Breviloquium

Bonaventure

Breviloquium

Bonaventure (1217–1274)

First published 1882

Bonaventure's Breviloquium, a concise systematic presentation of Christian theology in a prologue and seven parts. Latin transcription from the Quaracchi critical edition, Opera omnia, tomus V (1882), pp. 201-291.


Prologus

Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toda paternidad en el cielo y en la tierra recibe su nombre, para que según las riquezas de su gloria os conceda poder, ser fortalecidos por su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; arraigados y cimentados en la caridad, para que podáis comprender con todos los Santos cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad; conocer también la caridad de Cristo que sobrepuja la ciencia, para que seáis llenados hasta toda la plenitud de Dios.

El gran doctor de las gentes y predicador de la verdad, lleno del Espíritu divino, como vaso escogido y santificado, en esta palabra descubre el origen, el progreso y el término de la Sagrada Escritura, que se llama teología: insinuando que el origen de la Escritura se considera según el influjo de la beatísima Trinidad, su progreso según la exigencia de la capacidad humana, y su término o fruto según la sobreabundancia de la felicísima plenitud.

Pues su origen no es por investigación humana, sino por revelación divina, que fluye del Padre de las luces, de quien toda paternidad en el cielo y en la tierra recibe su nombre, de quien por su Hijo, Jesucristo, emana a nosotros el Espíritu Santo, y por el Espíritu Santo, que divide y distribuye los dones a cada uno como quiere, se da la fe, y por la fe habita Cristo en nuestros corazones. Este es el conocimiento de Jesucristo, del cual dimana originariamente la firmeza y la inteligencia de toda la Sagrada Escritura. Por eso es imposible que alguien entre a conocerla, si antes no tiene infundida la fe de Cristo, como lámpara y puerta y aun fundamento de toda la Escritura. Pues la fe misma es el fundamento de todas las iluminaciones sobrenaturales, mientras peregrinamos lejos del Señor, fundamento que afianza, lámpara que dirige, puerta que introduce; según cuya medida es necesario también medir la sabiduría que nos es dada divinamente, no sea que alguien sepa más de lo que conviene saber, sino con sobriedad, y a cada uno como Dios repartió la medida de la fe. Mediante esta fe, pues, se nos da el conocimiento de la Sagrada Escritura, según el influjo de la beata Trinidad, como expresamente insinúa el Apóstol en la primera parte de la autoridad antes aducida.

El progreso de la Sagrada Escritura, además, no está constreñido a las leyes de raciocinios, definiciones y divisiones al modo de las demás ciencias, ni está constreñido a una parte del universo; sino que, procediendo según la luz sobrenatural para dar al hombre viador noticia suficiente de las cosas, según conviene para la salvación, describe en parte con palabras llanas, en parte con místicas, todo el contenido del universo como en una suma, en la que se considera la anchura; describe su decurso, en el que se considera la longitud; describe la excelencia de los que finalmente se salvarán, en la que se considera la altura; describe la miseria de los condenados, en la que consiste la profundidad, no sólo del universo mismo, sino también del juicio divino. — Y así describe todo el universo, cuanto conviene tener noticia de él para la salvación, según su anchura, longitud, altura y profundidad, teniendo ella misma en su progreso estas cuatro, como después se declarará; porque así lo exigía la condición de la capacidad humana, que, grande y múltiple, nació para captar grande y múltiplemente, como un nobilísimo espejo, en el que nació para describirse no sólo naturalmente sino también sobrenaturalmente todo el universo de las cosas mundanas; de modo que el progreso de la Sagrada Escritura se considera según la exigencia de la capacidad humana.

El término o fruto de la Sagrada Escritura, en verdad, no es cualquiera, sino la plenitud de la felicidad eterna. Pues esta es la Escritura en la que están las palabras de vida eterna, que por eso fue escrita, no sólo para que creamos, sino también para que poseamos la vida eterna, en la cual veremos, amaremos, y todos nuestros deseos serán universalmente colmados; colmados los cuales, entonces conoceremos verdaderamente la caridad que sobrepuja la ciencia, y así seremos llenados hasta toda la plenitud de Dios. A esta plenitud se esfuerza por introducirnos la divina Escritura, según la verdad de la sentencia apostólica citada. Con este fin, pues, con esta intención debe escudriñarse la Sagrada Escritura, enseñarse y también escucharse.

Y para que lleguemos a este fruto y término por recto progreso en el camino del recto sendero de las Escrituras, ha de comenzarse por el exordio, esto es, que con pura fe nos acerquemos al Padre de las luces, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él mismo por su Hijo en el Espíritu Santo nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y con el conocimiento su amor, de modo que conociéndolo y amándolo así, y como solidificados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer la anchura, la longitud, la altura y la profundidad de la Sagrada Escritura misma, y por este conocimiento llegar al plenísimo conocimiento y al excesivo amor de la beatísima Trinidad, hacia el cual tienden los deseos de los Santos, en el cual está el término y complemento de todo lo verdadero y bueno.

Anhelado e intentado el fin de esta Sagrada Escritura, y creído e invocado a la vez su principio, ha de verse su progreso en cuanto a su anchura, longitud, sublimidad y profundidad, según la vía y el orden del documento apostólico.

Su anchura consiste en la multitud de sus partes, su longitud en la descripción de los tiempos y edades, su altura en la descripción de las jerarquías ordenadas por grados, su profundidad en la multitud de los sentidos místicos e inteligencias.

§ 1. De la anchura de la Sagrada Escritura.

Si pues queremos contemplar la anchura de la Sagrada Escritura, a primera vista se nos presenta la Escritura dividida en dos testamentos, a saber, el viejo y el nuevo. — El Viejo se presenta con multitud de libros. Tiene en efecto libros legales, historiales, sapienciales y proféticos, de modo que los primeros son cinco, los segundos diez, los terceros cinco y los cuartos son seis, y por tanto veintiséis en total. — El Nuevo Testamento tiene igualmente libros correspondientes a éstos según forma cuádruple. Pues a los legales corresponden los libros evangélicos, a los historiales los Hechos de los Apóstoles, a los sapienciales las Epístolas de los Apóstoles y máxime de Pablo, a los proféticos corresponde el libro del Apocalipsis; de modo que es admirable la conformidad entre el viejo y el nuevo testamento, no sólo en el contenido de los sentidos, sino también en la cuádruple forma de las partes. — En figura y sello de esto vio Ezequiel ruedas de cuatro rostros, y una rueda en medio de la rueda, porque lo viejo está en lo nuevo, y al contrario; y en los libros legales y evangélicos está el rostro del león por la excelencia de la autoridad; en los historiales el rostro del buey por los ejemplos de virtud; en los sapienciales el rostro del hombre por la sagaz prudencia; en los libros proféticos el rostro del águila por la perspicaz inteligencia.

Mas rectamente se divide la Sagrada Escritura en viejo y nuevo testamento, y no en teórica y práctica, como la filosofía: porque, fundándose propiamente la Escritura sobre el conocimiento de la fe, que es virtud y fundamento de las costumbres y de la justicia y de toda la vida recta, no puede separarse en ella la noticia de las cosas o de las cosas que han de creerse de la noticia de las costumbres. Otra cosa es la filosofía, que trata no sólo de la verdad de las costumbres, sino también de lo verdadero considerado por desnuda especulación. Siendo pues la Sagrada Escritura noticia que mueve al bien y aparta del mal —y esto es por temor y amor—, por eso se divide en dos testamentos, cuya «breve diferencia es el temor y el amor».

Y porque uno puede ser movido al bien y apartado del mal de cuatro maneras, a saber, por los preceptos de la potentísima majestad, o por los documentos de la sapientísima verdad, o por los ejemplos y beneficios de la inocentísima bondad, o por todas estas cosas reunidas en una; por eso tanto en el nuevo como en el viejo testamento se han transmitido de forma cuádruple los libros que contienen la Sagrada Escritura según correspondencia con las cuatro cosas dichas. Pues los libros legales mueven por los preceptos de la omnipotentísima majestad; los historiales, por los ejemplos de la inocentísima bondad; los sapienciales, por los documentos de la providentísima verdad; los proféticos mueven por la agregación de todas las cosas predichas, como manifiestamente aparece en ellos. Por eso ellos mismos son como recordatorios de toda la sabiduría y doctrina legal.

Es pues la Sagrada Escritura semejante a un anchísimo río, que se agrega más y más por el concurso de muchas aguas, según corre más lejos. Pues habiendo al principio en la Escritura sólo los libros legales, después sobrevino el agua de la sabiduría de los libros historiales, en tercer lugar sobrevino la doctrina del sapientísimo Salomón, después de esto también la doctrina de los santos Profetas, y por fin fue revelada la doctrina evangélica, proferida por la boca de la carne de Cristo, consignada por los Evangelistas, divulgada por los santos Apóstoles; añadidos también los documentos que el Espíritu Santo, viniendo sobre ellos, nos enseñó por ellos: para que así, enseñados toda la verdad por el Espíritu Santo según la promesa divina, dieran a la Iglesia de Cristo la doctrina de toda la verdad saludable, y consumando la Sagrada Escritura dilataran la noticia de la verdad.

§ 2. De la longitud de la Sagrada Escritura.

