Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber I

Francesco Silvestri

Commentaria in Summam contra Gentiles, Liber I

Francesco Silvestri (1474–1528)

Commentaria in Summam contra Gentiles

First published 1918

In Book I of the Commentaria in Summam contra Gentiles, Francesco Silvestri of Ferrara (Ferrariensis) expounds Aquinas's treatment of God and the divine attributes. His commentary proceeds through the arguments of the Summa contra Gentiles chapter by chapter. The present edition follows the commentary printed with the Leonine text in volume XIII (1918) and includes Latin, English, and Spanish texts.


Caput I: Quod sit officium sapientis

Por tanto, queriendo publicar un tratado contra los gentiles, Santo Tomás antepone un prólogo dividido en nueve capítulos. En él hace principalmente tres cosas: primero manifiesta su propósito; segundo, muestra el modo de manifestar la verdad que pretende, en el capítulo III; tercero, expone el orden de proceder en esta obra, en el capítulo IX. — En torno a lo primero hace dos cosas: primero antepone cuál sea el oficio del sabio; segundo, deduce de lo antepuesto qué intenta en este libro, en el capítulo II.

I. Por lo tanto, en cuanto a lo primero, propone cinco conclusiones. La primera de ellas es: Al sabio pertiene considerar el fin. Se prueba: se llaman sabios aquellos que ordenan rectamente las cosas y las gobiernan bien. Pero de todas las cosas que deben ordenarse al fin, la regla del gobierno y del orden necesariamente debe tomarse del fin. Luego pertenece al sabio considerar el fin.

Se prueba la mayor. Entonces, por el uso de la multitud, que el Filósofo juzga que debe seguirse al nombrar las cosas, II Tópicos, capítulo 1: en efecto, prevaleció que tales hombres sean llamados sabios. — Entonces, por la autoridad de Aristóteles, I Metafísica, donde sostiene que corresponde al sabio ordenar.

La menor, en cambio, se prueba de dos maneras. Primera. Entonces cada cosa está mejor dispuesta cuando se ordena convenientemente a su fin: puesto que el fin de cada una es su bien. Súplase: Ahora bien, cada cosa está mejor dispuesta cuando se ordena convenientemente al bien, que es su última perfección. Luego etc. — Segunda. En las artes vemos que una es rectora de otra y como principal, y que a ella pertenece el fin de aquélla. Es patente en la medicina, que preside sobre el arte del pigmento: pues la salud, en torno a la cual versa aquélla, es el fin de todos los pigmentos. Es patente también en el arte de gobernar la nave respecto del arte de construirla, y en el arte militar respecto del arte ecuestre y de todo el aparato bélico. Todas éstas se llaman arquitectónicas, como artes principales; y sus artífices, llamados arquitectos, se atribuyen a sí mismos el nombre de sabios.

En torno a la primera prueba de la mayor, debe advertirse que propiamente se llama sabio quien considera con certeza las causas dificilísimas y altísimas, como resulta claro de Aristóteles, I Metafísica y VI Ética: así usan los filósofos el nombre de sabio. Pero como de esta razón se siguen otras condiciones del sabio, de las cuales Aristóteles hace mención en I Metafísica, entre las cuales una es ordenar rectamente y gobernar bien, por eso la multitud, al ver esto en el sabio, trasladó el nombre de sabio a cualquiera que ordena rectamente las cosas; al cual también podemos llamar prudente, conforme a aquello de Prov. x: La prudencia es la sabiduría del varón. Por eso dijo Santo Tomás que el uso de la multitud estableció que tales sean llamados sabios: como si dijera, Esta no es entre los filósofos la acepción completa del sabio, sino entre la multitud y el vulgo.

II. La segunda conclusión es: Al sabio simpliciter le pertiene considerar el fin del universo. Se prueba de dos maneras. Primera. Los artífices mencionados de ciertas cosas singulares, que tratan de los fines particulares, como no llegan al fin universal, no se llaman sabios simpliciter, sino sabios de esta o de aquella cosa: conforme a aquello de I Cor. III, «Como sabio arquitecto puse el fundamento». Por tanto, solo a aquel cuyo estudio versa sobre el fin del universo se reserva el nombre de sabio simpliciter.

En segundo lugar. El sabio en sentido absoluto, según el Filósofo, en I Metafísica y VI Ética, debe considerar las causas altísimas. Pero el fin del universo es la causa altísima, que es también principio de la universalidad. Por tanto, etc.

