Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber IV

Francesco Silvestri

Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber IV

Francesco Silvestri (1474–1528)

Commentaria in Summam contra Gentiles

First published 1918

In Book IV of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) examines Aquinas's treatment of revealed mysteries: the Trinity, the Incarnation, the sacraments, and the resurrection. The commentary accompanies the Leonine text in volume XV (1930). The present digital edition includes the Latin text and an English translation.


Prooemium

Concluidos los tres primeros Libros adversus Gentes, debemos pasar a la interpretación del cuarto Libro.

Pero se divide en dos partes: a saber, en el proemio; y en el tratado.

Sobre lo primero hace dos cosas Santo Tomás: primero, muestra acerca de qué debe versar este Libro cuarto; segundo, muestra cómo se debe proceder en él.

Sobre lo primero hace dos cosas: primero, muestra que es triple la cognición humana de las cosas divinas; segundo, infiere la proposición.

I. En cuanto a lo primero, pone cuatro conclusiones. La primera de las cuales es: El entendimiento humano no puede por sí mismo (es decir, por su propia virtud) alcanzar a intuir la substancia divina en sí misma.

Se prueba. El entendimiento humano toma de las cosas sensibles, de modo connatural, la ciencia. Luego etc. — Se prueba la consecuencia. Porque la substancia divina se eleva desproporcionadamente sobre todas las cosas sensibles, e incluso sobre todos los demás entes.

  1. Sobre la misma conclusión debe advertirse que Santo Tomás supone, por lo anteriormente dicho, aquella distinción sobre la cognición: a saber, que algo puede conocerse de dos maneras, de un modo en otro, de otro modo en sí mismo. Se dice que algo se conoce en otro, cuando no se conoce por su especie propia y adecuada, sino por la especie de aquello en lo que está contenido: como Sócrates se ve en el espejo. Pero se dice que algo se conoce en sí mismo, cuando se conoce por su especie propia y adecuada: como Sócrates cuando se ve presencialmente por sí mismo. Se dice, pues, que el entendimiento humano no puede elevarse por la virtud de su propia naturaleza a intuir la substancia divina en sí misma, para excluir aquella cognición por la que Dios se conoce en las criaturas conocidas mediante la semejanza de las mismas criaturas. Pues a ésta puede el entendimiento por su propia virtud.

  2. Pero sobre la prueba de la conclusión debe atenderse que, como el entendimiento toma su cognición por la vía de los sentidos, no puede llegar naturalmente a otra cognición que a aquella a la que las cosas sensibles mismas, y sus semejanzas intelectuales, pueden conducir. Las cosas sensibles, empero, como son efectos desiguales y desproporcionados de la naturaleza divina, distando en efecto infinitamente de su perfección, en cuanto ciertamente son efecto divino, pueden llevar a alguna cognición de Dios: pero como son efectos inadecuados y desproporcionados, no pueden llevar a aquella cognición suya que sea perfecta, en la que, a saber, se vea la substancia divina en sí misma; pues toda semejanza impresa en el entendimiento a partir de las cosas sensibles es adecuada a alguna criatura, y ninguna representa la substancia divina según está en sí.

II. La segunda conclusión es: Al hombre se le da una cierta vía por la que pueda ascender a la cognición de Dios. — Se prueba. Porque de otro modo una criatura tan noble parecería ser en vano, si no pudiera alcanzar su fin propio: pues el bien perfecto del hombre es que de algún modo conozca a Dios.

Debe advertirse que Santo Tomás llama bien perfecto del hombre el último complemento de su perfección natural, el cual en efecto consiste en la adquisición del fin: esto es, conocer de algún modo a Dios. De donde el Filósofo, X Eth., pone la felicidad en la cognición del óptimo inteligible. Por esto infiere que, si no se hubiera dado al hombre alguna vía para llegar a la cognición de Dios, no podría alcanzar su fin, y así sería en vano.

III. Pero para la declaración de esta conclusión, nota primero que esta vía es el proceso de las cosas desde Dios según un cierto orden, comenzando el hombre por los inferiores de cuyo proceso, y ascendiendo gradualmente, progresa en la cognición de Dios. La identidad, empero, de esta vía se muestra por los movimientos corporales, en los cuales la vía por la que se asciende y por la que se desciende es la misma, distinta solo en razón del principio y del fin.