Tiene también esta Sagrada Escritura longitud, que consiste en la descripción tanto de los tiempos como de las edades, a saber, desde el principio del mundo hasta el día del juicio. Describe que el mundo discurre por tres tiempos, a saber, por el tiempo de la ley natural, de la ley escrita y de la ley de gracia, y en estos tres tiempos distingue siete edades. De las cuales la primera es de Adán a Noé, la segunda de Noé a Abrahán, la tercera de Abrahán a David, la cuarta de David a la transmigración de Babilonia, la quinta de la transmigración a Cristo, la sexta de Cristo al fin del mundo, la séptima corre junto con la sexta, que comienza del descanso de Cristo en el sepulcro, hasta la resurrección universal, cuando comenzará la octava, la de la resurrección. — Y así la Escritura es larguísima, porque al tratar comienza del exordio del mundo y del tiempo al principio del Génesis, y llega hasta el fin del mundo y del tiempo, a saber, al fin del Apocalipsis.

Rectamente, además, todo el tiempo, que discurre según la triple ley —ínfita por dentro, dada por fuera e infundida desde arriba—, discurre por siete edades y se consuma al fin de la sexta; para que así el decurso del mundo responda a su exordio, y el decurso del mundo mayor corresponda al decurso de la vida del mundo menor, a saber, el hombre, por quien fue hecho. Pues la primera edad del mundo, en la que se hizo la formación del mundo mismo, la caída de los demonios y la confirmación de los Ángeles, responde rectamente al primer día, en el que fue hecha la luz y distinguida de las tinieblas. — La segunda, en la que por el arca y el diluvio fueron salvados los buenos y destruidos los malos, responde al segundo día, en el que por el firmamento se hizo la distinción de las aguas de las aguas. — La tercera, en la que fue llamado Abrahán, e incoada la sinagoga, que debía fructificar y generar prole para el culto de Dios, corresponde al tercer día, en el que apareció la tierra y produjo hierba verde. — La cuarta, en la que florecieron el reino y el sacerdocio, porque David rey amplió el culto divino, responde al cuarto día, en el que se hizo la formación de las luminarias y estrellas. — La quinta, en la que los transmigrados moraron entre muchos pueblos y fueron atribulados, responde al quinto día, en el que se hizo la formación de los peces desde las aguas. — La sexta edad, en la que nació Cristo en efigie de hombre, que es verdaderamente imagen de Dios, responde al sexto día, en el que fue formado el primer hombre. — La séptima, que es el descanso de las almas que no tiene fin, responde al séptimo día, en el que descansó Dios de toda la obra que había obrado.

Y así estas siete edades se distinguen por los hechos insignes que estuvieron en sus exordios, por razón de los cuales responden a los días de la formación del mundo. La primera edad se llama infancia, porque, como la infancia toda se borra por el olvido, así aquella primera edad fue consumida por el diluvio. — La segunda, puericia; pues como en la puericia comenzamos a hablar, así en la segunda edad se hizo la distinción de las lenguas. — La tercera se dice adolescencia, porque, como la potencia generativa comienza entonces a salir a su acto, así entonces fue llamado Abrahán, y le fue dada la circuncisión, y se hizo la promesa de la descendencia. — La cuarta se dice juventud, porque, como en la juventud florece la edad del hombre, así en la cuarta edad floreció bajo los reyes la sinagoga. — La quinta, senectud, porque como en la senectud disminuyen las fuerzas y decae la hermosura, así también en la transmigración aconteció al sacerdocio de los judíos. — La sexta edad se dice senilidad, porque, como ella es la que se junta con la muerte, teniendo sin embargo gran luz de sabiduría; así la sexta edad del mundo termina con el día del juicio, y en ella florece la sabiduría por la doctrina de Cristo.

Así pues todo este mundo es descrito por la Escritura como procediendo de principio a fin en ordenadísimo decurso, al modo de un hermosísimo poema ordenado, donde puede uno contemplar según el decurso del tiempo la variedad, multiplicidad y equidad, orden, rectitud y hermosura de los muchos juicios divinos que proceden de la sabiduría de Dios que gobierna el mundo. Por eso como nadie puede ver la hermosura del poema, si su mirada no recorre todo el verso; así nadie ve la hermosura del orden y régimen del universo, si no la contempla toda. Y porque ningún hombre es tan longevo que pueda verla toda con los ojos de su carne, ni puede prever por sí lo futuro; el Espíritu Santo nos proveyó el libro de la Sagrada Escritura, cuya longitud se conmide con el decurso del régimen del universo.

§ 3. De la sublimidad de la Sagrada Escritura.

Tiene no obstante la Sagrada Escritura en su proceso sublimidad, que consiste en la descripción de las jerarquías ordenadas por grados, que son la jerarquía eclesiástica, angélica y divina, o la subceleste, celeste y sobreceleste; de modo que la primera la describe patentemente, la segunda algo más ocultamente y la tercera aún más ocultamente. Por la descripción de la jerarquía eclesiástica es alta; por la de la angélica más alta; por la de la divina altísima, de modo que podemos decir aquello del Profeta:

Admirable se ha hecho tu ciencia para mí; está fortificada, y no podré alcanzarla.

Y esto ciertamente con toda rectitud. Pues teniendo las cosas ser en la materia, ser en el alma por noticia adquirida, ser también en ella por gracia, ser en ella por gloria y ser en el arte eterna; la filosofía trata de las cosas como están en la naturaleza, o en el alma según noticia naturalmente ínsita o aun adquirida; mas la teología, como ciencia fundada sobre la fe y revelada por el Espíritu Santo, trata también de las que miran a la gracia y a la gloria y aun a la Sabiduría eterna. Por eso ella misma, sometiendo a sí el conocimiento filosófico y asumiendo de las naturalezas de las cosas cuanto necesita para fabricar el espejo por el que se haga la representación de lo divino, como que erige una escala que en lo ínfimo toca la tierra, mas en su cumbre toca el cielo; y todo esto por aquel único jerarca, Jesucristo, que no sólo por razón de la naturaleza humana asumida es jerarca en la jerarquía eclesiástica, sino también en la angélica, y como persona media en aquella sobreceleste jerarquía de la beatísima Trinidad; de modo que por él desde la suprema cabeza, Dios, desciende la gracia de la unción no sólo sobre la barba sino hasta la orla del vestido, porque no sólo a la Jerusalén de arriba sino hasta la Iglesia militante.

Pues grande es la hermosura en la máquina mundana, pero mucho mayor en la Iglesia adornada con la hermosura de los santos carismas, máxima en la Jerusalén de arriba, pero supermáxima en aquella suma y beatísima Trinidad. Por eso la Escritura misma no sólo tiene altísima materia, por la que deleita y por la que levanta en alto la inteligencia de la mente, sino que ella misma es hermosísima y de un modo admirable deleita nuestro entendimiento, y así deleitando más y más lo acostumbra a la contemplación de los divinos espectáculos y a las anagogías.

§ 4. De la profundidad de la Sagrada Escritura.

Tiene por fin la Escritura misma profundidad, que consiste en la multiplicidad de las inteligencias místicas. Pues además del sentido literal puede exponerse en diversos lugares de tres maneras, a saber, alegórica, moral y anagógicamente. Alegoría es cuando por un hecho se indica otro hecho, según lo que ha de creerse. Tropología o moralidad es cuando por lo que se hizo se da a entender otra cosa que ha de hacerse. Anagogía, como conducción hacia arriba, es cuando se da a entender aquello que ha de desearse, a saber, la eterna felicidad de los Bienaventurados.

Rectamente, además, debe haber en la Escritura este triple sentido además de la inteligencia literal: porque así conviene al sujeto de la Escritura misma, a su auditor o discípulo, a su origen, y también a su fin.

Conviene al sujeto, digo, porque es doctrina que es de Dios, de Cristo, de las obras de la reparación y de lo creíble. Pues su sujeto en cuanto a la sustancia es Dios; en cuanto a la virtud, Cristo; en cuanto a la operación, la obra de la reparación; en cuanto a todas estas cosas es lo creíble mismo. Mas Dios es trino y uno: uno en esencia y trino en personas. Por eso la Escritura, que es de él, tiene en la unidad de la letra triformidad de inteligencia. — También Cristo, siendo un solo Verbo, todas las cosas se dice que fueron hechas por él, y en él relucen, de modo que su sabiduría es multiforme y una. — Las obras de la reparación, aunque muchas, todas miran a la principal oblación de Cristo. — Lo creíble en cuanto creíble reluce diversamente según el diverso estado de los creyentes. Por eso por conformidad con todas las cosas dichas, la Sagrada Escritura en una sola letra pare multiforme inteligencia.

Esto conviene también al auditor: porque nadie es auditor conveniente de ella sino el humilde, el limpio, el fiel y el estudioso. Por eso bajo la corteza de la letra abierta se oculta la inteligencia mística y profunda para comprimir la soberbia, de modo que por su profundidad latente en la humildad de la letra sean comprimidos los soberbios, repelidos los inmundos, desviados los fraudulentos, y excitados los negligentes a la inteligencia de los misterios. — Y porque el auditor de esta doctrina no es de un solo género, sino de cualquiera —pues todos los que han de salvarse deben saber algo de esta doctrina—, por eso ella tiene multiforme inteligencia, para que así capte todo entendimiento, condescienda a todo entendimiento, sobrepuje todo entendimiento, e ilumine y encienda igualmente, por la multitud de su radiosidad, a todo entendimiento que diligentemente le atiende.

Conviene también al principio del que es: porque es de Dios por Cristo y el Espíritu Santo que habla por boca de los Profetas y de otros que escribieron esta doctrina. Siendo que Dios habla no sólo por palabras sino también por hechos, porque su decir es hacer, y su hacer decir; y todas las criaturas como efectos de Dios insinúan su causa: por eso en la Escritura divinamente transmitida no sólo deben significar las palabras, sino también los hechos. — También Cristo doctor, aunque era humilde en la carne, era sin embargo alto en la deidad: por eso convenía a él y a su doctrina tener humildad en el sermón con profundidad de sentencia, de modo que, como Cristo estuvo envuelto en pañales, así la sabiduría de Dios en la Escritura estuviera envuelta en ciertas figuras humildes. — También el Espíritu Santo ilustraba diversamente y hacía revelaciones en los corazones de los Profetas; ningún entendimiento podía ocultársele, y había sido enviado para enseñar toda la verdad: por eso convenía a su doctrina que en un solo sermón se ocultaran múltiples inteligencias.

