Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber IV
Francesco Silvestri (1474–1528)
Commentaria in Summam contra Gentiles
First published 1918
In Book IV of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) examines Aquinas's treatment of revealed mysteries: the Trinity, the Incarnation, the sacraments, and the resurrection. The commentary accompanies the Leonine text in volume XV (1930). The present digital edition includes the Latin text and an English translation.
Prooemium
Caput I: Quod sit generatio, paternitas et filiatio in divinis
Caput II: Quod filius Dei sit Deus
Caput III: Quid opinatus sit Photinus de filio Dei, et eius improbatio
Caput IV: Opinio Sabellii de filio Dei, et eius improbatio
Caput V: De opinione Arii circa filium Dei
Caput VI: Improbatio opinionis Arii de filio Dei
Caput VII: Solutio ad auctoritates quas Arius pro se inducebat
Caput VIII: Solutio ad auctoritates Photini et Sabellii
Caput IX: Rationes contra generationem et processionem divinam
Caput X: Quomodo accipienda sit generatio in divinis, et quae de filio Dei dicuntur in Scripturis
Puestas las razones con que puede impugnarse la generación divina, pasa Santo Tomás a la determinación de la verdad1. Y en torno a esto hace dos cosas: primero, declara el modo de la generación en lo divino; segundo, muestra que allí hay una sola generación y un solo Hijo, cap. xiii.
En torno a lo primero hace dos cosas: primero, muestra lo propuesto; segundo, manifiesta algo que había supuesto, cap. xii.
En torno a lo primero hace dos cosas: primero, muestra que la generación divina debe entenderse según emanación intelectiva; segundo, manifiesta cómo esto es así, ahí, Esto, sin embargo, puede manifestarse así2.
En torno a lo primero hace dos cosas: primero, muestra que el modo de la emanación intelectiva es diverso de las demás emanaciones; segundo, se muestra también que en la misma naturaleza intelectiva hay diversos modos de emanación, ahí, Mas también en lo intelectivo3.
I. En cuanto a lo primero, dice que el principio de la intención, con la cual es decir, pretendemos mostrar que la verdad de la fe, en cuanto a la generación del Hijo, no puede ser superada por la razón, debe tomarse de aquí: que según la diversidad de las naturalezas se encuentra en las cosas un diverso modo de emanación; y cuanto más alta es alguna naturaleza, tanto más íntimo es lo que de ella emana.
Esto se declara recorriendo todos los grados de la naturaleza. Pues en los seres inanimados, que ocupan el lugar más bajo en las cosas, las emanaciones no pueden ser de otro modo que por la acción de uno de ellos en algo otro: como es patente cuando el fuego se genera del fuego. — En las plantas, en las que está el primer grado de la vida, como se mueven a sí mismas para obrar, ya la emanación procede desde el interior: en cuanto el humor de la planta se convierte intrínsecamente en semilla, la cual, confiada a la tierra, crece hasta ser planta. Pero lo que emana se encuentra, en último término, del todo extrínseco: pues el humor que sale del árbol se hace flor, luego se hace fruto, el cual, perfecto, se separa del todo del árbol y, cayendo en la tierra, con virtud seminal produce otra planta. Que, sin embargo, el principio de esta emanación se toma de lo exterior es evidente: porque el mismo humor se toma de la tierra por las raíces. — En el grado ulterior de la vida, que es según el alma sensitiva, la propia emanación ciertamente comienza desde lo exterior, es decir, de lo sensible que ingiere su forma en los sentidos exteriores; pero termina en lo interior. Y cuanto más haya avanzado la emanación, tanto más se llega a lo íntimo: pues de los sentidos exteriores la forma sensible pasa a la imaginación y ulteriormente al tesoro de la memoria. Pero en cualquier proceso de esta emanación el principio y el término corresponden a cosas distintas: ya que la potencia sensitiva no se refleja sobre sí misma. — En el grado supremo y perfecto de la vida, que es según el entendimiento, el entendimiento se refleja sobre sí mismo y puede entenderse a sí mismo. — De aquí es patente que el modo de emanación en la naturaleza intelectiva es otro distinto del modo de emanación en las demás naturalezas.
II. Pero en torno a lo dicho surge una doble duda. La primera es4, porque no parece, por lo dicho, que la emanación sensible deba contarse entre las emanaciones vitales. Pues se dice que la emanación en los vivientes es desde el interior, según que el viviente obra sobre sí mismo, o sobre algo interno, produciendo algo. Por esto, en efecto, se mostró que la emanación en las plantas, a las que conviene el primer grado de vida, es desde el interior, porque las plantas mismas mueven el humor interno, convirtiéndolo en semilla, de la cual procede otra planta. En la emanación sensible, en cambio, no hay proceso desde el interior, sino desde lo exterior, como aquí se dice. Luego etc.
Se agrava la duda. Porque si la emanación sensible es emanación vital porque, aunque comienza desde lo exterior, termina sin embargo en lo interior, se sigue que también la de los inanimados será emanación vital. Pues cuando el fuego emana del fuego, el principio de esta emanación es exterior, a saber, el fuego generante; pero el término es interior, a saber, la forma del fuego generado, que está en la misma materia que se transmuta, así como la forma causada por la cosa sensible está en el mismo sentido que se ve afectado.
III. La segunda duda es5, porque no parece que se aduzca convenientemente como razón de que, en el proceso de la emanación sensible, el principio y el término correspondan a cosas distintas, el que a saber la potencia sensitiva no se refleja sobre sí misma. Pues consta que aquí se habla de aquella emanación por la cual la forma sensible emana de la misma cosa extrínseca hacia el alma sensitiva. Y para esto nada importa que la potencia sensitiva se refleje o no sobre sí misma: porque incluso si se reflejara sobre sí, sería lo mismo. Como es patente que el entendimiento se refleja sobre sí mismo; y sin embargo el principio y el término de aquella emanación por la cual la forma inteligible emana de la cosa extrínseca hacia el entendimiento corresponden a cosas distintas.
Si se dijera que aquí se habla de la emanación sensible, no por la cual se recibe la especie sensible, sino por la cual se produce el acto de sentir, porque, como la acción del sentido no termina en el mismo sentido sino en lo sensible extrínseco, el principio y el término corresponden a cosas distintas, lo cual no sería así si el sentido se sintiera a sí mismo: — no parece que esto sea verdadero. Porque por el acto de sentir, máximamente por el acto del sentido exterior, no se produce nada en el mismo sentido; pero aquí hablamos del acto por el cual una cosa emana de otra y se produce.
IV. De dos modos puede responderse a estas dificultades6. Pero, según el primer modo, hay que considerar primero que, cuando decimos que los vivientes se mueven por sí mismos, no entendemos que ellos sean para sí mismos el principio del movimiento con que se mueven, como si su movimiento no tuviera de ningún modo su origen de algún principio extrínseco: ya que en el libro VIII de la Física7 muestra Aristóteles que el movimiento en los animales por el que se mueven por sí mismos tiene su inicio de algún movimiento extrínseco. Entendemos, mas, que ellos son para sí el principio inmediato elicitivo de tal movimiento existente en ellos mismos: aunque concurra a ese movimiento algo extrínseco, como principio remoto. Esto, sin embargo, conviene también a los animales: pues de esta acción que es sentir, según la cual las cosas sensitivas, en cuanto tales, se dicen moverse por sí mismas, el principio elicitivo inmediato y próximo es la misma potencia sensitiva actualizada por la especie sensible; pero el principio remoto es lo mismo sensible, imprimiendo su forma en el sentido. Por donde se niega que la emanación sensible, es decir, el mismo sentir, no sea de un principio interior próximo. No es esto, en efecto, lo que dice Santo Tomás, sino que comienza desde lo exterior: a saber, como desde un principio remoto; del cual, digo, el sentido recibe la forma con la que causa en sí mismo su operación. — Y en este sentido, para explicarlo también de pasada, debe entenderse lo que dice Santo Tomás en la Prima, q. xxvii, a. 5: que el sentir no está totalmente alejado del género de acciones que son hacia afuera, porque el sentir se perfecciona por la acción de lo sensible en el sentido. Pues como lo sensible es, según su ser, extrínseco al sentido, y es necesario que su acción en el sentido preceda naturalmente al mismo sentir, que es acción del sentido; de donde lo sensible tiene el ser principio remoto del acto de sentir mediante la acción transitoria con que obra en el sentido: por eso se dice que el sentir no es totalmente ajeno al género de acciones que son hacia afuera. — Esto, sin embargo, no conviene a la intelección. Porque aunque algún entender, a saber, el nuestro, tenga su origen de algún modo de la acción de lo sensible en el sentido, esto sin embargo no conviene a la intelección según todo su género, como a la sensación: pues ni la intelección angélica ni la divina son causadas por las cosas sensibles.
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Puede también entenderse esto de otro modo, y mejor. Pues otra cosa es que la operación se perfeccione por la acción de lo sensible en el sentido, y otra depender y originarse de esa acción. Para lo segundo, en efecto, basta que la acción de lo sensible en el sentido preceda a la operación del sentido y haya causado su principio próximo; para lo primero, en cambio, se requiere que ambas cosas sean simultáneas y que una acompañe necesariamente a la otra. Se dice, pues, que el sentir se perfeccione por la acción de lo sensible en el sentido es no solo originarse de tal acción, sino también exigir su existencia y complemento, de modo que esa acción esté simultánea con el mismo sentir: pues no hay sentir en acto sino mientras el sentido es afectado actualiter por lo sensible. A la intelección, empero, conviene ciertamente que se origine de la acción de lo sensible en el sentido y de lo inteligible en el entendimiento; pero no que se perfeccione por tal acción, ya que existe la intelección aun sin existir esa acción; pues después de que el entendimiento está informado por la especie, entiende por sí mismo, sin que concurra acción alguna de lo inteligible en el entendimiento.
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A la confirmación se dice que procede de una falsa inteligencia de las palabras de Santo Tomás: a saber, como si la emanación sensible fuera la misma producción de la forma sensible en el sentido y el término de esta emanación permaneciera en el sentido. Esto, en efecto, no es lo que Santo Tomás pretende, sino que el mismo sentir, que es sensación actual y juicio sobre la cosa sensible, y es término de la emanación sensible, comienza ciertamente desde lo exterior como desde un principio remoto, mediante la acción transitoria de aquél en el sentido, pero sin embargo es producido próximo e inmediatamente por la potencia sensitiva hecha en acto primero, y permanece en ella, mas no se recibe en algo existente fuera del sentido. Y esto es que la emanación sensible termine en lo interior. En los inanimados, empero, no es así. Pues los inanimados no son principio productivo próximo de algo que permanezca en ellos mismos, sino que toda su acción se recibe en algo extrínseco.
V. Para la solución de la segunda duda8, hay que considerar que, como toda potencia activa o productiva de alguna operación tiene algún objeto hacia el que tiende por su operación y al cual su operación termina, es necesario que toda operación sea de algún modo medio entre la potencia, que es su principio productivo, y el objeto, que es su término. Pero a veces el mismo término es producido por tal operación, como aparece en las acciones transitorias; a veces, empero, no es producido simpliciter según su ser real, aunque quizá sea producido según algún ser intencional. Es, pues, el sentir una operación y emanación cuyo principio elicitivo es la potencia sensitiva, y su término lo sensible mismo, que según su ser ciertamente natural o real no es producido por el acto de sentir; pero según alguna razón puede de algún modo decirse producido, es decir, en la razón de sensado en acto: pues lo sensible no tiene el estar actu sensado sino por el acto de sentir por el cual es actu sensado, de modo que por esto se diga que el sentido constituye su objeto en el ser de sensado.
