Breviloquium

Bonaventure

Breviloquium

Bonaventure (1217–1274)

First published 1882

Bonaventure's Breviloquium, a concise systematic presentation of Christian theology in a prologue and seven parts. Latin transcription from the Quaracchi critical edition, Opera omnia, tomus V (1882), pp. 201-291.


Prologus

Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toda paternidad en el cielo y en la tierra recibe su nombre, para que según las riquezas de su gloria os conceda poder, ser fortalecidos por su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; arraigados y cimentados en la caridad, para que podáis comprender con todos los Santos cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad; conocer también la caridad de Cristo que sobrepuja la ciencia, para que seáis llenados hasta toda la plenitud de Dios.

El gran doctor de las gentes y predicador de la verdad, lleno del Espíritu divino, como vaso escogido y santificado, en esta palabra descubre el origen, el progreso y el término de la Sagrada Escritura, que se llama teología: insinuando que el origen de la Escritura se considera según el influjo de la beatísima Trinidad, su progreso según la exigencia de la capacidad humana, y su término o fruto según la sobreabundancia de la felicísima plenitud.

Pues su origen no es por investigación humana, sino por revelación divina, que fluye del Padre de las luces, de quien toda paternidad en el cielo y en la tierra recibe su nombre, de quien por su Hijo, Jesucristo, emana a nosotros el Espíritu Santo, y por el Espíritu Santo, que divide y distribuye los dones a cada uno como quiere, se da la fe, y por la fe habita Cristo en nuestros corazones. Este es el conocimiento de Jesucristo, del cual dimana originariamente la firmeza y la inteligencia de toda la Sagrada Escritura. Por eso es imposible que alguien entre a conocerla, si antes no tiene infundida la fe de Cristo, como lámpara y puerta y aun fundamento de toda la Escritura. Pues la fe misma es el fundamento de todas las iluminaciones sobrenaturales, mientras peregrinamos lejos del Señor, fundamento que afianza, lámpara que dirige, puerta que introduce; según cuya medida es necesario también medir la sabiduría que nos es dada divinamente, no sea que alguien sepa más de lo que conviene saber, sino con sobriedad, y a cada uno como Dios repartió la medida de la fe. Mediante esta fe, pues, se nos da el conocimiento de la Sagrada Escritura, según el influjo de la beata Trinidad, como expresamente insinúa el Apóstol en la primera parte de la autoridad antes aducida.

El progreso de la Sagrada Escritura, además, no está constreñido a las leyes de raciocinios, definiciones y divisiones al modo de las demás ciencias, ni está constreñido a una parte del universo; sino que, procediendo según la luz sobrenatural para dar al hombre viador noticia suficiente de las cosas, según conviene para la salvación, describe en parte con palabras llanas, en parte con místicas, todo el contenido del universo como en una suma, en la que se considera la anchura; describe su decurso, en el que se considera la longitud; describe la excelencia de los que finalmente se salvarán, en la que se considera la altura; describe la miseria de los condenados, en la que consiste la profundidad, no sólo del universo mismo, sino también del juicio divino. — Y así describe todo el universo, cuanto conviene tener noticia de él para la salvación, según su anchura, longitud, altura y profundidad, teniendo ella misma en su progreso estas cuatro, como después se declarará; porque así lo exigía la condición de la capacidad humana, que, grande y múltiple, nació para captar grande y múltiplemente, como un nobilísimo espejo, en el que nació para describirse no sólo naturalmente sino también sobrenaturalmente todo el universo de las cosas mundanas; de modo que el progreso de la Sagrada Escritura se considera según la exigencia de la capacidad humana.

El término o fruto de la Sagrada Escritura, en verdad, no es cualquiera, sino la plenitud de la felicidad eterna. Pues esta es la Escritura en la que están las palabras de vida eterna, que por eso fue escrita, no sólo para que creamos, sino también para que poseamos la vida eterna, en la cual veremos, amaremos, y todos nuestros deseos serán universalmente colmados; colmados los cuales, entonces conoceremos verdaderamente la caridad que sobrepuja la ciencia, y así seremos llenados hasta toda la plenitud de Dios. A esta plenitud se esfuerza por introducirnos la divina Escritura, según la verdad de la sentencia apostólica citada. Con este fin, pues, con esta intención debe escudriñarse la Sagrada Escritura, enseñarse y también escucharse.

