Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber I

Francesco Silvestri

Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber I

Francesco Silvestri (1474–1528)

Commentaria in Summam contra Gentiles

First published 1918

In Book I of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) expounds Aquinas's treatment of God and the divine attributes. His commentary proceeds through the arguments of the Summa contra Gentiles chapter by chapter. The present edition follows the commentary printed with the Leonine text in volume XIII (1918) and includes Latin, English, and Spanish texts.


Caput I: Quod sit officium sapientis

Caput II: Quae sit in hoc opere auctoris intentio

Caput III: Quis modus sit possibilis divinae veritatis manifestandae

Caput IV: Quod veritas divinorum ad quam naturalis ratio pertingit convenienter hominibus credenda proponitur

Después de que Santo Tomás mostró que hay una doble verdad acerca de Dios, ahora declara el modo de manifestación de cada una de las verdades . En torno a esto hace dos cosas: primero, determina absolutamente el modo de manifestación de este tipo de verdades; segundo, comparativamente, cap. VII. — En torno a lo primero hace dos cosas: primero, determina el modo de esta manifestación en cuanto procede de parte del que enseña; segundo, en cuanto procede de parte del que aprende, cap. VI. — En torno a lo primero hace dos cosas: primero, trata del modo de aquellas cosas que pueden conocerse naturalmente acerca de Dios; segundo, del modo de aquellas que exceden la razón natural .

I. En cuanto a lo primero, para que no le parezca a alguno, como dice, que, puesto que tal verdad puede alcanzarse por la razón, en vano se ha entregado para ser creída mediante inspiración sobrenatural, propone esta conclusión: Conviene que las verdades divinas que pueden ser accesibles a la investigación de la razón sean propuestas por Dios al hombre para ser creídas. Se prueba por los inconvenientes que se seguirían si no fuera así. El primero es que el conocimiento de Dios estaría solo en pocos hombres. En efecto, la mayoría son apartados de la investigación de la verdad por tres causas. O bien, a saber, por la complexión del cuerpo, por la cual muchos son naturalmente ineptos para la ciencia y no pueden alcanzar el grado sumo del conocimiento humano, que consiste en conocer a Dios. O bien por la necesidad de los asuntos domésticos, a causa de la cual muchos no pueden dedicarse al ocio de la investigación contemplativa. O bien por la pereza, por la cual la mayoría huye del trabajo de adquirir la disciplina: pues para el conocimiento que puede obtenerse naturalmente de Dios es necesario conocer previamente muchas cosas, ya que casi toda la filosofía se ordena a él, razón por la cual la metafísica queda para ser aprendida al final; de donde, aunque Dios haya engendrado en las mentes de los hombres un apetito natural de saber, muchos son, sin embargo, los que rehúyen someterse al trabajo de aprender.

II. Debe advertirse aquí, en primer lugar, según la doctrina de Santo Tomás en el Tercero, d. xxv, q. II, a. 2 , que la cantidad del conocimiento puede atenderse de dos maneras: a saber, según los objetos y según la eficacia del acto respecto del objeto. Por lo tanto, lo que dice de que el grado sumo del conocimiento humano es conocer a Dios debe entenderse en cuanto al objeto, pero no en cuanto a la eficacia del acto.

Debe advertirse en segundo lugar , como enseña Santo Tomás sobre Boecio De Trinitate, q. 5, a. 1, ad 9 , que la metafísica es naturalmente, es decir, según la perfección, anterior a las demás ciencias; pero respecto de nosotros es posterior a las demás ciencias. Por eso Avicena, en el primer libro de su Metafísica , dice que el orden de esta ciencia es que se aprenda después de las otras ciencias; lo cual dice también aquí Santo Tomás. Pero aunque así sea respecto de la ciencia misma, en cuanto en ella se investigan por demostración las propiedades del ente y de las sustancias separadas, sin embargo algunos términos metafísicos es necesario que sean conocidos antes que los términos de las otras ciencias respecto de nosotros, según sus conceptos, ya que los términos de las otras ciencias se resuelven en ellos. Por eso, aunque esos términos se llamen metafísicos en cuanto las propiedades de sus significados se buscan en la metafísica, con todo, en cuanto a sus conceptos son comunes a todas las ciencias. — Si se dijera: ¿Por qué entonces en el libro V de la Metafísica se determina acerca de sus razones?, se responde que esto ocurre porque, si debe componerse un tratado acerca de todos ellos a la vez, corresponde más al metafísico que a otro artífice, ya que también él investiga sus propiedades. No se excluye, sin embargo, que sean términos comunes a todas las ciencias. Pero la diferencia está en esto: la metafísica determina acerca de ellos como de sujetos, o de partes o pasiones de los sujetos; las demás ciencias, en cambio, los usan como antecedentes respecto de sus sujetos y conocidos por vía de sentido.