En torno a esta proposición, El fin del universo es también el principio de la totalidad, debe atenderse que con este dicho Santo Tomás quiere afirmar que el primer agente y el último fin no son dos cosas distintas, sino una sola. Pues, como los demás agentes actúan por un fin distinto de ellos mismos, el primer agente, como se mostrará más abajo, no actúa por algo distinto de sí, sino únicamente por sí mismo. De donde el primer agente y el último fin son realmente lo mismo.

De esto, sin embargo, puede comprenderse cómo deben entenderse las palabras del Filósofo en II Metafísica, cuando dice que los principios de las cosas que son es necesario que sean siempre verdaderísimos. En efecto, no deben tomarse así como si quisiera que hubiera varios principios realmente distintos de las cosas que siempre son, sino porque los principios de los sempiternos son varios solo por distinción de razón, a saber, la primera causa eficiente y el último fin, a los cuales el Filósofo, según la interpretación de Santo Tomás en este lugar, llama causas altísimas.

III. La tercera conclusión es: A la sabiduría en sentido absoluto pertenece insistir principalmente en la consideración de la verdad. Se prueba. A la sabiduría en sentido absoluto pertenece la consideración del fin del universo: por la conclusión precedente. Pero el fin del universo es la verdad. Luego, etc.

Se prueba la menor. El fin del universo debe ser el bien del entendimiento. Pero esto es verdadero. Luego, etc. — Se prueba la mayor. El fin de cada cosa es aquello que es intendido por su primer autor o motor. Pero el primer autor y motor del universo es el entendimiento, como se mostrará más abajo, a saber, en el libro II. Por tanto, el último fin del universo debe ser el bien del entendimiento.

Se confirma primero con este signo: que la Sabiduría divina vino al mundo para la manifestación de la verdad, como ella misma atestigua al decir, Juan XVIII, "Para esto he nacido, para dar testimonio a la verdad". — Se confirma segundo, por la autoridad de Aristóteles, que dice en el libro II de la Metafísica que la primera filosofía es la ciencia de la verdad.

En torno a la inferencia de la razón principal, advierte que la razón supone que el primer agente de cada cosa intenta en primer lugar su propio bien y, secundariamente, el bien de su efecto. Por eso, cuando debía inferir Santo Tomás, Luego el fin último del universo es aquel que intenta el intelecto, infirió: Luego es el bien del intelecto: a fin de dar a entender que aquello mismo que es intentado primero por tal agente es lo que constituye su bien.

  1. En torno a esta proposición asumida en la primera con el mismo sentido, el intelecto es primer autor y motor del universo, debe advertirse que puede exponerse de dos maneras. Primero, de modo que se diga que el intelecto es autor y motor como virtud mediante la cual Dios produjo el universo: así como decimos que el artífice produce las obras de arte mediante el intelecto, y así la causa primera de las obras de arte es el intelecto del artífice. Y de este modo es ciertamente verdadero que el intelecto divino es autor y motor del universo: pues, como Dios es agente por voluntad, y la voluntad se mueve a obrar a partir de alguna aprehensión, es necesario que el primer principio de obrar por parte de Dios sea su intelecto. Y de esta razón se sirve Santo Tomás más abajo, en el libro II, capítulo XXIV, para mostrar que Dios produce sus efectos mediante su sabiduría. — En segundo lugar puede exponerse que el intelecto es primer autor y motor del universo no solo como principio por el cual, sino también como supósito agente. Al respecto debe atenderse que, aunque Dios es sustancia intelectual al igual que las demás inteligencias y el hombre, hay sin embargo una diferencia entre él y los demás entes intelectuales, porque los intelectuales creados no son ellos mismos el intelecto, sino que en ellos el intelecto es un accidente añadido a su sustancia, y por eso no se dicen propiamente intelectos, sino solo sustancias intelectuales o entes dotados de intelecto: Dios, en cambio, no solo tiene intelecto, sino que es su propio intelecto, así como todas las demás cosas que están en Dios son la misma sustancia divina. Y por eso, así como puede decirse que Dios obra, puede decirse también que el intelecto divino obra, y es autor del universo como supósito agente. — Aunque ambos sentidos tienen verdad, el segundo parece más el intentado según el modo de hablar de la letra.