Y para que lleguemos a este fruto y término por recto progreso en el camino del recto sendero de las Escrituras, ha de comenzarse por el exordio, esto es, que con pura fe nos acerquemos al Padre de las luces, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él mismo por su Hijo en el Espíritu Santo nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y con el conocimiento su amor, de modo que conociéndolo y amándolo así, y como solidificados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer la anchura, la longitud, la altura y la profundidad de la Sagrada Escritura misma, y por este conocimiento llegar al plenísimo conocimiento y al excesivo amor de la beatísima Trinidad, hacia el cual tienden los deseos de los Santos, en el cual está el término y complemento de todo lo verdadero y bueno.

Anhelado e intentado el fin de esta Sagrada Escritura, y creído e invocado a la vez su principio, ha de verse su progreso en cuanto a su anchura, longitud, sublimidad y profundidad, según la vía y el orden del documento apostólico.

Su anchura consiste en la multitud de sus partes, su longitud en la descripción de los tiempos y edades, su altura en la descripción de las jerarquías ordenadas por grados, su profundidad en la multitud de los sentidos místicos e inteligencias.

§ 1. De la anchura de la Sagrada Escritura.

Si pues queremos contemplar la anchura de la Sagrada Escritura, a primera vista se nos presenta la Escritura dividida en dos testamentos, a saber, el viejo y el nuevo. — El Viejo se presenta con multitud de libros. Tiene en efecto libros legales, historiales, sapienciales y proféticos, de modo que los primeros son cinco, los segundos diez, los terceros cinco y los cuartos son seis, y por tanto veintiséis en total. — El Nuevo Testamento tiene igualmente libros correspondientes a éstos según forma cuádruple. Pues a los legales corresponden los libros evangélicos, a los historiales los Hechos de los Apóstoles, a los sapienciales las Epístolas de los Apóstoles y máxime de Pablo, a los proféticos corresponde el libro del Apocalipsis; de modo que es admirable la conformidad entre el viejo y el nuevo testamento, no sólo en el contenido de los sentidos, sino también en la cuádruple forma de las partes. — En figura y sello de esto vio Ezequiel ruedas de cuatro rostros, y una rueda en medio de la rueda, porque lo viejo está en lo nuevo, y al contrario; y en los libros legales y evangélicos está el rostro del león por la excelencia de la autoridad; en los historiales el rostro del buey por los ejemplos de virtud; en los sapienciales el rostro del hombre por la sagaz prudencia; en los libros proféticos el rostro del águila por la perspicaz inteligencia.

Mas rectamente se divide la Sagrada Escritura en viejo y nuevo testamento, y no en teórica y práctica, como la filosofía: porque, fundándose propiamente la Escritura sobre el conocimiento de la fe, que es virtud y fundamento de las costumbres y de la justicia y de toda la vida recta, no puede separarse en ella la noticia de las cosas o de las cosas que han de creerse de la noticia de las costumbres. Otra cosa es la filosofía, que trata no sólo de la verdad de las costumbres, sino también de lo verdadero considerado por desnuda especulación. Siendo pues la Sagrada Escritura noticia que mueve al bien y aparta del mal —y esto es por temor y amor—, por eso se divide en dos testamentos, cuya «breve diferencia es el temor y el amor».

Y porque uno puede ser movido al bien y apartado del mal de cuatro maneras, a saber, por los preceptos de la potentísima majestad, o por los documentos de la sapientísima verdad, o por los ejemplos y beneficios de la inocentísima bondad, o por todas estas cosas reunidas en una; por eso tanto en el nuevo como en el viejo testamento se han transmitido de forma cuádruple los libros que contienen la Sagrada Escritura según correspondencia con las cuatro cosas dichas. Pues los libros legales mueven por los preceptos de la omnipotentísima majestad; los historiales, por los ejemplos de la inocentísima bondad; los sapienciales, por los documentos de la providentísima verdad; los proféticos mueven por la agregación de todas las cosas predichas, como manifiestamente aparece en ellos. Por eso ellos mismos son como recordatorios de toda la sabiduría y doctrina legal.