Conviene no obstante a su fin: porque la Escritura fue dada para que por ella sea dirigido el hombre en conocer y obrar, hasta que por fin llegue a lo que ha de desearse. Y porque todas las criaturas fueron hechas para esto, para servir al hombre que tiende a la patria supernal; por eso la Escritura asume las diversas especies de las criaturas mismas, para que así por ellas nos enseñe la sabiduría que nos dirige a lo eterno. Y porque el hombre no se dirige a lo eterno, si la cognitiva no conoce lo verdadero que ha de creerse, y la operativa no hace lo bueno que ha de obrarse, y la afectiva no suspira por ver y amar y gozar a Dios: de aquí es que la Sagrada Escritura, dada por el Espíritu Santo, asume el libro de la criatura, refiriéndolo al fin según el triple modo de inteligencia; para que así por la tropología tengamos noticia de lo que ha de hacerse varonilmente; por la alegoría de lo que ha de creerse verdaderamente; por la anagogía de lo que ha de desearse deleitablemente; para que así, purgados por la operación virtuosa, iluminados por la fe radiosa y perfeccionados por la ardentísima caridad, lleguemos por fin al premio de la felicidad eterna.

§ 5. Del modo de proceder de la Sagrada Escritura misma.

En tan gran multiformidad de sabiduría, pues, que se contiene en la anchura, longitud, altura y profundidad de la Sagrada Escritura misma, hay un común modo auténtico de proceder, dentro del cual se contienen los modos narrativo, preceptivo, prohibitivo, exhortativo, predicativo, conminatorio, promisivo, deprecatorio y laudatorio. Y todos estos modos se reponen bajo un solo modo auténtico, y esto ciertamente con toda rectitud.

Pues siendo esta doctrina para que nos hagamos buenos y nos salvemos; y esto no se hace por desnuda consideración, sino más bien por inclinación de la voluntad: por eso la divina Escritura debió transmitirse del modo por el que mejor pudiéramos ser inclinados. Y porque el afecto se mueve más por ejemplos que por argumentos, más por promesas que por raciocinios, más por devociones que por definiciones; por eso esta Escritura no debió tener el modo definitivo, divisivo y colectivo para probar algunas pasiones del sujeto al modo de las demás ciencias; sino que convino que tuviera modos propios, que inclinan diversamente los ánimos según las varias inclinaciones de las almas; de modo que, si uno no se mueve a los preceptos y prohibiciones, al menos se mueva por los ejemplos narrados; si uno no se mueve por éstos, se mueva por los beneficios a él mostrados; si uno ni por éstos se mueve, se mueva por sagaces moniciones, por veraces promesas, por terribles amenazas, para que así al menos se excite a la devoción y alabanza de Dios, en la que perciba la gracia, por la que se dirija acerca de las obras virtuosas.

Siendo pues que estos modos narrativos no pueden hacerse por vía de certeza de razones, porque los hechos particulares gestados no pueden probarse; por eso, para que esta Escritura no vacilara como dudosa, y así moviera menos, en lugar de la certeza de razón Dios proveyó a esta Escritura la certeza de autoridad, que es tan grande que sobrepuja toda perspicacia del ingenio humano. Y porque no es cierta la autoridad del que puede engañar o engañarse —y no hay ninguno que no pueda engañarse y no sepa engañar, sino Dios y el Espíritu Santo—, de aquí es que, para que la Sagrada Escritura fuera perfectamente auténtica en su debido modo, fue transmitida no por investigación humana sino por revelación divina. — Por eso nada en ella ha de despreciarse como inútil, nada rechazarse como falso, nada repudiarse como inicuo, porque el Espíritu Santo, su perfectísimo autor, nada pudo decir falso, nada superfluo, nada disminuido. Y por eso el cielo y la tierra pasarán, mas las palabras de la Sagrada Escritura no pasarán sin cumplirse. Pues hasta que pase el cielo y la tierra, una iota o un ápice no pasará de la Ley hasta que todo se haga, como testifica el Salvador. Quien pues quebrantare lo que la Escritura enseña, y así enseñare a los hombres, mínimo será llamado en el reino de los cielos; mas quien hiciere y enseñare, grande será llamado en el reino de los cielos.

§ 6. Del modo de exponer la Sagrada Escritura.

Mas como esta Escritura tiene especial modo de proceder, así según su modo de proceder debe en su propio modo especial entenderse y exponerse. Pues cubriendo bajo una sola letra múltiple inteligencia, el expositor debe sacar a luz lo escondido, y manifestar lo sacado por otra Escritura más patente: como si expusiera aquel verso del Salmo: Toma las armas y el escudo, y levántate en mi ayuda, y quisiera desplegar cuáles sean las armas divinas; diré que son su verdad y buena voluntad; y que así es, ha de probarse por Escritura abierta. Pues en otro lugar está escrito: Con el escudo de tu buena voluntad nos coronaste; y de nuevo: Con escudo te rodeará su verdad. — A lo cual nadie puede fácilmente llegar, si por habituación de lectura no encomienda a la memoria el texto y la letra de la Biblia; de otro modo en la exposición de las Escrituras nunca podrá ser potente. Por eso como quien desdeña aprender los primeros elementos de que se integra la dicción nunca puede conocer ni el significado de las dicciones ni la recta ley de las construcciones; así quien desprecia la letra de la Sagrada Escritura nunca se elevará a sus inteligencias espirituales.

Atienda además el expositor que no en todas partes ha de buscarse la alegoría, ni todo ha de exponerse místicamente. Por lo cual ha de notarse que la Sagrada Escritura tiene cuatro partes. Una es en la que según la letra trata de las naturalezas mundanas, y por ellas significa nuestra reparación, como aparece en la descripción de la formación del mundo. — Otra es en la que trata de los actos y procesos de aquel pueblo israelítico, y por ellos significa la reparación del género humano. — La tercera es en la que con palabras desnudas significa y expresa lo que pertenece a nuestra salvación en cuanto a la fe o las costumbres. — La cuarta es en la que prenuncia el misterio de nuestra salvación, en parte con palabras desnudas, en parte enigmáticas y oscuras. Y por eso la Escritura en estos diversos lugares no ha de exponerse uniformemente.

Mas el expositor debe dirigirse en la exposición de la Sagrada Escritura según la triple regla que puede sacarse de las palabras del bienaventurado Agustín en el libro sobre la Doctrina cristiana.

La primera es esta. Dondequiera que en esta Escritura la primera significación de las palabras signifique cosas de la creación, o actos singulares de la conversación humana, allí las cosas significadas por las palabras se significan primero, después los misterios de nuestra reparación; mas donde la primera significación de las palabras expresa la fe o la caridad, allí no ha de buscarse alegoría.

La segunda regla es esta. Donde las palabras de esta Escritura signifiquen cosas de la creación, o de la conducta del pueblo israelítico, allí busque de otro lugar de la Escritura qué signifique cada cosa, y después elicite su significación por palabras que desnudamente significan la verdad de la fe, o aun la honestidad de costumbres; como si se dice: Las ovejas paren gemelos frutos, muestre que allí las ovejas significan los hombres, y el gemelo fruto la gemela caridad.

La tercera regla es esta. Cuando alguna Escritura tiene algún entendimiento literal y espiritual, debe discutir el expositor si aquella atribución conviene al histórico o al significado espiritual, si acaso no pudiere convenir a ambos; mas si conviene a ambos, entonces debe afirmarse literal y espiritualmente; mas si sólo de un modo, entonces sólo espiritualmente debe entenderse: como que el sábado de la Ley sea perpetuo, el sacerdocio eterno, la posesión de la tierra eterna, y el pacto de la circuncisión eterno; todo lo cual ha de referirse al significado espiritual.

Mas para que uno camine seguro cortando y exponiendo por la selva de las sagradas Escrituras, es necesario que primero conozca la verdad de la Sagrada Escritura misma por palabras explícitas, a saber, que atienda cómo la Escritura describe el inicio, progreso y consumación del doble cuerpo, como mirándose mutuamente desde lados opuestos —de los buenos, a saber, que aquí se humillan para ser exaltados sempiternamente en el futuro, y de los malos, que aquí se exaltan para ser deprimidos eternamente. Por eso ella trata de todo el universo en cuanto a lo sumo y lo ínfimo, lo primero y lo último, y en cuanto al decurso intermedio, bajo la forma de una cierta cruz inteligible, en la que debe describirse y en cierto modo verse con la luz de la mente toda la máquina del universo; para entender la cual conviene conocer el principio de las cosas, Dios, la creación de las cosas mismas, la caída, la redención por la sangre de Jesucristo, la reformación por la gracia, la curación por los Sacramentos, y por fin la retribución por pena y gloria sempiternas.

Y porque esta doctrina está transmitida tan difusamente en los escritos tanto de los Santos como de los doctores que por los que se acercan a oír la Sagrada Escritura no puede en largos tiempos verse ni oírse —por lo cual también los nuevos teólogos frecuentemente se horrorizan de la Sagrada Escritura misma como incierta y desordenada y como una cierta selva opaca—, rogado por los compañeros que dijera en suma algo breve de mi pobrecilla ciencia acerca de la verdad de la teología, y vencido por sus ruegos, asentí a hacer un cierto Breviloquio, en el que sumariamente no todo, sino algo más oportuno para retener brevemente, se tocara, añadiendo a la vez alguna razón para entender, según ocurría por el tiempo.