Supuestas estas premisas, se dice que la razón de Santo Tomás es óptima. Pues como la potencia sensitiva no se refleja sobre sí misma —pues la vista no se ve a sí misma, hablando propiamente—, se sigue que ella misma no es el término y objeto de la emanación sensitiva que se llama sensación. Y como ella misma es el principio de tal emanación, se sigue que su principio y su término corresponden a cosas distintas: a saber, el principio al sentido, y el término a lo sensible mismo. — Pero cuando se dice que sería lo mismo aun si el sentido se reflejara sobre sí mismo: se niega. Pues si se reflejara sobre sí mismo sintiéndose, él mismo sería a la vez principio de la sensación y objeto o término; y así el principio y el término no corresponderían a cosas distintas.
- Por eso se admite la razón allí dada. Para cuya impugnación se dice primero que aquí no habla Santo Tomás de la emanación según que por ella algo se produce realmente, sino que habla absolutamente de la misma operación que procede de algún principio emanante, la cual en los vivientes procede desde el interior y de algún modo permanece en lo interior mismo. Más abajo declarará9 que en aquella emanación que es del entendimiento hay algo producido realmente.
Se dice segundo, que también por la emanación sensible algo se produce según el ser sensado, como se dijo, aunque no según el ser real. Pero esto no es propiamente que algo sea producido.
VI. En segundo lugar puede responderse, y mejor, a las dudas predichas10. Se dice, en efecto, primero, que por la emanación que es según el alma sensitiva entiende Santo Tomás no ciertamente la impresión de la especie sensible en el sentido por parte de la cosa sensible, porque esa emanación es solo desde lo extrínseco; ni tampoco la misma operación que es la sensación, ya que ella no tiene algún término por ella realmente producido; sino aquella acción por la cual el alma sensitiva produce algo en sí misma. Esto, empero, es en cuanto una potencia sensitiva obra en otra, como el sentido exterior en la fantasía, y la fantasía en la memoria. Pues esta emanación se hace desde lo intrínseco inmediatamente, en cuanto el alma sensitiva causa en sí misma la forma sensible, mudando las potencias interiores por las exteriores, aunque se origine remotamente desde lo extrínseco.
Se dice segundo, que la potencia sensitiva no reflejarse sobre sí misma es no sentirse a sí misma, ni causar en sí misma la semejanza de sí. Y así, como la potencia sensitiva no se refleja sobre sí causando en sí la semejanza de sí, por la cual se sienta a sí misma, se sigue que en la emanación del alma sensitiva por la cual algo se produce por ella, el principio y el término corresponden a cosas distintas, es decir, a diversas potencias, aunque sea la misma alma. — Y esto parece más conforme a la intención de la letra, si se considera diligentemente. Y según este sentido, es patente que las objeciones no proceden.
VII. En segundo lugar muestra Santo Tomás que también en la emanación intelectiva se encuentran varios modos, y que la emanación del entendimiento divino difiere de las demás11. Y dice que en la vida intelectiva también se encuentran diversos grados. El más bajo es el del entendimiento humano, que ciertamente puede conocerse a sí mismo, pero toma, sin embargo, de lo extrínseco el primer inicio de su conocimiento, es decir, del fantasma. — Sobre este está la vida del entendimiento angélico, que se conoce a sí mismo per se, y no desde algo exterior. Pero sin embargo, aunque la intención entendida es para los ángeles totalmente intrínseca, no es ella, sin embargo, su substancia: puesto que en ellos no es lo mismo entender y ser. — La última perfección de la vida es la del entendimiento divino, cuya intención entendida es la misma esencia divina: puesto que en ella no es otra cosa entender y ser.
Y para que no haya duda sobre qué se entiende por el nombre de intención entendida, expone Santo Tomás que ella es aquello que el entendimiento concibe en sí mismo acerca de la cosa entendida, que es cierta semejanza concebida por el entendimiento de la cosa entendida, la cual significan las voces exteriores. Que esta, empero, no es en nosotros la cosa entendida, aparece porque otra cosa es entender la cosa, y otra entender la misma intención entendida, lo cual se hace por reflexión: de donde unas ciencias versan sobre las cosas, y otras sobre las intenciones entendidas. Que ella tampoco es el entendimiento mismo en nosotros, aparece de esto: que su ser consiste en ser entendida, y no el ser de nuestro entendimiento. En Dios, empero, consta que ella es el entendimiento divino: porque en él es lo mismo entender y ser. Y como el entendimiento en él es cosa entendida, queda que en el mismo Dios entendiéndose a sí son lo mismo el entendimiento, la cosa que se entiende, y la intención entendida.
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Para la evidencia de lo que se dice, que la intención entendida es para los ángeles totalmente intrínseca, hay que considerar que esto no se dice como si en nosotros la intención entendida, según su entidad, no fuera totalmente intrínseca al entendimiento, sino porque en nosotros la entidad ciertamente de la intención entendida es intrínseca al entendimiento, como siendo su accidente, pero su causa es de algún modo extrínseca, en cuanto el inicio de nuestro conocimiento es desde lo extrínseco, es decir, del fantasma. En los ángeles, empero, ni tampoco respecto de la causa es desde el objeto extrínseco: ya que su conocimiento no tiene su origen desde lo extrínseco, puesto que les son connaturales las especies inteligibles, y su esencia, por la cual se entiende a sí mismo, les es intrínseca.
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En torno a lo que se dice, que el ser de la intención entendida consiste en ser entendida, hay que considerar que el ser de la intención entendida se dice consistir en el ser entendida, no porque no tenga algún ser en la cosa y solo tenga ese ser que es ser entendida, es decir, que tenga sola una relación de razón respecto del que entiende, del modo como se dice que los entes de razón tienen su ser en ser entendidos —pues, como es accidente del entendimiento, es necesario que tenga algún ser real—, sino porque ese ser que tiene real es el mismo acto de entender tomado pasivamente, y se significa con esto que digo ser entendida; o bien es un ser algo consecuente al mismo entender, que no dura sino mientras dura la intelección actual; pues cesando la intelección, cesa el ser de la intención entendida. Y es semejante a como si dijéramos que el ser del aire iluminado, en cuanto tal, consiste en el mismo ser iluminado, porque la luz no tiene ser en el aire sino por la iluminación, y sino mientras el aire es iluminado.
VIII. Después, cuando se dice: Esto, sin embargo, puede manifestarse así, pasa Santo Tomás a la manifestación de la generación divina12. Y pone cuatro conclusiones.
La primera es: No es posible que la generación divina se tome de la manera que en las cosas inanimadas se encuentra la generación. Se prueba. El generante en ellas imprime su especie en la materia exterior. Pero no en lo divino. Luego etc. — Se prueba la segunda parte del antecedente. Porque según la fe el Hijo engendrado de Dios tiene verdadera deidad, y es verdadero Dios. La deidad, empero, no es forma inherente a la materia; ni Dios es existente a partir de materia.
La segunda conclusión es: No puede tomarse la generación divina al modo de la que hay en las plantas y en los animales que comunican con las plantas en la virtud nutritiva y generativa. Se prueba. De aquéllos se separa algo para la generación, semejante en la especie, que al fin de la generación está totalmente fuera del generante. Estas cosas, empero, no pueden convenir a Dios, como es patente por lo dicho arriba. Luego etc.
La tercera conclusión es: La generación divina no puede entenderse según el modo de emanación que se encuentra en el alma sensitiva. Se prueba. Tanto porque, como Dios es el primer agente, no recibe desde lo exterior de dónde pueda influir en otro: como conviene, a saber, al sentido, según lo predicho13. — Tanto porque las operaciones del alma sensitiva no se completan sin instrumentos corporales. De Dios, empero, consta que es incorpóreo.
IX. La cuarta conclusión es: La generación divina debe entenderse según emanación intelectiva. La deja probada Santo Tomás por la suficiente división puesta arriba.
Para su manifestación, sin embargo, pone doce conclusiones14.
De las cuales la primera es: En Dios entendiéndose a sí mismo está el Verbo de Dios, como Dios entendido. Se prueba. Todo entendido, en cuanto entendido, está en el que entiende. Luego Dios, entendiéndose a sí mismo, está en sí mismo como lo entendido en el que entiende. Luego etc.
Se prueba el antecedente. Porque el entender significa la aprehensión de aquello que es entendido por el entendimiento. De donde también nuestro entendimiento, entendiéndose a sí mismo, está en sí mismo no solo como lo mismo a sí por esencia, sino también como aprehendido entendiendo. — Pero la segunda consecuencia se prueba. Porque lo entendido en el que entiende es intención entendida y verbo. — Se confirma con la autoridad de Juan que dice: El Verbo estaba junto a Dios.
Para la evidencia de esta razón, hay que considerar que, aunque la cosa entendida esté en el que entiende por la especie inteligible, de ella, sin embargo, no tiene la razón de entendida actu. Pues lo entendido en acto, en cuanto tal, nombra el término de la intelección aprehendido por la misma intelección; la especie inteligible, empero, nombra el principio de la intelección. Por eso, además de la misma especie inteligible, es necesario que haya en el entendimiento actu entendiente la intención entendida: pues lo que se aprehende está de algún modo en el que aprehende.
X. La segunda conclusión es: El Verbo de Dios es coeterno con él, pero no le acaece de nuevo en el tiempo su Verbo, como a nuestro entendimiento. Se prueba. El entendimiento divino siempre se entiende a sí mismo. De que se entiende a sí mismo, empero, es necesario que su Verbo esté en él. Luego su Verbo existió siempre en él. Luego etc. — Se prueba lo supuesto. Porque el entendimiento divino no pasa de la potencia al acto, sino que está siempre en acto existente. — Se confirma por lo que se dice: En el principio era el Verbo.
XI. La tercera conclusión es: El Verbo de Dios es el mismo ser divino, y su esencia, y el mismo Dios verdadero. Respecto de la primera parte se prueba. La substancia del entendimiento divino es su mismo entender: puesto que es acto puro. El ser del Verbo entendido es su mismo ser entendido. Luego el mismo ser es del Verbo divino y del entendimiento divino. — Respecto de la segunda parte, empero, se prueba. Porque el ser del entendimiento divino es el ser de Dios, que es su entendimiento. El ser de Dios, empero, es su esencia, por la cual es Dios. — Respecto de la tercera parte, empero, se prueba. Porque no es otra cosa el ser natural de Dios y otra su entender. — Se confirma por lo que se dice: Dios era el Verbo. Pues, como se dice absolutamente, se demuestra que el Verbo de Dios debe entenderse Dios verdadero. El verbo del hombre no podría ser llamado simpliciter y absolutamente hombre, sino solo hombre entendido: de donde esta sería falsa: el hombre es verbo; pero esta puede ser verdadera: el hombre entendido es verbo.
De esto infiere Santo Tomás que, cuando se dice: Dios era el Verbo, se mostró que el Verbo divino es una cosa existente y subsistente en la naturaleza: porque Dios verdadero es una cosa subsistente.
Para la mayor manifestación de estas cosas, empero, interpone que estas cosas no convienen al verbo del entendimiento humano que se entiende a sí mismo. Pues como el ser de la intención entendida sea su mismo ser entendido, y otra cosa sea el ser del entendimiento y su entender —pues la substancia del entendimiento estaba en potencia entendiendo antes de entender en acto—, se sigue que otra cosa es el ser de la intención entendida y otra el ser del entendimiento. Semejantemente se sigue que el verbo concebido no es hombre verdadero, teniendo el ser natural del hombre, sino solo hombre entendido, como su semejanza aprehendida por él.