Es pues la Sagrada Escritura semejante a un anchísimo río, que se agrega más y más por el concurso de muchas aguas, según corre más lejos. Pues habiendo al principio en la Escritura sólo los libros legales, después sobrevino el agua de la sabiduría de los libros historiales, en tercer lugar sobrevino la doctrina del sapientísimo Salomón, después de esto también la doctrina de los santos Profetas, y por fin fue revelada la doctrina evangélica, proferida por la boca de la carne de Cristo, consignada por los Evangelistas, divulgada por los santos Apóstoles; añadidos también los documentos que el Espíritu Santo, viniendo sobre ellos, nos enseñó por ellos: para que así, enseñados toda la verdad por el Espíritu Santo según la promesa divina, dieran a la Iglesia de Cristo la doctrina de toda la verdad saludable, y consumando la Sagrada Escritura dilataran la noticia de la verdad.

§ 2. De la longitud de la Sagrada Escritura.

Tiene también esta Sagrada Escritura longitud, que consiste en la descripción tanto de los tiempos como de las edades, a saber, desde el principio del mundo hasta el día del juicio. Describe que el mundo discurre por tres tiempos, a saber, por el tiempo de la ley natural, de la ley escrita y de la ley de gracia, y en estos tres tiempos distingue siete edades. De las cuales la primera es de Adán a Noé, la segunda de Noé a Abrahán, la tercera de Abrahán a David, la cuarta de David a la transmigración de Babilonia, la quinta de la transmigración a Cristo, la sexta de Cristo al fin del mundo, la séptima corre junto con la sexta, que comienza del descanso de Cristo en el sepulcro, hasta la resurrección universal, cuando comenzará la octava, la de la resurrección. — Y así la Escritura es larguísima, porque al tratar comienza del exordio del mundo y del tiempo al principio del Génesis, y llega hasta el fin del mundo y del tiempo, a saber, al fin del Apocalipsis.

Rectamente, además, todo el tiempo, que discurre según la triple ley —ínfita por dentro, dada por fuera e infundida desde arriba—, discurre por siete edades y se consuma al fin de la sexta; para que así el decurso del mundo responda a su exordio, y el decurso del mundo mayor corresponda al decurso de la vida del mundo menor, a saber, el hombre, por quien fue hecho. Pues la primera edad del mundo, en la que se hizo la formación del mundo mismo, la caída de los demonios y la confirmación de los Ángeles, responde rectamente al primer día, en el que fue hecha la luz y distinguida de las tinieblas. — La segunda, en la que por el arca y el diluvio fueron salvados los buenos y destruidos los malos, responde al segundo día, en el que por el firmamento se hizo la distinción de las aguas de las aguas. — La tercera, en la que fue llamado Abrahán, e incoada la sinagoga, que debía fructificar y generar prole para el culto de Dios, corresponde al tercer día, en el que apareció la tierra y produjo hierba verde. — La cuarta, en la que florecieron el reino y el sacerdocio, porque David rey amplió el culto divino, responde al cuarto día, en el que se hizo la formación de las luminarias y estrellas. — La quinta, en la que los transmigrados moraron entre muchos pueblos y fueron atribulados, responde al quinto día, en el que se hizo la formación de los peces desde las aguas. — La sexta edad, en la que nació Cristo en efigie de hombre, que es verdaderamente imagen de Dios, responde al sexto día, en el que fue formado el primer hombre. — La séptima, que es el descanso de las almas que no tiene fin, responde al séptimo día, en el que descansó Dios de toda la obra que había obrado.

Y así estas siete edades se distinguen por los hechos insignes que estuvieron en sus exordios, por razón de los cuales responden a los días de la formación del mundo. La primera edad se llama infancia, porque, como la infancia toda se borra por el olvido, así aquella primera edad fue consumida por el diluvio. — La segunda, puericia; pues como en la puericia comenzamos a hablar, así en la segunda edad se hizo la distinción de las lenguas. — La tercera se dice adolescencia, porque, como la potencia generativa comienza entonces a salir a su acto, así entonces fue llamado Abrahán, y le fue dada la circuncisión, y se hizo la promesa de la descendencia. — La cuarta se dice juventud, porque, como en la juventud florece la edad del hombre, así en la cuarta edad floreció bajo los reyes la sinagoga. — La quinta, senectud, porque como en la senectud disminuyen las fuerzas y decae la hermosura, así también en la transmigración aconteció al sacerdocio de los judíos. — La sexta edad se dice senilidad, porque, como ella es la que se junta con la muerte, teniendo sin embargo gran luz de sabiduría; así la sexta edad del mundo termina con el día del juicio, y en ella florece la sabiduría por la doctrina de Cristo.