  2. En torno a esta proposición, asumida en la misma razón, El fin último del universo es la verdad, debe considerarse que un agente a veces actúa por un fin para producirlo o adquirirlo para sí, como se ve en el que sana o en el que se mueve localmente; pero a veces actúa por un fin preexistente para multiplicarlo, comunicarlo o manifestarlo, así como el agente natural actúa para comunicar su forma. Por tanto, no se dice aquí que la verdad sea el fin del universo y el bien del entendimiento divino en el sentido de que Dios, al producir el universo, adquiera o produzca en el ser la verdad y la perfección del entendimiento; sino porque, en la producción del universo, intenta manifestar y comunicar su verdad. Pues, dado que la verdad del entendimiento divino, que es el fin del universo, no es otra cosa que la concepción del entendimiento divino, que las cosas están llamadas a imitar e igualar, cuando las cosas son producidas al ser, se les comunica la verdad divina, en cuanto reciben formas semejantes y conformes a la concepción del entendimiento divino.

IV. La cuarta conclusión es: A la sabiduría pertiene considerar la primera verdad. Se prueba por la autoridad de Aristóteles, en el lugar arriba citado, que dice que la primera filosofía es la ciencia de aquella verdad que es origen de toda verdad, a saber, la que pertiene al primer principio del esse de todas las cosas. Pues la verdad de tal principio es principio de toda verdad: ya que las cosas están dispuestas en la verdad así como en el esse.

Adviértase, según la doctrina de Santo Tomás, Verit. q. XXI, a. 1, que, puesto que lo verdadero dice el ente perfectivo del otro según la razón de especie, lo verdadero, en cuanto se toma del lado de la cosa y se convierte con el ente, incluye en su razón el ente y añade aquella relación de perfectivo. Por eso dice bien el Filósofo que así como están dispuestas las cosas en el ser, así están dispuestas en la verdad: porque, en efecto, lo verdadero se funda en el ente, y la razón de lo verdadero acompaña a la razón del ente.

La tercera y cuarta conclusión se confirman a la vez con la autoridad de Prov. VIII, donde se dice: "Mi garganta meditará la verdad"; pues la verdad divina se llama, por antonomasia, la verdad.

V. En torno a lo dicho en la tercera y cuarta conclusión surgen dos dudas. La primera es esta. Aunque por voluntad el entendimiento sea simplemente anterior, sin embargo la voluntas, en cuanto motivo, es anterior al entendimiento, según la doctrina de Santo Tomás, Iª, q. LXXXII, a. 4. Ahora bien, producir las cosas es mover algo, o como si lo moviera. Por tanto, en la producción de las cosas la voluntad divina ocupa el primer lugar, y no el entendimiento. Mal se dice, pues, que el primer autor y motor del universo es el entendimiento.

Según la segunda duda. Como último fin de todas las cosas creadas, en el libro III , se pone la bondad divina. Por lo tanto, la verdad no es el último fin del universo, como aquí se dice.

  1. Para responder a estas dificultades, se comienza por la segunda, porque a partir de su solución resultará más manifiesta la solución de la primera. Debe saberse, pues, en primer lugar que, así como de los agentes inferiores el fin es doble, como se dice en IIª IIªᵉ, q. CXXIII, a. 7, a saber, próximo y remoto; y el próximo es que induzca en otro la semejanza de su forma, mientras que el último es cualquier bien que de ello se siga, si es intentado: así también el fin del intelecto divino es doble. El próximo, en efecto, es que induzca su forma en las criaturas; el último, en cambio, es el bien que por ello se intenta última y definitivamente en las criaturas. Y porque la forma del intelecto divino con la que actúa es la concepción a cuya semejanza las cosas son producidas, la cual concepción es la verdad del propio intelecto; por eso la criatura, por el hecho de imitar la concepción divina, tiene como fin próximo del agente la verdad del intelecto divino; pero porque en esto de comunicar su verdad a la criatura Dios intenta también que ella misma llegue a ser partícipe de la bondad divina, por eso también la bondad divina es su fin último.

Hay que saber, en segundo lugar, que el fin de un efecto cualquiera puede llamarse último de dos maneras. De un modo, porque es último respecto de sus causas eficientes según el orden de ejecución del intento. De otro modo, porque es fin propio de su causa última en la vía de resolución y suprema. Y de este modo, si la misma causa última intenta varios fines, cada uno de ellos puede decirse último en orden a los fines de las causas inferiores: en cuanto, evidentemente, los fines de las otras causas se ordenan al fin de la causa superior; pero el fin de la causa suprema, cualquiera que sea este, no se ordena al fin de alguna causa superior, puesto que ella misma no tiene causa superior alguna.