Debe advertirse en tercer lugar que Santo Tomás no dijo absolutamente que toda la filosofía se ordena a la metafísica, sino que añadió casi: porque, como él mismo dice, Trin. q. v, a. 1, ad 9 , hay algunas ciencias que no son absolutamente necesarias para la metafísica, sino solo para el bien ser de esta misma, como la música y las morales y otras semejantes.

Adviértese en cuarto lugar que el apetito natural, como se expone en la Iª, q. LX, a. 1, puede tomarse de dos maneras: de un modo, en cuanto se distingue del apetito que sigue a la cognición; de otro modo, en cuanto se distingue del apetito libre. Del primer modo nombra solo el orden de la naturaleza hacia algo, y no importa nada más que la forma de la cosa con una inclinación natural hacia algo, así como el apetito del grave hacia el lugar de abajo no es otra cosa que la forma de la gravedad con su inclinación al lugar de abajo: y se comporta como acto primero. De este modo toda potencia apetece naturalmente lo que le es conveniente, como se dice en Iª, q. LXXVIII, a. 1, ad 3. Del segundo modo nombra un acto elicido que sigue a la cognición, pero determinado a uno solo de los opuestos, de suerte que no puede inclinarse al otro: así como todos apetecen naturalmente la bienaventuranza con un acto elicido por la voluntad que sigue a la aprehensión de la bienaventuranza. — Por tanto, el apetito de saber, del cual hablan Santo Tomás y también Aristóteles, I Metaph. , es natural: aunque pueda entenderse según el primer modo, porque el intelecto tiene por su propia naturaleza una inclinación y orden hacia la cognición como hacia algo que le es conveniente; sin embargo, puesto que esto no conviene solo al intelecto, sino a toda potencia, como dijimos, en cuanto se dirige hacia lo que le es conveniente; y puesto que parece que Santo Tomás y el Filósofo quieren señalar algo particular acerca del apetito de cognición que no se encuentra en el apetito de las operaciones de las demás potencias, debe decirse que este apetito es cierto acto natural de la voluntad por el cual la voluntad se dirige hacia la cognición que se le propone, de tal modo que no puede dirigirse hacia lo contrario. Lo cual parece querer también Santo Tomás en Iª IIªe, q. x, a. 1; y en IIª IIªe, q. CLXVI, a. 2, cuando pone a la virtud de la studiosidad como moderadora de este deseo natural.

III. Es inconveniente, porque los hombres apenas llegarían a ese conocimiento después de un largo espacio de tiempo. Y ello, primero, por la profundidad del conocimiento, para el cual el intelecto del hombre no se encuentra idóneo sino tras un largo ejercicio. Luego, por las muchas cosas que se presuponen como requisito. Después, por los movimientos de las pasiones, abundantes en la juventud, mediante los cuales se hace que el alma no sea apta para el conocimiento de una verdad tan grande.