Así pues todo este mundo es descrito por la Escritura como procediendo de principio a fin en ordenadísimo decurso, al modo de un hermosísimo poema ordenado, donde puede uno contemplar según el decurso del tiempo la variedad, multiplicidad y equidad, orden, rectitud y hermosura de los muchos juicios divinos que proceden de la sabiduría de Dios que gobierna el mundo. Por eso como nadie puede ver la hermosura del poema, si su mirada no recorre todo el verso; así nadie ve la hermosura del orden y régimen del universo, si no la contempla toda. Y porque ningún hombre es tan longevo que pueda verla toda con los ojos de su carne, ni puede prever por sí lo futuro; el Espíritu Santo nos proveyó el libro de la Sagrada Escritura, cuya longitud se conmide con el decurso del régimen del universo.

§ 3. De la sublimidad de la Sagrada Escritura.

Tiene no obstante la Sagrada Escritura en su proceso sublimidad, que consiste en la descripción de las jerarquías ordenadas por grados, que son la jerarquía eclesiástica, angélica y divina, o la subceleste, celeste y sobreceleste; de modo que la primera la describe patentemente, la segunda algo más ocultamente y la tercera aún más ocultamente. Por la descripción de la jerarquía eclesiástica es alta; por la de la angélica más alta; por la de la divina altísima, de modo que podemos decir aquello del Profeta:

Admirable se ha hecho tu ciencia para mí; está fortificada, y no podré alcanzarla.

Y esto ciertamente con toda rectitud. Pues teniendo las cosas ser en la materia, ser en el alma por noticia adquirida, ser también en ella por gracia, ser en ella por gloria y ser en el arte eterna; la filosofía trata de las cosas como están en la naturaleza, o en el alma según noticia naturalmente ínsita o aun adquirida; mas la teología, como ciencia fundada sobre la fe y revelada por el Espíritu Santo, trata también de las que miran a la gracia y a la gloria y aun a la Sabiduría eterna. Por eso ella misma, sometiendo a sí el conocimiento filosófico y asumiendo de las naturalezas de las cosas cuanto necesita para fabricar el espejo por el que se haga la representación de lo divino, como que erige una escala que en lo ínfimo toca la tierra, mas en su cumbre toca el cielo; y todo esto por aquel único jerarca, Jesucristo, que no sólo por razón de la naturaleza humana asumida es jerarca en la jerarquía eclesiástica, sino también en la angélica, y como persona media en aquella sobreceleste jerarquía de la beatísima Trinidad; de modo que por él desde la suprema cabeza, Dios, desciende la gracia de la unción no sólo sobre la barba sino hasta la orla del vestido, porque no sólo a la Jerusalén de arriba sino hasta la Iglesia militante.

Pues grande es la hermosura en la máquina mundana, pero mucho mayor en la Iglesia adornada con la hermosura de los santos carismas, máxima en la Jerusalén de arriba, pero supermáxima en aquella suma y beatísima Trinidad. Por eso la Escritura misma no sólo tiene altísima materia, por la que deleita y por la que levanta en alto la inteligencia de la mente, sino que ella misma es hermosísima y de un modo admirable deleita nuestro entendimiento, y así deleitando más y más lo acostumbra a la contemplación de los divinos espectáculos y a las anagogías.

§ 4. De la profundidad de la Sagrada Escritura.

Tiene por fin la Escritura misma profundidad, que consiste en la multiplicidad de las inteligencias místicas. Pues además del sentido literal puede exponerse en diversos lugares de tres maneras, a saber, alegórica, moral y anagógicamente. Alegoría es cuando por un hecho se indica otro hecho, según lo que ha de creerse. Tropología o moralidad es cuando por lo que se hizo se da a entender otra cosa que ha de hacerse. Anagogía, como conducción hacia arriba, es cuando se da a entender aquello que ha de desearse, a saber, la eterna felicidad de los Bienaventurados.

Rectamente, además, debe haber en la Escritura este triple sentido además de la inteligencia literal: porque así conviene al sujeto de la Escritura misma, a su auditor o discípulo, a su origen, y también a su fin.