Nota segundo, que doble es la razón del descenso de las perfecciones desde Dios. La primera, por parte del primer origen de las cosas: según que la divina sabiduría produjo las cosas en orden, de modo que el universo de las criaturas quedara completo con las cosas sumas e ínfimas. La segunda es de las mismas cosas: en cuanto primeramente las causadas por la primera causa, que es Dios, son deficientes, y éstas sobresalen sobre sus efectos, y así sucesivamente hasta llegar a las últimas cosas.

Nota tercero que, como en Dios se encuentra la perfeccionísima unidad; y cada cosa, cuanto más uno es, tanto más virtuosa y más digna es: cuanto más se retrocede del primer principio, tanto mayor diversidad y variación se encuentra en las cosas. Y así, según la diversidad de las cosas aparece la diversidad de las vías, como iniciadas de un solo principio y terminadas en cosas diversas.

Nota cuarto, que por estas vías nuestro entendimiento puede ascender a la cognición de Dios, pero por su debilidad ni siquiera podemos conocer perfectamente las vías mismas. Tanto porque, como apenas el entendimiento puede llegar, por los accidentes exteriores, al conocimiento interno incluso de aquellas cosas cuyos accidentes comprende perfectamente por el sentido, mucho menos podrá comprender las naturalezas de aquellas cosas cuyos pocos accidentes captamos por el sentido; y aun menos las de aquellas cuyos accidentes no pueden ser captados. — Tanto porque, aun si se conocieran las naturalezas de las cosas, el orden de ellas sin embargo, según que son dispuestas y dirigidas al fin por la divina providencia, apenas puede sernos notorio.

IV. Para la evidencia de lo que primero nota Santo Tomás, debe considerarse que, como el proceso de las perfecciones desde Dios tiene dos términos, a saber, el mismo primer principio, que es Dios, del que toda perfección se origina, y las últimas perfecciones de las cosas, no puede el entendimiento humano conocer este proceso de las cosas y de las perfecciones ordenadas comenzando por la suprema cumbre, Dios, y descendiendo a lo inferior, puesto que Dios escapa a toda cognición sensitiva, de la que la cognición de nuestro entendimiento toma origen; sino que es necesario que comience por las perfecciones inferiores, y ascienda gradualmente al conocimiento de lo superior, hasta llegar a la cognición de Dios. Y como el descenso y el ascenso son la misma vía según la realidad, como es la misma escala por la que uno sube y baja, distinta solo en razón, — en cuanto que, cuando el movimiento en ella comienza del supremo y termina en el ínfimo, se llama vía de descenso; y en cuanto que comienza del ínfimo y termina en el supremo, se llama ascenso —, por eso puede decirse que la vía por la que el entendimiento humano puede ascender a la cognición de Dios es el proceso de las perfecciones desde Dios según un cierto orden; pues así como aquellas descienden según un cierto orden desde la suprema cumbre, así por ellas, según un cierto orden, comenzando por lo inferior, es decir, por lo corruptible, asciende el entendimiento humano a Dios.

  1. Sobre lo que se nota en segundo lugar, debe atenderse que aquella doble razón del descenso de las perfecciones desde Dios se entiende así, que la primera razón es la divina sabiduría, que establece el orden de tales perfecciones en las cosas, de modo que algunas sean supremas y otras ínfimas. Pues la misma divina sabiduría se dice primer origen de las cosas, en cuanto que el orden de todas las cosas está constituido antes en la mente divina de que las cosas sean producidas al ser en un cierto orden. Y así, mientras las cosas son producidas al ser según aquel orden que la divina sabiduría establece, la misma divina sabiduría es el primer principio de donde se origina el orden de las cosas.