- En torno a la prueba de la primera parte de la conclusión, hay que advertir que, así como es la misma cosa la acción y la pasión en las cosas que son movidas materialmente, así en las cosas que operan de algún modo inmaterialmente, es la misma la operación por la cual es denominado tanto el principio de la operación, al modo del agente, como el término de la acción, al modo del paciente: así como por la misma visión se dice que la cosa es vista y que la vista ve. Como, pues, el entender sea cierta operación inmaterial elicida por el entendimiento y terminada a la intención entendida, es la misma cosa el mismo entender del entendimiento y el mismo ser entendido de la intención entendida; difieren, empero, según diversas hábitudes connotadas. Se dice, en efecto, entender en cuanto se significa con la habititud del entendimiento como de aquello de lo cual es; se dice, empero, ser entendido en cuanto connota la habititud de lo entendido como de término. Concluye, pues, óptimamente Santo Tomás que el mismo es el ser del entendimiento divino y de su Verbo, porque el ser del entendimiento es el mismo entender, y el ser del Verbo es el mismo ser entendido. Pues si ser entendido es el ser del Verbo, y ser entendido es el mismo entender, se sigue que el ser del Verbo es el mismo entender. Y por eso, si el entender es el ser del entendimiento, se sigue que el ser del Verbo sea el mismo ser del entendimiento.
En torno a la prueba de la segunda parte de la conclusión, debe atenderse que el fundamento de esta razón es que la esencia divina no puede ser el acto de algo con que no se identifique. Y por eso, si el ser del Verbo es la esencia divina, es necesario que el Verbo sea lo mismo que la misma esencia.
En torno a la prueba de la tercera parte de la conclusión, hay que considerar que el ser natural de la cosa sigue a la esencia de la cosa, y según la diversidad de las naturalezas se diversifica: pues como otra es la naturaleza y esencia de la piedra, y otra la naturaleza y esencia del hombre, así otra cosa es el ser de la piedra y otra el ser del hombre. Y por eso la esencia y el ser natural de ella misma se acompañan mutuamente, de tal modo que donde uno es primero y per se, también el otro es. Como, pues, el Verbo divino tiene el ser natural de Dios, dado que su ser es el mismo entender, que es el ser natural de Dios, se sigue que tiene la esencia divina. Y como todo supósito cuya naturaleza es la esencia divina es verdadero Dios, se sigue que el mismo Verbo divino es Dios verdadero. Y según este fundamento procede esta razón.
XII. Pero en torno a lo predicho ocurre una doble duda. La primera es, porque no parece que se concluya suficientemente que la intención entendida y el entendimiento sean lo mismo en Dios porque tienen el mismo ser. Pues la mano del hombre y el pie tienen el mismo ser, como siendo por la misma forma numérica; y semejantemente la materia y la forma; y sin embargo la mano no es el pie, sino que son dos substancias; y semejantemente la materia no es la forma.
La segunda es. Si, porque el ser de la intención entendida es ser entendida, y el ser del entendimiento es entender, se sigue que el mismo ser sea del entendimiento y de la intención entendida, y que la intención entendida sea el entendimiento, y por consiguiente Dios: — ya que no solo Dios entiende la intención entendida existente en él, sino también todas las cosas que tienen el ser fuera del mismo Dios; y el ser de las mismas cosas, en cuanto son entendidas, sea ser entendidas: por la misma razón se sigue que toda criatura sea entendimiento divino, y sea Dios.
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A lo primero se dice primero, que la razón de Santo Tomás no procede universalmente de esto, que todas las cosas que tienen el mismo ser sean lo mismo, porque eso no es verdadero de las partes que constituyen un todo y existen por el ser del todo, sino de esto, que así debe ser en las naturalezas simples. Pues como uno no pueda tener el ser de tal naturaleza como parte de ella, si tiene su ser, es necesario que sea supósito de aquella naturaleza. Y por eso, si el ser del mismo entendimiento divino es el ser de aquello que está en él, es necesario, según la declaración hecha arriba, que tengan una sola naturaleza, y que uno sea el otro.
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A lo segundo se dice que de otro modo hay que hablar de la intención entendida existente en el entendimiento, y de otro modo de la cosa entendida que tiene el ser fuera del entendimiento, en cuanto tiene el ser fuera del entendimiento. Pues el ser entendida de la intención entendida dice su mismo ser con el cual existe en la naturaleza de las cosas: pues no existe sino por el mismo ser entendida actu; de donde, esto cesando, el verbo no es. Pero el ser entendida de la cosa hacia afuera, en cuanto es hacia afuera, no dice su ser, sino solo cierta habititud hacia el entendimiento: y es denominación desde lo extrínseco cuando se dice ser entendida, es decir, desde el acto de entender existente, no ciertamente en la misma cosa, sino en el entendimiento. Y por eso, aunque se siga de que el ser del entendimiento es el mismo entender, y el ser de la intención entendida es el mismo ser entendida, que la intención entendida y el entendimiento sean lo mismo, no se sigue, sin embargo, que la cosa entendida, según que está fuera, sea el entendimiento divino.
Pero cuando se argumenta que el ser de las mismas, en cuanto son entendidas, es el mismo ser entendidas: se dice que, si el ly en cuanto son entendidas significara en cuanto tienen el ser en el entendimiento por su intención entendida, así ciertamente es verdadero que el ser entendidas es su ser. Pero de esto no se tiene nada otro sino que la intención entendida de las mismas, por la cual están en el entendimiento divino, es lo mismo que el entendimiento divino. — Si, empero, se significara en cuanto terminan el acto del entendimiento divino según el ser que tienen fuera del entendimiento, así es falso que su ser sea ser entendidas, es decir, el acto de entender con el cual son entendidas: sino que es el mismo ser fuera del entendimiento, con la habititud hacia el que entiende en acto.
XIII. La cuarta conclusión es: El Verbo de Dios comunica con Dios en la misma naturaleza numéricamente. Se prueba de dos maneras. Primero. Así tiene la naturaleza de Dios como el entender de Dios es el mismo su ser. Pero el entender de Dios es ser divino. Luego así tiene la naturaleza de Dios como el ser divino es su ser. Pero así el ser divino es su ser que el mismo ser es de ambos. Luego tiene la misma esencia divina no solo en la especie, sino numéricamente la misma.
Debe advertirse que la naturaleza de alguna especie no puede multiplicarse numéricamente si no se multiplica el ser de tal naturaleza: porque no puede haber un solo ser para los que tienen naturalezas completas diversas numéricamente. Y por eso, donde algunas cosas distintas numéricamente tienen un mismo ser, en ellas la naturaleza no está multiplicada según el número, sino que es una numéricamente. Y por eso se argumenta aquí óptimamente que la naturaleza de Dios que entiende y de su Verbo es la misma numéricamente, porque tienen un mismo ser de divinidad.
Segundo. La naturaleza divina es totalmente inmaterial. Luego no puede ser una en la especie y diversa numéricamente. — Se prueba la consecuencia. Porque la naturaleza que es una según la especie no se divide en varias según el número sino por causa de la materia.
De esto infiere Santo Tomás que, por esto, Dios y su Verbo no son dos dioses, sino un solo Dios. Pues que dos que tienen naturaleza humana sean dos hombres, sucede por esto, que la naturaleza humana se divide numéricamente en dos.
XIV. En torno a esta proposición: Dos que tienen naturaleza humana son dos hombres porque la naturaleza humana se divide numéricamente en dos, se duda. Pues parece querer Santo Tomás que la pluralidad de la naturaleza humana sea la razón por la cual algunos se llaman muchos hombres. Pero lo contrario de esto parece sostener en la Tercia, q. III, a. 7, ad 2, donde quiere que, si una persona divina asumiera dos humanidades, no se diría dos hombres, sino un solo hombre, por la unidad del supósito.
Y como esta dificultad surge de esta dificultad general, a saber, si para la pluralidad del nombre substantivo basta la sola pluralidad de la forma significada por el nombre, o si también se requiere la pluralidad de los supósitos, por eso hay que responder primero a esto, de donde después será fácil la solución al movimiento de la duda 15.
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Debe saberse, pues, que en la doctrina de Santo Tomás puede darse una doble respuesta 16. Primero puede responderse que para que un nombre, no solo adjetivo sino también substantivo, se predique en plural, no basta que la forma significada por el nombre esté plurificada en aquello de lo cual el nombre se predica, sino que también se requiere que los supósitos sean varios, de los cuales el nombre se diga. Es patente esto por dos lugares de Santo Tomás en la Suma. El primero está en la Tercia Parte, en el lugar alegado. El segundo está en la Prima, q. XXXVI, a. 4, ad 2, donde dice que, aunque en el Padre haya varias propiedades, de las cuales una se refiere al Hijo, otra empero al Espíritu Santo, no se dice sin embargo varios principios, porque se implicaría la pluralidad de los supósitos.
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Pero hay dos cosas que a esto parecen obstaculizar. La primera es, porque pone una regla general Santo Tomás. Prima, q. XXXIX, a. 3; e I Sent., d. IX, a. 2 17; item III Sent., d. I, q. II 18; y Pot., q. IX, a. 6: a saber, que los nombres substantivos toman la unidad y pluralidad de la unidad y pluralidad de la forma significada, sin que se haga mención alguna de la pluralidad de los supósitos.
La segunda es porque Santo Tomás, practicando esta regla general, en III Sent., en el lugar alegado 19, dice que, si una persona asumiera dos humanidades, se diría dos hombres por la pluralidad de la forma significada, aunque fuera un solo supósito.
- A lo primero20 se dice que de dos modos podemos hablar de la singularidad y pluralidad de los nombres: de un modo, respecto de la razón y causa formal de la singularidad y pluralidad de ellos misma, precisa y absolutamente; de otro modo, respecto de la causa a la vez y de aquello que siempre acompaña a esta causa, lo cual puede decirse causa sine qua non. Si hablamos del primer modo de esta singularidad y pluralidad, así la sola pluralidad de la forma significada se requiere para la pluralidad del nombre substantivo, así como la sola pluralidad de los supósitos se requiere para la pluralidad del nombre adjetivo. Pues, como dice Santo Tomás en los lugares prealegados, el substantivo significa al modo de la substancia, y la substancia tiene de sí la unidad y la pluralidad, por eso de la unidad y pluralidad de la forma significada, como ciertamente de la razón y causa de la unidad y pluralidad, se toma su singularidad y pluralidad; al contrario, empero, porque el nombre adjetivo significa algo al modo del accidente, y los accidentes toman la unidad y pluralidad del sujeto, por eso el mismo adjetivo toma su singularidad y pluralidad de la unidad y pluralidad de los supósitos, como de la razón y causa de su singularidad y pluralidad. — Si empero hablamos del segundo modo, respecto, a saber, de la causa a la vez y de aquello que acompaña a la causa, así no solo la pluralidad de la forma significada concurre a la pluralidad del nombre, sino también la pluralidad de los supósitos: porque no se encuentra entre nosotros la forma substancial multiplicada sin la multiplicación de los supósitos.