Conviene al sujeto, digo, porque es doctrina que es de Dios, de Cristo, de las obras de la reparación y de lo creíble. Pues su sujeto en cuanto a la sustancia es Dios; en cuanto a la virtud, Cristo; en cuanto a la operación, la obra de la reparación; en cuanto a todas estas cosas es lo creíble mismo. Mas Dios es trino y uno: uno en esencia y trino en personas. Por eso la Escritura, que es de él, tiene en la unidad de la letra triformidad de inteligencia. — También Cristo, siendo un solo Verbo, todas las cosas se dice que fueron hechas por él, y en él relucen, de modo que su sabiduría es multiforme y una. — Las obras de la reparación, aunque muchas, todas miran a la principal oblación de Cristo. — Lo creíble en cuanto creíble reluce diversamente según el diverso estado de los creyentes. Por eso por conformidad con todas las cosas dichas, la Sagrada Escritura en una sola letra pare multiforme inteligencia.

Esto conviene también al auditor: porque nadie es auditor conveniente de ella sino el humilde, el limpio, el fiel y el estudioso. Por eso bajo la corteza de la letra abierta se oculta la inteligencia mística y profunda para comprimir la soberbia, de modo que por su profundidad latente en la humildad de la letra sean comprimidos los soberbios, repelidos los inmundos, desviados los fraudulentos, y excitados los negligentes a la inteligencia de los misterios. — Y porque el auditor de esta doctrina no es de un solo género, sino de cualquiera —pues todos los que han de salvarse deben saber algo de esta doctrina—, por eso ella tiene multiforme inteligencia, para que así capte todo entendimiento, condescienda a todo entendimiento, sobrepuje todo entendimiento, e ilumine y encienda igualmente, por la multitud de su radiosidad, a todo entendimiento que diligentemente le atiende.

Conviene también al principio del que es: porque es de Dios por Cristo y el Espíritu Santo que habla por boca de los Profetas y de otros que escribieron esta doctrina. Siendo que Dios habla no sólo por palabras sino también por hechos, porque su decir es hacer, y su hacer decir; y todas las criaturas como efectos de Dios insinúan su causa: por eso en la Escritura divinamente transmitida no sólo deben significar las palabras, sino también los hechos. — También Cristo doctor, aunque era humilde en la carne, era sin embargo alto en la deidad: por eso convenía a él y a su doctrina tener humildad en el sermón con profundidad de sentencia, de modo que, como Cristo estuvo envuelto en pañales, así la sabiduría de Dios en la Escritura estuviera envuelta en ciertas figuras humildes. — También el Espíritu Santo ilustraba diversamente y hacía revelaciones en los corazones de los Profetas; ningún entendimiento podía ocultársele, y había sido enviado para enseñar toda la verdad: por eso convenía a su doctrina que en un solo sermón se ocultaran múltiples inteligencias.

Conviene no obstante a su fin: porque la Escritura fue dada para que por ella sea dirigido el hombre en conocer y obrar, hasta que por fin llegue a lo que ha de desearse. Y porque todas las criaturas fueron hechas para esto, para servir al hombre que tiende a la patria supernal; por eso la Escritura asume las diversas especies de las criaturas mismas, para que así por ellas nos enseñe la sabiduría que nos dirige a lo eterno. Y porque el hombre no se dirige a lo eterno, si la cognitiva no conoce lo verdadero que ha de creerse, y la operativa no hace lo bueno que ha de obrarse, y la afectiva no suspira por ver y amar y gozar a Dios: de aquí es que la Sagrada Escritura, dada por el Espíritu Santo, asume el libro de la criatura, refiriéndolo al fin según el triple modo de inteligencia; para que así por la tropología tengamos noticia de lo que ha de hacerse varonilmente; por la alegoría de lo que ha de creerse verdaderamente; por la anagogía de lo que ha de desearse deleitablemente; para que así, purgados por la operación virtuosa, iluminados por la fe radiosa y perfeccionados por la ardentísima caridad, lleguemos por fin al premio de la felicidad eterna.

§ 5. Del modo de proceder de la Sagrada Escritura misma.

En tan gran multiformidad de sabiduría, pues, que se contiene en la anchura, longitud, altura y profundidad de la Sagrada Escritura misma, hay un común modo auténtico de proceder, dentro del cual se contienen los modos narrativo, preceptivo, prohibitivo, exhortativo, predicativo, conminatorio, promisivo, deprecatorio y laudatorio. Y todos estos modos se reponen bajo un solo modo auténtico, y esto ciertamente con toda rectitud.