Mas siendo la teología discurso de Dios y del primer principio, en cuanto ella misma, como altísima ciencia y doctrina, resuelve todo en Dios como en el principio primero y sumo: por eso en asignar razones en todo lo que en todo este opúsculo o tratadillo se contiene, me esforcé en tomar razón del primer principio, para mostrar así que la verdad de la Sagrada Escritura es de Dios, acerca de Dios, según Dios y por Dios, para que merecidamente esta ciencia aparezca una y ordenada, y no inmerecidamente llamada teología. — Si pues hubiere algo imperfecto, u oscuro, o superfluo, o menos recto, concédase venia a la ocupación y brevedad del tiempo y a la pobrecilla ciencia; mas si algo recto, sólo a Dios se refiera honor y gloria.

Mas para que lo siguiente luzca más claramente, cuidé de anteponer los títulos particulares de los capítulos, para más fácil memoria y más lúcida contemplación de lo que ha de decirse, los cuales se distinguen en siete particiones y setenta y dos capítulos.

Caput I: De illis septem, de quibus est theologia, in summa.

En el principio ha de entenderse que la doctrina sagrada, a saber, la teología, que trata principalmente del primer principio, esto es, de Dios trino y uno, trata en suma de siete cosas: primero, de la Trinidad de Dios; segundo, de la criatura del mundo; tercero, de la corrupción del pecado; cuarto, de la encarnación del Verbo; quinto, de la gracia del Espíritu Santo; sexto, de la medicina sacramental; y séptimo, del estado del juicio final.

La razón de esta verdad es esta: porque, siendo la Sagrada Escritura o teología la ciencia que da suficiente noticia del primer principio según el estado de vía, según es necesario para la salvación; y siendo Dios no sólo principio y ejemplar efectivo de las cosas en la creación, sino también reparador en la redención y perfeccionador en la retribución: por eso trata no sólo de Dios creador, sino también de la creación y la criatura. Y porque la criatura racional, que es en cierto modo el fin de todas las cosas, no permaneció, sino que por su caída necesitó ser reparada; por eso trata de la corrupción del pecado, del médico, de la salud y la medicina, y por fin de la curación perfecta, que será en la gloria, arrojados los impíos a la pena. — Y por eso ella sola es la ciencia perfecta, porque comienza del primero, que es el primer principio, y llega al último, que es el premio eterno; comienza de lo sumo, que es Dios altísimo, creador de todo, y llega a lo ínfimo, que es el suplicio infernal. Ella sola es también la sabiduría perfecta, que comienza de la causa suma, en cuanto es principio de lo causado, donde termina el conocimiento filosófico; y pasa por ella, en cuanto es remedio de los pecados; y reduce a ella, en cuanto es premio de los méritos y fin de los deseos. Y en este conocimiento está el sabor perfecto, la vida y la salud de las almas; y por eso a aprenderlo debe inflamarse el deseo de todos los cristianos.

De aquí consta que aunque la teología trate de tantas y tan varias cosas, es sin embargo una sola ciencia, cuyo sujeto —en cuanto aquello de lo que todo, es Dios; en cuanto aquello por lo que todo, Cristo; en cuanto aquello hacia lo que todo, la obra de la reparación; en cuanto aquello acerca de lo que todo, el único vínculo de la caridad por el que se conectan lo celeste y lo terreno; en cuanto aquello de lo que todo lo comprendido en los libros canónicos, lo creíble en cuanto creíble; en cuanto aquello de lo que todo lo de los libros de los expositores, lo creíble en cuanto inteligible— según Agustín, sobre la Utilidad de creer, porque «lo que creemos, lo debemos a la autoridad; lo que entendemos, a la razón».

Caput II: Quid tenendum est de trinitate personarum et unitate essentiae.

Primeramente, pues, acerca de la Trinidad de Dios han de considerarse tres cosas: cómo la unidad de sustancia y naturaleza se compagina con la pluralidad de personas; segundo, cómo con la pluralidad de apariciones; tercero, cómo con la pluralidad de apropiados.

Acerca de la pluralidad de personas en la unidad de naturaleza, pues, dicta la recta fe que ha de tenerse esto: que en la unidad de naturaleza hay tres personas, Padre e Hijo y Espíritu Santo, de las cuales la primera es de ninguna, la segunda sólo de la primera por generación, la tercera de la primera y la segunda por espiración o procesión; de modo que la trinidad de personas no excluye de la esencia divina la suma unidad, simplicidad, inmensidad, eternidad, inmutabilidad, necesidad y aun primidad; antes incluye suma fecundidad, caridad, liberalidad, igualdad, congenialidad, conformidad e inseparabilidad; todo lo cual entiende la sana fe que está en la beatísima Trinidad.

La razón de esta verdad es esta: porque la fe, siendo principio del culto de Dios y fundamento de la doctrina que es según la piedad, dicta que de Dios ha de sentirse altísimamente y piadosísimamente. Mas no sentiría altísimamente, si no creyera que Dios puede comunicarse sumamente; no sentiría piadosísimamente, si creyera que puede y no quiere; y por eso, para sentir altísimamente y piadosísimamente, dice que Dios se comunica sumamente, teniendo eternamente amado y coamado, y por tanto Dios uno y trino.

A esta fe, en cuanto dicta que de Dios ha de sentirse piadosísimamente, atestigua toda la Sagrada Escritura, que se dice doctrina según la piedad: porque confiesa que Dios tiene prole, a la que sumamente ama, Verbo coigual a sí, que «desde la eternidad engendró, en el que dispuso todo»; por el cual produjo y gobierna todo; por el cual también, hecho carne, por suma benignidad redimió al hombre con su preciosísima sangre, y alimentó al redimido; por el cual también al fin del mundo, impartiendo suma misericordia, librará de toda miseria, para que por Cristo todos los elegidos sean hijos del sumo Padre, en quien estará toda la consumación de la piedad, tanto de Dios hacia nosotros como al contrario.

Mas en cuanto la fe dicta que de Dios ha de sentirse altísimamente, no sólo le atestigua la Sagrada Escritura, sino también toda criatura, según dice Agustín en el libro décimo quinto sobre la Trinidad, capítulo cuarto: «Pues no sólo la autoridad de los libros divinos predica que hay Dios, sino toda la naturaleza misma de las cosas que nos rodea, a la que también nosotros pertenecemos, proclama que tiene un prestantísimo Creador, que nos dio mente y razón natural, por la que juzgamos que lo viviente ha de preferirse a lo no viviente, lo dotado de sentido a lo insensible, lo inteligente a lo no inteligente, lo inmortal a lo mortal, lo potente a lo impotente, lo justo a lo injusto, lo hermoso a lo deforme, lo bueno a lo malo, lo incorruptible a lo corruptible, lo inmutable a lo mudable, lo invisible a lo visible, lo incorpóreo a lo corpóreo, lo bienaventurado a lo miserable. Y por tanto, puesto que sin duda anteponemos el Creador a las cosas creadas, conviene que confesemos que él vive sumamente y todo lo siente e intelige, y no puede morir ni corromperse ni mudarse, ni es cuerpo, sino espíritu omnipotentísimo, justísimo, hermosísimo, óptimo y beatísimo». — He aquí que en estas doce se incluyen las altísimas noblezas del ser divino. Mas después, como él mismo muestra, estas doce se reducen a tres, a saber, eternidad, sabiduría y beatitud; y estas tres a una, a saber, a la sabiduría, en la que se incluyen la mente que engendra, el Verbo como prole, y el amor que une a ambos, en los que dicta la fe que consiste la beatísima Trinidad. Y puesto que la suma sabiduría pone la Trinidad, pone también no obstante todas las nobilísimas condiciones antes tenidas, a saber, unidad, simplicidad y las demás consiguientes; es necesario que todas las predichas noblezas del ser divino se compaginen con la beatísima Trinidad.

Caput III: De istius fidei intelligentia sana.

Para la sana inteligencia de esta fe enseña la doctrina sagrada que en Dios hay dos emanaciones, tres hipóstasis, cuatro relaciones, cinco nociones, y de éstas sólo tres propiedades personales.

La razón para entender lo predicho es esta: porque, siendo el primer y sumo principio, por lo mismo que primero, simplicísimo, y por lo mismo que sumo, perfectísimo: por eso se comunica perfectísimamente, porque perfectísimo; y guarda omnímoda indivisión, por lo mismo que simplicísimo: y por eso, salva la unidad de naturaleza, hay allí modos perfectos de emanar. Mas los modos perfectos de emanar son sólo dos, a saber, por modo de naturaleza y de voluntad. El primero es la generación, el segundo la espiración o procesión, y por eso éstos hay allí.

Y porque por dos emanaciones sustantíficas es necesario que emanen dos hipóstasis, es necesario también poner que la hipóstasis que primeramente produce no emana de otra, para que no haya irse al infinito: por eso hay allí tres hipóstasis.

Y porque a cada emanación responde una doble habitud relativa, por eso hay allí cuatro relaciones, a saber, paternidad, filiación, espiración y procesión.

Mas por estas habitudes se nos dan a conocer las hipóstasis divinas; y además de esto también aquella hipóstasis en la que está la primera razón de principiar se da a conocer, porque no es producida —pues esto es nobleza en ella—, por eso hay cinco nociones, a saber, las cuatro relaciones predichas con la innascibilidad.