Santo Tomás, pues, donde pone aquella regla general, toca solo aquello que es la razón formal y causa de la pluralidad del nombre, por lo cual el nombre substantivo difiere del nombre adjetivo, primero y per se, respecto de la singularidad y pluralidad. Por esto, empero, no excluye la pluralidad de los supósitos que lo acompañe. — En los otros lugares, empero, explica no solo la causa, sino también aquello que acompaña a la causa. Pues en la Tercia Parte asigna la razón por la cual la persona que asume dos humanidades no se diría dos hombres; porque, digo, nunca en las cosas que hay entre nosotros el nombre impuesto por alguna forma se dice en plural sino por la pluralidad de los supósitos. En lo cual da a entender que, aunque la pluralidad de los supósitos no sea la razón formal y causa de la pluralidad del nombre substantivo, acompaña, sin embargo, a la misma causa; y por esto, consideradas ambas concurrentes a semejante pluralidad, la persona que asumiera dos humanidades no sería dos hombres sino21 un solo hombre. Lo mismo da a entender en la Prima Parte en la qu. xxxvi, cuando dice que el Padre no se dice varios principios, porque se implicaría la pluritas de los supósitos: como si dijera, aunque la sola pluralidad de la forma significada sea causa y fundamento de la pluralidad del nombre substantivo, sin embargo aquella no basta para la pluralidad: porque la pluralidad del nombre implica también la pluralidad de los supósitos, como causa que acompaña en todas las cosas que hay entre nosotros. Y por esto no predicamos el nombre substantivo tampoco en lo divino, sino cuando junto con la pluralidad de la forma concurra también la pluralidad de los supósitos.
- A lo segundo22 se dice que Santo Tomás en III Sent. habló según lo que exige la causa de la pluralidad del nombre substantivo. Pues como en aquel caso sería causa verdadera y formal de la pluralidad del nombre, a saber, la pluralidad de la forma significada, por eso dijo que aquella persona sería muchos hombres. A esto, sin embargo, no repugna que, considerada la causa y aquello que acompaña a la causa, debería decirse que aquella persona no sería dos hombres, sino uno.
XV. Podía responderse en segundo lugar a la duda23 que aquella regla sobre la pluralidad de los substantivos es universalmente verdadera en los nombres substantivos, es decir, en cuanto tales: y que la sola pluralidad de la forma se requiere para su pluralidad, ni se requiere la pluralidad de los supósitos. — A la instancia, empero, de la Tercia Parte, podría decirse que este nombre hombre tiene algo de la condición del nombre substantivo, y algo de la condición del nombre adjetivo, como se dice de Cristo: así como también la humanidad en Cristo tiene ciertamente el modo de forma accidental, en cuanto sobreviene al supósito divino después de su ser completo, y no se identifica con el mismo supósito; tiene, empero, el modo de naturaleza substancial, en cuanto es traída al ser del supósito divino, y el supósito divino subsiste en ella. En cuanto tiene el modo del nombre substantivo, así se dice en plural por la plurificación de la forma significada: y según esta consideración dijo Santo Tomás en III Sent.24, que la persona que asume dos humanidades sería dos hombres. En cuanto, empero, tiene el modo del nombre adjetivo, así toma la pluralidad de la pluralidad de los supósitos: y según esta consideración se dijo en la Tercia Parte que la persona que asume dos humanidades no sería dos hombres. De donde allí mismo se dice que la naturaleza humana en Cristo, respecto de algo, se tiene al modo de vestido: como insinuando que aquel nombre hombre allí se toma como teniendo el modo del nombre adjetivo. — Y quizá entendió esta respuesta Capreolo, en el Primero, d. iv, q. I, a. 125, donde dijo que Santo Tomás en la Tercia Parte, cuando dijo que el nombre nunca se dice en plural sino por la pluralidad de los supósitos, habla más bien de los adjetivos que de los substantivos.
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Pero como en la Tercia Parte habla Santo Tomás de este nombre hombre como de nombre substantivo, como es patente en la misma cuestión art. 626, donde determina que si varias personas recibieran una sola humanidad, se diría un solo hombre por la unidad de la forma significada, lo cual conviene al nombre substantivo; también en la Prima Parte, hablando de este nombre principio, dice que, si se dijera que el Padre es varios principios, se implicaría la pluralidad de los supósitos; por eso me parece que la primera respuesta es mejor, y más según la mente de Santo Tomás: a saber, que a la pluralidad del nombre substantivo concurre tanto la pluralidad de la forma significada como la pluralidad de los supósitos; una como razón y causa formal de la pluralidad; lo otro como acompañante a la causa, y como causa sine qua non, en las cosas que hay entre nosotros; y consecuentemente también en lo divino, en lo cual usamos los nombres para significar según el modo hallado en las criaturas.
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De estas cosas es patente la respuesta a la duda primero movida27. Se dice, en efecto, que ciertamente quiere Santo Tomás en este lugar que la razón por la cual algunos se llaman muchos hombres sea la pluralidad de la humanidad en ellos: por esto, sin embargo, no excluye la pluralidad de los supósitos, del modo dicho. Antes bien parece incluirla: puesto que hace también mención de dos supósitos que tienen humanidad. Y a esto no se contrapone, como ya apareció, lo que se dice en la Tercia Parte.
XVI. La quinta conclusión es: El Verbo de Dios procede de Dios según su mismo entender. Se prueba, suponiendo que, aunque las cosas que en las criaturas están divididas (las que ciertamente se dicen de Dios formaliter) en Dios sean una simpliciter, verdaderamente, sin embargo, está en Dios todo aquello que pertenece a la razón de ellas. Se declara en la esencia, la subsistencia y el ser. — Entonces así. De la razón del verbo interior, que es la intención entendida, es que proceda del que entiende según su mismo entender. Luego etc.
Se prueba el antecedente. Porque es como el término de la operación intelectiva. — La consecuencia, empero, se prueba. Porque, como en Dios sea lo mismo el que entiende, el entender, y la intención entendida, es necesario que en Dios esté verísimamente tanto aquello que pertenece a la razón del que entiende, como aquello que pertenece a la razón de aquello que es entender, y aquello que pertenece a la razón de la intención entendida o verbo.
- Aquí hay que atender dos cosas. La primera es que esta conclusión se pone no como sabida naturalmente, sino como creída. Pues la trinidad de las personas en lo divino no puede probarse naturalmente, del modo como la fe la pone. Y por eso es necesario que el fundamento de la conclusión sea creído, a saber: de la razón del Verbo es que proceda del que entiende según su mismo entender. Pues esto no es universalmente verdadero sino supuesto, según la fe, que en lo divino haya un Verbo producido. Porque suponiendo Santo Tomás, por las Sagradas Escrituras, que hay un Hijo en lo divino, pretende declarar el modo de la generación. De donde el filósofo, negando la trinidad de las personas en lo divino, negaría que allí haya generación, y que de la razón del Verbo sea que proceda del que entiende según su mismo entender. Antes bien muchos niegan que incluso en nuestro entendimiento haya que poner un verbo producido.
Lo segundo es que, cuando se dice que el verbo es como el término de la operación intelectiva, el ly como no se toma según que importa semejanza, sino según que es expresivo de verdad.
XVII. La sexta conclusión es: El Verbo se distingue del que entiende en Dios por sola relación. — Se prueba. El Verbo de Dios se compara con Dios que entiende, de quien es Verbo, como con aquel de quien es: puesto que esto es de la razón del verbo. Y no se distinguen según la esencia. Luego queda solo la distinción de relación, según que el Verbo se refiere al que concibe, de quien es. — Se confirma por aquello que se dice: Esto era en el principio junto a Dios; de donde se da a entender que el Verbo, del cual había dicho que es Dios, está de algún modo distinto de Dios que dice. — Cómo las personas divinas se constituyan y se distingan por las relaciones, se mostrará más abajo cap. xxiv.
La séptima conclusión es: el Verbo de Dios se compara con las demás cosas entendidas por Dios como ejemplar; y con el mismo Dios, de quien es Verbo, como imagen. Se prueba. Porque, puesto que el verbo interiormente concebido es cierta razón y semejanza de la cosa entendida, si se tiene respecto de ella como principio, tiene razón de ejemplar; pero si se tiene respecto de ella como a principio, tiene razón de imagen. Se declara en nuestro entendimiento respecto de las cosas artificiales, y respecto de las naturales. Ahora bien, el inteligir de Dios inteligente es principio de las cosas entendidas por él; y respecto de lo inteligible, que es él mismo, se compara como a principio, pues este inteligible es idéntico con el entendimiento inteligente. Y la misma razón vale del Verbo, puesto que es cierta emanación del entendimiento inteligente. Luego etc. — Se confirma con la autoridad del Apóstol, ad Coloss. 1, que dice del Verbo de Dios que es la imagen del Dios invisible.
Nótese que podemos entender una doble identidad de lo inteligible con lo inteligente. Una según el ser inteligible, en cuanto lo inteligible, según su especie intelectual, está en el entendimiento, y de ambos se hace uno para entender. Otra, en cambio, según el ser natural y según la propia naturaleza: así, cuando el entendimiento se entiende a sí mismo, consta que la misma cosa es lo inteligible y el entendimiento inteligente. Aquí, pues, cuando dice Santo Tomás que lo inteligible divino es idéntico con el entendimiento inteligente, y así se compara con el inteligir y con el Verbo como principio, debe entenderse no de la identidad en el ser inteligible, porque según esta identidad todo inteligible es principio del verbo, ya que el verbo procede de un entendimiento informado por la especie inteligible; sino de la identidad según el ser natural y según la propiedad de la naturaleza. Porque cuando Dios se entiende a sí mismo, el mismo Dios que es entendido es su misma esencia y su entendimiento según la realidad. Y por eso, así como el entendimiento se compara con el Verbo producido de sí como principio, así a él se compara el mismo Dios, de quien es el Verbo, según la propiedad de su naturaleza.
XVIII. La octava conclusión es: el Verbo de Dios es imagen del mismo Dios en cuanto a su esencia. Se prueba. El Verbo concebido por el entendimiento es imagen o ejemplar de la substancia de la cosa entendida. Pero el Verbo de Dios es imagen de Dios. Luego es su imagen en cuanto a su esencia. — Se prueba la mayor por la diferencia que hay entre el entendimiento y el sentido: a saber, que el sentido aprehende la cosa en cuanto a sus accidentes exteriores, mientras que el entendimiento penetra en lo interior de la cosa. Y por eso, como toda cognición se perfecciona según la semejanza del cognoscente y de lo cognoscido, en el sentido hay semejanza de lo sensible en cuanto a sus accidentes, y en el entendimiento, en cambio, hay semejanza de la cosa entendida en cuanto a su esencia. — Se confirma por el Apóstol cuando dice, ad Hebr. 1, que es la figura de su substancia.
La novena conclusión es: el Verbo de Dios es el Hijo. Se prueba, presuponiendo que hay alguna imagen que no comunica en la naturaleza con aquél de quien es imagen, como la estatua del hombre; y otra que comunica en la naturaleza, como el hijo del rey. Entonces se argumenta así. El Verbo de Dios es imagen del que dice en cuanto a su misma esencia. Y comunica en la misma naturaleza con el que dice, como se mostró28. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque lo que procede de un viviente en semejanza de especie se llama su hijo. — Se confirma con la autoridad del Salmo: el Señor me ha dicho: tú eres mi hijo.
XIX. La décima conclusión es: el Verbo de Dios del que se entiende a sí mismo procede de él naturalmente. Se prueba. Tanto porque es el Hijo: la procesión del hijo respecto del padre es natural. — Tanto porque Dios se entiende a sí mismo naturalmente, como también naturalmente es: su inteligir, en efecto, es su ser. — Se declara esta razón por nuestro entendimiento, en el que las concepciones de aquello que entiende naturalmente están naturalmente en él y de él proceden naturalmente; pero las concepciones de lo que no entiende naturalmente no están naturalmente en él.