Pues siendo esta doctrina para que nos hagamos buenos y nos salvemos; y esto no se hace por desnuda consideración, sino más bien por inclinación de la voluntad: por eso la divina Escritura debió transmitirse del modo por el que mejor pudiéramos ser inclinados. Y porque el afecto se mueve más por ejemplos que por argumentos, más por promesas que por raciocinios, más por devociones que por definiciones; por eso esta Escritura no debió tener el modo definitivo, divisivo y colectivo para probar algunas pasiones del sujeto al modo de las demás ciencias; sino que convino que tuviera modos propios, que inclinan diversamente los ánimos según las varias inclinaciones de las almas; de modo que, si uno no se mueve a los preceptos y prohibiciones, al menos se mueva por los ejemplos narrados; si uno no se mueve por éstos, se mueva por los beneficios a él mostrados; si uno ni por éstos se mueve, se mueva por sagaces moniciones, por veraces promesas, por terribles amenazas, para que así al menos se excite a la devoción y alabanza de Dios, en la que perciba la gracia, por la que se dirija acerca de las obras virtuosas.

Siendo pues que estos modos narrativos no pueden hacerse por vía de certeza de razones, porque los hechos particulares gestados no pueden probarse; por eso, para que esta Escritura no vacilara como dudosa, y así moviera menos, en lugar de la certeza de razón Dios proveyó a esta Escritura la certeza de autoridad, que es tan grande que sobrepuja toda perspicacia del ingenio humano. Y porque no es cierta la autoridad del que puede engañar o engañarse —y no hay ninguno que no pueda engañarse y no sepa engañar, sino Dios y el Espíritu Santo—, de aquí es que, para que la Sagrada Escritura fuera perfectamente auténtica en su debido modo, fue transmitida no por investigación humana sino por revelación divina. — Por eso nada en ella ha de despreciarse como inútil, nada rechazarse como falso, nada repudiarse como inicuo, porque el Espíritu Santo, su perfectísimo autor, nada pudo decir falso, nada superfluo, nada disminuido. Y por eso el cielo y la tierra pasarán, mas las palabras de la Sagrada Escritura no pasarán sin cumplirse. Pues hasta que pase el cielo y la tierra, una iota o un ápice no pasará de la Ley hasta que todo se haga, como testifica el Salvador. Quien pues quebrantare lo que la Escritura enseña, y así enseñare a los hombres, mínimo será llamado en el reino de los cielos; mas quien hiciere y enseñare, grande será llamado en el reino de los cielos.

§ 6. Del modo de exponer la Sagrada Escritura.

Mas como esta Escritura tiene especial modo de proceder, así según su modo de proceder debe en su propio modo especial entenderse y exponerse. Pues cubriendo bajo una sola letra múltiple inteligencia, el expositor debe sacar a luz lo escondido, y manifestar lo sacado por otra Escritura más patente: como si expusiera aquel verso del Salmo: Toma las armas y el escudo, y levántate en mi ayuda, y quisiera desplegar cuáles sean las armas divinas; diré que son su verdad y buena voluntad; y que así es, ha de probarse por Escritura abierta. Pues en otro lugar está escrito: Con el escudo de tu buena voluntad nos coronaste; y de nuevo: Con escudo te rodeará su verdad. — A lo cual nadie puede fácilmente llegar, si por habituación de lectura no encomienda a la memoria el texto y la letra de la Biblia; de otro modo en la exposición de las Escrituras nunca podrá ser potente. Por eso como quien desdeña aprender los primeros elementos de que se integra la dicción nunca puede conocer ni el significado de las dicciones ni la recta ley de las construcciones; así quien desprecia la letra de la Sagrada Escritura nunca se elevará a sus inteligencias espirituales.

Atienda además el expositor que no en todas partes ha de buscarse la alegoría, ni todo ha de exponerse místicamente. Por lo cual ha de notarse que la Sagrada Escritura tiene cuatro partes. Una es en la que según la letra trata de las naturalezas mundanas, y por ellas significa nuestra reparación, como aparece en la descripción de la formación del mundo. — Otra es en la que trata de los actos y procesos de aquel pueblo israelítico, y por ellos significa la reparación del género humano. — La tercera es en la que con palabras desnudas significa y expresa lo que pertenece a nuestra salvación en cuanto a la fe o las costumbres. — La cuarta es en la que prenuncia el misterio de nuestra salvación, en parte con palabras desnudas, en parte enigmáticas y oscuras. Y por eso la Escritura en estos diversos lugares no ha de exponerse uniformemente.