La segunda, empero, es la naturaleza de las mismas cosas producidas. Pues como todas las cosas son causadas por Dios, consta que les conviene el deficiente en perfección respecto del mismo Dios. Y como entre las mismas cosas causadas por Dios una es causa de otra, — entiéndase, no solo como un individuo es causa de otro individuo en la misma especie, sino como una es causa de otra según toda su especie, a la manera como el cielo es causa de las especies corruptibles del todo materiales —, es necesario que una sea más excelente y más perfecta que otra: pues la causa de algún todo de especie es más perfecta que aquella especie. Y así, descendiendo hasta las especies ínfimas, por la misma naturaleza de las cosas, según que algunas cosas son causa de otras, consta que las perfecciones de las criaturas descienden según un cierto orden desde Dios: a saber, porque algunas según su naturaleza están más próximas a Dios según la perfección, y otras más remotas de Él.

  1. Sobre lo que se nota en tercer lugar, debe atenderse que, como en Dios está la perfeccionísima unidad, por ser el simplísimo, y no tener en sí ninguna multiplicidad de cosas, como superiormente se mostró; y sea Dios el más virtuoso y el más digno: puesto que, como aquí se dice, cada cosa, cuanto más uno es, según su naturaleza ciertamente, tanto más virtuoso y más digno es, por participar tanto más de la razón de ente; es necesario que, cuanto más algo se aleja del mismo Dios (no ciertamente según distancia local, sino según distancia perfeccional), tanto sea menos uno, y menos perfecto, y menos digno. Por lo cual infiere muy bien Santo Tomás que se multiplican los procesos de las perfecciones desde Dios según la multiplicidad de las cosas ínfimas. Pues éstas se alejan al máximo de la perfección divina, y por eso en ellas se encuentra la máxima multiplicidad y variedad e imperfección.

  2. Sobre lo que se nota en cuarto lugar, debe advertirse que en el proceso de las criaturas desde Dios pueden considerarse dos cosas: a saber, las mismas cosas, procedentes desde Dios según un cierto orden; y el orden de las mismas cosas entre sí y al fin, preconstituido a éstas por la divina sabiduría. Si se considera este proceso, según el cual se constituyen las diversas vías de ascenso a Dios, en cuanto a las mismas cosas, así dice Santo Tomás que es imperfectamente conocido por nosotros: en cuanto que algunas son cosas cuyos pocos accidentes conocemos por el sentido, como los cuerpos celestes, principalmente aquellos que más distan del mundo inferior; y algunas son, como las substancias separadas, cuyos accidentes no pueden ser captados por el sentido, aunque son participadas por ciertos efectos deficientes; pues los efectos causados por las substancias separadas en estas cosas inferiores defician de la representación de aquéllas, en cuanto que estas cosas materiales, que caen bajo el sentido, les son inadecuadas. — Pero si se considera este proceso en cuanto al mismo orden de las cosas, así añade Santo Tomás que también las vías predichas son imperfectamente conocidas por nosotros: en cuanto que, aun si conociéramos perfectamente las cosas mismas en cuanto a su substancia, no conocemos sin embargo perfectamente el orden impuesto a ellas por la divina sabiduría; porque no conoceríamos la misma razón de la divina sabiduría, es decir, la misma concepción del intelecto divino por la que ordena y dispone las cosas.

V. La tercera conclusión es: Por estas vías no podemos llegar a conocer perfectamente el principio de las mismas vías, es decir, Dios. — Se prueba primero. Las mismas vías son imperfectamente conocidas por nosotros. Luego etc. — Segundo. Dios excede sin proporción las vías predichas. Luego etc.

Advierte que por esta segunda razón se da a entender que las vías predichas, y los predichos procesos de las criaturas, aunque se unan en Dios, no incluyen sin embargo al mismo Dios como principio intrínseco de ellas, sino como principio extrínseco, que es el principio productivo de todas estas vías. Pues si perteneciera intrínsecamente a estas vías, sería falso lo que aquí se dice, a saber, que Dios excede sin proporción las vías predichas. De donde, como se dijo antes que el proceso de emanación desde Dios se une en el mismo principio, debe entenderse del principio extrínseco, no del intrínseco.