Y porque cada una de las personas tiene una propiedad por la que principalmente se da a conocer; por eso sólo hay tres propiedades personales, que con estos nombres se expresan propia y principalmente, a saber, Padre e Hijo y Espíritu Santo.

Pues siendo propio del Padre ser innascible o ingénito, ser principio no de principio y ser Padre; la innascibilidad lo notifica por modo de negación, aunque por consecuencia por modo de posición, porque la innascibilidad en el Padre pone plenitud fontal; principio no de principio, por modo de posición con negación; ser Padre, por modo de posición y habitud, propia, completa y determinadamente.

Igualmente, siendo el Hijo imagen, verbo e hijo; imagen nombra aquella persona como semejanza expresa; verbo, como semejanza expresiva; hijo, como semejanza hipostática; de nuevo imagen, como semejanza conforme; verbo, como semejanza intelectual; hijo, como semejanza connatural.

Por este modo, siendo propio del Espíritu Santo ser don, ser nexo o caridad de ambos, y también ser Espíritu Santo; don lo nombra como dado voluntario; caridad o nexo, como dado voluntario y eximio; Espíritu Santo, como dado voluntario, eximio e hipostático. — De aquí es que por estos tres nombres, que son Padre e Hijo y Espíritu Santo, se insinúan las propiedades personales de las tres personas. — Esto pues ha de tenerse para la sana inteligencia de la fe de la Trinidad.

Caput IV: De istius fidei expressione catholica.

Para la católica expresión de esta fe también ha de tenerse según los documentos de los santos Doctores que en Dios hay dos modos de predicar, a saber, por modo de sustancia y de relación; tres modos de suponer, a saber, de esencia, de persona y de noción; cuatro modos de significar la sustancia, a saber, con nombre de esencia, de sustancia, de persona y de hipóstasis; cinco modos de decir, a saber, quién, cuál, qué, lo que y qué; y tres modos de diferir, a saber, según diferente modo de existir, según diferente modo de haberse y según diferente modo de entender.

La razón de lo predicho es esta: porque, siendo el primer principio a la vez perfectísimo y simplicísimo, todo lo que es de perfección se dice de él propia y verdaderamente; mas lo que es de imperfección o no se dice, o si se dice, se dice según la asunción de la naturaleza humana, o translativamente. Siendo pues diez los predicamentos, a saber, sustancia, cantidad, relación, cualidad, acción, pasión, dónde, cuándo, sitio y haber; los cinco últimos miran propiamente a lo corpóreo o mudable; por eso no se atribuyen a Dios sino de modo traslaticio y figurativo. Mas los otros cinco precedentes se atribuyen a Dios, según aquello que dicen de complemento, pero de modo que no impidan la simplicidad divina. Todos estos predicamentos, pues, son lo mismo que aquello de lo que se predican; y así por comparación al sujeto en que están, todos se dice que pasan a la sustancia, exceptuada la relación; la cual, teniendo doble comparación, a saber, en cuanto al sujeto en que, y en cuanto al término al que, del primer modo pasa, para no hacer composición, del segundo modo permanece, para hacer distinción. Y de aquí es que «la sustancia contiene la unidad, y la relación multiplica la trinidad»; y por eso permanecen allí sólo estos dos modos diferentes de predicar. — De los cuales se da tal regla: que lo que se dice según la sustancia se dice de todos y singularmente y a la vez y en singular; mas lo según la relación o no se dice de todos, o si de varios, en plural, como relativos, distintos, semejantes, iguales, por la relación intrínseca. Mas el nombre de trinidad comprende ambos.

Y puesto que pueden ser varias las relaciones en una persona, como son varias las personas en una naturaleza; por eso la distinción en la noción no infiere diversificación de persona, ni la distinción de persona plurificación de naturaleza. Y por tanto no todo lo que conviene a la esencia conviene a la noción o a la persona, ni al contrario. Y de aquí es que hay allí tres modos de suponer; de los cuales suele darse tal regla: supuesta la esencia, no se supone la noción ni la persona; y supuesta la noción, no se supone la esencia ni la persona; y supuesta la persona, no se supone la esencia ni la noción, como consta por ejemplos.

Y puesto que la verdadera distinción está en los supuestos de la sustancia, permaneciendo una la esencia; por eso es necesario que allí se signifique la sustancia multíplicemente, a saber, como comunicable e incomunicable. Como comunicable, por modo de abstracción con nombre de esencia, y por modo de concreción con nombre de sustancia; mas como incomunicable, o como distinguible con nombre de hipóstasis, o como distinta con nombre de persona. — O de otro modo, a saber, como distinta de cualquier manera, y así hipóstasis; o notable y perfectamente, y así persona. — Ejemplos de estos cuatro hay en la criatura: humanidad, hombre, algún hombre, Pedro; lo primero dice esencia, lo segundo sustancia, lo tercero hipóstasis, y lo cuarto persona.

Y porque en la persona que se distingue no sólo ha de considerarse el que se distingue, sino también aquello por lo que se distingue; y esto es la propiedad o noción: por eso es necesario que en Dios haya cinco modos de decir y juntamente de preguntar, a saber, quién, por razón de persona; cuál, por razón de hipóstasis, porque dice el supuesto de la sustancia indistintamente; qué, por razón de noción; lo que, por razón de sustancia; qué o por qué, por razón de esencia.

Y puesto que todos estos modos se radican en la unidad de esencia, porque todo lo que está en Dios es Dios mismo uno y solo; por eso no ponen allí diferencia, ni según la esencia ni según el ser. Y por tanto sólo hay allí tres modos de diferir, a saber, según modos de ser o emanar, como difiere persona de persona; según modos de haberse, como difieren persona y esencia —porque una persona se refiere a otra, y por eso se distingue, mas la esencia no se refiere a otra, y por eso no se distingue— según modos también de entender, como difiere una propiedad sustancial de otra, como bondad y sabiduría. — La primera diferencia es la mayor que puede hallarse en Dios; pues está en los supuestos, de modo que uno no se dice de otro. — La segunda diferencia es menor, porque está en los atributos; pues aunque uno pueda decirse de otro, como persona de esencia, sin embargo algo se dice de uno que no del otro, como: la persona se distingue y se refiere, mas la esencia no. — Mas la tercera diferencia es mínima, porque está en los connotados. Pues aunque uno se diga de otro mutuamente, y lo mismo pueda decirse de ambos; sin embargo no se connota lo mismo en ambos, ni por lo mismo se da a entender uno y otro. — Del primer modo de diferir nace la pluralidad de personas; del segundo la pluralidad de predicaciones sustanciales y relativas; del tercero la pluralidad de propiedades esenciales y nociones, ya desde la eternidad, ya desde el tiempo; ya propia, ya traslaticiamente; ya comúnmente, ya apropiadamente. Manifiestos son los ejemplos de lo dicho. — Entendido esto, queda suficientemente claro qué ha de sentirse y cómo ha de hablarse de la suma Trinidad de las divinas personas.

Caput V: De unitate divinae naturae in multiformitate apparitionum.

En segundo lugar, acerca de la pluralidad de apariciones enseña la doctrina divina que ha de tenerse esto: que aunque Dios sea incircunscriptible, invisible e inmutable; sin embargo habita especialmente en los varones santos, apareció a los Patriarcas y Profetas, descendió de los cielos, y envió a su Hijo y al Espíritu Santo para la salvación del género humano. — Y aunque en Dios sean indivisas la naturaleza, la virtud y la operación de la Trinidad; sin embargo la misión o aparición de una persona no es la misión o aparición de otra. Aunque también haya allí suma igualdad, sin embargo sólo del Padre es enviar y no ser enviado; del Espíritu Santo es sólo ser enviado respecto de las personas divinas, salvo que acaso se diga que envía al hombre asumido; mas del Hijo es enviar y ser enviado, como puede colegirse de las Escrituras.

La inteligencia y razón de lo predicho es esta: porque, aunque el primer principio sea inmenso e incircunscriptible, sea incorpóreo e invisible, sea eterno e inmutable; sin embargo es principio de las cosas espirituales y corporales, naturales y gratuitas, y por tanto también de las mudables, sensibles y circunscriptas, por las que, aunque él mismo sea inmutable, insensible, incircunscriptible, se hace manifiesto y conocido. Se hace manifiesto y conocido generalmente por la universalidad de sus efectos que emanan de él, en los que se dice estar por esencia, potencia y presencia, lo cual se extiende a todo lo creado. — También se hace especialmente conocido por algunos efectos que especialmente conducen a él, por razón de los cuales se dice habitar, aparecer, descender, ser enviado y enviar. — Pues habitar dice efecto espiritual con aceptación, como es el efecto de la gracia gratum faciente, que es deiforme y reduce a Dios y hace que tengamos a Dios, y seamos tenidos por él, y por tanto que habite en nosotros. Y porque el efecto de la gracia es común a todas las personas; por eso una persona no inhabita sin otra, antes toda la Trinidad a la vez.

Mas aparecer dice efecto sensible con expresa significación, como el Espíritu Santo apareció en la paloma. Y puesto que, como las personas divinas son distintas, así pueden distintamente significarse tanto por signos como por nombres; por eso cualquier persona puede aparecer por sí, y la aparición puede convenir a todas, ya juntamente, ya a cada una por sí. Por eso que el Espíritu Santo se diga haber aparecido en lenguas de fuego y en la paloma, esto no es por nuevo vínculo o efecto especial; sino por la unión que hay entre lo signado y el signo a él especialmente diputado tanto en modo como en origen.