- Para evidencia de esta conclusión debe considerarse primero, de la Primera, q. xli, a. 2, y aquí más abajo29, que producirse naturalmente en este lugar se toma no por contraposición a producirse sobrenaturalmente, sino por contraposición a producirse por voluntad. Pues se dice producirse naturalmente aquello a lo que el agente está determinado por la naturaleza a producir, y no puede no producirse; y producirse por voluntad se dice aquello que se produce de tal modo que también puede no producirse. De donde, puesto que el Verbo divino no puede no ser producido por el Padre, sino que necesariamente es producido por él, ya que tampoco Dios puede no entenderse a sí mismo, por eso se dice que procede naturalmente de Dios Padre que se entiende a sí mismo.
XX. Pero en torno a la segunda razón30, declarada por lo que ocurre en nuestro entendimiento, se duda31. Pues consta que las concepciones de aquello que nuestro entendimiento entiende naturalmente no proceden de nuestro entendimiento tan naturalmente que no puedan no proceder. Puesto en efecto que la concepción y el verbo no están en el entendimiento sino mientras el entendimiento actualmente entiende; y que nuestro entendimiento no siempre entiende en acto las cosas naturalmente conocidas, como es evidente: es manifiesto que a veces no se producen. Y así, de lo que se encuentra en nuestro entendimiento no puede argumentarse que el Verbo divino proceda naturalmente de Dios que entiende su propia esencia, sino más bien lo contrario.
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Para evidencia de esto debe considerarse primero que, como en el entendimiento la relación a su acto es doble, a saber, a su ejercicio, que es entender en acto, y a su especificación, que es entender de tal modo; podemos decir de dos maneras que el entendimiento entiende algo naturalmente: o, digo, en cuanto al ejercicio del acto, porque a saber no puede no salir al acto de entender aquella cosa; o en cuanto a la especificación del acto, porque a saber, si sale al acto sobre tal objeto, no puede no entender de tal modo. Por ejemplo, en torno a este principio, el todo es mayor que su parte, el entendimiento puede naturalmente moverse o porque no puede no salir al acto de considerarlo; o porque, si sale al acto, no puede elicitar otro acto sobre él que un acto de asentimiento. Y puesto que la naturalidad de las concepciones acompaña a la naturalidad de la intelección, como consta por lo que aquí se dice, por eso también alguna concepción puede decirse estar naturalmente en el entendimiento o en cuanto al ser de la concepción en absoluto, porque a saber no puede no ser producida por el entendimiento; o en cuanto a su especie, en cuanto que, si el entendimiento forma una concepción de la cosa, no puede ser sino tal concepción de asentimiento. Porque el entendimiento no entiende sino formando una concepción, la intelección y la concepción se siguen proporcionalmente entre sí en cuanto a la naturalidad: de modo que, a saber, la concepción de aquello que se entiende naturalmente en cuanto a la especificación del acto, sea natural en cuanto a su especificación; y la concepción de aquello que se entiende naturalmente en cuanto al ejercicio del acto, sea natural en cuanto a su ser y a su ser producido en absoluto.
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En segundo lugar debe considerarse, conforme a lo dicho, que en torno a los primeros principios naturalmente conocidos podemos imaginar en la vía de Santo Tomás un doble modo de necesidad y naturalidad. Uno es que el entendimiento entiende naturalmente los primeros principios no sólo en cuanto a la especificación, sino también en cuanto al ejercicio del acto. Pero si así lo planteamos, esto debe entenderse no puesto el entendimiento en absoluto, como si el entendimiento nunca pudiera cesar de aquel acto de entender; sino puesto el entendimiento, y las demás disposiciones requeridas para la operación intelectual, por ejemplo, el debido uso de las potencias sensitivas, y la debida disposición de los fantasmas. A este modo de hablar parecen favorecer las palabras de Santo Tomás aquí, donde quiere que las concepciones de los primeros inteligibles que el entendimiento entiende naturalmente estén naturalmente en el entendimiento y de él procedan naturalmente; y de esto infiere que el Verbo de Dios del que se entiende naturalmente procede naturalmente del Padre; donde es manifiesto que habla de la intelección divina natural en cuanto al ejercicio del acto. Favorecen también las palabras de su Primera, q. XLI, a. 2, ad 4, donde, respondiendo a esta proposición, todo verbo procede del que dice por voluntad, dice que también en las concepciones intelectuales se hace la reducción a los primeros que se entienden naturalmente: donde es claro que se trata de la intelección natural en cuanto al ejercicio del acto. Favorece también lo que se dice en las Qq. de Potentia, q. II, a. 3, ad 3, donde dice Santo Tomás que es preciso poner un estado en el acto del entendimiento que el entendimiento sigue naturalmente, de modo que no es mandado por la voluntad: pues consta que el mandato de la voluntad acerca del acto de otra potencia se entiende en cuanto a su ejercicio.
Otro modo es que el entendimiento entiende los primeros principios natural y necesariamente, no en cuanto al ejercicio del acto, sino sólo en cuanto a la especificación: en cuanto a saber que les asiente necesariamente, supuesto que sobre ellos elicite un acto. A este modo favorecen las palabras de Iª IIae, q. x, a. 2, donde muestra que la voluntad por ningún objeto, en cuanto al ejercicio del acto, se mueve por necesidad, porque alguien puede no pensar en cualquier objeto: de donde parece querer que ningún acto del entendimiento, en cuanto a su ejercicio, sea natural y necesario. Favorece también a esto que, donde Santo Tomás explica el modo de la necesidad del entendimiento respecto de los primeros principios, hace mención sólo de la necesidad de la especificación: como consta en de Malo, q. III, a. 3, donde, después de haber dicho que tanto el entendimiento como la voluntad tienden por necesidad a aquello a lo que naturalmente está ordenado, añade del entendimiento que asiente por necesidad a los primeros principios naturalmente conocidos, ni puede asentir a sus contrarios: pues es claro que esa necesidad es sólo en cuanto a la especificación del acto. Semejante cosa se lee en Veritas, q. XXIV, a. 1, ad 20; y en la Primera, q. LXII, a. 8, ad 2.
- Aunque ambas vías puedan sostenerse, sin embargo me parece, sin perjuicio siempre de mejor juicio, que debe decirse que la naturalidad y necesidad del entendimiento para la cognición de los primeros principios es sólo respecto de la especificación del acto, en cuanto a saber que el entendimiento está determinado a tal acto sobre ellos, que es un acto de asentimiento, porque no puede no asentir a ellos; pero no respecto del ejercicio, como si no pudiera no elicitar un acto sobre ellos. Pues probamos por experiencia que cesamos en la consideración actual de los principios y que voluntariamente nos transferimos a la cognición de otras cosas; y también que, cesando en la consideración de otras cosas, voluntariamente consideramos los mismos principios.
Pero si se aduce el dicho de Santo Tomás Primera, q. LXXXII, a. 4, ad 3, que dice que todo movimiento de la voluntad es necesario que lo preceda la aprehensión, pero no toda aprehensión precede al movimiento de la voluntad, de donde parece querer que haya algún acto de entender que, en cuanto al ejercicio del acto, no dependa de la voluntad, lo cual en efecto parece ser verdadero solamente de la aprehensión de las cosas que el entendimiento conoce naturalmente: — se dice que no habla de la cognición de los primeros principios, ni de los primeros términos de los universales, sino de la cognición que alguien tiene primero cuando comienza a deliberar y considerar sobre algún negocio: pues es necesario, puesto que no se procede al infinito en que la volición precede a la intelección y la intelección a la volición, que haya un estado en alguna cognición que la voluntad no manda, sino que produce un principio más alto que nuestro entendimiento, como allí se dice.
Tampoco impiden los dichos de Santo Tomás alegados más arriba32: porque, como se verá33, para su propósito basta que el entendimiento se dirija natural y necesariamente hacia los primeros principios en cuanto a la especificación del acto. — Y cuando se dice que el mandato de la voluntad acerca del acto de otra potencia se entiende en cuanto al ejercicio del acto: — esto no es universalmente verdadero, porque también el mandato de la voluntad se dirige a la especificación del acto; como consta en las cosas que son de la fe, a las que el entendimiento asiente por mandato de la voluntad.
- Presupuesto esto, podemos responder a la duda34 de dos maneras, según los dos modos antes tocados. Porque según el primer modo, se diría que es falso que las concepciones de nuestro entendimiento sobre aquello que por él se entiende naturalmente puedan no proceder de él, puestas todas las disposiciones por parte de las potencias cognoscitivas requeridas para su intelección. — Y cuando se prueba porque nuestro entendimiento no las entiende siempre: — se dice que esto es falso del entendimiento conjunto, puestas todas las demás disposiciones necesarias para entender; aunque es verdadero del entendimiento tomado en absoluto. Porque como no siempre está presente la debida disposición de las fuerzas sensitivas, ni la debida disposición de los fantasmas, por eso no siempre entiende en acto los primeros principios en absoluto, sino sólo entonces cuando están presentes las otras disposiciones.
Según el segundo modo, en cambio, se dice primero que, aunque tales concepciones pueden no proceder del entendimiento en cuanto a su ser en absoluto, sin embargo no pueden no ser tales concepciones que son concepciones de asentimiento, supuesto que el entendimiento forme algunas concepciones de las cosas naturalmente conocidas primero. Y así no pueden no estar en el entendimiento en cuanto a su especificación, supuesto que se produzcan.
Y cuando se infiere que de esto no podrá concluirse que el Verbo divino procede naturalmente de Dios: — se niega. Pues óptimamente de esto que se encuentra en nuestro entendimiento infiere Santo Tomás su proposición sobre el Verbo divino. Quiere en efecto inferir de nuestro entendimiento que, así como naturalmente conoce algunas cosas, así están naturalmente en él las concepciones de éstas: es decir, del mismo modo de naturalidad con que él mismo las conoce naturalmente, como aparece por lo dicho más arriba. De donde se infiere que igualmente en el entendimiento divino, del mismo modo de naturalidad, está naturalmente y procede el Verbo de sí mismo entendido naturalmente por sí, con que él mismo se entiende naturalmente a sí mismo. Pero si a esto añadimos que Dios se entiende a sí mismo naturalmente tanto en cuanto a la especificación del acto, porque no puede entenderse de otro modo que como entiende; como en cuanto al ejercicio del acto, porque no puede no entenderse a sí mismo: sigue óptimamente que su Verbo, y su concepción con que se entiende a sí mismo, procede naturalmente de él tanto en cuanto a su ser en absoluto, porque no puede no ser producido; como en cuanto a su especie, porque no puede ser otro Verbo sino el que es.
XXI. La undécima conclusión es: el Verbo de Dios es verdaderamente engendrado por Dios que dice, y su procesión puede llamarse generación o nacimiento. Se prueba. La procesión natural del Verbo divino es en semejanza de aquél de quien es la procesión, con identidad de naturaleza. Luego etc.
Se prueba el antecedente. Porque el Verbo es de la misma naturaleza con Dios que dice, y semejanza de él. — Pero la consecuencia se prueba. Porque en los vivientes ésta es la verdadera razón de la generación: que lo que es engendrado por el engendrante proceda como semejanza de él y de la misma naturaleza con él. — Se confirma con la autoridad del Salmo: yo te he engendrado hoy, es decir, en la eternidad.
De la conclusión precedente, junto con la anterior, infiere Santo Tomás que es falso que el Padre haya engendrado al Hijo por voluntad, como dijeron los arrianos: porque las cosas hechas voluntariamente no son naturales35.