VI. La cuarta conclusión es: Convenientemente Dios, por su sobreabundante bondad, reveló a los hombres algunas cosas sobre sí mismo. — Se prueba. La cognición de Dios, a la que el hombre podía llegar por las vías predichas con una cierta casi intuición intelectual, era débil. Luego era conveniente que Dios revelara algunas cosas sobre sí mismo, para que tal cognición fuera más firme.

  1. Para la evidencia de estas cosas hay que atender a dos. El primero es que la intuición intelectual pertenece propiamente a aquella cognición por la que la cosa se ve en sí misma por su especie propia. Por eso, como el hombre no puede conocer a Dios por sí mismo y por su especie propia en esta vida, sino solo por la especie de las criaturas, su cognición no se llama propiamente intuición intelectual. Por esto la llamó Santo Tomás no simplemente intuición intelectual, sino casi. Pues propiamente ciertamente, el hombre ascendiendo a la cognición de Dios por las vías predichas, no intuye a Dios: puede sin embargo decirse que casi intuye, cuando llega a aquella cognición que es la perfectísima entre las cogniciones habidas sobre Dios a partir de las criaturas; pues por su exceso respecto de las otras cogniciones imperfectas puede llamarse casi intuitiva.

Lo otro es que, aunque Dios comunica a la criatura por su bondad todo lo que le comunica, se dice sin embargo que comunica algunas cosas por sobreabundante bondad, en cuanto que aquéllas no se exigen para la integridad de la naturaleza a la que se comunican, como si tales cosas se le debieran, supuesta la hipótesis de que Dios quiera producir aquella criatura: pero Dios, manteniéndose sin nada absolutamente debido por parte de la criatura, comunica esas cosas a la criatura. Y éstas son las que se sobreañaden a la perfección natural. Por eso, como no pertenece a la perfección natural del hombre que reciba de Dios alguna cognición de las cosas divinas por revelación, sino solo que ascienda desde las criaturas a Dios; convenientemente se dice aquí que Dios, por sobreabundante bondad, reveló a los hombres algunas cosas sobre sí mismo, para que la cognición fuera más firme, puesto que el hombre sabe que la divina revelación es infalible.

  1. Pero para la manifestación de esta conclusión, nota Santo Tomás que tales cosas, según la congruencia del hombre, así le son reveladas primero que, sin embargo, no se entiendan, sino que solo se crean como oídas: porque, según este estado, el entendimiento no puede elevarse a intuir las cosas que exceden todas las proporciones de los sentidos. Pero cuando haya sido liberado de la conexión con las cosas sensibles, entonces será elevado a intuir las que son reveladas.

Debe advertirse que Santo Tomás habla según el modo común y acostumbrado de la revelación divina, que es que en esta vida las cosas divinas que nos son reveladas se crean, más bien que se vean. Pero a veces, fuera del modo acostumbrado, Dios eleva incluso a algunos a intuir la misma esencia divina, como se cree de Moisés y de Pablo . Aunque también puede decirse que éstos estaban de algún modo liberados de la conexión con lo sensible, en cuanto entonces no usaban de los sentidos.

VII. De éstas infiere Santo Tomás que triple es la cognición del hombre sobre las cosas divinas: a saber, la natural, que es por las criaturas; la que se ha tenido por revelación, no como si la divina verdad hubiera sido demostrada para verla, sino como si hubiera sido pronunciada con palabras para creerla; y aquella según la cual la mente humana se eleva para intuir perfectamente las cosas que son reveladas.

Se confirma esta conclusión principal con la autoridad de Job xxvi. Pues toca la primera cognición diciendo: He aquí, estas cosas se han dicho en parte de sus vías. — Pero la segunda cuando dice: y cuando apenas hayamos oído una pequeña gota de sus palabras. Pues la fe es por el oído, como se tiene en Rom. x, y el oído por la palabra de Dios, de la cual Ioan. xvii. — Pero la tercera cuando dice: ¿Quién podrá contemplar el trueno de su grandeza? Pues porque por ella se conocerá clara y manifiestamente la divina majestad, como se tiene en I Ioan. iii, y Exod. xxxiii, y Ioan. xvi, convenientemente se llama trueno la cosa conocida por aquella cognición: pues el trueno es la cosa manifiestísima. Cómo, empero, esta autoridad convenga al propósito, se muestra claramente en la letra.