Mas descender dice cualquiera de los efectos predichos con incoación. Pues Dios está siempre presente a los beatísimos Ángeles en los cielos, porque en ellos siempre inhabita y aparece. Mas a los pecadores en la tierra está ahora como ausente tanto en cuanto a la gracia como en cuanto a la noticia; y por eso, cuando comienza a aparecer o inhabitar, de presente a los cielos y como ausente a nosotros se hace presente a la tierra: y por eso, aunque en sí no se mude, a nosotros se dice descender.

Mas ser enviado dice los efectos predichos con producción eterna. Pues entonces el Padre envía al Hijo, cuando, haciéndolo presente a nosotros por noticia o gracia, insinúa que de él procede. Y porque el Padre de ninguno procede, por eso en ninguna parte se dice enviado. Mas porque el Hijo produce y es producido, por eso envía y es enviado. Mas porque el Espíritu Santo es eternamente producido, pero no produce sino en el tiempo; por eso ser enviado es propiamente suyo, mas enviar no le compete sino respecto de la criatura. — De donde aparece que estas son impropias y han de exponerse: el Espíritu Santo se envía a sí; el Espíritu Santo envía al Hijo; el Hijo se envía a sí mismo, salvo que se entienda: en cuanto nacido de la Virgen. — Consta también por qué enviar y ser enviado no compete a todos: porque, aunque diga efecto en la criatura, dice sin embargo relación intrínseca, de modo que enviar dice autoridad, ser enviado subautoridad, por razón de la producción eterna interiormente importada

Caput VI: De unitate divinae naturae in multiplicitate appropriatorum.

En tercer lugar, acerca de la pluralidad de apropiados enseña la Sagrada Escritura que ha de tenerse esto: que aunque todo lo esencial convenga a todas las personas igual e indiferentemente; sin embargo al Padre se dice apropiada la unidad, al Hijo la verdad, al Espíritu Santo la bondad. — Y según ésta se toma la segunda apropiación de Hilario, a saber, «eternidad en el Padre, especie en la Imagen, uso en el Don». — Según ésta se toma la tercera, a saber,

en el Padre la razón de principiar, en el Hijo la razón de ejemplarizar, en el Espíritu Santo la razón de finalizar. — Y según ésta se toma la cuarta, a saber, omnipotencia al Padre, omnisciencia al Hijo, voluntad o benevolencia al Espíritu Santo. — Mas éstas se dice apropiadas, no porque se hagan propias, siendo siempre comunes; sino porque conducen a la inteligencia y noticia de lo propio, a saber, de las tres personas.

La inteligencia y razón de lo predicho es esta. Pues siendo el primer principio nobilísimo y perfectísimo, por eso las condiciones del ente nobilísimas y generalísimas se hallan en él en sumo. Mas éstas son uno, verdadero, bueno, que no contraen el ente según los supuestos, sino según la razón. Pues uno nombra el ente como connumerable, y esto lo tiene por indivisión de sí en sí; verdadero, según cognoscible, y esto lo tiene por indivisión de sí de su propia especie; bueno, según comunicable, y esto lo tiene por indivisión de sí de su propia operación.

Y porque esta triple indivisión se ha según orden en cuanto a la razón de entender, de modo que lo verdadero presupone lo uno, y lo bueno presupone lo uno y lo verdadero: de aquí es que éstas se atribuyen al primer principio en sumo, porque perfectas y generales; y se apropian a las tres personas, porque ordenadas; y por eso sumamente uno al Padre, que es origen de las personas; sumamente verdadero al Hijo, que es del Padre como verbo; sumamente bueno al Espíritu Santo, que es de ambos como amor y don.

Y porque lo sumamente uno es sumamente primero, porque carece de todo inicio; y porque lo sumamente verdadero es sumamente igual y hermoso; y porque lo sumamente bueno es sumamente útil y provechoso: de aquí nace la segunda apropiación de Hilario, que es eternidad en el Padre, porque no tiene inicio sino que es del todo primero; especie en la Imagen, esto es en el Verbo, porque sumamente hermoso; uso en el Don, esto es en el Espíritu Santo, porque sumamente provechoso y comunicativo. Lo cual insinúa Agustín con otras palabras: «En el Padre la unidad, en el Hijo la igualdad, en el Espíritu Santo la concordia de la unidad y la igualdad».

De nuevo, porque lo sumamente uno y primero tiene razón de principiar y originar; lo sumamente hermoso y bello tiene razón de expresar y ejemplarizar; lo sumamente provechoso y bueno tiene razón de finalizar, porque «bueno y fin son lo mismo»: de aquí nace la tercera razón de apropiar la eficiencia al Padre, la ejemplaridad al Hijo, la finalidad al Espíritu Santo.

De nuevo, porque del primer y sumo principio fluye todo poder, del primer y sumo ejemplar todo saber, al sumo fin tiende todo querer; por eso es necesario que lo primero sea omnipotentísimo, omnisapientísimo y benevolentísimo. Mas la primera y suma unidad, retornando sobre sí misma con retorno completo y perfecto, es omnipotentísima, como la verdad sapientísima, y la bondad benevolentísima; y éstas se apropian, porque insinúan orden. Pues la voluntad da a preentender el conocimiento, y la voluntad y el conocimiento presuponen la potencia y la virtud, porque «poder saber es poder algo».

De aquí aparece cuáles son los apropiados y a quiénes y por qué causa. Mas estos últimos, a saber, potencia, sabiduría y voluntad, son potísimamente aquellos por los que en las Escrituras es alabada la suma Trinidad. Y por eso de ellos ha de decirse algo breve y sumariamente.

Caput VII: De omnipotentia Dei.

Acerca de la omnipotencia de Dios han de tenerse estas cosas según la doctrina sagrada: que Dios es omnipotente, pero de modo que no se le atribuyen actos culpables, como mentir y querer el mal; ni actos penales, como temer y dolerse; ni actos corporales o materiales, como dormir y andar, salvo acaso translativamente; ni actos inconvenientes, como poder hacer uno mayor que sí, u otro Dios igual a sí, o infinito en acto, y semejantes: «porque, como dice Anselmo, cualquier inconveniente, aun mínimo, en Dios es imposible». Mas aunque esto no pueda, es sin embargo omnipotente verdadera, propia y perfectamente.

La inteligencia y razón de lo predicho es esta: porque el primer principio es potente con potencia que es potencia simplemente; y por eso la distribución añadida a ella distribuye por aquello para lo que poder es poder simplemente. Mas esto es lo que sale de potencia completa y ordenada. — Completa llamo la potencia que no puede fallar ni sucumbir ni necesitar. Mas la potencia falla pecando, sucumbe padeciendo, incluye indigencia en las acciones corporales. Mas la potencia divina, porque es potencia suma y perfectísima, por eso ni es de la nada ni está bajo algo ni necesita de otro, y por tanto ni lo culpable ni lo penal ni lo material puede; y esto, porque como omnipotente es potencia completa.

Mas la potencia ordenada puede decirse de tres maneras: o según el acto, o según aptitud de parte de la criatura, o según aptitud de parte de la sola virtud increada. Lo que es posible a la potencia dicha del primer modo no sólo es posible, sino también actual; lo del segundo modo y no del primero es posible simplemente, aunque no actual; mas lo del tercer modo, no del primero ni del segundo, es posible a Dios, pero imposible a la criatura. Mas lo que de ninguno de los modos predichos es posible, como aquello que directamente repugna al orden según las razones y causas primordiales y eternas, es simplemente imposible: como que Dios haga algo infinito en acto, que a la vez haga que algo sea y de ningún modo sea, que haga que lo que fue no haya sido, y demás tales; poder lo cual es contra el orden y complemento de la potencia divina. — De aquí consta respecto de qué se da la potencia divina; consta también qué debe decirse simplemente posible, y qué simplemente imposible, y que la imposibilidad de algunas cosas se compagina con la verdadera omnipotencia.

Caput VIII: De Dei sapientia, praedestinatione et praescientia.

Acerca de la sabiduría de Dios, en verdad, han de tenerse estas cosas: que la divina sabiduría misma limpísimamente conoce todo lo bueno y malo, pasado, presente y futuro, actual y posible, y por tanto lo incomprensible para nosotros e infinito; pero de modo que en sí de ningún modo se diversifica, aunque obtenga diversos nombres. — Pues en cuanto es cognoscitiva de todo lo posible, se dice ciencia o conocimiento; en cuanto cognoscitiva de todo lo que se hace en el universo, se dice visión; en cuanto cognoscitiva de todo lo que bien se hace, se dice aprobación; en cuanto cognoscitiva de lo futuro, se dice presciencia o previsión; en cuanto cognoscitiva de lo que por Dios mismo ha de hacerse, se dice disposición; en cuanto cognoscitiva de lo que ha de premiarse, se dice predestinación; mas en cuanto cognoscitiva de lo que ha de condenarse, se dice reprobación.

Y porque ella no sólo es cognoscitiva, sino que es también razón de conocer; por eso, en cuanto es razón de conocer todo lo conocido, se dice luz; en cuanto razón de conocer lo visto y aprobado, se dice espejo; en cuanto razón de conocer lo previsto y dispuesto, se dice ejemplar; mas en cuanto razón de conocer lo predestinado y reprobado, se dice libro de la vida. — El libro de la vida, pues, es respecto de las cosas como retornantes; el ejemplar, como salientes; el espejo, como yentes; mas la luz respecto de todo. — Al ejemplar pertenecen idea, verbo, arte y razón: idea, según el acto de prever; verbo, según el acto de proponer; arte, según el acto de proseguir; razón, según el acto de perfeccionar, porque sobreañade intención del fin. — Mas siendo todo esto uno en Dios, por eso uno frecuentemente se toma por otro.