Debe advertirse, en primer lugar, que, puesto que las cosas abstractas de la materia no pueden ser conocidas por nosotros si no es a partir de las cosas sensibles, para que nuestro entendimiento —al cual le son connaturales las cosas sensibles— sea elevado al punto de que, a partir de las formas sensibles, extraiga conocimiento acerca de tales sustancias, es necesario antes que se ejercite en las operaciones del entendimiento, abstrayendo los universales de los particulares y lo común de lo propio, para que mediante tal ejercicio de la abstracción se vuelva más apto para el conocimiento de las cosas inmateriales; pues el entendimiento no puede llegar a las operaciones más nobles sino cuando, por la asiduidad y el ejercicio en las menos nobles, se hace más vigoroso y más pronto para investigar lo oculto. Con mucha mayor razón, pues, no podrá ser elevado hacia aquella sustancia que es máximamente inmaterial y remotísima de los sentidos, si no ha sido fortalecido tras un largo ejercicio. Por eso dice Santo Tomás que nuestro entendimiento no puede alcanzar esa profundidad de conocimiento sino después de un largo ejercicio. Pues del estudio y del ejercicio se causa en el entendimiento cierta aptitud para la investigación de las cosas difíciles, la cual no estaría presente sin tal ejercicio. De manera semejante, las potencias sensitivas interiores, de las cuales se sirve el entendimiento, son hechas más aptas por tal ejercicio, dentro de su propio orden, para indagar la verdad de las cosas sutiles.

Debe advertirse, en segundo lugar, que, puesto que el conocimiento intelectual se realiza por abstracción a partir de lo sensible, pero, a causa de la vehemencia de las pasiones, la intención del alma se aparta de los inteligibles hacia lo sensible, por la vehemencia de las pasiones se impide al máximo el acto de la contemplación. Por eso las virtudes morales, y en especial la castidad, como dice Santo Tomás, IIª IIªe, q. xv, a. 3, disponen al hombre al máximo para la perfección de la operación intelectual. Donde, pues, se alza la multitud de las pasiones, como acontece en su mayor parte en los jóvenes, allí el alma no es apta para las especulaciones sutiles; pero en el reposo y en la quietud, lejos de los tumultos de las pasiones, como dice el Filósofo, se hace prudente.

IV. El tercer inconveniente es que el conocimiento de Dios se tendría mezclado con la duda y con el error. En efecto, la debilidad de la razón, junto con la mezcla de los fantasmas, hace que incluso aquellas cosas que han sido demostradísimas permanezcan dudosas para muchos, mientras ignoran la fuerza de la demostración; y especialmente cuando ven que aquellos que son llamados sabios enseñan cosas diversas. Hace también que, entre muchas verdades que se demuestran, se mezclen muchas falsedades, que se afirman con alguna razón sofística o probable que se reputa demostración. Por lo cual fue necesario que se determinara por la fe qué cosas sobre Dios deben ser sostenidas por nosotros.

Conclúyese, pues, que la divina clemencia dispuso saludablemente que también aquellas cosas que la razón puede investigar fueran preceptuadas como de fe: a fin de que todos pudieran participar del conocimiento divino con facilidad y, por consiguiente, pronto, y sin duda ni error.

Notemos en primer lugar que esta debilidad del entendimiento no significa una enfermedad ni algo sobreviniente contra naturaleza a nuestro entendimiento, sino su orden natural dentro del género de los inteligibles. Pues como ocupa el lugar más bajo en tal género, y es algo imperfectísimo, así como la materia prima en el género de las cosas materiales, por eso tiene por su propia naturaleza que sea débil para aprehender la verdad y pueda ser fácilmente engañado.

Notable en segundo lugar que, aunque los fantasmas sirven a nuestro entendimiento para entender, sin embargo la misma mezcla de fantasmas impide en muchos el conocimiento verdadero de las cosas inmateriales. Pues como son semejanzas de cosas únicamente materiales y determinadas al aquí y ahora, algunos, entendiendo mediante tales fantasmas, no pueden entender que haya algo en la naturaleza de las cosas que no sea material y determinado a algún lugar: por lo cual incurren en muchos errores acerca de lo inmaterial. Así pues, aunque la misma mezcla de fantasmas en nuestra intelección nos sea necesaria para entender, puesto que son un instrumento débil y desproporcionado respecto de lo inmaterial, por eso son con frecuencia causa de error en la investigación de la verdad de tales cosas inmateriales.

Se confirma primero la conclusión por la autoridad del Apóstol, Efes. IV: Ya no andéis, etc. Se confirma en segundo lugar por la autoridad de Isaías LIV: Pondré a todos tus hijos instruidos por el Señor, etc.