- Para evidencia de la conclusión debe considerarse que el Verbo se dice verdaderamente engendrado, es decir, propiamente; y su procesión igualmente se dice verdadera, es decir, propiamente generación (que también se llama natividad), a diferencia de la generación comúnmente dicha en todos los generables y corruptibles, que no importa otra cosa que la mutación del no-ser al ser. En lo divino, en efecto, no hay generación en cuanto que dice mutación del no-ser al ser; sino bien la que es origen del viviente del viviente unido etc., que también propiamente se llama natividad. Se dice también verdadera y propiamente generación: esto es, según la propia razón de la generación, pero no metafóricamente.
Nótese en segundo lugar, en torno a la primera razón, que esta proposición, la procesión natural del Verbo es en semejanza de aquél de quien es la procesión, con identidad de naturaleza, se entiende en cuanto se sigue de la razón misma de su procesión. Porque aunque el Espíritu Santo proceda también él en semejanza de aquél de quien procede y sea de la misma naturaleza con él, sin embargo su procesión no se llama generación, porque no le conviene por la razón de su procesión, que es procesión de amor; sino sólo en cuanto él es amor de Dios, en el que todo lo suyo es substancia; como consta en la Primera, q. XXVII, a. 4; y en Pot., q. X, a. 2, ad 22.
XXII. Pero entonces surge una duda. Pues así como a la razón de la generación pertenece la semejanza del engendrado respecto del engendrante en absoluto, así a ella pertenece que tal semejanza, según la misma naturaleza específica, sea según el mismo ser natural específico. Luego, por la misma razón por la que para que alguna procesión sea generación se requiere que sea según la razón de semejanza, esto es, que por su propia razón tenga que lo producido sea semejante al que produce; por la misma razón se requiere que según su propia razón le convengan todas las demás cosas requeridas para la generación. Y como, por el defecto de aquella condición que es ser según la razón de semejanza, a saber, porque esto no le conviene por su propia razón, alguna procesión no es generación; por la misma razón, por el defecto de las demás cosas que son de la razón de la generación, alguna procesión no será generación, porque nada conviene a algo formal y esencialmente sino si le conviene según toda su razón. Pero consta que a la procesión del Verbo, por su razón, no le conviene que el Verbo sea de la misma naturaleza con el que produce el Verbo, como teniendo el mismo ser natural que tiene en sí misma la cosa entendida: pues vemos que el verbo del entendimiento humano que entiende la piedra no es del mismo ser natural con la piedra entendida. Luego se seguirá que tampoco la procesión del Verbo divino podrá llamarse generación, como tampoco la procesión del Espíritu Santo.
- Para evidencia de esto debe considerarse primero que, cuando hablamos de la procesión que es según la razón del entendimiento y según la razón de la voluntad, no hablamos de la procesión por la cual de éstos procede algo extrínseco, como la casa del entendimiento y la voluntad del artesano; sino que hablamos de aquella procesión por la cual procede algo intrínseco a ellas, que es término intrínseco de la operación por la cual está completamente en acto. Según esto, pues, difiere la procesión del entendimiento de la procesión de la voluntad, porque, como el entendimiento está ordenado a que por él la naturaleza intelectual sea lo inteligible en ser intelectual, lo cual ocurre cuando lo inteligible es recibido en el entendimiento; entonces el entendimiento alcanza su última perfección actual, cuando está en acto informado por la semejanza de lo inteligible según acto perfecto. Y porque por la misma procesión del entendimiento por la que se produce el verbo y la semejanza expresada de la cosa entendida, se constituye en tal acto perfecto; por eso tal procesión tiene por su razón que sea según la razón de semejanza; es decir, que lo que procede por tal acto sea semejanza de la cosa entendida, por la cual el entendimiento entendiendo en acto se asemeja a la cosa entendida, y es la misma cosa entendida según el ser intelectual e inmaterial; y por consiguiente, que sea también semejanza del que entiende, informado por la especie del objeto, por la cual, como forma, produce en sí mismo el concepto de la cosa entendida. — La voluntad, en cambio, no está instituida para ser la misma cosa querida: sino para ser inclinada y movida hacia la cosa querida. Por eso ella misma no se constituye en acto completo por tener en sí misma la semejanza de la cosa querida, sino por inclinarse actualmente hacia la cosa querida. Y por eso aquella procesión por la que se constituye en acto completo no es por su razón según la razón de semejanza, como si de ella misma procediera la semejanza de lo querido, por la cual la voluntad se le asemeje; sino que se considera más bien según la razón de cierto impulso, en cuanto por ella procede algo por lo que la voluntad es impulsada e inclinada hacia la cosa querida.
De esto se sigue que no es la mente de Santo Tomás cuando dice en los lugares antes alegados que, hablando en absoluto del entendimiento, la procesión que es según la razón del entendimiento es según la razón de semejanza, en el sentido de que por tal procesión proceda algo semejante al entendimiento que produce en cuanto a la naturaleza del mismo entendimiento; sino algo semejante a la cosa entendida. Pues esto no es lo pretendido en aquellos lugares, como aparece por sus palabras: habla en efecto de la semejanza respecto de la cosa entendida, que es el objeto del entendimiento; así como de la voluntad dice que su procesión, la cual a saber se atiende según la razón de voluntad, se considera según la razón del que impulsa y mueve, no ciertamente hacia la voluntad misma, sino hacia algo querido36.
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Debe considerarse en segundo lugar que la procesión del Verbo divino puede considerarse de dos maneras: de un modo, en absoluto, en cuanto que es procesión de verbo; de otro, en cuanto tal especie de procesión del verbo que es per se y la más perfecta. Si se considera en absoluto en cuanto procesión de verbo, así no tiene de esto que sea generación: puesto que no toda procesión de verbo es generación, como aparece en nosotros. Pero si se considera como es tal especie de procesión del verbo, que digo, es la más perfecta, en cuanto acompaña a la cognición más perfecta; así tiene que sea generación. Pues de la razón común de la procesión del verbo tiene que lo producido sea semejante al que produce según la misma razón: pues la piedra en el alma y la piedra fuera del alma son de la misma razón, es más, una es la razón de la otra, como se mostró en lo precedente. Pero de que sea la procesión más perfecta, tiene que lo producido tenga también formalmente el mismo ser natural con el que produce, es decir, con la cosa entendida: pues cuanto más perfecta es la cognición, tanto más íntimo y unido es el verbo producido por ella. — Pero la procesión del amor divino ni de la razón común de la procesión del amor, en cuanto tal, tiene que lo que procede sea semejante al que produce según la misma razón de especie; ni de que sea la más perfecta procesión del amor tiene que lo que procede tenga el mismo ser natural con el que produce: porque no cuanto más perfecta es la procesión del amor, tanto lo producido por ella es, según sí mismo o según su semejanza, más íntimo al que produce. Pero tiene que sea de la misma naturaleza con el que produce y del mismo ser, porque es cosa existente en la naturaleza divina, de la cual nada de lo existente en lo divino puede ser diverso. Por eso de ningún modo puede convenirle la razón de generación.
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A la duda, pues, se niega que por la misma razón se siga que la procesión del Verbo divino no sea generación.
Y cuando se prueba porque no le conviene por su propia razón que lo producido por ella sea del mismo ser natural con el que produce: — se dice que, aunque esto no le convenga en cuanto que es en absoluto procesión de verbo, sin embargo le conviene en cuanto que es procesión de verbo que procede de un entendimiento que se entiende a sí mismo del modo más perfecto. Y así le conviene por aquello que es la especie más perfecta de la procesión del verbo.
Si se insistiera porque por la misma razón se dirá que a la procesión del amor divino le conviene que lo producido por ella sea semejante al que produce, no ciertamente en cuanto que es en absoluto procesión de amor, sino en cuanto que es procesión del amor de Dios que se ama a sí mismo: — se dice que esto no es verdadero. Porque que el Espíritu Santo sea de naturaleza completamente la misma con el que produce, proviene de que es amor existente en Dios, en el que nada hay que no sea naturaleza suya, pero no en cuanto que procede por procesión de amor de cualquier modo: pues ni esto tiene porque procede por procesión de amor en cuanto tal, ni porque procede por la más perfecta especie per se de tal procesión, como se dijo. Pero que el Verbo divino sea de la misma naturaleza y tenga el mismo ser con el que produce, ocurre no sólo porque es algo en la naturaleza divina, sino porque procede por la especie más perfecta de la procesión del verbo, que acompaña a la cognición más perfecta. De donde Santo Tomás, Primera, q. XXVII, a. 1, ad 2, argumenta que el Verbo divino es perfectamente uno con aquél de quien procede, porque cuanto más se entiende algo, tanto la concepción inteligible es más íntima al que entiende; pero el inteligir divino es el más perfecto.
XXIII. En torno al corolario inducido37, debe considerarse, por la doctrina de Santo Tomás Primera, q. XLI, a. 2, que no se niega que el Padre haya engendrado al Hijo por voluntad como si la voluntad divina no hubiera tenido ningún acto en torno a la generación del Hijo; sino porque tuvo ciertamente una voluntad que acompañaba, en cuanto quiso la generación, como quiso que nosotros fuéramos hombres; pero no tuvo la voluntad como causa o principio productivo, del modo en que decimos que Dios produjo las criaturas por voluntad. La razón de esto, en efecto, es que lo que se produce por voluntad como principio puede ser y no ser: puesto que la voluntad, en cuanto tal, a saber en cuanto se distingue de la naturaleza, no está determinada a uno, sino que se tiene respecto de opuestos. Pero el Hijo en lo divino no pudo no ser.
- Pero si la voluntad que acompaña, la cual ciertamente se dirige a la generación del Hijo como a objeto, precede según el entendimiento a la generación del Hijo; es decir, si primero según el entendimiento el Padre quiso generar al Hijo antes de que lo engendrara: — es una duda en la doctrina de Santo Tomás.
Pues algunos, siguiendo la doctrina de Escoto en I Sent., dist. vi38, sostienen que precede. Tanto porque Santo Tomás, Primera, q. xxxiii, a. 3, ad 1, sostiene que los absolutos comunes a toda la trinidad son anteriores a los nocionales. Pero consta que querer la generación del Hijo, como querer la esencia divina, es absoluto común a toda la trinidad. — Tanto porque consta que el Espíritu Santo es amado antes de surgir, ya que el Padre, amándose a sí mismo y al Hijo y al Espíritu Santo y a la misma espiración, espira al Espíritu Santo. — También podría confirmarse esta opinión, porque aquello que al Hijo le es comunicado por el Padre mediante la generación, según la razón es preentendido en el Padre antes de la generación. Pero el querer le es comunicado al Hijo por el Padre, como también la voluntad. Luego etc.
Pero Capreolo, en el Primero de los Sentencias, d. vi39, sostiene que, aunque acompaña a la generación del Hijo, sin embargo no antecede según el entendimiento. Y que esto es de la mente de Santo Tomás lo muestra por sus dichos en la Q. de Pot., q. ii, a. 340, donde expresamente parece sostener esto, diciendo que respecto de la generación del Hijo no hay voluntad precedente ni en el tiempo ni en el entendimiento, sino sólo voluntad que acompaña.