Y aunque la divina sabiduría por la diversidad de lo sabido y de los connotados obtenga diversos vocablos, no se diversifica sin embargo según la razón intrínseca. Pues conoce lo contingente infaliblemente, lo mudable inmutablemente, lo futuro presencialmente, lo temporal eternalmente, lo dependiente independientemente, lo creado increadamente, lo otro de sí en sí y por sí. — Y conociendo infaliblemente lo contingente, a la vez se compagina la libertad y vertibilidad de la voluntad con la predestinación y la presciencia.

La inteligencia y razón de lo predicho es: puesto que el primer principio, por lo mismo que primero y sumo, tiene conocimiento a la vez simplicísimo y perfectísimo: porque perfectísimo, por eso conoce todo distintísimamente bajo todas las condiciones que las cosas tienen o pueden tener; y por eso sabe que lo futuro es futuro, y lo presente presente; y sabe que lo bueno ha de aprobarse, y lo malo reprobarse: de aquí es que obtiene diversos vocablos, según se dijo arriba.

Mas porque la perfección de la sabiduría se compagina con la suma simplicidad, de aquí es que conoce todo lo otro de sí en sí y por sí; de lo cual se sigue lo segundo, que conoce lo creado increadamente; de lo cual se sigue lo tercero, que conoce lo dependiente independientemente; de lo cual nace lo cuarto, que conoce lo temporal eternalmente; de lo cual lo quinto, que conoce lo futuro presencialmente; de lo cual lo sexto, que conoce lo mudable inmutablemente; de lo cual lo séptimo, que conoce lo contingente infaliblemente.

Y así lo contingente, permaneciendo contingente, es del todo infalible a la divina sabiduría, tanto en lo contingente que subyace a la naturaleza como a la libertad de la voluntad humana. — Por eso quien quiera entender esta verdad, cómo se compagina la libertad de la voluntad creada con la infalibilidad de la predestinación eterna, proceda resolviendo de esto último por aquellos siete grados hasta lo primero, que el primer principio perfectísimamente conoce todo por sí mismo, lo cual es verdad certísima; de la cual lo demás predicho se concluye infaliblemente raciocinando.

Mas como la certeza del conocimiento divino se compagina con la contingencia de las cosas conocidas, porque la divina sabiduría es a la vez simplicísima y perfectísima; así la unidad se compagina con la multiformidad de razones e ideas por la misma causa. Pues porque es perfectísima, por eso conoce distintísimamente todo lo universal y singular, y todo lo representa distintísimamente y perfectísimamente; y por eso se dice tener razones e ideas de los singulares como semejanzas de las cosas perfectísimamente expresivas. — Mas porque es simplicísima, por eso todas aquellas semejanzas son una en ella. Por eso como Dios con una sola virtud produce todo en el tiempo según la omnímoda integridad de las cosas, así con una sola verdad expresa todo sempiternamente. Y como una es en Dios altísimo, omnipotente, la operación activa según la cosa, se dicen sin embargo varias las producciones de las cosas por razón de la pluralidad de los productos; así una es la verdad de un solo acto de inteligencia en Dios; se dicen sin embargo varias las semejanzas, ideas y razones por razón de la pluralidad de lo ideado, ya existente, ya futuro, ya posible. Mas estas razones o ideas, aunque sean una sola verdad y luz y esencia, no se dice sin embargo que sean una sola razón o idea. Pues razón o idea se dice como a otro según la razón de entender. Pues nombra la semejanza de lo conocido, que realmente se tiene de parte de Dios, aunque según la razón de entender parezca decir algo de parte de lo ideado.

Mas si de esto se requiere semejante en la criatura, ha de decirse que esto es propio de aquel ejemplar; porque, como se dijo, es a la vez simple e infinito y perfectísimo, lo cual preentendido, lo demás consiguientemente se da a conocer. Pues porque aquel ejemplar es simplicísimo y perfectísimo, por eso acto puro; mas porque infinito e inmenso, por eso fuera de todo género. Y de aquí es que, existiendo uno, puede ser semejanza expresiva de muchos.

Caput IX: De voluntate Dei et providentia.

Acerca de la voluntad de Dios, además, han de tenerse estas cosas: que ella es tan recta que de ningún modo puede torcerse; tan eficaz que de ningún modo puede impedirse; tan una que sin embargo debe significarse multiformemente.

Pues la voluntad divina, que es la voluntad de beneplácito, se significa por la voluntad de signo según cinco diferencias de signos, que son precepto, prohibición, consejo, cumplimiento y permisión; según los cuales se disponen por la voluntad de beneplácito cuantas cosas se hacen en el universo. «Pues la voluntad de Dios es la primera y suma causa de todas las especies y mociones. Nada en efecto se hace visible y sensiblemente en esta amplísima e inmensa república de toda la criatura, que no sea mandado o permitido desde el interior invisible e inteligible palacio del sumo Emperador, según la inefable justicia de premios y penas, gracias y retribuciones».

Y porque esta voluntad, regulada por la razón, se dice providencia; de aquí es que todo lo que se hace en el universo se hace y se rige por la divina providencia, que en todo es irreprensible, porque nada manda, prohíbe o aconseja sino justamente; nada hace sino bien, nada permite injustamente.

La inteligencia y razón de lo predicho es esta. El primer principio, siendo sumamente noble, tiene voluntad y la tiene de modo noble. Siendo pues que la voluntad de sí dice aquello según lo cual en los agentes que obran con propósito se considera la regla de rectitud y la eficacia de operación; es necesario que la voluntad en Dios sea rectísima y eficacísima: rectísima, porque en Dios voluntad y verdad son lo mismo; eficacísima, porque en Dios voluntad y virtud o potestad son del todo lo mismo. — Y porque la voluntad divina no puede carecer de verdad, por eso no sólo es recta sino también regla de rectitud. Mas porque de ningún modo puede carecer de virtud, por eso no sólo es eficaz sino también fuente y origen de toda eficacia; de modo que nada sin ella puede efectuarse, nada contra ella puede hacerse, ni hay cosa por la que pueda impedirse.

Y porque es rectísima, nadie puede ser recto si no se conforma a ella; mas nadie puede conformarse a ella si aquella voluntad no se le da a conocer: convino pues que la voluntad divina como regla de rectitud se nos notificara. Mas la rectitud es en un modo de necesidad, y ésta está en hacer el bien necesario y declinar el mal; en otro de perfección, y ésta está en sobreerogar más allá de lo debido; y según esto se nos da a conocer por triple signo, a saber, precepto, prohibición y consejo; lo cual significa que el divino beneplácito acepta como justo lo que se hace según el divino precepto, lo que se declina según la divina prohibición y se cumple según el divino consejo. Estos signos son en verdad infalibles signos de la voluntad divina en cuanto es regla de rectitud.

De nuevo, porque es eficacísima, de ningún modo puede alguien efectuar algo si no obrando y cooperando ella; nadie puede fallar o pecar si no desertando ella justamente. Y según esto dos son sus signos, a saber, cumplimiento, que es signo de la voluntad como eficiente; y permisión, que es signo de la voluntad justamente desertora. Mas deserta justamente, porque es justo que administre las cosas que fundó de modo que no infrinja las leyes que infundió; y así coopere «con las cosas que creó, dejándolas ejercer sus propios movimientos»: y por eso, si deja caer al libre albedrío, vertible a ambos, de la ley natural al mal, esto no lo permite sino justamente.

De nuevo, si por la gracia previene y sustenta, a nadie hace injuria; por eso no obra injustamente ni del todo justamente según la exigencia de los méritos, porque los méritos no bastan para esto; sino gratis y misericordiosamente y en cierto modo justamente, cuanto es de la conveniencia de su bondad. Cuando pues condena y reprueba, obra según justicia; mas cuando predestina, según gracia y misericordia, que no excluye la justicia. Porque pues todos, según eran de la masa de perdición, debían condenarse; por eso más son reprobados que elegidos, para mostrar que la salvación es según gracia especial, mas la condenación según justicia común. Nadie pues puede quejarse de la voluntad divina, porque todo lo hace rectísimamente, antes en todo debemos dar gracias y honrar el régimen de la divina providencia. — Mas si uno pregunta por qué a un pecador más que a otro prodiga el don de la gracia, aquí conviene imponer silencio a la locuacidad humana y exclamar con el Apóstol: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios, cuán incomprensibles son sus juicios, e investigables sus vías! ¿Quién en efecto conoció el sentido del Señor, o quién fue su consejero, o quién primero le dio, y le será retribuido? Porque de él y por él y en él son todas las cosas. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Caput X: De productione mundi totalis.

Preentendido esto sumariamente acerca de la Trinidad de Dios, han de decirse algunas cosas acerca de la criatura del mundo. Acerca de la cual han de tenerse en suma estas cosas: a saber, que la universalidad de la máquina mundana fue producida al ser en el tiempo y de la nada por un solo primer principio, solo y sumo; cuya potencia, aunque sea inmensa, dispuso sin embargo todo en cierto peso, número y medida. — Esto ha de entenderse generalmente acerca de la producción de las cosas, de lo cual se colige la verdad y se repudia el error. Pues por decirse en el tiempo, se excluye el error de los que ponen un mundo eterno. Por decirse de la nada, se excluye el error de los que ponen eternidad acerca del principio material. Por decirse por un solo principio, se excluye el error de los maniqueos que ponen pluralidad de principios. Por decirse solo y sumo, se excluye el error de los que ponen que Dios produjo las criaturas inferiores por ministerio de las inteligencias. Mas por añadirse en cierto peso, número y medida, se muestra que la criatura es efecto de la Trinidad creante bajo triple género de causalidad: eficiente, de la que hay en la criatura unidad, modo y medida; ejemplar, de la que hay en la criatura verdad, especie y número; final, de la que hay en la criatura bondad, orden y peso. Lo cual se halla en todas las criaturas como vestigio del Creador, ya corporales, ya espirituales, ya compuestas de ambas.