Mas el expositor debe dirigirse en la exposición de la Sagrada Escritura según la triple regla que puede sacarse de las palabras del bienaventurado Agustín en el libro sobre la Doctrina cristiana.

La primera es esta. Dondequiera que en esta Escritura la primera significación de las palabras signifique cosas de la creación, o actos singulares de la conversación humana, allí las cosas significadas por las palabras se significan primero, después los misterios de nuestra reparación; mas donde la primera significación de las palabras expresa la fe o la caridad, allí no ha de buscarse alegoría.

La segunda regla es esta. Donde las palabras de esta Escritura signifiquen cosas de la creación, o de la conducta del pueblo israelítico, allí busque de otro lugar de la Escritura qué signifique cada cosa, y después elicite su significación por palabras que desnudamente significan la verdad de la fe, o aun la honestidad de costumbres; como si se dice: Las ovejas paren gemelos frutos, muestre que allí las ovejas significan los hombres, y el gemelo fruto la gemela caridad.

La tercera regla es esta. Cuando alguna Escritura tiene algún entendimiento literal y espiritual, debe discutir el expositor si aquella atribución conviene al histórico o al significado espiritual, si acaso no pudiere convenir a ambos; mas si conviene a ambos, entonces debe afirmarse literal y espiritualmente; mas si sólo de un modo, entonces sólo espiritualmente debe entenderse: como que el sábado de la Ley sea perpetuo, el sacerdocio eterno, la posesión de la tierra eterna, y el pacto de la circuncisión eterno; todo lo cual ha de referirse al significado espiritual.

Mas para que uno camine seguro cortando y exponiendo por la selva de las sagradas Escrituras, es necesario que primero conozca la verdad de la Sagrada Escritura misma por palabras explícitas, a saber, que atienda cómo la Escritura describe el inicio, progreso y consumación del doble cuerpo, como mirándose mutuamente desde lados opuestos —de los buenos, a saber, que aquí se humillan para ser exaltados sempiternamente en el futuro, y de los malos, que aquí se exaltan para ser deprimidos eternamente. Por eso ella trata de todo el universo en cuanto a lo sumo y lo ínfimo, lo primero y lo último, y en cuanto al decurso intermedio, bajo la forma de una cierta cruz inteligible, en la que debe describirse y en cierto modo verse con la luz de la mente toda la máquina del universo; para entender la cual conviene conocer el principio de las cosas, Dios, la creación de las cosas mismas, la caída, la redención por la sangre de Jesucristo, la reformación por la gracia, la curación por los Sacramentos, y por fin la retribución por pena y gloria sempiternas.

Y porque esta doctrina está transmitida tan difusamente en los escritos tanto de los Santos como de los doctores que por los que se acercan a oír la Sagrada Escritura no puede en largos tiempos verse ni oírse —por lo cual también los nuevos teólogos frecuentemente se horrorizan de la Sagrada Escritura misma como incierta y desordenada y como una cierta selva opaca—, rogado por los compañeros que dijera en suma algo breve de mi pobrecilla ciencia acerca de la verdad de la teología, y vencido por sus ruegos, asentí a hacer un cierto Breviloquio, en el que sumariamente no todo, sino algo más oportuno para retener brevemente, se tocara, añadiendo a la vez alguna razón para entender, según ocurría por el tiempo.

Mas siendo la teología discurso de Dios y del primer principio, en cuanto ella misma, como altísima ciencia y doctrina, resuelve todo en Dios como en el principio primero y sumo: por eso en asignar razones en todo lo que en todo este opúsculo o tratadillo se contiene, me esforcé en tomar razón del primer principio, para mostrar así que la verdad de la Sagrada Escritura es de Dios, acerca de Dios, según Dios y por Dios, para que merecidamente esta ciencia aparezca una y ordenada, y no inmerecidamente llamada teología. — Si pues hubiere algo imperfecto, u oscuro, o superfluo, o menos recto, concédase venia a la ocupación y brevedad del tiempo y a la pobrecilla ciencia; mas si algo recto, sólo a Dios se refiera honor y gloria.

Mas para que lo siguiente luzca más claramente, cuidé de anteponer los títulos particulares de los capítulos, para más fácil memoria y más lúcida contemplación de lo que ha de decirse, los cuales se distinguen en siete particiones y setenta y dos capítulos.

Caput I: De illis septem, de quibus est theologia, in summa.

Caput II: Quid tenendum est de trinitate personarum et unitate essentiae.

Caput III: De istius fidei intelligentia sana.