  1. A la duda, pues, se responde que la verdad se dice fin último del universo solo en el segundo modo, es decir, porque es el fin propio de su causa suprema; pero no en el primer modo, como si fuera lo último intencionado. Por eso Santo Tomás no dijo que el fin último de cada cosa sea aquel que es intencionado últimamente por su primer autor, sino absoluta e indistintamente el que es intencionado por su primer autor: para dar a entender que todo fin propio de la causa suprema tiene razón de fin último en comparación con los fines de las otras causas, aun cuando sea su fin próximo. La bondad divina, en cambio, se dice fin último del universo no solo en el segundo modo, sino también en el primero, esto es, porque es intencionada últimamente por la causa suprema: pues precisamente para alcanzar la bondad divina, el entendimiento divino introduce en el universo la semejanza de su verdad. — Debe atenderse, sin embargo, que, aunque la verdad sea fin último del universo en el segundo modo, como intencionada por su causa suprema, le conviene con todo ser también fin próximo del universo, en cuanto que el universo no tiene otra causa eficiente aparte de la suprema, sino que el mismo entendimiento divino es su causa tanto primera como próxima. De ahí que la verdad se diga fin último del universo en cuanto que el entendimiento es su causa primera y suprema; pero en cuanto que ese mismo entendimiento es también su causa próxima, puede decirse asimismo que es su fin próximo.

En segundo lugar, a esta duda puede responderse también que, del hecho de que se ponga que la verdad es el último fin del universo, no se excluye la bondad divina, sino que más bien se incluye. En efecto, la bondad divina, como se dice en II Sent., d. 1, q. II, a. 2, ad 3, según el orden y el modo en que es querida por Dios, es fin de las criaturas. Pero, dado que el modo querido de la bondad divina es según el modo de la concepción del intelecto divino, se sigue que la bondad divina, concebida bajo tal modo de comunicación, es el fin último del universo. Ahora bien, la bondad, así concebida, tiene la razón de verdad. Por eso, cuando se dice que la verdad es fin del universo, no se excluye la bondad, y cuando se dice que la bondad es fin, no se excluye la verdad, sino que se incluyen mutuamente. De donde, en este asunto no hay contradicción alguna en la doctrina de Santo Tomás.

  1. Por esto se responde fácilmente a la primera duda. Se dice, en efecto, que al afirmarse que el entendimiento es el primer autor del universo no se excluye la voluntad divina, sino que se incluye: porque la ciencia divina no es causa de las cosas sino unida a la voluntad, como se mostrará más abajo . Sin embargo, como la forma que el efecto divino imita de manera inmediata está en el entendimiento, por eso se dice que el entendimiento divino es el primer autor del universo; por lo cual también en la Sagrada Escritura se pone que la Sabiduría es creadora de las cosas. Un ejemplo de esto puede verse en las obras artificiales: pues aunque el artesano obra por voluntad, se dice sin embargo absolutamente que actúa por el entendimiento, por la razón dicha.

Hay también otra razón de esto. Aunque el entendimiento mueva a la voluntad y la voluntad al entendimiento, sin embargo, como no hay proceso al infinito, hay un detenerse en el entendimiento, y él es simplemente el primer motor en orden a la voluntad: pues él puede aprehender algo sin ser movido por la voluntad, pero la voluntad no puede querer nada si no es movida por el entendimiento. De donde es falso que la voluntad ocupe absolutamente el primer lugar en mover, ya que no se dirige hacia lo desconocido. Esto consta por la doctrina de Santo Tomás en muchos lugares, especialmente en Iª, q. lxxxii, a. 4 : y es doctrina de Aristóteles, VI Ethic. El primer autor del universo, como quien contiene en sí su forma, es el entendimiento; pero la voluntad se le une como aplicando esta causa a obrar.

VI. Quinta conclusión es: a la sabiduría pertenece impugnar la falsedad contraria a la verdad acerca del primer principio. Se prueba primero. Es propio de uno y mismo perseguir uno de los contrarios y refutar el otro: se ve por el ejemplo de la medicina, que produce la salud y expulsa la enfermedad. Pero es propio del sabio meditar principalmente la verdad acerca del primer principio y disertar de ella ante los demás. Por tanto, también es propio de él impugnar la falsedad contraria.