V. Pero en torno a lo dicho en la primera dificultad surge una doble duda. La primera concierne a aquello de que la metafísica debe aprenderse en último lugar. En contra de ello se argumenta así. Primero. La metafísica demuestra los principios de las demás ciencias, como dice Santo Tomás, Trin. q. V, a. 1, ad 9. Luego debe preceder a las demás ciencias. – Es patente la consecuencia, porque toda ciencia depende del conocimiento de sus principios.

Segundo. La metafísica suministra los principios a todas las ciencias: así lo enseña Santo Tomás en varios lugares, en particular Trin., q. vi, a. 1, quª 3. Luego, etc. – Se prueba la consecuencia. Porque las cosas que pertenecen a la metafísica no pueden conocerse sino por medio de la metafísica. Si, pues, las demás ciencias usan principios que son propios de la metafísica, entonces es necesario que en todas las ciencias esté incluida la metafísica como anterior. Y por consiguiente es necesario aprenderla primero.

Tercero. Siempre hay que proceder desde lo que es más conocido para nosotros, como muestra el Filósofo en el libro I de los Segundos Analíticos. Pero los principios que son propios de la metafísica nos son más conocidos que todo lo que se enseña en las demás ciencias. Por lo tanto, nuestro conocimiento debe comenzar por ellos. Luego la metafísica debe aprenderse en primer lugar.

VI. Segunda duda versa sobre aquello de que la mayoría se retraen de la investigación de la verdad a causa del trabajo y la tristeza. En efecto, se argumenta en contra. La inclinación de la naturaleza no es menor que el hábito. Pero el hábito produce en sus operaciones facilidad y deleite, como se dice en II Ethic. Luego también la naturaleza. Si, pues, los hombres se inclinan naturalmente a la ciencia y al conocimiento, la adquisición de la ciencia será fácil y deleitable. Por tanto, nadie se retrae de ella por pereza o por trabajo.

VII. Para la aclaración de la primera duda, debe considerarse en primer lugar que los principios primeros y universales de todas las ciencias pueden ser considerados de dos maneras: de un modo, en cuanto a su verdad absoluta; de otro modo, en cuanto al juicio sobre ellos y su defensa frente a quienes los impugnan. Del primer modo pertenecen a un hábito uno por sí que se llama intelecto, el cual Aristóteles, VI Ética, divide junto con la ciencia y la sabiduría. Del segundo modo, en cambio, pertenecen al metafísico, como dice Santo Tomás, Iª IIae, q. LXVI, a. 5, ad 4: pues el metafísico disputa contra los que niegan tales principios comunes, por razón de que están constituidos por términos comunes, que son objeto de la consideración del metafísico.

Considérese en segundo lugar que, aunque los primeros principios pertenecen al entendimiento que es el hábito de los principios, según su verdad considerada absolutamente, y a la metafísica en cuanto a su examen y defensa, son sin embargo comunes a todas las ciencias, en cuanto sus términos se extienden a los términos de las otras ciencias, y en cuanto la ciencia depende del entendimiento que es el hábito de dichos principios, como es la mente de Santo Tomás, Iª IIae, q. LVII, a. 2, ad 2. De donde puede decirse que estos principios, como verdaderos absolutamente, todas las ciencias los reciben del entendimiento que es su hábito; pero como ya examinados y defendidos contra quienes los impugnan, los reciben de la metafísica. Por eso XI Metaph., lect. 1, dice Santo Tomás que una sola ciencia —y entiende por esto la metafísica— considera estos principios, a la cual pertenece la consideración de los términos comunes, y de ella las otras ciencias reciben tales principios.

Debe considerarse en tercer lugar, como puede deducirse de la doctrina de Santo Tomás super Boet. Trin., q. VI, a. 1, que acerca de las ciencias podemos hablar de dos maneras: de un modo, en cuanto a la adquisición ordenada de todas ellas; de otro, según que ya están adquiridas e inventadas.

VIII. Se dice, pues, primero que, en cuanto a su adquisición mediante el hallazgo de la razón humana, la metafísica es la última: porque todas las demás ciencias especulativas se ordenan a ella, y el hallazgo de estas presupone el hallazgo de la metafísica. Y según esta razón, nada perteneciente a la metafísica, en cuanto metafísico, debe ser conocido previamente; pero sí está bien que el conocimiento de los primeros principios sea notorio por el hábito que es el intelecto, el cual precede al hallazgo de cualquier ciencia, ya que ninguna ciencia tiene perfectamente la razón de ciencia sino en cuanto depende de semejante hábito.