Caput IV: De istius fidei expressione catholica.

Caput V: De unitate divinae naturae in multiformitate apparitionum.

Caput VI: De unitate divinae naturae in multiplicitate appropriatorum.

Caput VII: De omnipotentia Dei.

Caput VIII: De Dei sapientia, praedestinatione et praescientia.

Caput IX: De voluntate Dei et providentia.

Caput X: De productione mundi totalis.

Caput XI: De natura corporali quantum ad fieri.

Caput XII: De natura corporali quantum ad esse.

Caput XIII: De natura corporali quantum ad operari et influere.

Caput XIV: De modo describendi praedicta in sacra Scriptura.

Caput XV: De productione supernorum spirituum.

Caput XVI: De apostasia daemonum.

Caput XVII: De confirmatione bonorum Angelorum.

Caput XVIII: De productione hominis quantum ad spiritum.

Caput XIX: De productione hominis quantum ad corpus.

Caput XX: De productione hominis quantum ad totum coniunctum.

Caput XXI: De completione et ordinatione totius mundi consummati.

Caput XXII: De origine mali in communi.

Caput XXIII: De primorum parentum tentatione.

Caput XXIV: De primorum parentum transgressione.

Caput XXV: De primorum parentum punitione.

Caput XXVI: De originalis peccati corruptione.

Caput XXVII: De originalis peccati transfusione.

Caput XXVIII: De originalis peccati curatione.

Caput XXIX: De origine peccatorum actualium.

Caput XXX: De origine et distinctione capitalium peccatorum.

Caput XXXI: De origine et qualitate peccatorum poenalium.

Caput XXXII: De origine peccatorum finalium, quae sunt peccata in Spiritum sanctum.

Caput XXXIII: De ratione, qua Verbum Dei debuit incarnari vel decuit.

Caput XXXIV: De incarnatione quantum ad unionem naturarum.

Caput XXXV: De incarnatione quantum ad modum.

Caput XXXVI: De incarnatione quantum ad plenitudinem temporum.

Caput XXXVII: De plenitudine gratiae Christi quantum ad charismata in affectu.

Caput XXXVIII: De plenitudine sapientiae in intellectu.

Caput XXXIX: De perfectione meriti in effectu.

Caput XL: De passione Christi quantum ad statum patientis.

Caput XLI: De passione Christi quantum ad modum patiendi.

Caput XLII: De passione Christi quantum ad exitum passionis.

Caput XLIII: De gratia, in quantum est donum divinitus datum.

Caput XLIV: De gratia, in quantum iuvat ad bonum meritorium.

Caput XLV: De gratia, in quantum est remedium peccati.

Caput XLVI: De ramificatione gratiae in habitus virtutum.

Caput XLVII: De ramificatione gratiae in habitus donorum.

Caput XLVIII: De ramificatione gratiae in habitus beatitudinum, et per consequens fructuum et sensuum.

Caput XLIX: De exercitio gratiae respectu credendorum.

Caput L: De exercitio gratiae respectu diligendorum.

Caput LI: De exercitio gratiae respectu agendorum, praeceptorum et consiliorum.

Caput LII: De exercitio gratiae respectu petendorum et orandorum.

Caput LIII: De Sacramentorum origine.

Caput LIV: De Sacramentorum variatione.

Caput LV: De Sacramentorum numero et distinctione.

Caput LVI: De Sacramentorum institutione.

Caput LVII: De Sacramentorum dispensatione.

Caput LVIII: De Sacramentorum iteratione.

Caput LIX: De constitutione et integritate baptismi.

Caput LX: De integritate confirmationis.

Caput LXI: De integritate eucharistiae.

Caput LXII: De integritate poenitentiae.

Caput LXIII: De integritate unctionis extremae.

Caput LXIV: De integritate ordinis.

Caput LXV: De integritate matrimonii.

Caput LXVI: De iudicio in communi.

Caput LXVII: De antecedentibus ad iudicium, cuiusmodi est poena purgatoria.

Caput LXVIII: De antecedentibus ad iudicium, cuiusmodi sunt suffragia ecclesiastica.

Caput LXIX: De concomitantibus iudicium, sicut est conflagratio ignium.

Caput LXX: De concomitantibus iudicium, sicut est resurrectio corporum.

Caput LXXI: De consequentibus ad iudicium, sicut est poena infernalis.

Caput LXXII: De gloria paradisi.

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