- Aunque ambas opiniones puedan de algún modo sostenerse, sin embargo la opinión de Capreolo, a mi juicio, parece más conforme a la mente de Santo Tomás, por sus palabras alegadas en la Q. de Potentia Dei, que expresamente ponen que respecto de la generación del Hijo no hay voluntad precedente ni en el tiempo ni en el entendimiento. — Y no vale decir que por voluntad precedente en el tiempo o en la naturaleza entiende la voluntad como principio. Porque entendiéndolo así, aquella respuesta no satisfaría al argumento que prueba que el Padre produjo al Hijo no sólo con voluntad que acompaña, sino también con voluntad como principio, con esta razón: que aunque la voluntad no precede en el tiempo a la generación del Hijo, sin embargo le precede en el entendimiento: luego puede ponerse como principio del Hijo. Pues si el sentido de la respuesta fuera que respecto de la generación del Hijo no hay voluntad precedente en el tiempo ni en el entendimiento como principio, se respondería a la conclusión, negando a saber que pueda ponerse la voluntad como principio de la generación, pero no a las premisas: lo cual es propio de un hombre indocto. De donde más bien debe decirse que, puesto que el argumento prueba por esto que puede ponerse la voluntad como principio de la generación del Hijo, porque la voluntad le precede en el entendimiento, aunque no le preceda en el tiempo: Santo Tomás niega este supuesto, diciendo en absoluto que no precede ni en el tiempo ni en el entendimiento, y por eso el intento no sigue, es decir, que pueda ser principio.
Se confirma la proposición. Porque tampoco según el entendimiento se ve cómo a un acto indivisible que proviene por necesidad natural de la naturaleza de algún supósito y que de ningún modo puede impedirse, pueda preentenderse otro acto del mismo supósito según el verdadero orden del entendimiento: puesto en efecto que nada se preentiende a la naturaleza del mismo supósito, ningún acto tampoco puede preentenderse a tal operación natural; pero bien pueden entenderse como simultáneas varias de sus operaciones naturales, y así una sea acompañante de otra. Pero en nuestro caso, más debe decirse que la voluntad precede en el entendimiento al acto de la generación del Hijo que a la inversa, si debe ponerse algún orden entre tales actos: porque el entendimiento precede por sí a la voluntad, y, como se mostró más arriba41, en el orden del entendimiento y de la voluntad es preciso que haya un estado en algún acto del entendimiento que le convenga naturalmente y que no sea prevenido por la voluntad, puesto que la voluntad no se dirige sino hacia lo cognoscido.
- Pero no impide lo que primero se objeta42, que los comunes son anteriores a los nocionales. Esto en efecto es verdadero de los comunes que por su razón significan la esencia, como es esto que digo Dios; pero no de los comunes que significan la operación, como es querer. Pues consta que al Hijo no le conviene antes según el entendimiento querer amar que ser Hijo: puesto que no puede entenderse operar antes de que se entienda que es. — Si se insistiera en que, aunque la operación común no sea anterior a algún propio, cual es la propiedad constitutiva de la persona, sin embargo la operación común a toda la trinidad es anterior en un supósito a la operación propia del mismo: como también la naturaleza común es anterior según el entendimiento a la naturaleza propia en el mismo supósito: — se dice que, aunque quizá eso sería verdadero de la operación común incluida esencialmente en la propia, como el entender se incluye en esto que es decir (lo cual no afirmo); sin embargo no es verdadero de la operación común que no se incluye esencialmente en la propia, como es querer la generación del Hijo respecto de la misma generación; pues basta que la operación propia acompañe a tal operación común, de modo que una sin la otra no sea; y principalmente cuando la operación propia es operación de una potencia anterior según la razón, y la operación común es operación de una potencia posterior. — Si de nuevo se insistiera porque, si se concediera que la operación común incluida esencialmente en la propia, a saber, el entender, es anterior a la generación según el entendimiento, porque a saber entendemos que el Padre primero entiende en absoluto que generar al Hijo por acto de entendimiento; por la misma razón parece seguirse que primero quiere generar que genera, ya que la voluntad acompaña al entendimiento: — se dice que, aunque en acto signado se concedería que el entender tomado en absoluto precede según el entendimiento al mismo decir, que es generar al Hijo, porque la razón de aquél común es anterior a la razón propia y en ella se incluye, como la razón de animal es anterior a la razón de hombre; sin embargo no se concedería en acto ejercido del entender respecto de este objeto, es decir, de modo que entendamos que el Padre primero entiende la generación del Hijo antes de que diga al Hijo; porque el Padre no entiende de otro modo que diciendo y generando al Hijo; y así, siempre que se aprehende que él actualmente entiende algún objeto determinado, es necesario que se aprehenda que genera al Hijo, en lo cual entiende a sí mismo y a cada cosa. Por eso no se sigue que primero según el entendimiento quiera generar que genere.
Tampoco impide lo que en segundo lugar se induce. Pues es falso que el Padre ame primero, según el entendimiento, a sí mismo y al Hijo y también a la misma espiración, antes que espirar al Espíritu Santo: puesto que el amar mismo del Padre es espirar.
Pero a la confirmación se dice que, aunque el querer, en cuanto a la entidad que dice, en virtud de la generación le sea comunicado al Hijo, y se preentienda estar en el Padre; sin embargo, en cuanto a la relación a la cosa querida no le es comunicado en virtud de la generación, puesto que es relación de razón. Por eso tampoco así se preentiende en el Padre; sino que sigue, según nuestro modo de entender, al mismo entender con que el Hijo es generado, y lo acompaña.
XXIV. La duodécima conclusión es: el Hijo de Dios es igual al Padre43. Se prueba primero. El Verbo de Dios es igual a Dios: porque no es menos lo que Dios entiende de sí mismo que lo que está en él; de otro modo no se entendería a sí mismo perfectamente, ni su inteligir sería su ser. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque el mismo Verbo es el Hijo de Dios.
Para evidencia del antecedente de esta razón, debe considerarse que de la razón del verbo intelectual es que sea representativo de la cosa entendida, y que por él entienda el entendimiento. Por eso el Verbo divino, en cuanto Verbo, ser igual a Dios no es otra cosa que representar todo lo que es de Dios. Pero esto se muestra óptimamente por esto que no es menos lo que Dios entiende de sí mismo que lo que está en él. Puesto en efecto que la representación del verbo se extiende tanto cuanto se extiende la intelección, ya que la intelección no se hace sino mediante la representación del verbo; sigue óptimamente que, si la intelección de Dios iguala al mismo Dios, también la representación del Verbo iguala.
Debe atenderse en segundo lugar que, aunque el Verbo, en cuanto Verbo, ser igual a Dios no sea otra cosa que representar inteligiblemente todas las cosas que son de Dios; sin embargo, puesto que el Verbo divino es de la misma naturaleza con Dios que se entiende a sí mismo, a esta igualdad de representación acompaña la igualdad de perfección y de ser. Puesto en efecto que sea igual en representar; y represente a Dios como de la misma naturaleza y esencia con él: es necesario que sea también igual en la perfección del ser. Por eso convenientemente de la igualdad del Verbo se infiere la igualdad del Hijo, por aquello que el mismo Verbo es el Hijo.
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En segundo lugar. El Hijo de Dios tiene la verdadera especie44 y naturaleza del Padre: puesto que es Dios. Luego es igual a él. — Se prueba la consecuencia. Tanto porque a cualquier naturaleza se le debe una cantidad determinada. — Tanto porque el hijo entre nosotros es llevado a la igualdad del padre en el término de la generación y del crecimiento, a no ser que haya defecto por parte de la materia, o por parte de la virtud del agente; y que nazca desde el principio menor que el padre es porque procede de potencia a acto y de lo imperfecto a lo perfecto. Pero nada de esto hay en la generación divina: puesto que no es de materia, ni por salida de potencia a acto, ni hay defecto por parte de la potencia.
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En torno a esta proposición, a cualquier naturaleza se le debe una cantidad determinada, nótese por la doctrina de Santo Tomás Cuarto, d. xliv, q. I, a. 345, omitida la larga disputación que suele hacerse sobre el máximo y el mínimo, que su sentido es que toda naturaleza específica se determina a sí misma cierta latitud de cantidad dentro de la cual está contenida, de modo que fuera de esa latitud no se encuentra ni lo inferior ni lo superior; y que cada individuo de aquella naturaleza, según su naturaleza individual, se determina a sí mismo cierto grado de aquella latitud, al cual, a no ser que haya algo que impida, llega: por ejemplo, si decimos que la naturaleza humana se determina a sí misma esta latitud de cantidad que va de un palmo a diez palmos inclusive, de modo que no se encuentra hombre que tenga cantidad menor que un palmo, ni hombre que tenga mayor cantidad que la cantidad de diez palmos; y que, si está presente materia suficiente y no hay impedimento alguno, cada hombre tiene aquel grado de cantidad que es conveniente a su naturaleza individual. Y se entiende también que esto conviene a cualquier naturaleza desde su interior: esto es, que la menor cantidad que se pone como mínima no puede alcanzar tal naturaleza, ni semejantemente la mayor que se pone como máxima.
La razón de esto la asigna Santo Tomás Primera, q. vii, a. 3, y en cualquier lugar donde habla de esta materia: que a la forma determinada y a la naturaleza determinada siguen accidentes determinados; es decir, a la forma y a la naturaleza limitada a cierto grado de entes, distinta de las otras naturalezas, siguen accidentes ciertos y limitados tanto según la especie como según el grado. Pues vemos que la nieve se determina entre los colores la blancura; y en la especie de la blancura determinarse el grado perfecto, o un grado un grado más intenso que la blancura de muchas cosas, hasta algún término determinado, sea el grado supremo, sea alguno inferior al supremo. Pero consta que la cantidad es uno de los accidentes que siguen a la forma y esencia de la cosa cuantitativa. Por eso es necesario decir que a cualquier naturaleza de cosa cuantitativa se le determina un grado determinado de cantidad, tanto en cuanto a la pequeñez como en cuanto a la grandeza. De donde consta que no sólo el individuo uno en número se determina a sí la cantidad, de modo que de su forma provenga el grado determinado de cantidad, y no pueda provenir de ella grado mayor o menor; sino también que la misma naturaleza específica se determina a sí alguna latitud de cantidad, de modo que, si algún individuo de aquella naturaleza tiene el grado sumo de aquella latitud, no sólo él no puede por su forma ser aumentado hacia más, sino que tampoco otro individuo de la misma naturaleza puede ser mayor que él. Y esto parece ser de la mente de Aristóteles en I Phys., texto xxxvi46; y en II de Anima, texto xli47; y del Comentador48. — Lo que se ha dicho de la cantidad extensiva, debe entenderse también de la cantidad intensiva y perfeccionante.
Pero por esta declaración consta que la fuerza de la razón de Santo Tomás consiste en esto: que, puesto que el Hijo de Dios tiene la especie y naturaleza del Padre, es decir, no sólo la misma según la especie, sino también la misma en número; y puesto que a cualquier naturaleza le sigue una cantidad determinada: es necesario que el Hijo tenga también la misma cantidad con el Padre, y consecuentemente que sea igual a él.
Pero la confirmación tomada de las cosas que se encuentran en las cosas materiales49 procede según este fundamento: que, así como entre nosotros el hijo llega a la igualdad del padre, a no ser que haya impedimento, en cuanto el padre, como causa en el hijo su naturaleza específica y sus demás condiciones individuales (según a saber semejanza, pero no según identidad numérica), a no ser que haya impedimento, causa también aquella cantidad que a él le conviene por su naturaleza individual; así mucho más en lo divino, donde nada hay que aporte impedimento, el Padre produce en el Hijo, junto con su naturaleza y substancia, también su cantidad de virtud, y así produce al Hijo igual a sí.