Se dice en segundo lugar que, si hablamos de las ciencias en cuanto ya han sido inventadas, así no es inconveniente que otras ciencias usen principios metafísicos ya examinados y defendidos contra sus impugnadores por la metafísica.

Se dice en tercer lugar, que no por ello es necesario que la metafísica se aprenda antes que las demás ciencias. Primero, porque el hábito metafísico versa primera y principalmente sobre el ente y las pasiones del ente, e incluso sobre las sustancias separadas; no, en cambio, sobre tales principios, puesto que no son conclusiones demostradas en la metafísica. – Segundo, porque las demás ciencias reciben esos principios a préstamo de la metafísica: y por eso no es necesario que ese hábito se posea antes, sino que basta con que sea hallado y adquirido alguna vez, incluso después de las otras ciencias. De donde las demás ciencias creen esos principios de la metafísica, es decir, que han sido examinados y defendidos por ella: aunque los ven en cuanto tienen dependencia de la inteligencia de sus propios principios.

IX. A esto, en cambio, se responde que la metafísica no prueba los principios de las demás ciencias de modo que sean conocidos demostrativamente mediante el hábito de la metafísica, del mismo modo que se dice que la ciencia subalternante prueba los principios de la ciencia subalternada; sino porque, mediante esos principios comunes, según una consideración que pertenece a la metafísica, se hacen manifiestos los principios de las demás ciencias, en cuanto todas las ciencias dependen del hábito de esos principios, que se llama entendimiento; y en cuanto se resuelven en esos principios, naturalmente conocidos pero tomados en préstamo por el metafísico según una cierta consideración, por ser principios no propios de alguna ciencia sino comunes a todas, aunque considerados más principalísimamente por el metafísico.

A lo segundo se responde que la metafísica no otorga sus principios a las demás ciencias cuando se la considera en el orden de su invención y adquisición, como se ha dicho; sino que los otorga en cuanto las demás ciencias ya inventadas son comprendidas, en la medida en que todas las ciencias reciben ahora mutuamente de la metafísica aquellos principios como confirmados y defendidos por ella, aunque sean naturalmente conocidos por sí mismos. De donde no se sigue que la metafísica deba aprenderse antes que las otras ciencias.

A la tercera se responde, primero, que los principios primeros según su verdad absoluta son conocidos por nosotros antes que todas las ciencias. Pero en cuanto a su examen y defensa frente a quienes los impugnan, son conocidos después. — Se responde, segundo, que como según su verdad pertenecen al entendimiento, que es el hábito de ellos, pero según su examen y defensa pertenecen a la metafísica, no se sigue que la metafísica preceda a las demás ciencias, sino solo el entendimiento, que es hábito de ellas, infundido en nosotros por la luz natural del entendimiento agente.

X. A la segunda duda se responde en primer lugar que no toda inclinación de la naturaleza es semejante a la inclinación del hábito. Pues, como quiere Santo Tomás, Verit. q. XXIV, a. 10, ad 1, la inclinación natural hacia algo es de dos maneras: de un modo, cuando tiene en sí un principio suficiente del cual aquello se sigue necesariamente; de otro modo, cuando no tiene en sí un principio suficiente del cual aquello se siga necesariamente; y de este modo es natural que la mujer conciba un hijo, y que el libre albedrío tienda al bien. Por tanto, la primera inclinación natural produce facilidad y deleite en la operación en quienes tienen conocimiento, y se asemeja a la inclinación del hábito. Con la segunda, en cambio, subsiste dificultad y trabajo en adquirir aquello a lo cual es natural la inclinación, y a causa del trabajo alguien puede ser retraído de su adquisición. Y así ocurre en el apetito respecto de la ciencia.