  1. Premisas estas cosas, infiere Santo Tomás el propósito principal de esta parte, diciendo que, como en lo anteriores la conversación se ha tenido sobre las cosas divinas según que la razón natural puede llegar a ellas por las criaturas, imperfectamente sin embargo, resta tener conversación sobre las que nos son reveladas divinamente para ser creídas, excediendo el entendimiento humano.

VIII. En cuanto al segundo principal, muestra cómo se debe proceder en este libro. Y dice dos cosas. Lo primero es que debe guardarse este modo: que las cosas tradidas en las palabras de la Sagrada Escritura se tomen como principios; y así estudiemos captar de algún modo con la mente las que en las palabras predichas nos son tradidas ocultamente, defendiéndolas de la laceración de los infieles; removida sin embargo la presunción de conocerlas perfectamente, porque tales cosas deben probarse por la autoridad de la Sagrada Escritura, no por la razón natural. Debe mostrarse sin embargo que no son opuestas a la razón natural.

Lo segundo es que, como la razón natural asciende a la cognición de Dios por las criaturas, pero la cognición de la fe, a la inversa, desciende de Dios a nosotros por la divina revelación; y el ascenso y el descenso son la misma vía: es necesario proceder por la misma vía en las cosas que se creen sobre la razón, por la que en lo anteriores se procedió acerca de las que por la razón se investigan sobre Dios; a saber, que primero se tradan las que se proponen para creer en el mismo Dios, como es la confesión de la Trinidad; segundo, las que sobre la razón fueron hechas por Dios, como la obra de la Encarnación; tercero, las que sobre la razón se esperan en el último fin de los hombres, como la resurrección, etc. A este proceso se adapta también la autoridad predicha.

Para la evidencia de esto, debe atenderse que en el proceso acerca de las cosas que por la razón natural fueron investigadas sobre Dios se guardó tal orden, como patente en lo anteriores, que primero se tuvo consideración de las que convienen a Dios según sí mismo; segundo, del proceso de las criaturas desde Él; tercero, del orden de las criaturas hacia Él como hacia el fin. Por eso, como por la misma vía se debe proceder acerca de las que por la divina revelación se conocen sobre Dios, dice Santo Tomás que, correspondiendo al orden predicho, es necesario que primero se trate de las que en el mismo Dios se proponen para creer sobre la razón; luego de las que sobre la razón fueron hechas por Dios; tercero, de las que se esperan en el último fin.

IX. Pero ocurre una duda. Pues aunque la misma vía sea ascenso y descenso materialmente, se distinguen sin embargo formalmente por razón del principio y del fin, como se decía superiormente: a saber, porque lo que es principio en el ascenso, es fin en el descenso; y lo que en aquél es fin, en el otro es principio. Por eso, si la razón natural asciende a la cognición de Dios por las criaturas, pero la divina revelación desciende a nosotros desde Dios; aunque deba procederse por los mismos grados de cognición en ambos procesos, no se debe proceder sin embargo en el mismo orden, sino al contrario. Pues si el último grado de la consideración de las cosas divinas que se conocen por la razón natural ascendiendo fue la consideración del orden de las criaturas hacia Dios como hacia el fin, la primera consideración en el proceso hacia las que sobre la razón son reveladas debe ser sobre las que se esperan en el último fin, no sobre las que se proponen para creer en el mismo Dios. Y así, de la identidad del ascenso y del descenso parece mal concluirse que debe ser el mismo proceso en las cosas que se conocen de Dios por la razón natural, y en las que sobre la razón se proponen para creer.

