Debe considerarse en segundo lugar que de dos maneras podemos entender que el pecado original está virtualmente en el semen. De un modo, porque en el semen haya cierta virtud particular directamente productiva de tal pecado, existiendo en él a modo de intención, pero sin tener ser firme y permanente. Y de este modo parece entender Capreolus, en II Sent., d. xxxi. — De otro modo podemos entender que en el semen no haya alguna virtud particular que sea directamente productiva del pecado: como el pecado mismo no sea sino cierta privación y mal, y la privación no tenga causa productiva de sí directa, sino defectiva; como en muchos lugares muestra Santo Tomás, y más arriba fue mostrado. Pero la virtud que es directamente productiva de la naturaleza humana, por cierta concomitancia se dice productiva del pecado que concomita a tal naturaleza, en cuanto esa virtud es imperfecta, ya que no vale para producir la naturaleza con la justicia original. Y de este modo otros tomistas entienden que el pecado original está virtualmente en el semen. Lo cual también a mí parece más racional y más conforme a la doctrina de Santo Tomás. Pues en 1ª IIª, q. lxxxi, a. 1, ad 3, mostrando cómo el semen pueda causar el pecado, dice que, aunque la culpa no esté en acto en el semen, está sin embargo allí en virtud la naturaleza humana, la cual tal culpa concomita.

  2. Pero contra esta vía parece lo que dice Santo Tomás en Qq. de Malo, q. iv, a. 1, ad 9. Pues allí sostiene que el pecado original está en el semen según cierta intención de él. De lo cual parece que, según su mente, en el semen hay cierta virtud productiva del pecado, teniendo ser intencional.

Pero se responde que no es mente suya que en el semen haya alguna virtud productiva del pecado: sino que en él haya cierto defecto, y cierta privación, de la cual procede que la naturaleza humana, que por virtud del semen es producida, esté sujeta a defecto y culpa. Se dice sin embargo que semejante defecto y privación está en el semen como cierta intención del pecado original, porque es cierta semejanza de él según proporción: pues es privación de la virtud productiva de la naturaleza con la justicia original, así como el pecado original es privación de la justicia original en la naturaleza. Pero que esta sea la mente de Santo Tomás, es patente, porque en el mismo lugar dice que por el pecado del primer padre fue privada su carne de aquella virtud, de modo que de ella pueda separarse el semen por el cual la justicia original se propagara a otros. Y así en el semen el defecto de esta virtud es defecto de corrupción moral, y cierta intención de él.

  1. Debe considerarse en tercer lugar que el semen no solo es causativo de la inmundicia del hombre según cierta concomitancia del modo expuesto, sino que también en sí mismo tiene cierta inmundicia: por lo cual dice Santo Tomás que por su propia inmundicia alguna inmundicia llega al hombre concebido de él. Pero esta inmundicia no tiene razón de culpa, ya que el semen no puede estar sujeto a culpa: sino de cierto defecto natural. Pues así fue Adán instituido por Dios con la justicia original para que pudiera trasfundirla por la propagación seminal a otros: y por consiguiente en su semen debía estar la virtud instrumental causativa de la justicia original. Pero por el pecado, así como Adán fue privado de la virtud sobrenatural productiva de la justicia original, así también su semen fue privado de tal virtud, y queda con la sola virtud natural que le conviene por los principios de la naturaleza. Se dice por eso que el defecto de tal virtud sobrenatural debida, considerada la primera institución del hombre por Dios, es la inmundicia del semen, de la cual procede defectivamente la inmundicia al hombre concebido de él: como por algún defecto de virtud en el semen del hombre leproso acontece el defecto de la lepra en la prole, como se dice en II Sent., d. xxx, q. 1, a. 2, ad 4. De donde cuando dice Santo Tomás, Debe entenderse de la inmundicia del pecado cuando se dice que por la inmundicia del semen humano alguna inmundicia llega al hombre concebido del semen, esto debe referirse a la inmundicia del hombre concebido, y no a la inmundicia del semen.

  2. Por lo antedicho es patente que las razones de Escoto, en la distinción xxxii del Segundo Libro, con las cuales prueba que en el semen no hay cualidad mórbida productiva del pecado; y también que no hay en el semen, o en la materia de la cual se forma el cuerpo de la prole, semejante virtud productiva del pecado; no proceden contra Santo Tomás; porque ni pone tal cualidad en el semen paterno, ni en el semen de la madre, o en cualquier materia, pone virtud productiva del pecado de cualquier modo. Y si alguna vez se encuentra en sus escritos dicho que el alma contrae el pecado original de la carne como de causa efectiva instrumental, por el nombre de carne debe entenderse el semen carnal paterno, y debe entenderse como expusimos.