Se dice en segundo lugar que, aunque el hábito por sí mismo produce facilidad en la operación, sin embargo, a causa de algún impedimento que sobreviene desde fuera, como se dice en Iª IIae, q. lxv, a. 3, ad 2, quien posee el hábito padece dificultad al operar, y por consiguiente no siente deleite. Así, pues, de igual modo el hombre puede ser retraído de la adquisición de la ciencia, aunque tenga hacia ella una inclinación natural, por el trabajo del aprendizaje y por otras causas, como dice Santo Tomás en I Metaph. Pues, como él mismo dice también en V Metaph., cap. de Necessario , puede suceder que el impulso de la inclinación natural sea impedido en la prosecución de lo ya iniciado, y se le prohíba que el movimiento comience.

Pero en contra: el deseo natural no es del todo vano, porque la naturaleza no obra nada en vano, como se dice en II Caeli Por tanto, dado que el hombre se vea impedido por un tiempo de adquirir la ciencia, sin embargo, alguna vez se cumplirá ese deseo y cesarán los impedimentos.

Se responde que, aunque el deseo natural que sigue a toda la naturaleza no puede quedar del todo frustrado sin cumplirse en algún individuo, no es, sin embargo, inconveniente que quede frustrado en algunos individuos: especialmente cuando tal deseo es un acto elicito de la voluntad; y máxime si no está en la cosa completado el principio al cual necesariamente ha de seguir aquello a lo que es la inclinación natural; así como no es inconveniente que una mujer permanezca perpetuamente sin prole, aunque esté naturalmente inclinada a ello.

También podría decirse que ese deseo natural se cumplirá en el alma separada del cuerpo: como dijo Porfirio, ella será entonces bienaventurada, aunque unida al cuerpo no alcance la bienaventuranza .

Caput V: Quod ea quae ratione investigari non possunt convenienter fide tenenda hominibus proponuntur

Caput VI: Quod assentire his quae sunt fidei non est levitatis quamvis supra rationem sint

Caput VII: Quod veritati fidei Christianae non contrariatur veritas rationis

Caput VIII: Qualiter se habeat humana ratio ad veritatem fidei

Caput IX: De ordine et modo procedendi in hoc opere

Caput X: De opinione dicentium quod Deum esse demonstrari non potest cum sit per se notum

Caput XI: Reprobatio praemissae opinionis et solutio rationum praemissarum

Caput XII: De opinione dicentium quod Deum esse demonstrari non potest sed sola fide tenetur

Caput XIII: Rationes ad probandum Deum esse

Caput XIV: Quod ad cognitionem Dei oportet uti via remotionis

Caput XV: Quod Deus sit aeternus

Caput XVI: Quod in Deo non est potentia passiva

Caput XVII: Quod in Deo non est materia

Caput XVIII: Quod in Deo nulla est compositio

Caput XIX: Quod in Deo nihil est violentum neque praeter naturam

Caput XX: Quod Deus non est corpus

Caput XXI: Quod Deus est sua essentia

Caput XXII: Quod in Deo idem est esse et essentia

Caput XXIII: Quod in Deo non est accidens

Caput XXIV: Quod divinum esse non potest designari per additionem alicuius differentiae substantialis

Caput XXV: Quod Deus non est in aliquo genere

Caput XXVI: Quod Deus non est esse formale omnium

Caput XXVII: Quod Deus non sit forma alicuius corporis

Caput XXVIII: De perfectione divina

Caput XXIX: De similitudine creaturarum

Caput XXX: Quae nomina de Deo possint praedicari

Caput XXXI: Quod divina perfectio et pluralitas nominum divinorum divinae simplicitati non repugnant