Pero debe notarse, cuando se dice que el Hijo de Dios tiene la especie y naturaleza del Padre, que la especie allí no se toma propiamente, en cuanto dice algo contenido bajo un género asignado: porque, puesto que Dios no está contenido en género alguno, tampoco está determinado a alguna especie. Pero se toma por la esencia por la que Dios se distingue de toda otra cosa, como una especie en las criaturas se distingue de toda otra especie.
- En tercer lugar50 se argumenta. Si el Hijo fuera desigual al Padre, otra en número sería la magnitud del Padre y la del Hijo. Esto es falso: porque, puesto que la magnitud divina es la esencia de Dios, sería otra en número la esencia del Padre y la del Hijo. Luego etc. — Se prueba la inferencia. Porque la misma cantidad en número no puede por sí misma ser mayor o menor.
Debe notarse que Santo Tomás toca implícitamente esta inferencia: el Hijo no es desigual al Padre. Luego es igual a él. La cual inferencia, aunque no valga en las cosas que no tienen cantidad, o en las que una no es cuantitativa; sin embargo, en las que cada una es cuantitativa, como en el caso que nos ocupa se supone del Padre y del Hijo en cuanto a la cantidad de virtud y de perfección, vale. Puesto en efecto que igual o desigual es pasión de la cantidad, de cualesquiera dos cuantitativos es verdadero decir que o son iguales o son desiguales. Y por eso, si se pone que no son desiguales, sigue óptimamente: Luego son iguales.
Se confirma la conclusión con la autoridad de Juan v, y del Apóstol a los Filipenses II.
XXV. Para mayor evidencia de esta conclusión, hay que considerar, según la doctrina de Santo Tomás en la Primera Parte, q. xlii, a. 151; y en el Primer libro, d. xxxi52, que esta igualdad que hay entre las personas divinas no es relación real, como la igualdad que hay entre dos cantidades, sino relación de razón. Porque, puesto que en la persona divina no hay sino esencia y relación, por parte de la esencia la igualdad no tiene que sea relación real, ya que la esencia es una en número en todas las personas divinas; y de lo mismo respecto de sí mismo no hay relación real. Tampoco lo tiene por parte de la relación: porque la relación no se refiere a la relación por relación real, de lo contrario habría un proceso infinito en las relaciones.
Así, si se pregunta si el Hijo es realmente igual al Padre: se dice que el Hijo sea dicho realmente igual al Padre puede entenderse de dos maneras. De un modo, por la relación real de igualdad respecto del Padre. Y así el Hijo no se dice realmente igual al Padre. — O bien por la unidad de la esencia, que se presupone a la relación de igualdad, y por la distinción real de las relaciones personales. Y así se dice realmente igual: porque tiene realmente aquella misma esencia y magnitud en número que tiene el Padre, y se distingue del Padre por relación real de origen.
- Contra esto arguye Escoto en el Primer libro, dist. xxxi53, y en el Quodlibeto, qu. vi54: porque la relación real requiere esas tres cosas: a saber, que el fundamento sea real; que los extremos sean reales y realmente distintos; y que la relación misma, ex natura rei, esté en los extremos sin toda operación del entendimiento, o sin operación de una potencia extrínseca. Pero estas cosas se encuentran en la igualdad divina, como es patente.
Pero se responde que falta la segunda condición: porque los extremos no son realmente distintos según el fundamento de la relación, que es lo que se entiende en aquella condición. En efecto, la esencia y magnitud divina, sobre la cual se funda la igualdad, no es una en una persona y otra en otra, sino una en número en todas.
- Pero contra esta respuesta se objeta 55. La paternidad y la filiación son relaciones reales. Y, sin embargo, no tienen fundamentos distintos, puesto que se fundan sobre la esencia divina, que es una. Luego etc.
Se responde, y se dice primero, que las relaciones personales, según la realidad, no tienen ningún fundamento, puesto que son subsistentes. Y, sin embargo, no se sigue que sean relaciones de razón, por no tener algún fundamento en la realidad. En efecto, es verdadero en las relaciones que están en el género y son accidentes que se requiere algún fundamento, y, no existiendo el fundamento, no hay relación real. Pero en las relaciones fuera de todo género y per se subsistentes no se requiere algún fundamento para su realidad, sino que basta que ellas, por su naturaleza, sean relaciones que subsisten: pues así como no requieren algún supósito en el que sean recibidas, sino que son ellas mismas los supósitos, así tampoco requieren algún otro fundamento.
Se dice segundo, que según nuestro modo de entender y de significar, estas relaciones se entienden como teniendo algún fundamento. Pero ese no es la esencia, como piensa Escoto, sino la producción significada activa y pasivamente: pues la paternidad se funda sobre el generar, y la filiación sobre el ser generado. Porque, si bien el generar y el ser generado son lo mismo que la paternidad y la filiación en las cosas divinas, como, sin embargo, no se significan a modo de relación, sino a modo de acción y pasión, pueden entenderse, así significadas, como fundamentos de las relaciones.
Esta dificultad trata abundantemente Capreolo en la distinción xxxi del Primer libro 56. Por eso no conviene detenerse en ella.
XXVI. La decimotercera conclusión es 57: El Verbo de Dios puede rectamente decirse concebido por Dios. Se prueba. El Verbo de Dios es de tal modo generado por Dios que, sin embargo, no se aparta de Él, sino que permanece en Él. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque lo que es generado, mientras permanece en el que lo genera, se dice que es concebido. — Se confirma con la autoridad de Prov. viii, cuando se dice: Antes de que fueran los abismos, yo ya había sido concebida.
- Para explicar, empero, esta conclusión, nota primero Santo Tomás que hay diferencia entre la concepción del Verbo de Dios y la concepción material de los animales, porque la prole, mientras es concebida y se halla encerrada en el útero, aún no tiene la última perfección de subsistir por sí, diversa según el lugar respecto del que la genera; y por eso una cosa es la concepción y otra el parto. Pero el Verbo de Dios, existiendo en el mismo Dios que lo dice, es perfecto, subsistente en sí y distinto del Dios que lo dice: pues se distinguen solo por la relación. Por eso allí concepción y parto son lo mismo. Lo cual se significa cuando en el mismo texto se añade: Antes de los collados yo era dada a luz.
Nota segundo que, como la concepción y el parto en las cosas corporales suceden con movimiento y sucesión, es necesario que lo que se concibe aún no sea, y que lo que es dado a luz aún no esté distinto del que da a luz. Pero la concepción y el parto inteligible del Verbo no suceden con movimiento ni sucesión. Por eso, al mismo tiempo que es concebido, es; y mientras es dado a luz, tiene el ser distinto. Se declara en la iluminación. — Pero a este Verbo divino le conviene también esta razón particular: que su concepción y parto son en la eternidad, en la que lo primero y lo posterior no pueden darse. — Se confirma con la misma autoridad, cuando se dice: Cuando preparaba los cielos, yo estaba presente.
De esto se infiere que, así como en la generación carnal de los animales primero algo es concebido, luego es dado a luz, y después se halla junto al que da a luz; en la generación divina, al mismo tiempo el Verbo es concebido, es dado a luz y está presente.
Nota tercero que, así como para insinuar la perfecta distinción del Verbo respecto del que lo genera, la generación del Verbo se dice parto; así también se dice que la generación es del útero, según aquel salmo 58: Antes del lucero te engendré. Y para mostrar que tal distinción no excluye que el Verbo esté en el que lo dice, se dice en Ioann. i que está en el seno del Padre.
Nota último que en la generación carnal hay una virtud activa, de la cual se dice padre, y una virtud pasiva, de la cual se dice madre. De modo que algunas cosas convienen al padre, como dar la naturaleza y la especie; otras, en cambio, a la madre, como concebir y dar a luz. Pero en la generación del Verbo no compete la razón de madre, sino solo la de padre: puesto que el entender divino no es por virtud pasiva, sino casi activa 59, por ser el entendimiento divino solo en acto. Por eso en las Sagradas Escrituras todo se atribuye al Padre: se dice, en efecto, que él da la vida al Hijo, y que concibe, y que da a luz.
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Hay que atender, cuando dice Santo Tomás que la madre, en la generación carnal, se dice por la virtud pasiva, que esto no debe entenderse como si respecto de la generación animal la madre tuviera solo potencia pasiva y de ningún modo activa, como algunos parecen atribuir a Santo Tomás; sino porque respecto de la formación y organización del cuerpo la madre se comporta solo pasivamente, en cuanto de su sangre se forma y se organiza el cuerpo. Con esto, empero, es compatible que también respecto de algo se comporte activamente. Pues, según la doctrina de Santo Tomás en la Tercera Parte, q. xxxii, a. 4; y en el Tercer libro, d. iii, q. ii, a. 1, como en la generación del hombre se encuentran tres cosas, a saber: la formación y organización del cuerpo, que es lo principal en la generación; la preparación de la materia, para que sea apta para la formación y organización del cuerpo humano, lo cual precede a la organización y formación; y también la buena disposición de la prole, lo cual acompaña o sigue a dicha formación: respecto de lo primero la madre se comporta solo pasivamente, porque lo que preparó y ministró para la formación y organización del cuerpo se ordena a la formación misma solo materialmente, pues es aquello de lo que, como de materia, se forma el cuerpo. Pero respecto de las otras dos se comporta activamente: pues en la madre hay una virtud activa por la cual su sangre se prepara y dispone para que de ella pueda formarse el cuerpo humano; igualmente en su matriz hay una virtud que proporciona a la prole concebida alimento y mejora, según el parecer de Avicena, en el capítulo de Diluviis 60.
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De donde se ve que el argumento de Escoto en el III Sent., d. iv 61, contra Santo Tomás no tiene ninguna fuerza, cuando arguye: como el macho y la hembra son de la misma especie, es necesario que sus formas consigan virtudes semejantes; y así, puesto que a la forma del macho corresponde la virtud vegetativa activa, es necesario que también la virtud vegetativa de la hembra sea activa.
Se concede, desde luego, lo que se infiere, y esto no va contra la doctrina de Santo Tomás. En efecto, él mismo concede que la virtud generativa es activa tanto en la hembra como en el macho: pero dice que esta es perfecta en el macho y se extiende hasta la formación del engendrado; en la hembra, en cambio, es imperfecta y no se extiende hasta la formación del engendrado, sino solo hasta la preparación de la materia, o también hasta alguna mejora de la prole concebida. Por eso, aunque la virtud generativa de la hembra sea activa, se dice, sin embargo, que concurre pasivamente a la generación, no activamente, porque, aunque respecto de algunas cosas se comporte activamente, respecto de la formación de la prole, que es lo principal en la generación, se comporta solo pasivamente, mientras la prole se forma de la materia preparada por ella.
- Hay que advertir, cuando se dice que el entender divino no es por alguna virtud pasiva, sino casi activa, que hay diferencia entre el entendimiento humano y el entendimiento divino, porque el entendimiento humano es movido por las cosas inteligibles, y por eso se dice virtud pasiva, en cuanto que se compara con su objeto como lo pasivo con lo activo, de lo cual se sigue que el entender humano es por virtud pasiva; pero el entendimiento divino no es movido por su objeto, sino que es con él totalmente una misma cosa. Por eso no se dice virtud pasiva; y por consiguiente el entender divino no es por virtud pasiva. Se dice, empero, que es, no por virtud activa simpliciter, sino casi por activa: porque el entendimiento divino no es propiamente causa y virtud activa respecto de su acto, ya que de él no se distingue ni según la substancia ni según el esse; sino que se dice casi activa, porque, si por la obra del entendimiento se distinguen, entendemos que el acto mismo del entendimiento no es causado en él por el objeto, sino que solo el entendimiento, existente de sí en acto, es el principio productivo de dicho acto.