La razón para entender lo predicho es esta: porque, para que haya orden perfecto y estado en las cosas, es necesario que todo se reduzca a un solo principio, que debe ser primero, para dar estado a lo demás; y perfectísimo, para dar complemento a todo lo demás. Siendo pues que el primer principio, en el que está el estado, no puede ser sino uno solo; si produce el mundo, no pudiendo producirlo de sí mismo, es necesario que produzca de la nada. Y porque la producción de la nada pone ser después de no ser de parte del producto, e inmensidad en la virtud producente de parte del principio, siendo esto de Dios solo; es necesario que la criatura del mundo fuera producida en el tiempo por la misma inmensa virtud, obrando por sí e inmediatamente.

De nuevo, puesto que el principio perfectísimo, del que mana la perfección del universo, debe obrar necesariamente de sí y según sí y por sí —porque al obrar no necesita nada fuera de sí—, es necesario que tenga respecto de cualquier criatura intención de triple causa, a saber, eficiente, ejemplar y final; es necesario también que toda criatura según esta triple habitud se compare a la causa primera. Pues toda criatura es constituida en el ser por la eficiente, conformada al ejemplar, y ordenada al fin; y por tanto es una, verdadera, buena; modificada, hermosa, ordenada; medida, discreta y ponderada; pues peso es inclinación ordinativa. — Y esto se ha dicho generalmente de toda criatura, ya corpórea, ya incorpórea, ya compuesta de ambas, como es la naturaleza humana.

Caput XI: De natura corporali quantum ad fieri.

Mas la naturaleza corpórea ha de considerarse por nosotros en cuanto al hacerse, en cuanto al ser y en cuanto al obrar.

Acerca de la naturaleza corpórea en cuanto al hacerse han de tenerse especialmente estas cosas: que en seis días fue producida al ser, de modo que en el principio, antes de todo día, creó Dios el cielo y la tierra. — Mas el primer día fue formada la luz; el segundo fue hecho el firmamento en medio de las aguas; el tercer día fueron separadas las aguas de la tierra y congregadas en un solo lugar; mas el cuarto día fue adornado el cielo con luminarias; el quinto, el aire y el agua con volátiles y peces; el sexto día, la tierra con animales y hombres; el séptimo día descansó Dios, no del trabajo ni de la obra, pues hasta ahora obra, sino de la fundación de nuevas especies; porque todo lo había hecho o en semejante, como lo que se propaga, o en razón seminal, como lo que de otros modos es introducido al ser.

La razón para entender lo predicho es esta. Pues manando las cosas del primer y perfectísimo principio; y siendo tal omnipotentísimo, sapientísimo y benevolentísimo: por eso convino que fueran producidas al ser de modo que en su producción reluciera la predicha triple nobleza y excelencia. Y por eso triforme fue la operación divina para producir la máquina mundana, a saber, creación, que apropiativamente responde a la omnipotencia; distinción, que responde a la sabiduría; y ornato, que responde a la larguísima bondad.

Y siendo la creación de la nada, por eso fue en el principio, antes de todo día, como fundamento de todas las cosas y tiempos.

De nuevo, porque la distinción de los cuerpos del mundo se considera según triple modo, por eso fue hecha por tres días. Pues hay distinción de la naturaleza luminosa de la perspicua y opaca, y ésta se hizo el primer día en la división de la luz de las tinieblas; y hay distinción de la naturaleza perspicua de la perspicua, y ésta se hizo el segundo día en la división de las aguas de las aguas; y hay distinción de la naturaleza perspicua de la opaca, y ésta se hizo el tercer día en la división de las aguas de las tierras. En éstas, además, implícitamente se da a entender la distinción de lo celeste y elemental, según después se declarará. Así pues la distinción debió hacerse por tres días.

Y porque el ornato corresponde a la distinción, por eso igualmente debió consumarse en tres días. Pues hay ornato de la naturaleza luminosa, y éste se hizo el cuarto día en la formación de las estrellas, el sol y la luna; y hay ornato de la naturaleza perspicua, y éste se hizo el quinto día, en el que de las aguas fueron hechos los peces y las aves para ornato del agua y del aire; y hay también ornato de la naturaleza opaca, a saber, la tierra, y éste se hizo el sexto día, en el que fueron hechas las bestias, fueron hechos los reptiles, y fue hecha también para consumación de todo la naturaleza humana.

Mas todo esto, aunque Dios pudo hacerlo en un instante, prefirió sin embargo por sucesión de tiempos: tanto por la distinta y clara representación de la potencia, la sabiduría y la bondad; como por la conveniente correspondencia de los días o tiempos y las operaciones; como también para que, así como en la primera fundación del mundo debían hacerse los seminarios de las obras por hacer, así se hicieran también prefiguraciones de los tiempos futuros. — Por eso en aquellos siete días precedió como seminalmente la distinción de todos los tiempos, que se explican por el decurso de las siete edades. Y de aquí es que a los seis días de obras se añade el séptimo, del descanso; día que no está escrito que tuviera tarde, no porque aquel día no tuviera noche sucesiva; sino para prefigurar el descanso de las almas, que nunca tendrá fin. — Mas si se dijera de otro modo, que todas las cosas fueron hechas simultáneamente, entonces todos estos siete días se refieren a la consideración angélica. Sin embargo, el primer modo de decir es el más conforme a la Escritura y a las autoridades de los Santos, tanto de los que precedieron como de los que siguieron al beato Agustín.

Caput XII: De natura corporali quantum ad esse.

Caput XIII: De natura corporali quantum ad operari et influere.

Caput XIV: De modo describendi praedicta in sacra Scriptura.

Caput XV: De productione supernorum spirituum.

Caput XVI: De apostasia daemonum.

Caput XVII: De confirmatione bonorum Angelorum.

Caput XVIII: De productione hominis quantum ad spiritum.

Caput XIX: De productione hominis quantum ad corpus.

Caput XX: De productione hominis quantum ad totum coniunctum.

Caput XXI: De completione et ordinatione totius mundi consummati.

Caput XXII: De origine mali in communi.

Caput XXIII: De primorum parentum tentatione.

Caput XXIV: De primorum parentum transgressione.

Caput XXV: De primorum parentum punitione.

Caput XXVI: De originalis peccati corruptione.

Caput XXVII: De originalis peccati transfusione.

Caput XXVIII: De originalis peccati curatione.

Caput XXIX: De origine peccatorum actualium.

Caput XXX: De origine et distinctione capitalium peccatorum.

Caput XXXI: De origine et qualitate peccatorum poenalium.

Caput XXXII: De origine peccatorum finalium, quae sunt peccata in Spiritum sanctum.

Caput XXXIII: De ratione, qua Verbum Dei debuit incarnari vel decuit.

Caput XXXIV: De incarnatione quantum ad unionem naturarum.

Caput XXXV: De incarnatione quantum ad modum.

Caput XXXVI: De incarnatione quantum ad plenitudinem temporum.

Caput XXXVII: De plenitudine gratiae Christi quantum ad charismata in affectu.

Caput XXXVIII: De plenitudine sapientiae in intellectu.

Caput XXXIX: De perfectione meriti in effectu.

Caput XL: De passione Christi quantum ad statum patientis.

Caput XLI: De passione Christi quantum ad modum patiendi.

Caput XLII: De passione Christi quantum ad exitum passionis.

Caput XLIII: De gratia, in quantum est donum divinitus datum.

Caput XLIV: De gratia, in quantum iuvat ad bonum meritorium.

Caput XLV: De gratia, in quantum est remedium peccati.

Caput XLVI: De ramificatione gratiae in habitus virtutum.

Caput XLVII: De ramificatione gratiae in habitus donorum.

Caput XLVIII: De ramificatione gratiae in habitus beatitudinum, et per consequens fructuum et sensuum.

Caput XLIX: De exercitio gratiae respectu credendorum.

Caput L: De exercitio gratiae respectu diligendorum.

Caput LI: De exercitio gratiae respectu agendorum, praeceptorum et consiliorum.

Caput LII: De exercitio gratiae respectu petendorum et orandorum.

Caput LIII: De Sacramentorum origine.

Caput LIV: De Sacramentorum variatione.

Caput LV: De Sacramentorum numero et distinctione.

Caput LVI: De Sacramentorum institutione.

Caput LVII: De Sacramentorum dispensatione.

Caput LVIII: De Sacramentorum iteratione.

Caput LIX: De constitutione et integritate baptismi.

Caput LX: De integritate confirmationis.

Caput LXI: De integritate eucharistiae.

Caput LXII: De integritate poenitentiae.

Caput LXIII: De integritate unctionis extremae.

Caput LXIV: De integritate ordinis.

Caput LXV: De integritate matrimonii.

Caput LXVI: De iudicio in communi.

Caput LXVII: De antecedentibus ad iudicium, cuiusmodi est poena purgatoria.

Caput LXVIII: De antecedentibus ad iudicium, cuiusmodi sunt suffragia ecclesiastica.

Caput LXIX: De concomitantibus iudicium, sicut est conflagratio ignium.

Caput LXX: De concomitantibus iudicium, sicut est resurrectio corporum.

Caput LXXI: De consequentibus ad iudicium, sicut est poena infernalis.

Caput LXXII: De gloria paradisi.

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