Se responde que la razón procede muy bien, si se mira diligentemente su intento. Considera en efecto Santo Tomás el ascenso y el descenso en este lugar según que materialmente son lo mismo, no según que formalmente se distinguen: a saber, en cuanto que en la cognición habida sobre Dios por la razón natural, y en la cognición habida por revelación, se encuentran los mismos grados proporcionalmente. Pues esto puesto, tiene su intento. Como en efecto en la tradición de la doctrina, sobre la cual proceso habla Santo Tomás, de los anteriores deba determinarse antes; y en los mismos grados de las cosas que se conocen de Dios, sea por vía de ascenso sea por vía de descenso, es decir, se conozcan por la razón natural o por la revelación, haya un cierto orden según la naturaleza de las cosas absolutamente considerada; y este orden según la naturaleza sea el mismo en ambos modos de conocer, pues el modo de conocer no varía la naturaleza de la cosa: es necesario que en ambos procesos la doctrina se tradiga según el mismo orden. Pues como según la naturaleza, o según nuestro modo de entender, son anteriores las cosas que convienen a Dios según sí mismo que las que importan el proceso de las criaturas desde Él; y éstas anteriores a que el orden de las mismas criaturas hacia Dios como hacia el fin: es conveniente que en ambos procesos se determine primero de las que convienen a Dios según sí mismo; luego de las que son hechas por Él; después de las que miran al orden de las criaturas al fin.

Caput I: Quod sit generatio, paternitas et filiatio in divinis

Caput II: Quod filius Dei sit Deus

Caput III: Quid opinatus sit Photinus de filio Dei, et eius improbatio

Caput IV: Opinio Sabellii de filio Dei, et eius improbatio

Caput V: De opinione Arii circa filium Dei

Caput VI: Improbatio opinionis Arii de filio Dei

Caput VII: Solutio ad auctoritates quas Arius pro se inducebat

Caput VIII: Solutio ad auctoritates Photini et Sabellii

Caput IX: Rationes contra generationem et processionem divinam

Caput X: Quomodo accipienda sit generatio in divinis, et quae de filio Dei dicuntur in Scripturis

Caput XI: Quomodo filius Dei dicatur Dei sapientia

Caput XII: Quod non est nisi unus filius in divinis

Caput XIII: Solutio ad rationes supra inductas contra generationem divinam

Caput XIV: De spiritu sancto, quod sit in divinis

Caput XV: Rationes ex quibus aliqui spiritum sanctum existimaverunt esse creaturam

Caput XVI: Quod spiritus sanctus sit verus Deus

Caput XVII: Quod spiritus sanctus sit subsistens persona

Caput XVIII: Quomodo intelligenda sunt quae de spiritu sancto dicuntur

Caput XIX: De effectibus attributis spiritui sancto in Scripturis respectu totius creaturae

Caput XX: De effectibus attributis spiritui sancto in sacra Scriptura respectu rationalis creaturae, quantum ad ea quae Deus nobis largitur

Caput XXI: De effectibus attributis spiritui sancto secundum quod movet creaturam in Deum

Caput XXII: Solutio rationum supra inductarum contra divinitatem spiritus sancti

Caput XXIII: Quod spiritus sanctus procedat a filio

Caput XXIV: Rationes ostendere volentium quod spiritus sanctus non procedat a filio, et solutio ipsarum

Caput XXV: Quod non sunt nisi tres personae in divinis pater, filius et spiritus sanctus

Caput XXVI: De incarnatione verbi secundum traditionem sacrae Scripturae

Caput XXVII: De errore Photini circa incarnationem

Caput XXVIII: De errore Manichaeorum circa incarnationem

Caput XXIX: De errore Valentini circa incarnationem

Caput XXX: De errore Apollinaris circa corpus Christi

Caput XXXI: De errore Arii et Apollinaris circa animam Christi

Caput XXXII: De errore Apollinaris dicentis animam rationalem non fuisse in Christo, et de errore Origenis dicentis animam Christi ante mundum fuisse creatam

Caput XXXIII: De errore Theodori Mopsuesteni et Nestorii circa unionem verbi ad hominem

Caput XXXIV: Contra errorem Eutychetis

Caput XXXV: De errore Macarii Antiocheni ponentis unam tantum voluntatem in Christo

Caput XXXVI: Contra eos qui dixerunt ex anima et corpore non esse aliquid unum constitutum in Christo

Caput XXXVII: Contra eos qui ponunt duo supposita vel duas hypostases in una persona Christi