VII. Quinto. El Bautismo, según la costumbre común de la Iglesia, se administra a los niños recién nacidos. Luego en ellos hay algún pecado. No actual: porque carecen del uso del libre albedrío. Luego, transmitido por origen. — Se prueba la consecuencia. Porque como el bautismo, como los demás sacramentos, son ciertos remedios contra el pecado, si lo opuesto de la consecuente pudiera estar con la antecedente, en vano se administraría a los niños. Lo cual no debe decirse de las obras de Dios y de la Iglesia.

Si se dijera que el bautismo se da a los niños, no para que sean limpiados del pecado, sino para que lleguen al reino de Dios, al cual nadie puede llegar sin bautismo, según aquel Ioan., Si alguno no etc.: — esto es vano. Porque nadie es excluido del reino de Dios sino por alguna culpa: ya que el fin de toda criatura racional es que llegue a la beatitud, que está solo en el reino de Dios, es decir, en la ordenada sociedad de los que gozan de la visión divina; pero de su fin nada deja de alcanzar sino por algún pecado.

Caput L: Obiectiones contra peccatum originale

Caput LI: Solutio obiectionum positarum

Caput LII: Rationes quibus videtur probari quod non fuit conveniens Deum incarnari

Caput LIII: Quod conveniens fuit Deum incarnari

Caput LIV: Solutio rationum supra positarum contra convenientiam incarnationis

Caput LV: De necessitate sacramentorum

Caput LVI: De distinctione sacramentorum veteris et novae legis

Caput LVII: De numero sacramentorum novae legis

Caput LVIII: De Baptismo

Caput LIX: De confirmatione

Caput LX: De Eucharistia

Caput LXI: De errore infidelium circa sacramentum Eucharistiae

Caput LXII: Solutio praemissarum difficultatum, et primo quoad conversionem panis in corpus Christi

Caput LXIII: Solutio eorum quae obiiciebantur ex parte loci

Caput LXIV: Solutio eorum quae obiiciebantur ex parte accidentium

Caput LXV: Solutio eorum quae obiiciebantur ex parte actionis et passionis

Caput LXVI: Solutio eorum quae obiiciebantur ex parte fractionis

Caput LXVII: Solutio auctoritatis inductae

Caput LXVIII: Ex quali pane et vino debet confici hoc sacramentum

Caput LXIX: De sacramento poenitentiae. Et primo, quod homines post gratiam sacramentalem acceptam peccare possunt

Caput LXX: Quod homo peccans post sacramentorum gratiam potest converti per gratiam

Caput LXXI: De necessitate poenitentiae et partium eius

Caput LXXII: De sacramento extremae unctionis

Caput LXXIII: De sacramento ordinis

Caput LXXIV: De distinctione ordinum

Caput LXXV: De episcopali potestate: et quod in ea unus sit summus

Caput LXXVI: Quod per malos ministros sacramenta dispensari possunt

Caput LXXVII: De sacramento matrimonii

Caput LXXVIII: Quod per Christum resurrectio corporum sit futura

Caput LXXIX: Obiectiones contra resurrectionem

Caput LXXX: Solutio praemissarum obiectionum

Caput LXXXI: Quod homines resurgent immortales

Caput LXXXII: Quod in resurgentibus non erit usus ciborum neque venereorum

Caput LXXXIII: Quod corpora resurgentium erunt eiusdem naturae

Caput LXXXIV: Quod corpora resurgentium erunt alterius dispositionis

Caput LXXXV: De qualitate corporum glorificatorum

Caput LXXXVI: De loco corporum glorificatorum

Caput LXXXVII: De sexu et aetate resurgentium

Caput LXXXVIII: De qualitate corporum resurgentium in damnatis

Caput LXXXIX: Quomodo substantiae incorporeae patiantur ab igne corporeo

Caput XC: Quod animae statim post separationem a corpore poenam vel praemium consequuntur

Caput XCI: Quod animae sanctorum post mortem habent voluntatem immutabilem in bono

Caput XCII: Quod animae malorum post mortem habent voluntatem immutabilem in malo

Caput XCIII: De immutabilitate voluntatis in animabus in Purgatorio detentis

Caput XCIV: De immutabilitate voluntatis communiter in omnibus animabus post separationem a corpore

Caput XCV: De finali iudicio

Caput XCVI: De statu mundi post iudicium

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