En segundo lugar se prueba por la autoridad antes citada de los Proverbios, en la cual se dice: «Y mis labios detestan al impío». Pues la falsedad contra la verdad divina se llama impiedad, porque se contrapone a la religión, que es llamada piedad.

En torno a lo que se ha dicho, a saber, que por «impío» se designa la falsedad contra la verdad divina, porque se contrapone a la religión, que se llama piedad, debe atenderse en primer lugar, según la doctrina de Santo Tomás, II-II, q. 101, a. 1, que el nombre de piedad, tomado propiamente, significa una cierta virtud que rinde honor y culto a los padres y a la patria; pero como por cierta excelencia se dice que Dios es nuestro padre, por eso, como allí mismo se dice en el art. 3 , la piedad también se extiende y se transfiere al culto divino; por lo cual, como dice Tercio, d. 9, q. 1, a. 1 , esa misma virtud se llama en griego eusebia o theosebia, y en latín, sin embargo, piedad, latría, religión. Se dice, pues, que la religión es piedad, no según el primer y propio significado de este nombre, sino según una cierta traslación del nombre.

Debe atenderse, en segundo lugar, que, puesto que pertenece a la latría mostrar reverencia a la Sagrada Escritura y a las demás cosas divinas, como enseña Santo Tomás en la Tercera parte, distinción 34, artículo 2 ; y siendo la religión la misma virtud que la latría, como se ha dicho; con razón dice Santo Tomás que la falsedad es contraria a la religión contra la verdad divina. Pues pertenece a la irreverencia hacia Dios impugnar la verdad divina y enseñar la falsedad opuesta: lo cual se opone manifiestamente a la religión, que rinde a Dios culto y reverencia.

Caput II: Quae sit in hoc opere auctoris intentio

Caput III: Quis modus sit possibilis divinae veritatis manifestandae

Caput IV: Quod veritas divinorum ad quam naturalis ratio pertingit convenienter hominibus credenda proponitur

Caput V: Quod ea quae ratione investigari non possunt convenienter fide tenenda hominibus proponuntur

Caput VI: Quod assentire his quae sunt fidei non est levitatis quamvis supra rationem sint

Caput VII: Quod veritati fidei Christianae non contrariatur veritas rationis

Caput VIII: Qualiter se habeat humana ratio ad veritatem fidei

Caput IX: De ordine et modo procedendi in hoc opere

Caput X: De opinione dicentium quod Deum esse demonstrari non potest cum sit per se notum

Caput XI: Reprobatio praemissae opinionis et solutio rationum praemissarum

Caput XII: De opinione dicentium quod Deum esse demonstrari non potest sed sola fide tenetur

Caput XIII: Rationes ad probandum Deum esse

Caput XIV: Quod ad cognitionem Dei oportet uti via remotionis

Caput XV: Quod Deus sit aeternus

Caput XVI: Quod in Deo non est potentia passiva

Caput XVII: Quod in Deo non est materia

Caput XVIII: Quod in Deo nulla est compositio

Caput XIX: Quod in Deo nihil est violentum neque praeter naturam

Caput XX: Quod Deus non est corpus

Caput XXI: Quod Deus est sua essentia

Caput XXII: Quod in Deo idem est esse et essentia

Caput XXIII: Quod in Deo non est accidens

Caput XXIV: Quod divinum esse non potest designari per additionem alicuius differentiae substantialis

Caput XXV: Quod Deus non est in aliquo genere

Caput XXVI: Quod Deus non est esse formale omnium

Caput XXVII: Quod Deus non sit forma alicuius corporis

Caput XXVIII: De perfectione divina

Caput XXIX: De similitudine creaturarum

Caput XXX: Quae nomina de Deo possint praedicari

Caput XXXI: Quod divina perfectio et pluralitas nominum divinorum divinae simplicitati non repugnant