Caput XXXII: Quod nihil de Deo et rebus aliis univoce praedicatur

Caput XXXIII: Quod non omnia nomina dicuntur de Deo et creaturis pure aequivoce

Caput XXXIV: Quod ea quae dicuntur de Deo et creaturis dicuntur analogice

Caput XXXV: Quod plura nomina dicta de Deo non sunt synonyma

Caput XXXVI: Qualiter intellectus noster de Deo propositionem formet

Caput XXXVII: Quod Deus est bonus

Caput XXXVIII: Quod Deus est ipsa bonitas

Caput XXXIX: Quod in Deo non potest esse malum

Caput XL: Quod Deus est omnis boni bonum

Caput XLI: Quod Deus sit summum bonum

Caput XLII: Quod Deus est unus

Caput XLIII: Quod Deus est infinitus

Caput XLIV: Quod Deus est intelligens

Caput XLV: Quod intelligere Dei est sua essentia

Caput XLVI: Quod Deus per nihil aliud intelligit quam per suam essentiam

Caput XLVII: Quod Deus intelligit perfecte seipsum

Caput XLVIII: Quod Deus primo et per se solum seipsum cognoscit

Caput XLIX: Quod Deus cognoscit alia a se

Caput L: Quod Deus habet propriam cognitionem de omnibus rebus

Caput LI: Rationes ad inquirendum qualiter multitudo intellectorum sit in intellectu divino

Caput LII: Solutio praemissae dubitationis

Caput LIII: Qualiter divina essentia una et simplex sit propria similitudo omnium intelligibilium

Caput LIV: Quod Deus omnia simul intelligit

Caput LV: Quod cognitio Dei non est habitualis

Caput LVI: Quod cognitio Dei non est discursiva

Caput LVII: Quod Deus non intelligit componendo et dividendo

Caput LVIII: Quod a Deo non excluditur veritas enuntiabilium

Caput LIX: Quod Deus est veritas

Caput LX: Quod Deus est purissima veritas

Caput LXI: Quod divina veritas est prima et summa veritas

Caput LXII: Rationes volentium subtrahere Deo cognitionem singularium

Caput LXIII: Ordo dicendorum circa divinam cognitionem

Caput LXIV: Quod Deus singularia cognoscat

Caput LXV: Quod Deus cognoscit ea quae non sunt

Caput LXVI: Quod Deus cognoscit singularia contingentia futura

Caput LXVII: Quod Deus cognoscit motus voluntatis

Caput LXVIII: Quod Deus cognoscit infinita

Caput LXIX: Quod Deus vilia cognoscit

Caput LXX: Quod Deus cognoscit mala

Caput LXXI: Quod Deus est volens

Caput LXXII: Quod voluntas Dei est eius essentia

Caput LXXIII: Quod principale volitum Dei est divina essentia

Caput LXXIV: Quod Deus, volendo se, vult etiam alia

Caput LXXV: Quod Deus uno actu voluntatis se et alia velit

Caput LXXVI: Quod volitorum multitudo divinae simplicitati non repugnat

Caput LXXVII: Quod divina voluntas ad singula bonorum se extendit

Caput LXXVIII: Quod Deus vult etiam ea quae nondum sunt

Caput LXXIX: Quod Deus de necessitate vult suum esse et suam bonitatem

Caput LXXX: Quod Deus non de necessitate vult alia a se

Caput LXXXI: Rationes ducentes ad inconveniens si Deus alia a se non necessario velit

Caput LXXXII: Quod Deus vult aliquid aliud a se necessitate suppositionis

Caput LXXXIII: Quod voluntas Dei non est impossibilium secundum se

Caput LXXXIV: Quod divina voluntas non tollit contingentiam a rebus, neque eis necessitatem absolutam imponit

Caput LXXXV: Quod divinae voluntatis potest ratio assignari

Caput LXXXVI: Quod divinae voluntatis nihil potest esse causa

Caput LXXXVII: Quod in Deo est liberum arbitrium

Caput LXXXVIII: Quod in Deo non sunt passiones affectuum

Caput LXXXIX: Quod in Deo sit delectatio et gaudium non tamen repugnat divinae perfectioni

Caput XC: Quod in Deo sit amor

Caput XCI: Quomodo in Deo ponantur esse virtutes

Caput XCII: Quod in Deo sunt virtutes morales quae sunt circa actiones

Caput XCIII: Quod in Deo sunt virtutes contemplativae

Caput XCIV: Quod Deus non potest velle malum

Caput XCV: Quod Deus nihil odit, nec odium alicuius rei ei convenire potest

Caput XCVI: Quod Deus est vivens

Caput XCVII: Quod Deus est sua vita

Caput XCVIII: Quod vita Dei est sempiterna

Caput XCIX: Quod Deus est beatus

Caput C: Quod Deus sit sua beatitudo

Caput CI: Quod beatitudo divina perfecta et singularis est excedens omnem aliam beatitudinem

↑ Top of work