Caput XXXVIII: Quid Catholica fides sentiat de incarnatione Christi

Caput XXXIX: Obiectiones contra fidem incarnationis

Caput XL: Quomodo oporteat intelligere incarnationem filii Dei

Caput XLI: Quod assumptio humanae naturae maxime competebat verbo Dei

Caput XLII: Quod humana natura assumpta a verbo non praeextitit assumptioni, sed in ipsa conceptione fuit assumpta

Caput XLIII: Quod natura assumpta a verbo in ipsa conceptione fuit perfecta quantum ad animam et corpus

Caput XLIV: Quod Christum decuit nasci ex virgine

Caput XLV: Quod Christus natus est de spiritu sancto

Caput XLVI: Quod Christus non fuit filius spiritus sancti secundum carnem

Caput XLVII: Quod non sit dicendum Christum esse creaturam

Caput XLVIII: Solutio rationum contra incarnationem superius positarum

Caput XLIX: Quod peccatum originale traducatur a primo parente in posteros

Caput L: Obiectiones contra peccatum originale

Caput LI: Solutio obiectionum positarum

Caput LII: Rationes quibus videtur probari quod non fuit conveniens Deum incarnari

Caput LIII: Quod conveniens fuit Deum incarnari

Caput LIV: Solutio rationum supra positarum contra convenientiam incarnationis

Caput LV: De necessitate sacramentorum

Caput LVI: De distinctione sacramentorum veteris et novae legis

Caput LVII: De numero sacramentorum novae legis

Caput LVIII: De Baptismo

Caput LIX: De confirmatione

Caput LX: De Eucharistia

Caput LXI: De errore infidelium circa sacramentum Eucharistiae

Caput LXII: Solutio praemissarum difficultatum, et primo quoad conversionem panis in corpus Christi

Caput LXIII: Solutio eorum quae obiiciebantur ex parte loci

Caput LXIV: Solutio eorum quae obiiciebantur ex parte accidentium

Caput LXV: Solutio eorum quae obiiciebantur ex parte actionis et passionis

Caput LXVI: Solutio eorum quae obiiciebantur ex parte fractionis

Caput LXVII: Solutio auctoritatis inductae

Caput LXVIII: Ex quali pane et vino debet confici hoc sacramentum

Caput LXIX: De sacramento poenitentiae. Et primo, quod homines post gratiam sacramentalem acceptam peccare possunt

Caput LXX: Quod homo peccans post sacramentorum gratiam potest converti per gratiam

Caput LXXI: De necessitate poenitentiae et partium eius

Caput LXXII: De sacramento extremae unctionis

Caput LXXIII: De sacramento ordinis

Caput LXXIV: De distinctione ordinum

Caput LXXV: De episcopali potestate: et quod in ea unus sit summus

Caput LXXVI: Quod per malos ministros sacramenta dispensari possunt

Caput LXXVII: De sacramento matrimonii

Caput LXXVIII: Quod per Christum resurrectio corporum sit futura

Caput LXXIX: Obiectiones contra resurrectionem

Caput LXXX: Solutio praemissarum obiectionum

Caput LXXXI: Quod homines resurgent immortales

Caput LXXXII: Quod in resurgentibus non erit usus ciborum neque venereorum

Caput LXXXIII: Quod corpora resurgentium erunt eiusdem naturae

Caput LXXXIV: Quod corpora resurgentium erunt alterius dispositionis

Caput LXXXV: De qualitate corporum glorificatorum

Caput LXXXVI: De loco corporum glorificatorum

Caput LXXXVII: De sexu et aetate resurgentium

Caput LXXXVIII: De qualitate corporum resurgentium in damnatis

Caput LXXXIX: Quomodo substantiae incorporeae patiantur ab igne corporeo

Caput XC: Quod animae statim post separationem a corpore poenam vel praemium consequuntur

Caput XCI: Quod animae sanctorum post mortem habent voluntatem immutabilem in bono

Caput XCII: Quod animae malorum post mortem habent voluntatem immutabilem in malo

Caput XCIII: De immutabilitate voluntatis in animabus in Purgatorio detentis

Caput XCIV: De immutabilitate voluntatis communiter in omnibus animabus post separationem a corpore

Caput XCV: De finali iudicio

Caput XCVI: De statu mundi post iudicium

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