Caput XXXII: Quod nihil de Deo et rebus aliis univoce praedicatur

Caput XXXIII: Quod non omnia nomina dicuntur de Deo et creaturis pure aequivoce

Caput XXXIV: Quod ea quae dicuntur de Deo et creaturis dicuntur analogice

Caput XXXV: Quod plura nomina dicta de Deo non sunt synonyma

Caput XXXVI: Qualiter intellectus noster de Deo propositionem formet

Caput XXXVII: Quod Deus est bonus

Caput XXXVIII: Quod Deus est ipsa bonitas

Caput XXXIX: Quod in Deo non potest esse malum

Caput XL: Quod Deus est omnis boni bonum

Caput XLI: Quod Deus sit summum bonum

Caput XLII: Quod Deus est unus

Caput XLIII: Quod Deus est infinitus

Caput XLIV: Quod Deus est intelligens

Caput XLV: Quod intelligere Dei est sua essentia

Caput XLVI: Quod Deus per nihil aliud intelligit quam per suam essentiam

Caput XLVII: Quod Deus intelligit perfecte seipsum

Caput XLVIII: Quod Deus primo et per se solum seipsum cognoscit

Caput XLIX: Quod Deus cognoscit alia a se

Caput L: Quod Deus habet propriam cognitionem de omnibus rebus

Caput LI: Rationes ad inquirendum qualiter multitudo intellectorum sit in intellectu divino

Caput LII: Solutio praemissae dubitationis

Caput LIII: Qualiter divina essentia una et simplex sit propria similitudo omnium intelligibilium

Caput LIV: Quod Deus omnia simul intelligit

Caput LV: Quod cognitio Dei non est habitualis

Caput LVI: Quod cognitio Dei non est discursiva

Caput LVII: Quod Deus non intelligit componendo et dividendo

Caput LVIII: Quod a Deo non excluditur veritas enuntiabilium

Caput LIX: Quod Deus est veritas

Caput LX: Quod Deus est purissima veritas

Caput LXI: Quod divina veritas est prima et summa veritas

Caput LXII: Rationes volentium subtrahere Deo cognitionem singularium

Caput LXIII: Ordo dicendorum circa divinam cognitionem

Caput LXIV: Quod Deus singularia cognoscat

Caput LXV: Quod Deus cognoscit ea quae non sunt

Caput LXVI: Quod Deus cognoscit singularia contingentia futura

Caput LXVII: Quod Deus cognoscit motus voluntatis

Caput LXVIII: Quod Deus cognoscit infinita

Caput LXIX: Quod Deus vilia cognoscit

Caput LXX: Quod Deus cognoscit mala

Caput LXXI: Quod Deus est volens

Caput LXXII: Quod voluntas Dei est eius essentia

Caput LXXIII: Quod principale volitum Dei est divina essentia

Caput LXXIV: Quod Deus, volendo se, vult etiam alia

Caput LXXV: Quod Deus uno actu voluntatis se et alia velit

Caput LXXVI: Quod volitorum multitudo divinae simplicitati non repugnat

Caput LXXVII: Quod divina voluntas ad singula bonorum se extendit

Caput LXXVIII: Quod Deus vult etiam ea quae nondum sunt

Caput LXXIX: Quod Deus de necessitate vult suum esse et suam bonitatem

Caput LXXX: Quod Deus non de necessitate vult alia a se

Caput LXXXI: Rationes ducentes ad inconveniens si Deus alia a se non necessario velit

Caput LXXXII: Quod Deus vult aliquid aliud a se necessitate suppositionis

Caput LXXXIII: Quod voluntas Dei non est impossibilium secundum se

Caput LXXXIV: Quod divina voluntas non tollit contingentiam a rebus, neque eis necessitatem absolutam imponit

Caput LXXXV: Quod divinae voluntatis potest ratio assignari

Caput LXXXVI: Quod divinae voluntatis nihil potest esse causa

Caput LXXXVII: Quod in Deo est liberum arbitrium

Caput LXXXVIII: Quod in Deo non sunt passiones affectuum

Caput LXXXIX: Quod in Deo sit delectatio et gaudium non tamen repugnat divinae perfectioni

Caput XC: Quod in Deo sit amor

Caput XCI: Quomodo in Deo ponantur esse virtutes

Caput XCII: Quod in Deo sunt virtutes morales quae sunt circa actiones

Caput XCIII: Quod in Deo sunt virtutes contemplativae

Caput XCIV: Quod Deus non potest velle malum

Caput XCV: Quod Deus nihil odit, nec odium alicuius rei ei convenire potest

Caput XCVI: Quod Deus est vivens

Caput XCVII: Quod Deus est sua vita

Caput XCVIII: Quod vita Dei est sempiterna

Caput XCIX: Quod Deus est beatus

Caput C: Quod Deus sit sua beatitudo

Caput CI: Quod beatitudo divina perfecta et singularis est excedens omnem aliam beatitudinem

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